La cacería de los Dominico - 1 - Las Vele de Scampia

dark_harley
Forjador de historias
#1
Ey, ¿que pasa, shures de bien?


Aquí estoy de nuevo. No he estado estos meses mano sobre mano, aunque lo parezca (porque me había propuesto terminar "Amor a Bocajarro en un Renaul 9").


He estado metiendole mano a varias cosillas, que puede que os comparta. Ideillas que se me iban viniendo a la mente que me obligaban a dejar lo que estaba haciendo para dedicarles tiempo.
Como sabeis, las musas son caprichosas, dadivosas y muy orgullosas: si no les haces caso cuando se presentan, te mandan a tomar por culo rapidito, negandose a regresar en tal caso.


¿Y que os voy a decir? Soy esclavo de tales impulsos. La carne es debil, y si una Musa me pone las tetas en la cara... pues caigo reondo.




Dicho esto, me gustaría compartir un periodo de la vida de Pimpollo que dejé sin explorar a proposito: la cacería de los Dominico. Este periodo va entre "La balada de Roxanne" y "Exequias a medianoche", y compilará el proceso de exterminio de todos los miembros que se le escaparon a Pimpollo del Clan mafioso Dominico.


Espero que os guste.


He dedicido llamar a esta anecdota:








La Cacería de los Dominico – 1 – Las Veles de Scampia








Capítulo 1




I




–Pimpollo, despierta de una puta vez, jodier.
Abro los ojos, totalmente desorientado. Fiodor me da otra hostia en la cara que apenas logra despejarme un poco más. Tengo una resaca monumental.

–Venga, jodier. Tenemos trabajo.

Logro incorporarme para vomitar abundantemente. Fiodor se aparta justo a tiempo. Estoy en el piso franco del grupo de Fabrizio, donde me escondía. Me había quedado dormido en el sofá tras una noche de desfase.

–Y tú, lárgate ya. ¿Esperas acaso una invitación? ¡Fuera ya de aquí!

Veo cómo una joven que no había visto en mi vida, de muy buen ver, se marchaba precipitadamente del piso. Pese al dolor de cabeza, sabía perfectamente que era alguien con la que había intimado la noche anterior. No lo podía recordar, y como suele decirse: no tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Fiodor me agarró de la axila y me puso de pie. Me brindó con un par de bofetadas, para nada lesivas, que agradecí. Las necesitaba.

–Venga, Pimpollo. Tira para la ducha, que hueles a cerdo. Venga, que tenemos trabajo y el jefe nos espera.

Me llevó hasta el cuarto de baño y me metió bajo la alcachofa directamente, abriendo el agua fría.

–¡Me cago en tu puta madre, Fiodor!

Estábamos a finales de febrero, y pese a estar en Málaga, hacía todavía un frío de cojones. Fiodor reía a carcajadas. Bebí como un condenado y comencé a encontrarme mejor.

–Vale, vale. Deja que se caliente un poco el agua. Ya estoy aquí.
–Date prisa.

Y salió del baño. Me quité la ropa mojada fuera del plato de ducha, mientras se calentaba el agua. Una vez a una temperatura aceptable, entré de nuevo. Mientras me aseaba, recapitulé un poco mi vida hasta el momento.






II






Roxanne había muerto hacía ya un año.

Un año entero había pasado. Seguía rabiando por dentro como un puto loco, teniendo terrores nocturnos cada maldita noche. Fiodor me mostró el mundo del alcohol para anestesiar y, por un demonio, si no me aficioné como un cabrón a olvidar.

Fabrizio me asignó a Fiodor como mentor y me metió en aquel piso franco, donde se escondían varios compañeros que iban rotando. Cuando alguno tenía que desaparecer una temporadita, acababa ahí, o en cualquier otro piso que tenía por el país.

El jefe era muy buena gente, en verdad. Me sacó de aquella celda de la comisaría y anuló mi ficha policial, me dio un techo y un oficio. Me felicitó por la masacre de los Dominico, como comenzó a conocerse por el mundillo. Todos en el grupo de Fabrizio querían conocerme, estrecharme la mano y palmearme la espalda.


Mis padres y el resto de mis familiares no querían saber absolutamente nada de mí. Y yo es que ni intenté ponerme en contacto con ellos. Los únicos con los que hablaba de mi círculo familiar eran mis queridos primos, Salvador y su hijo, Juan Alberto.


Un día recibí la visita de Clara, en un avanzado estado de gestación. Me dio un bofetón y luego se echó a llorar. Me llamó de todo, cosas que ni recuerdo. Me dijo que le había decepcionado, para acto seguido abrazarme y besarme en los labios. Yo estaba muerto, al igual que mis labios. Al ver que no reaccionaba, se disculpó por el desliz.


“–Pimpollo, por lo que más quieras… por la memoria de tu chica: no vuelvas a intentar suicidarte.”


No respondí. Clara me dio otro bofetón, y otro, y otro, hasta que reaccioné. La tranquilicé lo mejor posible y se marchó. Me dijo que fuese a visitarles cuando diese a luz. Le dije que sí, le prometí el oro y el moro, pero cuando dio a luz, no fui.


Había hecho una promesa a mi primo Salvador y la cumpliría a cualquier precio.


Despedirme de Lorena fue muy duro, para ella.
Se había quedado con Clara y Juan Alberto. Mi familia había quedado con ella para hablar y disculparse. Lorena les contó todo a mis padres y al resto. Como os podéis imaginar, lo hizo entre ríos de lágrimas.


Al final, nadie sabía qué hacer conmigo. Por un lado, había sido un puto héroe para unos; para otros, un celoso patológico, un enfermo que se había querido acostar con su prima. Para otros, un diablo enamorado de la muchachita, con la que no compartía genética alguna, que había conocido desde chiquitita. Pero para todos, era un lunático que había tiroteado a un familiar a sangre fría. Había quedado patente que algo malo pasaba conmigo.


La forma en la que llegué, como si pareciera abrazarme la mismísima muerte, protegiéndome. Muchos juraban y rejuraban no haber estado allí, no haber visto cómo mi tío Vicente vaciaba el cargador de su fusca sobre mí, a escasos metros, y errar cada disparo.


Me tenían todos un miedo atávico. Solo recibí una llamada de mis padres para decirme que me querían, que me internarían donde hiciese falta y blablablá. Yo solo escuchaba: “no te queremos ni ver ni tenerte cerca. Te ayudaremos porque creemos que estás mal, pero solamente porque somos tus padres”.


Les mandé a tomar por culo.


Lorena había contactado con su familia. Tenía la preocupación de que no quisiesen saber nada de ella, pero hasta donde sabía, todo lo contrario. Su madre se hartó de llorar, como ella, y le pidió verla.


A la semana siguiente, se cogía un bus para reencontrarse con su familia biológica. Fui a despedirla a la estación. Se hartó de llorar, como nunca. Y mira que yo la había visto llorar —y hacerla llorar— infinidad de veces. Nunca lloró tanto. Parecía que se iba a la guerra.


Intentó besarme, pero le casqué una pedazo de cobra. La abracé y le dije que la quería con toda mi alma y que no regresase jamás, que se quedase con su familia si ellos querían tenerla. Si todo fallaba, entonces que volviese, que me haría cargo de ella.


El chófer nos llamó tres veces la atención. Finalmente, logré que se embarcase en su viaje.


Se quedó allí y no volvió ni a por un pañuelo. Me alegré infinitamente por ella cuando me llamó para decirme que se quedaba en Ávila, con su familia. No solo había sido bien recibida, sino que todos —su padre, su madre y sus tres hermanos— se hartaron de llorar. Le rogaron de rodillas, literalmente, que se quedase con ellos a vivir. Puede que en otro momento os cuente su arco de personaje, muy emotivo.


Incluso hablé con su madre biológica, que apenas le entendí nada porque no paraba de llorar. Me agradeció profundamente el haberlas puesto en contacto. También me pidió que fuese yo también, que me adoptaban. Que para ellos era parte de la familia también. No pareció importarles que fuese mayor de edad desde hacía tiempo.


Ni siquiera aquella muestra de amor fraternal hacia mi persona me hizo sentir un poco mejor.
Echaba de menos a Lorena, muchísimo. Pero por su bien, por el mío y por el de todos, era mejor mantenerlos lejos.


Además, le había vendido mi alma a Fabrizio. No era idiota, sabía que me había malvendido. Por una dirección y un arma, había atado mi destino al de Fabrizio. Me había usado de forma rastrera.


Había cometido una atrocidad sin parangón que me perseguiría el resto de mi existencia. Incluso ahora, mientras escribo esto, me tiemblan un poco las manos al recordar que, tras acallarse los disparos, había abatido a niños.


Miro a mi pequeñín, Zeus, que duerme en los brazos de su madre, y se me retuercen las tripas. No soy digno de sentir esta felicidad que me embarga al observarlos. Su madre me mira, con esa sonrisa que te roba el alma, y me dice que me ama. Tampoco soy digno de su amor. No soy digno de nada. Quien le arrebata la vida a un infante solo merece una larga vida para arrepentirse cada maldito segundo de lo que le quede de existencia, solo.


No era libre, ni entonces ni ahora. Pero eso es otra historia, y como decía Michael Ende, deberá ser contada en otra ocasión.


Me encontraba preso, en una extraña semiesclavitud para el grupo de Fabrizio. Este no era mala gente, dentro de lo que cabe. No me trataba mal; de hecho, todo lo contrario.


Me pagaba bien, me había asignado a su mejor hombre para enseñarme, me había dado un techo y la posibilidad de ascender. Y por encima de todo, lo que hacía que aquello mereciese la pena: me había podido vengar a base de bien.


Para Fabrizio había sido un win-win. Se había quitado de encima a su peor enemigo jurado. El clan de los Dominico había sido, muy en el pasado, casi en la Edad Media, su más fiel aliado. Pero la ambición, cuando no tiene medida, es un destructor de mundos.


Los Dominico miraban más allá, muy arriba. Tanto que se enemistaron a muerte con los Gangliotti. Se separaron en algún punto de su historia en común y se juraron exterminarse mutuamente.


Fabrizio fue quien cumplió aquella especie de profecía a través de mí. Pero no los había exterminado a todos y a cada uno de ellos. Algunos miembros habían escapado de la maldición. No estaban presentes en el cumpleaños infantil en aquella vieja fábrica.


Todos los esfuerzos del grupo de Fabrizio estaban destinados a dar caza al resto. Por ahora no habían logrado encontrar a nadie… hasta ahora.






III






Cuando salí de la ducha y estuve vestido con ropa limpia, Fiodor, ya exasperado, me puso al día.


–Pimpollo, tenemos la pista de un Dominico.


Aquello me terminó de despertar. La resaca había desaparecido al escuchar mencionar al clan Dominico.


–¿A quién?
–A Jericó Dominico.


En la fábrica había logrado despachar a Daniel Fernández Dominico, uno de los sicarios que disparó a Roxanne. Nos estuvieron persiguiendo durante días, tratando de darnos caza. Pusieron una bomba en nuestro coche, y al fallar, nos dispararon. Roxanne paró con su cuerpo la bala que me estaba destinada.


Torturé y asesiné a Daniel. Pero el otro logró evadir la muerte. Su nombre era Román Dominico. Roxanne no terminaría de descansar en paz hasta que no hiciese lo mismo con Román.


Me importaba una reverenda polla Jericó. Ni siquiera le ponía rostro, como a cualquiera de los Dominico fallecidos. Solo podía recordar la cara de Daniel y Román, nada más. Pero lo mataría igual; no dejaba de ser un Dominico. No descansaría hasta dar muerte a todos.


En un santiamén llegamos a las oficinas del jefe. Su secretaria, una chica fea de narices pero con unos buenos atributos, nos dejó pasar al despacho.


–Hombre, muchacho. Siéntate, por favor.


Obedecí.


Allí estaba Gustavo, la sombra de Fabrizio. Era su consigliere. Calvo y tartaja, era todo un esperpento, pero listo como Lengua de Serpiente, e igual de cabrón y cizañero. No me caía para nada bien el hijo de puta. Y mi intuición, en casos así, no solía fallar.


Obedecí y me senté. Fiodor se quedó de pie.


–Pues usted dirá, jefe.


–Como te habrá comunicado Fiodor, tenemos el paradero de Jericó Dominico.


–Así es.


–¿Qué me dices? ¿Tienes ganas de ir a por él?


Le miré extrañado. Era una pregunta que me había descolocado. Al ver mi confusión, sonrió y siguió hablando.


–Te pregunto porque, ahora, así, en frío, igual ya no sientes la imperiosa necesidad de poner una bala en su cabeza.


–No sé si le entiendo. ¿Qué si quiero matarlo? Por supuesto, no hace falta que pregunte. Le vendí mi alma, literalmente. Dígame dónde está y le meteré no una, sino un cargador entero en el cuerpo.


–Esa es la actitud, muchacho. Tenía la impresión de que no serías capaz de empuñar un arma de nuevo. Fiodor me tiene al tanto de tu progreso. Me comenta que te bloqueas cuando hay un niño involucrado.


–Fabrizio, jefe. Permíteme que te falte al respeto por responderte e interrumpirte: no pienso hacerle daño a ningún niño. No le levantaré la mano a un crío. Si no podéis con eso… mejor matadme, aquí y ahora.


Fabrizio sonrió ampliamente.


–Me quitas un peso de encima. No, tranquilo. Solo te pegaríamos un tiro en la cara si volvieses a dañar a un niño. ¿Sabes? Me gustan los niños. Ya sabes que soy padre, muchacho. No concibo hacerles daño. Sería como pegarles a mis niños, y por ahí no paso. No toleraría que otro lo hiciese. Sí, sé lo que estás pensando: “Fabrizio es un hipócrita”. Y no te faltaría razón, muchacho. Los Dominico, para nosotros, no son personas. Era plenamente consciente de que había niños allí; por eso te mandé. ¿Estás cabreado conmigo?


–No. Con usted no, jefe. Solo conmigo. Usted no me mandó matar a niños… de hecho, no me mandó hacer absolutamente nada. Yo apreté el gatillo porque quise.


–¿Ves? Es fácil hablar contigo. Mis manos y mi conciencia están limpias, muchacho, gracias a ti. Puedo dormir por las noches porque tú no puedes. Sí, es muy hipócrita por mi parte y muy cínico. Pero entiéndelo.


–No me importa cómo se sienta usted, jefe. Dígame dónde encontrar a Román Dominico; es lo único que le pido. Mientras, acabaré con todo aquel que usted me diga.


–Fantástico, muchacho. Así me gusta. Bien, tenemos localizado a Jericó Dominico en mi ciudad natal, Nápoles. Iremos allí pasado mañana en mi embarcación. Iré para encontrarme con unos amigos. Tú y Fiodor bajaréis a tierra, entraréis en el territorio de los Salvatore y acabaréis con Jericó.


Me explicó que algunos miembros descontentos de los Salvatore, otra familia rival, le habían chivado que Jericó, que estaba casado con una Salvatore, buscaba una alianza con ellos.


