"Cuando las luces se apagan" (Relato)

carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#1
Bueno chicos, seguro que la mayoría ya conocéis este relato y el otro, pero como sé que hay mucha gente que no sale del subforo (bien que hacéis) me he decidido a subir mi "cosa" aquí, que esto sí es un foro de coches. Antes de nada, pido perdón por el tocho y por ensuciar un poco los últimos temas, pero bueno, si no interesa la historia con dejarla caer será suficiente, pero bueno, seguro que a alguien le gusta leer y no la conocía. Evidentemente, los coches son un pilar fundamental de la historia, sino no la subiría aquí. Os recomiendo que leáis mi otro relato (911, Memorias de un Futuro Incierto http://www.forocoches.com/foro/showt...865&highlight=) ya que aunque no es imprescindible, hay algunos personajes en esta historia que tienen relación con la otra, y hasta ahí puedo leer. Además ha tenido más adeptos que esta, creo que ha gustado más. Bueno, lo dicho, espero que alguien que no la conocía se anime a leer y espero que os guste. Un abrazo!


Cuando las luces se apagan


6 de Octubre del 2058, algún lugar de mi habitación.

Hoy llueve. No veo el agua caer pero siento las gotas chocando con la ventana. Las paredes tiemblan con la fuerza del aire, y sólo un ínfimo ápice de luz entra por la última junta de una persiana que hace años que no se sube. Me gusta cerrar los ojos y recordar, cada vez con más dificultad, los tiempos en los que aún veía el Sol.

Ahí afuera no hay un alma, nadie se atreve a cruzar unas calles demasiado solitarias como para socorrer los gritos de desesperación de alguien que no debió salir de su casa. Un frío fantasma recorre mi brazo, alzando los pelos de éstos, golpeando mi conciencia con una dosis de realidad que se ahoga tras una pantalla de varios cientos de miles de píxeles. Esto ya no me sacia, me he equivocado de época, habría matado por nacer 50 o 100 años antes.

Dicen que fueron tiempos duros en los que, incluso, había que trabajar. Pero, ¿Y ahora qué? Vivimos en una falsa libertad, pero estamos atados de pies y manos por algo más fuerte que nuestra voluntad, y es nuestro miedo. Cada dos o tres días, el silencio que inunda mi casa, es roto por esos pasos. Lo envidio, es suficientemente valiente como para caminar, abrir la puerta de su casa y bajar hasta el garaje. Escucho ese cuatro cilindros salir calle adelante, con la única compañía del aire rozando su desconocida carrocería. Esas llaves detrás del mando del ordenador me tientan, yo también tengo otro; pero esta personalidad agorafóbica hace que apenas me atreva a acercarme a la puerta para notar sus pasos mientras desciende por las escaleras. El simulador no me satisface, el sonido digital no consuela mi imberbe existencia, demasiado madura para seguir encerrado tras estas oscuras paredes.

Sé que los rayos uva me harán daño, sé que nuestros gobernantes no ponen esos vídeos en la televisión a todas horas por gusto, sé que es peligroso. Pero no puedo permitirme estar otros veinte años aquí, ya he leído demasiado sobre ellos, he visto demasiadas fotos de esos lugares, tengo que comprobar por mí mismo si todo eso es real.


7 de Octubre.


Hoy ha anochecido tarde, o pronto, quién sabe. Será la 1 A.M., no estoy muy seguro de si se dice así, pero según he visto por algún lugar de la red global, no tengo que estar muy desencaminado. Una pena que nos prohibieran el uso de relojes, como lo fue que mi padre se decidiera a cortar definitivamente las cintas de las ventanas. Ahora sólo sé si es de día o de noche reflejo que entra por lo más alto de la persiana. Una estrella se asoma curiosa por los escasos 5 milímetros cuadrados de las rendijas.

El corazón me late más fuerte de lo habitual, y mis piernas atrofiadas me conducen por un pasillo que parece no acabar nunca. Los escucho roncar al otro lado, hoy han estado hasta tarde delante de "la caja tonta". Sus enormes papadas presionan unas agotadas gargantas tras años de inactividad total. No quiero acabar como ellos, no en esta vida. Aún los recuerdo en nuestras últimas vacaciones, a papá aún se le marcaban los abdominales y mamá lucía una figura digna de una mujer creada por ordenador. Cuando duermo, sueño con aquellos momentos; ahora apenas nos vemos, y sólo los escucho cuando tosen o discuten porque la red eléctrica nos les proporciona la electricidad suficiente.

El pomo de la puerta está congelado, y extremadamente sucio. Se nota que hace tiempo que nadie la abre. Por un segundo, mi cuerpo parece decidido a salir y comerse el mundo. "¿Qué haces?", me pregunto a mí mismo. Creí que había olvidado mi pavor por todo aquello que desconozco y sale de mi "ajetreada" rutina. Las manos me tiembla sobre este metálico artilugio, creo que tengo que girarlo en el sentido contrario a las agujas del reloj... ¿Hacia qué lado gira un reloj? Pruebo llevándolo para la derecha, está bloqueado. Vuelvo la vista, y observo el reflejo del ordenador de mi cuarto, está pidiéndome que dé la vuelta, que vaya rumbo a su cobijo y comprensión. Será mejor que le haga caso, y lo deje para otro momento. Pero esa sombra sobre el oscurecido gotelé me hace replanteármelo nuevamente. No quiero esa silueta para mí, no cumplo con el prototipo de hombre joven y sano que sale en los libros de anatomía del salón.
Me aventuro a dar el último paso, a estas horas de la mañana no habrá nadie en el portal... ¿Qué podría pasar? Además, las llaves en el bolsillo me queman, me están gritando que baje a arrancarlo, aunque, con casi 70 años encima, dudo mucho que aún funcione. Mi padre lo salvó del desguace dos meses antes de la ley 3.14; según me ha contado, es el último que queda en la provincia. Lo giro a izquierdas, y tras un pequeño quejido de la puerta (necesita un buen engrase), ésta cede. Oscuridad y más oscuridad es lo que me encuentro al otro lado, suerte que mis ojos grises están acostumbrados a esta sensación y se comportan como un murciélago en lo más profundo de una caverna. Unas escalones altísimas me hacen dudar de si estos gemelos obesos y saturados de colesterol podrán con mi cuerpo, pero si él puede, yo también.

Con cautela y un paso algo torpe, me apoyo en la barandilla, y comienzo a deslizar mis manos escaleras abajo mientras mis pies tropiezan contra las baldosas y el polvo de los últimos 10 o 15 años. Por los cristales de las paredes debería de entrar, al menos, la luz de las farolas, pero no es así. Sólo la Luna ilumina un poco este lúgubre lugar, durante años he pasado miedo con esos juegos de monstruos y fantasmas, ignorando que tras de mí, era esto lo que había. Tengo que reconocerlo, estoy aterrado; mi vejiga empieza a tener ganas de ir al baño, y creo que lo mejor sería dejarlo para mañana, cuando amanezca. Pero, sorprendentemente, ya he bajado un piso, dos más y estaré en el garaje. Cuantas veces no habré soñado con ese momento, cuantos dolores de cabeza no habrán terminado en una derrota, ¿Cuántos años pasarán hasta que vuelva a atreverme a hacer esto?

Hago de tripas corazón y continúo bajando, él lo hace a diario, y parece que es algo adictivo, como lo es estar 18 horas al día frente a un hardware obsoleto. No puedo evitar esbozar un sonrisa al llegar al piso de abajo, este tétrico lugar tiene algo que me gusta; no sé si es la primicia que tengo ante mí o este olor desconocido que me resulta ciertamente atractivo... Una puerta metálica abollada y parcialmente quemada, me da la bienvenida a un lugar completamente nuevo y ciertamente conmovedor. Las tuberías del techo tienen fugas, enormes charcos de agua estancada es todo cuanto queda de los días dorados de este parking. Es complicado ver algo aquí, pero a lo lejos veo unos ojos enormes, que se mantienen fijos hacia mí. Es extraño, nunca he visto esa mirada fría y distante, pero a pesar de ello, parezco conocerla desde siempre.

Mis piernas comienzan a responder con fuerza, ¡estoy vivo! Es una gran sensación, cada vez estoy más cerca. Ese GTI de color negro tiene que arrancar como sea, va a ser mi proyecto vida, no voy a pasar un minuto más encerrado en mi cuarto. Siento un pinchazo en el pecho, mi corazón no está acostumbrado a tanta actividad física, pero soy joven, lo superaré. Una manta de polvo de varios centímetros de espesor hacen imposible intuir siquiera el negro metalizado del Volkswagen. Las llantas multiradio sirven de improvisada morada para centenares de arañas que han tejido concienzudamente un velo casi imposible de romper sobre éstas. Hecho un último vistazo al garaje, sin percibir el más mínimo indicio de vida humana. Pero algo me hace echar a andar en el sentido contrario al de aquel hierro que lucha como un gladiador contra la corrosión y diez años de mantenimiento 0.

Aquella joya susurra muy bajito desde la otra esquina del garaje, apenas 50 metros me separan de una bestia a la que parece no afectarle el tiempo. Mientras el utilitario alemán descansa triste y famélico, sobre cuatro neumáticos medio deshinchados y un charco de aceite, ese M3 E30 Evo está como recién salido del concesionario. Unas enormes ruedas de garganta y un rojo pulido y brillante iluminan el lugar, como si de una de esas diosas de los videojuegos se tratase. Es inmortal, cualquiera diría que lleva casi 70 años en este mundo. Y lo mejor de todo, es que mi último alarde de valentía me ha permitido descifrar una de las grandes incógnitas de mi vida: cuál era el coche que escuchaba salir casi a diario de la finca. Sin titubeos cruzo todo el aparcamiento y, tras pisar un par de charcos y mojar mis calcetines con el paño de las zapatillas de andar por casa, llego a su altura.

Es increíble, los neumáticos apenas tienen desgaste, todo los componentes parecen estar "a estrenar", y sólo un par de roces en los bajos hacen intuir que el coche se usa a menudo. No quiero imaginar cómo están las carreteras, pero creo que hace mucho que nadie las cuida, debe de ser una gran aventura salir con un coche así a la calle. Mi padre me ha contado en más de una ocasión que Jaén siempre estuvo lleno de baches, desde que él lo conoce. No quiero imaginar su estado actual, es imposible que sobreviva con tanta dignidad a las inclemencias que se encontrará en sus quehaceres diarios. Unos guantes de cuero blanco descasan sobre el asiento: mi vecino parece un poco fetichista con las cosas del motor. Debe ser una persona muy interesante, y sobre todo, valiente, es de los pocos en esta ciudad que se atreven a dar un paso más allá del pasillo de su casa. Este coupé es impresionante, pero no debo estar mucho más tiempo aquí abajo, al menos de momento.

Atravieso de nuevo este mar de columnas, humedad y rayas pintadas en el suelo hasta encontrarme nuevamente con mi particular y desgastada montura. El tiempo se ha detenido: este lugar, estos coches... bien podría ser finales del siglo XX o principios del XXI. Resisten congelados en lo más profundo del bloque, ingrávidos y ajenos a lo que sucede sobre sus techos. Esta escena casi apocalíptica me produce cierto pavor, y ahí dentro se debe estar bastante bien. Las llaves aprietan mi pantalón de pijama, señal más que evidente de que quieren salir de allí. Les hago caso, y sujeto aquel pequeño artilugio metálico con el símbolo de Volkswagen grabado a fuego. Lo introduzco en la cerradura y como si de la puerta de casa se tratara, lo giro hacia la izquierda. Un pequeño "clack" me advierte de que el pasador ha dejado de oprimir el portón contra la carrocería. Se abre y del interior brota ese mismo olor que yo despido cuando llevo una semana sin ducharme. Me siento sobre el cuero rasgado y desteñido y por primera vez en 20 años, apoyo mi pie derecho sobre un acelerador.


[Lo siento pero no he encontrado una foto mejor]

Con suma delicadeza piso embrague y agarro una palanca de cambios que no está en su mejor momento. Mi padre dejó la marcha atrás metida y el freno de mano puesto la última vez que lo aparcó. No me atrevo a soltar el freno, los discos oxidados y las pinzas agarrotadas no me dan buena espina; quizá si lo quito, no podré volver a ponerlo. Pero no me voy a ir de aquí sin saber si el cacharro sigue vivo o esta es su tumba definitiva. A lo lejos veo la rampa de salida, custodiada por una puerta de hierro que no oculta las estrellas que a través de sus cristales rotos entran. La Luna crea sombras imposibles, pero aquí dentro nada me afecta. Sobre el salpicadero, un reloj digital (de los pocos que no consiguieron destruir) que marca la una y media de la mañana. Es tarde, engrano punto muerto y me atrevo a meter las llaves en el bombín. Con un sutil juego de muñeca, produzco un ínfimo giro en el motor de arranque. Los cuatro pistones van de arriba a abajo y humo negro sale por el tubo de escape. Un petardazo me asusta y suelto la llave. El coche vuelve a estar en reposo, pero no me voy a rendir, no aún.

Vuelvo a apoyar mi mano, y lo dejo sólo con el contacto. Siento la corroída gasolina fluyendo desde la parte trasera del coche. Llega al morro y cesa nuevamente el sonido. Tomo aire y espero unos segundos: "No lo hagas, Pablo", me dice mi mente cobarde y pusilánime. Cierro los ojos, tapono mi nariz para no oler el sudor de este 16v, y vuelvo a realizar la misma acción. La llave tiembla y el motor suelta sonoros quejidos que despiertan hasta a los del ático, las explosiones en los cilindros son irregulares y el cigüeñal gira desacompasado. Sigo apretando con fuerza mi mano derecha mientras el motor sique aumentando su temperatura y se lubrica tras una década sin hacerlo.

De repente, el ruido se convierte en música, el traqueteo en un leve masaje, y el olor a quemado da paso a un agradable perfume de 98 octanos. Recupero el aliento mientras el 4 cilindros gira un poco por encima de las 1000 revoluciones. Tiene un ralentí mágico, y su cuadro vuelve a estar iluminado. Veo aquella blanquecina luz del velocímetro llegar hasta los 260 kilómetros por hora. Suspiro pensando en lo que me he estado perdiendo todo este tiempo, ahora es gasolina lo que fluye por mis venas. No tengo sueño, sólo quiero bajar esa palanca y dejar libre a este prisionero solitario. Pero la noche es peligrosa fuera de estas cuatro paredes, no sé que me puedo encontrar ahí fuera. Apoyo mi pie derecho y sube hasta las cuatro mil. Lo hundo con mayor fuerza, y en décimas de segundo la aguja está chocando contra la barrera invisible de las 7000rpm. Hace mucho que el motor no giraba tan rápido, pero por extraño que parezca, ha vuelto a la vida.

Pero hay algo en la calle que me observa, lo noto tras la puerta del garaje. Una sombra vaga de lado a lado, ha rodeado una decena de veces el edificio. Apago el motor, y un silencio inunda todo cuanto me rodea. El eco y la reverberación del tubo de escape da paso al son continuo y monótono del aceite del motor goteando. El Golf no está bien, cada junta y manguito gotea, cada tornillo oxidado pide una revisión a fondo y esos pasos en el exterior no auguran nada bueno. Salgo de éste y lo cierro con suma delicadeza, tratando de hacer el mínimo ruido posible (un poco estúpido después de cinco minutos con el coche arrancado) y me acerco de nuevo a la puerta del portal. Por el camino, tropiezo con un puñado de herramientas que han sido abandonadas a su suerte, parece que alguien las dejó allí precipitadamente. Giro la cabeza por última vez, y veo esa preciosidad de color rojo mirándome de forma lasciva desde lo parte más alejada del parking. Echo la llave y voy escaleras arriba. Ahora la sombra está junto a los telefonillos de la entrada. Relajo mis pasos y camino de puntillas hasta el primer piso, rezando porque nada ni nadie me esté escuchando, prometiéndome a mí mismo que no volveré a bajar si salgo de esta.

En casa todo sigue igual, los ronquidos de mi padre hacen temblar todos los tabiques del piso, pero me hacen sentirme a salvo de aquello que hay ahí fuera, en la calle. Respiro aliviado, nadie se ha despertado. En la cocina tomo un vaso de agua y una de esas asquerosas barritas que sirven de pilar fundamental en nuestra alimentación; me dirijo a mi cuarto con una sonrisa en el rostro al recordar mi desgastado utilitario y ese compañero suyo de celda, ¡menuda bestia! Giro la esquina con mi cuarto (de donde todavía sale la luz de mi ordenador) y me encuentro de frente con la voluminosas formas de mi madre:

- ¿Dónde demonios estabas?
- Tomando el aire un poco, me apetecía ver un poco de mundo...
- ¿Y esas manos llenas de grasa? ¿Y ese olor a fritanga? Tenemos el humidificador, ¡¿Acaso necesitas algo mejor que ese aire?! Tienes el mundo en esa cosa - dice mientras señala a la computadora -, ¡no necesitas nada más!
- Mamá, permíteme que lo dude.
- Pero... ¿Eres gilipolla? ¿Nos has visto los mensajes del gobierno? ¡El mundo exterior no es seguro!
- Madre, no me creo ese cuento. Nos están engañando, no quiero pasarme el resto de la vida aquí encerrado, necesito ver la luz del día.
- No sabes lo que dices, ¡te vas a enterar cuando se lo diga a tu padre!

Cierra la puerta, y se va andando torpemente de vuelta a su cuarto, de donde no había salido estos últimos cuatro días. "Buenas noches, mamá", digo cuando ella está ya entrando a su cuarto. No sé muy bien qué hora será, pero estoy molido, nunca antes había realizado un esfuerzo tan grande. Pero bueno, sigo aquí, más cansado pero vivo. Un pánico claustrofóbico se apodera de mí, nunca se me había hecho tan pequeño este lugar. Las sábanas aprietan mi piel, me producen un sudor frío, nervioso; mi corazón continua a un ritmo taquicárdico. Pero cierro los ojos, y me imagino que soy mi vecino, ese que muy de mañana se levanta y coge su M3, y no vuelve hasta varias horas más tarde. Por carreteras jienenses que no conozco hago trazadas perfectas tras un volante de cuero algo desgastado, muy directo y duro. El día se comienza a nublar, y cada vez voy más lento. De un momento para otro, todo se vuelve negro; sí, efectivamente, me he dormido.

...

Hoy amanece pronto, y él también ha madrugado. Oigo sus pasos sobre el techo de mi cuarto. Busco algo de ropa en un armario en el que poco o nada queda para salir a la calle. Me pongo mis vaqueros de cuando tenía 12 o 13 años, que ni que decir tiene que me quedan ajustados a las piernas como si de una segunda piel se tratara. Una camisa blanca de mi padre (varia tallas por encima de mi también enorme cuerpo) me sirve de improvisada vestimenta para impresionar a ese hombre. No quiero que piense que soy un ermitaño o alguien que no tiene ni idea de coches (justamente lo que soy). Me lavo la cara y trato de peinar un pelo graso y enredado como las telarañas de mis llantas. Tras una buena capa de polvo, encuentro un pequeño bote de perfume masculino, algo disuelto por un proceso natural de decantación.

Oigo sus pasos bajando por las escaleras. ¡Mierda! Se va sin mí. Meto barriga y abrocho el botón de los pantalones. Cojo las llaves cuando el motor del BMW ya está arrancado. Lo oigo al ralentí mientras cojo las llaves del golfete. Abro la puerta, y miro hacia atrás una última vez: los ojos de mi padre se clavan en mí, está despierto. Con un nudo en la garganta, cierro de un portazo y bajo las escaleras. Ha llegado el momento de conocer al "señor misterio".


Capítulo 2

Un frío seco inunda los escasos cinco metros cuadrados de mi rellano. "Tú subes, tú vuelas, tú puedes", me repito a mí mismo, recordando alguna de las frases célebres de los juegos de acción. Comienzo a sentir fuerza en mis piernas, en mis brazos; los cuádriceps se tensan a cada paso que doy, ya no necesito apoyarme en la barandilla para descender raudo y veloz hasta la planta baja (aunque mis depósitos de grasa sigan formando una capa inmensa y heterogénea alrededor de mi esqueleto).

El ronroneo del BMW se hace cada vez más reconocible, casi siento las gotitas de gasolina condensada cayendo desde el tubo de escape al suelo del aparcamiento. Las llaves del GTI se clavan en mi muslo mientras despacho los últimos escalones. Estos pantalones apenas me permiten articular rodillas y tobillos, y crean una sensación algo desagradable en mis genitales. La puerta metálica está cerrada, y se me ha olvidado bajarme la llave. No puedo permitirme volver a subir, o él ya se habrá marchado y tendré que esperar a la próxima vez que le apetezca coger su deportivo. Tiene toda la zona de la cerradura quemada, el hierro está desconchado, y apenas tiene unos milímetros de espesor, es prácticamente ceniza. La luz que entra por el portal proyecta mi enorme sombra justo enfrente. ¿A quién quiero engañar? Mis cerca de 100 kilos a no más de 5 kilómetros por hora tienen energía cinética más que suficiente para echarla abajo. Doy unos tres pasos hacia atrás, lo escucho engranar primera, y un líquido transparente no identificado brota desde la raíz de mi pelo, recorre mi cara y muere en el cuello de la camisa.

O corro, o se va, así de claro. Cojo impulso, pongo el tronco recto, y endurezco mis gemelos, como si de una final de cien metros lisos se tratara. 1250 Julios de complejos reprimidos en un cuarto de dos por dos se abalanzan contra ese chisme antiincendios que poco o nada aguanta el embiste. Estoy en el parking, me duele e hombro y tengo cierto sentimiento de culpa por una puerta que llevaba cumpliendo su función desde sepa Dios que tiempo. Un torrente de luz blanca como la Luna me ciega los ojos, acostumbrados a vivir en la penumbra. Mis pupilas se han acostumbrado a estar continuamente encogidas, y me arden mientras que las protejo con la palma de mi mano. Pero un bronco sonido me hace dejar de hacerlo, el M3 pasa del reposo a rondar las 4000 mil revoluciones en un abrir y cerrar de ojos (nunca mejor dicho). Cuando dirijo mi vista hacia el parking, veo aquella maravilla subir la rampa de salida, y tras un pequeño salto, girar a la izquierda calle abajo.

Con mi pierna derecha condolida, cojeando y sin saber muy bien qué hacer, corro hacia el Volkswagen. Acierto a insertar la llave en la cerradura tras tres o cuatro intentos fallidos. Me encajono en el asiento y vuelvo a usar a mis compañeras para arrancar a la bestia. Ese sonido no me gusta un pelo, suena muy... metálico. Es extraño, porque ayer me pareció que sonaba bastante fino, ahora todo tiembla y noto cierto olor a "fritanga" como me dijo mamá, que no me da buenas sensaciones. Pero, no puedo elegir, o me voy o se irá sin mí. "A ver, metes primera, aceleras un poco, quitas el freno de mano y sueltas embrague. ¡Lo has hecho un millón de veces, joder!", digo mientras que mi cuerpo se mantiene con un tembleque nervioso. Los discos chirrían y los rodamientos no están en su mejor momento, pero sin apenas complicaciones (teniendo en cuenta que nunca he cogido un coche "de verdad" ), salgo a ese lugar desconocido, peligroso, furtivo y condenado al olvido: la calle.

No es para tanto; un montón de yerbajos se amontonan a ambos lados de la calzada, sobre la acera. Hay marcas de neumáticos en el suelo y el asfalto está sorprendentemente cuidado. Reconozco esta zona, "Expansión Norte" lo llaman. Es uno de los últimos barrios que se construyó en la capital antes de que el mundo se parara. Hay cabinas de teléfonos rotas, bares y restaurantes que parecen congelados en el tiempo y bancos en los que ya no se sienta nadie. El parque del Boulevard no tiene nada que ver con el que aparece en las fotos; los árboles no son cortados y sus enormes raíces levantan el césped sin cuidar. Una leve brizna de agua sigue brotando de algunas fuentes, y las hojas se amontonan en las sombras, el otoño sigue saliendo a la calle, y junto al aire, se ha hecho dueño de una ciudad aparentemente muerta.

Pero poco me importa eso; el volante vibra, mi corazón late y el sonido más orgásmico jamás escuchado es producido a escasos centímetros de mis pies. A esto es a lo que llaman placer, la adrenalina fluye por mi cuerpo, elimina mi sueño y hace crecer mi "yo" más infantil. El M3 se pierde en un laberinto de calles, asciende por toda la ciudad de Jaén y bota fuertemente sobre el adoquinado del centro. Incluso pone el intermitente al girar en las esquinas: se ha percatado de mi presencia. Va bastante lento, pero no lo suficiente como para alcanzarlo. La bajada de este cacharro es brutal, peino la carretera con el paragolpes delantero, las entrañas del GTI chocan contra el duro suelo, produciendo quejidos y pérdidas de tracción un tanto peligrosas. "No te pongas nervioso. Pisas embrague, subes de marcha y lo sueltas, es muy lógico", sigo con mi monólogo interior para que el miedo no me pueda. Al señor del cuarto tampoco le está siendo fácil este tour por la capital del paraíso interior, en algún momento los bajos sueltan chispas, me duele hasta a mí. Pero él sabe lo que hace, no duda un momento en que la trayectoria que lleva es la más adecuada, sus giros están calculados al milímetro.

Una imponente estructura se pierde entre las nubes de esta mañana gris. Es la catedral, ajena al cementerio que la rodea, ajena a un mundo demasiado formal y ordenado para que alguien la admire como se merece. Subo por la calle de su fachada lateral en segunda, la admisión hace de las suyas y resuena entre las paredes de la estrecha vía. Al llegar a la puerta principal del monumento, para mi sorpresa, me encuentro con el deportivo rojo parado, con las luces de freno encendidas y el cuatro cilindros al ralentí. Ante él, se extiende una enorme plaza, que se pierde en los planos verticales de los edificios. Este homenaje al hormigón son toda una tentación para los más de doscientos caballos que esconde bajo el capó. Me sitúo justo detrás de él, apenas intuyo una silueta tras el puesto del conductor, mis ojos se han acostumbrado a la luz del día pero creo que me sobran un par de dioptrías.

Pasan unos segundos en silencio, sólo roto por el petardeo del M3 y un ruido demasiado metálico de mi utilitario "racing". De repente, el mundo se estremece con un cigüeñal a 7000 revoluciones por minuto. Dos segundos dando petardazos son suficientes para que levante el pie del embrague y salga patinando con las ruedas traseras sobre toda la plaza. Creo que me he orinado encima, pero miro mis pantalones y no, por suerte, aún no lo he hecho. Salgo detrás del bávaro a un ritmo mucho más relajado, y ambos huimos del centro de la ciudad, rumbo a las montañas. Un cartel oxidado que indica el fin de la limitación de 50 nos da el impulso final para volar solitarios y livianos sobre la nacional que conduce a lo desconocido. La temperatura del motor sube sospechosamente rápido, no sé si es por el tiempo que lleva parado o por algún fallo mecánico, en cualquier caso, no debería ir tan rápido.




El volante comienza a endurecerse, la ventana derecha no cierra bien y a 130 kilómetros por hora el aire hace mucho ruido. Esto no es como en la consola, aquí siento el suelo pasando bajo mi trasero a toda leche. Pero a mi vecino parece no preocuparle demasiado, sigue acelerando como si no hubiera mañana. La mancha roja se hace cada vez más pequeña, en esta nacional no soy ni siquiera un mero peligro para ella. Sigo exprimiendo los 139 caballos hasta el corte de inyección, no puedo perderlo, o las posibilidades de volver a hablar con él serán mínimas. ¡Dios mío! Esto es adictivo, no he experimentado mayor placer en la vida.

Ya vuelo a 175 kilómetros por hora, que subiendo una pendiente del 5%, hace que siga siendo una máquina muy respetable incluso 70 años después de su nacimiento. Las curvas son muy abiertas y las paso sin levantar el pie del acelerador, el coche grita cercano a su par máximo. Veo la muerte cerca, a escasos dos metros de mí. Los quitamiedos están erosionados y sé que no soportarán la tonelada y media de ingeniería alemana estrellándose a toda velocidad contra ellos. Me cuesta hacerme a la idea de que no hay botón de reinicio y de que, si los neumáticos pisan alguna zona con demasiada gravilla. la partida se habrá acabado. Pero me limito a seguir con mayor o menor acierto la trazada del coupé, y casi sin darme cuenta, hemos recorrido los 8 kilómetros de A6050 que separan Jaén de Los Villares, que sigue con la misma línea y parece completamente abandonado. Todas las persianas están bajadas y la única señal de vida que encuentro es una manada de perros con pinta de tener hambre.

He coronado un puerto de segunda y he descendido casi 4 kilómetros ininterrumpidos (la temperatura del Golf lo ha agradecido). Pero lo que hay ante nosotros supera todas mis expectativas. Apenas hemos abandonado la localidad cuando una pendiente de un 10 por ciento nos da la bienvenida a una carretera que se pierde entre la niebla. Una enorme montaña de la conozco cumbre parece servir de soporte a esta colosal vía que conduce a ningún destino. Los cristales están fríos pero el Volkswagen vuelve a coger temperatura. La trasera del M3 se pone juguetona, en la salida de las curvas, mientras se va alejando más y más, comienza a deslizar creando un hipnótico baile que me hace olvidar que yo también tengo un volante entre las manos. En el asiento del acompañante hay un puñado de discos tirados, que se mueven cada vez que piso un bache. Disfruto de la conducción, ya casi ni me importa perder de vista a mi único rival en esta estúpida competencia. Me cierro en las curvas sabiendo que nadie viene de frente, reduzco a segunda en las más cerradas y suelto alguna carcajada nerviosa al escuchar a los petrificados neumáticos chirriando.

Definitivamente, él conduce a otro nivel, sólo lo veo en las horquillas, saliendo de lado mientras yo fuerzo los frenos y la dirección para que no me haga un "recto" al entra a las mismas. Las cunetas están salpicada por pequeñas casas de campo, abandonadas a su suerte, algunas desvalijadas y otras completamente intactas. Todo es tan apocalípticamente atractivo, que sólo me hace falta un buen coche para convertirme en la persona más feliz sobre la faz de La Tierra. El mío es rápido, pero no va tan fino como pensaba, pierde fuerza en las aceleraciones y su sonido preciso como un reloj suizo empieza a parecerse más al de un cortacésped. "¡No tira, no tira!" grito mientras veo como los segundos entre mi vehículo y el inmediatamente anterior aumentan sin poder hacer nada. Llego a una curva cerrada, en cuarta, sin forzar más de lo necesario y dejo que el freno de motor haga su trabajo a reduzca la velocidad. A la salida, otra enorme rampa me hace meter tercera y hundir el pie hasta la alfombra. Por un momento, parece que el coche vuelve a responder, los olivos a escasos metros de la calzada forman una especie de túnel interestelar en el que el modesto utilitario se transforma en un coche de carreras.

Pero la alegría dura poco, un pequeño silbido hace que el coche deje de reaccionar. Empieza a oler otra vez a fritanga y de un momento a otro entra humo blanco por los conductos de la calefacción. Por la junta del capó también comienza a salir más, y no puedo seguir conduciendo, me ciega por completo. Clavo frenos y tiro de la palanca para abrir la delantera. Bajo y un frío que jamás había sentido me cala hasta los huesos, atravesando mi enorme capa de grasa y estos pantalones ajustados que mejoran la circulación de mis piernas y me hacen perder un poco más la dignidad. Al levantar por completo el portón delantero me encuentro con una bocanada de aire caliente que choca directo contra mi cara. El humo gris asciende al cielo mientras que sigue saliendo más de la parte baja del bloque. El motor sigue funcionando pero no me atrevo a seguir conduciéndolo.

El M3 ya no se oye entre las colinas, estoy sólo, un frío casi crepuscular recorre mi piel y sólo el ronroneo del GTI perdiendo aceite rompe un silencio eterno y profundo; parece que el mundo entero tenga miedo de hablar. Pero hay algo que me gusta aún menos: es extraño, pero sé que me observan. Por suerte, mi salvador, mi faro de Alejandría, aparece con su metalizada piel a mi rescate. Tras un par de curvas cerradas, se vuelve a escuchar a la bestia, a un ritmo muy bajo, casi intentando ocultar el torrente de decibelios que escupe por su doble salida de escape. Llega a mi altura, y me quedo embelesado al verlo frenar ayudado de unas enormes pinzas Brembo también de color rojo.

Bajo lo mirada y la dejo fija en el suelo. No quiero mirarle a los ojos, no estoy capacitado para ello. Ese hombre está a otro nivel, es como comparar a Dios con un burro, o a un M3 con un Golf. La puerta se abre y deja al descubierto unos cristales sin marco que, estéticamente, son sublimes. Se ve tan "gordo"... las aletas traseras ensanchan hasta el infinito un coche que parece llevar alimentándose de esteroides la última década. La particular interpretación sinfónica del coupé se ve ensombrecida por el estrambótico quejido de mi máquina. Cierro los ojos al sentirlo a escasos centímetros de mí, no sé qué decirle o qué hacer, el pánico escénico se ha apoderado de mí. Se acomoda en mi asiento y apaga el motor, con suma delicadeza. Ante este último movimiento, me atrevo a poner en marcha mi cuello, alzo la cabeza y la imagen que retienen mis retinas no es asimilable para mi cerebro solitario: es un ángel.

Los pasos que llevo escuchando estos últimos años del cuarto piso no son de un señor mayor, no peina canas ni tiene la piel arrugada. Apenas puedo concebir la idea de que eso que tengo ante mí, es una mujer. Hace más de una década que no veo una cintura de menos de 90 cm de diámetro. Unos ojos negros se acercan entre el silencio perpetrado por la estocada que ese giro de llave a provocado en el corazón del Golf:

- Menudo animal estás hecho, ¿No sabes que cuando un coche echa humo, lo mejor que puedes hacer es apagarlo? - su voz, su piel clara, su melena oscura... hacen que no tenga palabras, todo cuanto pueda decir se queda en nada cuando es la primera chica que veo en 20 años - ¡Ey! ¿Qué te pasa? Eres un poco lerdo, ¿No?

Parece muy confiada, me agarra de la cara con su mano derecha mientras yo sigo con la boca abierta, hipnotizado por el ritmo de sus párpados y por su movimiento de cabeza hacia todas las direcciones (parece preocupada, atenta). Ese roce con mi piel hace que despierte de mi estado de enajenación transitoria y pueda articular palabra:

- Yo soy Pa... Pablo.
- Muy bien, ¿Ya te han enseñado a hablar? ¿Tu mami te cambia el pañal o vas sólo al baño? - continua con esa posición fría y defensiva que hace que eche de menos la intimidad de mi habitación; no estoy preparado para entablar conversación con otra persona, nunca lo he hecho.
- El coche se ha roto.
- ¿No me digas? Creo que tienes mucha máquina para tan pocas manos, y sobre todo, cabeza - dice mientras apoya su dedo en mi frente y me menea de delante a atrás con pasmosa fuerza -. Vamos a ver qué le pasa.

Se vuelve a alejar rumbo al morro del coche y levanta el capó; yo me quedo paralizado, siguiendo la trayectoria de sus piernas (las intuyo debajo de unas medias), se ven muy fuertes y no tienen un gramo de grasa o celulitis (de las mías no puedo decir lo mismo). "Menos mal que se ha quemado el aceite, un minuto más y lo hubieras gripado...", dice mientras sigue toqueteando cosas del motor:
- ¿Tienes el más mínimo conocimiento de coches o sólo conduces en la Play?
- Play - no acierto a decir nada más.
- Vamos, que eres un poquito lerdo - dice mientras se frota las manos recubiertas de grasa y se acerca a mí -, y tranquilo que no muerdo - limpia su dedo índice en mi camisa y se monta de nuevo en el coche.
- ¡¿Qué haces?! -le digo mientras miro con estupor la mancha de la impoluta camisa de mi padre.
- Hay que esconder el coche, vendrán en cualquier momento. Dejémoslo detrás de ese cortijo.
- ¿Y yo que hago?
- Empuja, ¿De quién es el coche? Tuyo ¿No? Pues ya está, tú empujas.

Me separan 20 metros del cortijo y una leve pendiente que parece la pared Norte del Everest. Mi pasivo cuerpo suda sólo de pensar en el esfuerzo. Escucha el quejido del freno de mano al ser soltado, y el coche se abalanza sobre mí, sin que pueda hacer mucho para que no me atropelle. No tengo fuerza para pararlo, y menos aún, para empujarlo cuesta arriba. La escucho reírse mientras vuelve a poner el freno de mano. Se baja del Golf y comienza a hablarme tan cortés y encantadora como de costumbre: "¡Gordito! Ni para esto vales. He conocido poco hombres, pero tú te llevas la palma, eres el más inútil de todos. " Yo vuelvo a estar embelesado por una belleza repelentemente atractiva. Deja la puerta abierta, baja el freno de mano y apoya sus zapatillas en el suelo. Me preparo para que el coche se me vuelva a venir encima, pero en esta ocasión, ella lo sujeta del volante y comienza a ascender como por arte de magia. Observo las formas de su espalda al hacer fuerza, siento vergüenza a la par que admiración al ver que una persona del sexo opuesto (y en teoría más débil) es capaz de doblar mis capacidades físicas.

En apenas medio minuto lo hemos llevado hasta la fachada trasera de la construcción (cuyo techo de vigas de madera está colapsado y derrumbado). Parece tener prisa por irse de allí. "Ya volveremos otro día con lo necesario para arreglarlo. Tiene una buena fuga de aceite, pero no sé de donde procede. Eso es lo que ha provocado el humo. Nos vamos, se hace tarde", dice mientras comienza a andar hacia el M3. La sigo a una distancia prudencial, apenas he conseguido mantenerle la mirada un par de segundo. Giro la vista y veo al GTI con cara triste, alicaído por mi ida. Pero cuando miro al frente y veo a aquel "angelito", lo del coche parece quedar en segundo plano. Camina nerviosa, y se asoma colina abajo, comprobando que no hay nadie más en toda la carretera.

Me monto en el asiento del acompañante y arranca sin demasiadas dilaciones. Se coloco los guantes de talla "S" y se abrocha los arneses de su asiento. "Gordito, ponte el cinturón. Es bastante largo, no te preocupes que te rodeará sin problemas", cada vez me cae mejor esta niña (nótese la ironía). Tras hacerle caso y abrochármelo, asciendo a una nueva dimensión. Entra en una curva ciega en segunda y pisa a fondo, la trasera del M3 circula a escasos centímetros de la cuneta y las revoluciones besan el corte de inyección. Este monstruo corre como un condenado y la piloto que lleva por guía no es precisamente un punto flaco. Las limitadas prestaciones de mi pelotilla se quedan en nada al lado de semejante obra de ingeniería, y prefiero no comparar sus manos con las mías, parezco un pato mareado a su lado. Un aroma embaucador inunda el habitáculo, mezclando el delicado olor de su piel (que poco tiene que ver con su arisca personalidad) con la gasolina y el neumático quemado:

- Si quieres conduzco yo - le digo mientras me agarro al tirador de la puerta y veo los quitamiedos pasar a milímetros de las aletas traseras.
- Sí claro, te acabas de cargar un coche y ahora quieres meterle mano a mi niño mimado, te faltan muchos Petit Suisse para tocar este volante, chaval. Además, ¿Qué quieres, que nos maten? - dice mientras sigue llevando el BMW al límite. Cualquiera diría que la bestia que conduce como loca a dos dedos del suelo es casi octogenaria...
- ¿Quién nos va a matar? - pregunto confuso. Hoy, al atreverme a salir de casa, he descubierto la sarta de mentiras de la que he sido víctima toda mi vida, pero quizá aún haya cosas que no sepa.
- Ellos, los de los coches negros, como te deje que conduzcas, estamos muertos.
- Mira bonita, ya sé que no conduzco bien, que estoy gordo y que no soy precisamente una belleza, pero no todos hemos tenido la suerte de salir a la calle a diario. Intenta no acordarte demasiado de mí porque la próxima vez que me veas no seré el mismo... - digo sacando dignidad de donde no la hay.
- ¿Crees que es fácil salir sola cada día sin saber sin volverás a entrar? ¿Piensas que esto es un juego? - su gesto se relaja un poco, mostrándome una sonrisa cómplice, casi maternal - Mira, que no te digo que conduzcas mal, te escucho cada noche, ¿Sabes?
- ¿Cómo?
- Sí, que vivo un piso por encima tuya, en la misma habitación. Eres bueno con el volante, no todo el mundo es capaz de bajar de los 7 y medio en el Ring con un RUF CTR de serie..., pero esto no es un videojuego, es la vida real. Aquí no se puede reiniciar la partida y las sensaciones son diferentes, pero terminarás "haciendo manos", no te preocupes. Lo de los kilitos de más... teniendo en cuenta que no te has movido en la vida, en lo que tardemos en arreglar el Golf estarás hecho un pincel. Y lo de la cara, bueno, eso no sé cómo solucionarlo, pero como no te va a ver mucha gente, sal de noche, cuando esté todo oscuro, y ya está - esto último lo dice entre carcajadas, mientras se coloca un mechón de pelo tras la oreja -.
- ¿Cómo sabes que es un CTR?
- Ese bóxer es inconfundible... y como no me gustan esos cacharros electrónicos, pues me toca intentar dormir con tus soniditos de fondo.
- Perdona, no sabía que lo escucharas, no volveré a poner el volumen.
- No importa, mejor dormir con un tubo de escape que con lo que hay en mi casa - los ojos se le iluminan y baja un poco el ritmo al entrar en las calles de Los Villares -.
- Sé a lo que te refieres.

El resto del camino, hasta Jaén, lo hacemos en silencio. Yo me entretengo observando paisajes hasta ahora desconocidos para mí, salpicados de barrancos, profundos valles y nubes que proyectan sombras oscuras sobre las laderas de las montañas. El centro de la ciudad sigue tan vacio como lo dejamos. Me quedo impresionado por su agilidad conduciendo y sus cambios de marcha: deportivos y rápidos cuando es necesario y suaves y pausados cuando las condiciones lo requieren. De repente, cuando estamos a un par de calles de casa, comienza de nuevo a hablar, ella sola: "Pase lo que pase, nunca salgas sólo a la calle. Yo lo he hecho durante años, pero créeme que el precio que he tenido que pagar no ha sido bajo; no tuve a nadie que me advirtiera del peligro que estaba corriendo. Ellos acechan en cualquier esquina, y en cualquier momento. No sé si habrás escuchado alguna vez esos gritos, pero yo les tengo verdadero pánico. Cada vez que los oigo, me quedo toda la noche en vilo, no puedo soportarlos" Una lágrima resbala por su rostro, frío y distante hasta ahora, pero que ha sacado su lado más sentimental al ponerse seria. No sé muy bien a qué se refiere, me da miedo preguntarle. Parece sincera, con lo que prefiero dejar la conversación para otro momento.

Para cuando quiero darme cuenta, ambos subimos por las escaleras, ella delante mía. Tras esos pantalones cortos se intuye un prieto y respingón trasero, del que no me había percatado con anterioridad. Algo dentro de mí se despierta, no sé muy bien el qué pero es muy agradable. Me recuerda a esos gases que tengo en el estómago cuando me paso con las barritas, pero es mucho más placentero, de hecho, se me ha quitado hasta el hambre. Llegamos a mi rellano, donde apoya su mano en mi hombro y dice: "Bueno Pablito, hasta luego". Es extraño, porque a pesar de que no conozco mucho sobre despedidas, me esperaba algo mucho más físico, caluroso si me apuras.

Introduzco la llave en la cerradura, y cuando ya tengo la puerta abierta, una voz proveniente del piso de arriba rompe el silencio: "¡Gordito, si bajas de 7 con 20, te llevo a ver una cosa!". Me falta tiempo para ir a mi habitación, encender la videoconsola y configurar el circuito de Nürburgring con el "pájaro amarillo". Un par de golpes en el techo me indican que ella está atenta a mis tiempos. Por la persiana entra poca luz ya, al día le quedan pocas horas. Con un nerviosismo hasta ahora desconocido, comienzo a dar vueltas a un circuito que conozco como la palma de mi mano. No sé qué me pasa, pero no consigo bajar de los 8 minutos, en todas las vueltas me pasa algo, o me estrello contra un muro o me cruzo en alguna curva cerrada (es muchas potencia "libre" en el tren trasero"). Lo mejor es que... el sitio donde me lleve, me da igual. Cada vez que cometo un error, golpea su suelo para que sepa que debo volver a empezar.

Llevo casi 7 horas tras la pantalla, hace rato que he dejado de oírla, pero sigo corriendo. He conseguido un 7:25, pero eso es casi un abismo con mi objetivo final. Tengo que dosificar mejor la potencia al salir de las curvas, y frenar más tarde y con más fuerza, para generar mayor carga aerodinámica (esto es fácil en teoría). Vuelo sobre el final de recta a 310 por hora, me quedan 20 segundos para recorrer los 850 metros a meta. Sé que no podré pasar a más de 80 por el último giro, así que todo depende de cómo frene. Así que, sin más, sigo acelerando a fondo mientras una gota de sudor ciega mi ojo derecho. Clavo frenos con el traqueteo nervioso de un superdeportivo "de los de verdad" y me lanzo hacia la línea de llegada con algo más de velocidad de la esperada. Cambio a tercera, cuarta y... 7 con 19, ¡Objetivo cumplido! Corro a por un palo de fregona y ahora soy yo el que hace ruido en su suelo. Pero no me devuelve, debe de estar ya dormida.

Apenado porque ella no lo ha visto, pero contento por la sensación del deber cumplido, me pongo el pijama y contemplo las estrellas que pasan a través de los agujeros de la persiana. Me lamento al pensar que ni siquiera le he preguntado su nombre o cuándo nos volveremos a ver. Quizá no haya una próxima vez, quizá todo haya sido un espejismo de mi mente calenturienta. Cierro los ojos y un silencio sepulcrar inunda mi hipotálamo, sólo alterado por los ronquidos monótonos y acompasados de mis padres. Pero algo lo rompe en un instante, cuando ya casi me he dormido, cuando mi estado de vigilia es casi mi único vigía. Alguien grita de dolor, pánico o desesperación a dos o tres manzanas de mi ventana, trago un nudo al pensar que alguien inocente puede estar siendo maltratado, vejado o asesinado. Pero yo poco puedo hacer, sólo esperar a que terminen con él cuanto antes, y poder así dormir. Pero cuando los gritos se paran, un nuevo golpecito del piso de arriba me vuelve a despertar, activando mi cuerpo por completo. Apenas un minuto más tarde, es en la puerta donde se repite la acción: tendré que ir a ver quién es...



8 de Octubre


Reconozco su olor al otro lado, sé que nadie más se atrevería a rondar el portal a estas horas. Como si de una rosa en mitad de un desierto se tratara, sus ojos marrones brillan en la oscuridad y su larga melena no pasa desapercibida en la penumbra del portal:

- ¿Lo has escuchado? - me dice mientras acorta la distancia conmigo.
- ¿El qué? - le digo extrañado. En su mirada noto cierto temor, algo que hasta ahora no había podido presenciar...
- Esa mujer, gritando, ¿No la has oído?
- ¡Ah! ¿Eso? Sí, lo he oído, no sé... es normal.
- ¿Cómo que normal? ¿Cómo puedes llamar normal al hecho de que alguien esté pidiendo ayuda a escasos metros de tu casa sin que nadie haga nada?
- No hay ni Dios en la calle, no se atreven a salir. Si le ha pasado eso, es porque se ha metido donde no debía. Y tú deberías irte a casa, si no quieres acabar igual.
- No puedo dormir, Pablo, tengo miedo - mete su pulgar en un agujero de su camiseta, que es enorme y parece algo vieja, pero que le sienta muy bien en conjunto con unos leggins oscuros.
- Pues si tú tienes miedo, imagínate yo. Anda, pasa. Ya encontraremos algo que hacer... ¿Echamos un Spa Francorchamps mientras te entra el sueño?
- ¡Qué remedio! - contesta mientras pone una mueca algo extraña; no parece convencerle mucho el plan, pero no se me ha ocurrido nada mejor.

Entra a casa delante de mí, y con sus brazos cruzados y agarrando su ropa con las manos, camina hasta el final del pasillo. Sólo retira la vista del frente al pasar por la habitación de mis padres, de donde brotan unos ruidos ciertamente maquiavélicos. Sus pasos no son como los de esta mañana, ahora parece mucho menos segura, los gritos le afectan bastante más que a mí. En este sentido, ella es más humana que yo:

- Perdona el desorden - le digo mientras pasamos a mi habitación, donde las bolas de polvo se confunden con las zapatillas y el olor a cerrado no puede ser más intenso.
- No te preocupes... - anda con un poco de asco y se sienta en la cama (deshecha) tratando de rozar las sábanas lo menos posible - ¿Por qué tienes cortada la cinta de la persiana?
- No sé... cosas de mi padre. Ya sabes, por eso que dicen de la luz solar y la contaminación exterior.
- Es verdad ¡qué precavido es tu papi! Menos mal que no te la dejó abierta, o podrías acabar como yo; soy una terrible mutante por culpa de la contaminación. ¡Cuánto daño ha hecho la televisión...! - ya vuelve a ser la de siempre.
- No te preocupes, que la arreglaré en cuanto pueda, de aquí en adelante, me despertaré con la luz del Sol. Además, este sitio huele a muerto, después de respirar el aire de verdad, no pienso seguir rodeado de esto.
- Menos mal que lo has dicho tú, no quería ser yo quien te abriera los ojos. Pero sí, esto da mucho asco -dice mientras comienza a reírse, sin saber muy bien si es de mí o de la situación -, no es el lugar más apropiado para traer a una chica.
- ¡Ey, ey! Para el carro señorita... por cierto, ¿Cómo te llamas?
- Silvia , pero tú me puedes llamar Dios.
- Pues eso, señorita Dios Silvia, que ha venido usted solita, yo no la he traído, jejeje...
- ¿Ah sí...? Pues, pues... - no se le ocurre ninguna grosería que soltarme. Por una vez, soy yo el que quedo por encima.
- Te he ganado.
- Has ganado la batalla, pero en Spa te voy a pulir - agarra el mando de la videoconsola y elige coche (Ferrari 599 GTO) -.
- No tienes nada que hacer - me decanto por un Lamborghini Murcielgo SV -.

Subo el volumen, y ambos nos situamos en la línea de salida. Mientras el semáforo sigue apagando sus luces rojas, veo como ella sube de marcha hasta dejarlo en tercera. "Como esto es un juego y tú un paquete, te voy a dar ventaja. Al mejor de tres vueltas, aunque me sobran dos" dice mientras el semáforo se pone en verde. Yo estoy dispuesto a bajarle los humos y sé que aunque en la vida real me daría un buen repaso, aquí no tiene nada que hacer. En la salida, por supuesto, el GTO se queda clavado. Yo engrano cuarta tras subir la empinada rampa de final de recta mientras que el coupé italiano aún lucha por coger las 4000 rpm a escasos metros del punto de inicio.

Vuelo entre el libido y la penuria de dejarla atrás, hay algo que me dice que la espere, aunque en realidad la tenga a escasos centímetros de mí. Pero el sonido del Lambo, a pesar de no ser más que una melodía digitalizada que brota de unos pequeños a la par que efectivos altavoces, me incita a seguir acelerando. Curvas algo lentas se mezclan con rectas rapidísimas, cambios de rasante y un asfalto perfecto. "Y pensar que esto existe, y está ahí, a sólo unas horitas de viaje" dice mientras sigue llevando a fondo la macchina. Yo no le respondo, sigo concentrado al máximo en el trazado, veo como el horizonte se acerca a un ritmo pasmoso mientras por el espejo retrovisor la mancha roja ya está incordiando. Apenas llevamos tres cuartas partes de vuelta cuando esa cría con mala leche y ojos marrones ya está tras de mí, haciendo deslizar el GTO en cada vértice o curva del circuito, por ínfima que sea.

No tengo nada que hacer, con menor potencia, con peor estabilidad y un mal reparto de pesos, está ya pegada al portamatrículas de mi Lambo mientras que disfruta a tope de la vuelta. Por mi frente resbalan gotas de sudor heterogéneamente y mis pies oscilan arriba y abajo de forma nerviosa. ¡Me va a adelantar y aún no hemos terminado la primera vuelta! Lo veo desaparecer del retrovisor, la recreación digital compuesta de cientos de miles de píxeles de Maranello me da la estocada final justo antes de la frenada de la penúltima curva. Miro al frente esperando verlo pasar por el exterior como una centella. "Te dije que me sobraban dos vueltas" dice ella mientras me rebasa. Pero el momento de cogerle el rebufo no llega, de repente, la pantalla se apaga, al igual que la tenue luz que alumbra la habitación:

- ¿Qué coño pasa? - pregunto mientras me levanto de la silla, buscando el interruptor.
- No te levantes, no servirá de nada. Cuando las luces se apagan, se apagan. Sólo ellos deciden cuando volveremos a tener electricidad, pero no te preocupes que no tardarán demasiado, no les conviene que la gente desconecte del ordenador.
- ¿Pero qué dices? ¿Quiénes son ellos?
- Pablo... ¡qué inocente eres! He leído cosas que mejor no saber - pone su mano sobre mi pierna.
- ¿Qué has leído? ¿Dónde?
- ¿Conoces... la Deep Web?
- La primera vez que oigo hablar de eso.
- Vamos a ver... la red no acaba donde tú piensas. Esa está "capada".
- Pero... ¡si gracias a ella puedo hablar con gente de medio mundo! Es una fuente de conocimiento inagotable.
- Claro, y que casualidad que todo el mundo habla castellano ¿Verdad? Mira, no sé muy bien qué coño está pasando con nosotros, pero créeme si te digo que estamos aislados del resto del planeta. Aunque hay una forma de saltarse esa prohibición, no es sencilla ni segura, pero es lo que nos queda... - se pone de pie y camina hacia la puerta de mi habitación.
- ¿Y... qué forma es esa?
- No es un lugar seguro para hablar de ello... acompáñame.

Sin más, me levanto y la sigo por el mismo pasillo que nos ha visto entrar minutos antes. Oscuro y frío, mantiene su lejano gesto de cobardía, ahora atenuado por sus curvas. Ya no me da miedo alguno cruzar la puerta de entrada, de hecho, tengo curiosidad por saber donde me lleva la extraña persona que me precede en esta andanza. Al pasar por la habitación de mis padres, siento que uno de ellos no está dormido, lo sé porque ahora hay una sola tráquea emitiendo el rítmico sonido de sus ronquidos. Pero prefiero no mirar hacia la puerta entornada, paso de cruzarme de nuevo con una de esas miradas que me hacen sentir culpable por querer vivir.

En el portal, sigue la ingente cantidad de suciedad, las revistas viejas y los restos orgánicos degradándose. Sólo sus pasos limpian el mugriento suelo, y abren un pequeño camino en una oscuridad que parece inundarlo todo. El piso bajo llega rápido en su compañía, y de nuevo, nos encontramos en un garaje que, a excepción de su maravilloso y genuino deportivo alemán, parece estar atesorado por el tiempo bajo una capa de polvo como lata de conserva. Estamos rodeados de veloces caballos de acero que un día dejaron de ser alimentados, y de los que ya sólo queda un esqueleto oxidado y multitud de recuerdos que fueron sustituidos por una pantalla LCD y multitud de dispositivos controladores de software:

- ¡Sube, anda! - me dice mientras abre la puerta del e30 y se sienta en el asiento del acompañante.
- Buff... - digo mientras cojo el volante de cuero vuelto que, hasta ahora no he tenido el placer de tocar.
- No te lo flipes que no lo vas a conducir, ¿Eh? - sonrío de forma pícara y espero que empiece a hablar - Mira ese Volvo XC90 de allí, lo solían usar los del quinto para ir a Sierra Nevada. Un día se les estropeo la suspensión (por eso está tan bajo) y dejaron de usarlo porque ya casi no quedaban talleres, fueron de los últimos en rendirse - un nudo se me forma en la garganta al ver la sillita del niño cubierta de polvo en el asiento de atrás -. Y ese Sirocco de ahí es un R, lo intenté comprar cuando aún funcionaba, pero el DSG debe de estar ya muy jodido y mis conocimientos de mecánica se escapan a esa tecnología. Es el último de la provincia, perteneció al chico del primero, se suicidó hace casi diez años, alguna vez salía con mi padre de ruta con los coches, pero la extrema vigilancia a la que fueron sometidos acabó con él, y pensar que tiene ya 40 años... La de maravillas que podríamos construir a día de hoy si nos dejaran. En fin, es lo que nos ha tocado vivir.
- ¿Por qué hemos bajado aquí? - le digo mientras apoyo mi mano sobre la suya, al ver que sus ojos se iluminan tras esas palabras.
- Es el único sitio donde no hay algún artilugio con micrófono desde el que nos puedan oír.
- ¿Quiénes? ¿Qué van a escuchar?
- Pablo, ellos nos vigilan, no sé muy bien quienes son, pero sé que tienen a la población como si de vegetales se trataran, y yo especialmente les caigo mal, por eso de no quedarme en mi habitación viendo pasar la vida. Hay veces que, en mitad de la noche, noto como la luz de la webcam se enciende; yo me hago la dormida para que no lo sepan pero siempre procuro dejar algo delante para que no me puedan ver.
- Me estás asustando... y mucho. ¿De qué querías hablarme?
- Como te estaba contando, hay un internet mucho más profundo, oculto a la mayoría de usuarios pero que está a nuestro alcance si investigamos un poco más allá. Lo llaman "Deep Web", y se ha estado usando casi desde la creación de internet para navegar de forma anónima, nadie conoce tu IP y, por tanto, puedes hablar de lo que quieras que nadie te podrá encontrar.
- ¿Y por qué no me lo has dicho antes? ¿Qué tengo que hacer para navegar por ahí?
- Escucha, es peligroso. Hay que saber muy bien donde te metes o verás cosas que no te gustarán. Yo ya estoy inmunizada, he visto verdaderas animaladas, cosas que escapan a los límites de la maldad humana - se pone de medio lado en el bacquet y se acomoda como si fuera a dormirse de un momento a otro. Mientras que a mí lo que me cuenta me produce palpitaciones, a ella apenas le emociona, incluso le da sueño -. Pero entre todo ese montón de porquería, se pueden encontrar cosas realmente interesantes, y puedes mantenerte en contacto con gente de todo el mundo.
- Eso también lo puedo hacer yo.
- Eres cabezón, ¿Eh? Mira, no sé por qué ni con qué fin lo hacen, pero tengo pruebas más que suficientes para decirte que nuestro internet está capado, de Tarifa para abajo y de Los Pirineos para arriba no tenemos contacto con nadie. He leído sobre multitud de proyectos secretos de la Guerra Fría o la época de la Lucha Tecnológica, y creo que somos parte de otro de esos experimentos, solo que a una escala mil veces superior.
- ¿Pero qué dices? ¿Estás loca? Simplemente nos quieren proteger.
- ¿Proteger de qué? ¿Lo ves? Os están lavando la cabeza, conmigo aún no lo han conseguido porque soy incapaz de estar delante del ordenador más de diez minutos, pero contigo lo han logrado. Pero no te preocupes, que la tontería te la quito yo a "guantazos" si hiciera falta - una vez más, Silvia saca su parte más agresiva y masculina, haciéndome sentir muy débil a su lado -.

Casi sin quererlo, comenzamos a hablar de cuatro tonterías sin sentido (teorizando acerca de una conspiración de los de arriba para acabar con el 16V de mi golfito) con las que comenzamos a "emperrarnos". Tocar la puerta del BMW y observo las costuras del cuero mientras sigo hablando: "Pues la verdad que estaría bien volver a repetir lo de hoy, pero con más tranquilidad, no quiero volver a romper el coche. ¿Podrás ayudarme a arreglarlo, eh, podrás...? " Cuando vuelo a girar la vista hacia ella, ya ha caído dormida apoyando su cabeza sobre su pelo, que a su vez descansa sobre el asiento. Yo la miro pensando que no hace ni 24 horas que he salido casi por primera vez de casa, y ahora me encuentro con el GTI de mi padre abandonado a su suerte en mitad de ninguna parte y durmiendo en el coche de la persona más hermosa que he visto en la vida (a la que por otra parte no conozco de nada).

Observo sus párpados cerrados, y no puedo evitar sentirme contagiado por un profundo cansancio al escuchar su respiración, leve y delicada como el susurro de un ángel. Miro por última vez al garaje, observo como por debajo de la puerta metálica hay algo o alguien que se mueve. Camina calle abajo y calle arriba, da golpes muy despacio en el portal y desaparece como si nada dejando su olor impregnado en el aire. Huele como el sudor frío que tengo cuando estoy enfermo, puedo sentir su miedo incluso a esta distancia, al igual que puedo percibir el mío propio. Por un instante, estoy tan asustado que incluso decido despertar a Silvia, pero sé que lo correcto es que se mantenga así, haciendo el menor ruido posible para no llamar la atención del extraño que hay al otro lado. Cuando todo parece haber vuelto a la calma, pasa de nuevo corriendo por la entrada, y tras él, la luz de unos faros potentísimos acompañados del estruendoso sonido de un V8 automático.

Me acerco un poco más a ella, sé que algo no va nada bien pero el mero contacto humano me hace sentirme a salvo. El ronroneo del motor se funde con el chirrido de los neumáticos, agarro su cabeza con cuidado de no despertarla y tapo sus oídos, no quiero volverla a ver llorar por algo que no tiene solución alguna. Apenas treinta segundos más tarde, el barullo se hace silencio y el aire se vuelve pesado y lento. El seco "clack" de un percutor me hace presagiar que un bala está a punto de ser disparada a través de un cañón de mínimo 9mm. Aprieto aún más las manos para que no pueda percibir nada y tiemblo al escuchar el momento de la explosión, que es precedida del sonido de unas rodillas clavándose contra las baldosas de la acera. No puedo evitar que me caigan un par de lágrimas al oler la pólvora casi detrás de mi nuca.

Sean quienes sean, permanecen ahí fuera unos minutos más, se les oye arrastrar el cuerpo inerte de aquella persona hasta el coche, cierran la puerta del mismo y salen de allí haciendo el menor ruido posible, obviando el pequeño detalle de que acaban de disparar una bala en la inmensidad del silencio. Ella abre los ojos y me mira extrañada al verme agarrado a su asiento: "¿Qué haces?" me pregunta mientras retira mi mano de su rostro. "Nada, tenías un bicho en la cara" le contesto. No me dice nada más, vuelve a cerrar los ojos y en décimas de segundo vuelve a estar respirando rítmicamente. Yo sigo confuso, no sé si esperar a que vuelvan, cogerla en brazos y llevarla hasta su casa (donde estará a salvo) o simplemente aguardar a que llegue el día y con él su luz. En el garaje casi no distingo las sombras de los objetos inertes con las criaturas que habitan en la penumbra del olvido y que acechan a nuestro sueño para chuparnos la sangre. Definitivamente, lo mejor es que me concentre en dormir y deje de montarme paranoias nocturnas al borde de un volante de cuero vuelto. Me giro hacia su lado, y observo sus armónicas facciones casi como si de una escultura tallada en mármol se tratara. No tardo en olvidarme de la mierda que nos rodea, allá adentro, en una burbuja de dos por dos, no ha más misterio que una llave sin girar ni mayor miedo que no volver a despertar. Así que a la 1:35 de la mañana, caigo rendido a 8 centímetros del suelo y voy haciéndome a la idea de que los riñones me van a doler por una temporada...

...

- Buenos días, ¡Princesa!
- Déjame dormir un rato más, aún no ha salido el Sol.
- ¡A ver, culo gordo! ¿Puedes quitar tu enorme trasero de mi Recaro? Me lo vas a deformar y va a dejar de sujetarme en las curvas.
- ¿Si me cambio podré seguir durmiendo? - digo algo cabreado, arrastrando las palabras como si de un pesado bloque se trataran.
- Claro, si despierto no me sirves para nada.

Me cambio al asiento donde antes era ella la que descansaba; aún percibo su calor en el mismo. "¡Qué asco! Me lo has dejado lleno de babas. Desde luego, para que salgan de casa tíos como tú mejor que os quedéis sentaditos en el sofá..." arranca el 4 en línea y salimos del parking cuando el único rastro del día es un azul claro en el cielo tras unos cerros donde viejos olivos crecen sin control. Siento cierta curiosidad, pero mi sueño es mayor y mis párpados se unen nuevamente mientras las fuerzas G me dejan pegado al bacquet como si estuviéramos cayendo al vacío.

Cuando recupero el conocimiento , el paisaje que me encuentro es bastante diferente. A través de un enorme hueco entra el aire congelado de la mañana hasta el coche, que se encuentra al refugio de un techo metálico de varios metros de altura. Parece una especie de nave industrial, cuyo acero está carcomido por el óxido y cuyas paredes parecen estar manchadas de una especie de polvo cobrizo. Alzo la vista y ante mí posan varias esculturas de origen desconocido, con curvas llevadas al extremo y aristas imposibles que las cubren de delante a atrás. Tiemblo al sentir su mano sobre mi hombro:

- ¿Dónde estamos? - le pregunto tras varios segundos con la respiración cortada.
- Esto, Pablito de mi alma y de mi corazón, es el cielo.
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#2
Capítulo 3


Sobre lo que un día fue un elevador descansa un Golf II que ha tenido días mejores. Tiene un golpe en el lateral bastante fuerte y los muelles de la suspensión están estirados casi hasta el infinito por el peso de cuatro ruedas de chapa que le cuelgan. No sé por qué, pero ha sido eso en lo primero que me he fijado al bajar del coche. Las legañas apenas me dejan ver con claridad y hace que me piquen y escuezan los ojos. Con ayuda de mi puño, me los froto y trato de despejar un poco las ideas en un nuevo día bastante madrugador.

Cuando termino con el protocolo anti-legañas, ella ya ha desaparecido de mi vista y la escucho moviendo cosas de sitio en una habitación contigua a la gran nave. Pero la verdad que en este momento Silvia me preocupa más bien poco, ante mí hay unos diez coches tapados que se extienden desde la enorme puerta de chapa hasta el hueco que hay entre la nave y el techo de uralita del otro extremo. Consigo reconocer un Land Rover Defender bajo una de las lonas que los cubren, pero del resto sólo sé que son bien bajitos y anchos. Cierro con cuidado la maravilla que me ha traído hasta aquí: un precioso coupé bifaro parece que me está mirando de forma lasciva , su mirada me recuerda bastante a la de mi misteriosa compañera. Con cierto temor, me atrevo a retirar la funda del primer candidato, por su silueta, diría que se trata de un compacto bastante más actual que el mío.

Casi como si de un milagro se tratara, una carrocería de color blanco perlado surge de entre los enormes telares grisáceos. Las siglas GT-86 escoltadas por dos enormes tubos de escape me producen un enorme dolor en el pecho, no veo el momento de meterle mano al pequeño motor de 200 caballos y estirarlo hasta el corte por alguna carretera con muchas curvas. Los ruidos vuelven a acentuarse en la sala donde está Silvia, y tras repasar con mi dedo la zaga del deportivo de delante a atrás, ella aparece de la nada con un par de llaves y un martillo:
- No son nuestros, así que ni se te ocurra encapricharte de ninguno... Pertenecieron al dueño de este desguace, los ha estado conservando a expensas de que lo detuvieran o lo mataran. Yo no llegué a conocerlo pero mi padre sí que lo hizo, simplemente un día desapareció, y él los estuvo manteniendo a la espera de que un día volviera. Ahora lo hago yo, y aunque no tengo esperanzas de que lo volvamos a ver, lo mejor es que dejemos los coches aquí, quien sabe si ellos los tienen ya controlados y le han puesto un localizador o cualquier otro cachivache...
- Y entonces... ¿Qué pasará con ellos?
- Pues no sé tú, pero yo seguiré aquí recreándome la vista y a veces el pie derecho; hasta que el cuerpo aguante. Estos cacharros son una reminiscencia de lo que algún día fueron estas tierras, seguramente nunca vuelvan esos tiempos, pero abandonar estos coches sería como abandonar nuestro legado y olvidar con ello de dónde venimos. Hemos nacido en el momento equivocado, quizá los años 80 y 90 del siglo pasado fue la época más dorada de la automoción, pero aquí tenemos un pedazo de todo aquello y es nuestro deber disfrutarlo y conservar lo que nos han dejado.
- Y... ¿Qué hay debajo de las demás fundas?
-Un poco de todo, no son grandes piezas de coleccionista ni modelos hiperexclusivos, mi M3 en ese sentido se pule a la mayoría, pero de verdad que pocos vivían los coches como este señor. Ahí afuera hay cerca de 500 coches desguazados, pero los pobres poco o nada tienen que ofrecer, pero los de aquí adentro están mejor que nuevos. Calibra 4X4, Porsche 928s y 944, BMW M5 E34, Mercedes SL 55 AMG, Honda S2000, Lotus Exige S y... yo creo que eso es todo, el resto ya lo has visto. ¿No te parece maravilloso? - suspira y los ojos se le vuelven a iluminar.
- Pues sí, es poco menos que el paraíso. ¿Y por qué me has traído aquí tan de buena mañana?
- Te recuerdo que tenemos un precioso Golf GTI a 1100 metros de altura con las válvulas de inyección chorreando lubricante y con medio bloque motor empapado de aceite "requemao". No hay ningún GTI "de verdad" por estos lares, pero ese Golf es también un 16 válvulas gasolina y quizá nos sirva. Hoy vas a sudar... en tres meses vas a tener mi cintura, ¡Ya verás! - la miro con algo de mala leche, pero no aguanto mucho así. Su sonrisa ácida y el gran gesto que ha tenido conmigo al traerme hasta aquí sin apenas conocerme da una idea de la clase de persona que es.

Juntos caminamos hasta el elevador, donde el Volkswagen (que ha tenido días mejores) espera paciente para hacerle un trasplante a su hermano mayor. "Ahí arriba no puedo subir yo sola" me dice mientras alza la vista hasta el casi metro y medio al que se encuentra el donante y me guiña un ojo. "En fin... " me quejo mientras junto las manos y las pongo a una altura suficiente para que ella se pueda subir. Apenas noto su peso al apoyarme la suela de sus zapatillas, es casi anecdótico al lado de mi voluminosa presencia. Se sitúa sobre uno de los raíles que sirven de base para los neumáticos y lo recorre de delante a atrás, entra al habitáculo por el maletero y abre el capó desde el tirador de debajo del salpicadero. A continuación, vuelve a salir por donde ha entrado y se pone a toquetear el motor tras pasarle las herramientas desde el suelo.

Estamos casi media hora en el mismo sitio, ella trasteando el coche y yo dándole conversación desde abajo a falta de hacer algo más útil. Prefiero hablarle mientras miro al resto de coches o simplemente a la calle, pues como dirija mi mirada hacia ella, ésta me la juega y va directamente a mirar donde no debe. Sus leggins ajustados y su camiseta llena de agujeros tampoco ayudan a ocultar mi parte más "animal", y lo que menos quiero es que me vea como un enfermo o un salido... Finalmente, me hace sujetar una enorme pieza de acero con mil conductos y subconjuntos que con mi escasos conocimientos de mecánica diría que es de la junta de culata "pa' arriba". Se baja de un salto y luego recoge las herramientas que ha dejado sobre los raíles poniéndose de puntillas (no es precisamente alta).

"Te toca conducir a ti, que yo tengo que desmontar esto y el tiempo se nos echa encima", me dice cuando estamos llegando al coche. Me lanza las llaves desde la puerta del copiloto y yo acierto a cogerlas con una torpeza pasmosa. "¿Estás segura de que quieres que conduzca yo?" le pregunto cuando ya tengo el trasero apoyado en el asiento del conductor. Asiente convencida con la cabeza mientras comienza a desmontar la parte superior del bloque con una llave, como si de un Lego se tratara. Con un nerviosismo comparable al de el día anterior con el Golf, compruebo mil y una veces que está con el punto muerto metido, que todos los chivatos del salpicadero están apagados y que el freno de mano está echado. Cuando giro la llave de contacto casi me da un ictus, noto el motor de arranque girando el volante de inercia y la burbujeante mezcla de gasolina y oxígeno explotando dentro del cilindro a una presión equivalente a la de mi sangre siendo bombeada desde el corazón.

"¿Nos vamos ya o me voy andando?" me dice mientras yo aún estoy disfrutando del bello sonido del cuatro cilindros. Engrano marcha atrás y calculo mentalmente la posición del coche dentro de la nave. Compruebo por el espejo retrovisor que no hay ningún obstáculo con el que poder rozar esta preciosidad y aprieto un poco el gas, hasta que llega a las 1500 rpm. A continuación, suelto el embrague y salgo muy, muy despacio con el ronroneo típico de los BMW. Giro el volante lo máximo que puedo a la izquierda una vez sobrepaso el portón de entrada y contemplo por primera vez el exterior de un lugar fantasmagórico pero ciertamente atractivo. Ella se baja un segundo y yo engrano punto muerto esperando a que vuelva; se acerca a la enorme puerta corredera de la puerta y casi como si estuviera ayudada por la magia negra, su diminuta figura arrastra la media tonelada de acero socorrida sólo por un par de ruedas y una guía oxidada. A continuación, se acerca a un tubo hueco de plástico, saca una llave y la introduce en la cerradura.

"A la derecha", me ordena una vez llegamos al cruce con una carretera que no he visto en la vida. Huele a "motor" y al girar la vista veo que tiene su origen en sus manos y brazos, que están completamente manchados por la grasa y años de suciedad acumuladas:

- Has visto lo que hago por tu cochecito, ¿No? Y tú mientras le desgastas los neumáticos al mío... te ha salido bien la jugada ¿Eh? - se queda mirándome un par de segundos, y luego vuelve a poner la vista en el frente; se lo agradezco, o no habría visto que estoy a 50 metros de una curva bastante cerrada.
- Muchísimas gracias, te debo una...
- No me debes nada hijo, si no te hubieras picado conmigo y hubieras roto el motor ahora estaría yo tras el volante. Pero llega un momento en que conducir sola ya no te llena. Son muchos kilómetros en la soledad más absoluta, aunque sinceramente, prefiero estar conduciendo que dejándome las retinas tras un ordenador. Ha habido días en los que incluso he ido a su encuentro...
- ¿A su encuentro? ¿A qué te refieres? - digo mientras reduzco a tercera para entrar a la curva con mayor control.
- Sí, a los que te he comentado antes... a los de los coches negros. Como ya te he dicho, no sé quiénes son, pero el mero contacto humano (aunque sea persiguiéndome para acabar conmigo) hace que merezca la pena jugársela, pero ya no necesito hacer eso, espero que sigas acompañándome durante muuucho tiempo - esa última frase hace que se me erice el vello, pero quizá sea lo primero que ha dicho lo que más me ha llamado la atención.
- Pero... ¿Qué tipo de coches llevan? ¿Son muy potentes?
- Son potentes a la par que inútiles. Suelen ir en todoterrenos bastante gordos (Porsche Cayenne Turbo, BMW X6M...) y alguna que otra berlina, como un Audi S8 o un Bentley Arnage; a estos últimos prefiero no "echarle huevos", en curvas son bastante ágiles. Si los veo delante de mí doy media vuelta, si los veo por el espejo retrovisor acelero hasta que los pierdo de vista en alguna curva y me meto en el primer cruce que pillo y si los veo por alguna otra carretera (un mero reflejo del Sol a lo lejos es un coche, no falla nunca) reduzco de velocidad para no hacer ruido y me escondo a verlos pasar...
- ¿Alguno de lo que has dicho son V8? - un nudo se me forma en la garganta al recordar el episodio de la noche anterior.
- ¡La mayoría! Ellos no tienen los mismo problemas que tenemos nosotros para conseguir la gasolina, por lo que parece... ¿Por qué lo dices?
- Pues por... - aún recuerdo sus ojos bañados en lágrimas por un "simple" grito - Por nada, simple curiosidad, dicen que los V8 suenan a gloria.
- Y tanto, en más de una ocasión me he visto tentada a bajar los cristales para oírlos mejor. Pero eso significaría mi condena a muerte, así que me conformo con oír de vez en cuando a los del garaje, aunque sean más modestitos.
- Algo me dice, Silvia, que más bien pronto que tarde las cosas volverán a su cauce y los coches coparán las carreteras y los circuitos. En cierto sentido, somos como los precursores del automovilismo, ¿No crees? Estamos fuera de la ley y seguimos luchando por lo que nos gusta, aunque tengamos a todo el mundo en contra...
- ¡Ay Pablo! - suspira - Deja de ver todo de color rosa... créeme si te digo que nada volverá a ser como antes. Hemos nacido en el lugar equivocado en el momento equivocado.
- Bueno... de ilusión también se vive - frunzo el ceño - ¿Qué se supone que estás haciendo?
- Pues, si no me equivoco, el problema viene de la junta de la tapa de los balancines, tiene una fuga. Así que aquí estoy, intentando dejar sólo lo que necesitamos. Es mejor hacerlo en movimiento, cuanto menos tiempo estemos en el desguace, mejor. Bueno abuelita, al lado del pedal de frena hay uno que sirve para lo contrario. ¡Pisa el embrague! - con un poco de estupefacción (parece estar cabreada de verdad), le hago caso y lo piso a fondo - Ahora sí, y písale joder, diviértete un poco. - agarra la palanca con la izquierda y cambia de cuarta a segunda, dejando el coche a cinco mil vueltas y chillando como un poseso por su doble salida de escape.

Agarro el volante con firmeza, y me concentro al máximo en la carretera. Para la siguiente curva (a derechas), me voy al carril contrario, giro fuertemente a mi diestra y comienzo a dar bandazos, intentando que se me vaya de culo. Pero lo único que consigo es que los neumáticos chirrien un poco y el trayecto se convierta en un viaje de alto riesgo. "Vuelve a intentarlo en la siguiente, ¡Y en el próximo cruce a la izquierda!" me dice sin ni siquiera inmutarse por la maniobra; sigue desmontando la tapa de balancines con ayuda de un destornillador y unos brazos delgados y fibrados.

Tras unas diez curvas más donde el coche sigue sin hacer ni el más mínimo sobreviraje que me indique que la derrapada "perfecta" está cerca, me decanto por hacer un viaje rápido y menos arriesgado. El centro de Jaén sigue frío, tétrico y Silvia me ha metido el miedo en el cuerpo, tiemblo cada vez que me aproximo a una esquina ciega, pienso que uno de esos enormes coches negros está al otro lado de la calle. Así que el paso por la ciudad dura más bien poco, voy raudo y veloz pero no por disfrutar, sino más bien por el imperativo casi "vital" de mi conciencia prevenida. Pero una vez llegamos (para mí por segunda vez) a la carretera que va hasta Los Villares, la cosa cambia.

Se me escapa una sonrisilla al ver la enorme recta que precede al cartel del fin de travesía. Bajo de cuarta a tercera y hundo el pedal cuando el coche va aún a mitad de su régimen de vueltas máximo. Tarda muy poco en recuperar, se nota que la potencia de los años 80 no estaba tan capada como la posterior. Y mejor me dejo de cavilaciones y pensamientos melancólicos que el corte de inyección está a apenas unas vueltas y no quiero forzarlo demasiado. En las curvas todo tiembla, creo que no hay placer mayor que este; la suspensión es tan dura que va haciendo camino a base de saltos, no entiendo como he podido estar todo este tiempo sin sentir el chillido de este S14 2.3 a la misma velocidad angular que una estrella de neutrones. En el asfalto, se combinan los pequeños baches (nada importante, al no pasar coches sobre él, el único desgaste que ha tenido ha sido el de la erosión del viento y las inclemencias del tiempo) con las plantas que crecen sin control alguno entre las grietas. Los árboles pasan a toda prisa, el velocímetro alcanza los 200kmh en la bajada final del puerto mientras que Silvia sigue sin levantar la vista de su trabajo. Desde luego, no hay forma de impresionar a esta chica...

Cuando faltan un par de curvas (en la horquilla más cerrada de todo el recorrido) para llegar a donde dejamos el Golf, me animo a intentarlo por última vez. Entro a apenas treinta kilómetros por hora, en segunda y con el acelerador totalmente levantado. Recuerdo las miles de horas con los videojuegos de coches, de mecánica sé poco pero de comportamiento creo que algo entiendo... Piso el embrague a fondo, la miro un segundo (sigue a lo suyo) y acto seguido doy un volantazo a derechas, acelero a fondo y suelto el embrague; como si de un felino embravecido se tratase, la aguja del cuentarrevoluciones comienza a chocar reiteradamente con la línea roja. Contravolanteo a izquierdas mientras el coche comienza a irse mucho de culo, casi sin darme cuenta he llegado al máximo ángulo de giro y tengo que dosificar gas para que no se me cruce en mitad del estrecho puente de piedra que cruza un riachuelo y que sirve de ecuador para la curva. Parece desplazarse lateralmente, formando un ángulo de 90 grados con el límite de la calzada, voy al límite. Por suerte, la carretera se empina muchísimo, durante unos metros diría que alcanza el 20 por ciento de desnivel, situación que aprovecho para que el nervioso motor se relaje un poco y deje de girar las ruedas como si sobre hielo circulara. Por el espejo retrovisor, sólo se ve humo blanco y un rastro de neumáticos tras este. Levanto el pedal por completo al ver que el M3 sigue sin recuperar ángulo; esto, unido a la ya citada pendiente, hace que en no más de 20 metros el coche esté de nuevo mirando al frente, pero el problema es que toda acción tiene su reacción y ahora la inercia hace de las suyas, desplazando el eje trasero hacia la derecha y mandándonos directos a la cuneta contraria. Por suerte, la respuesta es igualmente contundente y consigo acabar con el circulo vicioso de "culetazos" con un par de golpes de volante más.

"Me vas a dejar las ruedas en los alambres... ", intenta hacerse la graciosilla, pero está muy pálida y agarra el tirador de la puerta con todas sus fuerzas, las piernas le tiemblan y ha abandonado temporalmente su labor como mecánica. "Creía que me iba a quedar sin coche, mamonazo. Ya sabes... es la suerte del principiante. No vuelvas a hacerte el piloto o te harás mucho daño, al menos no lo hagas con mi coche", me dice seria y, en cierto sentido, algo celosa. Yo me limito a partirme de risa y a recorrer los apenas 500 metros que nos quedan a un ritmo bastante suave para que el motor vaya recuperando su temperatura habitual. Cuando llegamos al camino que conduce a la pelotilla que tengo por coche, paro y soy el primero en bajar. Ando hacia el Volkswagen (aún no lo veo, lo dejamos bien escondido tras el cortijo) sin percatarme de que ella aún no ha salido del interior. Cuando me doy la vuelta, la veo viniendo hacia mí tambaleándose y mirando hacia todos los lados, medio desorientada.

Me acerco para ver su necesita ayuda, pero no puedo evitar reírme nuevamente, pues sé exactamente lo que le pasa:

- Uy... sé de alguien a que no soporta la conducción de los que nos creemos pilotos...
- Listillo, no me pasa nada, simplemente es que no he desayunado y estoy algo mareada.
- Claro, claro... y yo soy Walter Röhrl.
- Mira - alza la ceja izquierda - si yo tuviera las reservas de grasa que tienes ahí, tampoco tendría hambre - me agarra un michelín con las manos de grasa y me ensucia la camiseta -. Si los osos polares aguantan un invierno entero, creo que tú serías capaz de aguantar hasta el 2100..
- Graciosilla, me has manchado la ropa con las manos esas que llevas.- La aparto con cuidado hacia un lado y agarro la tapa de balancines y la junta de la misma mientras la miro serio, para que se sienta mal (aunque realmente no me molesta que se meta con mi sobrepeso, de momento sé mirarme al espejo).
- No, si ahora se cabreara conmigo el "panoli" este... -se acerca corriendo mientras yo avanzo cargado de piezas - pues ¿Sabes que te digo? Que lo de la camiseta te va a parecer poco - comienza a pasarme los dedos impregnados por la cara y me la deja echa un Cristo sin que yo pueda defenderme.
- ¡Para, cobarde! Te vas a cagar como te voy a poner en cuanto deje esto - llego hasta el GTI a duras penas y suelto todos los cacharos al lado de éste y contemplo mis manos, sucias como no lo habían estado en años -, ¡ahora te vas a enterar!

Salgo a correr tras ella y huye entre un montón de olivos abandonados en los que crecen sin control los hierbajos hasta la altura de mi cuello (la cubren por completo). Voy apenas diez metros por detrás pero hay momentos que la pierdo de vista. En uno de esos instantes, desaparece del mundo y no logro encontrarla. Comienzo a buscarla mientras grito su nombre, recibiendo sólo el eco de mi voz por respuesta y aumentando sensiblemente los latidos de mi corazón cargado de colesterol. Me paro en seco al no saber hacia dónde ir y comienzo a mirar a mi alrededor. Continúo llamándola sin obtener nada a cambio, comienzo a sudar y mis ojos, casi sin quererlo, brillan más de la cuenta. Espero unos minutos tratando de escuchar algún ruido, alguna pista que me diga algo de su aparente volatilidad. Pienso incluso en la posibilidad de que me haya vuelto loco y esa preciosidad haya sido un producto de mi imaginación enfermiza y algo psicótica.

Desesperanzado, miro el Golf a lo lejos, que se distingue un poco entre los matorrales y pienso en que lo mejor será volver por donde he venido. Camino muy triste, cada paso se me hace un mundo y no veo el momento de irme sin ella. Pero de repente, cuando trato de saltar un pedrusco que hay escondido entre la tierra y la maleza, algo me agarra y caigo al suelo. Por suerte la vegetación amortigua el golpe y no me he hecho daño, pero estoy confuso y me quedo mirando al cielo, tratando de volver a ubicarme en el espacio tiempo. En ese momento, un ángel de menos de 1,65 con el pelo largo y muy mala leche se abalanza sobre mí y continúa con el jueguecito de mancharme de arriba a abajo. Ha sido, con diferencia, el momento más feliz de mi vida, puede parecer una tontería pero soy totalmente sincero.

Sin tiempo de broncas o de abrazos, la agarro de los dos brazos y me tiro encima de ella. Ya en el suelo, retenida por una mole de "90 y tantos" kilos, tapo su cara con mis manos y se la dejo manchada a trozos por las marcas de mis dedos. "Ni aún así empeora la muy... ", pienso para mí mientras nos quedamos mirándonos fijamente y sonreímos de manera un poco tonta. Estoy paralizado, no sé cómo actuar ni qué hacer, esto es algo completamente nuevo para mí. Pero no hay problema, ella parece llevar la iniciativa y comienza a subir su cabeza, llevando sus labios a apenas unos centímetros de los míos. Nada podría estropear este instante en el que el mundo parece haberse congelado y sólo ella y yo quedamos fuera de ese hechizo. Pero un estallido, un sonido de ultratumba rezuma desde lo más profundo del valle, como si las mismísimas puertas del infierno se hubieran abierto para hacer un recibimiento con honores al maligno. Me levanto corriendo, casi huyendo de sus labios y dejándola con los ojos cerrados esperando ese momento que no llega. "¿Qué coño ha sido eso, son ellos?" le digo algo alterado y mientras le ayudo a levantarse. Se apoya en mi hombro (momento que aprovecho para agarrarla de la cintura) y comienza a hablarme: "No son ellos, eso suena a V12 y esta gente son más de V8 y V10. Ese sonido viene de allí arriba, de lo más alto de La Pandera. Es otro de esos misterios que nos depara estas tierras, una vez intenté subir, pero hay una verja al comienzo del camino de subida que no invita a investigar. Escucho sonidos muy bestias a menudo de aquel sitio, pero no conozco a quién allí habita".

Me entra una tiritera increíble al escuchar el quejido bronco y volátil de aquella cosa entre las montañas, sólo quiero salir de allí cuanto antes y recluirme en mi habitación (si es con ella mejor). Me adelanto y me acerco al GTI con nerviosismo, abro el capo y comienzo a toquetearlo todo bastante perdido, y haciendo como que sé lo que hago. "Pablo cariño, deja a los profesionales, tú ponte a escuchar los ruiditos que al final te gustará y todo" me dice como si se tratara de una madre consolando a su hijo. Yo le hago caso y me limito a meterme en lo que queda de cortijo, para saber un poco más de mis "ancestros". Tiene la mayoría de techos derrumbados y apenas quedan en pie un par de paredes (mejor así, pues la luz entra sin problema y no da la sensación de ser un lugar peligroso o encantado). Sin embargo, me preocupa la consistencia de las ruinas, en cualquier momento todo se podría venir abajo, dejándome enterrado bajo las paredes de adobe y ladrillos, o lo que es peor, cayendo sobre ella que está al otro lado tratando de resucitar mi coche.


Trago saliva al ver el par de fotos que hay en la pared, en una se ve a una niña que apenas superará los dos años de vida junto a sus padres, ambos sonrientes y aparentemente sanos. La pequeña sostiene una pelota en la mano y su padre lleva botas de fútbol y una equipación de algún equipo que no reconozco. Tras ellos se ve lo que parece un polideportivo repleto de gente, tanto en las gradas como en el campo de juego. Sin embargo, lo que se ve en la segunda foto es más inquietante: se ve a tres personas sentadas en el sofá con diversos aparatos tecnológicos sobre la mesa que los precede. En primer plano se va a una chica bastante joven (de unos 14 o 15 años) que está mirando a su móvil con un gesto bastante serio y con una camiseta que no disimula que le sobran unos kilitos. A simple vista no se le podría reconocer, pero tiene unos ojos azules (algo desgastados por la luz del Sol) inconfundibles, sin duda se trata de la niña de la primera foto. A ambos lados, sus progenitores, la madre a la derecha con una tablet y su padre a la izquierda con un portátil, ambos mirando también a sus cachivaches y haciendo caso omiso a la cámara. Ninguno de los dos tiene la buena figura de la primera foto y al padre pocos pelos le quedan en la cabeza, pero lo que más me llama la atención es el gesto de los tres, totalmente aburrido y desinteresado del mundo que los rodea. Me quedo un buen rato mirando ambas fotos, comparando el antes y el después de una familia que apuntaba maneras pero se quedo en nada...

Sólo un par de manos sobre mis ojos consiguen despertarme de mi estado de perplejidad transitoria. Yo las quito rápidamente pensando que aún las lleva llena de grasa y está tratando de mancharme hasta los ojos; pero nada más lejos de la realidad, sus manos están ya limpias al igual que su rostro, el único sucio ahora soy yo:

- Ey tranquilo chiquillo, que sólo quería que vinieras a ver si ya arranca tu coche, si lo llego a saber no te aviso para que des tu aprobado. ¿Qué miras?
- Perdona, es que pensaba que seguías con el jueguecito. ¿¡Ya lo has arreglado!? Si sólo has tardado...
- Hora y media, he tardado hora y media. Si eso te parece poco, ¡Apaga y vámonos!
- ¡Cómo pasa el tiempo! - digo mientras suelto el aire.
- Sobre todo cuando tienes algo que hacer, como mirar dos putas fotos. Pablo, esto es el vivo ejemplo de lo que le ha pasado al 99 por ciento de la gente por aquí, hazte a la idea.

Me siento en el asiento del conductor, compruebo que el punto muerto está puesto y giro la llave de contacto esperando unos segundos a que la gasolina llegue al motor y el sonido de la bomba de combustible cese. Cuando lo hace, arranco y como si fuera un milagro el coche vuelve a estar vivo, sonando más fino de lo que lo hacía. "Bueno ¿Qué? ¿Nos vamos?" dice mientras se aleja hacia su coche sin darme tiempo a agradecerle todo lo que ha hecho. Camina muy segura y yo no puedo más que quedarme embelesado ante su avance, mirando hacia todos lados con nerviosismo. Algo le huele a chamusquina pero no me lo quiere decir, en el asiento del acompañante hay varios pañuelos manchados en parte de aceite de motor, supongo que es lo que ha usado para limpiarse ella. Los utilizo yo también para sanearme un poco las manos y no ensuciar toda la tapicería. En el espejo puedo verme la cara repleta con las marcas de sus dedos. "No me la voy a lavar en una semana" es todo cuanto pienso, pues es la fidedigna prueba de que he tenido un contacto físico con ella, por pequeño que haya sido.

Salgo por el camino muy despacio para no rozar los bajos y en mitad de la carretera está ya esperando. Sale bastante tranquila, cambiando rápido a segunda y yendo casi parada. Pero ese ritmo no es más que un espejismo, bajo la mirada y cuando la vuelvo a alzar veo el M3 alejarse de mí a un ritmo pasmoso con la trasera muy baja por la acción del enorme empuje de sus neumáticos. Aumento el ritmo y pronto la alcanzo, cuesta abajo tengo a la gravedad de mi parte y los 100 caballos de diferencia no son un gran hándicap para el Golf. Al llegar a la archiconocida horquilla reduce a tercera y recorre toda la curva de medio lado al doble de velocidad de lo que yo lo hice, haciendo que incluso me cueste seguir el ritmo. "¡No! ¡Si al final era porque tenía hambre y todo!" grito como si ella me escuchara, desde luego tiene un pedigrí conduciendo que ya quisiera un servidor. Las siguientes curvas son muy divertidas, la veo tomarse la libertad de cruzar al carril contrario para abrirse y tomar más rápido las curvas. Yo me limito a imitar torpemente sus trazadas y disfrutar todo lo que pueda de estos momentos.

Creo que si alguna vez tuviera que definir la felicidad sería algo así: "La felicidad consiste en un Golf MKII GTI, un BMW M3 evo II, una chica guapa y muchas curvas". Me tomo la licencia de tirar del freno de mano en otra curva bastante cerrada, donde ella sale de medio lado y se pierde rápidamente hacia la siguiente curva. Como el primer día, la veo desaparecer tras un terraplén y por un momento recuerdo el mal rato que he pasado entre los hierbajos buscándola. Pero sé que ahora es diferente, sé que tras esa curva volveré a encontrarme a esa rápida mancha roja que ha servido de única compañera para Silvia estos últimos años. Meto tercera y paso a toda velocidad a la altura del terraplén, vuelvo a visualizar al coupé bávaro llegando a la siguiente curva. Sin embargo, hay algo que no me gusta nada, lleva las luces de freno encendidas y clava ruedas de manera innecesaria. Algo está viendo que yo soy incapaz de distinguir. Cambio a cuarta y dejo que el coche vaya un poco más suelto mientras me aproximo a la curva.

Yo también clavo frenos al contemplar la escena, el M3 está parado en mitad de la calzada, algo le impide el pasado: justo delante de él, un Porsche Cayenne Turbo y un Audi S8 (ambos completamente negros, incluyendo llantas y ventanas) bloquean la carretera. Todo va realmente mal, veo como su luz de marcha atrás se enciende mientras que yo hago lo mismo y me preparo para la huída fugaz. Pero algo la hace cambiar de idea: de la enorme berlina, un hombre muy alto y voluminoso, con gafas de Sol y gabardina, empuña una 9mm y apunta directamente al puesto de conducción de Silvia. ¡Vamos a morir!


Capítulo 4

[Video Error - ID incorrecto]

Su cara, la forma de coger la pistola, la seguridad con que se ha bajado del coche... no creo que vacile a la hora de apretar el gatillo. La trayectoria del cañón va directa a la cabeza de Silvia, y con ésta, a mi corazón. Me invade una sensación desconocida y fatigante, no sé si llamarlo tristeza o soledad, pero vuelvo a estar completamente abandonado en mitad de la nada, y ante mí, la única amiga que he tenido está a punto de ser ejecutada por intentar ser libre. Ahora me arrepiento de no haberla creído cuando me contaba lo de esta gente, definitivamente, esto está muy lejos de ser un país democrático, vivimos en una verdadera dictadura encubierta comandada por estos señores con traje y corbata. El sólo caminar por estas tierras supone jugarse el tipo, jamás pensé que un día serían mis propios gritos los que inundarían el silencio. Pero lo más extraño es que no me afecta, lo único que me parte realmente el alma es pensar cómo se va a manchar su pelo cuando la bala la atraviese, sólo me preocupa que la última imagen que vea sea la de su inerte cuerpo posado sobre ese asiento que tanta alegrías me ha dado las últimas 48 horas.

Rezo para que se le ocurra algo, yo únicamente tiemblo y sudo como un cerdo, sólo un milagro podría sacarnos de esta. El tiempo parece haberse detenido y mi vida comienza a pasar ante mis ojos. Lo único que veo en ella es la imagen de una pantalla que cada vez es más pequeña y baja (debido a que soy yo el que va creciendo), no he vivido estos últimos 18 años, eso es evidente. Sin embargo, cuando llego a los dos últimos días de mi existencia, la cosa cambia, la extraña filmografía de la que estoy siendo testigo parece ralentizarse y su sonrisa y mi coche al corte comienzan a fundirse hasta que se transforman en uno, relevándose a un ritmo epiléptico.

Despierto de nuevo, la realidad aplastante me aleja de ese placentero sueño con el que no me importaría morir. Del Cayenne Turbo se baja otro desconocido, casi idéntico al primer gorila en todo excepto en el color de su piel, siendo ésta de un tono pajizo (casi blanco). De su bolsillo saca otro arma, y esta vez es a mí al que apunta mientras me muestra la sonrisa característica del malo de la película. Pero esto no es una película, no es sino la pura realidad, aplastante y hechizante, que me ha llevado de estar colapsando mis venas con colesterol en cantidades industriales y atrofiando mis músculos con altas dosis de sedentarismo, a estar con los ojos cerrados suplicando por mi vida a las faldas del sistema montañoso más alto de la provincia de Jaén. Suspiro pensando que seguramente sea el último en caer, morir no es demasiado castigo cuando has sido un muerto en vida durante dos décadas, pero ver morir a alguien que ha sabido hacer de sus problemas una virtud y de las sombra, luz, me clava una puñal en órganos que ni siquiera sabía que tenía.

Los segundos pasan, ellos no aprietan el gatillo y nosotros estamos paralizados. Pero de repente, el primero de los individuos comienza a caminar hacia el coche de Silvia, o bien no quieren matarla o bien quiere dispararle a bocajarro. Observo su silueta desde atrás y ella también parece haberse quedado petrificada como la cruz del castillo que domina desde su pasiva posición los cuatro puntos cardinales de mi ciudad.

Y cuando todo parece perdido, un fino hilo de luz me hace ver que ella aún no se ha rendido. De los faros traseros de su EVO II ahora brillan a la par las luces de freno y las de marcha atrás. Sin moverse ni una milésima de milímetro del asiento a conseguido engranar la marcha atrás y ahora sólo un Golf GTI y una 9mm la atan a una muerte segura. Él se sigue acercando y cada paso es una razón más para darnos por muertos, nadie habría pensado que una inocente escapada habría acabar en esta emboscada. El de piel blanca sigue apuntándome mientras sonríe ajeno a todo cuanto le rodea, por su parte, el que tiene la tez oscura está ya en la puerta del BMW. Intenta abrir la puerta con el tirador pero ella la tiene bloqueada, toca en el cristal y le indica con la mano que baje el seguro sin tan siquiera retirar las gafas negras de sus ojos. La veo girar su cabeza de lado a lado como negando su proposición y al instante pone su mano sobre la ventanilla dedicándole un corte de mangas al simpático señor. "Pero... ¿Qué haces, estás loca?" grito dentro de mi coche mientras veo como él apunta directo a la cerradura para reventarla de un tiro. Es evidente que no quiere matarla, sino ya lo habría hecho, quizá nos quieran para algo peor...

Miro por un segundo al que se bajó del Porsche, y observo con cierta incredulidad como ha retirado la atención de mí y se limita a reírse de la situación que ante él tiene. Es la única oportunidad que tenemos de huir, así que observo por el espejo retrovisor: tengo unos sesenta metros de recta y luego una curva bastante cerrada a derechas; es ahora o nunca. Engrano marcha atrás, toco el claxon para que desvíen la atención de Silvia por un momento y acelero a tope mientras agacho la cabeza. Un bala atraviesa el parabrisas delantero mientras continúo resguardado tras el salpicadero, veo las copas de los árboles pasar si giro la vista hacia un lado, y gracias a eso sé cuanto queda para la curva. Tras no más de cinco segundos, giro el volante unos sesenta grados hacia la izquierda para salvar la curva; esto de ir a ciegas dando marcha atrás no debe ser recomendable, aprieto los músculos de mi cuerpo esperando una colisión con la cuneta de enfrente o, en su defecto, una caída por el bancal del margen derecho de la calzada. Pero los metros siguen pasando y ese momento no llega, las ruedas siguen pisando el asfalto y tras un par de segundos más, elevo la cabeza cuando calculo que los árboles han tapado su ángulo de tiro.

Para mi sorpresa, cuando levanto la vista del salpicadero me encuentro ese precioso coupé de color carmín justo delante de mí, a apenas unos centímetros de mí con las luces de retroceso encendidas y con el motor al corte de revoluciones (como el mío). Por un segundo nuestras miradas se cruzan pero apenas distingo a leer algo en sus apagados ojos marrones, solo sé que tengo que mirar hacia atrás o no salvaré la curva por completo. Me agarro del asiento del copiloto y giro mi tronco 180 grados. Guío el coche con una sola mano y casi milagrosamente termino la trazada aunque, eso sí, con la rueda derecha delantera metida en la gravilla del arcén.

Aprovecho la pequeña recta para devolver el GTI a su avance natural. Giro a la izquierda hasta el tope de la dirección y el coche realiza una maniobra casi milagrosa que lo pone mirando hacia delante en un instante. Como si de natación sincronizada se tratara, el m3 sigue mis pasos y hace lo propio justo a la misma altura que yo, al ser trasera y un poco más largo apenas le sobra espacio para dar la vuelta. Pero igualmente, cuando quiero darme cuenta ya tengo al M3 deslizando su trasero con su particular danza de derrapes y rueda quemada por el retrovisor.

Ahora tenemos ante nosotros 15 kilómetros de subida con curvas cerradas y pendientes en las que el limitado motor del Golf no va a poder con su alma. Tras nosotros aún no viene nadie , pero ambos sabemos que es cuestión de tiempo que veamos a las enormes bestias negras a escasos metros de nuestros coches. Ahora no corremos por competir, no vamos rápido por pasárnoslo bien, estamos luchando por nuestras vidas. Llevo unas diez curvas seguidas con el pedal a fondo, aún no he pisado el freno y a lo tonto estoy pasando a 120 curvas limitadas a 60. Sin embargo, el M3 de Silvia sigue muy cerca de mí, la observo y en su cara no hay una expresión bromista, relajada o algo picante (como me tiene acostumbrado). Parece otra, es como si hubiera envejecido diez años de golpe, ha pasado de ser prácticamente una niña a ser una mujer hecha y derecha. No sé si a mí me pasara igual (y tampoco es momento para preocuparse por ello), pero que te apunten con una pistola hace que veas el mundo de otra forma.


Casi de inmediato, llegamos a la horquilla que parte en dos el puerto, esa misma que me vio romper el motor del Golf (rezo porque ahora aguante, la tralla que le estoy metiendo no tiene nombre) y que pasé de lado con el trasera de mi compañera de huída. Al salvar la curva, observo con horror como los dos componentes de la emboscada vienen tras nosotros; delante el enorme S8 y detrás el Cayenne a escaso metro y medio de sus faros traseros. Literalmente vienen volando, increíble ver a ese par de estructuras de más de dos toneladas clavando frenos desde los 180 o 200 kilómetros por hora, sería un espectáculo bello y maravilloso de no ser porque no van precisamente de tramo. La pendiente es cada vez más empinada, me faltan caballos ¡joder!.

Silvia está cada vez más cerca, un par de curvas más así y me dejará hecho un acordeón. En las rectas me gana muchísimo terreno y es ahí donde ellos dos nos ganan por goleadas. El del S8 no sabe más que subvirar con su enorme máquina de acero y en los giros se queda prácticamente parado. Por su parte su escudero no va mucho mejor con ese enorme tanque, de hecho veo como las suspensiones se fuerzan al máximo en cada frenada y en cada movimiento que hace, pero en las rectas... ¡en las malditas rectas no tengo nada que hacer!. Veo la mirada felina del BMW cada vez más intimidadora, ella me hace un gesto con la mano, se la lleva al ojo y luego señala hacia el frente: está claro que quiere que deje de mirar hacia atrás. Pero yo no lo tengo tan claro, no sé si esto de jugar a ser Ragnotti no acabará conmigo, ya he pisado el arcén en un par de curvas y el coche no va nada fino, lo mejor es parar y que me lleven donde quieran o bien que acaben conmigo de un tiro en la sien. Así al menos la única mujer que he conocido en esta vida (a parte de mi madre) podrá salvarse y seguir disfrutando de lo que de verdad le gusta. Mataría dos pájaros de un tiro.

Cuando estoy dispuesto a levantar el pie del acelerador en una de las rectas más largas de la subida, siento un pequeño impacto en mis cervicales y mi cabeza se pega al asiento. Las revoluciones comienzan a subir casi milagrosamente, el coche se acelera y parecer sacar potencia de donde no la hay. Vuelvo a hundir mi pierna derecha bajo el volante, el cuál agarro con fuerza y me preparo para salvar una sucesión de curvas rápidas. Miro por el espejo retrovisor y... efectivamente, ahí está, empujando con el morro de su liviano deportivo los restos de mi utilitario, que de repente se ha transformado en la máquina definitiva. Me deja un poco de espacio en las curvas para frenar ambos, la tracción delantera de mi Golf es bastante más precisa a la par que directa; pero ella tiene unas manos que parecen haber sido bendecidas por el poder de algún ser superior.

Casi sin quererlo, hemos llegado al final de la subida, la carretera se ensancha y se convierte en una enorme vía de tres carriles (dos en nuestro sentido) y una glorieta pintada en el medio. "¿Y ahora qué?" me pregunto al ver que no sé por dónde seguir, no conozco el camino y soy yo quien guía al improvisado séquito que hemos formado. Lo único que puedo asegurar es que por aquí vamos a durar muy pero que muy poco. Es prácticamente una nacional, con buena asfalto, curvas que se pueden tomar a trescientos por hora con un autobús y con cierta pendiente que a nuestros motores noventeros no les sienta muy bien. En definitiva, estamos perdidos.

Como una centella, el M3 me pasa por el lado izquierdo mientras que los dos enormes buques insignia alemanes se acercan a mí a un ritmo diabólico, haciéndose cada vez más grandes en el retrovisor. Parece que hasta Silvia ha decidido darse por vencida, sabe que ni empujando mi pesado culo con su coche podremos rodar al ritmo que nuestros perseguidores nos exigen; es mejor que me pillen a mí mientras que ella trata de escapar. Una embestida del S8 sentencia casi a muerte mi destino, se le ha roto uno de los faros y no quiero ni imaginar cómo debe estar la trasera del maltratado Golf. El enorme SUV sale de detrás del Audi, y me rebasa casi como si fuera invisible a él, se dirige directo a por mi compañera que me comienza a sacar ventaja. Cuando está a punto de alcanzarla (no vacila a la hora de ir directo a por el M3, parece importarle bien poco los daños producidos en su mastodóntico automóvil), ésta da un volantazo y se mete por un pequeño carril que surge a la derecha (si no fuera porque se ha metido ella, juraría que es un camino de cabras).

