La Dama de la lluvia - ¡Pimpollo ha vuelto!
17-nov-2025 16:02
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NOTA: Esta historia comenzó hace muchos años, cuando era un crío de apenas 7 o quizás 9 años. Como bien podéis suponer, no recordaba nada de lo acontecido entonces. Mejor dicho: no relacionaba aquel suceso con toda la movida que tuve años más tarde. Fue un suceso que en su momento pasó como una simple ensoñación de niño tonto, algo irreal. Pero tuvo unas consecuencias que se extendieron a múltiples destinos, como las ondas en un lago tras arrojar una piedra. Ondas concéntricas que a día de hoy, siguen sucediéndose, ampliándose y trastocando el sino de innumerables seres. Preludio. Era un día lluvioso, de esos en los que el mundo está irreconocible a los ojos de los niños muy pequeños. Todo estaba teñido de un triste gris. Era muy temprano, la hora de ir al colegio. Me llevaba mi madre de la mano, bregando con el viento ocasional y procurando mojarnos lo menos posible. Era difícil con un paraguas barato en una mano y un niño inquieto en la otra. Quedamos varados en una mediana, esperando para cruzar el último tramo de carretera. El tráfico era intenso, como todas las mañanas. Tan sólo unos metros nos separaban del centro de primaria al que yo acudía. Y de pronto, al pasar un coche salpicando un pequeño charco, la vi. Os juro que vi a una hermosa joven de largos cabellos negros. Descansaba en un diván, con un escueto vestido antiguo, igualmente negro, con muchos motivos de encaje y que le sentaba muy bien. Pero lo que más llamaba la atención de la joven eran sus hermosos ojos rojos, de un rojo intenso y completamente antinatural. Eran bellos, sí, pero desprendían una tristeza que me llenó el corazón de una congoja sin igual. Nunca en mi tierna vida hasta ese momento había sentido tal angustia, menos aún hacía otra persona. Alzó la vista, mirándome a los ojos, suplicándome con la mirada. Extendió su mano hacía mí y me dijo “ayúdame. Sálvame” de forma inaudible. Instintivamente solté la mano de mi madre y avancé hacía aquella extraña joven. Recuerdo perfectamente que a su alrededor no llovía. Pareciese como si la joven estuviese sobre las tablas de un teatro. La escena iluminada desde arriba, de forma tenue, como si un foco antiguo proyectase su luz sobre el diván. Todo aquello, misteriosamente seco. En mi inocencia aquello no me extrañó lo más mínimo. “Sálvame, te lo ruego”, podía escuchar en mi cabeza, a pesar del ruido de la lluvia y el tráfico. Unas lágrimas, terriblemente bellas, brotaron de aquellos ojos de color rojo sangre. Cuando estaba a escasos centímetros de tocar su mano desamparada, noté como me agarraban del cuello del abrigo y tiraban violentamente hacia atrás. Un autobús pasó zumbando frente a mi rostro, y la joven y el resto de su entorno desaparecieron de golpe, como si jamás hubiesen estado allí en primer lugar. Todo estaba tan mojado como debiese estarlo. No comprendía nada. Mi señora madre me cruzó la cara repetidas veces mientras gritaba insultos hacía mi pequeña persona. Intenté explicarle lo que había visto, pero como comprenderéis, me era más urgente el llorar que dar explicaciones. Pero incluso después de clases, al volver y en varias ocasiones más, intenté explicarle lo visto aquella mañana, tanto a mi madre como a mi padre y a todo aquel adulto dispuesto a escucharme, sobre la “Dama de la lluvia”, como empecé a llamarla. Nadie me creyó. Me dijeron mil veces que aquello que contaba no era cierto, que mentía para justificar mi mal comportamiento al soltarme de la mano protectora de mi madre, para precipitarme a una muerte segura. Los más benévolos achacaron aquella visión a ensoñaciones y fantasías propias de la edad, que estaba aún medio dormido a esas horas. En definitiva, que aquello que presencie fue producto de un sueño, muy vívido, pero sueño a fin y al cabo. No insistí más. Con el tiempo me auto convencí de aquella versión y no le di mayor importancia. Poco a poco, enterré aquella vivencia bajo una tonelada de otros viejos recuerdos, hasta olvidarlo por completo. No obstante, la sensación de angustia que me transmitieron aquellos tristes ojos, rojos como la sangre fresca, jamás la olvidé. Sólo en sueños muy profundos, de esos que olvidas al despertar, volvía a ver a mi Dama de la Lluvia, rogando por ayuda. Entonces despertaba angustiado, al borde del llanto, de pura impotencia. Aun siendo adulto, me suele invadir ese sentimiento de impotencia, soledad, frustración y tristeza, pero sin recordar cuál es su origen. Al despertar tan sólo me queda la angustia, que se diluye conforme me voy despejando. Es más llevadero si despiertas con resaca, o todavía borracho, o colocado. O ambos. LA DAMA DE LA LLUVIA ![]() Capítulo 1 I Desperté, a duras penas, por un ruido infernal. No quería abrir los ojos pero me obligué a ello. El timbre no paraba de sonar, insistente. ¿Cuánto tiempo llevarían timbrando? Ni lo sabía ni me importaba del todo. Mascullé una maldición, con todo dándome vueltas, como cada puta mañana. Dejé caer la cabeza de nuevo en la almohada. ”Quien sea que esté en la puerta ya se cansará y se irá a tomar por culo”. Pero no se cansaba, aporreaba la puerta a patadas y a puñetazos. –Me cago en to lo cagable... ¿Qué puta hora es, cohoneh? –Cogí mi móvil y lo comprobé: Eran las doce del mediodía. Más preocupante aún, tenía la nada despreciable cifra de 24 llamadas perdidas– ¡¿Pero que coj…?! No necesitaba desbloquear el teléfono para saber de quién eran esas llamadas perdidas, esa información aparecía clara en mi mente, de golpe, como un jarro de agua fría. Lo había olvidado completamente. Como pude, me incorporé, sentándome en la cama. Con ambas manos, me agarré de la barbilla y la sien izquierda. Con un movimiento rápido, brusco y realizado medio millón de veces, me crují las cervicales. El cuello me sonó como una matraca oxidada. Crack, crack, crack. El mundo comenzó a reducir su marcha. –Ya voy, joder… ya voy… –Ladré mientras trataba de levantarme sin tambalearme, camino hacia la puerta principal. No cesaban de aporrear de forma grosera. El viaje es toda una odisea: Me sostengo en las paredes, la puerta temblando por los golpes y aunque mejor, el mareo sigue presente junto a las náuseas. Conseguí llegar, con algo de esfuerzo a la puerta y abrirla. Otra vez olvidé de poner la cadena y los diferentes seguros que tengo instalados. Un extra de seguridad que no sirve para nada, si no los usaba como era debido. En la puerta había una jovencita muy malhumorada. Era Felicia, mi sobrina favorita. Traté de sonreír amablemente. –Hola Feli… Perdona es que me quedé dormido, nena. Felicia me dedicó una mirada indignada, resopló enérgicamente y cruzó los brazos. Me aparté un poco para dejarla pasar. La muchachita entró altivamente, mirándome de soslayo y en completo silencio. Dejó su pesada maleta fuera para que yo la cargase, por supuesto. “La princesa no podía arriesgarse a romperse una uña” dije para mis adentros, si Felicia oyese algo semejante de mi boca, tendría un serio problema. Su cara era un poema, no había descruzado los brazos aún, inspeccionando el estado general del piso. Había estado limpiando, pero por su expresión pareciese que estuviese pisando la paja vieja y sucia de una cuadra. Todo estaba limpio y ordenado, menos el salón, donde Felicia ni siquiera llegó a entrar. No se lo reproché. Dejé su pesada maleta de viaje llena de ropa en la habitación que tenía reservada para ella, encima de la cama. No había tocado nada de esa estancia del piso desde la última vez que vino a pasar unos días, sólo había limpiado un poco por encima de vez en cuando. Me dejé caer en el sofá, mientras buscaba entre las latas vacías de cerveza, las colillas, restos de recipientes vacíos de comida a domicilio y basuras varias del día anterior, algún cigarrillo que fumarme. La resaca no me dejaba pensar con mucha claridad, y en breves instantes la rabia de mi pequeña sobrina iba a estallar. Tan sólo quería calmar el zumbido de mis sienes antes de que eso ocurriese. Encontré un cigarro arrugado y exánime, lo encendí cabizbajo. Felicia abrió malhumorada la ventana del salón, de un fuerte golpe. Me preparé mentalmente para la hecatombe de furia adolescente. Pero no llegó. Al cabo de un buen rato, ya con los nervios calmados, aplasté la colilla sobre los restos de un pato a la naranja. La miré a los ojos. Daban miedo. –¿Te parece bonito, tito? –El tonito de madre sufrida le salía de maravilla. Felicia cumpliría los catorce dentro de un mes, a finales de Junio. Se empeñaba en celebrarlo conmigo todos los años, los dos juntos, durante su estancia estival aquí. Generalmente antes de irse lo celebraba con mi hermana, mi familia y sus amistades. Otros años lo hacían a la vuelta de las vacaciones. No importaba si acudía o no a aquellas fiestas de cumpleaños, abarrotadas de gente. Siempre acudía, que conste. Pero ella siempre insistía en que lo celebrásemos los dos juntos y a solas. No pedía nada importante ni fastuoso, se contentaba con algo tan sencillo como ir a tomar un helado juntos. Sé que suena a tontería, porque un helado nos lo podíamos tomar en cualquier momento del año, que siempre apetecía aquí, en el paraíso, Málaga. Pero era nuestro ritual de cada año, intimo. Ella no sentía que realmente hubiese cumplido años si yo no le decía: “Felicidades, cielo, ya eres un año más vieja”, con un helado delante, en la heladería de siempre. Por mi estaba bien. Ideal. Cualquier cosa con mi pequeñaja era Perfecto. –He dicho que “¿si te parece bonito?” –Insistió nuevamente, con el ceño fruncido. Tosí para ganar un poco de tiempo. No sabía que decir ni dónde meterme. Desde que volvimos de Japón, hacía ya siete años, se propuso hacerme de madre. Tuve una serie de recaídas importantes. La muerte de Jun Fei me afectó muchísimo. Había muerto en un acto heroico salvándome la puta vida. Asesinada a manos de Makki, el Rey de los Yokai. Ni siquiera nos pudimos despedir: falleció en el acto. Y como era costumbre en mí, me derrumbé. Tras un affaire con varias mujeres a la vez, incluida Jun Fei, me decidí por ella. Fue una cosa impulsiva, sí. Sabíamos de antemano que su destino era la muerte pero me empeciné en evitarla a toda costa, incluso de mi propia vida. En la hora decisiva, la engañé y la encerré, en un acto desesperado e inútil. Ahí me decidí a casarme con ella nada más decapitase al maldito hijo de puta de Makki. Estoy casi seguro que Jun Fei pensó que lo decía por decir, para tenerla engañada. Pero iba totalmente en serio. MUY en serio. Tras su muerte, corté toda relación con el resto de mis chicas. No es que no quisiese verlas, es que no podía ni mirarlas a la cara. Tenerlas cerca sería un recordatorio constante de que Jun Fei me faltaba. Ninguna se lo tomó demasiado bien, en especial Herminia, Alias Rudy. La echaba terriblemente de menos a todas, pero en especial a ella. Era mi mejor amiga, después de Felicia. Total, que me marché dejándolas con tres palmos de narices para regresar a mi casa. Antes de aquella misión en Oriente, mi vida básicamente era autodestruirme. Mi ex me había puesto los cuernos en mitad de una boda, que para colmo, habíamos organizado juntos. Podía, simplemente, haberme ido, dejar tiempo y espacio. ¿Y quién sabe? Igual lo hubiésemos arreglado de alguna forma. Pero no, tenía que destruir cualquier posibilidad de ello. Bebí, me drogué y hasta me tiré a una petarda pelirroja. Llevaba seis malditos años sobrio, desde prácticamente nació Felicia. Y caí en una espiral descendente hasta que Rudy y Sakura me sacaron de ella a hostias, literalmente. Durante un año entero me alejé de Felicia para entregarme a toda clase de vicios. Pero con la misión de tener que salvar el mundo una vez más, me vi forzado a volver a la sobriedad. Felicia me hizo prometer que no volvería a ponerme “Malito”. Traté de cumplir esa promesa, pero recaí unas cuantas veces. Y ahí estaba Felicia, para sacarme del pozo de miseria y autocompasión. Me cubría las espaldas con mi hermana pequeña, su madre. Felicia era estricta conmigo, incluso llegó a guantearme la cara en más de una ocasión. Me obligó a cumplir mi promesa y no podría estar más agradecido con ella, y eso que no era más que una mocosa. II –Veinte minutos tu sobrina esperando en la puerta… ¿Te parece bonito?, ¿ah? Felicia era alta para su edad, pero todavía no se había desarrollado del todo, lo que le confería un aire infantil todavía. Tenía el pelo largo atado en una sencilla trenza, de color rubio ceniza y los ojos color miel. Era muy inteligente pero la habíamos mimado en exceso, y a veces se pasaba de arrogante y mandona. Era muy vanidosa además, le gustaba verse bien todo el tiempo. También era cariñosa, simpática y sabia ganarse la confianza de la gente rápidamente, tenía un algo que la hacía meterse al público en el bolsillo sin apenas intentarlo. –Feli… cariño… ¿Qué quieres que te diga, nena? Anoche se me fue la cosa de las manos… ahora limpio todo mientras deshaces la maleta. Descruzó al fin los brazos y los puso en jarras, mirándome con desdén fingido. –Si mi madre viese como tienes la casa, no te dejaría quedarme aquí ¿Lo sabes, no? –Asentí con la cabeza, cabizbajo– Menos mal que no la he dejado subir a acompañarme y viese todo esto… Y se fue para su habitación, a guardar sus ropitas y sus pijadas. Me dispuse a limpiar aquel desastre. Me había pasado con mi propia despedida de la “ebriedad”, como solía llamarlo. Cuando pasaba las vacaciones conmigo, no tomaba alcohol apenas, ni cometía excesos de ningún tipo. Me daba permiso, a veces, para beber un poco. Siempre y cuando me controlase. Nada de montar numeritos ni de llorar por los amores perdidos. También me permitía los porros. Me relajaban bastante, y según sus palabras, me hacía más divertido y cariñoso. Eso sí, la coca o cualquier otra sustancia estaba terminantemente prohibido. Fue muy clara al respecto: “Si te drogas duro de nuevo, tito, será la última vez que me veas. Compórtate que ya no eres un crío”. Diez años tenía. Felicia era una niña muy especial, y lo fue desde que nació. Mi vida cambió el día que Felicia vino a este mundo. Ni siquiera sabía que mi hermana estaba embarazada. No tenía ni la más ligera sospecha y ni me importaba, sinceramente. Mi rutina en aquel entonces era: Entrenar, beber, fumar, follar, partir piernas, drogarme, follar, beber y dormir. Mi familia hacía años que me dieron por perdido. El distanciamiento comenzó cuando empecé a salir con Alana, una chica mormona a la que había corrompido, alejándola del sendero del Señor y su puta madre. Me acogió mi tío, por petición de mi prima Lorena. Tras un periplo por Irlanda, que acabó conmigo en el hospital a un pelo de polla de palmarla por tercera vez, empecé a salir con Lorena. Cuando mi tío se enteró, pese a que no era su padre biológico, montó en cólera. Podéis imaginaros como se tomaron mis padres, tíos y primos que me hubiese liado con la dulce Lorena, la primita adoptiva. Poco menos que era un violador. Pero la cosa se complicó bastante: Nos hizo separarnos mediante amenazas. Salí con otra chica, una negra americana preciosa, que me curó de todos los males. Murió de la peor forma posible: parando una bala con el pecho, dirigida a mí. Perdí los papeles y cometí una masacre, sediento de venganza. Vendí mi alma a Fabricio por un arma de fuego y una dirección. Alcancé mi vendetta personal, y el precio a pagar fue mi servidumbre para la mafia italiana. La cosa fue yendo más o menos bien, hasta que volví a enamorarme perdidamente. El destino es muy puñetero, y a mí me la tenía jurada. La mujer de la que me enamoré hasta las trancas se hacía llamar Julia. Era la mujer más bella y hermosa que mis ojos hubiesen visto. Me salvó de mí mismo. Cuando más feliz no podía ser, la vida me dio otro motivo para serlo aún más: Julia estaba embarazada. Mi corazón rebosaba de felicidad y amor. El paso lógico era casarse, antes o después de tener al crío, me daba igual. Coincidió que Lorena, que estaba viviendo con su familia biológica, había terminado la carrera de Medicina con Cum Laude. Siempre fue una cerebrito. Eso si, muy lista e inteligente pero muy llorona tambien. La llamaba, con cariño, Llorona Cum Laude. Fuimos a su graduación… y Julia y Lorena no se llevaron muy bien. Nos invitaron a psar unos días en la finca de su familia. Y luego, al regresar, Lorena volvió con nosotros a psar las vacaciones. Julia echaba chispas por los ojos, pero tragó por mi. Lorena era mi familia y realmente sólo hubo algunos besos y poco más. La quería como a cualquier otro familiar. Durante aquellas vacaciones, Julia se desenmascaró como Andrea Dominico, la ultima superviviente del clan Dominico, al que había masacrado sin piedad durante un cumpleaños infantil. Ella estaba allí, siendo la única que escapó con vida. No fue la única que seguía con vida de su clan, por supuesto. Tenía primos y tíos que la cuidaron y cobijaron… y que yo, junto a mi mentor Fiodor, les dimos caza, uno por uno. Su venganza fue terrible. ME disparó un par de tiros en el pecho, dándome por muerto en el mar, cerca de la costa. Lorena me salvó in extremis con una moto de agua, lelvandome al doctor de la mafia. Lorena me dejó allí tras asegurarse de que no iba a estirar la pata y fue a vengarse de Andrea Dominico. Ella ya sospechaba que no era trigo limpio y le puso un rastreador GPS. Andrea tenía una de mis armas, con la que me había disparado, y Lorena tenía la otra. Estaba desarmado y tenía que para un duelo entre ambas con las manos desnudas. Con ayuda de Fiodor, localicé a Andrea y con ella, a Lorena. El final de aquel ajuste de cuentas entre mujeres se dio en el espigón de un puerto, dejado de la mano de Dios. Me había agenciado un cuchillo de supervivencia y me interpuse entre ambas. Logré convencer a Andrea de enterrar ese nombre y volver a ser Julia, mi Julia, tener el crio juntos y olvidarnos de todo. Pero me dijo que no podía hasta matar a Lorena. Reaccioné por instinto, desviando el arma y apuñalando en el vientre a la que ahora era Julia de nuevo. Tras un periodo de duelo por ambos, Julia y el bebé no nato, Lorena y yo regresamos. Y todo para nada, para que me abandonase sin decir ni “Adiós, ahí te quedas”. Aunque hace poco me enteré que tuvo un muy poderoso motivo para actuar así. El caso es que estaba perdido y a la deriva, sin nada que me diese un mínimo de sentido a mi vida… hasta que nació Felicia. Vivía para autodestruirme, buscando la muerte en cualquier mal golpe. El día que nació, recibí un mensaje de uno de mis hermanos pequeños, donde me informaba que acabábamos de ser tíos. No solía responder a sus mensajes, generalmente los borraba y seguía a mi rollo, pero la curiosidad pudo conmigo y pregunté. Me personé en la habitación donde estaban todos, y me presentaron a la recién nacida. Me pareció de lo más insulso, y ya me estaba arrepintiendo de haber mostrado la cara por allí. Pero insistieron en que la sostuviese en brazos y así lo hice, a pesar de no haber tenido un crío en mis brazos desde que nacieron mis hermanos menores, sostuve a la pequeña Felicia con soltura. Suspiraron todos aliviados, me imagino que se pensarían que le haría algún daño a la neonata, que se me caería o algo por el estilo, como si tuviese manos de mantequilla. Estaba ya por devolvérsela al primer familiar que tenía cerca, cuando me dio por acercarle la mano a su carita, y Felicia me agarro el meñique con su diminuta manita de bebé. Entonces fue como si hubiese visto mi vida a través de un prisma, descomponiendo mi pasado y mostrándome que ya no podía seguir viviendo igual, haciendo las mismas cosas para ganarme el sustento. Me había roto para siempre aquel día, pero gané un vínculo muy especial con aquella personita que acababa de llegar a mi vida, por sorpresa. No me soltó el dedo en mucho rato, y yo no podía dejar de mirar su carita arrugada. “Se llama Felicia”, y nadie en la sala se opuso a ese nombre, todos coincidieron que no podría tener un nombre más bonito. Me tuvieron que sacar del hospital los seguratas, pues me negaba a irme del lado de mi sobrina una vez acabado el horario de visitas. Para alivio de todos, la cosa no fue a mayores, me fui sin armar el clásico zafarrancho propio de mí. Una vez fuera del hospital fui a ver al jefe, Fabricio. Le mire a los ojos y le dije que ya podía seguir trabajando para él, le conté lo que me había pasado, y en contra de lo que sospechaba, lo entendió perfectamente. Pese a ser el jefe de un clan dedicado al narcotráfico y otros asuntillos, era un padre de familia y en el fondo no era mala persona. Cuidaba mucho a los niños y tenía la opinión de que eran sagrados. Como comprenderéis, de este trabajo sólo te jubilas cuando el de arriba te llama a su vera. Los desertores son cazados como ratas. No quería seguir siendo un despojo humano, pero tampoco me apetecía vivir con un ojo a la espalda. Estaba cansado de pelear de aquella forma. Además, conocí a una muchacha que me parecía buena chica. La que me puso los cuernos siete años después, pero esa es otra historia. Se llamaba Laura y la amé con toda mi alma. Sólo me pidió un último trabajo, muy importante. Si lo llevaba a cabo con éxito sería libre, sin represalias. Lo acepté al instante. Trabajaba como gorila, daba palizas, amenazaba, cortaba falanges, hacía alunizajes, robos, butrones, etc, cualquier cosa que necesitase músculos, mala leche y algo de sesos. Se me daba bien la violencia, pero tampoco era retrasado profundo como la mayoría de mis socios y colegas, y Fabricio me tenía en alta estima, la justa para confiarme trabajos un poco más delicados, donde hacía gala de un ingenio e inteligencia que, si bien el resto de gorilas era incapaz de apreciar, el jefe sabía recompensar muy bien. Me iba bastante bien e iba escalando poco a poco en la jerarquía de la organización. Pero aquello ya era agua pasada. Realicé aquel ultimo encargo, me tomó más tiempo del que me hubiese gustado, pero en unos meses lo tenía despachado. Allí conocí a Jun Fei. Teníamos una relación muy compleja. Fuimos enemigos mortales, luego me secuestró y me torturó durante algunas semanas. Fue Kimiko, la chica a la que debía escoltar hasta Málaga, la que me liberó de mi cautiverio. Cuando Kimiko iba darle muerte a Jun Fei me interpuse entre ambas. Diríais que sufría el síndrome de Estocolmo, puede que si o puede que no. Pero logré que se reconciliasen y que le jurase lealtad a Kimiko, la futura líder del clan yakuza Tsukiyama. Pasamos de enemigos a compañeros de armas. Cuando acabé el encargo de guardaespaldas… me marché sin despedirme de ella siquiera. Reuní los fondos que tenía escondidos en diferentes lugares, cobré algunas deudas y devolví algunos favores. Con el dinero que tenía no tendría problemas en vivir holgadamente, sin lujos, durante bastante tiempo. Por supuesto, me deshice de todas las armas en casa, pero tuve la prudencia de dejar a buen recaudo, por si las moscas, en un lugar seguro, un pequeño arsenal. En cualquier caso no gasté demasiado, pues me mudé con Laura a Sevilla, donde no me permitía nunca sacar la cartera para pagar absolutamente nada. Durante mi cumpleaños número 30 viví una loca aventura en la que salvé al día por primera vez a escala mundial. O eso me gustaría creer, claro. Todo empezó frustrando un asesinato en la Giralda y acabamos, Laura y yo, siendo arrastrados a una serie de eventos en las que acabé por detener un plan maligno, que involucraba a las hijas de mi mayor enemigo y una bomba sucia. Jamás trascendió a la opinión pública, pues de haberlo hecho, habría producido un conflicto internacional con varias potencias. El resto ya lo sabéis: Me pusieron los cuernos y dejé de ver a mi pequeñaja durante un año, para aparecer los fantasmas del pasado para redimirme a ojos de mi sobrina y salvar el mundo una vez más. Básicamente decapité a un Yokai poseído por un ente muy poderoso, que amenazaba con apoderarse del mundo y convertirlo en su coto de caza privado. III Si, como lo leéis. Yo flipé en colores cuando me enteré que los monstruos existen. Y no me refiero a los humanos, claro. Espíritus del folclore japonés, vampiros, Mujeres de las nieves y cualquier bicho del que hayáis escuchado hablar (más o menos, depende de cual, claro)… todos reales. De hecho, una de mis amantes era uno de ellos. Y ah, por cierto, los viajes en el tiempo son posibles. Pero no me preguntéis como va el tema porque no tengo ni puta idea. Sólo os puedo decir que hay una versión futura de mi mismo rondando por aquí. Y no, no me he dado la mano con él ni nos hemos chupado las pollas, que os conozco. Pero si que me ha echado una mano. De hecho, según me han contado, seré la polla algún día. Tuerto, viejo y tieso, pero capaz aún de dejar preñadas a Yokais. Seré el jefazo de un grupo de asalto llamado “los facilitadores”. Por lo que sé, me dedicaré a rescatar a personajes para entrenarlos. Rudy, Marlenne, Akimba, Hellen y otras más, son parte de las personas que iré reclutando con el paso del tiempo. Lo que no tengo muy claro es porqué lo fundaré. No sé si es para poder ayudarme a mí mismo o hay algún otro motivo. Me negaron poder entrevistarme conmigo mismo y el colega (o sea, yo) se niega también a responderme cualquier pregunta. Lo único que me decían de su parte era un “Todo debe suceder como debe suceder, como sucedió y así sucederá” Antes de darme cuenta, sumido como estaba en mis recuerdos, había estado limpiando y recogiendo en modo automático, y ya había acabado. La resaca parecía ir remitiendo, después de varios litros de agua. Y con la mente un poco más clara, caí en la cuenta de algo muy importante. Fui hacia la habitación de Felicia. –Oye, Feli, cielo. ¿No tenías una copia de las llaves de casa? –Me miró divertida, sacó de su bolsillo trasero un manojo de llaves, entre las que figuraban las de mi piso, y sonrió– ¿Entonces porque has aporreado la puerta, niña? La niñata se rió a carcajadas. –¿Tú que crees, tito? Lo había hecho para fastidiarme, por supuesto. Seguramente habría entrado sin hacer ruido, vio que me había quedado dormido el día que venía de vacaciones y para darme un escarmiento volvió a salir para aporrear la puerta y el timbre, para despertarme. Su risa hubiese sacado de quicio a cualquier otro, pero yo no pude menos que reírme con ella. Ese era su “súper poder”, el de domar a las fieras, y a mí me domó el primero, apenas llegada a este mundo. La había echado mucho de menos aquel año, como todos. Se me tiró al cuello, como siempre, y me abrazó. Yo con eso ya era inmensamente feliz. Era la hija que sabía que jamás iba a tener y la amaba como tal. Capítulo 2 I Una vez deshecha la maleta –Tarea que le ocupó un par de horas– No paró de parlotear sobre el año que había tenido mientras preparaba algo de comer para los dos. En su casa era la princesita de todos, la consentida. Mi hermana había tenido un par más de hijos. Dos varones, concretamente. Durante nuestra estancia en Japón concibieron a Jaime. Con él no sentí aquella sensación que me transformó, al igual que con Felicia. No por ello le quería menos, por supuesto. Tengo otros sobrinos y sobrinas, y me llevo bastante bien con ellos, pero ninguna como con Felicia. A los dos años, nació Fabricio. Os podéis imaginar quien es su padrino. Efectivamente, Fabricio, mi antiguo Jefe. A mi vuelta de Japón, volví a retomar el contacto con él. No trabajaba para él, simplemente íbamos a pescar de vez en cuando. En parte porque extrañaba a su prima segunda o tercera –Nunca recuerdo bien su relación de sangre– Giorgia. Me negaba a verla, de forma tajante. Pero sí que le preguntaba a Fabricio sobre ella cuando estábamos en alta mar. Hasta donde quiso contarme, las cosas le iban muy bien. Me daba recuerdos de su parte. La última noticia que tuve de ella es que tenía una niña. Me alegré muchísimo por ella y así se lo hice saber… pero una parte de mí se retorció por dentro. Todavía sentía algo por ella, pero… no podría mirarla a la cara. Tenía a Jun Fei clavado en la mente. Pero que me hubiese olvidado, pasado página, me reconfortó. Me consolaba saber que la única constante en mi vida era ella, Felicia. Era el ojito derecho de todo el mundo. Mi hermana y mi cuñado no le exigían nada, salvo quizás, traerlas buenas notas en el instituto. Ella cumplía sobradamente, pero en lo respecto en casa no hacía ninguna tarea del hogar, mucho menos cocinar, pero cuando estaba los veranos conmigo se empeñaba en realizar todas las tareas, como cocinar. No era por tirarme flores, pero le fui enseñando poco a poco el arte culinario desde bien chiquita, y se le daba bastante bien. Y oye, a la niña no se le daba nada mal tampoco. ¿Había algo que a mi pequeñaja no se le diese bien? Una vez que habíamos llenado el buche con una exquisita pasta al pesto, Felicia se dispuso a salir un rato con Emily, la vecina de abajo. II Desde la primera vez que Felicia pisó mi edificio, se congració a todos mis vecinos, que me tenían un miedo atroz. Se hizo muy amiga de Emily, la hija mayor de una familia colombiana que residía en el piso inferior. Entre ambas, acabaron convenciendo al resto del edificio de que era un pobre diablo desamparado necesitado de amor y caridad. Consiguió cargarse mi reputación de tipo violento e intimidante, de gorila al que era mejor ni mirar a la cara. No era ningún secreto que portaba siempre un arma de fuego en el cinturón, en la espalda, oculta tras las chupa de cuero –Desde que me jubilé no volví a llevar la pipa a todas partes, claro– y hasta los mierdasecas de los alrededores susurraban mi nombre con pánico y terror. Cuando tenía un mal día, antaño, solía bajar y dar palizas a los camellos de la zona para robarles la mercancía. Cualquier maleante que destacase del resto era un posible blanco para mi ira. Había limpiado de chusma la zona y Felicia y Emily se lo había hecho ver a todos los vecinos de mi edificio. Llegaron a la conclusión de era un angelito. En pocos años pasé de ser cordialmente ignorado y evitado, a ver constantemente en las miradas de las vecinas más mayores un toque de pena, como si fuese una oveja descarriada, y empezaban a saludarme como si fuese su nieto. Más pronto que tarde empezaron a pedirme favores, como mover objetos pesados y demás mierdas semejantes. Favores que me veía obligado a realizar por la insistencia de Felicia. Y antes de darme cuenta, tenía a ambas chiquillas correteando por mi piso a todas horas cada verano, y cuando mi sobrina se marchaba de nuevo a casa con sus padres, no me desembarazaba del todo de la vecina de abajo y su familia, que parecían empeñados en “cuidar” de mí. Y bueno, me acabé encariñando también de la otra pequeñaja. III Emily llegó antes de que Felicia estuviese lista. Mi sobrina aún estaba en el baño, así que me tocó abrirle la puerta a la pequeña y risueña vecina. Emily era un año mayor y ya era prácticamente una mujercita, era de esas niñas precoces que a los 11 años habían comenzado la pubertad. Para los quince ya traía de cabeza a la toda la juventud masculina del barrio, jóvenes y no tan jóvenes. Aquello me trajo nuevos dolores de cabeza. No por su culpa, claro. Ya no era una niña y los ojos de muchos se iban detrás de ella… y por consiguiente, de mi sobrina. Los mantenía a raya el hecho de que la acompañase mi sobrina. Pero una tarde, Emily llamó a mi puerta, llorando. Un tipo de unos cincuenta, borracho abonado a la barra del bar, le había tocado el culo al pasar. Le había hecho comentarios muy desagradables y en vez de haber sido reprendido por los testigos de aquello, fue aplaudido. Aquello me llenó de una ira sin igual, que pocas veces había sentido. Le dije que esperase en mi piso. Bajé con la 9mm a la calle, con el corazón desbocado. Iba a haber movida y de la buena. Seguían allí, bebiendo y riendo, con una cervecita y comentando los culos de toda mujer que pasaba por el lugar, sin importar la edad. El autor de aquel delito ni me vio venir. Le di en la nuca un porrazo con la culata del arma, cayendo KO al suelo. Luego pegue dos tiros al aire, para llamar la atención de todos en el barrio. Cuando ya tenía a cientos de vecinos asomados a las ventanas, dejé bien claro que lo que iba a suceder a continuación, volvería a repetirlo si alguien osaba ponerle mano a cualquier niño, pero que si le pasaba a mis sobrinas –Así, en plural– no lo dejaría en una paliza monumental: Apretaría el gatillo sobre sus cabezas. A continuación les di una somanta de palos a todos los presentes. Fue una pelea campal, en la que recibí algunos golpes, pero minucias comparado a como dejé al resto. La policía ni se dignó a aparecer. Tenían órdenes de no acudir a ninguna llamada si estaba yo involucrado. Cortesía de Giorgia, la Consigliere de Fabricio. Como mucho aparecía algún antiguo compañero a ver qué pasaba, y de causar yo algún desperfecto, callaban bocas a base de golpes de billetes de los gordos. Ya en casa de nuevo, abracé a la pequeña y la tranquilicé. Le aseguré de que nadie, en su sano juicio, volvería a molestarle. Su familia me tenía ya en alta estima, pero desde aquel día, me tenían en un pedestal. La verdad es que me molestaba un poco todo aquello. Me gustaba estar solo y tranquilo, que la gente no me hablase y me ignorase de forma cordial. No podía salir a la calle sin que me acosasen. Abrí la puerta de par en par. Emily tenía el pelo muy rizado, recogido en un moño abultado, vestía una camiseta con un estampado floral bastante cuco, unos vaqueros ajustados y unas zapatillas Nike. –¡Hola tito! –Y entró sin invitación, como hacía siempre– ¿Estarás contento, eh? Ya ha llegado tu sobrinita, jijiji. No tenía rastro alguno de acento colombiano, hablaba un perfecto andaluz. Cosa que siempre me parece chocante, porque el resto de su familia posee el característico y cantarín acento. Usaban muchas palabras propias de su país de origen que aquí o no se usan o tienen otro significado. He de admitir que la mitad de las veces no entiendo que dicen cuando hablo con ellos. Pero Emily no. Hablaba como cualquier nativo español. No sé si sólo imitaba nuestro acento o sólo es la única en su casa que habla así. Incluso sus hermanos menores, habiendo nacido aquí, hablaban con su acento característico. Hacía años que dejó de importarme el asunto. IV –Pasa, pequeñaja –Mascullé y cerré la puerta, Emily ya estaba en mi cuarto de baño, junto a mi sobrina, parloteando mientras se terminaban de arreglar. Me senté en el sofá y me lié con calma un señor canuto, probablemente me pasase toda la tarde sólo. Aprovecharía para relajarme un poco con un capitulo o dos de una serie que tenía pendiente de ver, Fallout. Al cabo de unos minutos ambas chicas salieron del baño, “divinas de la muerte”, listas para salir por la puerta. Felicia tenía un libro en la mano. –Por cierto, los abuelos me han dado esto para ti –Dijo ofreciéndome el tomo– Está en un idioma que no conozco. Lo iban a tirar a la basura, por si lo querías tú. Lo tome de sus manos y lo empecé a ojear. Era un libro extraño, estaba forrado en cuero, un cuero flexible pero a la vez duro al tacto, parecía bastante antiguo. No tenía ni título ni autor, ni en el lomo, en la portada ni en las primeras páginas, donde es lógico y normal que estuviese. En su portada había una serie de símbolos grabados a fuego, círculos concéntricos dentro unos de otros, con pequeños símbolos extraños que no sabría identificar. Por lo demás el libro no tenía ilustraciones, ni editorial, ni fecha, derechos de autor o algo semejante. Las páginas estaban amarillentas y olían a libro viejo nada desagradable. Estaba impreso con un tipo de letra que no conocía, en idioma Esperanto. –Está en Esperanto, nena. Aquel libro me era bastante familiar. Me sonaba que había estado desde siempre en mi casa. Pasando de estantería en estantería hasta acabar dentro de alguna caja perdida en algún armario. De pequeño no era muy aficionado a la lectura, así que nunca me dio por echarle un ojo a ese libro en concreto. Aparte del castellano, yo hablaba japonés antiguo pero no sabía leer ni hablar el japonés moderno. Aunque me gustase bastante acaparar libros, no me interesaba para nada los que estaban escritos en idiomas que no conocía. –¿Esperanto? ¿Qué idioma es ese? –Preguntó Emily. –Un idioma inventado por un notas hace poco más de 100 años, creo. Usa palabra de diferentes idiomas actuales, como el español, francés, inglés, ruso y trataba de que se convirtiera en el idioma común de la humanidad… como te podrás imaginar, fracasó, obviamente. Lo arrojé despreocupadamente a una caja de cartón en un rincón, donde acumulaba chismes que terminarían en la basura o donándolos. –¿No lo vas a querer, tito? –Nah, no me interesan los libros que no pueda leer. Ya lo tiraré cuando se llene la caja esa. Felicia se encogió de hombros, tomó la mano de su amiguita y se fueron. Prendí el porro y me puse cómodo para ver mi programación. La tarde transcurrió sin mayor novedad, mi teléfono de vez en cuando vibraba con alguna notificación proveniente de Felicia: me mandaba fotos y me mantenía al corriente de todo lo que hacían, que sinceramente, me traía bastante sin cuidado, siempre y cuando estuviesen bien. Al oscurecer regresaron, llenando mi salón con su incesante parloteo adolescente. Sin consultarme siquiera, decidieron que aquella noche Emily se quedaría a dormir con Felicia en su habitación. Ya tenía asumido que sería más habitual de lo que me gustaría ese tipo de cosas. No me importaba demasiado. Al principio pensaba que su familia tendría algo que objetar, pero lejos de ponerse de mi parte, no veían mayor problema siempre y cuando no supusiese un problema para mí, dejando la pelota en mi tejado. Por supuesto no podía negarme, so pena de despertar la Ira Divina de mi pequeñaja. Aquella noche me tocó tragarme unos cuantos capítulos de la serie de moda adolescente, el año pasado fue Elite, este año toca Euphoria. Felicia se sentó a mi lado, abrazada a mi brazo izquierdo, Emily se sentó a mi otro lado, sentada sobre sus propias piernas. Mentiría si dijese que deseaba que me pegasen un tiro. No me gustan ese tipo de series, pero para variar, no estaba sólo: tenía conmigo a la personita más importante de mi vida, con eso me bastaba. Rondaba la medianoche cuando decidí que por mí ya estaba bien de tanto sexo y drama adolescente. Les desee buenas noches a las crías y me retiré a mi habitación. Les recomendé que no se acostasen muy tarde aun sabiendo que mi consejo caería en saco roto y harían lo que les saliese del coño, como era costumbre. “Si todo fuese eso…” fue mi pensamiento mientras me dirigía a mi cuarto, cuando me pareció ver algo pasar fugazmente por el rabillo del ojo. Volvía al salón. No había nada extraño, las niñas se habían puesto otro capítulo más, no había nada fuera de lugar. Me tumbé en mi cama y cacharreé un poco con el Tinder, ninguna me llamaba especialmente la atención. Si bien todas las chicas eran unos pibones, al final todas me parecían iguales y me entretenía más leyendo sus perfiles. Todas eran iguales, con sus empoderadas descripciones, que no eran más que la misma historia de “yo valgo mucho” y “aporta o apártate” pero dichas con otras palabras. Iba comentando en voz alta conmigo mismo la sarta de pamplinas que me encontraba cuando de pronto me pareció escuchar un ruido extraño. Me levanté y salí de mi habitación. Ya habían pasado un par de horas, Felicia y su amiga finalmente se refugiaron en su habitación con la puerta cerrada a cal y canto. Se escuchaba una conversación entre susurros y risitas si arrimabas la oreja. Revisé toda la casa, no había nada extraño. Achaqué el ruido a las crías, volví a mi cuarto y decidí que era hora de dormir. V Esa noche tuve un sueño extraño, angustiante como los que solía tener de vez en cuando, pero con una intensidad nueva y diferente a lo habitual, que me hizo incorporarme de golpe en la cama. Sudaba profusamente y tenía el corazón desbocado, volví a recostarme, me pareció escuchar un leve susurro justo antes de volverme a quedar dormido, pero no lo recordaba muy bien. A la mañana siguiente me desperté sin rastro alguno de la angustia vivida en mitad del sueño, no recordaba absolutamente nada, todo quedó en el olvido, como si hubiese dormido toda la noche del tirón. Era relativamente temprano, y me preparé un café en completo silencio. Las chicas tardarían un par de horas aún en levantarse. Disfruté de un momento de tranquilidad mientras desde el móvil navegaba por un famoso foro de habla española, respondiendo a los post que más me llamaban la atención, poniendo a más de un imbécil en su sitio, de buena mañana. Finalmente el par de princesitas decidieron que el mundo ya estaba preparado para la llegada de sus majestades, y vieron que era menester anunciar su inminente presencia en la cocina con una sucesión de chancletazos por el pasillo al andar, fanfarria oficial de este, mi reino. –¿Queréis un Cola cao? –¿Tengo acaso ocho años? –Felicia intentó sonar sarcástica, pero no lo logró– Café, por favor. No soy persona hasta que me tomo dos o tres. –Madre del amor hermoso, jajaja, ¿Qué eres, una Charo funcionaria de cincuenta o qué? –Yo si quiero un Colacao, tito –Emily sonriente levantó la mano en alto. A diferencia de mi sobrina, ella se despertaba siempre de buen humor, un curioso contraste con la malhumorada Felicia de las mañanas. Ambas señoritas se sentaron a la mesita que tenía en la cocina donde solíamos desayunar normalmente. Les preparé sus bebidas y un par de sándwiches mixtos en la plancha. Me salí a la terraza, que comunicaba con la cocina a fumarme un cigarro, tenía las ventanas abiertas, las podía ver y hablar con ellas. –¿Te apetece que vayamos al centro comercial, vemos una peli o algo, y comemos fuera? –¿puede venir Emily? –Claro, ¿por qué no? –preferiría que no, pero no me quiero arriesgar a que si le digo que no, no quiera venir, ya no es una niñita, está en edad en la cual las amiguitas antes que la familia –Si a sus padres les parece bien… y os dan permiso, no hay problema. Ni siquiera sé ya por qué lo intentaba. Aunque mis vecinos no quisiesen dejar a su “china” pasar el día en el centro comercial, con o sin compañía de un adulto, Felicia se encargaría de hacerles cambiar de parecer de tal forma que estarían encantados de dejar a su hijita adolescente, ya una mujercita, en mis manos. Incluso la idea más irrazonable propuesta por mi sobrina jamás obtenía un NO por respuesta. Magia. Por supuesto, el permiso fue entregado en el acto. No me molestaba la presencia de mí otra pequeñaja, pero no dejaba de ser la competencia. Confieso que sentía celos de Emily pero me parecía absurdo competir por la atención de Felicia. Las quería mucho a ambas, por descontado. Pero me gustaba pasar tiempo a solas y tener su plena atención. |
Editado: 19-nov-2025 23:19 -
17-nov-2025 16:03