Al descabezar a la familia Dominico, sus terratenientes y negocios no habían desaparecido de la noche a la mañana. Seguían operando en sus territorios, pero iban perdiéndolos poco a poco. Como ratas, el resto de familias, aprovechando la clara debilidad del clan, les habían atacado furibundamente.


Jericó era el consigliere del Don. Era un cerebrito para el crimen. Buscaba alianzas, reclutar nuevos miembros, expandirse, recuperar fuerzas para vengarse de los Gangliotti. Teníamos que actuar de forma contundente si queríamos evitar que la hidra se recuperase.


Era un tipo inteligente, taimado y concienzudo. Su hijo era también un pieza de cuidado, que también se había librado de espichar con el resto de su familia. Por suerte para mí, Enzo Dominico era mayor de edad. Tendría mi edad, aproximadamente. Era otro objetivo legítimo para mí.


Ahora mismo estaba supliendo el puesto del Don. No es que Jericó desease ese poder, pues él era más de estar en las sombras, de susurrar al oído del poderoso, de manejar las cosas tras bambalinas. Tenía la intención de aupar a su propio hijo, Enzo, para el puesto.


Era el momento ideal para darles un golpe que les devolviese el rostro al fango de la derrota. Si eliminábamos al antiguo consigliere, el resto sería más fácil. No lográbamos dar con el resto por su culpa. Sabía esconderse y esconder a los suyos muy bien.


–Cuenta conmigo, jefe.


Y tras esto, nos marchamos. Hicimos la ronda habitual, Fiodor y yo.






IV






Empecé en el grupo de Fabrizio por lo más básico: cobrar.


Fiodor, que era ruso, era una máquina. Me entrenaba con férrea disciplina eslava, tanto físicamente como en pelea, tiro, etc.


Cuando estuve preparado, empezó a llevarme con él. Recorríamos los peores barrios de la ciudad y alrededores para cobrar las deudas de los idiotas que le pedían pasta a Fabrizio o vendían su droga.


Algunas veces, las que menos, íbamos a sitios bien. Lugares de categoría, a gente de pasta y buen vestir.


Fiodor era el hombre de confianza por excelencia de Fabrizio. Eso quería decir que contaba con él para sus peores trabajos. “Dios da sus peores batallas a sus mejores guerreros”; era literal.


Nos tocaba lo peor de lo peor, los sitios más asquerosos que nadie quería pisar. Lugares donde había que aplicar la fuerza numerosas veces. No era raro tener que ejecutar a algún pringado que no pagaba ni a tiros, literalmente. Fabrizio, cuando lo conocías, no te parecía un mal tipo, siempre que no le robases o le debieses pasta.


Sabía hacerse respetar, y los que se confundían con él lo pagaban caro.


A veces, solo a veces, nos tocaba hacer la ruta de algún compañero que, por una u otra razón, no podía hacerla, ya fuese porque estuviese ocupado o fuera de juego.


En esas ocasiones veía el lujo en todo su esplendor. Como es lógico, Fabrizio no solo trataba con la escoria. Esos solo suponían calderilla para él. Los auténticos negocios estaban en la costa. Movía droga y chicas, y cualquier mierda que le supusiese buenos dividendos y que fuese ilegal.


Habíamos hecho de chófer para alguna chica, para dejarla en casa de algún político o empresario poderoso. Nos encargábamos de que a los clientes no se les fuese la mano con nuestras chicas. Las llevábamos y las traíamos de vuelta. Teníamos algunas palabras con los clientes.


Y en ese aspecto, Fiodor estaba contento con mi desempeño. Él hablaba muy bien el idioma, eso sí, con un acentazo ruso que parecía una imitación paródica. No estaba hecho para las sutilezas del castellano, y de modales ni hablemos.


Ahí me lucía yo. Tenía labia, modales, y eso gustaba bastante. Fiodor se lo contaba a Fabrizio, que poco a poco iba asignándonos trabajos finos a los dos. Sus chicos de confianza eran, valga la redundancia, de confianza.


Pero en cuanto a modales… dejaban bastante que desear. Solo tenía a un puñado de maromos que no eran unos gorilas. Pero claro, ese puñado no daba abasto con todos sus clientes de alto standing.


Quería formarme para formar parte de la élite de su grupo. Me iba poniendo a prueba e iba pasando el corte. No se atrevía a dejarme solo. No era ninguna novedad que estaba pasando por un duelo especialmente chungo. No terminaba de ser de fiar.


Para ayudarme, en su infinita ignorancia, Fiodor me dio de beber. Mejoré en un aspecto, pero empeoré en otros. No había noche que no acabase metido en una pelea. En cuanto Fiodor me dejaba libre, tras la jornada laboral, iba derecho a beber a uno de los locales del grupo. Bebía hasta perder el raciocinio. Me follaba a alguna furcia, y la mayor parte de las veces no lo recordaba. Me las llevaba al piso franco para consumar y, a la mañana siguiente, si no se habían largado, las mandaba a tomar por culo yo.


Y como aquella vez, Fiodor, ya avanzada la noche, me dijo que podía irme ya.


Fui derechito a “La Teta Enroscada”, al que era muy asiduo. El dueño pagaba a Fabrizio por protección. Era un eufemismo de pagar un impuesto por dejarle ejercer en su zona.


Tenía un coleguita de farra, al cual encontré sentado en la barra y bebiendo como si quisiera morirse. Me senté a su lado.


–Hombre, Grasita. ¿Qué tal? ¿Cómo va eso, tío?
–Como siempre. ¡Ponme otro!


No hablábamos demasiado, tan solo bebíamos uno al lado del otro. En numerosas ocasiones habíamos peleado hombro con hombro contra algunos soplapollas a los que ni recordaba.


Grasita me caía bien. No sabía cuál era su auténtico nombre ni me importaba. Era un jevilón de la vieja escuela, con greñas, feo, nariz torcida y una cicatriz horrorosa en el labio superior. Reconocía en él a una bestia herida, como lo era yo. Solía convidarle alguna que otra raya de lo que tuviese en el momento, allí mismo, sobre la barra. Grasita lo agradecía con gesto hosco.


Aquel tipo era el único que no me miraba con auténtico terror. Sabía perfectamente quién era —¿quién no lo sabía en la capital?—, pero jamás me reía un chiste si no le hacía gracia ni me lamía las pelotas. Si estaba hasta la polla de mí, me lo decía. Con respeto, sí, pero sin cortarse.


Una vez nos medimos la polla a hostia limpia. Por supuesto gané la pelea, pero no me lo puso nada fácil. Luego nos arreglamos con un abrazo; incluso lloramos juntos, tras habernos bebido medio bar y meternos entre pecho y espalda un buen par de pollos.


Al día siguiente recuperé la consciencia sobre el mediodía, sentado a la mesa de plástico rojo del local del Figura, con el Grasita al lado. Estábamos devorando un campero de pollo, con todo el solano pegándonos en el cogote. Todo estaba sumido en una niebla en mi mente, como si toda la noche anterior la hubiese vivido sentado en una butaca del cine, viendo una peli. Solo tomé consciencia de la realidad allí sentado, al pegar el primer bocado.


–Iyo, Grasita, ¿te gustaría trabajar conmigo? Seguro que a Fabrizio le caes bien y todo.
–Qué va, tío.
–Le podrías zurrar a pechá de subnormales a diario.
–Qué va, tío.
–Cuando quieras, me lo dices. Siempre hacen falta gorilas en mi curro. Y pagan de puta madre.
–Me la pela el dinero, tío.
–Jaja, qué mamón eres. Bueno, ahí está la oferta, cuando tú quieras, la aceptas.
–Gracias, y lo digo en serio. Pero… no creo poder mantener un curro así.


Seguimos comiendo en silencio. Le había ofrecido trabajar conmigo por impulso. Me caía bien aquel tipo, pero, pensándolo bien, yo estaba atrapado. No estaría bonito meter a otro, que quedase igualmente rehén de Fabrizio, solo porque yo quería la compañía de un alma gemela.


Tras terminar de comer, cada cual se fue por su lado.


Regresé al piso franco y me fui directamente a dormir, sin beber nada. Quería estar fresco para el viaje que me esperaba. No bebía si tenía un trabajo importante que hacer, y aquel lo era. Ya me mamaría como nunca cuando tuviese en mis manos mi 9 mm humeante, tras haberle vaciado el cargador al tal Jericó Dominico.






V






A la mañana siguiente pasó a recogerme Fiodor y nos dirigimos a Puerto Marina para embarcarnos en el barco del Jefe. Era la primera vez que iba a navegar y estaba nervioso. No había desayunado, por si me mareaba y potaba.


—Recuerda, Pimpollo: libera tu mente de mierda, o te caerá tormenta de mierda.
—¿Me lo piensas repetir mucho?


Recibí un collejón a mano abierta.


—Las veises que hagan falta, Pimpollo. Venga, que nos espera el Jefe.


Me dejé guiar por mi mentor por el puerto, hasta llegar a un pedazo de yate, llamado “Libertad”. No pude evitar hacer una mueca, que no pasó desapercibida para Fiodor.


—¿Te parece gracioso, Pimpollo?


No me hacía particularmente gracia que me llamasen Pimpollo. No estaba solo cuando Clara me visitó, y se corrió la noticia. Solo podían llamarme así quienes gozasen de mi cariño y respeto. Fiodor era el único al que se lo consentía. Al Jefe no me hubiese importado escuchárselo, pero siempre me decía “muchacho”.


El resto de compañeros me lo llamaban al principio, y cuando dije que no me hacía ni puta gracia, pararon. Esperaba tener que partirme mucho la cara, pero me tenían cierto respeto atávico. Me sorprendió para bien la camaradería tan sana que había en el grupo de Fabrizio, sobre todo viniendo de unos mafiosos.


Me sentía bastante querido, salvo por un imbécil en particular: Gustavo, el sombra.


Todos le llamaban así, incluso en su cara. Gustavo no se lo tomaba a mal, incluso vacilaba de ello. Ser la sombra de Fabrizio le confería un estatus y poder sin igual, y para mi gusto, alardeaba demasiado de su posición y de su lealtad… y cuando alguien tiene que hablar de ello, a todas horas y a todo el mundo… es que su lealtad acababa por ser muy cuestionable.


—Hombre, Pimpollo. Ya era hora de que llegazeih, cohone. ¿Quiere er zeñorito que le zirvan un pijcolabi por un cazuah?


Apreté los dientes de rabia. Habíamos llegado casi un cuarto de hora antes de lo acordado, y el comemierdas este hacía parecer que llegábamos tarde. Fiodor le ignoró cordialmente y subió a bordo. Apareció Fabrizio, con una copa en la mano.


—Gustavo, por favor. Han llegado más que puntual.
—Zi ya lo zeh, Efe. Es pa que ze espabileh.
—Sí, claro. Haz los preparativos para zarpar, hazme el favor.
—Aro, Efe.


Gustavo empezó a trastear y subí a bordo, ganando cubierta por primera vez en mi vida. Podía sentir el vaivén del barco. Era una percepción muy clara, al menos para mí. Temí marearme en cuanto zarpásemos.


—Bien, muchacho. Espero que no seas de los que se marean. En cualquier caso, me temo que tendrías que soportarlo con el estoicismo que te caracteriza.
—No se preocupe, no soy de quejarme.
—Estupendo, porque no pensamos dar la vuelta ni aunque eches hasta la primera papilla.


Y se rió con buen humor. Nos instalamos en cubierta, en unas sillas, junto a Fabrizio. Fiodor sacó algunas bebidas una vez que abandonamos el puerto. Habían embarcado un pequeño equipo de empleados externos. Había que comer y Fabrizio era de buen comer. Necesitaba gente que le preparase buenos guisos.


Yo me hubiese ofrecido a preparar alguna cosilla, pero no me veía trajinando en una cocina así. Había echado un ojo, y me sorprendió que los fogones pareciesen un columpio. Me explicaron, aunque no hacía falta —era algo que se veía a simple vista—, que era así para que no se volcasen ollas y sartenes con el mal tiempo. Al más mínimo viraje, un caldito se te podía caer encima, con el consiguiente peligro que eso tenía.


El “Libertad” no era muy grande, pero estaba muy bien equipado. Podía Fabrizio realizar largos y exquisitos viajes por alta mar si quisiese. No se privaba de absolutamente nada.


Por suerte para mí, no me mareé en absoluto. Me acostumbré rápidamente al movimiento incesante del barco y fue tan natural como respirar. Me encantaba el mar y me sentía extrañamente unido a él. Navegar fue una experiencia maravillosa.


Me pude relajar, colocándome en la proa y cerrando los ojos. Abrí los brazos e inspiré el aire marino con fruición, llenando mis pulmones al máximo de su capacidad. Por un momento me olvidé de Roxanne, de las muertes y las peleas. No existía nada más que el mar. Era una gozada sentir las gotitas que se estrellaban en mi rostro.


—Veo que te está gustando, muchacho.


Era Fabrizio. Me volví, un poco avergonzado.


—Un poco sí, Jefe.
—Se nota. Ven, tomemos algo fresquito.


Nos sentamos a la mesa. No toqué mi copa; era temprano incluso para mí, y no quería beber con el estómago vacío. Di algunos sorbitos comedidos.


—¿Sabes por qué este yate se llama “Libertad”? —me preguntó Fabrizio.
—Puedo hacerme una idea…
—No, venga. Di lo que creas, jeje.
—¿Por lo bien que se siente navegar? Ya sabes, la libertad de ir donde te da la gana, y no hay territorio más libre e ingobernable que el mar, al que no se le pueden poner muros ni alambradas.
—Jaja, no está mal. Pero no es por eso. Es por la canción de José Luis Perales, “Un velero llamado Libertad”. Mi señor padre siempre fue muy aficionado a la música española. Juntos escuchábamos canciones en su viejo tocadiscos, en las playas de Nápoles.


Se puso de pie y se colocó cara al mar, dándole un trago a su copa, inhalando luego profundamente. Se volvió para mirarme.


—La familia es lo más importante, muchacho. Incluso por encima del dinero y el poder. Sin tu familia al lado, puedes estar podrido de dinero y tener a todo el planeta besándote el trasero, que no vas a ser feliz.


Bajé la vista al suelo. Yo no tenía familia alguna. La mujer con la que quería pasar el resto de mi vida había muerto y sentía que no podía descansar en paz hasta acabar con todos los Dominico, en especial, Román. Lorena, pese a no ser mi prima carnal, era lo más parecido que tenía a una familia que me quedaba, junto a Clara, Juan Alberto y sus padres. De todos ellos me tenía que mantener a una distancia prudente. Por su bien.


Fabrizio debió notar mi decaimiento y algo intuiría.


—Muchacho, levanta la cabeza. Todavía eres muy joven y la vida da muchas vueltas. Solo reflexiona sobre ello. Los españoles no valoráis lo suficiente a la familia, como concepto. Si te quedas conmigo el tiempo suficiente, lo entenderás.


—Sí, Jefe.