Reduzco a cuarta para controlar mejor el coche en la salida de la vía, mientras que el del S8 asesta un nuevo batacazo con su enorme morro. De hecho, está tan pegado a mí que ni siquiera se ha percatado de que el coupé bávaro ha girado, por lo que no prevé mi movimiento y no tiene más remedio que seguir recto si no se quiere tragar la mediana que separa ambas calzadas. Por su parte el Cayenne ya está medio cruzado en mitad de la A-6050 para dar la vuelta mientras que su secuaz clava frenos para no "comérselo". Un mar de olivos se abre ante nosotros y me impide ver si la maniobra ha acabado en colisión o ha sido una falsa alarma. La carretera se ensancha un poco y el asfalto mejora, pero no deja de ser un carril cuya última revisión fue allá por el 2020, por lo que os podréis imaginar que la maleza continúa siendo la ama y señora de esta lugar.

Comenzamos una vertiginosa bajada, con troncos de varios metros de diámetro a escasos medio metro de la cuneta. El olor a rocío se hace muy intenso a esta altura, la carretera está aún algo mojada por el vapor condensado durante la noche y cierto relax me entra al ver que ellos no nos siguen. Bajo la ventanilla y tomo el aliento que me ha faltado estos últimos diez minutos, las lágrimas me caen a borbotones y me tiembla hasta el último resquicio de mi maltrecho cuerpo. Oigo el sonido del escape bajo los asientos traseros, parece estar retorciéndose de dolor entre gritos que no calman su furia, por suerte los daños no han sido humanos, pero no podemos decir que no hay heridos.

Silvia baja su ventanilla, y me hace un gesto con la mano que me indica que también ella está bien (no hay nada que me apetezca más ahora que bajar del coche y abrazarla hasta que ambos hayamos calmado nuestro miedo con el consuelo del otro). Reduzco a quinta y dejo que el coche se deje caer cuesta abajo, como un esquiador en una ladera o el sudor frío como el hielo por mi espalda.
Pero esto parece no acabar nunca, llevamos casi dos kilómetros de tranquilo descanso cuando, tras cruzar un oxidado cartel en el que se intuye "Fuensanta de Martos a 6,5km", una mirada tuerta de color blanco surge de entre los árboles frutales: es el único faro del S8 que nos contempla con rabia mientras se aproxima extenuantemente rápido hacia nosotros, como si del último participante de una conga universal se tratara. Cae de nuevo sobre mí un calor infernal, el M3 me atrae como la fuerza de un imán pero una segunda mirada (esta nítida y sin "problemas de visión") ya luce también por el fondo del retrovisor, escoltando a su inútil compañero que apenas nos aguanta el ritmo con su potente V10 y los muñones que tiene por manos.

Las curvas son nuestras aliadas y los descensos, cuanto más empinados, estrechos y peligrosos sean, más nos benefician. Tenemos dos máquinas viejas y sin apenas ayudas electrónicas, pero se comportan como verdaderos coches de ensueño en esta carretera, es su entorno natural y nadie puede decir lo contrario. Sin embargo, ese par de manchas negras tras mi nuca taladran mi conciencia con una dosis muy elevada de pánico. Es como jugar una partida de ajedrez con un ordenador, el juego está perdido desde el principio, lo secundario es saber dónde y cuándo acabará con tu vida o contra qué árbol terminarás estrellándote. La fatiga hace acto de presencia y esta vez es Silvia la que tiene problemas para controlar su coche en una enlazada; en el primer giro se le va del culo, sacando medio coche de la calzada y levantando la gravilla de la cuneta, pero consigue controlarlo y meterlo sin demasiadas complicaciones en la carretera. Sin embargo entra demasiado fuerte a la segunda curva (a derechas), clava frenos para no salir disparada barranco abajo, y termina subvirando como si de un tanque con orugas se tratara. Golpea con contundencia el guardarrail, que devuelve el BMW a la carretera a cambio de destrozarle la aleta izquierda y gran parte de la puerta.

Yo freno también y por un segundo se hace el silencio entre la maleza y el alquitrán desgastado, seguramente no vayamos a más de 20 por hora pues Silvia aún está bajando de tercera a primera para volver a recuperar velocidad. Me indica con el intermitente que la adelante, pero prefiero esperar atrás pues nadie mejor que esa mujer conoce esta carretera aunque los nervios le hayan traicionado. Me ha servido de lazarillo durante los escasos cien kilómetros que he disfrutado del automovilismo, y si este es nuestro viaje final quiero que sea ella la que me guíe hasta las puertas del cielo... Y precisamente algo rompe el mutismo desde el cielo, es ese sonido estremecedor, el mismo que hace un rato inundaba todo el valle mientras nos poníamos la cara perdida de grasa de motor. Comenzamos a ganar velocidad como nunca antes lo hemos hecho, apurando las marchas y aprovechando cada golpe de gas como el único hilo que nos mantiene con vida. Si a lo que sentí hasta ahora lo puedo llamar pánico, no sé cómo definir lo que me produce ese sonido, quizá haya algún adjetivo superlativo de "terror" pero créeme si te digo que ahora mismo bien poco me apetece rebuscarlo en mi limitado diccionario mental.

Acelera muchísimo, parece que hasta ella quiera dejarme atrás. Tras nosotros ruedan sin aparente dificultad de nuevo el Cayenne Turbo y el Audi S8, aunque ahora lo hacen incluso más rápido. Todos parecemos ir huyendo de ese perseguidor invisible que ensordece a su paso todo cuanto vida tiene y que se desliza sobre el asfalto agrietado a apenas unos cientos de metros de nosotros. Fijo de nuevo la vista en el frente e intento ganarle terreno al M3 sin demasiado resultado; llegamos a una horquilla a izquierdas muy cerrada en la que clavo frenos, reduzco de cuarta a segunda aprovechando al máximo el corte de inyección para reducir la inercia y me permito la licencia de tirar del freno de mano para que la pelotilla pase con mayor rapidez hasta la siguiente recta. Al girar la vista hacia la izquierda puedo por un instante mirar al rostro del par de elementos que aún no han llegado al giro, en sus caras se refleja el pánico a pesar de llevar las gafas puestas; definitivamente, ellos también huyen.

No sé qué demonios viene tras nosotros, pero tampoco quiero averiguarlo. Una especie de sustancia inmaterial los persigue casi levitando sobre la calzada; avanza a un ritmo extraterrenal, propio de un ente que viaja más allá de lo físico y ha pactado con algún fantasma del pasado un poder que le permite ver los árboles de los costados como ligeras ráfagas de luz.

Lo que debería ser una lenta agonía se transforma en un acto rápido y conciso. Cuando aún no hemos llegado a la siguiente curva, esa "cosa" está ya tras el Cayenne. Es casi tan ancha como la carretera, tan baja como el mismísimo suelo y tan veloz que apenas consigo seguirla con la vista. Es la máquina perfecta, una combinación celestial de agresividad, sonido y resistencia a los baches del camino al que ningún purasangre que haya visto puede ni tan siquiera aproximarse. Deja atrás al último del convoy (que le ha dejado paso sin ningún tipo de resistencia o titubeo) y se pone en paralelo al S8. Clava frenos (la suspensión debe ser dura como una piedra, pues apenas se ha bajado una décima de milímetro ante semejante reducción de velocidad), una especie de aerofrenos en el morro se despliegan y se abre la ventanilla del conductor. De su interior surge una mano con un guante de cuero (de los de conducir) puesto y empuñando una pistola de un calibre bastante alto por el enorme tamaño del cañón. El del Audi da un volantazo pero el impacto es inevitable, aprieta el gatillo y una bala del tamaño de un misil impacta en el centro de la llanta de la berlina del segmento F, rompiendo en añicos el apoyo en un momento y desprendiéndose la misma del vehículo, haciendo que quede atravesado bloqueando la vía. Al del Porsche no le da tiempo a esquivarlo y se lo merienda "con patatas" en un alarde final de maestría al volante. Ha impactado directamente en el lado del conductor con un coche de más de dos toneladas a no menos de 140 por hora... ¿Me importa lo que les haya pasado? No, ni lo más mínimo.


Más bien me preocupa el hecho de que esa bestia con ruedas ahora se acerque a nosotros a un ritmo igualmente aterrador, diría que es conducido por un robot que hace dos mil mediciones de trayectoria por segundo de no ser porque esa mano parecía bastante "humana". Trazo la siguiente curva mientras él se pega a mí como una lapa, dejando entrever unos diminutos faros que no lo hacen muy bello pero que le dan una estética bastante atractiva y sensual. Los instantes en los que me adelanta pasan como un suspiro, intento verle la cara antes de que me dispare pero ni siquiera hace el amago de bajar las ventanillas (cuyos cristales están completamente tintados, no dejando pasar ni el más mínimo ápice de luz). Las curvas de la carrocería me recuerdan a las de Silvia, tienen una carga sexual innegable que lo hace aún más tenebroso si cabe. Rezo porque a ésta última no le haga nada, yo me limito a reducir la velocidad para que no nos pase igual que al par de genios que nos perseguían. Pero a ella tampoco le hace nada, se limita a reducir de marcha al pasar por su lado, dejando un rastro de llamas producido en las mismísimas entrañas del V12 que debe propulsarlo.

La carretera se abre en el lado izquierdo, dejando a nuestra vista un hermoso a la par que abandonado pueblo, con sus casas blanca y sus terrazas sucias y dejadas. A la sombra de una enorme roca se encuentra sumido en un silencio crepuscular solo roto por los petardazos de la bestia de naturaleza insectívora, que mientras nosotros apenas hemos completado un kilómetro y medio él ya ha llegado al centro de la villa (que se encuentra aún a un par de kilómetros). El sonido de su escape hace vibrar las fachadas de los edificios y yo no puedo más que bajar la ventana y escuchar el sonido de mi ángel de la guarda aterrorizando a los ermitaños del lugar. Cierro los ojos y comienzo a respirar, miro mis brazos y los noto más fuertes que de costumbre, están muy duros y casi se quieren entrever los músculos de los mismos. Algo está cambiando dentro de mí, y es evidente que eso me beneficiará a la hora de "camelarme" a la personita que llevo justo delante, y que tras ver mi muerte a centímetros me importa más que nunca.

Sigo dándole vueltas a todo lo que ha pasado mientras que miro por el retrovisor con cierto nerviosismo, esperando que en cualquier momento aparezcan de entre la nada. Atravesamos la localidad sin hacer nada más a parte de conducir y recuperar el aliento. Su paragolpes delantero se arrastra por la calzada, casi parece que sea a mí a quien le están arrastrando la cara por el suelo. La parte trasera de mi Golf tampoco debe ser una exquisitez precisamente, pero ahora estoy más preocupado por cómo se sentirá ella tras ver herido a un coche que es poco menos que una extensión de su cuerpo. Yo aún estoy dando gracias a Dios (o quién demonios sea quien esté jugando a nosotros en su pecera de los horrores) por seguir vivo, y la verdad que los sonidos que brotan del tubo de escape son de irrelevante importancia.

Salimos del pueblo y en las afueras hay una gasolinera solitaria y comida por el óxido. Ella pone el intermitente de la derecha y yo la sigo hasta quedar junto a un surtidor de gasolina que ha tenido días mejores... me bajo del coche y me coloco los pantalones en su sitio (están comenzando a quedárseme grandes). Cuando aún no los he puesto en su sitio ella aparece de la nada y me da un abrazo que se queda marcado a fuego en mi espalda. Se queda casi un minuto así, llorando desconsoladamente mientras que yo le doy palmaditas en el hombro intentando calmarla. Finalmente, me decido a hablar:


- No te preocupes, lo del coche tiene solución. Ya encontraremos algún donante para el frontal y el lateral, y si no, aprenderé de chapa y pintura y te lo arreglaré yo mismo, te lo prometo - sigue abrazada.
- No es eso Pablo, no tiene nada que ver con eso, ¡Joder!
- Entonces, ¿Qué es?
- Te juro que me he visto tirada en el suelo sangrando y nadie lloraba, nadie sentía pena o lástima hacia mí y a todo el mundo le daba igual que yo me estuviera muriendo - me aprieta con más fuerza.
- Eso no es verdad, y lo sabes... a mí me importas, y no te haces una idea de cuánto.
- Tú estabas a mi lado...
- ¿Y qué hacía?
- Nada, tenías un tiro en la cabeza - noto como sus lágrimas empapan mi camiseta y comienzan a mojar mi piel.
- ¡Ay Dios! No digas eso, mujer no te preocupes que todo irá bien, ya verás.
- No Pablo, no, esta vez hemos cruzado la línea que separa lo profesional de lo personal. Ahora irán a por nosotros, no porque sea su trabajo sino por orgullo.
- No va a pasar nada. Además, tenemos a alguien que nos protege, ¿Lo recuerdas? ¿Quién demonios era? - sus brazos comienzan a perder fuerza y su cuerpo se separa del mío.
- Eso escapa a nuestro control, no sé quién sería ni por qué lo ha hecho, pero no podemos confiar en que esté ahí la próxima vez. Pero vamos, ese coche, buff... menuda maravilla. ¿Lo conoces?
- No tengo ni la más remota idea de qué era eso...
- Es un Pagani Huyara, se dejó de producir muy pronto y los pocos que hubo en España fueron destruidos, de los que había fuera de nuestras fronteras poco sé...
- ¿Y qué pretendes que hagamos?
- De momento llenar depósitos e irnos de aquí, ellos aún nos ven - dice mientras fija su vista en la montaña que atraviesa la carretera por donde hemos venido -. Y tenemos que prepararnos, si queremos sobrevivir debemos tener la capacidad de poder defendernos...
- ¿A qué te refieres?
- Pablo, hay que armarse.
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#3
Capítulo 5


Vértigo es que el mundo se pare y te quedes con cara de tonto viéndolo ocioso y maltratado, horrorizado ante la posibilidad de que algún día todo vuelva a funcionar y la vida surja de entre los edificios y ventanas tapiadas. Así me siento cuando observo a nuestro alrededor mientras Silvia analiza los daños y se limita a mirar seria sin ser capaz de pronunciar palabra; yo me mantengo petrificado ante un paisaje desgarrador... ver montañas de árboles sin cuidar, ver las enormes chimeneas de la fábricas inclinadas tras años de abandono y esa fantasmagórica niebla que incluso a medio día lo baña todo. Es hermosamente desconcertante, pero sin duda lo que más me inquieta es pensar que a pesar de que el motor económico del planeta se haya paralizado, la electricidad sigue produciéndose y el consumo energético continua disparándose.

Noto como nos observan desde detrás de las nubes, como en un especie de Show de Truman en la que no somos más que una pecera con la que juegan. Busco una paz que no encuentro, la atmósfera ya no es fiable y el ruido se ha cambiado de planeta y corre rumbo a algún sitio donde se le quiera. Sólo el sonido de su boca absorbiendo gasolina a través de una manguera rompe este silencio que hoy es mío. Como una cicatriz sin curar, la veo moverse nerviosamente de un lado a otro mientras yo no puedo más que quedarme ensimismado admirando sus movimientos. Un obeso con una anodina vida y una joven con cambios de humor constantes, ¿Podría ser peor?

Me acerco al morro de su M3: le falta el emblema de la marca y tiene pintura negra de mi coche, el lateral izquierdo tiene un golpe mucho mayor, algunas zonas de la carrocería están directamente apuñaladas, como si hubieran querido darle una estocada final en el vano motor. Pero nada más lejos de la realidad, este coche tiene mucha guerra que dar y unos daños superficiales no van a hacer que se rinda, como no lo hará su dueña, que sigue lidiando con la manguera para sacar unos litros más de gasolina corrompida de unos enormes depósitos, secos a día de hoy.

Una brisa fría se cierne sobre nosotros mientras que el día, soleado hasta hace un instante, se vuelve gris y oscuro. En cualquier momento bajará un jinete del Apocalipsis y nos llevará con él a lomos de su caballo (y éste no de acero). De entre la nada, resurgen los quejidos casi de ultratumba de la bestia que nos ha librado de las garras de los malvados, de nombre impronunciable y de sonido indescriptible, cabalga sobre los valles de la serranía jienense como lo hace un alma en pena sobre la noche oscura en un cementerio. No sabría si llamarlo miedo o emoción, simpatía o empatía, el caso es que ambos nos quedamos atolondrados escuchando a lo lejos ese "algo" que forma parte de la quinta esencia de la vida. El aire mueve su pelo con suavidad y le coloca algún mechón aislado sobre la cara, eclipsando su objetiva belleza y creando una combinación cromática casi perfecta entre cabello, piel y mirada penetrante como pocas:

- ¿Qué hacemos? Creo que viene hacia nosotros... - le pregunto a ella tratando de acabar con una situación incómoda para mí (unos segundos más observándola sin decir nada y no me hago responsable de mis actos...).
- No lo sé, por si las moscas deberíamos escondernos, pero en algún sitio al aire libre, no quiero dejar de escucharlo -me dice mientras sus ojos se le iluminan de la emoción.
- Está bien, vayamos a un lugar seguro para verlo pasar.

Sale delante mía, y casi al trote llega a lo que un día fue la tienda de la gasolinera. Está cerrada a cal y canto, en la puerta hay una pequeña nota escrita sobre un post it descolorido por la luz del Sol y con una capa de roña que bien podría alimentarme un par de semanas. "Vuelvo en 2 días, cuando el asunto de la gasolina se haya solucionado. ¡No somos unos delincuentes! ", rezan los dos únicas frases que he sido capaz de leer, el resto está demasiado sucio para leer algo. Silvia comienza a agitarla con fuerza obviando el detalle de que hay una enorme tabla de madera bloqueándola al otro lado. Congestiona sus brazos y piernas todo cuanto puede, llegando a un punto en el que creo que va a echar la puerta a abajo con marco incluido, pero no. Su fuerza es brutal, pero insuficiente en cualquier caso. El sonido ensordecedor de la maravilla es cada vez más intenso, no debe andar muy lejos ya...

Ni corta ni perezosa, sostiene una enorme piedra en la mano, y al grito de "Pues si no es por las buenas, será por las malas", la lanza al interior del establecimiento por una ventana que le queda a la altura de la cintura y que tiene una especie de rejilla que comunica con el interior, seguramente para cobrar la gasolina cuando la puerta principal estuviera cerrada. "No te cortes" me dice mientras se introduce en el interior, ágil como un destello de luz y levantando todo su cuerpo de un salto, casi ingrávida. Años de sedentarismo absoluto vuelven a pesar en mis riñones cuando intento colarme tras ella. "Gordito, yo no te voy a ayudar. Sino entras el señor malo te cogerá y te hará mucha pupa" me dice mientras que está ya al otro lado, ojeando una revista llena de polvo.

Apoyo mis brazos sobre el filo de la ventana, donde aún descansa algún fragmento de cristal que sin ser cortante me infunde bastante respeto. Pego un pequeño salto ayudándome de mis tobillos y dejo mi tronco a medio camino del interior. La propia inercia me empuja hacia delante y ya fuera de control, avanzo hacia una caída de 50 cm que, aún no siendo muy alta, a mi cara no le va a sentar muy bien. Tendré que ir haciéndome a la idea de que mi nariz será bastante más chata y de que veré pasar a la bestia con la boca ensangrentada. Mi cuerpo comienza a coger un ángulo negativo y a un ritmo patéticamente lento, no soy capaz de poner mis manos en el frente para absorber la mayor parte del impacto. Sin embargo, cuando toda esperanza parece perdida, algo amortigua mi golpe y me hace caer más sobre una nube que sobre el suelo de granito antiquísimo y sin demasiadas nociones de estilo o elegancia. Es ella, que aprovechando la cercanía de sus piernas y sin perder la ocasión de partirse la caja a costa de ridiculizarme un poco más, ha parado mi "sentencia de muerte" en el último momento transformando sus brazos en una potente grúa que sujeta mis no menos de 100 kilos.

"Eres más triste que un día sin pan" me dice mientras sigue descojonándose en mi cara. "Te voy a tener que poner a dieta, mamón, la próxima ostia te la paras tú solito. Anda, ponte aquí rápido que está a punto de pasar". Se pone en un lado de la ventana y mira de reojo al exterior mientras que la luz ilumina su lado derecho. Yo echo un vistazo a mi alrededor y contemplo, casi como si fuera una nostálgica alucinación, las revistas que un día se dejaron de vender, las latas de refresco (en su mayoría oxidadas y destruidas por su propio continente) que se acumulan en las neveras y una cantidad ingente de pegatinas para coche que van desde el entonces típico "Estás muy cerca, cabrón" hasta otros desconocidos para mí como " -Fútbol, + Rallies " . En fin, recuerdos perennes de una época que no volverá, de un tiempo que no viviremos y de unas vidas que no renacerán. Mientras produce un extraño "Tss.." con su boca y con una desesperación casi vital, me hace señales con la mano en forma de aspavientos para que me acerque a la esquina en la que se encuentra ella.

Miro un segundo hacia el resto de la tienda, hay multitud de ventanas y evidentemente, ninguna está ocupada. Tenemos espacio más que de sobra para contemplar el desplazamiento del monstruo con emoción mientras que corre el aire entre nosotros. Sin embargo, no soy quien para juzgar su comportamiento y si ella me pide que vaya, yo lo hago como si de su perrito faldero se tratase (mis orejas se ponen calientes cada vez que me dedica un gesto o una mirada, debo averiguar por qué me pasa eso, quizá sea algún tipo de alergia...). Se pone delante mía y se apoya en el filo de la ventana como si de una cazadora furtiva esperando a su víctima se tratase, busca algo con la mano que le queda libre tras de sí y yo tengo que echarme un poco hacia atrás para que no me toque. Tras un rato paseando su mano delante de mí, parece rendirse y la apoya junto a su homóloga, echando su cuerpo hacia delante haciendo su figura aún más atractiva (si es que se puede).

El tiempo se acaba, el suelo tiembla como si una tuneladora pasara bajo nosotros y los estantes con comida caducada desde hace décadas vibran al son del ritmo celestial mientras que el polvo del techo comienza a desprenderse por no aguantar la intensa frecuencia a la que oscila. Ella vuelve a levantarse y camina hacia atrás, hasta que choca conmigo. En ese momento, su mano vuelve a comportarse de forma nerviosa; o yo estoy loco o la evidencia está llegando a un punto ridículo. La agarro sin más dilaciones y permitimos que nuestros cuerpos se fundan casi en uno. El sonido del exterior casi ni lo oigo, es más parecido al zumbido de una mosca que a un V12 al límite de rendimiento. Lo único que escucho es su corazón latiendo como un pistón mientras de su piel sigue brotando una agradable esencia a pesar de la cantidad de horas que llevamos despiertos, y de haber sobrevivido a un par de intentos de asesinato y a una vertiginosa persecución en la que saludábamos al vacío desde primera fila.

Casi sin darme cuenta (insisto en que todo se queda en nada al lado de su mera presencia) ese artilugio extraterrenal, bendecido por el mismísimo diablo, hace acto de fe con su fulgurante canto; mis tímpanos están al borde de la explosión y ella dibuja una sonrisa en su rostro que parecía haber perdido tras el desafortunado encontronazo. Su pelo roza mi boca y el agradable tacto de su cuerpo se funde con una visión casi fantasmagórica: la de 700 caballos levantando el asfalto a su paso, alumbrados por dos diminutas luces que rozan el suelo a milímetros y te miran de forma furtiva, haciéndote saber que si los miras directamente nunca los podrás olvidar. Pasa como un ave rapaz, volátil y frío como el Invierno que se aproxima a no menos de 200 por hora y con el sonido de sus turbos aspirando a varias atmósferas de presión todo el aire que lo rodea. Casi noto su gravedad atrayéndome hacia allí, aprieta mi mano con fuerza y yo, por un segundo, toco el cielo.

Ocultos tras un muro de hormigón, disfrutamos de los escasos dos segundos en los que su presencia nos hace olvidar todo lo demás; tras eso, su imponente trasera desaparece de nuevo tras los muros de un edificio y su sonido se amortigua un poco por las fachadas de los edificios con los que choca. Cierro los ojos e intento que esa melodía llegue hasta mi corazón, necesito prolongar estos instantes de vitalidad hasta el infinito, son los que me hacen sentir que sigo vivo dentro de un mundo de muertos en vida. Me separo un poco de ella pues supongo que quiere comenzar a salir de este "antro", y le suelto la mano muy despacio.

Pero algo la hace volver a presionar con fuerza haciendo que me sea imposible escapar de tan agradable reclusión. La máquina indomable vuelve a cantar a la luz de la tarde (a la par que mis tripas, que llevan 24 horas seguidas sin actividad), surgiendo de entre los tejados indómita y salvaje, dejando a sus 12 cilindros cuanta gasolina precisen y atronando nuestras almas amparado por el mismísimo Lucifer. Por donde mismo se fue, aparece de nuevo sin tan siquiera pedir permiso para entrar, y esta vez no se limita a pasar "de largo", ahora para bajo el enorme techado metálico que cubre los surtidores fuera de servicio, a escasos metros de nuestras monturas. Tiemblo al pensar que éstas nos han delatado, seguramente, sea quien sea el que se esconde tras esos cristales tintados, conoce mejor que nosotros esta zona y sabrá que esos coches no han estado ahí antes. La carrocería tiene un color indescriptible, no sabría si decir que es marrón, gris o quizá ocre... no sé, de lo único que estoy seguro es de que el trabajo de pintura del Huayra es más valioso que mi Golf y el M3 de Silvia juntos. Así que prefiero no imaginar el valor total del conjunto, yo lo tengo claro, mataría por esa "cosa".

Ella se echa hacia atrás y se da la vuelta, comienza a empujarme y al grito de: "¿Qué haces?" intento encontrar una justificación a su extraña actitud. Ella se limita a llevar su índice a los labios para ordenarme que hable más bajo. Se esconde tras de mí y un poco amilanada se refugia en mi enorme cuerpo para camuflar su presencia. Yo me apego cuanto puedo al muro y sólo por el rabillo del ojo izquierdo soy capaz de observar lo que sucede en el exterior: una cerradura se abre y la armonía perfecta de sus líneas se rompe sin mayor dilación. Una puerta del tipo "alas de gaviota" comienza a ascender con la ayuda de una mano algo envejecida. Estoy a bastante distancia pero soy capaz de distinguir sus venas marcadas y su tez deteriorada por el paso del tiempo; no es precisamente un chaval.

La puerta alcanza su punto álgido y todo se queda en silencio por un segundo (ha apagado el motor y el contacto del superdeportivo, ahora reposa sobre cuatro enormes neumáticos esperando el momento de volver a la acción). En este sepulcro momento, hasta el aleteo de una mariposa molestaría, noto su respiración tras de mí nerviosa y asustada y su mano se apoya ahora en mi espalda. Sobre el suelo, una barra de carbono se posa liviana y rígida, y sirve de bastón a su dueño. Del interior del Pagani no sale un hombre con corbata ni un enorme gorila con la denominación de "humano". Sale alguien bastante mayor, que viste vaqueros y camisa y que camina con energía y confianza a pesar de no poder doblar su rodilla derecha y de ayudarse de esa herramienta ortopédica. Es alto y su figura es bastante atlética a pesar de que tiene que rondar los 80, un tipo extraño a la par que solitario que no sabría si posicionar en el bando de los buenos o de los malos. Pero desde luego, es de admirar que aún ronde estas carreteras peligrosas y adictivas (como una buena droga), y que lo haga a bordo de una bestia que no levanta un palmo del suelo y cuyo punto más alto es su paso de rueda.

Se acerca a mi Golf, lo recorre de delante a atrás, tira el bastón al suelo y sus ojos brillan con una emoción casi infantil. Contempla horrorizado una trasera que ha visto días mejores y comienza a suspirar bastante fuerte (lo escuchamos desde aquí) mientras vuelve a la parte delantera. Se queda ahí unos segundos y prueba suerte con el tirador de la puerta. Evidentemente, no he cerrado el coche y no tiene problema alguno para acceder al interior, no sé qué quiere ni si es un loco, un curioso o el mismísimo capo de la mafia que controla todo esto, pero lo hace con completa impunidad y con los ojos empapados en lágrimas. Su rostro dice más sin pronunciar una palabra que cien años de escritura cargada de recursos literarios y metáforas innecesarias. Tiembla más de lo que el Parkinson puede producirle, desde aquí se pueden oír los crujidos de su cadera, que pide a gritos que vuelva a coger el bastón. La imagen de ser superior que tenía de él cuando bajó del coche se ha convertido en un mero espejismo de la realidad: un señor demasiado viejo, arrugado y encogido para controlar el torrente de potencia que propulsa a las ruedas traseras ese motor AMG. Sin embargo, la sensación que dio cuando nos adelantó (salvándonos de lo que parecía nuestra sentencia de muerte) no fue ni mucho menos esa, de hecho, empiezo a dudar de si realmente el anciano que tengo ante mí es quien pilotaba la "nave espacial" con matrícula.

Se queda unos minutos en el interior, mientras yo lo observo todo con bastante incredulidad desde nuestro refugio. Le describo la situación a Silvia, a la que parece faltarle tiempo para preguntarme mientras sigue imprimiendo su delicado aliento como un fino susurro sobre mi espalda. Le animo a que también ella se asome a ver el espectáculo, pero se muestra reacia a ello con todo lo que ha ocurrido y no parece estar por la labor. Él recorre con sus manos el volante, todo el salpicadero, el cuadro de mandos... sus diminutos ojos negros se iluminan y se llenan de una especie de sentimiento melancólico del que poco o nada conozco. Toquetea muchos botones, enciende las luces y las vuelve a apagar, toca el claxon y se ríe él sólo, de forma casi esquizofrénica. Yo no puedo evitar esbozar una sonrisa al contemplar una escena tan "mecánicamente tierna"; forma una especie de unión casi fraternal entre alma y motor, entre cuerpo y carrocería. Tras un buen rato ahí dentro (el Sol comienza a caer y la noche no es nada segura por estos lares), se anima a abrir la puerta y bajar de lo que casi con total certeza un día fue su coche o el coche de un allegado. Nosotros llegamos tarde a eso, él aún recordará los tiempos en los que las fronteras físicas eran más fuertes que las digitales, esos tiempos en los que un coche y unos litros de gasolina suponían la libertad más pura y sincera. Lo envidio, ahora eso no son más que recuerdos en su cabeza, pero puedo decir con certeza que la añoranza de los buenos momentos se lleva mejor detrás del volante de un superdeportivo.

Mister Solitario camina despacio, hundido por el tiempo que no perdona y se agacha a recoger su bastón apoyando su escaso peso sobre sus tobillos y desgastadas rodillas. Como en un final de película infinito, recorre los 15 metros que separan mi coche de la bestia y hace una pequeña pausa a la altura del coupé de mi compañera mientras sonríe tímidamente y pasa su dedo anular desde el morro destrozado hasta la ligera trasera. Tras esto, comienza un verdadero periplo hasta acomodarse en el interior a medida del misil tierra-tierra. Lo primero que hace es tirarse casi en plancha sobre el asiento de carbono que se apoya a 5 centímetros del suelo sobre un fino a la par que resistente chasis de carbono. Luego apoya sus brazo sobre el armazón de aluminio que lo rodea hasta la altura de las puerta y se acopla lo mejor que puede sobre la estrecha y efectiva estructura que lo sujetará cuando vuele sobre el asfalto. Se pone el cinturón y pone su bastón tras el asiento; después, sin haber aún cerrado la puerta pulsa ese botón que nos transporta a los tres (creo que no me equivoco si hablo por él) a otra dimensión donde los problemas no existen y las verjas invisibles de nuestro mundo son la diferencia entre pisar a fondo o no hacerlo. La primera explosión dentro de los cilindros hace que el suelo tiemble y que por su tubo de escape brote una mezcla de fluidos que se habían quedado acumulados en los conductos del motor. La otra puerta se abre sola (no hay nadie en el asiento del copiloto) y comienza a avanzar muy despacio con el sonido de un rítmico a la par que desapercibido borboteo, procedente del baile de pistones al ralentí esperando el momento de oscilar a la velocidad de la luz.

Cada vez está más cerca de nosotros, casi parece que vaya a pagar la gasolina que no ha echado en la ventanilla que anteriormente comenté (que está justo al lado de la que nosotros estamos). Bajo la mirada al suelo y me agacho lo más rápido que puedo para que no se percate de nuestra presencia; ella tiembla y agarra mi brazo con fuerza mientras cierra los ojos. Un par de mechones de pelo acarician mi brazo creando una agradable sensación a caballo entre las cosquillas y un simple roce. Yo no sé si tomar ejemplo a acompañarle en esos instantes de pánico o volver a erguirme para presentarme a ese hombre que aunque viejo, podría iluminarnos con su sabiduría y explicarnos un poco mejor qué demonios está pasando en un planeta que parece haber perdido el Norte. Opto por lo primero, prefiero quedarme con la duda a que me mate la certeza, él parece haber parado su flamante deportivo justo enfrente de nuestra posición; los segundo pasan y el ronroneo se hace cada vez más inaudible, pero el charco de una gotera cercana a nosotros sigue dibujando esas pequeñas ondas que produce el sonido en su superficie y que me indican que sigue ahí. Nos miramos fijamente a los ojos sin tan siquiera respirar, ella para no hacer ruido y yo porque ese marrón intenso me quita hasta las ganas de vivir. Un escalofrío recorre mi cuerpo, son demasiadas emociones para esconderlas en 2 metros cuadros de frío suelo y no sé muy bien cómo actuar en esta situación.

Así no puedo seguir, o esa mirada acabará taladrándome el cerebro, atravesará mi sien para más tarde dejarme abandonado aquí mismo o en mitad de mi habitación (si es que salimos de esta). Es insoportable, así que cierro los ojos y giro el cuello hacia la ventana. El charco sigue temblando con la misma frecuencia pero mi inconsciencia adolescente me hace pensar que ya no está aquí (o al menos eso quiero pensar yo para huir cuanto antes de una situación soñada y temida a partes iguales desde que la conocí), tenso mis cuádriceps y mis piernas me alzan hasta el filo de la ventana. Vuelvo a abrir los ojos esperando no encontrarme más que soledad y decadencia al otro lado de la pared. Pero lo que me encuentro no es eso ni de lejos... una piel abrupta y carcomida por la erosión del aire me espera con sus ojos del siglo pasado clavados en mí. Debería gritar pero me quedo sin habla, mi prioridad es moverme un poco hacia la derecha para ocultarla a ella, a mí no sé muy bien qué me depara el futuro.

Agarra mi mano con fuerza mientras sigue mirándome fijamente, intento soltarme pero es imposible: ese señor mayor tiene una fuerza extraterrenal y los años sentado tras la pantalla de un ordenador me están pasando factura. Se lleva su otra falange al bolsillo de atrás, supongo que ahora viene cuando saca un arma y me dispara en la cabeza (el cine así me lo ha enseñado). Pero en lugar de eso, lo que hace es sacar algo metálico que hace ruido al llevarlo hacia mi mano. "Abre la mano", me dice mientras sigue sin quitarme la vista de encima. Cualquiera no le hace caso... así que sin titubeos sigo sus instrucciones y rezo para que duela poco. Pero en lugar de un pinchazo o una descarga eléctrica, sobre mi mano se posa una llave con el anagrama de BMW y con un aspecto bastante más actual que de las que usamos en nuestros prehistóricos modelos. De su boca no sale una sola palabra más, me suelta la mano y vuelve al coche (ahora sin dar sensación alguna de mala salud o vejez). Cierra su puerta con bastante agilidad y yo me quedo observando sus movimientos (a estas alturas es una tontería esconderse). Se aproxima al borde de la carretera haciendo caso a la señal de Stop y de repente las puertas del infierno parecen abrirse. La magnitud de la fuerza con que presiona el pedal derecho se hace latente al ver los enorme neumáticos traseros saliendo de lado en la nacional y en el cielo parece abrirse un enorme boquete entre las nubes para dejar paso a semejante torrente se potencia.


Silvia se levanta para verlo salir mientras dice: "Y esto Pablo, es el más grandioso espectáculo de la naturaleza que tus ojos llegarán a contemplar". Le sonrío y un segundo más tarde salto la pared con una agilidad pasmosa, seguramente motivado por todo lo que acabo de vivir:


- ¿Qué te ha dado? - me pregunta mientras nos dirigimos hacia los coches.
- Esto - le muestro la llave.
- Pues... juraría que ese mando pertenece a algún modelo del 2010 o 2015, no estoy segura pero lo he visto antes en algún lado... seguramente en alguna revista antigua. ¿Y para qué demonios quieres eso?
- Eso mismo me pregunto yo... Creo que lo mejor es dejarla aquí mismo.
- ¿Y eso por qué lo dices? - frunce el ceño y me mira con incredulidad.
- Lo mismo lleva algún localizador, será uno de ellos y querrán saber dónde vivimos.
- Pero, ¿Qué me estás contando? Vamos a ver, pero si ha estado a punto de cargarse a esos dos hijos de puta, ¿Cómo va a ser uno de ellos? ¿Estamos locos o la abuela fuma?
- ¿Que la abuela qué...?
- Nada, déjalo, es una cosa que dicen por ahí, un dicho popu... ¡Bueno! ¿Qué más da eso? A lo que vamos, que este tipo no tiene nada que ver con ellos, yo creo que quiere ayudarnos. No hay que desconfiar de todo el mundo... - dice mientras relaja mucho su tono, dándome una tranquilidad casi maternal.
- Tú me has enseñado a desconfiar hasta de mi sombre, no me culpes de ello...
- ¿Yo? Anda hijo, si no me conoces ni de hace 24 horas, poco puedo haberte influido.
- ¿Si? Pues que sepas que estas 24 horas...
- ¿Qué?
- Nada, déjalo. Iba a decir una tontería - me falta valentía para decírselo.
- Estas 24 horas ¿Qué? - insiste.
- ¡Joder! ¡Que nada! Mi vida no gira en torno a ti, ¿Vale?
- Vale, me lo has dejado bien clarito Pablo, nos vamos - su cara parece haberse nublado y oscurecido, al igual que lo ha hecho el día. Se da media vuelta y camina hacia su coche con la mirada perdida. Intento decirle algo, pero me quedo anclado es ese miedo que produce arcadas.

A lo lejos aún se oye a las bestia italiana creando viento entre un desierto de cemento, dando prueba de que existe con un grito eterno que va más allá de montañas y valles y se extiende desde el agua envenenada a las cumbres vírgenes y alejadas de las manos del hombre. Me meto en el coche (el asiento aún está caliente) intentando obviar el rostro de Silvia antes de verla meterse en el coche, quizá acabe de perder a lo más parecido a un amigo que he tenido nunca...

Los kilómetros pasan como las gaviotas que de paso dejan sus historias sobre los tejados, mostrando un reguero de cuentos inacabados a su paso que relatan el horror vivido sobre este mismo asfalto en forma de automóviles desguazados, cruces que recuerdan a algún fallecido del que ya se han olvidado y restos de neumáticos en curvas ciegas que van a parar a lo más profundo de un terraplén. Trago saliva a esa hora en la que el Sol comienza a perder fuerza, hoy nos hemos despertado con él y volvemos a casa con su despedida, más cansados y magullados, pero vivos. El M3 camina a saltos entre bache y bache, ambos llevamos una bajada más que considerable en la suspensión, lo que la hace rígida y sin contemplaciones a la hora de pisar un bache o pasar sobre una irregularidad de la vía. De vez en cuando el escape suelta una pequeña explosión, parece que el S14 está haciendo gárgaras mientras su dueña lo mantiene por debajo de las tres mil.

Los párpados no pueden mantenerse abiertos y todo mi cuerpo está rodeado de una especie de capa pegajosa que no huele demasiado bien y que me hace sentirme bastante incómodo. El sudor seco me baña por completo y lo único que deseo en estos momentos es que la ducha de casa tenga el agua muy fría. Los pueblos que atravesamos siguen de luto, de sus calles solo brotan nuestros propios sonidos que campan a sus anchas por todos los rincones con ayuda del eco y la reverberación. Imagino a los chiquillos jugando en los parques vacíos, columpiándose en las zonas de juego que hoy se oxidan y caminan hacia la completa degradación. Nuestro destino está en el viento, volvemos a sufrir las inclemencias del tiempo como un mal mayor y vivimos en un proceso de desaparición programada. Cada vez tengo más clara que la humanidad tiene sus ciclos, nosotros seremos cubiertos por una capa de tierra como les pasó a los egipcios, a los romanos y a los íberos. La diferencia es que nuestro mayor enemigo reside en casa, a escasos centímetros de nuestros ojos, rozando nuestra piel con sus fríos teclados y amartillando nuestra conciencia en forma de mensajes subliminales. Un día se nos hará demasiado tarde, somos una existencia milagrosa y casual que surgió en un instante de lujuria entre dos galaxias perdidas dentro de un universo en plena expansión. Somos capaces de sentir la felicidad con una mirada o de desearlo todo teniendo nada, creemos ser superiores a cualquier especie o raza, pero somos los únicos capaces de autodestruirnos sin más mientras los árboles crecen y los pájaros cantan.

Nuestro miedo no es más que una necesidad vital por sentirnos débiles, no seríamos nadie sin nuestras cuerdas invisibles que nos atan a los socialmente aceptado. Me siento ridículo ante un monitor porque alguien me ha ganado jugando a mil kilómetros de aquí, pero cuando me miro al espejo apenas me reconozco y pido a la imagen que en éste se refleja que se dé la vuelta y vaya directo a la nevera. En las cunetas se amontonan los desechos que un día olvidamos recoger y el humo de unas chimeneas lejanas me ahoga mientras siguen emitiendo su nicotismo a la atmósfera. Sólo las enormes centrales parecen tener vida, son una especie de cáncer que crece en mitad de la nada, creando una falsa imagen de esperanza que nadie ve.

Jaén es más de lo mismo, todo sigue donde lo dejamos. Se mantiene limpia e inerte, parece estéril a la suciedad y alérgica a la vida, al movimiento y a todo cuanto la perturbe de su estado de reposo absoluto. Pero sobre todo me llama la atención eso, lo limpia que está, parece como si todas las noches un equipo de mil barrenderos se dedicara a limpiar cada hoja, cada mancha y cada cosa que estorba y la mantuvieran virgen para la eternidad, esperando la visita de un Dios que no llega o se ha tomado unas vacaciones muy largas. El aire no corre y los mosquitos se esconden, me imagino las discotecas llenas de gente al borde del coma etílico mientras de las iglesias salen las familias con la ropa de los Domingos. En los callejones casi puedo ver a chavales de ojos rojos fumando todo aquello que le "pasen" y sé que en algún lugar de este suburbio alguien está viviendo su más mágica experiencia, más allá de tarjetas gráficas y dispositivos de Hardware. Hay más gente como nosotros aquí afuera, lo presiento. Sólo hay que hacer el suficiente ruido, hay que iluminar la oscuridad y buscar debajo de las piedras a nuestro alter ego que nos conduzca a un segunda oportunidad, a una etapa de la que podamos sacar algo positivo mirando los errores del pasado y buscando algunos nuevos. La perfección no es más que una ilusión, ideada por el hombre y perseguida por todos desde tiempos inmemoriales. Pero la realidad es mucho más sencilla que una medida exacta o la cantidad justa de una cosa, de estos días he aprendido que todo cuanto me hace feliz no se puede expresar con números, que conducir no se limita a un tiempo en un cronómetros y que prefiero una sensación a una cifra. Es lo único que puedo decir.

Filosofando va y filosofando viene, hemos llegado a nuestro cuartel general, ese que nos recluye y nos da cobijo mientras nos ve envejecer. Se baja para abrir la puerta del garaje, aparca en su plaza y mientras que yo aún estoy maniobrando ella ya ha desaparecido. Creo que sigue cabreada por nuestra última conversación, no soy muy de sentimientos pero tampoco necesito ser como Will Smith en alguno de sus dramas para darme cuenta de que le he hecho daño. Miro el BMW arañado y destrozado en su lateral, un dolor muy grande invade mi pecho cuando por un segundo me pongo en su piel. Para ella esto no es un juego, no son unos chapas pintadas de un color bonito ni un simple ingenio capaz de tranformar la energía calorífica en mecánica. Es un compañero que está herido, casi una parte de su ser que se ha dañado sin saber muy bien si se llegará a recuperar. Esto noche me la pasaré en vela, aprenderé tanto como pueda sobre reparación de carrocerías y le dejaré el coche como nuevo en cuestión de días. No sé si llamarlo conciencia, pero este dolor que me oprime acabará conmigo si no pongo tierra de por medio.

El reloj del Golf marcan las 7 y cuarto. El portal está ya oscuro y son las sombras las que dotan al lugar de un aspecto lúgubre y tenebroso, pero soy consciente de que allá no hay nada, por no haber no hay ni luz, así que no tengo que temer por mi integridad. Mi habitación huele peor que nunca, quizá porque mis fosas nasales se han acostumbrado a ciertos aromas que destilan buen gusto al lado de este. Busco en la red el mecanismo de una persiana (con cierto recelo a volver a engancharme a esta mierda) y a partir de una costura de un pantalón antiguo me fabrico una cuerda artesanal que me servirá de cuerda. Al penetrar la luz por primera vez en mi dormitorio todo los problemas parecen volatilizarse hacia un estado cercano al climax. Corro el cristal de la ventana y el aire fresco me libera de ese olor que cerraba mis fosas nasales llevándome a la asfixia.

Ante el ordenador las horas pasan rápido, esta noche hay Luna Nueva y la oscuridad más absurda e incómoda que haya podido presenciar inunda la ciudad. Sólo la silueta del castillo de Santa Catalina se concibe desde mi posición. Entre chapa y pintura paso la noche, con la única banda sonora de los gritos desgarrados que se hacen más latentes, si pueden, gracias a la ventana abierta. En más de una ocasión me quedo bloqueado, acompañando al silencio con toda la formalidad que puedo esperando que ella llame a la puerta en busca de consuelo. Pero mi gozo en un pozo es todo cuanto me depara en una noche que se prevé larga.

9 de Octubre


El Sol me despierta bailando al son de una baba que brota de mi boca y que atestigua casi ante notario que caí frito a eso de las cuatro de la mañana. Las vistas desde mi cuarto son impresionantes, tanto la catedral como el castillo tienen un lugar privilegiado en una postal a tamaño real y en 3D, bella y hechizante. Sin parar tan siquiera a desayunar, mi cuerpo me pide comenzar la jornada cuanto antes. Busco una muda de ropa interior, unos pantalones más "dignos" y una camiseta juvenil que combinan a la perfección con mi personalidad, o mejor dicho, con la ausencia total de ésta... Con un juego de llaves extra en el bolsillo corro escaleras abajo con unas ganas locas de analizar los daños y decidir por donde comenzar la operación. Pero en el garaje la escena es algo rocambolesca: mi Golf GTI ha desaparecido, en su lugar descansa el Evo II de Silvia y la puerta del garaje está entre abierta.

Quizá sea ella que ha decidido toquetearle algo al coche con la luz del día... pero al cruzar el enorme portón de hierro no la encuentro. En su lugar, un bella señorita de traje blanco y ruedas anchas reposa a la espera de ser maltratada. La llave parece no querer quedarse quieta en mi pantalón, así que poco puedo hacer... en el mando a distancia un botón me instiga a que lo estimule. De inmediato, la mirada más impúdida que haya podido presenciar me está insinuando que quiere guerra. Yo aún no sé por qué alguien debería darnos esto, hasta que una pequeña nota bajo el parabrisas parece darme alguna pista:

"Esto os ayudará a escapar. Evitad vías rápidas y autovías, las curvas son su ambiente natural. "

Sonrío, yo y esta maleducada señorita nos vamos a llevar bien. La llamaré "Silvia"...





Capítulo 6


Lo reconozco, poco o nada sé de esta bestia... ¿Cuántos caballos tendrá? ¿200, 300... 400? No tengo ni la más ligera idea, pero unos neumáticos el doble de anchos que los de mi Golf pueden dar una idea de lo que debe andar este bicho. Bajo el capó me da igual si lleva un motor eléctrico o un reactor nuclear; mis manos tiemblan y mi conciencia me dice que me aleje, pero hay algo dentro de mí, esa parte rebelde e indomable que me empujó a salir de casa un 8 de Octubre, que me ordena que entre en él y me dé la oportunidad de sentirme vivo.

Meto la mano en el bolsillo y busco esa llave que me conducirá a la gloria. En un mundo sin relojes poco importa el tiempo o las horas que le quedan al día, y al verme reflejado en el cristal de la puerta me doy cuenta de que mi aspecto es extremadamente desaliñado, más que de costumbre. Abro el coche y lo arranco; cambio manual de seis velocidades y tres pedales que me hacen volver al pasado por un instante: la época dorada de la automoción, esa que tanto añoraba mi padre, en la que las personas sabían conducir y las carreteras se colmaban de conductores con ganas de practicar el punta-tacón y de cambiar de marcha hasta que se acabe el día. Esto que tengo ante mí es un vestigio de aquel tiempo y con apenas dos mil kilómetros es poco menos que una joven por desvirgar que lleva esperando toda una vida por este momento. No merece ser llevada por estas manos poco cuidadas y por unos ojos que aún tienen legañas en las pestañas.

Lo dejo arrancado al ralentí para escuchar su fino susurro mientras me meto en la ducha. Subo al tercer piso en un suspiro y mi cuerpo, aunque fatigado, parece estar disfrutando de su nuevo ritmo de vida. Él no es más que un lobo que ha permanecido escondido tras la piel de un cordero muy gordo durante más de una década, pero ahora se está merendando a todas las ovejas de la manada y en no mucho tiempo estará preparado para rodar al máximo, como el seis cilindros de un 911 o un GTR. El agua congelada despeja mis ideas y me hace gritar no muy bajo mientras ésta llega a las partes más "sensibles" de mi cuerpo. Apenas queda jabón en un bote que debe llevar años sin abrirse, incluso hemos descuidado nuestra higiene en beneficio de la tecnología y el progreso. Quizá (por no decir seguro) ella tenga la sana costumbre de tomar un baño con bastante frecuencia, eso explicaría su agradable aroma... La camiseta parece que entra mejor con los poros reducidos a nada por la acción del frío intenso, mi piel está tersa y noto algo duro pero no rígido bajo la piel, son mis músculos que intentan aflorar a la superficie.

Cinco minutos, eso es lo que he tardado en convertirme en una persona nueva. Ya bajo las escaleras, raudo y veloz con el contoneo del 6 cilindros llamándome en la puerta del portal. Noto el aire, ahora más fresco que nunca, chocando contra la piel pura que como la carrocería del GTI, había quedado cubierta por una capa de roña casi tan densa como la epidermis que bajo ésta habitaba. Él está allí, con su inmaculado traje blanco, con apenas un puñado de kilómetros en el odómetro y con muchas, muchas ganas de ser exprimido. Sus faros parecen querer salirse de la carrocería, tiene una mirada muy intimidante (aunque jamás superará a la del E30) y unas ruedas enormes que parecen limar los pasos de rueda hasta lo mecánicamente posible.

Con cierto recelo (pero con mariposas en el estómago) agarro el tirador de la puerta, y un pequeño "click" me confirma que puedo acceder al interior. Al abrirla, una bocanada de aire con olor "a nuevo" entra por mis fosas nasales, y aumenta (en la medida de lo posible) aún más las ganas de meterle mano. Apoyo mi trasero sobre un asiento que sujeta mi cuerpo con consistencia pero sin llegar a ser agobiante, una pantalla en el centro con el logotipo de BMW me da la bienvenida a un mundo de tecnología desconocido hasta ahora por mí dentro del mundo de la automoción. Todo son botones y ruletas con las que controlar diferentes parámetros, incluso en el volante llevo multitud de cachivaches para controlar cosas que desconozco... a mi derecha el lugar del copiloto está vacío, y eso me hace recordar que Silvia a desaparecido del mapa y con ella mi Golf. No sabría decir con exactitud dónde se encuentra, pero algo me hace sospechar que estoy a 23 kilómetros y 700 metros de ella, combinando conducción por ciudad, una carretera comarcal y 5 km de nacional con largas rectas y curvas muy rápidas... ¿Se puede pedir más?

Juego un poco con los botones del centro y observo cómo éstos controlan lo que se ve por la pantalla del salpicadero. Antes de partir tengo que estar seguro de que el coche no representa ningún peligro, y a pesar de no tener muchos kilómetros, seguro que puedo sacar algo en claro de su dueño investigando qué tiene guardado en la memoria del equipo. Pero por más que busco en las diferentes carpetas el disco interno parece estar completamente vacío, excepto por un archivo que se esconde en el apartado de música. Una única canción, de 4 minutos exactos de duración y con un ritmo algo alejado de la tradicional melodía de fondo de los videojuegos de coches; no sabría como describirla, sólo son unos tambores sonando de forma reiterada y repetitiva, con una base de música electrónica como acompañamiento y alguien cantando de fondo en inglés. No me pregunte por su autor o por el título, sólo sé que suena a gloria y que me incita a meter primera y huir de aquí sólo por el simple hecho de conducir.

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Así que, con esta obra maestra de fondo y con una joya de la ingeniería bajo el pie derecho, suelto el embrague y comienzo a rodar con la única compañía del Sol de primero hora de la mañana. Esto es otro mundo: las marchas entran solas y no hay que meterlas "a martillo" como en el mío, el tacto del volante es poco menos que una experiencia religiosa y no hay mejor sensación que el sonido de unos enormes neumáticos girando a toda velocidad de fondo. Por el centro de Jaén prefiero no hacer el cabra, cambio a apenas tres mil revoluciones y el ruido que se intuye de dos enormes turbocompresores es apenas un lívido susurro indetectable para un oído común. Este fantasmagórico paisaje hace que me sienta muy vulnerable a cualquier imprevisto, no olvido la cara de aquel hombre apunta con su 22mm a mi frente, al igual que no olvido girar con cautela en cada esquina y mirar por el retrovisor por si comienza a perseguirme uno de esos enormes coches negros. Por otra parte, hay alguien, una especie de ángel de la guarda que intenta ayudarnos o bien tendernos una trampa en la que al menos yo estoy cayendo por completo. Puede que sólo sea un lobo solitario que haya encontrado en nosotros una esperanza para salvar el mundo que un día conoció o puede que sea miembro de otras de esas bandas/mafias que pululan por la zona a su libre albedrío.

Lo importante ahora, en cualquier caso, es que estamos saliendo de la ciudad y una inmensa nacional rodeada de un mar de olivos se extiende ante el capó del M invitándome a que siegue las ramas que sobre ella crecen con mi deportivo, que vuela a ras del suelo con un spoiler en forma de cuchilla. Como de costumbre, y aún tratándose de una villa silenciosa y muerta donde sólo los fantasmas campan a sus anchas, no me decido a dar el apretón hasta que no sobrepaso la señal de "Fin de zona residencial". Reduzco a tercera y el motor llega hasta las 4 mil revoluciones. Despiertan los turbos que aguardan el momento de comenzar a meter oxígeno en la mezcla del motor, despertando así una bestia con cierto apego a soplar por el tubo de escape gasolina de 98 octanos a un ritmo pasmoso. Pero ese sonido te hace olvidar el consumo desorbitado y la escasez de combustible, te invita a apurar las marchas hasta que los turbos estallen. De la nada surge un torrente de potencia que me empuja contra el asiento sin perder en ningún momento la sensación de control. Las ruedas chirrían al pasar a 200 por hora por curvas muy cerradas, la trasera se pone juguetona y me veo obligado a realizar continuas correcciones para no acabar en la cuneta o en el guardarrail de enfrente.

Lo reconozco, me siento Dios, ahora mismo me da igual si viene tras de mí un Audi S8, un Pagani Huayra o la mismísima Interprise, todo cuanto necesito es este motor turboalimentado que con su vorágine forma de devorar carretera convierte cualquier viaje un una anécdota espacio-temporal. La nacional se acaba y con ella el placer de estar minuto o minuto y medio con el pie a fondo mientras la velocidad sique aumentando sin contemplaciones. Esta parte es mucho más técnica y requiere de una concentración especial o una conducción en "modo abuelita" que no me venía de serie. Reduzco velocidades aprovechando al máximo el freno motor, entro completamente cruzado en algunas curvas para trazar con mayor precisión las siguientes, enlazando sobrevirajes con subvirajes y pérdidas de tracción que hacen aún más complicado el uso del razocinio y sentido común. Tras de mí dejo estelas blancas que siento dibujar a mi antojo gracias a la precisión casi demoníaca del volante que parece no fatigarse nunca, al igual que los frenos, que chirrían de forma nerviosa y algo incómoda pero que me garantizan que su rendimiento está siendo óptimo.

Los kilómetros pasan, las curvas se suceden y la distancia hasta ella es cada vez más pequeña (o eso creo). A simple vista, se podría decir que estoy alcanzando el culmen de mi vida sin haberme esforzado lo más mínimo. Los regalos parecen caer del cielo de una forma tan sistemática que cuando la lluvia cese seguramente me costará un disgusto; primero alguien con quien compartir mi pasión, luego una colección de deportivos esperando ser conducidos, después una segunda oportunidad que celebraré como un aniversario año tras año... y ahora esto.

Aparco en la puerta del desguace, no quiero que lo vea antes de tiempo. Me muevo despacio intentando no hacer ruido y me mancho las zapatillas con el polvo anaranjado que lo cubre todo. A simple vista ella no está, ni ella ni mi GTI. Así que trato de indagar un poco más, allá donde no he metido nunca mis narices trato de encontrar alguna pista de ellos. Me muevo entre motores V-Tec, clásicos alemanes y algún que otro británico diseñado para el circuito. Al fondo de la nave se escucha el ruido de un martillo y los suspiros inconfundibles de Silvia. Como una voz de ultratumba, esos gemidos con cierta carga sexual (al menos para mi perturbada mente) me llaman a investigar su origen, anclado tras un elevador y varias piezas de Golf MKII de distintos colores. Me encuentro con mi compañero de viaje despojado de todo cuanto tenía dañado, con sus restos esparcidos por el suelo y con ella golpeando con un martillo parte del subchasis para enderezarlo. Por su frente corre el sudor y en sus manos la pintura de uñas de color rosa se funde con la grasa y suciedad que la mecánica siempre lleva consigo:

- ¿Qué haces? - le pregunto mientras la observo con admiración y un tanto confundido.
- No sé, bella durmiente... ¿Tú qué crees?
- No deberías estar arreglándolo tú sola, al menos no el mío. Esto es cosa mía, mía fue la culpa de que estemos así y mía es la responsabilidad de arreglarlos... deja eso, ¡Anda!
- Pablo, corazón, esto no se arregla un jockstick y una videoconsola, aquí no vale la fuerza bruta ni la maña, se trata de saber qué tornillo apretar y cuando hacerlo.
- Seguro que algo puedo hacer...
- ¿Seguro? Pues empieza por buscar un par de faros traseros para la pelotilla. Tienes 15 metros cuadrados en los que buscar. Tienes herramientas en el carrito rojo que hay junto al S2000.
- Está bien, pero antes quisiera enseñarte una cosa... - digo mientras me llevo la mano al bolsillo.
- ¿El qué?
- Nada, déjalo - suelto las llaves de nuevo y me voy hacia el carrito para buscar un destornillador plano y una llave inglesa.

Por un puerta en el lateral, junto a un calendario de un mujer desnuda del 2027 y varias latas de Coca-cola vacías, salgo al recinto exterior del desguace donde se acumulan millares de coches ordenados a tres alturas sobre unas enormes estructuras de metal comidos por el polvo y el óxido que los carcome hasta las entrañas. Los del piso de arriba son, con diferencia, los más afectados: los que llevan más tiempo allí o son de una calidad inferior se han transformado en papel de fumar, sus carrocerías se retuercen sobre sí mismas mientras restos de cuero, plástico y materiales varios cuelgan de ellos. Hay un poco de todo, desde coches que pronto cumplirán las centena (básicamente Seat 600 y 1500) hasta los últimos vestigios del automovilismo que llegaron aquí antes de que el uso civil de vehículos se prohibiera (en su mayoría pequeños utilitarios eléctricos que fallaban más que una escopeta de feria según tengo entendido).

Pero más allá de ser frías máquinas sin sentimientos ni conciencia, lo que se ve si tratas de indagar un poco más, es vida. Son verdaderos libros abiertos que te cuentan historias perennes al tiempo y que un día dejaron su breve y delicada existencia en beneficio de un piso de ochenta metros cuadrados, un coche nuevo o un final trágico (las manchas oscuras en los airbag me forman un nudo en la garganta). Hay sillitas de niño, ambientadores de pino e incluso algún peluche que alguien dejó olvidado antes de entregar el coche a la "chatarrería". Podría parecer fácil encontrar unos faros en mitad de semejante colección de piezas... pero nada más lejos de la realidad. Si por un casual me cruzo con algún Golf, este siempre suele ser un IV o modelos consecutivos; de hecho, hasta ahora el único MKII que he encontrado tiene un gran golpe en la parte trasera que hace que el guardabarros esté a la altura del volante. Casi por casualidad, al final de una fila de unos 50 coche veo la mirada de un bifaro que me suena mucho... muchísimo. Me acerco a él, es de color blanco, y a pesar de tener los neumáticos comidos por las ratas y la pintura desconchada, parece estar intacto de chapa y pintura. Me acerco a la parte trasera y... ¡Mierda! Las luces están quitadas. A alguien antes que a mí le hicieron falta y muy bien que hizo llevándoselas; según vi en varios foros muchas piezas del GTI eran tremendamente difíciles de encontrar hace años, con lo que ahora la cosa debe de estar casi imposible.

Pero esta mañana estoy enérgico, así que sigo buscando entre un verdadero laberinto de trastos inservibles para localizar mi particular cajón de Pandora, o cuando vuelva ella me seguirá viendo como lo que soy: una depresión constante. Analizo cada centímetro de cada coche obviando el detalle de que quedan por delante aún miles de metros cuadrados donde se podría esconder la deseada pieza. El tiempo se consume y los golpes se suceden casi como los cantos de los pájaros, su insaciable capacidad de trabajo es más latente cada día, apenas duerme y aún no la he visto comer, pero tiene una fuerza sobrehumana comparable con la de cualquier atleta de élite del sexo contrario.

Algo se oye entre las enormes llanuras que rodean al desguace. Entre los olivos se intuye algo más que el aire peinando sus ramas y copas. Suena a turbo... cada vez tengo más dudas sobre la desolación de esta tierra. Quizá la soledad que en nosotros habita no es más que un casual y a nuestras espaldas, realmente, la vida continúa ajena a nuestra particular visión.

Me apoyo sobre el morro de un ZX que descansa sobre un juego de neumáticos que sirven de alimento a multitud de roedores y se cobijo a un puñado de hormigas. Cierro los ojos y lo escucho rumbo a ningún lugar y lo imagino dentro de un ambiente caótico y desorganizado que derrocha vida y el caos que ésta trae consigo. Sé lo que es conducir rápido, sé lo que es poner un coche al límite y huir de mis enemigos, pero no conozco esa sensación que tienes que sentir en la tripa cuando reduces de quinta a tercera para rebasar a un camión en un adelantamiento apurado... En fin, no debo perder el tiempo en "pajas mentales", sea lo que sea viene hacia aquí, no sé si de paso o para hacer un stop, pero a juzgar por el desarrollo de los acontecimientos apostaría por lo segundo. Intento olvidarme del tema mientras el sonido se hace más y más intenso, dejo que el destino sea el que decida. Además, el desguace es lo suficientemente grande como para pasar inadvertido.

Me vuelvo a abstraer en lo mío con tan melódica sintonía como música de fondo. El calor se hace latente a pesar de estar ya bien entrado el Otoño y me estoy empezando a desesperar, ¡no hay forma humana de localizar un Golf! Oigo un frenazo en la entrada del recinto y tras unos segundos al ralentí, apaga el motor y una puerta se cierra. A pesar de esta un poco lejos de la nave (unos 500 metros) y de tener varias columnas de chatarra por medio, en la inmensidad del silencio el sonido de unos pasos es bastante plausible. Mi instinto de supervivencia me hace correr en dirección contraria y refugiarme tras algo que me oculte. Un enorme todoterreno (un Nissan Patrol por lo que pone en las placas de identificación) me sirven de resguardo. Me acomodo, apoyo el culo en el suelo y la espalda en el guardabarros, y busco que mi respiración se convierta en un susurro que se confunda con el aleteo de una mariposa.

De repente, algo me altera, no sé bien qué es pero roza mi brazo con una delicadeza casi celestial, giro mi cabeza a la izquierda para identificarlo y sólo veo un mechón de pelo castaño que se disipa en el vacío sin posibilidad alguna de poder cogerlo. "¡Silvia!", grito de golpe cuando me viene su imagen a la cabeza. Me levanto y corro, el camino que separa el cobijo del viejo Nissan del taller pasa como un instante. Mi cuerpo responde cada vez mejor y solo las agujetas del día anterior parecen ser un impedimento para mi particular sprint final. La vida parece reducirse a un segundo que no acaba y busco sus ojos en la inmensidad de la nave. No la encuentro, trato con todas mis ganas de buscarla pero no la veo, me siento un cobarde por no haber llegado antes para avisarla... el minuto que he tardado en decidirme puede haber sido crucial. Quizá ese coche sea de uno de ellos (aunque no sonaba a V8) o de cualquier otro grupo de energúmenos que se dedica a sembrar el caos en este, mi hogar.

Aumento el ritmo de mis pasos mientras intento localizar el GTI, trato de hacer el menor ruido por si el intruso anda aún cerca. Oigo sus suspiros al fondo (menos mal, al menos aún está viva), vuelvo a caminar rápido intentando llegar a tiempo y cuando por fin consigo superar el punto muerto que crea el enorme Land Rover... me encuentro con un hombre de unos cuarenta y tantos, llevando una escopeta en el brazo de derecho y a sólo unos metros de Silvia. Me tiro al suelo y observo sus movimientos... no sé muy bien cómo interpretarlos; ella parece ajena a lo que pasa a sus espaladas y no hay un segundo en que él libere parte de la tensión. El cañón apunta al suelo pero no me tranquiliza la forma con que balancea el arma adelante y atrás. Sin previo aviso, da un paso al frente y parece prepararse para apretar el gatillo; yo no puedo más que poner mis brazos en tensión y prepararme para abalanzarme sobre él. Pero algo me hace recular: la escopeta cae al suelo y el señor de tejanos y camisa a cuadros dice: "Espera que te ayudo con eso, guapa"; luego se acerca y le ayuda a aflojar un par de tuercas. Me levanto con más tranquilidad, vuelvo a respirar profundo y creo que ha llegado el momento de presentarse.

Me asomo con recelo por el vértice trasero del 4X4 inglés, Silvia se gira y dice:

- ¡Ah, mira! Ahí está el otro invasor de tu taller.
- Asómate chaval, que no muerdo - dice él mientras vuelve a recoger la escopeta.
- ¿Está seguro? - digo mientras me acerco y le extiendo la mano - Soy Pablo, encantado.
- Joder Pablo... cualquiera diría que llevas toda la vida presentándote - ella sigue dejándome en mal lugar de esa forma que me encanta (cualquier cosa proveniente de esta criatura me parece perfecta).
- Yo hago lo que veo en las pelis, a mí no me preguntes.
- En fin... ¿Has encontrado eso? - dice mientras me sonríe con una mezcla de pena y complicidad.
- ¿Qué se supone que buscáis, chicos?
- Los faros traseros de un MKII, como ve estos son irrecuperables... - mientras señala a la trasera de mi pobre Golf que, a estas horas de la mañana, está completamente descuartizado.
- Buff... esos ya eran difícil de localizar hace unas cuantas décadas, ahora es casi imposible. Este ha sido el GTI por excelencia: barato, divertido, fiable y, en teoría, con piezas de recambio. Pero con el tiempo llegó a ser el más codiciado de cualquier desguace. Conforme nos entraba uno, venían unos diez o quince jóvenes de toda la provincia y en media hora lo había dejado en el chasis... eran buenos tiempos. En fin, chico, acompáñame a ver si encontramos algo en el almacén.

A la altura del S2000 (está destapado, lleva un kit de carrocería impresionante, se ve muy gordo) hay una puerta de chapa que había obviado hasta ahora. Miro un segundo hacia el exterior, hay un Megane RS aparcado que es supongo que será el turbado que he escuchado y falta un coche en la colección: el Toyota GT-86. Saca un manojo de llaves del bolsillo y la abre, enciende una luz parpadeante y entra mientras me invita a pasar. "Joder, hacía años que no me pasaba por aquí y aún tengo luz... ¿No te parece increíble?" me dice él, yo le asiento con la cabeza y me limito a alzar la vista al ver todo lo que se esconde allí adentro. Ante nosotros se extiende una enorme sala llena de estanterías metálicas donde reposan todo tipo de piezas para coches, desde conductos de todo tipo hasta parachoques, pasando por motores y llantas de todo tipo. "No sé por qué has buscado allí afuera, no hay más que chatarra oxidada ya. Todo lo que tiene un mínimo de valor está aquí adentro", sigue hablando mientras que me mantengo anonadado por la ingente cantidad de material que hay aquí adentro, las estanterías se alzan unos 15 metros hasta llegar al techo y hay algunas cosas que me pregunto cómo demonios habrán conseguido llegar aquí:

- ¿Es usted el dueño de este lugar? - le pregunto sin vacilaciones.
- Eso dicen... ¿Y tú de dónde has salido? - me pregunta mientras apoya su mano en mi hombro.
- Soy vecino de Silvia, he estado toda la vida metido en casa pero hace no mucho me atreví a salir y aquí estamos...
- No te alejes de ella, tiene una valentía que ya la querría para mí. Su padre era de los pocos que aguantaron en la resistencia, se quedó aquí cuando la mayoría huimos... a saber dónde andará. Y ya sabes que eso es una cosa que se tiene o no se tiene, y esta chica lo lleva en los genes. Por cierto, ¿Qué le ha pasado al Gol, le diste más caña de lo debido?
- Fueron ellos, los de los coches negros - trago saliva -. Comenzaron a perseguirnos, creo que querían matarnos. Aún no entiendo como el gobierno quiere acabar con sus ciudadanos.
- ¿Gobierno? - se ríe a carcajadas, incluso tose - ¡Cuánto te queda por aprender, hijo mío!
- ¿Qué le hace tanta gracia? ¿Acaso no llevo razón?
- ¿Razón? Ni un poquito... aquí no hay gobierno muchacho, hace tiempo que esto dejó de ser un país como tal.
- Y si no es un país... ¿Qué se supone que es? ¿Y por qué nos intentan meter miedo para que no salgamos de casa?
- Es una larga historia - dice mientras se da la vuelta y se hace el loco.
- Tengo todo el tiempo del mundo...



Es ese momento se oye el ronroneo de otro coche. Giro la cabeza y miro hacia la puerta, es el GT-86 que se para junto al Renault. ¿Qué me he perdido? En teoría somos tres personas, hay alguien más dentro de ese coche y a este hombre parece no preocuparle lo más mínimo. Yo lo miro un poco escéptico, y lo acompaño (si a él no le preocupa, a mí menos). Silvia tampoco parece despistarse lo más mínimo de su tarea así que decido seguir con la conversación:
- Bueno, ¿Y ahora dónde vive?
- No creo que sea el momento de decíroslo. Digamos que estamos a salvo.
- ¿Estamos?
- Sí, mira, os presento. Esta es mi hija Cintia - alguien atraviesa la puerta del almacén. Es una chica bastante joven, medirá un metro setenta y es rubia -, a ella también le va esta mundillo, y tenía ganas de probar el Toyota.
- Lo habéis dejado francamente bien, va muy fino - tiene los ojos azules y se retira los guantes de cuero negro que lleva para conducir. Los usa para darse aire y parece algo cansada por el estrés al que ha sometido el coche -. ¿Qué ruedas lleva?
- Pues... pues, es que... - como de costumbre, yo y las mujeres guapas no acabamos de encajar. Me quedo un poco empanado, no esperaba que apareciera un nuevo componente en el terceto - Yo no lo he tocado, ha sido Silvia.
- ¿Silvia es... ella? - dice señalando al taller y mirándome con algo de asco.
- Sí, la misma. Es una artista, habla con ella, te sorprenderá ver lo que sabe de coches. Ha estado cuidando todo esto en nuestra ausencia - interrumpe su padre.

Se da media vuelta, y a expensas de llevarme una buena ostia (no entiendo mucho de relaciones sociales, pero creo que este gesto no está bien visto a los ojos de unos padres), me quedo mirándole el culo. Es realmente preciosa... y yo pensando que aquí afuera no había nada interesante:

- ¿Y por qué han venido? - retomo la conversación con este enigmático caballero.
- Verás, donde estamos vivimos francamente bien; estamos relativamente seguros y tenemos lo necesario para poder disfrutar de nuestra pasión. Pero cada vez tenemos menos medios y hay muchas piezas que necesitamos. Hemos venido a buscar algunas cosillas... ¿Sabes? - tengo los ojos abiertos como platos. No tenía ni la más ligera idea de que ese sitio existía.
- Escuche... - una bombilla se enciende en mi cabeza - ¿Y por qué no nos lleváis con vosotros?
- Pues, es una posibilidad - de repente frunce el ceño - ¡No! ¡Qué demonios! Es algo com... completamente inviable - perece incluso nervioso.
- ¿Y entonces? No digo que me llevéis a mí, pero la pobre Silvia ha estado aquí durante años cuidando todo cuanto teníais y creo que se merece vivir en un sitio donde salir a la calle no implique el riesgo de acabar muerto, no se lo merece.
- Mira, hijo, ahora ando un poco liado. Hablaré de esto con vosotros a la vuelta, ¿Vale? No sé como narices esa cosa de ahí - dice llevando su mirada hacia mi compañera - ha sido capaz de mantener esto ella sola, pero ahora necesito que me hagáis un favor, creo que sois las personas adecuadas. Yo tengo que irme lejos, a un sitio muchísimo más peligroso que este, y no me perdonaría que a ella le pasara algo.
- Supongo que no habrá ningún problema - las observo hablando, parece que han hecho buenas migas -, la protegeremos como a nosotros mismo el tiempo que haga falta.
- ¿Sabes chaval? - agarra una escalera metálica y la apoya en una estantería repleta de faros que apenas se intuyen entre los montones de polvo - Sabré como recompensaros. Sólo será una semana, después no nos volveréis a ver.
- No se preocupe, estará bien. Una última pregunta.
- Dígame usted.
- ¿Todo el mundo está igual o esto sólo pasa aquí?
- ¿A qué te refieres? - me pregunta mientras baja las escaleras con un juego de faros para el Golf entre las manos (a mí me parece oro).
- No sé, me refiero a que... este "engaño" al que tienen sometido a la población ¿Es global o sólo para por aquí? Lo de la contaminación y tal, no me creo esos cuentos.
- ¿Y quién te ha dicho que no sea verdad? Mira, hablaremos de esto largo y tendido cuando vuelva - le tiemblan las manos - ¿Está bien? Mira, ¿Tú crees que servirán?

Me enseña más de cerca las luces, en principio no debería haber ningún problema. Las conexiones y todo parece coincidir. Vamos hacia Silvia para enseñárselas, siempre será bueno tener la opinión de un "profesional". Cuando llego a su altura la veo un poco apagada, lleva muchas horas trabajando y sus carótidas comienzan a estar rojizas, siendo éstas testigo mudo de su cansancio. Por una vez intento ser comprensible y me acerco por su lado derecho:

- Creo que te hace falta un descanso - le digo muy bajito, como intentando dar intimidad a la conversación respecto a los otros dos testigos.
- Aquí hay más de una semana de trabajo, o me pongo con ello al máximo o no acabaré nunca.
- Escucha, date un respiro. No sé si ya te lo han dicho, pero Cintia se tiene que quedar unos días con nosotros. ¿Qué te parece si le enseñamos un poco cómo nos lo montamos por aquí, te vas a casa a dormir y mañana entre los tres le damos un buen acelerón a esto?
- Buff... - agacha la cabeza descansando un momento su cuello, que lleva horas extendido buscando la mejor visión debajo del elevador - está bien, pero mañana me tienes que ayudar - sonríe.
- Parejita - un escalofrío baja por mi espalda -, me tengo que ir ya - dice el hombre de nombre desconocido.
- Está bien Juan, voy a lavarme un momento las manos y nos vamos todos a la vez.

Esperamos pacientes en la puerta a que ella salga. Yo me apoyo sobre el M expectante, mientras Cintia guarda el GT86 dentro del taller. Juan (he llegado a la conclusión de que así es como se llama, llámame genio) arranca el Megane de un solo escape y busca algo en el maletero. Tras unos minutos, Silvia sale transforma en una nueva persona y completamente liberada de su aspecto grasiento y cochambroso que el trabajo le había dejado. Le ofrezco las llaves, a los que me responde con un "ni de conducir tengo ganas, dale caña a esta cosa que, por cierto, aún no me has explicado de dónde la has sacado". La primera en entrar es nuestra protegida, que se sienta en uno de los aparentemente incómodos asientos traseros. Me siento tras el volante y a los dos segundos es ella y su agradable aroma a jabón de manos quien entra. Toquetea con la delicadeza que le caracteriza todos los botones y tras un par de minutos acaba con todos.

Arranco, me dispongo a engranar primera cuando una mano se apoya en la ventana:

- Ey, ¿Qué pasa? Ni despedirme de mi hija me vas a dejar - ésta busca un hueco entre mi asiento y el marco de la puerta para darle un beso a su padre, con cierta tristeza. Se mantiene muy cerca de mí y soy capaz de apreciar todos los matices del perfume que lleva. Giro la vista y veo a Silvia, que observa con cierto recelo la escena.
- Pues nada Juan, no se preocupe que la niña está en buenas manos.
- No me cabe la menor duda - engrano primera - ¡espera un segundo! Creo que esto os será útil.

Al principio soy algo reacio, pero al final la termino cogiendo y la guardo en la guantera del acompañante mientras ella la mira horrorizada. Nunca antes había tenido una en mis manos y la sensación es ciertamente contradictoria. Suelto embrague y dejo atrás el recinto sin poder olvidar su rostro al verla. Apoyo mi mano en su muslo tras cambiar a tercera (todo muy tranquilo, ya no tengo ganas de achucharle al BMW) y le digo: "Corazón, no tienes de qué preocuparte. Las pistolas no son peligrosas, lo son las personas que no le tienen respeto".
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#4
Capítulo 7


Su mirada la delata... algo le pasa, algo más allá de todo lo que tenemos encima. Por el espejo retrovisor veo a Cintia mirando al horizonte, dejándose las retinas en ver lo que hay más allá de los olivos que se distorsionan por la velocidad. Dejo mi vista en el frente, intentando calmar un ambiente tan denso que se puede cortar con un cuchillo, ese arma parece arder en la guantera y la poca inocencia que me queda arde con ella. Será miedo o quizá incertidumbre, pero me tiembla todo. Varias preguntas me asaltan en lo referente a qué sucederá en un corto-medio plazo. Juan ha aparecido de la nada y nos ha dejado a su cargo a su hija como si nos conociera de toda la vida y ha vuelto a desaparecer del mapa sin más dilaciones. Quizá sean erróneas mis conjeturas de adolescente asocial, pero algo me huele muy mal en esta historia...

El M se transforma en una especie de torre de Babel, permanecemos mudos ante el silencio, cada uno habla un idioma radicalmente opuesto al de los otros dos y preferimos permanecer callados a romper la tensa calma que lo invade todo, sólo el 6 cilindros de la bella máquina que piloto pone la voz cantante en esta historia. Es un placer más que una obligación hacer de conductor, apenas controlo eso de cambiar de marcha sin brusquedades pero prefiero mantener mi mente ocupada en coordinar mis movimientos, así tendré una excusa para no hablar.

Los kilómetros pasan más lentos de lo que nunca lo han hecho, no me siento confiado ni mucho menos a gusto, nuestras dos nuevas compañeras de viaje han traído consigo algo que ha roto esa extraña química que había entre Silvia y yo. Las sombras de los olivos comienzan a alargarse sobre el desgastado pavimento, conformando una especie de textura a rayas que me hace sentir sueño. Fijo mi mirada en los dos tonos de la carretera, y voy bajando los párpados hasta que casi cierro los ojos. Noto un leve roce en mi mano derecha: es ella, que me mira preocupada, sabiendo que me puedo caer rendido en cualquier momento. "¡Tranquila!" le digo, "te estaba poniendo a prueba jejeje...". Ella suspira, no dice nada y apoya el codo en el marco de la puerta mientras dirige la vista al exterior. Hay algo que la tiene intranquila, parece como si no quisiera que los kilómetros pasaran, como si quisiera quedarse allí para siempre. Cambia todo el rato de posición en el asiento, no se queda quieta más de cinco segundos y todo cuanto hace es morderse las uñas y aguantarse las lágrimas...

Anochece al entrar a la ciudad, no hay una farola, una luz o un arcángel que ilumine la urbe, sólo la mirada intimidadora del coupé perlado y los ojos brillantes de ella iluminan la noche como faros perdidos en la inmensidad del océano. Las calles, peinadas de una capa de polvo y arena, son una verdadera pista de patinaje para los enormes neumáticos traseros y la juguetona trasera de la bestia... casi sin quererlo, me permito la licencia de pasar de lado las esquinas, algunas a 60 o 70 kilómetros por hora en tercera sobre las grandes avenidas de la zona "nueva", y otras en primera desde parado, peinando los muros de las humildes casas de La Magdalena y el casco antiguo. El sonido, celestial como no podía ser de otra manera, nos adelanta, haciéndome creer que me encontraré con otro BMW cruzándose al final de la calle. No puedo evitar soltar una carcajada al ver como dibujo marcas negras sobre el asfalto, el humo gris se transforma en rojo al llegar a la altura de las luces traseras y sólo cuando me da por mirar por el retrovisor del centro me doy cuenta que no voy sólo.

Cintia me mira con una sonrisa, más bien por compromiso que otra cosa, esperando a que lleguemos a su nueva morada, o bien a que al menos pare de hacer el imbécil por un rato. Yo me pongo serio y dejo de reír, meto cuarta sin haber pasado apenas los 40 por hora subiendo la Avenida de la Estación (el coche va a tirones) y permanezco en silencio y cabizbajo, avergonzado de un comportamiento más propio de un niño que de un adulto con una esperanza de vida de 30 años gracias a la comida empaquetada. Tras unos segundos sintiéndome más incómodo de lo que lo he estado en dos décadas, escucho una especie a mi derecha. Silvia comienza a reír siendo ahora ella la que parece hacer el ridículo... pero al instante nuestra nueva compañera protegida de ese rubio platino que parece emitir luz propia la acompaña de una forma igualmente coercitiva. Siento un calor intensísimo por toda la cara, como si me fuera a reventar la cabeza:

- Uy, mira, si nos ha salido vergonzoso el chaval - dice Silvia mientras apoya sus manos sobre el abdomen para que los abdominales no se "gripen" de tanto reír.
- ¿Qué dices tú? ¿Vergüenza de qué? - digo yo un poco alterado (aunque por dentro estoy contento, al menos he acabado con el incómodo silencio que se había formado).
- ¡Que estás rojo como un tomate, chiquillo! Pero que no pasa "ná", hay gente que tiene amigos invisibles y tú haces invisibles a tus amigas... sigue disfrutando de la conducción. Yo estoy curada de espanto, y me da a mí que Silvia también, ¿Verdad?
- Hombre... yo de este tío no me fio ni un pelo, lleva conduciendo dos o tres días, pero eso sí, lleva años y años bajando en Nürburgring de los 7 minutos tras la pantalla y algo se le nota. Pero vamos, que es un muñones - me guiña un ojo, devuelve la mirada a Cintia y mira hacia delante con una sonrisa malévola.

"Os vais a enterar" pienso mientras que terminamos la avenida (partida en dos por unos raíles por las que nunca pasó un tranvía). La calzada se estrecha y comienzan los adoquines que se extienden hasta las mismísimas puertas de la catedral. Reduzco a segunda y piso a fondo, ella se agarra con miedo al freno de mano y noto la mano de Cintia agarrándose al reposacabezas. Ahora sí que sí, empuja como no lo había sentido hasta ahora, siento el aire pasando a toda presión por el hueco de la ventana y la velocidad alcanza una nueva definición. Casi sin tiempo a pestañear, cambio a tercera tras apurar al máximo la marcha y me encuentro de frente con la cara trasera del imponente monumento de Andrés de Vandelvira. Clavo frenos, voy más rápido de lo que parece, pero por suerte si acelera rápido aún frena con más intensidad. Por suerte, los cinturones me salvan de no comerme el volante y consigo controlar el coche antes de llegar a la curva. Reduzco a segunda con los discos aún al rojo vivo y piso el acelerador a tope con el embrague pisado. Suelto el pedal izquierdo al llegar al vértice de la curva con el derecho aún pisado, el eje trasero vuela y trata de adelantar al delantero. ¡Mierda! ¡Se me va, se me va! Un golpe seco en parte de atrás parece atravesarme las costillas, hubiera preferido que fuera mi cráneo el que absorbe el impacto.

Las risas cesan y el silencio vuelve a ser la nota discordante. Ninguna dice nada mientras que meto punto muerto y freno el coche por completo con el chirrido de las pinzas delanteras. "Me cago en la puta ¡joder! Pero que putísima mierda de coche" digo tratando de echar las culpas al vengativo 6 cilindros, que me acaba de demostrar que soy indigno de su pilotaje. Me bajo del coche cerrando la puerta de un portazo, lo rodeo y me voy a la parte derecha de la bestia, esperando ver como mínimo un eje arrancado de cuajo por el ostión que ha metido la rueda contra un bordillo de casi 20 centímetros. Para mi regocijo, lo único que parece haberse dañado de verdad esta tarde-noche es mi orgullo. Sólo un pequeño arañazo en la llanta negra, en la que se puede leer "Motorsport", sirve como testigo mudo del desgraciado incidente. Miro al interior, Cintia me retira su mirada acongojada tratando de no cabrearme más, sin entender que estoy cabreado conmigo mismo, no con ellas. Sin embargo, a Silvia le importa bien poco mi enfado, lo peligroso que pueda ser en mi estado o lo que le pueda soltar a ella. Simplemente se baja del coche con su gracia natural y su "me da igual como estés".

"Parece que no ha sido nada muñoncitos... ¿Nos vamos a montamos aquí una tienda de campaña hasta que tu coche se cure?". Sin mediar palabra se da media vuelta y sube de nuevo al coche, pero esta vez lo hace en el puesto del conductor. Prefiero no hacer más leña del árbol caído y me monto de copiloto, al fin y al cabo, lleva todo el día trabajando, se ha ganado una vueltecita en la nueva máquina. Me abrocho el cinturón y dejo que saque a pasear cada uno de los 340 caballos mientras los turbocompresores resoplan por el centro de Jaén. Lleva tatuado en el rostro esa sonrisa pícara que me cohíbe siquiera de mirarla. Va mucho más rápido de lo que yo podré ir en años, y además lo hace con una seguridad plausible en cada esquina, en cada giro que el coche hace el tren trasero y el delantero parecen ser sólo uno, no hay subvirajes ni sobrevirajes, sólo velocidad controlada y ganas de no llegar nunca.

Pero casi sin darnos cuenta, volvemos a atravesar esa calle donde los hierbajos que resquebrajan el asfalto, las farolas rotas a pedradas y la oscuridad son la tónica general. Cintia tiembla de miedo al entrar por primera vez al garaje, incluso a mí me sigue pareciendo un lugar a evitar sea la hora que sea, y más aún de noche. Por allí todo sigue igual: los mismos chascos, las mismas tuberías con pérdidas varias, los mismos coches que un día decidieron convertirse en monumentos a la decadencia... sólo hay algo que cambia, y es ese precioso M3 que durante casi siete décadas ha estado surcando las carreteras de medio mundo sin mayores problemas que un par de revisiones y unos cuantos cambios de neumáticos. Ahora reposa al borde de la muerte, goteando aceite y arrastrando el tubo de escape sobre la plaza de aparcamiento...

Lo mira sin decir nada, noto como pone su cuello en tensión tratando de tragar la rabia que la mata por dentro. Hay quien pensaría que sólo es un coche, pero ambos sabemos que es mucho más que eso. Las escaleras que llevan hasta mi piso son como una pared en vertical, aunque llego a arriba el primero. Recupero el aliento y miro por el hueco que hay en el centro, esperando ver a Silvia llegar (Cintia lo ha hecho justo detrás de mí). Pasan los segundos y no aparece, así que me decanto por ir a buscarla. Bajo los dos pisos pero ella no aparece... cuando llego al garaje la veo allí, junto al BMW. Parece estar hablando sola, no se si producto del cansancio o porque realmente hay alguien más...:

- ¿Con quién hablas? - le pregunto desde la distancia, me da miedo recorrer los 30 metros de penumbra que nos separan.
- ¿Eh? Pablo... ¿Eres tú? - su voz suena entrecortado, incluso noto como su nariz absorbe alguna secreción producto del llanto - Con nadie... sólo estaba hablando con el coche.
- ¿Seguro? ¿Estás bien? - baja su mano, recorre su cintura y esconde algo en el bolsillo.
- Sí, no me pasa nada, estoy perfecta. Es por el... bueno, ya sabes - se da la vuelta, sus ojos brillantes iluminan el vacío y la manga de su camiseta le sirve como pañuelo para las lágrimas.

Volvemos a las escaleras, camina despacio, está agotada. Yo, sólo por verla sonreír, doy media vuelta y la cojo en brazos. Se agarra, al principio un poco asustada mientras me pregunta qué demonios estoy haciendo. Le digo que parecía cansada, y que así es como le voy a pagarle las horas de taller. Ambos llegamos partiéndonos de risa al descansillo de la puerta de casa, donde Cintia nos mira un poco confundida, parece no estar en la misma onda que nosotros...:

- Bueno, pues nada chicas... mañana más y mejor, descansad y por Dios, mañana no madrugues Silvia - me acerco a Cintia y le doy un par de besos. Luego me acerco a su nueva anfitriona pero rehusa, haciéndome sentir sucio por un momento - ¿Qué pasa?
- Nada, es sólo que... no puede dormir en mi casa, está todo muy desordenado, muy mal - lo dice muy seria, no parece nada vacilante -. Por favor, que duerma contigo, al menos hoy.
- Pues anda que mi cuarto... ¡Está bonito! Pero bueno, tenemos una habitación prácticamente vacía, puedes dormir ahí. Yo pensaba que dormiría en tu casa por eso de que sois chicas y tal...
- A mí me da igual - me corta Cintia -, no quiero causaros más problemas.
- No eres ningún problema, duerme donde estés más a gusto - añado yo.
- Pues ya está, duerme contigo - Silvia sigue obsesionada con que en su casa no puede dormir...
- Pues nada, buenas noches pequeña - le doy un único beso en la mejilla - que descanses. Me llevo a la huésped a sus aposentos.
- Está bien - deja de estar en tensión e incluso disimula una sonrisa en su rostro -, que paséis buenas noches.

Se abre la puerta y un sitio inhóspito, de olor desagradable y nada acogedor se descubre ante los ojos de Cintia... espero que no salga corriendo.

18 de Octubre

Los talleres han cerrado hoy sus puertas. Un japonés al que le gusta girar a la velocidad de la luz y un alemán elegante a la par que rápido vuelan sobre las carreteras desiertas, por algún lugar abandonado de la oriental Andalucía (los carteles provinciales y de poblaciones están tan sumamente desgastados y erosionados que somos incapaces de leer nada). Pero un GPS sin señales seguras nos guía hacia el Sur diciéndonos por donde nos movemos en un idioma desconocido (Silvia dice que es ruso, habré que creerla) mientras que un satélite abandonado a su suerte sobre nuestras cabezas actualiza nuestra posición en el mapa. Cintia se limita a seguirnos con un amenazante S2000 de color negro y llantas doradas, que se revoluciona hasta llegar al corte como el aleteo de un colibrí huyendo de algún depredador. Ha probado ya todos los coches disponibles del garaje, sale sin miedo al exterior y vuelve con el depósito lleno, "Si te dijera donde consigo la sopa tendría que matarte" dice intentando hacerse la interesante mientras vuelve a dejar el coche en el mismo estado que lo encontró.

Esperaba que fuera una chica repipi, maleducada y con pocas o ningunas ganas de ayudar, pero para mi sorpresa, ha demostrado ser otra gran apasionada de los coches a la que no le importa estar tres horas buscando una pieza por todo el desguace para avanzar con el GTI. Además, sabe conducir, no como yo que soy un autentico negado para eso. Hay ciertos momentos en los que pienso que todo es demasiado ideal, e incluso me planteo la posibilidad de vivir así lo que me queda de existencia... no estaría mal, la verdad. Todo cuanto tendríamos que hacer sería conducir, hacer de las calles nuestro circuito personal y restaurar los pocos vehículos que nos quedan para que el poco patrimonio automovilístico que nos queda no se pierda en la inmensidad del abandono. Sin embargo, pasear por las calles te hace sentir que no estás sólo... un ventana que se baja, un golpe tras una puerto o un grito roto en mitad de la noche que me hace estremecer me recuerdan que hay algo que no puedo obviar, en nuestra mano está cambiarlo. No podemos dejar esta hermosa y maltratada tierra a gracia de un grupo de energúmenos con traje y coches rápidos.

Por primera vez en 20 años puedo decir que he visto el mar, al menos que yo lo recuerde. Se extiende ante mí una ingente masa de agua absolutamente incomparable a nada que hay visto antes, ni tan siquiera por asomo. Me da vértigo, parece que en cualquier momento el mundo vaya a inclinarse 20 grados y toda esa agua vaya a abalanzarse sobre nosotros, ahogando nuestras voces para siempre. Ellas lo miran con indiferencia, a pesar de que ambas aseguran que es la primera que lo ven. Siguen atentas a nuestras monturas, esas a las que apenas miro y que se quedan en nada ante la majestuosidad de la madre Tierra, que hace diminuto todo cuanto a creado el ser humano.

Ese olor no se asemeja a nada que haya olido hasta ahora, no es artificial, no ha sido tocado por el hombre, es puro y virgen como el aire que baja de la sierra los días que el viento viene del Sur. Soy gilipollas, no sé cómo he podido perderme estas cosas todos estos años, las horas aquí fuera se pasan como segundo y siento que no me queda suficiente vida por delante para verlo todo, me será imposible. Como digo, cuando quiero darme cuenta, es de noche y el frío de la brisa marina traspasa la piel sin haberme aún movido del mirador improvisado en el que llevo encaramado desde primera hora de la mañana. Silvia y Cintia se han hecho unas expertas en la carretera que bordea la costa, es increíble ver el M siendo perseguido por un V-tec gritón y maleducado. Los cuervos que habitan el lugar levanta el vuelo al verlos pasar. Curva tras curva, como una de esas viejas persecuciones del agente 007, ambos bólidos buscan sus límites derrapando y apurando frenada al máximo.


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Yo, sin embargo, sigo sin hacer mucho caso al espectáculo, llevo todo el día abstraído en un mar de agua, que con la noche se ha multiplicado por dos: un mar de estrellas se refleja sobre el Mediterráneo, con la Luna como único punto de referencia. Giro al verlas pasar una vez más. El sonido de los turbados surge de entre la oscuridad, así como la luz de los potentes faros que montan. En esta ocasión, es el Honda el que pasa en primera posición mientras que el blanquito que lo precede levanta el pie y para a escasos dos metros de mi cuerpo, que se encuentra apoyado sobre una valla de madera podrida. La extraña de pelo castaño, mitad niña, mitad mujer, se baja y pone su mano sobre mi hombro. De repente, el representación de la inmensidad del espacio que contemplo parece hundirse en la inmensidad del mar, todo cuanto me importa es su mano en mi hombro...:

- Hace frío por aquí... quizá allá abajo estés más resguardado - dice señalando a unas escaleras que conducen a una pequeña cala donde las olas rompen y una pequeña playa con piedras de color grisáceo se esconde del resto del mundo.
- Me da miedo, cualquiera baja sólo ahí abajo...
- Pues te acompaño, ¡Anda que el problema! - dice mientras me guiña un ojo.

Tras un cuarto de hora descendiendo los cien metro de acantilado, tropezándonos con cada arbusto y piedra que encontramos y con la única luz de la Luna en fase de cuarto creciente... llegamos a la preciosa cala, donde para nuestra sorpresa hace aún más frío. Sólo la cubre una fina rebeca que se le cae del lado derecho dejando entrever su hombro y cruza los brazos en señal de que tiene frío. "Nos sentamos ¿O qué?" le digo mientras que apoyo mi ya no tan enorme culo sobre las rocas. "Estaba esperando a que te sentaras tú, es que no tiene de que hayan puesto la calefacción esta noche" dice ella mientras se sienta sobre mi muslo. Una agradable sensación recorre mi cuerpo al sentirla sobre mí, su olor y su piel, suave como la seda hacen que quiera quedarme ahí el resto de mi vida. Su pelo me hace cosquillas en el brazo y su voz se confunde con el sonido de las olas.


Nos quedamos petrificados contemplando la belleza de la cúpula estrellada en todo su esplendor, no hay una sola luz en kilómetros a la redonda que pueda contaminar semejante torrente de estrellas. Ella comienza a hablar, me explica la historia de las estrellas más grandes que vemos. Yo miro boquiabierto tratando de retener toda la información que me brinda esta bella chica, aunque... a veces, es complicado. Algo se mueve en el cielo:

- ¡Ey! ¡Mira allí! Es una estrella fugaz... pensaba que eran más rápidas, aún así son preciosas - le digo al verla.
- ¿Una estrella fugaz? - un sonido distante pero imponente rompe en el cielo. Atractivo a la par que violento - Eso no es una estrella fugaz...
- Entonces... ¿Qué es?
- Es un avión, Pablo - el sonido se hace un poco más audible. Está increíblemente lejos y aún así podemos escucharlo.
- Pero, si los prohibieron hace mucho. Ya no se puede viajar, no es necesario...
- Es lo que nos quieres hacer creer, corazón. Pero hazme caso si te digo que el mundo sigue girando, somos demasiado pequeños como para poder hacer algo, pero si todos fueran como nosotros, una realidad bien diferente a la que conocemos saldría a la luz, créeme.
- ¿Y por qué dices eso? Seguro que podemos hacer algo...
- Pablo - para un segundo para soltar una leve carcajada -, estamos solos en este sitio. Solos tú y yo, el resto del mundo o bien sigue girando o bien seguirá encerrado en su habitación esperando un fallo multiorgánico que lo mande al otro barrio. Lo único que tenemos que hacer es sobrevivir, acoger a la gente que viene y va, y proteger nuestra vida por todos los medios, es lo único que tenemos.
- A mí mi vida me da igual, es a ti a quien hay que proteger - la miro directamente a los ojos.
- ¿Por qué dices eso? No te entiendo -seguimos con la vista fija el uno en el otro.
- Creo que tú puedes cambiar el mundo, yo soy un cobarde y no puedo hacerlo, pero tú sí eres capaz. Mi misión en este lado es la de protegerte y esperar que llegue tu oportunidad de cambiar las cosas...

Nuestras miradas están ahora más cerca, ella no dice nada pero su respiración choca ya con mis labios. No sé muy bien que intenta, pero hay algo que me apetece mucho hacer. Cierro los ojos y siento algo húmedo, juguetón y extremadamente agradable en mi boca. Es un instante que parece alagarse en el tiempo hasta el infinito, por mí que no acaba nunca...

Pero cuando abro los ojos, algo ilumina su cara. No es la Luna ni las estrellas, no es el brillo natural que desprende a cada paso que da, no, es algo parecido a lo que sale de los faros de un coche. Ella aún sigue con los suyos cerrados, agarrándome la cara con suavidad. Yo la cojo de los hombros, y la empujo hacia atrás intentando separar nuestros labios. Ella levanta la mirada extrañada, incluso cabreada ante mi aparente rechazo. Pero en seguida descubre el potente foco de luz procedente del mar, y horrorizada, me coge de la mano y salimos corriendo del lugar. Tropezamos con todo, a ella se le cae una zapatilla pero no para a recogerla. Anda sobre piedra de filos cortantes con el pie desnudo y tirando de mí:

- ¿Pero qué pasa? - le digo mientras intento seguir su ritmo agotado y sin aún haberme dado tiempo a girar la vista para ver qué cojones era esa cosa.
- Son ellos ¡joder! Corre por favor - dice entre sollozos - ¡Ah! Mierda.
- ¿Qué te pasa? - miro al suelo, sobre una roca hay una gran cantidad de sangre, es su pie... - te cojo.

Subo los casi 80 metros de acantilado que nos quedan por unos escalones por donde no pasarían dos personas. Ella se agarra fuerte a mí y levanta su cuerpo intentando pesarme menos. Todo cuanto hago es correr como no lo he hecho en la vida. Un sonido metálico se oye a nuestra espalda, me giro un momento: una lancha metálica acaba de llegar a la orilla, visualizo a un par de sombras bajando de ella. Noto algo que choca contra las rocas, justo bajo mi pie, no veo nada con ella en brazos pero sigo subiendo al sprint. Llevo todos los músculos en tensión, me duele hasta el alma y noto la sangre de su pie atravesando mi camiseta.

Cuando por fin llegamos arriba, Cintia nos está esperando, con el motor del S2000 apagado y mirando hacia el acantilado con total tranquilidad mientras nos ve subir. Abro la puerta del acompañante del M, la meto dentro y me pongo tras el volante. Le grito que se suba al coupé japonés, a lo que ella me responde con una extraña mueca y una pasmosa tranquilidad mientras aquellas cosas corren tras nosotros. La doy por perdida y salgo cagando leche de allí. Las curvas se pasan a fondo y apuro los dos carriles y el arcén de la revirada carretera para no perder ni un segundo. "¿Cómo estás?" Le pregunto mientras intentar taponar la herida con un trapo. Por el espejo sigue sin haber rastro de Cintia:

- Sobreviviré, no te preocupes. Escucha, ¿Crees que le harán algo?
- No sé... ¿Quién cojones eran?
- Los de siempre Pablo, los de siempre. No sé cómo cojones lo hacen, pero nos han localizado.

Llevamos ya cien kilómetros de viaje, he bajado el ritmo para que ella pueda tranquilizarse y se le corte la hemorragia con mayor facilidad. Circulamos por una autovía desierta, de vuelta a Jaén y viendo siluetas donde esta mañana había grandes montañas. Unas luces pequeñas y amenazantes se distinguen por el retrovisor. El S2000 nos pasa a unos 250 por hora como un verdadero misil tierra-tierra. Reduce el ritmo delante de nosotros y me pongo en paralelo a él. Tras los cristales tintados no se ve nada, pero cuando estos son bajados respiro aliviado al ver que ella se esconde tras la ventanilla. "Anda que me esperáis... " dice ella gritando para contrarrestar el ruido y los petardazos del V-tec.

20 de Octubre

¿Alguna vez has buscado una aguja en un pajar? Yo tampoco, pero la sensación tiene que ser bien parecida a la de buscar el antinieblas delantero para un M3 E30 en un desguace de una provincia principalmente agrónoma. Pero el caso es que, después de hora y media tratando de encontrarlo, encuentro una parrilla como la de los coche de rallys instalada en Escort Cosworth con una gran ostión (si no ha dado 10 vueltas de campana, habrá dado 20). Lo desmonto con ayuda de unos alicates, un destornillador y una cizalla. Tras otro cuarto de hora de laborioso trabajo tenemos una parrillada de luces "al dente".

Vuelvo al taller, donde Cintia y Silvia están liadas con el Golf mientras esperan a que llegue la primera mejora para el M3. "Chicas, mirad lo que he encontrado", nadie me responde. El taller está sólo, seguramente anden descansando un poco o habrán salido a tomar el aire. Escucho un ruido en el almacén y un quejido de esfuerzo inconfundible: es ella. Me acerco a la puerta, entro a la enorme sala y comienzo a escuchar sus pasos entre las enormes estanterías repletas de piezas. Tras recorrer dos veces de arriba a abajo el almacén, la encuentro al final de un pasillo. Sonrío, agarro fuerte la pasilla y avanzo para enseñársela a Silvia.

Todo bien, avanzo muy despacio para sorprenderla mientras que ella sigue abstraída en buscar alguna cosa en la tercera balda de la estantería. Algo me confunde, aún escucho sus pasos, y no se está moviendo. Será Cintia buscando algo en otro pasillo. Se hace más y más intenso el sonido, suena como si alguien llevara unas botas grandes o llevara tacones. De repente, una sombra surge de la misma esquina donde está Silvia, es grande y oscura y ya la he visto antes. Empuña una nueve milímetros, y mientras que ella aún no se ha percatado de su presencia, yo ya estoy petrificado viendo como apunta directo a su cabeza. Se agacha y la agarra sin demasiado cuidado del brazo: el enorme hombre de gabardina y gafas oscuras la hace levantarse y la sujeta del cuello mientras apoya el cañón en su sien:

- No se te ocurra hacer nada raro chaval, esta vez nos la llevamos - huele su pelo y pone la palma de la mano en su cara -. Esta preciosidad se va a arrepentir de todo lo que nos ha hecho.


Capítulo 8



Ella se levanta, tiembla de miedo. A sólo tres pasos de su agradable olor, su frío rostro y su pausada respiración alguien rompe esa delicada armonía. Su corpulenta figura eclipsa toda la luz, creando un halo de oscuridad entorno a esa femenina presencia que me ha acompañado los últimos días.

Su olor nauseabundo y su sudorosa piel se acercan a Silvia mientras un cañón de 8mm me sigue apuntando. Me quedo paralizado cuando veo como la agarra del pelo y tira hacia él mientras ella grita de dolor. Me caen lágrimas de rabia, no puedo soportar ver como alguien la toca y le hace daño sin que yo pueda hacer nada.

La agarra del cuello y arrastra su lengua por su mejilla mientras ésta expresa un pánico que jamás antes había visto reflejado. “No se te ocurra hacer nada, esta noche dormirá conmigo” dice él, luego lleva su boca hasta su oreja y la muerde hasta que comienza a sangrar. Ella vuelve a gritar desgarradamente, yo lloro aún con más rabia y comienzo a andar hacia él; si debo morir, será mi sangre lo último que ella recuerde de mí. Forcejea con el gigantón e intenta escaparse pero resulta imposible, su diminuto cuerpo no tiene nada que hacer ante semejante mole de despojos humanos.

Yo sigo andando, estoy dispuesto a acabar con él con mis propias manos. Camino decidido, no veo el momento de agarrarlo del cuelo y hundirle la nuez (o bocado de Adán) con la yema de mis dedos. Pero él vuelva a cambiar la posición del arma: pone el cañón sobre la boca de Silvia y se dispone a hablar de nuevo: “Si das un paso más, me matarás. Pero para que eso ocurra tendrá que atravesar el bonito rostro de tu chica primero””. Tiene un acento algo extraño, le cuesta pronunciar las “r”s. Pero en seco y veo como se va acercando a la puerta del almacén con ella agarrada del cuello y con unas gotas de sangre por el brazo provenientes de su oreja.

Yo, quieto y mudo, espero a que desaparezcan sin más mientras contemplo sus ojos por última vez, me miran con impotencia, preguntándose si de verdad no voy a hacer nada por ayudarla. La respuesta es que no, ya no volveré a verla más, nada volverá a ser como hasta ahora: ni su voz no su olor volverán a despertarme por las mañanas para llevarme hasta el taller, ni podré oír alguna de sus sarcásticas frases para mofarse de mí. El olor a grasa de motor y a gasolina lo vuelven a inundar todo: se ha ido.