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Capítulo 3 I Tras una ducha rápida me dispuse a bajar al garaje comunitario a por el coche, mientras las señoritas se tomaban su buen par de horas en arreglarse. Bajé en el ascensor acompañado del padre de Emily, que no paró de darme palique en todo el trayecto a pesar de mi total silencio. Nos despedimos y cada cual por su lado, me encaminé hacía mi auto, un utilitario Mazda 2 negro, nada llamativo pero bien cuidado, siempre tapado con una lona. Cuando me dispuse a retirar la lona, me pareció ver algo que se movía rápidamente a mis espaldas, captado por el rabillo del ojo. Me giré rápidamente, pero no había absolutamente nada. Arrojé la lona a un rincón de la plaza que ocupaba, me subí a mi coche y me tomé unos instantes. Arranqué el motor, me puse algo de música cañera y maniobré para salir del garaje. Estacioné a la sombra de un árbol cercano, a esperar a Sus Majestades. Bajé la ventanilla y me fumé otro cigarro más, con parsimonia, inclinando un poco el asiento hacía atrás, deglútando con fruición el humo. No volvería a fumar en muchas horas, quería disfrutarlo al ritmo de AC/DC, sonando por los altavoces “Highway to Hell”. Tras algunos momentos, en lo que estuve tentando de mandarle un “Guasa” y cerciorarme de que no me habían dejado plantado, aparecieron. Divas y esplendorosas, las dos adolescentes se aproximaron sin prisa. Montaron ambas en la parte de atrás. Parecía su chofer particular. Tras una ligera discusión sobre qué música se iba a reproducir durante el trayecto, el buen Rock salió triunfante. Y de la mano de Fito y los fitipaldis, Manolo García en el último de la fila, los Delinqüentes y otros, nos dirigimos con el corazón ligero hacía el centro comercial Plaza Mayor. Pasamos el día paseando de tienda en tienda. Quería echarle el ojo a algo que a Felicia le gustase, y tenía que estar atento. Si había algo que la niña quisiese que le regalase no lo diría directamente, solía decir algo así como “que mono” o algo por el estilo, pero con una entonación fingidamente desinteresada, y lo volvería a dejar en su sitio. Era la señal de que esperaba que ese fuese su regalo por mi parte. Vimos una peli palomitera en los cines Yelmo que nos gustó bastante a los tres, aunque durante la proyección sentía una mirada clavada en la nuca, pero salvo esa pequeña incomodidad, todo fenomenal. Nos reímos mucho, la verdad. No es que fuese una obra de arte, pero era un film gamberrete y con bastante humor negro, gusto que por lo visto compartíamos Felicia, Emily y yo. Fuimos a comer al Foster´s Hollywood y en un par de ocasiones me pareció ver una sombra por el rabillo del ojo. Comenzaba a mosquearme. No estaba seguro de si estaba muy cansado y me estaba pasando factura o se trataba de mi vieja amiga Hellen. Seguramente fuese lo primero, porque no sentí la presencia característica de la vampiresa. Me dije a mi mismo que debía bajar el consumo de hachís. II La comida del Foster´s no era una maravilla, pero era nuestro refugio habitual para descansar y reponer fuerzas. Siempre cogíamos la misma mesa, en el fondo del local, en el sitio más tranquilo. Charlamos y comimos a gusto. Decidimos dar una última vuelta, aún no me había hecho la señal, y quedaban unas pocas tiendas por ver. Nos pusimos en marcha otra vez. Se detuvieron y entraron en el Intimissimi. Me daba algo de reparo pasar con ellas al interior de la tienda, era la primera vez que Felicia sentía curiosidad por aquella cadena de tiendas de ropa femenina, intima en su mayoría. Intenté escaquearme y esperar fuera, pero las adolescentes me arrastraron dentro de la tienda. Parecían estar en su salsa, mirando modelitos nada apropiados para su edad, comentando esto y aquello, decidiéndose por un par de braguitas y unos sostenes, todo a juego. En las proximidades de la caja, choqué con alguien y producto del tropiezo, casi se da de bruces al suelo. Evité su caída poniendo mi brazo en medio y sosteniéndola. La ayudé a incorporarse. No era precisamente la mujer más bella del mundo, pero tenía un yo que sé que me atraía. Era voluptuosa pero delgada y en forma. Vestía unos vaqueros con el tiro muy bajo, y un semitop de mangas largas de color morado y negro a rayas, que dejaba su abdomen a la vista, un abdomen fitness, sin una gota de grasa. Su piel era tersa y pálida, se notaba que bajo la piel tenía músculos firmes, pero nada exagerado. Todo muy natural, vaya. Tenía el pelo teñido de un rojo intenso, largo y bien cuidado, recogido en una coleta hacía la mitad. Tenía los labios pintados de negro, con un arito de plata en el labio inferior, tipo Ashley. El resto de su maquillaje parecía inexistente, salvo la sombra de ojos, de un tono morado muy oscuro, casi negro. Sus ojos eran negros. Llevaba anillos y demás complementos al estilo gótico, cruces varias, calaveras, murciélagos, etc. Remataba su indumentaria con unas botas militares negras. La palidez de su piel parecía antinatural dada la situación geográfica, pero era algo que lejos de molestarme, me gustaba. Me disculpé por el golpe, y le ayudé a recoger los trapitos que se habían caído, prendas todas subiditas de tono que le entregué intentando no parecer un pervertido. La chica me sonrió picaronamente. –Vaya, normalmente antes de tener mi ropa interior en sus manos, los chicos suelen invitarme a una copa… o a un café al menos –Dijo mientras recibía sus prendas, sin dejar de mirarme a los ojos. Me hubiera ruborizado de ser un crío sin experiencia, pero estaba curtido en un millón de batallas del mismo estilo. Felicia y su amiga miraban la escena entre indignadas por el descaro de la mujer y embelesadas por aquella escena propia de una de sus series para adolescentes, que podían presenciar en vivo y en directo, gratuitamente. –Eso tiene fácil arreglo, el DUNKIN sigue abierto, si tienes tiempo… La joven me pegó un repaso de arriba abajo, y como si estuviese pensándoselo, con una mano en la cadera. Tardó un par de segundos en responder. –Está bien, tengo algo de tiempo que no me importaría perder contigo. –Su voz era grave y sensual a la vez, me recordaba mucho a Mónica Naranjo. Pagamos nuestros artículos en la caja y una vez fuera, nos presentamos adecuadamente. La chica se llamaba Elena, le dije mi nombre. –Y estas señoritas tan guapas son mi sobrina Felicia y su amiga Emily, mi vecina. Ambas son mis pequeñajas. Tras los dos besos de rigor y las presentaciones hechas, nos dirigimos hacia la cafetería. Las chicas nos dejaron preceder la comitiva, dándonos algo de intimidad. –Por un momento pensé que erais padre e hija, y yo que me había emocionado pensando que un casado me estaba metiendo fichas… –Dijo con un tono claramente burlesco y provocador. Me gustaba Elena, y yo parecía gustarle a ella. Y debió de notarse lo suficiente como para que mis acompañantes decidieran que les apetecía tomarse un helado. Se despidieron, dejándonos solos, a nuestro aire. III Pedimos un par de cafés, pero ni siquiera los probamos. Empezamos a hablar, al principio bromeamos sobre la forma en que nos habíamos conocido, que me había visto un par de veces por el centro comercial del brazo de dos jovencitas a lo largo de la mañana y se preguntó si sería uno de esos “Sugar Daddy” tan de moda. Hizo la gracia de a que a ella no le vendría mal uno de esos, y algunas bromas más. Luego nos fuimos poniendo cada vez más serios, tocando temas como la literatura, series y películas. Teníamos gustos muy parecidos, de hecho, habíamos visto la misma película, y curiosamente, en la misma sesión. Parecía que todo había ido encaminado a cruzarnos este día y en este lugar. No era de enamorarme a primera vista, ni siquiera era de encariñarme con una mujer en poco tiempo. De hecho, ya pasaba de enamorarme, como comprenderéis. No es que me hubiese impuesto un luto por Jun Fei, pero me costaba conectar con nuevas mujeres. Tenía la puerta abierta a lo que fuese, pero me daba pereza ir a conocer chicas nuevas. Tenía una amplia lista de fracasos amorosos, pero yo que sé. Elena era diferente de alguna forma. Elena me gustaba mucho, y no sólo para un par de revolcones buenos, si no para algo un poco más profundo. No hablo de despertarme a su lado, de sentir su aliento mañanero y no molestarme en absoluto, de envejecer juntos y morir en los brazos el uno del otro. Pero sí que quería verla más veces, desde luego. Nos quedamos charlando y coqueteando hasta el cierre. Finalmente nos fuimos, muy juntos el uno del otro, a despedirnos fuera. Le conté que mi sobrina se quedaría todo el verano conmigo, pero que no era impedimento para poder vernos si le apetecía quedar. La acompañé hasta los aparcamientos. Había venido en una Yamaha cuyo modelo no supe identificar. Me dijo que le había gustado conocerme y que encantada de volver a quedar las veces que quisiera. Estábamos muy cerca el uno del otro, muy, muy cerca. Y cuando creía que nos íbamos a besar, se dio la vuelta, subió a la moto y se colocó el casco. Prendió el motor. –Tienes mi contacto, llámame, guapo. Me lanzó un beso con la mano. Quedó un poco extraño con el casco puesto, pero aquel gesto era inconfundible. IV Mi móvil vibró: tenía 5 llamadas perdidas. Llamé a Felicia para saber dónde estaban y quedamos en un punto concreto para recogerlas con el coche. Fui hacia el Mazda con una canción en los labios, hacía tiempo que no me sentía tan bien. A pocos metros del coche, volví a sentir como si una sombra se moviese rápidamente en la periferia de mi campo de visión, apenas viéndolo con el rabillo del ojo. No sé qué carajo me estaba pasado últimamente. Me froté los ojos. Recogí a mis pasajeras como si fuese un Uber, muy profesional. Como esperaba, nada más entrar me llovió cientos de preguntas sobre Elena. Estaban muy excitadas, al parecer veían a Elena con posibilidades de acabar conmigo como pareja estable. Sabían mi gusto personal, casi fetichista, hacia el mundo gótico, en todas sus vertientes, desde el más clásico, rollo Victoriano, como Winona Ryder en Drácula, hasta el más moderno y estrafalario estilo que se pusiese de moda. Por supuesto antes tenían que conocerla mejor antes de dar su aprobación, si no tenía el visto bueno de mi sobrina y de Emily, no podría convertirse en su tía, oficialmente. Fui respondiendo a sus insistentes y repetitivas preguntas sobre la improvisada cita, y poco a poco se fueron calmando. Tenían su dosis de romanticismo. ¡Qué sufrido era contentar a dos adolescentes con las hormonas revueltas! Se hizo un silencio que me pareció antinatural en mi sobrina. –¿Sabes, tito?, ya empezaba a pensar que te quedarías soltero para siempre… Suspiró entre aliviada y disgustada. –¿Y me habrías cuidado tú cuando fuese un viejo inválido? –bromeé. –Por supuesto. ¡Tú te quedas conmigo! ¡Nada de residencias de ancianos! Te cuidaremos entre Emily y yo, ¿Verdad? –Claro que sí, Tito, cuenta con ello. Emily se había acostumbrado tanto a escuchar llamarme “tito” por parte de Felicia, que también me llamaba así, desde pequeña. Nunca he tenido el valor de corregirla. No es mi sobrina, pero es casi como de la familia. Con tres años ya la tenía correteando con mi piso al lado de Felicia cuando íbamos de visita. Iba de un lado a otro del piso, con el corazón en la boca, tratando de controlar que dos bebés no se hiciesen daño. Laura y sus madres no sé cómo tuvieron el valor de confiarme a las pequeñas, mientras rajaban como cacatúas en el piso de abajo, con una taza de café de por medio. Realmente no necesitaba nada más. Mi corazón, pese a ser de piedra, estaba rebosante en la actualidad. Cuando no era verano, siempre que podía, Felicia me hacía una visita o iba a verla yo. No vivíamos lejos el uno del otro. Cuando no podía ser –Felicia se tomaba muy en serio sus estudios– me encontraba solo durante semanas. Era Emily la que se encargaba de, entre comillas, cuidarme. Era propenso a la autodestrucción, como si me odiase a mí mismo por alguna razón y quisiera hacerme daño. Y si me dejaban solo demasiado tiempo, lo que encontraban no les gustaba nada. Me consta que Felicia le había encargado mi seguridad personal a Emily. La había autorizado a regañarme si lo estimaba oportuno. Si la ignoraba, me amenazaba con contárselo a mi sobrina. Una vez en casa, bastante cansados, nos quedamos tumbados en el sofá, muertos. Las bolsas de las diferentes tiendas que habíamos visitado estaban regadas por todas partes. Emily se volvió a su casa, dejando los artículos aquí. Felicia se quedó dormida apoyada en mi hombro. No quise despertarla tan pronto, así que me quedé, en total oscuridad y en silencio. Dediqué aquel momento en rememorar el día de principio a fin. Al cabo de un buen rato, desperté suavemente a Felicia, que refunfuñando me pidió que la llevase a la cama. Sonreí, todavía era una niña. Deseaba con toda mi alma que se quedase justo así para siempre, que nunca conociese a un chico que la volviese loca y me la robase. La cogí en brazos y delicadamente la llevé hasta su cama. Antes de cerrar su puerta al marcharme, le susurré un “no crezcas nunca, por favor”. Me acosté en mi cama y prendí un cigarro, me temblaba un poco la mano. Había sido un día redondo. Aplasté la colilla en el cenicero, cerré los ojos, y me dormí en el acto. V Los siguientes días transcurrieron con bastante tranquilidad, Felicia y yo disfrutamos de las vacaciones, sin más. Algunas veces con Emily y otras veces en solitario. Fuimos a la playa, acudimos a un par de conciertos, hicimos alguna que otra excursión a la naturaleza, visitamos algunos pueblos poco concurridos, etc. Cosas típicas de la temporada estival en el Paraíso (Andalucía). Lo único destacable es que, con mayor frecuencia, notaba movimientos raudos por el rabillo del ojo. Lo achaqué al cansancio de tener a una adolescente rondando cerca. En Japón descubrí que hasta cierto punto, era capaz de notar la presencia de los Yokai. Llamaba Yokai, por comodidad, a cualquier criatura sobrenatural o fantástica. Al menos sabía cuándo Hellen andaba cerca, incluso en su forma de sombra. La había notado algunas veces durante aquellos años. Me hacía visitas pero jamás mostraba el rostro. Cuando quería decirle que no se marchase, que a ella si quería verla… ya se había pirado. Pero no se trataba de Hellen u otro vampiro con la misma habilidad o “Talento” como ella lo llamaba. No quise pensar demasiado en ello. Aunque Felicia no era muy “mosqueona” sí que tuvimos alguna que otra movida, tonterías en realidad, pero que hacían mella en mí y mi nivel de estrés habitual. Era complicado contentar a una adolescente 24/7. Achaqué las sombras a aquello y a la edad, quitándole hierro al asunto. Hasta que una mañana, desayunando juntos, la niña me comentó que últimamente creía ver sombras que se movían a gran velocidad, por el rabillo del ojo. –Sabes, tito. Últimamente me siento observada, como sombras que se mueven rápido… ¿Puede ser Hellen? –Nah, no creo. Es curioso, a mi también me está pasando eso. Creo que es el estrés, pequeñaja. –¿Quieres que le pregunte? –¿Tienes el número de Hellen? –Tengo el de Rudy. –Pues no la llames. –Pero… –Que no la llames, por favor. A ella sobretodo no. –Tienes que pasar página, tito. –Eso hago, Feli, pasar página. –¿Sabes que te tiene controlado, verdad? Solo tienes que pedirlo, y aparecerá por aquí. –Felicia… por favor… –¡Tienes que superarlo! ¿Te crees que a mí no me dolió, que no me duele todavía, que Jun Fei no esté con nosotros? –No es eso, Felicia, cielo. Ya sabes que Rudy es muy… –Suspiré– Muy intensa. Ya te dije que aunque lo nuestro se terminase… podrías seguir siendo su amiga que a mí no me importaría ni me dolería ni nada. –Eso hago. Hablamos casi todos los días, incluso ha venido aquí muchas veces, con Marlenne –Lo pronunciaba como le enseñé “Márlian”– Y el resto de los Facilitadores. Me han llevado al cuartel general y todo. –¿Ah, sí? Primera noticia. –Porque tú siempre dices que no quieres saber nada. –Ya… Felicia era muy cuca. Había sacado el tema para que me interesase por mis antiguos amigos, y ahora me picaba la curiosidad. –Pues sí, tienen un cuartel muy chulo. De hecho, te voy a contar un secreto, tito. –A ver. –Soy miembro oficial de los Facilitadores. Me reí. –¡Es en serio! ¡Mira! Se levantó la manga de la camiseta. No había nada, pero pasó la mano por el deltoides y de forma fugaz pude ver un símbolo extraño. –Pero que… –Es la marca de los Facilitadores. Es como un tatuaje pero mágico. Todos lo tienen. –¿Cómo? ¿Qué te han tatuado? ¡¡Pero si eres menor de edad!! ¡Tu madre me va a matar a mí! Me puse de pie, arrastrando la silla. Estaba indignado, pero mi sobrina se echó a reír. –Tonto, no es tinta, ¡es magia! –¿Cómo que es magia? La magia no existe, Felicia. –¡Anda que no! Yo lo he visto con mis propios ojos… pero como no quieres saber nada… pues no te lo contaré. Me tenía a su merced. Suspiré. En el fondo lo que quería era fardar, tanto de su incorporación a los Facilitadores como de tatuaje “mágico”. –Venga, cuéntamelo. Que es eso que tienes ahí “tatuado”. Felicia se puso muy recta en su asiento, muy resabida ella. –Pues esto lo otorga Nyara, la guardiana. Nadie que no sea invitado por ella a pasar, puede traspasar la barrera que hay alrededor del Cuartel General. –Ajam… –Por cierto, que lo sepas. Tú le caes particularmente mal. –jajaja, ¿Y eso porque, eh? ¡Si no la conozco! Felicia sonrió de medio lado. Sabía algo más de la cuenta. –A ti te conoce muy bien… pero tú todavía no la has conocido, tito. –Espera… ¿Sabes lo de…? –¿Qué hay un tito del futuro? Por supuesto. –¿Le has visto? O sea, ¿Me has visto? –Para nada. Me lo contó Nyara el día que la conocí. –Aaaah… es una chivata. –Bueno… –Sonrió– Es difícil resistirse a mis encantos. Nadie me niega nada, ya lo sabes, jiji. –Eso de nadie… ya ves que mi yo del futuro se ha negado a verte. La sonrisa se le congeló en el rostro. –Sí, pero tienes tus razones. El caso es que Nyara te la tiene jurada. La secuestraste y la tienes esclavizada. –¿Quién, yo? No soy del tipo de persona que secuestra personas y mucho menos las esclaviza. –No es técnicamente una persona… –Dijo de forma misteriosa. Ya me tenía enganchado. Ahora la curiosidad en mi era más poderosa que mis ganas de no querer saber nada. –Venga, si estás deseando soltarlo todo. Háblame de ellos, anda. –Nyara es un espíritu elemental. El del fuego. Aquello me trajo recuerdos amargos. Makki estaba poseído por el espíritu del bosque. Me imaginé que esa tal Nyara sería de la misma clase. Felicia continuó. –Me contó que hacía décadas que la tenías trabajando para ti. Que la obligabas a proteger la mansión donde tenemos el cuartel general. Nadie puede pasar la barrera que rodea el terreno sin que ella conceda su permiso. Nos dio a todos este símbolo, que nos permite pasar sin mal alguno. Cualquiera que lo intente… es calcinado. –Joder… –Yo, como le caí bien, me concedió el pase, sin ser Facilitadora ni nada. –¿Y eso? ¿Cuándo? –Cuando Hellen me llevó allí, hace siete años. Hice memoria. Cuando el Makki y yo tuvimos aquella interminable charla, sin posibilidad de arreglar las cosas por las buenas, todos abandonamos el bosque sagrado. Hellen tenía órdenes de sacar a mi familia de Japón en ese caso. Tal como me aseguró Rudy en su momento, los llevaría a su “Cuartel”. Lo que no sabía ni me habían contado, es que marcarían a mi niñita como si fuese una vaca. –Como me aburría… me puse a investigar. En el segundo sótano estaba Nyara, y hablamos largo y tendido. –Que maja, ¿No? –No te creas, ¿eh? Es muy borde, pero me la gané. Estuvimos hablando desde entonces y hasta que salí de allí para volver a casa. Cada vez que paso por el cuartel general, voy a verla. Me aseguró que el día que logre escapar de tus “garras” te calcinará hasta los huesos. He intentado quitarle esa idea de la cabeza, tito, pero es muy terca. –Oh, gracias. Es un detalle por tu parte. –No seas sarcástico, anda. Poco a poco la estoy convenciendo. –Te conozco, Feli. Estás jugando con fuego… y te quemarás, o peor, me quemarán a mí. Te digo, por experiencia, que estos “seres” son muy astutos. Te harán creer que se van a portar bien, que te prometerán el oro y el moro… y luego descubrirás que ellos no se rigen por la moral de los humanos. No te fíes de ese espíritu o lo que sea. Porque eres capaz de soltarla. Felicia se puso en pie, mosqueada. –No hables así de mi amiga. –Los monstruos no son amigos de nadie, nada más que de sí mismos. ¿Para qué dije aquello? Era muy malinterpretable, desde luego. Quería referirme a que, dentro de los Yokai, los había buenos y malos, y los malos eran los monstruos. Ya ofendí en su momento a mis amigos Yokai. Felicia se enfadó de verdad. Se marchó, altiva, a ver a Emily. Antes de irse se giró. –¿Sabes? Nyara será muchas cosas, pero no una mentirosa. No me extraña que te odie con esos prejuicios… –Feli.. Sabes que no quería decir eso… –Díselo a ella… Y se marchó dando un portazo. Hundí la cabeza entre las manos. VI Al cabo de media hora regresó con Emily. Estaba preparando el almuerzo y no tenía claro si ella comería conmigo con ella. Me llamaron al salón. Me limpie las manos y fui. –Tito –Comenzó Emily– Felicia me lo ha contado todo… y creo que estás equivocado. –Espera… ¿Qué te ha contado exactamente? –Todo, Tito. Felicia seguía enfurruñada y no quería hablar. Era obvio que Emily estaba allí para mediar. –Todo… ¿Todo? –Todo es todo. Al principio no me lo creía… hasta que conocí a los Facilitadores. –¿Tú también? Emily se frotó el vientre, al lado del ombligo y la misma marca que tenía Felicia apareció más nítidamente en su piel. Abrí mucho los ojos. –Sí, es lo que te imaginas. También soy una Facilitadora. Me senté en el sofá. Tendría que tener una charla –No sabía cuándo– con esta gente. ¿Qué diablos hacían metiendo a mi sobrina y su amiga en todo aquello? ¿Era una forma de llamar mi atención? Emily se sentó frente a mí y Felicia la imitó. –No te preocupes, solo aparecen con el calor si queremos. Si Nyara quiere, la puede quitar, así que no sufras. –No importa. –Has llamado “monstruo” a Nyara… y también es mi amiga, como lo es de tu sobrina. Felicia me ha contado tus aventuras en Japón y he visto con mis ojos a Hellen y a Marlenne en plena acción. Tito, ¿Ellas también son monstruos? –No era lo que quería decir. Ok, no todos los Yokai son malos, lo hay buenos. Pero los que son malos, Emily… lo son a rabiar. Esos si son monstruos. No os confiéis… pero vaya, ni con los Yokai ni con los humanos. –No te preocupes, no somos niñas pequeñas. Sabemos en quien se puede confiar y en quién no. No haremos ninguna locura. –Puede que os consideréis muy adultas… pero no dejáis de tener catorce o quince años, Emily. Sois niñas todavía… –Quiso contradecirme pero no la dejé meter baza– Y me da igual que tengáis veinte, para mí, siempre seréis mis pequeñajas, mis niñas. No puedo consentir que os pase nada. No me importa que os hagáis amiguitas de esa tal Nyara y cualquier otro facilitador… sé que, por el bien que les trae, cuidaran de vosotras. Pero os lo ruego… no os metáis en líos. Pero si lo hacéis… ni se os ocurra actuar por vuestra cuenta. Pase lo que pase, contad conmigo. Siempre. Felicia abandonó su mal humor y me dio un abrazo. Emily se unió también. Sabían que tenía la mejor de las intenciones y que siempre estaría ahí para ellas. Pasase lo que pasase. Capítulo 4 I Con Elena las cosas iban fluyendo. Quedamos un par de veces más en la última semana, y sorprendentemente, aún no sólo no habíamos tenido sexo, si no que ni siquiera nos habíamos besado. Cuando estábamos juntos saltaban chispas, literalmente. Había una tensión sexual más que evidente, que manteníamos tirante. Lejos de hacer que perdiese el interés, me provocaba sentimientos encontrados, que me atraían a revoletear a su vera. Felicia estaba encantada con la situación, me animaba a escribirle y a concertar más citas con ella. Me interrogaba constantemente, en busca de novedades y avances. –No te pondrás celosa, ¿verdad? Me animas mucho pero podría quitarme tiempo de estar contigo, ¿sabes? Felicia se me colgó encima y me estampó un beso en la mejilla. –Nada ni nadie nos separará, tonto. No tengo problema en prestarte a Elena de vez en cuando. Quiero que seas feliz. No puedo estar siempre contigo, por desgracia. No quiero que estés sólo y triste… cuando no te tengo vigilado haces tonterías. –Ya… –No sabía que decir ante tal acusación, totalmente cierta. Me abrazó con más fuerza. –Creo que hacéis buena pareja. Me podría fiar de ella y dejarla a cargo cuando no estoy. II A la semana siguiente, volví a ver a Elena. Felicia y Emily organizaron una moraga en la playa una noche de luna creciente y estarían fuera toda la noche. Al principio no me hizo mucha gracia la idea, no era quien para prohibirle beber a nadie, dados mis antecedentes. Tarde o temprano tendría que experimentar todas las cosas, buenas y malas, de esta jodida vida. Emily me prometió que cuidaría de ella. A ambas le dije lo siguiente: –Si me necesitas, llámame. Da igual la hora y el lugar, da igual lo que hayas hecho, el lio en que te hayas metido, llámame e iré a buscarte donde sea. Si no quieres contarme lo que ha pasado, no me importa, no preguntaré, llámame. “tito, ven a recogerme a X sitio, sin preguntas” y volaré a tu lado. Jamás pienses que estás sola, jamás. No pude evitar emocionarme un poco. Las abracé a ambas, que me miraban extrañadas. Supongo que fui demasiado vago y muy grandilocuente. Hubiese bastado con decirle que yo también me emborraché como un piojo y tenía que ir a patita durante horas para volver a casa y que se pasase el ciego. Hubo noches malas, como seguro que ellas pasarán algún día. Confiaba en que no bebiesen nada, pero si lo hacían, podían contar con que iría a recogerlas en coche a donde hiciese falta. Sin broncas ni charlitas. –Sólo vamos a una fiesta, tito. Ni que fuésemos a atracar un banco… Y ambas amigas se fueron con viento fresco al caer la tarde. III Llamé a Elena y concretamos una nueva cita para esa misma noche. Quedamos en vernos en un bar cercano donde me dejaba caer de vez en cuando. Me arreglé un poco, no soy para nada vanidoso, y la experiencia me dicta que si de verdad quieres gustarle a una mujer, hay que parecer no un guarro, pero si mostrar cierto desinterés apático. Mi apariencia parecía descuidada, como si fuese a pasear el perro, como si aquella cita en realidad me importase un bledo. Pero nada más lejos de la realidad, cada detalle estaba cuidado al máximo. Si muestras demasiado interés, si eres demasiado amable y cortés, si te arreglas en exceso para dar una buena impresión, todo lo que consigues es quedar a sus ojos como un pardillo. Hay que ponerles las cosas difíciles para mantener siempre despierto su atención hacía ti. Es un juego con un equilibrio muy sutil entre ser un gilipollas y un caballero. Con unos vaqueros algo gastados, personalizados para aparentar ser más viejos de lo que son, una camiseta de ACDC, mis complementos habituales, cinturón de cuero con una hebilla de acero, simple, pero resistente, mis muñequeras de cuero y mi colgante, perenne, con la bala de “Roxanne” y el colmillo de Makki, en honor a Jun Fei. No me molesté en peinarme, mojé mis manos en el lavabo un poco, me humedecí el cabello, y alborotándolo enérgicamente, dejé que mis rizos cogiesen la forma a su aire. Con el pelo por los hombros, con el aire de la tarde, me quedaba un look bastante casual. El “Ruta 69”, era el nombre del garito donde habíamos quedamos para tomar algo. Había abierto sus puertas apenas tres años antes. No era un lugar precisamente tranquilo donde charlar con tu churri, pero ponían buena música. Música de verdad, de la que ya no hacen, de esa por la que ahora los chavales, como mi sobrina, te llamaban “boomer”. Sonaban los clásicos de siempre, incombustibles. Aunque variaba según el día y el humor de Hattori, el dueño del lugar. Hattori era un señor peruano de unos cincuenta años, parecía un indio apache de un western antiguo. Poseía una enorme nariz, muy característica de su pueblo, el pelo largo y lacio, negro como el azabache, solía llevar siempre una bandana en la frente. Su nombre real no era Hattori, por supuesto. Se llamaba, creo recordar, Emilio José Roberto Guzmán, alias Hattori. Todos le llamaban “jefe Hattori”. Entusiasta del manga y el anime, Heavy de la vieja escuela, empresario y jugador de poker, bastante malo, por cierto, pero nos dejaba jugar a los parroquianos en la trastienda los jueves. Aquella tarde noche tocaba Rock latinoamericano. Sonaba “el tri” a un volumen que permitía mantener una conversación sin desgañitarse y el ambiente estaba más tranquilo que de costumbre. No había mucha gente aquella noche. Me acodé en la barra pues aún era pronto para sentarse. Tenía reservados dos taburetes, dejando mi chupa de cuero sobre ellos. Hattori tenía empleados a dos jóvenes españoles. Un chico barbilampiño, demasiado joven para aquel ambiente, pero con buena mano para los cocteles y combinados. No había trago que no supiese hacer de memoria y de forma espectacular. Su pericia coctelera atraía a mucha clientela. La otra empleada era una despampanante morenaza, que vestía siempre camisetas con un escote tan apretado que no me extrañaría que las tetas se le saliesen de golpe un día. También atraía a mucha clientela, aunque apenas si sabía servir una cerveza. No me refiero a tirarla, si no de abrir un tercio. IV El jefe solía servirme las bebidas personalmente y darme palique –¿Qué pasa, jefe? Ponte ahí una Victoria fresquita, anda. –Ahí va eso –Puso dos tercios de Victoria sobre la barra, una para mí y otra para él– ¿Esperas hoy compañía? Le di un trago a mi birra, despacio. –He quedado con una mujer –El Jefe me miró algo sorprendido– No me mires así, coño. He quedado con una mujer de verdad… y esta es diferente, Jefe. –Es decir... ¿Ninguna que conozca? Cuando me sentía especialmente solo y juguetón, me ligaba a cualquier chavalita medianamente atractiva, le echaba un polvo y adiós muy buenas. Sin malos rollos ni dramas, por supuesto. Todas eran asiduas al Ruta 69 y al final aquí, en el ambiente macarra, nos conocemos todos. –Exacto, no es de por aquí –Señale discretamente a mi alrededor con la mano– Quisiera impresionarla un poco ¿Podrías parecer un profesional y no un “ponebirras” de un tugurio de mala muerte? –Claro, amigo. Yo trataré de parecer profesional y tu trata de no parecer un gorila bailando por un par de bananos. –Dirás por un par de cocos, ¿no? Porque tiene un buen par de cocos la chavala, ¿Abe? Nos reímos un rato y acabamos con otros dos tercios más mientras charlábamos de cosas triviales. Diez minutos antes de la hora acordada apareció Elena, despampanante. Vestía unos vaqueros negros ajustados, decorados con arañitas con sus telas, bordadas. Unas botas con tacón muy bonitas. Lucía una chupa de cuero roja, llena de cremalleras por todas partes. Llevaba el casco en la mano. V Se quedó unos instantes en la puerta, recorriendo el local con la mirada, hasta localizarme. Le hice una señal con el tercio en la mano, y se acercó sonriendo. Después de los dos besos de rigor, dejó el casco en el taburete y se quitó la chaqueta. Llevaba un corsé de cuero negro, que dejaba más bien poco a la imaginación. Tras una pequeña charla de cortesía, la invité a tomar asiento en la barra. Nos sentamos, pedimos unas bebidas y empezamos a rajar. Hablamos sin parar, saltando de tema en tema. Ni siquiera recuerdo que temas tocamos, pero no podía estar más a gusto. Y bebimos, bebimos bastante, lo suficiente como para hacer una locura, sólo que no realizamos ninguna. El jefe servía trago tras trago, como todo un profesional, hasta que llegó la hora en que tuvo que decir: “hasta aquí hemos llegado”. Chapamos el Ruta69 entre risas y estábamos bastante tocados. –Creo que debería marcharme ya. [Realmente dijo algo: mabro ya, kes mu tarde…] La retuve por el brazo. –No dudo de tus capacidades para conducir esa moto tuya de gran cilindrada y llegar a tu domicilio sana y salva, querida y estimada amiga… peeeeero prefiero que pases la noche en mi santuario, donde podrás descansar y refrescarte. O eso me hubiese gustado decir, pero por mi boca salió algo así como un “estas to borrasha, ¿ande va con la moto? sube a mi choza a que se te pase, ju-ju-juapa, y nos tomamos la úrtima” –Va–vale, huapo, llévame a donde quierash… En un intento de acariciarme la cara, acabó pasándome la palma de la mano por todo el rostro, haciendo que nos descojonásemos los dos. Y de esa guisa, abrazados y terriblemente ebrios, nos dirigimos tambaleantes hacía mi piso. No recuerdo muy bien el trayecto desde la salida del garito hasta cerrar la puerta de mi piso, con nosotros dentro. VI Seguramente, a pesar de intentar no armar escándalo, iríamos dando golpes, risotadas y chistándonos por todo el camino. Una vez en casa, nos sentamos en mi sofá, cerramos los ojos durante lo que creí eran un par de segundos, para descansar la vista y darle algo de tiempo a la habitación para que dejase de girar a mi alrededor. Al cabo de un buen rato, con el nivel de alcohol bastante rebajado en sangre, abrí los ojos. Elena parecía dormida, con la cabeza echada hacía atrás en el respaldo trasero del sofá, pero abrió los ojos de golpe y se incorporó. –Joder, hacía mucho que no bebía tanto. Empiezo a creer que me has emborrado a propósito. –jajaja, es bastante posible. –No te hacía ninguna falta embriagarme para tenerme a tu merced. La miré, sus ojos no parecían bromear. Al instante siguiente, como si ya no pudiésemos seguir tensando más la cuerda, nos abalanzamos el uno al otro, besándonos con loca pasión. Nos teníamos muchas ganas. Beso tras beso, la temperatura subió, ¿Era yo o tenía mucha calor?, me deshice de la chupa y la arroje por ahí. Al cabo de un buen y satisfactorio intercambio de besos preliminares, era hora de pasar a mayores, y sin parar de devorarnos mutuamente, fuimos encaminándonos hacia la habitación. Dejamos un rastro de prendas, como el caminito de migas de pan del célebre cuento. Ya en mi cama, tan sólo me quedaban los gayumbos. Elena había conservado lo mejor para el final, Tan sólo llevaba el corsé y un diminuto tanguita rojo. Sonriendo pícaramente, me empujó en la cama, recogiéndose el cabello en un moño alto. Me incorporé un poco sobre los codos, deleitándome con aquel espectacular cuerpazo. De forma muy sexy, se quitó y dejó caer al suelo el corsé, en sus ojos brillaba el fuego de la lujuria. Era más que evidente que todo lo que veía era de mi agrado, el bulto en mi ropa interior así lo atestiguaba. No podía apartar la vista de aquellos pechitos tan bien formados. Parecía un adolescente que tiene su primera experiencia con un par de tetas, embelesado y completamente hechizado, sin poder decir una palabra. Poco a poco se fue acercando a mí, gateando por la cama, besándome los muslos, rodeando mi palpitante “amigo”, para subir por mi abdomen, deteniéndose a besar las cicatrices que lo decoraban, con calma. A la altura del cuello, se sentó encima de mí, y me besó con delicadeza el cuello, para luego darme un mordisco largo y cruento. Me sujetó las muñecas con firmeza, aunque no me resistí lo más mínimo, me soltó para volver a morderme otra vez, con más suavidad, una y otra vez. No pude reprimir un varonil gemido y un “si, joder”. Elena había resultado ser bastante dominante y muy agresiva en la cama. Me besó, me mordió y arañó por todas partes, y era muy agradable. Su pequeño y sensual cuerpo contrastaba con la fuerza que poseía. Se notaba que se tomaba el gym muy en serio, pero sin tener una figura marcadamente masculina, como les acaba pasando a muchas chicas que se pasan entrenando. Elena era una jodida diosa, con todo en su sitio con una firmeza y tonalidad que ya quisieran muchas. Acabamos follando y bien duro, como os podéis imaginar. Elena se negaba a gemir o mostrar algún tipo de placer, su mirada era dura, como si examinase mi desempeño desde la óptica de una profesional, lo que hacía excitarme más si cabe. Lo hicimos de todas las posiciones y formas que se nos fueron ocurriendo, unas veces llevaba yo la voz cantante y otras veces era Elena, la que me dominaba. En un momento dado quise agarrarla del pelo instintivamente, pero me quitó las manos con suavidad “no, el pelo, no, por favor, que me estropeas el alisado Japonés, guapo”. Pasamos el resto de la noche follando salvajemente hasta quedar exhaustos y satisfechos los dos. Elena no era de gritar ni exagerar durante el acto, pero cuando llegaba al orgasmo era más que evidente, sus espasmos eran genuinos y se le escapaba un gritito contenido apenas. Respondía a veces mordiendo sin hacer daño o tapándose la boca con la mano o la almohada. VII Quedamos agotados, los dos, en la cama. Encendí la lamparita, que arrojaba una tenue luz a la habitación. Me encendí un cigarro y le ofrecí uno a Elena, que lo tomó. –Sólo fumo en ocasiones muy especiales, y socio, este polvazo se merece un pitillo. Dame fuego. Le di lumbre y fumamos en silencio, ella se sentó en el borde la cama, pensativa, luego se levantó, se estiró y caminó por la pieza, fumando. No podía apartar la mirada de su cuerpo, aún después de todo lo acontecido, me seguía excitando como la primera vez, y no me cansaría nunca. Una vez terminado el “piti de después”, Elena se recostó a mi lado, abrazándome, apoyando su cabecita en mi pecho. Sus manos recorrieron nuevamente las cicatrices de mi torso, acariciando con la punta de sus dedos la superficie blanquecina de la nueva piel que la coronaba. Sus manos se detuvieron en la cicatriz que tenía sobre el hombro derecho. –¿Cómo te hiciste todo esto? –Fue una pregunta inocente, formulada sin pensar, sin malicia alguna, pero seguramente notó que me ponía tenso de forma instintiva al escucharla. Su pregunta me hizo evocar una avalancha de recuerdos que prefería no remover– ¿Te ha molestado? Lo siento, no hace falta que respondas. Olvídalo, mi rey. Elena me depositó un tierno beso en la barbilla. No le había contado gran cosa de mi pasado, de hecho, casi nada. Había obviado casi todo. No le hablé de ninguna de mis ex, ni de mi paso por la mafía y por supuesto, ni una palabra de Yokais. Considero que hablar del pasado no es un tema precisamente elegante, sobre todo cuando tu pasado era tan turbio y desagradable como el mío. Pero si quería tener algo más allá de un polvo espectacular como aquel, y que se quedase a mi lado cuando despertase a la mañana siguiente, debería empezar a abrirme. Y Elena me gustaba mucho, hacía mucho que no sentía una conexión con alguien. Quería conservar esta conexión. –Cada una de estas cicatrices tiene nombre de mujer. Está, por ejemplo, se llama Nuria –me señalé la que tenía a la altura del ombligo, y que me acomplejó durante mucho tiempo– Está que tanto te ha llamado la atención –La del hombro– se llama Clara. Esta de aquí –las muñecas– Se llama Jun Fei. ¿Esta? –La de justo encima de la rodilla– Alana. Está de aquí –La del esternón– Se llama Kimiko. Está que ves aquí, que parecen varias, es la misma –Le señalé las quemaduras por icor que tenía por todo el cuerpo, recuerdo del Millónpies– es Sakura. Esto que ves aquí –Los dos disparos de Andrea– Tienen dos nombres y son la misma mujer: Julia y Andrea. ¿La ceja? Lorena. A este lado del cuello, ¿la ves? Es muy leve y apenas se ve: Giorgia –Fue un mordisco un poco bruto por su parte, tratando de ahogar un grito orgásmico– y el resto son viejas heridas sin importancia que uno se hace a lo largo de su vida. Le fui enseñando y nombrando las diferentes cicatrices, todas y cada una de ellas llevaba el nombre de una mujer importante en mi vida. Le mostré la bala que llevaba permanentemente al cuello. –Está es la única mujer que no me dejó una cicatriz como recuerdo –En la bala, que estaba ligeramente doblada en su base, con rasguños que delataban que había sido disparada, estaba tallado “Roxanne”– Esta bala es todo lo que conservo de ella, ni una triste foto, siquiera. Y este colmillo… es un recuerdo de la mujer de las muñecas: Jun Fei. Elena me miraba muy seria, estaba intrigada, tenía mil preguntas, podía leérselo en su mirada. Intuyó que sería contraproducente seguir insistiendo, y dejó el tema por ahora. Se lo agradecí, no me veía con ganas de hablar de ninguna de aquellas mujeres, y menos de Roxanne o Jun Fei. –Te juro que, más pronto que tarde, te hablaré de todas ellas –Le eché el brazo por encima y la atraje hacía mi– El pasado es algo que cargo con él, como puedes ver. Literalmente lo llevo grabado en mi piel. Me gustas, Elena, y quiero que esto no acabe en un par de polvos. No tienes nada de qué preocuparte, el pasado, pasado está. Quédate conmigo mañana. Elena me miró a los ojos intensamente. No dijo nada, no hacía falta, me besó tiernamente en los labios en una promesa tácita. Apagó la luz y no me soltó en ningún momento, hasta quedarnos dormidos. Cansados, terriblemente cansados, pero contentos. Casi estaba por quedarme dormido cuando su grave voz femenina llenó el dormitorio con una pregunta. –¿Temes que alguna cicatriz acabé llevando mi nombre? – Su tono dejaba entrever que el tema seguía rondándole la mente, y la tenía preocupada– ¿Crees que seré lo suficientemente importante en tu vida? –No me molestaría tener una grande y hermosa con tu nombre, tengo sitio de sobras. Pero preferiría que no me dejases una cicatriz de recuerdo –Su cuerpo se tensó ligeramente– Quiero no tener que recordarte porque lo nuestro acabe, quiero que dure hasta el final. Aquello sonaba un poco cursi, pero hizo que ella se relajase y me apretase un poco más. Dormimos como troncos lo que restaba de noche. |
Editado: 17-nov-2025 16:08 -
17-nov-2025 16:03
#3
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Capítulo 5 I Desperté a la mañana siguiente terriblemente cansado, tenía agujetas en lugares que había olvidado que se tenían después de una buena temporada de celibato. Elena hacía rato que estaba despierta, y había esperado mi despertar, observándome con un brillo especial en los ojos. –¡Buenos días, princesa! –en mi cabeza sonaba espectacular, pero me salió la voz un poco pastosa y ronca. Me aclare la garganta un poco, carraspeando. Rió suavemente, aquello era música para mis oídos. –¿Es una referencia a “La vida es Bella” o es que eres así de cursi por las mañanas? En ese momento, si había algún atisbo de duda en mi decisión con respecto a Elena, se había disipado completamente. Definitivamente la quería en mi vida. Me sentía pletórico. Nos desperezamos y nos besamos una vez más. Un beso cortito de buenos días. Busqué unos gayumbos que ponerme, necesitaba un cigarro y un café antes que nada. Elena me preguntó dónde estaba el baño y si podía darse una ducha rápida. Le indiqué que justo enfrente de la habitación estaba el cuarto de baño y qué podría encontrar de todo allí, toallas o lo que necesitase. Abrió la puerta, miró a los lados y rápidamente entró en el baño, guiñándome un ojo, manteniendo la puerta entre abierta. –Ya sabes dónde estoy, guapo. –Y cerró despacito la puerta. Me dirigí a la cocina, allí estaba Felicia, sentada, con la cabeza apoyada en la manos, acodada en la mesa, mirando sonriente de oreja a oreja. Esperaba expectante a que dijese algo, lo que fuese. Llevaba un pitillo colgando de la comisura de los labios y me dolía todo el cuerpo, no estaba precisamente para saltar de alegría mientras le contaba a mi sobrinita mi cita con pelos y señales. Puse una capsula en la cafetera, regalo de Felicia el año pasado, por cierto. Y mientras me preparaba un Nesspreso calentito, salí a la terraza y cerré la ventana interior. II Antes de que pudiese encenderme el cigarro, la ventana se abrió de golpe. Hice caso omiso y lo prendí, aspirando el humo con fruición. –¿No vas a decir nada? ¿Ah? –Estaba súper indignada conmigo– Anoche no me dejasteis pegar ojo hasta casi las 5 de la mañana, que menos que decirme que estas contento o algo, ¿no?, es decir, ha dormido aquí, se HA QUEDADO. –Enfatizó marcando las silabas– Eso quiere decir algo, ¿no? Seguía de espaldas, fumando, contemplando el medio día en su máximo esplendor. El sol estaba radiante, como siempre. Tiré la colilla y me giré, apoyándome en la baranda. –¿Qué quieres que te diga, Feli? –Sonreí afablemente. Para ella era más que suficiente, dio saltitos de alegría. Parecía más emocionada ella con Elena que yo. Entré a la cocina a tomarme mi café mañanero. Felicia se preparó otro, mientras preparaba un par de bocatas. Elena apareció en la cocina, buscándonos. Llevaba sólo una camiseta de los Judas Priest, a la cual le había arrancado las mangas hacía años, estaba prácticamente las últimas y solía usarla de pijama, pero a ella le quedaba fenomenal. –Perdona, te he cogido esto prestado del armario, si no te importa. –Miró algo cohibida a Felicia, que no era más que una niña, y midió sus palabras– No tenía nada a mano, tengo que buscar mi ropa. No sé dónde la puse anoche. –No te preocupes, coge lo que necesites. Estás en tu casa. –¿Quieres un cafelito? –Felicia no podía estar más contenta, parecía no caber en sí de gozo –Hago unos bocadillos de escándalo, tienes que probar uno. –Gracias, cielo. Lo probaré, muchas gracias. Felicia se afanó en prepáranos un desayuno de lujo. Se lució bastante aquella mañana. Parecía querer caerle especialmente bien a su futura tía. III Un poco cohibida por la presencia de la menor, Elena fue cogiendo confianza rápidamente con mi sobrina, a la cual le era natural caerle bien a todo el mundo de forma instantánea. Para el término del desayuno ya eran amigas íntimas. Me habían desplazado de la conversación completamente. Observé aquella escena matutina con un nudo en el corazón. Pareciese que ya hubiese terminado de pagar el mal Karma que había generado a lo largo de mi desastrosa vida, y todo empezase a ir para mejor. La última pieza para mi felicidad estaba en su sitio, podía notarlo. Ojala esa escena se repitiese a diario, esa y muchas parecidas. Aquel día lo pasamos juntos los tres. Elena se puso sus vaqueros y el resto de su ropa, salvo el corsé, que guardó en una pequeña mochila de tela con cuerdas por asas. Mientras me aseaba, fue a buscar a su motocicleta, para guardar la mochililla aquella. Se quedó con mi camiseta de los Judas Priest para pasar el día. A mí ya me quedaba pequeña. No hicimos gran cosa, dimos un pequeño paseo a por un helado, los tres juntos. No me echaron muchas cuentas, mis chicas estaban muy ocupadas hablando de cosas de chicas como para hacerme mucho caso. Terminamos en una heladería artesanal, donde servían cucuruchos con unas generosas bolas de helado encima. Mi helado favorito era –Y sigue siendo– el de Menta con pepitas de chocolate, un manjar de los dioses. Es un sabor incomprendido para la mayoría de los mortales, pues es un gusto adquirido con el tiempo, al igual que la cerveza o el tabaco. Había que acostumbrarse a él para apreciar su auténtica esencia, la sutileza de sus delicados matices. Mis acompañantes eran de gustos más mundanos como el chocolate a palo seco o el de fresa. IV Una vez en casa, dado nuestra afición en común con la lectura, le mostré mi humilde biblioteca. Tenía en casa una habitación dedicada a mis libros. Tenía las paredes forradas de estanterías. Casi todas estaban dedicadas a los libros pero dedicaba una pequeñita para otros menesteres que no vienen a cuento. La palabra para describir el orden de la estancia era “Arramblado”. Tenía las estanterías llenas de libros, las baldas estaban claramente combadas por el peso, y por el piso se apilaban libros y más libros. Algunos más nuevos que otros, unos comprados y algunos tanto de segunda o tercera mano, como rescatados de la basura. En el centro tenía un par de butacas que usaba para leer, tanto en compañía de Felicia como en soledad. En un rincón tenía la clásica mesa de ordenador, tan popular en los 2000, con un equipo de sobremesa para los vicios o cualquier consulta, aunque últimamente lo usaba poco. Elena parecía encantada, y sorprendida, quizás por el número de volúmenes que se amontonaban por todas partes que por el orden en sí. Parecía realmente difícil encontrar un libro específico entre tanto material. –Wow, un día de estos me tienes que dejar pasar aquí un día o dos enteros… todos los libros que me he leído han sido en mi Ebook. –cogió algunos libros para hojearlos, los abría y olía sus páginas– No hay nada mejor que el olor de un libro, ¿eh? No hay nada como tener un libro de verdad entre tus manos… –Si quieres puedes llevarte alguno prestado, siempre y cuando me prometas que lo vas a cuidar… ¿o qué coño? Te regalo el que quieras. –Oh, me encantaría poder llevarme alguno. –Ordené un poco aquel desastre mientras Elena miraba los títulos de los volúmenes de las estanterías rápidamente, leyéndolos en voz apenas audible hasta que se cansó– Ya le echaré un vistazo luego, no sabría cual elegir ahora mismo, jiji. V A media tarde vimos una película en Netflix, y a mitad Felicia recibió un mensaje de Emily y se marchó, dejándonos solos. Ni terminamos la peli, nos enrollamos en el sofá hasta que, al igual que la noche anterior, acabamos en el dormitorio. Aquella vez nos lo tomamos con mucha más calma, ya no era un juego de sumisión y poder, a ver quién daba y quien recibía más o una competición. Fue algo muy dulce y tierno, nos tomamos nuestro tiempo, con calma. Me estaba enchochando, lo notaba. Le obsequié con el mejor sexo oral que pude darle, lo cual fue muy bien recibido por su parte. Acabamos, nuevamente exhaustos pero terriblemente llenos en todos los sentidos. –¿Dónde has estado toda mi vida?