Volvió a sentarse y cambiamos de tema. Gustavo me miraba con muy mala cara, casi con desprecio. No le estaba sentando especialmente bien que estuviese de cháchara con el jefazo. Él estaba acostumbrado a, valga la redundancia, ser la sombra del jefe. Solía ser Gustavo quien estaba con él, dándole palique, sirviéndole los copazos y soltando chistes de mierda.


Pero cuando estaba por allí, Fabrizio me acogía como si fuese un sobrinillo suyo. Me daba charlas, me hacía preguntas y, en general, parecía disfrutar de mi compañía. A Fiodor se la pelaba; iba de aquí para allá y asistía al sombra.






VI






Tras la comida —exquisita, por cierto—, Fabrizio se disculpó y se bajó a su camarote a echarse una siestecilla. Yo me apoyé en la barandilla un ratito, contemplando el ancho mar que era el Mediterráneo.


—¡Tú! Pimpollo, ven pacá ahora mihmo, cohone.


Pegué un salto. Gustavo estaba requiriendo mi presencia. Fui al puente a toda leche.


—¡Dime!
—Ponte ahí, cohone, y cohe er timón.


Obedecí, agarrando el timón con ambas manos, nerviosísimo. Gustavo salió de la cabina a fumarse un pitillo.


—Abaha dos núo, Pimpollo.
—¿Y eso cómo se hace?


Gustavo reprimió una maldición y entró, cabreado.


—Pero vamoh a veh, ¿tú pa qué zirveh, eh?
—A ver, tranquilito, eh. Que es la primera vez que me monto en un barco.
—Dehate de ejcuza, cohone, Pimpollo.


Sudaba la gota gorda, aferrado a una especie de volante, sin apartar la vista del mar. Solo tenía una pantalla frente a mí, llena de números, y para colmo, todo en inglés.


—Mira, Sombra: Pimpollo solo me llaman tres personas y tú no eres una de ellas. La próxima vez que me llames Pimpollo y con ese tonito, suelto el volante este y te meto un gancho en la boca del estómago.


Gustavo tiró el pitillo al mar y se puso serio, acercándose a mí. Me dio una colleja suave que me enervó, pero no solté el timón aun así.


—A mí me habláh con rehpeto, ¿tanterao? Porque la prózima que me hableh malamente te pego doh tiroh, maharón.


—¿Qué paisa aquí? —era la voz de Fiodor.


Gustavo dio un respingo. Fiodor entró al puente y me tranquilicé bastante. Se apoyó en la consola, mirándonos.


—He dicho: que qué paisa aquí.


Lo dijo mirando a Gustavo, que se achantó.


—No paza nah. Er Pimpollo ehte, que no vale paná.


—Aham. —Le ignoró—. Pimpollo, te está vasilando. Tiene el piloto automático, puedes soltar el timón. ¿Ves?


En cuanto solté el timón, Fiodor le dio un manotazo, haciéndolo girar. No pasó absolutamente nada. Gustavo se echó a reír. Estaba por girarme, encararme con aquel bastardo y pegarle un cabezazo, pero la mirada de Fiodor era advertencia suficiente.


Fiodor señaló la pantalla con el índice.


—“Knot” es nudo. La velosidad. Esta palanca —agarró la palanca doble y la echó suavemente atrás— controla los motores. Menos gas, menos velosidad. ¿Ves?


Efectivamente, con aquella palanca controlaba la velocidad y se reflejaba en la pantalla. Era algo gradual y lento. Comenzamos, poco a poco, a ir más lento.


—Ez la típica coñah de novatillo, Pimpollo, no te zurfureh, jaja.


Me giré para mirarlo. La risa se le cortó en seco. Fiodor me puso la mano en el hombro y me comenzó a explicar algunas cosillas, como, por ejemplo, a desactivar el piloto automático y cositas muy básicas. Bajamos la velocidad para que Fabrizio descansase mejor. Íbamos a doce nudos y lo dejamos en unos cómodos diez nudos.


Fiodor también me comentó que estábamos yendo con calma. Tardaríamos unos cinco días, a aquel ritmo, en llegar. Nuestro objetivo llegaría en un par de días, a lo sumo, a Nápoles. Teníamos tiempo de sobra. Les pillaríamos en bragas, como aquel que dice.


Para la media tarde, Fabrizio regresó, fresco y renovado. Aumentamos la velocidad y tuvimos una dinámica similar. El jefe y yo charlábamos, sobre todo del mar y del yate. Me dio un tour por el yate, explicándome un poco cómo funcionaba, curiosidades y algún que otro nudo marinero básico. Aprendía rápido y Fabrizio lo notaba.


Paramos los motores a la noche, cerca de la costa valenciana, para dormir. Fiodor y yo compartimos camarote.


Dormir acunado por el mar fue una experiencia maravillosa, si os soy sincero. Me gustó mucho.






VII






Al día siguiente dormimos en el puerto de Ibiza, donde aprovechamos para repostar. Fiodor y yo nos dimos una vuelta con el jefe, dejando a Gustavo a bordo, controlando el cotarro.


Comimos muy bien y se nos fue la mano un poco con el tinto de verano. Todos conocían al jefe y nos trataron tan bien, que hasta me daba fatiguita. Nos dejó un taxi en el puerto, a pesar de estar relativamente cerca el restaurante donde almorzamos. Apenas nos teníamos en pie, salvo Fiodor, que tenía el hígado bastante curtido.


Gustavo no estaba especialmente contento, pero nos la pelaba a Fiodor y a mí. Me comentó que le tenía bastante miedo, pese a tener él mucho más poder dentro del grupo de Fabrizio. Un día le dijo “Rusoski de mierda” y Fiodor, sin más, le soltó un cabezazo que le rompió la nariz. Fabrizio, lejos de castigarle, le quitó hierro al asunto.


Fiodor había visto, hecho y, sobre todo, presenciado auténticas locuras, y un mindundi zezeante no le iba a acojonar. Le debía únicamente lealtad a Fabrizio y no le soportaba gilipolleces a segundones.


Los siguientes días fueron un calco de los anteriores. Hicimos otra parada técnica más, en Cagliari, al sur de Cerdeña. Allí, más de lo mismo: una salida, en principio tranquilita, para volver haciendo eses Fabrizio y yo, mientras Gustavo estaba echando chispas por los ojos. Él debería estar en mi lugar, abrazado al Jefe para no caerse ambos al suelo. Fiodor siempre estaba ahí, pero como era parco en palabras, pasaba mucho desapercibido.


Fabrizio, en aquellos momentos de distensión, parecía un señor más, como otro cualquiera, eso sí, con pasta. Casi no parecía un mafioso.


Sí, Fabrizio, para ser el Don de la mafia, era atípico. Yo no me llevaba a engaño. Desde que toda una comisaría entera le comió los cojones frente a mí, supe que, de quererlo, en cualquier momento podría estar muerto. Le había caído en gracia, solamente eso, y no dejaba que se me subiese a la cabeza. Pero disfruté mucho aquellas salidas, en las cuales me olvidé incluso de por qué estábamos allí.


Tenía que matar a, muy probablemente, mucha gente.


Sé que suena a tópico eso de que, una vez que matas a unos pocos hombres, asesinar se vuelve algo rutinario, casi. La verdad es que era así, tal cual.


Tras la matanza de los Dominico no me creía capaz de apretar un gatillo. Fiodor tuvo una paciencia casi infinita conmigo. Teníamos que cargarnos a un pavo, un mequetrefe tan mediocre, que fue su propia madre quien nos abrió la puerta, encantada de que le diésemos pasaporte.


Nos lo llevamos a hostias hasta una nave industrial del grupo, que estaba insonorizada. Allí se realizaban conciertos y otros eventos ruidosos. Estaba algo apartada de la civilización, y aun así, estaba lo mejor insonorizada posible. Allí los disparos no resonaban tanto, y entre eso y que todos guardaban silencio por si escuchan algo, era el lugar ideal para despachar subnormales.


Tras darle algunas hostias, totalmente gratuitas, Fiodor me puso un arma en la mano.


—Venga, Pimpollo, liquida a este idiota.


No fui capaz, me temblaban las manos. Fiodor me puso las manos en los hombros.


—Pimpollo: libera tu mente de mierda… o si no te caerá una tormenta de mierda. No pienses en nada. Mírale a los ojos. Aprieta el gatillo y procura no cerrar los ojos.


Lo teníamos atado a una silla, por lo que no iba a ir a ninguna parte. Obedecí, pero no podía apretar el gatillo. El notas gritaba y lloraba, rogando que le diésemos una oportunidad más. Tras más de media hora dudando, sudando y apretando los dientes, Fiodor se cansó. Fue él quien disparó. Dos tiros, limpios.


La cabeza del tipo colgaba inerte a un lado, mientras a sus pies se formaba un charco.


—Venga, vámonos.
—¿No… glup… limpiamos esto?
—Fabrizio tiene gente para esas cosas. Nos vamos.


Una vez fuera, ya en el coche, volvió a hablar.


—Nunca des la espalda a un cadáver hasta estar seguro de que está kaputt. ¿Entiendes?


Arrancó y nos marchamos. Ya en el piso franco, volvió a hablar.


—Mañana lo intentaremos otra vez. Pimpollo, recuerda: libera tu mente de mierda, o te caerá una tormenta de mierda encima. Este será tu paraguas —levantó la semiautomática, para enfatizar sus palabras—. Si dudas… mueres.


Tuvimos varios intentos de ajustes de cuentas. No pude disparar a nadie, solo por deberle pasta a Fabrizio. Fiodor, siempre con paciencia, liquidaba al pavo en cuestión y nos largábamos, en silencio. Cada vez me daba menos impresión, pero no me veía capaz.


Hasta que tuvimos que darle una lección a un notas que se propasó con una de nuestras chicas. Un turista, un inglés de Manchester, tuvo la mala fortuna de dejarle un ojo morado a una chica de compañía. El muy cabrito intentó escapar, pero le trincamos en el aeropuerto, a punto de embarcar.


Gloria —dudo que fuese su auténtico nombre— era muy maja y simpática. Rubia, metro noventa de altura, con unas piernas tan largas que te hacían perder el juicio. Creo que era suiza, aunque no podía estar seguro. Fue la chica que me estrenó en el mundo de la prostitución.


Siempre que tenía tiempo, dinero y los huevos llenos, iba a verla a ella. La primera vez que nos vimos, fui incapaz de hacer nada. Fiodor me llevó por petición del jefe, para que me soltase la melena y soltase las tensiones, tras estar en el calabozo. Gloria me acogió en su seno, como suele decirse, y tuvo paciencia conmigo.


Lloré en su regazo como un infante. Roxanne… a Roxanne la tenía atravesada en el corazón. Me escuchó y me consoló. Iba a verla solo para poder hablar con alguien. Ella encantada, por supuesto. Yo la trataba bien, no follábamos y cobraba igual.


Me contó que era más habitual de lo que creía. Muchos iban con nuestras chicas a charlar y a drogarse, y follar era algo opcional que rara vez hacían. Los puteros más enganchados iban a verlas por inercia. Venían puestísimos, y con las tonterías solo se ponían un poco más y rajaban. Eran sus mejores clientes, desde luego.


A la quinta, ¿o tal vez la sexta vez? No lo recuerdo bien. Follamos. Me quitó las tonterías con el coño, y quisiera creer que ella también lo disfrutó. No te puedes fiar de la palabra de una puta, pero oye, que tampoco me importaba demasiado. Me caía bien y parecía recíproco, y eso me bastaba.


Por eso, cuando le vi el ojo como se lo había dejado aquel pirata, me encendí. Quemamos rueda hasta el aeropuerto, tras estar un buen rato haciendo llamadas aquí y allá, a contactos en toda la provincia, hasta dar con él.


Lo atamos a la silla, y hasta ese momento no le tocamos ni un pelo. Lo agarramos de las ropas en la puerta de embarque. El segurata estaba untao y miró hacia otro lado, pese a los gritos del piratilla. Lo metimos en nuestro coche tras decirle varias veces “shut up”.


Una vez estuvo preparado, le curtí los pellejos a base de bien. Cuando ya no podíamos más ninguno de los dos, Fiodor me entregó el arma.


Ni dudé. Ni tras despellejarme los nudillos estaba satisfecho. Le vacié el cargador encima, y aun así, por la rabia, no había tocado ningún punto vital. Fiodor solo enarcó la ceja, flemático. Saqué mi navaja y lo degollé, algo torpemente. Acabé de sangre hasta las cejas.


Fui al servicio a adecentarme un poco. Me quité la camiseta y la dejé en la papelera, me cogí una de propaganda del local y, tras colocarme la chupa, salí. Fiodor me esperaba con el coche al ralentí. Subí y condujo en silencio.


Una vez en el piso habló.


—Sigues sin entenderlo, Pimpollo. Libera tu mente de mierda o tormenta de mierda.


Me enfurecí.


—¿De qué coño hablas? ¿Po no me lo he cargao al mierda ese? ¿Qué más quieres?


—Pimpollo, piensa: has desperdiciado dose balas y ni aun así ha muerto.


Le miraba incrédulo.


—Pero… ¿qué coño dices?


Fiodor meneó la cabeza, decepcionado. Se marchó sin más, sin despedirse siquiera. Me metí en la cama, con la cabeza como un bombo. Solo a la mañana siguiente comprendí a qué se refería Fiodor. Cuando me recogió y salimos al siguiente curro, se lo dije.


—Tienes razón, Fiodor. Malgasté munición para nada. Lo siento… estaba enrabietado por pegarle a Gloria.


—Comienzas a entender, Pimpollo.


—Ya, ya lo sé. Doce balas y no lo he matado. Si no hubiese estado atado y tuviese un arma, yo estaría indefenso y podría matarme él a mí.


—Comienzas a entender. Eso es bueno.


—Me queda mucho por entender, ¿no?


—Mucho. Pero buen comienzo. Mente fría, Pimpollo. No emociones, solo hostias, solo tiros. Quien dispara desde el corazón no mata. Quien dispara desde la mente, solo basta una bala. Para lo que sea. Armas no solo matan, salvan. Pronto lo entenderás.


Y desde entonces, cada vez que mataba, me costaba un poquito menos ejecutar a nuestros objetivos. Fiodor, como siempre, tenía razón. Si apretaba el gatillo sin pensar en nada, sin resentimientos, era mucho más fácil acertar.


El problema era que no podía apartar la mierda que me corroía. Aunque intentaba ser frío y profesional, terminaba despistándome. Fiodor, en aquellos casos, me salvaba el culo. Roxanne seguía muy presente en mi mente.


Me dio la solución: ahogarme en alcohol.


Me anestesiaba y podía funcionar, al menos durante un tiempo. Beber, pelear, follar y matar: una rutina de puta madre, a la que me entregaba con pasión.


Y, por ahora, no me había ido especialmente mal.






Capítulo 2


I






Avistamos las costas de Nápoles al atardecer. Las vistas eran bellísimas, con el sol confiriéndole esa pátina dorada tan suya, tan nostálgica, tan hermosa. Era como ponerle un lazo a un mojón de a kilo. Cualquier basura parecía mejor al atardecer, justo cuando el sol se oculta.