Bajo la mirada con mis ojos envueltos en lágrimas. En el suelo hay un puñado de emblemas tirados, intento reconocer la marca de cada uno de ellos mientras escucho el enorme V8 arrancar: Alfa Romeo, Renault, BMW… ¡eso es!

Salgo corriendo, hay algo en nuestro pepino de la marca bávara… Está aparcado junto a la puerta del almacén, lo abro y voy corriendo hacia la guantera, hincando mis costillas en el freno de mano para tratar de alcanzarla desde el puesto del conductor. Recapacito durante un segundo mientras que mi propio pero hace que ceda la palanca y el coche empiece a moverse muy despacio por la leve inclinación. Cambio de estrategia, ya no busco la pistola; me pongo tras el volante y busco el botón de Star/Stop. ¡Mierda! ¿Dónde esta la puta llave? ¡Yo mismo la dejé aquí, malditos hijos de puta! Lo tenían todo planeado… ¿Cómo he sido tan gilipollas de no darme cuenda de nada?


La sangre me hierve, vuelvo a buscar en la guantera. El arma pesa una tonelada, me siento torpe con ella en la mano. Pero la rabia me ciega, y ella puede más que cualquier acto de cordura premeditada. Salgo afuera rápido como rápido como una centella, me acerco a la puerta y veo el potente Audi S8 deslizando su eje trasero sobre la graba del cruce. En un instante sale de allí, y sus ruedas patinan sobre el asfalto dejando su rastro en éste. Ella va en los asientos de atrás, por un segundo la veo tumbada, inconsciente, y con un rastro de lágrimas por la cara.

Grito como nunca en mi vida lo he hecho, retumba el eco en los árboles y los pájaros huyen, y mientras que la berlina exprime todo su potencial en la recta del taller, yo apunto sobre él sin ni siquiera saber como hacerlo. Son 450 caballos volando a todo trapo sobre las carreteras jiennenses, debería estar corriéndome del gusto, pero no es así…

Aprieto el gatillo por primera vez, el propio retroceso hace que se me caiga de la mano derecha y la bala impacte en un olivo cercano. Vuelvo a gritar, me agacho y agarro de nuevo la 22mm, esta vez con las dos manos y con una fuerza que soportaría el embista de un bazoka. Apunto de nuevo, esta vez en el centro de mi diana mental está su cabeza. Una gota de sudor frío resbala por mi mejilla. Tomo aire y me preparo para el impacto; ¡Pum!¡Pum!¡Pum!

Tres tiros, sólo tres tiros; el primero de ellos ha impactado en el retrovisor izquierdo, el segundo se me ha ido un poco alto, pero el tercero… ha sido preciso. Prácticamente he podido seguir el recorrido de la bala desde el detonador hasta su cabeza; certero y limpio, no se puede pedir más. Sin embargo, el Audi sigue acelerando como un galgo tras una liebre, engrana cuarta y desaparece al final de la recta entre un mar de olivos.



¡No puede ser! El cristal ni siquiera se ha desquebrajado. Parece que Murphy está haciendo de las suyas… ¡maldigo mi suerte, maldigo mis desdichas y maldigo el momento en que decidí salir de mi habitación! Esta gente sabe lo que hace, no son unos principiantes, y eso se nota. Pero eso no hará que me rinda, estoy seguro de que ella aún esta viva, sólo necesito saber donde está, y estoy seguro de que Cintia me ayudará…

Un escalofría recorre mi cuerpo, y hace que mis huesos pesen toneladas:

- ¡Cintia, Cintia! – salgo corriendo en su búsqueda - ¿Estás ahí? – un ruido detrás del M3 Evo II me hace ver que está justo allí.

Camino hacia el precioso coupé rojo, cuya puerta derecha está abierta:

- ¡Cintia! No te imaginas lo que… - no es Cintia quien está hurgando en la guantera del deportivo…. - ¿Y tú quién coño eres, eh? Te han cambiado por una tía, ¿Verdad?

La rabia me ciega. Antes de que se percate de mi presencia le asesto una patada en los riñones que bien podría partirle la columna. Los señores encorbatados no son tan elegantes cuando se retuercen en el suelo mientras sangra como un cerdo por la boca:

- ¡Hijo de puta! ¿Dónde está ella? ¿Le habéis hecho algo a Cintia?
- Drepstieki elieri… - habla en un idioma desconocido para mí.

Se queda hecho un guiñapo inútil mientras sangra más y más y se ahoga con sus propios fluidos.

- ¡Qué dónde está! ¿Y qué es esa mierda? – sostiene en sus manos una libreta rosa que ha cogido de la guantera - ¿Os habéis llevado a la rubia también?
- Dropstock urkiest… back – no aguanta más, es imposible respirar mientras tus pulmones estás encharcados. Hace un gesto con su mano, pidiendo clemencia.

¿Clemencia? ¿Acaso la tuvieron ellos cuando Silvia lloraba? ¿Acaso paró de morder su oreja cuando ella gritaba de dolor? ¿Acaso debería yo tener clemencia de alguien que si pudiera me habría matado? Echo la mano a mi bolsillo trasero, busco el arma y le digo “vas a dejar de sufrir, algún día me lo agradecerás”.

Le apunto directo a la cabeza, veo el miedo en su mirada, lo siento. Por unos segundos guiño mi ojo izquierdo y su rostro desaparece tras el cañón de la pistola… ¡Dios! Esa imagen no desaparece de mi cabeza, veo una y otra vez ese coche de color negro con los cristales empañados desapareciendo tras los olivos,, él debe sufrir. Retiro el arma mientras observo como el sudor empapa su cabeza rapada, miro hacia atrás un momento y asesto tres patadas seguidas sobre su cabeza. Aún vive, y en sus ojos no veo una segunda oportunidad, sólo me piden que lo mate pronto.

Con el primer golpe le he hundido la nariz mientras que sus gritos inundaban todo el taller, con el segundo le he destrozado la frente y continuaba chillando mientras un pedazo de cráneo le atravesaba la piel. Con el tercero he acabado con su mandíbula. Todas las piezas de su boca se han perdido por su garganta, ya no grita, sólo jadea con una respiración nerviosa y profunda. Ha llegado el momento, creo que ya ha sufrido bastante. Le apunto y sin mayor dilación… “Pablo, ¡No!” “¡Pum!”, noto su mano temblorosa agarrando el brazo en el que soporto el arma.

Despierto de mi estado de enajenación mental, mi respiración está muy fatigada, como nunca antes lo había estado. Miro a mi alrededor, todo está lleno de sangre: mis zapatillas, mis pantalones, mis manos, la tapicería del BMW, el suelo… ¡Todo!

La escucho llorando con su pulso a mil por hora (el mío también lo está) y con su aún cortando la circulación de mi brazo. Giro la vista y contemplo su rostro, empapado en lágrimas y salpicado de gotas de sangre. “¿Qué has hecho?” me pregunta horrorizada mientras yo aún trato de digerir por qué hace diez minutos estaba tan feliz buscando una parrilla de faros y ahora soy un asesino, he perdido a la única persona que he amado y tengo horrorizada a la única mujer en 200 km a la redonda que es capaz de estar más de tres minutos seguidos sin pasar su mirada en una pantalla de ordenador.

Tras unos minutos en absoluto silencio, viendo como de la cabeza del sujeto brota sangre sin control alguno como si de una especie de macabro manantial se tratara, ella, entre sollozos, se atreve a hablar:

- Creo que deberíamos deshace… - traga saliva – deshacernos de él…
- Desde luego, a este perro no voy a darle un funeral digno – la voz me tiembla, jamás había estado tan incómodo hablando con alguien, puedo oler su miedo -, pero sí, hay que hacerlo desaparecer del mapa, y nosotros con él.
- ¿A qué te refieres? – da unos pasos hacia atrás – No me hagas nada, por favor.

La miro unos segundos, su mirada no vacila, lo dice completamente en serio. ¿De verdad piensa que voy a hacerle daño? Siendo justos, yo pensaría lo mismo…:

-¡¿Qué?! No voy a hacerte nada, tonta. Me refiero a que me he cargado a uno de los suyos, seguramente querrán vengarse…
- ¿Seguro que te referías a eso? – mira al cadáver que se enfría - ¿Y dónde propones que nos metamos? Mi padre puede volver en cualquier momento… ¿Qué pretendes hacer para que nos volvamos a ver?
- Cintia, ya encontraremos alguna forma de contactar con él, no te preocupes…
- Pero… ¡Joder! – deja de llorar, se ve alterada – si ya no van a volver, tienen lo que querían, podemos estar tranquilos, debemos quedarnos aquí.
- Insinúas que…
- Pablo, ir a por ella sería un suicidio, además, seguro que ya está muerta – el estómago se me cierra, siento un dolor muy grande en el pecho al oír eso -. Lo mejor es que te olvides, cuando antes lo hagas antes podremos seguir con nuestras vidas. Ellos ya tienen lo que querían. No voy a jugarme el pescuezo por alguien que casi con total seguridad está ya en el otro barrio, lo siento.
-Con tu ayuda o sin ella lo voy a hacer. Además, en lo segundo te equivocas, aún no tienen todo lo que querían… miro al suelo, en mitad del charco de sangre está la libreta rosa, absorbiendo fluidos del fulano como si de papel de cocina se tratara.
- ¿Y eso qué demonios es?
- No lo sé – me acerco, la recojo con cuidado de no mancharme de sangre (un poco estúpido, estoy empapado) y la pongo en el techo del BMW -, pero lo averiguaremos después.



Caminamos despacio, él pesa como un muerto (nada como un poco de humor negro después de un asesinato). Y entre ramas, piedras e insectos que te pican es un tanto complicado trasladar los no menos de cien kilos del mostrenco. “No puedo más”, dice Cintia mientras se seca el sudor. “Sólo nos quedan 300 metros, estamos al lado…” le respondo mientras tiro el cuerpo al suelo. Optamos por arrastralo en vez de llevarlo en “volandas”. Su cabeza va chocando contra el suelo, las rocas y los charcos que nos encontramos a través del sendero, a pesar de estar ya “seco”, sigue dejando un reguero irregular de sangre a su paso.

Llegamos al borde de un pequeño acantilado, al fondo un río con un poco agua, pero será más que suficiente para arrastrarlo hasta que no puedan relacionarlo con nosotros. El Sol se está poniendo y su fino cabello rubio sigue salpicado de sangre, yo por mi parte parezco un extra directamente salido de “La matanza de Texas”. Su piel clara ya no brilla como lo ha hecho hasta ahora, y en sus ojos azules ya no se lee esa pureza que hasta ahora inspiraban. Yo, por mi parte, no puedo observarme a mí mismo, pero desde luego, tengo bien claro como me siento por dentro… y he de decir que de aquel niño que salió de su casa con la ilusión de conducir un rato nada queda. Ahora de él sólo hay unas manos con olor a plomo, la certeza de que no volverá a sentir la paz casi maternal que ella me transmitía y la convicción de que esa que a su derecha habita jamás volverá a confiar en él:

- ¿Quieres decir unas palabras antes de…?
- No, ¿Y tú?
. Creo que tampoco… - dice sin pensarlo demasiado.

Miro su rostro desfigurado, en el que apenas se reconocen los globos oculares y las muelas del juicio. Apoyo mi pie sobre su tripa y trato de empujarlo sin obtener resultado alguno. Vuelvo a intentarlo, pero nada. Entonces, noto como su mano se posa sobre mi hombro y comienza a empujar el cuerpo con su pie. Entre los dos conseguimos que se de media vuelta y comience a rodar ladera abajo. Mientras esto ocurre, no siento pena, no de alguien que se dedica a coaccionar la libertad de los demás a favor de su interés propio que, a día de hoy desconozco. Pero no puedo negar que por mi mente se pasen determinadas preguntas como si tenía hijos y familia, si realmente es una buena persona que “solo” está haciendo su trabajo…

En fin, que esto es como uno de esos documentales de la selva: es la ley del más fuerte, o pisas o te pisan. Evidentemente, no podemos hablar de victoria teniendo en cuenta que Silvia ya no está, sin embargo se puede decir que hemos ganado tiempo, tiempo para seguir corrompiéndome por dentro, para seguir decreciendo como persona y para valorar la vida como algo que perderé más pronto que tarde.

Lo vemos impactar contra el agua mientras pierde su chaqueta oscura y uno de sus zapatos de cuero. La corriente no tarda demasiado en comenzar a moverlo y su propio peso hace que en no mucho tiempo quede parcialmente sumergido. Nos quedamos observándolo hasta que desaparece tras un meandro, luego, sin mediar palabra, comienzo la marcha y ella me sigue.

Es en el camino de vuelta cuando comienzo a ser consciente de lo que acabo de hacer: he matado a una persona. Según he leído, la verdadera tortura para un asesino no es el asesinato en sí, sino las semanas, meses, años e incluso décadas que lo proceden. Seguramente este momento vendrá a mi cabeza día tras día, en los mejor momentos, descansando, cuando quiera comer, reír o vivir, cuando alguien me pida ayuda, cuando yo la pida… en fin, me atormentará mientras viva.

Daría mi vida por volver media hora atrás en el tiempo. Entonces sería yo quien la cogería, la llevaría tan lejos como pudiera y volvería yo sólo, seríamos ellos contra mí, un mano a mano de los de verdad. Pero por desgracia eso no pasará, ella está viajando a 200 kilómetros por hora hacia muy lejos de aquí.

Cintia camina delante, por un segundo olvido lo que pasa a mi alrededor y me centro en su cuerpo. Lleva una camisa a cuadro azul y blanca que poco hace intuir de su figura, sin embargo, lo combina con unos vaqueros ajustado que no dejan demasiado a la imaginación y que dibujan unas piernas fuertes y tonificadas. El movimiento de sus caderas me hace mirar donde no debo por unos segundos… hay algo en su bolsillo que me desconcierta:

- Cintia, ¿Qué llevas ahí?
- ¿A qué te refieres? Yo no llevo nada… ¡Y a ver donde miramos!
- No te hagas la tonta – la agarro del brazo y le doy media vuelta -. Ahí llevas algo…- se lleva las manos a atrás.

La vuelvo a agarrar de los brazos para poder acceder al bolsillo. La situación es un poco extraña, mitad tensa mitad sexual, algo difícil de explicar… Introduzco mi mano en su pantalón, y aunque me gustaría dejarla ahí hasta que terminara el día, me centro en lo que estoy buscando. Agarro el llavero y vuelvo a sacar mi mano. La pongo frente a sus ojos y me quedo mirándola fíjamente:

- Sí, muy bien… las llaves del Serie 1… ¿Qué me quieres decir con eso? – sonríe.
- Las necesitaba para perseguirlos, la había dejado puestas y tú las has quitado – sigo sin quitarle la vista de encima, creo que puedo ver por sus gestos si dice la verdad o miente…
- Simplemente cambié el coche de sitio, necesitaba sacar el Calibra del taller para probar el sistema de tracción, que me parece a mí que más que 4X4 a estas alturas se ha quedado en 1X1…
- ¿Y por qué quitaste la llave?
- Esto… Pablo, te recuerdo que yo vivo en una comunidad con más gente, y también hay algún amigo de lo ajeno, es la costumbre…
- Pues me hubieran venido muy bien para poder arrancarlo y seguirles… -digo con tono de lamento.
-Lo siento Pablo, de verdad que lo siento. Nunca habría imaginado que pasaría algo así – su mirada es limpia y sincera. Además, nadie sabía que pasaría esto…
- Tranquila, perdóname. La culpa ha sido mía por no percatarme antes de su presencia. Además, si los hubiera seguido quizá ahora estaríamos todos empotrados contra un árbol – la alejo cogiéndola de la cintura y me apoyo en su hombro, en señal de paz.

El camino hasta el taller parece un poco más corto. Sabiendo que la tengo de mi lado será bastante más sencillo, aunque eso no quita que no tengo ni puta idea de por donde empezar, pero como reza la frase que hay sobre el primer puente de la salid de Jaén hacia Madrid, “Nadie dijo que fuera fácil”. Intentaré consolarme con eso mientras busco algo por dónde empezar:

- ¿Tienes ni la más mínima idea de qué vas a hacer?
- De momento, limpiar esto – digo mientras empapo una fregona mugrienta en el charco de sangre.
- ¡Y después?
- Darle una pasadita al coche…
- En fin Pablo, cuando quieras colaborar, me avisas.
- Cintia cariño, que no tengo nada, tengo que investigar primero.
- Ok, cuando necesites algo ya sabes donde me tienes… ¿Sabes dónde hay otro fregón? – dice mientras se apoya en el coche.
- No sé, quizá haya alguno dentro, pero no te preocupes que esto lo termino yo. Pero… una cosa, ¿Sabes si hay spray para tapicerías?
- Quizá haya algo en el almacén… voy a echar un vistazo.
- Muy bien, gracias – mi pie se queda pegado con la sangre medio seca.

3 minutos más hacen falta para eliminar parte de las pruebas. Supongo que volverá en cualquier ya sea a por su compañero (que en Paz no descanse) o a por esa cocita que hay en el techo. Estoy deseando acabar para poder abrirla:

- ¡Pablo! No encuentro nada…
- Espera, ya voy a buscarlo – le digo mientras acabo con unas gotas del suelo.

Me levanto y por el camino me cruzo con ella, que me hace un gesto con las manos indicándome que no ha visto nada. Le guiño el ojo y acelero el paso… comienzo a buscar junto a las herramientas raras (véase llaves antirrobo, máquinas de diagnosis…). Entre un par de trapos roídos por los ratones me encuentro todo tipo de productos, desde Amoníaco a líquido para detallado, y por supuesto, spray par tapicerías. Lo cojo (fecha de caducidad de Mayo de 2036) y me voy con la media sonrisa para el taller. Al llegar, me encuentro a una impaciente Cintia, con los ojos abiertos como platos y la libreta en la primera página:

- Creo que deberías ver esto….
- Déjame echar un vistazo – ya puedo ver la página - ¿Y esto?
- No sé, quizá tú puedas explicármelo…
- Madre mía, esto es digno de una novela de Stephen King…


Capítulo 9



Al escueto cuaderno apenas le quedan 20 páginas, están todas arrancadas... pero es más que suficiente para que el concepto que de Silvia tenía cambie radicalmente: es muy grande.
Todas las hojas de color azul, amarillo y verde han desaparecido por completo, sólo quedan los pequeños restos que se permanecen entre las anillas y que difícilmente puedes quitar; sea quien sea quien se las ha llevado tenía bastante prisa. Comienzo a leer las únicas páginas en rosa que han dejado, no sé si porque no les interesaba o por falta de tiempo:

Fase 4: Deep Web


Todo tiene un comienzo y un fin. Muchas han sido las pistas que me han conducido hasta aquí. No estaba loca; todas esas conjeturas que había sacado hoy han cobrado sentido. Llevo años aquí encerrada, el Sol apenas se intuye a través de las persianas pero hoy ha pasado algo que lo ha cambiado todo, mañana saldré a la calle. No sé muy bien que hay ahí afuera, pero sé que nada de lo que nos cuentan es verdad, ni los niveles mortales de contaminación, ni las aguas enrarecidas ni la comida mutada. Llevamos años alimentándonos de barritas y comida empaquetada, no he conocido otra vida, pero hoy puede ser el comienzo de una nueva vida, quizá todo esto que estoy escribiendo nunca lo leerá nadie y quizá es el sueño lo que me hace ver esto de una forma más positiva... lo mismo estoy firmando mi sentencia de muerte. En cualquier caso, cualquier cosa es mejor que pasar un día más aquí enclaustrada. Es tarde, pase lo que pase, en unas horas seguiré los pasos que OjosGrises50 me ha recomendado. Hoy estoy demasiado cansada para continuar con esto, ha sido un día largo pero por fin me encuentro con fuerzas suficientes para salir al exterior...

...

Bueno, ahora que he vuelto (viva) de esta primera ruta por la Sierra Sur de Jaén y sobre todo, ahora que soy consciente de la oscura realidad que nos intentan ocultar los medios, me veo en la obligación moral de no volver a quedarme en mi habitación más de lo necesario. Es más, no volveré a pasar aquí más de 24 horas seguidas, los 6 kilos que he ganado desde que mi padre dejo "de funcionar" atestiguan que este sitio no me trae nada bueno y el aire limpio que hoy he respirado no da señas de contaminación alguna, mucho menos de niveles mortales.
Mis investigaciones en este submundo, ajeno al internet capado en el que nos dan "libertad", han ido más allá de lo que se puede encontrar uno a simple vista. Tras tres días esquivando todo tipo de barbaridades, desde el porno más tétrico y asqueroso hasta asesinatos y conspiraciones varias, di con un buen sitio en el que encontré algo de interés. Se trataba de una página del tipo .onion francesa, pero en la que había gente de medio mundo. Y allí, en mitad de TheDarkSmile me encontré con él o ella, su nick me llamó la atención por no estar en inglés, ruso o alemán (el 80 por ciento del foro pertenece a estas tres lenguas) y eso fue lo que me animó a intercambiar varios mensajes con, llamémoslo... él.

Era un tipo extraño, al principio me negué a creer que semejante cantidad de sandeces fueran ciertas... ¿Qué era eso de que nos habían vendido? ¿Qué razón tendrían para encerrarnos en casa sin más? ¿Qué había ahí fuera que nos querían ocultar? Sinceramente, lo cinco o seis primeros mensajes ni siquiera los leí al completo, en todos me animaba a salir a la calle y a que comprobara por mí misma que era verdad y que allí afuera se estaba más seguro que en mi propia casa. Yo pensaba que simplemente era otro de tantos montapelículas que se había cansado de lo que Internet podía ofrecerle en cuanto a morbo, sexo y demás mierda y había venido a la Deep Web buscando lo mismo que la mayoría... yo simplemente era su pasatiempo entre paja y paja, sólo quería engañarme y firmar mi sentencia de muerte.

...

Pero me equivoqué, este amigo cibernético terminó por convencerme, me enseñó a buscar en aquella extraña red para poder evitar en la medida de lo posible sorpresas desagradables; pude acceder a documentación reservada sólo a los de arriba, conocí gente y conseguí saber qué había más allá de nuestras fronteras... jamás me dijo su nombre, de dónde era o si sus pies habían visto "mundo", de hecho, demostró ser algo más que un simple chivato, me ha dado las herramientas y me ha permitido comprobar todo lo que él ya me dijo y yo me negué a creer, he podido incluso indagar más allá de lo que él lo había hecho...

Y bien, ¿Ahora qué? Como ya he dejado claro en las casi 100 páginas de este cuaderno, no soy más que alguien normal intentando hacer algo que se escapa de su control. Así que no estoy muy segura de lo que hasta el momento he descubierto, pero he aportado pruebas que dan algo de credibilidad a todo esto que con un poco de mala suerte, nadie leerá nunca. Con lo que tengo de momento se puede llegar a una conclusión que no está muy desencaminada, creo que puedo explicar el veto en los medios de comunicación y los gritos que se oyen por la noche, puedo explicar por qué no comemos comida de verdad y por qué nos cuentan la patraña de la contaminación, así que, ahí va:

Como prueban las primeras 10 páginas de este documento (color amarillo), todo está controlado desde fuera como bien me explicó OjosGrises50. Nos mantienen en nuestras jaulas siguiendo el ejemplo de los Nazis durante La Solución Final: tenernos a pan y agua en una cárcel haría que antes o después nos revelásemos y saldríamos a la calle. Sin embargo, como cuando metían a los judíos en la cámara de gas, ellos tratan de debilitarnos psicológicamente, nos meten el miedo en el cuerpo por casi cualquier cosa que haya al otro lado de la puerta de casa, convivimos con el olor a sudor de nuestro cuerpo que apenas cuidamos, no ventilamos nunca y creamos caldos de cultivo de microorganismos de todo tipo.
De todas formas, por si alguien tiene ganas de darse un paseo, ahí están ellos con sus coches negros, hoy sin ir más lejos he visto el primero de ellos y casi me meo encima... imponen, y mucho. Esa parte del control le toca al gobierno ruso, conductores y "liquidadores" son de allí, también se encargan del control demográfico y de eliminar a cualquiera que meta sus narices en sus asuntos (yo estoy ya dentro de ese grupo, pero de momento consigo pasar desapercibida). Por su parte, el tema de suministro de electricidad le toca a los países asiáticos, la producen para nosotros y también la exportan fuera del país... ¿Para qué tantos esfuerzos si podrían dejarnos crecer como el resto del planeta? Muy sencillo, como reza el proyecto 112.3 de la Organización de Control de Plagas Internacional, somos literalmente el mayor experimento de la historia, la Península Ibérica se ha convertido en un gran laboratorio. ¿Era necesario? Definitivamente sí.

El ser humano es, a día de hoy, la mayor plaga del mundo. Somos destructivos, avariciosos y de naturaleza parasitaria. Allá donde vamos acabamos con todo, construimos nuestras enormes colmenas arrasando bosques, mares y todo cuanta haga falta para estar aún más cómodos. En 200 años hemos multiplicado por siete nuestra población: se acaba la comida. Nosotros somos un experimento a largo plazo, y los resultados como tal, también lo son. Nací ya dentro de este sistema, así que no puedo hablar de como se vivía antes, sin embargo si puedo presagiar el resultado de este experimento: éxito rotundo. Fui de las últimas personas que nació en esta ciudad, el número de nacimientos por año se ha reducido a 0 y la gente muere cada vez más joven gracias al colesterol y la falta de actividad física. Y lo peor de todo es que no nos quejamos, de hecho, colaboramos pasivamente para que esto se exporte al resto de países, en tres o cuatro generaciones las calles de medio mundo estarán vacías y la comida dejará de ser un problema. ¿Por qué España? Bueno, eso también tiene su explicación...


- Pablo, ¡Pablo! Deja eso, están volviendo.
- ¡¿Que qué?! - pregunto alarmado.
- Oigo el ruido de un V8 tras aquel cerro - señala a la montaña sobre la que el Sol se pone -, son ellos, no me voy a quedar aquí esperando a que vengan.

La pistola me arde en la tripa, pero esta vez no voy a dejar que mi orgullo la ponga en peligro, he perdido la mitad de mí en apenas diez minutos, no voy a dejar que el único contacto humano que tengo termine en un charco de sangre... mi vida vale bien poco ahora, no me importaría morir, pero no puedo jugar con la de los demás.

- Monta en el coche, ¡Corre! - le grito sin opción a réplica.
- ¿Conduces o conduzco?
- ¿Te ves capaz? Esa gente sabe ir muy rápido...
- Pablo... antes de que tú salieras de tu habitación yo llevaba 100 mil kilómetros en el Jarama a mis espaldas - sonríe en mitad de una tensión que se podría cortar y mientras que el V8 sigue acercándose más y más.
- Está bien... ¡Vamos!


Desactiva el control de tracción y de estabilidad, "lo hacen más lento" según sus propias palabras. Sale de lado de la nave y con el Cayenne a apenas 100 metros de nosotros. Sólo rezo porque no nos alcance, en las curvas es menos ágil que el BMW pero en la recta es un enorme mastodonte, un elefante que no dudaría en aplastarnos, su frontal nos podrá mandar a la cuneta con sólo ir un par de kilómetros por hora más rápido que nosotros. Cuando aún no ha comenzado a trazar la primera curva el Porsche ya está tras de nosotros a apenas metro y medio, ¡Nos vamos a estampar!
- Dios Cintia, ¡Frena! - grito poniendo la mano en el salpicadero para absorber el impacto contra el muro de un puente que salva el arroyo.
-Aún no...

Reduce de marcha 40 metros después de lo que yo lo habría hecho y clava frenos mientras el motor sube a las 7 mil revoluciones por minuto. Sólo el cinturón de tres puntos me salva de no salir despedido por el parabrisas, veo por el espejo retrovisor cómo las ruedas traseras van completamente bloqueadas. Entrar a 180 kilómetros por hora en un curva limitada a 50 con una bestia de más de 300 caballos sin ABS es algo sólo reservado a alguien con unas manos de otro mundo, así de simple. Nuestros perseguidores, evidentemente, no han pasado la curva ni a una tercera parte de lo que ella lo ha hecho, esa enorme ballena no tiene nada que hacer; sin embargo, volar con troncos centenarios a ambos lados de la carretera no es para nada seguro, ya tengo en mi mente la imagen del M hecho un acordeón bajo un olivo.

Un par de curvas más y ya no hay rastro de ellos al echar la vista atrás. Ahora centro mi mirada en lo que hay delante, si antes no les caíamos bien ahora irán a por nosotros sin ningún tipo de piedad; así que, no sería raro encontrarse un bloqueo o con la mismísima fuerza armada rusa en mitad de la carretera si lo vieran necesario...

Volvemos a estar solos, el 6 cilindros con sonido metálico es lo único que se vuelve a escuchar entre las fachadas de Jaén, el spoiler delantero sesga a su paso cualquier hierbajo que levante más de 7 u 8 centímetros del suelo. Las heridas en el asfalto se sienten al golpear la dura suspensión y los tubos de escapes petardean dando a entender que el aceite está a esos 120 grados a los que tan bien funciona. El trato que este coche está recibiendo no es precisamente el más adecuado, no deberíamos darle "zapatilla" en frío ni deberíamos llevarlo a todo trapo por carreteras diseñadas para tractores, pero gracias a él hemos salvado el culo en un par de ocasiones; ahora quedan un poco lejos esos días en los que el GTI subía ahogado el puerto de Los Villares.

- Deja el motor arrancado un par de minutos - le digo a Cintia una vez ha aparcado el coche en el garaje -, es bueno para los turbos, alargaremos mucho su vida así.

Ella muestra una tímida sonrisa y me hace caso. Abro la puerta y salgo, observo durante un instante el Sirocco abandonado en la plaza de enfrente y miro con cierta añoranza el hueco donde normalmente aparcaba Silvia su M3 y donde mi padre dejó el Golf la última vez que pisó este sitio. Me miro las manos con la poca luz que entra por la puerta... ¡Mierda!

- ¿Qué pasa Pablo? He dejado el motor arrancado como me has dicho...
- La libreta tía... la puta libreta.
- ¿Qué? ¿Qué pasa con ella?
- Buff... - vuelvo a mirarme las manos, las tengo manchadas con el polvo rosa que dejaban las hojas sobre las que ella escribió - nos la hemos dejado allí... hay que volver a por ella.
- ¡¿Qué?! ¡Ni loca! Aquello es un comedero de buitres, no deberíamos de volver allí nunca... ya encontraré la forma de hablar con mi padre - que ella diga eso demuestra que está asustada, muy asustada.
- No sólo debemos volver a por él, también tenemos que ir a por todo lo demás... aquí no tenemos nada, ¡Nada!
- Yo no voy a volver allí, de hecho, esta será la última noche que pase aquí - dice mientras sus ojos azules comienzan a brillar más de lo debido.
- Pero - la voz me tiempla -, los coches...
- ¡Que le den por culo a los coches Pablo! ¿No te das cuenta de la situación en la que estamos por culpa de ellos? - rompe a llorar - Te acabas de cargar a un tío, Silvia ha desaparecido, nos tienen completamente identificados por culpa de vuestras batallitas y de estar todo el día yendo a toda ostia arriba y abajo. ¡¿De verdad sigues pensando en ellos?!
- Escúchame un momento, por favor Cintia. Mira, yo soy el primero que no quiere quedarse aquí, y mucho menos volver al taller. Mañana mismo nos iremos y desapareceremos por un tiempo del mapa. Sin embargo, necesito unas horas para poder seguir buscándola. No estoy orgulloso de haber matado a nadie, cargaré con ello el resto de mis días, pero eso no es razón para abandonar a Silvia, no me rendiré tan pronto.

Se queda callada durante unos segundos, me mira y se va para casa mientras murmura algo como: "Silvia, Silvia, Silvia...". Me acerco al BMW y me quedo ahí, mirando el marco y el cuentarrevoluciones con las luces naranjas. Acaricio con cautela el acelerador, apenas sube de las 2000. Aún escucho sus pasos cabreados subiendo a casa, así que cierro los ojos y comienzo a acelerar hasta que el sonido puro es lo único que penetra mis tímpanos. El ronroneo del tubo de escape combinado con las subidas hasta las 6 mil hacen que se borre de mi mente ese tiro en la cabeza, el Audi surcando la carretera con ella dentro y esa frase de "Que le den por culo a los coches". La distribución por cadena le da un aura metálico que me desinhibe, me hace mantenerme al corte de las 7 mil durante más tiempo de la cuenta. Cuando por fin decido parar y darle a mis oídos el descanso que no me piden, observo de nuevo mis manos... han cambiado de color. Ahora son azules, amarillas o verdes, ¡No sé! Me estoy volviendo loco, sacudo para quitarme todo de encima y apago el motor sin respetar los tiempos de los turbos.

Voy al portal, subo las escaleras mientras en mi cabeza retumba el estallido de un disparo que me acompañará siempre. Al entrar en la habitación, ella está ya en mi cama tratando (aparentemente) de dormir. Yo, con la ropa aún ensangrentada y con un olor corporal bastante desagradable, decido coger un pijama (me queda enorme, tengo que renovar el armario) e ir a la ducha. Paso por la habitación de mis padres, ahí siguen, muertos en vida frente a un televisor, obviando que su hijo lleva horas fuera de casa, que se ha enfrentado a uno de las mayores vergüenzas de la historia viva de la humanidad y que se ha convertido en un asesino. Al salir del baño miro con recelo la puerta de casa, trago saliva y me enfrento al último dolor del día: quiero conocerla mejor.

Asciendo otro piso más, ese al que hasta ahora nunca me he atrevido a llegar. En el rellano hay dos puertas; bajo la primera de ellas observo un halo de luz que seguramente venga de la televisión, ordenador o teléfono móvil de alguno de los muchos vecinos que están con los cinco sentidos al servicio de las nuevas tecnologías. Esa no me importa demasiado, sin embargo, la que hay justo enfrente me produce un escalofrío. Esperaba tener que llamar al timbre o al menos ver algún resquicio de vida al otro lado de ésta. Pero me encuentro con una puerta abierta de par en par, sin pestillo y sin señal alguna de haberlo tenido en mucho tiempo. No parece forzada pero aún así prefiero perder un minuto y bajar a por mi nueva novia formal: la pistola.

Agarro con tiento el pomo y la empujo sin ver apenas nada al otro lado. Por suerte, además de pasión por los coches, Silvia y yo tenemos pisos gemelos, y como tal, ando como Pedro por su casa. Una casa que está vacía. Camino en total penumbra, lo primero que me sorprende es que no parece que viviera acompañada, no hay ninguna señal de tener un padre o una madre que la esperaran al volver de sus andanzas a bordo de algún cacharro. También compartimos habitación, la escuchaba moviéndose de aquí para allá cuando aún no nos conocíamos, así que tras encontrar el interruptor e iluminar un lugar completamente solitario, me decido a franquear el marco de la puerta de su cuarto.

Desolador. Esperaba ver paredes repletas de pósters, estanterías con maquetas de coches y un montón de libros relacionados con el mundo del motor. Pero nada más lejos de la realidad, al parecer una mujer como Silvia, completamente repleta de ideas, conocimientos e historias que contar, esconde un cuarto vacío en el que apenas hay una cama y un lápiz de ojos (que nunca ha usado, al menos en mi presencia). Decepcionado, dolido o confundido (o un poco de cada una), vuelvo a mi habitación con la certeza de que nada es lo que parece y de que ella no podía vivir allí, al menos no de esa manera. "¿De dónde vienes?" me pregunta Cintia en voz baja y dulce. "Del mismísimo infierno" le respondo sin demasiadas ganas de comenzar otra discusión. Me doy media vuelta y apoyo mi espalda a la suya. Cierro los ojos e intento dormir:

- Pablo - vuelve a llamarme, tan bajo que casi ni la oigo.
- ¿Qué?
- ¿Crees que volveré a ver a mi padre?
- No te voy a engañar, no lo sé...


Capítulo 10

21 de Octubre

El Otoño comienza a dar los primeros coletazos en la zona Norte de la capital. Miro hacia el antiguamente conocido como el Polígono de Los Olivares (nombre original donde los haya) y apenas puedo distinguir las naves más cercanas a la ciudad por la densa niebla que lo inunda todo. Hoy el día invita a quedarse en casa, y más sabiendo que será el último día que esté en mi cuarto. Pongo el ordenador portátil que llevo años sin usar en carga y comienzo a buscar un poco más de información acerca de esa parte oculta de Internet. Con la opresión que sufrimos se me hace muy difícil encontrar algo, así que decido irme al salón (donde la persiana sigue bajada a tope) para no despertar a Cintia. Por suerte sé en qué sitios buscar y a quién preguntar, han sido muchas horas perdidas frente a la pantalla pero alguna cosa buena he sacado de todo ello... no todo iban a ser lorzas y colesterol. En apenas un cuarto de hora consigo saber qué programa se utiliza para ello y me pongo a descargarlo. Espero que con un módem y un poco de cobertura pueda conectarme a Internet allá donde vayamos, pero por si las cosas se ponen difícil quiero llevar unas cuantas cosas instaladas en esta patata.

Vuelvo a entrar en mi habitación, su larga figura sigue tendida sobre la cama dejando entrever el sujetador por el hueco de las sisas de la camiseta. Por la ventana entra un poco de luz, la suficiente para rebuscar en el cajón del armario unos pantalones cortos viejos y unas deportivas que ni siquiera llegué a estrenar. Voy a la cocina y de la nevera me decanto entre la gran variedad de cosas empaquetadas por una barrita energética de la que prefiero no mirar la etiqueta. Con el organismo engañado, bajo las escaleras, me ato la llave de casa al cordón y camino a un ritmo alegre. Tras un par de minutos con mi propio vaho cegándome el paso y tres pensar un millón de veces en volver a casa, comienzo a correr con un trote cochinero y atravieso el parque del Boulevard (donde la pendiente comienza a ponerse muy empinada). Mi objetivo es llegar a la catedral, el camino me lo sé de memoria y la verdad que con semejante silencio podría intuir el sonido de un coche a kilómetros.

Pero cuando llego a la altura del Banco de España (un coloso de hormigón que lleva lustros abandonado) prefiero evitar la Avenida de la Estación y giro a la izquierda. Comienzo así mi andadura por un calle que va paralela a ésta y que, simbólicamente, es peatonal. Alguna liebre sale asustada de entre los cubos de basura, éstas se confunden con gatos completamente "asalvajados". No hay que temerles, ellos te tienen más miedo de lo que tú les tienes a ellos, sin embargo, los ecos lejanos de unos ladridos me ponen bastante nervioso. El cansancio comienza a hacerse latente cuando noto unos pinchazos en el costado, por lo que sé del cuerpo humano: "Si hay dolor es que estoy quemando". Así que, arrastrando un paso con otro y desgastando las suelas de las zapatillas, llego a la catedral con la lengua fuera y una sensación de soledad que lo invade todo. Ojalá de esa fuente saliera agua o ese bar que hace esquina estuviera abierto... por desgracia lo más que puedo hacer es sentarme a la sombra de la titánica obra de Vandelvira hasta recuperar el aliento. Como salido de una película sobre una hecatombe zombie, aquí no hay resto de vida humana más allá de algún grafiti desgastado sobre las persianas de los comercios o los cristales rotos de la fachada. Todo está aparentemente muerto, es difícil creer que ahí dentro hay alguien, sin embargo, cuando consultas el consumo de electricidad o Internet de este sitio te das cuenta de que aquí el único que está muerto eres tú, que osas a apagar el ordenador para desconectarte de la sociedad.


Tras unos minutos reflexionando sobre qué necesito y cómo lo voy a conseguir, un rugido cercano me devuelven a la realidad. Miro hacia la izquierda: al fondo, desde una calle adoquinada que se pierde en la zona vieja de la ciudad, observo un rottweiler ladrando, rabioso y ahogado en babas. Me levanto muy despacio, tratando de no parecer asustado. Subo un par de peldaños de espaldas, sin perderlo de vista y rezando para que no se mueva. Inspecciono a mi alrededor, todo son escaparates cerrados y portales bloqueados, aquello es como una enorme plaza de toros, pero sin burladero. Así que, comienzo a caminar despacio, intentando que su potente mandíbula y diminuto cerebro no intuyan que soy un buen pedazo de comida y que, en un 80 por ciento, estoy formado por suculenta y blandita carne. Giro la esquina a acelero el ritmo. Él para de ladrar. Respiro tranquilo, se ha marchado y vuelvo a estar a salvo. Bajo por el lateral derecho del templo y trato de recuperar las pulsaciones observando un poco más los detalles que se intuyen tras el enorme muro que lo rodea. Me acerco a una verja de hierro forjado que limita el acceso a una pequeña capilla a la que hace mucho que nadie entra a rezar. Mientras trato de leer qué pone en un placa que hay sobre la puerta, noto a mi alrededor un silencio que no me gusta nada...

Al grito de "¡Me cago en la puta!" me engancho desesperadamente al enrejado y trato de despegarme del suelo mientras que el enorme sabueso roza con su cabeza la esquina y viene hacia mí a toda velocidad. Con el tiempo justo para que no me arranque un pie consigo dejar mis cachetes en la zona más alta: a un lado tengo a una criatura que sin saber muy bien por qué tiene un odio irracional hacia mí, al otro, tengo la misma caída de dos metros y un desmedido monumento al desmesurado amor hacia Dios que, a día de hoy, hasta él ha abandonado.
Viendo que mi cuadrúpedo compañero no tiene intención alguna de marcharse, decido hacer una visita cultural y así, de paso, intentar engañar a su olfato para que se vaya a buscar comida a otro sitio. A este lado del muro el aire no corre y la cantidad de hojas podridas supera el medio metro. Nadie protege semejante maravilla de las inclemencias del tiempo y eso lo noto a cada paso que doy, las hojas de la capa más baja comienzan a fundirse con el agua de lluvia formando una especie de compota de olor nauseabundo y aspecto similar al fango. Definitivamente, he estrenado las zapatillas por todo lo alto. Empujo la puerta de la capilla por si está abierta, pero no hay suerte:

- ¿Y tú qué? Hijo puta, ¿No te das cuenta que paso de ti? Además, mientras los perros no aprendáis a abrir puertas me preocupas bien poco - la mole de carne con dientes sigue reclamando mi presencia, creo que quiere darme un par de lametazos....

Doy unos pasos hacia atrás salvando como puedo la asquerosa mezcla y miro hacia arriba. A unos 5 metros de altura, sobre la puerta, veo lo que parece una ventana mal cerrada. Por delante tiene una especie de mosquitera de alambre, pero no me preocupa, para mi voluminoso cuerpo eso no es más que papel de fumar. Así que, tras usar la ornamental pared para escalar hasta ella (ayudándome de gárgolas y de cabezas de angelitos "en cueros"), apoyo mi espalda en esa cosa y cede sin demasiadas complicaciones. Caigo sobre un colchón con una buena mancha de orín y con un olor acorde con lo que veo. En el suelo, varios litros de cerveza y algún cartón de vino atestiguan que no fue precisamente el capellán de la catedral el último que pasó aquí la noche...

Al salir de la habitación no me encuentro con lo que esperaba (un pasillo que diera a más habitaciones), ante mí se abre la enorme nave central iluminada por una cúpula y por unas cristaleras que te hacen sentirte muy pequeño. ¿Quién puede abandonar algo así? Ni yo mismo lo sé... en cualquier caso, me siento un privilegiado por poder contemplar el Sol de primera hora sembrando de color las paredes de este lugar. No me puedo resistir a contemplar aquello más de cerca: una pequeña pasarela con una barandilla oxidada conduce a la zona de los bancos. Tras bajar las escaleras y fatigar mi cuello hasta la tortícolis de tanto mirar hacia arriba, centro mi mirada en el frente y visualizo el órgano en mitad de un coro de madera para no menos de 100 personas. Decido ir hacia él, hay algo en ese lugar que eclipsa incluso la belleza sobrecargada del altar y todo lo que le precede. Voy directo al teclado, los tubos de color dorado imponen y no me lo ponen fácil pero... ¡Qué coño! Imitando a un gordo y arrítmico Mozart, me pongo manos a la obra y con unos dedos de plastilina me pongo a interpretar la más soez de todas las melodías que jamás hayan sido interpretadas por este instrumento; la he bautizado como "Soledad desacompasada" y estoy muy orgulloso de ella.

Tras un par de minutos más de enajenación mental, un chirrido lejano me hace olvidarme del piano y volver al mundo real. Giro la cabeza y veo, a la derecha del sagrario, una pequeña puerta entreabierta; ni idea de lo que es pero no voy a irme sin averiguarlo. Al fin y al cabo, aquí no hay el más mínimo indicio de vida y los fantasmas no son mi talón de Aquiles.

Tras bajar otras escaleras y llegar al sótano, un par de puertas y un pequeño vestíbulo me hacen dudar: no sé cuál de las direcciones tomar primero. Por suerte o desgracia, la de la derecha está bloqueada, con lo que esta tesitura es solucionada rápidamente. Tras abrir con un poco de cuidado la puerta izquierda, me encuentro con una sala oscura en la que apenas pasa un hilo de luz. Tras adaptar mis retinas a la lobreguez, me percato de que lo que mis ojos están contemplando es, quizá, uno de los últimos resquicios de cultura virgen que quedan por aquí. Sobre una de las estanterías, repleta de grandes obras de la literatura universal, está escrito algo que me lleva a desear llevármelos todos: "El día que los hombres pierdan la conciencia, nosotros protegeremos su cordura". Como una anotación a pie de página, esos libros parecen un atajo en el camino de la vida, esto es una especie de caja fuerte cuyos protegidos nadie sabe tasar. Así pues, sé que están seguros aquí. Bajo el único escritorio de la antecámara hay una pequeña mochila que, aunque roída por los ratones (como algunos volúmenes), me ayudará a llevarme lo que quiero...

Las novelas, los libros de poemas, los cantares de gesta y demás historietas no me son de interés en este momento, pero hay tres estanterías que despiertan mi atención...: "Flora y Fauna de Andalucía", "Orografía de la Sierra Sur de Jaén" o "Agricultura Orgánica" son algunos de ellos. Como no puedo cargar con más de 5 o 6 kilos, procuro recopilar lo justo y necesario. Tras eso, me despido (de momento) de ese espacio conquistado por el polvo y procuro dejar todo tal y como lo encontré, para que pueda resistir otros mil años más, hasta que la ignorancia se vaya de estas tierras. Llevo conmigo valiosos documentos que no me pertenecen y de los que jamás seré su legítimo dueño. Así pues, mapas de principios del siglo XX, guías de medicina, de cocina y alguna cosilla más vendrán con nosotros allá donde vayamos.


Abandono la catedral por el mismo sitio que entré, tras contemplar una vez más el faraónico interior y sus imponentes columnas de mármol; subo las escaleras con cierta reticencias a abandonar el recinto y pienso aquello de "Ojalá Silvia pudiera ver esto". No sé si será por algún gato, por la acción del aire o por una cuerda que se ha roto por no saber tocarlo bien, el caso es que un escalofrío ha recorrido mi espalda al escuchar un par de notas provenientes del órgano, para ser sincero, me ha hecho acelerar el paso. Salto al colchón tratando de no rozarlo ni con la suela de las zapatillas, miro por última vez a atrás y respiro tranquilo al ver que tras la verja ya no está la cosa esa. Tras salvar nuevamente las hojas en estado de descomposición y saltar la valla por el lado más alto, me bajo los pantalones que me rozan la entrepierna y comienzo el camino de vuelta por otra ruta diferente (el plano de la ciudad que he cogido, aunque un poco desactualizado tras la última burbuja inmobiliaria, me es de gran ayuda para moverme por el centro).

Durante diez minutos corro cuesta abajo sin mayor dificultad que el peso extra que llevo en la espalda (algo que me hace sudar y quemar grasas más rápido), pero un poco antes de llegar a una zona llamada "El Pilar del Arrabalejo" (según el mapa), noto que alguien va en mi misma dirección. Al volver la vista me encuentro de nuevo con el rottweiler colérico, del cual ya me había olvidado. Acelero el ritmo hasta un sprint que espero aguantar mucho tiempo (al menos los dos kilómetros que me quedan para llegar a casa); pero aún así el enorme podenco es mucho más rápido que yo y su estilo de vida poco tiene que ver con el mío... en menos de cien metros ya está a mi lado. Y ahí se queda, acompañándome y respetando las distancias, ya no ladra y se limita a mirarme con la lengua fuera, incluso parece simpático. Pero...:

- ¿Qué llevas ahí chico? - no tengo más remedio que parar al ver su morro - ¿Qué es esto? ¿Cómo lo has conseguido?

Al principio, pienso que toda esa sangre será de alguna de las liebres o gatos que pueblan la ciudad; pero al recoger algo que le cuelga del diente mi opinión: tiene un mechón de no menos de 40 centímetros, de color rubio cobrizo y empapado también de babas y líquido espeso y rojizo. Decido dejar de hablarle, no sé de dónde ha sacado eso ni quiero comprobarlo, pero no quiero convertirme en su amigo. Sigue corriendo a mi lado, ajeno al miedo que le tengo y algo confundido por el laberíntico recorrido que le estoy haciendo seguir; a pesar de ello, el maldito continúa con su persecución y es imposible hacer que se pierda. Así que, decido coger la ruta más rápida hasta mi barrio y mientras comienzo a visualizar el parque del Boulevard rezo para que esté colmado y no tenga hambre, al menos no hasta que llegue al portal.

Mientras dejamos a ambos lados todo tipo de maleza, desde sauces hasta olivos, pasando por matorrales y flores, las liebres, ardillas gatos y demás "fauna" cruzan de lado a lado por el pequeño sendero de cemento que aún no ha devorado la naturaleza. Sin embargo este bicho no le presta la más mínima atención, ni siquiera desvía su mirada para seguirlos. Es increíble, hasta ahora sólo se ha despegado de mí tres veces: las dos primeras para marcar territorio en un par de farolas y la última para cagar un buen pastel en un trocito de algo que podría llamar "césped" en mitad de una rotonda. El cabrón está haciendo hueco y eso no me hace gracia, pero en fin, ¿Quién soy yo para juzgar la sabiduría del reino animal?

Con algún tropezón, con un cadencia elevadísima para mi rolliza constitución y con no menos de 600 calorías consumidas, llego a casa y le cierro la puerta en los hocicos (literalmente) a la criaturilla del Señor. Se queda fuera ladrando como un descosido, mostrando sus puntiagudas fauces aún manchadas de sangre. Le dedico un corte de mangas (nuestra relación ha tenido altibajos, pero lo mejor para ambos era parar aquí, antes de que los sentimientos o sus mordiscos acabaran con ella) y subo hacia el segundo con un olor agradable a la par que desconocido para mí. Al entrar noto en mi boca seca y atrofiada una sensación rara: estoy fabricando saliva involuntariamente. Con el sudor en frente y pelo y con un espumarajo brotando de mis labios, entro directamente en la cocina, donde está Cintia:

- Vaya... veo que esto es nuevo para ti - saca un trapo viejo y me quita la baba de la boca -, ¿Habías salivado antes?
- ¿Sali... qué?
- Salivado - sonríe mientras se lleva la mano a la cintura -, es una reacción natural del cuerpo al oler o probar algo que le resulta placentero, tu lengua segrega fluidos en exceso para poder lubricar mejor la comida que te vas a comer. Y eso es buena señal - se acerca a la repisa de la cocina y trae un par de platos con algo parecido a una tortilla - ¿Sabes lo que es?
- No, ¿De dónde lo has sacado?
- Son crepes, esta mañana te he visto salir a correr y he supuesto que vendrías con hambre. Hay un supermercado aquí cerca que aún guardaba alguna cosa en las cámaras frigoríficas.
- ¿Tienen una pinta impresionante? ¿Eso negro es chocolate? ¿Cómo se hacen?
- En teoría, se hacen con harina, azúcar, leche y huevos, aunque evidentemente por aquí no hay huevos ni vacas. Los precursores de las barritas fueron los productos precocinados y congelados, así que no esperes gran cosa... Si vivieras donde nosotros te podría cocinar algo en condiciones, tenemos de todo.
- ¿Sabes cocinar? - le digo mientras corto el primer trocito y me lo llevo a la boca - Y mira lo que he traído, los he encontrado en la biblioteca.
- ¿Libros de cocina y cultivo? Puede que nos sean útiles, controlo bastante del tema pero siempre se puede aprender más.
- ¡Dios, qué bueno está esto! - me acerco y le doy un beso.
- No me lo agradezcas a mí, sólo lo he metido dos minutos en el microondas - sonríe y me mira con ternura.
- Pero hay que tener muy buen ojo para dejarlo el tiempo exacto... - ella se atraganta al reírse mientras bebe agua.
- Sí, aunque te tengo que decir que cada una tiene unas 400 calorías, lo que has hecho no te ha servido de nada.
- Bueno, he hecho turismo y amiguitos del reino animal.
- Pablo - se vuelve a poner seria - ¿Qué vamos a hacer?

Saco el mapa de la provincia y le echo una ojeada rápida...

- Cintia.
- ¿Sí?
- ¿Probaste el Land Rover de tu padre?
- La verdad que no. Todo lo que levante más de 10 centímetros del suelo carece de interés para mí.
- Pues nos la tendremos que jugar. Recoge tus cosas, nos vamos. Pero antes nos pasaremos por el super... ¡hay que coger más crepes!
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#5
Capítulo 11

El Land Rover fue en el pasado a estas tierras lo que el Jeep Wrangler para los americanos durante la Segunda Guerra Mundial. No hay foto del campo, de las cooperativas de aceite o de cualquier carretera comarcal de la época que se precie sin un Land Rover de color marrón claro o verde aceituna con un buen remolque y 8 o 10 personas montadas en él. Sin embargo, este defender no es uno de esos trastos de la época de los 600 y las caravanas en las nacionales que conducían a la costa. Es un modelo más reciente o menos viejo, como lo quieras llamar. Se trata de la versión que vio la luz en el 2013, de cabina corta (para dos personas nos sobra espacio y al haber menos distancia entre ejes, las posibilidades de que empancemos en algún camino se reducen bastante) y con un motor V8 que transfiere al suelo potencia suficiente para que no eche de menos el BMW, que se ha quedado en el desguace esperando a nuestra vuelta. He de reconocer que todo lo que no se pegue al asfalto como un chicle goza de mi más sincera animadversión, sin embargo con este pequeñín de color negro haré una excepción. Escuchar piedras chocando contra la carrocería por todos lados y acelerar al llegar a los cambio de rasante para que se despegue del suelo es adictivo, y mirar por el espejo retrovisor y contemplar la polvareda que levanta tiene su punto, en cierto sentido me recuerda el humo que se produce al derrapar:

- ¿Dónde se supone que vamos? - me pregunta Cintia tras haber gastado la mitad del depósito por caminos de tierra y ser la tercera vez que pasamos por ese sauce llorón.
- Donde tú quieras princesa - sonrío- estoy buscándote un castillito, el que más te guste. Cuando veas uno que entra dentro de tus preferencias, nos pararemos.
- A ver... me gusta el campo pero, ¿No crees que deberíamos buscar algo mejor comunicado?
- Si quieres acabar con una bala entre ceja y ceja allá tú, yo prefiero pasar unos días respirando aire puro, hasta que consigamos localizarla.
- ¿Sí? ¿Localizarla? - pone una mueca un tanto "sarcástica" - ¿Y después qué?
- No te entiendo... pues iré a buscarla.
- Ergo, veo que lo que quieres no es protegernos, sino más bien aplazar un poco más el día de nuestra muerte.
- No vamos a morir, la encontraremos y...
- Y luego ellos - me interrumpe - nos encontrarán a nosotros y acabaremos con una bala entre ceja y ceja.
- ¿Y entonces qué quieres que hagamos? Sé que aquí no estamos seguros, después tendremos que ir a otro sitio, aquí ya no tenemos nada...
- Pablo...
- ¿Qué?
- Quiero irme a casa - rompe a llorar.
- Yo ya no tengo de eso, para mí tampoco es fácil.
- A mí aún me espera alguien - dice mientras se mira las uñas.
- A mí también, en esto me juego algo más que volver a ver a Silvia.
- ¡Frena! - ese grito hace sombra al sonido del V8.
- ¡¿Qué?! ¿Qué pasa?
- ¡Frena joder!

Miro al frente y un perro está tumbado en mitad del camino. Clavo frenos y giro el volante a la derecha tratando de esquivarlo por el hueco que queda entre él y un pino. Apenas lo he salvado y el coche comienza a deslizar la trasera sin control, las ruedas están bloqueadas. Suelto el pedal y el coche recupera tracción, giro a la izquierda para no chocar con el árbol y el coche se atraviesa sin que yo pueda hacer nada para controlarlo. Está completamente cruzado y la inercia hace que siga avanzando, si nada lo remedia caeremos por un terraplén de unos 10 metros. La miro, para ser lo último que vea antes de matarme: "¿Qué coño miras? ¡Frena!" me dice mientras se agarra a la barra del salpicadero. Yo sigo bloqueado, con el volante girado por completo a la izquierda y contemplando con total dejadez cómo nos acercamos (no con demasiada velocidad) a una caída hacia una especie de humilde abismo que termina en una pequeño riachuelo.

El tiempo pasa a cámara lenta, ella continúa gritándome pero soy incapaz de volver a frenar. Cierro los ojos y me preparo para el golpe. Noto el roce de su brazo cerca del mío, no sé si está intentando agarrarme la mano o echármela al cuello por cagarla en el peor momento. Espero a que llegue el impacto, pero los segundo pasan y noto el volante del todoterreno británico girando, soy incapaz de sujetarlo y evitar que siga moviéndose a su libre albedrío. Abro los ojos, la veo sujetando el freno de mano mientras todo su brazo tiembla, lo tiene completamente agarrotado e incluso puedo ver su bíceps y tríceps tirando con todas sus fuerzas de él.

El Land Rover, casi como si estuviéramos en nuestra propia quimera, da media vuela más salvando el barranco y provocando que gire un total de 180 grados, ya avanza marcha atrás y, por suerte siguiendo el recorrido del camino:

- ¿Pero qué cojones hacías? ¿Querías matarnos? Aún nos queda una semana... - me dice en un tono poco apaciguador.
- Nada mujer, somos un equipo ¿No? Pues habrá que actuar como tal - sonrío tratando de disimular lo que realmente ha pasado.
- En serio Pablo, a veces no te entiendo, ¿Eres consciente de que esta gilipollez casi nos cuesta la vida? - resopla- No sé en qué mundo vives, entre esto y la locura que quieres hacer, no sé yo si la idea de mi padre de dejarme bajo tu protección ha sido la más acertada.
- No te engañes, no fue en mí en quien tu padre depositó la confianza...

Ella baja del coche y se acerca al enorme pastor alemán que, frío como el hielo, ni tan siquiera ha hecho el amago de levantarse del suelo. Sigo su ejemplo y también me bajo:

- ¿Qué pasa bonito? Casi nos matas y no has tenido huevos a levantarte... - le silba y le deja la mano para que se la olisqueé y chupe.
- Menudo hijo de puta está hecho...
- No es un hijo de puta, es una hija de puta - una tercera voz entra en la conversación.

Miro a mi izquierda, un anciano con pantalones de trabajo y una rebeca de lana empuña una escopeta de doble cañón. Apunta a Cintia mientras que ambos levantamos las manos:

- No duraré en dispararle, me he cargado a unos cuantos jabalís desde bastante más lejos... ¿Qué cojones hacéis aquí? Y Luna ¡No les muerdas! - la perra responde con un único ladrido.
- Escuche, no estamos haciendo nada malo, sólo queremos buscar un sitio seguro donde dormir. Por favor, somos buenas personas, no nos haga nada - le contesto yo ante el silencio de mi compañera.
- ¿Quiénes sois? Es la cuarta vez que pasáis por aquí esta mañana - sigue sin bajar el arma.
- No somos nadie, venimos de la capital. Estamos huyendo, no es seguro vivir allí, por favor no nos haga nada - se atreve a hablar ella.
- ¿Huís, de quién? - al pobre hombre le tiembla la voz y está aquejado de un notable Parkinson que hace que incluso la boina se le esté escurriendo de la cabeza.
- No lo sabemos muy bien, simplemente un día nos atrevimos a salir a la calle y desde entonces hay un grupo de hombre enchaquetados y con coches negros que no hacen más que perseguirnos, se han llevado a nuestra amiga - cierro los ojos y rezo para que baje de una vez la escopeta, sé que no va a disparar pero ese tembleque no garantiza que no se le escape ningún tiro.
- ¿Tenéis hambre parejita? - noto algo que me toca el hombro. Abro los ojos y veo que es el anciano, que ya con la escopeta bajada me sonríe - Sois muy jóvenes para meteros en esos líos ¿No creéis?

Miro hacia la derecha, ella aún está con los ojos cerrados y con los dientes apretados, esperando un disparo en cualquier momento. Yo sonrío ante su inocencia y le contesto:

- La verdad que ya va siendo hora de comer algo... ¿Le gustan los crepes?
- Tengo algo que os gustará mas - mira a Cintia y se acerca a ella -, y tú guapa, abre ya los ojos que hoy no hay más sorpresas, lo siento.

Montamos a la perra en el diminuto maletero, junto a los ordenadores y la poca ropa que hemos recopilado de mi dormitorio y de alguna tienda de moda a la que entramos hace unos días con Silvia. A mí me tiembla todo aún, así que cedo el volante a Cintia y me siento atrás. Ya que el anciano no está demasiado ágil, será mejor que se siente él delante. Continúa con las indicaciones:

- Ahora sigue durante dos kilómetros este camino, después, al pasar el arroyo debes girar a la derecha, ya te lo indicaré cuando llegue el momento - para de hablar durante más de un minuto, ninguno dice nada, sólo observamos el paisaje (poblado de pinos) - Así que... por allí abajo ¿Todo sigue igual?
- No le entiendo, ¿A qué se refiere? - le pregunto con interés.
- Hace más de 20 años que no salgo de este valle. Aquí estoy a salvo, pero también me hace estar completamente aislado del exterior... Vivía en una pequeña casa a las afueras de Jaén.
- ¿Y... por qué la dejo?
- Es una larga historia chicos, ya os hablaré de mí. Contadme algo más de vosotros... ¿Sois familia, amigos o pareja?
- Somos una casualidad en el tiempo y en el espacio - intento hacerme el interesante.
- Un poco de cada y un poco de ninguna, señor. Simplemente por nuestra situación nos conviene seguir juntos. ¿Tiro por ese puente?
- Sí, sigue por allí, ya casi hemos llegado. Sois muy misteriosos... después de tres años sin hablar con nadie no esperaba encontrarme con alguien como vosotros. ¿Sabéis? Yo también huyo, este sitio es ideal para ello ¿Os ha visto alguien venir hasta aquí?
- Creo que no, hemos intentado ser muy discretos. Otros coches están ya fichados, pero en este de momento podemos pasar por uno de ellos.
- Genial entonces, es uno de los pocos sitios en este país donde se puede vivir sin problemas.
- No se preocupe entonces, podrá seguir viviendo tranquilo - añado.
- ¿Y cómo es que no se ha olvidado de hablar viviendo tan sólo? - pregunta Cintia mientras pasamos a través de una barrera de madera abierta.
- Bueno, la verdad es que ya se me debería haber olvidado. Sin embargo, mi hijo tenía contactos en la Radio Nacional de España, poco antes de que la desmantelaran me consiguió un disco duro con los últimos cien años de grabación. La tengo puesta casi 24 horas al día, simulo que vivo en la época que ellos narran, y así puedo seguir viviendo. Si no fuera por ella, haría años que habría dejado este mundo. Vivo aún con la dictadura franquista... - comienza a reírse de forma nerviosa, llegando a dar miedo.
- Hay otras maneras de comunicarse aún - le digo - ¿Conoce Internet?
- ¿Internet? - responde con cierto tono satírico - Vuestro Internet me recuerda a la televisión de mi época, diseñada para deficientes mentales que no quieren aprender ni conocer nada, meros vegetales que ocupan las horas del día simulando que tienen vida ante una pantalla. Pobres diablos, en realidad... los compadezco. Y chica, ve un poco más despacio... ¿O quieres atropellar vuestra comida?

Tras coger una curva a izquierda con una enorme roca por la que brota un tímido manantial, llegamos a una casa de madera enorme. Su color ennegrecido por el moho no le da un aspecto acogedor, pero supongo que la madera sin tratar tiene esas cosas. Sin embargo, sus enormes ventanales presagian un interior que casi con total seguridad será más luminoso. Un par de gallinas salen al paso del señor, "Por cierto, creo que no nos ha dicho su nombre..." le dice Cintia.


"Me llamo Juan José pero podéis llamarme Diego, todo el mundo lo hacía. Nací en su día".

Nos deja elegir entre 6 o 7 habitaciones, todas perfectamente ordenadas y limpias, la casa es aún más grande de lo que aparenta y es como un pequeño hotel. Diego parece tenerla siempre preparada, como si estuviera esperando visita. Yo me quedo con una habitación con vistas al pico más alto de la zona, ella se queda en otra estancia al fondo del pasillo, es imposible que estemos más lejos. Quizá sea lo mejor, cada uno con su espacio...

Tras una ducha y encontrar un lugar con buena cobertura para el ordenador, lo dejo en carga y me voy al piso de abajo, junto al huerto el anciano está reparando una pequeña máquina agrícola a la que no identifico función alguna. "¿Podrías ir a matar una gallina? Según me ha contado Cintia tu alimentación se basa exclusivamente en barritas de mierda, hoy vas a descubrir un nuevo placer. Supongo que ya habrás experimentado algún otro... " mira a Cintia al terminar esa frase. Ella, ajena a la conversación, saca algo más del maletero. Yo, sin entenderlo muy bien, le hago caso y voy en busca de la gallina.

Me acerco al Land Rover, abro la puerta y reclamo en la guantera a mi compañera. Las veo corretear a sus anchas por los alrededores de la vivienda, debería sentir pena o algún tipo de sentimiento encontrado al perseguirlas por entre los matorrales para acabar con una de ellas. Sin embargo, después de matar a una persona cualquier cosa te parece una mera anécdota, incluso el hecho de matar a otra más, algo que me inquieta bastante. Resulta cómico ver a un "bicho" de estos tratando de escapar, me recuerdan a mí el primer día que salí de casa, tienen un aspecto que está a medio camino entre un travesti con un excéntrico vestido de plumas y un obeso mórbido con problemas de coordinación. Continúo salivando (a partir de ahora creo que usaré esta palabra bastante a menudo) mientras observo sus suculento muslos, sostengo la "pipa" en la mano y espero el momento de tenerla a tiro para asestarle el golpe de gracia. Tras esquivar un par de arbustos más, la primera de las dos perseguidas cae en un agujero (aún no he tenido la oportunidad de contemplar el tamaño de sus muslos) y la segunda consigue salvarlo agitando de mala manera sus alas.

La pobre está atrapada, apenas tiene 30 centímetros de profundidad pero su torpe aleteo es insuficiente para poder escapar. "Lo siento chica, espero que sea rápido y gracias por alimentarnos" le digo mientras trato de apuntarle a la cabeza (que no para de mover). Es prácticamente imposible hacer diana, con semejante calibre la voy a destrozar... me pregunto cómo hará este hombre para que luego no le sepa toda la comida de plomo:

- Pero... ¿Qué haces vaquero? Yo creo que lo mejor es coger un lanzallamas o un bazoka - ella aparece justo enfrente mía, tiene los brazos cruzados y sonríe.
- ¿Qué dices loca? Pobrecita, quiero matarla, no reventarla.
- No entiendo como alguien que se carga a un tío de 120 kilos a patadas aún conserve esa inocencia ¿Cómo la vas a matar así? Para esto no necesitas leer una enciclopedia de las que se guardan en la biblioteca de la catedral, en cualquier película lo puedes ver.
- En las pelis que yo veo no salen gallinas y mucho menos explican cómo cargarse a una de ellas. Eres rarita, pero no sabía tu extraña afición por el lado más friki del séptimo arte...
- Tú sí que eres un friki, sacrificando a una pobre gallina con un Colt del 22. Mira y aprende, la próxima vez lo harás tú - se acerca al hoyo y la agarra por el pescuezo - Diego, ¿Dónde guarda los cuchillos?

A eso de las 3 de la tarde estamos sentados en la mesa, no sé cómo le sentará a mi organismo ese pollo al horno de leña con guarnición de patatas, zanahoria y cebolla, pero mi olfato se está deshaciendo del gusto:

- Así que... - comienzo hablar con la boca aún llena de pechuga, después de haberme comido un muslo y medio kilo de tubérculos en salsa - ¿Cómo aprendió a hacer todas estas cosas sin internet?

- Me las enseñó mi padre, como a mi padre se las enseñó mi abuelo y a él mi bisabuelo. Antes no se necesitaba un ordenador para aprender cosas... te sorprendería saber lo sencillo y fácil que es vivir así. Las gallinas y pollos prácticamente se crían solos, en Invierno a veces tengo que darles algo de comer pero en esta época ellos se buscan la vida; por las mañanas voy al gallinero y consigo unos cuantos huevos, las cabras me dan leche (una vaca en mitad del monte es complicada de criar, y para mí sólo me basta) y consigo verduras y frutas de la época en los huertos abandonados que hay a los alrededores. Algunos de ellos llevan 60 o 70 años totalmente descuidados, pero la tierra es sabia y sigue dándonos sus frutos. De vez en cuando voy con el cacharro - señala a un coche pequeño y viejo que hay bajo un cobertizo - y puedo traer de una tacada comida para un año. Para recoger trigo y demás hay que tener un poco más de paciencia, pero tengo todo el tiempo del mundo, y mientras las fuerzas aguanten aquí seguiré - se remanga las mangas de la rebeca y deja ver unos maltratados brazos.

- ¿Es un Panda, Diego? - pregunta Cintia con interés.
- Sí cariño, se nota que entiendes de coches. Cuando este salió al mercado tu abuelo aún era un proyecto -ella sonríe-, además es un 4X4, así que me es de gran ayuda. También tenía un Vitara, pero no aguantó lo que este. Lo mejor es que tiene cuatro piezas, es simple y tosco, así que cuando algo no funciona encuentras bien rápido el problema, otra cosa es conseguir recambios...
- Estoy segura de que le podremos conseguir lo que necesite - me mira a mí -, sólo tiene que decirnos que quiere.
- No te preocupes hija, ya me las apañaré, siempre lo he hecho.
- Se lo digo en serio, es lo menos que podemos hacer por acogernos - subscribo las palabras de Cintia -. Y cuénteme, ¿Qué le ha llevado aquí? Nosotros tenemos poco que contar, somos jóvenes y nuestras historias son cortas, pero estoy seguro que usted tiene una vida interesante a la par que larga...

- Ahí llevas razón - sujeta el bastón con las dos manos y con el trasero empuja su silla hacia atrás, salvando la distancia con la mesa. Parece estar tiritando constantemente -, podría estar un año hablando y no terminaría de explicaros todo lo que he vivido. Pero intentaré no aburriros demasiados con mis cuentos de viejo cascarrabias.
- Tómese su tiempo, no tenemos nada que hacer - añade Cintia mientras mi cabeza no deja de darle vueltas al tema de la Deep Web.
- Bueno, es complicado resumirlo, pero lo intentaré. Yo... era alguien normal con una vida normal y una familia normal. Viví el final del Siglo XX y todo el declive de nuestra sociedad tal y como la conocíamos. Mi primera hija nació en el 2022 y la pequeña lo hizo en el 2027. No vivíamos mal, estábamos a la cola de Europa económicamente hablando pero sobrevivíamos. Sin embargo, las cosas se pusieron feas bastante pronto... Mi hija mayor me pidió su primer móvil a los 8 años, la pequeña lo consiguió con cuatro. Nos trasladamos a la afueras, mi intención era que ellas vieran que había algo más allá de la ciudad y las nuevas tecnologías pero lo único que conseguí es que estuvieran aún más pegadas a ellas a base de utilizarlas para comunicarse con sus amigos de Jaén. Aún así, aquello todavía era soportable. Sin embargo, la política cada vez daba más asco y nuestros gobernantes eran pésimos: escándalos de corrupción, leyes que favorecían a los pequeños delincuentes y a los ladrones de guante blanco, los impuestos se volvieron inviables... Yo estaba esperando que una gran revuelta se produjera en cualquier momento, pero...

- Pero... ¿Qué? - Cintia no puede esperar más.
- Pero nadie hizo nada. Los años pasaron y las calles cada vez estaban más vacías. Ya no te podías fiar de la televisión ni de la radio, todo formaba parte de una deshonesta red que aún no sé muy bien cuándo y cómo acabó. Mientras, mi mujer y las chicas (al igual que el 95 por ciento de la población) salían poco de casa y sus habitaciones se convirtieron en sus particulares guaridas. Yo me negaba a seguir su ejemplo, siempre he sido un negado para el tema este de ordenadores y demás cachivaches, así que una vez tuve que cerrar mi carpintería por ausencia de negocio comencé a dedicar todo mi tiempo y energía en el huerto y en dar paseos por el campo, añorando los buenos tiempos como un octogenario cuando apenas superaba la treintena.
- ¿Y cómo terminó aquí?

- Bueno... al principio, me dejaban vivir a mi manera. La gente se quedaba pero yo iba y venía. Disfrutaba de una segunda juventud, nadie me necesitaba ya así que me dediqué a viajar un poco por el Sur, cuando quería playa, playa, cuando quería montaña, pues montaña. Algo tenían en común todos los sitios a los que iba: no había nadie. Daba igual que la zona fuera hiperturística o que estuviéramos en mitad de la nada, ni siquiera gente de otros países pasaba ya por allí, aquello era terrorífico. Un día de los que volví a casa en la puerta me esperaba un hombre enchaquetado, con una sonrisa falsa como Judas me empezó a intentar convencer de que no me perdía nada quedándome en casa: que si me hacía un descuento especial en mi ADSL, que si me conseguiría una máquina de realidad virtual, que si salir de casa está sobrevalorado... En fin, aquel día sentí que algo no iba bien, ese señor con acento extranjero trataba de convencerme de que lo mejor estaba en el mundo de la informática, pero él no parecía dedicarle demasiado tiempo al ordenador.
- Pero... -interrumpe Cintia- ¿Eso es razón para venirse hasta aquí?

- No mujer, la cosa empezó así. La segunda vez que vino también se comportó de forma bastante educada, incluso le ofrecí a llevarlo a casa (nunca lo vi venir en coche ni nada parecido), a lo que él se negó rotundamente. Sin embargo, las visitas cada vez eran más frecuentes, al principio una vez a la semana, luego cada cuatro o cinco días... hasta que al final aquello se convirtió en un acoso. Venía varias veces al día, llenaba el buzón de folletos con toda la mierda que me ofrecía... ¡Menudo hijo de puta! La relación pasó de una extraña amistad a un odio irracional, varias veces lo eché de la puerta de casa a empujones, le decía de todo menos bonito. Hasta que un día, mi paciencia dijo "basta", fue casi un año de coñazo diario del que mi mujer e hijas apenas fueron consciente, al principio al menos avisaban de que estaban llamando al timbre pero llegó un momento en el que ni eso hacían. El caso es que, una mañana de Abril al oír la puerta salí a ésta con la escopeta de mi padre en la mano, abrí la verja del jardín y ahí estaba él por enésima vez en lo que iba de mes. Le apunté y le dije: "Espero no volver a verte cerca en la puta vida, si lo haces, no dudaré en disparar, mi paciencia tiene un límite y... ¡Joder! ¡¿No te he dicho ya mil veces que no quiero ese puto ordenador ni el teléfono con Internet de los cojones ni quiero mejorar la velocidad de mi conexión?!"
Él no tembló lo más mínimo, sonrió y se limitó a decir algo parecido a: "Señor Álvarez, doy por hecho que no está interesado en ninguna de nuestras ofertas. No me verá más por aquí, pero a partir de ahora su caso pasará a otro nivel, será considerado insumiso del gobierno y estará en manos de éste. Buena suerte y que tenga un buen día." Después de esto, sacó su teléfono y llamó a alguien."Ya podéis venir" dijo justo después. Un todoterreno negro salió por el final de la calle, llevaba todos los cristales tintados y apenas paró en la puerta un par de segundos, él se montó en el asiento trasero y el coche se fue allí con toda la tranquilidad del mundo - Cintia y yo compartimos una mirada cómplice y dejamos todo cuanto tenemos en las manos para poner los cinco sentidos en el anciano -. Después pasaron unos días en lo que todo volvió a una relativa normalidad. Mi familia seguía a lo suyo, el sonido del timbre cesó y yo pude volver a hacer aquello que tanto me gustaba: viajar.

En mi cabeza sabía que algo no marchaba bien, no conseguí disfrutar de aquellos días como debía haberlo hecho. Su sonrisa no me daba seguridad, nadie se retira así con su orgullo dañado de esa manera. Y estaba en lo cierto: una tarde, cuando volví a casa, en la puerta había al menos cinco o seis coches aparcados, todos negros como los trajes que ellos llevaban. Aparqué a unos metros y me bajé asustado, lo primero que pensé es que mis hijas o a mi mujer les había pasado algo. Los hombres encorbatados estaban sentados encima de sus capós mientras se echaban un pitillo, cuando me acerqué a ellos parecían tranquilos, pero al llegar a su altura se levantaron todos de golpe y me cogieron en volandas. Sin tiempo ni tan siquiera de reaccionar, me metieron dentro de casa y sacaron un par de cajas de uno de los todoterrenos. Bloquearon la puerta del jardín con una cadena y un candado y me dijeron: "Señor Álvarez, será la primera y la última vez que se lo diremos. De ahora en adelante, salir a la calle sin razón justificada será un delito, tenemos razones más que suficientes para concluir que no es seguro para su organismo. La contaminación pronto alcanzará niveles mortales". Yo, evidentemente, no di ningún valor a sus palabras, el cielo seguía siendo azul y la naturaleza seguía sus curso. Después de eso, y con ese acento tan extraño, prosiguió: "En estas cajas tiene todo lo necesario para estar en casa, si alguna vez tiene una urgencia médica, contacte con el número de emergencias y valorarán su estado y, si es necesario, vendrán a por usted".
Dicho esto, desaparecieron como vinieron. Cada coche salió en una dirección distinta y yo quedé allí abandonado a mi suerte, ellas ni siquiera se percataron de lo ocurrido. Abrí las cajas y contemplé con indignación que lo único que había en ellas era un ordenador de última generación, un teléfono móvil que no supe ni encender y una tarjeta vitalicia para conseguir esa mierda que estabas comiendo tú antes - dice dirigiéndose a mí.

- Esas cajas son las que había en mi cuarto, ¿Verdad? - pregunta Cintia.
- Si hija, esas son. Ahí siguen, quizá algún día tengan algo de valor... pero bueno, hoy por hoy son sólo cacharros. Aquella noche no pegué ojo, dormí en el salón (como de costumbre) mientras escuchaba el sonido del ordenador de mi mujer al final de las escaleras. Tengo la certeza de que "me los ponía" con alguno por Internet, pero la verdad que a esas alturas poco me importaba y menos teniendo en cuenta el tipo de relación. De reojo observaba el Suzuki Vitara aparcado aún fuera de casa, en un arrebato cogí un par de cosas básicas, me llevé conmigo las dichosas cajas para que ellas no tuvieran algo más a lo que estar enganchadas y me fui sin tan siquiera despedirme. Dejé una nota contándole lo ocurrido, pero no le dije dónde iba por si las moscas, ya lo haría si las viera interesadas. Salí a eso de las tres de la mañana, con las luces apagadas para que no me reconocieran y con un pequeño mapa que había calcado a mano unas horas antes y que iluminaba con un mechero. Y aquí estoy, llevo allí desde entonces. Esta casa quedó a nombre de mi hermano tras la muerte de mis padres, pero él no tenía interés alguno en ésta y yo conservaba una copia de las llaves.
- Diego ¿Volvió a ver a sus hijas? - vuelve a interrumpir Cintia, esta vez en un tono mucho más bajo y solemne.
- No, no las volví a ver - sus ojos se iluminan -. Recibí una llamada suya al día siguiente en la que no se les veía muy preocupadas, luego volvieron a llamar un par de años más tarde para felicitarme la Navidad. Hace tres años me enteré que la última que quedaba viva (Gemma, la menor) murió de un fallo múltiple en la misma habitación en que yo la dejé. Me lo dijo un ex-vecino que hasta no hace mucho se pasaba por aquí, aunque no demasiado a menudo.
- Lo siento mucho, de verdad - le digo tratando de romper un poco la tristeza de semejante historia.
- No te preocupes, cuando me fui de casa ya no había nadie allí. Lo que quedaba no eran más que tres bolas de sebo inútiles que abandonaron una vida prometedora para dedicarse a taponar sus arterias y reducir el tamaño de su cerebro -huelo la rabia en sus palabra-. Ellas murieron mucho tiempo antes, ya pasé el luto en su debido momento, lo otro simplemente fue esperar. Y luché con todas mis fuerzas por sacarlas de ese agujero, pero fue imposible. Cuando en un animal afloran sus instintos más básicos es complicado volver a domesticarlos - un nudo se me forma en la garganta al oír la forma en que se dirige a su familia. En cierto sentido, la historia que me está contando me suena, y mucho. En cualquier caso, no soy quien para juzgar su forma de hablar, así que me ahorraré el comentario.
- Su vida no ha sido nada fácil... ¿Le ve alguna solución a todo esto?

- ¿Solución? Una bomba nuclear y un monumento al final del cráter en que se convertiría la Península Ibérica. Guapa, no hay solución posible. Los finales felices ocurren en las películas, en la realidad sólo hace falta dar un paseo por Prypiat, por Auschwitz o por cualquier otro bochornoso escenario para darse cuenta de que esto no tiene una solución, al menos no una pacífica y racional que no implique un gran derramamiento de sangre. No sabemos quién nos controla, pero tenemos al 99,999999 por ciento de la población en estado vegetal y al otro tanto escondidos rezando para que no los encuentren. Esto no es una peliculita de Disney ni un libro de ciencia ficción, esto, querida mía, ¡es el puto infierno! - termina el culo de "cerveza" que le queda en el vaso y lo lanza hacia atrás mientras comienza a desternillarse como un auténtico psicópata.

No lo culpo, tanto tiempo en soledad y un viaje por su pasado más oscuro pasa factura a cualquiera. Cintia y yo nos miramos un tanto asustados y decidimos dar por zanjado la conversación y la comida (que no podía estar más buena, al igual que los "crepes al microonadas" de esta mañana). "Diego, ¿Puedo mirar en esas caja?" le pregunto mientras ambos nos levantamos. "Claro, ¿Por qué no? ¡Encerraos en vuestras habitaciones y dejad que el sistema os controle a través de esa mierda tecnológica! Buajajajaja" me contesta él siguiendo con esas histéricas carcajadas que nos hacen acelerar el paso:

- Está como una puta cabra - dice ella mientras subimos en la escalera.
- No te preocupes, no parece peligroso. Es sólo un anciano al que se le está yendo un poco la pinza.
- Pablo, no es ningún anciano. Por los datos que nos ha dado... ¡No llega a los 55!
- Será por la vida en el campo o yo que sé. Tú tranquila. Mira, estaremos aquí el menor tiempo necesario, pero aquí al menos estamos a salvo, ni siquiera desde el aire podrían localizarnos...
- Vale, de todas formas, por la noche cerramos la puerta de este piso, ¿Vale?
- Lo que tú quieras mujer, ahora vamos a lo que vamos - digo tratando de zanjar el tema para que su paranoia no llegue a un nivel crónico.
- ¿Para qué querías ver la caja?
- Ahora lo verás...


Capítulo 12


Con ayuda de sus largas uñas, conseguimos abrir la dichosa caja. Pone su brazo sobre mi hombre y espera a que vaya sacando su contenido. Está llena de virutas de corcho y a simple vista no se ve nada en ella, sin embargo, al introducir mis manos en ella noto diferentes "cacharros" en su interior. Voy sacándolos con cuidado, intentando ensuciar lo menos posible el suelo con las dichosas virutas. Conseguimos una CPU obsoleta y una pantalla de la quinta de mi ordenador a la que alguna utilidad le encontraremos. Vuelvo a requerir de las manos de mi camarada para abrir la segunda caja, mucho más pequeña y liviana.

En ésta no hay más que una pequeña carcasa de cartón en la que ajusta a la perfección un teléfono móvil táctil y su cargador:
- Nunca he usado uno de estos, ni siquiera sé cómo funcionan.
- En el sitio donde vivía teníamos alguno, yo no llegué a utilizarlos pero son bastante intuitivos, no nos costará.
- ¿Le encontraremos alguna utilidad a esto? - pregunto un tanto desorientado.
- ¿Bromeas? - dice extrañada - Esto es casi como un ordenador, aparte de poder usar las ya en desuso redes móviles para comunicarnos sin necesidad de conectarnos a Internet. En la colonia los usábamos para conectarnos con los proveedores y con aquellos que, como mi padre, salían de allí. De hecho, él lleva consigo uno de ellos, quizá incluso pueda hablar con él.
- Eso estaría genial, mira, dejo el teléfono a tu cargo, yo de momento no lo quiero.
- ¿Estás seguro? Quizá Silvia lleve uno con ella, si es que no se la han... bueno, ya sabes - sonríe nerviosamente.
- No creo, me lo habría dicho.
- También es verdad - me guiña el ojo y vuelve al piso de abajo. Desde la ventana observo a Diego, que anda de un lado hacia otro sin aparente justificación y hablando sólo. Definitivamente, a este hombre le falta un hervor, pero más que miedo lo que produce es ternura.

26 de Octubre


- ¿Has conseguido algo? - me pregunta Cintia, que se despierta a eso de las 11 de la mañana junto a mí. Hemos seguido descubriendo cosas de este anciano de voz temblorosa y ojos claros que nos hace mantener la distancia. Decidimos por común acuerdo que lo más seguro para los dos sería hacerlo así, y más teniendo en cuenta que por la noche saca alguna de sus botellas de vodka que él mismo destila y se pone a rememorar momentos de su vida anterior con la escopeta en la mano.
- No, sigo sin encontrar una mierda, la deep web no tiene nada que ver con el Internet normal...
- ¿Y eso, por qué? - dice mientras se levanta de la cama y se mira en el espejo para colocar su dorada melena.
- Pues... es muy difícil encontrar cualquier cosa aquí. En la red no encuentro ningún tipo de información, me costó muchísimo encontrar el navegador y ahora es imposible conseguir algún buscador para llegar a él. Pero bueno, he conseguido alguna cosa que nos podría servir de interés, por ejemplo un enlace a una antiguo servicio hoy en día en desuso con todo el mundo visto desde el espacio, tenemos imágenes por satélite de cualquier lugar que te puedas imaginar.
- He oído hablar de él, Google Earth se llama. Mi padre me ha contado un montón de cosas del tema, al parecer Google llegó a ocupar el 80 por ciento de las visitas a nivel global, aún no entiendo qué pudo fallar para que hoy en día no quede nada de ella...
- Bueno, es extraño, como todo en este sitio. Mira, hay un par de cosas que me han llamado la atención - le digo mientras giro mi portátil para que lo vea -, son imágenes de Abril del 2045, no hay nada más reciente...
- ¿Eso es aquí?
- Sí, bueno, no en Jaén capital pero está relativamente cerca.
- ¿Y qué significa?
- Algo muy raro. ¿Qué puede llevar a un país como España en la peor crisis social de su historia a hacer algo así? Es más, creo que por aquel entonces la gente ni tan siquiera salía ya a la calle.
- Es enorme... ¿No crees?
- Es una obra titánica.
- El taller no está muy lejos de aquello, ¿Cómo es posible que no nos percatáramos? ¿Dejarían a medio construir el proyecto? ¿Has visto el tamaño de ese boquete, para qué lo haría?
- No tengo ni la más ligera idea, parece profundo. Quizá estarían extrayendo petróleo o es algún tipo de cantera.
- Pablo, no sé lo que es, pero una cantera creo que no... No sé si has visto alguna, pero ahí no hay cintas transportadoras, ni apenas camiones, ni una buena infraestructura para transportar el material a algún lado.
- ¿Crees que esa gente tiene algo que ver?
- Hay, no sé Pablo, estoy demasiado dormida para esas preguntas... no le des más vueltas, sólo será una fábrica a medio acabar o alguna prueba minera, no le des más vueltas. Creo que te estás yendo del tema, así no la encontrarás nunca.
- Llevas razón, pero no sé, es muy raro que justo cuando ordenan a todo el mundo que se meta en su casa caven un boquete en mitad de la nada del tamaño de una ciudad de 500 mil habitantes, ¿No crees?
- No - niega rotunda y categóricamente.
- Está bien... -digo en un tono apagado y triste.
- Mira Pablo - me dice rodeando mi cuello con sus manos en un tímido abrazo -, no te digo que no lleves razón, pero te estás alejando del camino. No te exijas tanto, tenemos tiempo - me da un beso en la mejilla.
- No lo tenemos, tenemos de todo menos eso, y ni siquiera he encontrado la dichosa página esa.
- ¿Cómo se llama? - me dice mientras coge el teléfono.
- TheDark no se qué...
- ¿TheDarkSmile?
- ¡Exacto! TheDarkSmile, eso es. ¿Có... Cómo lo sabes?
- Hay muchas cosas de mi que desconoces... - me mira a los ojos y hace una leve mueca en señal de decepción - Soy mucho más de lo que tú piensas, también tengo muchos recursos. No sólo vosotros sabéis de la vida.
- Yo nunca he dicho eso - digo mientras le retiro un mechón de pelo de la cara -, aquí el único que sabe muy poco de muy pocas cosas soy yo, así que no soy nadie para juzgar lo que alguien sabe o no sabe. Para mí todos sois maestros, ¿Está claro? - sonrío tratando de apaciguar los ánimos.
- Clarísimo. Puedo ayudarte con esto ¿Sabes?
- Pues no te cortes, no tengo ni puta idea y llevo cuatro días estancado en este mierda.
- ¡Pablo! Esa boca, ¡Por favor! - comienza a reírse en un tono burlón - Mira, ¿Por qué no hacemos una cosa? Tú ve a prepararme al desayuno que yo te encuentro la paginita, ¿Okey?
- Pero... ¡Es imposible! Llevo mucho tiempo buscándola.
- ¿La mermelada? Sí, está encima de la repisa de la vitrocerámica, es difícil pero no imposible ¡ah! Y procura que no se te pasen, me gustan poco hechos...
- Veo que aquí sobro y que tú vas de sobrada, así que iré a prepararme MI desayuno mientras dejo aquí el ordenador. No me lo toques ¿Eh? - sigo con mi refinado sarcasmo.

Salgo de la habitación y observo un pasillo por el que la luz de la mañana penetra de forma ordenada desde las estancias que hay a ambos lados. Al final de éste me encuentro con el baño, donde hago un pequeño "pis stop". Bajo las escaleras que hay a mano derecha y vuelvo a escuchar su voz a lo lejos: "¡Y no vale de las congeladas!". En el piso de abajo está ya nuestro chalado anfitrión, que trae en una caja de plástico un la fruta y verdura del día:

- Diego, avíseme antes de ir a por esas cosas hombre, que no está usted para tantos trotes.
- ¿Sabes chaval? - dice mientras saca una cebolla de la caja y comienza a darle bocados - Llevo ya unos añitos haciéndolo y no me pasa nada. Además, no soy tan mayor, sólo tengo unos años más que tus padres, pero la vida me ha tratado de un modo un tanto diferente... estoy enfermo, no sé qué me pasa, quizá sea por algo que he comido o sólo porque llevo décadas sin pisar una consulta. El tema es que me hago viejo a un ritmo muy alto, no sé cuánto aguantaré ni qué tengo que cambiar para no seguir así, pero te juro que hace apenas seis meses podía matar a un ruiseñor a un kilómetro de distancia sólo apuntando con esta - dice mientras agarra con fuerza de su escopeta, de la que apenas se ha separado desde que lo hemos conocido -, ahora sin embargo este temblor me está matando y mi vista apenas puede distinguir los colores, no sé que es pero no creo que aguante mucho más. Sin embargo, creo que moriré sonriendo, la vida me lo ha puesto difícil pero yo a ella se lo he puesto peor. ¿Un chupitazo hijo? - dice mientras se levanta del sofá de la cocina y va directo al mueble del horno en busca de la botella de vodka.
- No, gracias Diego. Sólo he bajado para hacer...
- ¿Unas tortitas, eh? - me interrumpe a la par que sonríe - Hazme una anda. La mía con mucho chocolate, gracias.

Medio kilo de harina, dos huevos y un litro de leche después, y tras llenar el cubo de la basura con intentos frustrados de crepes, subo de nuevo al primer piso para llevar algo que llevarse a la boca a mi ingeniera informática a tiempo parcial:

- Aquí están sus cgepes - intento fallido de acento francés - ¿Algo más?
- Nada más, aquí están sus páginas extrañas ¿Algo más?
- Bueno, si puedes buscar a un tal...
- ¿A quién?
-Nada, déjalo. En la bandeja tienes mermelada y "cocholate" - le doy un beso y me pongo a su lado.

Mientras ellas come (yo decido aplazarlo dada la importancia del hallazgo) yo me apoyo en su espalda y comienzo a indagar en lo más profundo de una red de por sí bastante siniestra. Han sido cuatro días de asquerosa realidad en formato mp3 y mp4, cuatro días en los que me he metido más allá de donde el sentido común te dice que lo hagas y donde el morbo da rienda suelta a la imaginación y el ser humano pierde su definición y se convierte en un monstruo. No esperaba encontrar recetas de cocina ni el secreto de la vida eterna, pero la relación entre información útil y mierda perturbadora es de 1 entre un millón. Sin embargo, en TheBlackSmile es diferente. Sólo hace falta echar un vistazo a sus normas de ingreso (en perfecto inglés y traducidas sobre la marcha, como no, por Cintia) para darse cuenta de que no se permiten ese tipo de cosas allí, al menos no de forma injustificada. Es una especie de oasis, extraño a la par que difícil de encontrar, como el rocío en el desierto. No puedo perder el tiempo, no hay buscadores internos y el sistema es bastante escueto y arcaico, digno de los años de universidad de Bill Gates o Steve Jobs.

Decido no perder el tiempo, pulso sobre la pestaña "registrarse" y no me pide absolutamente nada para hacerlo. Un nombre de usuario y una contraseña de mínimo un carácter. En teoría, aquí nadie puede seguirme ni hay manera posible de espiarme, sin embargo, toda precaución es poca. Decido llamarme "GTI" a secas, es lo suficiente discreto para no levantar sospechas pero a la vez da a entender mi pasión. A partir de ahí, me siento totalmente perdido en una espacio compuesto de un millón de salas que surgen en el menú de inicio de forma totalmente anárquica. Están en casi cualquier idioma que te puedas imaginar, en algunas ni siquiera identifico los caracteres que utilizan.

- ¿Cómo cojones te voy a encontrar? - pienso en alto.
- ¿Algún problema más? Creo que lo suyo es que comiences a comunicarte por señales de humo, te veo más futuro.
- Ja-ja. Me parto contigo, y tú quizás tendrías más futuro en el próspero mundo del humor irónico...
- Lo he pensado, pero ese nicho de mercado está al completo... ¿Qué necesitas?
- Un puto milagro, estoy intentando buscar a alguien, pero no sé ni por dónde empezar.
- Bueno, es complicado hacerlo. TheBlackSmile carece de buscadores internos, sólo puedes encontrar una persona si te la encuentras en un sala. Y eso es complicado.
- Buff... Y entonces ¿Qué puedo hacer?
- Bueno, una vez leí un libro de un chico que no se atrevía a entablar conversación con una chica de su clase que le gustaba. Se enteró de que le gustaba el mundo de las finanzas, así que, ni corto ni perezoso montó un negocio de venta por Internet. Cuando quiso darse cuenta, su facturación era más que suficiente para contratar un par de profesionales del mundo de la banca... Así que, ¿A qué no adivinas a quien se atrevió a llamar para ofrecerle trabajo?
- ¿Y qué, consiguió lo que quería?
- No, en realidad no. La chica tenía ya 28 años, 2 hijos y un marido. Y abandonó sus estudios en primer curso porque se quedó embarazada.
- ¿Y entonces? ¿Para qué me cuentas eso?
- Pues... no sé -comienza a reírse-, a lo que me refiero es que si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.
- ¿Y eso qué significa?
- Mira, déjalo. Te lo explico directamente que ya veo que los acertijos no son lo tuyo. A lo que me refiero es que, si no puedes encontrar a ese usuario directamente, hazlo indirectamente. Crea salas, pégate todo el día hablando en éstas, habla con más gente... en definitiva, hazte ver. Es lo único que puedes hacer.
- ¿Y si no lo encuentro?
- ¿Y si te callas y empiezas a buscarlo ya?
- Vale chica, tranquilita ¿Eh?
- A papá mono le vas a hablar de plátanos verdes...
- Y eso, ¿Qué significa?
- Bueno, es un dicho algo rebuscado cuyo rápido análisis puede inducir a errores, por lo que el significado intrínseco del mismo ha de ser descifrado con suma cautela, pero básicamente viene a decir que te calles y empieces a buscarlo - me mira muy seria y se lleva el último trozo de crepe a la boca.

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27 de Octubre

Hoy llueve, no sé si es de día o de noche y si las estrellas se pueden ver más allá de los nublos. Vuelvo a guardar dentro de esa tubería a la que podría llamar "cuarto de aseo" el único contacto posible que tengo con el exterior: mi Blackberry del 2022. Alguien camina por el pasillo, soy la única residente de este siniestro hotel, las marcas de la pared dan por hecho que más gente se ha alojado aquí antes. Sin embargo, creo que ninguna volvió a salir, al menos no con vida. Esas manchas resecas del suelo así lo atestiguan, a alguien lo mataron de espaldas a la tapia, con un único impacto de bala en la cabeza con orificio de entrada y de salida. Lo envidio. A otro se lo cargaron de un modo un poco más cruel, hay marcas en el suelo de los golpes fallidos que le dieron con una barra de hierro, estos se confunden con los restos de orina y de heces que dejó tras darle semejante paliza, dicen que dependiendo de cómo te maten tu sistema digestivo es imposible de controlar, sólo el miedo lo domina

.

Son ya muchos los días que llevo aquí, no encuentro sentido a esta larga agonía. No pueden sacar mucho más de mí, al menos no que yo sepa. Días enteros sin comer, bebiendo agua sólo y exclusivamente de la humedad de la pared y noches a varios grados bajo cero y con el tortuoso ruido de los dichosos generadores. Todo cuanto puedo hacer es esperar, esperar a que me maten, a la siguiente paliza o al próximo asqueroso que quiera desfogarse conmigo. Abren la puerta, hoy son dos los que entran. Un chino de apenas metros cincuenta y él, el mismo que llevo viendo desde la primera vez que salí a la calle con el BMW (a saber cómo está el bemeta). Esta vez no me muestra sus asquerosos dientes como de costumbre, no sonríe de forma repulsiva... esta vez está cabreado. El asiático comienza a hablarme en se idioma, ni él ni yo lo entendemos. Le da una colleja y le dice: "Habla en español hijoputa, que no te entiendo".

Entonces, él se acerca, apenas puedo moverme y tras poner su cara frente a la mía contemplo sus ojos rasgados y siento su aliento a pescado crudo:
- ¿Dónde está tu amigo? - dice sin retirar la mirada y haciendo aún más latente ese asqueroso olor.
- No lo sé - apenas me sale la voz, no les tengo miedo pero mi cuerpo ya no tiene músculo o grasa de la que alimentarse.
- Sí que lo sabes - dice la enorme y asquerosa mole que aún permanece en la puerta.
- Por favor, no lo sé - siento un dolor en el pecho -, dadme algo de comida ¡por favor!
- ¡Y una mierda! No estás en condiciones de pedir nada - se acerca y me agarra del pelo -. Mira, vamos a hacer una cosa - con la mano que le queda libre levanta mi pelo y deja a la vista la cicatriz de mi oreja. -, tú me dices donde está, y yo te dejo en paz y te doy de comer ¿Vale?
- No estoy segura pero...
- Pero... ¿Qué? - me suelta del pelo y lleva su mano a mi cuello, estrellándome contra la pared.
- Quizá este en casa - digo con la garganta completamente estrujada.

Entonces, su acompañante le agarra de la mano con fuerza para permitirme volver a respirar. Ambos salen a la puerta de hierro de esta especie de calabozo en que estoy y comienzan a discutir pensando que estoy obviando su conversación...:

- ¿Pelo qué haces? ¿No ves que la vas a matal? - dice el de baja estatura.
- ¿Qué te pasa? Ahora me vais a venir los chinos a hablarme de como interrogar a una persona... - baja mucho el tono de su voz.
- Lleva una semana aquí y sólo la has utilizado para una cosa. Hubiela sido mejor que se lo hubieras preguntado el primer día, ahora está medio muelta...
- Mira, la puta esta me ha dado igual siempre - baja aún más el tono y lo coge del cuello de la camiseta -, creíamos que lo teníamos ¿Vale?
- ¿Cómo que cleíais que lo tenías?
- Hemos ido a su casa... no había rastro de él.
- ¿Y sus padres, no os han dicho nada?
- No, estaban como la guarra esta, no han soltado prenda. "No sabemos nada, por favor no nos hagan daño" es lo más que han acertado a decir los muy subnormales.
- Volver a intelogarlos, toltularlos, lo que haga falta. Pero sacad de una vez dónde está ese maldito niño.
- Ya lo hicimos...
- ¿Y qué?
- Creo que nos pasamos, nos los cargamos a ambos.
- ¡¿Que qué?!
- Yo que sé joder... no soy médico. Comenzaron a echar espuma por la boca y no hubo forma de reanimarlos.
- Estos lusos...¡Sois tontos! - oigo sus pasos alejándose del lugar. Sin embargo, sus enormes botas no se mueven del sitio...

La puerta chirria muy despacio. Estoy destrozada, no puedo hacer ni el intento de poner mis manos para protegerme. Él sonríe otra vez, y pone esa sonrisa que tanto asco me da. Cierra al entrar para que nadie lo vea... "¿Cómo está mi chica favorita?"
...
Hoy ha sido largo, ha tardado casi diez minutos que bien podrían ser toda una eternidad. Llega un momento en que ya no sabes si eres una persona, si estás viva o muerta o si eres un mero objeto que pasará la eternidad en este particular purgatorio. Él se sube los pantalones y se abrocha el cinturón en el último agujero. "Tengo hambre" acierto a decir mientras lo veo salir, una lágrima brota inconsciente de mi ojo.
- ¿Es que no has comido bastante ya, perra? - dice mientras sale de nuevo afuera, alguien espera al otro lado de la puerta.
- ¿Le damos algo? - es él otro hombre, de nuevo.
- No, déjala - sigue sonriendo, en sus ojos vacíos no hay un ápice de piedad - dice que está a dieta. Que la dejen limpita.

Ambos se van y un tercer sujeto, también de rasgos asiáticos, aparece al final del pasillo con una enorme manguera. Se pone ante la puerta y agarra con fuerza el grifo de la misma. Sin embargo, la deja en el suelo y, su jefe, que parecía que ya se había marchado, vuelve. Se acerca a mí, "Otra vez no, por favor" pienso para mis adentros mientras noto su mano pasar por mi cara, marcada ya de por vida:

- ¿Sabes? Todo esto se acabaría para ti si nos dijeras dónde está el chico. No vas a salil de aquí, no te voy a engañar, pero al menos dejarías de sufrir - saca una barrita de su bolsillo y me la mete en la boca para que mastique.
- Gracias... no sé donde está - digo con aire desesperado, quiero que esto acabe ya.
- Niña, eso no está en mis manos, hasta que Mijail no quiera seguirás aquí. Si alguna vez quieres algo de comer plegunta por Bang, intentaré traerte algo - se levanta y camina hacia la puerta, donde su secuaz ya está cogiendo de nuevo la manguera.
- ¿Por qué me ayuda?
- En cierto sentido, me recuerdas a mi hija. Pero ella no se mete donde no le llaman...

Desaparece cuando aún no he terminado de comerme la barrita. El muchacho vuelve a coger el largo tubo de plástico. Sin tiempo si quiera a poner mis manos, noto como mil cuchillos se clavan en mi cuerpo. Apenas diez segundo de agua congelada son suficientes para quedar completamente empapada. Voy a la esquina y busco en las frías paredes un refugio donde guardar mi calor corporal. Cierro los ojos y aguanto la respiración, se supone que yo servía para esto...


- ¡Aaaaah! - me despierto sobresaltado en un charco de sudor.
- ¿Qué pasa? ¿Una pesadilla?
.- No... es ella, ¡Silvia!
- No te preocupes, está en buenas manos - me abraza y se pone bocabajo. Yo quedo tendido en mitad de la noche, con la oscuridad y el calor que su cuerpo me da. Otra noche que me quedaré sin dormir... los lobos aúllan desde lo más profundo del bosque y yo no consigo quitármela de la cabeza.


Capítulo 13

30 de Octubre


- ¿Quién eres?
- No, ¿Quién eres tú? Creo que no estás en posición de preguntar nada, al fin y al cabo no he sido yo el que preguntaba por ti.
- Sólo soy alguien que busca a otro alguien que conoces muy bien.
- No me vengas con jueguecitos chaval... - se siente muy poderoso tras la pantalla del ordenador -, dime qué quieres, mi tiempo es oro y mi paciencia no es muy grande. No me queda mucho de lo primero y menos de lo segundo.
- Yo no importo ahora, así que no voy a perder tiempo hablando de mí. Hace días que te estoy buscando, es por ella.
- Ella, ella... ¿Te crees que conozco a pocas?
- ¿Te dice algo el nombre de Silvia?

En mitad de un chat digno del Medievo, perdido en la inmensidad del internet profundo me encuentro cara a cara con OjosGrises50, ese tipo extraño que se hace de rogar pero que bien sé que no tiene nada mejor que hacer:

- ¿Qué le pasa a esa guarra?
- Mira, no te voy a decir lo que realmente pienso porque te necesito, pero creo que la conoces muy poco.
- Quizá seas tú el que la conoce muy poco...
- ¿A qué te refieres?
- ¿Qué quieres saber de ella? No me hagas perder el tiempo ¡Joder!
- ¿Dónde está?
- En su casa... ¡¿Y yo qué sé?!
- Por favor, ¿Qué quieres de mí? Sé que sabes mucho de ella y que habéis hablado largo y tendido de según qué cosas. Te daré lo que quieras, pero necesito encontrarla.
- ¿Por qué?
- Ni yo lo sé, pero no soportaría perderla.
- Está bien, pero aún no me fío del todo de ti... ¿Cuál es tu nombre?
- No te lo pienso decir, me buscan, no quiero dar más pistas de las necesarias.
- ¿Dónde la conociste?
- Una mañana la escuché salir con su coche, yo cogí el de mi padre y la seguí.
- Me basta con eso Pablo, ¿Has averiguado algo más desde su desaparición?
- ¿Cómo sabes mi nombre? Nada, sólo sé lo que tú le contaste y de lo que dejó constancia.
- Entonces, ya sabes más o menos por dónde va el tema... El resto lo descubrirás por ti mismo.
- ¿A qué te refieres?
- Quieres recuperarla, ¿Verdad?
- Evidentemente.
- Yo no sé donde está, pero si me cuentas qué sucedió... quizá (no te hagas ilusiones) pueda ayudarte.
- Todo fue muy rápido, una mañana estábamos en el taller y sin apenas darme cuenta, entraron y se la llevaron a punta de pistola.
- Creo que no me estás contando toda la verdad aún...
- No sé qué más puedo contarte. Bueno, hay algo que quizá quieras saber, pero aún no confío en ti.
- ¿Por qué no?
- No te conozco de nada, no aún. Podrías ser uno de ellos.
- Mira gordito, o te fías de mí o no la vas a volver en la vida, así de claro.
- ¿Cómo sabes eso?
- ¿El qué?
- Lo de gordito, ¡¿Cómo coño lo sabes?!
- Sé muchas cosas de ti. Te tengo que dejar, espero que la próxima vez que hablemos estés más receptivo.

