No vayáis a Albacete…
01-jun-2026 01:13
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No vayáis a Albacete, hijos míos, ni os adentréis en sus dominios si estimáis en algo la entereza de vuestro espíritu. Si cometéis el error de abandonar la seguridad de la A-31 pensando que vais a acortar camino hacia el Levante, os veréis atrapados en una llanura ciclópea que desafía las leyes de la perspectiva. Entrar en la provincia de Albacete es comprender, por fin, el verdadero significado del vacío. No hay colinas, no hay accidentes geográficos; solo una línea del horizonte tan perfectamente recta y afilada que parece diseñada para rebanar el alma del viajero. Es el desierto de los llanos, una estepa infinita donde el cielo pesa tanto que te aplasta contra el salpicadero, recordándote que en esa inmensidad eres menos que un grano de cereal. Dicen que es la Nueva York de la Mancha, pero es una afirmación tramposa y con regusto a complejo. Su arquitectura es un misterio indescifrable y un tanto agrio: un Pasaje de Lodares de una belleza parisina y señorial que parece transportado allí por ángeles despistados, conviviendo pared con pared con bloques de pisos grises, de un desarrollismo feroz y cochambroso, que huelen a lomo con pimientos y a humo de tabaco de los años ochenta. En Albacete el tiempo no fluye, se pudre. Puedes pasear por el Altozano envuelto en una luz limpia, sintiendo el orgullo de una ciudad comercial, para tres calles más allá caer en un letargo de persianas bajadas, solares con jaramagos y un viento helado que arrastra una bolsa de plástico como un fantasma en el asfalto. El clima albaceteño es un castigo divino que os morderá los huesos. "Tres meses de invierno y nueve de infierno", dicen los viejos con una mezcla de orgullo masoquista y desesperación. En enero, el frío te corta los labios con la precisión de una de sus famosas navajas; un frío seco, negro, que viene de la sierra y te congela los pensamientos. En agosto, el sol de justicia convierte la llanura en una planicie incandescente donde las chicharras cantan con una insistencia demencial que invita al bostezo o al suicidio. No busquéis sombras, no existen. Los pocos árboles que desafían el secarral tienen las hojas pardas, exhaustas de luchar contra un viento solano que te quema las entrañas. Pero es al adentrarse en sus pueblos donde el viajero experimenta el verdadero desdoblamiento de la realidad. Si caes en Hellín o en Tobarra durante la Semana Santa, perderás el juicio. No verás procesiones ordinarias, sino hordas de miles de almas en pena aporreando tambores de forma ininterrumpida durante días, en un ritual atronador, cuasi pagano, que hace vibrar el subsuelo y despierta a los muertos de sus tumbas. El estruendo te taladra el cerebro hasta que dejas de ser tú mismo y terminas con los nudillos ensangrentados, atrapado en un bucle hipnótico del que no se puede escapar. Por contra, si subes hacia los pueblos de la Manchuela, como Madrigueras o Tarazona, la llanura se transforma en un laberinto de viñedos que se pierde en la nada. Allí el paisaje está dominado por cooperativas de hormigón blanco que custodian millones de litros de un vino recio, oscuro, con tanto cuerpo que más que beberse se mastica. Un brebaje que los lugareños despachan en porrones mientras debaten con una seriedad sepulcral sobre el precio de la uva o las virtudes del tractor John Deere, sentados en sillas de plástico de la Cruzcampo a las puertas de bares que no han visto una reforma desde la Transición. El paisano te mirará de reojo, porque el albaceteño es por naturaleza golismero; te olerá la procedencia, te escudriñará la matrícula y querrá saber de quién eres y qué vienes a buscar a su secarral, aunque jamás te lo pregunte de frente por no rebajar su orgullo. Sin embargo, en mitad de esta desolación mística, Albacete te ofrece el milagro de la redención a través de la carne. Si el hambre os atenaza en mitad de la noche, entrad en cualquier tasca de pueblo donde los paisanos os mirarán con recelo, desconfiando del forastero con esa mirada fija y dura del hombre de secano. Pero si pedís un plato de atascaburras o unos galianos, os servirán un manjar denso, ancestral, elaborado a base de machacar patata, bacalao y pan ácimo, capaz de resucitar a un batallón entero. Es una comida diseñada para hombres que labraban la tierra con mulas bajo la ventisca; un combustible pesado que te asienta el estómago y te otorga una energía brutal, aunque te condena a una digestión angosta y sedienta durante las siguientes doce horas. Y luego está la Sierra del Segura. Alcaraz, Yeste o Liétor. Lugares que no parecen pertenecer a este mundo. Para llegar a ellos hay que cruzar carreteras secundarias con curvas demoníacas que bordean abismos de roca viva. Allí los pueblos se cuelgan de los riscos como nidos de águilas, con casas que esconden patios interiores y fuentes de las que brota un agua tan pura y helada que te corta los dientes. Allí arriba, escondido entre las peñas, se encuentra Letur. Te dirán que es un pueblo bonico, el más bonico de todos, un oasis mudéjar de cuestas empedradas y agua corriendo por las acequias que te romperá el pecho de pura melancolía. Pero no os dejéis engañar por la postal. Letur es hoy un templo de la herida y la resistencia humana; un lugar donde la tierra demostró su peor violencia y donde sus gentes, con los rostros curtidos por el dolor y las manos encallecidas, siguen arrastrando los pies por las calles con una dignidad que asusta. Ver el agua mansa correr hoy por donde un día bajó el desastre produce un amargor extraño en la garganta. Te partirá el alma ver a sus ancianos sentados al sol, silenciosos, mirando los muros de piedra con unos ojos gastados que ya lo han visto todo y que no esperan nada de ningún forastero que vaya allí a hacer turismo de la desgracia. Los albaceteños son seres singulares, forjados en esa dualidad de la piedra y la llanura. Jamás sabrás lo que están pensando realmente. Su lenguaje opera bajo una lógica propia, donde todo lo que es digno de afecto o lástima se reduce a ese adjetivo tan suyo: todo es bonico, tanto un niño recién nacido como el dolor sordo de una mala cosecha. Son gente de una hospitalidad demoledora si logras romper su primera capa de desconfianza manchega, capaces de invitarte a Miguelitos de La Roda hasta que revientes de hojaldre y crema, pero siempre manteniendo esa distancia prudencial, ese estoicismo del que sabe que, al final, la tierra siempre gana y el viento volverá a soplar. No cometáis el error de deteneros demasiado tiempo en las gasolineras de la autovía a la altura de Chinchilla, bajo la silueta de su castillo de piedra que vigila el páramo como un centinela maldito. Si el viento de cara os atrapa allí, os robará el aliento y os dejará la mirada vacía, como la de esos conductores de camionetas blancas que transportan navajas y quesos de estraperlo de un confín a otro de la provincia. Albacete es una tierra que te da la vida con un gazpacho manchego y te la quita con una racha de aire helado a traición. Una provincia hermosa en su brutalidad, terrible en su monotonía. Id si no os queda más remedio, pero llevad el depósito lleno, una buena navaja en la guantera para lo que pueda surgir, y no miréis demasiado tiempo al horizonte, porque el horizonte os devolverá la mirada con sus ojos golismeros. |
01-jun-2026 01:29
#12
| Lo he basado en brillante texto de La Sagra. Pero no te confundas, no todo lo que está bien redactado tiene su origen en modelos de lenguaje. |
01-jun-2026 01:32
#13
Soy de un pueblo de los nombrados en el texto, y doy fe ![]() Muy bien escrito, no sé si es solo IA, tuyo o mezcla. Pero me ha gustado. |