– Había un deje de amargura en su voz. –Quiero creer que todo ocurre cuando y donde toca, pocas cosas quedan al azar en la vida. Desnuda como estaba, tumbada a mi lado, se giró para mirarme directamente. –O sea, el destino es determinista, ¿no? , todo ocurre según un plan, llamémosle, “divino”, y es inalterable –su mirada era complicada de interpretar, pareciese como que había mucho resentimiento tras sus palabras. –Puede ser, o puede no ser así. Quiero pensar que de alguna forma tengo el control de mi vida –pensé un poco–según lo veo yo, la vida es un río, puedes remar hacía la izquierda, la derecha, avanzar más rápido o tratar de avanzar más lento, hasta ahí tienes control, pero jamás podrás retroceder o detener tu trayecto, el río sigue un cauce y tú estás a merced de su curso por él. Puedes nadar, puedes montarte en un bote o dejarte arrastrar por la corriente… Rebusqué en mi cajón hasta encontrar un lánguido paquete de tabaco con un par de cigarros arrugados, me senté en el borde la cama y lo prendí. –El destino es el río, acabarás en el mar de todas formas, y como decía Jorge Manrique, “nuestra vida son los ríos que van a dar al mar” –titubeé un segundo –o algo parecido, no me hagas mucho caso, me aburría bastante en clases. El caso es que hasta donde puedas, puedes elegir hacía donde remar, pero al final acabaremos llegando a donde estemos destinados, ¿no te parece? Elena me miraba muy seria, se incorporó de rodillas y me abrazó por detrás, con suavidad. Su piel terriblemente pálida estaba caliente. Había olvidado por completo aquella calidez de mujer. Apoyó su cabeza en mi espalda y suspiró. –Será el destino, lo que nos ha unido a ti y a mí, y créeme que no soy de encariñarme así de buenas a primeras, pero por un diablo si no quiero separarme de ti. No me hagas mucho caso, ¿eh? Está por venirme la regla y me pongo sensiblera. –El sentimiento es mutuo, que me parta un rayo si quiero que te vayas de mi lado, muñeca. El cigarro se consumió en el cenicero mientras volvíamos a amarnos Elena y yo con pasión renovada, reviviendo la llama de la pasada noche. Una vez exhaustos y tumbados en la cama, le abrí mi corazón. –¿Sabes? Una vez me dijeron mi futuro, una mujer. Era una extraordinaria vidente. –¿Ah, si? –Habia un deje de excepticismo en su voz. –Si… se cumplió una de sus “profecías” en mis narices… –Acaricié el colmillo de Makki– Por eso te dije que quiero creer que podemos hacer algo con nuestro destino. Me algunas cositas, algo ambiguas pero bastante jodido. –¿El qué te dijo? –Me dijo que las mujeres que me amaron y que me amarán no me dejaran morir y sufriré un destino peor que la muerte. Elena se tensó de una forma más que evidente. Me extrañó bastante, la verdad. –¿Ocurre algo? –No, nada… solo que me has puesto los pelos de punta. Menuda ambigüedad, ¿no? Jejeje –Pues si… Eso puede significar cualquier cosa. –Pues vaya vidente de mierda, ¿no? –Si la hubieses conocido… no pensarías eso ni de coña. Conmigo fue ambigua, si, pero con el resto fue muy, muy detallista. Fijate lo que te digo. –¿Y la profecía esa que se cumplió en tus narices? ¿Tambien era de esas ambiguas? –Para nada. No me la hizo a mí, claro. Si no a la mujer que me salvó la vida. No quiero hablar del tema por ahora… es tarde y necesitaría un par de meses para contártelo todo desde el principio… –Cuando tu quieras, guapetón. –Pero lo haré… aunque es posible que me tomes por loco. ME abrazó con más fuerza, dándome un besito en el pecho. –No hay que pueda salir por esa boquita que me haga pensar que estás loco. –¿Ni aunque te diga de pronto “Te quiero”? ¿Eh? Elena rió bajito. –Ahí, si te soy sincera, de quien dudaría sería de mi cordura… VI Nos quedamos en silencio durante mucho rato hasta quedarnos dormidos abrazados. La noche transcurrió dulcemente hasta que avanzada la madrugada un agudo grito me despertó. Era la voz de Felicia. Salté de la cama, y raudo salí de mi habitación. La luz del salón estaba encendida y mi sobrina, sentada en el suelo, aterrada, miramdp fijamente a la nada. Señaló el interior de la estancia. Entré en el salón con los puños en alto, dispuesto a reventarle la jeta a quien fuese que hubiese osado molestar a mi niña, pero no había nada ni nadie. Todo estaba en su sitio. Elena, cubierta sólo con la camiseta que le había prestado, abrazaba en el suelo a Felicia, que temblaba como una hoja al viento. Me arrodillé en el suelo y las abracé a ambas. –Shhhh shhhh, ya, ya, no pasa nada. No pasa nada –le susurraba al oído de forma tranquilizadora. Cuando se calmó un poco le preguntamos qué había pasado. –Escuché ruidos en el salón, pero ya estabais dormidos… fui a ver… y… y… había una sombra, era una persona, tenía los ojos rojos, tito… –empezó a llorar –y encendí la luz y ya no había nada… Esa no era Hellen… –Habrás tenido un sueño muy vívido, pequeñaja –Le susurré al oído, dándome caricias– O a lo mejor es que estabas sugestionada por alguna peli o algo así… –Pero tito… –Shhh, no lo digas. El tito cuidará de ti, sea humano o sea lo que sea… estaré contigo pase lo que pase. No podrán tocarte. No dijo nada más y se abrazó a mí con más fuerza. Poco a poco fue calmándose, bajando su ritmo cardiaco y respirando más tranquila. Le sequé con mima las lágrimas que habían en sus mejillas y cogiéndola en brazos, la llevé de nuevo a su cama. Elena me pidió quedarse con ella un rato y que enseguida volvía conmigo. Se echó al lado de Felicia, meciéndole los cabellos. Aquella postal me tocó la patata, parecíamos una familia normal y feliz. Yo, mi mujer y nuestra hijita. Como me hubiese gustado que fuese tal que así. Dejé la puerta entornada, sonriendo con algo de tristeza y me dirigí al salón. VII Lo revisé de nuevo todo, de arriba a abajo. Me tiré al suelo para revisar bajo el sofá y los muebles. Incluso pasé las manos por los tapajuntas de las puertas. No había nada fuera de lugar. La puerta principal estaba segura, con todos los cerrojos echados. –¿Hellen? ¿Eres tú? No había respuesta. Empezaba a cabrearme. Por supuesto creía a mi sobrina a pies juntilla, había visto algo fuera de lo común… al igual que yo había visto cosas que creía imposibles en Japón. –No sé quién o qué coño seas… pero si le haces daño a mi sobrina desataré un infierno sobre ti y los tuyos… si no me crees capaz… pregunta a Hellen la vampiresa… No vuelvas a manifestarte en esta casa, hijo de puta. Y dicha aquella advertencia –Otros dirían que amenaza– me volví a la habitación y al poco regresó Elena, tumbándose a mi lado. –Tienes un encanto de sobrina. Si no lo supiese, creería que tú eres su padre. –Ya quisiera mi cuñado parecerse a mí, aunque fuese en lo blanco de los ojos. Es un pintamonas. Elena me miró seria. –Hablo en serio. Creo que serías un buen padre –Algo en la forma en que la miré debió hacerle pensar en lo que había dicho de forma descuidada y trató de rectificar– A ver, no me malinterpretes, sólo digo que el papel lo haces de maravilla con Felicia. No va con segundas, ¿eh? –Sonreí escépticamente, lo que valió un suave puñetazo en el hombro– Es en serio, joder. –Va, va. No te sulfures, shiquilla. Pero vaya, que ya soy padre. Elena se incorporó en la cama, mirándome con intensidad. –¿Cómo? ¿Qué tienes hijos? –Sí, mínimo uno. Estaba estupefacta. Bien pensado, la verdad es que era una reacción muy lógica y esperable. Tal como lo había anunciado sonaba como un auténtico hijo de puta que va por ahí preñando mujeres y pasando de ella, tanto, que ni siquiera sabía cuántos vástagos tenía. Me incorporé yo también. –A ver… sé que suena mal tal como lo he dicho… –Tras un segundo, me corregí– Bueno, fatal. Pero déjame explicarme. Elena arqueó una ceja. –Es que… joder… es que es muy largo de contar. Por cada cosa que te diga de mi pasado va a surgir por lo menos tres o cuatro preguntas. –No tienes que darme explicaciones. Es sólo que me ha sorprendido un poco que no me lo hayas dicho antes, nada más. Tampoco es que te lo haya preguntado… pero no sé. Di por hecho que si tratabas así a tu sobrinita era porque no tenías críos propios… tonta de mí. –No, no. Tienes razón, creo que debería habértelo contado. Pero es que si te soy sincero… realmente no tengo ni idea de cuantos tengo actualmente. –Pues suena como que eres un tipo horrendo, la verdad. ¿También me vas a preñar a mí y a abandonarme? –Había un toque de humor en su pregunta. –¿Qué? ¡No! Joe… Mira, mañana te lo empezaré a contar si tienes tiempo. Si no… la próxima vez que tengas un ratito, empezamos. –No hace falta, ¿eh? Lo digo en serio. Se ve que eres un tío fenomenal, solo te estaba chinchando un poco. Me cogió la barbilla con las manos y me besó. –Elena… me gustas mucho. Pero como comprenderás… no eres la primera mujer en mi vida. –Jajaja, ¿Y crees que tú eres el primer hombre de mi vida? No sé porque, pero en ese momento sentí una alarma sonando en mi cabeza, “miente”, pero era imposible. ¿Una mujerona como Elena? ¿Qué no haya tenido nada con nadie? ¿Estamos locos? Follaba como una jodida Diosa. –Pues entonces comprenderás que he tenido varias parejas… bastantes, diría yo. Con algunas no he acabado precisamente bien, ¿Sabes? Con algunas he practicado eso del contacto 0 y Gym. Creo que ahora lo llaman ghostear, alguna se lo merecía –Ay, Laura– y otras no, la verdad. ¿Recuerdas la mujer que era vidente? Elena asintió con la cabeza, sonriendo de medio lado. No terminaba de creerse aquello del todo. –Pues ella me contó que tenía un hijo. Le pregunté por ello específicamente y me advirtió que no quería saberlo, que sería más feliz si no lo sabía. Pero yo insistí… y me contó que tenía ya un hijo. Eso me mató por dentro, Elena. Porque… bueno, ya te contaré las opciones que había en aquel momento. Me encendí un pitillo y le ofrecí uno, pero lo rechazó. Hablar del pasado o pensar en él me daba ganas de fumar. –El caso es que al resto de las mujeres con las que mantenía relaciones les dijo que tendrían hijos míos. ¿Cuándo? No lo especificó. Y como me fui de allí de muy malas maneras… pues podría haber dejado a alguna embarazada y como me niego a hablarles, pues no puedo estar seguro. –Pues pregúntales. –Si lo hago… pues caería de nuevo. Las quiero todavía, pero no las amo. Cuando me conozcas mejor, Elena, sabrás que soy un tipo que cuando está soltero se folla a todo lo que se menea pero cuando se pilla por una mujer… va a muerte a por ella y el resto desaparecen. –¿Y? –Pues que yo te quiero a ti para algo más que dos polvos muy bien echados. Pude apreciar como un ligero rubor teñía sus mejillas. Continué. –Dicen que cuando hubo fuego quedan las cenizas. Quiero conocerte mejor, Elena, y me gustaría, si tu también quieres, que lo intentemos en serio. No es que no quiera saber de mis hijos perdidos… lo que no quiero es saber de sus madres JUSTO ahora. Sería una situación incómoda a injusta para ti, más ahora mismito. Eres joven, Elena… y yo ya soy un poco mayor. Entendería si no estás preparada para tener que lidiar con ex e hijos ajenos. –Nunca me incomodaría un hijo tuyo. Siempre he soñado con formar una familia. Y sí, me gustaría intentarlo contigo en serio. Nos besamos, pero con cariño. Nos tumbamos de nuevo en la cama, abrazados. La abrace con ambos brazos por detrás, haciendo la famosa “cucharita”. El olor de Elena me fascinaba, aspiraba su perfume natural directamente de su nuca, olía a mujer salvaje y fuerte, a amazona. Su sudor, apenas perceptible, era un poderoso afrodisiaco, cargado de feromonas sexuales. A la mañana siguiente, muy temprano, Elena me despertó. Tenía unos asuntos labores que atender. Pasaría por su piso primero a hacer sus movidas y seguramente le tomaría gran parte del día. A la noche vendría de nuevo si así lo quería yo. Le dije que no había problema, que por mi parte era siempre bienvenida, que se tomase su tiempo, sin agobios. Me estampó un beso en los labios y se marchó. Eran las siete y media de la mañana, y como era algo temprano todavía, me eché de nuevo otra cabezadita. Capítulo 6 I Al cabo de un par de horas, noté que Felicia se había levantado ya, por el ruido en la cocina. Me levanté y fui a ver qué tal estaba, que la noche anterior se había llevado un buen susto. –Nena, ¿Qué tal has dormido, cielo? –la última palabra murió en mi boca, no había nadie en la cocina. Miré en la terraza, en el salón, en todas partes. Felicia seguía encerrada en su habitación, abrí despacito, lo justo para ver que seguía dormida en la cama. Había escuchado ruidos y una voz provenientes de la cocina claramente. Pero no había nadie allí. Regresé a la cocina perplejo y sin saber qué pensar. De pronto un crujido me sacó de mis pensamientos, provenía del salón, a semi oscuras. Me abalancé hacía allí raudo y veloz. Me detuve en el umbral. Se me erizo el vello de la nuca y un escalofrío de ultratumba recorrió mi columna. La boca se me secó y una gota de sudor frío empezó a formarse en mi frente, a punto de deslizarse por una ruta al azar por mi rostro. En la penumbra, había una sombra con forma humana, una sombra densa, corpórea, como si fuese un ser vivo, un ser vivo hecho de sombras. Estaba de espaldas, por qué giró lo que parecía ser la cabeza, y unos ojos, rojos como la sangre fresca, se clavaron en los míos. II Aquel ser de sombras, alzó su mano negra hacía mí, suplicante. –Sálvame, mi guardián –escuché en mi cabeza. Sus ojos estaban clavados en los míos y estaba paralizado en un paroxismo de pavor. Fue difuminándose progresivamente hasta desaparecer. Me caí al suelo al ser mis rodillas incapaces de sostener mi cuerpo. Estaba temblando hasta la médula y hasta me costaba respirar, con visión de túnel y todo. Pero no era por el miedo en sí al ver aquella aparición. Incluso la primera vez que vi a un yokai me produjo una mayor impresión. Desde entonces, espíritus, fantasmas y monstruos variopintos no me impresionan para nada. Incluso las cosas que veo en pelis, me llegan hasta dar risa por lo poco realista que llegan a ser. El haber tenido delante a una vampiresa de verdad, a una mujer de las nieves –Esta última no cuenta, ya que Marlenne era prácticamente humana la mirases por donde la mirases– Onis, mujeres araña, diablillos, engendros sin nombre, Kitsunes, Kappas, y otros tipos de híbridos Yokai, me ha curado de espanto para los restos. Pero esos ojos… rojos como la sangre, me eran terriblemente familiares. III [–Taodaro… por favor, dime. ¿Qué coño ha sido eso? ¿Es un Yokai que conozcas? –No es algo que conozca. Lo siento, pero en esto no puedo ayudarte, amigo mío. –Pero no era un Yokai, ¿Verdad? No he notado esa esencia que tan bien conozco… –No… no lo parecía.] Aún podía mantener el contacto con Taodaro. Le había cedido mi cuerpo a Taodaro para vengar a Jun Fei. Daba mi cuerpo, mi mente y mi espíritu ya por perdidos al dejar que el espíritu que vivía en la armadura ancestral del clan de Kimiko poseyera mi cuerpo para sacar el máximo potencial. Pero al quebrarse la armadura y acabar destruida, nuestros espíritus quedaron mezclados. Era algo que ya sabíamos que iba a ocurrir. Al no ser un descendiente del clan Tsukiyama, Taodaro no podía guiar mi mano sin dejar huella en mí, por lo que tuve que entrenar como un cabrón. Llegamos al acuerdo de que sólo me daría instrucciones vía mental. Al verme superado por el Rey de los Yokai y ver a mi amada Jun Fei muerta, decidí que ya no quería seguir viviendo. Taodaro asumió el control del todo. Nuestros espíritus se mezclaron pero al destruirse el recipiente de Taodaro… pues quedó la cosa a medias. De hecho, tanto yo como Taodaro dimos por hecho, que al destruirse la armadura, él desaparecería. Pero no fue así. El caso es que yo recuperé mi cuerpo, y Taodaro quedó aquí atrapado conmigo. Pero no molesta en absoluto. Ve y oye, pero calla. Nos hicimos muy buenos amigos –Tampoco nos quedaba de otra– todos estos años. Cuando tenía dudas, acudía a él en busca de consejo. No solía acudir a él, mi fiel copiloto, en mí día a día, pero aquella vez necesitaba respuestas desesperadas. IV Aquellos ojos rojos me habían revuelto todo por dentro. No era la primera vez que lo veía, desde luego. Los había visto cada maldita noche de mi vida. ¿Sabéis esas pesadillas que tenéis que es abrir los ojos y ser incapaces de recordarlas? A lo largo de mi vida las he tenido muy a menudo. Muchas de mis amantes, las de verdad, las que llegué a amar, me despertaban porque estaba moviéndome mucho, gimoteando y revolviéndome. Jamás le di mayor importancia, la verdad. Pero justo en aquel instante que nuestros ojos se cruzaron… una avalancha de recuerdos me inundó. Sea lo que sea… llevaba visitándome en sueños… TODAS LAS PUTAS NOCHES DE MI VIDA. Me senté en el sofá, rebuscando desesperado un cigarrillo por algún lado. No encontré ni uno, ni en el salón ni en mi habitación. Así, en pijama –Pantalón corto y yasta– salí a la calle a pillar un cartón entero. Estaba como en trance, ni siquiera me fijé que iba casi en pelotas. Las miradas de horror que me dedicaban los vecinos, conocidos y totales extraños entraban por mi campo visual y salían de mi mente sin causar el menor efecto en mí. Solo quería fumar… y el resto quedaba en pausa. La estanquera, muy profesional –Ya me tenía más que calado– me fió el cartón de tabaco. –Anda, luego me lo pagas. –Me dijo con una sonrisa amable. Ni siquiera había cogido la cartera. Había salido por la puerta sin más. Una vez arriba y fumado casi medio paquete del tirón, uno tras otro, pude dejar de parecer un puto loco. Tenía mucho en qué pensar. V Mis pesadillas no eran en realidad pesadillas como tal, o no sabría cómo explicarlo. Todo comenzó cuando era muy pequeño y vi a una hermosa mujer, echada en un diván. No sería nada extraordinario sino fuese porque estaba en medio de una tormenta y ella estaba completamente seca. Era muy hermosa, piel pálida y el cabello negro. Y tenía los mismos ojos que acababa de ver. Rojos sangre, casi como si tuviesen luz propia. La apodé “la dama de la lluvia” y estuve un par de años dando por culo con el tema a los mayores. Como os imagináis… no me hicieron ni puto caso. Cada noche la veía en sueños. Me rogaba que la liberase de su prisión. Teníamos largas conversaciones donde yo acababa llorando de impotencia. Ansiaba ayudarla pero no era capaz. Sé que me daba unas instrucciones… y yo prometía cumplirlas en cuanto despertase… pero a la mañana siguiente no lo recordaba. A la noche, cuando me dormía, volvía a tenerla delante… y lloraba, porque no había recordado mi promesa de liberar a la dama de la lluvia. Ella me abrazaba y me consolaba. Me llamaba “Mi guardián”. Me acariciaba la cabeza y me daba besos en la frente. Recuerdo que la quería muchísimo, como si la conociese desde siempre. Pero no como si la hubiese conocido en esta vida… si no en otras anteriores. Sabía su nombre y la llamaba por ese, pero mi cabeza no era capaz de procesarlo. Era como si me faltasen todavía piezas. Como si todo tuviese un hechizo envolviéndolo, que se hubiese quebrado un poco al ver, en el mundo real, sus ojos. Tenía que ayudarle, pero estaba igual que antes: Sin tener ni puta idea de qué hacer. Llevaba más de treinta años así, recibiendo instrucciones que olvidaba al despertar. De ahí mi angustia crónica, joder. No estaba loco, era real. Sufría un dolor real pero no lo recordaba. VI Felicia se despertó sin que me diese cuenta. Preparó en desayuno y cuando fue a avisarme –Pensaba que estaba mirando el móvil o algo en el salón– se percató de que algo no iba bien. –¿Tito? No respondí porque no la había escuchado. Su voz no me llegaba, de tan absorto que estaba. Me pasó la mano por la cara, levantó la voz, e incluso me zarandeó. No reaccioné hasta que me dio dos o tres guantazos. Salí de mi trance, parpadeando. Felicia estaba llorando. –¿Feli? ¿Qué pasa, cielo? Se enganchó a mi cuello, llorando más si cabe. –Me has asustado… pensé que te habías quedado Charlie con las drogas… –¿Qué? Tardó bastante poco en calmarse. –Te estaba hablando… y tu ahí, como si no estuvieses aquí. Te he hecho de todo y no reaccionabas… hasta que te he pegado. ¡Hasta la quinta hostia no has vuelto en ti! ¿Qué te ha pasado? Tragué saliva. Traté de esquivar la pregunta pero no podía engañarla, ya que no era tonta. –¡Que me lo digas! ¡YA! –Vale, vale… pero cálmate. Primero vamos a desayunar… ¿Vale? Refunfuñando, fue a la cocina y trajo la comida al salón. Comimos en silencio, pero mi sobrina no me quitaba la vista de encima. Yo trataba de sopesar si debía o no contarle lo que había pasado realmente. –A ver, Feli… –No me mientas. –Pero si no he dicho nada. –Te crees tú que no te conozco, tito. Sé cuándo vas a soltar una trola por la cara que pones. Llevas todo el desayuno pensando que inventarte. ¿No habíamos quedado que no habría secretos entre nosotros? –Ya…. Ya… –¿Tan malo es que no me lo puedes contar? Suspiré. –Pues un poco sí. –Me trae sin cuidado. Me lo cuentas igualmente. Hace tiempo me dijiste una cosa que jamás he olvidado, tito: “No importa lo que hayas hecho o hagas, no hay nada suficientemente horrible que haga que crea que eres mala persona. Voy a estar ahí, contigo, aunque cometas la mayor de las atrocidades“, palabras más, palabras menos. Así que ya sabes, te las devuelvo. Me tuve que reír. –No, no. SI yo no he hecho nada, ni bueno ni malo. Me miró con escepticismo. –¿No le has hecho nada a Elena? ¿Seguro? –No, no. O sea, sí que he hecho algo con ella, pero te aseguro que no le ha disgustado. –¿Y porque no está aquí? –Ah, pues tenía cosas que hacer en casa. Ya sabes, sus mierdas, como todo el mundo. –Qué raro… –¿Te creías que se había mudado aquí, nena? Tuvimos una cita nada más… una que se ha alargado varios días. No sufras, tu futura tita volverá a la noche. Felicia sonrió como siempre. –Entonces… ¿Todo va viento en popa? –Creo que sí. Anoche estuvimos hablando… y los dos queremos ir en serio con esto. Pero iremos poco a poco, yo no estoy para perder el tiempo. Ella me imagino que igual, no querrá perder el tiempo con un payaso. Que no digo que yo lo sea, ojo. Pero querrá asegurarse de que no soy un cantamañanas. –Más te vale no serlo, ¿eh? Me puse en pie y recogí la mesa. –Trataré de que no se me note demasiado… jeje. Fui a la cocina con las tazas y los platos sobre la bandeja. Felicia me siguió. –¡Más te vale! Y por cierto, no soy tonta y tú no me vas a escapar. Si no es por Elena… ¿Qué ha pasado entonces para quedarte como en trance? Porque como sea por alguna droga… recojo mis cosas y me voy para siempre. Dejé las cosas en la pileta, tratando de ganar tiempo hasta que fue imposible alargarlo más. La miré largamente. Su paciencia estaba llegando a su límite. –Felicia… no te asustes –Negó con la cabeza, decidida– Pero está mañana… cuando se fue Elena… al rato me levanté porque escuché ruidos. Juraría que eras tú, pero al ir al salón… vi lo mismo que tu anoche. Se puso macilenta y pálida. La cogí y la senté rápidamente en la silla de la cocina. Me senté frente a ella. –Pero tranquila, nena. No es algo malo, no debes temer. –¿Qué dices? Estoy cagaíta de miedo… Me pasé la mano por la cabellera, nervioso y agobiado. No sabía ni por dónde empezar con aquello. –Pufff… nena… ¿Cómo te lo explico para que lo entiendas si yo no lo entiendo del todo? –¿No es un amigo de los tuyos? –Se dio un golpecito en la frente– Joder, que tonta soy. Si ya conozco a todos tus amigos. Es más, conozco a más amigos tuyos que tú mismo. VII Traté de sonreír ante la ocurrencia de mi sobrinita favorita. Era cierto, quedaban bastantes miembros de los facilitadores, reclutados por mi versión futura, que no llegué a conocer. Puede que incluso se hubiesen unido más en estos años y yo no tenía ni repajolera idea. –Mira, Feli… Le conté a Felicia mi anécdota infantil y como su abuela, mi madre, me guanteó la cara por aquello. Las pesadillas, las promesas incumplidas cada noche y el abrazo de la dama de la lluvia, consolándome. Su bondad era infinita, desde luego. El tipo que DEBÍA –Y digo “debía” porque sentía que era parte de mi deber, como su guardián, de protegerla de todo mal y fallaba estrepitosamente cada mañana al despertarme– liberarla de su prisión y velar por su bienestar era el que estaba siendo consolado, cuando la que estaba atrapada, desde vete tú a saber cuándo, era ella. La angustia que debía de sufrir la dama de la lluvia debía ser inenarrable… y para colmo, tenía que consolar a un fracasado como yo. Felicia pareció entenderlo, incluso me abrazó para consolarme. La abracé con fuerza. No sabía que habría hecho sin aquella pequeñaja en mi vida. –Tito… deberíamos llamar a Rudy. La necesitamos. –No, Felicia. Ella no tiene nada que ver en esto y creo que ya lo sabes. ¿Cierto? –Bueno… nunca han mencionado a una tal “Dama de la lluvia”, pero eso no quiere decir que no puedan echarnos un cable. –Por ahora estamos bien… además, Feli… ahora estoy en un momento delicado con Elena. No quiero estamparle en la cara a mis exparejas… porque claro, no vendrá solo Rudy, ¿verdad? Si le dices que venga… aparecerán TODAS. Felicia rió un poco. –Tienes razón. –¿Te imaginas que pasaría? Entrarían todas a gritos, peleándose por mi atención. –Bueno, en eso tienes tú la culpa. –¿Yo? –¡Claro! ¿No les iras a echar a ellas la culpa, verdad? O sea, tú no te aclarabas con ninguna… y claro, ellas tenían que hacerse notar por encima de las demás, a ver si a ti te daga la gana de elegir a una. El inmaduro eras tú, tito. No ellas. Guardé silencio. Bien pensado, tenía toda la razón del mundo. Si me hubiese centrado en solo una de ellas, el resto lo hubiese aceptado y no hubiesen molestado en absoluto. –Lo que sea. El caso es que sería de muy mal gusto que justo ahora apareciesen todas de golpe, desplazando a Elena de la ecuación. Ella es muy digna y orgullosa. Ve el percal y se larga con su moto. –No lo sé, yo creo que plantaría batalla. –Tampoco quiero comprobarlo. Así que a Rudy ni media palabra. ¿Por qué… no le vas a contar nada, verdad? –Ya lo hice esta mañana, cuando me levanté. Ya te dije que hablamos regularmente. –Puse cara de no gustarme demasiado la idea– Después de Emily, Rudy es mi mejor amiga. Suspiré. Me daba igual lo que hiciese y de lo que hablasen, siempre y cuando no me estropeasen lo mío con Elena. Sentía un nudo en el estómago. Nunca me había quitado a Rudy, ni a Marlenne, ni Giorgia, ni a Sakura, ni a Kimimo de la cabeza todos aquellos años. Pero cada vez que cualquiera de ellas me venía a la mente, era inevitable que la fantasía se quebrase. Jun Fei volvía a mi mente, recordándome porque me marché de Japón como lo hice y no las volví a ver más. VIII Ya no les guardaba rencor por haberla liberado de aquel jodido almacén. Pero no dejaba de dolerme. El colmillo de Makki, que llevaba al cuello junto a la bala que mató a Roxanne, era el recordatorio que mantendría siempre mientras viviese. Llevaría a ambas mujeres en mi corazón hasta que muriese –O sufriese ese destino peor que la muerte que me aguardaba– porque sin ellas hoy no estaría aquí. Lo que no terminaba de perdonarle a Rudy era la muerte de Leonora. Rudy era a la que más quería ver y saber de ella, y a la vez, a la que menos quería volver a ver o saber de ella. Le rogué que le perdonase la vida… y conociéndola, tendría sobre la cabecera de su cama una bufanda hecha con su piel. Debería odiar a Leonora, desde luego. Si ella no me hubiese apuñalado los costados, envenenándome en el proceso, habría evitado la muerte de Jun Fei. Hubiese estado al 120% de mi capacidad y barrido el suelo con Makki. Pero no podía odiarla, pese al engaño y la traición. Seguía viéndola como mi hijita adoptiva, pese a que no era una niña como aparentaba. –Está bien, Feli. No me meteré entre vosotras, pero que no venga, te lo ruego. Vamos, si quieres que Elena sea tu tita, claro. –Tranquilo, además, Rudy te quiere lo suficiente como para no meterse. Dice que se alegra mucho. –Sí, claro jajaja. Felicia sonrió un poco. –En realidad está que trina, pero es cierto que te quiere lo suficiente para no interponerse. No se alegrará pero tampoco te va a joder. –Anda, ¿Damos una vuelta por ahí? Me apetece ver el mar desde un sitio alto. –¿Puede venir Emily? Me encogí de hombros. IX Bajó en pijama abajo para hablar con su amiga mientras yo me pegaba una señora ducha. Una vez listo me fijé en el cartón empezado de tabaco y caí en la cuenta de que había bajado casi en gayumbos a por tabaco. Muerto de vergüenza bajé, ya vestido y maqueado, a pagarle a Rosi, la estanquera. La señora se rió un buen rato de mi vergüenza. Dijo que le había alegrado la mañana con las vistas y me tiró algún piropo. Rondaba los sesenta, así que me lo tomé como era: Una madurita riéndose de un “chaval”. Saqué el coche del garaje y aparqué donde siempre, a la sombrita, esperando a las princesitas. Fuimos a la Axarquía, con calma. Cuando quería ver el mar donde una buena posición siempre acababa en el mismo lugar: El balcón de Europa, en Nerja. Durante el trayecto todos guardamos silencio. Felicia le había contado todo a Emily y creyeron oportuno dejarme a mi aire, que me despejase del todo. En el fondo eran unas chicas muy buenas y consideradas. Fueron muy amables conmigo, no sé si es que les inspiraba lastima la cara que tendría o qué. Hacía una ligera brisa muy refrescante en la zona. Me apoyé en la baranda y dejé que mis pensamientos vagasen mientras las olas rompían contra el pequeño acantilado del balcón. Ambas se abrazaron a mí, y de aquella guisa nos quedamos cerca de una hora. Luego comimos por allí y comencé a encontrarme mejor. No había llegado a ninguna solución y mi mente se negaba a darme más recuerdos, por lo que decidí dejarlo estar y que fuese la Dama de la lluvia la que diese el siguiente paso de nuevo. No me cabía duda que la aparición, tanto de anoche como la de aquella mañana era mi Dama. Esos ojos eran inconfundibles. Si había tenido la fuerza de manifestarse un par de veces, lo haría una tercera vez. Solo confiaba en que la próxima, más recuerdos se desbloqueasen en mi cabeza. ¿O quién sabe? Igual aquella noche las cosas fuesen diferente, y al despertar, pudiese recordarlos todo. Así que decidí no comerme más el tarro y esperar. Pasamos un día de puta madre los tres juntos y a la noche, tal como prometió, Elena volvió a casa. Emily seguía con nosotros y cenamos los cuatro juntos en una pizzería del barrio. Mi hermana me llamó para ver cómo iba la cosa, en parte también para asegurarse de que no estuviese bebiendo y descuidando a la princesa. Elena se quedó a dormir, pero por desgracia, estaría un par de días o tres que no podría quedarse. Eso sí, me dejó un recuerdo en forma de sexo salvaje que me dejó los huevos vacíos de sobra. Capítulo 7 I Los siguientes días fueron bastante normalitos, sin sobresaltos. Para mi desgracia, despertaba como era costumbre en mí: sin recordar un carajo de lo que la Dama me había dicho, o siquiera haberla visto. No dejé que aquello me arruinase el humor. Si había esperado treinta añazos… bien podía esperar un poco más, aunque sonase cruel. Pero es que tampoco podía hacer nada. Le pregunté a Felicia si Rudy le había dicho algo al respecto, así, como el que no quería la cosa. No me quitaba la idea de la cabeza, la verdad. Todos estaban tan desconcertados como lo estábamos nosotros tres. El jefazo –O sea, yo– Se negaba a hablarles del tema incluso a sus compañeros más íntimos. Lo típico, vaya. El muy cabrón de mi versión futura no pensaba soltar prenda con la excusita de siempre. Pero al menos saber qué él ya había vivido lo mismo que yo y que no era una anomalía de esas espacio-tiempo, una paradoja o lo que fuese, me calmaba los nervios. Él ya lo había resuelto en su tiempo, es decir, que yo terminaría por resolverlo, para bien o para mal. Y eso me reconfortaba. II A la tercera noche, ya metidos todos en la cama y tras horas estando dormidos me despierta una voz en mi interior. “¡Despierta!” casi un grito que me hace pegar un salto en la cama. Un ruido, muy liviano me hace reaccionar. Salí al pasillo, esperando encontrarme de nuevo con aquel espectro o aparición, lo que fuese la manifestación de la Dama de la Lluvia. Pero lo que vi fue una ligera luz, muy tenue que salía de la rendija de la puerta de la biblioteca. La puerta estaba ligeramente entornada. Yo siempre la dejaba cerrada del todo. Mis sentidos de batalla se activaron al instante. Entraba en modo “supervivencia”. Me acerqué despacio, usando uno de los pasos ninja que aprendí de Sakura –Que por cierto, era una magnifica profesora– para no hacer ningún ruido. Abrí con sumo cuidado la puerta, mirando el interior de la pieza. Había alguien rebuscando en mi estantería con una linterna frontal en la cabeza, moviendo montones de libros apilados, buscando algo. Seguramente esperaba encontrar una caja fuerte tras los libros. ¡Cómo si yo tuviese algo semejante! Encontrar a un ratero en mi piso me enervaba de una manera curiosa. Nadie que no quisiese morir de forma horrible se le ocurriría meterse en mis dominios. Abrí la puerta de golpe y encendí la luz. El caco iba vestido de negro de pies a cabeza con una capucha en la cabeza y un pañuelo o algo así, también negro, en el rostro. Ni siquiera se le veían los ojos apenas. –Hijo puta, aquí no hay nada de valor. ¡Te vas a cagar! Me abalancé hacía el, dándole una patada lateral que esquivó por los pelos, agachándose. La linterna, al menos, la hice pedazos, al estrellarla contra la pared. No era un mal comienzo, desde luego. La luz podía cegarme. Continúe el giro, aprovechando la inercia y le metí un gancho que impactó en mitad de su rostro. Dio algunos pasos atrás, trastabillando, pero se recuperó rápidamente. El notas esquivó la siguiente combinación de puñetazos que le lancé a toda velocidad. No había dejado de ir al gym, pero me lo tomaba con mucha más calma. No por ello era menos letal y rápido. El chorizo aprovechó una apertura para lanzarme una par de patadas, que bloquee. –¿Pataítas a mí? ¡¿A mí?! El tipo sabía pelear, desde luego. Su técnica era impecable. Eso me encendía y cabreaba a partes iguales. No parecía ser un ladrón vulgar y corriente, y eso me suponía un pequeño reto que pensaba disfrutar a tope. Nos ensalzamos en una pelea muy igualada. Fuí tanteándole con golpes de diferentes disciplinas, aprendidas hace ya tiempo. Él las bloqueaba o esquivaba sin demasiada dificultad y a su vez, trataba de golpearme, sin éxito. Pese a ser muy bueno, yo lo era aún más. Y peor para él, tenía mucha más experiencia y maldad. Pronto le aventajé usando la cabeza como me insistía Kimiko. Le lancé libros y pequeños objetos que tenía por la habitación a modo de distracción. Gracias a aquellas argucias, logré conectarle varios golpes en la cara. Tenía los nudillos manchados de sangre, pero el caco era muy resistente pese a pesar, así a ojo, bastante menos que yo. Tampoco se rendía y logró darme algunas hostias. Nos tomamos un momento para recuperar el aliento. Con la capucha puesta sus ojos estaban bajo sombra y no los podía ver bien. Bajo la débil luz del techo, parecían marrones oscuros. No era algo a lo que le diese importancia, claro. –¿Dónde está il Cavaenomicon? Entrégamelo y no ti haré daño. Tenía un extraño acento que no había escuchado en mi puta vida. –¿Cava-qué? ¿De qué coño hablas? Ni me suena, joputa. –Dame il Cavaenomicon, por favor. No tinemos porquí pilear, amego. –Te repito, cachomierda: No sé qué coño me estás pidiendo… –Il libro, jodier. Dame il puto libro, el Cavaenomicon. –¿Que qué puto libro quieres, payaso? No tengo ninguno así. Volvimos a darnos de leches. Unas patadas por aquí, unas hostias con el puño cerrado por allá, sin prevalecer ninguno de los dos. No sé qué diantres querría de mí, pero no se lo iba a llevar. III Un respingo me hace girarme hacia la puerta. Estaba Felicia, en pijama. Seguramente alertada por la lucha. Me había olvidado por completo de ella. –¡Tito! Me giro justo para bloquear una patada voladora que me aparta. Cuando quise reaccionar, el ladrón escapaba ya por la puerta. Felicia se apartó para dejarle pasar y yo corrí detrás de él. No iba a escapar sin darme al menos una satisfactoria explicación. Pude agarrarle de la ropa, quitándole la capucha. Era un puto albino con el pelo blanco y los ojos rojos. Sus ojos eran como los de la dama de la lluvia, pero mucho menos intensos, mucho más mundanos. En el salón se subió al alfeizar y se bajó el pañuelo. Me detuve, aquel gilipollas era capaz de saltar y matarse. Tiene la nariz sangrando y los dientes llenos de sangre. –¡Isto no acaba aquí! Ricuperaré el Cavaenomicon cueste lo que cueste. Au revoir, guardián. Y saltó por la ventana del salón. IV Vivía en un quinto piso y era una muerte segura para cualquiera. Me asomé corriendo, esperando un ruido acuoso y ver el cuerpo de aquel imbécil en una posición antinatural. Pero lo que vi fue como el muy cabrón corría con una cuerda, enrollándola en el brazo. ¡Aquel hijo puta se había colado por la ventana con una cuerda! Eso quería decir que era algo así como un puto ninja. –¡Hijo de puta, si vuelves, te mato! El corazón me latía a mil por hora. Una nueva pieza del puzle acababa de aparecer sobre la mesa. Una pieza que no tenía ni puta idea de donde coño encajaría. –¿Tito? Me giré. Felicia estaba temblando, claramente asustada. Fui hacia ella y la abracé con fuerza. Se dejó hacer. –Felicia, ve a vestirte. –¿Para qué? ¿Vamos a perseguirle? –No, te vuelves a casa ahora mismo. Felicia me empujó, soltándose de mí. –¿Qué? ¿Por qué? –¿Cómo que porque? Un hijoputa se ha colado por la ventana, Felicia. Ya no puedo garantizar tu seguridad. Te vas con tu madre, lo siento. Pero esto no va contigo y no voy a ponerte en peligro. –Pero tito… –Ni tito ni tita. No hay más que hablar. Voy a llevarte con tu madre y te quedarás con ella hasta que resuelva este asunto. –¡No! ¡De aquí no me muevo! Se plantó con los brazos en jarras frente a mí, ceño fruncido. –Felicia no hay discusión posible. –Me necesitas, sin mí no sabes hacer nada bien. –Eres una niña, te guste o no. Yo el adulto. Esto ya no es un juego, Felicia. Las vacaciones se han acabado, lo siento. Esto es muy serio, puedes salir herida. Voy a llamar a tu madre… Saqué el móvil del pantalón y lo desbloqueé. Felicia me lo arrebató de las manos, alterada. –¡Te he dicho que no! ¡No me voy! ¡No, no y no! –Felicia… por favor. Le tendí la mano abierta. Escondió el móvil tras de sí. –Ni se te ocurra, ¿eh? ¡A mí no me vas a abandonar nunca más! Yo no soy una de tus chicas, a las que puedas apartar cuando te dé la gana. ¡Yo soy tu sobrina! ¡Tu sangre corre por mis venas! Estaba vociferando, fuera de sí. Nunca se ponía así de mal. Me acerque a ella, despacio. Le puse las manos sobre los hombros y le hablé con calma. –Pues por eso, Felicia. Porque eres mi sobrina, sangre de mi sangre, que te quiero. Te quiero más que a mi vida. Si algo te pasase yo no podría seguir viviendo. Tienes razón, no eres una cualquiera… fíjate, Jun Fei murió y sigo aquí, viviendo. Pero si tú murieses… me mataba. Eres la luz de mi vida, Felicia. Lo eres todo para mí… y tu seguridad es lo primero. –No me quiero ir, tito. No, no, no, no. Estaba llorando y la abracé. Se aferró a mí como si fuese a desaparecer, agarrando con fuerza mis ropas. –Yo tampoco quiero que te marches, ni ahora ni cuando acabe el verano. Quisiese haber sido tu padre, de verdad. Pero si ese tipo se ha colado en un quinto por la ventana… ¿Cómo vamos a dormir tranquilos? Estaba buscando algo… y volverá, ya lo has oído. –Por favor, no me abandones… –No te estoy abandonando… solo cuidando. –Tito, por favor… pro favor… sin ti no quiero vivir. –Tonti… si no voy a morirme… –Vas a morir, me lo dijo Tsumabe, tito. Lo que ella dice se cumple… y me tocará ver morir a la persona que más quiero en este mundo. Déjame quedarme contigo para cuidarte. Lloraba como nunca, destrozada. Me estaba sintiendo como una putísima mierda. Casi había olvidado la profecía que Tsumabe le reveló en la cueva sagrada. ¿Había estado sufriendo desde entonces, esperando que cuando me quitase la vista de encima, muriese sin poder evitarlo? ¿Qué cuando entrase un día en casa, hubiese palmado de una sobredosis? ¿Por eso era tan estricta? Se aferraba a mí como nunca, desesperada. –Venga, nena. No voy a morir… Escúchame, por favor. Me costó un buen rato que dejase de llorar y pudiésemos hablar. –Verás, a mi también me dijo algunas cosas del futuro. Me dijo que yo jamás moriría. –¡Mientes! Quieres engañarme para que me vaya… –Te lo juro, nena. Me dijo, textualmente: Sufrirás un destino peor que la muerte, las mujeres que te amaron, aman y amarán, no te dejarán morir. –¿Y qué? –Piénsalo. ¿No está mi versión futura dando vueltas por aquí? Por lo que sé, es bastante viejo, no? Felicia se sorbió los mocos. –Unos noventa años o por ahí. No le dice su edad a nadie tampoco. No lo he visto, pero si he escuchado su voz, una vez. Estaba escuchando a hurtadillas, escondida. –Él lo sabe. Es decir, si lo sé yo ahora… lo sabré cuando llegue el momento. Pero lo dicho, si él sigue vivo, Felicia… ¿Cómo crees que vaya a morirme pronto? Viviré, mínimo, hasta los noventa años. No es para que llores, mi vida. –¡No me importa! ¿Vale? Rompió de nuevo a llorar. –Venga, Feli… –Aunque no mueras… ¿No entiendes que no quiero irme de tu lado? ¿Eres de verdad tan tonto? Se dejó caer al suelo, tapándose la cara con las manos, destrozada. –Quiero estar contigo… para siempre. Se arrodille en el suelo y la abracé, llorando yo también. Temía que Felicia, cuando creciese un poco, se distanciase de mí totalmente. Que me quería tanto porque era una niñita, y me estaba creciendo demasiado rápido. Como todos los niños, eran muy cariñosos, pero entraban en la edad del pavo y se volvían ariscos, caprichosos y hasta tiranos. Ya tenía sus buenos catorce años y sufría pensando que de un día para otro me mandase a tomar por culo. Por eso me molestaba un poquito lo buenas amigas que eran ella y Emily. Tenía edad para dejar la familia de lado y buscar su propia identidad fuera. Y era comprensible y normal, y por mucho que me doliese, debería dejarla marchar para hacer su vida. Pronto conocería a un muchachito –O muchachita, vete tú a saber. Nunca me había hablado de chicos– y ya no volvería verle el pelo, salvo para reuniones y fiestas de guardar. Era ley de vida. Me veía hecho un viejo gruñón, encorvado y malhumorado, al que solo le cambiaba el humor cuando le visitaba su sobrina favorita. Y esas visitas se espaciarían con el tiempo, amargándome profundamente. Ya lo tenía asumido –Si no fuera porque sé que viajaría en el tiempo– y me iba haciendo a la idea. V Pero estaba comprobando que ese miedo al abandono era mutuo. Que ella me necesitaba tanto como yo a ella y que jamás cambiaria. Que estaríamos siempre juntos y en contacto, que tendría sus parejas, sus rollos y sus movidas, pero juntos. Y no podía ser más feliz. Si no fuera, obviamente, porque la niña corría peligro conmigo. Debía irse, por mucho que nos doliese a ambos. –¿Es que no me quieres ya? –Claro que te quiero, boba… –Pues no me eches, tito… –Estás en peligro, mi niña. –Pues pelea, tito, como antes. Sé mi guardaespaldas y si pasa algo malo, Hellen me sacará de aquí. –Nena… –No, escúchame tu a mi ahora, por favor. Dejó de llorar, secándose las lágrimas con furia. –Voy a llamar a Hellen. Es mi amiga también y me prometió ayudarme cuando lo necesitase. Ahora la necesito y pienso contar con ella. Vas a aceptar su ayuda, te guste o no. Ya han pasado siete años, supéralo. ¿No quieres ver a Rudy ni a las demás? No hay problema, no tendrás por qué hablar con ellas ni verlas, pero me van a ayudar A MI. ¿Queda claro? Ni te darás cuenta de ello. Suspiré, derrotado. Ella no se iba a ir ni con agua hirviendo. Si la mandaba de vuelta a casa nada cambiaría. Se las apañaría para volver, una y otra vez. Se plantaría a diario en mi puerta. Ni mi hermana ni mucho menos mi cuñado –Que era un papafrita– serían capaces de ponerle freno a la niña. Por poder, hasta podía hacer que su madre me la trajese de vuelta. Y si no, si eran capaces de encerrarla, se las apañaría para convencer a Hellen de abrirle un portal de sombras y colarse en mi casa o en el lugar donde estuviese. ¿Para qué llegar hasta ese punto? –Está bien, Felicia. Pero a tu madre ni media palabra, ¿Eh? –Ni mu. Gracias, tito. Sabía que entrarías en razón. Mentía, desde luego. Pero no tenía mayor importancia, ojala todas sus mentiras fuesen así de inocuas. Nos volvimos a abrazar una vez más, ya aliviados. Unos golpecitos quedos en la puerta nos hizo dar un saltito del susto. –Es Emily. Y se levantó a abrirle. Su forma de llamar era algo así como una contraseña para nosotros. Era inconfundible. Muchas veces estaba tentado de darle a la pequeña una copia de mis llaves también. Aunque algo me decía que ya las tenía, por parte de Felicia, para emergencias. Nada más entrar, ya sabía que algo no iba demasiado bien y se fundieron en un largo abrazo. Pasó al salón y hablaron. El ruido y el griterío no había pasado desapercibidos para mis vecinos, así que Emily se plantó en nuestra puerta y hasta que no escuchó que la cosa estaba tranquila –No quiso interrumpir– no hizo acto de presencia. Le contamos lo sucedido y se alarmó bastante. –¿Y qué buscaba? Emily hizo una pregunta muy importante sin saberlo. –¿Qué? –¿Que qué buscaba el ladrón? –Puff, algo llamado cavanomicon o algo así. –¿Qué es eso? –Ni idea… –Hice memoria– Creo que me dijo que era un libro, Cavaenomicon. El último libro que añadí a mi colección, la de los 9 negritos de Agatha Christie, que me encontré en un banco, en la calle. Y de eso ya hace más de un año. Felicia me tiró de la manga. –Oye tito, ¿No será el libro que te traje hace un par de semanas? ¿El que tiraste al rincón? Voy corriendo al rincón donde tenía la caja de los trastos. Rebusco apartando mierdas hasta encontrar el dichoso libro en esperanto. Nos sentamos en el sofá y lo inspeccionamos a fondo. No tiene título alguno. No vemos la palabra “Cavaenomicon” por ningún lado, ni en la portada, ni en la contraportada ni en el interior. –Pues… aquí no pone nada. Felicia lo tomó en sus manos y lo ojeó con calma. Me dispuse a prepararme un canuto para calmar los nervios. Mientras, Emily me curó las pequeñas heridas que tenía en los nudillos y la cara, nada grave pero se empeñó en “cuidar” de mí. –Puff, pues no pone nada… pero algo me dice que es este libro. Lo siento aquí –Dijo señalándose el vientre– muy dentro de mí. –Bueno, supongamos que ese el que buscaban… ¿Pa qué lo iban a querer? A ver, que yo recuerde, ha estado dándole vueltas por la casa de mis padres desde que tengo uso de razón. ¿Y porque ahora y no antes? –A lo mejor es porque ha salido de allí, de la casa de tus abuelos, Felicia. –Intervino Emily, cerrando el botiquín. –Oye, pues a lo mejor tienes razón… pero no se me ocurre la razón por la cual detectaron que salía de allí… –Puede ser que hubiese un encantamiento de protección en la casa de los abuelos que impidiese a los malos entrar a por él, y al llevármelo yo… pues se dieron cuenta o decidieron ir ya a por él. Felicia estaba convencida de su hipótesis. Sonreí y le acaricie la cabeza, con paternalismo. –Nena, la magia no existe… –¿Cómo puedes decir eso, tito? Tú que has visto cosas imposibles. –Ya, ya. Pero una cosa son monstruos que han evolucionado al margen del resto de las formas de vida… y otra la magia. La magia, Felicia, es la explicación pueril de aquello que desconocemos. –¿Y los poderes de mujer de la nieves de Marlenne? ¿Eh? ¿Qué explicación tienen, tito? –Empezaba a mosquearse. –No soy científico, pero si investigásemos, midiésemos, hiciésemos pruebas y toda la marimorena, sacarían su explicación racional. TODO tiene explicación, todo es física y química, Felicia. Como decía Carl Sagan, y ahí tengo sus obras, en algún lugar: “La tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y yo opino igual. Ambas me miraban incrédulas, como si hablasen con un retrasado mental que se niega a ver la realidad aunque esta le esté metiendo patadas en los cojones. –Pero… ¿Hablas en serio? ¿Tengo que enseñarte de nuevo mi tatuaje mágico? –Se arremangó el pijama, frotándose enérgicamente el brazo hasta que la marca fue visible– Mira, ¿Qué explicación “científica” tiene esto, ¿Eh? –¿Tinta termocrómica? Como el papel térmico de los tickets, ya sabes, que tienen la tinta ya y solo se cuándo se aplica calor. –¿Qué dices? Jajaja Se rieron de mí en mi puta cara, sonreí igualmente. –Ay, tito… que ingenuo eres. Eso no existe… ¿Cómo va a haber un tatuaje que reaccionase con el calor? Si fuese así… bastaría el calor que desprendemos para estar siempre visible, y más en verano como estamos. –Puff… po yo que sé. Alguna explicación tendrá, nena. Felicia me abrazó con mimo. –Sé que estás cosas te dan miedo… pero también sé que lucharás aunque estés asustadísimo. –¡No estoy asustado! –Protesté ofendido. Ambas volvieron a reírse. –Bueno, es muy tarde. Volvamos a la cama y ya mañana veremos qué hacer. Protestaron pero me mantuve firme. Emily se quedó a dormir con Felicia, no sin antes bajar a tranquilizar a su familia y demás vecinos. Atranqué bien la ventana del salón, que era la más accesible y me fui a la cama. Dormí con el libro pegado a mí, bajo la camiseta. Dudaba que volviesen a intentarlo tan pronto. Como seguridad extra, por si se confiaban, dejé las luces encendidas, para que creyesen que seguíamos dando vueltas y alerta. Contra todo pronóstico pude quedarme dormido casi enseguida. |
Editado: 17-nov-2025 16:14 -
17-nov-2025 16:04
#6