Se instaló en mi estómago una bola de hielo, pesada.
La cosa se iba a poner seria en breve. Sí, había sido un viaje tranquilito en el que por unos días pude olvidarme de todo. Ahora tocaba currar.


Atracamos en el puerto y, acompañado de Fiodor, nos adentramos en la ciudad. Era mi primera vez en Nápoles. Todo me pareció la polla en verso y estaba más pendiente de lo que nos rodeaba que de mi espalda. Fiodor me llamó la atención.


—Pimpollo, no te confíes. Nápoles es la cuna de los Gangliotti, pero aquí hay otras familias. Atento.


Me puse serio. Ya tendría tiempo en otra ocasión para pamplinas como el turismo. Fuimos al restaurante de uno de los primos de Fabrizio. Necesitábamos armas y munición y nos las proporcionaron tras tomar un par de platos típicos de la ciudad.


Era el típico restaurante familiar, con la vivienda en la planta superior y hasta su propia bodega. Era un lugar inmenso, donde Fabrizio podía guardar armas, drogas o incluso personas. En la bodega tenían las armas. Nos armamos hasta los dientes y regresamos al Libertad a pasar la noche.


Al amanecer llegó una mujer, acompañada de una cría. Traía comida fresca, frutas y verduras. Fabrizio se piraba de allí a pasar unos días con unos amigos suyos en Grecia. Nosotros nos quedaríamos y, como era lógico, el Don se marcharía para no levantar sospechas.


Mientras la señora trasteaba en las cocinas, con la ayuda de un par de mozos, metiendo y sacando cajas, la chiquilla me miraba con una extraña mezcla de miedo y fascinación. Tendría doce o quizá trece años. O puede que menos, no me podía importar menos.


—¿Qué? ¿Echándole una mano a tu madre?


No respondió ni hizo nada. Solo me miraba, absorta. No sé por qué, pero me acerqué a ella.


—“Tu sei quello devoto, giusto?” [¿Tú eres el devoto, verdad?]


La miré sin entender absolutamente nada. Le sonreí.


—No hablo italiano, lo siento.


Los ojos le hacían chiribitas. Se agarraba, nerviosa, las faldas.


—“Il Devoto della Morte è spagnolo, giovane… e pure bello. Lo dicono le donne della mia famiglia. Secondo me… sei tu.” [El devoto de la muerte es español, joven y guapo. Lo dicen las mujeres de mi familia. Seguro que eres tú.]


—Perdona, chiquilla. Io non parlo italiano.


La chica asintió, colorada. No hablaba ni papa de italiano, pero alguna cosilla suelta más o menos sabía decir. Lo típico que todos sabemos de escucharlo aquí y allá. Poca cosa, pero oye, menos era ser un cromañón.


—“Ma… quando sarò più grande… ti sposeresti con me?” [¿Te casarías conmigo cuando sea mayor?]


—Ni idea, de verdad. Mira, toma.


Me saqué un paquete de chicles de hierbabuena Orbit del bolsillo y se lo ofrecí. Ni lo había abierto siquiera. Lo compré antes de irnos, lo metí en el bolsillo de la chupa y lo olvidé. La chiquilla, morena, lo cogió como si le hubiese dado una granada. Lo miró con interés por todos lados, sonrió y lo guardó en el bolsillo del vestido.


—¿Por qué no te sientas un rato? —le señalé la silla libre frente a mí—. Parece que tu madre va a tardar un rato aún.


La joven se sentó tímidamente, de forma recatada, como una señorita. La tomé como la hija de alguna curranta de por allí, y me sorprendió lo bien educada que estaba. Le ofrecí una Coca-Cola fresquita que aceptó feliz. Se la serví en una copa.


Luego pensé que igual a Fabrizio le sentaría mal, pero bueno, era una chiquilla y no la iba a tener ahí, de pie y sedienta. Reorienté la sombrilla para que nos diese sombrita a los dos.


—Hace un día cojonudo, ¿eh?


Asintió, sin dejar de mirarme a los ojos.


—¿Sabes? Es la primera vez que vengo aquí. Nápoles es muy bonita.


Volvió a asentir. Me hizo gracia. Sabía de sobra que no me entendía ni papa y era recíproco, pero asentía como si lo hiciera. Supongo que para no quedar mal. Le revolví el pelo, riendo.


—Qué graciosa. No pasa nada si no me entiendes.


La jovencita se puso colorada hasta la raíz del cabello. Le di una chapa legendaria en andaluz, sobre tonterías que se me venían a la mente. En cuanto terminasen de reabastecer las despensas, Fiodor y yo abandonaríamos el Libertad de forma discreta. No podía estar más nervioso. La desazón me devoraba las entrañas y no podía estar quieto. Mi lengua iba por su cuenta.


La jovencita solo escuchaba, atenta a todo. No perdía detalle de nada.


Una voz, con urgencia, tronó en la cubierta. Había miedo en ella.


—“Giorgia… vieni qua, amore. Andiamo, su… abbiamo finito.” —y en cuanto vio que la niña no reaccionaba lo bastante rápido, subió un pelín la presión, sin llegar a gritar— “Giorgia, adesso. Vieni subito da mamma.”


[—“Giorgia… ven aquí, cariño. Vámonos, anda… ya hemos terminado.”
—“Giorgia, ahora. Ven inmediatamente con mamá.”]


La jovencita, que parecía llamarse Giorgia, se bajó de la silla con un poco de fastidio. Se alisó el vestido y me miró, tímida.


—“Devoto… tornerò un giorno, e ti sposerai con me. È una promessa… a presto!” [“Devoto… volveré algún día, y te casarás conmigo. Es una promesa… hasta pronto.”]


Inclinó la cabeza a modo de despedida. Se la devolví levantando la mano y sonriendo. La chica se dio la vuelta y fue corriendo hacia su madre, que la agarró de la axila y le susurró algo frenéticamente que no alcancé a oír. Me dirigió una última mirada, esperanzada, antes de desaparecer.


Me repantigué en mi asiento y me encendí un pitillo, pensativo. Al rato apareció Fiodor.


—Venga, Pimpollo. Vámonos.


Tiré la colilla al mar y me puse de pie. Sentía un hormigueo recorriéndome la espalda. Era la hora de la verdad. Descendimos discretamente y nos mezclamos con la multitud. Ni nos despedimos del jefe.






II





Nos montamos en un coche de la familia, que estaba aparcado fuera del puerto. Fiodor tenía las llaves. Arrancamos y nos dirigimos a Scampia, un barrio periférico de Nápoles. La crème de la crème de los barrios chungos. Territorio de los Salvatore.


Nuestro destino eran las Vele de Scampia. Allí nos esperaría nuestro contacto, de la facción descontenta de los Salvatore, para guiarnos hasta Jericó Dominico y así poderle meter unos pocos de tiros entre pecho y espalda, por cortesía de un servidor.


Las Vele de Scampia eran… bueno, el infierno en la tierra.


Lo primero que ves cuando llegas son ellas, un tártaro desquiciado de la arquitectura postmoderna. Un entramado urbanístico que trataba de ser “moderno” para los estándares de los años 60 y 70, cuando fueron levantadas. Eran unos edificios colmena.


No eran edificios normales, eran megaestructuras pensadas para albergar cientos de almas, pero sin pensamientos realistas de cara al futuro.


Las Vele de Scampia aparecían de golpe a la vista, como las velas de un barco pirata fantasma, surgiendo de la niebla. Una mole gris sucia, intentando imitar a la tela, de forma triangular. Unas velas desgarradas, comías de mierda. No os imaginéis unas velas tensas, hermosas y blancas, hinchadas por el barlovento amable. Para nada.


Entre una “vela” y otra colgaban pasarelas de concreto. Corredores suspendidos que me recordaban a lianas entre los árboles de una jungla de asfalto. Conectaban unos edificios con otros. Desde abajo parecían conexiones que no llevaban a ninguna parte. Desde dentro, te ves en la tesitura de tomar decisiones constantemente: izquierda o derecha, escaleras o sombra, luz o pasillo. Vida o muerte. Si tomabas la dirección equivocada, podía esperarte una navajada o un tiro en la cara.


Todo se repetía sin una lógica. Si recordase los sueños que tengo, mis peores pesadillas tendrían como escenario aquellas pasarelas.


Recuerdo, sobre todo, el viento. Corría entre los huecos, silbando. Escaleras, pasillos, entresuelos, pozos de cemento que reverberaban el silencio cómplice de sus habitantes. Huecos donde debió haber, quizás pensado sobre plano, jardines o plazas comunitarias donde los chiquillos jugasen. No había nada, tan solo basura y mugre.


Era atosigante. Cada ventana, cada balcón, cada puerta entreabierta era un ojo que te vigilaba, fueses quien fueses. Miradas hoscas, desagradables. Chiquillos que parecían inocentes, pero incluso los niños de teta eran leales hasta la médula a los Salvatore. No por convencimiento o deuda de sangre o algo similar a lo que el cine cree que es el respeto a la mafia.


No, era por puro terror.


Cualquiera de ellos, sobre el que recayese cualquier atisbo de duda sobre su lealtad, era duramente castigado. Igual eran totalmente inocentes, pero el castigo —generalmente la muerte tras la tortura más desquiciada— servía como elemento disuasorio para los siguientes, para que se lo pensasen mejor antes de traicionarles.


Entrar en las Vele de Scampia sin permiso de la familia Salvatore era un salvoconducto para conocer a San Pedro en persona.


Desde lejos, allá sentado en el coche, parecían un experimento urbanístico que, quizás en otras condiciones, hubiese sido muy interesante. Pero la desidia, la desgana, la forma de ser de aquellas personas por naturaleza y la corrupción hicieron lo que eran a día de hoy las Vele.


Ahora, de cerca, mientras subíamos las escaleras Fiodor y yo, seguros de que teníamos inmunidad diplomática, la sensación era diferente: una ciudad en miniatura, vertical, sucia y cochina, pero llena de vida. Vivían familias humildes, sí. Pero también camellos, prófugos de la justicia, bellacos, putas, yonkis y degenerados de todo color y pelaje.


Las paredes contaban una historia de miseria y hambre, sí. Pero también de resignación, esperanza de un futuro mejor, esfuerzo y sangre. Tanto sangre vertida de forma violenta como aquella que te brota en los callos reventados de trabajar.


Yo tenía las manos manchadas de sangre. Aquella sangre me manchaba el alma. Pero la sangre de muchos de aquellos embellecía sus almas. Una sangre vertida, pura, que daba cierto esplendor a algunos pasillos. Humildes pero limpios. Olor a pino, a fragancias baratas, pero con las que me sentía a gusto.


Otros pasillos eran otro cantar. La suela se te quedaba pegada al piso, con un “cru-cru-cru” que daba grima. Putas se ofrecían tras puertas destartaladas, muchas de ellas desdentadas y con costras en heridas por todo el cuerpo. Hombres de todas las edades tirados en medio de un colocón obsceno.


Fiodor ni los miraba, y si alguno osaba no apartarse, era pisoteado sin piedad. Yo los evitaba, con cara de asco. Ascendíamos a pie, escalón a escalón, pasando de un edificio a otro. No por gusto, no para despistar: los ascensores no funcionaban ni uno. Había secciones cerradas al paso por peligro de desprendimientos.


La falta de mantenimiento desde que fueron levantados aquellos edificios les había pasado factura en menos de una década. Aquello debería haberse derruido hacía casi dos décadas, pero ahí seguía, impeterrito, plantándole cara a un Dios inexistente, como diciéndole “chúpamela, que me caeré de viejo”.


Aun así, las secciones que estaban en peores condiciones, que en cualquier momento podían derrumbarse, seguían habitadas. La peor de la peor de las calañas las tenían ocupadas. Podéis imaginaros la clase de personas que allí estaban viviendo.






III





Nuestro contacto estaba en la parte más alta de las Vele, en el edificio más septentrional de todos. Tardamos casi una hora en llegar, con tanto rodeo. Me temblaban las piernas y el alma. Unas por el esfuerzo, la otra por todo lo contemplado.


En el último cuarto de hora no habíamos visto a una sola persona decente. Parecía como si la zona más próxima al cielo solo la habitasen demonios. La gente medianamente honrada ocupaba desde la zona central de las Vele hacia el suelo.


Nos esperaban en la puerta. Yo no hablaba ni papa de italiano, y Fiodor tampoco. El que nos esperaba, ni jota de castellano. Nos hizo pasar al interior de un apartamento donde estaba todo relativamente limpio.


En el salón estaba una joven morena, de piel aceitunada y una sonrisa peligrosa que me estremeció de pies a cabeza. Estaba sentada en una silla, sobre dos patas. Era demasiado joven para mi gusto.


—Buenas tardes, caballeros.


Parecía ser que ella sí hablaba mi idioma. Nos acercamos en tensión. Miré por el rabillo del ojo a Fiodor, que estaba igual de tenso que yo. Mucho me temía que la cosa se iba a complicar.


—Buenas tardes. Esperábamos a Fernando Salvatore —dijo Fiodor, malhumorado.


La muchacha, como si nada, siguió a lo suyo, balanceándose sobre la silla.


—Fernandito está algo liado ahora mismo. Me ha pedido que os entretenga mientras acaba un asuntillo de nada.


—¿Tardará mucho?


—No, no le quedará mucho. ¿verdad, Hugo?


El tal Hugo no dijo nada. Estaba en la puerta, de brazos cruzados sobre el pecho. No me gustaba su actitud. Aquello era una encerrona de manual. Un aliado no te corta una posible salida con un maromo enorme.


La chica nos miraba, sonriente. Su sonrisa daba pavor. Nos miraba como si no fuésemos nada, poco menos que cachorritos. ¿Nos subestimaba? Era evidente. No le suponíamos ni siquiera un estorbo.


—Me llamo Justina. ¿Y vosotros?


—No he venido a socializar, Justina.


—Uy, pero qué maleducado. Yo me he presentado. Lo correcto sería que vosotros dos, en especial el guapito, os presentaseis igualmente.


Fiodor y yo nos dedicamos una mirada. Llevábamos poco tiempo trabajando juntos, pero nos conocíamos a la perfección. Era mi tutor, mi mentor, mi hermano de armas y casi un padre para mí. Me había entrenado, me había dado de hostias hasta en el carné de identidad, me había comido la oreja sobrio, borracho y hasta dormido. Me había visto llorar, maldecir y jurar.


Nos conocíamos. Fiodor era parco en palabras, sí, pero muy elocuente con la mirada. Quería decirme que tocaría pelear, que nos la habían jugado de malas maneras y que Fernando Salvatore estaba criando malvas, que lo había largado todo antes de espicharla.


Con un movimiento de ojos me ordenó encargarme del armario que custodiaba la salida. Él se encargaría de la chavala. Para alguien no iniciado en el mundo de las hostias por encargo, las apariencias engañaban. El más peligroso no solía ser el armario empotrado. Esos solían ser masas de músculos con el cerebro justo para no cagarse encima.


Quien hablaba de más, con seguridad, con ese tipo de sonrisa como la que lucía Justina, eran las auténticas mambas negras, con las que tenías que tener cuidado.


