Juan Manuel de Prada se la saca escribiendo sobre Bad Bunny.
Ayer 22:13
#31
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Siempre me ha llamado la atención la sumisión risueña con la que mucha gente abraza hipótesis científicas altamente especulativas como la llamada 'evolución de las especies' y, en cambio, se resiste a aceptar evidencias de fácil comprobación empírica como la involución de la especie humana. Una prueba palmaria de esta involución de la especie nos la brinda el éxito multitudinario de los conciertos celebrados en España por el homínido llamado Bad Bunny, que ha congregado hordas alienadas en los estadios y ditirambos unánimes entre toda la chusma folicularia sistémica. La música del homínido Bad Bunny es de una fealdad suprema que, para cualquier persona que no haya extraviado la sensibilidad estética, resulta por completo angustiosa; y resulta, en verdad, descorazonador que haya multitudes atraídas por tal bazofia que se regodea voluptuosamente en la vulgaridad más sórdida y se desliza por el tobogán que conduce, a través de la involución de las especies, hasta la materia inerte. Una bazofia que, al parecer, provoca entre las hordas que la disfrutan una suerte de 'trance de nivel inferior' o liberación de las fuerzas más rastreras del subconsciente, al estilo del consumo de drogas o la masturbación compulsiva. Decía Platón que la misión de la música era –también en sus versiones más populares– elevar las almas y permitirles la contemplación de los arquetipos (o sea, alcanzar un estado de beatitud que anticipa su destino natural); y todo ello, además, reforzando la comunidad natural. Pero la música pop de matriz anglosajona fue concebida exactamente para lo contrario: disolver la comunidad natural (creando comunidades artificiales y aisladas, en torno a generaciones, 'tendencias', 'tribus urbanas' o grupúsculos friquis) y potenciar una 'regresión colectiva' hacia lo infrahumano, donde los ritmos mecánicos y obsesivos actúen como un narcótico de la voluntad y la conciencia, hasta reducir a las personas a masa cretinizada y amorfa. Por supuesto, la apoteosis del homínido llamado Bad Bunny y otros personajillos semejantes no se trata de una mera 'moda'. En realidad, todas las 'modas' impuestas por la música pop de matriz anglosajona forman parte de la misma agresión contra el sustrato anímico de los pueblos, que de este modo pierden su arraigo espiritual y se rinden a una colonización mucho más devastadora que el mero expolio del territorio, que es el expolio de las almas. Todo esto lo analizaba con clarividencia Theodor W. Adorno en su ensayo Sobre la música popular, donde probaba que la música pop no es otra cosa sino una herramienta del imperialismo para desplazar la música popular auténtica (la música ligada a la historia real de las comunidades, a sus gozos y sufrimientos, a sus devociones y anhelos) e imponer ritmos estandarizados que convierten a las gentes en dóciles engranajes del capitalismo global. Adorno consideraba que este tipo de 'consumo musical' acababa creando una «audiencia regresiva», cada vez más reacia al esfuerzo intelectual, cada vez más alienada y sumida en la cárcel gustosa de los ritmos machacones y estandarizados. Y denunciaba que la sustitución de la música auténticamente popular por estos subproductos industriales, además de destruir las especificidades culturales, imponía entre los pueblos colonizados una actitud sumisa y conformista. De este modo, la música pop se convierte en un instrumento de colonización más agresivo que los ejércitos, pues logra la asunción voluntaria de la dominación de forma mucho más eficaz e indolora. En este sentido, resulta muy revelador que la izquierda sistémica, con todas sus variantes caniches, muestre –en el delirio de la abyección cipaya– su fervor hacia el homínido llamado Bad Bunny, a quien presentan como un detractor del fantoche Trump, por «cantar en español». Pero la jerga en la que canta el homínido nada tiene que ver con nuestra lengua; se trata más bien de una parodia denigrante, una farfulla de tarado o drogota, de sintaxis oligofrénica y dicción grimosa, regada de anglicismos eméticos e interjecciones de primate. El 'español' de Bad Bunny es el propio de un yanqui que quisiera escarnecer a los pueblos hispánicos, presentándolos como monos con satiriasis y despoblamiento neuronal. Para que guste esa música hace falta, desde luego, ser un lacayo servil y arrastrado. Pero, mucho peor todavía, hace falta estar íntimamente arrasado, hace falta haber sido previamente 'desalmado' y convertido en papilla homínida. ¡Vuestros hermanos el gorila, el sapo y el paramecio os dan la bienvenida en el tobogán de la involución de la especie, bad-bunnizados! |
Ayer 22:21
#37
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Esa cita es FALSA, es más Sócrates decía a los jóvenes lo contrario. De ahí su acusación y posterior juicio. Anito uno de sus acusadores tuvo un hijo pendenciero y Sócrates se lo reprochó porque le echó la culpa al padre. |
Ayer 22:24
#41
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Que la sociedad occidental está viviendo una época decadente en muchísimos aspectos es algo obvio, es casi un calco de la decadencia del imperio romano Veremos lo que nos viene después, por suerte estaré ya bajo tierra y no lo veré |
Ayer 22:26
#43
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En su día se le podría criticar por la estética, por ser una música distinta, pero la calidad de su voz y como la usaba era innegable. Bad buny no canta, no sé cómo se llama a lo que hace, pero no canta. Y no se le entiende. |
Ayer 22:26
#44
| O sea que, no contento con no creer en el cambio climático tampoco cree en la evolución de las especies? |
Editado: Ayer 22:30 -
Ayer 22:41
#50
| Ni con tus ojos me leo a un pollavieja diciendo chorradas, ¿ha preguntado al final que cuando ponen un poco de rock? |
Ayer 22:46
#51
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Mi resumen: Bad Bunny, musicalmente me parece malo o muy malo, pero De la Prada no se le queda atrás escribiendo artículos. Podrían juntarse. |
Ayer 23:24
#52
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La música anglosajona muy mala, claro que sí: Simon and Garfunkel, Eagles, Supertramp, Camel, The Beatles, The Shadows, Boston, Dire Straits, etc. Y eso que Bad Bunny es una mierda como hay en otros sitos, principalmente visible en los 40 princiaples desde hace 25 años. Me recuerda a este con sus aspavientos goebbelianos: https://youtu.be/Czklmar3STk?si=ed0TdgIni9pBKPch&t=47 |
Ayer 23:32
#55
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Cuando empezó el Rock decían lo mismo. de Ozzy escribieron rios de tinta en este sentido, cuando una fan se suicidó ya ni te cuento.