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Capítulo 8 I Abrí los ojos y estaba en una sala inmensa, rodeado de oscuridad. La oscuridad parecía infinita, pero en medio de todo aquello había una zona iluminada. Parecía que hubiese un foco enorme arrojando su luz. Me acerqué corriendo. Había un diván, vacío. Me acerqué con el corazón desbocado. Estaba vacío. –Me cago en la puta, joder… Una mano me tocó el hombro con afectuosidad. Me giro a toda velocidad. Ahí está ella, la Dama de la lluvia, con esa mirada triste en los ojos rojos sangre. –¿Me buscabas? La abracé con fuerza, apretándola contra mí. Ella me acarició con cariño infinito. Rompí a llorar. –Ya, ya… no pasa nada, Mi Guardián. –Dama… lo siento. No te podía recordar… –Es parte del hechizo, no es tu culpa. –Te juro que hoy te recordaré cuando despierte. Te he visto, en mi salón y lo he recordado casi todo. No me soltaba ni yo a ella. Todo aquello que estuve buscando de forma desesperada durante toda mi vida, que me llevó a tantos desastres, estaba justo ahí. Ella era la parte que me faltaba. No necesitaba amor, ni drogas, ni sexo, ni siquiera la violencia extrema. La necesitaba a ella. Ahora estaba completo. –Debes liberarme, Mi Guardián… debes liberarme… –¡No sé cómo! ¡Dame las instrucciones otra vez, te juro que será la última! Me soltó y se alejó un par de pasos. Trató de sonreír, tristemente. Negó con la cabeza. –Confío en ti. Sé que lograrás liberarme, tarde o temprano. Me acarició la cara con dulzura y yo cerré los ojos, dejándome llevar. –Recuerda: Todo debe suceder como sucedió y como sucederá… y ahora: ¡Despierta! Tienes mucho trabajo que hacer. II Desperté en mi cama, incorporándome de golpe. Tenía el corazón a mil por hora. Lo recordaba todo, al menos hasta aquel momento en que me acarició la cara y me dijo que tenía mucho que hacer. Tenía el libro pegado a mí todavía. En la cocina había ruidos cotidianos. Con cautela, salí de la habitación preparado para lo que fuese. Di un salto dentro de la cocina, en guardia. Elena dio un gritito, asustada. Felicia y Emily se llevaron las manos al pecho del susto. –¿Pero qué haces, tito? ¡Casi nos matas del susto! –Lo siento, lo siento… Había escuchado ruidos y ya sabéis… Hola, guapa, ¿Cómo tu por aquí? Elena se acercó a mí, aun con el susto en el cuerpo y me dio un piquito en los labios. –Ya era hora, son las doce del mediodía. –Joder… lo siento. ¿Te han contado mis niñas la movida de anoche? –Sí, que os entró un ladrón anoche por la ventana. –Exacto. Le tuve que enseñar su lugar. –Me tienes que contar en profundidad, ¿eh? –¡Si, claro! Ya estaban preparando el almuerzo entre las tres, así que me echaron de allí para hablar de cosas de chicas. III Me pegué una ducha y una vez que estuve listo, me mandaron al súper a por el pan. Me guardé el libro como antes, pegado a mi piel. Lo dejé pillado con el cinturón y no pensaba dejar el jodido libro nunca hasta resolver aquella situación. Mientras estaba en la cola esperando para pagar, me estuve preguntando si no sería mala idea contactar con los Facilitadores. Aunque no me sentía preparado para tener a una Rudy tirándoseme encima, llamándome “pimpollo” cada dos por tres y discutiendo, en el fondo todo el mamoneo sobrenatural era su especialidad. Rememoré el abrazo de la Dama de la lluvia. Era real, a fin de cuentas. El vacío que me impulsaba a buscar aquello que era incapaz de alcanzar ahora tenía nombre. Pero no dejaba de ser igualmente inalcanzable. Me pregunté ¿Qué es lo que sentía realmente por la Dama de la lluvia? Era amor, desde luego. Pero no era un amor romántico. No sentía esas mariposillas que me hacían cosquillas en los huevos, como cuando abrazaba a una mujer que me gustaba. Era diferente, muy diferente, de hecho. Jamás había sentido algo semejante. Se parecía muchísimo a lo que sentía cuando abrazaba a mi pequeñaja: Una especie de entrega total e incondicional. Algo que no respondía a lazos de sangre, si no a un juramento ancestral. Yo que sé, una locura, pero me llenaba como jamás nada me había llenado. Subí las escaleras en vez de coger el ascensor, quería seguir perdido en mis pensamientos y en mi piso eso sería imposible con aquellas tres revoltosas a mi alrededor. Llegué a la conclusión de que descubrir aquello que tanto anhelaba no eclipsaba todo lo demás. Es decir, que seguía gustándome Elena y quería ir en serio con ella. Al igual que había sitio en mi corazón para mi sobrina Felicia, mi sobrina adoptiva Emily y Elena, también había lugar para la Dama de la Lluvia, que ocupaba un lugar privilegiado. IV Entré en casa y olía estupendamente. Dejé el pan en su sitio y Elena me ofreció una cerveza sin alcohol. –Gracias, nena. Un detalle por tu parte. Me cogió de la mano y me sacó de la cocina, llevándome al salón. Me dio un beso de tornillo especialmente pasional. Luego me sonrió como nunca. –¿Por qué no me cuentas tu versión de los hechos, eh? Mientras se termina de hacer la comida, guapo. –Sí, claro. Espera un momento, tengo una cosilla que contarle a mi sobrina antes de que se me olvide, ahora vuelvo. Espera aquí y traigo unas aceitunitas para picar. –¡Valep! Regresé a la cocina y me acerqué a Felicia. –Oye, ¿Qué le habéis contado exactamente a Elena? –Pues que nos entraron a robar y que os peleasteis en la biblioteca, y cuando yo aparecí a ver que era el jaleo… se escapó por la ventana. –¿Nada más? –Bajé al máximo la voz– ¿Le has dicho algo de que era albino o algo del libro? Negó con la cabeza. No sé porque, pero sentía que por ahora no debía contarle nada a Elena. Me sentí fatal por ello, pero si mi sobrina estaba implicada no podía fiarme de absolutamente nadie. Saqué unas aceitunas y me las llevé al salón. Las puse encima de la mesa y le conté a Elena la movida, pero obvié el hecho de que el notas era un albino de ojos rojos y que era lo que buscaba. –¿Y qué quería? Digo, ¿qué hacía rebuscando en tu biblioteca? Jajaja. –Me imagino que se pensaba que yo era un Rockefeller de esos y que tendría una caja fuerte escondida detrás de la estantería o yo que sé. Elena se rió con mi chiste, pero algo me decía que no era una risa tan sincera como siempre. Supuse que lo hacía por compromiso. –No es que sea pobre como una rata… pero coño, ¿Subir a un quinto piso por la ventana? Yo que sé, lo veo exagerao. EL tío parecía un puto ninja. Todavía no sé cómo hizo para descolgarse cinco pisos sin matarse, recoger la cuerda, que vete tu saber dónde estaría enganchada y salir cagando leches. –Bueno, hay un nudo que se le conoce como “el del ladrón”. Tiras de un cabo y se suelta el nudo. Ideal para huir rápido. –¿Cómo sabes tú eso? Elena sonrió, coqueta. –¿A ti que te parece? –Se sentó en mi regazo, echándose el pelo a un lado, cariñosa. –¿Eres una ninja? –Puede… –Acercó sus labios a los míos, despacio. Cuando estábamos por besarnos, mi boca habló por su cuenta. –Pues yo conocí a una ninja de verdad. No sé por qué diablos hice aquello, pero me salió solo. Elena se echó atrás, muerta de curiosidad. –¿Ah sí? –Sí, sí. Se llamaba Sakura… bueno, se sigue llamando igual, vaya. Había estropeado aquel momento romántico. Elena se sentó de nuevo en su sitio y me instó a continuar. –La conocí en un trabajo para la mafia. Elena abrió mucho los ojos. –¿Eres mafioso? –Ya no. Joder… mira, te estoy aquí mareando. Vamos a hacer una cosa: Te lo voy a contar todo mientras almorzamos. –Ya sabes que no tienes que darme explicaciones… –Quiero dártelas. Si vamos a ir en serio, pero en serio de verdad, tienes que saberlo. Elena asintió, mordiéndose los labios. V Se lo conté todo. Pusimos la mesa, almorzamos y tras comer, recogimos, fregamos los cacharros y nos sentamos en el sofá a hablar. No paré de hablar en ningún momento. Felicia y Emily ya conocían de sobras mi pasado, así que tras almorzar, se marcharon a sus movidas de adolescentes. No paré de rajar. Preparé café y seguí. Elena no me interrumpió en ningún momento. Se lo conté absolutamente todo menos cualquier cosa referente a la Dama de la lluvia. Pero ¿el resto? Hasta que tenía una versión futura mía dando vueltas y que se negaba a verme o a decirme cualquier puta mierda. Cuando acabé ya eran las nueve de la noche. Abrevié bastante. Elena me miraba maravillada. Una vez finalizado mi relato se puso en pie. –Mira, no sé si tienes madera de escritor o qué se yo… una historia fascinante, desde luego. –Sabía que no me creerías… –No he terminado de hablar, guapo. –Me cogió la cara entre las manos y me besó– Iba a decir que no obstante te creo. Pero es mucha información que procesar. Es… es todo muy retorcido. Ese tu del futuro que se niega a darte información vital pero que sin embargo te ayuda… ¿no sería eso una paradoja temporal? Como en las pelis. –¡Eso mismo pienso yo! –Lo que más me choca… y no es porque no te crea, pero que tuvieses a seis chicas loquitas por ti y compartiéndote… jeje, eso es muy de flipao, ¿Eh? ¿Eso también es cierto? –Tan cierto como que es de noche ahora mismo. Y no es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso. Tenía… o sigo teniendo, no lo sé, una adicción al sexo. Bajé la cabeza, un tanto avergonzado. Ya estaba, ya le había abierto mi corazón y revelado mis mierdas. Elena volvió a sentarse en mi regazo, con cariño. –Prométeme que nunca me serás infiel, guapetón. Júramelo y seré tuya para siempre. Levanté la vista y la miré a los ojos. –Te juro que te amaré sólo a ti, que solo tendré ojos para ti y que no tendré sexo nada más que contigo. Sellamos nuestra promesa con un beso, ya no pasional o erótico, sino uno de amor. –Pues yasta. Considérame tu “churri” a partir de ahora. Elena rió cantarinamente y yo la abracé con fuerza, enterrando la cabeza entre sus pechos. –¿Te quedarás esta noche a dormir? –No puedo, cielo. De hecho debería de haberme marchado después de comer… pero me tenías enganchadísima con tu historia que no podía marcharme. Tengo curro pendiente. –Por cierto, ¿de que trabajas? –No te lo creerás jijiji –jajaja, ¡inténtalo! No puede ser peor que lo mío: Ex mafioso que se dedica a la vida contemplativa con un futuro prometedor como cazador de Yokais. –Tienes razón. Soy Tanatopractora. –¿Lo qué? Elena se rió nuevamente y me dio un golpecito en el hombro. –Que trabajo en una funeraria, jaja. Concretamente en el de mi familia. Flipé en colores y tan sorprendido estaba que Elena no pudo evitar reírse nuevamente. –Ay, qué cara me pones, guapetón. No es tan raro, ¿Eh? Al menos para mí, claro. Me crié jugando entre ataúdes y liquido de embalsamar. –Perdona, pero es que no me lo esperaba. Aunque ahora que lo pienso te viene que ni pintado, ¿eh? –¿Lo dices por las pintas? Jajaja, pero que prejuicioso eres… pero si, tienes razón. Me dio un besazo nuevamente y se puso de pie. –Bueno, me marcho que se me acumulan los muertos. –¿Cuánto te veré de nuevo, corazón? –Puede que mañana por la noche, no lo sé aún. ¡Te llamaré! Tras una corta despedida, Elena se marchó. La casa se me quedó grande, así, tan vacia. VI Extrañaba a mi sobrinilla. Le mandé un “Guasap” a ver si iban a venir a la casa a cenar o cenarían ellas por ahí o nos íbamos los tres a por un campero o algo. Me respondió Emily, que regresaban en una hora a casa. Me mandó un mensaje con un “Ya te contaré, tito ” enigmático. Me encogí de hombros.Fui a la cocina y comencé los preparativos para que cenasen mis princesitas, a ver que me contaban. Me esmeré: había visto una receta de Foodporn y me apetecía probarla. Hot Honey, una miel picante –Grandes aficionados los tres que éramos– sobre unos trozos de pechuga de pollo marinada y empanda con panko, hipercrujiente. Llegaron a casa cuando estaba ya dando los últimos toques. Me acerqué al salón a recibirlas como dios mandaba: con un vasito de refresco bien fresquito. Uno con Coca-cola para Emily y el otro con gazpacho para Felicia, que le encantaba. Emily me dio las gracias con efusividad, pero Felicia tomó el vaso, distraída. Noté inmediatamente que algo pasaba. Iba a preguntar, pero Emily me cogió del brazo y me arrastró a la cocina, parloteando como siempre. Cerró la puerta una vez dentro y se acercó a mí. –Tito, no te lo vas a creer. –¿Qué pasa? –Estábamos dando un paseo por el centro comercial… y hemos conocido a unos chicos. ¿Y a que no sabes qué? A tu sobrina uno de ellos le ha hecho tilín, jijiiji. –¿Por eso está así? –¡Sí! Se ha enamorado, tito, jijiji. Me dio un vahío de esos, un palpito o como se llame. Un disgusto, vaya. ¡Mi niña! ¡Que se ha enchochado de un zagal! Emily se rió de mi reacción. –Pero no pasa nada, tito. No pongas esas cara jajaja. –Me han robao a mi niña… ay… por dios… Me tuve que sentar y todo. Emily se asustó un poco. –Pero que no pasa nada… de verdad. No ha pasado nada malo, yo estaba con ella. Anda, respira bien que te va a dar algo. No seas infantil, ¿eh? La angustia oprimía mi pecho. Y sí, me lo estaba tomando demasiado en serio. Pero es que era mi niñita, mi Felicia, mi bebé. No quería que creciese, ya no por miedo al abandono, porque sabía que lo nuestro trascendía a todo lo demás, pero enamorarse de verdad era como dar ese paso entre la niñez y la adultez… y yo la quería así tal como era: una niñita. –Que rápido ha crecido… –Ay, te comportas como un viejo, ¿eh? –Es que es mi niñita… y le acaban de robar la inocencia… –¿También te pondrás así cuando me eche novio yo? Me puse de pie, alterado. –¿Pero ya son novios? –Casi, casi… ahí, ahí. –Al ver mi cara, macilenta, volvió a reírse– Que no, todavía no. Pero se ve que se han gustado mutuamente. Relájate… tu sobrina no es rematadamente tonta. –El amor nos vuelve tarumba, Emily. Créeme, sé de lo que hablo. –Anda, tonto, ven… Y me dio un abrazo muy sentido. Por loco que pareciese, me hizo sentir mejor. Se notaba que me quería aunque bromeásemos mucho. Se lo devolví. –Anda, vamos a cenar. VII Pusimos la mesa entre Emily y yo. Felicia no paraba de suspirar y mirar de tanto en tanto el móvil. No pude evitar angustiarme un poco de nuevo, pero aparté la idea de mi mente. Así era la vida y era un momento que tarde o temprano tenía que llegar, me gustase o no. Durante la cena, Felicia comenzó a reaccionar. Con el primer bocado le cambió la cara, olvidándose de aquel muchachito. Ambas elogiaron mi plato. Ya cenados y con todo recogido, nos juntamos en el salón. Era hora de meterle mano a nuestro problema. Saqué el libro, que había llevado todo el día conmigo. –¿Qué hacemos, tito? –Preguntó Felicia, ya mucho más centrada. –Pues comenzaremos por traducir esto. No puede ser demasiado complicado. Así, al menos, sabremos de qué diantres va el libro y luego ya veremos. Las chicas, con su pericia natural para la tecnología punta –Yo ya era un “boomer” que sabía dar hostias como panes pero a mí me sacas del Whatsapp y el Candy Crush y me perdía un poco– y comenzaron a intentar traducirlo vía online, escaneando el tomo. Y todo para nada. Las cámaras no parecían poder enfocar bien las letras y los traductores online fallaban, ya fuese con sus móviles o el mío propio. –Pues nada, habrá que hacerlo a la antigua usanza. –¿Y eso cómo es? –A mano, por supuesto. Palabra por palabra, frase a frase, no hay otra. –¿Y si le vamos preguntando a Chatgpt? –¿Chat-qué? Las niñas se rieron como ratitas ante mi ignorancia supina. –La IA, tito. Da igual, nosotras lo iremos haciendo. Y así, con papel, lápiz y la inestimable ayuda de Chatgpt fuimos poco a poco traduciendo el libro. Al cabo de algunas frases, nos pasó algo curioso. Sentíamos pequeños flashes en nuestras cabezas. Paramos en seco. –¿Habéis… habéis sentido eso vosotras también? –Si… he visto… a una mujer…–Emily tenía en ese momento el libro en las manos y por lo visto, su experiencia fue la más intensa de los tres. –Descríbemela. Lo hizo y correspondía con la Dama de la lluvia y la imagen espectral que vio Felicia la otra vez. Entonces caí en la cuenta de que no les había contado el “sueño” de anoche. Se los relaté a ambas. –¿Crees que…? –Felicia dejó la pregunta en el aire. –Sí, tiene que estar relacionada ambas cosas, la Dama de la lluvia y este libro. Tu intuición era cierta, cielo. Eres un hacha. Sacó pecho, sonriente. –¿Ves? Si siempre tengo razón. –Continuemos un poco más, a ver qué pasa. Déjame tener a mí el libro en las manos. Fui dictándole las palabras y entre Emily y Felicia fueron traduciéndolas y apuntándolas en una libreta. Los flashes volvieron de nuevo. Ahora podía ver claramente a la Dama. Pero no era como antes, en mi sueño. La veía a ella, sí, pero como si fuesen recuerdos sueltos, inconexos entre sí. A veces la veíamos a ella, otras desde su punto de vista. Nos fuimos turnando, porque parecía que no, pero aquello era agotador. Sostener el libro mientras lo traducíamos daba la sensación de que drenaba nuestras fuerzas… menos las de Felicia, que parecía no sentir nada. Tuve que pedir que nos detuviésemos. Ya no podía más. El texto no tenía ningún sentido en castellano, la verdad. Incluso con la inteligencia artificial, que no nos daba traducciones literales, aquello era un galimatías. –Joder… esto no tiene ni pies ni cabeza. –Joe… que decepción… –Emily también estaba agotada y se caía de sueño. –Mañana continuamos, ¿Vale? Estoy molío… –Tito… ¿Es cosa mía o esto está caliente? –Pues no me extrañaría, nena. No lo hemos soltado en un buen rato… Me lo pasó y pude comprobar que el libro estaba caliente al tacto. No era el calor absorbido por ir de mano en mano… no quemaba, pero el calor era antinatural, como si estuviese vivo. –Coooño, es verdad… Nos quedamos en silencio un buen rato. Me devanaba los sesos hasta que decidí que hasta aquí. Las mandé a la cama y me llevé el libro conmigo a mi habitación. Emily bajó a su casa con su familia y Felicia se fue a dormir. Me metí en la cama, me fue el último pitillo del día y como la noche anterior… me metí el libro bajo la ropa. VII Cerré los ojos y al abrirlos, estaba de nuevo en aquel espacio donde parecía estar confinada mi dama. Estaba en el diván, sonriente. Me hacía gestos para que me acercase. Me eché a sus pies y me abrazó. –Lo estáis haciendo muy bien, Mi Guardián, sigue así. –Te quiero, Dama… –Me llamo Cece, recuérdalo. Me lo pusiste tú, al fin y al cabo… Y volví a despertarme de golpe en la realidad, incorporándome de forma violenta. –¡Cece! ¡Cece! Tardé unos segundos en asimilar lo ocurrido. Me levanté y me metí en la ducha. Felicia seguía durmiendo o eso creía. Su puerta estaba cerrada. Era un poco temprano, así que con calma, me vestí y fui a por un par de molletes buenos para el desayuno. Preparé el desayuno para ambos, súper tranquilo y en mi pompa. Estaba, por algún motivo, cansado pero contento. De pronto, sentí que me abrazaban por detrás. –¡Tito! ¡Te quiero! Me giré raudo. Era Felicia, sonriendo de forma inocente. La agarré de la camiseta y la estampé contra la pared. Cogí el cuchillo de cortar el pan y se lo puse en el cuello. Capítulo 9 I Aquel ser no era mi sobrina. Tenía su cara, su voz, su sonrisa angelical… pero no sentía que fuese ella en absoluto. Cuando me abrazaba, cuando la tenía cerca… era especial. Aquello no lo era. –¿Quién coño eres tú? ¿Qué has hecho con mi sobria? Habla ahora que puedes… y como no me guste la respuesta… te rajo la garganta. La supuesta Felicia no dejó de sonreír, es más, ensanchó su sonrisa mucho más. Apreté el cuchillo aún más. –Tranquilo, papi. Soy yo… tu hijita. La solté y di un par de pasos atrás. Ante mí aquel ser se transformó, como un efecto cutre de CGI de los años 2000… para convertirse en Leonora. Su forma adolescente, por lo visto. Se me cayó el cuchillo al suelo. Estaba atónito. –¿Leonora? –Hola, papi. Cuanto tiempo, ¿Verdad? Me quedé congelado. Las lágrimas inundaron mis ojos pero me negaba a llorar. Aquello no podía ser cierto. Rudy la mató. Aquello debía ser un juego o vete tú a saber que hostias. No sabía cómo reaccionar y de hecho no pude hasta que entró la Felicia real en la cocina, riendo. Abrazó a Leonora por detrás y le dio un beso en la mejilla. –¿Qué, primita? ¿Tenía razón o no? Iba a darse cuenta de que no eras yo. –Sí, Feli, tenías toda la razón del mundo. Míralo, todavía sigue en shock. –¿De…de verdad… Eres tú? Felicia soltó a Leonora, que se acercó a mí, despacio. Sus orejitas se sacudieron levemente. –En persona, vivita y coleando. –Rudy… Rudy te mató… –Como siempre, querido Pimpollo… yerras de cabo a rabo. II Entró en la cocina Rudy, sonriente. Estaba un poco cambiada. Se había dejado crecer el pelo bastante y llevaba un lindo vestido, azul claro, de verano. Usaba sandalias griegas. Incluso llevaba las uñas pintadas de manos y pies. No parecía ella. Se quedó de pie, en la puerta de la cocina. –No la maté. Tan solo quise que lo creyese esta sabandijilla, para desquitarme. No sufras, ni siquiera la toqué. Tan solo verla llorar, gemir y suplicar calmó mis ansias. Miré a todas de forma alternativa, no parecía que hubiese malos rollos entre ellas. No podía hablar y tan siquiera, de haber podido, sabría qué decir. Me acerqué a Leonora y la abracé con fuerza. La joven se aferró a mí con fuerza. Estuvimos un buen rato así. –Joder, casi te mato, Leo. No vuelvas a hacerme algo así nunca. No era la primera vez que casi mataba a la hibrido Kitsune-Tanuki. La primera vez, actuando como un agente de su padre, Makki, el Rey de los Yokai, se infiltró en el campamento. Usando sus habilidades innatas de ambas especies, logró sacar de quicio a todo el campamento en el bosque sagrado. La pillé justo cuando intentaba, usando mi cara, de seducir a Kimiko para asesinarla. Pero a mi esos truquitos no servían y la capturé. Me hizo ver cosas muy desagradables pero que eran insuficientes para romper una mente ya hecha añicos como la mía. La saqué fuera, aun convertida en un engendro de pesadilla, y estuve a punto de decapitarla. Pero cambió de forma, a una infantil de sí misma humanizada, y no pude hacerlo. La adopté, en contra de la opinión de absolutamente TODOS los presentes. Aun así lo hice y la mantuve a mi lado, ejerciendo de padre adoptivo. Más tarde, en el momento decisivo… me traicionó. Por su culpa Jun Fei murió de forma horrenda… pero es que no podía enfadarme con ella. En realidad era un poco más mayor de lo que fingía ser. Mucho más de lo que ahora aparentaba. Yo la perdoné en su momento, pero Rudy la castigó. Yo, sinceramente, la daba por muerta, pero para mí alivio –Un poco tarde, todo hay que decirlo– estaba vivita y coleando. III –Lo siento, papi… Pero la primita y yo teníamos una apuesta. Que he perdido, por cierto… La miré a los ojos. Luego miré a mi sobrina y a Rudy, que aguardaban pacientes a que terminase nuestro reencuentro. –Me da miedo preguntar, pero… ¿A que debo el honor? –Las he llamado yo, tito. Esto es muy grande para nosotros solos. Rudy nos va a ayudar, te guste o no. –Eso, Pimpollo. Te guste o no, te voy a echar un cable. Por cierto… me alegra ver que te has cuidado un poco. –Venga, si sé que me tenías un ojo encima todos estos años. No te hagas la sorprendida. Se acercó a mí, un poco tímida. Sus andares ya no eran de marimacho, que pisaba el mundo con firmeza bajo sus pies. Era… femenina. –¿Te… molesta? Me hizo una caída de parpados. Estaba perplejo. Ella no era así, pero era Rudy, sin duda. –¿Viniendo de ti? Para nada… me hubiese ofendido ni no me hubieses espiado. Te dejaba notas en la basura, que espero hayas leído. Estaba bromeando, desde luego. Pero fue una idea que se me pasó por la cabeza innumerables veces: Me imaginaba a Rudy asaltando el contenedor de basura para robarse mis bolsas, como una ladronzuela, para en su guarida analizar mi basura. Esperaba un chiste, una risotada, que me siguiese la broma, algo. Pero no dijo nada, tan solo se aproximó más a mí. Se mostraba vulnerable. –No he llegado a tanto… tan solo me aseguraba de que estabas bien, Pimpollo. No pretendía ser invasiva, te lo prometo. Solo es… que te echaba mucho de menos. La abracé con fuerza. Me abrazó con delicadeza, parecía una florecilla. –Me alegro mucho de que estés aquí, Rudy. En serio lo digo. Contra lo que esperaba, verla no me afectaba como creía que lo haría. Incluso me sentía bastante mal por haber dilatado tanto este reencuentro. –Estaba a tan solo una llamada de distancia, Pimpollo. –¿Podrías hacerme un favor, Rudy? Me soltó y me miró a los ojos. –Claro, para eso estoy aquí. –Deja de actuar así, por lo que más quieras. Quiero a mi Rudy de siempre. No te pega ir de mosquita muerta ni de señorita pepis. –¿Pero serás gilipollas? –Me dio un puñetazo en el hombro, un poco fuerte– ¡Y yo aquí esforzándome para nada! Volvía a ser la Rudy de siempre, otra vez. Sonreí encantado. –¿Qué? Nos acompañáis a desayunar? –¡Pues claro! IV –¿Me acompañas, Leo? –¡Si! Tenía que bajar de nuevo a por más molletes para que desayunásemos todos y le pedí a mi hijita que me acompañase. Quería hablar con ella. Nos montamos en el ascensor. –¿Te importaría… aparentar la edad que tienes? Leonora sonrió traviesa. –¿Por qué? ¿No te gusta que parezca de la misma edad que Felicia? –No me importaría verte con tu forma autentica, la que mostraste aquella vez cuando te pusieron aquel sello y no podías transformarte. Leonora dio un pequeño respingo, parecía no esperarse aquello. –¿Se…seguro? Soy… feísima… –¿Y? –¿No te importa de verdad? –Bueno, mientras estemos en la calle debes verte como una humana, pero que sepas que es por guardar las apariencias. Te quiero tal como eres, Leonora. –¿Y… te importaría, si guardo las apariencias con esta misma forma? Me gusta verme como mi prima, casi como si fuésemos hermanas. –Sí, claro. Salimos a la calle y fuimos a la panadería. Pillé unos buenos molletes para Leonora y Rudy y volvimos. –¿Te uniste a los Facilitadores, no? –Si… tampoco tenía donde ir. En el portal, que estaba vació, la detuve. –Leo… Siento haberte dejado huérfana… seguro que en el fondo me odias todavía, aunque actúes como si no hubiese pasado nada. Leonora me dio un abrazo por sorpresa y se puso a llorar. –Perdóname… Por favor, hagamos como que no te traicioné… sigue tratándome como a una niñita pequeña que tan solo ha crecido un poquito. Sé mi padre, te lo ruego. No me importa que matases a mi padre de verdad… él jamás me quiso. Yo sólo fui una herramienta desde que nací… Solo supe lo que era el cariño cuando te conocí… por favor. Le acaricié la cabecita con cariño. –¿De qué traición hablas, pequeñaja? Dejó de llorar y me miró a los ojos. Le sonreí con afabilidad, volvió a abrazarme y llorar. Cuando se calmó, subimos en el ascensor y entramos en mi piso. –Oye, Leo… ¿Te quedarás conmigo? Se giró, sorprendida. –¿Puedo quedarme? –¡Pues claro! Cuando terminemos con esto que tenemos entre manos, me gustaría que te quedases aquí a vivir. Puedo apañarte la habitación que tengo para los libros y convertirla en tu habitación. Se abalanzó sobre mí, abrazándome otra vez. Su cola apareció, moviéndola enérgicamente. V –¡Ey! Pimpollo, ¿Qué pasa con ese desayuno? ¿Te has propuesto matarnos de hambre? Rudy estaba en la puerta, mirándonos con media sonrisa. –Ah, sí. Perdona, jeje. Fuimos a la cocina y preparé el desayuno para los cuatro. Le conté a Felicia y a Rudy que había decidido re adoptar a Leonora. –¿Sabes que no es una niñita, verdad? –Dijo Rudy masticando. Volvía a ser como siempre y más que nunca desentonaba su vestimenta y su comportamiento. –Me da igual. Le hice una promesa hace siete años y yo soy de cumplir mis promesas. –Si no recuerdo mal, tus palabras fueron que te asegurarías de que el Bosque Sagrado fuese seguro y la dejarías entre los suyos… jamás dijiste que te la traerías a Málaga… –Po me da igual. Si ella quiere y yo quiero… po se viene aquí y punto. –Gracias, Papi. –No, si a mí me da igual… más o menos. Pero que no se te olvide que yo soy su madre también, Pimpollo. ¿No tengo nada que decir al respecto? Me reí suavemente. –¿Ahora si quieres jugar a las casitas? Porque te recuerdo que no estabas muy conforme con su adopción. –Ahhh, Pimpollo. No quieras jugar a las batallas verbales porque perderás de forma humillante. Me quedé mirándola con nostalgia. Tenía una sonrisa bobalicona en la cara. –No sabes cómo te he echado de menos… A Rudy le cambió la cara. Se sonrojó visiblemente y hasta pareció emocionarse un poco, pero se recompuso y volvió a la carga. –Y yo a ti, pero no te servirá de nada cambiar de tema. Pero bueno, haced lo que queráis. No pensaba interponerme ni mucho menos. Pero primero resolvamos este inquietante asunto, si no te importa. Cuando acabemos, montamos un sarao y lo que quieras. VI Nos pusimos serios. Le conté a Rudy la movida desde mi punto de vista. Ya había escuchado la versión de Felicia, así que si ella se había dejado algún cabo suelto, Rudy podría tener una imagen más clara con mi relato. –Lo cual me lleva una pregunta importantísima: ¿Tu jefe te contó algo de toda esta movida? Rudy suspiró cansada. Estaba muy seria. –Te voy a ser sincera: Ni una palabra hasta hace unos días. Créeme, me ha sentado particularmente mal que se tuviese todo esto callado. Se puso de pie y comenzó a dar vueltas por el salón, con tu tic particular cuando echaba a andar su ingenio prodigioso. –Verás, Pimpollo. Esto es más gordo y serio de lo que te puedas llegar a imaginar. Olvídate de los Yokai y el periplo en tierras niponas. Eso solo era un calentamiento, por lo visto. Como siempre, te has guardado muchos detalles. –Te juro que he sido 100% sincero… –Tu no, tu otro yo. Me has dado solo pinceladas, cuidando mucho cada palabra que has proferido. Tu versión futura se ha asegurado de que sepa lo mínimo para poder ayudarte, lo cual es muy frustrante. Por lo que sabemos, este es el punto de inflexión principal en tu vida. TODO ha ido encaminado hasta este momento. Hizo una pausa dramática. –Cuando digo TODO es TODO. Los Facilitadores fuimos reunidos para esto. Siempre pensé que tenías delirios de grandeza y fundaste esta organización para, aparte de ayudarte a ti mismo en tus “movidas”, poder hacer de este un mundo mejor… pero no podía estar más equivocada. Siempre se trató de ti y tus intereses. Te tenía por un tipo altruista… pero eres en el fondo un egoísta egocéntrico. Tú, tú, tú y ¡TÚ! Se paró en seco, parecía furiosa de verdad, ensimismada. –Rudy… –No, no. Disculpa, me he desviado. Perdón. El caso es que lo único que ha hecho ha sido darme un puñado de pistas para que me las arreglase como pudiese. Me he empollado el esperanto, así que traduciré el tomo ese. –¿Estás enfadada conmigo? Se echó a reír. –Contigo no, bobo. ¿Con tu versión futura? Muchísimo. –No tienes por qué ayudarnos si no quieres… yo no te obligaré a nada, ya lo sabes. –Quiero hacerlo, Pimpollo. No malinterpretes mis palabras. Es un cabreo pasajero. Me he cabreado con tu versión futura un millón de veces… y se acaba pasando. Aunque sea egoísta, egocéntrico, estúpido e irracional… le sigo amando con cada fibra de mí ser. –Rudy… Tengo pareja. ¿Lo sabes, verdad? –Lo sé, lo sé. Pero eso no cambia nada y parece que todavía no lo entiendes. ¿Comprendes que lo tuyo con esa muchachita no puede durar? –Iba a hablar pero me cortó– No, no vayas a empezar con tu rollo del destino y el lienzo fresco, por lo que más quieras. Os ayudaré, pero ten presente una cosa, y si no, me largo. –Va, va. –El futuro es inalterable, Pimpollo. Métetelo en la cabeza de una vez. Te costará pero tu versión futura ya abandonó esos ideales absurdos. Ni ríos ni pollas, rema todo lo que quieras pero el final es el mismo siempre. Y lo será porque tú lo harás posible aunque no sepas todavía el motivo. Vas a tener que sacrificar muchas cosas por un bien mayor y siempre me dices que es por un buen motivo. Hazte caso a ti mismo. –Joder… pues me gustaría saber ese motivo. –¿Y crees que a todos nosotros tampoco? Es tu mayor secreto, majete. Si alguien puede tener alguna pista… ese eres tú. Me quede en silencio. Era un golpe bastante duro, la verdad. Trataba de asimilarlo como podía, pero un trago difícil de pasar. Pero tenía razón, si iba a tener que sacrificar TODO en mi vida… sólo yo podía saber el porqué. Y oye, en el fondo lo sabía perfectamente. No había que ser un genio como Rudy. –Mientes… VII Rudy dio un respingo casi imperceptible. La conocía lo suficiente como para saber que eso significaba que la había pillado en bragas. –¿Q-que dices? –Tú lo sabes perfectamente como lo sé yo ahora. Y no es porque mi versión futura te lo haya contado con pelos y señales. Lo intuyes porque eres un genio, Rudy. A lo mejor puedes estar equivocada… pero tú nunca te equivocas, ¿Verdad? Sonrió de oreja a oreja. Se acercó a mí y se inclinó hasta tenerme muy cerca. –Cada vez os parecéis más, Pimpollo. Me encantaría que te desprendieses de eso que te lastra. No eres estúpido en absoluto, solo que no te quieres esforzar lo suficiente. Tienes un cerebro exquisito, pero lo malgastas con toda la mierda que te metes entre pecho y espalda. –¿Ves? Si yo se lo digo a diario –Intervino por vez primera Felicia– “Tito, tú eres muy listo pero haces muchas tonterías”, ¿Es verdad o no? Me avergoncé un poco. Guardé silencio. –¡¿Es verdad o no?! –Felicia comenzaba a encenderse, muy en su línea protectora. –Sí, sí. ¿Podéis dejar de regañarme y centrarnos en lo que nos ocupa? Por favor… Ambas se relajaron un poco. –Vale, vale. –Felicia aminoró la marcha– Yo solo decía las cosas como son, no pretendía regañarte, tito. Leonora no me soltaba el brazo. Lo tenía abrazado contra su cuerpo y la cabeza apoyada en mi hombro, meneando su tupida colita. –Ejem, como iba diciendo: Vamos a traducir el libro de marras. Según tengo entendido, cuando lo hagamos se nos revelará gran parte de esta complicada y retorcida trama. Por ahora, hasta que no resolvamos esto primero, no podemos hacer nada más. –Pues conformes, Rudy. No sé cuánto tardarás, pero eres bienvenida a pasarte cuando quieras para terminarlo… –¿No me vas a invitar a quedarme aquí? –Preguntó con una sonrisa picarona– ¿Vas a hacer que me tenga que coger un hostal o un airbnb? –Pues si… –Eres cruel, Pimpollo. ¿Así piensas pagar mi inestimable ayuda? Eres terriblemente hospitalario, desde luego. –¿Te tengo que recordar que tengo pareja estable? –¿Qué le molesta a ella? –¿En serio me lo preguntas? –Por supuesto. Yo no soy una cualquiera, ¿eh? Soy la madre de tu hijita y ¿La piensas echar a la calle? Eso lejos de congraciarte con tu novieta lo que le da a entender es que tienes el corazón muy negro, Pimpollo. –Lo siento pero no admite discusión. Además, que no me chupo el dedo. Hellen seguro que os ha acercado aquí y lo mismo que os ha traído… te puede llevar a ti de vuelta al caer la noche. –¿Y Leo se queda y yo no? –Puso cara de ofendida al máximo. –Rudy, por favor. Estoy un poco cansado, ¿podemos dejar las coñas para mañana? –Ay, hijo, que sieso eres, ¿eh? –Venga, vamos al lío –Propuse, ignorándola por completo– Antes hagamos esto, antes acabaremos. VIII Y dicho y hecho. Me saqué el libro que tenía guardado contra mi cuerpo y se lo alargué a Rudy. Me miró con una enigmática sonrisa al ver de dónde lo había sacado. Me lo pensé mejor y antes de que pudiese cogerlo, lo retiré. Lo abrí sobre la mesa y se lo ofrecí. Ya no podía fiarme de ella ni un pelo. Era capaz de enredarme y yo no tenía cuerpo para líos amorosos. Rudy se puso seria y comenzó a leerlo por encimilla. –Mmhh… si, es esperanto. Creo que no me va a costar mucho trabajo, pero ahora, esto no tiene ni pies ni cabeza… por ahora. Me acordé de algo muy importante. –¡Hostias! ¡Que no he ido a hacer la compra! –¿Te acompaño, tito? –Se ofreció Felicia. –No, no. Quédate aquí con Rudy y con Leo. Cojo el coche y compro todo lo necesario, solo iré más rápido… además. Con Rudy y Leo aquí contigo estoy tranquilo, Feli. –Como quieras. Nosotras iremos traduciendo esto. –No tardo. Me arregle corriendo y bajé a por el coche. Con las movidas que teníamos entre manos me había olvidado de hacer la compra semanal y estábamos bajo mínimos. Y ahora, con Leo y Rudy en casa, no nos alcanzaría. |
Editado: 17-nov-2025 16:18 -
17-nov-2025 16:04
#7
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Capítulo 10 I No dudaba que en cualquier momento apareciesen más invitados: Akimba, Marlenne, Rodrigo, etc. Y que encima no le diese por aparecer ni Giorgia, Sakura o Kimiko. O a saber quién sería capaz de aparecer ahora. No los tendría enmayaos si venían sin avisar. Hice la compra lo más rápido que pude, sin entretenerme con tonterías. Volví rápido y subí todas las bolsas en el ascensor –Que no eran pocas– para hacer un solo viaje. Abrí la puerta de mi piso y Leo salió a recibirme para ayudarme. –¡Hola, Papi! Has tardado mucho. –Hola, corazón. Lo siento, había una cola en el súper que flipas… –Hola… Me quedé de piedra. Allí estaba Elena con cara de circunstancias, en el salón, junto a Rudy y a Felicia. Parecía aquello un funeral de estado. “Joder… A ver qué diantres pasa ahora” Felicia se levantó y ayudo a Leonora a guardas las compras mientras yo entraba al salón para hablar con mis chicas. –Hola, Elena. No te esperaba… –Ya veo… –Veo que ya has conocido a Rudy, ¿Eh? –Por favor, cariño –Rudy sonaba realmente afectada– soy Herminia, no Rudy. Por favor… II Estaba perplejo. –¿Cómo? Elena me miraba con aire compungido. Rudy sacó un kleenex y se secó una lágrima invisible. Elena la rodeó con sus brazos. –Tenemos que hablar, siéntate. Me senté frente a ellas. Rudy estaba haciendo un numerito para tocarme las narices. –A ver… a ver… Elena. Ella es Rudy. Ya sabes lo que te dije, ¿No? Fuimos amantes y es verdad que se llama Herminia, pero ella odia ese nombre y se hace llamar Rudy. No dejes que te lie, es una cachonda y le encanta fastidiarme. Rudy se echó a llorar de verdad. Elena me fulminó con la mirada. –¿Ves lo que te dije, Elena? Sus fantasías solo se las cree él. Cree que soy una loca detective o algo por el estilo. Ya me pierdo muchas veces con sus locuras. A veces soy detective, a veces guerrera, a veces una “Cachonda”… se niega a tomarse la medicación y ya estamos todos desesperados. –¿Pero qué dices? Jajajaja –Me reí de buena gana– Venga, Rudy, deja ya las coñas. Ya le he contado a Elena toda la verdad. Elena me miró muy seriamente. –No me habías dicho que estabas casado… –Y no lo estoy. –Tienes una hija… y me dijiste que no estabas seguro. Rudy lloró aún más fuerte, encogiéndose. –Ay, que reniega de nuestra hijita Leonora… ay… ay que dolor… Me froté las sienes. –¡Leo! ¡Cielo! ¿Puedes venir un momento? Leo vino trotando, alegre. –Dime, papi. –Por favor, cariño. Enséñale a Elena tu autentica forma, por favor. –¿Cómo? –Leo puso cara de extrañada. –Tranquila, Elena, mi chica, ya sabe todo. Se lo conté los otros días, sobre ti y que creía que estabas muerta, y todo lo demás. Leo puso una cara rara, rarísima, como si le contase una locura. Luego miró a Rudy, que entre lágrimas, asintió gravemente. El teatrillo lo estaban llevando a cabo entre las dos. Parecía que Rudy le estaba dando permiso para seguirme el juego. –Ah, sí. ¡Claro, papi! Le enseñaré a tu amiguita mi auténtica “Forma”, pero más tarde, ahora estoy un poco cansada y no me sale bien, pero cuando descanse un poco, se lo enseño. –Venga, Leo… no me hagas esto. Enséñale al menos las orejitas o la cola… Me miraba con cara de circunstancias, como quien mira a un loco que no sabe si seguir presionando porque ceder es imposible. –Cariño, ¿Por qué no le traes un vaso de agua a tu padre? –¡Si! Y se dio la vuelta para entrar en la cocina. –Tienes que tomarte la medicación, por favor. –Elena estaba al borde del llanto– te lo ruego. Me tuve que reír. –Elena… te están tomando el pelo. Rudy es muy buena actriz, mi versión futura se aseguró de que tomase clases de actuación. Es un hacha está tía… y por cierto, ya se marchaba, ¿Verdad, Rudy? Elena se puso en pie. –¿Vas a echar a tu mujer a la calle, sinvergüenza? –¡Que no estoy casado! –Le mostré las dos manos, no era de usar anillos– ¿Ves? Rudy mostró una alianza en su dedo anular mientras reanudaba el llanto una vez más. Elena me miró cabreada. –¡Basta! Compórtate como un hombre. Me he dejado engañar, pero eso ha sido por mi culpa, lo reconozco. Debí haber dudado… tantas historias tan rocambolescas… que si has trabajado para la mafia, que si te tuvieron secuestrado y te torturaron, que si eras guardaespaldas de una ninja, que si viajabas en el tiempo, que si Yokais y que si tenías un harem… joder, ¿Cómo me he podido tragar todas esas gilipolleces? –Cada vez se inventa algo nuevo, Elena. Yo ya no puedo más, ni yo ni su familia. La única que lo aguanta es la pobre Felicia, que intenta cada verano, cuando tiene vacaciones la pobre, de que su tío se tome la medicación. A veces lo logra, que se tome las pastillas… y entonces vuelve en sí y podemos regresar Leo y yo a casa… me parte el alma… de verdad… que haya metido a otras mujeres en casa… –Lo siento, mucho, Herminia, de verdad. Yo… yo soy idiota… no pretendía nada de esto, de verdad. Crucé los brazos sobre el pecho, esperando a que Rudy se cansase de metérmela doblada. Empezaba a mosquearme y me cabrearía de verdad si Elena se marchaba cabreada. Si eso pasaba, pondría fin a nuestra amistad y esta vez para siempre. –No es culpa tuya, chiquilla. Él es muy encantador… a mí me enganchó igual. Cuando se medica es más tranquilo y menos seductor, pero tiene los pies en la tierra y nos quiere mucho. Era joven y me enamoré como una loca. Me creí sus mentiras hasta que me quedé embarazada… y cuando conocí a sus padres… me contaron que sufría de paranoia con delirios. Que tomaba la medicación por temporadas… debería de haberme ido con mi hija y abandonarle… pero es que le quiero demasiado. –¿Has terminado ya, Rudy? Se echó a llorar de nuevo. –Por favor, cariño… es muy sencillo, tomate las pastillas. Sacó de su bolso unos blíster de pastillas de diferentes forma y color. Leo llegó con el agua y me ofreció el vaso. No lo cogí. Elena se arrodilló frente a mí. Cogió las pastillas y capsulas que fue sacando Rudy y me las ofreció. –Por favor… tómatelas. Te quiero… y aunque lo nuestro no pueda ser… al menos seamos amigos. Por mí, tómatelas por mí. –¡Felicia! ¡Feliiii! Ven por favor y ponle fin a esta pantomima, anda. Que no tenemos tiempo para perderlo. Me tengo que poner con la comida y toda la marimorena. Felicia regresó, andando con un poco de miedo. Mi voz ya era áspera. Se acercó a mí y me abrazó por detrás. –Por favor, tito… tómatelas. Te quiero… –Esto ya no tiene gracia, Felicia. ¿Qué? ¿Os habéis conchabado para gastarnos una broma, eh? Jajajaja no, si tiene gracia, pero venga, va. Ponedle fin. Es muy gracioso eso de dejarme de colgao a mi jajajaja Elena me puso la mano en las rodillas, con cariño. –Por favor… todas te queremos muchísimo… –Elena. Piensa: Si todo me lo he inventado –Me quité la camiseta– ¿Cómo explicas todo esto? –Herminia me lo ha contado. Te autolesionabas durante tus delirios esquizoides. No somos tus enemigas, cariño. Queremos ayudarte. –Elena, mira bien –Le señalé los dos disparos de Andrea Dominico– Esto son disparos. Explícame cómo es posible pegarse uno a si mismo dos tiros en el pecho. ¿Uno? Vale, pero, ¿Dos seguidos? ¿Y desde tan cerca, a bocajarro o quemarropa y dejando esta cicatriz? Imposible. –Por favor –Elena estaba ya llorando, sin hacer ruido. Suspiré, agarré las pastillas. –Hostia ya. Me las metí en la boca y las tragué con el agua que me seguía ofreciendo Leonora. Luego abrí la boca para que viesen que me las había tragado y no las tenía ocultas bajo la lengua ni nada. –¿Contentas? ¿Podemos ponerle ya fin a esta tontería? III Nos quedamos mirándonos los unos a los otros en silencio. Confiaba en que Rudy se pusiese nerviosa progresivamente. Me habían dado mierdas que seguramente freirían mi cerebro. Como broma estaba bien porque se pensaría que no me las tragaría. En cualquier momento saltaría sobre mí al grito de “¡Pimpollo, vomita eso!” Pero en cambio, sonrió de forma triste. –Gracias, cariño. Pronto todo pasará… –Espera… ¿Me habéis drogado de verdad? –Es medicina buena, tito… –Te hará bien, Papi… Comencé a dudar. ¿Y si aquello era un retorcido plan del jodido albino de anoche que había usurpado las identidades de las chicas para drogarme o envenenarme? Felicia, desde luego, era ella misma. Pero, ¿Y si la habían hipnotizado? La paranoia crecía en mi mente a pasos agigantados. O, si por el contrario… ¿Realmente estaba lucido por un momento? Es decir, ¿Y si todo lo que recuerdo hasta el momento era producto de mi imaginación? ¿Y si realmente era un esquizofrénico paranoide en pleno delirio y todo lo que creía mi vida no era más que una fantasía? Contacté con Taodaro. [ –Tao, tío. ¿Eres real o producto de mi mente enferma? –Te están tomando el pelo. –¿Lo dices porque es verdad o lo dices porque eres producto de mi enfermedad mental que solo reafirma mi propia locura? –Creo que hablar conmigo no te sacará de dudas, querido amigo. –Pues vaya ayuda… –Ya… ] Comenzaba a encontrarme realmente mal, muy mal. Sudores, temblores y estaba pálido. Incluso notaba que me mareaba. –Yo… yo… joder… Ya no sé qué es real y qué no… –Shhhh, tranquilo. Estamos aquí, contigo. –C-creo… que me voy a tumbar un rato. De pronto, estábamos en una habitación blanca. Yo llevaba un pijama de esos de hospital y mis chicas estaban a mi lado, dándome un abrazo grupal. –¿Pero qué coño? –¿Tito? ¿Estás bien? –¿Dónde coño estamos? Las chicas se miraron con esperanza en la mirada. –¿Dónde crees que estamos? –Preguntó Rudy con un hilillo de voz. –¿En un manicomio de esos? A Rudy le caían unos lagrimones mientras sonreía. Felicia, Leo y Elena hicieron lo mismo. –Tranquilo, cielo, las pastillas te han hecho efecto. Leo se echó en mi regazo a llorar. –Papi… papi… pronto nos iremos a casa todos juntos. Me puse en pie, despacio. –Joder… os juro que pensaba que todo era real. Me quité la camiseta. No tenía ni una sola cicatriz, tan solo una, la típica de la apendicitis. Flipé en colores. –¿Qué ocurre, cariño? –dijo Rudy. –Yo… ¿y mis cicatrices? Elena se acercó a mí y me tomó la mano. –Hermanito… ¿Me recuerdas? Soy yo, Elena, tu hermana pequeña. –No… no… ¿O sí? Tengo la mente un poco confusa. –No pasa nada, la desorientación es uno de los efectos secundarios. Se te pasará, hermanito. –Guau… os juro que pensaba que era una especie de sicario que mataba seres sobrenaturales, que era amigo de una vampiresa y que mi niña se transformaba en una especie de zorro cruzado con un mapache… joder… creo que ya estoy curado. Me acerqué a cada una y le di un abrazo sentido. –Gracias, por ayudarme, por no abandonarme y por soportar mis locuras. Cuando llegué a Rudy cogí su cara entre mis manos. –Sobre todo a ti, Herminia. Te amo con toda mi alma, me has demostrado que me amas con la misma intensidad que yo a ti… en mis delirios creía que te había abandonado pero que sepas, que incluso en mi locura, Herminia, pensaba constantemente en ti. Cada día me torturaba y me castigaba por dejarte tirada… te amé tanto, que incluso en mi locura te seguía amando… A Rudy le comenzaron a caer unas gruesas lágrimas, y esta vez no eran falsas. Acerqué mis labios a los suyos, y Rudy cerró los ojos. IV Cuando estábamos casi a punto de besarnos, Elena me cogió por el hombro con fuerza. –¡Eh, eh, eh! Giré la cara para mirarla, sonriendo. –¿Qué? ¿Te pensabas que la iba a besar, eh? Dio un pequeño respingo. Y todo desapareció. Volvíamos a estar en el salón de mi piso. Solté a Rudy que se dejó caer en el sofá de nuevo. –Joder, que susto me has dado –Elena respiraba de forma agitada– Te juro que le llegas a besar y te hubiese metido una hostia jajajajaja. Me dejé caer en el sofá. –Pero que hijas que sois las cuatro… –No pude menos que reírme– Te juro que pensaba que te habían hecho el lio. Nos reímos todos. –Te hemos hecho dudar de la realidad, Pimpollo. –¿Por qué me has hecho esto, Rudy? Joder, por un momento lo he pasado realmente fatal. –Me lo debías, por haberme dejado tirada todos estos años. Leo se sentó a mi lado y volvió a abrazarse a mi brazo. Felicia saltó por detrás, y me abrazó también. –Lo siento, Tito. –Lo siento, papi. Y ambas me dieron un beso en cada mejilla. No podía enfadarme con ninguna de las dos. –Anda, que ya te vale a ti también, ¿Eh? Elena se rió. –Es que no he podido resistirme. He venido sin decirte nada para darte una sorpresa, pero me he encontrado con ellas dos. Intentaron hacérmela, ¿eh? Pero no colaba, ya sabía yo quienes eran. Luego, hablando, con las coñas, decidimos gastarte una pequeña broma. –Pues una broma cojonuda… eso sí, no volváis a hacerme algo parecido. Eso sí, no llegas a soltarme eso de que eras mi hermana y te juro que me creo que me había vuelto loco. Ahí has querido rizar el rizo demasiado. Se rieron de nuevo. –Por cierto… ¿Qué coño me has dado, Rudy? –Ah, ni te rayes, eran placebos. Azúcar. ¿Te crees que esta broma ha surgido de pura improvisación? ¡JA! ¡Llevo meses preparándotela! Asentí con gravedad. Era justo, se había vengado por la putada que les hice la otra vez. No me lo tomé a mal. –Pues ya ves, Elena. Si tenías alguna duda de mi historia… aquí tienes la confirmación. –Ya, ya. No hacía falta: te creía. –Perdona que no te haya avisado… han aparecido esta mañana aquí, sin avisar. –No importa, ya me lo han explicado. –Ya le hemos contado a tu chica, que por cierto, es muy guapa. Menudo ojo tienes, bribón. Que te necesitamos para una nueva aventura. Si aceptas, y ya sabes que no te queda otra, nos vamos mañana mismo al cuartel general. He invitado a Elena a unirse… si no te importa, Pimpollo. Las miré a ambas. Rudy me guiñó el ojo. Supuse que tendría sus razones para mentir como una bellaca. Le seguí el juego. –Pues ya ves, cielo. El deber me llama. ¿TE gustaría acompañarme en esta nueva aventura que PARA NADA deseo llevar a cabo? –Me encantaría… si no fuera porque tengo trabajo. Ya sabes, la muerte llega a todos por igual… y no se le puede hacer esperar. No puedo, aunque me gustaría, embarcarme en una historia que me lleve fuera de la ciudad tanto tiempo. En mi oficio no hay vacaciones, muere gente todos los días. –Comprendo… Pero al menos, te quedarás a almorzar, ¿No? Elena sonrió de oreja a oreja. –¡Por supuesto! Tienes muy buena mano en la cocina. –Se dirigió a Rudy– No sé cómo le dejasteis escapar. Rudy se encogió de hombros. –Pues ya ves, chica. Seis mujeres peleándonos por él y coge el mamón y se larga. Me levanté y las dejé allí, parloteando de sus cosas, riendo y contándose batallitas. Necesitaba un cigarrillo urgentemente. V Me agradaba sobremanera que Elena se hubiese tomado tan bien que Rudy hubiese aparecido en mi casa, así, a las bravas. Se llevaban muy bien y eso me gustaba. Leo vino conmigo. Me seguía a todas partes. Insistió en ayudarme y la dejé hacer. –Papi… lo siento por la broma. Cerró la puerta de la cocina. Se quedó de cara a la puerta y se transformó. Adoptó su forma adulta, la misma que mostró cuando me apuñaló, con forma humanoide. Se giró y se acercó a mí. –De verdad que lo siento. Cuando a Rudy se le mete algo en la cabeza… no te puedes simplemente negar. Me abrazó con fuerza. –Te he echado mucho de menos. Me reitero: Lo siento por haberte apuñalado aquel día. Me arrepiento muchísimo. Era joven… y creía firmemente en las palabras del Rey. Tú en mi cabeza eras el malo, el villano, el cruel asesino de mi gente. Te veía como un monstruo sin corazón, sin empatía y sin principios. –Y tenías razón, Leo. Era y sigo siendo un monstruo… maté a tu padre. Y no solo a él, sino a otros muchos Yokais y de formas crueles, además. Yo sí que os veía a todos como a monstruos… y el monstruo realmente era yo. Al hablar con tu padre, que me mostró una gran parte de sus recuerdos, y al haber visto que no erais tan diferentes de los humanos… me hizo comprender que estaba equivocado. Leonora negó con la cabeza. –TÚ no eres malo, de verdad. Te quiero. Y lo digo de verdad. Cuando te marchaste… con Marlenne cargando contigo, pensé que Rudy me iba a desollar viva. Te ha mentido, no pretendía darme un susto. Cuando me iba a pegar con el látigo… apareciste tú, pero en viejo, y paraste el látigo con la mano. Ella quería de verdad castigarme. No me iba a matar, vale, pero pegar… me quería dar de latigazos. Pero tú se lo impediste. –Joder… –Me has estado cuidando todo este tiempo. Me acogiste entre los tuyos y me diste un hogar. Me quedaré siempre a tu lado. –Sabes que yo encantado. Nos quedamos así, abrazados, largo tiempo. VI –¿Papi? –Dime. –Elena no me gusta. –Leo… Me cortó. –No, no. No te confundas. Si, vale, me gustas. Lo que dije era cierto: quiero aparearme contigo. Pero sé que tú no quieres y lo acepto. Prefiero mil veces este cariño que me das a cualquier otra cosa. Pero esto no son celos, yo no entiendo esas cosas de humanos. Elena no me gusta. Huele raro y Rudy opina igual que yo. No nos gusta. –Pero… ¿Ha hecho algo o…? –Por favor, échala de aquí y no vuelvas a verla nunca jamás. –No la puedo echar así sin más… tenemos una relación. Y si no ha hecho nada malo… es injusto cortar con ella. –Te garantizo, te prometo y hasta te juro que no son celos, ni míos ni de Rudy. –Yo… –No importa, papi. Me quedaré contigo y te protegeré aunque me cueste la vida. –Esperemos no llegar a esos extremos. Anda, hagamos la comida. Te preparé algo rico, rico. Me sonrió y volvió a su forma adolescente. Comenzamos a hacer el almuerzo mientras nos poníamos al día con todo. ...Continuará...