—Verás, Justina. No tenemos la costumbre de dar nuestros nombres a los cadáveres.


Silencio. Tenso, espeso. Justina no había movido ni una pestaña. En un segundo se desató el infierno.


Di dos pasos atrás, plantándole el codo en la garganta al gigante de la puerta, que no tuvo tiempo de descruzar los brazos para protegerse.


El impacto fue brutal, ni se lo esperaba el colega. Cayó redondo al suelo, y lo rematé con una patada en la quijada, dejándolo fuera de combate.
Un par de disparos reverberaron en la estancia, y antes de que pudiese volverme siquiera, Fiodor me dio un empujón violento, apartándome.


La jovencita psicópata, Justina, barrió el aire a mi alrededor de forma cortante. Tenía un par de cuchillos de combate, uno en cada mano. Había, no sé cómo, esquivado dos tiros directos a corta distancia por parte del mejor tirador que conozco.


Era rápida y ágil. Saqué mi arma y traté de descerrajarle un tiro, pero parecía una sombra la tía, de lo veloz que era. Pegaba unos saltos brutales de un lado a otro. Sus fintas eran endemoniadas.


–¡Pimpollo! Salgamos de aquí.


Salí por la puerta por la que entramos a toda velocidad, mientras Fiodor pegaba más tiros, fallándolos todos.


–¡Vete! ¡Corre, Pimpollo!


Obedecí sin pensar. Fiodor me había entrenado para obedecer ciegamente sus órdenes. No había margen para debatir o llegar a un consenso: si dudabas en nuestro ramo, morías, así de simple.


Eché a correr por el pasillo mugriento, arma en mano.






IV






Desde varios pisos, me salieron al paso varios tipos. Estaba en desventaja numérica y, para colmo, en un pasillo cerrado. Abrí fuego sin dejar de correr y sin apuntar, a donde diese, siempre y cuando pudiese escapar de allí.


No era mi territorio y me consideraba muerto. Si salía de allí, podía darme con un canto en los dientes y rezar a todos los santos del puto cielo, porque sería un milagro salir vivo.


Los disparos de vuelta no se hicieron esperar. Corría semiagachado, encogido, esperando no recibir ninguno. En un momento dado, tras abatir a un tipo rellenito, me colé en la vivienda de la que había salido. No había nadie para recibirme.


Aproveché para cambiar el cargador, pese a quedarme tres balas. Lo hice sin detenerme, atravesando las estancias, vacías, tanto de personas como de mobiliario.


Una de las ventanas daba a otro pasillo interior, que daba a una especie de patio interior. Me parapeté detrás de la parte baja de la ventana. Saqué el cargador con las tres balas de antes y comencé a llenarlo hasta su máxima capacidad.


Hice un breve inventario de lo que tenía: 34 balas sueltas, una navaja en el tobillo derecho, un puñal en la parte de atrás del cinturón, una llave de pugilato, 3 cargadores más el que llevaba puesto en la semiautomática. Un paquete de tabaco al que le faltaban dos cigarrillos, dos mecheros Bic pinchados por ahí, un Zippo a medio gas, un librillo de papeles recién empezado —lo había comprado nada más bajarme del Libertad en Nápoles— y una china gorda de hachís.


Tenía que tener la mente fría. Fiodor se había sacrificado para darme tiempo, y correr como un pollo sin cabeza no era lo más eficiente. Lo más sensato sería no agotar mi munición, en la medida de lo posible. No había cerrado la puerta cuando entré, pero sin dejarme llevar por el alarmismo, quise creer que incluso me venía bien, porque ¿no sería lo lógico, si te vas a esconder, cerrar la puerta? Si estaba abierta, cualquiera daría por sentado que había seguido de largo.


Eso me daba algunos minutos para reorganizarme. Seguramente estarían por ahí, corriendo por los pasillos, buscándome.


De tanto en tanto sentía carreritas de un lado al otro por el consiguiente pasillo al que daba la ventana.


71 balas, 7 Veles, 13 plantas por edificio… Ni Bruce Willis lo tuvo tan jodido en Die Hard. La Jungla de cristal eran las Vele, y no el Nakatomi Plaza.


Teniendo en cuenta que había accesos cortados, zonas intransitables, que las pasarelas estaban en distintos niveles… había tardado en subirlas más de una hora —no sabría decir exactamente cuánto, pero un viae—, no sabía cuánto tardaría, en aquellas circunstancias, en abandonar el lugar.


Allí, agazapado, con el corazón a mil, mientras me buscaban, solo podía pensar en términos jugabilísticos o gamer, si eres un modernillo de esos:


91 niveles hasta arriba de PNJs, todos armados y con ganas de cargarse a un españolito. Volví a contar las balas… y se me venía el mundo encima. Las cuentas no me salían. Esto era un puto videojuego survival horror de los puñeteros.


Podría hacerme con munición y armas de mis enemigos, pero no lo veía factible, salvo que pillase a alguien solo. Me temía que esto sería un hit and run total: golpear, disparar y correr como un mamón, esquivando tiros.


Tenía más que claro que todo aquel con el que me cruzase sería mi enemigo, que cada ojo, aunque fuese el de un infante, lo sería igualmente. Se me ponían los pelos de punta solo de pensar en los niños, y un sudor frío me bajaba por la espalda.


Guardé la Glock en la sobaquera, saqué el puño americano y me lo coloqué en la mano derecha; en la izquierda empuñé el puñal. No era especialmente grande, pero sí liviano y afilado como una navaja de barbero, con una punta que quitaba el hipo.


Salté fuera, al pasillo, en cuanto sentí que ya no había nadie. Pasillo despejado. Me pegué a las paredes para no ser visible desde el patio interior y, semiagachado, traté de ganar la planta de abajo, por las escaleras.






V






Llegué al tramo que descendía sin que nadie me viese. Le faltaban varios escalones, que estaban derruidos desde vete tú a saber cuándo. Salté el tramo inexistente sin problemas. Volví a repetir la operación de antes: correr hasta la siguiente escalera. Estaba en la otra punta, ya que el que conectaba ese piso con el siguiente solo tenía un hueco enorme.


A mitad de camino, una puerta se abrió. No pensé, actué. Le clavé en la rodilla el puñal y, antes de que pudiese el tipo proferir un grito, le reventé la mandíbula con un puñetazo en arco corto. Un crochet que, lejos de ser limpio y técnico, cumplió su función: silenciarlo, quizás para varios meses, cayendo al suelo. Lo sostuve para no armar un escándalo; aun así, algo de ruido hice.


–Giancarlo, che cazzo succede, frà? [“Giancarlo, ¿qué coño pasa, tío?”]


Había más gente en la vivienda. Un notas, barbilampiño, se asomó al recibidor. Antes de que pudiese dar la voz de alarma, le clavé el puñal de forma ascendente en la barbilla, retorciéndoselo.


Giré la cara para ver cómo había tres tipos más en la salita, sentados en un sofá destartalado, fumando en papel de plata. “Un chino… ¿a estas horas?” fue lo que pensé mientras desclavaba el arma de la boca de aquel desgraciado.


Los tipos se quedaron blancos, inmóviles. Los había tomado por los hombres de los Salvatore, pero eran unos yonkis de mierda.


Me supo mal, muy mal. No podía dejarles con vida. No existía nada más traidor y rata que un puto yonki, que vendería a su madre por una papela de matarratas con una mijilla de caballo.


No me enorgullezco de lo que hice, pero tampoco podía hacer otra cosa que asesinarles de forma limpia, antes de que sus gritos alertasen a todos los Salvatore del edificio. Apenas opusieron resistencia, solo se mearon encima y poco más. Volví y cerré la puerta suavemente.


Registré los cuerpos. Salvo algunas monedas, un par de mecheros y unos rollos de papel de aluminio, no había absolutamente nada que me ayudase en mi cruzada. Decidí quedarme un par de horas allí y me arrepentí de haberlos liquidado sin preguntarles siquiera si alguien podía pasarse por allí.


Esperé hasta que la noche llenó todo de sombras y oscuridad. Gastaría menos munición si podía fundirme en las sombras, a lo Splinter Cell. Por suerte, me gustaba vestir con ropas oscuras, cuando no directamente negro. Hasta mis vaqueros eran negros —bueno, un gris muy oscuro— y las botas.


Nadie entró o se acercó a la puerta de aquel antro de mierda, para mi tranquilidad. Estaba tenso, tras la puerta, por si había jaleo.


Cuando todo parecía indicar que estaba tranquilo ahí fuera, salí.


Los pasillos estaban totalmente a oscuras. Solo se filtraba la luz natural de la luna en cuarto creciente y las pocas nubes que reflejaban su luz.


Algo bueno tenía que tener aquella sordidez cutre de los barrios chungos: la escasa o nula iluminación.


Esta vez, sin correr, pero igualmente inclinado, recorrí las estancias de las zonas comunes. Estaba totalmente desorientado. No sabía por dónde coño podía descender al siguiente piso, por lo que iba probando todas las rutas disponibles.


Tras casi tres cuartos de hora, solo había descendido dos plantas. Tuve que deshacer mis pasos en varias ocasiones, porque solo daba con boquetes en el suelo. No me despeñé de puro milagro más de una vez.


Tenía que ir con tiento, probando con la punta del pie, agarrado a donde pillase —el suelo mismo, una baranda medio suelta, un mueble abandonado o cualquier cosa pesada— si había un escalón o solo el vacío.


A veces tenía que pararme porque salía o entraba en alguna casa alguien. En esos momentos estaba en completa tensión, como un muelle, esperando saltar y apuñalar a lo loco.


En aquella planta, dando vueltas, cagándome en todo, vi la oportunidad de ganar otra vivienda para parapetarme en ella. Se abrió una puerta, justo cuando la iba a cruzar. Di un paso, lanzando una estocada directa a la garganta.






VI





Detuve el golpe en seco. Era una muchacha de más o menos mi edad, quizás más joven. No pude asesinarla. No supe por qué; imaginé que porque era mujer. En cambio, le puse la hoja en la garganta y la obligué a entrar. Cerré la puerta.


–Si te callas, vives. Sino, te mato. Capicci?


La chica asintió, asustada.


–¿Hay alguien más aquí?


–La mía familia. Por favore, no matar la mía familia.


La obligué a entrar en el salón. La estampa era dantesca, pero extrañamente acogedora: una anciana en silla de ruedas, muy, pero que muy vieja, arrugada y para mí que ciega. En el sofá estaba un tipo gordo, el típico gordo, calvo, sudoroso y con camiseta blanca de tirantes, comía mierda con roales de sudor en las sobaqueras y fumando como un condenado —solo había que ver el cenicero hasta arriba de colillas—, con un mostacho que me recordaba a Luigi, el hermano pringao de Mario.


Y mirando la tele, un niñito de cinco años, ajeno a todo. El gordo se puso blanco. Intentó farfullar algo, pero le hice un gesto con la cabeza, señalando el puñal. No abrió la boca más.


–¿Habláis todos español?


El niño no quitaba la vista de los dibujitos que echaban, ignorándome. Fue la jovencita quien respondió.


–Solo io. El mío papa no parla nada. La mía nonna… sta con la demenza senile.


–¿Demencia senil?


–Sì.


–Bien… ¿y el crío? ¿Es tu hermano?


–È mio figlio, mío hijo.


La miré nuevamente, y luego al niño. Sí, podría perfectamente ser la madre del chavalín. Me dio algo de pena. Por suerte, el crío estaba empantallado y no se enteraba de nada.


–Bien… ¿sabes quién soy?


–No.


–Me andan buscando los Salvatore.


–Io no sé nada… el mío papa y la mía nonna no sé nada.


Parecían una familia normal y corriente. Empecé a sudar la gota gorda. Había cometido un error mayúsculo. Pero ya que estaba, aprovecharía.


–Diles a tu familia que todo está bien. Si no me delatáis, os juro por mis cojones que no os haré daño. Necesito hablar contigo, información. Dámela y me iré.


La muchacha le hizo entender a su padre la movida. Pareció tranquilizarse un poco. Me la llevé a una habitación para hablar tranquilamente.


–Si alguien, me da igual si tu padre o tu abuela, hacen el más ligero movimiento… os mato a todos, al crío también. Capicci?


Una lágrima rodó por su mejilla. Estaba acojonaíta perdía. Me sabía profundamente mal hacer aquello, pero era yo o ellos.


–Bien… ¿cómo te llamas?


–María.


–Cucháme, María. Yo solo quiero salir de aquí, ¿vale?


La chica, María, asintió.


–¿Cómo puedo salir de aquí?


Me explicó, de forma un poco atropellada, la ruta directa para llegar a la planta baja. Me fui relajando y guardé el puñal y el puño americano fuera de su vista. Ella también fue relajándose.


–Bien, bien. Creo que me acordaré. Ahora, ¿el padre del chico o tu madre… cuándo vuelven?


–La mía mamma murió. Fabian, el mío marido, también.


–Joder… lo siento, de verdad.


–Grazie.


–¿Podría quedarme… un rato?


Asintió con la cabeza. Salimos fuera, de vuelta al saloncito. El padre estaba fumando, nerviosísimo. Al ver a su hija sana y salva, dio un salto hacia ella, con lágrimas en los ojos. Me puse en guardia, pero no hizo falta hacer nada. Abrazó a su hija y esta le explicó que estaba todo ok. El gordo me miraba con una extraña mezcla de alivio, odio y gratitud por no haberla tocado.


María me pidió permiso para ir a la cocina a preparar la cena para su gente. Le di el visto bueno y se marchó. Me quedé pegado a la puerta principal, atento a los ruidos de fuera.


Finalmente acabó la programación de la tele, y el niño se fijó en mí. Se acercó, mirándome con el dedo en la nariz, embobado. El abuelo rápidamente fue a por él. Le hice una seña, haciéndole entender que no me molestaba en absoluto. Volvió a su sitio.


El chico era tímido y mantenía una distancia prudencial. Me relajé, ya que hacía rato que no se escuchaba nada, salvo una discusión familiar, muy a lo lejos. Lo típico de aquellos lugares.


Me acurruqué frente al niño.


–¿Qué pasa, ragazzo?


–Tu chi sei? Sei papà? [¿Quién eres tú? ¿Mi papá?]


–Sí, soy papá.


No sé por qué dije que era el padre del crío. Me salió solo. No quería asustarlo, ya que no tenía mucha idea de italiano, como para explicarle que necesitaba que estuviese tranquilo y calladito.


Se me quedó mirando de arriba abajo, y pareció darle igual. Imaginé que no tendría ni puta idea de quién era su padre, y que este moriría antes de que él pudiese recordarlo. Me supo mal. A la mijilla, tras sacarse un buen moco, volvió al salón.


Al rato, María volvió para poner la mesa. Le eché una mano, por no estar mano sobre mano. Puso cinco platos en la mesa. Tenía la cabeza en otras cosas y no caí en la cuenta de que ellos eran cuatro. Seguía en mi puesto, atento a cualquier mierda fuera.


María se acercó a mí.


–Tu comer con la mi familia.