•Ojosgrises50 última conexión hoy a las 10:30

Bajo las escaleras y vuelvo a salir al exterior del caserón de madera. El Sol sigue vigente en el cielo como lo ha hecho estas últimas dos semanas y el Verano se resiste a irse. Diego se ha pasado toda la noche en vela, y ahora apoya su cabeza sobre la mesa de madera donde comemos intentando llevar su resaca de la mejor forma posible. Cintia está junto al Panda, tiene el motor levantado y parece que le está haciendo una revisión a fondo:

- ¿Qué haces "manitas"?
- Este coche no está nada "al día", en cualquier momento lo dejará tirado en algún secarral de la zona - me contesta mientras introduce los brazos hasta la altura del codo por un hueco del diminuto motor.
- ¿Es grave, doctora?
- Un poco sí, yo creo que le falta una buena puesta a punto, es un utilitario que lleva 70 años siendo usado como un todoterreno, no sé cómo este motor lo ha soportado.
- Es enano ¿Qué tendrá...40 caballos?
- Lo dudo, esos tendría al salir de casa, ahora le quedarán 15 - comienza a reír -, con la cantidad de fugas y de puntos por los que pierde presión y temperatura, puede ser incluso que su potencia sea negativa.
- Quizá... cuando todo esto acabe, podríamos dejarle el Land Rover, nos ha acogido en su casa sin conocernos de nada, y después a saber si lo volveremos a utilizar.
- ¡¿Quéeeee....?! Ni loca.
- ¿Por qué?
- Mi padre nos mataría, ¿Eres consciente de lo valioso que es un coche así y en ese estado hoy en día?
- Pues no sé, entonces ¿Qué podemos hacerle? Me siento en deuda con él.
- Yo creo que deberíamos de apretarle las tuercas al cacharrete - golpea la chapa de color granate oxidada y desteñida.
- ¿Tendremos piezas de recambio en el taller?
- ¿Bromeas? De esta cosa sólo se puede aprovecha el bloque motor... y seguramente ni eso.
- No lo entiendo, Diego decía que iba perfecto.
- ¿Diego? ¿De verdad das veracidad a algo que salga de su boca?
- Te eshcuchado niñia, leugo me dishes que quiere' come' - dice el viejo, incapaz de levantar su cabeza y desparramando el poco vodka que le queda en la botella sobre la mesa redonda.
- Creo que la has liado jejeje...
- ¿Tú crees? De aquí a dos minutos no se acuerda - me contesta la rubia platino.
- ¿Qué noooo, esquerosa? Ya verah como macuerdo de to' - vuelve a replicarle moviendo sólo y exclusivamente su mano izquierda de forma bastante cómica.
- Y entonces... ¿Qué propones?
- No sé, le vamos a hacer algo grande, lo vamos a dejar listo para que pueda cruzar el desierto del Sahara si fuera necesario. Empezaremos por un buen swap.
- Y eso... ¿Qué es exactamente?
- Ya lo verás, tú pídele las llaves al "señor" que yo me encargo del resto - va hacia el Defender y saca una cable aparentemente resistente (a mí se me van los ojos hacia cierto sitio).
- La tentación es fuehte - Diego ha conseguido erguir su cuerpo, darse media vuelta y pillarme mirando donde no debo. Mientras se limpia las babas con el brazo pronuncia tan profunda frase y vuelve a fijar sus ojos grises en lo más profundo de su estado etílico -, te he vishto hehehehe...

Tras unos segundos de inestable conciencia, el alcohol le puede y cae al suelo sobre su brazo izquierdo. No se queja y sigue con su estúpida carcajada de borracho mayor. Me acerco a él con cierto tacto y le digo:

- Mira Dieguito, nos vamos a llevar a la tartana para arreglarle un par de cosas, volveremos esta misma tarde.
- ¿Qué disis hijoooputas? - arrastra las palabras mientras patalea torpemente para levantarse - El Panda va de la oooooooshtia, no te loh vah a llevah ni mieda.

Intenta acercarse a Cintia levantando el polvo del camino con sus pies y llevando su mirada hacia ella, que busca el gancho delantero del panda para poder remolcarlo:

- ¡¡Que te he dicho que nooo lo toqueee'!! - sin tiempo de terminar la frase, su tobillo se tuerce al pisar una piedra y la gravedad hace el resto. Como por arte de magia, se queda allí tirado sin decir nada más. Aprieta sus párpados e intenta dormir.
- ¡Ala! Pues ya ha encallao' - dice ella con un inesperado acento sureño - ¡Nos vamos!
- Pero espera mujer, ¿Lo vamos a dejar aquí? - digo convencido.
- Tienes razón - se pone frente a mí y me mira directo a los ojos con ese tono azulado tan bonito, un gesto muy serio, sarcásticamente serio diría yo... - no se puede quedar así.

Vuelve a la casa rauda y veloz. Entra mientras yo me quedo observándolo. "Míralo que a gusto está el jodío ahí tirado, tiene que molar eso de beber..." pienso para mí mismo en un momento de inteligencia sobrenatural. Él sigue con los ojos cerrados, el Parkinson ha desaparecido, mueve su boca como si estuviera masticando un chicle y hace una extraña mueca, casi como si riera. Parece estar feliz. Cintia sale de la casa con algo de tela entre las manos. Cuando baja las escaleras del porche me percato de que se trata de una manta. Se pone a su altura y con mucha soltura la desdobla y coloca sobre Diego, que sigue en estado vegetal:

- Con esta solanera, cualquiera lo deja "a pelo" aquí. Lo dicho corazón, ¡a dormir la mona! - dice mientras va hacia el todoterreno británico.
- Hijo puta, mi coshe! - y así, cual cadáver de película policíaca, su voz y su cordura quedan protegidas por la manta.
- No te preocupes - me dice -, él solito habrá salido de muchas peores. Para cuando volvamos nos habrá cocinado algo y todo el buen hombre.
- Si tú lo dices... Por cierto ¡Me pido piloto!
- ¿Qué? Sí claro, y yo te hago aire mientras. ¿Alguna vez has remolcado un coche? Y más este que está en un estado tan delicado, te dejo a ti al mando y cuando lleguemos está en el chasis. Tú tira para la lata de atún y deja el trabajo de hombres a la señorita.

Y así, sin comerlo ni beberlo, me encuentro en el interior de la peor cosa que he podido conducir jamás (el GTI a su lado es un coche premium). Su acabado en tela roñosa, sus salpicadero cargadísimo de detalles y su dirección intuitiva (intuyo que está dura como una roca y que me la voy a pegar), hacen que esté sudando sin aún haber arrancado."Mete punto muerto y quita el freno de mano. El tiempo es oro, iremos lentos y por caminos de tierra, así no nos interceptarán" me grita ya montada en su elegante montura (si lo comparamos con la latita con ruedas).

Los kilómetros de polvo y olivos abandonados se intercalan con la velocidad, casi negativa, del exquisito convoy que formamos. El volante parece estar soldado, antes de cada curva me da un ataque de pánico al ver como Cintia traza sin mayores complicaciones mientras yo apuro el exterior del giro, dejando incluso las ruedas metidas en la cuneta que, por suerte, está completamente tapada gracias a años de barro y porquería acumulada que nadie se ha encargado de quitar. Tiro del freno de mano para bajar la velocidad (es inútil, el poderío del V8 hace que ni siquiera se percate de que llevo el tren trasero bloqueado) y tras ver como es imposible hacer nada por reducir la velocidad, bajo la ventanilla, saco la mano y le hago un gesto para que reduzca la marcha; viene una horquilla muy cerrada y a pesar de no llevar velocímetro creo que de los 40 o 50 no bajamos. Veo su sonrisa maliciosa por el retrovisor (cada vez me recuerda más a cierta persona), me dedica una peineta y aprieta los 8 cilindros a todo lo que pueden ofrecer. Los dos metros de cuerda que nos separan hacen que muy pronto ésta se ponga tensa y la trepidante aceleración me deje pegado al simple y tosco asiento. No sé si ella se percatará de que vamos muy pasados (al menos para las capacidades de "mi máquina") pero la velocidad a bordo de esta cosa se siente, y mucho.

Agarro el freno de mano con exigencia, el pequeño utilitario derrapa y se desliza de medio lado, yo contravolanteo como mejor sé pero tengo la sensación de que si no lo hiciera, el Land Rover seguiría tirando del morro con fuerza y lo mantendría de igual forma sobre el camino. La curva a derechas se aproxima, yo sigo de lado y Cintia espera hasta el último segundo para levantar el pedal del acelerador. Frena levemente y se lanza al interior machacando piedras, arbustos y todo cuanto encuentra en los cantones con sus enormes neumáticos. Yo suelto la palanca y coloco las dos manos sobre el volante, intentando evitar lo inevitable. Trato de seguir su estela apurando el vértice de la horquilla, pero a diferencia del mastodonte (que parece ir sobre raíles), el Panda apenas tiene agarre (los neumáticos son diminutos y seguramente estén completamente cristalizados) y en vez de continuar con la trazada perfecta hace un recto que me conduce directo al tronco de un almendro. Suelto el volante y pongo los brazos en forma de X protegiendo mi cara, dejando un pequeño resquicio para que mi ojo derecho pueda ver cómo me estampo. Nos aproximamos... apenas 30 metros de subviraje y otros tantos de cuneta para terminar hecho un acordeón. Y entonces... ¡Plas! Un tirón del gancho del Seat y la dirección soluciona el problema de irnos de morros con una violencia digna de un buen accidente, se va de culo y comienza a derrapar con las ruedas traseras metidas de lleno en la cuneta levantando polvo y trazando de lado no menos de 100 metros.

Vuelvo a poner las manos en el volante, lo giro a la izquierda todo cuanto puedo para no forzarlo más de lo que ya está y rezo a la cuerda para que no se rompa, la pobre está aprendiendo el principio de "acción y reacción" de la forma más tortuosa y dolorosa posible. Recuerdo las palabras de Cintia "No te preocupes, aguantará de sobra, soporta hasta 1500 kg", no sé si sabe algo de física elemental, pero no sé si antes de hacer la gracia tuvo en cuenca eso de que el Land Rover quisiera ir hacia Jaén a 80 km/h mientras que el Panda tiraba en dirección a Cuenca a unos 60 por hora y en sentido inverso. La enorme horquilla parece llegar a su fin y con ella el sudor a borbotones que brota por cada poro de mi piel. Esta mujer ha elevado a un nuevo nivel la descripción de miedo, las cosas de Silvia a su lado parecen un juego de niños. Saca la mano por la ventana mientras reduce a segunda para salvar la enorme pendiente, me hace un gesto de aprobación mientras se parte a carcajada limpia y vuelve a poner su vista en el frente mientras que al fondo, en lo más hondo del valle, se intuye el reflejo del Sol incidiendo en el tejado del taller. "Tengo que dejar de pegarme estos sustos, mi corazón me lo agradecerá" me digo a mí mismo:



- ¿Te has "acojonao" mucho o qué? - me pregunta entre risas justo al bajar del coche.
- ¡¿Yo?! ¡Qué dices! Sabía que el cable aguantaría, pero vamos, que la próxima vez conduzco yo, aunque espero que no haya una próxima jejeje...
- Tranquilo que no la habrá... Por cierto, ¿Quieres otra camiseta?
- ¿Otra? ¿Por qué?
- No sé, ¿Porque la tienes empapada?
- Ah, lo dices por lo de los sobacos. Nada, da igual, es que hace un poco de calor, eso es todo.
- 18 grados en manga corta, ahora llaman calor a eso - vuelve a reír mientras entra directa a la campa del desguace, sin tan siquiera esperarme.

Pasa la segunda y tercera fila de coches amontonados de tres en tres, ignorando incluso un Seat Panda que, a pesar de no ser el 4X4, bien podría tener más de una pieza interesante para la chatarrilla. Tras andar como minuto y medio sin detenerse, llegamos a la octava hilera (la última del recinto), donde se interesa especialmente por un pequeño utilitario de color blanco con un gran golpe en la parte de atrás y completamente desmenuzado, apenas queda chasis y carrocería de él:

- Estoy segura de que mi padre guardo el motor de este, los Fire van muy bien en bajas y daban unos 60 caballos si mal no recuerdo, más que de sobra para el viejo y el peso del Panda. Además, siempre podemos darle un poco de alegría.
- Pero... si ni siquiera es un Seat, ¿Cómo vas a hacerlo?
- Fiat y Seat compartían muchas piezas en esa época, donde yo vivo tenemos cacharros de este estilo para movernos gastando poco y son lo mejor, los conozco bastante bien, no te preocupes. Este Punto nos viene de perlas.
- Está bien, aquí la que entiendes de mecánica eres tú.
- Pablo - se calla mientras observa muy seria el morro vacío del Punto.
- ¿Qué? - espero cualquier cosa de esta chica...
- Vamos al almacén.

Un par de minutos entre las estanterías es suficiente para localizar el diminuto 1200 entre enormes y potentes bloques de 6 y 8 cilindros. Empujamos sin dificultad (es muy ligera) la tartana hasta el interior del taller tras hacer hueco entre el Calibra y el 928 oscuro. Me quedo un rato mirando al segundo, tiene un gran porte (podría pasar por uno de ellos) y clase, y la verdad que aunque el cambio automático no me agrade demasiado, tengo curiosidad por catarlo. Si terminamos pronto me daré una vuelta... "Ni se te ocurra, ahora mismo somos los más buscados de la provincia, debemos evitar a toda costa las carreteras asfaltadas" me dice Cintia sin yo haber pronunciado una palabra.

Con ayuda de una pequeña grúa, de un elevador y de unas cuantas sogas conseguimos en no más de tres horas quitar el motor antiguo y asegurar el nuevo. Otra hora más para conectar la electrónica y todos los conductos y...:

- ¡Toma ya! ¡Funciona! Creo que es la primera vez que me arranca un coche a la primera después de hacerle un swap.
- ¡Estupendo! ¿Puedo ir a darme una vuelta en el Porsche ya? - le pregunto mientras veo como el Sol entra directo por el cristal del techo.
- ¿Que qué? No hemos acaba aún...
- ¿Ah no? ¿Y qué más quieres que le hagamos?
- ¿Bromeas? Mira, como mínimo le tenemos que dar un poco de alegría al motor este, a parte, prepárate para cambiar suspensión (ya tengo localizada una que le quedará perfecta jejeje), ruedas, asientos... y reza para que no se me antoje un grupo corto, que sino no salimos de aquí hasta la noche.

Mis tripas resuenan a última hora de la tarde suplicando algo de qué alimentarse, su diminuto estómago parece poder aguantar días de ayuno pero yo aún soy un gordo que necesita muchas calorías para rendir. Por suerte esta es la última rueda, después de eso sólo habrá que limpiarse las manos de sangre, echar un poco de alcohol a las heridas y volver a casa a comer algo:

- Se ha quedado impresionante, no parece el mismo coche ¿Qué opinas? - a ella aún le quedan fuerzas para hablar.
- La verdad que ha merecido la pena el curro... pero creo que hacerlo todo en un día no es sano, ¿No podríamos haberlo hecho un poco más despacio?
- ¡No! Cuanto menos vengamos aquí mejor, y además si viniéramos varios días antes o después nos pillarían. Pasar siempre por el mismo sitio es lo primero que no debes hacer si quieres seguir vivo. Ya descansarás y comerás esta noche.
- Llevas razón, no te voy a engañar - le guiño el ojo -, lo único...
- ¿Qué? - dice ella sin retirarme la mirada.
- ¿No crees que un baquet no es la mejor opción para una persona mayor?
- ¿Y qué propones?
- Espera un segundo.

La dejo sola en el taller y me marcho a buscar algún asiento más "interesante". Hay muchos que tienen muy buena pinta, mucho mejor que los que traía de serie. La idea de los baquets es un poco estúpida, quiere un coche para ir al huerto, no para hacer la antigua "Paris-Dakar". Así que, tras un rato de indecisión (la variedad en el almacén es brutal y algunos están prácticamente nuevos) me decanto por el más grande, cómodo y aparentemente caro de la estantería. De cuero marrón y pesando un quintal, lo arrastro hasta la zona de trabajo donde me espera ella con no muy buena cara y las manos apoyadas en su cintura:

- ¿Qué? ¿A que este está mejor? - muestro una leve sonrisa, tratando de enfriar el ambiente.
- El asiento de un Mercedes Clase S en un Seat Panda... muy maduro - nótese el sarcasmo.
- ¿A qué mola? Tiene para hacer masajes y todo...
- Pesa ¿Verdad?
- Un poco, pero estoy fuerte jejejeje... - no muestra ni una leve sonrisa.
- Sabes que lleva masaje y que todo es electrónico ¿No?
- Sí, claro, si por eso lo he cogido.
- Necesitamos otro motor sólo para darle corriente a la cosa esta.
- Yo creo que a Diego le gustaría.
- Más que un ayudante eres una cruz, lo sabes ¿Verdad? Anda, búscame una buena batería y no se te ocurra tener ni un sólo caprichito más. Y mientras que yo me pongo con el asiento tú le instalarás el snorkel.
- Pero...
- ¡Y no quiero peros!

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Se pone a sacar el baquet a martillazo limpio y de su frente brotan las gotas de sudor como no lo han hecho en todo el día. Yo la observo desde el techo, desde donde fijo la parte más alta de la "trompa" para que la chatarrita respire hasta debajo del agua. Sonrío y ella me manda otro corte de mangas; aún recuerdo el episodio de esta mañana y no siento el más mínimo remordimiento.

Tras hora y media más de sudores y de "cagarse en todo lo cagable", Cintia de por concluido su trabajo en el Panda, yo acabo diez minutos después aunque según ella tendría que haberme dado tiempo a ponerlo y quitarlo tres veces. "Ahora somos libres" dice tras arrancar el Land Rover. Hago lo propio en el Panda y siento por primera vez lo que es arrancar un cacharro de 700 kilos y casi 100 caballos (según la jefa) con escape libre. Ella sale delante, se para en la puerta y apaga el automático de la nave, todas las luces se apagan y yo me encargo de cerrar el enorme portón. Tras un día de tensa actividad, ambos nos quedamos un segundo mirando a la puerta, observando los coches amontonados en total penumbra y escuchando el ruido de zorros, jabalís y demás animales que en nuestra ausencia son los amos y señores de esta tierra. Ella, por fin, muestra una lacónica sonrisa, se da la vuelta y nos miramos. A ambos nos apetece darnos un abrazo y es lo que hacemos, noto su espalda mojada y seguro que también ella nota la mía. "Nos vamos a casa" le digo después de chocarnos la mano.

El Land Rover abre el séquito, sin embargo su V8 queda en un susurro al lado del 1200 anabolizado que le precede. En los apenas dos kilómetros de carretera aprovecho para probar un poco más el asiento de lujo que con tan buen ojo he escogido. Noto una especie de rodillo subiendo de arriba a abajo por mi espalda, una sensación muy extraña a la par que relajante. Regulo la altura e inclinación con otro botón e incluso tengo la opción de ajustar el reposacabezas. Es una delicia a pesar del estremecedor ruido que mis tímpanos soportan y que, a pesar de ir en la última marcha del coche y a muy bajo régimen lo hace completamente insoportable. "Mañana volveré a por un tubo de escape" pienso decidido. Y entonces, del techo del Defender brota un enorme manantial de luz, casi como si un cachito de Sol estuviera concentrado en la baca del mismo. Una parrilla con faros extremadamente potentes ilumina el camino que muy pronto se convertirá en camino. Al llegar a la primera intersección, y viendo con claridad todo cuanto hay delante gracias a los focos, noto como reduce de marcha y el Land Rover sube su régimen de revoluciones hasta su par máximo. "Esta tía me la va a jugar de nuevo", reduzco a tercera y un ensordecedor pero excitante estruendo me empuja hacia su guardabarros trasero. Pone el intermitente a la derecha y se mete por un carril de cabras pegando un gran salto sobre un primer cambio de rasante. Supongo que se ha tomado la reducción de marcha como una provocación y está enseñándome quien manda, pero quizá sea yo y esta máquina de masajes los que le demos el hachazo final...

En la primera recta sus enormes neumáticos le hacen saltar sobre pedruscos y baches sin mayor complicaciones, yo la sigo cada vez más distanciado y esquivando todo lo que puedo. Cada vez que piso algo el Panda se queda a dos ruedas y el motor Fiat apretado hasta el límite emite unos berridos de dolor. Sin embargo en las curvas el enorme ballenato tiene que tomárselo con bastante precaución debido a las inercias, cosa que con la chatarrita no hay que tener en cuenta, además siempre puedo tirar del freno de mano (al que le he cogido muy bien el tacto esta mañana). El viaje se me antoja muy corto volando a 80 por hora entre olivos y árboles frutales, jugándonos el pescuezo en cada curva y viendo los grandes ciervos cruzar asustados a apenas unos metros. Las curvas son más divertidas de lado, así que mientras el mastodóntico y aburrido Land Rover se dedica a meter su morro por el interior, yo me dedico a pasear el tren trasero por las cunetas, levantando polvo y ayudándome de frenazos y golpes de gas para llevar el coche por donde quiera (lo bueno de que sea tan simple es que tienes la sensación de que todo está bajo tu control, nada depende de terceros y de electrónica innecesaria).

El reloj marca las nueve y media de la noche cuando nos dignamos a aparecer por casa de Diego (espero que le guste la sorpresa). Un Jabalí asándose en la barbacoa con un palo que lo atraviesa desde sus partes más íntimas hasta la boca nos recibe, del que no hay rastro es de DrinkingMan, pero el animalito nos da la ligera esperanza de que ha superado la resaca. Dejo el Panda en la misma puerta para que pueda verlo al salir. Nos acercamos a la fiera que comienza a soltar un olorcito nada desagradable, soy un poco reacio a comer demasiada carne (no somos los dueños de nada y los animales, por tanto, no nos pertenecen) pero hoy mi estómago y yo haremos una excepción:

- ¡Hombre chicos! Estaba preocupados, iba a salir a por vosotros pero no sabía cómo, porque no me dejasteis nada ¡Buajajaja! - aparece de la nada, su risa malévola delata que no está muy contento con nosotros y la cuadragésima botella de Vodka que lleva en la mano augura otra noche larga...
- ¿Qué? ¿Le gusta su coche nuevo? - pregunta Cintia.
- ¡Bendito sea el poder de Cristo! - se lleva las manos a la cabeza y comienza a rodearlo - Pero ¿Qué le habéis hecho? Mi coche era mucho más...
- Lento, pesado, obsoleto, bajo, inseguro y un largo etcétera de cosas - interrumpo yo -; y lo mejor está dentro, ¡No se corte! Entre, entre...
- ¡Dios! ¿Y este asiento? - se sienta y comienza a tocar botones, hasta que consigue darle al del masaje - Me cago en mi puta vida buajajajaja, yo de aquí no me muevo, ¡Pa' vosotros la cena, el vodka y su puta madre!
- No olvide arrancar el coche de vez en cuando, o se quedará sin batería - le dice ella.

Nos alejamos corriendo hacia la mesa, nuestro hambre bien podría matar una vaca a bocados, pero como tenemos un cochinillo bien grande la dejaremos vivir una noche más. "¿No hay otra cosa que no sea vodka?" pregunta mientras apura el primer trozo de costilla. Niego con la cabeza y sigo sin dejar descanso a mi mandíbula, que se pelea por un lado con medio kilo de solomillo y por el otro con una pata de jamón de la que (en condiciones normales) podría estar alimentándome un mes. "Una noche es una noche" digo un rato después mientras preparo mi primer chupitazo. Ella hace lo propio y se busca un vaso aún más grande.

...

Diego continúa allí sentado con los ojos cerrados, mi vejiga está pidiendo una pequeña tregua así que subo al segundo piso a echar una meada. Paso por nuestra habitación y observo de reojo el chivato del portátil parpadeando. Tras dejar medio litro de etílica orina en el wc hago una parada y trato de buscar el origen de la parpadeante luz. Lo abro y descubro que mi bandeja de entrada está repleta de nuevos mensajes: "Recibido hoy a las 20:34. Remitente: OjosGrises50". Trago un poco de saliva, el alcohol hace que apenas pueda leer lo que pone en la pantalla, pero soy consciente de que quizá no haya sido tan buena idea lo de ausentarme todo el día, y menos lo de ponerme hasta el culo de bebida sin haber probado una gota de alcohol en mi vida. La oigo subir las escaleras:

- Pablo, ¡Qué se te endfría el Vozzzka!
- Un momentito, tengo un menzaje de...
- ¿¿Del Ojos grizes de los cohones?? ¡Que le den!
- Quizá tenga alguna novedad de Silvia - se me pasa toda la "mierda" al pensar en ella.
- ¡Que da igual! Puede esperar, baja y nosss echamos otra.
- Está bien... luego lo miro - me levanto y ella me toca el culo, ambos bajamos al piso de abajo con más roce de la cuenta.
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#6
Capítulo 14

"Belleza", ese concepto abstracto, salido de alguna palabra latina o griega y oculta en ese lugar que menos te esperas. Evoca recuerdos en mi mente, me atormenta cada vez que parpadeo con su pelo castaño o cuando intento llorar por las noches cuando ella se duerme. Te abduce en cualquier momento, puede ser al contemplar un paisaje, al ver la foto de un RSR Turbo Type 934 destripado o sentado ante alguien que hasta ahora, a pesar de ser objetivamente bella, nunca te había atraído. Decimoquinto trago de la noche, el sonido del asiento del panda de fondo y las pequeñas explosiones de las brasas que quedan en la barbacoa es lo único que interfiere entre mi mirada fija (a la par que perdida) y sus ojos azules, dilatados por la oscuridad de la noche. Ella parece ignorar que la observo, ignora que ya no la miro como antes... pero entonces vuelve su rostro hacia mí y me mira directamente:

- ¿Qué?
- Nada - le respondo.
- Estás un poco lejos ¿No?

Se levanta de su silla tras tomar otro chupitazo. Rodea la mesa y se acerca a mí, apoya su mano en mi hombro y, tras unos segundos, clava sus infinitos ojos azules en los míos (algo más tristes y terrenales). Noto un calor inusual, una extraña forma que acaricia mi cuello y hace al sudor frío deslizarse por mi espalda. Sus vaqueros ajustados rozan mi brazo y por un momento, hay un pequeño remanso de paz que me hace olvidar toda miseria que me rodea. Soy (o era) un muerto en vida, alguien que sabe poco de sentimientos, de emociones, de la vida... mas ahora todo eso parece no existir, mi autismo social se disipa entre el canto de los grillos y la noche estrellada. Entre reflexiones cercanas a la empalagosa prosa de Neruda, ella se sienta en mis piernas y apega su cara a la mía. Me atrevo a cogerla de la cintura y comienzo a oler su pelo, que desprende un cierto aroma embaucador.

No hay más palabras que puedan estorbar a lo que percibimos en ese instante, sé que lo que hacemos no está bien y que hay alguien que ahora mira al techo y se pregunta qué estoy haciendo para ayudarle. El tiempo se detiene y lo que parece una vida por delante se queda en la última noche antes del fin, algo me dice que nos queda poco tiempo y ninguna esperanza, algo me dice que sea lo que sea, acabará pronto. Así pues, noto el aire de los pulmones salir por su nariz y chocar contra mi arco de Cupido. El momento llega, no hay amor ni sentimientos por medio, al menos no por mi parte. Pero este maldito vodka hace de nosotros un par de animales que no controlan sus instintos más básicos y a los que nos importa nada. Ella no parece preocupada por el hecho de que mi mano se encuentre en algún punto que apenas identifico bajo su camiseta, a mí tampoco me alarma su mano recorriendo mi muslo. Está a años luz de mí, aún así se rebaja a mi mundo y sucumbe a mi escaso atractivo, acerca sus labios a los míos y mi inocencia comienza a marchar ríos abajo tras 20 años de tediosa compañía. Al principio es un tímido beso que ambos recibimos con los ojos cerrados, luego es un segundo bastante más agudo en el que comienzo a abrir la boca sutilmente. En el tercero no dejamos de medias verdades y sólo nuestra respiración marca el inicio y el fin de las acometidas. "Así que era esto..." pienso mientras vuelvo a abrir los ojos y la observo entregándose, mientras yo presto ya más atención a los árboles del bosque a ella.




Subimos las escaleras comiéndonos a besos e incluso tiramos un jarrón del pasillo por nuestra desaforada pasión y la caraja que llevamos encima. Chocamos contra todas las puertas: la del baño, la de la despensa, la del resto de habitaciones... llegamos a la que ha sido nuestra estancia estos últimos... ¿Cuántos? ¿6 o 7 días? Me empuja hacia la cama sin preguntarme tan siquiera si estoy preparado. Vuelven las dudas, no sé si lo estoy y la confianza de la que era víctima hace un momento ha desaparecido. Vuelvo a ver a ella como una especie de ángel que ha venido a encontrarse con el más ogro de todos los terrícolas. Además, en mi mente se dibuja otro ángel que nada tiene que ver con ella. Se pone encima de mí, el vodka y la rabia acumulada hace que lleve esto de una forma demasiado "apasionada", violenta incluso. Apenas si se ha quitado la camiseta cuando comienza con la mía. Me la quita de un movimiento y comienza a besarme el cuello mientras me restriega su cuerpo atlético. Noto sus pechos y la agarro de la cintura mientras ella sigue con su contoneo, no sé qué me ve, pero a pesar de querer hacerlo más que nada en este mundo, no puedo dejarla que siga. Con cierto tacto comienzo a girar la cara para que nuestros fluidos no entren en contacto ni una vez más, ella parece no darse por aludida y sigue con su ritual agarrándome de los brazos y desabrochándose los vaqueros:

- ¡Para! No puedo hacerlo...
- ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Te pasa algo tío?
- No... es sólo que...
- Es ella, ¿Verdad? - dice mientras se quita de encima y busca su camiseta.
- No, no la metas en esto, no tienes nada que ver.
- Seguro que no - dice con un tono a medio camino entre el sarcasmo de House y la rabia de un perro - no catarás otra así en tu vida, ¡qué lo sepas!
- De eso sí estoy seguro - digo mientras me siento en la cama y termino de colocarme la mochila y trato de apaciguar los nervios de "el de ahí abajo".
- ¡Que te den por culo Pablo! Te arrepentirás de esto, no busques más ayuda en mi porque no la habrá, me vuelvo a casa - aunque la borrachera que lleva encima es bastante superior a la mía (comparando peso y chupitos consumidos las cuentas no me salen), no vacila lo más mínimo al decir eso.

Cierra de un portazo y se va no sé a dónde con evidentes lágrimas en sus ojos. No he sido un caballero ni estoy orgulloso de lo que acabo de hacer, pero no quiero estar torturándome el tiempo que le quede a esto. Es una decisión errónea, de eso estoy seguro, pero a veces hay que dejar el realismo a un lado y ser sincero con uno mismo, después de todo lo que ha hecho no podría hacerlo poniéndole la cara de Silvia.

Me tapo y me doy media vuelta mientras intento que mi testosterona vuelva a sus niveles normales. El sudor cae por mi frente y aún siento el calor sofocante de ella sobre mi cintura. Cierro los ojos y noto como mis retinas se acostumbran a la oscuridad asfixiante de una noche que comienza a nublarse. Percibo las sombre de la habitación incluso con mis párpados de por medio, los años de ordenador y penumbra hacen que mi visión se asemeje más a la de un búho que a la de un humano, el Sol aún me ciega por las mañanas. Concilio el sueño pensando en una melena marrón que se pierde al final de un pasillo, que corre en mitad de la noche por un lugar viejo y maloliente, con una gran cantidad de humedad y con unos charcos que humedecen todo el suelo. Siento el frío que ella desprende: está muerta. A punto de dormirme y en un estado de vigilia más cercano al Nirvana que al mundo real, un destello de luz me despierta, como un faro en mita de la mar.

Abro los ojos y trato de identificar la fuente de ese derroche de albor, viene de mi derecha, allá donde dejé mi portátil al medio día. Compruebo con incredulidad que ese potente faro no es más que el chivato del ordenador: tengo un nuevo mensaje.

...

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"Comienzo a plantearme si alguna vez volveré a ver la luz del día. Llega un momento en el que es difícil saber si es de día o de noche o si las horas pasan o el tiempo corre hacia atrás. Por suerte (por decirlo de alguna manera) el móvil aún funciona, puedo saber al menos si el Sol ha salido o no. Sin embargo ellos parecen no tener tiempo para mí, tengo hambre, frío y sed pero no les preocupa lo más mínimo. Me he bañado en lagos helados pero fuera me esperaban con una toalla y un chocolate caliente. ¡Oh sí! Aquello sí eran buenos tiempos, recuerdo la última vez que vi a mi padre, ya había perdido aquel rostro de bonachón con el que lo conocí, para él tampoco era fácil, de eso estoy segura. Me dijo: "Quizá vuelvas siendo toda una heroína, podré presumir de hija lo que me queda de vida. Quizá no, pero eso no cambiará nada porque ya lo hago. En cualquier caso, vuelve, sólo eso te pido". No sé qué diría si supiera donde estoy ahora y lo que me están haciendo. Tras tantos días sin un sólo resquicio de esperanza, sin un mínimo de piedad por parte de ellos y con cientos de mensajes aún no contestados no sé a quién acudir. He comenzado a rezarle a Dios, nunca he sido creyente pero creo que esto me dará unas horas más de vida, es como una droga que me aísla de la realidad durante unos minutos, lo justo para que vuelvan ellos. Dejo el último mensaje de la noche antes de que abran la puerta, espero una contestación que no llega, hasta Pablo me ha abandonado:

- No te queda mucho tiempo, ¿Me vas a decir dónde está o te voy a tener que alimentar un día más?
- Como si me estuvieras alimentando, hijo de puta - le digo casi susurrando. Para que él no me escuche.
- Mira guapa. Bueno, por decirte algo porque da asco verte - me agarra de la cara y acerca la suya, vuelvo a oler su aliento putrefacto, digno de cualquier lonja a última hora de la tarde -. Me he cansado de ti, ya no me sirves ni para "relajarme", así que no me calientes que lo mismo no llegas a mañana. El reloj sigue contando, te quedan 45 horas en este mundo.

Ha dejado la puerta de la habitación abierta, algo que me tranquiliza. Siento que mi cuerpo no aguantaría otra de las suyas, apenas tengo fuerzas para moverme.

- Mátame ya, no sé donde está y... si lo supiera, tampoco te diría una mierda.
- ¡Ahhh! - entra en cólera - ¡¿Una puta como tú se va a reír de mí?! ¿Quieres que te enseñe cómo acabó la última que osó a hacerlo, eh, lo quieres ver? - comienza a reírse de forma estridente y se da la vuelta.

Agarra una de las tuberías de cobre que hay colgando de la pared (en teoría llevan el agua hasta mi lavabo, en la práctica sólo sirve para que una gotita me tenga desquiciada día y noche) e intenta arrancarla. No quiero imaginarme qué viene después ni me voy a quedar para comprobarlo. Con las fuerzas justas para seguir viva, me levanto apoyada no sé por qué fuerza y camino hacia la puerta arrastrando mis pies descalzos. Él sigue obcecado por desgajar aquel conducto; valiente mierda, no le vales sus 120 kilos para acabar conmigo sino que además necesita la ayudita de una barra metálica.

Corro hacia la puerta sabiendo que será la última oportunidad que tengo de salir de aquí, no hay más, o lo hago o moriré, nadie vendrá a buscarme. Hace tanto ruido que ni tan siquiera nota que paso a centímetros de su espalda, encaro un pasillo al que no había salido en la vida (cuando desperté ya estaba aquí dentro) y debo decidirme rápido: "¿Izquierda o derecha?" ¡Izquierda! Un halo de luz al fondo se abre como si fuera una puerta hacia la liberta. No es una luz normal, es blanca como la vía láctea en una noche despejada, no parece algo terrenal. ¿Será Dios? Sonrío y dejo caer el pequeño alambre con el que consigo sacar el móvil del agujero. Camino hacia ella, me siento mejor de lo que lo había hecho en días ¡La liberta me espera! Pronto estaré en casa, esto no será más que un mal recuerdo que suprimir de la historia que le cuente a papá frente a la chimenea. Soy muy ligera por lo que no me cuesta andar rápido, casi puedo oler el chocolate. Poco antes de llegar al pasillo lo oigo gritar en la habitación, "¿Ya te has dado cuenta? Maldito bastardo..." pienso mientras giro la esquina:

- ¡Eh, eh! ¿Dónde vas amiguita? - me encuentro a Pablo al otro lado. Me sonríe.
- Me voy a casa...
- Tú no vas a ningún sitio - ¡Pum! Un golpe en la espalda me desgarra la piel con el cobre desmembrado. El dolor me devuelve a la realidad, el chino de metro cincuenta discute con la mole rusa.
- Ele tonto... ¿Cómo se te ha escapao'?
- La he dejado que saliera a tomar el aire, listillo.
- Sí clalo, y voy yo y me lo cleo. Vete a tomar un café, ya la llevo yo de vuelta.

Sus botas del número 46 o 47 desaparecen escaleras arriba, tiene que abrir un par de puertas de hierro antes de llegar al piso de arriba. Contemplo la luz de una tubo fluorescente y una estrella que tímida aparece por un pequeño resquicio de la ventana. Su mano me agarra del brazo y me recoge del suelo, ahora sí que se acabo. He desperdiciado mi último aliento en un paso en falso, si estuviera en una partida de ajedrez yo sería el último peón, que acorralado en una esquina del tablero espera a que el alfil o el rey acaben con él, si la certeza no lo hace antes.

Me lleva hasta la habitación arrastrándome por el suelo:
- Levántate niña, no me lo hagas más difícil.
-No puedo señor, ¡No puedo! -ahogada en lágrimas, lo único que puedo sentir en este momentos es dolor, mi cuerpo pesa toneladas y mi mente, por fin, descansa en paz.

Me deja en una esquina de la habitación, sobre el suelo empapado. No recuerdo la última vez que estuve seca ni recuerdo otro olor que no sea el de la humedad. Llevo lustros en este caldo de cultivos de bacterias, hongos y mil mierdas, no sé cómo no me ha matado alguna enfermedad ya. "Espera un segundo" me dice él mientras me limito a llorar en la esquina más alejada de la puerta. Vuelve a los pocos minutos con algo en una bolsa: "Es mi cena de hoy, es para ti. Voy a cerrar la puerta ¿Vale? Así no podrá entrar. No hagas ninguna locura más y deja de llorar, es lo mejor para todos".

La deja justo a la entrada. No puedo darle las gracias, ni tengo fuerzas ni quiero dárselas, lo haría si me sacara de aquí o me matara ya. La herida de la espalda me hierve, el sudor cae mezclándose con el agua sucia, ambos forman una potente sustancia que me produce un escozor aún más intenso. Espero unos minutos con la puerta cerrada comprobando que nadie más pasa por el pasillo; una ver recupero las pulsaciones (que no el apetito) comienzo a moverme dando gracias a Dios (qué ironía ¿Verdad?) porque la barra no tocó mi columna vertebral y mi sistema nervioso sigue intacto.

Como un animal salvaje que se acerca con recelo a su presa, yo rodeo varias veces la bolsa sin atreverme a mirar en su interior. Cuando me atrevo a dar el paso encuentro en su interior un menú de lo más variado. Me recuerda a los fines de semana en que papá nos llevaba al restaurante chino a comer. Pollo con almendras y un par de rollitos de Primavera es todo cuanto hay, aparte de un cartón de zumo con inscripciones en un alfabeto oriental que no consigo descifrar. El primer bocado sabe a gloria, en mi lengua marchita surgen sabores perdidos entre el pan rancio y el agua llena de cal. El olor me hace bolar más allá de las rejas y la masa de trigo se entremezcla con el pollo con salsa agridulce (hace mucho que no lo comía) dándole al conjunto un gusto exquisito (quizá sea el hambre el que habla por mí).

Al terminar me siento con fuerzas para aguantar unos cuantos embistes más, o quizá haya llegado el momento de tirar la toalla... podría interpretar esto como mi última cena. Miro a mi alrededor, las paredes vacías y las manchas de moho no parecen querer acabar con mi vida. Observo con atención la tubería (ahora rota) que tanto le costó arrancar. Una bombilla se enciende en mi cerebro, si soportó tan bien sus no menos de 150 kilos tirando de ella con fuerza... ¿Por qué no iban a soportar unos escasos 55 kilos y unas reservas de energía bajo mínimos pataleando durante 15 segundos?

A estas alturas no hay lágrimas que valgan, es ahora cuando hay que ser fuerte, prometí irme de este mundo sonriendo. Tiro de lo que queda de lavabo con todas mis fuerzas. Apenas se mueve; me subo en él y la deteriorada porcelana comienza a ceder. Los remaches de la pared pierden su rigidez y no soportarán el peso mucho más. A duras penas consigo sacarlos de cuajo para arrastrarlo hasta la zona donde el tubo de cobre deja caer el chorrito de agua que esta noche no me atormentará. Tras un breve vistazo, encuentro una de mis zapatillas (esas que hace unos días volvían a ser jóvenes posándose sobre los pedales desgastados de un M3 E30) y la cojo viendo en ella la solución a todos mis problemas. Le saco el cordón, y no, esta vez no lo usaré para recogerme el pelo.

Rodeo la tubería con él, casi de puntillas y ayudada por la altura extra que me da el lavabo (o lo que queda de él) al ponerlo de canto. Será sencillo: me subo, rodeo mi cuello y le pego una patada. Caerá al suelo pero no lo haré yo con él, ¡Adiós mundo cruel! Suerte que llevo mucho sin comer, incluso un roñoso cordón podrá aguantar mi peso unos minutos. Dicen que es una muerte horrible (hay historias muy desagradables por ahí)... ¿Pero acaso esto no lo es? Cuanto antes acabe antes podrá descansar todo el mundo, cuando eliges la no existencia como única alternativa es que las cosas van realmente mal. No quiero que mis últimas palabras sean de rencor hacia aquellos que no hicieron nada por sacarme de aquí, prefiero cerrar los ojos y pensar en todo lo que nunca hice bien, nada como ser crítica con una misma para atreverse a dar el paso. Me corto el pie con un filo desquebrajado del sanitario, me recuerda a aquella noche en aquella cala... Agarro con fuerza de cordón y levanto mi cabeza para poder meterla por debajo del nudo que tirará de mi garganta para no dejarme caer

-"Brrrr, Brrrr"- mensaje de última hora, como en el desenlace de una película, mi BlackBerry vibra bajo el urinario.

Entre el agua y la humedad aún hay hueco para la esperanza. ¿Qué posibilidades hay de que una viejo móvil de 30 años aguante con un cinco por ciento de batería a ese envite que me haga permanecer en este lado cinco minutos más? Diría que muy pocas, aunque la matemática estadística nunca ha sido mi fuerte. Saco la cabeza de la soga, habrá que ir a echar un vistazo."



Recibido hoy a las 18:42 (OjosGrises50)

- No le queda mucho más, ni ella aguantará ni ellos tienes más paciencia. Pero creo que aún hay algo que podrías hacer por Silvia.

El mensaje me deja blanco, la borrachera pasa como el agua del río que se va y nunca vuelve, sólo tengo sentidos para mi aliado cibernético. La luz verde de su avatar me hace ver que continúa conectado, no debe tener mucha vida el pobre...

- Haré lo que sea, sólo dime donde está y yo iré a buscarla.
- ¿Cómo sé que lo harás? ¿Cómo sé que no nos estás haciendo perder el tiempo y la paciencia a mí y a ella?
- Porque la necesito, es más, me acabo de dar cuenta de que la quiero.
- ¿Lo dices en serio, pringao?
- Me da igual lo que me digas, no he sido más sincero en la vida...
- Está bien, lee con atención, ¿Conoces la película de "Promesas del Este"?

...


4 de Noviembre


El espejo está ennegrecido por la suciedad, mi figura se distorsiona y me hace creer que es mi vista la que no marcha bien. Suerte que la tengo cerca...:

- ¿Tú crees que este traje me queda bien?
- Hombre... aunque aún te queda un poco para ser todo un yogurín, la verdad buena percha sí que tienes. No es demasiado difícil encontrar algo que te quede bien. Pero creo que vas demasiado oscuro, ellos suelen llevar una camisa blanca.

Con un agradable tacto me coloca el cuello, cierro los ojos e imagino que es otra persona. El primer día después de "el episodio" fue un tanto extraño, ella no hablaba mucho y yo preferí no hacerlo. Creo que no se acordaba bien de lo sucedido pero evidentemente sabía que algo no fue bien.

- ¿Y tú qué te pondrás?
- ¿Yo? Cualquier cosa, sólo tengo que pasarme por alguien normal jejeje...
- Eres muy valiente, que lo sepas. Pero no te preocupes que todo saldrá bien - la agarro de la mejilla y con suavidad le doy un pellizco. Me pongo muy serio al recordar por qué estamos aquí.

Las 7 plantas de lo que en su día fue "El Corte Inglés" ahora son el paraíso del saqueador. En las zonas de compra apenas queda nada, se lo han llevado todo; alguna pierna de maniquí y los últimos restos de cañerías que no pudieron arrancar es todo cuanto se puede ver a parte de los muros pintarrajeados y las escaleras mecánicas. Faltan algunos paneles de las paredes por los que pasa el Sol de la mañana y consigue iluminar toda la planta. Sin embargo, los almacenes son aún un tesoro sin descubrir, yo apenas me llevo lo necesario para esta noche pero ella parece no tener nunca demasiado, coge todo cuanto puede (y bien que hace). Con esta chaqueta de Emilio Tucci me siento poderoso, parecería incluso alguien importante para quien no me conociera...

Echamos un último vistazo al resto de plantas, tenemos tiempo aún. Sabemos que a ellos no les gusta madrugar demasiado, su punto álgido es cuando el Sol se va, ahí es donde realmente se crecen y se convierten en verdaderos depredadores. En la planta de informática nos llevamos una pantalla de 60 pulgadas, una videoconsola y algunos juegos. De la de alimentación nos hacemos con algún vino y licor para Diego y también nos acordamos de mis padres, les llevaré algún detallito de la sección de hogar y cogeré muchos folletos de viajes, a ver si consigo hacerlos entrar en razón.

El Defender, a diferencia del M es una máquina de devorar kilómetros bacheados, tras sacarlo de la plaza donde lo hemos dejado aparcado (esquivando el enorme árbol de Navidad que nadie se encargó de quitar) ponemos rumbo al taller. Hoy nos llevaremos una montura nueva, una que me otorgará la potencia necesaria para no perderlos y la suficiente discreción para pasar desapercibido. Ella se encarga de conducir mientras yo dejo el traje con su funda en los asientos de atrás, en el maletero apenas entra nada, Cintia lo ha llenado hasta arriba de cosas. "Nadie es perfecto" dice ella al verme mirando el enorme montón de ropa. Le sonrío y le doy la razón.

Al llegar al desguace nos encontramos con que nada por allí ha cambiado, cada herramienta está donde la dejamos estratégicamente colocada y el olor ha cerrado garantiza que nadie ha abierto aquello en un puñado de días:
-De una vez por todas se han olvidado de nosotros, ¿Estás seguro de lo que vamos a hacer?
- El plan está más que claro, todos los pormenores desmenuzados y vamos a dejar muy poco al azar. No he estado tan seguro de nada antes - me acerco al 928 S4 y le quito la funda con la que lo protegí el último día - lo haremos pasada la medianoche.





Capítulo 15


5 de Noviembre

Mi Bvlgari recién adquirido marca un cuarto de hora pasado de las 12. El empuje del S4 es brutal cuando lo soltamos sobre las carreteras de ancho asfalto radiales a Jaén (las principales aún conservan un buen asfalto). Recuerdo las palabras de Cintia este mediodía mientras comíamos resguardados de miradas ajenas bajo la presa del Quiebrajano; entonces se le veía bastante animada, ahora apenas hablar; estos últimos momentos se los guarda para ella misma:



- ¿Estás segura de lo que vas a hacer? - tiré una piedra al agua sin conseguir que rebotara más de una ve - Te he exigido mucho últimamente sin tener derecho a ella, pero esto está a otro nivel, sólo tú puedes decidir en estos momentos.
- Sé que no puedes vivir sin ella, lo acepté aquella noche - me atraganto con el pan al darme cuenta que se acuerda de lo que pasó -. Además, soy de las que piensan que todo ocurre por una razón. Seguro que hay alguien que me ayuda desde arriba - miró al cielo e hizo lo propio con su piedra, sólo que a ella le dio hasta 4 saltos sin esforzarse lo más mínimo.
- Yo soy de los que piensan que estamos solos. Nadie mira por nosotros.
- A mí mi abuelo me contó que mi abuela hablaba con el por las noche. Dijo que ella lo protegía. En su lecho de muerte me dijo que él se encargaría de protegerme a mí como su mujer hizo con él.
- Yo no conocí a mis abuelos - arranqué una rama del suelo. Ya no tenía más hambre -. Todos murieron de lo mismo...
- Infarto... ¿Verdad? - dijo mientras una abeja se posó en su mano sin asustarse lo más mínimo.
- Sí, tenían las putas arterias colapsadas, el corazón dejó de bombear sangre y... ¡Boom!
- Tú ibas por el mismo camino ¿Cómo cambiaste el "chip" de un día para otro?
- Bueno, soy un deportista frustrado en el cuerpo de un regordete jejeje... Mis padres nunca me motivaron para llevar una vida más sana. Siempre estaban con sus ordenadores y sus mierdas. Pero el día que dejaron de prestarme atención comencé a tomar decisiones por mí mismo.
- Eres alguien muy especial, demasiado especial diría yo...
- ¿Yo? ¿Por qué? - pregunté extrañado.
- Es complicado, digamos que esta sociedad no fue diseñada para crear sujetos como tú, con inquietudes. Tienes algún defecto o virtud en tu genética o personalidad, llámalo X, que ellos no tuvieron en cuenta cuando naciste. Si lo hubieran hecho te habrían matado.
- ¿Pero qué dices? ¡Estás loca!
- No es ninguna locura - se puso muy seria y comenzó a observar sus uñas, con una manicura perfectamente hecha (el tiempo sobra por estas tierras) -, piénsalo. ¿Sabes por qué ella sigue viva?
- Pues no... ¿Por qué?
- Porque te quieren a ti. No te voy a engañar, cuando os conocí pensé que eras simplemente su marioneta (en algunos aspectos aún lo eres) - frunció el ceño con cierto "celo" -, pero estos días he visto tu iniciativa, y ellos también - miró al cielo.
- ¿Insinúas que...?
- No insinúo nada Pablo - comenzó a reírse irónicamente -, lo confirmo. No hay nada más interesante que nosotros dos y estos bocadillos de salchichón en 100 kilómetros a la redonda.
- ¿Satélites?
- Supongo... Árbol, garaje o túnel que veas, ahí que tienes que ir si no quieres que te cuenten hasta los pelos de la cabeza.
- Y entonces... ¿Qué me quieres decir con lo de que tengo iniciativa?

- Las posibilidades de que dos personas como tú compartan un mismo bloque de edificios es muy baja, la de que uno duerma debajo del otro es casi nula... sois un capricho del destino o del futuro, alguien quiere que las cosas cambien. Dicen que el aleteo de una mariposa en El Amazonas puede provocar la tormenta del siglo en la otra parte del mundo. Las grandes guerras, los mayores imperios de la historia y las grandes injusticias de la desdicha del ser humano en este planeta se vinieron abajo por pequeñas cosas: un papel extraviado, un chivato, un amor imposible... Vosotros sois esa mariposa, algo me dice que ella está viva, es más, la necesitan a ella para localizarte a ti. Hace días que no hablas con el hombre ese raro de la Deep Web, sin embargo no has perdido la esperanza. No harán que ella contacte contigo directamente, saben que sois más listo que eso.
- Jejeje, yo no soy listo - digo tratando de quitar algo de mérito al asunto.
- Pablo - me agarró de las manos y me miró directamente a los ojos, ametrallándome con ese tono azulado que jamás me había observado con tanta sinceridad -, sois la última esperanza que queda en esta país.
- ¿Y... - se entrecortan mis palabras - y tú qué papel juegas en todo esto?
- ¿Yo? ¡Ninguno! No sé si te lo he dicho antes, pero no suelo creer en las casualidades. Sin embargo en esta ocasión haré una excepción conmigo misma.
- No digas tontería, ¿Eres consciente de lo que vas a hacer esta noche? - giré la vista un segundo de sus preciosos ojos. Jamás había empatizado tanto con ella como en ese momento. Miré al pepino estilizado de color negro y sonreí al ver el emblema de Stuttgart.
- Soy una herramienta, nada más. Sin mí también habrías sacado alguna otra forma de hacerlo. Mi sitio no está aquí, lo mío es tomar algo con mi padre mientras vemos los cacharros pasar por el Jarama, lo mío no es enfrentarme a "los malos" sino girar la vista al verlos pasar...
- Me has hablado muy poco de ese sitio... no entiendo como aquí matan a una persona por estar en la calle y allí os respetan.
- Bueno, las cosas van diferentes por Madrid. Yo lo tenía claro desde hace mucho, pero después de leer lo que dejó Silvia, lo tengo aún más claro. La población es cada vez más vieja... apenas se pueden levantar de la cama, así que como para pensar en que se reproduzcan. Nosotros somos como una pequeña colonia, supongo que habrá más, si nos dejan vivir es porque somos la única esperanza de que la raza no se extinga, es algo extraño pero creo que ese es justo nuestro cometido.
- ¿Y qué hay de ti? ¿Has encontrado al padre de tus hijos?
- Cuando hablo de que soy una casualidad no me refiero sólo al presente. Vosotros sois las ovejas negras del rebaño, pero sois dos al fin y al cabo. Yo soy la oveja negra del mío, pero no hay ningún borreguito más, no sé si me entiendes...
- Bueno - dije para tratar de animarla. La conversación estaba pasando de castaño a oscuro - quizá un día aparezca un príncipe azul de la nada.
- Pablo, aquí la casualidad soy yo. No habrá más casualidades, la gente no aparece de la nada, al menos no en mitad del secarral en el que vivimos. ¿Sabes? Echaré mucho de menos esto cuando me vaya...
- No tienes por qué irte, podríamos vivir muy bien los tres juntos (o los cuatro contando a Diego).
- No sois una casualidad ¿Recuerdas? Las cosas cambiarán pronto gracias a vuestro ligero aleteo... "Tuya es la tierra y sus codiciados frutos" dice un poema de Rudyar Kipling. Dejará de serla en poco, tendrás que compartirla; sin embargo, como dice al final de ese manuscrito: "Serás un hombre, hijo mío" - sus ojos le brillaban desde hacía minutos. Su emoción se contagiaba hasta en el canto de los pájaros y el brío del agua que llegaba de las montañas - Tenéis la responsabilidad de cambiar el mundo, espero que estéis a la altura.
- Escucha, tú de aquí no te mueves. Nuestro oficio será cuidar el taller de tu padre y buscar gasolina. Te prometo que después de esta noche, antes de las 4 de la mañana, estaremos los tres comiendo un pollito asado cortesía del viejo - miré el reloj - Se nos hace tarde, ¿Nos vamos?

Ella me vuelve a colocar el cuello de la camisa tras su largo silencio. "Si vas hecho un zarrapastroso no pasarás desapercibido" me dice mientras me dedica una pequeña sonrisa. La dirección del Porsche es dura y nada intuitiva, me hace tener todos mis sentidos en la carretera y en el pedal derecho, y más al llegar al centro urbano, que no es precisamente su ambiente natural. El petardeo del V8 es como una orquesta sinfónica interpretando una nana, me entran unas ganas locas de volver a MI casa, meterme en la cama y cerrar los ojos con los ronquidos de mi padre de fondo. A los diez minutos ella encendería el ordenador y se pondría a dar vueltas a Nürburgring mientras la escucho y analizo el tiempo por vuelta. Recuerdo lo que nos ha dicho Diego antes de irnos y tras contarle todo lo que íbamos a hacer (siempre tuve la sensación de que Ojosgrises50 era él, de hecho aún lo pienso) se despidió de nosotros con pocas palabras pero con un cálido abrazo que demuestra el cariño que nos tiene. Debe de ser duro pensar que en unos días volverás a una soledad con la que has convivido los últimos 15 o 20 años. Avanzar con el 928 por el camino no fue fácil, íbamos muy lentos, lo suficiente como para ver sus ojos grisáceos envueltos en lágrimas por el espejo. "Y recordad que a las 4 lo tendréis hecho, con sus patatas y guarnición como os gusta a vosotros" fue lo último que gritó antes de que desapareciéramos tras la primera curva, levantó su azada y como un perro al que abandonas, siguió andando a su ritmo a pesar de que no nos alcanzaría:

- Por última vez, ¿Estás segura de lo que vamos a hacer? ¿Tienes miedo? Todavía puedes echarte atrás, no me voy a cabrear ni nada...
- Sí, sí, estoy convencidísima - sus manos le tiemblan y los gallos de su voz indican que está envuelta en el pánico.

Le agarro las manos, no digo nada durante un buen rato. El frío de la noche tiene que estar congelándola (yo con mi traje no noto nada), así que incluso las caliento con el vaho de mi boca. "Esperaremos todo el tiempo del mundo, no hay prisa". Meto el coche de culo bajo una enorme arboleda junto a la plaza de las batallas. En su día fue punto de reunión para yonkis, maleantes, y ancianos que llevaban a los nietos al parque a darle de comer a los patos. Hoy en día es una ciénaga en la que paloma que cae, paloma que muere. Sin embargo, si no corre mucho el aire y los animales salvajes dan un respiro, es el lugar ideal para pasear bajo los enormes sauces y pisar las hojas en el Otoño. Me encantaría salir a pasear con ella y dejar encendida alguna farola... pero ese no es mi cometido hoy, hay que camuflarse en la oscuridad (ojalá algún día las luces se vuelvan a encender). El V8 deja de rugir al girar la llave de contacto y los faros mueren con este. Total oscuridad en mitad de la ciudad es todo cuanto queda (a excepción de sus ojos, que cada día parece que brillen más).

- Estás muerta de frío, ¿Quieres mi chaqueta? - le digo al ver sus manos temblorosas. Los cristales se empañan por segundos y ninguno de los dos quiere que se baje del coche.
- No es frío lo que tengo - me mira mientras aprovecha el sofoco de su aliento para calentarse las manos.
- Te lo he dicho mil veces, creo que no tengo que repetírtelo más.
- Una cosa no quita la otra. A veces tenemos que hacer algo que no nos gusta para valorar lo que tenemos o, al menos, teníamos.

Sus manos se separan. La derecha busca el tirador de la puerta. No se despide, ni tan siquiera un "hasta luego" o un leve gesto positivo que me pueda dar un poco de esperanza... ¡nada! Se nota que no es la mejor noche de su vida, la mía tampoco. Me agarro al volante y la observo deambulando de un lado a otro, haciendo todo lo posible para no alejarse del estanque donde un día se bañaban los patos, haciendo todo lo posible para que todo aquel que pase por allí (que no son muchos) la pueda ver. Lo que a partir de este momento es 50 por ciento suerte 50 por ciento trabajo. Recuerdo aquella noche con Silvia durmiendo en su Recaro de carbono, le tapé los oídos para que no oyera como otra mujer más desaparecía de este mundo sin dejar huella. Tengo la pistola sobre mis partes, la agarro con la mano izquierda mientras con la derecha toco la llave para poder girarla de inmediato llegado el momento. Su olor se pierde y comienza a fundirse con el del cuero deshidratado, su pelo se mueve al son de la brisa nocturna que debe estar congelándola. Las axilas me sudan con la chaqueta y aunque su calor ya se ha disipado yo sigo templando la temperatura, allá afuera nadie lo hace...

Es complicado encontrar el romanticismo en mitad de una noche oscura, sólo alumbrada por la tenue Luna que se niega a aparecer tras las nubes y rota por el ruido de sus zapatillas pisando las hojas de los árboles. Al fondo, sobre otro de esos enormes bloques de hormigón desteñido una persiana se abre dejando entrever un brazo obeso y descuidado a base de alimentación hipocalórica y sedentarismo absoluto. Debe ser el más valiente de todo el edificio, o al menos el más cotilla. A pesar de hacer como el resto (es otro de tantos que se esconde en su guarida de amenazas fantasmas, protegidos por una conexión a internet y un poco de electricidad), tiene la suficiente curiosidad como para levantarse de la cama y observar que en el parque "de los patos" algo ha cambiado. En cierto sentido representa una esperanza a ser vistos, una pequeña luz que nos haga pensar que esto servirá para algo más que pillar un buen resfriado en el caso de Cintia.

Continúa caminando de un lado a otro para no enfriarse demasiado, los minutos corren pero no hay un más mínimo ápice de vida en 10 kilómetros a la redonda además de esa ventana que tras unos segundos de infinita paciencia se ha vuelto a bajar. Es increíble ¿Verdad? Cuando queremos pasar desapercibidos es imposible hacerlo, sólo queríamos vivir en paz pero no nos dejaron. Sin embargo ahora somos nosotros los que los buscamos, tengo una responsabilidad y me pienso dejar en esto hasta el último aliento. La aguja pequeña se aproxima con rapidez a la 1 de la mañana, a mí se me pasa rápido el tiempo pero sé que para ella cada segundo supone una eternidad. Su gorro de lana y su melena blanquecina que se distingue en la oscuridad no pueden protegerla mucho más. "Es inútil, volveremos a intentarlo mañana".

Son casi las 1:15 am cuando me decido a darle al contacto del Porsche. Ella está en el extremo opuesto del parque, mucho más allá del kiosco y la zona de juegos infantil; parece haber olvidado su cometido principal de esta noche para dedicarse a mantener su calor corporal explorando todos los resquicios de aquel lugar. De vez en cuando se agacha, coge algo del suelo, lo observa y lo vuelve a soltar. Supongo que habrá de todo por ahí, estas calles pueden hablarte sólo con los restos que en ellas quedan, desde los panfletos informativos sobre la contaminación extrema y las formas de protegerse de ella (permanecer en casa, básicamente) hasta la publicidad del último restaurante chino con servicio a domicilio... supongo que haría su Agosto en aquel momento. Pero ahora todos son recuerdos que ya no significan nada, sólo son trozos de plástico o papel que los más mayores recordarán con nostalgia y otros, como yo, ni tan siquiera recuerdan. Y Cintia se convertirá en otro recuerdo si no vuelve pronto al coche, me decido a abdicar por hoy, aunque no sea lo más recomendable pues, a ella, le queda muy poco... Cansado y confundido, enciendo la radio, toco el claxon y le doy a los limpiaparabrisas antes de atinar a darle un par de ráfagas para que vuelva y pueda descongelarse un poco.

Su rostro (más blanco aún) resplandece como una luminaria al final de la calle, a más de trescientos metros de distancia sólo ella da vida a un paisaje inerte donde una marquesina aburrida atestigua la dureza del Otoño que se aproxima. A un ritmo lento, con la cabeza agachada y dejando entrever el vaho que sale de sus labios morados al borde de la hipotermia. Ambos, ella como presa y yo como cazador, hemos fallado. Quizá nuestro plan brillante no fuera más que otro paso en falso hacia el fracaso, de cualquier forma se ha ganado un día más la definición de heroína. Yo apenas llego aún a la definición de persona con el sudor que me corre por la frente y espalda.

Sólo han hecho falta dos ráfagas para que se diera cuenta de que la estaba llamando, cuando quedan apenas 100 metros levanta la vista y se queda quieta, mirándome muy seria y con evidentes síntomas de cabreo. Tras 10 segundo al borde del llanto, pausada en mitad de la Avenida de la Estación, agarro el tirados de la puerta y me dispongo a abrir la puerta para ir en su ayuda. Muestra una pequeña sonrisa picarona y mueve sin mucho acierto su cabeza hacia ambos lados ("¿Qué cojones hace?"). Y así, como la luz de la Luna que hoy se niega a aparecer (para mi desgracia), su rostro se ilumina nuevamente como si de una antorcha humana se tratara. Miro mis manos y miro el cuadro del coche: no son mis luces. Comienzo a ponerme nervio, ¿Qué narices es esa luz?

Miro a la izquierda, unos xenón de color azul claro me sacan de la duda, sonríe nuevamente y retira su vista del S4, es evidente que no quiere que me vean. Vuelve sobre sus pasos y deambula otra vez hacia el parque. Aún están lejos pero ya se puede sentir el ronroneo del V8 avanzando lentamente por la avenida, van patrullando las calles. Me agacho al ver que uno de ellos lleva medio cuerpo fuera y porta una linterna en brazo. Cierro los ojos con fuerza y rezo, mis oídos se encargan de analizar la distancia a la que ellos están por el escaso sonido que producen. Noto como se aproximan, están a un par de manzanas y puedo ver el reflejo de las luces entrando por los cristales y chocando contra el techo. Agarro la palanca de cambio para salir de allí en un santiamén en caso de ser necesario, subo con lentitud mi cabeza y observo por encima del salpicadero con impaciencia. La enorme berlina está parada frente a mí, creo que ni siquiera se han percatado de mi presencia, y si lo han hecho creo que hay algo que les inquieta más. Bajan del coche y se dirigen hacia la profundidad de los sauces, a lo lejos su tenue piel vaga como un alma en pena que perdió el Norte en alguna situación traumática.

La linterna no la cohíbe y continúa andando de espaldas a ellos, como si estuviera ajena a su presencia. Agarro la pistola con fuerza al ver que no se han dado cuenta de que los observo, abro la ventanilla y trato de adivinar la trayectoria de un hipotético disparo. Pero creo que en esta ocasión ella es demasiado valiosa como para hacerla desaparecer del mapa, no le haría ese favor. Veo como uno de ellos la agarra de boca y de las manos para que no pueda defenderse. Ella apenas hace nada por impedir su captura. Primera fase completada: el pez ha mordido el anzuelo.

Ahora sí, me agacho por completo para que no se fijen en mí, mi resaca de emociones no sabría decir si esto me produce miedo, alegría o indiferencia. Dicen que la venganza es un plato que se sirve bien frío y esta noche es de todo menos cálida. Oigo los pasos de los dos individuos acercase a la potente berlina alemana, de ella apenas se puede percibir el fino roce que produce la suela de sus zapatillas al llevarle en volandas. En las plazas traseras no encuentran un buen lugar para ella, así que ni cortos ni perezosos prefieren meterla en el maletero. Ahí es cuando ella despierta de la catarsis y comienza a golpear como loca la carrocería; hay pocas cosas a las que tema, pero los espacios cerrados es una de ellas. Apenas un leve hilo de voz se intuye allí dentro, su garganta helada y los tres o cuatro centímetros de blindaje crean un cóctel poco favorecedor para ella. Después abren puerta de acompañante y conductor y tras un par de acelerones en vacío, salen a toda prisa por el mismo sitio que vinieron. Observo el humo que levantan los neumáticos y las marcas que han dejado sobre los raíles de una tranvía que nunca se usó.

Espero unos segundos prudenciales, van realmente rápido y la "cazaría" parece finalizada por esta noche. Engrano la directa del 928 y cuando desaparecen por una pequeña calle a izquierdas me dispongo a avanzar tras ellos como un fantasma invisible: sin luces y enmudeciendo su fantástico propulsor, casi como levitara en su avance. Ahora soy un funambulista, dueño de la cuerda floja donde habita la vida de un par de "criaturas" que me han convertido en persona y me han rescatado de la más estricta soledad, en este mismo instante comienza mi parte del trabajo, esta es la forma en la que agradeceré todo cuanto por mi han hecho. Es imposible callar a esta bestia, en la primera curva (con pendiente incluida) el tren trasero desliza sus encantos y comienza a chirriar como el monstruo que es, al salvar la esquina un golpe de gas prematuro convierte el sobreviraje en una derrapada monumental por las calles adoquinadas de Jaén. "¡Mierda Pablo! Concéntrate o te pillarán", es imposible ser discreto y a la vez intentar ir rápido.

El Audi S8 me gana terreno incluso en el casco urbano, a unos trescientos metros de distancia y con el menor rastro de mí a parte de las estrellas reflejadas en la chapa oscura, confío en que su espejo retrovisor juegue en mi equipo esta noche. Salimos a carretera abierta, aquí dejamos de correr para volar rápido. La enorme nacional se me queda pequeña para volar a 230 en todas las curvas, mientras que ellos apenas pisan el freno en ningún lugar a mí me toca jugar a ser Dios en cada curva. No conozco para nada este cacharro, una pena tener el M3 en dique seco, quizá con él podría haber hecho algo más interesante; o quizá no porque en cada apretón del pedal derecho acelero cual Interprise a la hora del despegue.

Los kilómetros pasan y los faros, aunque lejanos, aún son visibles. Lo complicado es ir evitando los bultos que se acumulan en el arcén, de noche esto es territorio animal y no es extraño cruzarse con un jabalí o un lince buscando alimento. Lo que aún no me explico es como ellos se atreven a ir tan fuertes "por gusto"; un mal golpe con uno de esos bichos y adiós. Cuando el aceite del motor llega a los 120 grados se hace latente que su vigorosa figura tiene los músculos "al dente"; un petardazo al levantar gas, un cambio cerca del corte al llegar al final de tercera, un soplo de gasolina en alguna de sus 32 válvulas. Dejamos atrás la nacional y nos metemos en la autovía, allí los 230 kilómetros por hora de antes me saben a poco, se nota que alguien le ha puesto "chuches" a esta cosa, por desgracia o por suerte ellos tampoco bajan el ritmo, así que las líneas del centro corren como una centella en lo que posiblemente sea mi último viaje. Cuando vamos casi a 270 por hora (y con el cacharro aún empujando) el S8 abre sus enormes ojos rojos de la trasera y se clava en mitad de la vía. En no más de dos metros ha reducido a un cuarto su velocidad sin inmutarse mientras yo doy volantazos y me peleo con las ruedas bloqueadas para no irme directo al guardarraíl.

Una curva de 200 grados a derechas y cogemos un pequeño carril dirección a "Las Infantas" según leo en un oxidado cartel. "¿Será allí donde la tienen?" me pregunto a mí mismo mientras trato de salvar las distancias al ver que él ha bajado mucho el ritmo. Tras el calentón todo el interior huele un poco a gasolina y la aguja del depósito si ha merendado casi un quinto del depósito en poco más de 40 kilómetros. Me miro en el retrovisor y veo mi cara roja como un tomate y asándose en su propio jugo. Doy asco... ¿A quién voy a engañar así? Y entonces, algo me hace volver a centrarme: por primera vez y sin que sirva de precedente el Audi pone su intermitente derecho para indicar (en teoría a nadie, creo que no me ha descubierto) que va a girar a la izquierda. Si el cartel de antes estaba mal, este entre la suciedad y la marca de las balas apenas es inteligible, y más teniendo en cuenta que voy con el pequeño handicap de llevar las luces apagadas...

"Centro Penitenciario" leo al pasar de largo unos 20 segundos tras ellos. Evidentemente no los sigo al ver que se trata de un camino sin salida, lo observo parado frente a una enorme puerta de hierro macizo que se abre con lentitud al hacerle ráfagas desde fuera. Continúo con mi camino y pasados un par de kilómetros paro en el arcén, tomo el aire y me preparo física y psicológicamente para lo que voy a hacer, el fresquito de la ya madrugada aunado con el aullido de algún lobo en la lejanía provocan que mi sudor desaparezca casi milagrosamente. "Ha sido un placer conocerte" digo en voz alta justo antes de subirme en el coche.


Enciendo las luces y con toda la cautela del mundo vuelvo sobre mis pasos, deshaciendo camino hasta llegar de nuevo a ese dichoso cartel agujereado. Trago saliva y busco la valentía en la guantera, apoyo la pistola en el bolsillo de atrás de mis pantalones y paro frente a la puerta. Silencio, durante 10 o 12 segundos disfruto del fino canto del deportivo, sus escapes flatulentos son todo cuanto advierten de nuestra paciencia. Agarro el volante y me dejo los dedos apretándolo, cierro los ojos, respiro hondo y los vuelvo a abrir. Agarro la maneta y doy un par de ráfagas, un sonido metálico surge al otro lado, las puertas comienzan abrirse y el destello de la luz contra la pared se acaba para dar paso a un enorme parking lleno de coche negros e inmaculados. Los veo en las últimas plazas del recinto con el maletero abierto. Nadie me apunta con una pistola y parece que mi traje de Emilio Tucci ha surgido efecto: Fase 2, el topo está en la madriguera.


Capítulo 16

Mi corazón hace tiempo que abandonó el régimen de las 100 pulsaciones por minuto. Hay hombres enchaquetados por todas partes y, desde la torre más alta del recinto, unos cuantos subfusiles vigilan que nadie escape a su control. Los tubos de escape siguen dando petardazos y lo harán durante un rato hasta que se enfríen. Apago el motor tras dejar el morro de "ojos saltones" pegado a un Mercedes S600 de la última generación que llegó a estos lares y, por tanto, que conozco. Rolls-Royce, Bentley, Maybach e incluso algún Aston Martin dejan en mal lugar a los coches que durante días nos han perseguido. Trago saliva; esto es mucho más grande de lo que yo pensaba, esperaba una nave o una gran casa, pero no un centro de operaciones del tamaño de 10 campos de fútbol ¿Para qué querrán tanto espacio...? Aquellos que nos han molestado no son más que meros asalariados, pero aquí está "la crème de la crème".

Los veo caminar hacia un pasillo tirando de ella mientras la agarran de los brazos como en una especie de Pasión de Cristo. "Cintia, lo estás haciendo de puta madre, el papel de tu vida" pienso para mis adentros como si realmente le estuviera hablando. Aunque no sé si sus gritos serán fingidos... siguiendo los consejos de "OjosGrises50" y sacando frialdad y calma de donde no las hay, me bajo con naturalidad del gran turismo y disfruto de los característicos crujidos de sus conductos dilatándose y encogiéndose. Hay dos de ellos (uno de piel oscura y otro rubio y de tez blanca) echándose un cigarro tras la puerta que me ha visto entrar. Recordando lo que pasó en el taller, me decanto por no abrir el pico y saludarlos con un tímido movimiento de cabeza. Ellos responden dejando de inhalar "esa mierda" mientras vocalizan un "¡Ehhh...!". Sigo sin saber en qué idioma hablan pues su primitivo saludo no me da muchas pistas. Pero es una buena señal, el topo sigue pasando por un cerdo.


Otra cosa que me llama poderosamente la atención es la existencia de farolas encendidas, las brillantes carrocerías parecen emitir luz propia luz propia con su reflejo. Es algo bello, jamás había visto semejante cantidad de máquinas/obras de arte juntas, pero todo lo empaña saber que el dinero con el que los han conseguido está manchado de sangre. No son coches, son un medio más del que se benefician exterminadores sin escrúpulos.

Sin tiempo que perder, camino decidido y sorprendido conmigo mismo (es increíble cómo el cuerpo humano es capaz de camuflar según qué emociones cuando es su vida lo que arriesga), voy tras ellos y los gritos de Cintia, vestido de incógnito y ocultándome entre luz y luz para ser ajenos a sus constantes miradas hacia atrás. A ambos lados del pasillo se extienden otros corredores aún más grandes, en las paredes cuelgan cuadros de temática cercana a la propaganda de la dictadura norcoreana de los Kim Jong. Los carteles rezan cosas como (en perfecto inglés): "Your products will be perfect with our tests" o "We do not use computers or stadistics, we use people". El logo es una especie de símbolo cercano a la sencillez de la publicidad de la URSS o las pancartas de la Antigua Yugoslavia, que forma en realidad unas letras (TWP), que son las siglas de "Tests With Persons". Los sigo a una distancia prudencial, a medio camino entre el pánico, el miedo escénico y la paranoia personificada. ¿Cómo es posible? ¿Dónde nos dejamos la cordura? ¿Por qué permitimos que esto suceda? No es momento de preguntas, pero es inevitable hacérselas.

Los oigo gritándole en una lengua extraña mientras desaparecen por un claustro que se extiende a la izquierda. Se hace raro pasear por un edificio iluminado e impoluto, lo deben limpiar varias veces al día para mantener este brillo y olor... Bajan las escaleras que conducen al sótano. Algo me dice que Silvia está ahí mismo, parece que al final de esta pesadilla está cerca. Me cruzo con un niño que camina sólo por la inmensidad del pasillo como un rayo de luz en mitad de la tormenta, porta un coche de juguete que hace rodar por las paredes mientras ríe. Lo observo pasando por mi lado como si no existiera, me saca una leve sonrisa y me hace volver a una infancia que no tuve. "¡Dani! Hijo, vuelve aquí...", una señora que milagrosamente habla castellano surge de algún rincón de este sitio. Tras de ella sale otro hombre, también perfectamente enchaquetado y con una pistola en la mano. Vienen hacia mí siguiendo al pequeñajo, yo retiro la vista hacia la pared para que no me vean mientras acelero el ritmo. "¡No salgas al patio!", ambos pasan por mi lado sin prestarme la más mínima atención; ella parece muy preocupada y cruza sus manos con fuerza, temblando y en posición de rezo. Él sin embargo no se acelera para nada, sigue caminando despacio mientras la mujer va tras el crío del "pelo cazo" de color rubio que seguramente no haya cumplido los 5 aún.

Va directo al parking donde dejé el 928, sigue ajeno a los gritos de su madre a la que parece acabársele el tiempo para cogerlo. Se acerca a uno de los Bentley Mulsanne que hay aparcados allí, y comienza a tocarlo con entusiasmo. Apenas le da tiempo a recorrerlo de delante a atrás una vez, ella corre mientras le sigue gritando, y de repente... ¡Pum, pum! Por suerte estoy lo suficientemente lejos como para no notar el aire que se humedece con las gotas de sangre que brotan de su diminuto cuerpo. Yace en el suelo, ella consigue (demasiado tarde) alcanzarlo, sus pantalones vaqueros se rompen y desgarran sus rodillas al tirarse al asfalto para socorrerlo. Aprieta su cuello con torpeza, sus gritos se pierden al final del pasillo, desde donde yo observo oculto, como un alma en pena al que ya nada le afecta. Era una persona noble, pero ahora, mientras la observo chillar apenas me recorre un leve escalofrío... "¡Miguel, Miguel! Di algo hijo, por favor", se queda callada ante el inerte cuerpo del pequeño, cuya pureza muere junto al charco que se pierde en una fontanilla cercana. El hombre que los perseguía llega donde está ella, les hace un gesto a los de las torres para que no vuelvan a disparar y se acerca a ella:

- Se lo dije señora - dice con acento del Este - le dije que estuviera al cuidado de él, aún no es consciente de donde está...
- Diréis que no era consciente valientes de mierda - rompe a llorar con rabia - No era consciente ¿De qué, eh? De que lleva toda su vida aquí metido sin haber hecho nada, de que iba a quedarse aquí mientras viviera. Sois unos monstruos, unos malditos monstruos - incluso aunque esté lejos puedo ver su rostro empapado en lágrimas -. Es un crío ¡joder, un maldito crío!
- El protocolo no hace excepciones, si salís de vuestro sector sabéis lo que pasa.
- ¿Sabe qué le digo? ¡A la mierda su protocolo y a la mierda este sitio! No nos van a dejar salir de aquí, ¿Verdad?
- Podría estar en casa si no hubiera metido las narices donde no la llaman. Cuando acabe el proyecto podrá salir de aquí si lo consideran oportuno.
- Llevan diciéndome esa mierda 4 años y medio - se acerca a él y lo agarra del cuello de la camisa. Es increíble la entereza que saca teniendo el cuerpo del pequeño aún caliente al lado -. No quiero vivir encarcelada, ¡ni aquí ni en mi casa!
- Pues es lo que hay.
- ¿Es lo que hay? ¿Es lo que hay? - lo agarra aún con más fuerza y le da un bofetón - ¡A la mierda con todo, me voy con mi hijo!

Él la empuja sin apenas esfuerzo, cae al suelo pero se levanta y se dirige de nuevo hacia él (esta vez con el puño cerrado). Como un ave rapaz que va a por su presa, comienza a arañarle la cara y le golpea con la rodilla en sus partes. Hace un pequeño gesto hacia atrás de dolor y la vuelve a agarrar de los hombros, la tira aún más fuerte y se golpea contra el asfalto con la cabeza. Desorientada, no le da tiempo a percatarse de que el orangután ha hecho un nuevo gesto a los que controlan desde la torre, una nueva ráfaga de tiros de pasmosa puntería acaban con ella a escaso metro y medio de éste. Madre e hijo descansan ya en algún lado, y sus cuerpos ahora sólo son restos que se degradan a pasos agigantados.

Se fuma un cigarro impasible a lo que está viendo, alguien se aproxima por el fondo y comienzan a hablar en un tono normal (yo soy incapaz de intuir qué están diciendo) . Ambos se agachan y le toman el pulso a la mujer, que aún mueve la pierna por algún tipo de impulso nervioso, pues es evidente que está muerta. Mientras acerca los dedos a su cuello gira la vista hacia el pasillo desde donde observo la grotesca escena, me ve y deja su mirada fija en mis ojos. Le hago un leve gesto con la cabeza tratando de mostrarle algo de complicidad, pero él no parece muy convencido. Así que doy media vuelta y decido seguir con... ¡mierda! Me he olvidado de Cintia... a saber dónde se habrán metido. Bajo las escaleras corriendo y llego a una planta igual de enorme, similar a la de un hospital. Tras una puerta metálica anti-incendios me encuentro con otro largo pasillo con puertas a ambos lados y muchas personas (se hace raro tratar con tanta gente acostumbrado a la soledad o a una compañía escasa) entre las que paso desapercibido. Aquí ya no sólo hay hombres enchaquetados, también hay personas con batas blancas y alguna vestida "de calle". Hablan en varios idiomas diferentes, pero el principal es el mío así que parece que no tendré problemas para comunicarme. Tras un rato vagando por los pasillos, asomándome por las ventanas de las puertas para ver qué pasaba al otro lado (la mayoría eran quirófanos, en uno una mujer daba a luz, en otro curaban la herida de un hombre con traje y en otro había varios niños bastante pequeños, famélicos y a los que un aparente doctor les estaba pinchando algo en el brazo), me decido a preguntar:

- Perdone ¿Sabe donde está "la nueva"? Tengo que hablar con ella - le pregunto a una chica que está sentada al otro lado de una mesa que sirve de recepción.
- ¿Y ese acento? No pareces...
- Sí, soy de aquí - la interrumpo, tratando de hablarle con total normalidad.
- ¡Ah, vale! Estupendo señor... Eres del bloque de aliados, ¿Verdad?
- Esto... sí - digo poco convencido de si es lo correcto.
- ¿Y qué tal la campaña por el Norte de Marruecos? Dicen que seguirá los pasos de esta tierra, la empresa se está expandiendo muchísimo, nuestro nómina lo notará en breves...
- Sí, estamos muy bien por Marruecos - digo sin saber de qué cojones está hablando -. Oiga, tengo un poco de prisa ¿Dónde está?
- Para ser un veterano está un poco perdido... - me dedica una sonrisa cómplice mientras señala con su brazo - Estará donde todos los recién llegados, vaya al final de pasillo, en la zona de admisión y selección. Verá unas escaleras, bájelas, estará en la zona de cuarentena, pero ya sabe que no puede estar allí y menos hablar con ellos, así que tenga cuidado.
- Lo tendré en cuenta, gracias - con confianza me voy hacia allí, sin importarme lo que ella me diga.

Al llegar donde la chica me ha indicado comienzo a sentir un pánico que jamás antes había percibido, ni tan siquiera cuando nos asaltaron en aquella carretera o cuando aquellos gritos rompieron el silencio de la noche en la puerta de nuestro garaje. Al bajar al segundo sótano las luces se apagan y sólo se quedan los ecos ahogados de gente que pide ayuda, que está perdida, que no sabe qué hace aquí. Alguien saca la mano por debajo de la puerta, uno de ellos, que camina de lado a lado se acerca a ella y la pisa. Detrás de la puerta, allá donde la vista no alcanza, ni tan siquiera se oye una queja. Trago saliva, un dolor de cabeza muy intenso hace que mis oídos no funcionen como deberían y apenas puedo escuchar lo que él me dice; yo, confundido, permanezco por unos segundo anonadado con el movimiento de sus labios vocalizando:

- ¡Eh, tú chaval! ¿Estás sordo o qué te pasa? ¿Qué cojones haces aquí? - recupero la audición.
- Yo, yo... vengo de la campaña de Marruecos, estoy un poco perdido, ¿Dónde está el baño? - pregunto tratando de comenzar una conversación.
- Está en el piso de arriba, aquí sólo ellos tienen baño (dentro de las celdas), bueno, baño por llamarlo de alguna forma jejeje... Lo dicho, pírate chaval que aquí no pintas nada.
- Está bien, gracias - ya volveré con alguna escusa mejor, de momento lo correcto es ser precavido y prever sus movimientos. Prefiero ser sumiso y no llamar la atención. Subo las escaleras algo desganado y con una pizca de mala leche, pisando un charco que traspasa la tela de mis zapatillas y moja el calcetín. ¿Cómo he podido perderla de vista? Ya me pasó con Silvia y ahora también he fallado con Cintia; me he quedado sólo.
- ¡Eh tío! - me recrimina el primitivo y rudo vigía que tiene a su cargo no menos de 30 personas.
- ¡¿Qué?! - le digo un poco alterado desde el último peldaño de escalera.
- Has dicho que vienes de Marruecos. Gracias por todo, menudos huevos le echáis, no debe ser fácil... ese país me recuerda a la España de hace 30 años, había que metérselo todo en la cabeza con calzador a los muy cabrones.
- Pues sí, menudo hijos de puta que están hechos, son como aquí pero en vez de interactuar con palabras lo hacen con las manos en el mejor de los casos - intuyo por donde puede ir el tema...
- Ya... pero bueno, aquí no nos diferenciamos mucho con esa gente, hay que tratarlos a base de golpes para que me hagan caso y cierren la puta boca.
- Sí, ya ves, es complicado hacerlos entrar en razón, pero bueno, y tú ¿A qué te dedicas?
- ¿Pues no me ves? Aquí, me tienen al control de los cerdos para que no se escapen...
- ¿Y por qué lo hacéis? ¿Por qué no los matáis directamente y que les den por culo?
- Tío, no será por ganas... pero pareces nuevo. ¡Joder! Vamos a ver... los que no nos sirven ni siquiera los traemos aquí, ¡Abono pa'l huerto directamente, o pa'los perros que hay por ahí! Buajajaja - ríe como un loco, a mi mente viene la imagen de una mandíbula manchada de sangre...
- Ya entiendo amigo - inspiro por la boca para no respirar el nauseabundo olor del lugar - de estos sacamos beneficio ¿No?
- Eso es, mira, la mayoría de los que traemos ni siquiera han salido de casa, hemos ido nosotros a buscarlos... ya sabes: simples sospechas, buena genética.... lo que sea. Aquí los mantenemos un tiempo, hasta que simpaticen con nosotros.
- ¿Hasta que simpaticen con nosotros, y cómo lo hacéis?
- ¡Me cago en la puta! ¿Y el control de Marruecos depende de gente como tú? Me río en tu cara muchachote... no sabes nada ¿Has oído hablar del síndrome de Estocolmo?
- Sé lo que es - miento - no soy gilipollas... Por cierto, ¿Cómo te llamas?
- Mark, soy Mark - alarga su enorme mano y sus dedos del tamaño de morcillas estrujan la mía.
- Yo... Juan, soy Juan.
- Encantado, oye, ¿Quieres ver una cosa? - dice mientras me guiña el ojo.
- Pues, no estoy muy seguro jejeje...
- Sí hombre, mira sígueme - camina hacia el fondo del corredor con celdas a ambos lados. Se asoma a la reja de las últimas de las puertas y gesticula con la mano para que vaya -. Ven hombre, que no muerdo.
- ¡Voy! - camino hacia allí con cierta reticencia, pero si quiero ganarme su confianza tendré que hacerlo así.
- Mira que preciosidad, la acaban de traer ahora, Jesús.
- ¡Juan! No Jesús - están desaprovechando un gran cerebro en este sótano...

Me deja un hueco para que pueda ver yo también quién está dentro. "¡Cintia! Por fin te encontré" pienso para mí mismo mientras la miro a los ojos. Ella me devuelve la mirada desde una esquina de la celda, continúa soltando vaho de forma incontrolada por la boca, tiene manos y piernas cruzadas para mantener el calor corporal y los labios aún más morados. Es muy valiente, ni siquiera ha cambiado su gesto cuando me ha visto, le guiño el ojo para que crea que todo está bajo control (aunque no sea cierto) y ella me devuelve el gesto en una distracción del "gordifuerte" que tengo al lado:

- Y... ¿A esta para qué la queréis?
- No sé, seguramente acabe de reproductora... ya sabes. Pero bueno, eso será de aquí a un tiempo, de momento me han dicho que no le haga nada, que quieren sacarle información. Parece ser que ella y unos amiguitos suyos se han metido donde no les llaman... ya pillaron a otra hace unas semanas y aún queda uno más.
- ¿Cómo? De eso sí que es verdad que no tenía constancia, es la primera vez que oigo algo del tema.
- Sí, a la otra la pillaron por un error estúpido, al final todos caen.
- ¿Y qué pasó con ella? ¿Sabes algo, la trajeron aquí? - noto como Cintia se echa hacia delante y pone el oído en la conversación.
- ¿Qué? No, ¡Qué va! Ella no apareció por aquí. ¿Sabes? Es la primera vez en 20 años que los noté nerviosos de verdad. Esa chica los llevó por el camino de la amargura durante meses, era un lince, se las sabía todas y la verdad que hizo un "jaque al rey". Cuando nosotros íbamos ella ya volvía de allí, y cuando se ponía tras el volante... simplemente hacía magia. Un día me tocó hacer una sustitución (un compañero se había roto una pierna y no podía hacer la ronda), como marcaba lo planificado estuvimos toda la noche dando vueltas por Jaén y los pueblos de alrededor, controlando que no hubiera nadie en la calle, lo de siempre, vamos. El caso es que a eso de las 7 de la mañana, bajando el puerto de La Pandera volviendo ya a base, ella nos adelantó. Llevaba un hierro viejo, no nos costaría mucho pillarla con un coche de 500 caballos y un montón de ayudas electrónicas...
- Volaba ¿Verdad? - muestro una sonrisa al sentirla cerca de nuevo.
- Sí - abre su boca con asombro - ¿Cómo lo sabes? Esa tía no volaba, ¡llevaba al demonio de copiloto! El chasis de nuestro Audi crujía por todos lados, las ruedas chirriaban, el motor no podía coger más vueltas... sin embargo, esa mancha roja desapareció unas cuantas curvas más tarde mientras el conductor decía "Se nos va, se nos va" y sudaba como un cerdo, se cabreó mucho consigo mismo esa noche. El problema es que no jugó sólo al ratón y al gato con nosotros, lo hizo con todos, pregúntale a quien quieras que no hay nadie que no haya sufrido en sus propias carnes a "Ghost Rider", como la llamábamos.
- ¿Y sólo por eso os la habéis cargado? - digo mientras admiro sus fechorías y controlo las ganas de meterle un puñetazo en el careto.
- No, no sólo por eso, a la tía le molaba jugar duro, nada de darse paseos y torearnos, a parte le molaba meterse donde no le llamaban: investigaba fuera del Internet civil, conocía todos nuestros procedimientos, por donde nos movíamos, cuándo... ¡Todo joder! Era una perfecta hija de puta.
- ¿Y cómo habéis conseguido cogerla?
- Bueno, digamos que trabajaba en solitario, desde que la conocemos siempre iba sola, sin embargo, es humana y un día comenzó a solidarizarse (por así decirlo). Conoció a un fulano, un vecino suyo que hasta entonces se había comportado como un ciudadano más y luego apareció una la cría esta, ambos son bastante torpes y no tardamos mucho en pillar a la castaña.
- ¿Y ellos? ¿Qué pasó con ellos?
- Los dejamos, no representan una gran amenaza.
- Y entonces... ¿Por qué la habéis cogido a ella, Mark?-observo la mesa que hay tras él, un manojo de llaves me da un par de ideas.
- Verás Jesús... - en fin, ¿Qué le vamos a hacer? - hay mucha gente (no demasiada) que vive fuera de lo legal y permisible, pero los dejamos. Hay quien lleva en sus genes la necesidad de ver la luz del día, no podemos remediarlo si no hay sangre de por medio - trago saliva -, sin embargo hay algunos que se escapan a nuestro control y a otros que, aunque controlados, los dejamos libre puesto que no entorpecen nuestra labor ni el funcionamiento del proyecto. Pero, este chico que te he comentado antes... el vecino, no sé cómo decirlo, digamos que pasa desapercibido pero mueve kilos.
- Te entiendo.
- Y está jugando a ser su amiguita y se le queda grande. Yo soy de los que pienso que deberíamos dejarlo, no tiene ni puta idea de conducir, ni de defenderse, ni de moverse, ni na' de na', se matará el sólo - me entran ganas de darle otro puñetazo -, pero ellos no piensan igual, así que han pillado a esta ricura y la han traído para acá. No le hemos quitado el móvil y desde luego la estamos tratando muy bien, pero si él no aparece, se arrepentirá de haber nacido como lo hizo la otra...
- Pues empieza ya hijo de puta porque no es tan gilipollas como para venir aquí, y más vale que Silvia esté bien porque sino... - Cintia interrumpe en la conversación.
- ¿Pero a ti quién te ha dado vela en este entierro, hija de puta? Mira, o te callas o vas a estar un mes sin probar bocado... - la mira con asco y vuelve la vista hacia mí - Desde luego, no sé cómo se puede ser tan zorra...
- Entonces... - trato de evitar el conflicto - la primera ya es historia ¿No?
- No lo sé, ya te digo que se la llevaron a la central directamente, pocos van allí pero ellos consideraron que era lo suficientemente importante... no sé qué habrán hecho con ella.
- ¿Y dónde...? Buena, nada - me gustaría saber dónde está esa central, pero cantaría demasiado...
- Donde... ¿Qué?
- Nada, olvídalo compañero - veo un carrito de catering empujado por otro de ellos pasar por el pasillo del piso de arriba -, te dejo con el lío. Que vaya bien la noche, me voy a buscar algo de "papeo".
- Buff... qué envidia tío - se toca su voluminosa barriga y noto como las tripas le suenan de una forma un tanto "líquida".
- Nada hombre, ya queda menos.


Vuelvo por la puerta por la que he entrado contemplando las miradas asustadas al otro lado de las rejas, sus ojos vacíos me dicen que aquello debe de ser una sensación realmente claustrofóbica y agobiante, no me gustaría verme en esa situación. Sigo al vigésimo hombre enchaquetado de la noche (éste arrastra el dichoso carrito), tras andar unos 200 metros por mitad del laberíntico lugar llega a un ascensor, yo me coloco el cuello y entro junto a él:

- ¿Piso? - pregunta.
- Al... segundo - veo que es el último.
- Perfecto.

Subimos dos pisos y él se baja en la primera planta. Yo he de seguir con el paripé así que llego a la segunda, donde todo tiene un aspecto radicalmente diferente (todo son celdas y barrotes, al más puro estilo del segundo sótano; está parcialmente abandonado, no veo a nadie). Salgo y busco la salida de emergencia, por ella consigo bajar hasta el primer piso donde todo vuelve a ser extraño, más que en una cárcel parece que esté en un hotel: sillones de cuero, suelo de madera, iluminación cálida y relajante... Escucho los chirridos de las ruedas al final de un pasillo que te invita a estar recorriéndolo toda la noche alejado de psicosis y conspiraciones varias. En varios idiomas identifico un cartel donde se lee "Comedor", así que con el sonido de los cubiertos chocando con los platos de fondo me acerco a una puerta de color rojo con una ventana en la parte de arriba: al otro lado un grupo reducido de hombres y un par de chicas con ropa "de calle" comen, repartidos por la enorme sala como si no quisieran saber nada los unos de los otros.

Me animo a entrar sin levantar la vista del suelo y con paso firme hacia lo que es mi única y patética idea para sacar de allí a Cintia y, de paso, salir yo con vida. Duele saber que has arriesgado todo en vano, duele saber que Silvia ya no está con nosotros y sobre todo duele saber que sus últimas días los ha pasado sola, aguantando sepa Dios qué y sabiendo que nadie daba un duro por ella. Y lo mejor es que no somos la simple excepción que cumple la regla, sino que somos uno más en la larga cadena de lo que todo cuanto me rodea es partícipe. Allí abajo ella no está sola, no lo está como no lo ha estado la gente que ha sido abandonada en ese mismo lugar la última pila de años. Y ahora, ¿Qué queda para que no tire ya la toalla? Pues alguien de metro sesenta y cinco, ojos azules y pelo rubio que aún tiene algo por lo que vivir, si de mí dependiera estos muslos de pollo asado (ya estoy salivando) y los filetes empanados sería lo último que vería, pero por suerte, aún no estoy sólo:

- ¿Qué quiere joven? No le he visto por aquí antes - me pregunta la señora mayor y con malla para el pelo que me atiende al otro lado del mostrador a altas horas de la madrugada. No parece peligrosa, ni siquiera mala persona, me mira de forma casi maternal y trato de pensar que no estoy donde estoy para poder continuar con la conversación.
- Sí... bueno, es que soy del frente de Marruecos - qué bien me he aprendido la historieta - ¿Me lo podría envolver con eso que hay al fondo? - digo señalando a una especie de papel metálico que veo tras ella - Es que estoy un poco ocupado...
- Claro hijo, te lo pongo en un tupper y te lo comes donde quieras. ¿Te pongo un poco de cada?
- Sí señora, pero no demasiado, no tengo mucha hambre, ¡gracias!

Y así pues, me coloca una pequeña porción de pollo acompañada de patatas y medio filete. Le doy las gracias rápidamente y me dirijo a la puerta, la abro y...:

- ¡Eh, eh! ¿Y esas prisas? ¿Qué llevas ahí? - sé quién es, no es la primera vez que lo veo e intuyo por su voluminoso tamaño y el brillo de su cabeza que fue él quien se la llevó, casi puedo ver en su enorme sonrisa los dientes manchados de sangre de su oreja...
- La comida, tengo prisa señor - trato de no mirarle a los ojos y evito el contacto visual en todo momento. El plástico de la cosa esta está muy caliente, se me escurre de las manos por segundos y mi nuca comienza a sudar. Toda la frialdad y carisma que he mantenido hasta el momento se acaban de ir.
- No me suena tu cara - pone su mano en mi pecho impidiéndome salir - ¿De dónde has salido?
- Soy... - no creo que él se lo trague - del frente de Marruecos, acabo de llegar.
- ¡Coño! ¡Qué casualidad! No serás ruso, ¿No?
- ¿Yo? ¡Qué va! Soy... - a ver qué cojones me invento - padres franceses pero criado en China.
- ¡Ah! Mucho chino por aquí... no sé como lo hacéis para comunicaros, vaya idioma raro que gastáis. No tienes acento ninguno, ¡enhorabuena! En fin, no te entretengo más que se te enfría lo que lleves ahí...
- Está bien, nos veremos con más calma - las pulsaciones han subido como la espuma en 10 segundos, comienzo a caminar visualizando el ascensor al final del pasillo.
- ¡Espera un segundo! - agarra de mi brazo con fuerza.
- ¡¿Qué pasa?! - digo un poco alterado.
- Y las mujeres por allí... ¿Qué tal, están "percutibles"? - mi puño tiene el actoreflejo de cerrarse al oírlo.
- Mire... lo mejor es que lo compruebe usted mismo - le respondo tajante y evitando sus palabras y su pestilente aliento.
- Pues sí, tendré que pasarme a visitar a esas guarras, por allí las tienen que regalar buajajaja - ando más y más deprisa para perder su voz y sus comentarios lo antes posible.

Llego de nuevo al sótano, bajo las escaleras y me encuentro de bruces con esa especie de caverna de cuyo cuidado han asignado al más patán de los patanes. "Mark, mira lo que hay hoy de menú" le digo mientras agarro el muslo y le doy un buen mordisco:

- Madre mía - comienza a absorber su propia saliva para que las babas no lleguen al suelo - ¿Me das un poquito compañero?
- ¿Qué? ¡Ni de coña! Esta es mi cena, escucha, sube a por algo que yo te cubro las espaldas - le guiño un ojo.
- Pero... si tú no tienes ni puta idea de cómo va esto, Jesús - miro a mi alrededor, la mayoría de los que hay en las celdas mugrientas y frías como el hielo están dormidos o, en su defecto, desmayados o muertos.
- No me jodas, si esto está tirao', y los muertos de hambre estos no parecen muy conflictivos. Venga hombre, date un descanso que a saber luego lo que queda para ti.
- Vaya cabronazo estás hecho, ¡No me tientes, no me tientes...! Venga, vuelvo en un minuto, pero no le digas nada a nadie que me la estoy jugando.
- Soy una tumba, amigo.

Se levanta cual foca que va a por su ración de pescado y se agarra el pantalón para que no se le caiga. Se abrocha el cinturón dejando entrever unos calzoncillos de color blanco con multitud de manchas marrones y amarillentas y desaparece escaleras arriba con un ritmo torpe y lento. Me quedo unos segundos quieto, esperando a que el sonido de sus pasos se disipe en el silencio de la noche. Tras darle un pequeño margen de seguridad, me levanto y camino hacia la celda donde está Cintia. Sigue en la esquina, intentando aislarse todo lo posible de la corriente congelada que circula por toda la estancia. Su aliento le sirve de improvisada estufa y las contracciones fuertes y aceleradas de su abdomen me hacen sospechar que continúa despierta (por otra parte ¿Quién se dormiría en una situación así):

- Tchss, tschsss!! - levanta la cabeza, sus párpados humedecidos me dan una pista de cómo está - Escucha guapa, en media hora estarás dentro del 928 con la calefacción a tope, ¡te lo prometo!
- Pablo - brota un fino hilo de voz.
- ¿Qué?
- Dime que me vas a sacar de aquí, por favor.
- ¡Que sí mujer! Tú tranquila, limítate a hacer lo que yo te diga y métete en el papel de rehén, prisionera o como quieras llamarlo. No tengo tiempo, en dos minutos estoy contigo.

Me dirijo a la mesa de fondo, miro hacia la puerta una última vez antes de aventurarme a coger las llaves. "¡Eh, tú! Despierta, eres libre". En la celda más cercana a la mesa una mujer de pelo corto y grasiento, con los ojos desteñidos por la oscuridad y rasgos asiáticos me mira con miedo. Le abro la puerta y le hago un gesto para que salga de la "estancia". Sin hablar un ápice de castellano es complicado entendernos, así que ella se levanta y se queda en mitad del corredor como esperando a ver qué hago. Continúo abriendo celdas y más celdas, las gente sale afuera pero se muestran reticente a marcharse de allí, parece que el síndrome de Estocolmo funciona de todas, todas. Allí hay todo tipo de personas: niños, ancianos, gente joven, mujeres, hombre, occidentales, orientales... variedad por doquier. Pero todos tienen algo en común y es su insumisión ante el sistema, y eso es lo que les ha llevado hasta ahí, así que sólo hace falta que vuelvan a sacar su faceta más rebelde. Al llegar a la última de las puertas alguien me habla al otro lado:

- Eh tú, ¿Por qué nos abres, es una trampa?
- ¿Qué? No hay trampa ni cartón joder, iros lo más rápido que podáis y todos saldremos de aquí, yo tampoco soy uno de ellos - le respondo a un chico de no más de metro sesenta y pelo rizado a lo afro.
- ¿Quién eres? Trabajo para una radio clandestina, podría hablar de ti si me dejaras marchar.
- No, ni de coña. No puedes hablar de mí. Escucha, ¿Puedes comunicarte con ellos? - el resto espera en la puerta de sus mirándonos con expectación.
- Sí, bueno, al menos con los que hablen inglés.
- Vale, pues dile que tenéis que iros ya. Tenéis que subir dos pisos por las escaleras, y luego esparcios por todo el recinto. En esa planta, al llegar hasta el final del pasillo os encontraréis con la recepción, detrás del ordenador están las llaves de todos los coches del aparcamiento. Coged todas cuantas podáis y salid divididos por grupos - es de lo poco que me viene a la memoria de cuanto me contó OjosGrises50 -, a partir de ahí todo depende de vosotros, hay una enorme puerta de hierro que no tiene pinta de ser blanda precisamente, pero la mayoría de coches están blindados , son verdaderos tanques. Usad uno de ellos para derribarla y huid con el resto. Por nosotros no os preocupéis - digo mientras miro a Cintia.

- Vale, está bien ¡gracias compañero! Seas quien seas, hablaré de ti en cuanto salgamos de aquí.
- Escucha, sabes que es arriesgado, ¿Verdad?
- Lo sé, pero me da igual, y creo que a ellos también. Preferimos morir luchando que vivir encerrados, no te preocupes.

Camino hacia la única celda que está aún cerrada mientras el chico de cabello rizado comienza a movilizar al resto de gente. "Eh, ¿Estás bien?" le pregunto a ella mientras pongo mi chaqueta sobre sus hombros parcialmente cubiertos con una camiseta a la que le sobran varias tallas. Está tiritando y no dice nada, se limita a absorber la mucosidad que de su nariz brota. Tras unos segundo de discurso, el silencio se vuelve a hacer en este oscuro sótano. Comienzan a caminar en dirección a las escaleras, salen ordenadamente por la única salida y se pierden subiendo peldaños. Yo me mantengo en la esquina interior de su celda, intentando mantener su temperatura con mi calor corporal. Su aliento congela mis manos (con las que rodeo su cuerpo). "Ya mismo estamos en casa, ya verás" le digo nuevamente para ver si entra en razón, pero ella continúa demasiado congelada como para hablar. Espero medio minuto más callado hasta que unos gritos y una ráfaga de tiros sucumben con su eco en el angosto lugar. Justo después, suenan las alarmas y me levanto dejándola en el suelo. Alargo mi mano y se la ofrezco "Nos vamos".


carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#7
Capítulo: 17

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"¿Y qué esperabas? ¿Una vida de kilómetros de asfalto, de gasolina gratuita e inagotable, de noches en vela comiendo hasta reventar o rompiendo un escaparate para espoliar y saquear a tu libre antojo? Yo también sueño con hundir el pedal del acelerador del coche más potente que pueda existir, engranar marcha tras marcha hasta el primer cambio de rasante, volar y despreocuparme de todo lo que no sea mi vida durante unos segundo, lo justo para volver a aterrizar y clavar frenos para no salirme en la siguiente curva.
Sin embargo... aquí me tienes, sola. Y es que rara vez conseguirás lo que quieres, y mucho menos lo que necesitas. Pero no te preocupes porque la vida es dura para todo el mundo, así que nadie se preocupará de ti o de mí. Ya puedo verme desde afuera, mi cuerpo y mi rostro poco tienen que ver con el que conociste... ¿Sabes? Creo que me esperan allá arriba, sólo un consejo: corre y no esperes nada de esto, mejor llevarse una sorpresa que una desilusión, yo solo soy la vigésima de éstas en tu vida. Adiós"


Y así, a 10 metros bajo el suelo, me despido y converso por última vez con Silvia. Su mano congelada me hace volver a la realidad, mi brazo se pone tenso al levantarla y siento su frío hasta en el último de mis huesos. Le doy mi chaqueta y se la pone con la misma celeridad con que yo la saco de la celda. Agarra el cuello de la misma y trata de usarlo de improvisada bufanda, pero su aliento bajo cero no hará mayor acción que la de dejarla sin aire:

-Escucha, ¿Dónde vas? - le pregunto viéndola subir las escaleras por su cuenta.
- ¡Vámonos! ¿No? - dice un tanto irritada.
- Tú sola ahí arriba y con esas pintas - observo la punta de su nariz roja como un tomate - no aguantarías ni medio minuto... Espera un segundo ¡Anda!