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Editado: 17-nov-2025 16:23 -
17-nov-2025 16:05
#8
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Capítulo 11 Almorzamos de muy buen rollo. Rudy contó algunas anécdotas del pasado juntos. Incluso nos reveló algo muy interesante. El origen de los Facilitadores.I Le pregunté cómo se inició todo, y como estaba de buen humor, nos lo contó. –Pues fue algo que no fue premeditado. Eran nuestros inicios como organización. Montamos una oficina y pusimos algunos anuncios, pronto nos empezó a llegar trabajo… y dije algo muy desafortunado. Hizo una pausa dramática, demasiado larga. Su costumbre de convertirlo en un baño de atención era bastante irritante a veces, pero le seguí el juego. –¿El qué? ¿Qué dijiste? –A uno de nuestros primeros clientes, que venía muy alterado, le aseguré que podía quedarse tranquilo, que nosotros facilitábamos soluciones y que había ido al lugar adecuado. ¿Para qué dije nada? Te brillaron los ojos como nunca, bueno, el único que tienes, y sonreíste demasiado. Me dijiste “Ya tenemos nombre, Rudy” –Hizo una supuesta imitación mía, o de mi versión futura, con voz bastante grave y rasposa– “Ah, ¿Si?” le dije, “No sabes como he esperado este momento, jeje”. Imagínate, Pimpollo, cuando te pones así es que me vas a dar un disgusto… y me lo diste. “Nos llamaremos los Facilitadores. ¿Comprendes? Porque facilitamos soluciones, tu misma lo has dicho”. Le dije que se fuese olvidando de eso, que ni loca aceptaría un nombre así. Antes muerta. –Guau… ¿Así que me he tirado una jartá de tiempo esperando a que dijeses esa frase? –Por supuesto. Encargaste un maldito cartel y todo, de antemano. Lo sacaste, ante mi atónita mirada, y le pediste a Akimba que lo colgase en la fachada. No pasé más vergüenza en toda mi vida. No pude evitar reírme largamente. –¿Qué? ¿Estás tomando nota, no, cabrón? II Tras el almuerzo, recogimos todo. Cogí de la mano a Elena y me la llevé a mi cuarto, cerrando la puerta tras de mí. –Pero que atrevido eres… ¿Quieres echarme un polvazo estando tu ex ahí fuera? Me gusta. Se me abalanzó, pero la rechacé. –¿Qué? ¡No! Quería hablar contigo en privado, nena. La cara que puso fue de auténtica vergüenza y se puso colorada hasta la raíz del cabello. –Yo creía… en fin. Dime, guapo. –Oye, lamento mucho que te hayas encontrado con mi ex aquí, en mi casa. Supongo que sería muy violento para ti. –Un poco bastante… Me querían liar, y créeme, Rudy actúa muy bien, pero tu sobrina salió a mi rescate. Le pidió al yokai ese que me enseñase de lo que era capaz. –Se llama Leonora. –Disculpa. Es que me cuesta un poco… verla como si fuese una persona. –Lo sé, lo entiendo perfectamente. Pero se va a quedar conmigo a partir de ahora. Espero que no te moleste, pero si te molesta… esto no va a funcionar. –No, no –Se apresuró a asegurarme– no tengo ningún problema con Leonora, de verdad. Es muy maja. –El caso es que… bueno, ya lo has escuchado, vamos a estar unos diítas fuera. ¿De verdad que no puedes venirte? –Me encantaría… pero tengo obligaciones. No puedo simplemente dejar a mi familia tirada. Aunque la muerte no se toma vacaciones… las mías me corresponden a finales de Agosto. Ya sabes, cuando se acaba el calorcito se mueren menos personas, ¿Te has dado cuenta? –Me imagino… ¿Eso quiere decir que haremos algo, no? –¿Crees estar libre para entonces? Maldije mi suerte en silencio. –¿Te soy sincero? No tengo ni puta idea. Pero tengo unas ganas de escaparme contigo unos días que flipas, preciosa. Elena sonrió y se acercó a mí, abrazándome. Comenzó a besarme el cuello. –No importa, amor. Seguro que eres capaz de encontrar un huequito para mí en tu nuevo “trabajito”. Te haré muy feliz… Mis manos comenzaron a jugar con su cinturón. –¿No dijiste que solo querías hablar? –Preguntó con picardía. –Nunca dije que SOLO quisiese hablar… Pero justo entonces nos interrumpieron, llamando a la puerta. –Pimpollo… esto no es lo que parece. Te necesitamos AHORA… Suspiré agotado. –Lo siento, cariño. Créeme: esto me jode más a mí, que a ti. Salí fuera, cabreado. Elena me siguió. En el salón nos aguardaba una muy desagradable sorpresa. III Allí estaba. Giorgia, con los brazos cruzados sobre el pecho, con cara de circunstancias. Sentí como me bajó la tensión. –¿Gi…Giorgia? No dijo nada. Tan solo miró, frunciendo el ceño, a Elena. Me acerqué, preparado para la hecatombe de ira de la mujerona. –Buenas tardes, Bello. –Buenas tardes… Elena guardó silencio. Se sentía un poco intimidada ante la presencia de otra ex mía, y para colmo, con unas pintas de mafiosa que no podía con ellas. –Me disculpo por aparecer de improviso y sin avisar, pero tenemos que hablar. –Claro. Siéntate, por favor. –Aquí no. Vas a tener que acompañarme, a dar una vuelta. Elena dio un paso y se abrazó a mi brazo, con firmeza. –Si él se va, yo voy. Giorgia le miró con intensidad. Luego relajó el ceño y sonrió. Una sonrisa fría, profesional, de las que dan repelús. Sabes que no augura nada bueno. –Disculpa. No hemos sido presentadas, me temo. –Soy Elena… su novia. –Giorgia, encantada de conocerte, Elena. Ahora, si nos disculpas, tenemos asuntos pendientes que atender. Bello, si eres tan amable… –He dicho que yo voy con él. –Tendrás que disculparme, Elena, pero es en todo punto imposible. No vengo en calidad de ex amante, sino por negocios. Dejaremos la pelea de gatas para otra ocasión, sino te importa. –Pero, ¿Ocurre algo? –Pregunté, metiéndome en medio. Las chispas saltaban y era más que evidente. El salón empezaba a estar un poco abarrotado. –Han atentado contra Fabricio. Tienes que acompañarme, es de vital importancia. Por razones más que evidentes, debe ser a solas. El tiempo apremia, Bello. Deshice el abrazo de Elena con suavidad. –Perdóname, Elena. Es totalmente injusto esto que te estoy haciendo, y entendería que cogieses la moto y quemases rueda lo más lejos de mí, pero no puedo desatender esto. Fabricio es ante todo, un amigo muy querido para mí. ¿Me esperarías aquí? –Si… Desvió la mirada, dolida. Caminé hacia Giorgia, que no mostró ningún signo de alegría o de victoria, como hubiese hecho antaño. Salimos juntos de mi piso. En la puerta había dos gorilas que conocía de mis tiempos mozos. –Hombre, Carlingo, tío. ¿Qué pasa? Ey, Parvotti, tronco… Ninguno de los dos dijo absolutamente nada. En sus ojos pude ver el aprecio y el reconocimiento, pero estaban rectos y muy disciplinados. Llegué a la conclusión de que Giorgia los gobernaría con puño de hierro. Bajamos los cuatro en el ascensor, en completo silencio. Salimos fuera. Me impactó el silencio brutal que se respiraba en la calle. Un silencio de esos pesados, espesos, que se podía cortar con un papelillo de fumar. Nos esperaba una limusina a escasos metros. No había ni un alma. Sabía perfectamente que la presencia de la mafia era lo que mantenía aquella tensión en el aire. Que se presentase la Consigliere de Fabricio en persona, era algo muy, muy chungo. Nadie en su sano juicio querría cruzarse con ella, así de gratis. Me sorprendió –Y eso que para aquellas alturas, no debía– el poder que había amasado Giorgia. Usualmente me llegaban noticias, aunque no las quisiera, de los hitos del grupo de Fabricio. Desde que devolví a Kimiko a su señor padre –Que en paz descanse– Fabricio amplió sus negocios por toda Asia. Pasó de ser, una familia más, a ser un puto conglomerado. Barrió a la competencia, fagocitándolos. Habían despegado como un cohete. A veces, cuando tenía unos momentos de ensimismamiento, me daba por pensar que ahora hubiese estado cojonudo trabajar para él. Incluso Fabricio llego a ofrecerme volver al redil, encargarme de alguna cosilla, sin tener que ensuciarme las manos, pero aquello equivaldría a ponerme una diana en la frente y yo vivía por y para Felicia. Ni harto whiskey volvería a meterme en movidas del estilo y eso que viviría mil veces mejor. Aunque pensándolo bien… ¿Acaso no era más peligroso en lo que me iba a meter ahora, sin comerlo ni beberlo? Igual si debería haber aceptado… Montamos en la limusina, Giorgia y yo, y los dos gorilas montaron guardia fuera. –Bueno… –Bello. Corres peligro. –¿Pero no habían atentado contra el jefe? –Sí, pero tranquilo, está ileso. Le pusieron una bomba en el coche. Por suerte, mando a revisar los bajos varias veces al día. –Joder… –Respiré más tranquilo– Pensé que estaría en el hospital y que íbamos para allá. –Sé lo que estás pensando, pero no. No te estoy molestando por nimiedades. Nadie en su sano juicio molestaría a Fabricio con una bomba. Esto es por ti, Bello. Di un respingo. –¿Cómo? –Verás, anoche asesinaron a nuestros hombres, los que vigilaban tu casa. –¿Teníais gente apostada en mi casa? –Por supuesto, y me disculpo. Hasta hace un par de meses todo estaba muy tranquilo, teníamos confidentes que nos iban informando sobre ti y tu entorno. Entonces, comenzaron las actividades sospechosas y pusimos a gente de confianza. Hubo algunos altercados y redoblamos la vigilancia. Anoche fueron asesinados todos, y se colaron en tu casa. Se acercó a mí, sentando a mi lado y me acarició el rostro, como antes. –No sabes que mal lo he pasado. Por un momento temí que te hubiesen herido, Bello. –Giorgia… –Por favor, llámame Gigi, como hacías antes. –Gigi… no quiero problemas con tu marido. –¿Qué marido? –Preguntó extrañada– ¿De qué hablas? –Fabricio me dijo que tenías una niña… supongo que esa niña tendrá un padre, ¿Verdad? Giorgia se echó a reír, divertida. IV Tardó un buen rato en dejar de reír. No sabía muy bien que estaba pasado. ¿Sería una broma por parte de Fabricio, para ver como reaccionaba a la noticia? –Ay, Bello. Soy madre soltera ¿Recuerdas que te dije que quería ser madre? –Sí, claro. Disculpa, he dado por hecho que habrías pasado página y rehecho tu vida. –Nunca he pasado página ni la pasaré. Me gusta está página, Bello. –Tengo novia, Gigi. Lo siento. –No me importa. No he venido por eso. Vengo a advertirte de que estás en peligro. Dejaron una nota, muy elocuente, en la escena. Sacó el móvil y me mostró una foto. Había varios coches, con gente dentro. Todos degüellados. Fue pasando fotos. Al menos dos docenas de personas, asesinadas casi sin darse cuenta. Ni siquiera se habían podido defender, apenas había signos de lucha. La última foto me heló la sangre. Sobre el capó de unos delos coches había el siguiente mensaje: “Entregad el Cavaenomicon y dejad al Guardián” Giorgia debió de notar que me había dao un vahío y me quitó el móvil de las manos. –¿Estás bien? ¿Quieres agua o algo? Dio unos golpecitos en el cristal, bajó la ventanilla y le pidió a Carlingo que me trajese una Coca-Cola y rapidito. El matón echó a correr. –Estoy bien, Gigi… Solo que me ha impactado. No la sangre, claro. Si no el mensaje. Yo soy el Guardián. –¿Cómo sabes que eres tú? Es decir, quitando la obviedad de que el mensaje va por ti, ya que te han atacado a ti, ¿Qué sabes? Me saqué el libro de su escondite y se lo mostré a Giorgia. –Este es el Cavaenosequepollas, y el Guardián soy yo. Es confuso porque ni yo lo termino de tener claro. Solo sé que hay Yokais de por medio otra vez. La cosa va conmigo, Gigi. Le expliqué la movida de la Dama de la lluvia de forma bastante resumida pero tocando todo lo importante. Giorgia asentía con gravedad. La Coca-Cola llegó y me la bebí a sorbitos, sintiéndome mucho mejor. –Lamento mucho la muerte de tus hombres. Reconozco a algunos, y quitando sus modos de ganarse el pan, no eran mala gente. Al menos, dentro de lo que cabe. –Comprendo. Entonces mi intuición era correcta. No sabemos a ciencia cierta quien estará detrás de esto. Pero que hay albinos involucrados, me da muy mala espina. –¿Cómo que albinos? ¿Hay más de uno? –Los reportes de nuestra gente hablaba de que hay al menos cinco, dos mujeres y tres hombres, todos albinos de ojos rojos. Bueno, ya sabes, al faltarle el pigmento, realmente no son rojos como tal, pero dejémoslo así. Pero esta gente, realmente SI tienen los ojos rojos. Es extraño, pero es lo que me han asegurado. –Yo si lo he visto, y si te soy sincero: Era la primera vez que me encontraba con uno, así que ni idea. Lo que si te puedo decir, es que tenía los mismos ojos que Cece, la Dama de la lluvia, solo que en menor intensidad. Gigi… esto es muy serio. Pensaba que sólo sería un chorizo cualquiera, pero se va complicando. Te voy a pedir un favor: Llévate a mi sobrina y enciérrala bajo llave. –Ay, Bello, querido. ¿Crees que vas a protegerla así? No hay quien retenga a tu pequeña en contra de su voluntad. –Por favor, Giorgia… –Lo siento, me encantaría, como ya sabes, ceder a todas tus peticiones y caprichos, pero es imposible. Si no logra encandilar a los guardias para que la liberen, se escapará de cualquier otra forma. Eso, claro, sin contar con Hellen. Ella solo responde ante ti, pero la versión de ti del futuro. Además, Felicia ya me tiene metida en su bolsillo. –¿A ti también? –Giorgia sonrió– No sé de qué me sorprende. Mira, no me importa enfrentarme a esto solo, pero ni borracho permito que mi sobrina esté en peligro ni un segundo siquiera. Por favor, llévatela. –Lo siento, pero sería en vano. Lo que sí puedo hacer es llevármela, mañana o así, y pasar unos días con ella. Le gusta mucho estar con Valentina, su prima. –¿Disculpa? –Ups –Se tapó la boca con una mano, en un gesto muy suyo, sonriendo. Tardé tres o cuatro segundos en comprender lo que quería decir. Me borró la expresión de golpe. Me puse muy recto en mi asiento. –¿Valentina? ¿Es…? –Sí, Bello. Es tu hija. –Sacó el móvil y me mostró una foto suya– Se parece a ti. Cogí el móvil con cuidado. El corazón me daba golpes en el pecho. Era una niñita preciosa, de unos siete añitos. No se parecía a mí en nada, al menos en nada malo. Si, tenía mis ojos y mi nariz, y esa sonrisa altanera pero por lo demás, era un calco de Giorgia. Fui pasando la galería. En la carpeta había un montón de fotos, una pequeña selección nada más, según Giorgia. Las fui viendo mientras me caían unos lagrimones enormes. –Pero, ¿Cómo no me has dicho nada, mujer? –Porque hicimos un pacto, querido mío. Decidimos esperar a que superaras el duelo de Jun Fei y que fueses tu quien viniese a nosotras. Técnicamente no lo he roto. Has venido tú a nosotras, aunque haya sido Felicia en tu nombre. Así que… Felicidades, Bello. Eres papá. No le pude contestar. –Quiero conocerla… –Lo harás, Bello. Ella tiene muchas ganas de conocerte por fin. –¿Sabe que existo? Volvió a echarse a reír. –¡Pues claro que lo sabe! Sabe que hace falta un papá y una mamá para que haya un bebé. Le he contado que estabas de viaje. Un viaje muy largo. Solo te ha visto en fotos y videos. –Me imagino que tomados sin permiso, ¿Verdad? –Por supuesto. –¿Y Felicia… lo sabía, verdad? –Por supuesto. En las vacaciones de navidad, solemos hacer un viaje a Japón, unos días. –No…no lo sabía… –Debías no saberlo, querido mío. Tu sobrina te quiere muchísimo, Bello. No sabes hasta qué punto cuida de ti. –¿Cuántos…? –No te lo puedo decir, pero te puedes hacer una idea. Mi cabeza estaba ya saturada. Me obligue a parar mi caos mental. Era padre, pero realmente no tenía por qué sorprenderme, ya que lo sabía perfectamente desde que hablé con Tsumabe al respecto. ¡Qué razón tenía la jodía! Era verdad que no había querido saberlo en su momento cuantos hijos tendría. Fue duro el duelo por la muerte de Jun Fei, y no me quiero imaginar cómo hubiese sido de tener que cuidar de varios niños, de diferentes madres, y a la vez. Por un lado me sentía un auténtico trozo de mierda asqueroso. ¿Es que no tenía principios o qué? Pero por otro lado… joder, ¡Que era papá! ¿Cómo no iba a estar contento? Tampoco me tenía que sorprender, ¿Qué esperaba, teniendo sexo a diario, sin protección, con diferentes mujeres? Joder, es que me paro a pensarlo y mi vida, en aquel entonces, parecía una peli porno. –Oye… lo siento muchísimo. ¿Cuándo… podría verla? –Por mi podemos ir ahora mismo, pero creo que tenemos cosas más urgentes que hacer. –Esto sería lo más urgente que pueda hacer ahora mismo: Conocer a mi niña. Giorgia sonrió y me recordó a la jovencita que conocí en Nápoles. –No sabes como esperaba escuchar algo así de tus labios, Bello. Pero hablo en serio: Tenemos un asunto muy serio entre manos. Valentina está bien y a salvo, haría falta un ejército para ponerle la mano encima. La he sacado del país, así que estate tranquilo. Va camino a Japón, con Kimiko. –Está bien, cuando esto termine… iremos payá. Solo tengo una pregunta: Sakura… ¿La tratan bien? ¿Y a mi hija? –Ofende un poco la pregunta, pero sí. Mejor que bien, Bello. –Si siguen tratando a Sakura como una herramienta, me voy a enfadar muy en serio. –Ay, no quiero hablar de otras, ¿vale? –Se enfurruñó, como antes– Ya sabrás todo cuando hables con ellas, ¿Estamos? Quiero hablar de ti, de mí y de nuestra hija. ¿Todo lo demás? Olvídate. –Está bien, disculpa. Pero que quede claro: Tengo pareja y… hace muy poquito. ¿Todo bien con eso? ¿O vamos a tener problemas? –¿La muchacha esa? No me gusta un pelo. Pero siendo sincera: No me gusta nadie para ti, salvo yo, claro. Pero quédate tranquilo, lo respetaré porque no me queda de otra. No quiero que haya tensiones entre nosotros, Bello. –Puedes llamarme por mi nombre, Gigi. Giorgia se echó a reír. –¡Ni loca! Siempre serás mi Bello, te guste o no. Es lo único de ti que es solamente mío. Se mordió los labios, tratando de controlarse. Intuía que tenía unas ganas locas de devorarme, pero se contuvo. Volvió al asiento de enfrente, adoptando, de nuevo, un aire profesional. –Y dicho esto, volvamos a los negocios. Tendrás que abandonar este piso, te trasladaremos a un lugar seguro. Supongo que Rudy ya te habrá comunicado a donde. –Ah… pues… pensé que estaba de guasa. ¿Me vais a llevar al cuartel general ese de los facilitadores? –Efectivamente. Me duele admitirlo, pero es el lugar más seguro de este mundo. Con Nyara guardando el lugar, no hay nada vivo ni muerto que pase sin su permiso. –¿No me dirás que tu también tienes el tatuaje ese de marras? –¿Quieres verlo? –Alzó una ceja. –No, no hace falta. Te conozco y seguro que lo tienes en una de las nalgas. Giorgia volvió, una vez más, a reírse. –¿Cómo lo sabes? –Te crees tú que no te conozco, ¿Abe? Estabas deseando que llegase el momento de enseñármelo. Pues te vas a quedar con las ganas. –No, querido mío, no. El que se queda con las ganas de verme el culo eres tú. Se frotó el antebrazo izquierdo y para mi vergüenza, el símbolo apareció allí. Giorgia se rió largamente, saltándosele las lágrimas y todo. Menudo bochorno estaba pasando. –Ay, Bello. La verdad es que no se me había ocurrido, sino lo hubiese hecho. Pero no, lo tengo aquí. Me encantaba el trasero de Giorgia. Se lo había besado y mordisqueado infinidad de veces. Le decía constantemente que me gustaba su culo, y que era lo segundo más hermoso que tenía. Por eso pensé que se lo habría hecho allí, para, con la picardía que le caracterizaba, subirse la falda allí mismo. Pensaba que sería parte de su juego de seducción, pero me había equivocado de cabo a rabo y me moría de vergüenza. –Aun así, Bello, no necesitamos escusas para que me veas desnuda… si quieres. –Gracias, pero no. Disculpa mi grosería, Gigi. –Sabes que no tienes que disculparte conmigo por absolutamente nada. Anda, será mejor que te marches ya, o no respondo. Mañana pasaremos a recogerte, haz las maletas. –Está bien. Pero, ¿Por qué no viene Hellen y yasta? –No es un Uber, querido. –No quise decir eso… –Lo sé. Pero anda un poco liada y no se encuentra en España ahora mismo. No es que no pueda ir, llevaros sin peligro alguno y regresar a donde haga falta… pero ya sabes: Todo ha de suceder como sucedió y así sucederá. –Joder… ¿Tu también? –Créeme, lo vas a escuchar infinidad de veces… aparte, claro, que serás tú quien más lo diga. Básicamente significa: Haz lo que te pido aunque no tenga sentido. –Me cago en la leche… bueno, pues me marcho. Hice el amago de salir, pero había algo que no habíamos aclarado. Volví a sentarme. –Oye… ¿Y Fabricio? Hemos ido saltando de tema en tema, y no me has dicho que tiene él que ver. –Ah, sí, cierto. Lo olvidaba. El mismo mensaje ha ido apareciendo, varias veces, desde hace como un mes. Nos mandaban tarjetas, o pegaban carteles en la puerta de algún negocio, y cosas así. A Fabricio le llegaban a diario este tipo de notas. No teníamos claro que significaba… hasta lo de anoche. Y esta mañana, con la bomba en su coche… pues blanco y en botella: Quieren que te dejemos sin vigilancia, que nos apartemos. –Que hijos de puta… –Supongo que se hartaron de avisarnos de forma criptica y pasaron a la ofensiva. –Pues listo. Me voy a hacer la maleta. ¿Te veo mañana? –Tengo trabajo, Bello. Te pasará a recoger gente de confianza para escoltarte, no temas. –Muchas gracias, Gigi. Espero volver a verte pronto. –¿De verdad? –Sonaba esperanzada– ¿hablas en serio? –Por supuesto, Gigi. No solo quiero a Valentina, a ti también. Ante todo, te quiero… como amiga. –Lo último te lo podrías haber ahorrado, pero me vale. Nos dimos dos besos, me acarició la cara por última vez y descendí del vehículo. V Subí a mi casa arrastrando el alma. Me molestaba por Elena, ya que no podríamos vernos durante un tiempecito. Había dado por hecho que no me movería de mi piso, y que me podría escapar para ver a Elena auqnue fuese un ratillo… pero al final, las bromitas de Rudy encerraban una gran verdad. Ya estaba decidido que iríamos a ese tal Cuartel General pero me lo había introducido de a poquito, como si fuese un niño chico. Abrí la puerta y me recibió Elena, nerviosa. Le di un abrazo. –¿Ocurre algo, amor? –Muchas más cosas de las que pensaba. Será mejor que te marches, cariño. –¿Por qué? –Mañana nos vamos. Estás en peligro, vida mía. Vete a casa y no contactes conmigo siquiera, ¿vale? Te llamaré cuando esto acabe. –Pero… –Te prometo que iré a buscarte, Elena. No me voy a olvidar de ti. Pero hay un grupo de tarados que quieren algo de mí y están dispuestos a hacer mucho daño para conseguirlo. Se van a comer una buena mierda, pero no importa. Lo importante es que te pueden hacer daño para llegar a mí y no lo voy a permitir. Así que te doy dos opciones: VEN conmigo y estarás a salvo, o vete lejos de mí, para estar a salvo. –¡No es justo! –Lo sé, cariño. Si quieres dejarlo ahora que puedes… eres libre. Podremos seguir siendo amigos y quedar, de buen rollito, cuando todo acabe. No tienes por qué sufrir a lo tonto, Elena. Me gustas, pero tu seguridad es lo primero. –Me iré –Estaba llorando– pero tú eres mío, ¿Vale? Eres mi novio y continuaremos esto por donde lo hemos dejado. Ni se te ocurre serme infiel o te corto la polla y me la quedo de recuerdo. La besé con cariño, largamente. Era mi respuesta. Le acaricié el rostro y la dejé marchar. VI –Guau, Pimpollo, llego a saberlo y te hubiese amenazado yo con cortarte el rabo tambien. –Por favor, no estoy para bromas… –Ay, hijo. Nucna estás para bromas –Me dio un abrazo– Anda, no seas bobo. Ni que te fueses a morir o algo. –¿Por qué no me dijiste que nos íbamos a ir de todas maneras al Cuartel General? –Porque eres como un niño mongolito. Hay que darte las noticas a poquito, con cucharita. SI no montas un pollo bueno. –Por favor, no me trates más así, te lo ruego. Dame las noticias bien, sin paternalismos. –Vale, jefe. Perdóname, será la última vez. –¿Cuántos hijos tengo, ahora mismo, Rudy? Se separó y me miró a los ojos. –¿A qué viene esa pregunta? –Sin paternalismos, Rudy. Dime… ¿Te quedaste embarazada de mí? –¡No! ¿Vale? –Estaba llorando– Quería con toda mi alma tener un hijo tuyo, pero no me quedé. Hasta Marlenne, joder. ¿Y Yo? ¿Qué, eh? NADA DE NADA. La abracé con fuerza, y ella se aferró a mí con desesperación. Lloró hasta calmarse. Felicia y Leonora se habían escurrido a su habitación para dejarnos a solas. –Es que joder… tengo que pedirle a la sabandija que finja ser tu hija, que se parezca a ti un poco, para no echarme a llorar cada vez que veo a tus hijos por ahí. Me da una rabia tremenda, joder. En el fondo te tengo que agradecer que no me dejases matar a la sabandija… No dije nada, dejé que se desahogase, en mis brazos. VII Ya con Rudy serena, hablamos de los que nos ocupaba. –Mañana iremos al Cuartel General. Allí traduciremos el tomo con calma. Ve preparado, Pimpollo, no te confies. –¿Habrá movida? –Siempre hay “movida” si estás tú involucrado. Sé que pasará algo, otra pequeña pista cedida por el jefe sin más explicación. –Pues ahora vengo, entonces. –¿A dónde vas? –A “prepararme”. –Deja de ser tan críptico, maldita sea. Di las cosas claras, te lo ruego. Aún falta mucho para que te vuelvas alguien insoportable, ¿Estamos? Aparté la mirada. Tenía razón. –Voy a por mis armas. Las escondí abajo, en el garaje. Voy y vengo, pero si te quedas más tranquila yendo conmigo… –¡Vamos! Salimos y bajamos en el ascensor. Fuimos a mi plaza de garaje y destapé el coche. –Tengo que retirar el coche primero –Le expliqué a Rudy. Quité el freno de mano y empujé el coche lo suficiente para destapar la tapa del sumidero. No era un sumidero real, solo lo parecía. Volví a poner el freno de mano, me agaché y saqué la tapita metalica. Extraje el cuadrado entero. Era algo que se me ocurrió viendo John Wick. No podía hacer un boquete enorme, meter mis mierdas, rellenarlo de concreto y cuando me hiciese falta, reventar el suelo para recuperar mis armas. En cambio, si que había hecho un pequeño agujero, pero habái instalado un trozo de sumidero, de forma cubica, de quita y pon. Así daba el pego y parecía una canaleta para que corriese el agua por allí. Debajo estaba la chicha, la limoná, como solemos decir por aquí. En el hueco estaba mi fiel Skorpion VZ. y mis nueve milímetros, con algo de munición. Necesitaría más, pero para salir de cualquier entuerto rápido, me venía de perlas. Las armas estaban metidas dentro de bolsas de plástico, para que no se oxidasen ni nada. Si por un casual había una inundación en mi garaje, las armas no se mojarían. Tenía otras chucherías allí guardadas, como un par de granadas. Rudy puso cara de horror. –¿Pero qué haces con eso ahí guardado, gañan? ¿Quieres causar una catástrofe? –¿Qué tiene de malo? –Dame eso –Le di las bolsas con las granadas– Esto primero tengo que revisarlo. –¿Tambien eres artillera, colega? –Se más cosas de las que te puedas llegar a imaginar. He tocado todos los palos. EL experto en Rodrigo, pero algo me ha enseñado, más lo que he aprendido por mi cuenta. Esto no lo tocas tú hasta que verifique que son seguras. ¿Cuánto tiempo llevan ahí metidas? –Pufff… desde que nació Felicia, más o menos. –¿Catorce putos años? Y me imagino que ni las habrás sacado de vez en cuando para comprobar que no presenten daños ni corrosión ni nada, ¿Cierto? –Pues… –Ni respondas. Sé que no. Eres un peligro con patas, Pimpollo. –Bueno… fue parte de un cobro, de unos durillos que me debían unos coleguitas y bueno. LA verdad es que les cogí el gustillo a las granadas, ¿Sabes? –Ya, ya. Todos los hombres sois iguales, os encantan arrojar rocas enormes desde grandes alturas, las tetas y las cosas que explotan. Medité sus palabras mientras volvía a colocar el cajón en su sitio, para luego colocar el coche en su sitio. –Oye, pues tienes toda la razón. –¿Cuándo no la tengo? –Pues es verdad… –Pues lo que te he dicho, guapetón. Nos volvimos al ascensor y regresamos a casa. VIII Lo primero que hizo Rudy fue, con mucho cuidado, revisar el estado de las granadas. Se concentró tanto que se olvidó de todo lo demás. Dejé las armas con cuidado sobre el sofá y fui a ver las niñas. En la habitación estaban Felicia, Leonora y Emily, que había llegado en mi ausencia. Me quedé apoyado en el quicio de la puerta hasta que notarón mi presencia. Estaban hablando de cosas de chicas. Por lo visto eran muy amiguitas las tres. Medité sobre Leonora. Obviamente era más mayor que las otras dos, pero supuse que en edad mental y en madurez, estaban a la par. La pequeña hibrido Kitsune-Tanuki se había criado en una sociedad medieval –Lo más parecido a la humana– y encima de otra cultura, que no había conocido el cariño hasta que la yo la adopté, y según contaba, su padre la había tratado más como una herramienta que como una persona. Hablaba en términos un poco raros, como “aparearse”, más propio de un animal que de las personas. Pero en el fondo, tenía muchas carencias. Estaba hambrienta de cariño real y eso lo notaba. Podría ser, perfectamente, otra adolescente más. Me notaron al cabo de un rato. –¡Papi! –Se le escapó la cola, que meneó al verme. Me hacía particular gracia, cuando se excitaba, perdía el control consciente de su cola, y aparecía de improviso. Me recordaba a un cachorrito. –Ya estoy aquí. ¿Estáis haciendo la maleta? Mañana nos vamos. –Ya la tenemos hecha –Contestó Felicia– Tampoco tengo mucho que llevarme, tengo allí mi propia habitación. –Anda, otra cosa más que desconocía. –Yo también estoy preparada ya, tito. Miré a Emily. –¿Tú también? Ah, no, no. Tú no vienes, pequeñaja. –¿Cómo qué no? –Estaba indignada. –No vamos de vacaciones, nena. Esto es serio, es peligroso. No voy a ponerte en peligro. De hecho, no debería ni de venir Felicia. Es más, Felicia. TÚ no vienes, te vuelves a casa con tu madre. –No quieres tener esta conversación, tito –Dijo Felicia riendo– Sabes que la vas a perder. –Ya… pero tenía que intentarlo al menos. Pero Emily no puede venir. –Yo voy y punto. –¿Tu padres te dejan? Y antes de que digas nada más, ¿Realmente saben lo que pasa? –No les he dicho la verdad. ¿Cómo les voy a contar todo esto? No me creerían. –Supongamos que tienes hijos, Emily. ¿Te haría gracia que hiciese cosas por su cuenta y te mintiesen? ¿Y en algo realmente grave, que podría su vida en peligro? Emily desvió la mirada, mordiéndose el labio. –Te quiero, como quiero a mi sobrina. Para mí, eres otra sobrina más… pero tienes a tus padres, que seguro que te quieren mil veces más. Me quité la camiseta y me señalé las cicatrices. Emily ya estaba acostumbrada. –¿Ves esto? En especial esta de aquí –Le señalé el regalo de Shutaro, en el esternón– y está de aquí –Los dos disparos de Andrea Dominico– casi me cuestan la vida. He ido sobreviviendo a duras penas, Emily. Esto no es un juego… a la señorita esta no hay quien la pare, y si se empeña, me seguirá al infierno. Pero tú no, Emily. –¿Por qué? –¿Por qué, qué? –¿Por qué ella si puede y yo no? Yo también te quiero más de lo que te imaginas. Eres mi tito, aunque no corra la misma sangre por nuestras venas, eres de mi familia. No soy la amiga de tu sobrina, soy TU SOBRINA. Te guste o no. E iré contigo, con Felicia y con Leo, y con el resto de mis compañeros de los Facilitadores. Estamos todos en esto… y si necesitas el puñetero permiso de mis padres, pues vamos a por él. Ahora. La miré a los ojos. Decía la verdad. Me consideraba parte de su clan, o más bien al revés, se consideraba parte mi gente. Suspiré. –Vamos. Hablemos con tus padres. Pero si ellos se niegan, que se negarán… no hay nada que hacer. Y ojo, no significará que te quiera menos. –¡Vamos! –Se secó una lagrimilla que se le había escapado. Fuimos todos, Leonora incluida, a ver a los padres de Emily. ME daba un apuro tremendísimo. Pasamos al lado de Rudy y le dijimos que ahora volvíamos, pero la tía estaba desarmando las granadas y no nos hizo ni puto caso. Me pregunté cómo coño lo habría hecho y de dónde sacó las herramientas para hacerlo, que estaban encima de la mesa, pero tenía otras cosas en mente de la que ocuparme. IX Nos abrió la puerta la madre de Emily y nos dejó pasar a todos. Nos sentamos en el salón, hasta arriba de gente. Emily le pidió permiso a su madre para marcharse unos días, de forma indeterminada. Podría ser una semana que igual que un mes, o igual cinco. No lo sabía. Yo esperaba alguna reticencia por su parte, pero les pareció bien. Carraspeé. –Olivia, disculpa. Yo ya se lo he dicho a tu hija, pero no voy a irme precisamente de vacaciones. Corro peligro y me tengo que marchar de aquí, para no poneros a todo el barrio en peligro. Ha muerto gente ya. Ya sabes que anoche me entraron a robar… y volverá, y lo peor es que no están solos. –Okey. No hay problema. –¿Perdón? Creo que no me ha entendido, Olivia. Aunque a donde voy ahora mismo es MUY seguro, tarde o temprano habrá movida. Y con “movida” me refiero a que habrán “balaseras” y cosas peores. Me tengo que llevar a mi sobrina, porque como ustedes saben perfectamente, no acepta un NO por respuesta, y si la mando con su madre, conseguirá que ella misma me la traiga de vuelta. Pero no voy a poner a su hija en peligro. Porque estaré en peligro, yo y mi sobrina y todo aquél que respire cerca de mí –Me levanté la camiseta y le mostré las cicatrices, por si había escuchado rumores y pensaba que serían exageraciones– Esta es una pequeña muestra de lo que ha sido mi vida… y por desgracia, sigue siendo la tónica general. Estaban todos muy tranquilos. Como si fuese lo más normal del mundo. –¿Puedo ir, jefesita? –Sí, claro. No más tenga cuidado, Emily. Me quedé en blanco unos segundos, sin saber que decir. Me froté los ojos, no entendía como una madre mandaba tan alegremente a su hija a una muerte casi segura. –Discúlpeme, Olivia… no debí de haberme expresado bien… –Le he entendido perfectamente. Está en problemas y mi hija quiere ayudarle. Sé que usted cuidará de ella tan bien como si se tratase de Felicia. Si necesita algo, puede contar con nosotros. No olvidaremos todo lo que ha hecho por nosotros desde que llegamos aquí, jamás. –No recuerdo haber hecho nada especialmente, si le soy sincero. –Ay, mijo. Pues muchas cosas. Usted ha hecho este barrio un lugar seguro. Ha protegido a mis hijos de la gente mala. Ha expulsado a los traficantes y a toda la mala gente. –Bueno, pero no ha sido por ustedes… más bien fue un efecto colateral de mis actividades… –Pero lo que importa es el resultado, no si tenía la intención. También protegió a Emily cuando la manosearon. Llegaba siempre alterada porque le decían cosas… pero no quiso molestarle. Hasta que la tocaron. Usted bajo y dejo claro que quien tocase a un niño se arrepentiría. Desde entonces podemos salir tranquilas a la calle. Quien protege tanto a los niños no puede ser mala persona. Estaba claro que tenían en un pedestal. Cogí de la cintura a Leonora. –Déjenme que les presente a alguien. Esta es mi hija… adoptada, pero hija. Es un poco largo de explicar pero… –Sí, ya conocemos a Leo. –¿Saben quién es, realmente? –Papi… por favor, no. Me miró suplicante. No pude hacer lo que tenía en mente. –No importa. Bueno, Olivia, si usted está de acuerdo, sabiendo los riesgos –Me puse de pie– Pues no tengo problemas en llevar conmigo a Emily. Le aseguro, prometo y juro que no sufrirá daño alguno, antes tendría que morir yo. Buenas noches. Me despedí y me marché, dejado allí a las pequeñajas. Leo vino conmigo. –Gracias por no delatarme. –Lo siento, peque. No sé en qué coño estaba pensando… No tienes por qué obedecer si te pido algo que no quieras hacer, ¿Estamos? –Gracias. Me abrazó con fuerza y luego regresó dentro, con las demás. Subí de neuvo a casa y me senté con Rudy, que estaba montado las granadas. X –Pues listo, Pimpollo. Se han conservado en buen estado. Que sea la última vez que hagas una tontería de este estilo. Que susto me has dado. –Todo ha de suceder tal como sucedió y así sucederá… Me miró con cara de mala leche y me dio un puñetazo en el hombro, sin mucha fuerza pero con firmeza. –Eres un capullo. ¿Por qué me molestas de esa forma? Te recuerdo que tienes tu noviecita por ahí, ¿Eh? –¡Coooño, es verdad! Me levanté del sofá. –¿Te acabas de acordar o qué? –Me miró extrañada– ¿Eso quiere decir que tenía una oportunidad? Saqué el móvil del bolsillo y caí en la cuenta de que no tenía el número que necesitaba. –¿Tienes el número de Giorgia? –¿Pa qué? –¿Pa que va a ser? Pues para llamarla. Necesito pedirle algo que se me ha olvidado pedirle. Refunfuñando me lo dio, de memoria. No debería, pero me sorprendió el coco que tenía. Marque y tras unos segundos me contestó. –Dime, Bello. –¿Tenías mi numero? –Por supuesto –Se rió al otro lado– Dime. –Necesito que me hagas un favor. ¿Podrías echarle un ojo a Elena? Que no le pase nada, por favor. Sé que no te hace ni puta gracia, pero hazlo por mí, porfi. –Ya lo había hecho, corazón. Tengo a un par de mis mejores hombres vigilando. No te preocupes, aunque me joda, haré que conserve la vida… hasta que te canses de ella. –Un millón de gracias. Por cierto… ¿Podrías mandarme las fotos de Valentina? Tras asegurarme que lo haría inmediatamente, nos despedimos y colgué. XI Entre los dos, le dimos mantenimiento a mis armas. Revisamos la munición y estaba todo perfecto, tal como esperaba. –¿Te apetece un café o me dirás que con eso nos haríamos amigos y prefieres no tomártelo? –Ay, hijo, para unas cosas tienes muy buena memoria pero para otras… Anda, sí, me apetece ese cafelito. Preparé el café y lo tomamos en el salón. Hablamos largo y tendido, del pasado. Rudy volvía a ser la de siempre y lo pasé muy bien. Estaba tentado de besarla y llevármela a la cama, pero si quería mantener la polla, me tenía que aguantar. Desde luego, me dije, tenía que ir a terapia o algo, para tratarme la adicción al sexo. Ante todo, quería y apreciaba mucho a aquella mujer, y no quería estropearlo de nuevo. –Rudy… ¿Podrías perdonarme? Por abandonarte como lo hice. –Te perdono. Pero no habrá una tercera vez, ¿Estamos? –Técnicamente tendré que hacerlo, ¿No? –¿Qué te dije? Que no hablaras más de eso. –Me dio un golpecito, molesta, en la pierna– Sabes que me pongo fatal. Tengo fobia al abandono. –Pues nada, tranquila. Te vas a quedar a mi ladito para siempre –Le di un abrazo con fuerza– No te vas a despegar de mí. Seré un chicle pegao en tu suela. –Así me gusta, joder. Tu ve cubriendo mis necesidades socio afectivas con regularidad y todo irá como la seda. Entró Leonora en casa. Sola. –¿Y Feli? ¿Se ha quedado abajo? –Ah, no. Se está despidiendo de su novio. Solté a Rudy y me puse de pie, tenso. –¡¡¿Cómo?!! ...Continuará... |
Editado: 21-nov-2025 19:45 -
17-nov-2025 16:24
#11
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Capítulo 12 I Ya me habían dado el día del todo. Leo se acercó con las orejas gachas. –Está abajo, en el parque. ¿Está mal? –Sí, Leo, cielo. Muy mal… Me tuve que sentar de nuevo en el sofá. Rudy me puso la mano en el hombro. –Eres muy exagerado, Pimpollo. Anda, relájate. Es una cría, como otra cualquiera, que sea tu sobrina no la hace diferente a las demás. Sabandija, ni te rayes, tu padre es un carcamal de los que opinan que toda mujer es una furcia menos su madre, su señora y su hija, o en este caso, sobrina. –Eh, yo nunca he dicho algo semejante. –Venga, tontorrón. ¿Te crees que no sé a cuantas petardas te has tirado estos años? –¿Y qué tiene que ver eso? Nunca las he tratado mal. –¡Pues deberías, joder! Me toca el higo que seas tan caballeroso hasta con la guarra que te subes a casa para echarle un polvo regulero. Estábamos discutiendo y Leo nos miraba, preocupada. Tenía el rabo entre las piernas, sin saber qué hacer. Rudy era muy mosqueona pero era parte de su fachada de tipa dura, lo que estaba era reclamándome atención y cuidados. –Lo que sea. Lo importante es que no puedo permitir que un cantamañanas seduzca a mi niña, tengo que darle el visto bueno antes siquiera que se den el primer beso, o antes incluso de que se cojan de la manita. Rudy se echó a reír. –¿También le vas a comprar un cinturón de castidad y la llave la guardarás en la caja fuerte, no? Ay, que me meo con lo gañan y troglodita que te has vuelto. –Oye, pues no es mala idea, ¿eh? Eso de ponerle un cinturón de castidad y arrojar la llave al Guadalhorce, a ver quién tiene webo a encontrarla, ¿abe? –Mira, si quieres cuidar de ella, en condiciones, acompáñala al médico a que le receten la píldora. –¡Antes muerto! Nadie va a tocar a mi niña, ¿Estamos? Hasta los treinta se puede ir olvidando de los chicos. Nos quedamos mirándonos un segundo, dos, un minuto. Hasta que nos descojonamos, Leonora incluida. –No, en serio. Puede hacer lo que le dé la gana, pero siempre con responsabilidad. Supongo que ya tiene más que aprendido el rollito de la higiene y tal. Pero me mata que se haya hecho mayor… eso quiere decir que ya no será más mi niñita… –Anda, no seas carroza. Siempre te quedará Leonora, ¿Verdad que sí, Sabandija? –¡Sí! Leonora dio un salto y se aferró a mí, abrazándome. Le devolví el abrazo. II Felicia subió a casa totalmente colorada. Cerró la puerta y se quedó apoyada en ella, suspirando. Me acerqué preocupado. –¿Se puede saber dónde estabas? –¿Qué? –Parecía ida– ¿Qué has dicho? –Digo, ¿Qué dónde estabas, cielo? Hasta nuevo aviso, imagina que estamos de cuarentena. No puedes salir del edificio. Tengo que saber dónde andas. Estamos todos en peligro. –Ah, perdón. Y sin más se marchó a su habitación, como flotando en una nube. La seguí de cerca. –¿Qué ha ocurrido? ¿Te has fumado un porro? –¿Qué? ¿Qué dices? –Tienes cara de, o de haber fumado un petardo, o haber fo –Iba a decir “follado”, pero me contuve– Formado un lazo especial con alguien… con no sé… ¿Un beso, quizás? Felicia se puso muy colorada y evitó mi mirada. –Feli, cielo. ¿Te has echado novio? –¡¿Qué?! ¡¡No!! ¡Qué asco, un chico! ¡Puaj! Me tuve que echar a reír, muy en contra de mi voluntad. Tenía un nudo en el estómago desde hacía un buen rato, pero estaba muy graciosa mi pequeñaja. –Ay, mi niña. Anda, cuéntamelo, ¿Quieres? –Pero ¿El qué? No sé de qué hablas. –De tu novio. ¿No me lo vas a presentar? –¡No! –Ah, muy bonito. O sea, ¿Tú tienes que darle el visto bueno a mis novias… pero yo ni tan siquiera puedo conocer a tus novietes, eh? MUY bonito, señorita. –¡Tiitoo! Jooo… -Vale, vale. Cuando estés preparada… me lo presentas si quieres. Pero, dime algo, ¿no? –No, porque te pones muy tonto. –¿Yo? Que va, hombre. A mí me parece muy bien que te eches novio y hagáis vuestras cositas, ya eres mayor y… –¡Para! ¡No siguas! –Me interrumpió– Sé que te vas a poner histérico en cuanto me dé la vuelta. Como si no te conociese… Me senté con ella en su cama y le cogí la mano. –Mira, cariño. No te negaré que me pongo atacao de los nervios con el tema… pero no es por lo que tú crees, Feli. Es normal y lógico que te empiecen a interesar los chicos. Joder, si yo me estrené más o menos con tu edad. ¿Cómo te voy a decir lo que puedes o no hacer? Solo ten cuidado y ya sabes a qué me refiero. Lo que ocurre es que me parte el alma ver que estás creciendo, que ya no serás mi niñita… –Se me rompió la voz– y serás una mujercita. Felicia me dio un abrazo muy sentido. –¿Ves cómo te pones tonto, Tito? Siempre seré tu niñita, aunque tenga cincuenta… y tú siempre serás mi tito, jamás mi tío. Así que no me llores, ¿Eh? Y me eché a llorar aun así. III Durante la cena, Felicia nos puso al día con su vida sentimental. Había conocido a un chico, guapísimo, italiano. Se llamaba Giancarlo y era un poco más mayor. Tenía 17 y eso no me gustó demasiado. Pero ya se sabe que a las chicas les gustan más mayores. Se habían conocido en el centro comercial “Los patios”, donde el Carrefour. Había sido una cosa de amor a primera vista, nos aseguró Felicia. Tras intercambiar números, se habían visto un par de veces más, afianzando la relación. No sabía de donde diantres había sacado el tiempo para ver al mozo ese. Se habría escapado sin que me diese cuenta, desde luego. Y hoy, pues se habían dado el primer beso. Habría sido jodidamente romántico si no fuese porque se me retorcían las tripas solo de pensarlo. Un pipiolo, mayor que mi niñita, con sonrisa de seductor nato, poniendo sus zarpas sobre mi angelical sobrina. Es que le daba una hostia… Todo se había acelerado muchísimo, dada nuestra inminente partida. No sabían cuando volverían a verse y sellaron su noviazgo con un beso, como Dios mandaba. Y claro, eso era algo monumental para una cría de catorce como mi sobrina. Un primer beso nunca se podrá repetir y sería un hito en su vida. –Bah, cuando tengas veintitantos ni te acordarás… Las chicas me chistaron con cara de mala hostia. Me tragué mis palabras. –¿Te quieres callar, Pimpollo? Tú no comprenderías la importancia de tal acto. Es un hito en la vida de una mujer, el más importante si cabe. –Perdón, perdón. –Eres un poco insensible, Tito… –Lo siento, de verdad. IV Era hora de irse ya a dormir. Rudy se quedó finalmente en mi piso. Leonora pasaría la noche con Felicia, en la cama nido. Rudy intentó meterse en mi cama, pero fui tajante. O el sofá, o mi cama, pero donde ella durmiese, yo lo haría en la otra. Tras refunfuñar un poco, acabó por quedarse mi cama. Me fui al salón a acostarme en el sofá. No podía conciliar el sueño, así que me levanté y me encendí un cigarro. Quería ver a Cece y recibir un abrazo suyo, pero el sueño era esquivo aquella noche, como siempre que tenía algo importante que hacer. Medité sobre el día un poco, fumando. Había algo que me daba vueltas al coco sin parar, una idea, un “algo” que estaba “run run run” pero que no lograba identificar. ¿Qué era importante? Tenía toda la pinta, la verdad. Saqué el libro de su escondite. Estaba caliente, por mi calor corporal. Ojeé sus páginas con cariño, como si una parte de mi protegida, de mi Dama de la lluvia, viviese entre sus hojas. Y entonces me vino a la mente. Mañana habrá movida, eso le había dado a entender Rudy, por boca de su jefazo –O sea, yo– por lo que no podía ser algo casual. Sí, hostias, que habría movida no se podía interpretar de otra forma que no fuese que tendría que partirse la cara con alguien. Y si iba a haber movida… sería porque irían a buscarme a mí. A mí y al Cavaenomicon de las narices. Me puse en pie, nervioso. No eran horas de hacer ruido ni movidas extrañas, ni de caminar como un pollo sin cabeza. Me tranquilicé y fui a la biblioteca. Entré, encendí la luz y cerré la puerta. –Se van a cagar estos comemierdas… V Al día siguiente, nos levantamos muy tempranito y nos arreglamos. A las ocho en punto llamaron a mi puerta. Me acerqué lentamente, con mi arma preparada para abatir a cualquier pelomuñeca que apareciese. Miré por la mirilla: Era Parvotti. Le abrí. –Ey, tío. ¿Qué pasa? –Vengo a recogeros. El