No me gusta Bad Banny, alguna tiene bonita, pero entiendo que es espectáculo y no pasa nada en que la gente vaya a los conciertos, yo puedo escuchar Extremoduro-Camela-Bad Bunny en la misma hora |
Ayer 23:33
#56
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Hombre, decir que la teoría de la evolución es una hipótesis científica altamente especulativa es demostrar no tener ni puta idea. Yo flipo con este tío y con Jesús G. Maestro y tantos otros de letras que cada vez que hablan de ciencia pierden una gran oportunidad de no quedar como auténticos gilipollas. |
Ayer 23:34
#57
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Siempre me ha parecido que Juan Manuel de Prada no escribe, sino que supura párrafos: largos, densos, untuosos, como si cada línea hubiese sido previamente incubada en una cavidad cerrada donde la retórica, privada de oxígeno, fermenta hasta adquirir ese característico aroma entre sacristía rancia y digestión averiada. Leerle es asistir a un fenómeno casi gastro-literario: la idea no fluye, se coagula; el argumento no se expone, se regurgita. Y en ese proceso —que él confunde con pensamiento— todo acaba impregnado de una viscosidad moralizante que pretende oler a incienso pero remite, con terca insistencia, a otros vapores menos elevados. Cuando Prada arremete contra Bad Bunny, no está criticando un fenómeno cultural: está protagonizando un episodio de intolerancia fisiológica ante el presente. El mundo cambia, la gente baila, y él responde como quien sufre una crisis digestiva ante un alimento que su organismo ideológico ya no puede procesar. De ahí esa fijación casi coprológica con la caída, lo bajo, lo informe: no describe la realidad, describe su propia experiencia al enfrentarse a ella. Su prosa —tan orgullosa de su barroquismo— acaba funcionando como una cloaca ornamentada: arabescos verbales que no logran ocultar la naturaleza del caudal que transportan. Cuanto más se eleva el tono, más evidente resulta el sustrato: una mezcla de resentimiento, nostalgia mal digerida y una necesidad casi compulsiva de ensuciar aquello que no comprende. Hay en él una pulsión verdaderamente admirable por revolcarse en lo que denuncia. Prada no se limita a señalar la supuesta vulgaridad: la recrea, la amplifica, la saborea con una minuciosidad que roza lo devocional. Es un asceta de la inmundicia ajena, un monje coprófago del lenguaje que necesita hundir las manos —y algo más— en el fango para poder luego declamar, muy erguido, sobre la pureza perdida. Y lo más fascinante es que parece no darse cuenta de que, en ese proceso, termina describiéndose con una precisión involuntaria. Cada insulto que lanza vuelve como un búmeran viscoso y se le adhiere al estilo, a la cadencia, a esa manera suya de escribir como quien evacúa solemnemente, convencido de estar produciendo alta literatura cuando en realidad está llevando a cabo una liturgia excretora con notas al pie. Frente a la vitalidad insolente de Bad Bunny —que moviliza cuerpos, lenguas y afectos con una eficacia que Prada jamás podría tolerar—, su reacción no es intelectual, sino casi intestinal: el entusiasmo ajeno le provoca urticaria conceptual y espasmos retóricos que luego intenta disfrazar de crítica civilizatoria. Pero no hay tal crítica: hay berrinche metabolizado, hay estreñimiento espiritual convertido en columna de opinión, hay una incapacidad radical para aceptar que el mundo no necesita su bendición para seguir girando, ni su sintaxis engolada para encontrar sentido. De modo que, mientras millones de personas participan de una cultura viva, mestiza y en expansión, Juan Manuel de Prada persevera en su cruzada contra la realidad, armado con un vocabulario cada vez más ampuloso y un malestar cada vez más evidente. Y así, entre invectiva e invectiva, entre metáfora descendente y espasmo verbal, lo que termina ofreciendo no es un diagnóstico del mundo contemporáneo, sino el espectáculo —involuntariamente grotesco— de un escritor que, incapaz de digerir su tiempo, ha decidido convertir su indigestión en obra. Plauto |