Cintia aguanta a duras penas en vertical, para en el penúltimo peldaño de escalera hacia lo incierto con las piernas engarrotadas bajo sus vaqueros ajustados y con todo el cuerpo temblando entre escalofríos. Agarro sus manos (aprovecho para que entren en calor) y las pongo en su espalda. Justo entonces, unos pasos torpes y pesados se escuchan al final del pasillo, fingiendo algo que no es la agarro del pelo con un poco de violencia y le hablo: "No digas nada, ¿Vale?". Ella se calla y se limita a soltar un leve quejido de dolor al que yo respondo regulando mis fuerzas.

Mark aparece delante de ella al instante, sudando como un cerdo y portando una pistola de mínimo un calibre 22 en su mano. Sin tiempo de reacción, intenta agarrarla alargando el brazo que le queda libre, pero yo doy media vuelta y un paso hacia atrás, fallando éste en su intento:

- Pero... ¿Qué coño ha pasado, Juan? Te dejo diez minutos al cargo y revientas el trabajo que durante tantos años he hecho de forma ejemplar. ¿Dónde están el resto? ¿Sólo la has pillado a ella?
- Jódete, hijo de la grandísima puta, no mereces ni vivir así que no esperas que haga tu trabajo - justo eso es lo que me apetece decirle -. Tío... no sé qué cojones ha pasado, me he dado la vuelta un segundo y alguien me ha golpeado en la cabeza. Me he caído al instante, me han despertado la alarma y el ruido de ella gritando, es la única a la que no han abierto las puertas.
- Pero... ¿Y dónde se han ido, cómo han salido de su aislamiento?
- Joder, pues ni puta idea tío, creo que no es el momento de averiguarlo. Si consigues pillarlos aún tendrás alguna posibilidad de seguir por aquí... pero creo que ambos estamos en un buen lío - dibujo una mueca de preocupación en mi rostro mientras tiro un poco más de su pelo para que no sospeche.
- ¿Y con esta que pretendes que hagamos? - pregunta mientras la mira con cara de odio.
- De ella no te preocupes, que ya me encargo yo - vuelvo a tirar de su melena rubia, esta vez con más fuerza que nunca, para que grite.
- ¿Estás seguro? No sé cómo voy a salir de esta..- se limpia el sudor de la frente con la mano.
- Mark coño, ¡Ve a ayudar joder! De la rubia me ocupo yo - mientras sus ojos empiezan a llorar, no sé muy bien por qué razón, rozo mis dedos con los suyos para que sepa que sigo de su lado.
- ¡Vale, vale! - el corpulento y vulgar (a pesar del traje) muchacho, se da media vuelta y comienza a correr al trote para no ahogarse con la pistola en la mano. Desaparece tras las escaleras y nos volvemos a quedar solos.
- ¡Ey, ey! ¿Estás bien? - le pregunto, le doy media vuelta y agarro su fino rostro con mis manos, retiro con mi dedo pulgar un par de lágrimas que deslizan por su rostro.
- Sí, sí - asiente con la cabeza mientras palpa mis manos con las suyas, para ella en estos momentos soy como una estufa; cierra los ojos y sonríe -, pero sácame de aquí ya, por favor.
- Para eso tú me tienes que sacar a mí antes. Escucha, no me gusta hacerte llorar, pero hemos de seguir con el plan... ¿Podrás soportarlo unos minutos más?
- ¿Bromeas? ¿De verdad piensas que me estás haciendo daño? - comienza a reírse, incluso suelta una tímida carcajada - Si hay algo que se me da mejor que mentir, eso es actuar. No te preocupes que podría estar llorando toda la noche, soy una fuente.
- Entonces, ¿A qué esperamos?

Se da media vuelta y continuamos con el papel de víctima/opresor. Al principio todo es silencio, nadie más que el carcelero baja allí, a excepción de cuando alguien le baja el cuenco de arroz a lo que ellos llaman comida. Pero al llegar al primer sótano todo cambia (y todo pasa bastante rápido). Su cuello se estira hacia atrás mientras yo tiro hacia mí de su pelo. Apenas ve por dónde camina, sus pasos torpes a veces son coordinados por un puntapié de mis zapatos en el talón de sus zapatillas de trapo. Como buena actriz que es, cada vez que nos acercamos a alguien suelta algún grito o deja escapar de sus ojos otra lágrima. Al llegar a la recepción donde me atendió la chica anteriormente, vuelvo a divisar su estilizada figura que camina intranquila de un lado hacia otro y resopla fatigada mientras sus brazos descansan en su cintura. Al llegar a su lado se dirige a nosotros:

- ¿Es una de ellos? - pregunta mientras retira con cierta delicadeza solícita el único mechón rubio que le queda en el rostro.
- Sí, he conseguido cogerla. De momento la vigilaré yo, esas celdas ya no son seguras, podría volver a escaparse.
- Muy bien, si encuentras a alguno más avísame. He intentado pararlos pero a esta hora no hay casi nadie por aquí, y yo sola he sido incapaz de contenerlos - su piel roja da fe del bochorno que está pasando.
- No te preocupes, aparecerán todos, de aquí es imposible que escapen... - digo con cierto tintineo.
- Bueno, no estés tan seguro.

Doy por concluida la conversación y seguimos caminando por una planta que, a excepción de aquella chica y las personas que hay encerradas en las diferentes habitaciones, está completamente vacía. Sólo las alarmas rompen el silencio imperante, sólo ellas se atreven a hablar frente al mayor fallo en la seguridad de la historia de este lugar. Las luces comienzan a encenderse y a apagarse, las subidas de tensión harán que en no mucho tiempo todo el sistema se venga abajo, algo está fallando...

Subimos como una inspiración al piso de arriba, en la planta baja el resultado es más o menos el mismo, trago saliva al recordar el episodio de la madre y el hijo, sus cuerpos aún deben estar calientes. Sin embargo, al girar la esquina que nos conduce al parking algo estremece nuestros huesos: un grito, dos disparos y todas las luces se apagan, como por arte de magia. Una pequeña explosión la precede y yo suelto de inmediato a Cintia, ya no la agarro del pelo ni de los brazos, ahora me limito a darle mi mano y caminar con cautela por un lugar que se sume en la completa oscuridad. Oiga a la chica de la recepción del sótano gritar mientras que en la del primer piso sólo queda alguna llave tirada en el suelo y la caja donde se guardaban el resto abierta de par en par. Unas gotas de sangre me hacen intuir que algo no marcha bien en este sórdido lugar, seguimos avanzando por un pasillo que ahora me parece tres veces más largo de lo que lo fue a la ida, se hace interminable. Ella mira al frente mientras yo le cubro las espaldas, ahora yo también tiemblo y ambos sentimos de nuevo el calor de nuestra piel, que hierve de miedo y se ruboriza a cada ínfimo ruido que oye.

Con las manos apoyadas en la pared y con la cautela necesaria para no hacer el más mínimo ruido, continuamos avanzando cautivados por la luz que se ve al final del túnel, la única que ilumina nuestros pasos y que apenas percibimos con nuestras retinas reducidas a la nada, creo que hasta ella tienen miedo a ver lo que hay ante nosotros, se refugian del pánico y del frío tras las córneas que les sirven de abrigo. "¿Qué está pasando, qué pasa?" le digo a ella casi susurrando pero completamente aterrado. Mi extraño papel de dominante ha pasado a ser el de asustadizo sumiso en apenas unos segundos, los que han separado al luz de la oscuridad. "No te preocupes Pablo, que no pasa nada, será alguna tontería" me guiña uno de sus ojos azules e ilumina la lobreguez del corredor con su mirada mientras tira de mi. Diez metros más adelante, y sin perder su pasional ritmo, salta el cuerpo inerte de uno de los rehenes que hemos dejado escapar, "No te sientas culpable, son cosas que pasan" me dice mientras lo ignora por completo. Yo giro el cuello y esos rasgos asiáticos me recuerdan a una de las mujeres de las primeras celdas, si salimos de aquí la recordaremos como a una heroína.

Nos quedan apenas 10 metros para llegar, Cintia para en seco al ver el percal que se intuye al otro lado. "¡Corre, volvemos a hacer lo de antes!" le digo mientras la vuelvo a agarrar de las manos. Como en una escena post-apocalíptica de alguna producción casposa-hollywoodiense, el aparcamiento luce un aspecto más cercano al de un campo de batalla. La agarro del pelo y miro directo a la torre de control, sin bacilar lo más mínimo. Con mi pulgar les muestro el símbolo de la victoria, no los veo pero estoy seguro que ellos a mí sí; de hecho, si aún no tenemos un tiro en el estómago es porque ellos se lo han tragado: "El topo se va de la madriguera". Un clase S muestra sus luces intermitentes traseras mientras de su vano motor chorrea aceite y fluidos a borbotones, como un guerrero que yace herido de muerte con una espada clavada en el pecho. Sonrío al ver la puerta de salida reventada por su morro, la puerta del conductor está abierta y faltan varios coches, no hay un sólo resto de sangre que me indique que algo ha salido mal, sólo marcas de balas perdidas que han impactado contra un precioso Maserati Quattroporte y un Aston Martin Rapide. La aleta lateral de "ojos saltones" está golpeada, algo me dice que la huída, aparte de fructífera ha sido ciertamente violenta. Abro la puerta del acompañante y la tiro sin la más mínima consideración, la señalo con el dedo para que vean que soy un malote y me acerco a mi asiento. Antes de sentarme, toco las marcas de neumático que han pasado rozando al 928 y que entre otras cosas han dejado los restos de un faro de color rojo en el suelo tirado: aún están calientes, deben de estar cerca.


Nuestra mayor incertidumbre ahora es si sólo los que estaban en las celdas han salido de aquí o, si por el contrario, alguien ha ido ya tras ellos. Conecto la calefacción al máximo y los cristales se empañan muy rápido, sin tan siquiera haberme dado tiempo a emprender la marcha ya está con una buena capa de vaho. "¡Eh! ¿Estás bien, te he hecho daño" le pregunto mientras meto la directa y comienzo a pisar el pedal del acelerador con el ronroneo pausado del V8 de fondo. "Tío, que no estás tan fuerte jejeje, venga, vámonos ya que no me gusta nada como nos miran esos dos", dice observando a aquellos que me crucé a la entrada y que apuraban sus pulmones al resguardo de un pitillo incandescente. Acelero a fondo y salgo de medio lado del recinto, ambos se quedan embobados al vernos pasar por su lado sin la más mínima intención de parar; siguen con su festival de nicotina, con la diferencia de que sus caras ahora reflejan una gran preocupación.

Me despido del cartel de "Centro Penitenciario" con el Clase S en el retrovisor destrozado contra la puerta de acero y con marcas de neumático que delatan hacia dónde han huido el reducido grupo de aliados. El motor V8 vuelve a rugir entre los olivos y ahora incluso uso las luces para guiarme un poco mejor a esa hora en la que la aurora te deja ver pero no te deja observar con claridad. Un par de curvas a izquierdas sobre la gran nacional que brota ante nosotros como una especie de estela de color oscuro y olor intenso y el marcador del Porsche ya supera los 180 kilómetros por hora. Por un momento pensé que no volvería a sentir esta sensación de velocidad, por un segundo sentí lo que Silvia sintió durante tanto tiempo antes de su muerte...

Ansío bajar la ventanilla y sentir el rocío de la mañana mojando mi cara, pero pienso en la que va al lado y sé que no debo hacerlo:

- Ey, ¿Cómo lo llevas? - la observo con "mi" chaqueta puesta y las manos aún blancas como la leche.
- Bien, bien - sonríe tímidamente -, dicen que el frío es bueno para la piel, yo esta noche me he hecho un lifting para los próximos 20 años.
- Jejeje, pues sí, no te digo que no, ahora estás más guapa - miento, da miedo verla. Sus ojos más que azules son rojos, sus labios están agrietados como las carrocería de los coches del desguace y su piel es paliducha y ha perdido todo su brillo, pero eso ahora es secundario, y mi aspecto tampoco debe ser el mejor.
- Y tú, ¿Cómo estás? - su gesto adquiere un tono aún más grave.
- No sé a qué te refieres...
- Lo sabes perfectamente - su mano (ya un poco templada) se agarra a la mía, que se aburre sobre el volante ante una larga recta sin mayor novedad que un cartel de "Próxima gasolinera a 4 kilómetros".
- Bueno, creo que he gastado la última bala de la recámara. Hay que saber cuándo parar y hay que saber aceptar una derrota, y creo que es el momento de pegarse la ostia con la realidad - una lágrima involuntaria brota de mi ojo izquierdo, por suerte su ángulo de visión hace que para ella sea imperceptible.
- Aún te queda mucho por lo que seguir adelante, recuerda que hace muy poco que saliste de casa, mira todo lo que has vivido en un mes ¡imagina lo que aún te queda por hacer! - parece olvidar todo por lo que la he hecho pasar.
- Lo siento.
- ¿Por qué?
- He puesto en serio peligro tu vida por un capricho tonto.
- ¿Eres consciente de lo que acabamos de hacer?
- Sí, por mi culpa han matado a esa chica y hemos firmado (una vez más) nuestra sentencia de muerte.
- No digas tonterías, esa mujer ya estaba muerta antes de que le abrieras la puerta. ¿Recuerdas lo que te dijo aquel chaval de pelo rizado? Esa gente lucha por sus ideales, para ellos la mayor derrota es estar allí encerrados sin poder hacer nada. ¿Sabes que creo?
- ¿Qué?
- ¡Que acabas de abrir la caja de Pandora! Mira, esto es un bola que se va haciendo más y más grande, hasta que un día se rompa por su propio peso. Acabas de encender la mecha que hará que todo explote - sus ojos se iluminan y parece que su precioso rostro vuelve a germinar desde ese demacrado perfil.
- Eso me asusta a la par que me... - agarra con fuerza de mi mano e interrumpe lo que le estaba diciendo.
- ¡Para, para, para! Mira ahí, detrás de esa nave.

Clavo frenos y aparco en la cuneta, "No hace falta que bajes, iré yo a echar un vistazo. No quiero que cojas frío", con un gesto negativo que deja poca opción a réplica abre la puerta antes de que yo lo haga. Los primeros rayos de luz se reflejan en una pared de hormigón construida a base de paneles, es increíble la vista que esta chica tiene. Sus carrocerías señoriales, más cercanas a lo maravillo que a lo humano, se hacen un poco más terrenales al estar salpicadas por el barro y hundidas unos diez centímetros en el suelo de lo que alguna vez fue un huerto. Aún están arrancados, con las llaves puestas y con algunas puertas abiertas:

- ¿Por qué los habrán dejado aquí? - le pregunto intentando que ella me abra los ojos.
- Es evidente, estos coches están monitorizados, los podrían localizar vía satélite en cualquier parte del mundo. Ahora seguirán con su camino a pie, espero que les vaya bien y tengan suerte, les hará falta. Y creo que nosotros deberíamos hacer lo mismo.

Y así pues, con las mismas nos volvemos sin poder evitar girar la vista al ver esas verdaderas maravillas de la ingeniería, construidas durante cientos y cientos de horas por las manos de los mejores artesanos abandonadas a merced del destino y de una baliza localizadora, quietas junto a una nave industrial que algún día dio trabajo y gozó de vida. Son dos Rolls Royce (un Phantom y un Ghost), un Maybach 57S y un Bentley Mulsanne los que abollados y maltratados en los apenas cinco kilómetros de trayecto han servido a esas personas de válvula de escape, sinceramente, yo no lo podría haber hecho mejor. Ahora son "libres" dentro de este gran zoológico, yo sin embargo sigo atrapado en un letargo de sentimientos encontrados, abrumado por las responsabilidades que no acaté y las promesas que no cumplí: "Yo no dejaré que te hagan daño, pero tú tienes que jurarme a mí lo mismo" me dijo aquella noche en la playa. Hoy es el agua salada la que ansío oler y su destino el que trato de conocer, espero que al menos no sufriera más de lo necesario y que quede alguien en este mundo (que no sea yo) para mantener vivo su recuerdo.

Los kilómetros pasan, y apenas a los tres minutos de retomar la marcha levanto de nuevo el acelerador para rellenar el depósito. Como tras una larga noche de alcohol y fiesta, lo que queda ahora es una resaca de emociones que no sé muy bien como canalizar. Otra gasolinera fantasmagórica con revistas porno tiradas por el suelo y los carteles del precio de los combustibles el último día que estuvo abierta (a casi tres euros cincuenta el litro de Diesel más barato). Absorbo con todas mis fuerzas de la manguera que conduce al enorme depósito de gasolina de 98 octanos, con ayuda de una enorme garrafa consigo llenarle hasta los tranques en cuatro o cinco viajes, y con todo listo, emprendemos de nuevo ruta hacia casa de Diego, que a estas horas nos debe estar dando por muertos.

La calma viene tras la tormenta, y con el Sol incidiendo en las ventanillas del coche y la calefacción a tope, parece que Cintia vuelve a recuperar su brillo natural. Ya no corro más de lo necesario, al contrario, me apetece ir tranquilo observando el paisaje, disfrutado del cambio automático y del agradable tacto del coche con sólo acariciar el acelerador. "Mira, ¿No es ese con el que hablaste antes?" me dice ella señalando por la ventana. Reduzco la velocidad hasta quedarnos casi parados junto a él. Abre la ventanilla y cruza sus brazos apoyándolos sobre la puerta mientras lo observa:

- Ey chico, ¿Quieres que te llevemos a algún sitio? - el joven de pelo rizado y baja estatura camina por el arcén llevando sobre sus hombros una camisa a cuadros.
- No gracias, no os conozco, seguiré andando hasta donde voy.
- ¿Sabes que andar cerca de las carreteras no es nada seguro? - me meto en la conversación.
- Claro que lo sé... ¿Pero qué queréis que haga? Campo a través me perdería.
- Queremos que subas, te llevaremos donde quieras. Si te hemos sacado de allí hace un rato no vamos a hacerte daño ahora...

Se para en seco, a lo que yo respondo con un frenazo y moviendo la palanca del cambio hasta la posición P. Cintia se baja del coche, mueve su asiento hacia delante, se sienta atrás y vuelve a colocar bien su asiento. Así pues, ahora llevo de copiloto a un completo desconocido que, por su olor, diría que llevaba más tiempo de la cuenta metido allá adentro. Durante unos instantes todo es silencio, nadie se atreve a romper el hielo y todo cuanto él hace es tocas el tirador de la puerta y el salpicadero mientras yo inicio la marcha:

- Y los otros... ¿Dónde están? - pregunta ella finalmente para romper el hielo.
- Ni lo sé, ni me importa, si os digo la verdad. Ninguno goza de mi especial interés, la mayoría son simples espías que, como todos los que por aquí, antes o después caen. Conforme nos bajamos de los coches todos se desperdigaron por mitad del campo sin saber si quiera donde iban, tampoco se preocuparon por mí ni por estas tierras... así que... me dan igual - noto cierta resignación en sus palabras.
- ¿Y tú... quién eres? ¿Por qué estabas allí? - pregunta Cintia nuevamente.
- Bueno... digamos que cuando se transformó en una gran red digital se olvidaron por completo del mundo analógico (televisión, radio... etcétera), así que un buen día unos amigos y yo decidimos hacer algo para cambiar esta situación, tenemos contactos que viven al otro lado y nos cuentan cómo van las cosas afuera, gracias a eso mantenemos un pequeño hilo de novedades que dar en nuestra emisora.
- ¡Joder! Pues qué raro... nunca había escuchado nada de lo vuestro.
- ¿En qué frecuencia emitís? -interrumpe ella.
- En toda la banda visible de AM y FM, y claro que nunca no has escuchado... ¿Has probado a poner la radio alguna vez?
- Pues no... para qué te voy a engañar - contesto algo avergonzado. Conecto el viejo equipo de sonido del 928 (que se conserva pasmosamente bien) y sintonizo la FM. Un hilo musical relajado y calmado suena de fondo por los pocos altavoces que aún funcionan. Mi limitada cultura no me hace estar muy seguro, pero me atrevería a decir que es Jazz...
- Ahora no emitimos nada, del equipo que comenzó con todo esto (éramos unos diez) sólo quedábamos cinco cuando me pillaron yendo una noche desde casa hasta el estudio. Mi padre fue ingeniero de telecomunicaciones en el pasado y soy el único capaz de usar con cierta soltura la vieja antena que usamos para retransmitir señal en directo. Ahora tenemos unas 24 horas de hilo musical que se repiten una y otra vez. Espero que los chicos no hayan abandonado el proyecto, porque el bombazo que esta vez traigo va a ser digno de ovación, todo cuanto me hace falta es contar mi historia y cómo logré salir de allí, gracias por todo chicos.
- De nosotros no hables, por favor. Ni de nosotros ni de nuestro coche ni de nada que pueda darles una pista acerca de nuestro paradero - Cintia se pone muy seria -, y por cierto ¿Dónde quieres que te llevemos?
- Con nuestra escasa audiencia de 30 o 40 personas no creo que ellos se encuentres entre nuestros oyentes, pero bueno, no os preocupéis que seré discreto en cuanto a vosotros, de igual forma esto se puede considerar un antes y un después en nuestra lucha. Sabemos quiénes son y cómo actúan. Y respecto a dónde dejarme... no os preocupéis por mí, prometimos que nadie más sabría del emplazamiento de la emisora, y así lo vamos a hacer, dejadme en cualquier parte de Jaén que ya iré andando hasta donde sea, esta vez tendré más cuidado y no me pillarán, no es preocupéis por eso, jejeje.

El camino hacia la capital nos lo pasamos entre risas y alguna broma cansada y fatigada por el sueño, casi sin quererlo la "rubia platino" se ha quedado frita en el asiento de atrás, supongo que los más de 30 grados que hay dentro del habitáculo ayudan a ello. Ninguno de los dos se quejarán después del frío que han pasado, pero las axilas de mi camiseta hace tiempo que se saltaron la definición de membrana para evolucionar a la de manantial, el cerco del sudor baja por la camisa hasta llegar prácticamente hasta los pantalones de pinzas mientras el chico (al que no le he preguntado nombre ni se lo voy a preguntar) me mira con cierta incredulidad. Lo extraño de él es que no parece haber cogido ni siquiera un simple catarro, debe estar hecho de otra pasta.

Llegamos al centro, cruzamos la plaza de las batallas y subimos una larga avenida partida en dos por los raíles del tranvía, apenas acaricio el acelerador y trato de conducir lo más suave posible, ella se ha ganado un buen descanso y no voy a arrebatárselo. Es increíble lo manso y sosegado que puede ser este coche cuando quiere, aún así me he quedado con ganas de probar alguna de sus monturas, ese Rapide tenía una pintaza... Paro frente a la puerta de la catedral, con cierta pena (sabiendo que es la primera y última vez que nos vemos) me despido de aquel loco de metro sesenta que algún día (antes o después) vivirá como se merece o, en su defecto, será recordado como un héroe:

- Sois aún muy jóvenes para meteros en estos follones, es evidente que sois muy buenos pero aún así esta noche todos hemos tenido una flor en el culo, pero la buena suerte no llama dos veces a la misma puerta, así que tened mucho cuidado.
- Está bien tío, lo tendremos en cuenta - se lo digo casi susurrando para no romper el silencio -, pero aunque sólo me tenga a mí mismo, seguiré luchando, prefiero morir en el intento que pegarme toda la vida entre cuatro paredes.
- Mira, hablas como un novato - sonríe de forma casi fraternal - pero tienes una valentía con la que te podrías abrir puertas mil veces mayores que las que has abierto esta noche. Yo llevo años viviendo de forma clandestina, así que sé de lo que hablo: defiende tus ideales, pero mira mil veces a cada lado antes de dar un paso, la prudencia es lo único que os mantendrá vivos, te lo digo por experiencia. Ojala tengas mucha suerte y entre ambos acabemos con esto, espero que las próxima vez que nos veamos sea tomando un café en ese bar que hace esquina, como lo hacían nuestros padres - vuelve a sonreír.
- Lo mismo digo, mucha suerte y fuerza, os escucharé desde donde esté, habéis ganado tres nuevos oyentes... bueno, dos - saco su lápiz de ojos del bolsillo y lo manipulo con nostalgia, como Diego cuando recordaba a sus hijas.

Se disipa sin más en apenas unos segundos, las enormes columnas exteriores del templo de Vandelvira le sirven de refugio y como nos lo encontramos hace unos minutos en la orilla de una calzada perdida, desaparece sin dejar más huella de su existencia que el extraño lugar que Cintia ocupa en el coche. Miro por el espejo retrovisor la esquina de ese bar del que ha hablado, me recuerda que aún no estoy sólo. El viejo seguro que sigue en vela, preocupa y ofuscado porque la comida se está enfriando, pero en mi lista de prioridades está la de darle un beso a dos de yo me sé. Doy media vuela en mitad de la enorme plaza, en ella hasta un portaviones podría virar a babor o estribor y completar un ángulo de 180 grados sin tan siquiera rozar una fachada.


Se despierta cuando aparco frente a la plaza donde el Sirocco R de sus últimos coletazos de vida, uno de mis primeros recuerdos es el de papá jugando al tetris para meter todos los cacharros de la playa, eran las 8 de la mañana y aún conservaba la costumbre de salir a primera hora para no pillar atasco, aunque hiciera años que la televisión no daba un sólo parte de retenciones o incidencias en el tráfico. Mientras que ambos subimos las escaleras un dolor en el pecho se hace intenso y más intenso, son recuerdos oscuros los que me provoca este lugar, como una noche de invierno en la que sólo algunas estrellas brillan para recordarnos que seguimos vivos. Esa estrella brilla al final de los peldaños que ahora subo, es Silvia, junto a la que vuelvo de otra tarde intensa en el taller. Por debajo de la puerta de casa brilla otra de ellas, es mamá que, en una orilla completamente desierta, agarraba de mi brazo para que no me metiera en el agua más allá de donde me cubriera.

Y es que hubo un día en el que esos trozos de carne con ojos aún tenían sentimientos y emociones, hubo un día en el que ellos también combatieron contra el sistema que poco a poco limitó su día a día a cuatro paredes, y es que ellos fueron los últimos en dejar de vivir. Ahora son meros seres de oscuridad, cuyos ronquidos y tos son su única señal de vida, si de mí dependiera daría todo cuanto tengo (que no es mucho) por verlos salir de casa de nuevo. Sé que no fueron unos cobardes, y nunca se sometieron a las normas, sin embargo tenían alguien de por medio a quien proteger, alguien que a día de hoy se ha convertido en un hombre gracias a su ley del hielo y exclusión, indirectamente creo que me estaban educando para ser quien soy. Sólo por eso se merecen que vaya a hablar con ellos, le debo más de una explicación que estoy seguro que quieren escuchar.

"¿Me disculpas un momento?" le digo a Cintia, que como de costumbre trata de entrar con total naturalidad a mi piso. Esta vez cruzo en solitario la puerta, como de costumbre el reflejo del televisor choca con la pared desde la puerta entreabierta de su habitación. El volumen a todo trapo y un extraño olor a "nada" es todo cuanto se percibe en el pasillo. Me percato de que el dolor de mi pecho no estaba provocado por la oscuridad del portal, ni por los recuerdos que se amontonan en mi cerebro atrofiado, no, este sentimiento ya lo he percibido ante, y se llama pena. Abro la puerta y es la realidad la que me golpea en la cara, los ojos y el estómago. Una cama vacía y un mando tirado en el suelo es todo cuanto de ellos queda. Todos los cajones están abiertos, me recuerda a cuando desvalijamos medio centro comercial para encontrar un traje a mi medida.

Sobre la cama, unas gotas de sangre y una mancha de pólvora me recuerdan que no sólo soy un asesino directo, sino también indirecto. Me recuerda que como un juego de rol en el que tu partida va mal, lo poco que tengo a mi lado lo estoy perdiendo definitivamente, y así, una vez apagada la tele y en total penumbra, me percato de que sólo un silencio sepulcral cubre "mi hogar". No habrá más noches con ellos roncando de fondo, el sonido de una vuelta rápida a Nürburgring desde su casa no retumbara nunca más sobre mi cuarto, ahora no tengo a nadie más que a esa chica que espera en la puerta y que, con un poco de suerte, marchará junto a su padre de aquí a unos días. Las lágrimas me hacen de inesperadas compañeras, no son de miedo ni de rabia, son de tristeza, y a esa no hay forma de calmarla. Sobre la mesita de noche, una nota de ellos (los poderosos, los carceleros, lo que todo lo ven) me dice en qué punto estoy: "Tu soledad comienza".



Capítulo 18


Me agarro a la tapa del water como quien lo hace al filo de un precipicio. En mi interior alguien exprime con sus manos mi estómago y me hace vomitar una y otra vez con enormes sacudidas. Mi cabeza me aturde de forma casi esquizofrénica, una voz me grita al oído a unos decibelios francamente insoportables: "Eres el culpable, tú los mataste a ellos, a Silvia, a los rehenes, al niño, ¡A todos, maldito malnacido!". Sólo son unas gotas de sangre, unos rastros de pólvora y una nota, es el testamento que ellos me han dejado antes de marcharse forzosamente. "¡Buagggg!" Una nueva arcada exprime lo poco que de mí puede quedar ya en el sistema digestivo, los restos de comida semidigerida han dado paso a una bilis amarillenta, densa y pestilenta que cubre con su hedor todo el cuarto de baño. ¿Cómo he podido estar tan ciego? ¿Cómo he podido acabar así? ¿Cómo he llegado a este punto?

Su todavía mano congelada me despierta de la vorágine autodestructiva que mi cabeza de mí ha hecho, pisa sin importarle los restos de fluidos que han caído al suelo. Ella también llora, aunque lo hace más por solidaridad que por pena, ella apenas los conocía y yo... bueno, yo nunca fui un experto en la materia. Es ahora cuando predicas en tierra de infieles, tratas de encontrar el discurso barato de "he desperdiciado el tiempo a su lado o eran unas bellísimas personas", es la forma más hipócrita de eludir mi responsabilidad:
- ¿Estás bien? - me pregunta con la voz temblorosa, su aspecto resulta casi angelical al lado de mi cara desencajada.
- No, no lo estoy - me levanto del suelo calmado por su aliento, con la manga de la camisa me limpio los restos de mi boca.
Ella, sin decir nada, me abraza; es la que se encarga de consolarme ahora. Intento mantenerme fuerte y altivo a su gesto, pero me es imposible. Sin más, me agarro de su cintura y dejo que mis lágrimas caigan sobre sus hombros, me agarra de la cabeza de un modo tan delicado que apenas alcanza la definición de roce. Su cuerpo aún congelado parece no querer coger temperatura, apenas puedo intuir un fino ápice de calor dentro de su estómago. Me quedo absorto mirando en el espejo mi cara, su cuerpo y el pelo dorado que cubre su espalda hasta confundirse con mis manos. Así es como todo acaba, así es como uno pasa de ser un crío a hacerse adulto y perderse en ese círculo de soledad y desilusión. Así es como alguien que con un mando de la Play y una recreación digital de un circuito se convertía en una persona feliz cada vez que superaba su propio tiempo se convierte en un don nadie, oscuro y derrotado por la vejez interior, que lo tuvo todo y perdió más, que pasó de tener una colección de coches a su disposición, una chica de belleza casi milagrosa (y no sólo exterior) y gente que lo esperaba en casa, a estar sólo aún apegado a quien lo aprecia.

Mis manos se cansan de tenerla, se cansan de no poder ofrecer más que pena y fracaso a quien aún tiene algo por lo que vivir. El cariño se convierte en rutina y no hago más que ponerle otro cuerpo y otro rostro diferente, sin más, todo parece llegar a un punto de no retorno, con las horas contadas y el reloj de los míos ya parado, todo cuanto puedo es alejarla de mí y esperar a que sean ellos los que decidan cómo, cuándo y de qué forma he de morir. Mi destino, como el de cualquiera que ellos tengan en su lista negra, está escrito, por suerte no tengo testamento ni más enseres que un coche aún por afinar y cuantos pocos recuerdos conservo:

- Por favor Silvia...
- ¡¿Qué?! - corta por lo sano su abrazo.
- Cintia, perdón. ¿Puedes dejarme un momento a solas? Necesito aclarar mis ideas; y no te acomodes demasiado, te llevaré donde nadie pueda hacerte daño.

Ella, complaciente como siempre y agotada como nunca, abandona la habitación sumando a su lista de batallas perdidas contra el mal humor una nueva fecha y un nuevo lugar. Con los codos apoyados en el lavabo, levanto la cara y miro con recelo a ese rostro desquiciado que me mira directo a los ojos. Maquillo esta locura con una sonrisa nostálgica, recuerdos que se acumulan como perfectos momentos, sólo unas semanas hacen falta para echar por tierra toda una vida, sin embargo una vida no alcanza para vivir lo que yo quería conseguir. Y es que los errores pueden ser muy caros: reiniciar una partida, perder un fichero importante, que alguien se cabree contigo una noche o tener que vivir el resto de tu vida huyendo de quien ha acabado con todo cuanto tenías. Sólo hay una diferencia entre quien se defiende y quien ataca, y es que el segundo no goza de la valentía suficiente para que sea el otro quien dé el primer golpe.

Yo, nosotros, ellos, fuimos los valientes, no comenzamos la pelea pero nos atrevimos a defender nuestras creencias, nuestra pasión y nuestras inquietudes, y cuando eso pasa nos convertimos en soñadores y contamos con el recurso más importante: nuestro sueño. Así pues, postrado frente a un espejo cuya imagen me devuelve algo que no quiero ver, la puerta de su habitación entreabierta y la ausencia del reflejo de la televisión me hacen ver que no estoy en mi mejor momento, sin embargo, nuestros días de gloria se acercan y sólo quien luche podrá verlos. Ahora que lo tengo todo perdido sólo me queda acabar conmigo de una vez por todas o resurgir como el ave Fénix que nunca fui y volar lejos de mi anterior vida. Agarro con fuerza el vaso que un día contuvo mi cepillo de dientes y los de papá y mamá. Está sucio y con restos de dentífrico y gotas de cal secas. Aprieto como si del cuello del último de ellos se tratara, por mi mente recorren episodios convulsos de mi corta "vida": es ella alejándose en un coche negro a toda velocidad, son ellos disparándoles a bocajarro mientras piden clemencia indefensos desde la cama, son las miles (quizá millones) de personas que han pasado el final de su vida entre cuatro paredes y una reja... ¡Pum! El vaso se rompe, el cristal desgarra mi piel y de esta brota la sangre como si de una fuente se tratase. No siento dolor, no grito ni me asusto. Dejo las lágrimas caer y simplemente libero todo cuanto por dentro me ha matado, a los que me hicieron daño yo les deseo el doble por haber jodido un corazón noble.

En el lavabo, sangre y lágrimas se funden, éstas últimas crean pequeños regueros translúcidos en mitad de un rojizo y denso fluido, representa metafóricamente el punto en que me encuentro. Y así, la puerta se vuelve abrir, el único reguero translúcido que me queda se abre paso y me agarra de la espalda. Ahora llora aterrada por lo que sus ojos ven:

- ¿Pero qué haces? ¿De verdad crees que así vas a arreglar algo? Estamos jodidos, realmente jodidos, y tú no tienes nada mejor que hacer que autolesionarte ¿Qué quieres? ¿Matarte, agotar tus fuerzas? Recuerdas que no eres el único que queda en este lado... me dejarías sola - su mirada azul me dice que no ha entendido lo que estoy haciendo.
- Estas, Cintia, serán las últimas gotas de sangre que se derramen por esta causa. Estoy cansado de herir y de que me hieran, estoy hasta los cojones de que algo tan simple como mi libertad dependa de tantos factores, volveré a mi cuarto y jugaré a la Play hasta que muera o vengan a por mí, lo que pase antes. Desde luego tú no estarás por medio y yo seré el único que sufra de aquí en adelante - busco una toalla en el cajón que hay bajo el lavabo -. Nos vamos al taller en un ratito, quiero hacerle un par de cosas al coche de Silvia... Y despedirme de ti.
- Aún pensando en coches... la cabra siempre tira al monte. No te voy a decir que no, pero ya te digo que de mí no te vas a librar tan fácil. ¡Anda! Ven para acá que te curo eso, ¡que te me vas a desangrar con la tontería! - sonríe, dando un poco de luz a tan sombría situación.

Me agarra del brazo que no está herido y me lleva hasta mi habitación. Su piel está de nuevo con ese tono a medio camino entre el color de la madera y la miel. Abre la persiana hasta el máximo: amo esta hora del día, el aire fresco de primera hora de la mañana se funde con el amanecer que tiñe de naranja su rostro y el mío. El reguero de sangre ha dado paso a un pequeño (pero constante) goteo que se cuela a través de mi puño cerrado. "A ver, ábrelo que yo lo vea" me dice Cintia. Con la delicadeza que la caracteriza en los momentos más difíciles, abre ella misma la palma de mi mano mientras tapona con sus dedos la herida. No puedo evitar dar un corto pero intenso quejido, noto el dolor que no he sentido a la hora de cortarme; la adrenalina y la rabia, como el nivel de sangre en el cuerpo, ha descendido drásticamente. Coloca mi mano zocata al lado de ésta, con ambas abiertas se queda un rato mirándolas mientras yo la observo algo perplejo. Tras unos segundos muda, se atreve a hablar: "Mira, ¿Ves esta línea de aquí?" dice mientras coloca su pulgar sobre ella "Dicen que es la línea de la vida, y en esta mano te la has atravesado... así que, técnicamente estás muerto". Comienza a reír con intensidad y me mira a los ojos: "Pero no te preocupes, que le encontraré una solución. Aunque no va a ser ni la más profesional ni la más placentera, eso te lo aseguro". Yo, aún callado, sonámbulo de su mirada, la observo. Cierra su párpado derecho en señal de complicidad, y desaparece de la habitación acompañada de unas contoneantes caderas que muestran toda su feminidad a cada paso que da.

Vuelve a los dos minutos, tras haberla escuchado rebuscando en los muebles del salón y del baño. En una mano, una botella de agua oxigenada y vendaje, en la otra, aguja e hilo. Me agarra de nuevo, esta vez por la muñeca. Se quita de su pelo la cinta que se lo recoge y la anuda en ella, a modo de torniquete. "Creo que así te dolerá menos, pero no estoy muy segura"; sin tiempo a que reaccione, su brazo se gira y vierte no menos de medio bote sobre mi castigado corte, de él brota una especie de espuma blanca que es como fuego para mi sistema nervioso. Comienzo a gritar como un cochinillo mientras ella me agarra con una fuerza brutal para su tamaño, tras unos segundos de indescriptible dolor comienza a soplar la herida desde bien cerca; es entonces cuando se intercalan momentos de dolor y placer extremos. Cuando el aire intercede con mi mano la sensación es realmente agradable, como si me estuviera echando una bocanada de fresca brisa desde lo más alto del Everest. Sin embargo, cuando sus pulmones se agotan vuelvo a tener ese penetrante y asfixiante ardor que me deja sin respiración.

Retira la espuma rosada con ayuda de la venda y de la manta que cubre mi cama, si lo de antes era dolor lo que está a punto de suceder tiene pinta de superar con creces el umbral humanamente aguantable del mismo. "Túmbate y mira para otro lado, y por favor no te muevas ni hagas movimientos con las piernas porque es una zona muy delicada y no he hecho esto en mi puta vida, ni siquiera sobre tela. Te podría atravesar un tendón y dejarte la mano "tonta" toda tu vida", su rostro no vacila y su brillo en la mirada da fe de que está casi más asustada que yo. Me doy la vuelta, cruzo las piernas para que sean ellas mismas las que descarguen la tensión en los puntos de mayor sufrimiento y muerdo la almohada para repeler las ganas de darme la vuelta y morderla a ella. Aprieto los dientes, cierro los ojos y espero el primer pinchazo como si de una circuncisión sin anestesia se tratase, sus dedos me cierran la mano con un cuidado frágil hasta la mitad, luego noto la aguja penetrando mi piel y, aunque no es precisamente como un masaje en la espalda, la verdad es que me duele más la cabeza de estar acumulando ahí todo el estrés que las propias molestias de la "operación". Sin más, comienzo a relajarme un poco mientras continúa con la costura, apretando los dientes y cerrando el puño que me queda libre consigue terminar los primeros cinco o seis puntos sin mayor complicación y con una profesionalidad digna de un cirujano.


Agarra el bote de agua oxigenada y lo vierte sobre mi mano, repleta de sangre seca pero en la que parece haber cesado la hemorragia. De las minúsculas brechas que quedan entre punto y punto vuelve a surgir esa espuma que quema mis entrañas. Por suerte, no tarda en colocar una venda sobre ésta, lo que hace que el efecto de tan desagradable líquido se inhiba casi al instante. Presiona el revés de mi mano junto a la venda y comienza a rodearlo con ésta.

Cuando quiero darme cuenta, el fino tejido se ha convertido en una sólida estructura que ha hecho desparecer por completo la articulación. "Así no se te volverá a abrir la herida, tardará menos en cicatrizar", yo le sonrío sin decir nada, le doy un beso de agradecimiento y me voy a la habitación de mamá y papá: aún tengo que digerir lo que acaba de pasar. Me siento sobre su cama, paso la mano sobre unas sábanas que no están en su mejor momento y trato de recuperar su aroma original entre ese hedor a sudor y somnolencia. No hay lágrimas, se acabaron ya, pero algo me dice que la procesión que llevo por dentro no me traerá nada bueno, aunque... a estas alturas, ¿A quién le importa eso?

Se sienta al lado y pone su mano sobre mi espalda:

- Recuerda que no tienes la culpa de nada, y cuando digo de nada es de ¡nada! ¿Te has enterao'? - me agarra con mayor firmeza.
- Me da igual eso ahora, el problema es que ya no les queda nadie a por quien ir, la siguiente serás tú.
- ¿Yo? No creo... - sonríe confiada - tranquilo que no te tienes que preocupar por mí. Pero escucha lo que te tengo que decir - su voz se vuelve seria y firme.
- ¿Qué?
- ¿Recuerdas la promesa que me hiciste?
- Sí... aquella en la que crucé los dedos - digo con resignación.
- Me suda la polla (aunque no tenga), sólo te lo voy a decir una vez: cuando te quedes sólo no olvides lo que me prometiste.
- No me voy a quedar sólo, me niego.
- No tienes nada que objetar, es algo que no te incumbe y desde luego que no depende de ti. No es una opción, es un hecho. Y vámonos ya, que no tengo ganas de seguir hablando de esto.

En la calle, el 928 rompe el silencio de la mañana, en el asiento del acompañante y con ella tras el volante, contemplo a los ruiseñores que vuelan ajenos a la miseria que bajo ellos aflora. Añoro la sensación de libertad que tuve el primer día que salí de casa (creo que no la he vuelto a sentir, al menos no con esa intensidad), aquel día que comprobé que lo único real y peligroso eran mis miedos infundados. No había contaminación, no había animales peligrosos... sólo niebla y cielo azul conforme ganábamos altura. Ahora no tengo miedo a nada, he aprendido (a base de golpes) a vivir el presente y esperar a la siguiente artimaña del destino con una frialdad aristotélica y amparándome en sus ojos azules o en el recuerdo de su pelo castaño. Recuerdo a mi amigo del pelo rizado y miro mi mano vendada "¿Pero cómo soy tan gilipollas?", ahora soy un inválido de cara a ellos... Busco en el equipo de música oxidado y deteriorado por el tiempo el botón de la corriente, tras encontrarlo un disco rayado percute nuestros tímpanos tortuosamente, suerte que Cintia conoce su funcionamiento y pronto lo pone en la banda FM:

" Bueno compañeros, después de unos días con nuestro ingeniero de telecomunicaciones desaparecido del mapa, él ha vuelto hasta aquí ayudado por dos ángeles de nombre, edad y procedencia desconocida, pero con un coraje que no tiene límites; gracias a ellos, hemos sido capaces de volver a transmitir. Así que antes de nada, gracias personajes misteriosos por habernos permitido seguir con nuestra labor, estén donde estén les deseamos muy buena suerte, somos pocos pero existimos. Y mientras quede un sólo oyente, seguiremos al pie del cañón, contándoos desde la clandestinidad aquello que ni la televisión ni Internet se atreven a decirnos.
Y es que estamos pagando este servicio con nuestras almas, pero de lo contrario viviríamos muertos en vida, ya sabéis que esa es nuestro estilo de vida, y si estáis escuchando esto es porque también es el vuestro. Así que, ¿A quién le importa? Lo que os traemos en esta ocasión no es una mera filtración, no son cavilaciones de otro loco anterior a "la gran mentira"... No, este vez lo vivido es el resultado de la experiencia que Antonio ha vivido allá adentro desde que se lo llevaron. Ahora se encuentra descansando, pero en cuanto se recupere os prometo que vendrá él de primera mano a contaros todo lo que ya nos ha contado y ha trastocado nuestra conciencia; aún se me eriza el pelo al pensarlo.

Pero bueno, eso será más tarde, así que ahora y de momento, para que todos nos relajemos un poco después de tanta excitación y emoción, os dejamos con unos minutos musicales de la mano de toda una leyenda: Coldplay. Es una de mis canciones favoritas... ¿Y la vuestra?"

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No sé lo que dice, pero casi puedo intuir por dónde van los tiros (malditos tiros...). Me gusta mirar por la ventanilla, apoyar el codo en el marco de la puerta y observar el paisaje que, a pesar de cambiar poco, se mantiene móvil y caduco: nunca es igual y nunca es lo suficientemente diferente. ¿Es un cambio lo que necesitamos o una paz rutinaria? ¿Nos habríamos cansado Silvia y yo de dar vueltas por estas carreteras, de absorber gasolina con mangueras, de girar el volante y cambiar pastillas de freno...? ¡Bendito cansancio! El castillo de Santa Catalina y su silueta desaparecen bajo la atenta mirada de la demoledora cruz: un armatoste de hormigón armado con un recubrimiento de cal que se divisa prácticamente desde cualquier punto de la capital del Santo Reino:

- ¿Le puedo dar caña? Es que me apetece desfogarme un poco... - rompe el silencio tras varios minutos de recomposición interior.
- ¿Bromeas? ¿Me has visto cara de agente de la ley? - le digo con cierta indiferencia - Písale lo que quieras, la carretera es nuestra.
- Perfecto, ¡Agárrate!

Hunde el pedal del acelerador, el motor y caja de cambios pasan a un modo más agresivo y comienzo a sentir como me pego al asiento. No es un coche con demasiado genio, por lo que tampoco te deja sin aliento con el primer achuchón... sin embargo y sólo cuando te aproximas a la altura de la primera curva, eres consciente de lo fácil que lo tiene para ganar velocidad. Ella no habla, no ríe ni hace mueca alguna de excitación, está concentrada en conducir y yo en sujetarme de la mejor forma posible para no dañarme la mano cuya herida ya noto resecándose. Primer giro a derechas, no más de 110 kilómetros por hora en una carretera por donde no pasarían dos coches pero con un firme sorprendentemente en buen estado. Brilla con los rayos del Sol, lo que hace presagiar que el rocío puede hacer de las suyas humedeciendo todo cuanto con su piel toca, incluyendo las estelas de alquitrán que se intercalan entre los olivos y los enormes zapatos traseros del GT. Irremediablemente, el tren trasero hace de las suyas y se escapa buscando la cuneta; Cintia acelera y hace que las ruedas patinen y pierdan aún más tracción. A golpe de volante endereza de nuevo el morro y relaja por un momento el pedal derecho, cuando las revoluciones vuelven a su régimen ideal para la velocidad que llevamos vuelve a estrujar a fondo el V8 buscando la siguiente horquilla.

Como en una partida de Curling, todo es escurridizo y volátil, aunque ella parece ignorarlo. Cada nuevo giro se convierte en una lucha con el volante y las ruedas traseras que se pasean por el arcén levantando el ramón de los olivos, cada cambio de rasante es otro retorcijón en nuestros famélicos estómagos... sin embargo, no me importa. Es esa sensación por la que podría firmar ahora mismo: una vuelta y otra por esta carretera, todos los días de mi vida: hasta mi último aliento. Y es que no hay nada mejor que ver un tronco centenario rozando a 150 kilómetros por hora la carrocería del Porsche para sentirse vivo, apenas ruge antes de llegar al corte y al subir de marcha se inicia de nuevo el ritual de sentir 300 caballos de potencia "de la de antes" tirando de tus piernas y catapultándote hacia una muerte casi segura. Con pasmosa agilidad, y como si estuviera conduciendo un kart en vez de un coche, consigue hacerse con la situación en cada momento, nada como reducir de marcha en el último momento para hacernos creer que vamos a morder el polvo. Un viejo sabueso nos mira de forma altiva y superior desde un carril que surge al margen derecho, sonrío confiado de que no va a pasar y seguro de que hoy no nos la pegamos. Parece un perro de agua, uno de tantos que pasea por la Sierra Sur a sus anchas, sin duda, son ellos los grandes beneficiados de la satírica situación.

Con su lengua agotada y sus rizos enredados, desaparece por el espejo retrovisor tras cruzar la carretera de un lado a otro. Una zona bacheada me hace volver la vista al frente: ¡ya casi hemos llegado! Hace muy poco tiempo desde la última vez que estuvimos... pero lo echaba tanto de menos. Como una monumento al mesías escéptico, una oda de acero y bloques de cemento a la irracionalidad surgen de entre los terrones secos y los olivares infinitos. "Ahórrate las fuerzas para apretar tornillos, que ni por estas te vas a librar" dice Cintia mientras busca el petardazo fácil con los pisotones en vacío. Meto el dedo en el tubito de plástico que hay junto a la puerta, las llaves caen casi solas... no recordaba haberlas dejado tan "a la vista". Ella me mira también un poco extrañada pero tampoco le damos mayor importancia, han sido varios días fuera con viento, lluvia y mil mierdas, lo raro es que aún estén dentro... Al dejar ceder el pestillo y abrir el enorme portón con la delicadeza justa que éste requiere, surgen al otro lado bellas (y no tan bellas) damiselas que cubren sus encantos con una fina capa de polvo y algunos charcos de grasa. El M3 de Silvia continúa tristón sin su parrilla delantera y con los rasquillazos que el enorme S8 y el culito del GTI le dejaron... de éste mejor no hablar, es como el amigo simplón que nunca tuve pero que siempre estará ahí, no te exige cariño y te acercas a él más por pena que otra cosa, aunque sus bujías tiemblen cada vez que lo haga. Y en primera fila, y esperando ser otra vez domado en el perfecto equilibrio que la tecnología y la tradición le otorgan: el Serie 1 M con su rostro rejuvenecido por los años que le quedan por vivir y por el blanco perlado que tan bien le sienta para realzar sus aristas y curvas... buff...a veces soy demasiado románico pero estas maravillas sacan mi lado patético-empalagoso a flote.

Desde la ventana del cuarto de baño, puedo ver la chatarra que se oxida un poco más con la humedad de la mañana y que oculta y camufla como puede las cosas que aún merecen la pena. La puerta del almacén continúa abierta, ¡cuánto queda aún por hacer, y cuántas piezas quedan aún para "ingertar"! Estoy seguro de que si Ferdinand Porsche o Enzo Ferrari levantaran la cabeza se tirarían de los pelos al ver la redefinición que de ingeniería automotriz hacemos a este lado de Europa. El Panda no podría haber acabado en peores manos... sin embargo para haberlo terminado en un día nos podemos dar con un canto en los dientes si cuando volvamos a ver a Diego aún no le ha metido fuego a ese engendro. "Y hoy, en la clínica de los horrores (o errores, como quieran llamarlo), tenemos a una nueva top model que quiere pasar por las manos del doctor y la doctora Frankenstein... ¿Qué saldrá esta vez? ¿Un monster truck, la caravana más rápida del mundo o quizá el aborto bastardo de lo que pudo haber sido el coito entre un M3 y un Opel Calibra? ¡Nadie lo sabe! A última hora de la tarde hallaremos respuestas, quédense con nosotros para seguirlo en directo o por si necesitamos tener un extintor a mano", observo con incredulidad a Cintia, a la que parece habérsele ido de las manos la bromita, pasando de la gracieta al terreno prohibido de lo ridículo:

- ¡No! Nada de eso, a ella le encantaban los coches clásicos, y cuanto más original quede mejor que mejor. Sólo necesita una capa de masilla bien echada, algo de pintura y las piezas necesarias para convertirlo en la máquina definitiva antes de anochezca.
- Y digo yo... Pablito de mi alma y de mi corazón: ¿Y para eso no tenemos ya a la puta máquina definitiva? - dirige sus manos a la archiconocida "bala blanca".
- Sí pero... tuve muchas conversaciones con ella. ¿Sabes cuál era su mayor frustración?
- ¿Cuál?
- Que no había nacido 60 años antes para poder vivir los años dorados de los Rallys, ya sabes: el Grupo B, M3 preparados a tope para volar, el público a escasos centímetros de los coches...
- Amm... pues yo soy más de control de estabilidad y GPS - dice celosa.
- ¿Ah sí...? Pues tu sonrisa cuando te has bajado del 928 no decía lo mismo jeje...
- Mi sonrisa es una fulana que se vende a la primera emoción que pasa por muy poco, no le hagas mucho caso porque no es más que una cortesana al servicio del fastidio - ni ella misma se cree lo que acaba de soltar.
- Joder, hablas como el cantautor ese que se fumaba los cigarros por cajetillas...
- ¿Sabina? - pregunta sin mucha confianza en su propuesta.
- ¡Sí, ese!
- Un gran genio... me gustaría haberlo conocido. Nos llevaríamos bien.
- Sí, dos mentes obcecadas en verle el lado oscuro a todas las cosas juntas... buen hilo para escribir una buena novela negra.
- Habló el premio Nobel a la concordia y el "buenrollismo".
- Por lo menos yo no desayuno hierbas "medicinales" - simulo unas comillas con mis dedos.
- Al menos yo no...
- ¡Vamos a parar ya, coño! Jejeje - ambos comenzamos a reír.
- Vaaaale, pero que sepas que iba ganando.
- Lo que tú quieras - digo con la resignación que la no-experiencia me otorga.
- Bueno ¿Por dónde íbamos...? ¡Ah, sí! ¿Qué quieres hacerle al colorao'?
- Pues... no sé, había pensado en algo para hacerlo muuuy rápido, ¿Qué tal llevas el tema de la preparación para Rallys?
- ¿Rallys? Buah... perfecto. Si no preparo un coche cada los días no me acuesto tranquila.
- Perfecto entonces... yo había pensado en algo seguro y no muy sofisticado. Una bajadita, quizá algo de caída pero sin llevarla al límite (que se come los neumáticos y no nos sobran), línea de escape y... algo para darle alegría al motor. Y por supuesto, unos buenos faros para meter miedo a esta gentuza por la noche.
- Pues... yo, lo veo perfecto. ¿Quiere algo más el señor?
- Sí, un café sólo - le alargo la mano "buena" y espero a que me la choque. Se da media vuelta y me deja con las ganas.

Con la poca conciencia que me deja el insomnio, dejo a Cintia moviendo de sitio el M3, llevándolo hasta el elevador donde comenzará a desmembrarlo y le dará una segunda vida. Salgo por la puerta del lateral, esa que conecta directamente con la campa, y diviso como de costumbre esa montaña de hierros y óxido que aún aguarda alguna sorpresa y protege a los fantasmas del pasado de miradas ajenas. Sus carrocerías te cuentan historias, cada golpe, cada arañazo o cada airbag saltado tienen detrás algo que contar, algo que en muchos casos a acabado de la forma más grotesca y sórdida posible. En otros no son más que meras retiradas espirituales, aquí disfrutan tomando el Sol, esperando a que la naturaleza acabe con sus chasis; al fin y al cabo son los alumnos aventajados, aquellos que se libraron de terminar hechos un cubo al final de una cinta. El suelo se convierte por momentos en barro, el rocío ha estado empapándolo durante toda la noche y lo ha reblandecido, en algunos momentos las suelas de mis zapatos se hunden hasta desaparecer por completo.

Fila por fila, me encargo de ojear uno por uno los coches, nunca sabes lo que te puedes encontrar y lo que te puede servir de utilidad. Bajo la humilde carrocería de un 206 te puedes encontrar unos frenos Brembo y en los bajos de cualquier berlina puedes dar con la línea de escape más deportiva de su época. Y es que, como ya he dicho, sin hablar, lo que queda de estos coches te narra cómo eran sus dueños; algunos parece que han sufrido más de una penuria a lo largo de su vida, sus motores gripados o sus esquinas llenas de arañazos atestiguan el maltrato al que fueron sometidos antes de llegar a la jubilación. Otros aún parecen recién salidos del concesionario si no fuera por algún golpe que los declaró como "siniestro total", me imagino la cara de sus afortunados conductores al dejarlos aquí... no debió ser fácil. De todos ellos me llama poderosamente la atención uno: ese que está en la cuarta fila a mano izquierda, descansando entre un Renault Clio de tercera generación y un Honda Civic que yace ahí sin pena ni gloria. Aunque no lo reconozco a simple vista, el negro metalizado y las costuras de sus asientos me hacen ver que no es uno más, sino uno mejor. Abro el enorme portón que queda como a metro y medio del suelo sobre el utilitario francés y echo un vistazo al interior. Como si de un libro abierto por la última página se tratase, este Hyundai Génesis me cuenta qué paso justo antes de que lo dejaran aquí... un golpe en el lateral derecho (la puerta contraria a la que he abierto) fue el culpable: el chasis doblado casi hasta la altura de la palanca de cambios, olor a cuero recién salido de fábrica, unas zapatillas en el asiento de atrás y restos de sangre en el salpicadero... en fin, una más y uno menos.

Cierro y me dirijo al morro del coche, alguien se encargó de levantar el capó por mí así que me ahorro el esfuerzo... sin duda se trata del 3.8, se podría probar a hacer un injerto a cualquier otro coche, aunque desde luego el Evo II no es el candidato para ello, su 2.3 le basta y le sobra para todo cuanto le exigiremos, otra cosa sería un sacrilegio. Así pues, memorizo el lugar donde queda el coreano, quizá algún día tenga una segunda oportunidad, sino él, al menos su alma. Camino esquivando las zonas de tierra más blanda, los pantalones de vestir hace rato que perdieron su elegancia y el toque que la camisa blanca me daba se ve ahora ennegrecido por la grasa de motor. Otro coupé de color rojo llama mi atención al final de la misma fila, como alma que lleva el diablo, acelero el ritmo y me dirijo a la bella máquina que aún no consigo identificar pero que muy de seguro llevará más de un detalle "sorprendente". Sin embargo, algo me hace parar en seco, mis pies se hunden y la tela de seda de Emilio Tucci se levanta por la acción de mi vello; sin embargo, poco o nada me importan ninguno de los dos acontecimientos en estos momentos.

"No esperaba visita justo ahora" pienso mientras escucho el ronroneo de un aletargado V12 que se aproxima con toda la parsimonia del mundo hacia el taller. Entre los olivos se intuye la presencia de algo "gordo" y... sinceramente, no hay mucho aficionado al automovilismo por aquí. Cintia debe de seguir a lo suyo dentro de la nave, y yo no estoy lo suficientemente cerca como para llegar antes que ellos. Apresuro el ritmo justo en dirección contraria, me alejo todo lo que los propios límites del recinto me permiten y espero agazapado tras varias carrocerías que me observan sin más pena ni gloria que su mera presencia. Sea lo que sea, atraviesa la verja de la entrada (que hemos dejado abierta) y se introduce en el interior de la nave como si lo hiciese a diario. El sonido del motor se magnifica bajo los techos de uralita, y una especie de remanso de paz se extiende en diez kilómetros a la redonda al apagarlo. Vuelve el silencio a la solitaria campa, no sé lo que pasará a lo lejos y no estoy seguro de si quiero ir a averiguarlo. Sin embargo, es mi cobardía la que me ha traído hasta aquí, ahora tengo que sacar coraje o, al menos nobleza, para que no sea ella la vigésima víctima de esta cacería. Me levanto y me acerco a la valla de no menos de tres metros que se levanta rodeándolo todo, como envolviendo las columnas de coches apilados con una fina red. Sin grandes delirios de grandeza, pero sin dejar que el miedo se apodere de mí, escalo por encima de un Patrol, un Citroën C4 y un BMW E36; desde lo alto, y dejando la valla a medio metro de distancia, salto procurando no partirme algo al caer sobre el duro asfalto del carril que bordea la valla por el lado sur (el mismo de la puerta principal).

Ya al otro lado, y tras romper la suela rígida del zapato en la caída, comienzo a caminar con cautela y agachado medio metro por debajo de mi estatura normal. Serán no más de 200 metros lo que queda hasta la puerta de la entrada y ya empiezo a escucharlos hablar. De momento no identifico ninguna voz femenina, lo que me hace pensar que aún no la han encontrado. Acelero el ritmo y tropiezo varias veces por mi zapato roto, que se engancha en las irregularidades del asfalto sobre el que arrastro el pie, que me duele un poco después del salto. Me acerco a la columna de la entrada, construida a base de ladrillos y cemento intercalado y que sujeta con suma profesionalidad la puerta metálica y pesada que me toca abrir y cerrar cada vez que vamos o venimos. Diviso el 928 a escaso metro y medio de mí, y a un (¡cómo no!) hombre enchaquetado que habla por su teléfono móvil en un tanto ofuscado. Con la calma que el momento precisa, espero a que se aleje un poco mientras sigue abonado a su oído derecho, sordo y ciego de lo que pasa a su alrededor. El tirador de la puerta derecha se me resiste, y tras unos segundos eternos de forcejeo consigo abrirla y coger de la guantera ese artilugio que tan poco me gusta y que deja mis manos con olor a pólvora cada vez que la uso. Ya con ella en mi poder, y con el extraño alejándose en la profundidad de la nave, me levanto raudo y diviso junto a un flamante Aston Martin Rapide algo que jamás me habría imaginado: es Juan, el padre de Cintia. Con la tranquilidad de estar en su propio taller y de trabajar para un cliente común, observa una abolladura en la aleta trasera del buque británico, que si la memoria no me falla ha tenido "marcha" esta noche.

El señor del teléfono vuelve y se acerca a él con total naturalidad:
- ¿Qué, Juan? ¿Hay mucho trabajo ahí o qué?
- Hombre... es una carrocería delicada, el aluminio hay que saber tratarlo para que recupere su forma - dice mientras pasa su mano llena de callos sobre la chapa agrietada.
- ¡Tú! Hijo de puta, no te muevas de ahí - salgo de la nada sin pensármelo dos veces, cuantas más vueltas le dé más difícil me será encontrar las fuerzas para salir.
- ¡Eh, eh! Chaval tranquilízate que no sabes lo que tienes en las manos - pone sus brazos delante de su pecho, como protegiéndolo de un posible disparo. Sin pedírselo, se acerca a la altura de Juan, que está de cara al coche y con los brazos en alto.
- ¡¿Qué no, qué no?! Ya me he cargado a más de uno y no dudaré en hacerlo otra vez.
- Pablo, relájate, no sabes lo que estás haciendo, ¡no es lo que parece!- dice Juan.
- ¿Qué no es lo que parece? ¡¿Qué no es lo que parece?! - continúo apuntándole a la cabeza, sin vacilar lo más mínimo - ¿Ahora trabajas para ellos? ¡Joder, eres igual o más culpable que ellos de esta situación! - aún intento salir de mi asombro.
- No es tan fácil como parece, algún día, cuando crezcas, te darás cuenta de que la vida no es como quisiéramos que fuera.
- Pero joder, es que... ¡Dios! Esto no puede ser - acerca aún más el cañón a su cogote. La ira me ciega. Miro hacia derecha e izquierda, Cintia no está en ningún lado (ni siquiera junto al M3) y no puedo llegar a concebir la idea de que un padre pueda traicionar de esta manera a su propia hija.
- Pablo, suelta la pistola, se acabó - noto la punta metálica rozándome la nuca, tiembla y su voz me hace pensar que está llorando. Es Cintia quien está tras de mí, soy yo quien se ha quedado sólo -. Fin de la partida, ¡pardillo!


carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#8
Capítulo 19


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El techo oxidado cruje con el aire que lo mece. El silencio se crea al mismo tiempo que las trayectorias de dos cañones van directas a mi cabeza y a la del mecánico, respectivamente. La atmósfera se vuelve pesada y densa, la temperatura asciende por momentos a esa hora en la que "los malos" aún no deberían haber despertado. Sin embargo, yo, creyéndome el topo en su madriguera, no soy más que el último vestigio del irónico bando al que podríamos llamar "los buenos". Ahora, todo son cenizas que se disipan con la brisa, como la pólvora que de un momento a otro comenzará a volar en el interior de esta nave como testigo mudo:

- ¿Qué... qué coño estás haciendo, Cintia? - digo tratando de buscar su rostro por el rabillo del ojo mientras que el hombre enchaquetado y Juan comienzan a reírse de mí sin disimular lo más mínimo.
- ¡¿Que qué hago, que qué hago?! - a ella parece no hacerle gracia la situación.
- ¿Qué te pasa? ¿No ves que no es de los nuestros? ¡Que tu padre está de su parte, joder! No te preocupes que no le voy a hacer nada, pero por favor suelta la pistola que me estás dando miedo - mientras tanto, es a mí a quien le sudan las manos con el metálico instrumento entre manos.
- ¡Ay chaval! Lo que te quedaba por aprender... ¿Sabes qué? - Juan interrumpe.
- ¿Y a ti quien te ha dicho que hables? - le digo mientras mi cara comienza a ponerse roja como un tomate y la presión de mis arterias las llevan hasta su límite elástico.
- Estabas durmiendo con el enemigo, tonto - vuelve a hablar Cintia.
- ¿Cómo has podido, Cintia? Yo te quiero, y lo sabes...
- Tú, suelta el puto arma, que se te va a escapar un tiro, gilipollas - sentencia el cuarto interventor del acalorado debate. Tras esperar unos segundo sin que yo deje de apuntar a su cabeza castigada por la alopecia, saca de su chaqueta un revolver y me apunta: ahora son dos los cañones que me miran directamente. Estoy sentenciado; dejo caer mi calibre 22 tratando de no empeorar la situación y trato de resolver la situación con mi nulo don de palabra.
- ¿Que me quieres? Vete a contarle ese cuento a otra, no eres más que un vendehumos, y yo no he sido más que la sombra de lo que exigías para ti - ellos parecen tranquilos, pero Cintia no calma el tono de sus palabras y ahoga su vocalización con ciclos cortos de llanto desconsolado -. Hice todo cuanto me pediste y más, no te pedí nada a cambio... y sin embargo, aquí estamos. Arriesgué mi vida en más de una ocasión, arrastré cadáveres, abandoné la ciudad, me he pasado días enteros aquí metida trabajando, he pasado toda la noche congelada sabiendo que no conseguiríamos nada porque ella lleva días muerta, me entregué a ti... y sin embargo, nada ha funcionado. Mírate, no eres más que un gordo con granos que ha perdido algunos kilos... pero al fin y al cabo, no eres nadie, y el problema es que la única oportunidad que te ha dado la vida de ser feliz te está apuntando ahora mismo con una Walter P99. Tenías algo que me gustaba, incluso llegué a imaginarnos viviendo en Madrid, rodando en el Jarama y pasando el día discutiendo sobre tiempos y mecánica... pero nunca tuviste tiempo para mí. El fantasma de Silvia siempre estuvo rondando tu cabeza, interponiéndose entre nosotros - una bocanada de aire tibia y seca recorre mi nuca, es ella que desde donde esté ha venido para ponerse de nuevo en medio y calmar mi miedo -, pero... ¿Sabes qué es lo mejor de todo? Que ella pasaba de ti, nunca habrías conseguido ser algo más que su amigo.
- Ahí te equivocas, Cintia, de verdad, yo te quiero a ti - digo agotando la última bala que me queda en la recámara, esa con que trataré de ametrallar sus tímpanos y estremecer su tuétano.
- Vete a la mierda, si es que eres tonto, ¿De verdad piensas que ahora me vas a ablandar con tus palabrería vacía? Has tenido mucho tiempo para hacerlo, y sólo he recibido una de cal y otra de arena.
- Así que... simplemente sois dos más de ellos ¿No? Enhorabuena. Enhorabuena por rendiros al poder del malvado, si algún día alguien sabe algo de esto, pasareis a los anales de la historia como dos grandes cobardes que colaboraron en las labores de exterminio...

Ella no dice nada, noto su aliento en mi espalda y su respiración aumentando por momentos. Su rabia hará que en cualquier momento aseste un único y mortal disparo que hará que, al menos para mí, todo acabe. Sin embargo, noto como la trayectoria de esa bala se escapa de mi cabeza y se dirije al pecho del hombre con la cabeza rapada. Con la cordura que le da portar un arma en la mano, una bala cruza el aire denso del almacén y atraviesa sin miramientos piel, costilla y corazón de su organismo, para luego salir por la espalda y chocar de lleno con la puerta del Toyota GT-86. Tirado en el suelo, y con el tronco apoyado sobre ésta, comienza a verter más y más sangre por la boca, en sus ojos se puede leer la desesperación de ver como su vida se perderá en no más de diez segundos sin que pueda hacer nada para remediarlo. Unos espasmos en su pierna derecha son el último resquicio de existencia que de su alma queda, para cuando quiero asimilar la escena que acabo de contemplar, su cuerpo yace inerte a centímetros del suelo mientras que el eco del disparo aún retumba en la uralita y las columnas del taller:

- ¿Te crees que me importa una mierda esta gente? ¿Alguna vez han llegado a tu casa, han amenazado a los tuyos y te han dicho que, o trabajas para ellos o no volverás a ver la luz del día? - continúa sin que le tiemble la voz, fría y altiva a lo que acaba de hacer.
- No, a los míos directamente los mataron, no me dieron si tan siquiera la oportunidad de traicionarte. Pero de haber sido así, jamás lo habría hecho, y lo sabes.
- Que sí, que sí... qué bueno soy y que culito tengo. Soy la "más mejor" persona del mundo mundial. ¡Eres un hipócrita, y lo sabes! Además, si hubiera querido os habría matado la primera noche que dormí con vosotros, pero no fue así, os di la oportunidad de que paraseis en vuestro empeño de jugar a ser los salvadores de esta tierra. Sin embargo, seguíais obcecados en joderlos a ellos, y por tanto, en joder a los nuestros. En realidad, sólo a ella le interesaba esto, tú fuiste su secuaz corderito que hacía todo cuanto quería, sólo para tenerla contenta.
- Hija, déjalo ya, nos encargamos de él y nos vamos de aquí. Hemos cumplido con nuestra parte del trato, ya podemos volver a nuestras vidas. Pero por favor, suelta ya la pistola que me estás poniendo nervioso - Juan, que aún no se ha levantado de su posición (aunque tiene las manos bajadas), interrumpe a Cintia con voz temblorosa y rota. Ambos estamos conmovidos con el tiro de gracia que ella acaba de dar. Se suponía que era yo el asesino sin escrúpulos, pero aquí el que no corre, vuela...
- No, papá. De él me encargo yo, tu ve al coche y espera, encárgate del cadáver si quieres, los llamaré y les diré que se ha puesto de parte del chaval y nos lo hemos tenido que cargar.
- Cintia, cariño, es mejor que me encargue yo de él - entre padre e hija, no puedo evitar que unas gotas de orina creen un cerco en mi elegante pantalón. Manchado de barro, con cara de no haber dormido en más de 24 horas y con el sudor empapando mi cuerpo, casi huelo la sangre que comenzará a brotar de mí en cualquier momento.
- No, yo he sido la que me he pegado a su lado un montón de días, soy yo la última persona que queda viva que lo conoce. Si alguien debe pasar a su lado estos momentos seré yo.
- ¿Estás segura de que podrás hacerlo? - dice él mientras se levanta del suelo y sacude el polvo de las rodillas de sus pantalones.
- Sí, será un placer - deja resbalar una lágrima por su mejilla -. ¡Tú! Venga, camina que creo que ya sabes dónde vamos - me dice con voz temblorosa pero tratando de mantenerse distante con su Walter señalándome de por medio.

Cuando quiero darme cuenta, me encuentro a metro y medio del precipicio que unos días antes vio caer a ese hombre enchaquetado con el rostro partido en mil pedazos. Es en estos momentos cuando te das cuenta de lo gilipollas que puedes llegar a ser, ese tipo de momentos en los que te arrepientes de no haberte lanzado aquella noche en la playa o aquel largo día en el taller, es en estos momentos huérfanos de vida en los que te das cuenta de que el tiempo te hace madurar más rápido de lo que uno quisiera. Te sientes viejo a pesar de la edad, y tratas de buscar una explicación filosófica a una muerte prematura, quizá sea lo mejor para mí. Al fin y al cabo, allí arriba me espera más gente de la que lo hace aquí abajo. Me gustaría ser creyente, haber rezado más y haberme comportado mejor con los míos. Quizá en el cielo haya hasta carreteras, y seguro que no hay coches negros que nos persigan ni depósitos de gasolina en la reserva, puede incluso que ella me espere con su M3 inmaculado, con el olor del cuero por estrenar y el sonido fino y metálico de un motor que acaba de terminar su rodaje.

Pero, siendo sincero y justo conmigo mismo, no me merezco más que rodar por este terraplén y caer al agua donde mi cuerpo, más pronto que tarde, servirá de alimento para los peces que pueblan los caladeros que gracias a nuestra indiferencia vuelven a rebosar de vida sin nadie que los explote. Y es que asesiné mis momentos, mis recuerdos y alegrías, los cambié por un poco de egoísmo y un extraño letargo que me empujó a mirar hacia otro lado... hasta el último momento he estado comportándome como un auténtico subnormal:

-Cintia, no quiero que me perdones, no quiero que me dejes con vida. No lo merezco y no sabría qué hacer también sin ti, así que te agradecería que lo hicieras rápido. Tus lágrimas me dan una pista, sé que no quieres hacerlo y que no sabes cómo. Así que agarra la pistola con fuerza, no la acerques demasiado a mi cabeza o puede que la explosión te haga daño a ti misma. Sobre todo no dejes que el retroceso desvíe la trayectoria de la bala, o me joderás vivo. Si lo haces bien en un par de segundos de mí no quedará más que este cuerpo - el ruido del agua bajando por la ladera relaja mis palabras -. Y sobre todo, quiero decirte lo mucho que siento haber sido así conmigo, eres guapa, lista e increíblemente interesante. Eres inteligente y eres lo suficientemente independiente para no necesitarte más que a ti misma, y yo he sido lo suficientemente imbécil como para no merecerme ni tu esfuerzo al apretar el gatillo. No me necesitas para nada, sin embargo, yo a ti, incluso en este momento, te sigo necesitando ¿No es curioso? - mi vista se empaña con un líquido translúcido extraño.. - Sin embargo, y aún así, te rechacé. Si es que... no tengo solución, nací así y es lo que hay...

Casi por accidente, y mientras espero con los brazos levantados a que me mate, no puedo evitar girar la vista y buscarla a ella, que está tardando más de lo esperado. La pillo con el arma bajada, y con la mano con que sostiene a ésta se limpia el lánguido surco que una lágrima ha dejado en su mejilla. "¡¿Qué coño miras?! Date la vuelta ahora mismo si no quieres que lo último que veas sea una puta bala entrándote entre ceja y ceja" me dice al verme mostrar una tímida sonrisa por su gesto. Sé como es, sé que en su interior no hay maldad, sé que su corazón goza de gran nobleza y la seguirá teniendo a pesar de esto. Yo haría lo mismo si lo que me juego es mi vida y la de los míos...

Clavando la suela de las zapatillas en la tierra del camino, recorre los tres metros que nos separan y noto el aire de su nariz chocando contra mi nuca. Es extrañamente placentero sentir su aliento mientras que el metal se clava en mis costillas. Con la poca delicadeza que nunca le ha caracterizado, me da un mordisco en la oreja y un beso en el cuello. "Prepárate" me dice muy bajito en el oído. Vuelva a alejarse. Cierro los ojos y aprieto los dientes, la herida de mi mano aún está fresca e irremediablemente se abre cuando mis puños dan muestra de su miedo. Noto el detonador acercándose a la trasera de la bala, que parece estar calentando para realizar una carrera rápida y limpia. Nunca fui un gran experto en armas, de hecho nunca me gustaron, sin embargo ahora trato de parecer todo un entendido. Como alguien me dijo alguna vez "Para derrotar a tu enemigo primero has de conocerlo", sin embargo, ya no sé quién es esa chica de pelo rubio y ojos azules que hoy acabará conmigo. Lo único que me salvaría ahora sería un fallo mecánico que, sinceramente, tampoco busco.

"Pum, pum, pum" tres tiros que chocan con precisión milimétrica en la misma piedra; ese canto rodado apenas se encuentra a 30 centímetros de mis pies pero la destrucción del mismo ha sido la justa para que no me afectara. Ni siquiera la difracción en mil ángulos diferentes del elemento cerámico me ha herido... Vuelvo la vista hacia atrás y nos observamos mutuamente. Su rostro serio no parece vacilarme, sin embargo me regala una sonrisa tan tímida y grácil que no puede más que ser sincera:

-Mírate, si te has hecho pis encima. Eres demasiado bueno para este mundo, Pablo, sin embargo me hiciste una promesa y no seré yo quien permita que mueras sin cumplirla. Tus ojos te delatan, sé que ahí dentro aún se conserva un corazón franco, sólo tienes que atreverte a buscarlo.
- ¡No me dejes aquí! No soy nadie si me quedo sólo... - digo a la desesperada, y sin saber aún si agradecer su "indulto".
- Escucha, oficialmente estás muerto, pero tú y yo jugamos en bandos distintos ahora; pero ambos perseguimos un mismo objetivo, no lo olvides nunca. Y no estás sólo, nunca lo has estado y nunca lo vas a...
- Cintia - le interrumpo.
- ¡¿Qué?! - dice ella mientras echa su pie hacia atrás con la firme intención de marcharse.
- Ha sido un placer compartir unos días de mi vida contigo. Espero que hagas lo que hagas seas feliz y, por favor, alejaos de esa gente - digo sin poder evitar que se me salten las lágrimas.
- No te preocupes, tú ya estás muerto. Ahora nosotros volveremos a casa y podremos seguir disfrutando de los nuestros y de lo que tenemos. Soy yo la que siento haberte engañado todo este tiempo, pero espero que entiendas que vivir como lo hacemos tiene un precio, a veces demasiado alto, pero esa forma en que miras por las noches a las estrellas hace que todo siga valiendo la pena... - sonríe.
- Sólo una última cosa, y por favor, esta vez sé sincera: ¿Tuviste algo que ver con lo de Silvia?
- En absoluto, te lo juro. Me pilló tan de sorpresa como a ti, ese día nos tendieron una trampa a los tres, sin embargo fuiste tú quien hizo que aquello no les saliera del todo bien. Creo que querían acabar con los tres - su rostro se vuelve serio y mira su reloj - Bueno, creo que el tiempo se agota y mi padre no tardará en venir si no vuelvo para allí. Lo dicho, un placer haber formado parte de tu vida unos días.
- Espera un momento, antes de que te vayas... - le digo viendo que comienza su marcha.
- ¡Ahh! ¿Qué quieres ahora? - dice con ese tono cariñoso con que decía las cosas cuando la conocí - ¡Cómo se nota que no estás acostumbrado a las despedidas!
- ¿Me puedes dar un último abrazo? Si no es mucho pedir... - le sonrío.

Sin decir nada más, la mujer que hace 30 segundos me estaba apuntando con su pistola, se encuentra ahora dándome el abrazo más sincero que jamás he podido sentir. Ambos nos quedamos completamente liberados, con esa sensación de habernos quitado un peso de encima. Los músculos se destensan cuando apoya su cabeza en mi pecho, tras un cuarto de hora conteniendo la respiración, dejo que mi cargado aliento salgo por la nariz y choque con su cabello tan rubio, casi blanco. Aún puedo percibir el perfume que se echó la noche anterior, aún puedo flirtear con su cintura y recrearme un rato más con aquella noche que no llegó a nada:

- Que tengas mucha suerte. Ojalá algún día puedas disfrutar de estas carreteras sin miedo y acompañado de alguien como Silvia, o mejor.
- Ten mucho cuidado ¿Vale? Y espero que esto sólo sea un "hasta luego", me gustaría volver a verte de aquí a un tiempo.
- Bueno, puede que algún día, cuando todo esto acabe, podrás venir a verme a Madrid, o bajaré yo a verte. Quien sabe... si cumples la promesa que me hiciste, quizá seamos de nuevo o, como nunca, libres.
- Te lo prometo de nuevo si me juras que volverás, y esta vez no cruzaré los dedos - me siento sólo sin aún haberse ido.
- Ya te dije que eso no valía de nada - una sonrisa maternal y sus ojos azules emocionados tratan de consolarme -, la promesa está hecha, y tú tienes la última palabra. Ocúltate durante un tiempo, no vuelvas por aquí, no pises el taller ni la casa de tus padres, son y serán puntos caliente y, además, allí ya no te queda nada. Cuídate mucho, sé fuerte y espero que de aquí en adelante, tu suerte o mejor dicho, nuestra suerte, cambie.
- Estoy seguro que lo hará, hasta siempre.

Y como una inspiración, tarda tan poco en irse que casi parece que nunca estuvo. La veo desaparecer tras las paredes del taller que se intuyen al fondo del camino. Es como ese alma gemela que dicen que tienes en algún lugar del mundo, yo la encontré y... ahora, con ese arma en la cintura y sus manos manchadas de sangre, somos aún más parecidos. Pero eso es todo, como con Silvia, mi padre, mi madre, mi casa, el Golf... me doy cuenta tarde, no aprendo ni aprenderé, así que esto es lo que me queda ahora, un poco de sueño y mucho cansancio. Me siento al borde del terraplén, agarro la arena del suelo con la mano y la aguanto con el puño cerrado. La alzo y veo como se va perdiendo por un diminuto resquicio entre mis dedos. El silencio se sienta a mi lado y lo cielo se nubla, típico pero socorrido, el escenario parece una metáfora de un corazón que había tocado fondo y como una mariposa saliendo de una crisálida, se había alzado hasta tocar la gloria. Pero todo fue un espejismo, mientras ellos arrancan el motor del GT-86 y se pierden en las infinitas curvas de la montaña, yo vuelvo al lugar del que nunca debí salir: mi soledad.

Es intimidantemente cómodo notar el aire chocando con tu rostro sudado y el calcetín de fina seda que Cintia me obligó a ponerme rompiéndose dentro del zapato. La imagen de hombre elegante sufre una cierta metamorfosis y vuelve a convertirse en lo que soy, un niño al que la barba le empieza a crecer y cuyo colesterol está al nivel de un adulto enfermo de 60 años. Grito de rabia en mitad de la nada, tiro la poca arena que queda en mi mano y se pierde junto a alguna pequeña piedra en el camino del riachuelo. No creo más que en mí y ya ni eso estoy seguro de si existe. Si hay alguien ahí arriba está siendo despiadadamente cruel conmigo: sin alcanzar la veintena he pasado el 98 por ciento de mi vida entre cuatro paredes, ametrallando mis oídos con el sonido de un motor digital y maltratando mi vista frente a la pantalla de un ordenador... el otro 2 por ciento es causante de que yo esté aquí, hubo una pequeña etapa de él a la que, a día de hoy, puedo llamar felicidad. En el momento no la vi, pero mientras que hacía el imbécil con Silvia en mitad del campo, oía el ruido de las olas en alguna cala de la costa andaluza o, simplemente, dejaba que mi pie derecho hablara por mí con un S2000 o un S8 en el espejo retrovisor, yo, Pablo Nosequémás, era feliz. Prefiero evitar el resto de momentos, bastante tengo con que me aterren por la noche y no me dejen dormir.

Camino cien metros más siguiendo el curso del río, y paro donde una roca escavada por el agua durante milenios ha dejado una caída al vacío de no menos de 30 metros de altura y apenas veinte centímetros de profundidad del preciado líquido: muerte segura. Y es que, ¿Merece la pena sufrir más de lo que ya lo he hecho o lo mejor es poner fin a todo y, al menos, descansar? Opto por la segunda opción y esta vez no me acuerdo de Dios. Me coloco a no más de 5 metros de distancia al precipicio, y comienzo a caminar con pasos muy cortitos. No voy a llorar, no acabaré esta historia rindiéndome, porque no es lo que estoy haciendo. No soy muy guapo ni atlético, pero creo que aún me queda la inteligencia. Y la opción más inteligentes es acabar con todo, ya conozco todo cuanto quería saber de coches, he intentado echarle un pulso a eso que llaman "amor" y me ha podido y he reducido mis probabilidades de mejora a bajo cero. Así que, cierro los ojos y, con una enorme sonrisa, comienzo a caminar a grandes pasos:

- Pablo ¡no! No saltes, estoy aquí.
- ¿Qué... qué narices haces tú aquí?
- ¿Estás loco? - sonríe con su picante sonrisa - ¿Te ibas a tirar? Estás demasiado gordo como para hacerlo... anda, ven aquí - abre sus brazos y de nuevo, su piel morena y su melena castaña irresistible me hacen ir hasta ella.
- Creía que habías muerto - digo mientras vuelvo a sentir su calor a través del jersey de lana que lleva puesto.
- Ya, yo también se lo dije al equipo... creo que se pasaron un poco ¿No crees? Pero bueno, todo ha terminado, no te preocupes.
- Pero... ¿Pero qué equipo? ¿Qué dices? - lloro de alegría, no sé de qué demonios me habla pero es ciertamente conmovedor volver a verla; es... simplemente la felicidad regresa a mí.
- Chicos, salid ya, todo ha acabado - dice ella como hablándole a la nada.

De detrás de un arbusto de cuya presencia no me había percatado, surge un muchacho algo mayor que yo, con uno de esos micrófonos agarrados a un palo de los que se usan en los estudios de grabación. Tras él, aparece un hombre con un traje de chaqueta de color gris y corbata rosa, con una tez morena-anaranjada y una sonrisa blanca como la leche, casi resplandeciente. A continuación, salen dos cámaras, y otras cinco o seis personas más cuya función precisa no consigo descifrar. Todos parecen contentos, emocionados. Silvia cruza sus manos y se las lleva a la altura de la boca, ella parece aún más excitada por la situación. Las lágrimas brotan de sus ojos como verdaderos manantiales, no hay nada que yo pueda hacer para consolarla más allá de darle otro y otro abrazo. El equipo aplaude y de vez en cuando ella dedica una sonrisa a alguna de las cámaras, está conmigo sólo "a medio gas":

- Bueno Pablo, ¿Cómo te sientes ahora que tu gran amor, Silvia, está a tu lado y con el recuerdo de Cintia aún muy presente? - el hombre de la sonrisa de anuncio de dentífrico me incomoda con su pregunta. ¿Qué sabe de mí, por qué lo sabe?
- Yo, yo... - me quedo callado, no debía ser él quien le dijera eso a Silvia. De hecho ella debería estar muerta. Sin embargo, todo es tan real que ni lo entiendo... - ¿Quiénes son ustedes?
- Somos tus dueños, saluda a la cámara. Ahora mismo te están viendo en todo el mundo... - dice sin quitar por un segundo esa falsa sonrisa.
- ¿Que qué? ¿A qué se refiere?
- Todo cuanto has vivido, Pablo, no ha sido más que una falsa - Silvia se mete de por medio -, pero no te preocupes porque hoy se acabó. A partir de este momento podremos estar juntos.
- ¡¿Qué?! Pero... lo del hombre enchaquetado, lo de Cintia, lo de la base, lo de los coches... Eso es real, todo eso ha ocurrido.
- Sí hijo, claro que ha ocurrido, nadie te dice que no lo hayas hecho. Escucha, prepárate porque en diez minutos tienes la entrevista.
- De eso nada, yo me voy a casa. Bueno, nos vamos a casa - agarro a Silvia de la mano y trato de llevármela, pero parece anclada al suelo - ¿Qué haces?
- Espera, ¡que aún no nos han entrevistado!
- Pablo, eres el protagonista del show y tienes que satisfacer a tus fans - dice él metiéndose por medio.
- ¿Me estás diciendo - aprieto mis dientes encorajado mientras la miro directamente a los ojos - que he matado a una persona, que he perdido a mis padres, que me he dejado la salud, que he sufrido mil mierdas... por un puto montaje?
- ¡Bah! No te preocupes, sólo eran actores - dice despreocupada -, no tendrías puntería ni para disparar a un rinoceronte a un metro de distancia...
- Y lo nuestro... ¿También fue falso?
- ¿Esperabas otra cosa? Mírate, y mírame. Pertenecemos a galaxias diferentes, estás a años luz de mí - en su cara puedo notar una prepotencia que jamás antes había visto en ella. Ésta no es la chica que me enamoró...
- Me quiero ir, dejadme en Paz. Sois unos putos monstruos.
- ¡No, no! De eso nada, somos tus creadores, nos perteneces y vendrás con nosotros, ¡ahora empiezo lo bueno! - dice una chica con una libreta en la mano. Parece ser la productora.
- Sólo quiero quedarme sólo, ¡Iros ahora mismo! Y tú... - me duele el alma a decir esto - Tú la primera.
- Creo que no has entendido cómo va esto - apoya su mano en mi pecho. Ya no hay nada de aquel calor que sentía cuando me tocaba, sólo una extraña sensación de vacío bajo esa piel limpia y suave - O te vienes con nosotros, o de aquí no te vas.

Sin darme tiempo a hacer nada, comienza a empujarme con una pasmosa fuerza para su reducido tamaño, casi vuelo de espaldas a la caída. Las cámaras, focos y altavoces me apuntan, sudo como un cerco y comienzo a notar en mi tripa la sensación de descender a toda velocidad. Ella sonríe impasible mientras me ve caer... ¿Debería haberme quedado con Cintia? Estaba más que claro que cometería errores hasta el último momento.

El impacto me hace abrir los ojos, ¡increíble la fuerza de la mente! Sigo ahí, a tres metros del precipicio. Miro hacia atrás, me acerco al arbusto y compruebo que, tras él, sólo se encuentran un par de lagartijas ajenas a mi esquizofrenia y el aire recocido del medio día. Ella sigue siendo un bonito recuerdo que deja un agradable recuerdo en mi paladar en forma de sueño, incluso antes de empujarme seguía estando preciosa. Pero... la realidad es esta, y aquí sigo. No soy un pequeño Truman ni el vecino tonto que no se entera de la mitad de la misa, soy yo y mis circunstancias; y mis circunstancias son que el agua está a 25 metro de distancia, mis esperanzas en las antípodas, y mi camino está cortado por unas barreras infranqueables. Fue el afán por saciar mi curiosidad lo que me sacó de casa, mi amor por la adrenalina lo que me animó a conducir, mi amor por ella lo que me obligó a hacerme el fuerte y mi atracción por lo que nunca tendré lo que me trajo hasta aquí. Es por eso y por más por lo que hoy es un bonito día para arrojarse, dejarse caer y agradecer al destino la suerte de haber vivido unos cuantos años, aunque no haya sido un camino de rosas, hoy recuerdo lo bueno y me voy de este mundo habiendo sabido perdonar, y es que... ¿Quién culpa al león cuando mata a una cebra? ¿Qué le podemos decir a aquel que pisa para no ser pisado? Esto fue la ley de la jungla, los hubo que se limitaron a ser marionetas de circo y vivir atados a una pantalla y una jaula invisible, y los hay que se negaron a aceptar su realidad y se enfrentaron a su captor, aunque supieran su destino.

Serán ellos, seremos nosotros, los que algún día haremos historia. De momento me conformo con volver a cerrar los ojos, seguro de que ninguna chica volverá a salir tras un arbusto para impedírmelo y caminando de la mano de mi mejor amigo: yo mismo. Centinela en las noches de juego que se juntaban con el día, copiloto cuando entraba pasado en una curva o cuando mi osadía superaba el límite de lo seguro, fue él quien protegió mis días hasta que, al menos esa cría de pelo dorado y mirada limpia consiguió escapar de su jaula. Y es que las películas nos han enseñado los finales felices, los años de duro trabajo que se resumen en dos minutos y la historia del héroe, del protagonista, de aquel que finalmente será recordado. Ellos, que ahora conducen de vuelta al centro de la península, custodiados por los más de 200 caballos de un deportivo japonés, pasarán a los anales de las enciclopedias con sus propios subíndices. Supieron vivir, huir, luchar, acordar y traicionar cuando fue necesario.¿Yo? De mí sólo quedará la corta actuación de un humilde actor secundario del que sólo se sabrá si ellos me mencionan en la historia.

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Es cuando el aire corre desde la montaña, se desliza entre los árboles, las primeras nieves de las cumbres, los riachuelos y valles excavados, y baja haciendo de su temperatura un escalofrío al llegar donde yo estoy, es en ese preciso momento en que cierro los ojos y la pureza embriaga mi alma, cuando puedo por fin dar el paso y cerrar los ojos. En esta extraña conversación entre naturaleza y hombre, en este derroche de sentimientos predecesores de una muerte anunciada, uno puede mirar en lo profundo de su corazón y ver lo que en éste hay tatuado a fuego, casi inmortal. Un motor del grupo B que arranca, mi mirada perdida al contemplar un coche por primera vez, una gota fría de sudor que resbala al ver la trasera de un automóvil paseándose por la cuneta, el sonido al corte de un vtec, el olor virgen de un gt recién salido de fábrica, el esfuerzo y la sabiduría de cientos de personas concentradas en hacer ese bólido un poco más rápido... Karl se sienta a mi lado y, sin prisas, sin agobios, sin relojes que sentencien la hora de una reunión o de una huida... comienza a hablar:

- ¿Sabes hijo? Roma no se hizo en dos días, sin embargo, hoy es de lo poco que queda de lo que sentirse orgullosos en occidente. No tenían máquinas, sólo esfuerzo físico y muchos años de dedicación - deja su larga gabardina sobre la fría roca. No le importa mostrarme su camisa de color blanco, sin embargo, su sombrero de copa no tiene intenciones de bajar de su cocorota.
- No me interesan las obras construidas por esclavos al servicio de un tirano, y más aún si éstas se hicieron para honrar a dioses y mitos que no existieron.
- Bueno, quizá no sea el ejemplo más adecuado - dice mientras juega con su mostacho -. Perdona pero somos de dos épocas muy diferentes, cuando yo tenía tu edad aún valorábamos ese tipo de "horteradas"... ¿Y qué me dices del gran Einstein? Él tuvo unas notas mediocres hasta la secundaria, sin embargo el mundo tal y como lo conocemos sería muy diferente de no haber sido por él.
- Ahí sí le doy la razón, pero no nos hizo mayor favor que el de conducir a la humanidad al desastre... El progreso sólo ha traído mierda.
- ¿A sí? ¿Y con "mierda" a qué te refieres? Mira hacia atrás... ¿Qué ves?
- El puto taller, ¿Qué quiere que vea? - desafortunadas palabras para hablar con un grande...
- ¿El puto taller? ¿Y por qué se te eriza el pelo al hablar de él?
- Los coches... me gustan. ¿Algún problema?
- ¿Y quién te trajo los coches? ¿Dios el séptimo día, en un hueco que se aburría entre siesta y siesta, o ese progreso del que tan mal hablas? La culpa no fue de Einstein, fue de quien estaba más atento al móvil que a su familia en la cena de Navidad mientras los avances de éste y demás genios se pusieron, en vano, a nuestra disposición.
- Confundimos comodidad con vaguedad, ¿Verdad?
- Pues sí, un día quisimos cambiar un caballo por un motor de combustión interna y, cuando quise volver al mundo, ya nos habíamos vuelto unos completos inútiles. ¿Ves esa abeja de la otra orilla?
- Sí, la veo.
- Ahora mismo ella es más imprescindible para este planeta de lo que lo somos nosotros.
- Tuvo que ser bella su época...
- No creas, teníamos nuestros problemas... pero es que esto es verdaderamente triste. ¿Alguna vez has pasado por un parque con gente?
- No, me habría gustado.
- Yo crecí en ellos, los domingos nos poníamos nuestras mejores galas para pasear; luego éstos se convirtieron en una especie de juego a dos bandas, con ancianos melancólicos por un lado y críos dejándose las rodillas tras un balón por otro. Más tarde sólo quedaron los jubilados y al final... Bueno, esa parte la conoces mejor tú que yo.
- Su época fue muy buena, eres todo un afortunado.
- ¿Tú crees? ¿Quieres que te la enseñe?
- Vale.

El traqueteo de un único cilindro nos lanza sobre un frío adoquinado a través del parque. Cada bloque se clava en nuestros riñones, la nieve cubre con un cuarto todo los aledaños de la calzada y hace que el aire invernal de un Diciembre cualquiera en Stuttgart congele mis músculos. Sólo un par de señores a los que adelantamos mientras circulan al trote de sus equinos vehículos pueblan la madrugada en las vísperas de Navidad. Uno nos dedica un corte de mangas mientras el otro se limita a gritarnos: "¡Un día vas a matar a alguien con esa cosa, loco asqueroso!". Karl sonríe ignorándolos, giro la vista para tratar de intimidarlos con la mirada, cuando la vuelvo al frente una pendiente muy empinada embala el carromato mientras unos críos de calcetines largos y pantalones cortos juegan con un aro metálico en mitad de la calzada. "¡Esquívalos!" me dice con cierta tranquilidad al otro lado de la banqueta. Agarro la manivela y trato de hacerlo, pero esto no es un Serie 1 M, la dirección está dura como una roca, por no tener no tiene ni volante, a pesar de hacer palanca con todo mi cuerpo los "neumáticos" de caucho, las ruedas de madera y el ángulo de giro no son suficientes para evitar el impacto:

- ¡Joder! Pero si no giraba una mierda - dijo bajando tres peldaños en mi imaginaria escala social con tan burda expresión.
- No todo es tan bonito, ¿Eh?
- Ahora... ¿Dónde estamos?
- Año 1952, 300 SL Carrera Panamericana, 23 de Noviembre, octava etapa, Ciudad Juarez (México)
- ¿De qué estamos hablando?
- 3000cc., 6 cilindros en línea y caja de cambios de 4 velocidades sincronizadas. Velocidad punta de 257 km/h.
- ¿Sí? No me asusta, jeje...
- Pues ve pisándole que llevamos a un británico bastardo pegado al culo - dice refiriéndose a un Jaguar Coupé verde botella -, y la meta está a 52 kilómetros.


Como a quien ordenan que encienda o apague una luz, hundo el pie en el acelerador y trato de pilotar con maestría esta obra de arte del paleolítico. El motor sube de vueltas y aunque no superamos los 150 por hora, la sensación es más cercana a la de estar en un reactor a punto de despegarse del suelo. Los cambios de rasante parecen rampas de salto y en algunos baches podría haber una familia entera escondida. Y aunque el corazón me diga que corra, mi cabeza y mi pierna derecha me ordenan que siga a medio gas. "A ese ritmo te cogerán" dice él justo antes de pasar por el cartel de entrada de un pueblo de nombre impronunciable. La gente se arremolina a ambos lados y al ver un Ferrari con su característico Rosso Corsa por el retrovisor, alargo una sonrisa malévola y acelero el ritmo hasta el máximo. La gente se confunde con una especie de torbellino en el que mis ojos se pierden. Se apartan del centro de la carretera una décima antes de que pasemos a 200 peinando su ropa.
De repente un "¡Cuidado!" de mi sabio copiloto, me avisa mal y tarde de un objeto volante no identificado que se parte en mil pedazos reventando la luna delantera de la bala plateada, esparciéndose por el habitáculo en forma de sangre y plumas. El corazón se acelera, la respiración se vuelve nerviosa y al borde de un ataque de pánico...:

- ¿Así mejor? - me pregunta al otro lado del enorme sillón tapizado en piel blanca.
- ¿Dónde estaaaaaaaaaaa...mos? - digo corriéndome del gusto con el increíble masaje en que estoy envuelto con una cortina musical de Chopin de fondo.
- Maybach Landaulet, Costa Azul, Francia.

Miro al cielo, abierto para nosotros en un atardecer dorado mientras el chófer traza con suavidad la trayectoria de una carretera a pie de costa con muchas curvas:

- No está mal del todo, ¿Verdad?
- Sabe? A pesar de estar en el cielo, preferiría ir de conductor.
- Joder chaval... Te va la adrenalina ¿Eh? Cuando llegues a mi edad apreciarás este tipo de cosas. Coge el volante.
- Y ahora... ¿Dónde estamos?
- Autobahn entre Stuttgart y Koblenz, no hay límite de velocidad.
- Pues... habrá que probarlo un poco ¿No?
- ¿Acaso no lo haces ya? - dice mientras mira al marcador - Los 300 km/h en este BlackSeries no se notan nada, y menos en una carretera como ésta.
- Pues porque los camiones parecen ir parados, que sino no le creería. Esto es...
- ¿Aburrido? Ya, lo llaman progreso...
- ¿Me salgo?
- Pues vale.
La siguiente salida (en perfecto alemán) está a 300 metros. Clavo frenos, reduzco a tercera y el sonido de 600 caballos brota del corazón que late bajo el inmenso capot. Como era de esperar, los discos cerámicos más grandes que mis ojos hayan podido ver hacen que el coche se frene cual asteroide al chocar contra la atmósfera. Cuando quiero darme cuenta, son los enormes árboles los que me dan sensación de vértigo a ambos lados de la imponente nacional. Aún tengo que acostumbrarme a eso de compartir vía con otros vehículos, pero reconozco que me encanta pasar por su lado lo suficientemente rápido como para que me hagan ráfagas. En pocos minutos le estoy cogiendo el rebufo a un Ruf CTR2 de coloro azul claro. Conducimos como auténticos descosidos, él pierde tracción cada vez que pisa a fondo para adelantar a alguien, yo sólo tengo que dejar que las ayudas electrónicas hagan su trabajo.
De repente, sus luces de freno se encienden y pasamos de ir a 250 por hora a estar completamente parados a escasos metros de una rotonda completamente colapsada de deportivos de todo tipo, marca y año. Cuando llegamos a ésta, él me obliga a seguir al 911 radicalizado hacia una especie de parking; pone el intermitente y para frente a una barrera automática.
- Y esto... ¿Qué se supone que es? - pregunto confundido.
- Esto es... amigo mío, el mayor psiquiátrico del mundo. Prepárate porque vas a entrar al lugar con mayor número de locos del mundo, y lo peor es que rara vez bajan de cuarta.

La barrera se abre y comienza la vuelta. "Te cantaré las curvas si no quieres matarte", me dice él. Con sus indicaciones, una larga recta con una fuerte subida acaba con una bloqueada de ruedas. Una vuelta en el paraíso, solo una. Con la mirada en el retrovisor y en el frente al mismo tiempo, apenas 8 minutos y medio con los brazos en tensión y el miedo apretándome fuerte en la sien. Karrusel, Adenau, algún accidentado... y la sensación de que por fin estoy en el sitio adecuado en el momento adecuado. Pero todo se acaba como empezó...


De nuevo, él y yo descansamos sobre la enorme roca, con los pies colgando del precipicio:

- ¿Te ha gustado lo que has visto y vivido?
- Sí, señor; muchísimo.
- ¿Crees que se hizo en un día? ¿Crees que detrás de eso no hay lágrimas, esfuerzo, tesón, disciplina...? ¿Crees que todos los que un día hicimos de un vehículo de tres ruedas que apenas superaba los 20 por hora una pasión irracional como pocas no tuvimos detractores, no nos quedamos solos?
- Pero...
- No hijo, ahora me toca a mí. Verás, las cosas no ocurren en dos días. Los momentos más maravillosos de esta vida requieren de aprendizaje, tiempo y muuuchas horas de práctica. Tú apenas estás aprendiendo a comer y ya quieres ser el mejor tirador, un gran justiciero, un piloto de carreras, un amante genial y un novio perfecto... pero créeme, Pablo - ¿Cómo sabrá mi nombre? -, en esta vida al único al que tienes a tu lado es a ti mismo. No esperes nunca nada de nadie, porque te defraudará. Es mejor llevarte una sorpresa que una decepción. Confía sólo en lo que tú podrás hacer, yo hice del automóvil una realidad, y de esa realidad, un arte, una forma de vivir y una pasión. Es así como se me recuerda en las enciclopedias y libro de historia. Ahora te toca a ti escribir en el libro de firmas de la vida, de ti depende que tus andanzas se acaben hoy o lo hagan en 100 años. Te tienes a ti mismo ¿Qué más quieres? - saca un reloj de bolsillo de su chaqueta y mira la hora - Escucha, tengo que irme, no me voy a quedar aquí viendo como tomas la decisión equivocada. La pelota está en tu campo. Me esperan en el circuito de Nardo, queremos batir el récord de velocidad sobre tierra, va a ser algo duro y, tanto si lo conseguimos como si no, habrás merecido la pena, habremos aprendido y seremos más fuertes - se levanta y comienza a caminar - Adiós.
- Espere un segundo.
- ¿Qué? - dice sin darse la vuelta.
- Gracias, señor Benz.

El sombrero se vuela con el aire, tras él lo hace todo su cuerpo, que se convierte en polvo y lo pierde en la inmensidad del día. Vuelvo a estar sólo y cerca del precipicio, pero con una sonrisa en la cara dibujada y el sonido de los motores aún retumbando en mis oídos. Me levanto y me alejo: aún queda por qué y quién luchar.


Capítulo 20

Meto tercera y dejo caer el GTI camino abajo. Con miedo de soltar el embrague por si se cala el motor y con el pie derecho puesto en el freno tratando de que no se embale demasiado, el cubre cárter roza con las rocas y la tierra, no es el vehículo más indicado para estos caminos, pero tenía que elegir y en este caso el corazón es quien determina por quien decantarse. Atrás han quedado recuerdos, demasiados, que no sé si quiero olvidar. Sólo sé que a partir de ahora intentaré buscar en la sencillez un estilo de vida y en las cosas pequeñas mi felicidad, se acabó el necesitar 400 caballos bajo el pie derecho o la chica más guapa de la provincia, me dedicaré a aprender lo básico para sobrevivir y dejaré que sea el tiempo el que me ponga en mi lugar.