resto espera abajo. Nos acompañó en persona hasta el garaje. Rudy, Leo, Emily, Felicia y yo nos montamos en mi Mazda y arrancamos, no sin que antes Parvotti revisase los bajos y el interior del vehículo. Salí del garaje y había al menos cinco coches negros más, todos del grupo de Fabricio. Todo muy profesional. –Pues tú dirás, Rudy. ¿Pa ande vamoh? –Tira para Maqueda. –¿Maqueda, en serio? –Sí, allí tenemos el Cuartel General, chato. Puse los ojos en blanco, y puse rumbo allí. Maqueda era un barrio periférico de Málaga, ya pasados los polígonos industriales y al laíto del Parque Tecnológico. A mí me parecía un lugar insulso hasta para el paraíso. Supongo que para otro sería un vergel de maravillas. A mí me aburría soberanamente conforme más me alejaba de la costa. Por otro lado me flipaba que el tan famoso cuartelillo de la organización que había montado –O montaré– se encontrase tan jodidamente cerca. Yo daba por hecho que estaría en la quinta puñeta, donde ni de coña me pudiese cruzar por ellos. Pero por lo visto, llevaban con sus actividades desde hacía años, al lado mía. Al principio todo marchaba bien, nos precedían dos coches y tres nos seguían, tenían varios puestos de control a lo largo del camino. Ni el Rey tenía un despliegue de seguridad tan grande. Aun así no podía deja de estar nervioso. Le había dejado a Rudy una de las 9mm y la otra se la había dado a Felicia. Ella ya sabía cómo iba el rollo de las armas, incluso la había llevado a un campo de tiro para que fuese soltándose. No le había hecho especial gracia, pero aprendió por insistencia mía, a usarla bien y con seguridad. No había más de veinte minutos en coche, un poco más, dado el tráfico y nuestra forma de viajar, con calma y buena letra. Tenía que coger la A-357 dirección Cártama para llegar, pasando por el Polígono el Viso. Todo estaba en calma chicha hasta el Hipercor. A la altura del McDonald´s se armó la marimorena. VI El coche que nos precedía salto por los aires, así, de improviso. Clavé los frenos para no estamparnos. –Me cago en la puta. ¡Ya era hora, joder! Estaba esperando que llegase aquel momento. Me quité el cinturón de seguridad y abrí la puerta. –Rudy, iros a toda hostia hasta el Cuartel General, sin tonterías. Te llamaré cuando esté en Maqueda. Te quiero. Niñas: OS quiero. Salí del coche y Rudy, rauda, sin discutir, se puso al volante. Nada más descender, saqué el subfusil y desplegué la culata. Quité el seguro y la cargué. Lancé una ráfaga corta al aire y grité a pleno pulmón. –¡Hijos de puta, me queréis a mí! Uno de los coches del grupo de Fabricio paró a mi lado, bajando la ventanilla. –Tú –Le señalé mi coche, conducido por Rudy– Mi sobrina es la prioridad. Que lleguen sanas y salvas o te pego un tiro en el culo. –Gilipollas… Avanzó hasta ponerse a su altura, para escoltarlas. Parvotti había sido un buen colega y nos teníamos cierto aprecio. Sabía que daría la vida por protegerlas. De los otros dos coches, descendieron, apuntando con sus armas, diez tíos, rodeándome. –¿Qué coño haces? –Era Eduardo, otro viejo colega– Te van a pegar un tiro, cojones. Vuelve al coche. –Déjate de hostias. Iros y dejarme solo con los mierdas estos, que me lo como. Estábamos en la rotonda, generando un atasco de padre y muy señor mío. Me obligaron a parapetarme tras los coches. No había rastro de ningún agresor y nos relajamos un poco. –¿Por qué coño ha explotado el coche? –Pregunté, nervioso– Aquí no hay nadie. –Ni puta idea, agacha la puta cabeza, Follawaifus. Como te pase lo más mínimo la sargento nos capa a todos. Parecía que había sido fortuito, quizás una bomba en la carretera en plan atentado terrorista, porque no nos explicábamos que diantres estaba pasando. Los bocinazos y los gritos de los conductores cagándose en nuestros muertos no cesaban, hasta que les enseñaron algunas armas, y de pronto, todos se volvieron muy educados y pacientes. –Pues parece que no hay nadie aquí. –Dijo alguien, no supe quién. –Llamad, a ver cómo va mi sobrina. Por el pinganillo le chivaron a Eduardo las novedades. Estaban llegando a Maqueda sin mayores contratiempos. Aquello me olía raro, pero bajamos un poco la guardia. –Pues… continuemos. Sube, colega, te llevaremos nosotros. Comenzamos a llenar los coches, cuando de pronto, un gorgoteo llamó mi atención, justo cuando iba a montar. Me giré. Eduardo tenía la garganta abierta de forma grotesca. Un albino, con capucha, le había degollado por la espalda. –¡Hijoputa! –Apunte hacía él y rodé por el suelo, para obtener línea de tiro. Abrí fuego. El Albino había dado una voltereta lateral, alejando de la trayectoria de mis balas. Sonaron dos tiros más. Me levanté y observé como los putos albinos de los cojones nos habían cercado de forma sibilina. No sabía de donde coño habrían salido, pero estaban asesinando a todos los hombres que había mandado Giorgia para escoltarme. Usaban dagas rituales. Tenían una forma caprichosa, como ondulada y muy ornamentada. Casi parecían de esas armas de pega, para ser expuestas en las casas de los comedoritos que se creían algo. Abrí fuego contra ellos, pero los hijos de puta eran rápidos. Al menos logré abatir a dos, pero el resto logró evitar ser acribillados. –Sus muertos –Dije mientras cambiaba el cargador, alejándome hacía atrás– Atrás, hijoputas. La gente había huido en desbandada, dejando allí los coches abandonados, para ponerse a salvo en el barrio adyacente, y quitarse del campo abierto que era aquella zona. Los albinos, dagas en ristre, avanzaban hacia mí, sonriendo. Yo caminaba hacia atrás. De tanto en tanto, cuando les apuntaba, daban saltitos en zigzag. No quería malgastar munición a lo tonto, si pensaban apartarse. De improviso, apareció una moto a mi espalda, frenando de golpe. Era mi churri, Elena. Ni se levantó la visera siquiera. –¡Sube! –¡Que os follen! –Di un salto y me subí atrás, abrazando con el brazo libre a Elena, mientras quemaba rueda y yo soltaba una ráfaga asesina. Dos más cayeron mientras nos alejábamos a toda velocidad por la calle del McDonald´s. Los atacantes intentaron alcanzarnos a sprint, pero al no poder, frustrados, nos lanzaron las dagas esas. Con la culata de la Skorpion, desvié un par que iban directos a por mí. Elena callejeó por el polígono, para despistarlos, hasta llegar a una calle sin salida, bastante elevada. Corrían otros carriles, más abajo, separados por un quitamiedos. Bajé de la moto con el corazón a mil. Elena puso la pata de cabra y bajó también quitándose el casco. –Joder… ¿Qué ha pasado? –Esos hijos de puta iban a por mí, cielo. –Dios… me he cagado viva. Con ese pelo blanco y esas túnicas, ¿Son sectarios o algo por el estilo? –Ni idea, nena. Ya te dije que eran una panda de tarados. –Pero, ¿Porque te buscan? –Se acercó a mí– ¿Hay algo que no me hayas contado? –Si –Suspiré– Van buscando esto. Me saqué el libro que tenía pillado con el cinturón, en el vientre. –Lo llaman Cavae no sé qué. –A ver. Se lo di, y al tomarlo, a Elena se le encendieron los ojos, fascinada. –Guau… ¿Y esto era lo que querían? ¿De dónde lo has sacado? –Ni idea, pero no lo van a tener, jeje. –Oye, cariño… –Dime. –Te amo con toda mi alma. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado –Me abrazó con cuidado y la envolví con mis brazos– Te amo, te amo, te amo… y lo siento. Sentí un ardor, muy conocido. Bajé la vista. Tenía clavado hasta la empuñadura una de aquellas dagas rituales. Elena sacó el cuchillo, despacio. No con malicia ni recochineo, sino con cuidado. Dejé caer la Skorpion. –Lo siento, amor mío –Di dos pasos hacia atrás, sujetándome la herida, que empezaba a sangrar abundantemente– No es letal, no he tocado ningún órgano. Saldrás de esta… y volveré a buscarte, ¿Vale? Me agarró de las solapas de la chaqueta y me besó en los labios. Me desembaracé de ella como pude, caminando hacia atrás. Ante mi atónita mirada, Elena se agarró el pelo y tiró de él. ¡Era una jodida PELUCA! ¡ERA ALBINA! ![]() Se quitó unas lentillas y las arrojó a un lado. Tenía los ojos rojos. –Hijaputa… Tropecé con el quitamiedos. Elena gritó mi nombre mientras me precipitaba al suelo inferior. Por suerte caí en un contenedor industrial. Me hice bastante daño porque estaba lleno de porquerías, pero peor hubiese sido caer contra el concreto. La vista se me nublaba mientras veía a Elena asomarse y llevarse una mano al pecho, aliviada. Despareció de mi vista y pude escuchar el rugir del motor de su moto, alejándose. No sabía si iba a volver a por mí o estaba huyendo. VII Salí del contenedor como pude, con un brazo. Me dejé caer al suelo. –Me cago en mi puta vida… Me arranqué la camiseta como pude, improvisando un trapo para taponar la herida mejor y no desangrarme tan rápido. Intenté sacarme el móvil para llamar a Rudy pero justo en ese momento paró mi coche al lado mía. Era Felicia. Ella conducía. Salió del coche, alterada. –¡Tito! ¡Tito! Vino corriendo hacia mí, arrodillándose en el suelo. –Ayúdame a subir, nena… Con su ayuda, llegué al coche, sentándome en el asiento del copiloto. Felicia subió también. –Ay, joder… –Empezaba a ver borroso– ¿Qué haces aquí, Feli? –¿Te quieres callar? –Puso rumbo, a toda velocidad, hacia el cuartel general– Guarda fuerzas, por lo que más quieras, estás muy pálido. –SI me callo… voy a perder la consciencia. Háblame de lo que sea… –Pues me he escapado, tenía un mal presentimiento. ¿Qué ha pasado? –Elena… –¿Qué pasa con ella? –Felicia se iba chocando con los coches aparcados, dando volantazos y sollandolos a todos. Iba a costar una pasta en arreglar arañazos, desde luego. Pero nos la pelaba. Le había enseñado a conducir, y con los nervios y la velocidad, no controlaba muy bien. Le puse la mano en la pierna. –Lo estás haciendo muy bien, cariño. Baja la velocidad y tranquilízate… o no llegaremos… respira… como te… enseñé… Estaba al borde del llanto, pero obedeció. Aminoró y trató de calmar su respiración. Yo seguí hablando, de forma atropellada. –Elena… era… una de las albinas… Llevaba una peluca la ioputa… con lentillas… por razón no quería… que le cogiese del pelo, la muy guarra… –¡Hija de puta! –Golpeó furiosa el volante– ¡Hija de puta! ¡La voy a destripar! Saqué un paquete de cigarrillos de la guantera, me puse un pitillo en los labios y accioné el mechero del coche. Seguí hablando. –La hijaputa… quería el puto libro… cuando lo ha trincao… me ha apuñalado… –¡¿Qué tiene el cavaenomicon?! Joder, joder, joder… estamos jodidos… Me reí mientras me encendía el pitillo. –Lo dudo –Saqué, de mi espalda, el auténtico libro, el Cavaenomicon– Le di… un señuelo… Felicia miró lo que tenía entre las manos, manchado de sangre. En verdad podría haberme ahorrado el sacarlo, pero bueno, me quedó to wapo, aunque lo pringase. Felicia se echó a reír y a llorar a la vez. –Eres el tonto más listo que conozco, Tito… –Y yo… VIII Felicia, sin dejar de reír y llorar, marcó el número de alguien, no supe de quien y le dijo que estábamos casi al lado, que viniesen a ayudar. Yo ya estaba al borde del colapso, a punto de desmayarme. Estaba muy agustito. Eso sí, el piti no se me caía de los labios. Fumaría hasta mi último suspiro, lo tuve claro desde que me fumé el primer cigarrillo que me supo a gloria. Derrapamos violentamente sobre hierba, lo cual me sacó del trance en el que empezaba a estar demasiado a gusto. La puerta se abrió violentamente. Era Akimba, y lo primero que hizo fue quitarme el pitillo de la boca y arrojarlo lejos. Me sacó y me llevó en brazos hasta una camilla o algo, ni idea. Ahí perdí la conciencia del todo. Solo oía gritos y llantos, luego todo oscuridad. Una oscuridad pesada, como si me hundiese en un lago de brea espesa, cayendo muy lentamente. Hasta que de pronto, me vi incorporándome, como si flotase. Era otro tipo de oscuridad, una muy conocida. A lo lejos veía el oasis de luz, con su diván, vacío. Una fuerza me arrastró hacia la luz, cada vez más rápido hasta casi sentir que me chocaba con el diván. Cece apareció, sonriendo. –Mi querido Guardián, bienvenido una vez más. –¡Cece! –Estoy orgullosa de ti. –¡Gracias! –Vas por el buen camino, mi Guardián. Ahora despierta y descansa un poco. Te quiero. –¡No te vayas, por favor! ¡Quédate un rato más! –Eres tú el que se va… –Sonrió y me dio un empujoncito– Descansa, por favor. De pronto me vi catapultado a la nada misma, a una velocidad de vértigo. IX Abrí los ojos, un poco mareado. –Me cago en la puta… –Si puedes maldecir, es que estás bien, Pimpollo. –Hola, Rudy… –¿Cómo te las apañas para estar siempre convaleciente? –Rudy tenía cara de haber llorado. Traté de sonreír pero es que no estaba de humor. –No estoy para coñas ahora mismo… –Perdóname, por todo. No tendría que haberme marchado… soy gilipollas. –Solo seguías ordenes… no le des más importancia. Los ojos de Rudy se inundaron de lágrimas. Sin decir nada, soltó mi mano y se marchó corriendo. Estaba solo. Estaba sin fuerzas, muy cansado, sediento y con unas ganas de mear horribles. Traté de incorporarme pero desistí rápidamente. El mundo me daba vueltas. Al cabo de un par de minutos entraron mis chicas, el trío maravilla. Emily, Leonora y Felicia. Se acercaron a mi cama, con cara de alivio. –Menos mal, Tito… menudo susto nos has dado –Emily me cogió la mano y Felicia la otra. –¿Qué… os han dicho? ¿Cómo estoy? –Estás muy bien, dentro de lo que cabe. No han dañado ningún órgano, pero estás débil, por la pérdida de sangre. –Respondió Felicia– Pero te vas a estar tranquilito unos días. Ni se te ocurra moverte, ¿Eh? –No, no. Tranquilas, si aunque quisiese, no tengo fuerzas. Se empezó a escuchar jaleo fuera. Algo me decía que era Giorgia la culpable. Se abrieron las puertas de golpe, y efectivamente, era ella. –¡Bello! –Vino a mí casi corriendo, arrojándose a mi cuello– No sabes cuánto lo siento… –No importa… más lo siento yo por tu gente… Me empezó a llenar de besos, llorando. Mis chicas se tuvieron que apartar, un tanto incomodas por la situación. Cuando entraba el huracán que era Giorgia lo mejor era apartarse. –Te juro que mataré personalmente a esa zorra malparida. –Gigi… olvídalo. Lo importante es que estoy bien y tenemos el cavae no sé qué hostias en nuestro poder. –Me importa una mierda. Solo me importas tú, no me hagas repetírtelo más veces. Ti amo, Bello. Y venga otra tanda de besos por todas partes. Me dejé hacer, no era desagradable. Lo que fuese con tal de no pensar en lo que me era más urgente: Elena. X Cuando Giorgia se tranquilizó lo suficiente, se secó las lágrimas y volvió a ser la Consigliere profesional y fría, que dicta quien vive y quien muere. –Te alegrará saber que hemos conseguido capturar con vida a uno de esos albinos. Lo están interrogando ahora mismo. Es un hueso duro de pelar, pero es cuestión de tiempo. Asentí con gravedad pero no dije nada. Se quedó en la habitación e insistió en quedarse todo lo que fuese necesario. Felicia, junto con Emily, fueron a buscar algo para que comiese. Leonora se quedó, en un rincón. Parecía tenerle cierto miedo a Giorgia. –Oye… esto me da un poco de apuro, pero… ¿Me puedes pasar una bacinilla de esas para mear? El rostro de Giorgia se iluminó con una sonrisa traviesa. –Claro –Se dirigió a Leonora– Haz el favor, querida, de traerle a tu padre una, si eres tan amable. Sin decir nada, Leonora salió. Una vez solos, Giorgia se acercó más a mí. –No tienes de qué preocuparte. Te cuidaré muy bien, no vayas a ser vergonzoso, ¿De acuerdo? –Aunque te lo agradezco de todo corazón, puedo mear sin ayuda… –Ay, bobo. No voy a aprovecharme de ti. Solo que, si necesitas ayuda, pídemela a mí la primera. Encantada estaré de servirte en lo que haga falta. Leonora apareció con la bacinilla y me la ofreció, algo avergonzada. La tomé con un “Gracias, cariño”. Me quedé mirándolas, pero no parecía que entendiesen que necesitaba privacidad. –¿Os importa si…? –Ay, Bello… ¿Acaso tienes algo que no haya visto un millón de veces? –Por favor, Gigi… no es por eso, es que si me miráis, no me sale el chorrito. Giorgia se echó a reír, pero se levantó y cogiendo del brazo a Leonora, salieron. Antes de irse, se giró y me dedicó un guiño juguetón. No pude evitar sonreírle de vuelta. Por fin, con un poco de esfuerzo, meé casi dos litros. Joder, casi me meaba encima. –Aaaaahhh jooooooderrrrr, ufff, que bien… XI Al cabo de un buen rato, aparecieron mis chicas con el papeo. Comimos los cinco juntos. Giorgia se ofreció varias veces a darme de comer, pero insistí en que no estaba en una posición tan jodida, pero agradecía el gesto. Se la veía con ganas de agradar. Me veía otra vez, como hacía siete años, en mitad de una batalla campal. “Un atrapa la bandera” donde el trapo a conseguir, por casi cualquier medio, era mi corazón. Y lo peor, es que estaba hecho añicos una vez más, solo que trataba de no mirar el estropicio. Sentía que en cualquier momento iba a estallar, y no sabía si me iba a poner a llorar, a gritar o liarme a hostias con lo que fuese. Pero ya llegaría el momento de lidiar con ello, por ahora, me relajaba y me dejaba cuidar y querer. XII Tras una buena comida, me entró un sueño de cojones. Felicia y Emily me aconsejaron echarme a dormir sin preocupaciones, y se marcharon. Me quedé con Giorgia y Leonora. Leonora adoptó la forma de un perrito, se subió a la cama y se acurrucó entre mis piernas, apoyando la cabecita en mi rodilla, para dormir también. Giorgia se sentó más cerca y tomó mi mano. –Que descanses, mi Rey. Tras besar mi mano con fervor un par de veces, se levantó y se marchó. Me dormí. XIV Al despertar, lo primero que vi fue a Rodrigo, sentado en el sillón y leyendo un libro. –Hombreeee, Rodrigo. ¡Cuánto tiempo, amigo! Alzó la vista, sonrió y dejó el libro a un lado. –Buenas noches, jefe. ¿Cómo te encuentras? Espero que hambriento. –Pues sí, tengo más jambre que un perrillo chico. –La cena estará preparada pronto. Te agradará saber que hemos progresado muchísimo con la traducción del tomo. –¿Y el albino de las pelotas ese? ¿Ya ha cantado? Porque me gustaría darle un par de leches. Rodrigo carraspeó. –Verás… se ha suicidado con una capsula de cianuro antes de poder sacarle algo. Lo siento. –Su puta madre… Bah, que le den por culo. ¿Qué tal todo? Hace mucho que no te veo. –Todo nos ha ido bastante bien, yo al menos, no tengo queja. Bueno, una medioqueja, y es que cansa mucho tener a tantos críos revoltosos por aquí. No tengo ya edad para esto, pero tampoco lo cambiaba por nada del mundo. –Anda, ¿Y eso? –Tus niños, jefe. Me refiero a tus hijos. Dan mucha guerra, pero se les coge cariño. –Bueno, ¿Vamos a papear o qué? Ya me encuentro mucho mejor, puedo ir al comedor. Eché a un lado las sabanas y me puse en pie. Aunque estaba un poco débil todavía, las piernas me sostenían y ya no estaba nada mareado. Con ayuda de Rodrigo, salí de la habitación, despacito. Lo que vi fuera, me heló la sangre. Ahí estaba Jun Fei, vivita y coleando, con un bloc de esos metálicos, llenos de papeles pillados por un clip. –¿Jun Fei? –Me dio un vuelco al corazón cuando se giró para mirarme. Llevaba su bata y sus gafas, como siempre– ¡Jun Fei! Me lancé hacía ella para abrazarla. –¡Jefe, No! Quise estrecharla entre mis brazos y echarme a llorar, para llenarla de besos, pero abracé la nada misma. La atravesé como si no existiese y di de bruces al suelo. –¿Pero qué coño? –Me giré, con un dolor brutal en el vientre, para mirarla. –Ay, Pimpollo, como siempre, te precipitas. Aquel chascarrillo, tan propio de Jun Fei me partió el alma. XV –¿Qué significa esto? Rodrigo ayudo a levantarme, con cuidado. Jun Fei me miraba por encima de las gafas. –Haz el favor de que no se te salten los puntos. Ando muy liada y no puedo hacerte de niñera. –Me cago en la puta… ¿Esto qué significa, Rodrigo? –Jefe, cálmate, por favor. Me acerqué a Jun Fei de nuevo, mientras seguía ojeando sus papeles. Le pasé la mano, atravesándola, como si fuese un fantasma. –Soy un holograma, Pimpollo. Haz el favor de comportarte, te está subiendo la tensión y el ritmo cardiaco más allá de lo aceptable en tu condición. La miraba furioso. ¿Qué puto chiste era aquel? ¿Estaban usando la imagen de mi amada, muerta en un acto heroico, como una interfaz? El responsable me iba a escuchar, desde luego. –¿Quién es el responsable de esto, tío? Que le voy a partir la cara. –¿Quién crees que puede haber sido? Pues tú, jefe. Anda, vayamos a comer, que lo necesitas. –Hazle caso, Pimpollo. Tus niveles de azúcar están algo bajos y tu recuento de hemoglobina por los suelos. Tienes que reponer fuerzas, no me obligues a pedir que te aten y te alimenten como a un ganso. –Esto no quedará así… –Dije a media voz, mientras me marchaba. No sabía a quién se lo decía realmente, ya que aquello era obra de mi yo del futuro. Estábamos en el ala de la enfermería, y salimos a un recibir amplio, con sus escaleras que subían al piso superior. –Vamos, es por aquí. Entramos a un salón gigantesco, lleno de gente. Había un mocoso, de siete años, con el pelo blanco. Me dio otro vuelco al corazón, era la viva imagen de Marlenne, se me cayeron dos lagrimones enormes. –Ey, Zeus, Mira quien está aquí. –Dijo Rodrigo en voz a cuello. EL pequeñajo se acercó, tímido, con el dedo en la boca. Se plantó frente a mí y me miró de arriba abajo. –¿Este es mi papá? XVI –Sí… soy tu padre… Y el niñato de los cojones, me endiñó una patada en la espinilla con toda la mala leche del mundo. Las risas no tardaron en llegar, todos se partían la caja a mi costa. –¡¡AAAHHH!! ¡Me cago en la leche! –Tuve que sentarme en el suelo y agarrarme la pierna, saltándoseme las lágrimas– Puto niño de mier… aun así te quiero, cabrón… –¡Gilipollas!¡Esto por hacer llorar a mi mamá! –Y me endiñó otra patada más, en el costado. Me estaba revolcando de dolor mientras Rodrigo se reía el muy cabrón. –Jaja, ¿Entiendes ahora, Jefe? –Está fuerte, el colega ¿Abe? Y que puntería tiene… que orgulloso estoy… Ay…. Ay… El crío no paraba de darme patadas donde pillase. Me estaba dando una soberana paliza mi propio hijo, de siete años. A pesar del dolor, estaba henchido de orgullo y amor por aquel renacuajo colérico. –¡Zeus! –Apareció en escena la mujer más hermosa del puto mundo: Marlenne. Cogió al crío en brazos, que se aferró a ella como una lapa, hundiendo su cabeza en pecho– Eso no se hace, es tu padre. A papá no se le pega. Traté de no parecer tan patético como me sentía. –Hola, Marlenne… me alegro de verte. Con ayuda de Rodrigo, me puse de pie para saludar como era debido a Marlenne. Tenía la cabellera totalmente blanca, y sonreía de aquella forma que antes me robaba el aliento. –Estás tan guapo como siempre, Min Kärlek. Ya veo que has conocido a tu pequeñín, Zeus. –Las puesto un nombre wapo, ¿Eh? Tan guapo como él. El niño se negaba a mirarme, tan solo me hizo una peineta, sin apartar el rostro del pecho de su madre. No pude menos que reírme. –¡Zeus! Eso no se hace, y menos a tu padre. Lo siento, es que Rudy le ha enseñado a hacer esas cosas… me despisto y le enseña groserías. –No pasa nada, si es más gracioso el jodío… –Estaba sonriendo como un imbécil– No podría estar más orgulloso… No pude evitar emocionarme, me lleve la mano a la boca, tratando de controlarme, pero no pude. Marlenne soltó al niño, que se marchó corriendo, y me abrazó. Me aferré a ella con fuerza. Pasé mucha vergüenza, con todos mirándome y yo ahí, llorando como una nenaza, abrazado a la madre de uno de mis hijos. Ni siquiera podía articular palabra. Quería decirle que lo sentía, por marcharme, por abandonarla sin saber que estaba embarazada. Me sentía una mierda monumental. Pero Marlenne no dijo nada, tan solo me sostuvo de forma amorosa hasta que me calmé. –¿Podemos hablar en privado? –Claro… ven. Me cogió de la mano y me llevó a una habitación auxiliar. Al pasar, me daban palmaditas en la espalda y deseándome una rápida recuperación. Eran muy amables, pero estaba muerto de vergüenza. Marlenne cerró la puerta tras de sí, y volvió a abrazarme. Ahora era ella la que lloraba. –¡Como te he extrañado, Min Kärlek! –¡Y yo a ti! Perdóname por abandonarte… soy un mierda asqueroso… –Te perdonaré solo si prometes no volver a dejarme… –¡Jamás! Te lo juro por mi sangre y mi libertad… que caiga muerto si no. Nos tiramos un buen rato de esta guisa, los dos llorando, abrazados y diciéndonos cosas bonitas, prometiendo no volver a separarnos jamás de los jamases. Cuando se tranquilizó, me soltó. Me acarició la cara. –Casi había olvidado lo guapo que eras… –Yo sí que casi había olvidado que eras guapa a rabiar… –Anda, no seas zalamero… De improviso, me besó. Fue un beso tierno, no me resistí pero no se lo devolví. Tenía cosas pendientes por revolver, cuando tuviese un minuto para mí mismo. –Lo siento… me he dejado llevar. –No te disculpes, por favor. Supongo que estarás al corriente de todo… –Por supuesto. No te vamos a presionar, ni a pelearnos ni nada, quédate tranquilo. Me basta con tener cerca y que tengas relación con tu hijo… el resto… pues bueno, puedo soportarlo. –Menudo diablillo has criado, ¿Eh? Menos mal que ha salido a ti… es guapo a rabiar también. –Ay, bobo. Yo quería que se pareciese a ti… bueno, es clavado a ti, en la personalidad. Sois dos gotas de agua. –No, si ya veo. Te ha defendido como un campeón, con dos cojones. Le ha importado un carajo que yo fuese un adulto y él un crío… ni le ha importado que fuese su padre. Me ha endiñao un patadón y me ha dicho “esto por hacer llorar a mi mamá”. No he podido sentirme más orgulloso… te lo juro. Marlenne sonreía, encantada, mordiéndose el labio. –Ha salido a ti… tan bueno, tan noble. Siempre defendiendo a los demás. No te odia, aunque no lo parezca. Pero está confuso, entiéndelo. Además, es muy tímido. Conociéndote, te lo ganaras pronto. –Eso espero… En fin. ¿Vamos a comer? Estoy enmayaito perdío. –Vamos. La cogí de la mano. –Tú te sientas conmigo, ¿Vale? La cara que puso no podrá borrarla de mi mente ni el alzhéimer más corrosivo del mundo. –Por favor. XVII Fuera había un buen jaleo montado. Había risas, mamoneo y cachondeo del bueno. Había una gran mesa, muy larga y ancha, donde estaban ya casi todos sentados, y miembros de los facilitadores trayendo platos con comida a la mesa. Felicia, junto a Emily, le daba de comer a Zeus, que estaba encantado. A mis sobrinas se les caía la baba con su primito chico. Marlenne y yo nos sentamos en dos asientos libres y me pusieron un platazo hasta arriba de chuletas de cordero. –Repón fuerzas, jefe –Me soltó un joven barbilampiño, de muy buen humor– si quieres más solo tienes que pedirlo, ¿Eh? Y si te apetece cualquier cosa, me lo dices ¡y te lo preparo en un santiamén! –Montique es nuestro cocinero. Tiene muy buena mano en la cocina. –Explicó Marlenne, con una sonrisa. –Guau… por ahora estoy servido, muchas gracias, Montique. Me apretó con firmeza el hombro, sonriendo y se marchó. –Huele de fábula. –Que aproveche, min kärlek. Comimos de forma animada. Yo estaba concentrado en mi plato, sin levantar la vista. Entre un poco avergonzado por el espectáculo anterior y porque estaba enmayao. Cuando estuve a punto de reventar, me relajé y levanté la vista. Solo conocía a un puñado de vista, de haberlos visto en el remolcador, hacía ya casi quince años. A otros era la primera vez que los veía, pero todos me hablaban como si me conociesen de toda la vida. Giorgia me miraba sonriendo, pero por la forma en que cogía los cubiertos, se le notaba que deseaba apuñalar a Marlenne. –Por cierto, Tito… ¿Cómo lograste engañar a Elena? De pronto se hizo el silencio. Fue una pregunta inocente por parte de Felicia, pero todos parecían interesados en escuchar la respuesta. –Pues… me alegro de que me hagas esa pregunta, jeje. Anoche preparé… –Dirás antes de ayer –Dijo alguien que no logré identificar. Fue mandado a callar en el acto. –Ah, sí. Antes de ayer, como no podía dormir me puse a pensar en lo que me había dicho Rudy. Eso de que iba a haber movida para llegar aquí. Por si acaso, preparé un señuelo. Cogí un libro viejo que tenía por ahí, con un lomo parecido, raspé un poco el titulo para hacerlo ilegible y me lo guardé. Sospechaba que había algo raro cuando entró el Albino a buscar en la biblioteca. Cuando le dije que no tenía ni idea de que hablaba, podía haberme descrito el libro, ¿No? Es decir, que no tendría ni puta idea de qué forma tendría. Me tomé un momento, solo el hecho de recordar a Elena me quemaba la sangre. –Cuando apareció Elena, con la moto… sospeché. Por un lado pensé que me había seguido, muerta de preocupación y venía a salvarme… hasta que sacó el tema. Saqué el libro y se lo ofrecí. Lo cogió y me apuñaló. Me dejó allí y se piro. Me guardé para mí su declaración de amor retorcida y su promesa de volver a buscarme. No quería pensar en ello, me negaba. Prefería pensar que estaba muerta. Me había estado tirando al enemigo… una vez más. -...Continuará... |
Editado: 25-nov-2025 20:04 -
17-nov-2025 16:28
#13
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Capítulo 10 I No dudaba que en cualquier momento apareciesen más invitados: Akimba, Marlenne, Rodrigo, etc. Y que encima no le diese por aparecer ni Giorgia, Sakura o Kimiko. O a saber quién sería capaz de aparecer ahora. No los tendría enmayaos si venían sin avisar. Hice la compra lo más rápido que pude, sin entretenerme con tonterías. Volví rápido y subí todas las bolsas en el ascensor –Que no eran pocas– para hacer un solo viaje. Abrí la puerta de mi piso y Leo salió a recibirme para ayudarme. –¡Hola, Papi! Has tardado mucho. –Hola, corazón. Lo siento, había una cola en el súper que flipas… –Hola… Me quedé de piedra. Allí estaba Elena con cara de circunstancias, en el salón, junto a Rudy y a Felicia. Parecía aquello un funeral de estado. “Joder… A ver qué diantres pasa ahora” Felicia se levantó y ayudo a Leonora a guardas las compras mientras yo entraba al salón para hablar con mis chicas. –Hola, Elena. No te esperaba… –Ya veo… –Veo que ya has conocido a Rudy, ¿Eh? –Por favor, cariño –Rudy sonaba realmente afectada– soy Herminia, no Rudy. Por favor… II Estaba perplejo. –¿Cómo? Elena me miraba con aire compungido. Rudy sacó un kleenex y se secó una lágrima invisible. Elena la rodeó con sus brazos. –Tenemos que hablar, siéntate. Me senté frente a ellas. Rudy estaba haciendo un numerito para tocarme las narices. –A ver… a ver… Elena. Ella es Rudy. Ya sabes lo que te dije, ¿No? Fuimos amantes y es verdad que se llama Herminia, pero ella odia ese nombre y se hace llamar Rudy. No dejes que te lie, es una cachonda y le encanta fastidiarme. Rudy se echó a llorar de verdad. Elena me fulminó con la mirada. –¿Ves lo que te dije, Elena? Sus fantasías solo se las cree él. Cree que soy una loca detective o algo por el estilo. Ya me pierdo muchas veces con sus locuras. A veces soy detective, a veces guerrera, a veces una “Cachonda”… se niega a tomarse la medicación y ya estamos todos desesperados. –¿Pero qué dices? Jajajaja –Me reí de buena gana– Venga, Rudy, deja ya las coñas. Ya le he contado a Elena toda la verdad. Elena me miró muy seriamente. –No me habías dicho que estabas casado… –Y no lo estoy. –Tienes una hija… y me dijiste que no estabas seguro. Rudy lloró aún más fuerte, encogiéndose. –Ay, que reniega de nuestra hijita Leonora… ay… ay que dolor… Me froté las sienes. –¡Leo! ¡Cielo! ¿Puedes venir un momento? Leo vino trotando, alegre. –Dime, papi. –Por favor, cariño. Enséñale a Elena tu autentica forma, por favor. –¿Cómo? –Leo puso cara de extrañada. –Tranquila, Elena, mi chica, ya sabe todo. Se lo conté los otros días, sobre ti y que creía que estabas muerta, y todo lo demás. Leo puso una cara rara, rarísima, como si le contase una locura. Luego miró a Rudy, que entre lágrimas, asintió gravemente. El teatrillo lo estaban llevando a cabo entre las dos. Parecía que Rudy le estaba dando permiso para seguirme el juego. –Ah, sí. ¡Claro, papi! Le enseñaré a tu amiguita mi auténtica “Forma”, pero más tarde, ahora estoy un poco cansada y no me sale bien, pero cuando descanse un poco, se lo enseño. –Venga, Leo… no me hagas esto. Enséñale al menos las orejitas o la cola… Me miraba con cara de circunstancias, como quien mira a un loco que no sabe si seguir presionando porque ceder es imposible. –Cariño, ¿Por qué no le traes un vaso de agua a tu padre? –¡Si! Y se dio la vuelta para entrar en la cocina. –Tienes que tomarte la medicación, por favor. –Elena estaba al borde del llanto– te lo ruego. Me tuve que reír. –Elena… te están tomando el pelo. Rudy es muy buena actriz, mi versión futura se aseguró de que tomase clases de actuación. Es un hacha está tía… y por cierto, ya se marchaba, ¿Verdad, Rudy? Elena se puso en pie. –¿Vas a echar a tu mujer a la calle, sinvergüenza? –¡Que no estoy casado! –Le mostré las dos manos, no era de usar anillos– ¿Ves? Rudy mostró una alianza en su dedo anular mientras reanudaba el llanto una vez más. Elena me miró cabreada. –¡Basta! Compórtate como un hombre. Me he dejado engañar, pero eso ha sido por mi culpa, lo reconozco. Debí haber dudado… tantas historias tan rocambolescas… que si has trabajado para la mafia, que si te tuvieron secuestrado y te torturaron, que si eras guardaespaldas de una ninja, que si viajabas en el tiempo, que si Yokais y que si tenías un harem… joder, ¿Cómo me he podido tragar todas esas gilipolleces? –Cada vez se inventa algo nuevo, Elena. Yo ya no puedo más, ni yo ni su familia. La única que lo aguanta es la pobre Felicia, que intenta cada verano, cuando tiene vacaciones la pobre, de que su tío se tome la medicación. A veces lo logra, que se tome las pastillas… y entonces vuelve en sí y podemos regresar Leo y yo a casa… me parte el alma… de verdad… que haya metido a otras mujeres en casa… –Lo siento, mucho, Herminia, de verdad. Yo… yo soy idiota… no pretendía nada de esto, de verdad. Crucé los brazos sobre el pecho, esperando a que Rudy se cansase de metérmela doblada. Empezaba a mosquearme y me cabrearía de verdad si Elena se marchaba cabreada. Si eso pasaba, pondría fin a nuestra amistad y esta vez para siempre. –No es culpa tuya, chiquilla. Él es muy encantador… a mí me enganchó igual. Cuando se medica es más tranquilo y menos seductor, pero tiene los pies en la tierra y nos quiere mucho. Era joven y me enamoré como una loca. Me creí sus mentiras hasta que me quedé embarazada… y cuando conocí a sus padres… me contaron que sufría de paranoia con delirios. Que tomaba la medicación por temporadas… debería de haberme ido con mi hija y abandonarle… pero es que le quiero demasiado. –¿Has terminado ya, Rudy? Se echó a llorar de nuevo. –Por favor, cariño… es muy sencillo, tomate las pastillas. Sacó de su bolso unos blíster de pastillas de diferentes forma y color. Leo llegó con el agua y me ofreció el vaso. No lo cogí. Elena se arrodilló frente a mí. Cogió las pastillas y capsulas que fue sacando Rudy y me las ofreció. –Por favor… tómatelas. Te quiero… y aunque lo nuestro no pueda ser… al menos seamos amigos. Por mí, tómatelas por mí. –¡Felicia! ¡Feliiii! Ven por favor y ponle fin a esta pantomima, anda. Que no tenemos tiempo para perderlo. Me tengo que poner con la comida y toda la marimorena. Felicia regresó, andando con un poco de miedo. Mi voz ya era áspera. Se acercó a mí y me abrazó por detrás. –Por favor, tito… tómatelas. Te quiero… –Esto ya no tiene gracia, Felicia. ¿Qué? ¿Os habéis conchabado para gastarnos una broma, eh? Jajajaja no, si tiene gracia, pero venga, va. Ponedle fin. Es muy gracioso eso de dejarme de colgao a mi jajajaja Elena me puso la mano en las rodillas, con cariño. –Por favor… todas te queremos muchísimo… –Elena. Piensa: Si todo me lo he inventado –Me quité la camiseta– ¿Cómo explicas todo esto? –Herminia me lo ha contado. Te autolesionabas durante tus delirios esquizoides. No somos tus enemigas, cariño. Queremos ayudarte. –Elena, mira bien –Le señalé los dos disparos de Andrea Dominico– Esto son disparos. Explícame cómo es posible pegarse uno a si mismo dos tiros en el pecho. ¿Uno? Vale, pero, ¿Dos seguidos? ¿Y desde tan cerca, a bocajarro o quemarropa y dejando esta cicatriz? Imposible. –Por favor –Elena estaba ya llorando, sin hacer ruido. Suspiré, agarré las pastillas. –Hostia ya. Me las metí en la boca y las tragué con el agua que me seguía ofreciendo Leonora. Luego abrí la boca para que viesen que me las había tragado y no las tenía ocultas bajo la lengua ni nada. –¿Contentas? ¿Podemos ponerle ya fin a esta tontería? III Nos quedamos mirándonos los unos a los otros en silencio. Confiaba en que Rudy se pusiese nerviosa progresivamente. Me habían dado mierdas que seguramente freirían mi cerebro. Como broma estaba bien porque se pensaría que no me las tragaría. En cualquier momento saltaría sobre mí al grito de “¡Pimpollo, vomita eso!” Pero en cambio, sonrió de forma triste. –Gracias, cariño. Pronto todo pasará… –Espera… ¿Me habéis drogado de verdad? –Es medicina buena, tito… –Te hará bien, Papi… Comencé a dudar. ¿Y si aquello era un retorcido plan del jodido albino de anoche que había usurpado las identidades de las chicas para drogarme o envenenarme? Felicia, desde luego, era ella misma. Pero, ¿Y si la habían hipnotizado? La paranoia crecía en mi mente a pasos agigantados. O, si por el contrario… ¿Realmente estaba lucido por un momento? Es decir, ¿Y si todo lo que recuerdo hasta el momento era producto de mi imaginación? ¿Y si realmente era un esquizofrénico paranoide en pleno delirio y todo lo que creía mi vida no era más que una fantasía? Contacté con Taodaro. [ –Tao, tío. ¿Eres real o producto de mi mente enferma? –Te están tomando el pelo. –¿Lo dices porque es verdad o lo dices porque eres producto de mi enfermedad mental que solo reafirma mi propia locura? –Creo que hablar conmigo no te sacará de dudas, querido amigo. –Pues vaya ayuda… –Ya… ] Comenzaba a encontrarme realmente mal, muy mal. Sudores, temblores y estaba pálido. Incluso notaba que me mareaba. –Yo… yo… joder… Ya no sé qué es real y qué no… –Shhhh, tranquilo. Estamos aquí, contigo. –C-creo… que me voy a tumbar un rato. De pronto, estábamos en una habitación blanca. Yo llevaba un pijama de esos de hospital y mis chicas estaban a mi lado, dándome un abrazo grupal. –¿Pero qué coño? –¿Tito? ¿Estás bien? –¿Dónde coño estamos? Las chicas se miraron con esperanza en la mirada. –¿Dónde crees que estamos? –Preguntó Rudy con un hilillo de voz. –¿En un manicomio de esos? A Rudy le caían unos lagrimones mientras sonreía. Felicia, Leo y Elena hicieron lo mismo. –Tranquilo, cielo, las pastillas te han hecho efecto. Leo se echó en mi regazo a llorar. –Papi… papi… pronto nos iremos a casa todos juntos. Me puse en pie, despacio. –Joder… os juro que pensaba que todo era real. Me quité la camiseta. No tenía ni una sola cicatriz, tan solo una, la típica de la apendicitis. Flipé en colores. –¿Qué ocurre, cariño? –dijo Rudy. –Yo… ¿y mis cicatrices? Elena se acercó a mí y me tomó la mano. –Hermanito… ¿Me recuerdas? Soy yo, Elena, tu hermana pequeña. –No… no… ¿O sí? Tengo la mente un poco confusa. –No pasa nada, la desorientación es uno de los efectos secundarios. Se te pasará, hermanito. –Guau… os juro que pensaba que era una especie de sicario que mataba seres sobrenaturales, que era amigo de una vampiresa y que mi niña se transformaba en una especie de zorro cruzado con un mapache… joder… creo que ya estoy curado. Me acerqué a cada una y le di un abrazo sentido. –Gracias, por ayudarme, por no abandonarme y por soportar mis locuras. Cuando llegué a Rudy cogí su cara entre mis manos. –Sobre todo a ti, Herminia. Te amo con toda mi alma, me has demostrado que me amas con la misma intensidad que yo a ti… en mis delirios creía que te había abandonado pero que sepas, que incluso en mi locura, Herminia, pensaba constantemente en ti. Cada día me torturaba y me castigaba por dejarte tirada… te amé tanto, que incluso en mi locura te seguía amando… A Rudy le comenzaron a caer unas gruesas lágrimas, y esta vez no eran falsas. Acerqué mis labios a los suyos, y Rudy cerró los ojos. IV Cuando estábamos casi a punto de besarnos, Elena me cogió por el hombro con fuerza. –¡Eh, eh, eh! Giré la cara para mirarla, sonriendo. –¿Qué? ¿Te pensabas que la iba a besar, eh? Dio un pequeño respingo. Y todo desapareció. Volvíamos a estar en el salón de mi piso. Solté a Rudy que se dejó caer en el sofá de nuevo. –Joder, que susto me has dado –Elena respiraba de forma agitada– Te juro que le llegas a besar y te hubiese metido una hostia jajajajaja. Me dejé caer en el sofá. –Pero que hijas que sois las cuatro… –No pude menos que reírme– Te juro que pensaba que te habían hecho el lio. Nos reímos todos. –Te hemos hecho dudar de la realidad, Pimpollo. –¿Por qué me has hecho esto, Rudy? Joder, por un momento lo he pasado realmente fatal. –Me lo debías, por haberme dejado tirada todos estos años. Leo se sentó a mi lado y volvió a abrazarse a mi brazo. Felicia saltó por detrás, y me abrazó también. –Lo siento, Tito. –Lo siento, papi. Y ambas me dieron un beso en cada mejilla. No podía enfadarme con ninguna de las dos. –Anda, que ya te vale a ti también, ¿Eh? Elena se rió. –Es que no he podido resistirme. He venido sin decirte nada para darte una sorpresa, pero me he encontrado con ellas dos. Intentaron hacérmela, ¿eh? Pero no colaba, ya sabía yo quienes eran. Luego, hablando, con las coñas, decidimos gastarte una pequeña broma. –Pues una broma cojonuda… eso sí, no volváis a hacerme algo parecido. Eso sí, no llegas a soltarme eso de que eras mi hermana y te juro que me creo que me había vuelto loco. Ahí has querido rizar el rizo demasiado. Se rieron de nuevo. –Por cierto… ¿Qué coño me has dado, Rudy? –Ah, ni te rayes, eran placebos. Azúcar. ¿Te crees que esta broma ha surgido de pura improvisación? ¡JA! ¡Llevo meses preparándotela! Asentí con gravedad. Era justo, se había vengado por la putada que les hice la otra vez. No me lo tomé a mal. –Pues ya ves, Elena. Si tenías alguna duda de mi historia… aquí tienes la confirmación. –Ya, ya. No hacía falta: te creía. –Perdona que no te haya avisado… han aparecido esta mañana aquí, sin avisar. –No importa, ya me lo han explicado. –Ya le hemos contado a tu chica, que por cierto, es muy guapa. Menudo ojo tienes, bribón. Que te necesitamos para una nueva aventura. Si aceptas, y ya sabes que no te queda otra, nos vamos mañana mismo al cuartel general. He invitado a Elena a unirse… si no te importa, Pimpollo. Las miré a ambas. Rudy me guiñó el ojo. Supuse que tendría sus razones para mentir como una bellaca. Le seguí el juego. –Pues ya ves, cielo. El deber me llama. ¿TE gustaría acompañarme en esta nueva aventura que PARA NADA deseo llevar a cabo? –Me encantaría… si no fuera porque tengo trabajo. Ya sabes, la muerte llega a todos por igual… y no se le puede hacer esperar. No puedo, aunque me gustaría, embarcarme en una historia que me lleve fuera de la ciudad tanto tiempo. En mi oficio no hay vacaciones, muere gente todos los días. –Comprendo… Pero al menos, te quedarás a almorzar, ¿No? Elena sonrió de oreja a oreja. –¡Por supuesto! Tienes muy buena mano en la cocina. –Se dirigió a Rudy– No sé cómo le dejasteis escapar. Rudy se encogió de hombros. –Pues ya ves, chica. Seis mujeres peleándonos por él y coge el mamón y se larga. Me levanté y las dejé allí, parloteando de sus cosas, riendo y contándose batallitas. Necesitaba un cigarrillo urgentemente. V Me agradaba sobremanera que Elena se hubiese tomado tan bien que Rudy hubiese aparecido en mi casa, así, a las bravas. Se llevaban muy bien y eso me gustaba. Leo vino conmigo. Me seguía a todas partes. Insistió en ayudarme y la dejé hacer. –Papi… lo siento por la broma. Cerró la puerta de la cocina. Se quedó de cara a la puerta y se transformó. Adoptó su forma adulta, la misma que mostró cuando me apuñaló, con forma humanoide. Se giró y se acercó a mí. –De verdad que lo siento. Cuando a Rudy se le mete algo en la cabeza… no te puedes simplemente negar. Me abrazó con fuerza. –Te he echado mucho de menos. Me reitero: Lo siento por haberte apuñalado aquel día. Me arrepiento muchísimo. Era joven… y creía firmemente en las palabras del Rey. Tú en mi cabeza eras el malo, el villano, el cruel asesino de mi gente. Te veía como un monstruo sin corazón, sin empatía y sin principios. –Y tenías razón, Leo. Era y sigo siendo un monstruo… maté a tu padre. Y no solo a él, sino a otros muchos Yokais y de formas crueles, además. Yo sí que os veía a todos como a monstruos… y el monstruo realmente era yo. Al hablar con tu padre, que me mostró una gran parte de sus recuerdos, y al haber visto que no erais tan diferentes de los humanos… me hizo comprender que estaba equivocado. Leonora negó con la cabeza. –TÚ no eres malo, de verdad. Te quiero. Y lo digo de verdad. Cuando te marchaste… con Marlenne cargando contigo, pensé que Rudy me iba a desollar viva. Te ha mentido, no pretendía darme un susto. Cuando me iba a pegar con el látigo… apareciste tú, pero en viejo, y paraste el látigo con la mano. Ella quería de verdad castigarme. No me iba a matar, vale, pero pegar… me quería dar de latigazos. Pero tú se lo impediste. –Joder… –Me has estado cuidando todo este tiempo. Me acogiste entre los tuyos y me diste un hogar. Me quedaré siempre a tu lado. –Sabes que yo encantado. Nos quedamos así, abrazados, largo tiempo. VI –¿Papi? –Dime. –Elena no me gusta. –Leo… Me cortó. –No, no. No te confundas. Si, vale, me gustas. Lo que dije era cierto: quiero aparearme contigo. Pero sé que tú no quieres y lo acepto. Prefiero mil veces este cariño que me das a cualquier otra cosa. Pero esto no son celos, yo no entiendo esas cosas de humanos. Elena no me gusta. Huele raro y Rudy opina igual que yo. No nos gusta. –Pero… ¿Ha hecho algo o…? –Por favor, échala de aquí y no vuelvas a verla nunca jamás. –No la puedo echar así sin más… tenemos una relación. Y si no ha hecho nada malo… es injusto cortar con ella. –Te garantizo, te prometo y hasta te juro que no son celos, ni míos ni de Rudy. –Yo… –No importa, papi. Me quedaré contigo y te protegeré aunque me cueste la vida. –Esperemos no llegar a esos extremos. Anda, hagamos la comida. Te preparé algo rico, rico. Me sonrió y volvió a su forma adolescente. Comenzamos a hacer el almuerzo mientras nos poníamos al día con todo. ...Continuará...