La miré atentamente unos segundos, y luego a la mesa. Había macarrones y olían a gloria bendita. El estómago me gruñó un poco y me dije “¿por qué no?” y pasé con ellos al salón, sentándome junto a María.


Comimos en silencio, roto únicamente por ella, dándole de comer a su hijo.


–Mamma, papà mi legge una storia? [“¿Papá me lee un cuento?”]


–No, Mario… papà deve lavorare dopo. [No, Mario. Papá tiene que irse a trabajar luego]


–¿Qué ha dicho? Perdona, es que le dije que era su papá.


–Nada… solo que si papá le iba a leere una storia… –Temió que no le entendiese– ¿cuent-to?


Me quedé un segundo pensativo.


–Ah, coño. Que le lea un cuento, jajaja. Sí, claro, ¿por qué no?


Me miró extrañada. Maticé mis palabras.


–No me importaría, vaya. No me gustaría crearle un trauma al pequeño. Si no te molesta, me voy cuando acuestes al nene. Le cuento algo, aunque no me entienda… y me largo.


–Oh… grazie…


Sonrió un poco, cabizbaja. Le explicó al pequeño que le contaría algo primero, y que luego me marcharía a doblar el lomo. El niño, súper contento, terminó de comer sin dar problemas. El gordo parecía mucho más calmado. La anciana no se había enterado de nada. Solo comía como una lima.


Terminamos de comer y le ayudé a recoger la mesa. Era lo mínimo que podía hacer por darme de cenar. Estaba muy rico, pese a ser comida muy humilde. Esperaba comerme una buena mierda, en el mejor de los casos. Lo normal sería cenar plomo, pero visto lo visto, era un tipo con suerte.


María se llevó al pequeño en brazos a una de las habitaciones. La seguí de cerca. Lo acostó en su camita, al lado de una de matrimonio. Supuse que esa sería su cama. Arropó al pequeño con ternura y yo me arrodillé a su lado. Mario, el zagalillo, me miraba con los ojos muy abiertos, con esa luz que solo tienen los niños. La inocencia que destilaba su mirada horadaba mi conciencia. Dolía, sin más.


Dolía porque sabía que era cuestión de un par de años que se malograse en aquel ambiente de mierda.


Reuní todo el coraje que podía para cumplir mi promesa. No recuerdo qué cuento, de memoria, le solté. Daba igual, porque era en castellano y el niño no me entendía, pero lo disfrutó igual. Yo rajaba y rajaba en voz bajita, con María al otro lado de su cama. El crío, poco a poco, fue quedándose dormido. Sus ojitos se iban entornando, desenfocándose su mirada, hasta rodar los ojos hacia arriba, cerrándolos definitivamente.


Aun así, seguí un poco más, hasta acabar.


María me miraba, embelesada. Me levanté y me imitó. Salimos fuera, cerrando despacito la puerta.


–Lo dicho: me largo. Gracias por la cena, de todo corazón.


Saqué un billete de cien euros y se lo metí en el bolsillo del delantal.


–Por las molestias.


María me agarró de la solapa de la cazadora y me besó con ganas, antes de que pudiese pirarme de allí. Me arrastró a lo que supuse que era la habitación de su padre —lo supe por el pestazo a tabaco y el póster, más propio de un taller que de una casa, que había colgado— y acabamos en la cama.


Me ahorraré los detalles, pero solo diré que tras una cena cojonuda, solo faltaba el postre. Y ya sabéis lo que se dice: un dulce no amarga a nadie.


Sería la medianoche cuando salí por la puerta, tras un besito tierno de despedida por parte de María y una mirada envenenada de su padre.






VII






Gracias a sus indicaciones, supe cómo salir de allí. Otra cosa es que resultase fácil. Pasé toda la maldita noche tratando de salir de allí, esquivando matones. Crucé pasarelas, salté huecos de escalera, volé por pasillos llenos de puertas roñosas, y todo sin que nadie me viese.


Me faltarían como cuatro plantas por descender ya, cuando escuché unas voces en castellano. Me paré en seco, me agaché y escuché con la oreja pegada a la puerta. Era una conversación por teléfono con el manos libres. Se me heló la sangre cuando reconocí las voces. Una de ellas era la de la tal Justina, risueña y juguetona; la otra, la que estaba al otro lado, me sonaba demasiado.


–¿Mas entendió, cohone? A eze ioputa lo quieroh matao der toh!
–Que sí, te he entendido las primeras quince veces.
–Po pareze que no, abe?!
–Tranquilízate. Es imposible que Pimpollo salga de Scampia vivo.
–Zi, zi. Pero lleva toa la noshe por ahí de pingoneo.
–Lo atraparé, no te preocupes, jefe.
–¡Ezo me has disho quince veceh! ¡Que no ze ejcape! –Se escuchó un suspiro dramático–. Y otra coza: ¿y el Ruso? ¿Ya ha cantao?
–No. Es un hueso duro de roer. Pero caerá, te lo aseguro. Todos tienen un límite, incluso los rusos.
–En cuanto ejcupa la combinación, le das matarile también. ¿Tamo?
–Quien paga manda, jefe.
–Azí me gutta. Po ya zabeh, me llamah cuando er mierda el ruso cante y cuando te cargue ar Pimpollo, que me cago en zu muerto pisoteao. Malahora en que zu mare lo dio er pesho, cohone.
–¿Puedo divertirme un poco con él? Es bastante guapo…
–Haz lo que quierah, pero no te vaya a confiah. El ioputa es marbicho, abe?


Y colgó la llamada. Se me pusieron los pelos como escarpias. Daba a Fiodor por muerto. Me preparé para entrar, derribando la puerta y vaciándole el cargador a todo el que estuviese dentro, pero Justina volvió a hablar.


–Bien, ¡a trabajar! –ruido que no supe identificar–. Volvamos arriba. Seguro que nuestro invitado ya estará más colaborativo.
–Jooooo, ¿otra vez tenemos que subir hasta allá arriba?


Me sorprendió escuchar una voz infantil, que me aterró.


–Mimi, corazón, ya lo sabes. ¿Quieres que la hermanita te lleve a caballito?
–¡Ni que fuese un bebé! Lo que me molesta es haber bajado para nada. ¡Jum!
–¿Qué le hacemos, Mimi? Tienen inhibidores de frecuencia y hasta esta altura del edificio no se pueden realizar llamadas.
–¡Pues no haberme hecho bajar a mí! ¡Eres mala!
–Jajaja, sin mi hermanita no puedo estar mucho rato. No te enfades, Mimi, corazón. Te dejaré que empieces tú la diversión con nuestro invitado.
–*Gasp* ¿De verdad? ¿Puedo?
–Por supuesto. Te dejo que elijas incluso con qué juguetito empezar.
–¿Me dejarás usar la sierra de huesos?
–Mmmh… Es un poco demasiado para ti, Mimi. Aún eres pequeñita y requiere bastante fuerza. Te dejo usar el trepanador.
–¡Sí, sí, sí! ¡Y luego el torno de dentista! ¡Wiiiiii!


Pude sentir cómo daba saltitos de alegría, riendo. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y, en dirección contraria, una gota de sudor helado me bajaba por la nuca y la espalda, cruzándose ambas sensaciones hacia la mitad.


–Jajaja, qué fácil eres de contentar. Venga, vamos.
–Primero voy a hacer pipí, que está muy lejos.


De pronto, como movido por un resorte, me lancé escaleras arriba de nuevo. Tenía que salvar a Fiodor de las garras de semejante par de locas. Estaba a punto de romper el alba y estaba de nuevo, ya sin miramientos ni pamplinas de sigilo, de vuelta al infierno, del que apenas había logrado escapar.


Sin sutilezas, subía escalones de dos en dos, corriendo por los pasillos armando un buen escándalo. Me la traía floja: tenía que llegar antes que aquellas zumbadas. Fiodor estaba vivo, sí, pero en muy malas condiciones. Seguramente me echase la bronca por desobedecerle, incluso me llevase un coscorrón. Pero Fiodor era lo más parecido a una familia que tenía y no pensaba abandonarle si estaba vivo.


Corría con el puñal en la mano. En alguna ocasión me salió al paso un tipo de los Salvatore. No me molestaba con ellos: simplemente apuñalaba y apartaba. Subí casi doce pisos a la carrera en apenas veinte minutos, faltándome el aire. Volví a cruzar pasarelas y pasillos, como alma que lleva el diablo.






VIII





Las noticias no se hicieron esperar y volaron por el interior de las Vele. Me sorprendió enormemente que me esperasen, cosa que no me entraba en la cabeza. Como doce tíos, curtidos, atrincherados en el siguiente acceso.


Me recibieron a tiros nada más salir de una de las pasarelas que conectaban los edificios. Pude resguardarme justo a tiempo en la esquinilla, que fue acribillada a tiros. Saqué el arma y guardé el puñal.


Quité el seguro y fui devolviendo el fuego, tal como me enseñó Fiodor. Su voz retumbaba en mi cabeza: «Cabeza fría, Pimpollo. No pienses en piernas, qué pasos dar. Dalos, pivota sobre un pie. Sales, disparas y haces fotografía mental. Vuelves a seguro. Sales de nuevo, sabiendo dónde disparar. Nueva foto mental. Siempre debes saber quién se ha movido, quién ha caído. Siempre contador mental de balas en cargador. Siempre mente fría. Siempre respirar con calma: inspira, expira. Respirar es lo más importante en un tiroteo, Pimpollo. Mente fría, libera tu mente de mierda o te caerá una tormenta de mierda».


Liberaba mi mente de cualquier otro pensamiento que no fuese cuál iba a ser el siguiente objetivo a impactar, cuántas balas tenía en el cargador y cuántos mierdas quedaban en pie. Los liquidé sin mayor contratiempo, puesto que los imbéciles ni siquiera sabían cubrirse. Disparaban a lo loco, sin darse cobertura los unos a los otros.


Fue bastante fácil: En cuanto tuvieron que recargar más de la mitad a la vez, salí corriendo y disparando, semiagachado y rodando por el suelo un par de veces. Habiendo quitado del medio a los que tenían munición, el resto se ponía nervioso, perdiendo un tiempo precioso que yo sí sabía invertir bien en volarles la cabeza.


Mi puntería, aunque distaba de ser perfecta, solía fallar pocas veces. Fiodor era un pedazo de maestro. Me había enseñado a disparar sin malgastar munición, y de una forma… muy didáctica.


Siempre que fallaba un disparo —y con fallar me refiero a no dar en la diana (usábamos blancos de siluetas de tiro)—, me hacía correr un kilómetro a sprint, con él persiguiéndome y dándome varazos en las piernas. Fiodor me enseñó una realidad que no solía mostrarse en las pelis: un disparo no es cosa de broma.


Un tiro en una extremidad dolía como una patada en los cojones y solía incapacitar al objetivo. Fiodor me instaba a que apuntase al centro del cuerpo, un tiro fácil y efectivo. Rara vez sobrevivía alguien con un disparo en el tórax y, desde luego, no estarían en disposición de devolver el fuego.


En cualquier caso, un disparo rápido, sin apuntar, valía perfectamente. Pero no te podías confiar, como siempre decía. Había que rematar, una vez la acción hubiese acabado. Había gente que, tras más de doce tiros en el cuerpo, era capaz de darte una desagradable sorpresa, y es que el que está con un pie en el otro barrio es capaz de llevarse a otro con él.


Poco a poco fui mejorando la puntería, pero a las malas me contentaba con darles, sin importar dónde. Una vez que estaban todos fuera de combate, solía rematar a los caídos que siguiesen respirando. En aquella ocasión, desoyendo sus sabios consejos, simplemente eché a correr, cambiando de cargador y disparando a los que se retorcían, sin quedarme a comprobar si espichaban o no.


Mi prioridad era rescatar a mi mentor.






...Continuará...
dark_harley
Forjador de historias
#2
Capítulo 3


I


El ascenso fue trabajoso, pegando tiros sin ton ni son.


Había llamado la atención con el primer disparo. Ahora, en cada vuelta de la esquina, me esperaba —o no— un tiroteo.


Las balas empezaban a escasear. Apenas me quedaba un cargador entero… Sí, había perdido la cuenta de las balas que me quedaban.


Era el enemigo público número uno. Estaba desesperado y, lo peor: no sabía dónde cojones tenían cautivo a Fiodor. Lo lógico, comprensible y recomendable era largarme de allí. Todavía estaba a tiempo de pirarme.


Pero no era un mierdas que abandonaba al único ser humano que me quedaba y al que tenía un poco de aprecio. O salía de allí con Fiodor o caeríamos los dos. Me encomendé a la memoria de Roxanne.
“Roxy, amor mío, si todavía andas por aquí… protégeme una vez más”.


Mis plegarias fueron escuchadas y, antes de girar una esquina, un payaso que andaba distraído se me ofreció en bandeja de plata al doblarla, hablando con un colega suyo. Por memoria muscular le endiñé un codazo.


Aquel papafrita tenía en sus manos mi regalo de Reyes: una flamante —y hasta juraría que sin estrenar, pues olía a aceite nuevo que daba gusto— Beretta M12, que, por supuesto, le arrebaté de las manos. Era una maravilla, con culata metálica replegable tipo “esqueleto”, muy cuca.


El resto… pues imaginaos: iba con tres compañeros. La Beretta M12 giró en sus manos con un pen spinning que, no os negaré, quedó guapísimo y que ni en cien años de práctica me saldría de nuevo el truco. Tal como caía en mis manos, abrí fuego al resto de panolis, que solo pudieron comenzar a maldecir antes de ser abrasados. Un gustazo sentir el firme retroceso de aquel caramelito que había caído del cielo a mis manos.


Cuarenta cartuchos de capacidad, apenas cinco desperdiciados en aquellos tipos. Como no se apreciaba movimiento, registré rápidamente los cuerpos. Conseguí otra 9 mm a tope de capacidad y otro cargador entero para la Beretta M12.


La suerte parecía guiñarme el ojo, dándome un respiro. Seguí mi ascenso, al tuntún.



II




Al cruzar una de las pasarelas, escuché nítidamente la voz de Justina.


—Pimpi~, guapetón. ¿Por qué no hablamos las cosas con calma?


Me detuve. La voz venía de algunos pisos por debajo de donde me encontraba. Me asomé. En el edificio que había abandonado estaba Justina, con su abrigo largo negro, apoyada en una baranda, sonriendo. Me saludó con la mano.


—¿De qué coño quieres hablar, tarada?


—Podemos hablar de muchas cosas. ¿Qué te parece si dejas de matar a gente? Aquí, aunque no te lo parezca, viven familias inocentes. ¿Quién sabe? Quizás una bala perdida acaba matando a un niño. Y tú no quieres eso, ¿verdad?


La sola mención a los niños me tocó la fibra sensible, dudando un segundo. Justina pareció intuir la grieta en mí y metió la cuña.


—Yo no quiero hacerle daño a nadie que no se lo merezca, y algo me dice que tú tampoco. Por favor… deja las armas y hablemos. Te prometo que iré sola…


Me tomé unos cuantos segundos, dejando la mente en blanco. ¿En serio se creía que era gilipollas?


—¡Que te follen, psicópata de mierda!