Antes de bajar del coche, me he encargado de que esa cosa metálica no vuelva a quemarme en el bolsillo; no más armas, no más sangre. Diego descansa su cabeza sobre la mesa del porche, a su lado hay una bandeja intacta con el mejor pollo asado con patatas que haya visto jamás (tampoco es que haya visto muchos). Mi tripa grita con ansia pero a mí no me entra ni el aire que respiro, no lo merezco, he fracasado. Entro en casa -su casa- con cuidado de que no se despierte, sin embargo, fallo en mi intento y él, extrañamente sobrio, levanta su mirada y se limpia la saliva de la boca con pasmosa velocidad, como tratando de mostrarme su mejor lado:

- ¿Qué ha pasado? ¿Cómo os a ido? - me pregunta interesadísimo.
- Nada Diego, olvídalo. Ahora sólo quedo yo, si quieres echarme de casa, eres libre de hacerlo.
- Pero... ¿Qué dices chaval? ¿Por qué no está Cintia contigo? ¿Y Silvia, la habéis encontrado a ella?
- Ya te digo que vengo sólo... lo siento, he fallado.
- Bueno, si tú estás aquí supongo que habrá fallado otro - dice tratando de consolarme.
- No, sólo he fallado yo. La culpa es sola y exclusivamente mía, por estar tan ciego todo este tiempo.
- Pero... pero... Explícate un poco más ¡no me dejes así! Mira el pollo que pinta tiene, está cocinado desde anoche pero se calienta en el horno en un momento y se queda como recién hecho. Voy a por leña de olivo, ya verás que rico está.
- No, Diego, de verdad. Cómetelo tú, muchas gracias pero no me cabe nada - mi frustración me llama desde la cama, como en una de esas películas para adolescentes hormonados, lo único que me apetece es irme a mi habitación a llorar.
- ¿Y eso? ¿Ya has comido?
- No, no es eso, déjalo. Me voy a dormir un poco, ya veo que no te enteras de nada... - digo con cierto tono chulesco que hasta hoy no había conocido en mí.

El pobre "anciano" se queda sin habla, baja su mirada y con suma humildad, saca de debajo de la mesa una botella del translúcido líquido aún sin abrir. Lo dejo allí sólo, mientras que las escaleras me incitan a subirlas y no volver a bajarlas nunca y el olor al intenso vodka me persigue de cerca. Me dejo caer sobre el enorme colchón, los cabellos rubios aún se pueden ver sobre las sábanas, el olor de su piel lo impregna todo y, sin ganas de remover mierda y con la madurez necesaria que me aportan tres semanas de experiencia en esto de vivir, agarro el edredón y todo lo que hay debajo y dejo la cama desnuda. Todo lo tiro al pasillo, el frío a esta hora de la tarde ya es más que evidente pero lo prefiero a estar tapándome con los restos del enemigo. Espero que esta psicosis persecutoria se me vaya olvidando con el paso de los días y que pueda, por fin, comenzar mi vida "sencilla".

"Toc, toc ¿Se puede? Sólo venía a dejarte esto, que sé que antes o después te entrará hambre y quizá para entonces estaré demasiado borracho como para calentarte nada sin quemarme yo en el intento". Con una vocalización nada buena, y con su olor "natural", Diego sube al primer piso con un plato de comida y esquivando todo lo que he dejado en el pasillo. Me muestro impasible ante él, el cual me gana por experiencia y sabiduría y de igual manera me lo deja en la entrada del dormitorio junto a un cuchillo, un tenedor y algo de pan. "Eres igual que mis hijas, sé de sobra que cuando vuelva en unas horas de ese plato no quedará ni el barniz" me dice mientras se da media vuelta y baja torpemente las escaleras a la vez que se descojona. Yo intento ser fuerte y mantenerme sobre el colchón, mirando al techo y sin nada mejor que hacer que lamentarme de mi suerte. Sin embargo cuando el olor de la salsa recién recalentada llega a mi paladar comienzo a salivar como un animal y, cuando quiero darme cuenta, voy por el segundo muslo. Como me descuide me muerdo un dedo, porque los cubiertos los estoy usando poco...

6 de Noviembre

Hoy hace un mes que salí de casa. Hoy hace un mes que comenzó esta especie de sueño-pesadilla del que no sé muy bien si ya he despertado. El olor de la hoguera aún caliente entra por la ventana junto a las cenizas de su humo. Miro a la inmensidad del valle: sólo las copas de los pinos y algún tronco desnudo de hoja caducifolia se pueden ver, no hay resto del suelo ni tampoco se le espera por aquí. Los resquicios de un conato de incendio se intuyen a lo lejos, quizá un rayo o algo parecido lo produjo hace años... Observo los faros ennegrecidos por los años del Golf, ella lo dejó como nuevo antes de irse, eso y el lápiz de ojos que aún guardo es todo cuanto de esta historia me queda. Como en una mañana de resaca, tienes que tratar de orientarte, apartar en el recuerdo todo cuanto dejaste atrás y mirar para adelante, más cansado, pero vivo. Descubro qué es lo que me ha despertado, llevo más de doce horas entre sueños desordenados, momentos de mi futuro que nunca existirán, del presente que ya se fue y del pasado que no volverá: un café sobre la mesita de noche y un par de mantas tapándome me dicen que Diego ha pasado por aquí. Me lo tomo mientras continúo observando el paisaje de mi ventana a primera hora de la mañana, como de costumbre, el cielo blanquecino y la niebla baja hacen que no pueda augurar si el día será bueno o no. Desciendo las escaleras con la cafeína ya en el cuerpo, su alta temperatura hace que note como el líquido baja por mi esófago hasta llegar al estómago, a partir de ahí cualquier presencia de ésta desaparece. Abajo huele a tostadas recién hechas, y sobre un plato en la mesa camilla del salón éstas esperan a que le hinque el diente.

De él apenas hay rastro, su cuerpo sigue donde lo dejé ayer, sólo que ahora es su mano la que apoya su cabeza en vez de hacerlo la mesa:

- Una noche intensa ayer, ¿Eh?
- Una más, ahogando mis penas con el alcohol...
- Causa y solución de tooodos nuestros problemas - digo tratando de conciliar las tensiones que yo mismo confeccioné ayer.
- Jeje, muy buena esa.
- No es mía, la escuché en algún sitio. Yo no soy tan creativo... escucha Diego, quiero pedirte disculpas por lo que te dije.

- No hay nada que perdonar chaval, ambos somos hombre y tenemos que cargar con las consecuencias de nuestros actos.
- Yo no creo que aún lo sea...
- Pues tendrás que serlo, como ya has visto la vida te enseña a base de golpes. No hay segundas oportunidades, no hay reinicios de partida ni vueltas de prueba, si la cagas la primera vez todo se va a la mierda. Pero no te preocupes que aunque quien se va no vuelve, el mundo es muy grande y ya encontrarás a alguien, las personas vienen y van. Esto no durará siempre, yo quizá no lo vea pero tú sí, así que algún día te acordarás de lo que te estoy diciendo. Somos muchas personas, alguna nos tendrá que apreciar, es cuestión de estadística jejeje...
- Pues sí - le dedico una sonrisa tímida, casi por compromiso.
- Bueno... ¿Qué? ¿Me vas a decir dónde se ha metido nuestra amiga?
- Es una larga historia, si me puedo quedar unos días más aquí te la contaré con tiempo, que es lo que necesita. Aún tengo que digerir lo que ha pasado y pensar qué ha podido pasar y cómo... no es fácil.
- Por mí como si quieres quedarte aquí toda la vida, pero creo que no eres de esos. Yo soy un simple hortelano que poco tiene para darte o enseñarte, antes o después te entrarán las ganas de extender las alas y volar.
- Puede que sí, algún día estaré preparado. Aquí será difícil, pero ya encontraré la forma de salir. De momento lo que necesito es despejar mi mente, y para eso este es el lugar idóneo. ¿Hay algo en lo que pueda echar una manita?
- Hombre... pues la verdad es que hay muchas cosas que hacer ¿tienes ganas de sudar? Porque tenemos trabajo para una semana.
- Pues encantado de ayudar, con mis manos y mi nula experiencia lo transformaremos en dos semanas jejeje...
- Estupendo, así no nos aburrimos. ¡Anda! Tira para adentro y termínate todo el desayuno. Y por supuesto no se te ocurra salir sin haber hecho la cama, ¿O me has visto cara de criado?
- ¡Sí señor! - digo mientras pongo la mano en la sien, a modo de saludo militar.
...
Me limpio las gotas de la frente con la gorra de John Deere que me ha dejado Diego. La azada me pesa tanto como los sacos patatas que me toca llevar hasta el pequeño almacén que tiene junto al porche. "No, no, insisto, yo llevo los sacos que ya tienes una edad para estas palizas". "Los cojones" debió pensar él mientras yo le insistía en la idea anteriormente expuesta. Con unas sonrisa pícara me dijo "Tú mismo" cogió una pala y se puso a excavar. Y así lleva tres horas, mientras yo trato de buscar fuerzas de flaqueza, sus brazos cubiertos de músculos y venas con relieve no dan señal alguna de fatiga. De hecho, me sigue a no más de tres metros de distancia abriendo agujeros en los huecos que se quedan sin el dichoso tubérculo:

- ¿Para qué cojones haces eso?
- Para plantar otra cosa, ¿O te crees que este huerco solo sirve para plantar "papas"?
- ¡La virgen! Pero si tienes aquí patatas para tres años ¿Para qué quieres más?
- He de llevar una dieta equilibra, rica y variada. Sólo de patatas no vive el hombre, me lo dijo mi médico en la última consulta, hará - frunce el ceño - unos 20 años.
- ¡Ah, genial! Pues la próxima vez a ver si te controlas porque he llevado sacos como para alimentar a una familia de... algo que coma mucho, durante tres años.
- Bueno, nunca sabes cuándo puedes tener visita.
- Sí hombre, hay que ser precavido - digo en tono irónico mientras agarro con un poco de mala leche la azada -. ¿Y qué pretendes plantar ahora?
- Pues no lo sé... seguramente ajo, aunque también estoy pensando en plantar apio. Ya veré que hago.
- Yo voto por el ajo. Nada como tener tres hectáreas de ajo, por si las moscas. Que nunca sabes cuándo va a venir visita...
- Oye chaval - dice mientras levanta la pala y se acerca a mí -, como me ponga yo a reírme de ti seguramente me falte día.
- Jejeje, no creo que sea para tanto. Además, que está bien pensado hombre, nada como un litro de ali-oli por las mañanas para empezar el día con un aliento fresco a la par que intenso.
- Mira graciosillo, sigue así que hoy de momento no cobras, y como te pongas tonto tampoco comes - se quita su gorra y, por primera vez en toda la mañana, se seca el sudor.

Continuamos trabajando un rato más entre risas y bromas, y cuando parece que mi cuerpo comienza a adaptarse al esfuerzo físico, el final de la última hilera del huerto se acerca. Este saco de patatas apenas supera los 10 kilos, así que el bueno de Diego, en un alarde de solidaridad, lo agarra a mitad, se lo echa al hombro y ambos bajamos los escasos 50 metros que nos separan de casa. Dejo la azada y la pala en la entrada de la cocina y me encargo de dejar la última bolsa junto al Panda, que sigue luciendo tiernamente intimidante. Es como un crío con tatuajes y cresta, algo estrambótico. "Ve a por media docena de huevos y lávate las manos, que en 15 minutos comemos. Échate un poco en el sofá que te lo has ganado". Arrastrando los pies me acerco al pequeño establo. Pego una patada "cariñosa" a una gallina que se acerca para impedir que se lleven a 6 de los suyos y como puedo me los meto todos en los bolsillos de chaqueta y pantalón. Al volver por donde he venido, visualizo unas tierras en lo alto de un cantón que parecen abandonadas. Al entrar a la cocina, Diego ya está friendo parte de la cosecha en forma de rodajas y se dispone a reventar los cascarones de los huevos para añadírselos:

- Ese huerto de ahí arriba... ¿Por qué no lo cultivas?
- Lo utilizo, pero ahora está reposando, la tierra necesita descansar. En no muchos días los labraré...
- ¿Eso qué es?
- Consiste en removerlo, darle vueltas para que las zonas más profundas cojan oxígeno y así, de paso, crear canalones para el riego. Un coñazo, yo ya estoy viejo para estas cosas...
- Si te lo hago en una hora, tú cocinas esta noche ¿Vale? - le propongo con algo en la mente.
- Bueno, es lo que hago siempre... tú sólo sabes usar el microondas, así que, acepto el reto.

Saca la tortilla ya hecha de la sartén en su punto justo, jugosa sin llegar a estar cruda y tostada sin llegar a estar quemada. La boca se me hace agua y el estómago ruje como el Golf, así que, toca un merecido descanso.

...

Diego mira con incredulidad la escena, se mantiene aferrado a un palo que usa de bastón y apoya su culo en una roca que tiene de confortable lo que este cacharro de elegante. En primera y con el coche parado, piso el embrague y acelero para más tarde soltar al primero. El Panda y su motorcillo, que no se defiende nada mal, comienza a patinar y a girar sobre sí mismo, cual Lamborghini con tracción a las 4 ruedas. Él no parece muy convencido por la idea, pero finalmente me tendrá que dar la razón (porque la llevo), nada como un poco de ayuda mecánica para ahorrarnos tiempo y energía. En poco menos de diez minutos está toda removida, las ruedas se hunden entre los terrones de tierra seca y la remueven de un lado a otro sin mayor dificultad:

- ¿Y ahora qué me dices, eh? - le digo parando junto a él y su improvisado asiento.
- Te digo que menuda basura de arado, ¿Qué pretendes que plante ahí? Ahora me llevará aún más tiempo crear los canalones con la pala...
- ¿Eso qué es?
- ¿Los canalones?
- ¡No! Lo que tienes debajo del culo... ¡pues claro que son los canalones! - le respondo con cierto aire chulesco y con el brazo apoyado en la puerta.
- ¡Eh, eh! Calma niñato que te meto un estacazo que te quedas en el sitio - me dice sacando su lado más agreste/violento mientras sostiene el palo en su mano. En cierto sentido, resulta incluso cómico.
- Bueno señor, ¿Me va a decir usted que "recórcholis" es un canalón o se lo voy a tener que sonsacar a bases de puños?
- Pues un canalón, amigo de la gran urbe, es la hendidura que se hace en el terreno para que el agua corra a través de ella y riegue de la forma más homogénea posible toda la plantación.
- ¡Ah! Pues haberlo dicho antes... esto lo pongo yo ahora mismo en "modo canalón" y se hace prácticamente sólo. ¡Chsss, chsss, grrrr! - digo imitando el ruido de no sé muy bien qué y aprieto uno de los pocos botones del salpicadero al azar.

Me coloco al final del huerto y, como en una improvisada carrera de dragsters agricolizada, salgo pisando a fondo el acelerador mientras procuro mantenerme lo más recto posible. Las ruedas, que sufren una más que evidente pérdida de tracción, se encargan por sí solas de escarbar en el terreno esa especie de estela a la que mi amigo Diego hace llamar canalones. Y así pues, casi sin esfuerzo y con toda la tarde por delante, en no más de cinco o seis acelerones, consigo dejar la tierra lista para su uso. Paro frente al "anciano" y...:

- Bueno ¿Qué? Entonces esta noche cenamos...
- Mierda con cebolla, listillo de los cojones.
- ¡Qué asco! Cebolla...


9/11

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Hoy me he levantado, como en un día más, pensando en cómo y cuándo ayudar al viejo, cómo entretenerme para no mirar al pasado y cómo aprender para crecer un poco más como persona. Sin embargo, me he atrevido a mirar la fecha en el calendario y un escalofrío me ha dicho que tengo la mañana libre. Y es que... Qué tendrán los números que, siendo fríos y exactos, y sin apenas pretenderlo, te evocan sentimientos que nunca nada te ha hecho sentir. Y es que ahora mismo somos el GTI y yo, y siguiendo con las matemáticas como metáfora, se podría decir que mientras estoy aquí adentro sólo un 10 por ciento de mí es realmente Pablo, el otro 90 por ciento pertenecen a otros. Pertenece a Walter Röhl volando sobre cualquier Porsche, al señor Benz y la charla de la que aún me acuerdo, a uno de esos probadores que durante meses estuvo en el Círculo Polar Ártico mejorando un nuevo modelo, a quien hipotecó su casa y su futuro por tener el coche de sus sueños en el garaje, a Ragnotti limpiando de lado la cuneta con su Renault 5... en fin, por esta carretera que no conozco todo transcurre en otra dimensión, esa en la que yo formo parte de la máquina y su engranaje. Es el automovilismo hecho arte, son las tardes de taller con los brazos hasta el codo de grasa de motor, es el resultado de quien no quiso ser realista y se negó a no ir más rápido, más cómodo o más seguro, y es la evolución de la estupidez la que hizo que hoy yo pueda disfrutar en exclusiva de la vía.

Todo el tiempo con un ojo puesto en el retrovisor, sigo sintiéndome inseguro aunque no asustado. En cada curva hecho el cuello hacia delante intentando intuir qué hay al final de ésta. Marcas de neumático en el asfalto me recuerdan que alguien más se lo pasó muy bien no demasiado tiempo atrás, son anchas y continuas. Probablemente fue un tracción trasera el encargado de pasar de lado todos las giros. La carretera aún no tiene baches, casi parece una nacional. Apenas hay plantas creciendo entre las grietas, eso me recuerda que algún "jardinero" se encargo de podarlas a la altura de su bólido. "Quiebrajano a 8 km.", un cartel oxidado al final de la vía principal me invita a seguir la ruta por un carril un poco más estrecho y con unos baches que requieren de toda mi atención para esquivarlos. Este es el ambiente natural de la "pelotilla", no es capaz de ponerse a 200 sin que salga algún cilindro por su capó, pero en primera, segunda y tercera el coche... ¡vuela!

Engrano la marcha en la que más disfruto de su justa pero pura potencia, comienza a agarrarse al asfalto con sus neumáticos endurecidos por la vejez pero que siguen haciendo que acelere como si circulara sobre chicle. Con la cautela justa para mantenerme vivo, busco el límite del alemán en cada curva, reacciona de forma inesperada: unas veces se va de culo, otras de morro... a base de freno, reducciones bruscas y punta-tacón consigo mantenerme en la carretera unos metros más y...cuando quiero darme cuenta, llevo una sonrisa de oreja a oreja. No echo de menos la dirección asistida del M, ni la sofisticada suspensión del Land Rover, ni la compañía en el asiento del copiloto. Sólo necesito mis piernas, unas zapatillas del número 43 y unas manos que a base de breves pero intensas experiencias se han vuelto rápidas y precisas. En las largas rectas meto quinta y dejo que el motor se refrigere un poco, la temperatura del aceite sube de manera endiablada en cuanto le aprieto un poco las tuercas al Golf, sólo la ilusión de incendio y humo en el capó sostienen mis ganas de seguir escuchando sus quejidos de dolor cercanos al corte.

Las marcas de neumático prosiguen durante millas y millas, incluso parezco intuir el olor de la goma quemada. Alguien fue muy rápido por aquí, y seguro que no fueron ellos. Me vienen a la mente las historias de mi padre, esas que contaba sobre él y éste coche cuando apenas quedaba ya tráfico en la comarca. Compró el GTI por simple diversión, no precisaba de un medio de transporte ni tampoco de un plaza llena en el parking. Lo hizo por pura pasión, creo que fue la última vez que hizo algo por ella. Recorría las carreteras desiertas en la más estricta intimidad que le daba el interior del Volkwagen y su caja de cambios manual, lo compró a un chaval por cuatro perras y lo puso al día con los medios que en su momento tuvo. Si no fuera porque las ruedas sin demasiado estrechas, diría que fue mi padre el que firmó esta vía con caucho y fuego. Nunca he pasado por aquí pero es como si ya hubiera estado por todas estos lugares antes, recuerdo el cruce que sube a la cañada, el antiguo establo para cabras, el manantial que surge en el margen derecho cada vez que caen cuatro gotas... y la enorme presa que se intuye ya a lo lejos encajonada entre dos grandes barrancos. La altura de la catedral a su lado es algo simplemente anecdótico, los años de abandono y la falta de mantenimiento hacen que la compuerta principal luzca un rojizo tono oxidado y en todo el hormigón crezcan enormes columnas de musgo (en algunos casos putrefacto) que ennegrecen la imponente obra de la época franquista.

A poco menos de un kilómetro para llegar al final del camino, un túnel oscuro, tallado a pico y pala por vete a saber quién, me incita a encender las largas y poner una vez más a prueba la resistencia de mi compañero de viaje. Como de costumbre, aguanta como un jabato mis abusos, marcha tras marcha va cogiendo velocidad y comienzo a sentir el aire que entra por algunas juntas que han perdido su sellado con el paso del tiempo. Sólo un "panzazo" que casi acaba con el cárter me hace replantearme si es seguro circular tan rápido con unos faros del paleolítico que poco o nada iluminan y la falta de confianza con la ruta de hoy. Así pues, vuelvo a levantar el pie (por enésimas vez en lo que va de jornada) y dejo que recupere el aliento; un haz de luz entra por un lateral del túnel: una pasarela que parece estar llamándome conduce directa a la presa por un ruta alternativa a la convencional. La ignoro de momento para no abandonar la seguridad que me da el interior del vehículo y el calorcito que sale por los conductos de la ventilación. Fuera no hará más de 5 o 6 grados, no paro de pasar la mano por la luna para que no se empañe del todo y me permita seguir circulando.

Aunque en algunos momentos llega a parecer interminable, el final de esta larga gruta se acerca y ya intuyo el agua que brilla tras un muro de hormigón. Cuando apenas quedan 100 metros de oscuridad, reduzco a segunda para que suelte un petardazo con tan buena acústica y vuelvo a levantar el pie. Para compensar el contraste con el exterior, fuerzo la vista y dejo los párpados a medio cerrar. El batacazo que el Sol asesta a mis retinas me deja ciego por no más de dos segundos, al recuperar la visión un parking para demasiados vehículos y una torre-mirador me reciben. Sólo unos jabalís que buscan comida entre algo que algún die fue césped parecen encargarse del lugar. Sin embargo, me froto la vista y... "¿Qué cojones?" digo casi involuntariamente al ver la escena. Aparco a su lado y busco una camisa a cuadros que cogimos el otro día en el centro comercial, me la pongo y bajo a contemplar la cosa más imponente que hasta el día de hoy he tenido la oportunidad de ver...

Me olvido del M3, del Serie 1M,del GT-86, del 928... nada de lo que haya visto antes me ha impactado de una forma tan contundente (a excepción de esa "cosa" a la que Silvia llamó "Pagani"). Descubro así el origen de las marcas en el suelo y que el olor a rueda quemada no fue una simple ilusión. El sonido del tubo de escape encogiéndose y el goteo de los fluidos contra los conductos me hace estremecerme, es evidente que esas llantas rojas y ese alerón descomunal no son señas de identidad de ellos -los malos-. Estoy temblando... es la pureza hecha automóvil, la grandeza de 100 años de historia plasmada en una carrocería de aluminio y unos detalles en carbono, la riqueza de la filosofía del "menos es más", es... un GT3.

Las siglas de RS me hacen pensar que es aún más radical, no me gustaría hacer un largo viaje en él... sin embargo, el hecho de contemplar ese interior espartano y casi a escala me incita a recorrerlo de arriba a abajo con la palma de mi mano. Me tiro al suelo y contemplo de cerca sus frenos perforados. Me vuelvo a levantar y me llevo las manos a la cabeza, al grito de "Me cago en el puta" siento el corazón acelerándose, queriendo salir de mí. Mientras recorro con la vista su silueta, a lo lejos, entre la niebla que de la nada ha surgido, él posa su tronco castigado en el filo de la presa. Una caída de más de 100 metros amortiguada por unas rocas sin alma ni remordimiento... alguien quiere dejar de vivir. Me olvido por un instante de esa preciosidad de la que mi padre ya me habló sin que yo nunca llegara a creerlo, recuerdo como se le erizaba el pelo al contarme que pasó su juventud cruzándose con él por todas las carreteras de la zona. Me habló de una mañana en el pueblo de sus abuelos, en Málaga, donde aquel señor que hoy mira al abismo con el rostro arrugado le dio una vuelta en su Porsche y le sacó una sonrisa y las ganas de aprender de otras cosas que no fueran la "puta calle" (palabras textuales). Y es que hay veces en las que... casi sin quererlo, los fantasmas de un pasado que nunca viviste se funden con el presente y te hacen evocar sentimientos que realmente nunca tuviste.

Con el vértigo que me otorga la juventud y la cautela que me da el profundo respeto que hacia ese señor promulgo, observo su pelo canoso que se confunde con el vapor de agua que en el aire se estanca y rezo por llegar a tiempo, al menos para compartir unas palabras con él y acompañarle al final del camino. Es evidente que sabe de mí y mi presencia, el Golf no es precisamente un susurro, y menos si lo llevas "a cuchillo". Camino sin prisa pero sin pausa, y mientras lo hago pienso en qué voy a decirle cuando llegue a su altura... La distancia entre nosotros se acerca y una especie de fluido denso se expande a mi alrededor, entra en mis pulmones y hace que mi respiración sea más cargada. Junto a él, la temperatura parece subir 10 o 12 grados, no lleva manga larga y deja a la vista su brazo izquierdo, en el que una cicatriz enorme le cubre prácticamente toda la piel. Suelta su bastón de carbono y lo deja caer al suelo, aún lleva los guantes de conducir puestos pero eso no impide que vea su curiosa alianza. Él, que ya se ha percatado de mi presencia, se mantiene tranquilo, esperando que sea yo el que inicie la conversación:

- ¿Es suyo el GT3? ¡Menuda pasada! Mi padre me dijo que había uno de estos por aquí, pero nunca lo creí. Un 997, ¿No? –la excitación al hablar con él aumenta, se me queda grande.
- No, es un 996, pero bueno, no está mal del todo, chico. Que cuando este coche se construyó no había nacido ni tu padre - me dice mientras me dedica una tímida sonrisa.
- ¡Qué maravilla! ¿Me puede dar un vuelta, por favor? No volveré a tener una oportunidad así en la vida - digo tratando de mantenerlo un poco más en este mundo y con la esperanza de poder "catar" algo así junto a alguien que no quiere, al menos, acabar conmigo.
- Toma, te lo regalo. Todo para ti - sé de alguien que no quiere separarse de su coche. Sin embargo, como quien da en adopción a un hijo al que no tiene qué darle de comer, prefiere verlo marchar a que sea el tiempo el que acabe con él de una forma cruel y nada elegante.
- ¿De verdad? ¿No lo quiere usted? – ha agarrado las llaves al instante, aún así, pregunto por compromiso.
- Allá donde voy no me va a hacer falta… – le miro asustado.
- ¿Por qué lo va a hacer? – trato de convencerle para que no salte.
- A partir de ahora la cosa sólo va a ir a peor. He disfrutado al máximo, no quiero morir llevándome el recuerdo de yo postrado en una cama. Por cierto, chaval ¿De dónde has sacado el coche?
- Se lo compró mi padre a un “tío” gordo… un tal Manuel – veo como su nuez se inflama, pero con sumo garbo, traga el nudo que en la garganta se le ha formado.
- Hace muchos años fue mío… ¿Sabes? Fue mi primer coche -en sus ojos se puede leer la emoción de alguien que guarda demasiados recuerdos en su cabeza como para decantarse por uno sólo.
- ¿Sí? Pues tome, todo para usted – alargo el brazo y le doy las llaves del GTI, me parece un trato justo.

Me marcho corriendo, no me da pena por el GTI pues otras de las muchas bondades que tenía Silvia era su capacidad para enseñarme cosas ilegales, lo abriré en medio minuto con la ayuda de un cordón y lo arrancaré con un puente de lo más normalito. Sonrío al ver que aquella maravilla que soñaba con probar está ahora más cerca que nunca gracias a unas llaves que un desconocido me ha dado sin preguntar si quiera quien soy, trato de alejarme de él lo más posible, el único testigo de su caída será el Golf, su Golf. "Amigo, espera un momento", él me vuelve a hablar. Arrastrando los pies, como desganado, deshago el camino ya hecho y vuelvo a donde está él. Sus ojos marrones me miran con emoción, casi como mi madre cuando me miraba de pequeño... "Toma, hay algo en lo alto de La Pandera que quizá te interese" me dice mientras extiende su brazo y me da otra llave, aunque ésta parece que nada tiene que ver con un coche. Lleva un pequeño llavero con una coordenadas, y sé de qué lugar me habla; aunque nunca llegamos a la cima por miedo, si que pasamos más de una vez por allí.

Me vuelvo a alejar, aún con más celeridad que antes, no quiero ver nada más. Introduzco la llave en la ranura de la puerta, la giro y un mundo de sensaciones me invade al sentir como la cerradura se desbloquea. Agarro el tirador con suma delicadeza y la puerta sin marco cede, observo la ventanilla de la misma, limpia, sin más aditivos que un cristal muy ligero y la insinuante silueta de lo que viene a ser la perfección hecha coche: un 911. Busco el contacto en el lado derecho: craso error. Tras estar 10 o 15 segundo sin encontrarlo, me acuerdo de que los Porches lo llevan en el lado izquierdo, haciendo un guiño a su pasado en las carreras de resistencia. Coloco la palanca en el punto muerto (su último conductor dejó la marcha atrás metida), con torpeza consigo atarme con el cinturón de 4 puntos y regulo los espejos retrovisores. Paso la mano, como ya he hecho unos minutos antes recreándome, por todo el salpicadero. Luego agarro el volante de alcántara y, mientras piso el embrague con un tacto nada convencional, giro la llave y noto los tropecientos caballos queriendo impulsar el deportivo colgados del eje trasero.

Meto de nuevo marcha atrás con miedo, pánico diría yo. La extraña belleza que veía en esta máquina parece haber desaparecido casi tan rápido como sube de vueltas. Cuando quiero percatarme de dónde estoy, ya surco de vuelta el túnel, esta vez con una iluminación mucho más digna que me deja ver los grandes baches con antelación. Lo recorro en tercera, muy bajo de revoluciones y con la mayoría del tiempo dejándolo caer a base de llevar el embrague pisado y usando el freno cada dos por tres. A golpe de gas lo consigo sacar de las zonas con el asfalto más irregular, en algún momento incuso pierde tracción y hace pasear a su trasera. Aún no sé por qué lleva un espejo retrovisor, con ese enorme alerón justo tras de mí para lo único que sirve es para recordarme que este coche no es ninguna broma. Al salir de la oscuridad dedico un último momento para mirar a la presa, él aún sigue allí plantado, escuchando el nulo ruido que el atmosférico puede hacer a dos mil revoluciones por minuto.

Aún con el riesgo que sé que conlleva hacerlo, meto segunda y subimos hasta las 4000 revoluciones por minuto. Tras darme un buen tirón en las cervicales, hundo el pie en el acelerador y siento como un obús comienza a empujarme por detrás del asiento. Como diría Espronceda: "No corta el mar, sino vuela", no hay sonidos de turbos ni más banda sonora que la de un motor alzándose por encima de las 8 mil vueltas, con los neumáticos maleducados comportándose a su libre albedrío y con sólo un volante para dominar la situación. En teoría es bastante más moderno que el todopoderoso GTI, pero no pierde nada de su esencia y, aunque dicen que los buenos perfumes se sirven en frascos pequeños, esta vez viene un empacho de 3,6L de potencia alemana sin domesticar. Cada recta es un nuevo reto para su motor, que parece no tener fin nunca... entro en las curvas con un leve susurro en la oreja que me dice "te vas a matar justo ahí" que sin embargo nunca llega a materializarse; a base de correcciones y sin desviar la atención de lo que importa un sólo segundo, soy capaz de llevarlo infinitamente rápido, como nunca antes lo había hecho antes.

No recuerdo otra vez en la que haya visto algo tan especial, tan eternamente mecánico. Es una bailarina de cristal con complejo de boxeador, busca estrellarse con cada guardarrail, piedra o elemento superfluo a la calzada con que nos encontramos. Los kilómetros pasan como en un sueño, es tan perfecto que podría estar toda la vida haciendo este tramo una y otra vez. Cuando apenas quedan tres kilómetros para el final de la carretera, alzo mi vista sobre el mayor precipicio que haya visto por la zona y que, en mi camino de ida ni siquiera había visto. El pantano se queda en nada a su lado, sin embargo, poner la vista en él sería una temeridad teniendo en cuenta que el velocímetro aún no ha bajado de los 100 por una carretera por la que no pasaría dos coches en paralelo. Con un GT3 entre manos, la diferencia entre ir a esa velocidad y coquetear con los 200 son apenas unos metros y unos segundos de evasión...

Llego a la urbanización fantasma, a partir de ahí las curvas abiertas se intercalan con rectas de pendientes fuertes y moderadas y cambios de rasante que te impiden ver qué hay después. La carretera, ancha y con un asfalto que está a años luz del anterior me incita a volar sin más, y ese cohete que me impulsa desde atrás me hace sentirme realmente poderoso. La opción de un accidente es descartada automáticamente con cada curva perfecta que trazo, son casi 15 metros de ancho por los que puedo pasar un giro tras otro sin apenas levantar el pie. A 250 parece que voy parado, pero sólo es una sensación... una piedra, un reventón o algo en el medio de la calzada y... ¡Mierda! Clavo frenos como si no hubiera mañana, sin control de tracción, con un ABS tosco y primitivo y el alerón intentando mantener pegado al suelo el 911, consigo controlar la situación con el chillido de unos neumáticos de fondo y el quejido casi transgredido del Bóxer al reducir de marcha.

Son ellos, como un grano en el culo que parece que no me vaya a dejar jamás, se mantienen ahí, con un voluminoso M5 que espera en el arcén el momento en que yo pase. Pienso en el señor de la presa, quizá fuera por eso por lo que decidió rendirse.. quizá prefería dejar de pasar miedo cada vez que paseara con su bólido. A lo lejos, un cartel que indica "Alto de la Pandera 28 km." y en mi bolsillo izquierdo unas llaves que me queman, no seré yo quien no vea lo que abren. Meto primera, cierro los ojos y aún con el embrague pisado escucho el sonido metálico e infernal a nueve mil vueltas del 6 cilindros ¡Dios! Simplemente mágico. "Hoy no me cogeréis, hijos de puta" grito mientras suelto el freno de mano. Una bocanada de humo surge de mi nuevo juguete, el M5 se acerca y hoy no estoy demasiado colaborativo...
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#9
Capítulo 21


Un empuje horizontal trata de arrancarme la piel de la cara; como viene siendo ya rutina en mí, me dedico a esquivarlos sin demasiado esfuerzo, al fin y al cabo son unos cagones y no se atreverían a chocar conmigo para detenerme. Es lo mismo de siempre, sólo que hoy lo hago con una sonrisa nueva. El f10 se atraviesa en mitad de la vía demasiado tarde, tanto que ya he conseguido salvarlo y lo veo por el espejo retrovisor tratando de dar media vuelta. Cuando pongo mi vista en el frente el velocímetro me indica ya más de 150 kilómetros por hora. Estiro tercera hasta el límite y subo de marcha a la par que las ruedas vuelven a recuperar la tracción al cien por cien: todo sigue bajo control.

Despego en uno de los muchos cambios de rasante... con el Golf habría sido inimaginable, pero con semejante bestia del placer al pánico hay 10 metros, los que separan el asfalto del guardarrail de la siguiente curva. Reduzco a tercera de nuevo, pasando de revoluciones el motor y dejando que éste se tranquilice a base de sonoros quejidos, trato de negociar el giro a derechas en cuya tangente se puede ver una señal circular con un 60 en su interior. Triplicando el límite que algún día se estableció para ésta, las ruedas traseras chirrían y el frontal hace un amago de subviraje que se extingue cuando el alerón pega el culo al suelo. Sin embargo, el quitamiedos que mudo observa la maniobra no es capaz de apartarse a tiempo para recibir una pequeña peinada por parte del GT3 y su inepto piloto. A 180 por hora los impactos se magnifican, así que prefiero no pensar lo que esas chispas le han podido hacer al lateral, con que no me deje tirado me conformo.

Al acabar con ésta me doy cuenta de que la prosigue otra con ángulo contrario. Suelto el volante para que la dirección recupere la rectitud de la trazada más rápido de lo que mis manos podrían hacerlo, lo vuelvo a agarrar aún con más fuerza y me pongo a jugar con la siguiente curva, en este caso a izquierdas. En la pequeña quietud que suscita la unión entre ambos giros, toco el pedal de freno con justa sutileza y consigo calmar un poco las ansias de la máquina por devorar asfalto. Sin embargo, por el espejo acecha, cerca y sin apenas esfuerzo el intimidante morro del BMW, que con el metálico sonido de su V8 y el soplido de unos turbos gemelos, parece estar acariciándome la nuca para pegarme una buena colleja a continuación. La enorme berlina parece no tener el más mínimo problema para aguantarme el ritmo, de hecho me está cogiendo... así que, ya camino de la cumbre y con muchos recuerdos de cierto M3 en la retina, trato de evocar por unos segundos aquellas trazadas perfectas que la hacían desaparecer sin que yo pudiera hacer nada por alcanzarla.

No dejo que el atmosférico descanse ni un segundo, no respira ni consigue bajar del régimen de las 4 mil, le achucho con mi cuerpo para que corra más en las prácticamente nulas rectas del recorrido y le encuentro el límite en cada curva: busco el exterior hasta el máximo, levantando el polvo de la cuneta, y luego vuelvo al vértice de la misma dejando el 50 por ciento del coche en el aire. El M5 hace la ilusión de desaparecer por unos segundos, pero como ilusión que es, siempre consigue cogerme y guiñarme con alguno de sus ojos de leds. "19 km" rezan unos números escritos con tiza en el asfalto. ¡Joder! No puedo dejar que me sigan más tiempo, esta zona apenas la conozco y voy volando, no tardaré demasiado en emprender otro tipo de vuelo... o me mato yo o lo harán ellos cuando el camino se termine. Seguiré buscando mi límite, el 911 está a la altura de las circunstancias y su tiempo de maduración en Nürburgring y tramos de medio mundo me dicen que su límite está exponencialmente por encima del mío. Así que tendré que jugar con su fatiga, sus miedos y los límites de ese "electrodoméstico" con muchos caballos. La ilusión de dejarlos atrás se comienza a hacer realidad, tenso mis músculos y aprieto los dientes. El bóxer parece no cansarse nunca durante la paliza a la que lo someto, más de 800 metros de desnivel acumulado no son nada para este luchador, el pulso está ganado.

Continúo trazando curvas por encima de mis límites, frenando 30 metros después de lo que la cordura dictamina y acelerando cuando aún no veo el comienzo de la siguiente recta... por suerte ellos parecen no aguantar el ritmo ¡ya no están en el retrovisor! La carretera se cierra con árboles a ambos lados, ahora es aún más difícil predecir trazadas... negocio la primera con el chirrido de las ruedas traseras de fondo, negocio la segunda de medio lado, pequeña recta en la que empiezo a culear y en la que no consigo enderezarlo ni contravolanteando... ¡pumm! En el tercer giro el Porsche se va descontrolado hacia el interior, trato de esquivar la pequeña arqueta de piedra que hay en éste pero... el impacto es inevitable. La trasera, que hasta ahora parecía haber comenzado un juego divertido e inocente, se vuelve ahora incontrolable. Avanzo marcha atrás con sonidos mecánicos un tanto perturbadores, clavo frenos y quedo cruzado en mitad de la nada, a merced de elementos y con la cabeza un pongo condolida tras haber chocado ésta con la jaula: mis cervicales no han soportado demasiado bien la brusca desaceleración.

Todo queda en silencio, sólo el sonido del tubo de escape candente lo rompe. El motor se ha parado y al mirar por el retrovisor no veo nada alarmante, aunque la rueda trasera derecha tiene que estar muy dañada, con un poco de mala suerte los rodamientos y el eje también estarán tocados. En el frente sólo queda una tenue nube de humo provocada por los neumáticos durante el "paso de baile". No veo más que árboles y diez o quince metros del camino por donde he venido, del resto no hay nada, la vegetación lo cubre todo y la curva es jodidamente cerrada. Mis pulmones y mi corazón tratan de recuperar el aliento, pero mis piernas y brazos tiemblan, mi garganta se carga y mi instinto me dice que me baje todo lo rápido que pueda. El canto de un pájaro asustado queda eclipsado por un V8 que sube "a lo que da" tratando de seguir la estela que repentinamente se ha cortado. Agarro el tirador de la puerta y con suma cautela tiro de él. La cerradura apenas se ha desbloqueado cuando noto en el suelo del propio GT3 el aplomo de 560 caballos compartidos por dos ruedas ansiosas que excavan en el alquitrán.

Me agarro al volante y busco infructuosamente el cinturón. Una mirada furtiva aparece tras los árboles, acompañada del sonido intenso de 8000 revoluciones anabolizadas ingenierilmente. Sólo me da tiempo a verle la cara al conductor: es un chavalín, no creo que supere los 20 años. No quiero cerrar los ojos, quizá por morbo o por haberme acostumbrado a estas situaciones... como si pasara a cámara lenta, veo el M5 aproximarse al morro del GT3 a 110 o 120 kilómetros por hora. La cara de pánico que me mira tras el volante es desoladora, sin embargo, como perdonándome la vida, contemplo como aquel crío al que alguien debió cederle el volante del vehículo en su precoz inocencia mantiene recta la trazada evitando la colisión y yendo directo a la cuneta. Las esmeradas líneas de la berlina bávara desaparecen al mismo tiempo que se sale de la vía. El faldón delantero choca violentamente contra el suelo y los prominentes pedruscos que en éste descansan y lo hacen volatilizarse. Veo las luces del freno de emergencia parpadeando de forma nerviosa, tanta tecnología no es capaz de controlar la situación y se pueden ver las cuatros ruedas del vehículo bloqueadas sin que el ABS haga nada por evitarlo. Avanza velozmente campo a través, escarbando la tierra y ladeando su trayectoria. Veo como sus llantas parecen desaparecer bajo la carrocería al romper la suspensión y todo el chasis se deforma como un acordeón al chocar por el lado derecho con un tronco que apenas notifica el impacto. De repente, todo el ruido desaparece, lo que durante unos segundos se asemejaba a un tren descarrilando ahora es sólo un leve murmullo, el de los líquidos del M saliendo a todo presión por las grietas del motor.

Sale humo del frontal e interior de lo que queda de él: apenas un amasijo de hierros del que no hay una sola pieza intacta. La puerta del copiloto (la más entera) hace el intento de abrirse, pero el amago se queda en vano cuando todo comienza a desaparecer tras una bola de fuego. Puedo ver al compañero (el chico a estas alturas ya no se enterará de nada) poniendo las manos sobre la luna delantera, desesperado por salir. La piel de sus palmas se queda pegada en el cristal, que candente como el resto del vehículo parece estar tostándolo por segundos. El muy cabrón está recibiendo de su propia medicina pero... Agarro el extintor del GT3, bajo todo lo rápido después del "shock" de ver mi vida en peligro una vez más y comienzo a vaciarlo por la zona del bloque motor, que arde como el propio Sol.

Todo intento es inútil, mis manos se queman por segundos debido a las cercanía de las llamas, en el interior puedo ver su mirada completamente aterrorizada, su aliento se ha convertido en bocanadas de humo y su piel va ganando tonos por momentos. Golpeo el cristal con el culo del extintor una vez éste se ha agotado, comienza a desquebrajarse pero es imposible romperlo, sus 7 u 8 milímetros de blindaje me lo impiden. Me hace un gesto con la mano, con su negativa me indica que me aleje, y mucho. Parece nervioso, más aún. Le hago caso y me retiro un par de metros, observo todo ardiendo, incluso el árbol con el que han chocado. De repente, sin tiempo de reacción, todo se esfuma. Una onda expansiva me empuja hacia atrás, hace que me desestabilice y caiga al suelo sin que pueda agarrarme a nada. Una bola de humo y fuego asciende hacia el cielo, la pintura original del BMW se ha vuelto cobriza y mate, y el 85 por ciento del mismo no es ya más que cenizas y brasas candentes. Sin más que poder hacer por ellos, recojo el extintor y vuelvo a mi asiento. La rueda derecha está francamente mal, parece haber sido sometida a una bajada "obligatoria". Miro al retrovisor por última vez y veo que ahí ya no queda nada, el incendio parece contagiarse al resto de vegetación que los rodea y sin posibilidad alguna de extinguirlo, lo mejor será que deje a la propia naturaleza apagarlo. Nubes de tormenta parecen extenderse sobre la cúpula celeste y el bosque a ese lado de la carretera apenas lo conforman 20 o 30 sujetos, por lo que no supondrá una gran pérdida medioambiental.

Noto la dirección mucho más imprecisa ahora, el vehículo avanza a saltos, y un traqueteo continuo no deja a mis riñones tranquilos. Las curvas pasan con el sonido de fondo de unos rodamientos que crujen y parecen desprenderse del coche por momentos. El 6 cilindros le sobran 300 caballos para salvar unas enormes pendientes del 18 por ciento. Los árboles desaparecen, a partir de cierta altura sólo la soledad puede crecer, el terreno se vuelve árido y el frío se hace más latente, en el asfalto alguna placa de hielo me recuerda que debo llevar precaución: un trasera nervioso en este estado puede ser muy peligroso. Los kilómetros pasan, una pintada en el suelo me recuerda que apenas me quedan 2000 metros para hacer cumbre. Cada vez hay más piedras y menos espacio para el GT3, la carretera se hace casi impracticable entre la nieve congelada que la cubre por completo y los restos rocosos que se desprendieron de los terraplenes que van paralelos al margen derecho.
La niebla, como de costumbre, crea un halo de misterio en la vía que en un alarde de mestizaje junta en un mismo momento la claridad del vapor de agua condensado con la oscuridad del Sol apagado. Atravieso una valla de alambre nada recia y con tendencia al oxidado, parece el escenario de una película de miedo o de la batalla final de una sangrienta guerra. De repente, la carretera se abre y abandona su tendencia a la pendiente, una gran explanada se extiende ante mis ojos con un asfalto perfecto y marcas de multitud de neumáticos. A lo lejos, lo que parece una nave (de enormes dimensiones) me vigila imponente. Sus dimensiones se pierden entre la oscuridad y casi como un garabato de tiza en una pizarra, en el pico más alto de la imponente montaña se extiende una antena que se pierde en el infinidad del cielo. A la sombra de ésta hay una casa rodeada de cristales, de estilo minimalista y con una piscina que parece introducirse en la misma. Bajo del GT3 con la tentación a cuestas de marcarme unos donuts en la planicie de alquitrán.

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Ha pasado un ángel, el silencio se hace al apagar el motor y sólo yo y el edificio quedamos con algo de alma en esta desolado lugar. Camino durante un par de minutos explorando el lugar, tratando de encontrar algo que vaya más allá de la propia soledad. Como viene siendo típico aquí, sólo unos pequeños arbustos se atreven a crecer desafiando al blanco perlado de la nieve. El graznido de los cuervos rompe este círculo vicioso, con miedo sigo avanzando mientras piso los dos o tres centímetros de nieve que no afectan al asfalto en su mayoría. Me produce cierta tiricia el sonido que ésta hace al aplastarse entre la suela de mi zapato y el suelo, es irritante. El frío no es mi fuerte, así que sin ganas de coger un resfriado, cojo una bola del suelo, la estrujo entre mis manos hasta que se quedan congeladas y doy por concluida la jornada invernal tras reventarla contra la pared de la nave. Sin sentir ya las manos, me acerco a ella y busco en el bolsillo la llave que me mostrará qué guarda en el interior. Tras ella puedo ver un chasis a medio hacer, con alguna pieza de la carrocería y unos frenos cerámicos del tamaño de mi cintura, su estructura de carbono sigue intacta y parece no afectarle las inclemencias del tiempo.

Con cierto recelo, pero con esperanza (¿Para qué me quiero engañar?) introduzco la llave en la cerradura. Milagrosamente, ésta entra sin el más mínimo ápice de esfuerzo, como un engranaje perfecto pulido durante años por algún maestro suizo. El pestillo del enorme portón cede, y con éste se acaba la perfección. Dos diminutos ruedines metálicos se deslizan con dificultad sobre un raíl que no facilita nada el asunto. Está tan duro que por un momento incluso me planteo el seguir empujándolo para conseguir abrirlo. Apoyo mi hombro contra el marco del mismo y echo todo mi peso sobre él. Cuádriceps y gemelos se tensan, tratando de crear la maquinaria oportuna para alcanzar mi objetivo. A grito "pelao" pongo todas las energías que mi cuerpo dispone para poder comenzar a dotar a la enorme estructura metálica de cierto movimiento. Por los poros del suelo que comienzan a avanzar supongo que, aunque muy poco a poco, algo estoy consiguiendo. El solitario silencio se ve profanado por el chirrido infernal de esas cosas diminutas que forman parte del mecanismo. Apenas la he abierto un metro cuando mi frío corporal ya ha desaparecido. Noto como las guías sufren una imperceptible pendiente que me complica aún más la existencia. Sin embargo, una vez superada es el propio peso de la puerta la que le hace completar el recorrido. La fuerza que hasta ese momento estaba ejerciendo hace que acumule más inercia de la debida y sea mi cuerpo el que me empuje contra suelo. Caigo apoyándome en las palmas de las manos, que se ensucian quedando en éstas una mezcla de nieve, asfalto y un fluido viscoso que bien podría ser aceite.

Como puedo, me levanto. Me las sacudo y limpio un poco los restos de difícil absorción en el pantalón. Toso y recupero un poco el aliento, puede sonar estúpido pero no sé si será por la falta de oxígeno o porque no soy un portento físico, pero estoy realmente extenuado. Alzo la mirada y giro mi cabeza a la izquierda. Como si acabara de ver a Dios, comienzo a rezar un "Padre nuestro" que no recuerdo mientras observo con incredulidad lo que ante mí surge. El corazón parece salírseme del pecho, alcanza una presión que ni siquiera el turbo del 1M conseguiría pero... ¿A quién le importa ahora el M? El desayuno no quiere quedarse en el estómago, bellas figuras de vértices extremos y sugerentes curvas se combinan con mis nada atractivos jugos gástricos; con temor de que ellos puedan observar la grotesca escena y por el respeto inmenso que sus historias me transmiten, salgo de lo que ya se puede llamar garaje y me dirijo a uno de los laterales, me apoyo en una viga de hierro y dejo que mis fluidos más internos salgan por mi boca. Debido a la violencia de la acción, incluso mis fosas nasales prueban el nada atrayente olor del vómito. Como si quisiera dejar atrás todo mi pasado, como si no pudiera creer lo que acabo de ver, mi cuerpo parece rechazar la idea de presentarse a semejante convite de bestias con cualquier olor o sabor que no sea tan puro como los materiales que los conforman.

Recupero la consciencia, me llevo un puñado de fría nieve a la boca y me enjuago con el agua que ésta genera una vez se ha derretido en el calor de mi paladar. Vuelvo al lugar de donde vengo y, casi con desprecio, miro al GT3 RS que se queda en nada si lo comparamos con lo que esas cuatro paredes cobijan. El pelo se me eriza, la piel se me pone de gallina y siento cierto regocijo por dentro comparable al que sentiría el descubridor de la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones. Un Jaguar XJ220 de color verde inglés me recibe, sus formas femeninas y sexys son casi perfectas, sin embargo, me falta tiempo para retirarle la mirada. Junto a él, descansan el famoso Pagani que un día nos salvó la vida, tras él, otro modelo de la misma marca en el que se puede leer "Cinque". En el margen izquierdo del felino es un Enzo Rosso Corsa el que parece darme la bienvenida, y tras este primer cuarteto se extiende toda una legión de superdeportivos, clásicos y piezas de arte que tardaría una semana en recopilar. ¿Es esto mío? ¿Quién era ese hombre? ¿Sabía lo que tenía entre manos, lo supo alguien alguna vez? Muchas preguntas, ninguna respuesta, y el gozo casi sepulcral que me produce semejante situación. Me pellizco con fuerza, quiero estar seguro de que lo que veo es cierto y no es una simple fantasía de mi cerebro, pero... ¿Acaso ha habido algo de realista este último mes? No me equivoco si digo que evidentemente, no.
Pierdo el sentido del tiempo y la orientación aquí dentro, durante horas me dedico a pasearme de aquí para allá, retirando una capa de polvo bastante considerable en la mayoría de casos, miro a su interior recreándome en la idea de conducirlos y tiemblo de miedo ante la idea de hacerlo y no estar a la altura. Me agacho a contemplar los enormes frenos y pasos de ruedas de las máquinas de motor trasero, luego me dedico a la vida contemplativa fijándome en cada detalle de los modelos más antiguos, con sus cromados y sus líneas pintadas por el pulso magistral de algún delineante. Pocos modelos comunes hay, pero alguno queda, modelos que aunque sin pena ni gloria se quedan en nada al lado de los verdaderos reyes y señores del lugar, ante los ojos de un imberbe automovilístico como yo, representan el camino hacia la gloriosa cima de los mejores, aquellos que abandonaron la idea de coche y se colaron el salón de los mitos. Es casi de noche cuando fijo toda mi atención en un automóvil que, aunque extremadamente bello y potente, tiene pinta de ser lo suficientemente dócil como para atreverme a probarlo. Está junto a los elevadores y herramientas, reniega a hacerse mayor para convertirse en atemporal y luce una carrocería a medio camino entre un coupé y un shooting brake.

Busco en el "cajón de los pasteles" las llaves de dicha máquina, son demasiados los logos y las llaves como para encontrarlas de buenas a primeras. Aún no me he atrevido a contarlos todos, pero deben rondar los cincuenta. De la marca británica consigo localizar tres y, aunque unas estoy seguro de que pertenecen al XJ220 , de las otras dos no tengo ni la más ligera idea de cuales corresponderán al ejercicio de diseño con ruedas. Así que, sin más dilaciones y con muchas ganas de comenzar a realizar la cata, aprieto el botón de apertura de ambos mandos y tras ver como al hacerlo con el primero se ve el reflejo de unas luces naranjas que no corresponden al deportivo grisaceo, me decanto por acercarme a él ya con el juego correcto. Algo me recorre la espalda al abrir la puerta, quizá sea ese "algo" que me hizo salir de casa al ver la fecha en el calendario, quizá sea ese "algo" que hace que me haya olvidado por completo de todos mis males.

Pongo mi trasero sobre una asiento que es una verdadera pieza maestra, el cuero marrón oscuro, casi granate, se funde a la perfección con el 90 por ciento de los elementos del interior. Bajo la pantalla del salpicadero se puede leer F-Type y tras realizar los ajustes necesarios (espejos, altura de los asientos, cinturón) compruebo que se trata de un V8 con un giro de llave y el uso de un botón de STAR/STOP. Me siento como un piloto de caza, avanzo con cuidado por el pasillo central que parte en dos la colección, y con un tacto y una suavidad que aún no había apreciado en ningún coche, salgo de la nave dejándola abierta de par en par, creo que los cuervos aún no han aprendido a conducir... El ocaso se dibuja sobre la Sierra Sur de Jaén, los olivos abandonados se ven a lo lejos, como una masa uniforme anaranjada que refleja la luz del Sol con elegancia. Paro un segundo junto a un quitamiedos de piedra que hace de salvavidas ante una más que probable salida de la vía, lo dejo arrancado y salgo a observarlo, sin más. Tras de mí quedan decenas, quizá cientos de coches, pero ahora mismo sólo somos él y yo, el resto no importa.


Todo parece dispuesto para que este puerto se convierta en mi tramo privado, donde pasar el resto de mi existencia bajando y subiendo como un poseso. El depósito está lleno, tengo el morro encarado con la carretera (que con el calor de medio día a perdido su manto de hielo y nieve) y el punto muerto metido. Acelero para sentir una vez más el sonido del enorme bloque en frío... simplemente orgásmico. Lo dejo a unas cinco mil revoluciones, rozando el éxtasis de mis oídos y tratando de sentir su vibración de forma un poco más intensa. Bajo la ventanilla para escucharlo en todo su esplendor y tras unos segundos de deleite personal me atrevo a engranar primera y soltar el embrague. Como si me hubieran dado una patada en la espalda, recibo un fuerte golpe en las cervicales y el aire por la ventana se convierte en un par de segundos en una ventisca de proporciones bíblicas. Con el moco colgando y, seguramente con una marca en los calzoncillos, levanto el pie y trato de mantener semejante torrente de potencia en la calzada. La carretera se vuelve estrechísima, casi parece un milagro que la nada voluminosa batalla del vehículo entre por aquí. Cuando relajo un poco la velocidad sobre enormes bloques cerámicos y alguna placa de hielo que se resiste a irse, me fijo en el velocímetro: 80 kilómetros por hora en una tramo cuyas señales no recomiendan más de la mitad... no me quiero imaginar a cuánto me he puesto.

Con el miedo que me da volver a pisar a fondo, comienzo a negociar curvas a medio gas y con el volante agarrado con las dos manos (y porque no tengo cuatro...). Pendientes de hasta el 20 por ciento hacen que el felino coja velocidad sin apenas esfuerzo. El chirrido de los frenos antes de llegar a cualquier giro es hipnotizante, parece un tren llegando a la estación. Conforme desciende la altura, mi confianza va recuperando su tono normal. Cada vez acelero un poco más, aún sin llegar tan siquiera al 50 por ciento del límite del V8, mi cuerpo se estremece con cada petardazo que emite semejante maravilla de la mecánica moderna. Todo alcanza un romántico tono literario, mi confianza hace que los bellos vértices esculpidos sobre la carrocería sean rozados cada vez con mayor velocidad por el frío aire de la atmosfera. Un sutil cosquilleo surge en mi cuello y se apodera de mi nuca, como si de un roce de su mano se tratara. La situación se vuelve cuasi perfecta, la armonía que formo con la máquina es más propia de humanos que de coches y animales.

Las curvas se suceden, algunas rápidas, de esas que pasas a 180 kilómetros por hora con el gas levantado mientras suelta un bronco quejido por sus cuatro tubos de escape; otras son de primera velocidad, entras a tres mil revoluciones y sales con el pedal pisado a fondo, con un obús que propulsa tu cuerpo a la quinta dimensión y dejando una estela de humo y olor a rueda quemada que alguna ocasión adelanta al propio felino con la fuerte brisa que se está levantando. Casi sin quererlo, la solitario carretera que durante años ha servido de fiel defensor de superdeportivos herejes que un genio o loco se negó a dejar olvidados, se termina. Otra vez en la enorme nacional de asfalto casi pulido y ancha como el propio cielo es la única que dicta qué camino he de seguir (unos árboles quemados y los restos de un chasis carbonizado me forman un nudo en la garganta). Pero mis ojos cansados, los párpados ebrios y ambiguos y el miedo que a pesar de la experiencia me produce la carretera abierta me hacen replantearme el dilema de seguir conduciendo o dejarlo por hoy... casi sin darme tiempo a deliberar y de forma subconsciente, engrano primera, piso embrague y revoluciono el motor sin maltratarlo demasiado. El sonido es glorioso, noto el tubo de escape lubricado que restos de gasolina que se disipan en forma de pequeñas explosiones que hacen del V8 un enorme monstruo constipado. Dejo que motor y transmisión formen un único y perfecto consorte que se encargue de transmitir toda la potencia a las ruedas traseras; 180 grados de olor a rueda quemada y niebla encauchutada surgen a última hora de la tarde, con el Sol a punto de irse a la cama y las luces del F-type que de forma autónoma han iluminado la penumbra, emprendo el camino de vuelta a mi nueva e ideal morada. Como el villano de las películas, viviré allí en la más absoluta soledad, rodeado de frías máquinas que, aunque distantes como la propia vida, no me pedirán nada a cambio ni me causarán problemas más allá de los que la propia ingeniería me puede ocasionar. La subida que ahora trazo con el coupé británico se cansará de verme pasar, no le dará tiempo a enfriarse entre pasada y pasada de neumáticos candentes que exigen un poco de clemencia que no les llegará hasta que acaben con los 18 kilómetros de puerto.

Las cuestas que antes pasaba con el freno pisado se convierten ahora en paredes que escala sin problemas, aún no sé de cuánta potencia estamos hablando pero sus cuatro tubos de escape y ese chorro de energía que me golpea cada vez que hundo el pedal del acelerador acusan ante notario de su fuerza extraterrenal. El sonido hipnótico recurre a la secuencia de paredes de piedras y cantos rodados para magnificarse, la sonrisa que mi cara refleja hace latente lo que me hace feliz, atrás quedaron los siglos de horror gratuitos, las noches en vela y el miedo a quedarme sólo. Ahora tengo por delante varias décadas de rodadas al máximo, de cunetas rozando el límite de la cordura y de días y días conociendo un poco más a fondo cada coche. Sólo eso, nada más. El asiento del copiloto sigue vacío, mi mano aún está resentida por las heridas del pasado y algún pelo rubio y castaño cuelgan de mi chaqueta de paño. Pero es que la vida, a veces enemiga del hombre, tiene para nosotros marcado algo diferente a lo que habíamos pensado. Los kilómetros se consumen con una sensación de soledad que trato de llenar a base de litros de gasolina que se consumen a un ritmo vertiginoso en el interior de los cilindros, trato de no pensar en otra cosa pero es irremediable.


La carretera vuelve a allanarse, el final del camino se acerca con la luz justa como para intuir por dónde llevar el coche en la siguiente curva. Sí, por hoy todo ha tocado a su fin, no he comido, más no tengo hambre; no he hablado con nadie, más no añoro la compañía del calor humano; no he bajado de los 1500 metros de altura, más no echo en falta el oxígeno de los valles plagados de olivos. Paro unos minutos en la explanada y observo el enorme edificio que resguarda al resto de modelos. Observo cómo sobre él, a no más de 100 metros de distancia, la imponente figura de una casa me llama con impaciencia, como queriendo que acuda a ella para echarme a descansar un rato. Engrano primera de nuevo, doy un pequeño toque de gas y suelto el embrague. No me atrevo a meterlo de nuevo en el garaje, ya había olvidado el valor de lo que sus paredes cobijaban. Ni corto ni perezoso, aparco en la puerta y apago el motor; trato de quitarme el cinturón y bajar al exterior. Pero la pantalla central del salpicadero me indica que allá afuera a la temperatura aún le faltan varios grados para conseguir una cifra positiva. Así que poso mis riñones sobre los asientos de cuero granate, recupero el aliento tras la maratoniana jornada y busco alguna razón para no salir de allí. Miro al asiento del acompañante, lo toco y trato de buscar el calor que nadie ha dejado al sentarse.

Cierro los ojos e imagino, como si de algo carnal se tratase, la mirada de unos ojos marrones -casi grises- que por primera vez en semanas me vuelven a observar. No hay más tiempo que el que nuestras manos compartiendo sus emociones. La piel se me pone de gallina y una voz casi angelical me dice: "Pablo, duérmete. Todo irá bien".


Capítulo 22



- ¿Y si llevara razón?
- Esto... no sé a qué te refieres exactamente.
- ¿Y si todo esto no fuera más que una señal... y si algún día todo se diera la vuelta y se pusiera a tu favor? - no consigo ver su rostro ni consigo escuchar con claridad su tono de voz, pero ambos son infinitamente hermosos.
- No sé cómo puedes decir eso... mírame. Estoy aquí sólo, como siempre lo he estado. El Golf me ha dejado tirado y nadie me espera en casa... si es que llego.
- Bueno... quizá quien vaya en ese coche te quiera ayudar - dice mientras mira con cierta indiferencia unos faros que se aproximan entre la niebla.
- O quizá sólo quiera pegarme un par de tiros entre oreja y oreja...
- Quizá, quizá... ¡ains! ¿Por qué no vas a intentarlo? Al fin y al cabo, sólo es un sueño...

Con tranquilidad y parsimonia me levanto del filo de la carretera. Limpio con las palmas de mis manos el culo del pantalón, que se ha ensuciado con la humedad del asfalto y los restos de hojas del Otoño que ya se fue. Es un automóvil de color negro, suena a diesel y no parece ser demasiado grande. Coloco mi brazo en alto, alargo la mano y extiendo el pulgar a modo de autostopista. El A3 no parece con intenciones de parar, pasa por mi lado y me ignora de la forma más ruin y rastrera que se pueda imaginar. Me muero de frío y la noche acecha, cercana, pero su conductor ni siquiera ha girado la mirada para observarme, convirtiéndome así por cuadragésima vez en un completo invisible. Suenan villancicos en su radio y un teléfono recibe un mensaje de voz al otro lado del cristal. Como de forma metafórica acerca de mi propia existencia, la mirada rojiza de sus faros traseros se disipan en la profundidad de la atmósfera cargada de vapor de agua; volvemos a quedar yo y esa extraña -pero atractiva- sombre que goza de mi entera disposición y confianza.

- Así que se iba a parar... ¿Verdad?
- Bueno, las cosas no siempre salen a la primera, ni a la segunda.
- Sí, creo que esa parte ya me la sé. El problema es que se está alargando de forma incontrolada. Me gustaría pasar al siguiente nivel, cuéntame algo que no sepa.
- La paciencia es amarga, sus frutos, dulces. En ocasiones nos pegamos toda una vida esperando ese momento, pero luego, casi como si se tratara de una película, todo sucede rápido, demasiado rápido como para disfrutar del nosotros y del ahora.
- ¿Y quién eres tú para decirme eso? No me conoces de nada, no sabes lo que yo llevo encima, ¡nadie me ha regalado nada!
- ¿Estás seguro de que nadie te ha regalado nada?
- ¡Sí! Completamente seguro. Estoy harto de esperar, de portarme bien, de hacerle caso a mi conciencia... ahora lo único que quiero es dejar de sufrir. No pienso estar toda la vida esperando, quiero pasar de página de una vez.
- ¿Estás seguro?
- ¡Qué sí joder! Claro que lo estoy, ¿Cómo no iba a estarlo?
- Entonces... ¿No te apetece disfrutar un rato más del ahora y el nosotros? A mí no me resulta tan desagradable.
- Mujer - me atrevo a llamarla -, la verdad que contigo no estoy mal. Pero mírame, estoy en mitad de ninguna parte, con un coche averiado y sin tan siquiera saber dónde tengo que ir.
- Bueno, todo se arreglará pronto. Y no te preocupes que no te entretengo más.

El paragolpes retroclásico de un M3 EVO II para frente a mí. Su bifaro amarillento se queda inmóvil alumbrando la pared de niebla que le precede, tratando de dar algo de luz a la oscuridad. Alargo mi mano para ayudar a la compañía que esa desconocida a procesado sobre mí estos últimos minutos, pero nada encuentro en la cuneta. Se ha disipado, como lo ha hecho el frío al entrar en escena el sonido de los 4 cilindros contoneantes. La puerta del conductor se abre, una mano se apoya en el marco de la ventanilla y una fuerza casi milagrosa me empuja hacia ella.



El dolor de cabeza hace presencia a día de hoy, 10 de Noviembre del 2057. Toda la noche al raso en el segundo pico más alto de la provincia en pleno Otoño, casi Invierno, es la culpable. La garganta apenas tiende a pronunciar, y mis manos de forma inconsciente buscan el calor de la extraña persona que me acompañaba en el sueño. Todo se esfuma al recordar dónde estoy y qué ha pasado. La migraña se transforma en enajenación mental al recorrer con la yema de mis dedos los infinitos poros del cuero granate. Pienso en ella preparándome un café en lo alto de la fascinante vivienda, que a estas horas de la mañana y con la mente despejada bien se podría llamar mansión. Sus paredes desnudas, protegidas por el cristal y abrigadas sólo en parte por muros encalados den cierta sensación de calidez desde el interior del Jaguar, empañado por una noche de intensa respiración y extraños pensamientos oníricos.

Con algo de recelo y pena, agarro el tirador de aluminio de la puerta y la abro. Mis riñones y espalda han pasado muchas horas encajonados en unos asientos que, aunque efectivos, no son nada cómodos. Me cuesta un mundo ponerme de pie, no lo recordaba tan bajo cuando me senté ayer. La niebla, como de costumbre, es mi única compañera en estas latitudes y más con el día apenas empezado. Me asomo por uno de los laterales de la nave, y vuelvo a comprobar que aunque últimamente no sé muy bien qué es real y qué no, efectivamente lo de ayer no fue un sueño. A través de una pequeña ventana situada a 1,80 de altura puedo observar algún alerón de proporciones descomunales, el brillo de colores especiales, exclusivos y nada baratos y el capó trasero de lo que por sus renacentistas formas parece ser un Lamborghini. Me llevo la mano al bolsillo y compruebo que aún conservo la llave que abre el paraíso, junto a ella está la del felino grisáceo y... en el otro bolsillo algo abulta más que la propia tela y hunde con sigilo la piel de mi muslo. Al llevar mi palma hacia éste, me percato de que se trata de ese algo que da un poco de credibilidad a un pasado que jamás contaré a nadie, y no precisamente porque me falten las ganas.

Como ignorándolo, dejo que ese objeto permanezca ahí, protegido de extraños y de las inclemencias del tiempo que no perdona. Comienzo a caminar, buscando la forma de llegar a esa especie de castillo minimalista con alardes de guarida. Mientras asciendo por un pequeño carril asfaltado que conduce hasta su puerta, comienzo a pensar qué llevó a este lobo solitario a alejarse del mundo... quizá simplemente se apartó de todo cuando las cosas se pusieron feas o quizá lo hizo antes por decisión propia. Se cansaría de la sociedad, del mundo o de los límites de velocidad. Sea como sea, a día de hoy ambos tenemos en común una cosa, y es que él se decantó por vivir en soledad, a mí prácticamente me han forzado, pero creo que con semejante "chabola" y colección de coches se llevará de mejor manera. Quizá esas paredes se harán demasiado grandes sin nadie con quien compartirlas, pero bueno, siempre podré bajar a visitar a Diego o que sea él el que suba con su Panda a echar un rato de charla. Sin embargo, aquí arriba no llega el sonido de su azada chocando con la tierra, sólo el bramido de alguna bestia mecánica rompe la nerviosa calma que controlan los cuervos y el bajo monte.

Son un par de curvitas sin restos de neumáticos ni pisadas las que me dejan a escasos 10 metros de lo que con un poco de suerte será mi hogar. Amparado bajo una enorme antena cuya función a día de hoy estará extinta, su tez encalada y la pequeña piscina que penetra hasta en el propio edificio crean una cierta sensación de amparo. Agarro el pomo de la puerta de entrada (lleno de suciedad, parece que hace tiempo que nadie la abre) y me atrevo a entrar...

El enorme portón de color negro cede sin mayor problema, alguien estaba muy seguro de que no recibiría visita. Por un momento, siento que estoy violando la intimidad de su antiguo inquilino, es como si invadiera lo más reservado e introspectivo que tenía. Quizá hubo alguien que lo vio pasearse en alguno de sus coches, puede que incluso a lo largo de su vida hablara con alguno de ellos (a pesar de que se encontrara tan cómodo aquí arriba, alejado de todo y de todos), pero dudo que nadie más se atreviera nunca a profanar el lugar que más tiempo lo vio vivir. Al apartar de mi vista la gigantesca plancha metálica, me percato de que aquella piscina prácticamente rodea toda la casa, apenas hay un pequeño recibidor en forma de jardín del que nace un puente de cristal que cruza ésta. Al otro lado, una segunda puerta, ya entreabierta y que da cobijo a lo que será el principio de la más completa soledad para este marinero de agua dulce y aspirante a aprendiz de piloto. El tiempo se detiene, perezco estar atrapado en una burbuja en la que viajo tantos años atrás como mi joven mente puede hacerlo... para nada era lo que esperaba.

Creía que aquí dentro sólo iba a encontrar rabia, frustración y un toque de locura, la propia de alguien que no quería saber nada de la realidad, con las paredes lo suficientemente vacías como para reflejar el halo de una única sombra... pero no. Miradas perdidas, felices e inquietas me acogen de una forma casi maternal, aquí adentro no hay lugar para la pena, su alegría es contagiosa y me es transmitida de forma involuntaria. Decenas de rostros de diferentes razas, países y condiciones sonríen al unísono colgados de marcos que aún resisten con gracias al tiempo. En alguno de ellos puedo reconocer esos ojos que con sabiduría astral me dieron todo cuanto tenían justo antes de marcharse de este mundo en caída libre. El mundo se me cae al suelo: la única referencia que tenía se acaba de desmoronar como un castillo de naipes; creía que él había sido capaz de vivir en soledad, pero hasta este hombre ha tenido un pasado conciliador, con gente que lo apreciaba y que lo hacía medianamente feliz... ¿Podré yo serlo algún día? Será difícil, pero lo conseguiré.

Que un anciano de pelo blanquecino y cojera pronunciada no pudiera no significa que yo siga su mismo camino. Estos días me han enseñado una cosa; me gusta ver la vida como una oportunidad que algo o alguien nos ha dado y como tal creo que por duro que sea no puedo acabar con ella al borde de un precipicio o con un tiro en la cabeza por cuenta propia. A él lo mataría el miedo a estar sólo o el vértigo que da la nostalgia, yo lo estoy viviendo en mis propias carnes y apenas me han salido pelos en las axilas. Hace un calor casi enfermizo aquí dentro, el sudor resbala por mi nuca cuando veo de cerca algunas de las fotografías; en ninguna sale con semblante serio o preocupado. Aunque su sonrisa no le favorece, la lleva por bandera en todas sus poses. Al adentrarme en un salón presidido por una chimenea central, continúo con el paseo por el baúl de los recuerdos. Es complicado mirar a algún rincón sin alguna foto de menos de 20 años. Ya sean niños malnutridos de algún país en vías de desarrollo, gente con mono de trabajo y manos cortadas o una pose personal debajo de alguno de los vehículos que ya pude observar ayer con detenimiento, el caso es que hay dos cosas que todas tienen en común: una camisa de botones, generalmente lisa, y la ausencia de un patrón común (valga la redundancia).

Así que, como consolarse es gratis, busco mi calma en ese pequeño resquicio de infortunio que hallo en su mirada y en esa sonrisa que, aunque aparentemente sincera, debe estar cargada de desengaños. Y es que, al fin y al cabo, nunca está con las mismas personas, nunca se encuentra en el mismo lugar pero siempre muestra la misma sonrisa. Esa sonrisa que sabe que nadie estaría a su lado si no fuera de la mano de su poder y su dinero, esa sonrisa que busca en la compañía comprada, es un refugio a los defectos que su personalidad no supo eclipsar, esa sonrisa que le tiene pánico a mirarse una mañana al espejo y no encontrar más reflejo que el de una cara fría, pobre y castigada por la vida de quien dio más de lo que recibió. Ahora soy yo el poderoso, soy yo quien tiene la batuta para decidir qué hacer con todo esto, soy yo quien no encontrará a nadie más que a si mismo frente a ese espejo.

Y es que, si algo tenemos en común, son nuestros antagónicos puntos de vida; pues él, por lo poco que tuve de trato, estuvo hasta el último de sus días pensando y dando a los demás para alargar el momento de estar sólo unos instantes. Yo, por el contrario, he vivido recluido entre cuatro paredes el noventa y cinco por ciento de mi vida, llaneando en una estabilidad de sentimientos que se convirtieron en montañas rusas al cruzar la puerta de la calle. Sé que se siente al estar sólo, lo estuve, lo estoy y lo estaré, y no me pesa. Ahora, a parte de un ordenador, tengo todo el tiempo del mundo para competir en tiempo real contra un cronómetro y las inclemencias de la meteorología. Decenas de superdeportivos a mi disposición para estar día y noche recorriendo una carretera y otra, yendo a la playa a recordar su olor y buscar un mechón de pelo abandonado en aquella noche o volviendo al taller a horas intempestivas para tocar alguna de las herramientas que ella tocó. Suena maravilloso ¿Verdad? Llego a la cocina, que como el resto de la planta baja destaca por una fría y nada sobrecargada decoración que sólo se ve rota por la multitud de instantáneas que cuelgan y descansan en todos lados... ya sea en paredes o de la nevera, sostenidas por imanes, todo parece indicar que este señor siempre quiso autoconvencerse de que no estaba sólo rememorando tiempos de un pasado que compró y no disfrutó, esperando una nueva foto que colgar de su despampanante mansión. Apenas lo conozco, pero yo no me creo toda esta fachada de "buenrollismo" y bondad putrefacta. Nadie en su sano juicio daría de lo suyo, somos lo que somos: egoístas por naturaleza y de costumbres oportunistas, siempre se pide algo a cambio, aunque sea una foto.

Sigo caminando por la planta principal, cuya piscina parece extenderse por todos lados. La niebla apenas alcanza el final de un jardín esmeradamente cuidado, con todas las brozas cortadas y el césped hidratado incluso a varios grados bajo cero. Parece ser que a este misterioso héroe también le gustaba dárselas de jardinero... Por último un baño igualmente frío y distante, aunque bien rematado por calidades de superlujo y alguna obra de arte a modo de decoración... en fin, todo es repelentemente correcto. Cansado de un primer piso que aunque impresionante es todo fachada, me aventuro a subir unas escuetas escaleras de caracol que conducen a una extraño recibidor con una puerta blanca. En el suelo, un felpudo con la frase de "Welcome home" me da la bienvenida. Como reza éste, me lo tomo lo suficientemente literal como para sentirme en casa, así que sin dilaciones empujo el pomo, que cede abriéndose un universo completamente contrario al que me mostró lo que hasta ahora conocía de la vivienda.

Avanzo por un pequeño pasillo repleto de folios, dibujos y chorradas varias que carecen de interés. En una de las paredes de color ocre cuelga un descolorido título de medicina de la época jurásica. A la izquierda hay un pequeño taller, lleno de maquetas de coches a medio construir, algunas de escala 1:18 y otras enormes, con mecanismos móviles y un nivel de perfeccionamiento que los hacen confundirse con modelos reales. Todo parece producto de la imaginación de alguien que, en su ámbito más privado no dejaba de ser un loco o visionario... ¿Quién sabe? Aquí es donde genio y personaje se encuentran, y en la más infinita soledad, dan cabida a una extraña creatividad que muchos podrían clasificar de patológica. Todo forma parte de un caótico orden que sólo su creador conoce, todo está cubierto de un extraño velo de secretismo que sólo estos objetos guardan y que, bien de seguro jamás me relatarán. La pregunta es: ¿Por qué? ¿Quién en su sano juicio invertiría su tiempo libre en construir "juguetes" teniendo a escasos 200 metros una de las mejores colecciones del mundo? Sólo él tendrá sus razones, pero el caso es que con este frío lo que más apetece es encenderse una estufa y sentarse en el escritorio a ajustar remaches y apretar tornillos...

Salgo de la habitación con sumo respeto, contemplando el homenaje póstumo que sus hijos dejaron para él... allá donde habite el olvido habrá un hueco vacante que no ocupará mientras ellos persistan sobre las estanterías y baldas de esa habitación. Vuelo a caminar por el pasillo y busco otra puerta que poder abrir. Encuentro un baño enorme y bastante más "cálido" que el del piso de abajo. Hay una bañera que casi se podría considerar como piscina. Por la ventana, cuelgan unas vistas increíbles de toda la sierra sur de la comarca, desde el punto más alto en 20 kilómetros a la redonda tengo una posición privilegiada que me permite ver todos los valles que se extienden como el viento hacia profundos cañones; en uno de ellos, encajado de forma que parece fácil, se encuentra el pantano del Quiebrajano. Trato de localizar el GTI, pero ni mi vista cansada ni la lejanía con el lugar me permiten reconocerlo.

Continuo avanzando por el corredor hacia las dos últimas puertas de la estancia. A mano derecha hay una en la que pone "911" y a la izquierda otra en la que se lee "711". Me aventuro a girar el pomo de la primera, el Sol no entra por la ventana que mantiene sus persianas con un par de dedos de obertura. Con un poco de desconfianza hacia qué me depararán las sombras, enciendo la luz y recurro al desbarajuste fácil para calmar a mi conciencia, en pocas palabras: más de lo mismo. De sus estanterías discurren alguna que otra probeta con líquidos extraños en su interior. En el escritorio se amontonan más de éstas y en las paredes cuelgas decenas, quizá cientos de fotos de una misma persona. Una chica de ojos verdes y sonrisa limpia es la única protagonista de una y otra imagen, casi como si de una extraña colección monotemática se tratara. Parecen llevar poco tiempo ahí, a algunas se le notan el paso de los años: se ve a ella paseando por el centro de Jaén rodeada de gente, en algunas sale acompañada de más personas pero en ninguna sale con él. Se tratará, como comienza a ser costumbre en este extraño ser que intento conocer después de muerto, de otra de esas frustraciones que le impidió ser algo más que una imagen y un buen puñado de billetes. Tuvo muchas cosas, pero por lo que puedo comprobar en la extraña galería, nunca tuvo su amor, y eso le hizo caer en una enfermiza obsesión... Aunque para ser sinceros, esa mujer es realmente preciosa. En alguna foto bien me puede sacar 20 años, pero su tez clara y juvenil como la de un crío hace que no sea demasiado complicado caer rendido a sus atributos.

Al girar la vista compruebo que la estancia se extiende de una forma casi infinita sobre la planta baja, me atrevo a abrir una ventana para que sea la luz natural la que ilumine una sala que, aunque algo chocante en un primer momento, llega a ser una especie de monumento a esos amores platónicos que todos, incluso yo, hemos tenido. Goya lo plasmó en sus cuadros, Quevedo en forma de versos y Don Quijote de la Mancha creando a una tal Dulcinea; cada loco con su tema y yo, en el de todos. Al pasar los rayos de Sol sobre el resto de paredes uno se da cuenta de que aquí era donde este señor pasaba más tiempo: su área de esparcimiento personal. A medio camino entre la medicina y el amor, se encuentran unas cuantas estanterías más aderezadas con toda la colección de coches de su garaje a escala, presididos por el GT3 RS en el que llegué hasta aquí y, para mi sorpresa, un Golf GTI clavado al que mi padre guardaba en el garaje y que me ha servido de transporte y medio de esparcimiento en el último mes. Incluso las llantas coinciden... con la boca abierta, lo cojo con suma delicadeza y lo observo (ya con éste entre manos). Es simplemente perfecto, cada detalle está llevado al extremo, incluso todas las modificaciones del interior están fielmente rematadas. Sin embargo, el portón trasero del cochecito parece no encajar demasiado bien. Trato de cerrarlo pero algo tropieza y me lo impide; así pues, lo abro y me encuentro en su interior algo sumamente tétrico: dentro del maletero del modelo hay una bolsa de plástico de pequeño tamaño, que parece haber contenido algún tipo de líquido en el pasado. La saco con el mismo respeto que hasta ahora he mostrado hacia todo lo de la casa y trato de leer lo que pone en la pegatina que lleva: "Ama... Amatoxina". Ese extraño nombre, más cercano a un trabalenguas, es la única pista que me da de su contenido.

Como no tengo complejo de detective, prefiero dejar todo de nuevo como estaba. Así pues, una vez aparcada la nada pequeña miniatura (a escala 1:12) con su equipaje tal y como lo encontré, decido dar por concluida la visita a "la exposición". Sin embargo, algo sobre el escritorio me hace recular... me siento sobre el sillón del mismo e investigo un poco más, metiendo la mano donde no me llaman... Remuevo con poco salero los tubos de cristal que descansan en él, para dar con otro marco que se esconde entre ellos. Una nueva foto (para variar) se expone en él, protegida por una fina lámina de metacrilato que se ha puesto un poco mate por el tiempo. En ella, aparecen dos personas que hasta ahora no había visto, aunque eso sí, también acompañados por ella, que luce una nada desacertada melena de color castaño claro, casi blanco. Los tres posan junto al 911 anabolizado (comienzo a entender la simbología de dicho número en la casa, en sus coches, en la fecha que ha elegido para su adiós...), sus dos acompañantes son un señor bastante mayor, de aspecto elegante y ojos serenos, y un hombre bajito y regordete, de rostro simplón y mirada sincera. En el pie de la foto se puede leer "Hazlo por ellos" (si es que la vista no me falla). Me alegra saber que al menos su musa estuvo en contacto con él, o al menos con uno de sus coches. Sin embargo, sigue siendo ciertamente perturbador que alguien pierda el tiempo preocupándose por gente a quien no le importa en absoluto; perturbador por no decir triste...

Con el ego subido como nunca, sabiendo que mi posición solitaria y fría es la idónea para encarar mi situación, salgo de la habitación y la cierro de un portazo. Mi cuerpo, de forma autónoma, no se resiste a sacar la rabia que en algún lugar dentro de él habita. Respiro un poco antes de abrir la última puerta de una enorme (aunque algo escasa de espacios divididos) casa, ya que la habitación 911 no olía especialmente bien. Aunque no llega a ser desagradable, su atmósfera cargada recuerda que se estuvo usando hasta el último momento y, que quien la usó, no se encargó de ventilarla. Con la confianza justa que me otorga un estómago seco y vacío, desbloqueo el pestillo de la puerta con la ayuda de su tirador. Al dejarla abierta apenas un milímetro, de su interior brota un aroma dulce y puro, como destilado, que se funde con la luminosidad clara y virgen que las primeras horas del día le dan a los enormes ventanales (éstos sin persianas). El cuarto es sustancialmente más pequeño, pero además todo (a excepción del escritorio) está muy ordenado, dándole al conjunto un toque mucho más femenino. Parece un estudio, hay maquetas de arcilla de coches enteros, y algunas piezas por separado como son un retrovisor y varios modelos de luces. Puedo reconocer la silueta imperante en la mayoría de ellas, varios de esos coches están en el garaje, alguno de ellos incluso fuera, a modo de chasis incompleto.

Sigo paseando con aún más recelo del que he mostrado hasta ahora, puedo ver muchos libros relacionados con el diseño y la automoción en general. Resulta conmovedor ver hasta qué punto llevó este hombre el automovilismo, llegando incluso a diseñar su propio modelo. Su sensibilidad, al igual que su paciencia y melancolía, parecen no conocer límites. Me acerco al escritorio, que formando un ángulo de unos 15 grados con respecto a la horizontal, me muestra unos cuantos bocetos dibujados a lápiz de grafito sobre un papel muy poroso. Agarro uno de los muchos que hay, y observo con detenimiento la vista lateral de lo que parece ser uno de los modelos de la gama, de hecho, en la parte de abajo se puede leer "Pegaso 711 Leena". Como no quiero que este cuarto pierda esa "esencia" que él dejó, creo que lo mejor será dejar en paz sus cosas e irme de nuevo al piso bajo, ese que carece de personalidad. Al levantarme, mi rodilla tropieza con el único cajón que cuelga de la mesa de diseño; un sonido metálico nada apropiado de la madera me hace replantearme la idea de irme sin más. Al fin y al cabo, un poco más de profanación a estas alturas no hará daño a nadie, además, tampoco se le veía de esa clase de tipos que vuelve en forma de fantasma a atormentarte en los sueños...

Agarro la manecilla del cajón y tiro de ella con cautela, para que éste no se salga de los rieles. Compruebo que ese sonido metálico procedía de un compás y escalímetro que nadie ha usado desde hace mucho tiempo. La cantidad de polvo que en ellos se acumula es brutal. Sin embargo, al echar la vista al fondo me doy cuenta de que el compartimento conserva algo más: un taco de fotos sobre el que descansa una arandela de color dorado. También parecen haber sido castigadas por el olvido, al menos así lo atestigua la citada capa. Las agarro y me dispongo a hurgar un poco más en los recuerdos del viejo solitario. En la primera foto, se observa la cama de un hospital vacía, con una ventana que da a un bosque al fondo. En la siguiente, se puede ver a una chica de mirada triste, con grandes calvas en la cabeza y unos ojos verdes inconfundibles: es ella. Apenas muestra una tímida sonrisa al posar junto a un chaval al que no he visto antes en ninguna imagen. En la siguiente instantánea, el chico, al igual que su pelo y sus labios carnosos de color rosáceo, ha desaparecido. Sin embargo, su sonrisa parece ser más intensa al posar junto a un médico (cuyos ojos delatan su identidad) y los dos hombre que vi en el foto de la otra estancia. No sé por qué, pero son mis cuencas las que me piden llorar, y no precisamente porque me duela algo o necesita hidratación para mis retinas... algo me dice que mi primitiva visión de la vida no va por buen camino.

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Continúo con el ritual, pasando una foto tras otra. Parecen seguir un orden cronológico, ella primero va en declive, como un cubito de hielo en el Verano. Sin embargo sus labios siguen sonriendo junto a ellos, a pesar de que cada vez esté más delgada, pálida y amoratada. Mi primera lágrima cae al ver que el lugar en el que debería ir su último retrato, ese en el que da su último aliento y deja de sufrir, lo ocupa una nueva sonrisa, ésta con algo de pelo en la cabeza y algunos tonos más de piel. Como en una especie de resurgimiento, cada vez va a más. El doctor deja de salir retratado pero ella continúa en una metamorfosis que la transforma en una chica nueva, con 15 años menos en su rostro y una nueva vida por delante. En la penúltima foto, ya sin bata y sin nadie más a su alrededor, ambos (doctor y paciente) posan sonrientes en lo que parece un taller de enormes dimensiones, casi como si fuera una cadena de montaje. Lucen un aspecto ideal, repelentemente idílico. Puede ser que sea la envidia la que hable por mí, o quizá ese orgullo herido que habla demasiado a menudo consigo mismo haciéndose pasar por otra persona...

En cualquier caso, y para no seguir con una nueva vorágine autodestructiva, paso a la última foto esperando un final alternativo, más cruel y realista. Me tiemblan las manos al verlos otra vez a los dos, retratados de nuevo contentos y sonrientes. Es una especie de retrospección, una nuevas intromisión en el pasado que ya parecían haber olvidado, pero que él quiso volver a tener presente no sé muy bien por qué. Le da un beso en la mejilla con todas sus ganas, casi como si fuera a tragársela. Ella responde tratando de alejarle la cara con sus brazos, en los que luce una vía y las marcas de otras muchas en forma de moretones. Su cabeza está más calva que en cualquier otra foto, sus ojeras se alargan confundiéndose con su boca y la mirada verdosa está mucho más apagada. Sin embargo, la sonrisa que reflejan sus labios y las patas de gallo que se dibujan junto a sus ojos me dicen que incluso ahí se sentía atractiva y querida, y la forma en que él la agarra delata que lo hacía desde el corazón.

Me entran ganas de vomitar, me mareo un poco y mis lágrimas mojan el último capítulo que alguien me quiso mostrar de esta historia. Las manos pierden sus reflejos y la imagen se va hacia al suelo sin yo quererlo, cayendo del revés. Es así como puedo leer lo que ella escribió en el reverso (ni la letra ni la forma corresponden con la del barón, de quien ya leí alguna cosa en el otro cuarto), no sé si fue antes, durante o al final de este idílico romance que ya quisiera un servidor, el caso es que, con tinta azul y seguramente a pluma, la dejó plasmada: "Hazlo por él".

Me siento hecho una mierda, he estado buscando mil razones para justificar que no necesitaba a nadie, que él sólo se valía, sin embargo, más que una cuestión de necesidad personal, fue la necesidad colectiva la que lo arrastró a tan intensa vida. Fueron los demás los que lo convirtieron en imprescindible. Con el orgullo justo y dañado, pero la valentía suficiente como para ser sincero conmigo mismo, arranco un trozo de papel de una hoja y con el lápiz que dejaron sobre el escritorio redacto una pequeña lista. Me la guardo en el bolsillo y cierro la habitación, consciente de que en mi particular novela, soy yo la chica de la historia. Soy yo quien necesito a alguien, soy yo quien no puede vivir sólo.

Cuando me quiero dar cuenta, la suavidad de 12 cilindros me sacan del garaje un metro por encima de lo que lo ha hecho ningún otro coche. Siguiente destino: el final del viaje.


Capítulo 23


Y sin querer, queriendo, vuelvo a buscar tu lápiz de ojos en el bolsillo y tu rostro en el asiento del copiloto. Y con todas las ganas del mundo, veo desaparecer por el espejo retrovisor lo único que he tenido con cierta seguridad, más no me importa recordar que soy menos aquí que en cualquier otro sitio. La silueta del mastodóntico edificio se disipa como lo hace la montaña que lo cobija, la niebla lo cubre todo con ese halo de secretismo y misterio que me ha acompañado casi de forma ininterrumpida desde mi llegada. Abro la ventanilla y noto el calor lejano del enorme tubo de escape que sale por un lateral. Los 300 litros de 98 que llevo de sobrepeso hacen que el ostentoso todoterreno se embale con facilidad en las enormes pendientes. Sin embargo, todo el aplomo y tecnología de la que goza hace que no sienta nada más que indiferencia al conducirlo, a pesar de sus más de 600 caballos y su litro por cada 5 kilómetros recorrido; no logra ni tan siquiera atraerme, el "a ver quién la tiene más grande" funcionaría con los jeques y sus fanfarronerías de opulencia, pero para alguien del mundo real semejante bestia sólo le sería útil en un ambiente nada convencional, en el que por desgracia nos encontramos.

Bajo marchas de forma progresiva, tratando de buscarle la pimienta al motor conforme sube la temperatura del mismo... pero no hay manera. Todo está tan bien insonorizado, la entrega de potencia empieza desde tan abajo que... en fin, si pudiera sintonizaría algo decente en la radio. Sin que mi cuerpo se resienta lo más mínimo, como si siguiera echado sobre la cama (incluso mejor), llego a esa casita de madera que se convirtió en nuestro refugio. Diego habrá pensado que me he fugado o que he terminado en lo alto de un árbol con el GTI, salí para unas horas y aún no he vuelto. Aparco junto al Panda del anciano, que cargado de "papas" parece haberse sometido a una buena bajada de la suspensión. Le doy una vuelta al utilitario con alardes de todoterreno con una sonrisa en el rostro, parece que la transformación le ha venido bien al viejo...

"¡Pum, pum!", dos balas de un calibre enorme parten en dos la rama del árbol que me da sombra. Diego sale corriendo por la puerta principal, portando la escopeta y con cara de psicópata. Me voy "cuerpo a tierra" con el tiempo justo para que él se tropiece con un cubo de chapa que descansa en el porche y se vaya directo al suelo, con la mala fortuna de que el arma golpea las escaleras violentamente y un tercer disparo se va directo al marco de la puerta del clase G. El olor a acero requemado se funde con el de los neumáticos y la gasolina que consume como si de agua se tratara. Suerte que no estamos en una de esas producciones hollywoodienses, todo abría saltado por los aires:
- ¡Ey, ey! Diego, tranquilo joder. ¡Qué soy Pablo! - digo mientras asomo la mano por encima del enorme capó del todoterreno alemán.
- ¡Me cago en la puta, niño! ¿Pero de dónde cojones has sacado este bicho? Creía que eran los bastardos eso... ¡no me des estos sustos hombre!
- Jejeje, ¿Te gusta?
- Sí, te sienta muy bien... como a un mono dos pistolas.
- No te pases viejales que es para ti.
- ¿Para mí? ¿Y a quién te has cargado para conseguirlo? Vamos no me jodas, esa cosa huele a kilómetros.
- ¿A qué, a nuevo? Normal, no tiene ni 10 mil kilómetros. Está guay: V12, 600 caballos, 1000Nm de par... y llevas gasolina en los barriles como para tirar millas una buena temporada.
- Me da igual, ese bicho es muy marronero. Si pertenece a esta gente estará localizado, el problema es que ya saben donde vivo - frunce el ceño y le tiembla la voz.
- ¿Qué? ¡nada de eso! Este coche era de mi ángel de la guarda, me lo ha dejado en herencia y yo te lo doy a ti.
- ¿A cambio de...? Porque supongo que ese padrino tuyo será poco menos que un narco y tú serás su firme vasallo, y estoy ya mayor para estos jueguecitos. A mí déjame con mi Panda y mis patatas, y quédate tú con esos lujos. Además, el asiento de mi chatarra no tiene nada que envidiarle jejeje...
- Ahí te doy la razón - le guiño el ojo.
- Oye, ¿Te vas a quedar a comer?
- Pues... si te soy sincero no tengo más hambre porque no he llegado antes. Pero llevo desde que me viste ayer por última vez sin pegar bocado.
- Una desgracia... creo que es el momento de empezar la matanza de este año - pone cara de cirujano con algún tipo de tara mental.
Se aproxima a mí con la navaja en la mano. Fija los ojos sobre su presa a modo de depredador, mientras babea de forma casi animal. La carne se desgarra con ayuda de la hoja afilada que le sirve de ayuda. Tiemblo de miedo, la situación me puede...:

- ¡¿Pero cómo que te da asco?! Tú no sabes el manjar que tienes delante - me dice algo enfurecido, pero con ese tono paternal que lo caracteriza.
- ¡Joder! Pero si está cruda...
- ¿Cruda? Lleva semanas aquí, secándose. Esperando a que tú le hinques el diente, amigo mío.
- ¡Ah! Pues genial entonces. No sólo está crudo sino que además se deja reposando durante semanas para que se pudra... joder, me esperaba esto de los asiáticos esos comeperros, pero de ti no.
- Cierra los ojos y abre la boca. Y déjate llevar por su aroma, textura y sabor. Y no por su apariencia.

Lo veo cortar una rodaja fina, casi transparente, de longaniza. Una bola de pimienta rebanada es retirada con soberbia agilidad por el anciano, que se ha llevado ya varios trozos a la boca. Le hago caso y espero el momento de poner en funcionamiento mi dentadura. Noto cierto olor cercano a mi nariz que derrite mi paladar, una extraña sensación, fría y suave, me invade. Sabe mucho a sal, las papilas gustativas de mi lengua se vuelven locas, mis dientes aprietan con fuerza para exprimir su jugo:

- ¡Ostia! Pues está de puta madre - digo sin abrir los ojos.
- ¿A que sí?
- Sí, sí, de cojones.
- ¡Pum! - mi hombro derecho recibe un buen calmante cortesía de las nudillos callosos de Diego.
- Ahora vuelves a dudar de mí y de alguna maravilla de las que hago - me dice mientras me froto la zona golpeada, ya con los ojos abiertos para no llevarme otra sorpresa -. Todo lo que toco se convierte en oro, sino fuera por la mierda que os dan ahora de comer, estos salchichones valdrían millones. Esta noche pruebas el lomo, está casi mejor que esto, que ya es decir.
- Mejor sácalo ahora... - le digo haciéndome el interesante.
- Me vas a dejar sin existencias jejeje, pero bueno, supongo que tu compañía lo compensa - me dice mientras alza un pequeño vaso con algo de su propio vino en el interior.
- No te preocupes que no haré mucho más gasto - en el pecho un soplo me invade, es quizá el trozo de embutido sin masticar o la sensación de que se acerca el último capítulo de mi historia.

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Doy otro trago de Vodka sin refinar y dejo la botella en el asiento del acompañante. No sé muy bien qué es eso que embriaga mi alma con el atardecer, pero me pide derramar unas lágrimas de compromiso por el amigo que se deja atrás en el espejo retrovisor. Su viejo Panda me sirve de transporte al final del trayecto, le he prometido que no le haré daño pero no sé si conseguiré salvar las curvas dobles que veo sin joderle alguna cosa. Tan valiente y tan cobarde, he evitado la despedida a base de falsas sonrisas que ya no laten en un corazón cansado de fingir estar bien. Saco del bolsillo ese pedazo de papel corroído por las arrugas de los vaqueros, busco en el salpicadero un BIC seco que me ayude a tachar el primer elemento de mi lista. "Dar lo que te dieron", un surco recorre la parte baja de la frase, ojalá pudiera taparla por completo pero nunca podré devolver todo lo que un día me ofrecieron sin esperar nada a cambio.
"Dales un fuerte abrazo de mi parte, diles que siempre las quise y que si me alejé de ellas fue para protegerlas. Ojalá me perdonen alguna vez" fue lo último que me dijo. La tristeza no quería alejarse de él, se hizo tan pequeño que no quería que yo me fuera. Me pedía un abrazo y otro, yo se los devolví en etílico estado, él se mantuvo sobrio toda la tarde, desde que se lo dije hasta que lo dejé aferrado al Clase G. Ese enorme vehículo no podrá llenar el hueco que una chiquilla de pelo rubio y yo le hemos dejado. Ahora guardo en la guantera a su mejor amigo y guío por carriles abandonados su mayor tesoro y mi herencia final. Reniego de Dios conforme veo desaparecer la silueta de su morada entre los árboles, recurro a mi olfato y mi nefasto sentido común para guiarme por los caminos alejados del asfalto sin que la rabia me ciegue.

"-¿Qué hago? -Morir -¿Por qué lo hago? -Porque me cansé de vivir", sería un bonito y socorrido epitafio si es que alguien se encargara de mi entierro. Trato de sacarle la nula potencia al cacharrete: primera, segunda, tercera, cuarta... vuelta a tercera, segunda, las ruedas chirrían, los árboles pasar más cerca de lo debido e, incluso a 50 kilómetros por hora, tengo la sensación de estar volando con el efecto túnel que se forma alrededor del capó. Busco la creatividad que perdí en algún momento de mi infancia bajo los pedales del volante, trato de hacer de la conducción un arte. No hay nadie más cerca, todo se fue ya, sólo yo mismo puedo ver dónde están mis capacidades y cuáles son mis armas. Da igual que no lleve un tracción trasera ni trescientos caballos bajo el pie derecho, nuestro liviano peso nos hace sentir cada bache como si fuera una bajada al infierno, siento que llevo un Lancia S4 del Grupo B, soy Markku Alén y levanto el coche 3 metros del suelo tras superar un cambio de rasante en el Rally de Portugal. El Panda se inclina, aterrizo sobre dos ruedas y por el espejo retrovisor desaparece durante unos segundos la densa nube de polvo, el tiempo necesario para que las ruedas pierdan la tracción y se separen del planeta tierra. Ojalá fuera lo suficientemente rápido y encontrara una rampa lo suficientemente alta como para escapar de este mundo y dejarlo todo atrás. Simplemente empezar una nueva vida en la Luna, donde conocería a alguien con quien pasar el resto de mi vida mirando hacia casa, anhelando su olor y sus colores pero amparado en los besos de alguien a quien le importara. La melancolía es demasiado cara, preocuparse de algo no sirve de nada si su solución ya se ha evaporado, sólo queda ocuparse de ella, la que no me deja un segundo tranquilo, la que me aterra cuando cierro los ojos.

Y es que... a estas alturas, hablar de orgullo u honradez no es más predicar en tierra de infieles. Soy humano y lo perdí todo hace tiempo, incluido mi conciencia. El volante aún puede oler la sangre que un día derramaron aquellos a los que me cargué, ya fuera directa o indirectamente. Mientras aterrizo y vuelvo a mi planeta, las suspensiones a duras penas aguantan el impacto contra el suelo, que comienza a emitir su feroz aliento en forma de tierra y polvo que me recuerda que nunca me escaparé de aquí. Conduzco con una sola mano, podré quejarme de muchas cosas pero no de esto, he conducido por encima de mis posibilidades, hasta el punto de querer dejar de hacerlo. No necesito de dirección asistida para mantener el vehículo sobre el camino a todo lo que el motor da, la otra mano se encarga de tocar mi bolsillo, de atormentarme hasta el último momento con su pelo castaño y sus ojos marrones de enorme circunferencia. Me miró superando mis expectativas, sin dar una sola muestra de rechazo más allá del que su picante personalidad le permitía, hoy fiscal y ayer culpable, supo dejarme tatuado su nombre en mi mente, supo hacerme creer que la recorría de arriba a abajo sin apenas tocarla, supo verme partir para conducirme, ahora, cuando ya se ha ido, hacia la boca del lobo.

Se acaban las piedras golpeando la carrocería, la falta de control y la tierra, y comienza el alquitrán; el sonido de los neumáticos erosionando el camino a su paso se cambia ahora por el chirrido de éstos agarrándose a duras penas contra el asfalto frío y altivo. Enciendo las luces, el Sol se marcha y la Luna (esa en la que me gustaría estar) se despierta hoy más enorme que nunca, brillando en la infinidad del cielo y haciendo competencia directa a estos faros que me guían. El aire, conforme cojo velocidad, se hace más y más intenso. Entra a toda presión por los huecos de la carrocería, pasan por los paneles mal acoplados y se integra en el espartano interior, que se congela de frío con su presencia. De mi boca brotan los primeros indicios de hipotermia, el vaho de ésta contrasta con las axilas sudadas, que firman mi estado de máxima concentración y el pánico que me produce la velocidad a pesar de tenerla como mejor aliada y compañera. Las curvas pasan, y entre subidas y bajadas de revoluciones, la temperatura y la altura van descendiendo. Aprovecho todo el ancho de vía para que el Seat estiré sus patas en la que será, seguramente, su carrera concluyente. Parece un juguete al lado del carril, se comporta como un ratoncillo en una enorme rueda. Su muelles (nada duros) soportan las inercias estremeciendo al chasis, que se retuerce sobre sí mismo para no partirse. El motor donante cuelga del frontal, y es más su peso que su potencia la causante de que bajemos el puerto a más de 140 en algunos tramos.

Sin embargo, hasta la carretera llega a su fin. Podría estar toda la vida conduciendo por éstas, y no vería dos veces el mismo paisaje. Pero, como herencia del mundo que diseñaron para nosotros, tras una rotonda se abre una enorme nacional en la que haría falta el motor de un jet para sacarte una sonrisa. Ésta de paso a una autovía aún más ancha y monótona. Es el momento de meter quinta, dejar al motor que respire y baje de temperatura, y a mí reflexionar y calmar mis instintos más básicos durante un rato.

Ya es noche cerrada, con cualquier otro coche este trayecto lo habría cubierto sin perder la luz anaranjada del atardecer, sin embargo, un cartel azul sobre un poste en la me recuerda que aún quedan algo menos de 10 minutos para mi destino. Enciendo la única luz interior del vehículo, viajo a otra época observando lo poco original que le queda. Es una extraña calma que precede a la tormenta, un bidón de 98 descansa tras mi asiento y un Zippo que utiliza el mismo combustible espera en la guantera paciente a que llegue su momento. Me gustaría tener esa parte de rebelde que ella promulgaba a los cuatro vientos, era una extraña forma de mostrarme sus inseguridades, insultaba cuando sentía miedo. Yo escondo el rabo entre las piernas, si hubiera nacido en un mundo "normal", habría sido de esos que se esconden tras unas gafas de Sol, que huyen con su coche pasado de moda cuando algo no marcha como esperaba y que se fuma un piti al borde de un acantilado para autoconvencerse de que tiene un toque literariamente romántico. Sé que me estoy desvirtuando, que mi paranoia roza ya la esquizofrenia, que mantengo un monólogo interior con vete tú a saber quién y que miro continuamente por el retrovisor, esperando que alguien me pida paso y me obligue a echarme a la derecha. Y esperando es como se pasa la vida, los sueños e ilusiones que nuestro yo infantil creó un día para nosotros, se convirtieron en imágenes que vienen para jodernos diez veces al día, recordándonos que no lo hemos conseguido y somos la frustración personificada. Perdemos las ganas, el pelo y la paciencia, día tras día nos miramos frente al espejo y nos sentimos cada vez más desorientados, nos preguntamos cómo cojones hemos acabado aquí si lo habíamos calculado todo tan bien.