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17-nov-2025 16:29
#14
Editado: 17-nov-2025 17:38 -
17-nov-2025 23:15
#21
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Veamos, de qué iba esto, aquí se reparten hostias como panes, meZclado con cultura y mitología asiática, no? Dale, pues! |
17-nov-2025 23:46
#22
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Capítulo 13 I Tras la copiosa comida, me obligaron a tomar una larga siesta, como si fuese un crío. Regresé al ala de enfermería y fue inevitable encontrarme con el holograma de Jun Fei. –Buenas tardes, Pimpollo. Tus niveles de cortisol están en niveles más que aceptables, me alegro. Tus recuentos de hemoglobina, plaquetas y demás historias que no entenderías, comienzan a recuperarse de forma gradual pero segura. Sigue así, tranquilo y sin hacer esfuerzos. –¿Eres Jun Fei o solo usurpas su apariencia? –Soy yo, la misma Jun Fei que conociste. –¡Y una mierda! Dime cual era mi apodo especial. El holograma de Jun Fei, que pasaré a llamar Jun Fei a secas desde ahora, se quitó las gafas y se frotó los ojos, cansada. –Ay, Pimpollo. De verdad, no tengo tiempo para hacerte de niñera. Hablaremos con calma más tarde si quieres. –¡Que me digas mi apodo, hostias! ¿Cómo me llamabas cuando lo hacíamos? –¿De verdad quieres hablar de ello aquí en medio? –Aunque no había nadie, daba la sensación que en el resto de habitaciones habían varios pacientes– Vete a tu habitación, metete en la cama y descansa. Cuando te hayas recuperado, hablaremos largo y tendido si quieres. –Que me lo digas… ahora. –Cerdito, ¿Vale? ¿Contento? No me hagas pasar más bochorno, joder. ¿Te vas a ir a dormir o tengo que pedir que te aten a la cama? Porque no sería la primera vez… te recuerdo. Obedecí, pero con un nudo en el corazón. Aquella cosa era mi Jun Fei o al menos, lo parecía. Nadie sabía de nuestras sesiones –O eso creía– privadas de folleteo con hostias incluidas. Necesitaba respuestas, pero conocía esa mirada: Cumpliría su amenaza. No me apetecía estar atado en una cama. Me acosté en la cama y me quedé mirando el techo. Las luces se rebajaron por sí mismas y se empezó a escuchar una musiquita suave y súper zen. –¿Pero qué coño…? “Relájate, cerdito. Cortesía de la casa. Te prometo que cuando tus niveles de serotonina se recuperen y tu estado de salud sea seguro, te lo contaré todo. Te quiero” La voz de Jun Fei salió de algún lugar indeterminado, pero me tranquilizó lo suficiente como para quedarme dormido. II Me desperté y vi a Rudy, en el sillón, leyendo un libro de los gordos. –Vaya, buenos días, princesa. –Dijo sin levantar la mirada del libro. –Hola, cielo… ¿Qué tal? –Aquí, esperando a que despertaras. –Cerró el libro y lo dejó a un lado– ¿Cómo te encuentras? –Pues de lujo, en realidad. –Eso es positivo. Pero no te flipes, ¿Vale? Jun Fei te ha dado algunos calmantes, así que no te creas el rey del mambo y empieces a hacer gilipolleces, como abalanzarte sobre un holograma. –¿Cómo te has enterado? –Jun Fei me lo ha contado, para que me ría. –¿De verdad es ella? –Sí, es ella. Bueno, quitando que no tiene cuerpo, todo lo demás sí. Pensamientos, recuerdos, emociones, etcétera. –¿Cómo es eso posible? –Pues porque está muerta, tú la viste morir. Ay, hijo, hablar contigo es como hablar con un niño retrasado, de verdad. –Que borde estás, joder. Mira, da igual. Me ha quedado claro: que no me esfuerce, ¿No? –¡Exacto! –Se levantó y se sentó en la cama– Discúlpame, es que me tiene que bajar la regla y últimamente me pongo de una mala hostia que flipas. –No importa… –¿Cómo llevas lo de Elena? –¿Mi polla con melena? Hice aquel chiste para desviar la atención de aquello tan doloroso, pero Rudy no cambió el rostro en absoluto. Se me quedó mirando mientras yo me reía de mi propio chiste, hasta que dejé de reír. –No quiero hablar de ello, y por favor, no lo menciones más. –Pero, Pimpollo… –NO-LO-MENCIONES. Por favor… no quiero pensar. Rudy se levantó de la cama suspirando, decepcionada. Comenzó a pasear por la estancia, como hacía siempre. –Mira, querido. Te voy a soltar una hostia como sigas comportándote así, ¿De acuerdo? –Ni siquiera esperó a que contestase– Quiero que comprendas una cosa, Pimpollo: YA no eres un zagal, como dices tú. Ya tienes más de cuarenta, ¿Cuándo piensas madurar, eh? Estoy cansada, te has pasado siete putos años evitándome, evitándonos. Tienes cuatro hijos, de cuatro madres diferentes. ¿Comprendes? –Rudy… –¡Que te calles! Y escúchame. Me vas a escuchar y se acabó, te guste o no. Vamos a hablar de Elena, porque te conozco. Sin chascarrillos, sin chistes ni tonterías. Vas a abrirme tu corazón y vas a sanar AHORA. Luego, me vas a hacer un hijo y no admito un NO por respuesta. –Pero, ¿De qué vas, tía? –¿Quieres que te guantee la cara? O peor, ¿Quieres que llame a Zeus y te da otra paliza? –Joder, como vuelan las noticias, jajaja. –Que sepas que me quiere muchísimo y la primera paliza te la ha metido por su madre, la segunda será por mí, ya la tercera será por tu sobrinilla, que lo sepas. –¿Por Felicia? ¿Qué le he hecho yo? –Zeus no soporta ver a sus chicas llorar, ya ves. ¿Te crees que Felicia no ha llorado por tu culpa? Aaaaaay, Pimpollo, no lo sabes tú bien. –Bueno, ¿Qué se le va a hacer? Anda, ven. Ven que te haga ese crío que tanto quieres. Rudy dio un respingo, confusa. –¿Cómo dices? –¿No querías quedarte embarazada? Ahora es el momento ideal, ¿No? Está por bajarte, es decir, que estás en tu periodo fértil. Es ahora o nunca. Rudy se acercó y se sentó en la cama. Me acarició la cara y me besó. Fue tierno, emotivo… si no fuese porque luego me agarró por los huevos. –Ah, ah, ah, suelta, suelta. –¿Te crees que soy gilipollas, Pimpollo? –Me soltó– Primero te vas a quitar a la furcia esa de la cabeza y del corazón, luego ya veremos. –Tú quieres verme llorar, es eso, ¿Verdad? –A veces es la mejor forma, cariño. No quiero verte mal, pero te conozco, te lo guardas pa dentro, en lo jondo, como dirías tú. Sácalo, te hará bien. Te quiero, Pimpollo y te quiero bien. Vas a explotar en el peor momento posible. ¿Otra vez quieres acabar, borracho y drogado, y que tengamos que recoger los restos, tras años de abusos? Ya no eres un crío. Madura. Llora lo que tengas que llorar y luego tira pálante. La agarré con fuerza y la abrace, rompiéndome. Lloré como una puta maricona, sin decir nada, hasta que no me quedó nada. Volvía a estar muerto por dentro, pero en aquella ocasión no estaba solo. Tenía a toda mi gente allí, por y para mí. Estaba agradecido también por eso. Había cerrado mi corazón a cal y canto todos aquellos años, y cuando me dio por abrirlo, un poquito nada más, se coló Elena. Me dejó un boquete enorme aquella maldita albina. Y lo peor es que seguía queriéndola. III Cuando terminé de llorar, abrazado a mi mejor amiga, me soltó y me dio un piquito, suave. –Este es el primer paso. Enhorabuena. Ahora hablemos de lo que realmente importa. –Pues tú dirás, chata. –Mientras tú dormías plácidamente, he traducido gran parte del libro. –Hostias, tu. De lujo, ¿No? –La mala noticia es que no tiene puto sentido nada de lo que dice. Al menos para mí. –¿Pero qué dice? –¿No te acabo de decir que nada coherente? –Dame un ejemplo, ¿no? –Viento norte sur, cuadrante fijo verdemar, augusto monte al verte reír… y pamplinas del estilo. –¿No será que está cifrado? –¡Anda, no me había parado a pensar eso! ¡Qué tonta soy! Menos mal que te tenemos a ti, pichabrava, para guiarnos. –Puse cara de “no me toques los cojones”– Por supuesto que lo he pensado, Pimpollo. Pero para ello debo terminar de traducirlo para empezar a descifrarlo, pero con lo que tengo nada indica que esté cifrado ni mucho menos. –Pues estamos aviaos entonceh, ¿Abe? –Bueno… hay algo que no hemos probado, por seguridad. –¿El qué? –Verás, hemos analizado el tomo con diferentes aparatos de medición. No quiero aburrirte con tecnicismos, porque sé que te dormirías. Pero dejémoslo en qué, de manera figurada, el tomo está "vivo”. Se alimenta de “energía”, pero también es capaz de cederla. –¿Cómo una power bank de esas, no? –Meh, algo así. El caso es que cuando alguno de nosotros pronuncia las palabras que hay escritas, nota un bajonazo importante. Todos… menos tu sobrina. Ella es la clave de todo esto. Estoy segura, en un 78%, de que si ella lo leyese, algo pasaría. Todo tendría sentido o al menos me daría alguna pista más, pero por deferencia hacia ti, no he hecho ninguna prueba. –¿Esperas que te dé permiso? Guau, pues no me lo esperaba. Daba por hecho que lo habríais hecho juntas y que haríais lo que os saliese del coño. Vamos, le habéis tatuado a mi sobrina y a mi vecina, un logo o algo por el estilo. –Ay, Pimpollo. Me consta que ya te han explicado la naturaleza de lo que tú llamas tatuaje. No es para toda la vida. Bueno, si es para toda la vida, pero oye, es removible. Eres más carroza de lo que creía. –Me ha molestado una jartá que hayáis metido a mis niñas en vuestro mamoneo. –Querrás decir NUESTRO mamoneo. Mira, esto no es lo que tenemos que discutir, ¿Vale? Centrémonos en el libro, el “cavaenomicon”. –Okey. Dime, eres una genio. Seguro que tienes alguna sospecha de que puede ser. Rudy sonrió de oreja a oreja. –Como me conoces, maldito. Sí, tengo una pequeña hipótesis un tanto loca. –Te escucho. –Creo que es una prisión. Me quedé mirándola. Esperaba, obviamente, que le preguntase al respecto. Suspiré. –Oh, ¿Una prisión? Cuéntame más, oh, Rudy, la nueva Sherlock Holmes… –Así me gusta, joder. Pues creo que tu dama de la lluvia esa, o lo que sea, está ahí encerrada. –Okey, ahora dime, ¿De dónde sacas esa idea? –Del nombre, por supuesto. Al principio me sonó extraño, y creo, querido, que escuchaste mal su nombre, no es “cavaenomicon”, cielo. Su nombre debería ser “Caveanomicon”. Te digo por qué: Cavea, en latín significa “jaula” o “encierro” y “-nomicon” significa “tratado de”. Si lo juntas todo, quiere decir algo así como “el tratado sobre el encierro”. En cualquier caso, tal como tú lo has dicho, Cavae significa algo parecido a “manos vacías”, pero da igual. Si tenemos en cuenta el contexto, solo puede significar lo primero. –Pues ni idea, el albino ese de los cojones hablaba tela de raro. Podría haberle entendido mal. También le había partido la cara, que algo influiría. –El hecho de que empezases a ver sombras por casa, a tener visiones en sueños, etcétera, desde que llegó ese libro a tu casa me da a entender de que es una prisión. El ente que lo habita, al parecer, es tu dama. Buscaremos la forma de liberarla. –No sabes cómo te lo agradezco, Rudy. Es de vital importancia. Todo esto es por ella, y cuando digo todo digo TODO. –¿Sabes que es de vital importancia realmente? –A ver… –Que me preñes, Pimpollo. Y lo digo en serio. Me vas a dejar embarazada, no ahora mismo, claro. Primero necesitamos que te recuperes de tus heridas, pero cuando estés bien te quiero encima mía día sí y día también. Cuando sepa que estoy encinta, te soltaré. ¿Estamos? –¿Tengo alternativa? –Claro que sí, cielo. Pero si te niegas, te ataré a esa cama y te violaré. En el mejor de los casos, te permito que me des una muestra de semen y ya me inseminaré de forma artificial, pero entre tú y yo: prefiero hacerlo a la antigua usanza. Y creo que tú también. –Está bien. Pero con una condición solamente. –A ver. –Que me avises el primero cuando te quedes embarazada. Y quiero estar cuando des a luz y quiero estar presente en su vida. No quiero perderme esa experiencia una quinta vez. A Rudy se le inundaron los ojos de lágrimas pero se negó a llorar. –No esperaba otra cosa, capullo. Necesito ese bebé, Pimpollo. Necesito algo a qué aferrarme cuando ya no estés. Sé que no es sano, pero pronto desaparecerás de mi vida y me volveré loca. ¿Entiendes? Si no tengo a tu hijo, y me da igual si es niña o niño, antes de que te vayas, te juro que me cargo el mundo. Me volveré una villana, de esas loquísimas que solo quieren ver el mundo arder. Si quieres que tu sobrina herede un mundo donde vivir, más te vale hacerme una buena barriga. Si puede ser gemelos o un embarazo múltiple… joder, sería la hostia. –Okey, Okey. Cuenta con ello. Es más, joder. ¿Quieres montar un equipo de furbito? Congela mi esperma. Te daré todas las muestras que quieras… eso sí, tendrás que sacarlas tu –Le guiñé el ojo, picaron– Guapa. Rudy se echó a reír. –Pues fíjate, que no se me había ocurrido y esta vez lo digo en serio. Eres un genio, Pimpollo. Venga, voy a por un botecito para muestras y vuelvo. –¿Ahora mismo? –Claro, bobo. Te voy a estar sacando muestras hasta que lo estime necesario. Además, es bueno para tu próstata, que ya vas teniendo una edad. –Co-como quieras… Me dio un beso, contentísima y salió de la habitación. ¿En que acababa de meterme? Eché a un lado las sabanas y me levanté para ir al baño. Al regresar, ya estaba allí Rudy, con una sonrisa de oreja a oreja y un botecito de esos rojos. ![]() –Venga, guapetón. Túmbate y relájate. Tendré cuidado. Dime, ¿Mano o boca? –Me da un poco de apuro, Rudy… –Venga, no seas tímido ahora. –¿No me vas a dar ni un beso siquiera? –¡Claro! ¿Quieres que te trate la pilila con cariñín y que le dé un besito? Oyyyy que monada. –Lo digo en serio. Entré en la cama y me tumbé, un poco nervioso. La verdad es que no tenía ganas, pero a ver quién le decía “no” a esta mujer. Rudy se subió encima y comenzó a besarme. –Ay, hijo, eres más soso a veces. Pues claro que te voy a besar, pero no te pases, que me caliento rápido y al final te voy a saltar los puntos. –Te quiero, Rudy. –Y yo a ti, pero mientes fatal. IV Nada más acabar, Rudy se fue corriendo con la muestra a ponerla a buen recaudo. Yo necesitaba un pitillo. Me levanté con cuidado y salí fuera. Me recibió Jun Fei. –¿Cómo te encuentras, Pimpollo? –Mejor, gracias. ¿Ya podemos hablar, por favor? –Esta noche, si no te importa. Antes de que te duermas, me pasaré y tendremos una larga conversación. Ahora ve a cenar y come bien. –Solo una cosita, Jun Fei… –Si es rápido… –¿Lo recuerdas absolutamente todo? ¿Hasta el final? –Sí, hijo, sí. Todo. Ahora, ve a comer. –Sí, mamá. Salí del lugar. La casa estaba en silencio, así que me permití explorar un poco. Todas las puertas que intentaba abrir estaban cerradas. –¿Qué haces? Me giré. Era Zeus, sacándose un moco. Me reí sin poder evitarlo. –Hola, pequeñín. Pues aquí estaba, explorando un poco. –Mi mamá dice que no se puede ir abriendo puertas en casa ajena. Está muy feo. –Bueno, técnicamente esta es mi casa. –Técnicamente, dice mi tía Rudy, que tú eres gilipollas. No pude menos que descojonarme allí mismo. Menudo deslenguado era mi hijo. No podía negar que había salido a mí. –Ay, Zeus… pero que mala lengua tienes, como yo. –¿De verdad eres mi papá? Me arrodille para estará su altura y me puse serio. –Sí, Zeus… soy tu papá. –Mi papá es un señor mayor. ¿Eres mi otro papá? –Es complicado. Eres muy pequeño para entenderlo… y además, a mí me cuesta entenderlo. Por cierto, ¿Tu papá está aquí? El viejo. El niño asintió con la cabeza. –¿Me llevas con él? –El niño se encogió de hombros– Pues si no te importa, me gustaría hablar con él, pero estoy más perdido que el barco del arroz. El niño me ofreció su mano y yo encantado se la cogí. Me llevó escaleras arriba hasta el final de las escaleras, la parte más alta de la propiedad, el altillo. Había una puerta nada más. Llamé con el corazón a mil. –Adelante, pesado. Abrí la puerta y Zeus y yo entramos. Era una habitación cutre, austera a más poder: Una cama, una mesa, una silla y para de contar. El tipo estaba sentado de espaldas a la puerta. Usaba la gabardina y guantes de cuero, tal como le conocí. –¿Qué quieres? No respondas, si ya lo sé. Tiene narices la cosa. Anda, siéntate, que tenemos que hablar. Nervioso, me acerqué y me senté en la cama. La figura se giró en la silla y Zeus se sentó en su regazo. Me tembló todo. Era como mirarse en un espejo pero uno que te envejecía de forma brutal. El ojo biónico era apabullante de mirar. En su brazo derecho pude ver la cicatriz de la que me habló Marlenne, de cuando me mordió –o mordería– como una fiera salvaje. Mi otro yo, al ver que la miraba, se la acarició. –Algún día tú también la tendrás. ¿Raro, verdad? –Yo… –Ya lo sé. Todo lo que digas, ya me lo dije yo a mí mismo hace una eternidad. Has venido aquí sin saber exactamente qué decir. Es raro de narices, pero es así. Podemos quedarnos callados y no importaría, pero tienes que decir algo, aunque sea un balbuceo… –Me cago en la puta… –Ya, yo dije lo mismo. –Yo… –No puedo responderte a nada, lo siento. Es frustrante, lo sé. Pero necesito que todo suceda tal como me sucedió a mí, para que todo ocurra tal como DEBE ocurrir. Creo que es obvio, porque si las cosas no suceden como yo las viví en el pasado, no llegarás hasta el punto en que yo ahora mismo me encuentro. Es lioso, sí, pero lo entenderás con el tiempo. Y necesito que todo ocurra EXACTAMENTE igual para mantener a Felicia a salvo. ¿Crees que no he intentado salvar a Roxanne? ¿O a Julia? ¿A Jun Fei? ¿O vivir una vida plena con Lorena? ¿O quedarme con Alana, tío? Ay, Alana, que guapa era la jodía, ¿eh? ¿Sabías que sigue enamorada de ti, tío? O sea, de mí. La visito de tanto en tanto, ¿Sabes? Tiene ocho hijos y tranquilo, que ni uno tuyo. Mientras hablaba, jugaba con el pequeño, sin mirarme. Zeus parecía estar acostumbrado a las pamplinas que soltaba su viejo padre. –P-pero… –Lo sé. Alana prefirió a ese pedorro al final. ¿Pero sabes? Se acabó arrepintiendo. Fue el calor del momento, Pimpollo. Irte fue lo peor que hicimos. Si te hubieses quedado y luchado por ella, habría recapacitado y lo mejor, el tarado ni habría llegado a tocarla siquiera. –¿Le pega? –No, tranquilo. Fue cosa de una vez nada más. En el fondo le entiendo, estaba y sigue estando enamorado de ella, hasta las trancas. Es un buen tipo que tan solo cometió una locura. Pero Alana no le ama, simple y rotundamente. Te ama a ti, pese a tener hijos de sobra, pero se debe a su Dios de mierda y sus doctrinas. Es una madre excelente, ni te rayes. Es feliz, que no te queda duda pero te extraña. Mucho. Hablamos mucho del pasado. Me paso un par de veces al año y lo pasamos muy bien todos. Son muy buena gente, raros de cojones, pero buena gente. –Joder… ¿Y… y… –No sabía ni que decir– y Laura? –Olvídate de Laura, tío. No hace falta que abras la carta que te envió, ya la leí hace tiempo. Básicamente es “perdón, perdón y perdón” y “volvamos cuando tú quieras”. Al año siguiente se casó con un payaso al que le tuve que romper las putas piernas. Se casó cuatro veces más, con diferentes payasos, el último, el año pasado. Fui a la boda, preciosa, por cierto. Te extraña un poco, pero es más nostalgia que otra cosa. Don Emiliano te manda recuerdos, el muy hijo de puta te echa más de menos que su hija. Comprendió, demasiado tarde, que habías sido lo mejor que le había pasado a su ojito derecho. ¿Gracioso, verdad? –Oye, ¿Puedes dejar de decir tacos delante mi hijo? Mi versión futura se descojonó en mi cara. –Zeus, cielo. Dice tu otro papá que digo muchos tacos. Dile algo. –¡Gilipollas! Nos reímos los dos. –Rudy le ha enseñado multitud de formas de insultar, todas para que las usase contra ti. En el fondo Zeus es un trozo de pan. ¿A que si? El niño no quería mirarme, pero asintió. –No sabes cuánto querrás a este mocosillo, tu. Quédate tranquilo, no insulta a nadie que no se lo merezca. –Hablando de hijos… dejaste embarazada a Tsumabe, ¿No? –Efectivamente. No te preocupes por el niño, de verdad. Le irá mejor que bien, o al menos es lo que me ha asegurado su madre. –Vaya… pues es… –Jodido. Lo sé. Bueno, ¿Satisfecho? –Supongo que si… no sé. Me raya un montón… ¿Con ella sí te has acostado, le has dado cariño… pero no al resto? –Verás, amigo mío, cuando llegues a mi edad verás las cosas de otra forma. No quiero darte detalles porque arruinaría, seguramente, esta línea temporal. Lo que te puedo decir es que cuando has vivido tanto como yo, la única que te sigue el ritmo, que te entiende y comprende, será alguien igual de mayor. Tsumabe sólo tiene apariencia joven, es un envoltorio solamente. Por dentro, es muy anciana. Tiene un bagaje compatible con el mío. –Es injusto… Rudy y Marlenne sufrieron muchísimo. –¿Injusto? Pero que gilipollas era… mira, chaval. Ellas eran niñas cuando me conocieron y yo un puto viejo. Sí, claro, podría habérmelas calzado. Pero las cosas debieron ocurrir como debían, y además, tú les has dado justo el cariño y el amor que necesitaban. Yo habría sido incapaz. Tú las veías como mujeres y os entendíais de putísima madre. Yo solo podía verlas con el cariño que da un padre o un abuelo. ESO, amigo, sí que hubiese sido injusto. –Pues bien que has criado a mis hijos… –Pues claro, imbécil. Joder, que gilipollas era de joven. Es que ni me daba cuenta… Alguien tenía que ejercer de padre, porque tú estabas muy ocupado lamiéndote las heridas. ¿A que sí, Zeus? ¿A que este tío es tontísimo? –Tontolculo. –Dijo Zeus, sacándome la lengua. No pude menos que sonreír, derritiéndome por dentro. –¿Comprendes porque no podíamos hablar antes? No contestes, sé que no. Éramos duro de mollera en el pasado. Ya lo entenderás. Ahora, mejor que te pires a comer algo. –Oye… ¿Y Elena? –¿Mi polla con melena? Me quedé descolocado totalmente. El otro yo se descojonó y tras algunos segundos comprendí que yo no quería hablar del tema. Bueno, mi otro yo, claro. Me levanté y me marché, dejando a Zeus allí. –Una última cosa, yo del pasado. Vas a pasarlo francamente mal próximamente, te diré un truquito para llevarlo mejor: TODO esto es por ella. No lo olvides jamás. –¿Por Felicia o por Cece? –¿Por qué quien sino? Por ambas, capullo. Será lo que te mantenga cuerdo. Asentí y cerré la puerta. Bajé hasta el comedor y me encontré con Marlenne. –Cielo, ¿Has visto a Zeus? –Está… Está conmigo, arriba. –¿Has hablado con él? –Parecía genuinamente sorprendida. Asentí con la cabeza, devastado. Tenía mil cosas que procesar. Marlenne me tomó de la mano con delicadeza– Ven, seguro que tienes hambre. Montique te ha dejado algo preparado para que cenes. Te lo recalentaré. Me llevó hasta una cocina gigantesca, de las antiguas pero con todas las moderneces posibles. Marlenne me hizo sentar en una banqueta frente a una pequeña mesa. Comenzó a trastear y me calentó un platito de puchero, que olía a gloria bendita. Comí sin dejar de mirar a Marlenne, que me observaba comer, con la cabeza apoya en una mano. –Te he echado de menos… tantísimo… –Y yo a ti, aunque no me creas. La verdad es que tenía miedo de veros y sentirme fatal. Me he dado cuenta de que eran miedos infundados. Te digo lo mismo que a Giorgia: Si llego a saber que estabas embaraza, habría vuelto corriendo. –Cielo, necesitabas tu tiempo y lo has tenido. Ahora quiero que termines de comer y me lleves a la cama. No hace falta que hagamos nada si no quieres, pero quiero dormir esta noche contigo, abrazada a ti. Si lo haces, todo este tiempo habrá merecido la pena. –Cuenta con ello. Me termino esto y nos vamos a ver una peli o algo. Por cierto… –Miré a mi alrededor– Esto debe costar una pasta, ¿no? Veo cosas que no sé ni para qué coño sirven, y eso que cuando era joven trabajé en una cocina. –Ah, claro, no lo sabes. Trajiste del futuro muchísimas cosas, no solo armas y cacharritos de ciencia ficción que tanto le gustan a Rudy, si no también cosas para cocinar y el ala médica, entre otras cosas. Terminé de comer y Marlenne y yo nos fuimos a su habitación. Nos metimos directamente en la cama y pusimos en el portátil una peli ñoña. Nos acurrucamos y nos quedamos abrazados hasta quedarnos dormidos. Estar en la gloria era decir poco. Sabía que no me lo merecía, pero no me comí la cabeza, tan sólo lo disfruté. V A la mañana siguiente me desperté porque había un jaleo tremendo. Giorgia daba unas voces tremendas y daba golpes. –Hostias… ¿Qué era es? –Las siete y media, cielo. Marlenne me dio un piquito de buenos días, abrazándome. Me soltó con desgana y se estirazó, bostezando de forma delicada. –Como dirías, cielo, “va a haber movida”. Será mejor que vayas a calmarla. Me levanté, legañoso y cagándome en todo. Notaba la zona del vientre tirante y me empezaba a doler. Salí de la habitación de Marlenne y me guié por el sonido de la voz de Giorgia. –Buenos días, Gigi… –¿Buenos días? ¿Es todo lo que tienes que decir? Estaba furiosa de verdad. Me acerqué a ella y la abracé. Mágicamente el cabreo se le pasó de golpe. El resto de Facilitadores suspiró, aliviados. –Ay, Bello. Me has dado un disgusto enorme, tonto. ¿Dónde estabas? Cuando he llegado no estabas en tu cama. –¿Me preparas el desayuno, Gigi? Estoy enmayao perdío. A Giorgia le brillaron los ojos y tomándome de la mano, me arrastró a la cocina. Me hizo sentar en la misma banqueta en la que me senté anoche. Y colgándose un delantal, comenzó a prepararme un delicioso desayuno. Estaba la mar de contenta. Me preparó un cappucino de putísima madre, espolvoreándole canela por encima. ![]() Trasteó con algunos cacharros de esos futuristas. En un santiamén me puso por delante un Brioche casero recién horneado, ricotta fresca con un chorrito de miel, un poquito de mozzarella fresca, con un poco de aceite de oliva y albahaca, una babá con una pintaza digna de revista de cocina y todo hecho a mano. Era una locura, porque lo preparó todo en muy poco tiempo. Sacaba las masas o los ingredientes de aparatos que no lograba identificar y los horneados duraban apenas segundos. Estaba boquiabierto. Giorgia, súper orgullosa, me ponía plato tras plato. –Que aproveche, Bello. –P-pero… ¿De dónde has sacado todo esto? –Ay, Bello. No preguntes, sólo come. Se sentó conmigo, con otro café y desayunamos juntos. Giorgia estaba de un humor excelente. Todo lo que había preparado estaba buenísimo. –Joder, que bueno esta todo esto. ¿Dónde has aprendido a hacer estas cosas? Antes no sabías ni freír un huevo… Se echó a reír, de manera suave. –He aprendido de los mejores chefs, querido mío. Una ama de casa debe servir a su rey como se merece. –Enhorabuena, me acabas de dejar como un cocinillas del tres al cuarto… ¡Que mano tienes! Giorgia sonreía, sonrojada. Estaba encantada con mis halagos. Me miraba mucho y procuraba tocarme cada dos por tres, como de pasada, al coger esto o aquello. –Hoy tengo el día libre, corazón. ¿Te gustaría que lo pasásemos juntos, como antes? –Claro, Gigi. –Me gustaría que hablases con Valentina por videollamada. Si quieres, claro. –¿No voy a querer? Pues claro, cohone. –Primero debe hacerte el chequeo Jun Fei. Pasemos juntos a verla, ¿De acuerdo? –¿Cómo me va a hacer un chequeo si es un holograma? –Ay, Bello. Ni siquiera tiene que pincharte ella misma. El ala médica es tan futurista que te hacen los análisis in situ. Tiene escáneres biométricos o como se llame, que tan solo por estar allí Jun Fei sabe cómo te encuentras. Sé que has estado con otra, y me cabrea, pero te lo perdono. Pero hoy eres mío y ahí soy intransigente. –Como usted ordene, mi señora. Sonrió tontamente y fuimos juntos, cogidos del brazo hasta las dependencias de Jun Fei. –Buenos días, Pimpollo. Que sea la última vez que pases la noche fuera de aquí. Podría haberte montado un numerito anoche, pero preferí esperar. Ya te han explicado cómo funcionan las cosas en esta casa, ¿Verdad? Fuera de aquí no puedo saber tu estado de salud general. –O-okey, Doc… discúlpame. –Tus niveles de serotonina están mejores que ayer. Es positivo. Te prohíbo cualquier relación sexual. Y lo digo por ti, Giorgia. Tiene los puntos relativamente frescos. Contrólate. –Haré lo que estime oportuno. Pero seguiré tu consejo, gracias. ¿Podemos irnos ya? –Dame treinta segundos más, quiero hacer otro chequeo para estar segura. Por cierto, Giorgia, en dos días comenzarás a ovular. Contrólate, por el bien de nuestro paciente. –Gracias, muy amable. Yo estaba flipando, como era lógico. Al cabo de na y menos, nos dejó marchar. Salimos y no pude evitar echarle una última ojeada a Jun Fei, que estaba a su aire, con sus cosas de hologramas. Fuimos al salón y nos cruzamos con Marlenne y Zeus. El pequeñajo se acercó a Giogia y le dio un abrazo y dos besos. –¡Tía Gigi! ¿Este empanao también es el papá de mi prima? –Sí, cariño. Es tu papá y el de Valentina. –Jo, pues papá dice que nació empanao. ¿Qué significa empanao? Observaba la escena enternecido. Mi propio chiquillo me llamaba “empanao” con una naturalidad exquisita, como todo un malaguita. Giorgia me miró, sonriendo. –Explícaselo tú, la cosa va contigo, cielo. –Verás, Zeus. Un empanao es un notas que no se entera de nah. Va por la vida sin pena ni gloria. Un pardillo, vamos. –Ahhhhh –Me miró durante un par de segundos en silencio– Pues tiene razón. Eres un empanao. –¡Zeus! –Saltó Marlenne, escandalizada– ¡A papá no se le dicen esas cosas! Me tuve que reír. –Déjalo, mujer. Si es que el chiquillo tiene razón. Sí, Zeus, soy un empanao, ¿Para qué negarlo? Pero que sepas que aun siendo un panoli como lo soy, te quiero mucho. El pequeño me miró dos segundos y de la vergüenza, se fue corriendo. Marlenne sonrió, disculpándose. –Seguro que ha ido a buscar a Felicia. Os veo luego. Giorgia me sentó en el sofá que había allí y sacó su móvil. Hizo una llamada a nuestra hija. –¡Hola, mamiii! –Su voz era angelical, música para mis oídos. Comenzaba a emocionarme. –Tina, cariño. Mira quien está conmigo. Colocó el móvil encima de una mesita, enfocándonos a los dos. La niña abrió mucho los ojos, tanto que hasta dolió en lo más profundo de mi corazón. –¡¿Papá?! –Hola, Corazón. Por fin te conozco, pequeña. La niña comenzó a hablar muy rápido, contándome mil cosas. Yo solo sonreía y le decía a todo que estaba muy chulo y cosas así. Me emocioné como nunca, y aunque trataba de contenerme, se me caían las lágrimas. Y mi hija lo notó. –¿Qué pasa, Papi? –Nada, mi vida. Es que estoy muy contento de hablar contigo. Giorgia me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Era más feliz de lo que lo había sido nunca. La llamada se alargó bastante, hasta la hora del almuerzo. Aparecieron Felicia con Emily, seguidas de Leonora, que saludaron a su primita. Prometimos vernos muy pronto, en cuanto fuese posible. Montaríamos una fiesta espectacular para reunir a toda la familia. Yo lloré como nunca. Me tomó un buen rato recuperarme al finalizar la llamada. Giorgia me abrazó, un poco emocionada también. Felicia me daba palmaditas con cariño en la cabeza. VI Giorgia estaba preciosa. No me soltó ni un solo momento, ni para ir al baño siquiera. Fue un poco incómodo, pero me dejé hacer. Estaba siendo muy agradable. –Oye, Gigi. Sé que solo quieres hablar de nosotros, pero quisiera saber sobre Kimiko y el resto, si no te importa. Refunfuñó un poco pero aceptó. –A ver, ¿Qué quieres saber? –¿Seguís siendo buenas amigas? –Por supuesto. Te sorprenderá, pero Kimiko está casada. –Anda… –Sigue enamorada de ti. Pero ella no es libre de hacer lo que le venga en gana siempre. –No, si ya… –Está casada con… –Hizo una pausa dramática a más no poder– ¿A que no adivinas? –Ni idea… –Se casó con Tobimaru. –¡¿Tobimaru?! Es decir… ¿No era su primo? –¿Te sorprende? Tobimaru estaba enamoradísimo de Kimiko desde que era un chiquillo. Le vino muy bien que matases a su ídolo, aunque le jodiese admitirlo. Estaba celosísimo cuando tú apareciste, querido mío. Por eso era tan asquerosamente borde contigo. Tú le robaste a su señora y estaba de los nervios. –Joe… ya lo siento… –No lo sientas. Ahora está muy bien. En el fondo te admira con fervor, Bello. Ni siquiera le molesta que Kimiko aun suspire por ti. Es un matrimonio concertado, sin amor. Kimiko tenía que casarse si o si, y como tú no estabas disponible, ni lo ibas a estar, pues decidió casarse con alguien de su clan. Tienen un hijo, pero no es el heredero de los Tsukiyama. Lo es tu hijo, y ahí es tajante Kimiko. –¿Es un niño? ¿Cómo se llama? –Shutaro. Puse cara avinagrada. –Es de un gusto pésimo… –Pues se lo pusiste tú. Bueno, tu otro yo. Dijiste que era un homenaje epónimo, un tributo a la figura de Shutaro. –¿Epo-qué? –Epónimo. De eponimia, que es cuando nombras algo. Me lo contaste en su momento… bueno, tu otro yo. El caso es que así honrabas su memoria como un rival digno. Un homenaje epónimo es eso, rendirle homenaje a alguien poniéndole su nombre a algo, en tu caso, a tu hijo. –Dame un segundo, porfa. Giorgia asintió, y yo me dispuse a hablar con Taodaro, con calma. [ –¿Has escuchado eso, Tao? –Sí, amigo mío. Es un acto honorable el tuyo. Me siento honrado. No tenías porqué, ya que Shutaro nos deshonró a todos… pero te estoy muy agradecido. Y seguro que él, en el más allá, también lo está. –Yo no sé qué pensar. Pero si lo hice… mis razones tendría. En cualquier caso, creo que me parece bien. No le di una muerte precisamente honorable… –No le des más vueltas, querido amigo. ] –Yasta. Giorgia me miraba un poco confusa, sin dejar de sonreír. –Ah, sí, disculpa. No se lo he contado a nadie en verdad. Sigo en contacto con Taodaro Tsukiyama. Al final no se desvaneció al destruirse la armadura, nuestros espíritus acabaron fusionados, jeje. –Vaya, que sorpresa... ¿Y… cómo es? –¿El convivir con él? Buah, es el compañero de piso ideal: No molesta, no hace gasto y siempre está callado, jeje. –¿Le has contado las novedades de su familia, no? –Ah, qué va. Él ve y oye lo mismo que yo. Giorgia puso cara de pánico muy bien disimulado. –Así que todo lo que hablamos él lo escucha… que curioso. –Pero no te rayes, Gigi. Él es discreto y no se mete en nada, ni juzga ni hace comentarios. Prefiere mirar a otro lado durante… bueno, ya sabes qué. Lo único que me pide es ver cine japonés y leer novelas antiguas. Nos hemos mamado juntos toda la filmografía de Kurosawa, Mizoguchi, Ozu, Naruse, Kobayashi, Suzuki y Ichikawa. Todos unos putos máquinas, harme caso. –Anda, que interesante… –Se notaba que le importaba entre poco y nada– Pero, lo que yo quiero saber es… si mantenemos relaciones, si él va a estar presente. –Sí, no lo podemos evitar, pero créeme, el sexo para los muertos es totalmente irrelevante. Él no siente lo mismo que yo, así que tranquila. Él se queda ahí, pensando en sus cosas, como quien ve de fondo una peli porno mientras hace un crucigrama… No parecía muy convencida con la explicación pero algo me decía que ni por esas me iba a librar de que me cogiese por banda y me dejase seco. –En fin, querido. Dime, ¿Qué te apetece almorzar hoy? Te haré lo que quieras. –¿Sabes qué? Sorpréndeme, mi amor. Giorgia sonrió de tal forma que no pude evitar evocar los primeros tiempos en que la conocí. Me dio un beso lento, cargado de cariño y amor. –Ti amo, Bello. Sé que solo lo dices por agradar y darme el gusto, pero no me importa. Te voy a preparar algo digno de ti. Pero me tomaré mi tiempo y lo haré como debe hacerse, sin tonterías futuristas. Me dio otro beso más, cortito pero intenso. –Te vas a chupar los dedos, y luego, te los chuparé yo. Y ya sabes a qué me refiero. Se levantó y fue casi corriendo a la cocina. Comenzó a discutir con Montique hasta que logró sacarlo de allí. –¡Esta mujer es insufrible! –Me vio sentado en el sofá y me saludo con la mano– Jefe, tienes el cielo ganado con Giorgia, de verdad. Le devolví el saludo y se marchó, malhumorado. Me levanté y me dispuse a vagar por la propiedad. Me iba encontrando con miembros de los facilitadores, que me iban saludando con afectuosidad. Me fijé en unas escaleras que bajaban. Tenía curiosidad y bajé hasta el segundo sótano, donde supuestamente estaba encerrada la tal Nyara. La puerta que supuestamente la contenía era una puerta normal y corriente. La abrí sin llamar ni nada. –¿Es que no te enseñaron modales, rufián de taberna? Era una sala amplía, llena de libros por todas partes. En un sillón de los buenos, con masaje incluido, estaba sentada una muchacha muy atractiva, con un lado de la cabeza rapado y el pelo de color naranja. Vestía de una manera similar a Rudy: como una marimacho. Vestía pantalones de camuflaje y una camiseta de tirantillas blanca, botas militares que casi le llegaban la caña hasta las rodillas. Leía una novela rosa, con los pies sobre una otomana de aspecto súper cómodo. Su postura era muy de machorra. Me miraba con cara de asco. Lanzó el libro a un lado, con desdén. ![]() –¿Qué coño quieres, payaso? –Perdona, estaba buscando a Nyara… disculpa, me voy. –Soy yo, merluzo. ¿Qué coño quieres de mí, trozo de carne? Pasé al interior y cerré la puerta con cuidado. Me acerqué y la miré despacio. A mí me parecía una humana normal y corriente. –Hola, me presento, soy… –¿Te crees que no sé quién eres, maldito hijo de mil padres? –Se puso de pie, violentamente, volcando el sillón– Te he preguntado que qué coño quieres. –Quería hablar contigo… –Pues no tengo ganas de hablar, imbécil. Márchate si no quieres nada. –Disculpa mi grosería. Tenía entendido que eras algo así como un espíritu elemental o algo similar. Me miró con un bufido cargado de rabia. Levantó el puño para golpearme pero había como algo que la retenía. –Ojala pudiese golpearte al menos, aunque sea con los puños. –Dio un grito de rabia, girándose para darle una patada a la otomana, cargada de ira– ¡Te odio, maldito humano, te odio con todo mi ser! –Pero si yo no te he hecho nada. Se giró para volver a mirarme, con los dientes apretados. –Pero lo harás. Me ataras a esta mierda de casa, obligándome a servirte a ti y a tu panda de caballeros cruzados. –Por favor, cálmate. Solo quiero hablar, Nyara. –Yo no quiero hablar contigo. Te calcinaré hasta no dejar nada de ti, ¡ni los huesos dejaré! –Okey, lo acepto. Supongo que me lo mereceré… pero joder. Yo aún no te he hecho nada, no lo pagues conmigo. Respiraba con fuerza, se le veía entre cabreada y confusa. –¿Qué es lo que quieres? Cada vez que te veo, que te escucho, mi corazón arde de ira. ¿No te basta mi sufrimiento que tienes que castigarme con tu presencia? –Solo quiero hablar… y disculparme. Nyara se rió. Era una risa cargada de cansancio. –Por mucho que te disculpes, cachocarne, no voy a perdonarte. Te mataré de la peor forma en cuanto consiga mi libertad, dalo por hecho. ¿Quieres hablar? De acuerdo. Levantó el sillón de nuevo y se sentó, con las piernas abiertas. De una patada me acercó la otomana. La puse bien y me senté en ella. Nyara me hizo un gesto con la mano, que quería decir “adelante”. –Bien. Ante todo, mis disculpas. No sé porque te haré lo que te haré. ¿Cómo ocurrió? Nyara me miró unos segundos en silencio, con el ceño fruncido. –¿Sabes? Estás jugando a un juego muy peligroso. No lo sabes aún, pero los espíritus elementales somos terriblemente orgullosos. No estamos hechos para ser esclavizados ni confinados. Te felicito, no es usual ganarse nuestro odio eterno, pero tú has logrado granjearte la ira sempiterna de dos espíritus elementales. Aplaudió lentamente. –¿Ah sí? Primera noticia. ¿Quién es el otro? –Para haberle derrotado, poco le recuerdas. –¿El del bosque? Pero si ese escapó… –Lo intentó, pero le tendiste una trampa y lo confinaste. –Vaya… no sé si sentirlo. No sé qué me hiciste en el pasado para que te capturase a ti, pero al del bosque se lo merecía. Intentó diezmar a la humanidad. –Nosotros no nos regimos por vuestra moral. No lo olvides. –¿Y tú? –¿Yo que? –¿Qué hiciste? Se tomó unos segundos, antes de explotar de ira, tumbando de nuevo el sillón en que estaba sentada. –¡NADA! ¡No te hice nada! Ni a ti ni a tus putos congéneres de mierda. Jamás le he hecho daño a nadie… –Se sentó de nuevo, algo más calmada– Me atrapaste engañándome de la forma más vil y rastrera… Bajó la mirada al suelo, dolida. Me sentí bastante mal conmigo mismo. Me levanté y le puse la mano en el hombro. –L-lo siento… Se sacudió mi mano, con desprecio. –márchate, por favor… déjame sola. –No, por favor, déjame compensártelo. Levantó la vista. –Libérame y lo compensarás de sobras. –¿Cómo lo hago? En ese momento, llamaron a la puerta. Se abrió sin esperar respuesta, era yo mismo. Entró y se acercó, despacio. –Si la liberas, Pimpollo, te matará a ti el primero. Luego vete tú a saber a cuantos matará hasta quedarse a gusto. –¡Tú! Mi otro yo la ignoró y me pasó el brazo derecho por los hombros. –Déjala tranquila. No la tortures con tu presencia. Ven, vamos, Gigi ya casi ha acabado de hacer la comida, colega. Me quedé clavado en el sitio. –No. No sin antes saber porque está muchacha está esclavizada. –No está esclavizada. Solo tiene un berrinche. –¡¿Berrinche?! –Sus ojos se encendieron en llamas rojas– ¿Cómo osas, humano? Mi otro yo la ignoró otra vez, como si fuese una niña pequeña. –La protejo, pero no se da cuenta. Da igual, algún día lo comprenderá. Y tú, no te preocupes, de verdad. Está siendo tratada como una reina. Todo lo que pide, se lo doy gustoso. –¡Quiero la libertad inmediatamente! –Rugía desesperada, tratando de golpearle pero sin ser capaz de lanzar un solo golpe. Como si algo le impidiese agredirnos. –Ven, vamos a comer. Pronto comprenderás porque la mantengo aquí confinada. No adelantemos acontecimientos. –¡Tú, el joven! Si me liberas, te prometo que no te haré daño. Incluso estoy dispuesta a crear un pacto. Mi otro yo me empujaba con suavidad hacia la salida mientras Nyara suplicaba mi ayuda. Me costaba mucho alejarme, pero mi otro yo tenía la fuerza de una mula. Al salir cerró la puerta con suavidad. Subimos las escaleras. –Ni se te ocurra soltarla, ni aunque firmes un pacto con ella. –¿Por qué? –Joder, tío. ¿Eres imbécil? Déjate de tantas preguntitas y obedécete a ti mismo, coño. No sabes lo que cansa repetir esto tantísimas veces. Ya lo sabrás cuando toque saberlo, coño. Ya no era tan amable con los empujones. ...Continuará...