Y eché a correr. Un segundo más y la bala que hizo saltar chispas de la barandilla se habría colado entre mis costillas. Unos cuantos caramierdas se habían asomado desde otros niveles para disparar.


Corrí por los pasillos, sin rumbo, alejándome lo máximo posible de la línea de tiro de los edificios cercanos.


Al girar una de las esquinas, casi me tropiezo con Justina. Di un salto atrás, cubriéndome lo justo para parar un pedazo de cuchillo de combate con la culata de la Beretta M12.


—Pimpi, por favor. Deja el arma y hablemos.


—¿De dónde coño has salido? Tienes una hermana gemela o algo así, ¿verdad? He visto muchas pelis. A mí no me la das con queso, chalá.


Justina se echó a reír con suavidad, como si estuviese en un cóctel de la alta sociedad y no en el infierno urbanístico que eran las Vele.


—¿Qué dices, Pimpi? Por favor. No tengo hermanas.


—¿Y Mimi?


Me cagué en mi puta vida. Con los nervios, el cansancio y la confusión, me había ido de la lengua. Justina cortó su sonrisa durante un segundo; luego sonrió más ampliamente.


—Mmmh… tenía razón, eres un poquito “marbicho”, jiji. Me gustaría saber cómo has obtenido esa información, guapetón. ¿Qué me dices? ¿Dejamos las armas y nos tomamos una copa? Tienes mi palabra de que no te haré daño alguno.


La miré con cara de fastidio.


—¿Te crees que soy memo?


—¿No te fías de mí o qué? ¿Qué he hecho para que desconfíes de mí de esa forma?


—¡Pero hombreeee, hija de puta! Nos has atacado de la nada a mí y a mi compañero, cacho perra.


Justina dejó de sonreír definitivamente.


—¿Peeeerdona? Me habéis atacado vosotros. El ruso me ha disparado y tú has matado a Hugo. ¿Qué te había hecho él? O ya puestos, ¿qué te han hecho todos a los que has matado, que no han sido pocos?


Aquella vez sí que tuve que poner cara de “¿Qué me estás contando, puta loca?”, porque frunció más el entrecejo.


—Pero… ¿te estás quedando conmigo? O ¿es una táctica para distraerme? No te va a funcionar.


—Lo digo en serio. Solo quería hablar con vosotros, conoceros… y tu amiguito abrió fuego contra mí. Estoy viva de milagro. Debería matarte por todo lo que has hecho… pero me gustas, Pimpi.


—¡Deja de llamarme así!


—Prefieres Pimpollo, ¿verdad? Llámame cursi, pero “Pimpi” te pega mucho más.


—¡Me importa una polla! ¡No me cuentes historias y vamos a lo que vamos!


Justina se encogió de hombros y guardó los cuchillos.


—Voy a tener un gesto contigo, conciliador.


—No soy gilipollas…


—Venga, deja el arma. Vayamos a hablar con calma.


—¿Quieres que confíe en ti? —Asintió—. Okey… quiero una muestra más de buena voluntad. Llámalo “gesto”, si quieres.


—A ver…


—Dime dónde tienes a Fiodor, mi colega, y dejaré el arma e iré contigo a donde te salga del coño.


Justina pareció meditarlo un poco. Tras dos o tres segundos que parecieron eternos, contestó:


—Está bien. Está alojado en el 67B2, Pimpi. Ahora ponle el seguro y déjala en el suelo, por favor.


Levanté el cañón, sonriendo.


—Fuck you, majarona.


A mis ojos, Justina se desmaterializó para aparecer frente a mí, desviando el cañón. No había borrado esa sonrisa complaciente del rostro en ningún momento.


—Eres un niño muy malo… y me encanta.


Susurró, para a continuación besarme, agarrándome por las solapas de la chupa. Me soltó al cabo de unos segundos.


—Has estado escuchando a escondidas, ¿verdad? Te lo veo en los ojos. Yo tampoco soy idiota, cariño. Solo estoy jugando con mi presa.


Se apartó unos pasos, dejándome el camino libre.


—Puedes marcharte si quieres. Pero antes de que amanezca de nuevo, tú y yo habremos compartido cama y fluidos, Pimpo. Corre… corre y salva a tu mentor.


Parecía sincera, por lo que eché a correr sin quitarle el ojo de encima. Cuando pasé por su lado solo dijo:


—De verdad que no quiero haceros daño… solo quiero que colaboréis.


—Que te follen.


Corrí como nunca, con un ojo en la espalda. Se quedó allí, en aquel pasillo, con las manos a la espalda, sonriéndome.


—¡Si quisieras… podríamos ser muy felices, Pimpi! ¡Te veo esta noche!


—¡Qué más quisieras tú!






III
[Memorias de Justina]






Le estaba cepillando el pelo a Mimi cuando sonó el móvil. Era trabajo. Cassandra quería vernos; eso lo sabía sin mirar la pantalla.


—Espera, corazón. Es Cassandra.


—Siii.


Atendí la llamada.


—Justina, tienes trabajo.


—Sí.


—Tenéis que ir a Nápoles.


—Como ordenes.


—Pasaros por aquí primero. Tengo hambre.


—Como gustes, ama.


—Más te vale que no tardes.


—Vamos para allá. Te ruego un poquitín de paciencia.


Colgó. Volví con mi dulce hermanita.


—Mimi, lo siento, pero el paseo en pony va a tener que esperar unos diítas. Tenemos trabajo.


—¿En serio? ¡Siiiii! ¡Me gusta este trabajo! —Dio unos saltitos en la sillita, animada—. ¿A dónde nos vamos?


—¡A Italia!


Se puso de pie, sonriendo de oreja a oreja.


—¿Y podemos comer pizza?


—¡Qué menos! ¿No? Bueno, primero vamos a ir a ver a Cassandra. Luego cogeremos el avión. Ponte el vestidito azul celeste, que estás monísima.


—¡Jo! Yo quiero el rosita.


—Bueeeeeeno. Ponte el que prefieras, corazón.


Mimi fue a cambiarse de ropa mientras yo me ponía algo más cómodo. Dejé mi vestido, que estaba estrenando, para ponerme ropa táctica y el abrigo. Me miré al espejo y no me gustó demasiado lo que veía. Parecía una marimacho, pero era cómodo… y necesitaría poder moverme con libertad.


Salimos de casa y nos dirigimos al Blue Moon, el local tapadera para las actividades de Cassandra. Entramos y directamente nos dejaron pasar, bajando hasta el segundo sótano, el cubil de Cassandra, como me gusta llamarlo.


El lugar estaba decorado con un gusto exquisito, todo ensalzando la noble y majestuosa figura de nuestra ama. Allí, sentada en un trono, estaba Cassandra.


No importa el tiempo que pase: siempre que estoy en su presencia me embarga una emoción sin nombre. Me siento taaaan bien frente a ella que solo deseo contentarla, y eso hice.


Me arrodillé frente al trono y Mimi hizo exactamente igual.


—Levántate, Justina. Ofréceme tu cuello.


Obedecí. Me quité el abrigo y me acurruqué a sus pies, dándole mi cuello desnudo para su uso y disfrute, mientras sentía el hormigueo de la expectación.


Cassandra siempre ha sido igual. Bella, vaporosa, frágil, casi etérea, pero con una presencia que te seducía sin tú quererlo. Su pelo, rojo como el fuego, siempre perfectamente peinado en un intrincado moño lleno de fruslerías que solo realzaban su nívea belleza. Su piel era pálida como el mármol.


Acarició la piel expuesta con delicadeza, tan solo con la punta de las yemas de sus largos y finos dedos. Me estremecí, en contra de mi voluntad.


Y mordió. Con delicadeza. Un escalofrío de placer me invadió. Cerré los ojos, recreándome en ello. Cassandra era puro amor y siempre que se alimentaba de mí lo hacía con cuidado, con cariño incluso. Daban ganas de entregarle hasta la última gota.


Su bondad, infinita en todo punto, era tal que solo tomaba lo justo. Ni siquiera me sentía cansada o anémica. Me consta que otros miembros de su clase se alimentaban sin medida. Sacó sus colmillos de mi carne con la misma delicadeza que al hincarlos.


—Levántate, Justina. —Obedecí sin demora—. Quiero que viajes a Nápoles y te pongas al servicio de un humano: Gustavo Caravaca. Es el consigliere de los Gangliotti, una familia mafiosa italiana.


—Como ordenéis, ama mía.


—Id las dos. —Asentí—. Os pondré mi marca.


Le ofrecí mi antebrazo izquierdo y Cassandra depositó un dulce beso en él para posteriormente morderlo con fuerza. Aquí ya no había sutilezas ni delicadeza alguna. La marca del vampiro no era agradable. Reprimí un pequeño gemido de dolor.


—Ahora, Mimi. Ven, pequeña.


Me aparté. Empecé a sentir correr por mis venas el poder de Cassandra. Un pequeño mareo narcótico empezó a invadirme; me abandoné a aquella sensación. Luchar contra ello solo traía dolor.


Mi pequeña hermana se acercó, sonriendo. Cassandra le acarició el rostro con el dorso de la mano.


—Mimi… Me he decidido. Te convertiré en cuanto te conviertas en mujer.


—¿De verdad? —Apenas podía contener la emoción, al igual que yo—. ¿De verdad seré como tú, ama?


Por primera vez en no sé cuántos años vi a Cassandra sonreír.


—Por supuesto. Lo he consultado con el consejo y todos están de acuerdo. Tenemos grandes expectativas contigo, pequeña. Dime, ¿te gustaría que te otorgase mi marca? Duele un poco.


—¡Siiiii! ¡Porfiiii~!


Mimi le ofreció el brazo y Cassandra, con delicadeza, lo tomó y lo mordió. Mimi echó la cabeza atrás, como si hubiese recibido un calambrazo. Los ojos se le tornaron hacia atrás y el rostro se le contrajo en un paroxismo de placer. Lo estaba disfrutando.


No pude menos que sentirme orgullosa y un poco culpable por sentir un poquito de celos. Mi hermanita era especial; lo supe desde el día en que nació. Mimi iba a convertirse en vampira, y eso era un honor sin parangón. Me alegré sinceramente. Se lo merecía.


Cassandra soltó su bracito, sonriendo.


—Gra-gracias… mi ama.


Apenas podía hablar, temblando entre espasmos, mordiéndose el labio.


—Tengo un regalito para ti, Mimi.


Unas manos depositaron en el reposabrazos del trono una cajita de madera, perfectamente lacada y con una gran C de oro. La miré: era nuestra madre, con una mirada embelesada en el rostro, mirando únicamente a Cassandra.


Abrió la cajita y sacó lo que parecía un llavero con forma de una especie de guadaña, depositándolo con cariño en las manos de Mimi.


—Dale un poco de tu sangre y transmutará, Mimi. Úsalo con mesura, eres pequeñita aún. Sé prudente, por favor.


—Sííí, tendré cuidado. Mil gracias, ama.


Le acarició la cara una vez más para luego despedirnos. Tomé de los hombros a Mimi y nos marchamos, no sin antes echar un último vistazo atrás. Nuestra madre se sentó entre los pies de Cassandra, con una sonrisa y miradas idas. Cassandra, con casi desdén, le rascó la cabeza, como quien acaricia con desgana a un perro demasiado pesado.


Se me vino a la mente aquel viejo recuerdo que siempre trataba de aniquilar de mi memoria: cuando, embarazada de Mimi y tras abandonarnos nuestro padre, mi madre nos entregó a Cassandra. Se deshizo de nosotras encantada, para servirla a ella con una devoción animal.


Ya no me dolía. Había pasado mucho tiempo y no nos iba nada mal como para guardarle rencor. Cassandra era así: su sola presencia bastaba para secuestrar la voluntad de cualquiera. Mi madre estaba deshecha cuando se encontró con ella y cayó sin remedio en el hechizo de Cassandra. No podía culparla por abandonarnos; yo habría hecho igual.


Julius nos llevó a su despacho, donde nos daría los detalles de la misión. Aquel ghul era lo más parecido a un padre que hemos tenido Mimi y yo. Cassandra le ordenó instruirnos y darnos aquello que necesitásemos para servirle a ella.


—Toma. —Me alargó un dossier con algunas hojas y fotografías—. Aquí tienes los billetes para las dos. Primero id a Málaga para entrevistaros con Gustavo Caravaca. Luego id a Nápoles. Allí os esperará Jericó Salvatore. Obedeced todas las instrucciones del señor Caravaca y proteged a Jericó y a su familia. Tienes toda la información en el dossier. Buena suerte.


—Gracias.


Cuando me iba a marchar, me detuvo.


—Ten cuidado, Justina… por favor.


—¿Te preocupas por mí, Julius?


Su rostro era de piedra. Nunca le había visto sonreír o hacer cualquier mueca.


—Ten cuidado… Empiezan a operar fuerzas oscuras en este tablero que lleva siglos estático. He escuchado rumores sobre un grupo de mercenarios que está cobrando fuerza. Si escuchas algo sobre “Los Facilitadores”, recaba toda la información que puedas y huye. Aborta la misión si lo estimas oportuno.


—O sea, que no te preocupo, ¿eh? Solo quieres información.


—Efectivamente. Pero tener prudencia nunca está de más, Justina. Cuida de tu hermana.


No lo admitiría ni bajo tortura, pero estaba preocupado por Mimi y por mí. Le conocía demasiado bien. Le di un abrazo y un beso en la mejilla.


—¡Volveré!


Nos marchamos. Tomamos un taxi para llegar a Barajas y, tras una laaaarga espera, volamos a Andalucía. Era todo rutinario, pero como estaba con Mimi, no me aburrí. Una vez en Málaga, fuimos a ver a nuestro cliente.




IV




Casi me río en la cara de nuestro cliente.


No por su cara, no por su calvicie ni por la forma ridícula de vestir. No es que vistiese mal, puesto que llevaba un traje de tres piezas de corte italiano y con pinta de caro, pero no tenía cuerpo para lucirlo. Eso no me pareció gracioso, solo patético.


Lo gracioso era su forma de hablar. Parecía un maldito cateto recién llegado a la gran ciudad. Tuve la precaución de dejar a Mimi en el vestíbulo del hotel.


—¿Mantendío?


—Sí. Quiere la combinación de la caja de seguridad de Fabrizio Gangliotti, que posee Fiodor, cuarenta y cinco años, de nacionalidad rusa. Peligroso. Inteligente e intuitivo. No te preocupes, obtendrás la información que deseas.


—Tadvierto. Tará con él un payazo, io de mil padreh. Eh er polluelo de Fiodor. A eze arme er favo de matarlo. No te confíeh, eh un mardito iodeputa. Za cargao un viae niño shico.


—Tranquilo. He matado a tipos peores.


—Mah te vale.


—¿Algo más?


—No. Marshate ya, ia. Ah, una urtima coza: dihcrezion mazima.


—Por supuesto.


—Po ea, fuera ya de aquí.


Me di la vuelta y salí. Cogí a Mimi y fuimos a comer algo. Le conté la entrevista a mi hermanita y nos hartamos de reír. Teníamos tiempo antes del siguiente vuelo y nos relajamos.