Y yendo y viniendo, entre conjeturas y pasadas de rosca, me encuentro conmigo mismo, metido dentro de un utilitario de casi cien años que se cae a trozos a pesar de haberle puesto unos zapatos y un corazón "nuevos". Me gustaría preguntarle a esas líneas grisáceas, castigadas por el tiempo y la soledad, cuántas personas han visto pasar sobre ellas. Cuántas sonreían, cuántas fueron felices, cuántas lloraron, cuántas pasaron a bordo de una ambulancia exhalando su último aliento... y es que la vida no son más que subidas y bajadas emocionales, una montaña rusa perfecta que pone a prueba las mentes más estables y para la que yo no estoy hecho. Tras cuatro paredes todo se veía de otro modo, pero ahora estoy en tierra de nadie, este no es mi mundo y estas no son mis normas. Cojo el último desvío, un giro de 180 grados me hace reducir a tercera, haciendo partícipe al motor de la extraña ambientación de estos instantes. Vuelvo sobre mis propios pasos por una nacional que discurre paralela a la carretera que me vio venir, al fondo se puede leer ya el cartel ametrallado de "Centro Penitenciario". Todo está incómodamente desolado, incluso para ser este momento y este lugar, no me resulta demasiado acogedor.

Aparco alejado de ellos, el Seat que tan bien me ha traído y que tan buenos recuerdos me trae se queda aparcado bajo la no-sombra de un olivo. Protegido por su diminuta silueta y alejado lo suficiente de miradas ajenas, pasará aquí mucho tiempo, dando vela a su propio entierro, cavando su tumba a base de óxido, lluvia y un chasis que se hunde en el barro del invierno. Toco por última vez el asiento donante, que aún conserva cierto aroma de Cintia, que restregó su piel durante horas por todo su tapizado para dejarlo completamente adaptado... una pena que ahora sean las horas muertas las que lo disfruten. Con un poco de mala suerte, ambos nos veremos en el infierno. Agarro el bidón de gasolina, saco de mi bolsillo la hoja y tacho la segunda y última tarea de la lista: "Hacer justicia". Cojo el mechero y dejo que la llama del mismo la devore con facilidad. Sus cenizas se esparcen en la cúpula estrellada y se confunden con las sombras de los árboles.

Miro al cielo y dejo la mirada fija en los astros brillantes, entres los que aún queda alguna chispa centelleante de la nota. Trato de encontrarlo a él, a Dios, a ese que todo lo ve, todo lo siente y todo lo hace por alguna razón. "Si lo llego a saber no salgo de casa, hijo de puta" digo en alto mientras me enciendo un cigarro que encontré en algún cajón de la casa de Diego. Me pongo una chupa de cuero que aún no sé muy bien de dónde he sacado pero que me viene que ni pintada para meterme en mi papel de desalmado vengador, aunque debajo de ella se encuentre un niñato gordito con serios problemas para empujar un coche. El humo entra en mi garganta, la reseca y penetra en mis pulmones de forma completamente estúpida... no termino de verle la gracia. Es como si me transformara en una chimenea que absorbe todo el hollín de una lumbre, sin embargo, ese momento en el que la bocanada de vapor de agua condensado se funde con el tufo alquitranado resulta ciertamente seductora, con mis labios controlo hacia donde quiero que salga el flujo y con qué intensidad e incluso disfruto nuevamente del aire fresco de la noche, que se vuelve gélida por momentos.

La irritación de mi nuez hace que tosa un par de veces, tras ello, vuelvo a dar una y otra calada, consumiendo rápidamente la breva que me mata poco a poco; pero a estas alturas, el tabaco me saca una sonrisa. Una farola parpadea al fondo del camino, con su luz anaranjada ilumina un pedazo de pared y algo de la puerta que hace unos días se abrió para nosotros. Miro hacia el Este, esperando ver una puesta de Sol de la que no me despedí esta mañana. Los metros se pasan volados, casi parece que lleve prisa por morir, por ver volatilizarse toda esta mierda en mil pedazos, confío en que de aquí a unas horas de todo esto ya no quede más que un enorme solar en el que construir un monumento a las víctimas.

Paro un momento frente a la entrada, donde una cámara con un testigo rojo me sigue los pasos. Me quedo mirándola fijamente, doy una última calada y, sin retirar la mirada de ella, tiro la colilla al suelo y la apago con la punta de mi zapato. Les dedico un corte de mangas a los que me observan desde el otro lado, sólo espero que el fuego los torture durante muchos minutos, que escave en su piel hasta llegar a sus huesos y que una vez llegados a este punto, los carbonice lentamente mientras sus nervios siguen enviando al cerebro la información de que se están abrasando. Como un terrorista suicida antes de inmolarse, saco de mi bolsillo su lápiz, lo elevo hacia el cielo y lo beso. Por un momento, me da la sensación de que alguien más me acompaña, dejo que sea su recuerdo el que me empuje a retirar el tapón. Camino con paciencia y todo el tiempo del mundo junto al enorme muro que rodea todo el recinto. Desaparezco de la imagen de la cámara tornando en la esquina del final, donde respiro durante unos segundos y me siento en el suelo para recuperar las pulsaciones.

Cierro los ojos y me imagino tras el volante de un GT3 RS, una barrera se abre y todo Nürburgring se extiende ante mí. Es un día de Touristenfahrten, hay muchísimos coches, de todos los tipos y presupuestos. Exprimo el bóxer, que suelta un quejido inteligible; marcha tras marcha busco el petardazo del corte para cambiar. Esquivo al resto de conductores con facilidad: tengo potencia y llevo el control. El olor de los pinos apenas se intuye cuando los neumáticos cogen temperatura y se ponen a sudar, comienzo a hacer zig-zag entre las tortuguitas, un Nissan GTR me hace luces por el retrovisor pero... ¡de eso nada! Miro al frente y ocupo toda la pista, me lanzo sobre los exteriores y ataco los vértices de cada curva. Al deportivo japonés de nada le sirven las ayudas electrónicas, yo estoy más loco que él y este es mi sueño. En cada piano despego del suelo, los bajos rozan con éstos continuamente y los 6 cilindros parecen no fatigarse nunca.

Definitivamente, mi contrincante desaparece del espejo. Me enfrento al Karrusel con una gota deslizándose por mi frente, recurro al viejo truco de tirar del freno de mano para corregir la trayectoria, es una locura pero... ¿A quién le importa eso? Hay 517 millones de kilómetros cuadrados de superficie en el Planeta Tierra, pero a mí solo me importan los 40 o 50 metros de diámetro de la curva peraltada, que me comprime contra el propio asiento, tratando de llevarme al centro del mundo con unos cuantos Newton de inercia. Cada vez voy más rápido, los comisarios me sacan banderas negras, me dicen que pare pero les hago caso omiso. Sólo me importa el reloj que hay sobre el salpicadero, ese que me marca el tiempo de la vuelta. Ya vuelo sobre la recta principal, un Veyron me pasa por el lado como si nada pero ¡que le den por culo! Menudo pisarrectas está hecho. Sigo ahogando el acelerador bajo el volante, frunzo el ceño y trato de cogerle el rebufo a esos 1000 caballos de lujo y ostentación. Su enorme alerón me tapa la vista, pero es la única forma de hacer una buena vuelta. El marcador besa los 300 kilómetros por hora, los luces de freno del Bugatti se encienden y se echa hacia un lado. Un cambio de rasante se aproxima y sobre éste, un puente.

En el cielo nublado de Adenau se escucha el sonido del cárter seco reventándose contra el asfalto. He aterrizado mal, el motor colgando del eje trasero ha servido de contrapeso y de un momento a otro lo único que he podido ver ha sido el cielo. Las barras antivuelco se deforman, todo se vuelve oscuro y quedo atrapado en un amasijo de hierros que vuela sin control ninguno. Entre las chispas y el humo consigo localizar el cronómetro, que se ha parado justo donde empezó: bajo el puente. Marca un tiempo que me deja con la boca abierta: 7 minutos y 35 segundos. Lo he conseguido; soy un piloto.


Un gorrión me despierta de la fantasía, picotea mi mano atraído seguramente por el olor de ésta a pan; hoy ni siquiera me las he lavado antes de salir. Rebusco en mi ropa algo que darle para que coma, pero no llevo nada encima. Lo asusto para que se vaya volando, envidio su capacidad para alzar el vuelo y evadirse de los problemas. Ella apoya su mano sobre mi hombro, me dice algo al oído que no soy capaz de entender. Me limito a cerrar los ojos para notar su aliento chocando contra mi nuca y sus labios carnosos vocalizando. Sólo sé que me anima a hacerlo, y yo no le puedo llevar la contraria si me toca de esa forma...

Vuelco el bidón hasta que se forma un charco del preciado líquido, en ese momento comienzo a caminar amparado en la luz de la Luna, que me sirve de guía en la noche congelada. Se forma un reguero de gasolina a mi paso, me dan ganas de orinar con ese ruidillo tan sugerente que hace al chocar contra el asfalto. Cuando quiero pararme a pensar en lo que voy a hacer, ya he llegado al final. Ya no queda nada dentro del envase, exprimo las últimas gotas de éste bajo la farola, la cámara se pone nerviosa, noto como se mueve de un lado para otro aumentando y disminuyendo el zoom para tratar de saber qué coño estoy haciendo. No les daré más tiempo para reaccionar.

Me alejo unos metros para evitar que la explosión acabe conmigo, no quiero salir vivo de esta noche, pero moriré después de ellos. En una mano, un lápiz de ojos que aún no sé muy bien de quién es pero al que yo ya le he dado nombre. En la otra, un mechero encendido y el bello erizado, todo me tiembla y un Parkinson nervioso invade mi cuerpo. Noto como ella gira y se queda enfocándome directamente. Trato de parecer frío y calculador, sonrío a cámara y... ¿Pero qué mierda es esta? El Zippo cae sobre el charco que he dejado al final, apenas una llama de medio metro quema un poco el asfalto y rodea el edificio bordeando toda la muralla. Esperaba ver como las enormes paredes de cemento se venían abajo, esperaba ver a la noche hacerse de día con la explosión... pero esto es lamentable.

Ni siquiera valgo para vengarme, supongo que cuando pasen dos minutos el combustible se consumirá y todo volverá a la normalidad. No me voy a rendir, no será hoy pero mañana quizá sí. El mundo es mío y nadie me detendrá. Doy media vuelta y busco las llaves del Panda en algún recoveco de mis pantalones. Lo escucho entre los olivos pero el fuego me ha contraído las retinas y no veo absolutamente nada. Vago perdido por la completa oscuridad. Miro de nuevo hacia atrás y veo el tímido reflejo de las llamas al fondo. Comienzo a correr y voy hacia ellas, lanzo la botella vacía al centro con mucha rabia y un par de lágrimas en los ojos. La cabeza me empieza a dar vueltas y trato de centrarme gritando a los cuatro vientos algo ininteligible; tras unos segundos maltratando mi garganta ésta se irrita y me pide que pare. Un silencio incómodo se hace en el lugar, ni siquiera la combustión de la gasolina lo rompe. Una voz invisible, casi fantasmal, me habla: "¡Eh! Tú, ¿Qué coño haces?". La siento detrás de mí, tiene un acento extraño y un aura especial... ¿Y si fuera ella? Doy media vuelta, y sin tiempo a ver su precioso rostro algo me golpea en la sien. Un pitido abrumador muda mis oídos y revienta mis tímpanos. Mi cuerpo pesa toneladas y mi sistema nervioso es incapaz de mantenerlo de pie. Caigo al suelo en redondo, golpeo el frío alquitrán con mi mejilla y veo un zapato de cuero de color negro junto a mi cabeza. Se alza y va directo a mi nariz, sin embargo, mis párpados evitan el mal trago y se cierran, quizá para siempre esta vez.

- ¿Por qué has venido?
- Porque soy gilipollas
- ¿Qué te ha traído?
- El ser gilipollas...
- Está bien, descansa, no te pierdes nada aquí afuera.
Su angelical voz me habla en los ratos de lucidez. Supongo que todo es un sueño, que ya estoy muerto... mis fantasías en Nürburgring, Spa y tramos que nunca he conocido se intercalan con la oscuridad, las tuberías goteando, sus gritos desgarrados y el hedor propio de una pocilga. Recurro a defenderme tras un golpe en las costillas, más mi cuerpo no reacciona. El sonido de una arandela oxidada y una puerta cerrándose me despiertan. Abro los ojos por primera vez en mucho tiempo, sigo cansado y sólo deseo volver a cerrarlos. Mi cabeza ya no descansa sobre el suelo, algo suave y blando la protege. Noto unos dedos paseándose por mi pelo, tocando mi sien con delicadeza mientras me retuerzo de dolor. "Tschssss..." me dice muy bajito mientras comienza a recorrerme toda la cara.

Es curioso porque, el olor nauseabundo, ha desaparecido. Vuelvo a estar a gusto, muy a gusto, demasiado... Un brillo de color marrón me da la bienvenida, aunque más apagados que de costumbre, siguen siendo igual de maravillosos a pesar de estar escoltados por unas enormes ojeras:
- ¿Tú no estabas muerta?
- ¿Acaso no lo estoy?
- ¿Y yo, lo estoy yo?
- Es probable...
- Entonces, estoy en el cielo, ¿Verdad?
- No Pablo, no. Dios no había reservado un hueco para nosotros allá arriba.

carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#10
Capítulo 24

- Has cometido un grave error, no deberías haber venido aquí - su voz suena asmática y apagada, algo que la dota de cierta dulzura. Supongo que todo se ve más bonito en un sueño.
- Yo no he venido, simplemente ya soy polvo, todo es una ilusión.
- Bueno, ahí llevas razón. No somos más que una ilusión, una maravillosa casualidad en el infinito espacio del universo, lo que observamos en el cielo pasó hace millones de años y quien nos pueda está observando aún no ha nacido, probablemente ni siquiera su planeta exista aún...
- Pero... ¿Qué dices? No sé por qué estoy pensando tanto.
- Pensar... ¿Tú? - sonríe por un segundo, débil y pálida, aún le brilla la mirada en la oscuridad de la habitación - No me hagas reír, que no está la cosa como para hacerlo. Además, no creo que sepas lo más mínimo de la teoría de la relatividad.
- Es una bonita forma de morir ¿No crees? - en este momento, la distancia que separa nuestros brazos se anula, las espaldas apoyadas en la pared se hacen una y su cabeza se apoya en mi hombro dejando en el proceso un lívido suspiro. Siento vértigo al notar de nuevo el roce de su pelo - Nunca imaginé que te volvería a ver, ni siquiera en sueños.
- Vamos a ver cómo te lo explico... - sigue hablando entre susurros, como asustada. Se agarra a mi tratando de protegerse de algo. No la reconozco, normalmente hubiera sido al revés - ¡que no estás muerto! Ni tú, ni yo, por desgracia.
- Gracias por hacer de este último pensamiento algo aún más agradable. Jugaré a que no lo estamos, fingiré que seguimos aquí...
- Hazlo como quieras, pero te aseguro que te gustaría estar muerto. No sé cómo puedes soportar estar metido en esta cloaca, el olor me da arcadas continuamente. Déjame oler el tejido de tu camiseta, sólo por olvidarlo un rato, aún se aprecia el aroma del jabón en él - su mano recorre la prenda de arriba a abajo, no es ella, lo sé. Parece la versión empanada de Silvia.
- Pues yo no huelo a nada malo, de hecho tu pelo tiene un olor muy bueno.
- Sé que no lo dices en serio... tú siempre tan cumplidor, tan servicial, tan caballeroso. Tengo que agradecerte algo.
- ¿El qué?
- Sé que has estado mucho tiempo buscándome aunque creía que ya me habías olvidado. Gracias por haberme hecho recuperar la esperanza, aunque haya sido en el último momento. Siento que me tengas que ver así y siento que hayas sido tan inconsciente, gran parte de la culpa la tengo yo - la imagen de chica fuerte, casi masculina, que había tenido de ella se desmorona, como las lágrimas que caen de sus ojos derretidos.

- No tienes la culpa de nada, y no hay nada que agradecer. Si no estoy muerto, lo haré en breve, pero me da igual. Llevo muerto 19 años, fuiste tú quien me dio la vida, aunque no lo creas cada vez que me echabas la bronca o utilizabas ese trabajado sarcasmo que te caracterizaba, me hacías sentirme vivo. Cuando te fuiste todo cambió, aunque estaba acompañado no te pude sacar de mi cabeza.
- Pero...
- Shhh... - le digo mientras aprieto con delicadeza su mano, llena de heridas y arañazos - Ahora estoy tranquilo, vuelvo a sentirme vivo. Es lo que siempre he querido, prefiero pasarme 10 minutos a tu lado para después desaparecer de este mundo que estar aquí otros 50 años sin vivir. Te voy a ser sincero, creo que ya lo sabes, pero aún así no habrá otro momento para decírtelo, te...
- No hace falta que digas nada, ya lo sé - me besa en la mejilla, trata de alcanzar mi boca y yo de alcanzar la suya, pero las fuerzas no nos llegan -. Hay algo que me consuela - me corta y se apoya en mí con más fuerza, como disculpándose - y es que lo que tenéis aquí no es vida, puede que te haya hecho un favor después de todo.
- Podríamos haber elegido otro lugar mejor para nacer, pero eso no depende de nosotros. Aún así, ha sido una bella casualidad la de encontrarnos en el mismo bloque, en el mismo momento y con las mismas inquietudes. Fue un placer compartir contigo esos ratos de carretera y manta, hay algo que llevo en mi bolsillo y te pertenece.
- ¿Entraste en mi casa? - su garganta torna su voz algo más bronca - Creo que es el momento de decírtelo, yo tampoco fui del todo sincera contigo.
- ¿A qué te refieres? - digo mientras trato de sacar su lápiz de ojos de mi bolsillo, sin conseguirlo por la falta de fuerzas.
- Como pudiste comprobar, no soy quien realmente creías; estaba aún más sola de lo que parecía. Tu compañía era el primer calor humano que recibía en años, y es que...

La puerta de la asquerosa estancia suena. Alguien la golpea al otro lado. El pestillo oxidado cede y un halo de luz del exterior ilumina la oscuridad que hasta entonces sólo alumbraba sus iris castaños asustados. Se pone nerviosa e intenta gritar, pero ni para eso le quedan ya ganas. Sus piernas tratan de empujarme hacia atrás, con su lánguido y malnutrido cuerpo me protege (o al menos eso intenta) mientras que sus pies se escurren en el suelo de cemento desgastado. Parece un Miura mareando el polvo del albero, sólo que de bravura le queda poco ¿Qué coño le ha pasado?

Al otro lado, se descubre el olor que tanto asco me dio semanas atrás, sus dientes amarillentos siembran de pestilencia cada rincón de la habitación, la agradable sensación de tener a Silvia junto a mí se ha disipado, sólo queda rencor y odio hacia este tipo que tanto daño nos ha hecho desde la primera vez en que nos sorprendió en aquella curva. Ella sigue con su intento de protegerme de aquella cosa con su diminuto cuerpo, sus brazos se ponen en tensión y las venas marcadas de sus brazos famélicos se hinchan por momentos:

- ¿Cómo está mi princesita, ha dormido bien esta noche? - dice con un satírico tono.
- Hazme lo que quieras, pero a él no lo toques, sabes que no tiene nada que ver en todo esto...
- ¿Sabes? Lo mejor de todo es que llevas razón. Ya habíamos perdido la esperanza de que el chavalín volviera a buscarte... lo que no sé es por qué no me deshice de ti antes, ahora le he dado el gusto de volver a verte esa cara de zorra con aspiraciones a detective que se cree alguien - se agacha y pone su boca a diez centímetros de su rostro. Noto desde aquí su pestilencia visceral, no quiero pensar lo que puede estar sintiendo ella...

En un desafortunado arrebato, mientras yo tiemblo de miedo frente a su piel sudorosa y sus ojos psicópatas, Silvia le escupe en la cara, o al menos hace el intento. De sus labios apenas queda ya ese perfil carnoso y su lengua deshidratada apenas produce saliva. La agarro con fuerza e interpongo mi hombro entre ella y el manatí:

- ¿Sabes qué? Hoy te vas a librar, de hecho te vas a librar para siempre... es una pena, hace unos días aún estabas apetecible. Hubieras sido una buena amante, incluso una gran nuera... pero alguien se encargo de que eso no fuera posible. ¿Y a que no adivinas quién ha sido el causante de semejante estropicio?
- Deberías quitarte la costumbre de dar coches de 600 caballos a niñatos... - le interrumpo.
- ¿Qué has dicho? -me dice retirando la mirada de su aún angelical rostro y posando toda su atención en mí.
- Lo que has oído, hijo de puta. Y pensar que por un momento intenté ayudarle... Cuando es el fuego el que te rodea se te quitan muchas tonterías del medio, él suplicó por su vida e hice todo lo que estaba en mi mano, pero yo hubiera perecido en el momento.
- Así hubiera matado dos pájaros de un tiro - interrumpe ella, dejando volar entre tanta indigencia un poco del humor negro con que la conocí -. Mira, piénsalo de la siguiente forma, aún y con todo, sigues estando en deuda con él. Creo que no hace falta que te de más pistas...

A mi mente vuelven las imágenes de esa cama llena de sangre, de papá y mamá en aquellos momentos en que aún tenían tiempo para mí. El miedo se consume, es mi ira la que ocupa su lugar y se apodera de la cordura. Me entran ganas de estrujarle el cuello, en estos momentos no sé donde habrá quedado todo ese romanticismo de Karl Benz, los coches, la carretera y el amor platónico, pero juro que le pueden dar por culo a todo si a cambio termino esta noche (o día, no sé qué hora es aquí abajo) con su yugular entre mis pulgares y mi corazón dejando de latir.
Él también me observa con grotesco semblante, esto se ha convertido en algo personal por ambas partes. Sin tiempo de que él reacción, deslizo la mano que tengo atrapada bajo la cintura de Silvia y trato de liberarme todo lo rápido que mis reflejos adormilados y ávidos me permiten. Su mano me agarra del antebrazo, desgarrando con sus uñas la melanina de la piel y tratando de evitar lo inevitable. Veo su cuello moverse de lado a lado, su mandíbula parece gesticular un "no lo hagas" y su boca se ven hermosos con el contraluz de la puerta abierta. Sin embargo, la decisión está tomada y su energía en estos momentos no está como para contener mis casi 80 kilos y su inmadura cólera. Imagino que la beso, que esa lágrima que le desliza por la mejilla la causa mi partida. Imagino que todo se acaba, que el Sol vuelve a salir y su sonrisa es la que era. Imploro al cielo mi perdón y dejo en mi corazón el nombre de las almas que maté. Me libero de sus caderas y me lanzo directo a su cuello.

Mis nudillos impactan en su nuez, se hunden en ella como lo hicieron en su día en la masa del pan de Diego me enseñó hacer. Casi rozo sus vertebras con la palma de mis manos, lo he cogido desprevenido y eso le puede costar la vida. Con la inercia del impacto, mi cuerpo continúa la trayectoria del puño, el golpe lo amortigua alguna de sus prominentes lorzas, momento en el que aprovecho para sentir de cerca el dulce aroma del tejido de traje, que lleva años sin ver una molécula de jabón. Continúo el camino y termino chocando con el hombro contra una de las grietas del suelo. Noto como se desgarra un poco mi nada delicada dermis y luego es la clavícula la que soporta todo mi peso. Me levanto sin dilaciones, ella me mira con la boca abierta, sorprendida de lo que mi agilidad (y sobre todo hombría) han evolucionado en estas semanas sin ella.

Le dedico un segundo de mi atención, miro a la puerta y le sonrío. Nuestra libertad está ahora tan cerca que casi ni me lo creo... Me acerco al repugnante ser vivo que trata de encontrar su tráquea en algún punto de su garganta hundida. Se lleva las manos a su robusto cuello mientras tose (o rebuzna, según se vea) y camina tambaleante buscando en nosotros una piedad que no le vamos a dar; Silvia lo mira con indiferencia mientras que entre mi mirada y su rostro flota una extraña quietud, densa y desteñida casi se puede cortar. Como en una especie de leyenda griega, somos David contra Goliat y aunque pensemos que sólo nos defendemos a nosotros mismos, quizá no sea tan así...

Creo estar sólo, o bien no puede o bien no quiere ayudarme. Se limita a observar y ver como su calvario está un poco más cerca de acabar. Él me da la espalda y su enorme tronco limita mi campo de visión a escasos dos metros, la luz brilla por su ausencia y sólo dos pequeños candelabros en forma de ojos me iluminan desde la última esquina de la habitación. Cierro con fuerza los puños y caliento mis rodillas para asestarle el golpe que lo dejará fuera de juego (si es que no lo está ya). Es entonces cuando ella, que creía inmóvil y desprotegida, saca fuerzas para levantar su brazo y gritarme que tenga cuidado. Sin tiempo a reaccionar, veo como la enorme mole yergue su columna castigada por el sobrepeso y se da la vuelta dejándome entrever algo dorado entre sus sudados nudillos. La roña y las largas jornadas sin dedicar la más mínima atención lubrican su piel en una extraña mezcla negruzca y de desagradable aspecto. Veo casi a cámara lenta su mano acercándose a mi rostro, cerrada como un guante de boxeo y con una extraña pieza metálica en forma de anillo que rodea 4 de sus cinco dedos. Noto el impacto brutal de ésta sobre la mejilla, que se desgarra al contacto y que quiere desquebrajar a mi cráneo en varios fragmentos.

El pitido que horas antes me tumbo vuelve a ser mi constante de supervivencia. Lo último que veo antes de caer rendido es su mirada, que a medio camino entre el miedo y la decepción, me atiborra a vergüenza viendo como una vez más, mi derrota ha sido contemplada por sus ojos y es el aliento frío de su boca el que surca el aire del lugar congelando toda esperanza que en mi hubiere depositado. Recuérdame luchando, porque vivir arrodillado me hubiera matado.

Aún siento los golpes cuando mi alma ya ha abandonado su cuerpo, los llantos de fondo se entrecruzan con los gritos de desesperación, mientras mi paladar se empapa en sangre sus tejidos se erizan con extraña inocencia y la más absoluta soledad puebla hasta el último resquicio de la sala. Alguien abre la puerta, el dolor cesa y son los recuerdos lo que castiga ahora mi sistema nervioso. Me revuelvo de dolor mientras se mete la camisa con torpeza, buscando los simbólicos milímetros que quedan entre su barriga y las costuras del pantalón. Una sombra de tamaño contenido se peina la poca cabellera que le queda mientras aquel mastodonte busca algo de elegancia entre las gotas de sudor que resbalan por su rostro y el hedor infernal con que tortura a nuestras fosas nasales. Una extraña fragancia, ligera a la par que masculina recorre el lugar. Serena sus instintos de cerdo sin escrúpulos ante su presencia, mide sus palabras y se atreve a vocalizar unas palabras por su asquerosa boca:

- Se... se me ha ido de las manos, señor.
- Creo que no "ela" esto lo que te pedí. ¿Has conseguido sacarle algún nombre o lugar? ¿Hay alguien más? - le responde el extraño caballero de alargadas ojeras y rasgos asiáticos.
- No, de momento nada, pero estoy a punto.
- ¿A punto? ¡Pelo si está muelto, animal! - le responde mientras le dedica un derechazo en el rostro que me deja ver hasta su saliva salpicando al contra luz. Limpia sus nudillos (yo también lo haría) para que no quede mayor resto de su puñetazo que un buen hinchazón en la cara y le ordena marcharse - Guapa, ¿Estás bien? ¿Te ha tocado? - dice mientras se acerca a Silvia, que sigue horrorizada, tratando de asimilar el cruel destino que la vida nos ha preparado.
- Él... él... - dice mientras me mira.
- ¿Tu amigo? ¿Es eso? No te preocupes, en unos minutos estará mejor... Estás muy delgada - retira su pelo tras la oreja y la mira con cierta complicidad, frunzo mis ojos con celosa rabia puesto que mi estado es lo único que me permita mover - ¿Te tlaigo algo de comer?
- Para él, a mí... da igual.
- Traeré para los dos. Y no llores más que ese tonto no volverá a molestaros.

Como vino, se fue. Cuando quiero terminar de enfocar mis ojos tras el arduo trabajo que requisita un parpadeo, ha desaparecido de la habitación y vuelvo a tener la cabeza apoyada en sus rodillas. La consciencia vuelve a mis extremidades, despacio pero segura de haber recibido la mayor paliza de su vida. Con el tiempo justo para respirar, su mano se posa en mi pecho y parece regalarme la poca energía que a ella le queda:

- ¿Quién era ese?
- No lo sé, no tengo ni idea. Pero es el culpable de que siga viva, maldito hijo de puta.
- Bueno... para alguien que nos ayuda - digo mientras siento un pinchazo enorme en las costillas que trato de ocultarle.
- Nos ayudaría si nos dejara salir de aquí... es uno de ellos, no lo olvides. Si no fuera por él, haría semanas que habría dejado de sufrir.
- Tendré que darle las gracias, así he podido verte la cara una vez más. Sigues estando preciosa - le sonrío y dejo que de mi boca salga un hilo de sangre mezclado con babas. Una tímida sonrisa se dibuja en su rostro.
- Pero qué tonto eres... si te pudieras ver ahora mismo seguro que no dirías eso, yo me preocuparías más por tu belleza que por la mía en estos momentos.

No sé si es por la conmoción, por los múltiples derrames internos de los que mi cuerpo es víctima, o por saber que ya estoy en el cielo (aunque no es lo que me esperaba), pero el caso es que hoy no me da vergüenza explicarle lo que siento. No quiero dejar correr el aire entre nosotros esta última vez, no sé en qué momento su imagen se disipará y me quedaré sólo de nuevo, pero hasta que eso ocurra, quiero disfrutarla. Es como el mar que nunca me ha mojado y los coches que nunca he conducido. Es ella.

- Y dime, ¿Por qué hemos de seguir viviendo? - le pregunto al tiempo que mi estómago se enciende al baile de sus cilindros metálicos.
- No te entiendo...
- Pensaba que después de aquello se acabaría... no sé. Déjalo, no debería haber roto el silencio para esa gilipollez - y es que el sonido pausado pero tremendamente inseguro de su respiración es simplemente perfecto. Sólo su nariz es necesaria para crear tan bella y delicada sintonía.
- Tenemos todo el tiempo del mundo, explícate - lleva su mano a la mía mientras que su boca hace el amago de sonreír.
- No digas nada, firmaría por estar toda la vida escuchando tu silencio...
- Míralo que gracioso... que sepas que si no fueras porque me das pena te daría una colleja.
- Sigues sin entenderme, ya no tenemos la compenetración de antaño... - noto el fémur condolido, parece que se fuera a romper en cualquier momento.
- Lo dices como si hiciera años de aquello - se aleja un centímetro, a mí me da la sensación de que nos separa un kilómetro y me aterra volver a perderla.
- Para mí ha supuesto una eternidad, no he disfrutado un momento desde que te fuis... bueno, te llevaron. Aún no me has dicho que ha sido de ti todo este tiempo - inútil de mí, sigo haciendo todo lo posible para que no cayarme...
- Buff... no quieras saberlo - su voz se rompe -,pero créeme si te digo que lo tuyo ha sido un suspiro en comparación con lo mío.

Quedo en silencio, sólo quiero oírla inspirar una vez más. Trato de minimizar la intensidad de mis suspiros para escucharla bien, es extremadamente relajante y difícilmente superable. Sin embargo, entre bocanada y bocanada, y mientras que su cuerpo palpita a medio camino entre el pánico y el frío, son mis fosas nasales las que perciben un aroma que no le pertenece, vuelan por encima de los muros de castigo y buscan la libertad al otro lado del pasillo. Una luz de esperanza parece dibujarse por la ranura de la puerta, mi cuerpo salta de forma involuntaria y abandona sus ya escasas curvas por un momento que espero se acabe pronto.

Unos pasos familiares caminan sobre el corredor y el frío suelo de porcelana que lo cubre. Miro por el ínfimo hueco que queda entre la puerta y la pared y no puedo resistir mis ganas de gritarle:

- ¡Eh, tú! ¿Qué haces por aquí? Tendrías que haberte ido hace tiempo... Ayúdanos por favor - sus pies se niegan a detenerse y se muestran impasibles ante unas súplicas vacías de sentimiento más allá del propio egoísmo.
- No lo hagas por mí guapa, hazlo por él - su pelo vuelve a rozar mi hombro. No sé ni cómo pero ha sabido volatilizar su presencia sobre la gélida pared y ya descansa junto a mí. Desesperada, se estremece con la idea de volver a ver el cielo, no lo dicen sus palabras pero su vaho, denso como el humo de una fogata traiciona a su propia actitud. Vuelve a temblar, asustada por la idea de que gire al final del pasillo nuestra última esperanza y abre su boca, tratando de vocalizar algo con sus labios más allá del inteligible traqueteo de sus dientes - Por favor, vuelve aquí.

Su tono apagado refleja la pena de quien no le queda nada, se me rompe el alma al pensar que no voy a poder hacer nada para verla sonreír, o simplemente animarla a seguir jugando a este macabro ajedrez sin piezas. Sin embargo, no soy el único al que han dañado estas últimas cuatro palabras. La melena dorada de contoneantes andares y prepotente victoria se detiene para iluminar la oscuridad durante al menos unos segundos. Su perfume vuelve a nosotros y con él el estremecimiento de sus huesos, que se mezclan con la ilusión de unos ojos que vuelven a encenderse casi por arte de magia.




Capítulo 25


Mis ojos se entrecruzan con la demagógica mirada de quien te ayuda por compromiso, sólo su conciencia la obliga a acercarse. El vaho de sus gargantas se entrecruzan, comparten por unos segundos intensos las direcciones de sus retinas, me hago invisible mientras intercambian sus pensamientos sólo con mirarse, formando parte de ese extraño lenguaje que nunca entenderé del sexo contrario. Es irónico el momento en que pasado y presente se encuentran en el purgatorio o el extraño lugar en que nos encontramos. Cintia tiembla al darse cuenta de que la observo, fue su odio el que quizá la alejó y fue el ego de quien nunca tuvo nada el que no la detuvo. Ahora, desnudos de cara al destino y con la única esperanza de quien no sabe muy bien si sigue vivo, ambos le suplicamos desde el otro lado de la pared que nos diga al menos dónde estamos:

- Cintia, escucha, ¿Qué sabes de todo esto? - le dice mi castaña edecán, que saca fuerzas de flaqueza para agarrar con sus escuálidos dedos las rejas de la puerta.
- ¡Vaya, Pablo...! Al final os habéis encontrado ¿Eh? ¿Qué te dije de volver por el taller? Qué rápido se te ha olvidado, nunca fue tu mayor virtud hacerme caso, tú mismo me has demostrado que quien te ignora lo acaba pagando - sonríe con un sarcasmo que puede cortar sus afilados dientes que blancos como perlas contrastan con el mate color de mi boca repleta de sarro y la lengua deshidratada y labios rajados de mi compañera de celda.
- No estamos aquí para discutir sobre eso, sabes que no me porté mal contigo y que tú tampoco has sido sincera conmigo. No lo hagas por mí - curioso la forma de hacer como que no le importo, más sus hombros se ponen tensos cuando a ella me dirijo. El frío atestigua el roce de nuestros cuerpos, que buscan calor de forma inconsciente acercándose más y más ante su recelosa mirada.
- Se os ve muy bien ahí dentro, aquí afuera el mundo está loco, deberíais hacer de este vuestro nidito de amor - contesta de forma tajante.
- Pero vamos a ver Cintia ¿Eres tonta o qué te pasa? - Silvia pierde la paciencia y su caracter pasa de anciano moribundo a gallo de pelea - ¿Te crees que esto es una cuestión de tú, yo o nosotros? Mira, ambas nos conocemos, aquí él no pinta nada y lo sabes. Sin embargo, el mayor favor que podrías hacerle a este mundo es abrirnos la puerta...
- No me lo estás poniendo fácil, ¿Qué tal el catering por estos sitios?
- No te reconozco Cintia, ¿Qué te ha pasado? - en este astral momento, a medio camino entre la locura, el sueño y la muerte, discuto probablemente conmigo mismo aunque con la extraña imagen de ellas dos delante, dudo mucho que mi corta y simplona imaginación dé tanto de sí.
- ¿Que qué me ha pasado? ¡¿Acaso no lo ves?! - deja deslizar una lágrima de rabia mientras que de mi nariz aún gotea la sangre.
- Cintia, perdóname, no quería decirte eso. Míranos, no somos tan diferentes, si algo tenemos en común tú y yo es que no nos gusta ver así las calles de nuestro país. No te puedo prometer nada, pero tenemos en nuestra mano la capacidad de cambiarlo. Ellos sólo os usarán hasta que no puedan aprovecharse más, entonces acabarás como yo, como nosotros. En el mejor de los casos, te pasarás toda tu vida amargada por la conciencia, eres una buena chica, no eres ningún monstruo.
Tras las palabras de Silvia, de nuevo sumisa y hablando en susurros, casi como una madre al dormir a su hijo, Cintia baja la cabeza y hace el intento de mantenerse altiva a sus provocaciones. Sus manos aún quedan cortadas por el frío que pasó esperándolos aquella noche en el parque, ni el tiempo ni las malas experiencias han podido borrar de su piel el tiempo en que aún se comportaba como una persona:

- Veré qué puedo hacer, pero no os prometo nada. Yo no debería estar aquí, si alguien pregunta no me habéis visto - desaparece sin dar tiempo a réplica. El aroma de su gel de ducha se queda en el ambiente cargado de sudor y olor a sangre aún fresca, nos quedamos solos y volvemos a sentarnos al escuchar los pasos de unas enormes botas al final del pasillo. Volvemos a sentir el miedo, nuestras partículas se aceleran al borde del desmayo y de nuestras bocas no salen palabras con sentido, sucias y perversas como lo que sus ojos han contemplado y mi mente ha imaginado, palabras de transparencia opaca que se quedan en nada a algunos metros bajo tierra, a una hora intempestiva, en un lugar que ni nosotros conocemos.
Su pelo se vuelve a acercar a mi nariz, y entre tanta maleza, suciedad y oscuridad propia de una sala que lleva años sin ventilarse, cierto aroma de éste me recuerda a aquellos momentos, a la tarde en que aún desconocidos volábamos sobre campos de trigo sin nada mejor que hacer que dejar fluir ese lado infantil, a la noche en que la arena de la playa y la brisa del mar que nunca antes había apreciado envolvían nuestros inocentes pensamientos impuros. Recuerdos que vuelven en forma de olor, que por un segundo evaden mi mente de una tenebrosa irrealidad que confundo con la propia vida, que me hacen olvidar que ella sigue temblando de pánico mientras yo dejo que su boca se acerque a mis labios en algún lugar de la costa andaluza.

Es él otra vez, que sonríe al vernos rendidos, se aleja sin esperas al sentir que sus botas vienen seguidas de unos zapatos de brillante cuero oscuro. Sus ojos rasgados lo delatan, abre la puerta con recelo mientras rodeo a Silvia con mis brazos. Me relajo al ver que de sus manos nacen un par de platos con unos cuantos filetes empanados y algunas patatas fritas. El olor parece eclipsar a su pelo, a la peste de la habitación, a todo. La fritanga se convierte en un referente para nuestros paladares, nada exquisitos en estos momentos. Cuando sentimos que su presencia ya se ha ido, nos aproximamos con la cautela justa que los instintos más básicos nos permiten. Nos llevamos las vasijas a la esquina más apartada de la entrada, como las hormigas cuando encuentran el alimento y lo llevan de vuelta a su guarida. Pero nosotros no esperaremos al Invierno, la piel quebradiza y frágil de nuestras manos nos dice que ese momento es ahora, y que no llegaremos al próximo Verano como tampoco volveremos a ver la luz del día. Nos da igual masticar con la boca abierta, mezclamos el empapado tubérculo en aceite con la desagradable textura del pollo frito rebozado:

- ¿Has visto, eh? ¿Has visto? - me dice sin separar sus manos de la boca, en la que aún conserva algo de comida - Estos hijos de puta no comen barritas, no sé de dónde sacarán el pollo porque por esta zona todo está contaminado. Buajajaja...
- Me gusta verte así... - digo mientras sonrío ante su sarcástica risa, cercana a la demencia.
- Así ¿Cómo?
- Como siempre. Loca como una cabra, y más rara que un gato verde.
- Bueno, con semejante contaminación cualquier cosa es posible - el silencio se hace, no sé si continúa con su destilada ironía o directamente aún no he acabado de entenderla -. Si fuera rica no sería una loca, simplemente excéntrica.
- Lástima que seamos pobre y encima estemos contaminados... no deberíamos haber salido de casa, disfrutaba echándote carreras por Nürburgring cuando aún no nos habíamos visto.
- Sólo por el sonido, sabía en qué punto exacto del circuito estábamos. Pero, ¿Sabes qué te digo?
- ¿Qué? - digo mientras ambos nos quedamos con los ojos abiertos como platos, dejando que nuestro cuerpo digiera los nutrientes y esperando a que ella suelte la genialidad del siglo en forma de coletilla que no entenderé.
- Que si me sacas de aquí, tendré toda la vida para ser una rica excéntrica. Y te dejaré una vuelta en mi Bugatti Veyron o en mi Murciélago SV, y esta vez en el Ring de verdad, te daré el repaso de tu vida.
- ¿Sabes una cosa? Yo ya soy rico, ya he visto esos coches y, de hecho, los tengo todos guardados en el sitio más bello del mundo.
- Yo te estoy hablando en serio Pablo, no estoy loca aunque a veces lo parezca - parece que la comida le ha devuelto la identidad, aunque con cierto brote esquizofrénico.
- Cariño - me atrevo a llamarle de forma nada seria, aunque por dentro sepa que no son esas mis intenciones -, yo te hablo totalmente en serio. Sácame de aquí y si me dejas, te lo regalaré todo si me permites seguir viendo esos ojos brillantes de vez en cuando...
- ¡Tío! - se acerca a mí ya con el plato limpio y me agarra con fuerza de las manos - No sé de qué coño estás hablando pero yo sé que lo que te digo es verdad, si alguna vez nos encontramos fuera de este lugar, te lo mostraré y te dejaré que hagas una prueba para ver si me sirves como guardaespaldas - río de forma nerviosa pensando en cómo podría acabar eso - ¿Qué pasó cuando yo me fui? ¿Hay algo que me tengas que contar antes de que nos saquen del purgatorio? - su semblante se vuelve serio y su mirada se queda varada entre la incertidumbre y la ilusión.
- Verás... hay un par de cosas que...
- En tu ausencia pasaron muchas cosas - una tercera voz entra en la conversación. La guapa y menospreciada interlocutora que habla desde la puerta y nuestros estómagos saciados crean esperanza en unas almas condenadas a morir olvidadas -. Ya tendré tiempo de contártelas, de momento te comento que como puedes ver soy una traidora, pero no te preocupes que soy especialista en venderme al mejor postor. ¡Vamos! No tenemos toda la noche.

De su brazo derecho carga una Colt 45, en el otro una especie de marca que nunca le había visto. Caminamos tras ella por un pasillo que es extrañamente conocido, un capricho de deja vu se forma en mi cerebro cuando recuerdo aquellos momentos en los que era yo quien la ayudaba a escapar. Es contradictoria y completamente inestable, no sé por dónde nos podrá salir, quizá al girar la esquina del oscuro corredor nos apunte con ella y nos dará el tiro de gracia, aún no entiendo de qué lado está pero sí tuve tiempo para enhebrar hilos del pasado, sé que fue ella la que nos delató aquella noche, la que hizo que aparecieran en el peor momento, la que estuvo todo el tiempo espiando y dando en bandeja nuestra posición y situación. Sin embargo, mi mente calenturienta, ya inerte frente a la puerta de la cárcel con un golpe en la cabeza, sueña con enrevesadas lucubraciones, y la verdad que ha sido un detalle, estaba harto de aquel agujero.

Unas escaleras de estrecho paso y gran altura confirman mis sospechas: estamos bajo tierra. No parecemos estar en el lugar con la tecnología más avanzada del mundo, de hecho, me recuerda más a aquellas instalaciones que salían en alguna película sobre la antigua Yugoslavia o el desmembramiento de la URSS. Se le ve confiada, camina decidida por un laberinto de corredores digno de cualquier videojuego multiplataforma. Mis piernas reaccionan de una forma heroica, sin embargo noto como a Silvia le cuesta aguantarnos el ritmo. Sin darme cuenta, su mano se agarra a la mía y mi brazo tira de ella, de vez en cuando le dirijo una mirada conciliadora, haciéndola ver que el final de todo está cerca. Sin embargo, su expresión sigue estando preocupada, sus ojos me esquivan como si me ocultaran algo. Miro al frente y ya no sé a quién creer: si a la rubia platino con quien he compartido más tiempo, si a los ojos castaños que aún no me han dicho la verdad, o a ninguna de las dos. Dejo que sea el destino el que ponga las cosas en su lugar, al fin y al cabo, es mi sueño, pero tampoco hay que ser demasiado egocéntrico.
Subimos uno y otro piso, sin mayor sonido que los pies arrastrándose por el suelo, sin mayor compañía que nuestra mera presencia. Las escalones se vuelven metálicos y de un momento a otro una puerta nos conduce a una extraña bifurcación que nos hace elegir entre dos posibles caminos. Demasiado fácil como para ser real. Cintia se va directa al pomo de la primera, convencida de que esa es la dirección a seguir. Yo la sigo confiado de que sabe lo que se hace, pero de mi mano algo tira, Silvia se queda en el sitio para comenzar a hablar:

- No te atrevas a abrir esa puerta, iremos por fuera.
- ¿Estás loca? Esa plataforma se construyó hace 160 o 170 años, es de la época franquista. Sería un suicidio ir por ahí.
- Un suicidio sería hacerte caso. No me fio un pelo de ti, sabía desde un principio que eras el top - en su boca no se dibuja un ápice de sonrisa o titubeo, se muestra seria a pesar de que le sonría forzadamente, tratando de calmar sus ánimos y que Cintia no haga ninguna locura, pero ella parece haber olvidado que tiene un arma y conoce el lugar, mientras nosotros lo único que tenemos es hambre y ropa sucia.
- Bueno, no estás tú como para hablar de topos... así que no vengas a darme lecciones.
- No voy a discutir contigo, yo os sacaré de aquí, iremos por el trazado original. Prefiero despeñarme a que tú o uno de tus amigos nos peguéis un tiro. De hecho, si no quieres seguir hacia adelante con esto, danos el arma y quédate aquí. Si nos pillan no te delataremos, podrás seguir con tu carrera de desertora por un puñado de dólares y algunos beneficios. Y si lo de esta noche sale bien, no te preocupes que tampoco diremos nada.
- ¿De qué hablas Silvia? - le pregunto con la boca más abierta que cuando bostezo.
- Si estuviera de su lado me hubiera sido tan sencillo como dejaros ahí encerrados. Si hago esto es porque quiero sacaros de aquí, así que no vuelvas a poner en duda mis intenciones porque no estás para dar lecciones de sinceridad.
- ¿De qué cojones habláis? ¡¿Alguien me quiere hacer caso?!
- Olvídalo Pablo, ahora preocúpate de salir de aquí - concluye Silvia mientras abre la oxidada puerta tras un par de golpes con el hombro.
Una ventisca congelada del aire de la madrugada choca contra nuestros rostros. Diviso con dificultad las oscuras sombras de un bosque que se extiende hasta donde mis retinas me permiten. Me percato de que estoy a unos 30 metros de distancia del suelo, abajo unos pedruscos del tamaño de edificios y un torrente de agua que se pierde en la inmensidad de la noche me recuerdan que un paso en falso sería una muerte instantánea. Es entonces cuando me aventuro a mirar el cielo cuando ellas ya han subido unos 15 o 20 peldaños: la cúpula estrellada se muestra como testigo de nuestra hazaña, millones de estrellas en forma de ojos nos observan a miles de años luz de distancia. Una lágrima se escurre por mis mejillas, creía que no volvería a ver tan bello regalo de la naturaleza. Es entonces cuando un grito una piedra me devuelve a la realidad; Cintia, por tal de no hacer ruido ha arrancado un pedazo de hormigón de la enorme pared para meterme prisa.

Una escalinata que se extiende hasta el cielo, sin fin aparente, abraza las faldas de una presa descomunal que las pupilas reconoces como un monstruo de color blanco. Para mi sorpresa, de mi compañera de pelo castaño, casi cobrizo, tira ella, que parece haber pasado del amor al odio en un momento. A golpe de buenas maneras y falsedad, los escalones van pasando lo suficientemente despacio como para que mis cuádriceps se vuelvan de cemento y no quieran dar un paso más. Comienzo a vocalizar quejidos mientras que ellas avanzan sin decir "esta boca es mía". El sonido de mis zapatillas chocando contra el hierro se vuelve repetitivo, que no melodioso. Batallo con mi cabeza loca, que me dice una y otra vez que me rinda. El frio atraviesa mis huesos, el agua congelada unos metros por debajo de mis pasos no ayuda y creo estar en pleno Polo Norte mientras retiro con mi mano el hielo de la escarcha que queda en la barandilla. "No te apoyes, se podría caer en cualquier momento", me dice Silvia cuando consigo alcanzarlas, cede su mano para que sea en ella en quien me ayude y... juntos, como aquel día en que no existieron frontera entre los tres, subimos tratando de poner fin a una escalera que por momentos se convierte en pared.

Todo parece estar abandonado, olvidado en algún valle profundo de un lugar muy frío y muy alto. Aún no me explico qué demonios hacemos en este sitio y por qué el destino me ha traído hasta aquí. La vida ha desaparecido de la faz de La Tierra, llegamos a la cúspide de la presa entre musgo que nos hace escurrirnos y con oxida con su humedad el tramo final haciéndolo casi impracticable. Nos soltamos para pasar de uno en uno. Hay tres peldaños desaparecidos, de los que sólo queda la viga donde éstos se sustentaban. Tampoco queda nada de la barandilla, nuestro único aliado es el equilibrio que ha Cintia no le parece preocupar a pesar de que su cuerpo se queda en nada bajo los cien metros de caída. Cuando queremos darnos cuenta, ya está esperándonos al otro lado, a salvo. Sus ojos marrones no son los mejores para observar en la oscuridad, pero ambos temblamos y creo que no es de frío sino de miedo:

- Ve tú delante, no puedo hacerlo. Le tengo pánico a las alturas, el resto me da igual pero no puedo con estas cosas... - dice completamente desesperada.
- No, tu pasarás antes. Si no puedes yo me quedaré aquí contigo. Si no puedes volveremos abajo y buscaremos otra ruta, o nos quedaremos en la celda, como tú quieras. Pero aquí no te dejo, así que no contemples esa opción - apoyo la mano en su hombro.
- ¡Me voy a matar! - se santigua (algo que no le había visto hacer hasta ahora) y dice algo con los ojos cerrados que no alcanzo a entender.

Su diminuto número 36 se hace enorme comparado con la viga, por la que no pasarían dos hormigas en paralelo. Las suelas de las zapatillas se escurren con la acción del musgo intercalado de líquenes. Tiempo de frío mientras veo como sus pies me facilitarán el camino, el cansancio me hace temblar y sus piernas se vuelven inquietas, hacen caer el verde al vacío dejando el color cobrizo de la estructura a la vista. Apenas son tres metros que a ella se le antojan una eternidad y a mí, dos. Resbala en un par de ocasiones, me deja el corazón en un puño y noto como con la nariz absorbe los restos de su pánico en forma de lágrimas y alguna mucosidad. Rompe a llorar cuando llega al otro lado, y a diferencia de lo que hizo Cintia segundos antes, que nos mira ya a unos cuantos metros de distancia, ella se queda en el primer peldaño que no se ha caído, esperando verme pasar.

Cierro los ojos un segundo antes de lanzarme al abismo, noto el aire que surca mis oídos. En mi cabeza, algo muy caliente me quema y hace que pierda el equilibrio antes de haber empezado. Recuerdo por un momento el último mes de mi existencia: una cama en la que ya no duermo sólo, la espuma de las olas rompiendo el oscuro infinito del mar de noche, y por encima de todo... 6 cilindros sonando al corte por cualquier carretera alejada de la mano de Dios. Vuelvo a abrir los ojos, y esos escasos tres metros se han convertido en una milla, sin embargo al otro lado, como al final de aquellos niveles del SuperMario que tantas veces me he pasado, me espera mi particular princesa. Tiene unas ojeras que no consigue eclipsar su mirada, unos brazos amoratados y una cintura más estrecha que mi muslo, pero me da igual. Sigo viéndola como aquel día, o aquella noche, o aquel amanecer... en fin.

Miro hacia abajo, reculo y doy un paso atrás, no puedo. Veo el final de las ramas demasiado lejos, siento lo que dolería caer sobre los árboles o las rocas que más que amortiguar la caída, me dejarían hecho papilla. Miro al horizonte, al final del todo, entre las estrellas que más brillan, se intuye una línea naranja que hace que el negro se convierta en azul marino y que la oscuridad tenga un rayo de esperanza. Aún queda mucho para que se haga de día, y mientras contemplo el espectáculo, me pregunto si realmente quiero cruzar al otro lado. Sé que caeré, sé que esto no es real y sé que mi mente está teniendo su última fantasía antes de poner fin a la producción. ¿Por qué acabar así? No quiero saber lo que se siente al caer al vacío, ni siquiera en un sueño. Así que me remango el pantalón y me siento al filo del último peldaño, hago como que me saco un cigarrillo del bolsillo y fumo esperando el momento de que el Sol salga. Se hace el silencio y sólo quedamos yo y el bello espectáculo de la naturaleza. Estamos tan obcecados con nuestras mierdas de vida que a veces ignoramos la belleza de pararse a observar, simple y llanamente, aquello que no cuesta nada y que todos tenemos a menos que nos arrebaten la libertad. La brisa mueve las copas de los árboles de ahí abajo, el sonido de la cascada de agua me impide escuchar el sonido de los pájaros cantando y los ciervos berreando.

Sin embargo, entre tanta literatura forzada, tanta cobardía disfrazada de reflexiones filosóficas y algún delirio en forma de rugido de mi estómago, ignoro que el mejor de los amaneceres está a 90 grados de distancia. "Tschsss, ¡tschsssss!" me dice ella que espera a que cruce al otro lado. "Sé que puedes hacerlo, así que no te me acojones ahora que no tenemos tiempo que perder, la vida nos espera" sonríe, como no lo ha hecho desde que volví a verla, no necesito recordar nada porque su belleza, aunque sea por el milisegundo en el que me ha dedicado ese gesto y una mirada, ha vuelto. Me levanto, y aunque sigo viendo la distancia como algo casi insalvable, me arriesgo. Ella se acerca al filo y alarga su mano, para dármela tan pronto como sea posible. Coloco mis brazos en cruz y respiro hondo. Con cada inspiración la distancia se reduce cien metros y mis pulsaciones vuelven a su régimen normal cuando consigo establecer contacto directo con sus ojos. "Si sigues mirándome a mí en vez de a la traviesa te vas a caer..." dice sin retirar la sonrisa mientras se muerde el labio y deja que un mechón cuelgue cual péndulo desde su frente. "Me da igual" le digo mientras busco su mano con la mía, me balanceo al hacerlo pero me siento seguro al rozar sus dedos. Doy un paso más y, cuando quiero volver a poner el otro pie delante, ya estoy sobre el primer peldaño, con ella agarrándome las dos manos y a cinco centímetros nariz con nariz. Sonreímos como si no volviéramos a tener todo el tiempo del mundo, y cada vez estamos más cerca. El bello de mi brazo se pone de punta, no de frío sino de emoción.

"Bueno ¿Qué? ¿Nos vamos o esperamos a que nos maten?" nos dice Cintia al final de las escaleras. No dejamos de sonreír mientras que subimos de nuevo las escaleras, esta vez animados e incluso haciendo el amago de correr. Llegamos a la cima y contemplo anonadado como una carretera de asfalto perfecto la recorre de Norte a Sur. Al otro lado, una extensión de agua equivalente a medio mundo (cálculo aproximado) y un extraño edificio que surge de la nada y se mantiene altivo entre el transparente líquido:

- Y ahora... ¿Qué? - pregunto mientras me llevo las manos a la cintura por la fatiga.
- Hay que huir de aquí antes de que me pillen, nos van a matar, a los tres - dice Cintia, con la cara descompuesta.
- Tendremos que buscar la forma de irnos...
- ¿De verdad os vais a ir así, sin más? - interrumpe Silvia.
- ¿Y qué quieres que hagamos? ¡¿Nos quedamos aquí para que nos corran a balazos?! - le contesta de forma nerviosa y al borde del ataque de pánico.
- Vamos a ver, ¿Sabéis dónde estamos?
- Yo sí...
- Yo no tengo ni puta idea, iluminadme por favor - le digo cortando la conversación entre ambas.
- Pablo, ¿No ves nada raro a tu al alrededor?

Observo durante unos segundos, todo parece estar abandonado, sólo el agua saliendo por las compuertas da idea de que algo aún sigue vivo. Quizá el último trabajador de la presa se las dejó abiertas o quizá simplemente se han roto con el paso de los años. El musgo es la tónica general del lugar, sólo una enorme puerta metálica que se esconde bajo una de las colinas que rodean a la mastodóntica construcción parece de "reciente" construcción:

- Pues la verdad que poca cosa veo, todo está como en el resto del mundo: abandonado, sucio y muerto.
- Pregúntale a tu amiga Cintia, quizá ella lo sepa...
- Pablo, no puedo decirte mucho más, esto es otra de sus bases, como la cárcel de Jaén ¿Te acuerdas? Pues esto es igual, sólo que estamos a 150 kilómetros de casa, ¡por favor vámonos ya! Seguramente ahora mismo nos estarán observando, no dejan nada al azar. Tenemos 5 o 10 cámaras apuntándonos, de eso estoy segura - tiemble de miedo. En sus manos, y en la forma irregular con la que el vaho sale de su boca me hace sospechar que ya estamos muertos.
- Esta no es otra de sus bases, y lo sabes. Mirad, lo primero que tenemos que encontrar es un vehículo para escapar, el resto dejádmelo a mí, pero me tendréis que ayudar. Y sobre todo, no actuéis con normalidad o como si estuviéramos haciendo algo que no sea intentar escapar. En algo no se equivoca Cintia, y es en que nos está observando.
- Pero, ¿Quieres decirme qué es lo que pretendes? Creo que tengo que darle la razón a Cintia, nos tenemos que ir de aquí, ya.
- Esta bien, encuéntrame el modo, y nos iremos. Sólo una cosita Pablo, ¿Sabes nadar?
- No, ni la más remota idea, de pequeño me bañaba con mis padres en algún río pero ya ni me acuerdo de cómo se hacía.
- Pues ve haciendo memoria, porque te va a hacer falta.
- ¿Qué... qué coño dices?
- ¿Yo? Nada hombre... nada. Búscame un transporte, nosotras haremos el resto, de momento.

Agarra a Cintia de la mano y ambas se alejan rápidamente. Lo necesario para que no escuche lo que hablan. Yo, le hago caso y deambulo sobre la calzada, observando con sorpresa cómo a pesar de que la piedra y el hormigón estén castigados por el tiempo, al asfalto y las líneas del mismo parece no afectarle. Las miro por un segundo y veo cómo Silvia le da algún tipo de instrucción mientras observan la pared vertical por la que hemos subido hace un momento. Tardo unos metros más en darme cuenta de que no voy a ningún lado, hasta que me percato de que un coche no va a salir de debajo de una piedra. Hay un cruce al final de la carretera y ésta se bifurca en dos direcciones. Nada más a excepción de un mar de pinos y un bosque de agua. Giro 180 grados y miro lo que se me ofrece en dirección opuesta. Sobre el agua, aparte de la extraña edificación, se mantiene un embarcadero con canoas semihundidas y madera podrida. La plataforma del mismo conduce directo a una edificación muy ochentera, típica de los años dorados de las vacaciones casposas y los destinos con sabor a camping. "Restaurante" es lo único que se puede leer en un cartel cosido a balazos. Trago saliva y me imagino qué demonios conduciría a alguien a dejarse un kilo de plomo en semejante mamarrachada.

Investigo por sus rincones, entre más canoas de fibra en descomposición y mesas de terraza con publicidad de Cruzcampo, una lona bajo una uralita llama mi atención. "¡¿Qué cojones?!" es lo único que se me ocurre gritar al identificar la silueta de esa cosa. Mi voz tiembla, el coche no lleva ahí ni 12 horas y su dueño parece que lo cuida mucho. Sobre la funda aún no se ha cagado un pájaro ni los rayos han desteñido su tizne rojizo. "Chicas, rápido, venid, he encontrado algo". Ambas me miran en la lejanía y se limitan a mostrar una tímida sonrisa mientras se obcecan en no sé muy bien qué. Paradas sobre un cartel que reza "Central eléctrica" y un camino que se pierde entre troncos y piñas piñoneras ambas hablan y señalan, como si conocieran el lugar como las palmas de su mano.

Tras un minuto esperándolas, deseando desnudar a la bella dama, se dignan a venir y yo no sé muy bien si alegrarme o no:
- A ver, lo mismo no lo podemos arrancar o abrir, pero es lo único que he encontrado.
- Aún está caliente - Cintia, sin mostrar la más mínima atención, se va directa a tocar los discos de freno de la bestia, del tamaño de paelleras -, no andarán muy lejos.
- Creo que sé cómo arrancarlo, de abrirlo se encargará esta piedra - sin darme tiempo a destaparlo, una piedra impacta en el cristal del conductor y hunde la tela hacia el asiento, para mi sorpresa, no suena ninguna alarma.
- Joder, podrías dejarme que le quite la lona antes ¿No?
- ¿Para qué? Así se daña menos - retiro la lona con cuidado, a pesar de su falta de tacto. Dos enormes tubos de escape y una delantera en forma de boca de tiburón nos dan la bienvenida al infierno. Los asientos deportivos y el volante de piel vuelta dan seña de sus intenciones, una placa donde se lee "MC Stradale" confirma que estamos ante una máquina cuasi definitiva.

Los tres contemplamos por un momento lo poco que la luz de la Luna nos deja ver. Un silencio incómodo (no estamos solos, y lo sabemos) nos abriga y, tras unos segundos donde nos quedamos mudos, Silvia se atreve a romper la calma una vez más:

- Chicos, apuntad esta fecha en el calendario, porque se recordará como el día en el que cambiamos la historia.


Capítulo 26



- Lo siento, pero un sueño así no se puede abandonar.
- Ya lo sé Karl, pero es demasiado difícil como para intentarlo.
- Pero, vamos a ver... ¡si ya lo tienes! - dice con ese acento germano que tanto me cuesta entender.
- No, no lo tengo. Sabe igual que yo que todo eso no me pertenece, yo no he conseguida nada. Sólo tengo la suerte de haber estado en el lugar y el momento adecuado, nada más. Pero estar hasta los 19 años en una habitación no es precisamente un mérito digno de semejante colección. Algún día seré yo el que consiga por mis propios medios una centésima parte de todo eso, si es que la vida me da una segunda oportunidad. ¿Estoy muerto?
- Teniendo en cuenta que estás hablando con alguien que lleva cien en el otro barrio... ¿Tú qué crees? Eso sin contar que yo no hablo tu idioma...
- ¡Joder!
- ¿Qué?
- Vaya puta mierda, y perdone la expresión. Ella parecía tan real...
- Ya... sin embargo te rendiste antes de que ella te dejara. Como hiciste con los coches, y como habrías hecho con cualquier cosa que se acercara a ti en esta vida.
- ¿Sabe que es lo peor? - le pregunto mientras pongo las manos bajo el culo para no congelármelo con la piedra fría del muro - Que llevas razón. Pero la culpa no es mía, llevo demasiado tiempo encerrado entre cuatro paredes, no me pidas ser persona cuando aún estoy aprendiendo a comer.
- Las escusas sólo entorpecerán tu crecimiento. Apréndelo para tu próxima vida. No sé quién y por qué te dio tantas oportunidades, pero créeme que la vida no te trató mal, no hay más ciego que el que no quiere ver.
- Explíquese, porque no estoy de acuerdo con usted y no tengo demasiado tiempo. Allá arriba me esperan y el agua me da frío, no lo estoy pasando bien.
- Como tú mismo has dicho, no viste otra cosa que tu habitación por miedo a salir fuera. Sin embargo, cuando te atreviste a salir digamos que no era lo que esperabas ¿Me equivoco?
- Creo que sé donde me quieres llevar - le digo mientras observo una carpa en el pantano que salta para coger algo de oxígeno de primera hora de la madrugada.
- Claro que lo sabes, te encontraste con dos leyendas de la automoción en el garaje, y a pesar de no llevar ninguna mi apellido ya te digo yo que son buenas máquinas. Y para colmo, de aquel coche no se bajó un cuarentón regordete ni un piloto frustrado con el culo encallado de las horas tras el volante.
- Se bajó un ángel - digo con la mirada fija en el agua -, vino sin esperarla y no pude decirle que sí.
- ¿Por qué no?
- No la conocía...
- Sus ojos no saben mentir, y lo sabes.
- Mire, ahora es tarde, ya he aprendido la lección, y me ha costado la vida.
- ¿Tú crees? Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena...
- A veces sí que lo es, ojalá ella esté bien, si es que no murió antes que yo.
- Escucha - me pone el brazo en la espalda, con mucha fuerza - ¿Vas a echarle huevos por una vez en tu vida o te vas a quedar aquí sintiendo pena de ti mismo?
- ¿Qué, qué dice? - su cara de risueño anciano se torna sádica, demencialmente alegórica en cuanto a su significado.
- Última oportunidad, aún no es tarde.

Su brazo ejerce una fuerza sobre humana en mi cuerpo. Cuando quiero darme cuenta de qué está pasando, ya caigo a unos 5 metros de la congelada agua camino de una muerte por ahogamiento. El translúcido líquido se torna turbio y pestilento al caer en él. Mil dentaduras se clavan a la ver por todo mi cuerpo, grito de dolor mientras dejo que las partículas de H20 penetren por mi garganta y presionen mis pulmones hasta dejarlo sin aliento. La oscuridad se torna en silencio, a tres metros de profundidad y sintiendo como mi cuerpo se enfría por momentos, me doy cuenta de que no hay más mordiscos que el agua congelada de pleno Invierno. ¿Por qué coño me ha empujado? ¿A eso llama él una oportunidad?

No sé nadar, nunca he visto el agua desde esta perspectiva. Cuando cae sobre tu cabeza en forma de gotas de lluvia parece inofensiva, pero cuando estás rodeado de millones de metros cúbicos de la misma la situación se hace exponencialmente más desagradable. Por instinto más que por experiencia, lucho con brazos y piernas para vencer a la escasa densidad del líquido elemento, más la tímida luz que entra como reflejo de la Luna es cada vez más lejana e inalcanzable. Mis dedos tratan de retenerla, más no pueden más que dejarse caer por la fuerza de la gravedad aturdida. Sin quererlo, y de forma instintiva, mis dedos se cierran y forman con la palma de mi mano una especie de unidad. El frío no importa, lo que a mi cuerpo le hace falta en estos momentos es un buen sorbo de aire, nunca lo había echado tanto de menos. Por cada dos brazadas que doy retrocedo tres, pero sigo intentándolo. Mis rodillas también comienzan a moverse cuando comprenden la mecánica de la técnica.

Cuando el depósito de mi cuerpo marca la reserva de oxígeno, un pitido infernal se hace en mis oídos al mismo tiempo que consigo llegar a la superficie. Con movimientos circulares, me mantengo en esta cual cervatillo que cae por primera vez al agua. Entre ese infernal sonido, una voz lejana y femenina me recuerda la misión a la que esta noche he sido encomendado: "Vamos Pablo, ya casi está. ¡Sólo tienes que pulsar el botón!". Silvia me da una puntada en el alma, lo único que deseo en estos momentos es acercarme a las escaleras oxidadas que acompañan a la pared de la presa y alejarme así de la infernal profundidad a merced de la cual está mi cuerpo. Me olvido de Karl Benz pero no de sus palabras, los cobardes no son recordados y sus hazañas directamente no existen. Así que, luciendo la más estúpidas de las locuras, nado en dirección contraria a la que la razón me ordena, y me alejo de toda esperanza y de la citada salvación metálica. A lo lejos, a una distancia que ni siquiera un pez podría cubrir, se levanta la estructura de cemento y cristal a laque he de llegar. A ritmo de tortuga, y con su voz ya perdida con el sonido de mis chapoteos, continúo con el torpe baile de mis brazos con la señora naturaleza y la cruel forma con la que a veces trata a su habitante.

Inocente, perdido, desamparado... y otros 50 adjetivos más se me vienen a la cabeza para justificar mi fracaso. Los metros no avanzan y lo que andando recorro en un segundo a nado se me antoja mil kilómetros. El frío ha desaparecido de mi piel, de hecho tengo calor. Quizá sea por el centenar de movimientos que tengo que hacer para moverme o por el hecho de llevo el agua a ras de mis labios. Ésta entraría continuamente en la garganta si no fuera porque mantengo la boca cerrada, sólo en el pequeño impulso que me eleva unos milímetros la abro para renovar oxígeno. Se hace eterno pero antes incluso de que el día se haga, consigo tocas la estructura metálica sobre la que se sostiene la construcción. No hay nadie vigilando, de hecho parece abandonada. Sin embargo, al abrir la única puerta que hay, me encuentro con una estancia de no menos de cien metros cuadrados forrada en cachivaches y ordenadores que hablan en un leguaje desconocido. "A ver... recuerda lo que te dijo Silvia tío... ¡mierda! ¿Qué coño te dijo?" me digo a mí mismo mientras recorro el lugar de lado a lado, con el agua calando mi ropa y los huesos congelándose con su propio calor. Hay pantallas y más pantallas con gráficos, pero no sé de qué va el tema ni cuál de las 2 mil teclas que componen los veinte o treinta teclados que hay distribuidos por toda la sala he de tocar. "Tu cierra las compuertas, que no generen más energía. Nosotras nos encargaremos de destruir la central. ¡Vamos a hacer algo grande, ya verás?" sus palabras y la cara de psicópata que me puso vuelven de nuevo a mi mente, no sé si sucedieron antes o después de lo del gran precursor de la automoción... pero ahí están y tengo que aplicarlas donde sea.

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Las manos me tiemblan, no sé por dónde empezar o a dónde mirar. Me asomo por la ventana y sobre la presa no queda nadie... ¿Se irán sin mí? Tengo que darme prisa y hacer lo que sea a la de ya. Con un suspiro que irradia rabia, se aparece ante mí la imagen de aquel en quien nunca creí. Un manojo de cables y un enchufe, en eso se queda el mi compleja e imposible misión. De un tirón hago que todos los ordenadores se apaguen, a los pocos segundos, las farolas del complejo y todo reflejo no proveniente de las estrellas, se desvanecen en el silencio que queda al cortarse el enorme torrente de agua. "Cuando las luces se apaguen, corre y no mires atrás. Nos harás libres a nosotros y contigo te llevarás el dolor de tu tierra" me dijo justo antes de verme caer al agua, ahora siento que me lo dice al oído, y que sus manos se funden en un abrazo que rodea mi cuerpo y me abriga por un momento. Luego desaparece y me vuelvo a quedar sólo y congelado, vuelvo a recordar que ella está tan cerca y tan lejos como los escasos 50 metros de pantano que se me antojaban un mundo hace apenas unos minutos.

Me aterra la enorme masa oscura de la que no se ve el fondo. Sé que cuando mis pies la atreviesen, ésta se romperá y hará de mi aún sobrepeso una debilidad, me hundiré quizá para siempre y conmigo se irá la leyenda de quien dio su vida para salvar a aquellos que no conocía y de los que no tenía muy claro ni su existencia. De Silvia no hay ni rastro sobre el muro, pero una fina cabellera de dorado espesor me hace señas con las manos, un ligero olor a quemado me dice que algo va jodidamente mal. Me lanzo al agua, de cabeza, la oscuridad alcanza un tono más y mi umbral de dolor desciende unos cuantos cientos de escalones... ¡ni siquiera está fría! Como pez que baja para coger impulso, dilato mis nada desarrollados dorsales y mi boca resurge en la superficie, tomando un nuevo trago de esa atmósfera de la que tanto años me he estado aprovechando sin darle el menor valor. Mi cuello dibuja una estela blanquecina y mis brazos, aún torpes e inseguros, me elevan unos valiosos centímetros y hacen de mi camino de vuelta casi un paseo. Las barras de hierro clavadas en la pared de hormigón a modo de escalera están ya muy cercas, y noto como esa fuerza que antes me arrastraba ya no lo hace, las compuertas se han cerrado y la energía se ha agotado.

Escucho gritos al otro lado del embalse, unas linternas nerviosas salen de un edificio enorme del que colgaba alguna luz suelta a estas horas de la noche. Subo tan rápido como mis músculos aturdidos por el frío me dejan. La ropa se convierte ahora en mi peor enemiga, empapada hace que el aire que cruza de Norte a Sur cale mis huesos. El humo se hace visible a este lado y cuando alcanzo el último peldaño es la mano de Cintia la que me ayuda a culminar mi peripecia. "No tardarán en llegar ¡corre!" me dice sin darme mayor explicación. La sigo hasta el cartel donde antes ambas se habían parado y paramos el tiempo necesario para escuchar el ladrido lejano de una jauría de perros y el grito salvaje de aquellos a quien se le ha acabado "el chollo". Con la inmadurez por bandera, me alejo corriendo de la carretera al instante en que me dice que algo no va bien por ahí abajo. Ella corre en camino opuesto, un Maserati ya arrancado espera para darnos a la fuga tan rápido como sus ojos castaños vuelvan a estar conmigo.

Desciendo entre piedras que no se ven, tropiezo, caigo y me levanto, me dejo la piel en cada canto y abro mis heridas tan rápido como me sobrepongo a lo que me viene. Iluminado por el fuego que proviene de una pequeña puerta, me limito a seguir su luz y los gritos de ella desde el interior. Me quito la camiseta y la uso a modo de máscara, no sé si servirá de algo pero no hay película estadounidense que se precie sin una de esas escenas. Para más inri, la mía está mojada y me otorga superpoderes como inmunidad a los gases tóxicos. La escucho toser mientras desciendo los escalones que dan a una enorme sala donde una enorme turbina sigue girando envuelta en llamas. Una niebla densa como la oscuridad del agua que acabo de salvar me envuelve, de peores he salido y "por la puerta grande", como decía mi padre sin entenderlo muy bien. Una figura, casi angelical, espera agotada e indefensa al otro lado de la pared de fuego. Sus fuerzas ya no le dan para levantarse, con lo que es un servidor quien, ya seco y con energías como para volver andando a la ciudad, atraviesa sin sentir las quemaduras en su piel y la saca a hombros como en cualquier final sin argumento enrevesado.


Subo las escaleras con algo menos de ganas, su cuerpo, aunque bello y liviano, no es de aire y me cuesta la vida dar un paso tras otro. También me cuesta el hecho de tener su bosa a 10 centímetros, su aliento chocando a la altura de mi cuello y su cintura, raquítica pero fuerte, envuelta por las palmas de mis manos. Las mismas que se abrasan al girar el pomo metálico de la puerta, que arde por la acción del fuego. Grito de dolor y mis codos también sufren la agonía del incandescente hierro, toda la epidermis desaparece y da paso a la piel en carne viva. Mas no tengo tiempo de parar y ver lo que tengo, tendré tiempo de curarme, bueno, mejor dicho, de curarnos. Sonrío aún fatigado al salir de nuevo al exterior, el frío de la noche es ahora mi aliado, calma el ardor de mis heridas y nos deja a ambos el fino hilo de esperanza que necesitábamos, ella vuelve a respirar oxígeno y su garganta tose soltando todo el monóxido de carbono fuera de sus pulmones, yo y mis células se retuercen de placer al ver todo un poco más cerca: las compuertas se han cerrado y la central arde y desaparece, y con ella, lo hará la gran mentira que nos rodeó.

Vuelvo a arrastrar los pies por el camino, convirtiendo en barro la arena que mezclo con el rocío. A lo lejos alguien grita, a lo lejos. "Déjame en el suelo, no sufras más" me dice ella mientras recupera la conciencia. Para mí es un problema alejarme del calor de su cuerpo, pero es lo que quiere y con suma delicadeza dejo que sus zapatillas desgastadas toquen el tierra. Sus brazos abandonan mi hombro y mi mano hace lo propio con su cintura. Es increíble lo rápido que recupera la autonomía, es más fuerte de lo que yo lo seré nunca. Descanso con la firme respuesta de quien va a mi lado y me dice entre susurros que todo irá bien, un disparo rompe el silencio en la cercanía y el silencio se hace palpable. Con el raciocinio limitado a un par de gestos, tira de mí y me lanza contra un arbusto. Nos mantenemos mudos a 50 metros del coche, el ronroneo de su V8 es lo único que rompe la siniestra quietud.

La oscuridad se torna extraña, la siento a ella sobre mí, calmando mi miedo con su respiración tranquila, pero hay una lágrima que se escurre por su rostro y hay alguien que nos observa, quizá de lejos, quizá a unos centímetros. Sobre el camino, un ser extraño arrastra su pena y se acerca sin fuerzas al lugar donde nos cobijamos. Silvia agarra una piedra con consistencia, tiemblo al verla asomarse ignorando el peligro que ello conlleva. No tarda demasiado en caer al suelo lo que entre sus manos llevaba, entre las sombras de las ramas consigo distinguir como se hinca de rodillas y yergue su tronco hacia delante. Su mano se posa sobre su pecho, con la otra me llama para que me acerque:

- No te preocupes, te vas a poner bien, de verdad - le digo mientras trato de taponar todo lo que de ella sale, sería suficiente para llenar otro pantano.
- Sí, tranquila. Esto no es nada, en una semana ni te acordarás - le dice Silvia, que se quita la fina chaqueta de lana que lleva puesta para inhibir el caudal. De su boca comienza también a salir el líquido rojizo, que de forma limpia y sin entrar en contacto con su saliva, se desliza por su mejilla, mancha su pelo y cae al suelo, que parece que se nutre de su vida para seguir vivo.
- ¿Vo... vosotros creéis? Me duele mucho... no sé por qué lo han hecho, yo soy buena... - es todo cuanto acierta a decir mientras sus propios fluidos atragantan sus palabras.
- Claro que sí, cierra los ojos que nosotros nos encargamos de todo. Tú trata de tranquilizarte, será lo mejor para que la hemorragia se pare - le vuelve a decir mi acompañante de pelo castaño, a la que parece habérsele ido toda señal de flojera o asfixia - Escucha, Pablo. Se va a morir, no hay nada que hacer - me habla al oído, susurrándome para que no nos oiga.
- Estaremos aquí mientras viva, no la dejaré sola - le contesto subiendo un poco el tono de mi voz.
- Lo siento - replica Cintia con lágrimas en los ojos y cierto estado de shock.
- ¿Qué? Tú no tienes que sentir nada, escucha. Eres una heroína, sin ti no podríamos haber hecho nada de esto. Sólo te podemos dar las gracias - la agarra de la cara y le da un beso en la mejilla; sonrío dolido, es la primera vez que veo a las únicas y más importantes mujeres de mi vida mostrando ese cariño de una forma tan sincera.
- Lo siento. Os engañé, nos engañaron y por mi culpa estáis aquí. Nada de esto os... tendríais... - no acierta a continuar.
- Escúchame - se acerca a su cara y la agarra del cuello de la camiseta, con contundencia pero sin violencia -, por tu culpa no estamos aquí, gracias a ti estamos aquí. No te equivoques. Mira guapa, cierra esos ojos azules que Dios te dio, mañana, cuando te despiertes, el dolor se habrá acabado, te lo prometo. Seguiremos como antes, los tres juntos, yendo y viniendo, conduciendo, hablando, divirtiéndonos... en fin, lo que se supone que hace la gente de nuestra edad.
- Pablo - corta ella a mitad del discurso ya casi sin voz.
- Dime guapa - me acerco y le acaricio el rostro. Ahora sí, sincero y sin ningún tipo de media verdad.
- ¿Vendrás a verme a Madrid cuando todo esto acabe?
- ¡Claro que iré! Si quieres - me agarra la mano - me quedaré allí a vivir contigo, todo el día dando vueltas al Jarama, como tantas veces me has contado. Será perfecto.
- Pablo, déjala, ya está muerta.

Me niego a creer que se haya ido. Sin embargo, su mano ya no tiene fuerza alguna, no desprende señal de pulso y aunque en su cara se dibuja una sonrisa, sus ojos ya se han apagado como la vela a la que se le agota la mecha:

- Ahora está con Dios - dice Silvia, que se santigua y besa su mano, para después ponerla junto a su pecho herido.
- ¿Con Dios? - suelto una carcajada - anda, vámonos antes de que me ponga a llorar. Ella se acabó, el consuelo que me queda es que se fue soñando con algo mejor. Espero no olvidarla nunca, sólo así seguirá vida.
- Yo prefiero pensar que esta en el oblo... en el cielo, en el cielo. Me consuelo con ello, no me culpes - pone cara de decepción, casi de pena, por ver que ni siquiera en eso la apoyo.
- Por supuesto que no te culpo - retiro un mechón de su rostro y nos quedamos mirándonos un instante que se hace eterno. De repente, un haz de luz ilumina su cara y la palidece, dejándola incluso más bella. Proviene de mitad de presa, donde un S8 de color oscuro nos indica que lleva un buen rato observándonos, quieto más atento a nuestros movimientos - Creo que ha llegado el momento de marcharse.
- Huyamos.

El cuerpo de Cintia, perfecto, preciso e inerte, queda abandonado en mitad de un camino en algún lugar de ninguna parte. Estoy seguro de que Dios no existe, pero en caso de que lo hiciere, ni su infinita omnipresencia sería capaz de localizarla. Nuestros pasos se alejan de ella, abandonada, acaba el final de su historia a milímetros del suelo mojado. Como un imponente deportivo que alguien olvidó bajo una lona en un garaje, su cuerpo casi perfecto, su cabello rubio platino y su personalidad arrolladora y frágil por partes iguales, lucen ahora inertes sus últimos momentos de esplendor antes de que el tiempo y la cruda realidad acaben con ello. No somos nada, no somos nadie, y como si de una metáfora de la vida se tratara, esa persona que conocí hace unas semanas a bordo de un GT86 ante la mirada de admiración de su padre espera ahora a que la castigue el olvido. En algún rincón de este mundo un padre ríe despreocupado sin saber que sus propios aliados acabaron con ella, o quizá una lágrima de rabia se paseé ya por su rostro.

Un día cualquiera, en un lugar cualquiera, unos cualquiera desaparecieron de aquel improvisado velatorio, lloraron por su vida sin aún haberla perdido y se cagaron en sus muertos cuando aún estaban calientes. Un día cualquiera, a las 5 de la madrugada, dejaron que las luces se apagasen y huyeron a bordo de un Maserati Gran Turismo MCstradale. Unos focos intimidantes les seguían y, por delante, algo más de 100 millas los separaban de casa.


Sigue en el post 36
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#11
Capítulo 27

¿Has sentido alguna vez la muerte en los talones? ¿Has sentido alguna vez la sangre aún fresca de tu amigo descendiéndose por la piel mientras éste yace a kilómetros de ti? ¿Has sentido que es la vida la que te pesa, que es el destino el que ya está escrito y que casi sin quererlo todo se cambió en un suspiro? ¿Has sentido su mano acariciando tu brazo? Extraña sensación es la que describo, y más si la aderezamos con un motor de 450 caballos, V8 y sonido de transbordador espacial (aunque nunca haya escuchado uno, estoy casi seguro de que no sonará tanto como esta cosa).

La aguja marca algo menos de medio depósito y el ordenador de a bordo 40 litros a los cien. Las ruedas chirrían al tomar las curvas ciegas tal y como Silvia me dicta; a modo de copiloto de rally, me describe cada curva como si la tuviera memorizada en su disco duro. "Quítate esa idea de la cabeza, conducirás tú, que lo haces mejor y conoces la carretera, ¿No?" recuerdo las palabras que le dije antes de ponerme a los mandos, "yo estaré ocupada en otras cosas, cállate y conduce" fue lo que me contestó. Ahora, en los descansos que me dan las escasas y estrechísimas rectas la observo, buscando en la guantera alguna de sus herramientas de trabajo, cualquier cosa que arrojar a la mirada furtiva del S8 que acecha en el retrovisor será bienvenida. Las manos, abrasadas, me arden al sentir el tacto del cuero del volante que sus quemaduras abiertas. Las luces, azules, casi blanquecinas, me hablan del día que está por venir y de lo poco que queda para que llegue. En la cuneta se amontonan las hiervas que cubren todo el bosque con un frondoso manto. "Fue el parque natural más grande de España" me comenta ella mientras manipula un nuevo arma, "que no te extrañe que eligieran esto como su centro de operaciones, aquí hay energía potencial en forma de agua como para dar corriente a ordenadores tres siglos". Casi ni la escucho, miradas salvajes y furtivas contemplan al acecho el espectáculo. Un jabalí se planta en mitad de la carretera sin intenciones de marcharse, doy un volantazo a la derecha y me salgo por el escaso margen que deja la carretera comarcal.
Miro por el retrovisor y rezo para que se lo traguen (pobre animal mas, ahora mismo, prefiero que sea su vida y no la nuestra la que se termine en acto de servicio), sin embargo, consiguen evitarlo cogiendo la trazada alternativa. La enorme berlina reduce a nada los más de cien kilos de la bestia, y al igual que ésta, se mueve con una agilidad pasmosa para su tamaño. Un cervatillo corre despavorido ante nosotros en una de las curvas cerradas, desaparece entre los matorrales y nos volvemos a quedar solos, con la única compañía del asfalto congelado y los restos de antiguas trazadas que se fueron contra la mediana tiempo atrás. El rugido se hace ensordecedor a partir de las cuatro mil revoluciones, "¡acelera, frena, izquierda, derecha, a 100, a 160, salto!" me sigue dando las órdenes con una precisión y profesionalidad digna del copiloto de Sainz, las luces no aparecen de los espejos y no me puedo resistir a echarle alguna mirada furtiva a sus ojos aunque eso nos lleve a perder algunos metros de ventaja. Son las rectas nuestro mayor enemigo y, ni el sonido ni el palmarés de este Maserati nos permiten hacer frente al torrente de potencia del alemán, cuyos aros del frontal se iluminan de rojo cuando aprieto el pedal del freno. "Pronto se acabará la zona de curvas" me dice ella cuando llegamos al punto más alto de la carretera. "Puerto de... 11.. metros de altura" no me da tiempo a conocer su nombre ni su ubicación exacta con respecto al mar, más el vaho que sale de su boca y la calma que mis manos quemadas sienten me hacen predecir que estamos demasiado arriba. Programo la calefacción entre horquilla y horquilla, mas ella, como de costumbre, se adelanta a mis movimientos y me hace mirar al frente mientras me recuerda que eso nos quitaría algo de potencia y bajaría mi concentración.

Acojona demasiado esta situación en que todo se pone a cámara lenta, como en la escena final de una película en que a aparece la composición a base de piano y violín y los protagonistas mueren de forma trágica aún con cierto romanticismo. Pero no veo una muerte en la que no aparece la sangre, ni un bonito último abrazo en que la imagen se vuelve oscura y aparecen los títulos de crédito con nuestros nombres en la vida real junto a nuestros personajes. Esta historia no funciona así, aquí no habrá piedad para los buenos, lo mejor que nos podría pasar es que el coche saliera ardiendo y nos metieran una bala entre ceja y ceja para que no muriésemos abrasados. La carretera se hace muy cuesta abajo, la noche se torna rara, casi famélica, cuando pasamos por un pequeño pueblo a toda velocidad. Casas blancas a ambos lados, insulsas y de paredes anchas y todas las luces apagadas. No habrá más de cien, y a mitad de camino, junto al parque y la fuente, un campanario tímido y del mismo estilo que el resto del pueblo se alza esperanzador. En la plazita que lo rodea intuyo movimiento, mas el velocímetro coquetea con los doscientos por hora y cuando quiero darme cuenta ya ha desaparecido hasta del retrovisor:

- ¡¿Has visto esa?! - exclama ella con contento nerviosismo.
- ¡No! No muy bien... ¿Qué era?
- Eran personas Pablo... ¡Personas! - me agarra del brazo y me dedica una caricia. Las personas me la sudan en estos momentos, sólo quiero perderlos de vista y que se quede haciéndome eso lo que resta de noche.
- ¿Y...?
- ¿Cómo que "y..."? ¿Sabes lo que significa eso o acaso tú te cruzabas con mucha gente por el centro de Jaén? Venga hombre... es un pueblo de ¿Cuántos? ¿100 habitantes? Dios mío, esto puede ser el final, la gente ha salido a la calle y se ha dado cuenta de que no hay nada de eso que contaban. Es maravilloso, conduce como nunca antes lo has hecho, porque tenemos que sobrevivir para ver esto.
- No lo podré hacer sin tu ayuda - le digo mientras entro pasadísimo en una curva. El ABS no soporta la carga de mi pie izquierdo y termina bloqueando las ruedas. Suerte que en el último momento mi ángel de la guarda haya bajado a decirme que dejara de pisar el maldito freno. Recupero la tracción y consigo meterlo en trazada junto a un pequeño grito de Silvia, que décimas de segundo más tarde se lleva la mano a la boca en señal de vergüenza, sonríe y vuelve a centrarse en contarme lo que voy a ver en la siguiente curva con tal detalle que casi podría llevar una venda.

Es increíble como ella ha perdido por un momento la conciencia del tiempo y su situación, consigue abstraerse con el bien de los demás. Algo que me alegra y a la vez me produce un escalofrío, ella se preocupa de salvar al mundo mientras yo me preocupo de salvar mi culo. Egoísmo y sinceridad dentro de un mismo espacio, ella corre por ver a nuestra gente crecer y yo lo hago por seguir deleitándome con su mera presencia. Las curvas pasan y su sonrisa vuelve al entra a una nueva localidad, ésta bastante más grande. En un cartel oxidado al que casi no le queda pintura reflectante se puede leer "Cazorla". Recuerdo este pueblo de haberlo visto por Internet y en algún mapa. Es mucho más grande que el que acabamos de pasar; decenas, quizá cientos de coches, descansan a ambos lados de la carretera, que se hace más y más enrevesada conforme nos adentramos en el casco antiguo.

Por calles adoquinadas con viejos hierros desguazados a ambos lados es imposible mantener el Maserati a una velocidad alta. Ellos continúan a escasos cien metros de nosotros más también reducen el ritmo. El enorme buque insignia deja en una esquina su espejo retrovisor derecho, ellos no lo necesitan al fin y al cabo. Ella, una vez más, desaparece del coche y vuelve a su particular planeta, apenas tengo tiempo de retirar la vista del asfalto mas puedo sentir la presencia humana ahí fuera. Su sonrisa nuevamente ilumina la oscuridad que las luces se llevaron consigo, la carretera se vuelve a quedar muda y son mis facultades las que se encargan de guiarme por el laberíntico pueblo. Calle tras calle, el eco del motor atronando en las fachadas se queda reducido a las miradas de pánico de quienes se han atrevido a salir de casa, que ven en nosotros poco menos que a los jinetes del apocalipsis. Como único testigo de nuestro paso, quedan en el suelo firmados los enormes neumáticos del deportivo italiano, el olor a goma quemada se funde con la gasolina y el aceite de alto rendimiento, su mano, escuálida y débil, más valiente y convencida, roza mi brazo y me dedica una última sonrisa antes de dejas atrás Cazorla, cuyo cartel dejamos ya en el retrovisor y cuyas miradas han sido el prólogo de un futuro que no sabemos muy bien dónde irá a parar.

Vuelve a ser Silvia, me dicta curva tras curva, como si de un GPS se tratara. Llega un momento en el que ya no es necesario hacerlo, sólo tiene que decirme hacia donde ir en los cruces que nos encontramos cada 20 o 30 kilómetros. El marcador de la gasolina se hunde al mismo ritmo que hundo yo el pedal del acelerador, las largas rectas de las nacionales se intercalan con curvas tímidas y ridículas que apenas requieren concentración. Noto como ella agarra con fuerza el tirador de la puerta, tiene miedo y... a pesar de que no deja de mirar hacia atrás, su pie izquierdo se retuerce contra la alfombrilla, tratando de localizar un freno que no existe. Ellos nos siguen, en las zonas donde se puede ir a fondo durante más de 40 o 50 segundos se convierten en una mancha en el retrovisor, más rara vez alcanzamos velocidades superiores a los 250 kilómetros por hora, con lo que su autonomía terminará derrotando a nuestra punta.

Un cartel nos indican que quedan 40 kilómetros para la capital de provincia, a partir de ahí seré yo quien me guíe (si es que llegamos). Entre los bajos de ambos coches, podamos con maestría toda mala hierba que durante décadas ha crecido a sus anchas sobre las grietas del alquitrán. Se intercalan con el rocío de la mañana y nos hacen estremecer al poner la zancadilla a los enormes neumáticos traseros, que quieren hacerse deslizar mientras chirrían. A la velocidad del sonido es difícil corregir un sobreviraje, más no quedan "más cojones" que intentarlo aunque la tracción Quattro pegue al Audi como una lapa contra el asfalto.

Sin un plan B en mente, mi única obcecación es hacerlos desaparecer. Silvia ha agotado las existencias de la guantera, todo objeto que podía ser arrojado ya lo ha sido y sólo quedan el par de asientos donde vamos por tirarles. El viaje toma cierto aire conciliador, casi tranquilo. Trato de disfrutar de los que probablemente sean los últimos minutos junto a ella. La luz de reserva se enciende al traspasar un cartel azul donde la carretera se bifurca en dos carriles para cada sentido. Volamos un poco más empojados por la seguridad que la vía nos brinda, los 300 kilómetros por hora se hacen eternos a la par que impenetrables, cual gráfica de Forex, roza el límite psicológico de los trescientos cinco pero de ahí no sube. Nos coge el rebufo y su cara se vuelve morena con la luz del amanecer. La rebeca que cubre su cuerpo famélico se desliza por sus hombros y deja entrever unas clavículas a la que le faltan un par de cocidos. Ella ignora que la miro y se limita a apoyar su brazo en el marco de la puerta y resoplar a la consigna de "no nos van a pillar, sigue así que no nos cogen". Yo no le digo nada del depósito y me limito a dejar que los kilómetros transcurran como metros a semejante ritmo, la aguja acompaña la bajada y casi por inercia, acabamos en un laberíntico escenario de naves y calles vacías:

[Video Error - ID incorrecto]

- No imaginaba Jaén así después de ver aquellos pueblos - le digo mientras observo los coches oxidados que a forma de cadáveres masacrados descansan en un escenario post apocalíptico.
- Espera, esto estaría vacío cualquier fin de semana. A partir de ahora procura no correr mucho, ve con cuidado.
Sin entenderla muy bien, sigo dando volantazos entre callejones y esquinas mal resueltas que me resultan familiares, a modo de película en la que dos peces de ciudad caen en mitad de El Amazonas, vagamos a velocidades que caminan entre la muerte en el acto por choque frontal y el calado de un conductor novato al salir de un semáforo. Ya casi no oigo el motor, el cuentarrevoluciones sube y baja sólo, me he convertido en una autómata que reduce su tiempo de reacción a una milésima de segundo y su margen de error a la distancia que hay entre el final del alquitrán y el comienzo de la cuneta. Silvia sigue alterada, su pelo se mueve de forma nerviosa mirando al retrovisor, no está asustada más a mí me tiembla hasta el último pelo de la coronilla. Sonríe al ver como se alejan y simplemente me anima cuando los ve demasiado pegados. Es como si ellos fueran la última línea de su lista de cosas por hacer que tachar. Rozan el paragolpes trasero y una segunda envestida hace que se descuelgue el tubo de escape. Las hojas de los árboles siguen cayendo a diez centímetros por segundo, el Otoño hace estragos y el nudo de mi garganta se fusiona con la forma de la primera rotonda para acceder a Jaén.

Las ruedas traseras ya van algo desgastadas, los oídos me pitan por el cansancio y la cabeza me duele, el precioso Maserati, que va a juego con mi acompañante y mentora, se desliza cual ave fénix sobre un lago helado. Los raíles del tranvía abandonado nos sirven de atajo. Ellos no consiguen seguirnos y las marquesinas de la avenida les hacen reducir el ritmo. Sobre el valle que protege el camino a Granada, un Sol esperanzador abruma con su luz, refleja su tono blanquecino sobre las cornisas de la catedral y recubren los adoquines de las calles de una belleza especular. Recubiertos de sudor, llenos de suciedad hasta la coronilla, pero con la figura del S8 desaparecida del retrovisor, encaramos la estrecha vía que separa un edificio de soportales de la faraónica obra de Vandelvira. No hay un alma en toda la ciudad, Silvia ya no sonríe e incluso yo dudo de si aquello fue real. Más mis manos peladas por el fuego y mis huesos congelados por el agua del pantano dan fe de cuan dura fue nuestra labor en el punto más alejado de la provincia. Ya no se siente tras el cristal el olor a pino ni el fresco de la sierra, los animales que nos observaban de sus guaridas han dado paso a bloques de hormigón fríos y que continúan sin alma. ¿Habrán conseguido arreglar todo ese desaguisado lo suficientemente rápido como para que la gente no abandonara su posición de confort?. Silvia agarra mi muslo con fuerza y sonríe. Un ángel cruza las calles de Jaén y estremecen mi cuerpo, mis párpados no pueden contener las lágrimas y no puedo evitar sentir el cansancio que deja tras de sí un gran trabajo:

- ¿Lo estás viendo igual que yo? - me pregunta, por fin - Dime que no es un espejismo, por favor, dímelo.
- Creo que yo también lo veo - confirmo que en el retrovisor no hay más que un lugar desierto y congelado en su propia soledad. Levanto el pie del acelerador, por un momento hay un placer mayor que el de quedarme pegado al asiento -, o ambos estamos locos, o lo hemos conseguido.

A lo lejos, podemos observar lo que nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra vida se niega a creer. Creo que los peldaños de la plaza de la catedral no habían visto algo así desde hace años. La gente, toda la ciudad, vaga perdida al amparo del calor humano en este sitio. Sus movimientos son erráticos, apenas intercambian palabras entre ellos y sus cuerpos están ocultos tras muchos años de sedentarismo absoluto, sin embargo, acaban de descubrir lo que significa el calor humano, acaban de conocer la verdad. Ensimismados, ambos nos quedamos con una sonrisa de oreja a oreja, a ella le favorece y a mí seguramente me hará parecer gilipollas... ¿Pero a quién le importa eso ahora?

Es curioso como la vida a veces merece la pena... ellos has descubierto el mundo y yo, lo que es un momento de felicidad intercalado entre mil desgracias. Hace no mucho tiempo, una historia se gestó en este mismo punto, hablaba de una cría, casi mujer, que fría y solitaria, sacaba todas las mañanas su M3 E30 del garaje y se daba una vuelta en la más íntima intimidad que le otorgaban los olivos, los baches, las carreteras desgastadas y unos tipos duros con traje y corbata. Hablaba también de un inútil, imberbe y patético criajo, que entre granos y kilos de grasa había forjado su particular e inexistente mundo en una habitación de 2 por 2. Un día, alguno de los dos freno justo donde ahora todo el mundo camina contemplando la luz de un Sol que en muchos casos nunca han visto, en aquel momento nos dimos la oportunidad de conocernos, ahora, casi sin darnos cuenta, nuestras manos se juntan y nos dan la posibilidad de ver como todo cambia mientras permanecemos al lado. Aquella mañana de Octubre, ella desapareció entre una nube de humo a golpe de acelerador, yo me quedé mudo cuando la vi por primera vez y ella consiguió devolver a la vida mi anticuado Golf. Es irónico el momento en que todo parece volver a la calma, estamos en Paz el uno con el otro y, a pesar de todo, las cosas se irán arreglando poco a poco. Relamo mis labios con la saliva de mi lengua, no quiero cargarme el instante en que me lance a su boca en busca del ansiado final.

Volvemos a transformarnos en adolescentes, deberíamos estar sentados en un banco mientras bebemos unas cervezas, pero el destino ha querido que sea en un bello deportivo italiano donde tengamos nuestro primer encuentro. Rodeados de gente que por un lado admira el bólido y por otro mira con cierta confusión nuestro aspecto, me da por mirarle directamente a los ojos y esperar a que ella se gire. "¿Qué miras, empanao?" me dice mientras comienza a sentirse incómoda. Su sonrisa se torna en silencio, se muerde los labios y suspira, se toca el pelo y vuelve a quedarse mirándome. El tiempo se para, el aire no corre y sólo ella y yo importamos en este momento. Me atrevo a llevar mi mano hacia su cara, la primera hora del día me dice que será maravilloso, ¿El qué? Ni idea.

Casi sin pensarlo, me atrevo a acercarme poco a poco, casi a cámara lenta. Sus manos se ponen contra la mía y aceleran el proceso. Ahora es ella quien coge las riendas y me lleva directo a sus labios. 5 centímetros, 3, 2... noto su aliento cálido y... ¡Pum!
Por la esquina del templo aparece de nuevo el enorme coche oscuro. Contonea su trasero sin tener en cuenta la gente que hay alrededor que, con torpeza y poca agilidad, consiguen apartarse de la trazada que la berlina dibuja delante de una nube de humo. El calor se va, sus ojos marrones se alejan a la velocidad de la luz y sus brazos se tensan al agarrar el cinturón. El escaso vello de su piel se pone de punta y me quedo ensimismado mirándola. Me percato de que el peligro está a dos cuadras de distancia y es entonces cuando me fijo en el vello de mis brazos, que se yergue en vertical cual bailarina de ballet. Por las salidas del aire acondicionado comienza a surgir una corriente intensa, que se vuelve insoportable con la velocidad. El sonido del italiano retumba entre los edificios de la ciudad, que abrigan el paso del frío entre fachadas que dejan poco espacio a la carretera y algún despistado que camina en dirección a la plaza para encontrarse con el resto.
"Conoces esta camino ¿Verdad? ¿Lo recuerdas? Por aquí salimos la primera vez, lo vas a conseguir. Si los vas a dejar atrás, es ahora o nunca" me dice mientras me sonríe nerviosa y nada confiada. El cartel de final de vía urbana continúa oxidado, lo dejamos atrás como quien pasa junto a una hoja que se mueve con la corriente que genera nuestro movimiento. La carretera se abre y se convierte en nacional, los hierbajos del asfalto nos indican la trazada, o más bien la ausencia de éstos. El M3 de Silvia se encargó de podarlos durante años a la altura de su labio delantero. Ahora soy yo el que pilota como si de un profesional se tratase, el objetivo está cumplido y nos acercamos al desenlace, lo único que hemos de hacer es conseguir sobrevivir para no observar el espectáculo desde arriba. De la nada sale una y otra vez ese maldito Audi, que parece desaparecer por momentos tras una curva, un cambio de rasante o un hipotético accidente que nunca llega.

Tras 15 kilómetros coqueteando con los 250 kilómetros por hora, llegamos al pequeño pueblo que pone punto de partida para la frenética subida. No sé por qué sigo esta ruta, pero no me puedo resistir a morir sin que ella vea aquel sitio que se encuentra en una cima que, como de costumbre, está tapada por la niebla. Toca un botón que hay junto al pomo del cambio:
- ¿Qué... qué haces? - le pregunto confundido.
- He desactivado el control de tracción. A partir de ahora todo depende de ti, concéntrate, nos queda muy poca gasolina - me dice mientras que la aguja se pone a cero y una alarma sonora comienza a incordiar mis pensamientos.
- Pero... ¿Qué haces? Nos vas a matar, es demasiada potencia para no llevar ayudas.
- No te preocupes Pablo, confío en ti - roza durante una milésima de segundo mi muslo -. Pudiste con mi BMW, con este coche está chupado, lleva unos neumáticos bien anchos.

Son tiempo a que termine la frase, acelero antes de que el coche termine de coger apoyo en la curva y la pérdida de tracción se hace inmediata. Veo el terraplén del margen derecho casi de frente, levanto el acelerador y consigo contrarrestar la derrapada a base de golpe de volante:
- Joder... ¡esto es imposible! Actívalo.
- ¡De eso nada! Hazte con el control, sólo tienes que hablar con el coche. Los controles electrónicas capan la subida, y créeme que soy yo la que va atenta al retrovisor y... te digo que el que conduce es un muñones. No se atreverá a quitarlo, si conduces como nunca antes lo has hecho, los dejaremos atrás.
- Te juro que si salimos de esta te mato, no te la perdono - digo medio en serio medio en broma.
- Si salimos de esta te voy a estar comiendo a besos tres días, gordito mío - algo se activa en mi cuello, y también en mi entrepierna.

Una vez vuelvo a tener el control, reduzco a segunda y dosifico la contundencia con el pie derecho para no hacernos patinar más de lo debido. El Audi sigue pegado a nuestro culo, incluso en subida se hace indómito e imposible. Una pequeña recta lo hace acercarse más de lo debido: "No mires al retrovisor ¡joder! De él me encargo yo, tú concéntrate en lo que tienes delante" me dice Silvia bastante cabreada. Le hago caso, frunzo el ceño y engrano cuarta justo antes de entrar a un par de curvas que se hacen más y más difíciles y que empalman a su vez con otro par más cerradas y una horquilla a izquierda con enorme desnivel. Entro con el acelerador levantado, dejo que la inercia siga lanzando el coche y lo retengo justo antes del giro con un corto pero contundente golpe de freno. Las ruedas chirrían y durante un instante pierdo el control del coche, más luego se hace más civilizado y consigo la trazada perfecta. Al llegar a la horquilla retengo el motor bajando a segunda, giro 180 grados el volante y salgo a fondo haciendo que la pérdida de tracción me lanza hacia el siguiente giro. El pitido de la gasolina se hace inaudible con el paupérrimo rugido de un V8 del que nunca tengo suficiente.

Repito el proceso en las siguiente curvas, echo de menos las largas rectas de la nacional y el fresco de la noche en la Sierra de Cazorla. Ahora el Sol taladra mi cabeza y calienta mis ideas, ciega mis ojos en según qué momentos y me hace invidente ante las largas sombras que proyectan los pinos centenarios. Pero bueno... aún continúo en la ruta. Sonrío al ver el pequeño camino que conduce tras muchos kilómetros de tierra y soledad, a lo que es la morada de mi amigo Diego. El Maserati despega del suelo y parece querer subir directamente a La Pandera campo a través. Quedan 10 kilómetros, más no llegaremos. De repente, al reducir a segunda y pisar el acelerador, el motor simplemente no reacciona. Miro por el retrovisor, no hay nadie. "Lo has hecho muy bien Pablo, has hecho todo lo que has podido", me dice ella, que aún si haber parado del todo, ya ha abierto la puerta:
- ¡¿Qué coño haces?! - le pregunto mientras veo como rodea el coche y se acerca a mi puerta.
- Dame la mano, anda. Se acabo cariño, se acabó - me dice con lágrimas en los ojos.

La acompaño, y ambos esperamos en mitad de la carretera abrazados, esperando a que el sonido del TFSI llegue a nuestra posición, se bajen y me maten. La envuelvo con mi cuerpo, para que no sea a ella a la que lleven hoy por delante. Fue la artífice de todo y estoy seguro de que, aunque ahora se la lleven, el pueblo se encargará de liberarla. No tardan en aparecer, se bajan del coche sin mostrar ninguna emoción y, para mi sorpresa, es otra vez él quien se baja de la puerta del acompañante. "Qué bien te sienta la luz, preciosa" le dice mientras sonríe de forma lasciva y asquerosa. Me pongo delante de ella mientras el conductor me apunta. Ella intenta apartarme pero ni su fuerza ni mis ganas se lo permiten. "Yo he sido el artífice de todo esto, aquí me tenéis, ella no ha hecho nada".