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Editado: 01-dic-2025 00:46 -
17-nov-2025 23:51
#23
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Iré comentando al respecto... Conforme vaya leyendo. |
18-nov-2025 14:19
#24
| Gracias por mencionar, comento para seguir al tanto de tus relatos que me molan. Enhorabuena |
19-nov-2025 18:55
#29
| Shurmano me ha saltado una mención a las 15:34 pero no veo que hayas actualizado más del capítulo 10. Ha sido la Dama o un Yokai hjjoputa? |
19-nov-2025 21:12
#30
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Capítulo 14 I Nada más salir a la planta principal, mi otro yo se esfumó, de nuevo a sus aposentos. A la vuelta de la esquina estaba Felicia. Casi nos tropezamos. –Te andaba buscando, tito. –Ah, pues no busques más. Aquí me tienes. Me cogió por el brazo, apretándolo con cariño. –Llevas varios días por ahí, con unos y con otros. Te echaba de menos. –Y yo a ti, cielo. –¿Dónde estabas? Te he buscado por todo el cuartel. –Estaba hablando con Nyara. –Anda, ¿ya la has conocido? –Sí, es muy maja y simpática, un cacho pan. Y muy educada y femenina ella, sí señor. Felicia se rió, como siempre. Me arrastró hacia el comedor, al que llegaba un aroma delicioso. –Anda, come y no la vayas a liar, ¿Eh? –Ni que fuese un niño pequeño… –Gigi te ha echado muchísimo de menos todos estos años, así que dale un buen día –Bajó la voz bastante– Haz que esté contenta para varios días, que tenemos muchas cosas que hacer, tito. –Va, va. Y tras sentarme en una silla casi obligado, se marchó. Giorgia apareció, seguida por Leonora y Montique, y pusieron plato tras plato encima de la mesa. Había preparado un banquete digno de un marajá. Toda clase de platos típicos de Italia y España. Todos desaparecieron, incluida Leonora, pese a pedirle que se quedara con nosotros a comer. Luego, Giorgia se sentó a mi lado, impecable. Estaba preciosa y casi no parecía que se hubiese tirado algunas horas dándole duro en la cocina. Me fascinaba el cambio tan brutal. Sonreí, recordando los tiempos que pasé en Nápoles, a su cuidado. Era un tornado, una tormenta de mujer, demasiado joven y demasiado enamorada. –¿Qué ocurre, Bello? Me acerqué a ella y la tomé por la barbilla. –Te has pasado un poco, preciosa, pero no importa. Probaré todo lo que has hecho, aunque muera en el intento. –Ay, que tonto… ¿No querías que te sorprendiese? –No, si sorprender me has sorprendido… y en más de un sentido. –Pues venga, dame el gusto y come. Le di un besito, de los tiernos, en los labios y nos pusimos a comer. Todo estaba de lujo. Comí todo lo que pude, picando de cada plato, pero acabé por dejar bastante cantidad. Me sentí mal desperdiciando comida de aquella forma, pero estaba a reventar casi. –Puff… joder, no sé cómo lo haces, pero esto está insuperable. TODO. Y ojo, no lo digo para halagarte sin más. Gigi… joder, yo me creía un cocinero de verdad, pero a tu lado soy un mero aficionado. Me quito el sombrero ante ti… ¡Cásate conmigo! Giorgia se limpió la comisura de los labios con elegancia, sonriendo. Depositó la servilleta sobre la mesa, se levantó y se marchó sin decir nada. Me quedé solo, con cara de gilipollas. Al cabo de unos pocos minutos, mientras recogía la mesa, volvió, algo agitada. –Discúlpame, te lo ruego. He tenido que marcharme porque si no iba a tener que violarte sobre la mesa… y te saltaría los puntos. Bello, no me hagas esto hasta que estés recuperado… una no es de piedra, ¿Sabes? –No, no. Discúlpame tu a mi… solo estaba siendo sincero, Gigi. Has cambiado tanto… pero echo de menos a la Giorgia que conocí en Nápoles. No digo que no estés estupenda… solo digo que conocerte fue hermoso y maldigo mi tozudez por haberte rechazado en aquel momento. –Calla, por favor –Se acercó a mí y me dio un piquito– No hablemos del pasado. Recupérate, que es lo importante, y luego serás mío de nuevo. Deja eso –Se refería a los platos– y vamos a mi habitación. Quiero echarme la siesta, abrazada a ti. Tranquilo, me contendré… o puede que no. Depende de ti y de lo cerda que me pongas. Me cogió de la mano y me arrastró escaleras arriba. Mi corazón latía fuerte, no por la perspectiva de intimar, sino porque veía en Giorgia a una mujer tan completa en todos los aspectos que me hacía sentir un subnormal profundo por evitarla durante tanto tiempo. Nos tumbamos en la cama. La habitación era austera pero elegante. Me contó que dormía allí cuando se pasaba por la zona, así que se conformaba con una habitación funcional y la usaba bastante poco. Se quitó el traje y lo depositó sobre una silla, llevaba un sostén y unas braguitas de encaje negras. –Ti amo, Bello. –Dijo apoyando su cabeza en mi pecho, abrazándome– Dime que me amas, vida mía. –Ti amo, mia vita, e io solo spera che questo amore che mi brucia dentro non ti fa sciogliere quando io ti darò il bacio dopo. –Que en mi cabeza sonaba espectacular y venía a decir algo como “te amo, vida mía y solo espero que este amor que me abrasa por dentro no te derrita cuando te bese a continuación”. Me había preparado alguna cursilería con antelación para soltársela a mi Napolitana. Su reacción fue genuinamente impredecible. Tras dos segundos de silencio tenso, se echó a reír, enterrando su cara en mi pecho. –Ay, Santa Madonna… pareces un turista borracho, cielo. –Me dio un beso furioso en los labios– Pero me ha encantado, tonto. Es lo más tierno, bochornoso y romántico que me han hecho nunca. Sus manos comenzaron a bajar hacía mi entrepierna. –Solo quería dormir, te lo juro, bello… pero has despertado a la fiera, asume la responsabilidad. –Gigi… con cuidado, porfa… Se mordió el labio, traviesa. Metió la mano bajo el pijama de hospital, tanteando el terreno. –No sé cómo lo haces, pero siempre me pones cachondísima. Tal como te prometí… te la voy a chupar ahora mismo y cuidado, porque como me caliente demasiado, Jun Fei va a tener que remendarte de nuevo. –V-vale… no haré nada. –Calladito estás más guapo… pero cuando hablas –Fue bajando de forma gradual, sin dejar de mirarme a los ojos– Sobre todo en mi idioma… estás arrebatador, Bello. II Despertamos de la pequeña siesta y Giorgia insistió en que no me moviese. Por suerte había logrado contenerse y no pasar de un poco de sexo oral, por lo que mis puntos estaban intactos. Fue a por unos cafés y lo tomamos, tranquilos, en la cama. Estuvimos hablando, en especial sobre nuestra hija. Poco a poco la fui conociendo de forma indirecta. Era muy buena niña, muy diferente de su madre, que era caprichosa y no había quien la domase. Tampoco se parecía demasiado a mí, en lo de dar problemas. Era, en definitiva, un angelito. Se llevaba muy bien con Zeus y jugaban a menudo. Se trataban como primos, pero la realidad es que eran hermanastros y de la misma edad. Todo era bastante confuso en realidad pero los niños lo tomaban como algo natural, el tener dos papás y muchas tías que no eran carnales. TODO, como digo, engorroso a más no poder. Con sus otros hermanastros no tenía una relación tan intensa, por estar en continentes diferentes, pero se veían con frecuencia. Tenían a Hellen de chofer, prácticamente. Cuando alguno quería viajar, llamaba a Hellen y ella les abría un portal de sombras, comunicando el cuartel con la hacienda Tsukiyama. Nuestra pequeña estaba allí ahora mismo, segura. Mi hija Valentina era, por lo visto, un prodigio al piano. Recibía una educación a su altura y según me contó Giorgia, extraordinariamente cara. Valentina la aprovechaba con diligencia, era aplicada e inteligente, dándosele especialmente bien la música y la literatura. Le costaba un poco más las matemáticas, pero a juzgar por la opinión de sus tutores, tenía un nivel académico superior a la media. Por supuesto, como buena Gangliotti que era, recibía instrucción marcial. Aquello me espantó un poco, pero Giorgia no toleraba otra cosa que la excelencia para nuestro retoño, y eso incluía saber defenderse y saber disparar. Giorgia me contó que ella, desde pequeña, hizo ballet y como era tan bravucona, su primo Sonny le enseñó a partirse la cara con técnica, en su gimnasio. Su padre, por otro lado, le enseñó a disparar como si fuese otro hombre más. Tenía una puntería proverbial, como yo ya sabía de sobras y se propuso, como meta, criar a una mujer fuerte, independiente y que supiese valerse por si misma. “Sangre y pólvora” era el lema de su familia y lo llevaría al extremo. No quería una niñita bonita que solo se pusiese vestiditos lindos y dependiese de otros, o peor, del dinero. Si Valentina le pedía algo a su madre, primero debía ganárselo, sin atajos ni pamplinas. Giorgia me daba un poco de miedo, sinceramente. Me dijo que sabía que yo, de haber estado presente en su crianza, la habría malcriado. Y joder, tenía razón. Al final, con las tonterías, acabamos teniendo relaciones. Pero con calma. Le besé la cicatriz del hombro, y fui besando su piel, que olía muy bien, y al final, entre unas cosas y otras, que si una mano juguetona (la mía, claro) desabrocha el sostén, que si otra mano me agarra el cimbrel… pues acabamos con Giorgia encima de mí, tapándome la boca para que no dijese nada que pudiese alocarla. Ella marcó el ritmo y fue suave, amorosa y tierna. Al acabar, me dio un piquito suave y se acostó a mi lado. –Ti amo… –Y yo, Gigi… –Mientes, Bello. Me gustaría que fuese verdad, pero es una mentira que hasta tú te crees. Pero, ¿Sabes qué? Me vale. Guardé silencio. Era cierto, mentía como un cerdo hijueputa. Tenía la espina de Elena en el corazón clavada muy dentro. Evitaba pensar en ello, y pese a que Rudy me había hecho soltar algo del lastre, quedaba mucho por sacar. No podía quitarme de la cabeza el cuidado con el que me sacó la daga ritual del vientre, como si realmente no quisiese hacerme daño. Y el “volveré a buscarte” me desconcertaba. ¿Realmente esperaba la albina que la perdonase por apuñalarme como si nada? ![]() Me sentía engañado, usado, vilipendiado y traicionado, y lo peor, es que aquello había puesto en peligro a mi sobrina y mi misión. Ambas cosas eran sagradas para mí. Cuando más relajados estábamos, se escuchó una explosión en el ala oeste de la mansión, junto a un ruido de escombros. Me levanté de un salto de la cama. –¡Me cago en la leche! Salí de la habitación en gayumbos yendo lo más rápido que podía hacía el lugar de la explosión. III Me fui encontrando con diferentes miembros de los Facilitadores en el pasillo, que se apartaban, confusos, de mi paso. Supe más tarde que era la habitación personal de Felicia la que había volado por los aires, pero entré en el lugar, del cual solo quedaba la puerta y un trozo de pared. En mitad del lugar, estaba mi niñita, con el tomo en las manos y una cara de pánico increíble. Solo quedaba el suelo, pero del resto, no quedaba nada. Se veía el patio lleno de escombros y pequeños incendios localizados. Abracé a Felicia con todas mis fuerzas. –Nena, ¿?Estas bien?, Ay, por Dios… ¿Qué ha pasado? La niña me abrazó con fuerza, temblando. –He sido yo… solo seguía las instrucciones de Cece… y ha explotado todo… La cogí en brazos y salimos de allí, por el riesgo de posibles derrumbes. Bajamos al salón, donde se empezaba a concentrar algunos miembros. Rudy daba instrucciones a todos. Marlenne se había marchado a extinguir los fuegos. –Tranquilidad, no pasa nada. Todo entra dentro de lo previsto, no alarmarse. –Me vio– Pimpollo, cálmate, ¿De acuerdo? No entres en modo pánico. Ya sabíamos que esto iba a ocurrir… más o menos. –Bájame, tito… que vergüenza… La deposité en el suelo con cuidado. Cuando la cogí no noté absolutamente nada, pero me había saltado un par de puntos y me dolía un poco. –¿Qué ha pasado, Rudy? –Ha sido magia, tito. –Contestó Felicia– He sido yo… aunque no pretendía destruir medio cuartel. La miré con el ceño fruncido, totalmente confuso. Rudy intervino, poniéndome una mano en el brazo. –Vas a ir a la enfermería, te vas a calmar y en diez minutos máximo estamos las dos allí para darte el parte. ¿Estamos? No discutas… se te han saltado los puntos, como me temía. Con delicadeza, me fue llevando de nuevo al ala de enfermería. Giorgia, apresurada y vestida, llegó para ayudar a Rudy a que no perdiese los papeles y me volviesen a coser. IV –Llevadlo a la sala 1, por favor. –Dijo Jun Fei, tocando algunos botones invisibles frente a mí, en el aire– Compórtate, Pimpollo. No me haría gracia mantenerte sedado y atado a una cama. –Ha sido culpa mía, solo me estaba protegiendo… a su manera. Jun Fei ignoró a Felicia y siguió con sus movidas de ciencia ficción. Me llevaron a una pequeña sala con una camilla futurista, bastante extraña y abultada. Me tumbé con cuidado y unas garras mecánicas, súper sofisticadas y finas, salieron de debajo de la camilla y Jun Fei fue manejándolas. En un visto y no visto me habían vuelto a poner los puntos, sin anestesia ni nada. –Coooño, que wapo, ¿No? Jun Fei me ignoró cordialmente, Giorgia, Felicia y Rudy estaban calladas mientras me atendían. –Oye… ¿Tu manejas la máquina, cierto? ¿Sientes algo? Obtuve silencio. –A ver, Pimpollo. Como veo que no eres capaz de mantenerte tranquilo, no hacer esfuerzos y de seguir mis indicaciones, te mantendré en cuarentena. Haz el favor de ingresar en la habitación que te había asignado. Sin visitas. Y está vez, aunque no te ataré, mantendré las puertas cerradas. Giorgia tomó aire para protestar pero Felicia le cogió la mano y cerró la boca. Todas salieron sin despedirse, y yo fui a la habitación donde estaba antes. Las puertas se cerraron un click metálico nada halagüeño. Me tumbé en la cama muerto del asco. Tenía mil preguntas y ni media respuesta. V Jun Fei se materializó frente a mí. –Cerdito, eres un niño muy travieso. No protestes, te lo advertí. –Perdón… Espera. No, de perdón nada. –Me puse de pie, cosa de la que me arrepentí en el acto– Mi sobrina estaba en peligro y actué correctamente. ¿Y si el suelo se hubiese venido abajo? No sé si te habrás enterado, pero ha habido una explosión y… Jun Fei me cortó. –Ya lo sé todo, la integridad de la estructura no se vio comprometida. Un acto heroico, desde luego, pero inane. ¿Resultado? Varios días más fuera de combate. –Pues es lo que hay… –Lo sé… no has cambiado ni un ápice. Sigues siendo el eterno salvador aunque nadie te lo pida y causes más problemas de los que solventas… y me gusta eso de ti. Pero hasta aquí, Pimpollo. Siéntate y hablemos. Obedecí. –Pues usted dirá… ama. Jun Fei no sonrió como esperaba que lo hiciese, generándome inseguridad. –Te debo algunas explicaciones y aclaraciones. ¿Cómo prefieres hacerlo? ¿Te suelto el sermón, repleto de datos o me haces preguntas y te las voy respondiendo? –Pues… yo que sé. Venga, te iré preguntando y si hay algo que deba saber y no se me ocurra, me lo dices. –Me parece eficiente. Primera pregunta. –¿Quién o qué eres? El holograma se sentó a mi lado. Pasé la mano pero no era tangible. –Soy la interfaz que controla el cuartel general, basada en los datos biométricos de Jun Fei Long y controlada, en gran medida por sus restos biológicos. En lo más profundo de esta estructura están los servidores. No pienses en los servidores actuales, pero es una analogía. Allí hay una unidad cuántica biológica, que contiene el cerebro de la persona que conociste como Jun Fei, o sea, yo. Es muy complicado de explicar, porque tendría que darte un curso completo de física, biología, matemáticas, ingeniería de varios tipos, como informática, de fluidos, de estructuras… en fin. Dejémoslo en que es un prodigio de la tecnología fuera de su tiempo. Un oopart en toda regla. Aquello era difícil de digerir pero hasta alguien duro de mollera como yo era fácil de entender. Alguien había metido la cabeza de mi amada en un tarro con formol y enchufándole un viae de cables IDE y SATA, o algo por el estilo. –¿Y… cómo fue? –Interpretaré tu pregunta como que quieres saber todo el proceso desde la última vez que nos vimos hasta ahora. ¿Me equivoco? –Ehm… pues sí, has acertado. –Verás, lo último que recuerdo fue salvarte la vida. O eso creo. Estás aquí, por lo que tuve éxito, pero lo que vi, antes de la total negrura, es darte una patada para apartarte de un ataque del Rey de los Yokai. El resto me lo han contado. Tu versión futura apareció con un soporte vital, nada más marcharte a perseguir al Rey, que huía. Allí, en el suelo, realizó una cirugía básica para mantener mi cabeza con vida. Seccionó todo lo inútil, de cuello para abajo y me metió en el soporte, donde el líquido amniótico me mantenía segura y en condiciones óptimas. Tu amor por mí, Pimpollo, te impedía abandonarme. Cosa que habría agradecido, si quieres mi opinión. Una vez asegurada mi cabeza y concretamente, mi cerebro, se procedió a una cirugía aquí, en el cuartel. Verás, este cuartel opera mediante una sofisticada IA, diseñada para funcionar con eficiencia pero con, digamos, un “hueco” para instalar una interfaz personalizada. Es decir, a mí. Trajiste todo esto desde el futuro con la intención de instalarme, para mantenerme con vida, aunque fuese en esta forma. –¿Y… morirás? –Técnicamente soy inmortal. No estoy viva, soy un cerebro, flotando en líquido y conectada a un terminal mediante infinidad de nanoconductores. Soy una aberración de la naturaleza, obrado por un amor infinito. Me repugna y me halaga a niveles que soy incapaz de poner en palabras. –¿Y sientes algo? ¿Dolor? ¿Hambre? ¿Emociones? –Realmente no. Puedo fingirlas de tal forma que hasta me las crea, pero no son reales. Verás, muchas emociones humanas dependen de hormonas y señales bioeléctricas, que ya no puedo producir. Estrés, dolor, hambre, enfado, ira, miedo, confusión y otras tantas, son imposibles de sentir por mí. Algunas porque no puedo recibir la descarga de hormonas correspondientes, otras, están los impulsos que puedo recibir regulados. Todo es simulado y yo elijo en qué grado quiero recibirlo, y si me apetece, incluso apagarlo. Soy la IA perfecta. Ni siento ni padezco, mi juicio no está nublado por las emociones incontrolables de los humanos y puedo juzgar, con la ética y la moral de los humanos. Un win-win de manual, como dirían los jóvenes hoy día. Soy la misma Jun Fei, cariño, pero si quiero, pierdo la capacidad de cabrearme contigo, lo cual es bueno para ambos. Trataba de procesar todo lo dicho pero me costaba. –¿Entonces… realmente eres MI Jun Fei? –Sí, grandísimo idiota. Pero mejor y peor, como quieras verlo. Me has mantenido con vida, de una forma retorcida, pero sigo aquí. –Pero… No sientes nada, ¿verdad? –Depende. –Obviamente no ves, no escuchas y no puedes tocar. –Veo, oigo y toco. Si no, ¿cómo crees que estamos manteniendo esta conversación, cerdito? Dispongo que sensores, distribuidos por todo el cuartel. Puedo materializarme en cualquier parte, incluso hasta diez metros en el exterior. Te veo, te escucho y hasta cierta limitación que me frustra, puedo tocarte. Te he cosido yo. Prefiero estar por aquí, que es donde mayores privilegios y sensores poseo, por mi labor médica. ¿Entiendes? –Es decir… ¿Qué puedes ver todo lo que ocurre? –Exacto. Sé todo lo que has hecho y dicho desde que entraste por la entrada del cuartel. –¿Y estás celosa? –Sí y no. En el más puro sentido de la palabra MUCHO, pero no sufro por ello. La lógica, al estar despojada de las química humana, es pura casi en su totalidad. Mis decisiones siempre son frías, no conozco ni el dolor ni el nerviosismo. Soy capaz de hacer infinidad de tareas mientras mantengo esta conversación, y algunas de vital importancia. Mantengo en cuidados intensivos a un par de criaturas, estoy operando de urgencia a una mujer desde hace dos horas y mantengo el cuartel en orden para que sea plenamente funcional. Poseo bibliotecas inmensas de información. Soy mejor que nunca y lo mejor: no estoy cansada. –Jo… joder… parece la hostia, ¿Abe? –Solo tengo una sola queja, Pimpollo. –¿Ah, sí? ¿Cuál? –Que no puedo besarte, ni tocarte, ni disciplinarte. Te sigo amando, Pimpollo, con la misma intensidad que cuando te conocí. Empecé a respirar con fuerza, bajando la mirada. –¿Sabes? Cuando te dije que nos íbamos a casar, cuando te encerré en el almacén ese… lo decía MUY en serio, Jun Fei. –Me saqué el colmillo de Makki del cuello y se lo mostré– Esto lo llevo en tu honor. No me he olvidado de ti en estos siete años. –Lo sé, mi vida. Lo sé… –Lo decidí en aquel instante. Que no ibas a sacrificarte, que derrotaría a Makki para luego sacarte de allí en volandas hasta el altar. Sería tuyo y solamente tuyo. Maldita sea mi suerte… –No le des más vueltas. Era inevitable, todo debió de ocurrir como estaba previsto que ocurriese, el más leve cambio habría sido desastroso. Si te sirve de consuelo, volverás para meterme aquí. Yo quiero verlo como un acto de amor. Lo sencillo habría sido dejarlo correr, enterrarme y llorarme toda la vida. Pero aquí estoy. No puedo tocarte como me gustaría, pero estaremos juntos para siempre, Pimpollo. Mi cerebro no morirá y puedo funcionar de manera autónoma casi eternamente. Solo te he pedido una cosa: Cuando tú mueras, se activará la autodestrucción. Moriré cuando tú lo hagas, amor mío. –Ya… pero solo si estoy aquí, ¿Cierto? SI salgo del cuartel no podremos hablar… Jun Fei rió, como antaño. Me sorprendió, ella paró y al ver mi reacción, volvió a reír. –Creo que me he explicado mal, cerdito. Claro que puedo reír, enfadarme y ponerme celosa, el humor es algo muy humano, arraigado en lo más profundo de nuestra psique. Soy yo, la misma, pero con el control total sobre mi persona e identidad. Me ha hecho gracia, simple y llanamente. No me limito única y exclusivamente al cuartel general, querido Pimpollo. Hay unos dispositivos con los que puedo establecer comunicaciones y hasta materializarme como un Holograma, siempre que lo portes contigo. Considéralo un Smartphone futurista. Tu versión futura lleva uno consigo a todas partes y ahora mismo, por ejemplo, estamos hablando. Me pide que te diga un secreto: Tienes un implante neurológico, por el cual podemos mantener el contacto. De una forma muy parecida a la que te comunicas con el espíritu de Taodaro, pero sin ser invasivo. Estamos en perpetua conexión, querido mío. Me tomé mi tiempo para pensar. –Entonces… ¿Siempre has sabido donde estaba, con quien, lo que hacía y o que decía, cierto? –Efectivamente. –Entonces… ¿Me has estado viendo… ejem, intimar con Giorgia? –Sí, y a Rudy sacándote una muestra de semen. No le des muchas vueltas, por favor. No soy una voyeur, simplemente no le doy mayor importancia. No te molestaré si no haces tonterías. No podré evitar que las hagas, pero te llamaré la atención. No te la he llamado antes, porque Giorgia se ha controlado, sino, me habría plantado allí a cantaros las cuarenta, guapito de cara. –Joder… Me quede sin saber que más decir, totalmente avergonzado y violentado en mi intimidad. Quería preguntarle si en el baño también tiene sus sensores, pero la verdad, no quería saber la respuesta. –Anda, descansa un poco más. Te despertaré para que cenes. Puedo proyectar en el techo algo para que te entretengas. –¿Serías capaz… de reproducir algún recuerdo tuyo? –Interesante propuesta, Pimpollo. La respuesta es afirmativa, pero no lo voy a hacer. Mis recuerdos son míos y prefiero que siga siendo algo privado. –No, no. Lo siento por pedirte algo tan abusivo. Lo he dicho sin pensar. –Además, –Dijo con una sonrisa– solo te verías a ti. ¿No sería eso un poco narcisista por tu parte? –Ah… pues… coño, es verdad. Sería extraño. –Lo ideal sería que visionaras tus propios recuerdos, limpios del ruido de la mente y el subconsciente, que los enturbia. Pero para eso necesitaría hacerte un escáner cerebral completo. Sería interesante hacerlo. Tendría que hacer unos ajustes, que ya estoy haciendo. Si te prestas a ello, en unos días, podríamos intentarlo. ¿Qué te parece? –Pues no sé… –Sería un proyecto científico digno de mí. Un desafío a mi altura. Dame tu consentimiento, por favor. Me gustaría, pese a lo que he dicho antes y sonar hipócrita, que me cedieses ese material para mi uso y disfrute. –Claro, joder. Todo tuyo. Pero te verías a ti… y a otras tantas mujeres… –No me importa. Venga, elije algo para ver, no importa el tipo de material, si está en internet de alguna forma, lo tendrás. Necesito el ancho de banda que pueda liberar para procesar las actualizaciones para el escáner y haría falta apagar recursos, como hablar contigo y proyectar mi figura. Elegí una película que aún estaba en los cines, para probar su capacidad y para mi sorpresa, la produjo en el techo, con una calidad, tanto de audio como de sonido semejantes al de una sala de cine. Me relajé y descansé, tal como me pidió. Jun Fei se marchó. VI Me quedé un poco traspuesto durante el visionado de la peli. Era un mojón, que en los trailers parecía la hostia, pero era un mierdote legendario y cargado de ideología woke. Hacia la mitad me quedé dormido. Jun Fei me despertó con suavidad y sin invadir mi espacio. Simplemente, había bajado el volumen de forma gradual al quedarme profundamente dormido, y para despertarme, lo hizo subiendo las luces y poniendo música suave. –Hostia… joder. Notaba el vientre tirante y bastante dolor. No incapacitante, pero muy molesto. La voz de Jun Fei se oyó por los altavoces. –Normalmente administro los analgésicos y otros medicamentos cuando estás dormido, pero te mostraré como lo hago. No te muevas, si eres tan amable, Cerdito. De debajo de la cama salió un pequeño brazo robótico, fino y sofisticado, en cuyo extremo había una hipodérmica futurista, que no se alcanzaba a ver la aguja. Me aplicó el cabezal en el hombro y con un sonido rápido, como si fuese un soplido enérgico, se retiró. Me había dejado apenas una ligera marca rojiza, de presión. –Listo. En unos minutos deberías notar los efectos. –Gracias por el chute, Doc. –En diez minutos te traerán la cena. Me levanté con cuidado, sintiendo una mejoría gradual y pasé al baño a echar una buena y satisfactoria meada. Al regresar la puerta se abrió, dejando paso a un pequeño robot sanitario. Era algo así como una mesita con ruedines. Algo más parecido a R2D2 de Star Wars que a otra cosa que hubiese visto en mi vida. Avanzó hasta la mesita que había en un rincón, se abrió un compartimento en su cuerpo y expulsó una bandeja con comida. Y dando marcha atrás, se marchó por donde había entrado. No hizo ni el más ligero ruido. Lo que más me extrañó fue que parecía estar hecho de una sola pieza. ![]() Comí con calma, sentado en la cama y pensando en mis mierdas. Cuando acabé me eché a dormir de nuevo. Total, iba a estar allí encerrado hasta ponerme bien. Jun Fei me deseó las buenas noches, cantando aquella canción de cuna china que me cantó horas antes de su muerte. Me emocioné un poco, tapándome con las sabanas para que Jun Fei no lo notase a través de sus sensores. Por un lado sentía alivio, pero por otro lado… mi amada seguía muerta. Lo peor era quede haberlo sabido, seguramente no habría dejado entrar en mi corazón a Elena. Ella había ocupado en tiempo record el lugar que antes tenía reservado para Jun Fei, y me reventaba que la cosa hubiese salido como salió. En esos momentos, cuando no tenía a nadie para discutir, como Rudy; o a quien halagar, como Giorgia; a quien cuidar, como mis tres niñas; era cuando en el silencio aparecía Elena. ¡Dios, como la echaba de menos! ![]() Me había enamorado hasta las trancas de ella y la muy puta me había apuñalado. A ver, que me hiriese me la traía floja. Era la traición, el engaño, el poner en peligro a mi tesorito… era lo que me enfurecía. Ahora entendía muchas conversaciones que habíamos tenido, que yo interpretaba como inseguridad femenina. Y el no poder quitármela de la cabeza, cuando podía simplemente hablar con Jun Fei me hacía sentir un mojón de persona. ¿Por qué no podía amar como cualquier otro tío? ¿Por qué cada vez que me enamoro, me la tienen que meter doblada? Un notas como Eusebio, el padre de Felicia, al que muchas veces despreciaba era mucho más feliz de lo que llegaría a ser yo jamás. Él tenía una mujer, que según me consta, llevaban muchísimos años juntos de novios hasta que nació Felicia, y para colmo, había engendrado al ser más maravilloso que ha pisado la tierra. Yo era un mindundi a su lado. Un tío currante, que trabaja de lo que le gusta, con familia, con casa, con coche y los problemas de un ciudadano corriente. Yo en cambio, era un desempleado que luchaba por no recaer en las drogas. Era un yonki de mierda, que cada vez que las cosas se me torcían un poco añoraba la mierda china que me administraba Jun Fei. Llegué incluso, hace seis años, a patearme las calles en busca de algún chino que me la vendiese. Por fortuna no era una droga al alcance de la plebe y menos en Europa. La voz de Jun Fei me sacó de mi trance. –Pimpollo, ¿Ocurre algo? Tus niveles de cortisol, noradrenalina y serotitina están bajando en picada. ¿necesitas hablar con alguien? ¿Quieres que llame a Rudy o a Marlenne? Giorgia, me temo, está fuera de la base. Me destapé la cara, secándome las lagrimas que me caian. –Lo siento, Jun Fei… estaba pensando en ti y en mi, en que soy un mierda por haberte cambiado por otra persona y en que en definitiva, mi vida es un completo desastre. –Pienso, por si quieres saberlo, que no me has reemplazo por nadie. Si me hubieses cambiado por otra, para olvidarme, no llevarías ese recuerdo en tu cuello. Y si te sirve de consuelo, sigo aquí y siempre estaremos juntos. Y por la zorra esa, no te preocupes, le daremos caza. He pedido exclusividad para hacer experimentos con ella, pero por ahora no me la has concedido. –Por favor, no le hagáis daño a Elena. Jun Fei se materializó allí, con cara de circunstancias. –Dime que no sigues enchochado de esa mujer, Pimpollo. –Lo siento… de verdad que lo siento… sé que soy un mierda. El holograma de Jun Fei se sentó en la cama. Casi podía notar como le fastidiaba ser intangible, apoyando su mano en mi hombro, o al menos, la ilusión. –No es por eso, cerdito mío. No eres un mierdas, tan solo un hombre herido y perdido. Me gustaría poder darte un abrazo, besarte, tocarte y darte todo lo que necesitases de una mujer. Tendrás que conformarte con el sonido de mi voz. –Me vale con eso. Me alivia saber que sigues aquí, pero eso me recuerda que te dejé morir… –Por favor, no empecemos de nuevo. ¿vale? Lo hecho, hecho está. Ahora tenemos que recomponerte lo mejor posible con las piezas que nos quedan. Quiero, y escúchame bien, que seas feliz, aunque sea con otra mujer. No me importa nada más, así que, te dejas de gilipolleces, llora lo que tengas que llorar y salta al ruedo de nuevo. Mucha gente te necesita y lo siento, pero no tienes permitido rendirte. –Eres la mejor animando a la peña… –El sarcasmo es una forma de humor, y el humor, siempre es positivo para una buena recuperación. Seguimos hablando de nuestras cosas hasta que me quedé dormido. A la mañana siguiente, permitió a Felicia y a Emily hacerme una corta visita. VII –Buenos días, tito –Emily me saludó con un pequeño abrazo. Felicia me dio otro abrazo, pero menos sentido. Mis alarmas de tío sobreprotector saltaron en mi interior. –¿Qué pasa, cielo? –¿A mí? Nada, de verdad. Le tomé la mano y se la besé con afecto. –Sabes, cariño, que yo no puedo ocultarte nada y tú a mí tampoco. ¿Qué pasa? No, no me lo digas, si me lo imagino… TE sientes culpable por mandarme aquí de vuelta, ¿verdad? –Si ya lo sabes, tito –Apartó la mano, dolida– ¿Para qué preguntas? Se sentó en la cama, abatida. Emily se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros. –Lo siento mucho, tito. He hecho que te esforzaras en el peor momento posible… yo y mis ganas de liarla! Le tomé de la mano otra vez, quiso apartarla varias veces, pero no la dejé soltarse. –Cariño, te voy a decir una cosa: TODO esto es por ti y todo está sucediendo tal como debe de suceder… o eso espero al menos. Así que despreocúpate, ¿De acuerdo? Además, ¿Tu que culpas tienes de que yo sea un lerdo? –¡No es justo! ¡Siempre cargas tú con toda la responsabilidad! –Normal, soy aquí el adulto y tú la niña Es lo natural. –Sí, pero podría no provocar que te hagas daño. Tendría que haberme estado quietecita hasta que te recuperases… ¡pero no! Tenía que satisfacer mi curiosidad… La agarré y la atraje hacía mí, abrazándola con fuerza. –Que me da igual, nena. Siempre estaré ahí para ti, aunque se me salten los puntos cuarenta o cincuenta veces. Tú sé tú misma y que le den por culo a todo lo demás. El tito estará ahí para lo que haga falta y cuando haga falta. Se echó a llorar en mis brazos hasta que se calmó bastante como para hablar de otra cosa. –Verás… tengo muchas cosas que contarte. –Adelante. –Ay, es que no sé ni por dónde empezar –Felicia comenzó a excitarse y a hablar muy rápido, nerviosa– Rudy terminó de traducir el libro, ¿Sabes? Pues cuando yo cojo el libro, siento un calor especial, como si una energía me invadiese. Ya sabes que cuando vamos leyendo las palabras se ven como flashes, ¿verdad? Pues en estos días, cuando nadie me veía, probaba a ver que tal. Poco a poco he ido viendo a Cece, y cuando Rudy terminó, pues me puso a probar cosas. ¡He hablado con Cece, tito! ¡Es una locura! –A ver, a ver, con calma. ¿Vale? –¡Es una bruja! ¿Y sabes que es lo mejor? ¡¡¡Que dice que yo también lo soy!!! –¿¡Coooomo?! La voz de Jun Fei salió de los altavoces. –Pimpollo, por favor, cálmate o expulso a Felicia y a Emily. Tus niveles de estrés están elevándose. No me obligues a sedarte. –Oh, lo siento, Jun Fei… –Dijo Felicia, apagándose. –Por favor, Felicia. Tu tío es incapaz de mantenerse tranquilo y curarse como una persona normal. Lo siento pero dejaremos la charla de revelación de secreto para cuando se encuentre mejor. –Vale… Emily le dio un abrazo y un beso en la mejilla. –Venga, no te deprimas. En unos días se lo contamos todos. Igual cuando se recupere, ya hemos liberado a Cece de su prisión. Me carcomía la curiosidad una barbaridad, pero Jun Fei prohibió toda revelación. Casi se diría que aumentaba el misterio y la intriga de forma artificial, como si fuese una novelista cutre. –Bueno, hablemos de otra cosa. ¿Qué tal con tu noviete? Felicia se tensó, visiblemente. –¿Po-porque lo preguntas? –Aquello me olió a chamusquina. –¿Os habéis peleado o algo? Me imagino que hablareis por el wassap, ¿no? Felicia se relajó, cosa que me hizo saltar las alarmas. Había levantado la liebre con mi pregunta, pero mi sobrina, al ver que miraba en otra dirección, se sintió aliviada. –Ah, sí, claro. Todos los días, por supuesto. –¿Y qué tal? –Muy bien… –Venga, al tito se lo puedes contar. –Le di un golpecito cariñoso en la pierna– ¿Os mandáis muchos besitos y muchos recuerdos? –¡¿A ti que te importa?! –Se puso colorada en extremo, lo cual me hizo reír a carcajadas, que casi me saltan los puntos. –Pimpollo, a la próxima, te quedes solo de nuevo. Segundo strike. –La voz de Jun Fei era amenazante. –Tito, cálmate, ¿Quieres? –Emily me regaño como si fuese un párvulo– vas a conseguir que nos echen. –Lo siento… es que estaba más mona… Acabamos hablando de tonterías sin fundamento al final. Al cabo de un par de horas, viendo que me divertía más de lo recomendable, Jun Fei echó a las jóvenes, dejándome de nuevo solo. A la hora del almuerzo, volvió a aparecer el mismo robot de antes. Expulsó mi comida encima de la mesa y se largó. Comí viendo un capítulo de Padre de Familia y luego otra siesta. Jun Fei insistía en que durmiese todo lo posible, pues era muy bueno para mi recuperación. Entre que el cuerpo aumenta el ritmo de cicatrización por no sé muy bien que hostias y en parte, admitió Jun Fei, así me estaba quietecito un par de horas. A media tarde permitió otra visita más, esta vez era Rudy, que venía con un bote de muestras. –¿Recuerdas nuestro acuerdo, cierto? Pues ea, ya sabes a que vengo: a ordeñarte. A pesar de ser tan basta, me trató con mucho cariño y delicadeza. Hablamos, reímos un poco, luego nos calentamos un poco y acabó por sacarme la muestra de forma cariñosa. Tras acabar, me dio un último beso y se despidió. –Tengo que poner esto a congelar antes de que se le vayan las vitaminas. Y tras guiñarme el ojo, se marchó. Volví a quedarme solo. El día siguiente fue la misma rutina. Un rato pro la mañana con mis sobrinas, y a media tarde aparecía Rudy a alegrarme el día. Veía una peli o charlaba un rato con Jun Fei, del pasado, sobre todo. Me comentaba que estaba terminando los últimos ajustes de la configuración del escáner cerebral, que estaba haciendo algunas pruebas con pacientes involuntarios y que a cada hora se encontraba un paso más cerca de completarlo. No quise preguntar por los “pacientes involuntarios” pero me hacía una ligera de qué o quienes podrían tratarse y no quise indagar. Tampoco estaba seguro de que Jun Fei me lo fuese a revelar. Al cabo de unos días, volvió el jaleo que anticipaba la entrada, como un huracán, de Giorgia en mi habitación. Pero no ocurrió. Jun Fei logró expulsarla del área médica. –¿Ocurre algo, Jun Fei? –Nada, es solo Giorgia, que venía exigiendo verte. No la he dejado. Mañana podréis hablar y todo lo que quieras, hoy eres sólo para mí, pimpollo. Ni Rudy va a entrar. Por lo visto, había acabado de configurar el escáner para usarlo en cuanto me recuperase lo suficiente. Ahora que estaba libre, quería hablar largo y tendido, de nuestras cosas, de cuerpo presente. Todo lo presente que podía estar un holograma, claro. ![]() Pasamos el día así, dándole a la sin hueso. Básicamente repasamos cada minuto que interactuamos y pasamos juntos. Desde la primera vez que supo de mi existencia, ya notaba que le atraía. Luego, nuestras interacciones cuando éramos enemigos, le fascinaban. Ya cuando me tuvo en su poder, me contó que lo disfrutó muchísimo, pero que era frustrante y placentero a la vez. Pero luego, cuando me liberé gracias a mi versión futura y la recluté, estuvo realmente confusa consigo misma. Jun Fei quería un polvo, pero no lo lograba. Solo cuando me marché, sin ni siquiera despedirme, fue cuando entendió que se había enamorado hasta las trancas de mí. Le dolía una barbaridad que hubiese marchado y lo peor era ver a su mejor amiga llorando por el mismo hombre durante unos años. Se sentía de menos, pues Kimiko se había llevado un beso de despedida y ella ni las gracias. –De verdad que lo siento… fui un cerdo. No es escusa, pero la verdad es que quería quitarme del medio lo antes posible. Estaba cansado, con hambre y con la tentación enorme de dos mujeres preciosas que querían poseerme… mientras me esperaba mi chica a pocos kilómetros. –Lo sé… pero aun así, comprendiéndolo y hasta asegurándote que yo, en tu lugar, habría obrado de igual manera, no podía evitar que me doliese hasta casi enloquecer. Y cuando te vi allí, en el salón principal, más guapo que nunca, con ese kimono que dejaba poco a la imaginación… ¡puff! Me revolucioné por dentro. Tuve que ser fría, profesional y borde contigo o me rompía en mil pedazos, cosa que no podíamos permitirnos ninguno. Y no te haces una idea de lo feliz que fui cuando por fín te tuve, Pimpollo. Fueron, y no exagero, los mejores momentos de mi existencia terrenal. Fue maravilloso tenerte en mi poder… y tan solo tengo una queja de mi situación actual: No poder tocarte. Al menos no como yo quisiese. –Tanta tecnología futurista… ¿Y no tenemos un robot que puedas “poseer”, como una posesión infernal de esas, para que puedas moverte por la base y tocar lo que te dé la gana? –Ay, Pimpollo. No sabes cuantas veces he soñado con eso. Pero es más complicado de lo que parece. Tengo algunos proyectos en desarrollo, pero nos falta material para ello. Trajiste del futuro lo imprescindible para operar, pero no tenemos la tecnología para replicar la tecnología que tenemos. Lo que se rompe, lo reparamos, pero si se estropea a un nivel que sea necesario cambiar una pieza importante… estamos bien jodidos. –¿Pero no tenéis planos de esos azules de cómo se hacen los cacharritos estos o que? –Sí, tenemos los planos técnicos de todo. Pero para hacer según qué piezas, hacen falta técnicas, herramientas y máquinas especiales, de las cuales, también tenemos sus blueprints, pero no disponemos ni de tanto espacio, materiales, fondos y tiempo, aparte de la formación para su confección y su uso. Es complicado, cerdito. Hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Créeme, no es poco todo lo que tenemos. Hiciste un gran trabajo de previsión, teniendo en cuenta que solo podías hacer un viaje hasta aquí. –¿Y de dónde ha sacado todo esto mi otro yo? Creo que Rudy me contó algo sobre Lorena. Pero ella es médico, ¿No? –Déjame hacer una consulta contigo mismo y te respondo. –Okey… –Vale, tengo permiso para contarte algunas cosas. Lorena tendrá varios hijos… que vaya casualidad, Pimpollo, son tuyos. Al parecer, el genio de Lorena es hereditario o menos lo ha sido en tu caso. Todos tus hijos son unos genios científicos. Esto que tenemos aquí es el compendio del trabajo de todos. Tu hijo menor, con catorce años, desarrolló las teorías que han permitido que hoy estés aquí. Bueno, tu versión futura. Ellos te mandarán de vuelta al pasado cargado de ooparts valiosísimos. –Cooooño… que flipada me acabas de soltar. ¿Pero cuantos críos voy a engendrar, por el amor de Dios? –Más de lo que gustaría ahora mismo, me temo. ¿De verdad te sorprendes, cuando le estás dando a Rudy una buena cantidad de esperma para congelar? Podríamos crear un ejército de clones tuyos, precioso. De hecho, estoy desarrollando una técnica innovadora para crear un ovulo fértil a partid e mi propio ADN, para poder engendrar un hijo tuyo. –¿Hablas en serio? –Sí. Tu versión futura no ha querido revelar si tendré o no éxito. Dice que cualquier alteración del pasado acarrea funestas consecuencias. ¿Sabes que pienso yo? Que realmente no tienes ni idea y te revistes de misticismo. ¿Sabes, cerdito mío? Ni te imaginas lo cambiado que estás, como si hubieses vivido un trauma severo al extremo. Ríes, abrazas, besas… pero se siente diferente, como si fingieses más intensidad de la que sientes en realidad. Como que te obligas a dar más de lo que te saldría de forma natural. Si no te conociese, pensaría que lo finges por oscuras razones, que manipulas a tu entorno de forma egocéntrica. Pero siendo tú, un buenazo, torpe pero sincero, con una capacidad de sacrificio enorme… pues creo que hay mucho que te niegas a revelar y lo guardas para ti mismo. Tengo mis teorías, pero me las guardaré por el momento. Pero lo que sí intuyo, es que has sufrido más de lo que podría ponerse en palabras y me acongoja, pimpollo. Sufro por tu futuro, que es muy oscuro. Vale, yo estaré muerta y lo que queda de mí en un cubículo de exporesina y nadando en líquido amniótico cerebral, pero a ti te aguarda un destino mucho más siniestro y del que me temo, no tienes escapatoria, por muchas y variadas razones. La más importante, es porque te lo has autoimpuesto. Me quede en silencio, sin saber que hacer o decir, rumiando lo que acababa de escuchar. Y si, me empezaba acojonar y esta vez en serio. Fun Fei se fue, dejándome espacio para pensar con calma. Como comencé a ponerme un poco neurótico y nervioso, Jun Fei me dio un calmante junto con la cena y me quedé KO. Sin pensar en nada, sin sueño, sin miedo y sin paranoias. VIII Al día siguiente Jun Fei levantó la cuarentena y me dejó salir. ¿Adivináis quien se presentó la primera? Exacto, Giorgia se arrojó en mis brazos, llenándome de besos. –Bello… me ha dicho Jun Fei que ya estás mucho mejor. –¡Buah, estoy hecho un torete! Te bailaría para demostrarlo, pero… me lo voy a tomar con calma. –Sabia decisión. No hagas sobre esfuerzos por ahora. Mira, vas a ducharte, a afeitarte y vamos a ir a ver a Valentina, ¿De acuerdo? –¿y…? Giorgia no me dejó terminar de formular la pregunta. –Si, tengo “permiso” para llevarte a Japón hoy. Realmente no necesito el visto bueno de absolutamente nadie, pero como tu das las ordenes aquí… bueno, a ti no puedo negarte nada. –Oye… antes de nada. Tengo una dudilla… –Giorgia puso de cara de “dime, amor mío” y continué– Hablando de mi yo del futuro… ¿Alguna vez… has tenido…? Ejem… ya sabes. –Temo no entenderte del todo, querido. ¿A qué te refieres? ¿Relaciones, te refieres? –Si… Giorgia se echó a reír, me estampó un besazo en los labios. –Ay, ¿Qué estás celoso de ti mismo? Ay, mamma mía, ¡pero qué hombre! –Se puso la mano en la cadera, coqueta– Y dime, ¿Si me hubiese acostado con tu versión futura… qué harías al respecto? ¿irías a zurrarle por tocar a tu mujer? –A ver… no son celos. Es curiosidad. Él ha hecho de padre para Valentina, ¿no? –Si, claro. Él, o sea, tu, ha estado presente en su crianza. Valentina sabe que tiene dos papas. Uno viejo y otro relativamente joven –Me escoció un poco eso de “relativamente joven” pero lo dejé correr– pero quiere conocerte a ti, cielo. Créeme, eres un padrazo o lo serás, pero nuestra niña quiere saber verte a ti. Le he hablado de ti tanto que… bueno, no puede esperar más a darte un abrazo. Es muy buena niña, Bello. –Joé… quiero verla ya, pero dime, ¿Cuándo has… digamos, necesitado un poco de amor por mi parte… has… intimado con mi yo del futuro? –¿Eso importa mucho? –Ya te he dicho que es más curiosidad… bueno, si, me pondría un poco celoso pero me aguantaría. Es que… bueno, es largo de contar, pero yo creo que no. Pero es que si lo hubiese hecho me enfadaré, pero con él, por una cuestión diferente a los celos como tu imaginas. –¿Y si… me hubiese acostado con otros, Bello? ¿Te pondrías celoso? –Sí, Giorgia, muy celoso. Tanto que ni te imaginas hasta qué punto me ardía la sangre si viese a otro tocarte. Pero venga, no soy un hipócrita de mierda. Tienes todo el derecho del mundo a cepillarte a todo el que te haya salido del coño, Gigi. No te voy a decir absolutamente ni MU por ello. Pero… no quiero saberlo, ok? No puedes besarme, reclamarme para ti y mantener relaciones conmigo y luego decirme que hubo otros. Me lo imagino, por supuesto. Eres tan jodidamente hermosa que no me cabe la menor duda de que te han entrado miles de tíos, y muchisisisismos eran mil veces más guapos, jóvenes y sexys que yo. ¿Te gustaría que me pusiese yo ahora hablar de otras? ¿No verdad? Ni aunque me lo pidas, te hablaría de otra mujer… salvo conocidas, claro. De Rudy y eso podemos hablar, o de Kimiko mismo, pero no me voy a ponerte los dientes largos. No sé si me explico… que te acabo de dar una chapa… Giorgia me miró con una ceja alzada durante todo mi pequeño discurso. Luego suspiró. –Ay, Bello. Tienes razón: me han intentado ligar tantos chicos, tanto jóvenes como no tan jóvenes (y hasta viejos) que perdí la cuenta. Incluso Fabricio me ha dejado caer que debería olvidarme de ti y buscarme un buen hombre. ¿Pero sabes qué? Una vez lo intenté, bebí un poco más de la cuenta y me llevé a un chico guapísimo a mi cama… y cuando estábamos por hacerlo… no pude. Simplemente no pude, Bello. Lo eché a patadas. También lo he intentado contigo, solo he podido robarle un beso y porque fuiste tan bueno de dejarte en vez de darme un empujón o algo. Estoy enamorada de ti, bello, ¿Cuándo lo vas a entender de una vez? ¿Sabes cómo me sentí durante todo el embarazo? –N-no… –aparté la mirada, avergonzado. Giorgia, me agarró de la barbilla, obligándome a mirarla a los ojos. –Dichosa, Bello. Tenía en mi vientre el fruto de nuestro amor. Tenía una personita gestándose en mi interior con la mitad de tu ADN, tu hija. Fue maravilloso. El parto no tanto, ahí me acordé de ti pero de otra forma –Se echó a reír suavemente, contagiándome la risa en contra de mi voluntad– Ay, Bello, y lo mejor fue tener a Valentina en mis brazos y comprobar que tenía tus ojos. Una niña sana, con rasgos tuyos y todo había salido a pedir de boca. Y tu versión futura estuvo ahí, cogiéndole de la mano en todo el proceso. Decías las cosas que justo más necesitaba oir en cada momento, y eso te lo agradezco enormemente. Me dio un piquito en los labios, con ternura. –Anda, vida mía, ve a arreglarte. Hellen nos llevará a Japón… podrás ver a Kimiko, a Sakura a los otros pequeñajos que tienes. Me quedé unos instantes en silencio mirándola. –¿Sabes, Gigi? Ahora mismo desearía con toda mi alma que mi vida fuese muy diferente a como lo es ahora. Que no tuviese líos de la magnitud que tengo ahora, con el rollito ese de viajes en el tiempo, cacharros futuristas y tener que partirme la cara con to quisqui. Me gustaría ser una persona sencilla y estar casado contigo. Como me hubiese encantado estar contigo desde el momento en que pisé Nápoles y me secuestraste para llevarme al cine. Ojala hubiese cogido tu mano, Giorgia. Ojala… ojala… Giorgia me cogió de la mano con firmeza. –¿Sabes qué, Bello? Primero vamos a mi habitación un rato y luego nos duchamos juntos y nos vamos. Tengo que aprovechar ahora que puedo tenerte. Y me arrastró escaleras arriba, mientras nos cruzábamos con algunos miembros, que nos miraban divertidos. ...Continuará....
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Editado: 05-dic-2025 21:04 -

” enigmático. Me encogí de hombros.