V




Tras el vuelo, llegamos a Nápoles.


Nos estaba esperando en la terminal nuestro protegido. Jericó Dominico era el típico mafioso estirado, recién afeitado a navaja y perfumado con clase. Alzó una ceja al vernos a ambas de la mano.


—Holiii~


Mimi saludó con una gran sonrisa. Nadie podía resistirse a sus encantos… menos él. Su señora, en cambio, se quedó embobada.


—Oi, oi, oi, ¿pero quién es esta niñita tan guapa?


—¡Soy Mimi, encantada!


Le ofreció su manita a la señora. Narcisa Salvatore, cuarenta y un años. Dos hijos y un aborto. Ingenua, pero guapa. Ideal para un capo a la altura de Jericó. Una mujer florero, vaya.


Narcisa y Mimi se fueron adelantando hacia el coche, donde el chófer nos esperaba. Me acerqué y le estreché la mano a Jericó, que en ningún momento cambió su expresión de estar oliendo mierda.


—¿Eres tú… la guardaespaldas?


Le apreté con fuerza la mano y ahora sí le cambió la expresión. Fui moderada, pero incluso siendo suave, la marca del vampiro me otorgaba una fuerza física que impresionaba hasta al más pintado gorila que los Dominico pudiesen contratar.


—Efectivamente. Justina, para servirle. Despreocúpese, señor Dominico. Su espalda y la de su familia están bien cubiertas.


—Me… me quedo más tranquilo. Gracias…


Solté su mano y sonreí.


—¿Nos vamos ya?


—Po-por favor.




VI




Nos llevaron a un barrio periférico de Nápoles: Scampia.


Era un lugar deprimente y laberíntico. Nos metimos en unos edificios sucios y cochambrosos: las Vele.


Ascendimos por escaleras, pasarelas y tramos semiderruidos. Había siete edificios, en los que teníamos que ir pasando de uno a otro hasta llegar al central. Allí se escondían los miembros de los Dominico que teníamos que proteger.


El hijo mayor de Jericó, Enzo, era guapo y me entró por los ojos.


Quién sabe. Igual acababa conociéndole un poco mejor.


Su trato era exquisito y el traje le quedaba como un guante. Su hermano menor, Fabián, tenía quince años y parece que le gusté bastante. Me miraba mucho y, cuando le devolvía la mirada, la apartaba deprisa. Era muy mono.




VII




Como se pedía en el dossier con mis instrucciones, informé a Jericó sobre la traición en ciernes.


Fernando Salvatore, el cuñado de mi protegido, estaba confabulando contra la familia Salvatore. No me importaban sus motivos, tan solo que pensaba atentar contra Jericó, y eso no lo podía consentir.


Tras informar a Jericó sobre ello, fuimos a hacerle una visita un tanto desagradable.


Entramos en el departamento en el que estaba con su familia sin llamar siquiera. Solo fuimos Jericó y yo. No hacía falta nada más para arreglar aquello.


—¿Jericó? ¿A qué debo… esta visita?


—Sabes perfectamente qué hago aquí.


El traidor me miró, sospechando. Yo le dediqué una sonrisa deslumbrante y pareció entender de qué iba el asunto. Se encogió de hombros.


—Me da igual. Sigo pensando que mi tío comete un error garrafal contigo.


—¡La familia es intocable, Fernando! ¡Nos has traicionado a todos!


—¿No te vale con seguir con vida? ¿Tienes que arrastrar a mi hermana a una guerra absurda? Los Dominico son el pasado, acéptalo de una vez.


Jericó no perdió en ningún momento la compostura.


—Parece mentira, Fernando. Mientras quede un solo Dominico con vida, yo seguiré luchando. Los Dominico no son el pasado, son el futuro. Y con tu sobrino al frente, resurgiremos como el ave fénix.


—¿Es que no lo entiendes? ¿Acaso no has escuchado las noticias? Sergio Mantiotti ha caído ya.


—Eso no nos concierne a los Dominico.


—¿Es que no lo ves, maldita sea? Si alguien de la magnitud de Sergio Mantiotti ha muerto, ¿qué crees que nos puede pasar a los Salvatore? Tengo mis sospechas, muy bien fundadas, de que todo el que se relacione con vosotros va a desaparecer. Te ruego que cojas tus cosas, dejes a mi hermana con nosotros y te marches de Nápoles.


Jericó se sentó en una de las sillas disponibles.


—A ver, Fernando. Me vas a dar los detalles menores de tu contacto y te vas a estar quietecito. Se acabó la traición.


—Está bien. No voy a jugármela más. He intentado mantener a flote esta familia, pero os empeñáis en suicidaros.


—¡Ja! A mí no me asustan los cuentos de viejas. Sergio murió de un infarto. Tenía casi setenta años. No me voy a creer que fue ejecutado por fuerzas místicas. Murió en su búnker, del que no salía desde hacía décadas. No entraba nadie ni salía nadie. Todo estaba cerrado a cal y canto. Si él no le abrió la puerta a nadie, nadie pudo entrar para matarle. No me tomes por imbécil.


—Te compraría la teoría del infarto… si no fuese porque Sergio Mantiotti no era humano…


Jericó se puso de pie, derribando la silla. Tenía el rostro congestionado.


—¡Pamplinas! ¡No me pienso tragar esa ridiculez del pacto con el diablo!


—¡No es un pacto con el diablo! ¡Era un puto lauro!


—¡Por favor, Fernando! —Estaba ya exasperado—. ¡Los lauros no existen! ¡Son leyendas del folclore siciliano, por el amor de Dios!


Fernando meneó la cabeza, negando.


—Nadie le ha visto nunca, Jericó. Piénsalo. Siempre ha estado ahí, en las sombras, moviendo los hilos desde vete tú a saber cuándo. Tus abuelos ya lo conocían cuando eran niños, y se decía que era viejo. ¡Estamos en el siglo XXI y seguía vivo! ¿Cómo lo explicas?


—La gente tiende a exagerar las cosas.


—Te digo que era un lauro… y le dieron muerte.


—Pero ¿cómo, Fernando? ¿Cómo es posible entrar en un búnker si no es por la fuerza?


—No… no lo sé. Solo sé que se empieza a hablar muchísimo sobre unos mercenarios. Los Facilitadores. El líder es un tipo siniestro del que nadie sabe absolutamente nada. Y empiezo a creer que han sido ellos. Corren rumores, Jericó… muchos y nada halagüeños.


—Esta conversación ha terminado, Fernando. Dame los detalles de tu contacto y acabemos con esto. Hablaré con el Don y llegaremos a un arreglo.


—No tengo nada que decirte.


Jericó me hizo una seña con la cabeza. Di un par de pasos raudos y le golpeé con suavidad en el costado, doblegándolo en el acto. Cayó de rodillas, tosiendo. Le agarré del pelo y lo levanté sin esfuerzo. Me escupió en el abrigo y le sacudí unos cuantos guantazos comedidos.


Miré a Jericó.


—Hasta que hable… continúa, por favor.




VIII




Como todos, Fernando acabó contándolo todo.


Fui a recibir a nuestros invitados en su nombre. El ruso era tal como me imaginaba: tosco y aburrido. El otro, el jovencito, me sorprendió gratamente.


Por las fotos que tenía, no parecía gran cosa. Pero tenía buena presencia. Era, desde luego, muchísimo más guapo en persona. Tanto, que me gustó de verdad.


Me había encaprichado de él y ahora me planteaba interceder por él ante Cassandra y dejar que se uniese a nosotros. No me importaba que el consigliere de los Gangliotti lo quisiese muerto.


Me lo iba a quedar yo. Estaba segura de que a Cassandra también le gustaría.


Y solo me reafirmé en mi decisión cuando logró escapar de nuestra tosca trampa. Incluso lo perdimos de vista durante toda la noche entera.


Estaba más que impresionada. Un tipo español, en territorio extranjero, hasta la bandera de miembros de los Salvatore, había logrado evadir con éxito a los millares de ojos que había en las Vele. Un hito, desde luego.


Me relamía pensando en follármelo y que me mirase con ese desprecio en la mirada. Me estremecía de placer imaginándome doblegándolo por la fuerza, hasta tenerlo enamoradito de mí hasta las trancas.


Ya lo daba por perdido al amanecer.


Hasta que empezaron los disparos. Fui corriendo hacia el origen del tiroteo. Y allí estaba, cruzando una pasarela. No pude evitar llamarle.


Y esa mirada…


Odio puro.


Pero tuvieron que estropearme aquel momento romántico unos idiotas, abriendo fuego.


La distancia entre una Vele y otra no era excesiva para mis capacidades aumentadas con la marca de Cassandra. Así que tomé un poco de carrerilla y salté. Atravesé el vacío como una exhalación.


Corrí por los pasillos a toda velocidad, saltando huecos de escaleras hasta darle alcance. Le esperé tras una esquina y le sorprendí.


Me sorprendió un poquito que no fuese rematadamente idiota. Normalmente, una cara bonita en aquel rubro solo significaba que no había nadie al volante en esa cabecita.


No digo que fuese inteligente, ni por asomo. Pero tenía un destello de lucidez que pocas veces veía en los bajos rangos de este mundillo. Los listos sobrevivían, los fuertes mandaban, pero los inteligentes movían los hilos.


Pimpollo parecía tener un poco de cada cosa. Era listo, sí. ¿Fuerte? Lo parecía, sin duda. Pero era pronto para saber si era inteligente.


Dejé que se marchase tras robarle un beso.


Jajaja. ¡Menuda cara puso!


Casi parecía una doncella ultrajada.


Qué ganas tengo de que caiga la noche… y en mi trampa.










...Continuará...
dark_harley
Forjador de historias
#3
me lo guardo para futuras ampliaciones de materianl
dark_harley
Forjador de historias
#4
dark_harley
Forjador de historias
#5
para más ampliaciones
dark_harley
Forjador de historias
#6
me lo guardo para futuras ampliaciones de materianl
Lord Yupa
ForoCoches: Miembro
#8
Ok
dark_harley
Forjador de historias
#9
Cita de Lord Yupa
Ok


gracias, shur.
XanderPascalis
ForoCoches: Usuario
#10
Tengo pendiente actualizar, voy por la parte 1, episodio 7 de los yokai , según vaya acabando te escribo. Abrazo
sahalapaha
ForoCoches: Miembro
#11
Gracias por la mención shur, ya tengo lectura mañanera.
Carter_rs
ForoCoches: Miembro
#12
Gracias por la mención shur!
Rod81
ForoCoches: Usuario
#13
Leído y con ganas de más !!

Citame cuando actualices.

Gracias
lober
walking around the world.
#14
Vamos ya! Se vino nuevo libro!!!!
Ya tengo algo que hacer esta tarde
dark_harley
Forjador de historias
#15
upèo sanote
grankahuna
ForoCoches: Miembro
#16
Gracias por la cita, esta noche comienzo lectura.

Donde encajaría en el índice?


https://forocoches.com/foro/showthre...970&highlight=
dark_harley
Forjador de historias
#17
Cita de grankahuna
Gracias por la cita, esta noche comienzo lectura.

Donde encajaría en el índice?


https://forocoches.com/foro/showthre...970&highlight=


Muy buena pregunta, y me alegra que me la hagas.


Este será, espero, el primero de varios relatos, que abarcarán unos seis meses, en los que Pimpollo dará caza a los Dominico.


Va entre "La balada de Roxanne" y "Exequias a medianoche", o para que te ubiques, a un año de la muerte de Roxanne y Pimpollo haberse iniciado en el grupo de Fabrizio.




Ya he actualizado el enlace recopilatorio.
lober
walking around the world.
#18
Siiii
Arrancamos repartiendo hondonadas de hostias
Belzelga
ForoCoches: Miembro
#19
Gracias por la mención, ya está leido
SrKun
335i E90 Tracktool
#20
Gracias por la mención shur! Ya te daba por perdido.
Como siempre con ganas de más, no tardes mucho en actualizar que esto engancha rápido.

Un saludo!
dalonso47
______________
#21
ya estoy al día! dale nuevamente
Valdetremus
ForoCoches: Miembro
#22
brutal, como siempre!! felicidades! deseando leer la siguiente entrega
dark_harley
Forjador de historias
#23
Cita de sahalapaha
Gracias por la mención shur, ya tengo lectura mañanera.
Cita de Carter_rs
Gracias por la mención shur!
Cita de Rod81
Leído y con ganas de más !!

Citame cuando actualices.

Gracias
Cita de lober
Vamos ya! Se vino nuevo libro!!!!
Ya tengo algo que hacer esta tarde
Cita de grankahuna
Gracias por la cita, esta noche comienzo lectura.

Donde encajaría en el índice?


https://forocoches.com/foro/showthre...970&highlight=
Cita de Belzelga
Gracias por la mención, ya está leido
Cita de SrKun
Gracias por la mención shur! Ya te daba por perdido.
Como siempre con ganas de más, no tardes mucho en actualizar que esto engancha rápido.

Un saludo!
Cita de dalonso47
ya estoy al día! dale nuevamente
Cita de Valdetremus
brutal, como siempre!! felicidades! deseando leer la siguiente entrega


Ya está disponible el Capítulo 3, en el post #2 de la primera página.


Espero que os guste!
SrKun
335i E90 Tracktool
#24
Cita de dark_harley
Ya está disponible el Capítulo 3, en el post #2 de la primera página.


Espero que os guste!
Terminado el capítulo, con ganas de más Shur!
lober
walking around the world.
#25
bueeeno... pues el cap. 3 va curioso... empezamos a meter bichos raros, para darle una vuelta a las cositas.
me gusta cómo suena la historia.
pd. hay libro nuevo?
he visto mención por ahí.............. ijijijiji
gracias jefe
dark_harley
Forjador de historias
#26
Cita de lober
bueeeno... pues el cap. 3 va curioso... empezamos a meter bichos raros, para darle una vuelta a las cositas.
me gusta cómo suena la historia.
pd. hay libro nuevo?
he visto mención por ahí.............. ijijijiji
gracias jefe


No es un libro nuevo, solo era una pequeña historia que he ido haciendo estos meses mientras intentaba centarme en otras cosas.


A ver que os parece.
lober
walking around the world.
#27
Cita de dark_harley
No es un libro nuevo, solo era una pequeña historia que he ido haciendo estos meses mientras intentaba centarme en otras cosas.


A ver que os parece.
Estoy con ella, Shur. Aún no la terminé. Cuando la tenga, te dejo allí mi "reseña" para no mezclar...
Siga vd. Escribiendo!
Valdetremus
ForoCoches: Miembro
#28
Cita de dark_harley
Ya está disponible el Capítulo 3, en el post #2 de la primera página.


Espero que os guste!
buen capítulo, pero sabe a poco, queremos mas!!


lo de meter vampiros no sé si me cuadra mucho, pero con pimpollo pasan estas cosas jajaaj
dalonso47
______________
#29
La publi está durando mucho @dark_harley... venga a ver como sigue!
Chynnx
Adicto al volante??
#30
BRUTAL, como siempre,gracias por la cita
← A General