Mi vista se nubla, y cuando quiero darme cuenta, la oscuridad y el agua congelada me envuelven. Trato de buscar la superficie y tras unos angustiosos segundos, lo consigo:
-¿Qué? ¿Estoy muerto ya hijo de puta?- le pregunto al bueno de Karl, que me observa con su larga gabardina a unos diez o quince metros de altura, desde el muro de la presa.
- Jejeje, me recuerdas a mí cuando me salió un cilindro del quinto prototipo que fabriqué por el techo. Esa noche, eché por tierra todo el dinero del sexto préstamo, lo abalé con la casa de mis padres.
- ¿Y por qué te ríes, cabronazo? ¡No sé nadar! - le digo entre ahogadillas de mi cuerpo, que lucha por no irse al fondo animado por su propio peso.
- Ni yo sabía hacer coches...
- ¿Y qué? Al final lo conseguiste, me alegro por ti. Déjame en Paz de una puta vez, he fracasado pero necesito descansar. Tú vete a contar tus millones que yo me iré a llorar a otra parte.
- ¿Sabes qué paso después de aquello?
- Me la suda muchísimo, de verdad - le digo mientras trato de acercarme a los barrotes de hierro incrustados en la pared que sirven de escalera. Quiero subir por ellas, llegar a su altura y estrangularlo, lo que pase después me da igual.
- Bueno, pues te lo cuento igualmente - mira su reloj de bolsillo -, tengo tiempo. El caso es que conseguí otro motor, de mi tercer prototipo, fue lo único que quedó de él. Tras ajustar el par de defectillos que hicieron saltar al quinto por los aires, conseguí hacer mis primeros tres kilómetros sobre esa cosa - me doy cuenta de que buceando voy más deprisa, así que dejo de escucharlo durante un buen rato y me concentro en llegar a la escalera. No veo el momento de cargármelo -. Total, que al final el invento fue todo un éxito, un par de exposiciones universales más y no hubo burgués en Europa que no ansiara un Benz.
- Que me importa una mierda, de verdad. Estás muerto, y yo también. Pero por lo menos tengo juventud, tú eres un abuelo pesado - su voz se hace insoportable, y me da muchísima rabia que siga con sus historietas mientras yo me estoy ahogando.
- Luego fue mi amigo Henry el que se encargó de que la plebe lo pudiera comprar, pero eso es harina de otro costado.
- Perfecto, ¿ahora puedes ayudarme? - le digo cuando me quedan apenas dos metros para alcanzar las escaleras.
- ¿Ahora? Pero si ya casi lo tienes, recuerdo como el día anterior a mi gran éxito discutí con mi mujer y me dijo que no quería saber nada de mí, mi amigo murió en un incendio y mi padre terminaba sus días en una residencia. Fue algo duro, mucho más que tres metros a crol, créeme.
- Tu sufrimiento acabó, el mío no - le digo mientras avanzo un peldaño sobre otro.
- ¿Qué no? No hay sufrimiento que cien años dure ni cuerpo que pueda aguantarlo.

No le contesto, sigo ascendiendo. Mis manos se agarran de las barras de hierro oxidado, me quedan dos más para poder cargármelo. Extiendo el brazo y trato de agarrar su gabardina, más se adelanta y me da una patada en la cara. Vuelo de espaldas al agua y noto como se aleja. Antes de impactar de nuevo con el congelado líquido, me dice: "Bienvenido al éxito".


Abro los ojos, Silvia se ha adelantado y es ella quien recibirá el tiro primero:
- Por favor, apártate. No soportaría verte morir, yo lo haré, no te preocupes por mí - le digo mientras agarro su brazo y vuelvo a quedarme a escasos dos metros del cañón de 21 mm. Trago saliva y me preparo.
- Pablo, nací para esto, de verdad, aún puedes ser feliz, es algo entre ellos y dos - mi mano se funde con la suya, y noto su aliento lacrimoso en mi nuca y el olor de calor en mis fosas nasales.
- Soy un egoísta, no lo hago por ti, lo hago por mí.

No puedo evitar llorar. Ella también lo hace, se pone de nuevo delante, se da la vuelta, y puedo observar sus ojos quince centímetros por debajo de los míos, brillando como luceros que hacen sombra al Sol y no puedo evitar tocar su pelo y acercarla a mi pecho. Ellos ríen mientras nosotros nos abrazamos, me molesta la tela de su ropa, me molestan las lágrimas de sus ojos y me molesta hasta el sonido de su boca al sentir el escalofrío del pánico. "No te preocupes, nos veremos allí arriba" le digo mientras la vuelvo a mirar directamente. Agarro su cara y no puedo evitar verla como a la mujer más atractiva del mundo, sus pestañas besan el cielo y sus labios parecen no hacer caso al hambre. No tengo fuerza para abrir la boca, me limito a juntarla con la suya; ambas se tornan secas y poco apacibles, más llevaba esperando este momento toda la vida. Una lagartija cruza el asfalto y se dispone para otro día de monótona tranquilidad. Una curva cualquiera y una mañana cualquiera, una niñato cualquiera y dos monstruos cualquiera, una mujer y una historia extraordinaria. "Yo no creo en el cielo" me dice tras besarnos.

"El cielo se quedó a 8 kilómetros" le digo mientras miro de reojo al cartel que indica la distancia a la cumbre. "Pero que tú seas lo último que vea tampoco está mal, aunque prefiero un GTI", sonríe y hace el intento de darme un tortazo. Casi nos evadimos de lo que hay alrededor, de no ser por las miradas serias que diviso tras su melena, casi podría llamar a este pequeño instante "felicidad".

"Hijos de puta, es acabó el juego" dice el calvo de proporciones bíblicas levantando una segunda pistola. Vuelvo a la posición inicial, mi espalda la protege y yo seré el primero (y Dios quiera que el último) en recibir una bala. "Habrás desayunado bien, ¿No?" me dice mientras comienza de reírse de mí y las escasas fuerzas que me quedan para mantenerme en pie. Veo dos cañones apuntándome, y opto por cerrar los ojos. La oscuridad se torna en pánico, la tensa calma dura un instante. Escucho el sonido de un par de disparos que no llegan a mi cuerpo, ella no habla y ellos tampoco lo hacen. Espero, más el silencio y la oscuridad es todo cuanto consigo. Quizá hayan sido tan certeros que ni me duele, pero sería algo que dudo mucho. Y si... ¡noooooooo!

Me doy la vuelta con más lágrimas de las que nunca he tenido, mi cabeza me duele como nunca antes lo había hecho, y en mis oídos hay un pitido ensordecedor que no me deja escuchar mis constantes vitales. Espero un par de segundos más, para ver si tienen la decencia de matarme antes de que los abra, pero ante su negativa, me dispongo a abrirlos, esperando ver su cuerpo inerte e inocente en el suelo.

Abro los ojos y una furia de color marrón me recibe. Son los suyos, que me miran, sonrientes, valientes y más vivos que nunca. "No estás muerta" acierto a decir entre el dolor de todo mi cuerpo y la desorientación crónica de mis sentimientos. Ella sólo sabe negar con la cabeza, y me dedica una nueva lágrima, y ya no de miedo ni rabia. Doy media vuelta y, en el suelo, descansan dos cuerpos sin vida, se ahogan en una charco de sangre que comienza a deslizarse carretera abajo. "¿Tenías una pistola?" le pregunto sin atreverme a mirarla otra vez, por si acaso era de mentira. Se apoya en mi hombro y susurrando, me dice: "Creo que tenemos un ángel de la guarda".

Mi cuerpo pesa toneladas, el sonido roza lo insoportable y este dolor hará estallar mi cabeza en cualquier momento. Mi vista se nubla, más me da tiempo a ver junto a la fuente de la horquilla más mítica de esta carretera una figura cuadrada y oscura aparcada, un Mercedes Clase G nos observa vestido de incógnito. El cansancio me puede, cuando todo se vuelve oscuro noto mis rodillas y mi cabeza chocando contra el suelo, comienza el éxito.



Capítulo 28


- ¡Anda! Sal del agua chaval, ya te dejo tranquilo. Disfruta y cuídala.
- ¿Pero cómo puedes ser tan hijo de...? - sin tiempo a acabar la frase, todo el pantano se viene abajo, quedo en el vacío y caigo hacia el olvido. Algo parecido al suelo se acerca veloz, más antes de llegar a él todo se vuelve negro.


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Despierto del susto. La sensación de chocar desde cientos de metros de altura es bastante extraña en el estómago. Ese olor me resulta familiar, estas sábanas... ¡estoy en casa! Siento mis manos, el pulso de mi corazón, el tacto de mi piel... creo que por fin he despertado. Vuelvo a reiniciar este juego que es la vida, llego al principio de la historia y me doy cuenta de que nada es real. Ahora toca preguntarse si es verdad que afuera hay algo más que contaminación y un aire irrespirable. Yo sigo en este cuarto cochambroso, donde se juntan los complejos con mi asqueroso olor corporal, donde un colchón resudado se deforma con mis kilos de más. Me giro sobre la cama y noto que mi barriga sigue estando extrañamente definida, y de mis brazos ya no cuelgan esos enormes bultos de grasa. Algo me roza, me doy media vuelta y...

Es ella.

Silvia me sonríe y yo, sin poder devolverle la sonrisa, miro hacia el techo y suelto un enorme suspiro. Por la ventana entra el Sol, y no, no estoy en casa. Es mi olor el que me hizo acordarme de aquello, mas es mi escaso cansancio el que me hace recuperar el Norte:

- Dios ¿Ya es medio día? Menuda siesta me he echado... - le paso el brazo por encima del hombro y contemplo en la distancia Sierra Mágina, en cuyos valles se resisten a desaparecer las nubes y en cuyas cumbres ya campa la nieve como única habitante mientras mis dedos se enredan en su pelo.
- Sí... unas 30 horas para ser exactos.
- Pero, si esta mañana...
- Esta mañana nada, estabas roncando, como lo hiciste anoche y ayer durante todo el día. Intenté despertarte para cenar pero estabas rendido. ¿Quieres desayunar?
- No, no te preocupes. Ya me haré yo algo. Mira tus brazos, están muy delgados, ¿Has comido?
- Hombre, por supuesto. El buffet de aquel sitio no daba para mucho - dice mientras esboza una tímida mueca con sus labios.
- El invierno será duro aquí - digo mientras contemplo los copos caer arrastrándose por el resto de tejados de la enorme morada.
- Bueno... yo ahora mismo no tengo frío - agarra mi mano y noto sus muslos desnudos acercarse a mí - lo dicho, que se me va el santo al cielo, voy a preparar algo.

Se levanta y la veo enfilar el final del dormitorio cubierta con mi camisa blanca a modo de camisón. Mi garganta se encoge al ver como en sus brazos se tatúan los moretones y en sus piernas, delgadas a la par que firmes, permanecen las marcas del sufrimiento: arañazos, alguna pequeña herida y los dedos de los pies castigados por la ausencia de calzado. Su pelo sin embargo luce ya limpio y sedoso, nada comparable con lo de la otra noche; una toalla dejándose secar sobre la silla del beaudoir confirma mis sospechas. Me quedo anonadado mirando al horizonte, observando la luz que llena la estancia de blancas paredes de una luminosidad casi cancerígena. Estuve toda una noche pensando que nada de lo que hacía era real, pero este sitio y el olor de Silvia sobre la cama me recuerdan que lo conseguí, y que esto ya no es el purgatorio sino el lugar donde me gustaría envejecer, si es junto a ella, mejor. Desconozco sus sentimientos pero ella ya conoce los míos, no sé cómo funciona este tema y me gustaría encontrar algún método infalible por internet (espero no quedarme enganchado a la pantalla otros 19 años).

Enfrente de la cama, cogiendo polvo y con el piloto de conexión encendido, una enorme televisión no me deja ver la puerta de "El Garaje". Sobre la mesa de noche, aún descansa el móvil con el que aquel tío la recuperó. No sé quién es y jamás podré devolverle el favor que me hizo, más espero que esté donde esté, le vayan bien las cosas. Consulto el terminal en un segundo mientras espero a que su figura vuelva y aparezca por la puerta: "0 mensajes nuevos". La veo volver y una música se forma en mi cabeza, es un piano que rebosa vitalidad y una violín que lo acompaña. Se vuelve a sentar en la cama y yo me incorporo para deleitarme con el manjar que me ha traído. Las legañas aún cubren mis ojos pero ya soy consciente de mi nada condescendiente gesto. Sin embargo sonríe ajena a ello, como si nada le importara:

- Mira tus brazos - le digo mientras rodeo su muñeca con pulgar e índice llegando casi a la segunda vuelta -. Estas hecha polvo, estos días déjame a mi todo el trabajo, tú necesitas descansar.
- No te preocupes, mi cuerpo se recuperará pronto, a la buena vida una se adapta rápido.
- ¿Has bajado ya al garaje? - le pregunto con una sonrisa interesante.
- Si te soy sincera... no he salido de esta casa. No sé muy bien ni donde estamos, tú me diste las indicaciones para llegar hasta aquí, pero la verdad que nunca antes había llegado hasta la cima, me daba miedo.
- Bueno, pues como ya has visto, no es peligroso. Más bien todo lo contrario, ahora que estás aquí, esto es el paraíso...
- Pablo, yo...
- ¿Qué? - baja su cabeza y mira con recelo una de las tostadas. Sus labios brillan empapados en una fina capa de saliva, y tras controlarse unos segundos, se la lleva directamente a la boca.
- Nada, es sólo que... ¿Qué hay en el garaje?
- Mejor no te lo digo, necesitas descansar.
- ¿Qué? ¿Pero por quién me tomas? ¿Sabes cuánto tiempo me he pegado encerrada en esa cloaca?
- 19 días y 20 horas.
Se queda callada durante unos segundos, me mira directa a los ojos y trata de vocalizar, mas no lo consigue. Sus dientes, con esas paletas separadas lo justo para dejar pasar un hilo de aire entre ellas, se quedan protegidos por la oscuridad de su garganta. Sus ojos brillan, y sin decirme nada, lo dice todo:
- Sí, exacto. En fin, ¿Cuál es el plan para hoy?
- Lo que tú quieras, yo estoy descansado, llenamos el depósito y a ver qué podemos hacer.
- Tengo miedo...
- ¿De qué? - le digo con la boca llena.
- ¿Recuerdas el viaje hasta aquí?
- Sí, claro que lo recuerdo ¡cómo para olvidarlo!
- Y... - se pone muy seria - ¿Qué crees que habrá pasado con esa gente, con ellos?
- Ya no me acordaba -a mí también se me borra la sonrisa que su imagen crea cada vez que la miro - ¿Habrán vuelto a sus casas?
- No digas eso, por favor. Todo lo que hemos pasado no puede haber sido en vano.
- Somos demasiado pequeños como para haberlo conseguido, yo no me haría ilusiones antes de tiempo.
- Dicen que el aleteo de una mariposa puede provocar un huracán al otro lado del mundo. Es una gilipollez pero creo que en este caso me viene que ni pintada la comparación...
- ¿Te imaginas?
- Escucha - mira sobre mi cabeza -, pásame eso.

Señala a un especie de soporte que hay en la pared, junto a mi espalda. Hay varios mandos a distancia, se los paso todos y comienza a apuntar hacia la televisión:
- Películas, falsas noticias y poco más, no esperes otra cosa - le digo.
Al final consigue encenderla mientras mira con estupor lo que la imagen de la televisión nos devuelve. Ciento cincuenta canales de paja, gilipolleces, películas casposas y falsa verdad se han ido al garete, en todas pone lo mismo: "Sin señal". "Esto me asusta mucho" le digo mientras me apego por instinto a su cuerpo. Espero que en cualquier momento alguien de una patada a la puerta de la habitación y acabe con nosotros, no sé si será la costumbre o que uno ya no puede vivir sin miedo:
- Lo que está claro es que algo ha pasado, la hemos liado como nadie lo ha hecho en 20 años - me besa con efusividad en la mejilla, sus brazos parecen recuperar la fuerza y, entre moratones, cicatrices y heridas sin curar, resurge aquella mujer que un día empujó mi GTI cuesta arriba - ¡un momento! Y si...
- No... no puede ser verdad - mi mandíbula se separa 20 centímetros del cráneo, no sé si reír, llorar o no dejarla ir nunca más.

Un botón, sólo eso ha hecho falta para que ese trasto inútil que altera el paisaje del fondo recupere su color. "Digital/analógico", algo tan simple como pulsarlo, ha hecho que la mañana se nos venga encima, que la tranquilidad con que me he levantado se me eche encima y todo mi descanso se convierta en energía y ganas de salir a la calle y gritarlo a los cuatro vientos. En la televisión, de la que sólo me ha hecho falta ver dos segundos, aparece un viejo conocido de pelo rizado y nombre Antonio. Viste de traje, engominado y con un acento jiennense que da fe del inicio de todo esto. Aquel hombre a que un día recogimos en una cuneta es ahora el principal mensajero del mundo, desde su estudio en alguna parte escondida de la capital de la provincia se comunica con el resto del mundo e informa de que, por fin, esta tierra inerte y hambrienta de aire fresco, vuelve a latir. No sé si reír hasta que me quede sin aliento, si besarla hasta que me quede sin saliva o, si por el contrario, ahorcarme en alguna de las fuertes vigas de esta mansión y liquidar todo el miedo que en mi mente crece por la que se nos viene encima.

Ella sonríe, y su sonrisa tranquiliza mi alma, me mira y dejo que los segundos pasen disfrutando de su mera presencia. Mientras tanto, el tiempo delante de la caja tonta no para:

"- En otro orden de cosas, desde Madrid nos llegan lo que son las primeras imágenes del inicio de la expansión en la zona centro de la península. Nuestra compañera Susana nos dará todos los datos desde el epicentro de la noticia. Buenos días, ¿Qué tal avanza el tema por allí?
- Buenos días, Antonio, nos encontramos a unos kilómetros de la capital, hasta donde se han acercado muchos ciudadanos de las viviendas colindantes en busca de un poco de comida de la "de verdad" - dice mientras hace el gesto de las comillas con la mano que le queda libre-. Esta colonia ha sido la única medianamente consistente que ha resistido todo este tiempo..."
Continúan hablando y no puedo evitar un dolor en el pecho al recordar su cuerpo tirado, en mitad de la nada y a unos minutos de la gloria, su único delito fue querer ser libre mas el destino no reservó ningún regalo para ella.
" - Las colas rodean el circuito de El Jarama, de momento nos informan de que las existencias se han agota. Sin embargo, éstas vienen de camino nuevamente, según cuentan, la Sierra Norte está llena de cultivos de pequeños agricultores. Sin embargo, se recomienda a la población que continúe comiendo barritas, hasta que la economía se reactive pasará aún algún tiempo, pero cuanto antes comencemos a comer alimentos sin procesar antes se adaptará nuestro cuerpo a nuestro nuevo ritmo de vida."
- Las barritas son pura mierda - dice Silvia entre mordisco y mordisco. A mí se me ha ido el hambre de golpe -, espero que vuestro gobierno haga las cosas en condiciones y las prohíba cuanto antes. Estoy seguro de que otros países estarán encantados en traer alimentos, España es una mina de oro sin explotar, mucha gente va a ganar mucho dinero a partir de ahora. Deberíamos hacer nosotros también algo mientras nos dan la condecoración de héroes nacionales ¿No? - me toca la pierna más ya no le hago caso. La cámara se gira unos 30 grados y alguien se coloca el pinganillo con cierto nerviosismo y sonriendo a cámara de forma nerviosa.
"- Tenemos con nosotros a una de las organizadoras de semejante proyecto. ¿Podrías hablarnos un poco sobre cómo os habéis mantenido todos estos años al margen de la ley?
- Bueno, creo que aún no es momento de hablar de ello, todo está demasiado reciente. Deberíamos esperar a ver cómo se desarrollan los hechos. Quizá todo vuelva a estar como hasta ahora, y es algo que me aterra - coquetea con su melena rubia mientras posa sus ojos azules frente a la cámara. Eclipsa a los espectadores que comienzan a descubrir el mundo y hace que el ideal de belleza obesa e insana de la sociedad actual se tambalee por su propio peso.
- ¿Bromeas? Ahora no te preocupes por eso, todo se ha acabado y no permitiremos que nos vuelvan a engañar - se le llenan las mejillas de lágrimas."
Puedo ver en su mirada el mismo espíritu luchador que vi en Antonio aquella mañana. Es curioso como el amanecer siempre representa en esta historia un punto de inflexión, sin embargo, hoy sólo espero que este momento dure para siempre:
- Pero... ¿Qué coño? Es, es... - tartamudeo.
- Cintia, mírala qué guapa ella ¡qué grande que es! No sé por qué le cuesta tanto sonreír.
- Pe... pero ella está muerta. La mataron anoche.
- ¿Qué? ¿Qué dices? Pero si anoche tú estabas aquí roncando, ya te digo que llevas durmiendo como un tronco dos días, jamás había visto algo así...
- Bueno, anteanoche... pero yo me acuerdo de como la mataron, luego vino lo del agua y lo del fuego. Un momento, ¿y mis manos? ¡están bien! - miro con estupor mis brazos, mis manos... mi garganta. Hace apenas horas estaba nadando en 500 hectómetros cúbicos de agua congelada y hoy ni siquiera tengo un leve catarro. Las quemaduras aún deberían estar en carne viva y sin embargo sólo tengo alguna pequeña herida.
- Estás delirando cariño, o el cansancio te jugó una mala pasada en aquel momento o algo funciona mal en ti. Si es lo segundo, creo que voy a dejar de compartir desayuno contigo... - se aleja un poco, aunque está siendo demasiado sarcástica como para creerla.
- Pero... en la huída, ellos se la cargaron ¡yo tapé su herida! El Maserati aún tiene que tener manchas de sangre.
- Bueno, manchas de sangre las tiene, pero en el maletero y eso sucedió cuando tú ya estabas en tu mundo. No creo que te acuerde de eso... ¿Y de qué fuego hablas?
- Joder, ¿No te acuerdas de que quemaste toda la central eléctrica para que no produjera más energía? Casi mueres, yo te salvé - sigo desorientado, vuelvo a pensar en poner en cursiva estas líneas...
- A ver Pablo, la verdad que si no hubieras aparecido aquella noche en la celda lo mismo Cintia no hubiera venido a abrirnos, no sé por qué pero estabais como conectados, ya me contarás - noto cierto tono celoso -, pero después de eso, fuiste más un estorbo que otra cosa. Estabas "agilipollado", no sé si se pasaron dándote golpes, pero no eras tú. La verdad que a excepción de ese primer momento, fuiste un auténtico coñazo. Aún así, todo pasó muy rápido, salimos de allí los tres, borré todo el software controlador del sistema en 30 segundos y nos fuimos de allí. Hicimos un par de puentes, tú te empeñaste en coger el italiano y ella se fue en un SL500, se fue directa a Madrid, quería vivir aquello con su padre, nos pidió perdón antes de irse, por si sabes el por qué, yo ando un poco perdida...
- Pues yo tampoco tengo ni idea - miento.
- Lo malo empezó luego, te pusiste muy cabezón, incluso violento, querías conducir sí o sí. A mí la verdad que me hacía gracia y aquellos gilipollas eran unos incompetentes de cuidado, no había ni uno en guardia, todos durmiendo. Así que, te dejé hacer los honores. No eras capaz de trazar dos curvas seguidas sin darme un susto, pero en fin, era mi momento y quería disfrutarlo, no me importaba nada más. Sin embargo...
- Sin embargo ¿qué? - digo esperando alguna confesión que me suba el autoestima.
- Nada... a 20 kilómetros de Jaén nos dieron caza un par de ellos, iban en un cacharro viejo y no muy rápido. Un Audi 80 si mal no recuerdo. Eras incapaz de dejarlos atrás, ¡qué malo eres joder! - se ríe abiertamente de mí, su risa malvada anula la ya casi inexistente pena que me dan las marcas que el calvario que ha pasado ha dejado por todo su cuerpo. Es más dura que yo, no hay más que decir - Y encima, cuando ya parecía que habías conseguido deshacerte de ellos, vas y te paras en la puñetera plaza de la catedral, con mil personas mirándonos sin saber de dónde coño salimos y me dices que me quieres, y luego me intestas besar - intenta aguantar tapándose la boca - ¡buajajajaja! En serio, brutal, actuación del siglo - me da un beso en la mejilla que me tomo como lo que es, sólo una muestra de compasión y pena hacia mi patética imagen, que no podría estar más dañada.
- Está bien, no sigas, ya he quedado bastante en ridículo para llevar un cuarto de hora despierto. Ahora me levanto y me miro al espejo, para seguir con mi dosis horaria - dejo de mirarla y me limito a hacer lo que me apetece ahora: estar serio. Mientras, continúo viendo por la televisión a Cintia, quien se entregó a mí en cuerpo y alma (si es que no lo he soñado también) y la rechacé sin merecerlo, por estar junto a quien ahora me humilla y se ríe de mí. Mister Fracaso apunta una nueva línea a su serie de catastróficas desdichas.
- No seas tonto anda, si ya te conozco muy bien, además, sé que no eras tú, no te preocupes. Además, que lo mejor está por llegar: puerto de Los Villares, horquilla cerrada a derechas, los dejas atrás, haces la primera buena trazada desde que salimos de Cazorla y, entonces, nos quedamos sin combustible. Las cosas se pones feas, dos tíos se bajan del coche y nos apuntan, y tú haces lo que nunca nadie ha hecho por mí, no te imaginas lo sola que pensaba que estaba hasta ese momento, y creo que en ahí sí fuiste tú.
- Esa parte ya la recuerdo, no hace falta que sigas.
- Fue brutal, cuando todo parecía que se iba a la mierda, sale un viejo de la nada y se los carga a los dos con una escopeta acorde a la época del coche de ellos. Y entonces, por suerte, te desmallaste y pude conducir después de sacarle unos cuantos litros de gasolina al Audi. Tu amigo nos trajo algo de comida ayer, se le veía muy animado con las cosas que iba escuchando por la radio - vuelve a romper en carcajadas.
- En fin, soy la persona más triste que existe, no tengo remedio... - me levanto y me voy de la habitación con mi pequeño y envuelto en Colesterol corazoncito más roto de lo que lo había estado en años.
- Espera hombre, no te pongas así, creía que te haría gracia. Si te sirve de consuelo al abrir el motor del Audi me di cuenta de que llevaba algunas piezas cambiadas, quizá daba más potencia que de serie.

La miro sin vacilar lo más mínimo, le suelto un "vete a la mierda" y cierro la puerta del dormitorio. Bajo corriendo al piso de abajo, noto como sus pies descalzos me persiguen mientras a mí me resbala alguna lágrima. "¿A dónde vas?" me grita desde la distancia. "Al garaje" le contesto tratando de mostrar fuerza e impasividad. "Garaje, ¿Qué garaje?", salgo a la calle y me encuentro el Maserati en la puerta, el enorme hangar está cerrado y tal y como lo dejé el último día. Trato de recordar dónde dejé las llaves, y tras unos segundos de dudas, recuerdo la imagen de éstas sobre la mesa del salón. Ella me mira desconcertada y yo hago como si no le prestara atención, me gustaría decirle que la odio y que ha sido lo peor que me ha pasado en la vida... ¿Pero a quién quiero engañar?

Paro frente a la cerradura, respiro un poco de aire congelado y mañanero, como de costumbre todo está entre nubes y claros y, dentro de mi particular paraíso, la colección de bellas damiselas se sigue luciendo entre polvo y lonas a medio quitar. Continúo ignorándola y me dedico a hacer como que sé lo que estoy haciendo, aunque esto de bajar no fuera más que una escusa para hacerle cambiar mi opinión sobre mí. Van sus pasos tras de mí, yo paseo entre un XJ220, leyendas del grupo B, superdeportivos de la última hornada que pisó la península, nombres impronunciables y retinas incapaces de absorber tantísimos vértices y aristas, ahora sí que sí, estoy dentro de un sueño. No noto mis piernas ni el suelo, es como si volara por encima de las nubes, como lo hace el lugar en que estamos. Me agacho y cojo del suelo una especie de coche de madera que alguien dejó tirado hace muchos años, está lleno de polvo y parece estar tallado con pocas o ninguna herramienta. El GT3 RS continúa con medio eje arrancado, con las ruedas traseras tambaleantes y con una lista de espera infinita para su entrada a quirófano. Y es que, cuando pienso en alguna de estas máquinas, no puedo más que pensar en el hecho de que la diferencia entre resaltar sobre el resto de la gente, de sentir como pasas de cero a cien por hora en cuatro segundos, de sonreír como un crío cada vez que descubre algo nuevo y estar atrapado entre un amasijo de hierros a la salida de una curva es tan ínfima que una mezcla extraña entre pánico y pasión hace que tenga ganas de vomitar.

Busco en el cajón de las llaves las del que me gustaría coger ahora, pero no me decido, mi mente y mi cuerpo están a otro lado, unos 50 metros más atrás, junto a la puerta para ser exactos. Silvia se ha quedado congelada, su pelo es lo único que se atreve a moverse y creo que es el viento quien lo empuja. La miro fijamente mas ella tiene la mirada perdida, puesta en un horizonte de carrocerías que deambulan a medio camino entre el mito y la pura reminiscencia de un juguete roto del que ya no se preocupa nadie. Me trago mi orgullo y me acerco a ella, tratando de devolverla al mundo real. Me quedo unos segundos mirándola con cara "de circunstancia", no reacciona y continúa con la mente en otra parte. "No está mal la colección ¿Verdad?" le digo mientras me pongo a su altura y la dejo atrás mostrando esa frialdad que nunca ha sido mi especialidad. Salgo a la calle y observo de nuevo esa casa, que acorde con lo que todo en este lugar esconde, es simplemente demencial: las paredes se funden con la roca y éstas con el musgo, que a su vez se disipa y se transforman en jardines que terminan en una fuente y una piscina, desde la cual surge un nuevo tejado o suelo; en definitiva, la obra de un loco, o un soñador ¿Quién sabe?. Unas estrechas escaleras dan paso directo desde la cocina al garaje, apoyo el pie en el primer peldaño cuando, del interior, viene un sonido que me hace dar media vuelta. Es ella, que suspira como quien lo hace por primera vez (o eso he leído), la veo igual, muda y ensimismada en su propio mundo de arandelas, cilindros y gasolina de alto octanaje caduca, una pena que no sepa salir de ahí:


- ¿Sabes dónde estamos? - dice por fin, pasando de su lado tenebroso a su personalidad interesante.
- Sí, en el Alto de la Pandera, mil ochocientos...
- No digo eso, ¡tonto! ¿De verdad que no sabes dónde estamos?
- Creía que sí, pero vamos, sorpréndeme.
- Estás, gordito mío, ante la prueba real de lo que ha sido una mera leyenda hasta ahora. Los más mayores del lugar hablaban de esas mañanas de Domingo en que coches nada comunes para estas tierras aparecían sin más por las carreteras y desaparecían de nuevo hasta el siguiente fin de semana. Algún loco aseguraba ser amigo suyo, incluso se atrevió a revelar su identidad, decía que eran uña y carne, que en parte estaba donde estaba gracias a él... pude hablar con él, no le creí en nada, pero creo que me estoy arrepintiendo.
- ¿A qué te refieres? Habla ya, no te hagas más la interesante.
- He leído mucho sobre ello, he escuchado muchas historias, todas tenían su parte de mentira y su parte de verdad, pero después de ver esto, creo que no puedo más que tragarme mis palabras y darle la razón a quien en su día no creí. Esto, Pablito de mi alma y de mi corazón, es el puñetero epicentro de la rebeldía, el lugar más ilegal de esta país, probablemente.
- Pero... ¿Cómo llegaron todos estos coches aquí? ¿Quién era ese hombre? ¿Era uno de ellos? No me puedo explicar que haya vivido todo este tiempo al margen de la ley, ¡y sólo!
- Bueno, no siempre estuvo sólo, es una historia larga y de la que te podría contar mil versiones, pero atando cabos entre todo lo leído y vivido, puedo hacerme una idea de por dónde van los tiros - sin darme cuenta, volvemos a mirarnos a los ojos y ya he olvidado lo ocurrido, para mi desgracia.
- Pues no sé a qué esperas...
- Un momento... ese alerón de allí... ¿Es un koenigsegg? ¿Un Agera o un CCX? No los puedo distinguir tapados.
- No es lo mejor que se puede encontrar por aquí, de hecho creo que hay 15 o 20 que me llaman más la atención. Pero no nos desviemos del tema, habla. Ya habrá tiempo de conducirlos, por el momento hay que ser discretos y precavidos, todo está muy caliente y no arrancaremos un coche hasta que me expliques de qué va esto...
- A ver, ya te digo que esto fue algo que nació hace muchos años, que no sé qué tiene de verdad y qué no, aún así, me arriesgaré a contarte lo que sé y hasta donde la gente sabe, luego se volvieron un poco herméticos e hicieron de ésta su particular república. Dicen que en un hospital de Jaén trabajaba un médico bastante quemadillo, vamos, como tú o yo pero con más medios. Se compró una casa que estaba bastante bien, tenía un buen garaje y un par de coches con encanto, no me preguntes cuales eran porque no tengo ni idea.
- Espera un momento... - le interrumpo.
- Ahora me dirás que soy yo la que me hago la interesante.
- Creo que yo aún no te he explicado cómo hemos llegado hasta aquí, y si lo he hecho no me acuerdo.
- Sí, lo sé, él te dio las llaves de este sitio justo antes de saltar al pantano, te dijo que el GTI fue su primer coche y te regaló su GT3, que luego tú estrellaste. Era un buen tipo, eso es seguro, te recuerdo que el M nos ha salvado de más de una...
- ¿Y cuándo narices te he contado eso?
- Tío, es que vienes con todos los extras, otra de tus virtudes es relatar todo lo que sueñas en altavoz, no veas los sustos que me has dado a media noche cuando te ponías en modo narrador, ¡bendito coñazo estás hecho!
- Sí vamos... tienes el cielo ganado.
- Pues sí, algún día se compensará todo lo que he pasado - mira a las decenas de deportivos que tiene ante ella y sonríe - Bueno, ¿Sigo o qué?
- Pobrecita... sí anda ¡continúa!
- Bueno, pues como te estaba contando, el chaval tenía un GT3 RS (pequeña pero notoria diferencia) y un Golf GTI que se sobrecalienta si rueda en manos equivocadas - se ríe a carcajadas-. Iba y volvía, se daba sus caprichitos y no era un mal profesional, aunque tampoco era ningún prodigio, y más teniendo en cuenta que trabajaba en un hospital de enfermos terminales. Un día las cosas se torcieron, algo pasó en el hospital y todo salió ardiendo, se inculpó a él del incidente y entre idas y venidas, hubo un par de personas que siempre se postularon de su parte, se dice que eran pacientes, aunque un señor mayor me dijo una vez que él era uno de ellos, y que no era paciente sino trabajador del hospital, jardinero para ser exactos. De eso hace años y no lo recuerdo con demasiada claridad.
- ¿Y...?
- La paciencia es la madre de todas las ciencias. Los rumores corrían como la pólvora, hubo juicios que pasaron de estar en su contra a absolverlos y acusar a otros, entre ellos, a la directora de dicho hospital. Todo esto no benefició a su imagen, y más teniendo en cuenta que desapareció un tiempo del mapa y, cuando regresó, lo hizo con muchísimo dinero, una montón de coches (los que tienes delante) y una chica a la que poca gente conocía. Él decía que le había tocado la lotería, más la gente no le creyó, todo era demasiado bueno como para ser cierto. Detrás de aquello hubo muchos intereses, y agárrate que ahora viene lo bueno: ¿Sabes qué paso con el hospital?
- Ilumíname.
- Se convirtió en lo que durante casi 20 años fue la resucitada Pegaso... no sé si has escuchado hablar del 711.
- ¿711? ¿No será 911? Menudo plagiadores, ¿no?
- ¿No conoces el Pegaso 711? ¿Y tú te consideras un amante de la automoción? ¡qué triste! Ven anda, que te voy a mostrar un pedacito de la historia de la automoción española, estoy segura de que aún quedará alguno de esos por aquí.

Se atreve a introducirse en el corazón del garaje. Comienza a levantar lonas como si quien está en su casa, sólo acierta a decir "Madre mía, madre mía!" cada vez que descubre una nueva bestia mecánica entre cajas de piezas por usar, polvo, suciedad y un olor a medio camino entre la gasolina y el aceite de motor que tiene su punto...:

- ¡Equilicuá! - dice cuando llega a un enorme coupé de líneas cercanas a las femeninas y frontal agresivo. Su morro parece perderse en el horizonte, allá donde las líneas se funden en un punto de fuga.
- ¿Qué cojones es esta cosa? Es... es...
- Bestial, el indomable, jamás pensé que llegaría a ver uno de estos entero. Quedan muy pocos, muchos de ellos los quemaron cuando a los de arriba les dio por ponerse en modo "ecoplastas"... los que salieron de la península están a buen recaudo, tener el placer de tocar uno es un enorme lujo.
- ¿Y qué tiene de especial?
- Buff... esto es mitad razón mitad pasión. Fue una cuestión de cabezonería, de obcecación, de a ver quién la tiene más grande. Salió de la nada, de un puñetero hospital abandonado, no se sabe cuánto se gastó este hombre en todo aquello, pero conseguir un coche que ganara al Bugatti Veyron en el 0-400 y que tuviera el paso por curva de un GT3 créeme que no es algo barato.
- Pero... ¿él no era médico?
- Sí, pero esa mujer con la que andaba, era ingeniera o algo parecido, y se dejó hasta el último céntimo en que ella fuera feliz, y lo mejor es que creo que nunca se enteró de lo mal que iban las cosas. Se les fue de las manos, mientras la gente aparcaba sus coches ellos usaban las carreteras como circuitos privados, hay fotos por ahí de un antiguo radar que funcionaba en la autovía hacia Madrid, se rumoreaba que no detectaba velocidades superiores a 360 kilómetros por hora porque nunca cazaron uno de éstos a más velocidad, y no creas que era porque no podían... - sonríe.
- Vamos, que lo tenían todo y se quedaron sin nada.
- Pues sí, pero que le quiten lo "bailao", ella vivió toda su vida una feliz mentira y el vivió junto a ella, ¿No es bonito? Además, nosotros tampoco estamos en mejor posición aunque... ¿de verdad necesitas algo más? - dice mientras levanta las manos y rodea con éstas todos los bólidos que pueblan el lugar.
- ¿Sabes lo que me apetece ahora?
- A mí ver si el mundo ha resucitado ¿Y a ti?
- ¿A mí? Algo un poco más egoísta: conducir.

Observo los ojos verdes que pueblan el estudio, hay muchas fotos y en muchos escenarios diferentes. Me pruebo un montón de ropa que aquel señor guardaba en un armario de sus tiempos "mozos". Unos vaqueros, una camiseta y una chaqueta de cuero es todo cuanto necesito para sobrevivir al frío creciente tras una ducha rápida. Ella se queda en ropa interior delante mía sin el menor pudor, la observo de reojo y aunque se le marcas demasiado las costillas y tiene maltratada hasta el alma, no pierde las curvas de mujer y su nivel de belleza es inversamente proporcional a la cantidad de ropa que lleva. "¿Cómo me queda?" me pregunta mientras se abrocha el último botón de una camisa a cuadros y se pasa el cinturón a través de unos pantalones rojos ajustados:

- Parece que ambos compartíamos talla con estos dos... - le digo tratando de mirarla con naturalidad no-lasciva.
- ¿Casualidad? No lo creo - se vuelve a reír -. Escucha, he visto algo aquí que nos vendría de perlas.
- ¿El qué? - le pregunto mientras rebusca en el armario y a mí se me va la vista hacia donde no debe.
- ¡Sorpresa! - saca dos pares de guantes de cuero, unos blancos y otros negros.
- ¡Pa mí los negros! - se los quito de las manos sin tiempo de réplica.
- Joder, tranquilidad, ¡que a mí me da igual flipao! - el Sol entra por la ventana e ilumina su sonrisa - Además, eso no es lo mejor... - saca un par de cajas de color oscuro, con una firma extraña y elegante en la caja. Las lleva a una mesa donde descansan unos bocetos y las deja encima. Abre con cuidado la primera de ellas y se dejan ver unos zapatos de color marrón, con un delicado cosido artesanal y un acolchado mejor que el colchón en que duermo - Me los pido, que además creo que son de mi talla, para ti los otros.
- Joder... ¿Y qué tienen de especial? A mí mis zapatillas me gustan.
- No sabes de lo que hablas -me da una palmadita en la espalda-, ¿Sabes que estos zapatos son dignos de un Papa? De hechos, los fabricó su mismo zapatero, eran un obsequio que te regalaban al comprar un Pagani, lo que no sé es por qué estos dos no los llegaron a estrenar.
- ¿Y qué hacen? ¿Conducen por ti? ¿Se ponen en modo "punta y tacón" automáticamente?
- No lo sé, pero llevo toda mi vida con ganas de probar unos...
- Si tan dignos son, habrá que probarlos con unas máquinas a su altura, ¿no?
- Es lo más inteligente que he escuchado esta mañana...
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#12
Capítulo 29


Y la tranquilidad de esta mañana se torna en silencio a 10 minutos para el mediodía. Entre nubes y claros se dibuja una bajada infernal, de curvas cerradas y pendientes pronunciadas, con un único objetivo en mente visualizo a diez metros de mi Celica un Deltona bien ancho y con sensuales formas (¿Qué esperabais? ¿Un Pagani? Quizá de aquí a un tiempo me atreva a conducirlo).

Las luces de freno se encienden, el escape comienza a soltar una densa humareda grisácea (unos cuantos añitos acumulando fluidos tienen la culpa), petardean y el sonido de las dos salidas hace que los cuervos que suelen poblar la zona salgan corriendo. El rosso de su carrocería se diluye cuando las luces de freno se apagan, sale como una centella entre los escarpados barrancos que rodean el asfalto y desaparece sin darme tiempo a arrancar. La parte trasera se hunde queriendo rozar el asfalto gracias al impulso del motor, sólo da un respiro a la suspensión en las décimas de segundo que tarda de pasar de primera a segunda. Mi Toyota no es tan pasional ni arrojadizo, pero la tracción total será una ventaja en este terreno diseñado para tanquetas y coches del Grupo B. Con imperante torpeza consigo que los más de 200 caballos del cacharro salgan disparados entre ambos márgenes. La sensación de velocidad no se puede comparar a la de un F-Type o un Serie 1 M, lástima que al M3 de Silvia haya que darle un repaso, sería la máquina ideal para hacer el recorrido inverso.



Los arbustos son mi único acompañante, ella y su bólido rojo han desaparecido con ayuda de unos neumáticos que se adhieren a la carretera como el chicle y unas manos que consiguen hacer de la conducción un arte. Vamos de estricta serie y en cierto modo parece que hayamos vuelto 70 años atrás en el tiempo, no veo al Lancia pero sí puedo percibir el olor a rueda quemada que entra por la ventana y la extraña mezcla entre gasolina y aire de otra época. Levanta el pie para que consiga alcanzarla y a un ritmo alegre pero contenido dejamos que los ya clásicos se deslicen montaña abajo con ayuda de la gravedad y mientras observo los borbotones de fuego “gran cosecha” que salen del Delta. Si ayer lo que sentía era soledad, hoy son hormonas de felicidad las que se expanden por mis células, el delirio se vuelve una filosofía de vida al traspasar la red de nubes que divide el mundo real de la cima de la montaña. Colina abajo el Sol pinta de azul el cielo en el que será uno de los últimos días de otoño, se prevé un tiempo frío y gris para el invierno y espero que las horas de chimenea con Silvia me la acerquen más de lo que hasta ahora lo han hecho.

Los minutos de estrechas comarcales que no conducen a ningún sitio se terminan, llegamos a ese punto en que muere el asfalto abrupto y comienza la pulida nacional donde un cartel nos indica que faltan poco más de 30 treinta kilómetros para la capital. En la unión que distingue ambos tipos de calzada se distingue el intenso trazo de cientos y cientos de neumáticos que fueron aumentando el grosor de la vía a base de pasadas al límite. Nosotros dibujamos una nueva marca y me quedo ensimismado viendo los movimientos del italiano (que me limito a imitar). Se lanza a los vértices de cada curva cual rottweiler a un cacho de carne tras un mes sin dar bocado. Levanta alguna de las ruedas e incluso se permite la licencia de tirar del freno de mano, momento en que las BBS dejan de girar y aprovecho para observar la nada desagradable mezcla de una carrocería cortando el aire con unas ruedas que parecen querer quedarse en el sitio.

Damos los buenos días a los animales de la zona rompiendo con la tranquilidad latente en la que han vivido en estos tiempos extraños, y es que aunque para nosotros fuera una putada, este país ha recuperado su vida a base de abandono. El cuentakilómetros marca los 170 por hora cuando me decido a pasar a mi femenina competencia, quizá sea por el orgullo que no me queda, por la rebeldía adolescente que tanto tiempo estuve reprimiendo o por la firma del gran Sainz sobre el salpicadero, el caso es que emerge mi vena competitiva cuando reduzco a cuarta y me quedo en paralelo a ella. Levanta la ceja y me mira fijamente, sonríe y vuelve a mirar al frente. Yo me quedo a su lado, sigo mirándola sin prestar atención alguna a la carretera (es una recta bastante grande) y sé que aunque no me dice nada, por dentro se derrite con mi pericia al volante. Señala con el índice hacia delante y frena para que la deje atrás, a pesar de que esa curva (por la que ya hemos pasado unas cuantas veces) no exige unas capacidades de otro mundo para pasarla a fondo. Miro al frente y… ¡joder!

Como en una peli de zombies, una carretera que no es más que una metáfora de un país que se muere, resurge la vida en forma de Renault Megane que clava frenos al ver un Toyota Celica Carlos Sainz viniendo de frente a casi 200. Su falta de costumbre se hace latente en ese bloqueo mental que le impide girar para evitar la colisión, por suerte, un descansado y completamente lustroso Pablo es capaz de reducir a tercera sin que salga un pistón por el capó y vuelve al carril derecho con la distancia justa para que pase un pelo entre mi parachoques y la delantera del franchute. Miro por el espejo retrovisor y su sonrisa me indica que no se anda con tonterías. Yo todavía estoy tratando de recuperar el aliento mientras el Celica recupera un régimen de vueltas normal cuando el Deltona pega un apretón y me deja atrás sin derecho a réplica. El sonido embriagador del modelo más icónico de tan desdichada marca hace que un servidor pase de asimilable narrador a relamido poeta frustrado.

Y entre poesía y desamarres que hacen subir las pulsaciones y reducir mi esperanza de vida, llegamos a una ciudad casi irreconocible en la que dos días han dado para mucho. Las persianas, hasta ahora guardianes impenetrables de un mundo distante y oscuro, han dado paso a ventanas que dejan pasar la luz y el aire fresco que baja de las montañas. Hay que caminar con precaución, la gente aún no se acostumbra a los vehículos (somos pocos, de hecho, hasta el momento sólo ese Megane nos ha dado señales de desarrollo automotriz) y deambulan por las calles sin importar si es acera o calzada. En la plaza de la catedral, un multitudinario grupo de personas aplaude al discurso vacío de un señor aparentemente cabreado y con dudosos signos de hacer algo por nosotros: las cosas vuelven a la normalidad.

Seguimos atravesando Jaén entre fachadas en las que revota el sonido de nuestros cuatro cilindros apretados. Hacemos el camino de vuelta a casa, o eso parece. Silvia evita volver allí, a mí me viene a la mente una habitación vacía y un lápiz de ojos que aún conservo. Rodeamos la primera parte de un parque que sirvió a su vez de selva, vemos a uno de los rezagados cervatillos correr buscando un nuevo hogar, la gente parece volver a tomar el mando en la zona norte. Aparcamos en la puerta de nuestro edificio, ya no es necesario entrar en el garaje, no hay por qué ocultarse, no hay de quién esconderse:

-Como me gusta este cacharro, es un Evo II, como mi M, ¡qué ganas tengo de volver a cogerlo! – se estira como quien lleva diez horas conduciendo y deja entrever su ombligo entre el pantalón y la camisa. Sonríe mientras el Sol le da directa en la cara, ambos teníamos ganas de volver a verlo.
- Pues este tampoco va mal, ¿eh? Aunque la tracción total no pasa por su mejor momento…
- Bueno, tenemos todo el tiempo del mundo para dejarlo como nuevo – me guiña un ojo – oye, ¿Te apetece subir? – me dice mientras torna su gesto algo serio.
- La verdad, creo que a ninguno nos beneficiaría demasiado volver allí – recuerdos de un pasado que no debe volver; a mí ya no me queda nada ahí arriba, ella dudo que alguna vez guardara algo.
- Se lo llevaron todo, ¿No?
- Sí, aunque no sé muy bien qué tenías allí exactamente…
- Bueno, no te he contado todo… - hace una mueca extraña con sus labios mientras que mueve con cierto nerviosismo una de sus piernas.
- Creo que sería un buen momento para que me lo contarás, o al menos para que me dijeras qué narices le ha pasado al mundo.
- Bueno, está bien, ¿Qué me das a cambio?
- ¿Un paseo por el parque más bonito del mundo? – le digo mientras observo los restos de lo que un día fue césped, que se desarrolla de forma salvaje junto a un lago de agua verde y unos críos (sí, críos) que juegan con cuatro piedras y unos palos ante la atenta mirada de sus padres, que aún se tienen que hacer a la idea de que han salido al mundo real.
- No entiendo de dónde cojones han salido los mocosos estos – le pega una patada a un piedra, para después soltar un “mierda” al darse cuenta de los zapatos que lleva puestos.
- Quizá el planeta no estuviera tan muerto como nosotros pensábamos…
- Pues sí, y eso me cabrea.
- ¿Qué pasa? Algo escapó a tu control ¿Verdad? – sonrío con ganas de meter el dedo en la llaga.
- ¡¿Perdona?¡ – dice con un frío pero enrabietado tono - ¿Sabes que esta gente está aquí gracias a mí?
- Sí claro… yo como de costumbre no tuve nada que ver – me pongo serio, casi triste, y me alejo un poco de ella mientras caminamos sin rumbo, esquivando pelotas a medio inflar y escuchando las respiraciones cansadas de los padres tras alguno de sus criaturas, que en algunos casos no superan el metro de altura.
- Pero qué tonto que eres – pasa uno de sus brazos por detrás de mi cuello y deja el otro por delante del mismo, me roza con su pulsera de plata (recién cogida del baúl de los recuerdos de aquella mujer de ojos verdes) y une ambas extremidades al otro lado, formando un especie de lazo entre los dos - ¿De verdad te piensas que no sé que si esa noche tú no hubieras aparecido yo estaría criando malvas? Venga hombre, échale un poco de humor a la vida, que nos lo hemos ganado ¡mira a tu alrededor! Lo has logrado, ahora nos toca ser felices – me da un beso en la mejilla, con tantas ganas que hasta empiezo a sospechar que no le desagrado del todo.
- Lo hemos logrado, tampoco te quites mérito.
- Pues eso, hay que ser humildes, pero nos hemos ganado el ser un poco vanidosos, estamos en las nubes y hay que disfrutarlo, no te preocupes que ya se encargará el mundo de devolvernos a la realidad.
- La realidad se lleva mejor con treinta mil caballos en el garaje, ¿No crees?
- Pues sí – se pone unas gafas para que el Sol no le deslumbre -, esa es la parte que más me gusta de esta historia, es tan… de película.
- Ya, pero bueno, hay otra parte que aún no me has contado… ¿Nos sentamos? – le señalo un banco que queda entre dos setos de proporciones salvajes, una especie de lago artificial queda al fondo y las criaturitas del señor tiran piedras al otro lado sin preocuparle lo más mínimo que nos salpique, aunque ¿A quién le importa eso ahora?

El aire se vuelve fresco, pero en mi hombro su cabeza apoyada me calienta, nunca pensé que una melena castaña pudiera abrigar tanto. Una suerte de esperanza nubla mis pensamientos, y me imagino que vuelve a haber algo más; ese momento en el que pienso que somos algo más, en el que quienes nos rodean piensan que somos algo más, dura tan poco que es un placer inmediato, y me pierdo en ese instante para no dejar que me mate la certeza:

-… y fue entonces cuando conocí a esa gente, era como tú, una más en esta puta mierda de sistema, pero no sé, hubo algo que se despertó en mí aquella noche de… ¿Febrero, Marzo? ¡Bah! Y yo que sé –y soñando, y sin darme cuenta de que ya ha empezado a contarme quien es, me descubro soñando aún con lo que nunca llegará y asintiendo como un gilipollas a pesar de que no le haga ni puñetero caso – El caso es que aquella gente me dio esperanzas, y no tuve más remedio que creerles. Un día, tras meses contándome sus paranoias conspiranoicas y sus pajas mentales… decidí quedar con ellos en una especie de sala virtual en las que se ponían micrófonos y webcams como si de una conferencia de las Naciones Unidas se tratara. ¡Ay! – suspira.
- ¿Qué pasa? – le pregunto un tanto asustado.
- Pues nada, que me metí diez gramos de realidad en vena, muchos meses sin dormir, con ilusiones que se alargaban toda la madrugada… para nada. No eran más que un grupo de frikis que se montaban sus historias amparados en el anonimato y a la vez credibilidad que les daba internet. Decían que éramos como un enorme campo de pruebas, que los países más poderosos del mundo estaban colaborando para crear un misil de alcance interplanetario con el que conquistar todo el Sistema Solar, y que nosotros íbamos a ser el objetivo de una bomba nuclear a pequeña escala para conocer los efectos de dicha tecnología...
-Buajajaja – no puedo evitarlo - ¿Y qué pretendían conquistar exactamente? ¿Las piedras inertes de Marte o el gas con olor a pedo de Júpiter?
- Ya lo sé Pablo, pero no sé, yo estaba ilusionada, quería al menos tener respuestas… si nos aislaban del mundo, sería por algo ¿No?
- Llevas razón, en casos como este uno se agarra a un clavo ardiendo. Te envidio, ojalá yo hubiera tenido esas inquietudes, yo era más de pasarme el día tratando de emular a Sebastien Vettel en la Play Station…
- Bueno, luego te vino bien – y sin darme cuenta, mi mano y la suya tontean de forma poco “ortodoxa”, mientras la mañana continúa hacia su fin, un hombre con camisa y bayeta en el bolsillo limpia las mesas de su restaurante, que han estado acumulando polvo demasiado tiempo… -, ahora que no nos oye nadie, y sin que sirva de precedentes, reconozco que no eras mal conductor después de todo… - el aire levanta su pelo y puedo oler el aroma de su champú; aunque no me gusta demasiado el olor químico a “fresa”, he de reconocer que no le sienta del todo mal.
- Si eso ya lo sabía yo…
- Bueno, continúo. Después de aquello volví a mi vida sedentaria de noches en vela y mañanas roncando hasta las tantas, sin embargo, casi por casualidad tropecé con un intruso…
- ¿Intruso?
- Sí, bueno, como supongo que ya sabrás, nuestro hipotético Internet está capado, bueno, lo estaba. Después de la que liamos la otra noche no creo que lo vuelva a estar, directamente no existe jejeje, hemos vuelto a los años 90, sólo hay radio, televisión analógica y telefonía móvil de la que usaban los primeros íberos que poblaron la península. Lo dicho, en realidad no era más que una especie de Intranet que no salía fuera de España. Pero como te digo, un día me tropecé con un chaval de los Estados Unidos que tenía familia aquí (los andaba buscando, espero que al final lo consiguiera), y me contó que había algo que escapaba al control de las autoridades.
- La Deepweb.
- ¿Y tú cómo sabes eso?
- Estuve en tu casa, y leí tu diario, lo siento.
- Vaya… entonces creo que tengo más cosas que explicar, se me va a hacer largo esto. Y no lo sientas, el que escribe un diario lo hace para que alguien lo lea alguna vez, lo contrario no tendría sentido.
- Leí lo que ellos dejaron, creo que llegaron a casa antes que yo y se llevaron casi todo, aunque supongo que de eso ya te habrás enterado.
- Siento lo de tus padres – vuelve a rodearme con los dos brazos.
- Yo también lo siento, créeme que lo siento – una lágrima se escapa de mi retina mientras fijo la vista en el horizonte para no venirme abajo -. Me habría gustado que mis padres vieran esto.
- Si te sirve de consuelo, ambos estamos solos, te mentí en varias cosas, pero fue por tu bien. De otra manera, creo que no habríamos llegado a donde hoy estábamos.
- Explícate…
- Bueno, pasaste de tu zona de confort (tu cuarto y tus cosas) a perseguir a una perturbada por la carretera, pensé que sería mejor que te sintieras identificado conmigo a que te contara la verdad: mi madre murió hace seis años de un ataque cardíaco provocado por la mala vida y el alcoholismo, no sé cómo lo hacía pero siguió consiguiendo bebida hasta que una mañana no se despertó de un coma etílico, mi padre se suicidó tres semanas después. Yo… me quedé sola.
- Bueno, creo que ya está bien de tantas penas – ahora soy yo el que le devuelve el abrazo -, continúa con lo otro, que estaba interesante – se le escapa una pequeña sonrisa.
- En fin… no quiero aburrirte demasiado. En aquel sitio había mucha gente de fuera, otras de dentro, y otras de dentro que nadie sabía que estaban fuera. Sé que suena raro, pero – sonríe -, si has visto la peli del Show de Truman… su director se tocaría pensando en lo que te estoy contando.

- Pero, aún no me queda claro… ¿Quién es el responsable de esto? ¿Los de dentro, los de fuera?
- Verás… en realidad, todos tienen parte de culpa, unos por ser los causantes directos, otros por omisión, otros por mirar hacia otro lado… esto no pasó de un día para otro, fue un proceso paulatino pero que desembocó en lo que estás viendo.
- ¿Y cómo dejamos que esto ocurriera?
- ¿Cómo? Sin darnos cuenta, de hecho, somos nosotros el problema.
- Cada vez estoy más liado… - sonrío con cierta vergüenza.
- A ver… yo nací no hace ni 20 años, tampoco te puedo decir más de lo que he leído o me han contado, por suerte o por desgracia, no lo viví. Dicen que las cosas se fueron de madre hace unos 40 años, hasta poco antes sólo éramos un país más dentro del mundo civilizado, pero teníamos un par de cosas que nos diferenciaban de ellos.
- ¿Qué cosas?
- La primera es que teníais, bueno, teníamos una economía bastante frágil, vivían de épocas de bonanza y burbujas que explotaban, lo mismo les daba por gastar lo que aún no tenían que por tirarse de un puente cuando se les iba de las manos. Vamos, lo que viene a ser una depresión, en pocos años todo lo que nuestros abuelos habían conseguido se fue al garete.
- ¿Vendieron el país o qué?
- No, no exactamente. En este ambiente que te comento, surgieron ciertos estímulos que se convirtieron en opio para el pueblo. La gente pasó de hacer su vida a arreglar el mundo a través de Facebook, importaba más la imagen que dieras de ti por Internet que quien realmente fueras al otro lado de la pantalla. Al principio sería sólo eso, mero “postureo” de cara al exterior, pero con el tiempo esto se extrapoló a otros ámbitos y llegó un momento en el que la tecnología y las comunicaciones no hacían otra cosa que aislarnos. Evidentemente, se aislaban los de abajo, los que más sufrían la situación. Los de arriba, los poderosos, los que manejaban el cotarro, seguían viviendo bien y no tenían la necesidad de montarse un vida cibernética. Esta situación especial hizo que mucha gente viera un negocio en esto, en España ya no era posible volver a vivir como se vivía antes, al menos no sería rentable… así que, los años pasaron y la situación fue poniéndose más y más tensa. Las calles vacías y las conexiones a reventar, ¿Quién coño querría salir? Te puedes montar tus películas por Internet y te creerán, en el mundo real tienes que demostrar que eres alguien, así que, tras el sillón del escritorio la gente vive muy bien, y llega un momento en que creen todo lo que leen o escuchan.

- Pero aún no entiendo qué relación tiene eso con lo que nos ha pasado; esos hombres que nos perseguían ¿Quiénes eran? ¿Por qué nadie les paró los pies?
- Verás, esos son, por así decirlo, trabajadores. Trabajadores de las diferentes compañías que se afincaron aquí hace cosa de 15 o 20 años, que fue cuando se inició la última fase del proyecto. Hasta entonces lo de quedarse en casa era algo opcional, pero necesitaban estar seguros de que no saldríamos de allí a menos que ellos quisieran, salir de casa supondría abandonar nuestro identidad virtual y conocer la verdad. Así que, ¿Qué hicieron? Se inventaron todo aquello de que la atmósfera ya no era un lugar seguro, se aprovecharon de todas aquellas ecogilipolleces que día sí y día también poblaban las redes sociales y les dieron la excusa perfecta para no salir de casa, para tenerlos controlados y saber quién y cómo se iba a salir de la fila. ¿Por qué te crees que nos localizaban? ¿Por qué te crees que nos perseguían? Éramos un grano en el culo para ellos, las grandes compañías nos usan como cobayas, ya sea para probar sus nuevos programas, gadgets o directamente productos farmacéuticos. Lo que me contaste antes, lo de la cárcel, seguramente sea alguna sede donde los prueben, tenemos 50 millones de habitantes, las mayoría bastante mayores y con todos los problemas derivados del sedentarismo y los vicios de la vida moderna. Si mueren o salen perjudicados, nadie los va a reclamar, y si los resultados son positivos, ya se encargaran de distribuirlos por el resto del mundo. ¿Sabes? El Holocausto Nazi trajo consigo, además de 6 millones de muertos, grandes avances científicos. Se cometieron atrocidades, pero cuando nadie pone límites al sufrimiento humano, te puedes ahorrar décadas y décadas de investigación. Eso ha pasado aquí, y como has podido comprobar, aquel que se atreviera a hacer frente al sistema, acabaría, en el mejor de los casos, entre cuatro paredes.
- Y… ¿Por qué nadie hace nada? ¿Todos los países están metidos en el ajo?
- Mira, esto lleva pasando desde que el mundo es mundo, lo único realmente novedoso es que se haya realizado en el mundo civilizado, cuando le pasa a unos negritos del Congo nos la sopla muchísimo, cuando le pasa a los buenos de los blanquitos las cosas cambian. No hay nada como mirar para otro lado… ¿Sabes qué es lo mejor de todo?
- ¿Qué? – digo con interés.
- Que no hemos aprendido una mierda, hoy ha sido a nosotros a quienes nos han ignorado, pero mañana seremos nosotros los que lo hagamos y haremos de este mundo un círculo vicioso de putrefacción e intereses propios, somos capitalistas por naturaleza y, o pisas, o eres pisado, no hay más. ¿Sabes que es lo bueno?
- ¿Qué? – pregunto nuevamente.
- Que hemos tocado fondo, sólo queda subir. Ahora, los mismos que nos metieron en esto, los países que durante años se han estado lucrando de las ventajas que ofrecía nuestra tierra, vendrán con el rabo entre las piernas y seguirán haciendo negocio vistiéndolo de beneficio ajeno para no hacerse responsables. Por suerte, tú estás en lo más alto, así que intenta que nadie te quite lo que tienes y aprovéchalo, podrás llegar mucho más arriba si te lo propones.
- Perdona, te recuerdo que no estoy sólo – pongo mi mano sobre su muslo, que se pone tenso al notar mi presencia y deja entrever su nerviosismo.
- No fue a mí a quien dieron las llaves, es tu responsabilidad, a mí por desgracia me tocará empezar desde abajo, pero no te preocupes porque ambos tenemos una ventaja que ninguno de los presentes tiene, al menos no de momento: sabemos la verdad. Todo esto que ves a tu alrededor – levanta las menos y señala a los edificios, los coches oxidados, los jardines descuidados… - hoy no vale nada, pero dentro de poco la gente matará por tenerlo. Ya no valen de nada el nivel al que lleguen en los videojuegos, volverán a ser lo que tienen, y de momento, como yo, no tienen nada.

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- Sé que no crees en la justicia, pero si hoy estamos aquí sin vigilar nuestra espalda, es gracias a ti. Así que, esto te pertenece. Sé que no te agrado demasiado y no te culpo, a mí tampoco me agradaría – abro su mano y dejo las llaves de casa en ellas –, no hace falta que nos sigamos viendo. Mira, yo soñaba con una vida normal, y creo que eso está ya casi conseguido, es imposible volver a donde estábamos antes, quizá volvamos, pero ni tú ni yo estaremos ya por este mundo – un helicóptero del ejército sobrevuela la ciudad y hace que tenga que alzar un poco más la voz -, si no te pudieron callar a ti, no podrán callar a todas estas personas. Así que, haz lo que tengas que hacer con los coches y todo lo que hay allí arriba, véndelos, quédatelos y disfrútalos mientras quieras, no sé, haz lo que quieras.
- ¿Qué… qué cojones estás haciendo?
- Creo que está bastante claro, ¿No? Mira, yo caí en tu vida de rebote, así que no voy a seguir incordiándote. Antes nos necesitábamos, pero ahora somos libres. Las cosas no han salido como esperaba, pero no pasa nada. Ahora soy libre, y eso es lo más importante. Cogeré mi mochila y me iré a ver mundo, cuando me canse, volveré y empezaré a organizar mi vida, quizá algún día nos volvamos a encontrar… ¿Quién sabe?
- Pero… ¿De verdad te piensas que quiero algo tuyo? – su boca y sus labios, que por desgracia me siguen dejando sin palabras (por eso no la miro cuando hablo con ella) se abren formando un enorme gesto de sorpresa - ¡Sólo estaba haciendo mi trabajo! Bueno… lo que me daba la gana. No lo hice esperando algo a cambio, al menos no algo tuyo, al menos no que se pueda comprar… pero si quieres que salga de tu vida, lo haré, guarda todo eso para ti porque en esta vida, ni siquiera vivir es gratis, necesitarás dinero.
- No quiero que estés a mi lado por compasión, y tampoco quiero que me recuerdes como un caradura. El tiempo que he estado contigo tiene un precio, y es todo cuanto tengo.
- Te juro que no te pego una hostia porque no tengo fuerzas – me toca la frente comprobando que no tenga fiebre - , en serio, mira que lo intento, pero no puedo comprenderte. Así que – se quita una lágrima que resbala por su mejilla – quieres que salga de tu vida ¿Verdad?
- En absoluto, créeme que no es una decisión fácil. Pero no quiero que sigas fingiendo que te agrado, esta mañana lo he visto bien claro, cuanto antes desaparezcas antes podré empezar de nuevo. No tienes por qué seguir a mi lado, no estás en deuda conmigo, yo te saqué de allí como lo podría haber hecho cualquier otro, pero en ese bloque – desde el parque se ve nuestro edificio, donde he pasado el 95 por ciento de mi vida – sólo una persona me despertaba todas las mañanas con su M3, aún debería de estar allí metido con la ventana bajada. Peeeeero, aquí estamos, y con esto es más que suficiente – ahora que por la ciudad hay algo más que sombras y perros salvajes, aunque difícil, no será imposible encontrar a quien me aprecie.
- Parece mentira que no me conozcas – sonríe y utiliza la manga de su camisa a modo de pañuelo para limpiar su cara -, ¿De verdad me tomas en serio cuando digo esas cosas? Piénsalo, si el primer día, cuando te dije de todo y me metí con tu cuerpo y tu intelecto, me hubieras regalado el Golf y te hubieras largado en honor a mis tres minutos de compañía – dice esto último con un tono ciertamente burlón - ¿Crees que hoy habríamos conseguido esto? – vuelve a ponerse seria – Mira, si te digo esas cosas, es porque sé que eres fuerte y que puedes soportarlo – me mira a los ojos y pasa los dedos de su mano por detrás de mi oreja -, así que no te subestimes porque vales mucho.
- ¿Tú crees? – mi aliento debe estar llegando a su garganta.
- Pues claro, yo nunca bromeo – sonríe y deja caer su mirada un instante -. Eres tan inocente… y eso me encanta – la distancia entre nuestros labios desaparece, me pilla con la guardia baja y no me da tiempo ni de prepararme para dicho momento, cuando quiero darme cuenta, ella ya ha vuelto a abrir sus ojos mientras que a mí no me ha dado tiempo ni a cerrarlos –. Sólo necesito que me des un poco de tiempo, ambos lo necesitamos. ¿Seguimos con el paseo?

Observo sus manos, que aunque ahora me vuelven a parecer las más bellas del mundo (ya no hay por qué cortarse), siguen estando demasiadas delgadas y paliducha para lo que ella ha sido. Intento ser yo quien la lleva de la mano, tratando que no se canse demasiado. Su sonrisa no puede tapar sus ojeras y su mirada aún guarda demasiado cerca todo aquello que ha vivido. ¿Tiempo? Ya lo dijo ella: tenemos todo el del mundo.


Volvemos a la puerta de la catedral, rendidos por una mañana con un Sol al que no estamos acostumbrados y con unos cuantos kilómetros en nuestros pies, va siendo el momento de volver a casa y llenar nuestro estómago. Sin embargo, Silvia no puede evitar parar su Delta HF Integrale EVO II frente a la puerta de un bar que parece resurgir de entre las cenizas. Una Citroën C-15 saca de quicio a su dueño y futuro emprendedor local. Ella se baja del coche y yo no tengo más remedio que seguir sus andanzas y bajarme a ver qué hablan:

-No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo, ¡puta mierda de furgoneta! – pega una patada a uno de los faros delanteros con toda la agilidad que su sobrepeso le permite.
- No se preocupe, seguro que no es nada, estos cacharros son muy duros, lo normal es que sean ellas las que entierran a sus dueños jejeje – le dice tratando de tranquilizarlo.
- Al paso que me trae sí ¿Eh? Estos sudores no pueden ser ni buenos, ya no me acordaba de lo que se “pena” trabajando – saca un paño sucio de su bolsillo y se lo pasa por su frente y calva.
- Pero… ¿Qué le pasa?
- Que no arranca la muy jodía… la dejé aquí hace nada y ya no funciona. Asco de cacharros… ¡en cuanto pueda la cambio por una nueva!
- Seguro que no le dura tanto como esta… ¿Cuánto es para usted “nada”? – le pregunto tratando de meterme en la conversación.
- Yo que sé hijo, la última vez que la arranqué… no hará ni 8 años – dice mientras eleva sus manos con el trapo mugriento entre ellas y unos ojos de “tripis-enloquecedme-hoy-no-soy-de-nadie” -, e iba de puta madre.
- Sólo una C-15 aguantaría algo así – interrumpe ella nuevamente - ¿No has pensado que puede ser de la batería?
- ¿Por qué? Si no la he “gastao pa ná”.
- Ainss… en fin, Pablo, ya sabes lo que toca ¿Verdad?
- Joder, estoy cansado.
- ¿Y te crees que yo no?

Comenzamos a empujar a la vieja chatarra mientras que aquel hombre de gesto humilde esquiva a los viandantes de la plaza. “Suelta embrague” le dice Silvia cuando comienza a coger velocidad. El mundo se vuelve oscuro, el día se convierte en noche y el centro de Jaén queda sumido en la más profunda y pestilenta de las nubes de humo diesel que he visto en mi vida. El combustible corrompido del depósito pasa por los cilindros en forma de dudosa mezcla que llevará más carbón que otra cosa. Rodea la plaza asustando a los allí presentes, rociando con tizne negruzco sus ropas entre gritos de “¡hijo de puta!” de los adultos y tos desalentada de los más jóvenes. Él sonríe ajeno a lo que su furgoneta/ferrocarril a vapor hace y nos dice sin detenerse que estamos invitados a una cena en su taberna cuando queramos. Le devolvemos la sonrisa mientras nos tapamos la nariz y vemos la trasera del vehículo cargada de cajas de fruta vacías desaparecer por el final de la Calle Bernabé Soriano (a saber quién era ese señor para que le dieran una calle) con el tubo de escape colgando y el chasis vibrando cual máquina para reducir peso. “Este llegará lejos” me dice Silvia cuando la nube de humo se disipa y podemos volver a respirar:
-¿Nos vamos ya o tenemos que seguir con nuestro trabajo de voluntariado?
-¿Voluntariado? ¡Encima de que te consigo una cena! – dice mientras mira para la taberna de nuestro amigo, que tiene más bien pinta de criadero de ratas…

En el camino de vuelta, Silvia exprime el 16v de su Lancia para sobrepasar a un enorme camión cisterna. Y es que ahora habrá que tener cuidado porque puede venir cualquiera de frente. Me hace un gesto de victoria al adelantarlo, creo que ambos nos hemos percatado de que va hasta los topes de nuestro preciado líquido…


Capítulo 30

25 de Noviembre


Y en algún lugar de mi historia, vuelvo a despertar. La sonrisa matinal que últimamente me acompaña desaparece pronto de mi rostro, ¡no está, no está! Como viene siendo costumbre, lo primero que veo a levantarme es su camisón oscuro y algún cabello que ha dejado sobre la cama. Hoy localizo el pelo pero no a ella, y me estoy poniendo nervioso. Miro el reloj ¡mierda! Me he quedado frito, quedamos en que me levantaría temprano, a eso de las 8 y media, para ayudarla con la puesta a punto del M3 (en realidad me dedico a dar vueltas con algún cacharro, bajo a la gasolinera, lleno el depósito y vuelvo a cuchillo hasta casa para que me confirme que no le hago falta). Son las 11 y media y aún no he recibido el primer beso de la mañana (no hemos pasado de ahí; aún le vienen demasiadas cosas a la cabeza cada vez que la toco más de lo debido).


En el teléfono que ignoro hoy me sorprende una luz parpadeante que me indica que algo o alguien se ha acordado de mí (también me sorprende que aún le quede batería). Desbloqueo la pantalla con mi dedo y voy a la bandeja de entrada: “1 mensaje nuevo: Ojosgrises50”. ¿Qué coño querrá este tío? Vuelvo al internet profundo y me tiemblan las manos mientras introduzco mi nombre y contraseña. ¿Dónde coño está Silvia? ¡Joder! Esto no me gusta un pelo… ¿Tendrá él algo que ver con su desaparición? “Mensajes privados; recibido a las 9:33 de Ojosgrises50: Pablo, no quería despertarte, parecías un angelito durmiendo, además, para lo que haces despierto :P He hecho crepes, aunque para cuando leas esto estarán duros como una piedra, los he dejado en la cocina. Pd. Buenos días princesa.”


“Soy gilipollas” son mis primeras palabras de la mañana. Respiro aliviado y tras volver a coger aire, escucho su cepo arrancando dentro del garaje. Ese ronroneo en primera tiene algo que encandila, demasiado metálico como para ser un coche “moderno”. Meto algo de chocolate fundido dentro de esa cosa fría, lo enrollo con la soltura común de un hombre dentro de una cocina y la observo dando vueltas a la explanada asfaltada sobre la que se sitúa el hangar. El invierno se hace más intenso, el humo blanco que sale del tubo de escape así lo atestigua en otra mañana oscura y con niebla en el paraíso. De vez en cuando le pega un apretón y desaparece entre las nubes para volver un par de minutos más tarde con la intimidante mirada del M3 con los antiniebla puestos. Tengo la teoría de que no sólo lo está poniendo a punto, debajo del capó tiene que llevar algo más que mimos y mano fina, corre demasiado, suena demasiado y gira demasiado. Las llantas han perdido la verticalidad con el suelo, se han vuelto perezosas y su parte superior se pierde entre las aletas, dan fe de una buena caída y una suspensión que si fuera un poco más dura, perdería su sentido semántico.


Vuelve cuando yo ya he limpiado las cosas del desayuno, cada día alarga un poco más sus besos, yo me limito a cerrar los ojos y saborearlos como si se tratara del último:


-Esa cosa corre mucho, ¿Quieres ir ajusticiando M’s por la vida o qué? – le pregunto mientras sube las escaleras que conducen a nuestra habitación.
- Que va… con follarme a algún Golf me basta.
- ¡Coño! Mi Golf, tenemos que ir a por él – estará pasando frío en la presa…
- ¿”Pa” qué? Si te voy a pegar un repaso con mi coche que lo flipas, bueno, lo que viene siendo costumbre por otra parte – se ríe.
- Perdona, estamos hablando del súmmum de la conducción deportiva, toda la tecnología del grupo VAG está ahí metida.
- Hombre, claro que sí… además, que un Golf, es un Golf.
- Eres un poco talibán, cuando lo tenga seguro que no te subes tanto.
- Cuando lo tengas recordarás que era una chatarra racing.
- Te meto dos segundos en el 0 a 100 – no puedo evitar reírme de la gilipollez que acabo de soltar.
- Está bien, está bien… ¿Vamos a por él? – levanta un ceja.
- Ya estás tardando.
- ¡Me pido el volante! – me dice mientras se pone “su” chaqueta de cuero marrón y baja las escaleras que conducen a la calle.


Los cuatro cilindros parecen cuarenta. No sé qué narices le habrá hecho pero a estas alturas mantener una conversación con el coche arrancado es casi imposible. Mientras me paso el cinturón por ambos hombros y abrocho los dos arneses como si fuera en una sillita para bebe, ella apoya sutilmente el pie en el acelerador y suelta el embrague. “Es mejor esperar un poco a que se caliente, no es bueno pisarle en frío” me dice entre gritos. Yo observo con incredulidad una especie de extintor de unos 10 litros en el que se puede leer O2. Sin necesidad de preguntarle, me dice que así entrará más oxígeno al motor, lo que hará que queme más gasolina y que corra más. Deja al coche caer unas cuantas curvas más, sin embargo la línea roja está cada vez más cerca y tras no más de un kilómetro se atreve a pisarle en plena curva. Me quedo pegado a mi asiento mientras el coche se va de atrás, desliza sus ruedas por el arcén, lo deja limpio como una patena y se lanza a la siguiente curva ayudado de la gravedad y animado por un motor que tira muchísimo.


Cambia de marcha como si de un automático se tratase, casi no le da tiempo a quitar la mano derecha del volante cuando ya la tiene otra vez puesta en el mismo. “¡Nos vamos a matar!” le grito mientras la miro directamente, para evitar mirar al frente y ver la curva que estamos a punto de no pasar. Su rostro serio y concentrado me ignora, en este momento no son más que ella, el M3 y la carretera. El cinturón de seis puntos oprime mi pecho cuando las pinzas comienzan a rozar los discos. Se nota su ligereza pues frena como si no hubiera mañana, aunque tiende a irse de culo como buen trasera que es. Me agarro al pomo de la puerta y dejo mis dedos marcados en ésta, vuela a ras del suelo a no menos de 130 o 140 en una carretera por la que no me atrevería a pasar de 60. Se atreve a hablar para decirme que soy su copiloto y que debería cantarle las curvas, sin embargo lo único que acierto a decirle es que frene cada 3 segundos (de las cosas más inteligentes que he hecho).


Incluso toca el freno de mano para entrar a las horquillas más cerradas, los bajos rozan el suelo por los cambios de pendiente intercalados con curvas a izquierda y derecha que ella transforma en rectas a base de inercias. El volante pierde el Norte, no sé cuando está girado y cuando mira al frente, pero ella parece que si lo tiene claro, lo mueve con total soltura gracias a sus brazos que ya han perdido las marcas con que la recuperé e incluso han ganado algo de color. Se muerde la lengua y la deja entrever por sus labios, noto la marca de lápiz en sus ojos y viendo que no nos vamos a matar me limito a mirarla. Suelta alguna sonrisa cuando consigue enderezar el coche tras salir de lado a más de cien por hora. Intento dejar la vista puesta en un punto fijo, pero todo se mueve demasiado. Por suerte, los kilómetros pasan rápido a ese ritmo y en poco menos de cinco minutos ha completado los 12 kilómetros de recorrido en solitario, justo cuando el desayuno ha sobrepasado la altura de mi nuez. “Bueno, ahora hay que ir más despacio que ya no estamos solos” me dice mientras me toca el muslo. “Para si quieres seguir usando el coche” le respondo mientras abro la puerta. Escucho sus risas mientras de mi boca surge el desayuno, la cena y la comida del día anterior. Apoyo los pies en el suelo para comprobar que sigo vivo y que el mundo está parado. “Te creía con más aguante” me dice mientras vuelvo la cabeza al interior para coger una botella de agua y enjuagarme la boca, que me sabe a algo parecido al infierno. Minutos después, cuando ya he recuperado la conciencia de mi existencia, le digo: “Te creía menos hija de puta, arranca que quiero recuperar mi coche”. Sale tras una Picasso y, como de costumbre en menos de 100 metros ya la ha adelantado saliendo desde parado ¡qué largo se me va a hacer el viajecito…!


El GTI arranca a la primera, aunque eso tampoco es muy difícil. En el suelo del aparcamiento hay unas cuantas marcas de neumático que parecen recientes, al menos yo no las había visto. Me asomo un momento por el muro de la presa, no sé si por morbo de ver su cadáver en el fondo o por calcular la altura del lugar: las torres de la catedral podrían cobijarse del Sol y la lluvia bajo aquel mostrenco de hormigón armado. Vuelvo la vista al frente y durante un segundo escucho un rugido que no proviene de ninguno de nuestros 16V, de hecho suena bastante más gordo. Veo un Nissan GTR azul marino venir a toda velocidad por la carretera que conduce a la presa, y tras de él un Mercedes enorme, me atrevería a decir que un CL pero no estoy seguro. Desaparecen tras el túnel que muere directamente en el parking, sus sonidos se hacen más audibles; espero paciente a verlos aparecer por el otro lado; no parecen peligrosos, serán unos quemadillos más.




Silvia me despierta de mi absorción con un chasquido de dedos frente a mis ojos:


-¿Qué coño haces? Estás empanado…
- ¡Joder! ¿No los has escuchado? ¿No los has visto? Menudos pepinos, estoy esperando a verlos salir – digo mientras señalo a la oscuridad de las rocas, por donde salen unos cuantos kilos de asfalto con la anchura justa para que pasen dos coches.
- ¿Escuchar el qué? ¿Mi estómago? Sí, tengo un poco de hambre, hoy podríamos ir a la taberna de nuestro amiguito, me apetece rata al horno – sonríe.
- Pero… pero… - prefiero no hablar más, evidentemente, por allí sólo ha pasado un coche, y es el M de Silvia.


A la vuelta el coupe rojo me deja atrás cada vez que le da por pasar de las tres mil revoluciones. Aúlla por su doble salida de escape y desaparece hasta la siguiente curva dejándome a mí detrás de algún hierro oxidado al que le hace falta una buena revisión. “Yo lo quiero dejar original” es lo primero que le contesté cuando me dijo que habría que darle algo de alegría a mi motor. Pero bueno, soy humano y a menudo cambio de opinión. De cualquier forma, es una delicia no entrar a saco en las curvas, ya que ahora circulan coches en ambos sentidos (no muchos, pero los necesarios para no jugártela). Sin embargo, a ella no le hacen faltan dos carriles ni carreteras de 15 metros de ancho para dejarme atrás: sin sobrepasar la línea continua más que para adelantar, desaparece sin dejar más fe de su presencia que su sonido en la lejanía.


El Golf sufre un poco subiendo en tercera por las zonas más reviradas, trato de bajar a segunda sin tardar demasiado en hacerlo, más sigo sin ser una prominencia del asfalto y el pobre apenas puede tirar de su alma a 1500 revoluciones por minuto y 1700 metros de altura. Como de costumbre, los últimos 12 kilómetros son en la más estricta intimidad, el bemeta debe estar ya enfriando motor en la cumbre mientras el GTI lucha contra la gravedad.


Conseguimos llegar con el tiempo justo de ver las 2 en el reloj y a Silvia ataviada para la "cita". Ha cambiado sus habituales vaqueros y camisa de cuadros por un vestido ajustado y unos tacones que le dan una decena de centímetros extra. Me bajo del coche y me quedo observándola unos momentos, pensando en qué demonios estaba pensando cuando se puso "eso"(aparte de torturar mi calenturienta mente adolescente):
- ¿Se ha muerto alguien? - le pregunto mientras hago como que no me he dado cuenta de su cambio de look.
- Sí, yo, de hambre. Así que ponte guapo, que nos vamos a tomar algo.
- No me...
- No te estoy dando a elegir. Es domingo, el segundo de esta nueva etapa. Me apetece hacer lo que hace la gente normal en situaciones normales.
- Nada más que decir, iré a por mi chándal de los domingos. ¿Hay algunos tacones de mi talla? Es que no me gusta que me saquen dos cabezas - le guiño el ojo.
- Aún me sacas 5 centímetros, no te preocupes que lo tengo calculado.
- Estupendo.


Bajo diez minutos más tarde con un pantalón ocre que por una talla no me corta la circulación de las piernas, llevo una camisa azul claro y un jersey que deja que ésta salga por debajo. No sé si voy muy conjuntado pero por si las moscas me pongo unas sneakers que harán que centre toda su atención en éstas. Bajo las escaleras con poca gana, mas cuando la veo de nuevo al final de las mismas, hace que me olvide de descansar:


- ¿Vamos en los mismos? - le digo mientras señalo al Golf y M3.
- ¿Bromeas? ¿Es así como tratas a todas tus citas? - alza tanto la ceja que casi parece perderse en su pelo castaño.
- ¿A mis qué? - digo con cierto sarcasmo (aunque no del todo).
- Ainsss... tengo tantas cosas que enseñarte...
- ¿Tú? Permíteme que lo dude.
- Sí, sí, lo que tú digas - me dice mientras se acerca a una de las piezas preferentes de la colección y se acerca al asiento del conductor -. Un caballero siempre utilizará su mejor montura para conquistar a una dama.
- Su mejor, o la más hortera. Por cierto, para no estar acostumbrados a llevarlos, caminas con bastante dignidad.
- ¿Acaso lo dudabas? - abre la puerta hasta que se queda medio metro por encima de ella (los tacones no le sirven de mucho en este caso), y mientras que me quedo embobado viendo sus curvas, que se realzan más que nunca, deja sus piernas fuera del coche y guarda su chaqueta en el pequeño espacio que queda entre el asiento y el enorme V12 de Sant'Agata Bolognese. Un instante después, con una elegancia casi profesional, pasa sus pies sin dejar que los zapatos rocen la carrocería de la bestia que tanto respeto me infunde - ¿Nos vamos o qué?
- Habrá que intentarlo.


Estos días han dado para mucho, mientras dejaba que mi pie derecho controlase más y más caballos, he pasado de no saber exprimir un GTI a poder coger por las riendas un 911, un Evo IX o un Nissan GTR Nismo. Sin embargo, estamos hablando de un vehículo del que se suponen tres unidades, una voló por los aires a principios de los años 20 y el otro está a buen recaudo en cierto sultanato de apellido Brunei. Esta es la más enigmática de las tres, no sé de dónde cojones ha salido pero sin duda es uno de los más valiosos (y feos) del garaje. "Más a la izquierda, cuidado con la puerta, no salgas tan rápido" son algunas de las órdenes que Silvia me ha dado sin tan siquiera haberme sentado en el puesto de conducción. Cuando lo hago, me traslado a una nueva dimensión que escapa al mundo real, ahora, más que un criajo que aspira a hombre, soy una especie de piloto de avión con algún complejo de índole tecnológica.


Engrano marcha atrás entre el ronroneo típico de demasiados cilindros y demasiados caballos como para maniobrar. Opto por darle la vuelta antes de sacarlo, esquivar todos estos cacharros sin ver apenas nada aparte de mi careto por el retrovisor sería un auténtico suicidio o el sueño de cualquier chapista que no tiembla de miedo cuando le mete mano a uno de “estos". "No te preocupes demasiado, sólo es un Aventador recarrozado para sacarle los cuartos a unos cuantos jeques" me dice ella con las palabras entrecortadas y mirando por todos lados para saber que no le voy a dar un golpe. Un Aventador de color naranja es justamente lo que descubro por el margen derecho una vez he dejado el bólido atravesado en mitad del garaje. Y es que, es lo que tiene esta colección, cada día descubres un cacharro nuevo que habías pasado por alto hasta el momento. Babeo pensando en el día que lo conduzca sin darme cuenta que aún tengo que superar los 40 kilómetros que restan hasta llegar al restaurante del conductor de la C-15.








Escucho los engranajes de la caja de cambios, un golpe brusco vuelve a meter la primera y con cierta torpeza y un motor bastante frío, avanzo hacia el exterior. Suspiro al darme cuenta de que no lo he rozado y de que sigue siendo una pieza digna de un museo (aunque sea de los horrores). Suspiro también al recordar quien me acompaña, qué hago en este mundo y donde descansa la esperanza. Juguetea con su pelo mientras yo sudo por mantenerlo en la carretera aunque sea a 60 por hora. Veneno es lo que recorre mis venas y no sé si la culpa la tiene el coche:


- ¿A qué huele?
- Es mi perfume, ¿No te gusta?
- No está mal ¿De dónde lo has sacado?
- Lo compre ayer cuando bajé a Jaén. Te compré este para ti - saca un pequeño frasco de color negro del bolsillo y me echa un par de veces en el cuello - ¿Te gusta?
- ¿Te gusta a ti?
- Sí, sino no la hubiera comprado - dice con tono de evidencia.
- Con eso me sobra.
- Debes de aprender a tener criterio propio - me dice poniéndose un poco seria.
- ¿Para qué? Con que te guste a ti a mí me sobra. No le pidas peras al olmo, aún tengo que acostumbrarme a vivir.
- Está bien, no tengo prisa, la verdad que todo ha dado demasiadas vueltas, pero las cosas están volviendo a tranquilizarse. Aún así, debes saber qué quieres de esta vida.
- A ti.
- Pablo... - cruza las piernas.
- ¿Qué pasa? - reduzco a segunda y el bramido del Lambo asusta en diez kilómetros a la redonda.
- Nada. Es sólo que...
- ¿Que qué?
- Que tienes que ver más allá de mí, puede que no siempre esté aquí.
- ¿A qué te refieres? - digo algo confundido mientras trato de descifrar el complejo cuadro digital del coche - Espero no estar vivo para ver eso.
- Tienes que quererte a ti mismo, de verdad, hazme caso.
- ¿Caso a qué? De verdad que no te entiendo.
- Tienes que prometerme algo.
- Claro - esto me recuerda a las crisis de pareja de las películas, la diferencia es que apenas llevamos unas semanas "saliendo".
- Si algún día, por lo que sea, no estoy aquí, tienes que prometerme que seguirás adelante, ¿Vale?
- ¿A qué viene eso ahora? No te entiendo, de verdad - dejo de mirar a la carretera y la miro a ella, directamente. Sus ojos se vuelven esquivos, están como avergonzados. Ella suele mirarme fijamente y soy yo el que acabo rindiéndome.
- Da igual Pablo, déjalo. Oye, ¿Por qué no le pisas un poco? - cambia su gesto extraño por una sonrisa pícara, se agarra al tirador de la puerta y espera a que estruje los tropecientos caballos del italiano.
- Eso sé cómo hacerlo, pero lo otro... no puedo prometértelo - paso mi mano sobre sus medias finas y oscuras, recorro con los dedos la superficie justa para sentirme vivo y vuelvo a tocar el volante.


Como ella me enseñó, la mejor forma de disfrutar de una bajada no es pisando el acelerador sino apurando las frenadas y reduciendo con el margen justo. Así pues, bajo a primera al llegar a la primera horquilla, el petardazo se oye como si proviniese de mi propio oído, luego acelero con cuidado y tras un primer bandazo al pasar a segunda, el toro se comporta de una forma noble y nos deja disfrutar de la recta mientras subimos de velocidad con pasmosa facilidad. Como de costumbre, freno cuando quedan algo más de cien metros para el siguiente giro, al principio aprieto con demasiada fuerza e incluso los cinturones nos sujetan al asiento. Una vez controlado el pedal, me concentro en bajar de marcha antes de que el motor se venga abajo. ¡Pum! ¡Pum! Suena como el mismísimo infierno ¡me encanta! La sonrisa se me escapa de la cara, disfruto de cada bache que la dura suspensión apenas amortigua, de vez en cuando echo un vistazo al cuentakilómetros mas principalmente me fijo en la carretera y en el sonido. Esto no se puede considerar sólo conducir, esto que siento no puede ser legal y tratar de encontrar la razón entre curvas que se pasan a cien por hora y rectas que se acortan como sus besos. Y como de costumbre, los momentos de placer duran poco y, cuando quiero comenzar a saborear aquello, ya estamos en la puerta de nuestro nuevo restaurante favorito.


La gente, aunque aún se está acostumbrando al mero hecho de socializarse, se acerca con recelo a mirar el coche. Desentona un poco al lado de la furgoneta con la rotulación de "The Irish Bar", la distancia que ésta tiene con el suelo es casi equivalente a la altura del Lamborghini, que si no fuera por ese alerón con complejo de antena de telefonía móvil, bien podría pasar bajo las barreras de los aparcamientos. La ayudo a salir sin que enseñe nada (que con ese modelito de color negro, es un arduo trabajo) y se baja un poco el vestido mientras que media ciudad babea y la otra mitad se pone celosa. Suspiro en mi propio paraíso, todo el mundo nos mira y, en cierto sentido, nos envidian. Da vértigo esta situación, quien sabe si todo esto nos conducirá a una jubilación tranquila entre mojitos y veleros en Cuba o acabaremos cual estrella del Rock al borde del paro cardíaco en alguna habitación de hotel. "Deberíamos de ser más discretos" me dice ella mientras se dirige a la televisión de un bar contiguo al nuestro. "Esto se volverá en nuestra contra más pronto que tarde, así que si no queremos cambiar de país, habrá que volver al GTI", vuelve a hablar mientras observa con atención el telediario de las dos y media, con Antonio al frente. En titulares, salen unas imágenes grabadas desde un helicóptero, sé que ella aún no duerme bien por las noches y yo no cierro los ojos hasta que ella no lo hace. Cientos de coches de color oscuro están detenidos en el margen izquierdo de una carretera, Antonio comienza con el avance de la noticia y va directo al grano: "En la frontera con Francia se ha detenido hoy a un convoy de casi trescientos vehículos. En su interior viajaba toda la cúpula de la TWP, así como la mayoría de colaboradores que según cálculos de la CIA quedaban por localizar, trataban de huir hacia el Norte en busca de asilo político. Hoy podemos respirar un poco más tranquilos, el bloque aliado ha confirmado que todos serán juzgados por un tribunal militar y otro civil, entre otras cosas están acusados de crímenes de guerra, experimentación con humanos, tortura, genocidio y así hasta un total de doscientos cargos. En estos momentos se encuentran en manos del ejército francés, que continúa, en otro orden de noticias, dando apoyo al desarrollo de la zona centro y Sur del país. Aún se busca a los desencadenantes de este movimiento, fuentes de reputadísima fiabilidad apuntan a espías de..."


Silvia me abraza y aparta mi atención de la televisión, respira aliviada, más de lo que lo ha hecho... ¿Nunca? No sé, a estas alturas ya no sabría medir sus emociones. Me aleja del bar y me lleva de la mano hasta el lugar donde se supone que nos dejaron una cuenta pendiente. Ya no parece el mismo, lo que antes eran paredes oscuras ahora es ladrillo visto e imágenes de la Toscana italiana. Entre fotografías de pasta artesanal, señoras haciendo masa para pizza y algún viejo empresario luciendo orgulloso su Ferrari de algo más de 20 años, nos preparan una mesa al fondo del comedor. La gente de alrededor nos mira, no somos como ellos, ni tan viejos, ni tan gordos ni tan callados. Ellos aún están aprendiendo a comunicarse mientras que nosotros ya tenemos un máster en momentos de pasión y arrepentimiento, discusiones que acaban a tiros y silencios incómodos durante un viaje. Un par de velas separan nuestros rostros, entre ellas se coloca una botella de vino de principios de siglo y que quedó olvidada hace uno años como una más para convertirse a día de hoy en una joya (aunque el camarero y dueño del local no lo sepa):
- Y la bella señorita ¿qué quiere comer? - dice empujando sus palabras y forzando el acento jiennense a un italiano recién improvisado.
- ¿Qué me recomienda el chef? - le contesta ella con una sonrisa cómplice.
- El chef, pinche, camarero y friegaplatos le recomienda la Pizza de la Casa, acompañada de un vino que cosechó y produjo mi propio padre hace unas cuantas décadas, es completamente ideal para una cita amena y romántica - pone una sonrisa picantona, nos mira a ambos y se seca el sudor de la frente después de limpiarse la harina de las manos.
- Pues, tomaremos eso mismo, ¿No? ¿O tú quieres otra cosa? - me dice mientras roza mi pierna con sus zapatos y levanta la ceja un par de veces.
- No, ¡qué va! Eso mismo, ¿Por qué no? Eso mismo, claro - me pongo nervioso y ahora soy yo el que noto el sudor brotando desde el pelo de mi cabeza - La compartimos ¿No? Claro, ¿Por qué no? jejeje...
- Joder, me va a salir barata la invitación, así da gusto - dice él también un poco forzado.
- Sí, bueno no se preocupe que ya vendremos con más hambre, hoy parece que tengamos la cabeza en otra cosa - se relame los labios y me mira con cierta preocupación -, aunque sí podría traernos otra botellita de vino, que esta nos va a saber a poco.
- Sí, jajajaja - vuelvo a decir ridículamente, mientras me seco con una servilleta de papel y él me acompaña en tan bochornoso espectáculo.


El restaurante está bastante lleno, lo que curiosamente nos da cierta intimidad, nuestras palabras vacías, las sonrisas sinceras y las miradas de medio minuto pasan desapercibidas. Nos bebemos la primera botella como si de agua se tratara, sin embargo, la especialidad de la casa sigue en la mesa, apenas la hemos probado y eso que no está del todo mal. "Tenemos que volver aquí alguna vez" le digo mientras ella continúa en su lucha personal con la copa y asiente con la cabeza a la vez que continúa metiendo sus piernas entre las mías como si estuvieran buscando algo. De repente, un golpe en la espalda me despierta de esa mezcla de nerviosismo y Nirvana, unas manos fuertes me agarran los hombros y un olor a campo inunda el local. Sus piernas hacen cuerpo a tierra y se retiran a las trincheras mientras le dedica una sonrisa con sus labios pintados por el carmín de la bebida, yo me incomodo un poco pues parece estar actuando en algún nervio o tendón que me impide girar el cuello. Cuando la presión cesa, la misma palma me da una buena colleja llena de energía y callos:
- ¿Qué pasa? ¿Ya no quieres saber nada de mí? - esa voz la conozco - Para la próxima no cuentes conmigo, que te alimenten los jabalís jejeje - Diego sigue con sus pintas de campesino, su humor ácido y esa cercanía que me hace verlo como un segundo padre. Se ha afeitado y se ha hecho algo en el pelo que lo ha rejuvenecido diez años.
- ¡Coño amigo mío! - me levanto efusivamente a darle un abrazo, olvidándome por completo de la batalla que estaba librando con el otro lado de la mesa - ¿Qué tal todo? ¿Qué haces tú en la civilización?
- ¿Yo? Pues na... que he venido aquí a comprar unos vinitos - tiene el G65 aparcado en la puerta, con una docena de cajas que ha ido apilando en maletero, asientos traseros y asiento del acompañante e incluso encima del techo del todoterreno.
- ¿Todo eso es para ti? Venga hombre no me jodas, tienes que dejar el alcohol que no te hace ningún bien.
- ¿Qué? ¿Pero qué dices? - se agacha e intenta que la conversación quede en "petite comité" - ¿Tú sabes lo que tiene este hombre en la bodega? Vinos que llevan treinta años esperando ser descorchados, aquí abajo está la Cueva de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones. Hace unas décadas no valían una mierda pero ahora valen su precio en oro, este hombre necesita verduras, hortalizas, huevos y carne ¿Y a que no sabes quién lo tiene?
- Eeeel tito Diego - dice Silvia ya un poco perjudicada mientras alza su copa al aire en señal de brindis y se la lleva a la boca para dejarla vacía. No podemos evitar soltar una carcajado.
- Joder, y parecías tonto cuando te compramos. Menudo especulador estás hecho...
- No, no. De especulador nada, mis productos ahora mismo son aún más demandados que sus vinitos, lo mío es una inversión a medio-largo plazo, él va a comenzar a hacer caja desde ya. ¿Es tuyo el carraco de la puerta? Porque vuestros ojillos rojos me dicen que no deberíais de conducir.
- ¿Qué no? - vuelve a entrar en la conversación - Ya verás que poco tardan en llenar las carreteras de policía y jodernos lo de disfrutar. Hay que aprovecharlo ahora que en breves no vamos a poder conducir contentillos, ¡tómate una con nosotros Diego! - se vuelve a llenar la copa mientras que sus piernas regresan a primera línea de fuego.
- Galluuu si no fueras por la voz tú podrías ser cantante.
- ¿De qué hablas? - le preguntamos ambos a la vez.
- Nada... cosas de viejo, nacisteis cuarenta años después de aquello, tardaría semanas en explicároslo - ambos nos miramos confundidos, ella, en última instancia, entrecierra sus ojos y me pone morritos - lo dicho, que no puedo beber ahora. Llevo un cargamento de 500 dólares la botella, ya habrá tiempo de celebrarlo.
- Pues invita a algo ¿No? ¿Qué vas a hacer con tanto dinero? Pablo y yo tendremos que llevarnos algo ¿No? Somos muy agradables y apañaos. Y necesitamos pasta para gasolina, se nos va a acabar ya mismo...
- De eso nada monada, tengo muchas ideas en mente, pero no quiero decir nada que me copian la idea. Hay que levantar el país señores, y si yo me hago rico por el camino mejor. Sé que tengo a mis angelitos bien cerca - mira al cielo (bueno, techo), se toca el peño y se da un par de palmadas sin dejar que las lágrimas le nublen la vista -. Oye Pablo, una cosita.
- Dime.
- ¿De verdad que esta tía es la que salvó la humanidad? - me pregunta en bajo con cierto tono bromista.
- Humanidad, y parte del extranjero - levanta su pulgar y nos señala con torpeza, incluso cierra uno de sus ojos para afinar su ebria puntería. Luego hace como que nos dispara y sopla para que se vaya el imaginario humo. Finalmente, se echa otra copa de vino entre nuestro silencio y estupor.
- Bueno, creo que ya he visto suficiente mundo por hoy, me tengo que ir a preparar cosillas. A seguir bien aquí tortolitos, no la dejes que beba más y más te vale que tú tampoco lo hagas si no quieres cambiarle el aspecto a esa cosa, que por otra parte no le vendría mal. ¿No lo había más feo?
- A mí me gusta, capullo - se vuelve a reír y, para no variar, moja de nuevo sus labios en el preciado líquido y se lleva otro trozo de pizza a la boca.
- Está bien ¡capulla! - se acerca a mí oído y trata que ella no lo oiga - Veo que tiene el mismo gusto eligiendo coche que eligiendo chicos, enhorabuena chavalote, ¡que la disfrutes!
- No vamos a hacer nada... - trato de decirle en bajo.
- Eso que te lo has creído tú - me dice ella frunciendo el ceño y agachando la cabeza, su pelo se interpone entre sus ojos y los míos, pero he de reconocer que con unas cuantas copas por ambas partes son aún más atractivos (si es que eso es posible).


Diego suelta una carcajada, me pega un par de golpes en la espalda y me dice "¡Vamos toro!". Luego, sale del local y enciende el mastodóntico todoterreno, momento en el cual todos los comensales giran la cabeza para verlo marchar y que aprovecha Silvia para llevar su silla hasta mi lado:
- Bueno, tú y yo... ¿Por dónde íbamos? - su aliento cargado de viñas delata su estado, pero a esta mujer le sienta bien hasta un saco de patatas, así que se le perdona todo.
- Estábamos comiendo... - le digo tratando de evitar o evitar lo inevitable mientras dejo que el sudor frío me haga más y más desagradable.
- Yo es que ya no tengo hambre ¿Sabes? - me dice al oído.
- ¡Buah! Pues yo hoy voy a aprovechar que es gratis jejeje... - me meto dos trozos de pizza a la vez y la miro mientras sonrío, tratando de confirmar mi latente inmadurez.
- ¿Qué pasa, te doy miedo? - me dice mientras apoya su mano en mi muslo y la va subiendo por hasta llegar a mi zona "especial". A la vez acerca su boca a mi oreja y me la muerde con la delicadeza suficiente como para dejarme su pintalabios marcado y hacerme sobrepasar el límite de lo humanamente soportable.
- ¿Tú? ¡Qué va! Si no muerdes... mucho, jejeje. Creo que tenía que ir al baño.


Me levanto de la silla y corro hacia los lavabos como alma que lleva el diablo, tras la meada de rigor me lavo las manos y me echo agua en la cara para tratar de bajar el calentón. Me miro al espejo y no me reconozco "Relájate hijo de puta, que no pasa nada, simplemente te está mareando, no quiere nada ¿Por qué iba a querer esa algo contigo? Mírate... menudas pintas, bueno, en realidad tampoco estás tan mal pero no, no, ¡ni de coña!" todo eso pasa por mi cabeza en el transcurso de un litro de agua saliendo de un grifo. Afuera se oye ruido, parece que la gente se está soltando y comienza a disfrutar de eso de "socializarse". Busco un par de toallas de papel y me las llevo a la cara tratando de secar mi rostro y de aliviar mi lívido. Y sí, cuando vuelvo a mirar al espejo, ahí está ella reflejándose tras de mí con cara de haber roto más platos de la cuenta:
- No, este es el baño de tíos, el tuyo...
- Vete a la mierda, no tengo ganas de ir al baño...


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Me empuja y me tira de espaldas contra una de las paredes. Cierra el pestillo y se lanza a mis labios con una violencia digna de un abuso sexual. Sin embargo, mis manos, por instinto, se van a sus piernas y comienzan a subir buscando donde éstas acaban. Sus ìes se suben en los míos para contrarrestar la diferencia de altura y, aunque en estos momentos debería estar muriendo de dolor, no siento más que unas ganas casi esquizofrénicas de seguir haciendo esto toda mi vida. Nuestros labios no saben donde acaban y donde empieza los contrarios, nuestras lenguas parecen perder el Norte y en un momento de apertura de ojos, veo detrás de ella la escobilla del water y nuestro reflejo en el espejo, en el que se puede observar el cuchitril en el que vamos a terminar lo que empezó bajo la mesa:
-Espera, ¡espera!
- ¡Dios Pablo! No me dejes con este calentón, ¡te mato, te lo juro que te mato! - le da tiempo a decir antes de volver a besarme.
- Para, no es eso, es sólo que... aquí no - se detiene un segundo y observa lo que nos rodea.
- Está todo pagado, ¡corre! - me agarra de la mano y me saca del local sin tan siquiera habernos despedidos del dueño, que nos dice "adiós" cuando ya estamos fuera.




El camino de vuelta es una tortura continua y la tentación de parar en cualquier rincón a hacerlo no es pequeña. Mi condición de borracho me permite llevar un cacharro de 800 caballos con ella tapándome el 50 por cientos de la visión sin despeinarme. "¿Cómo besas tan bien?" me pregunta entre beso y beso. "Lo vi en un tutorial de Youtube, llevo un tiempo preparándome para esto" le respondo. Continúa con el proceso, meneando sus caderas encima mía, olvidando que a mi lado hay una asiento vacío. Aún no me explico cómo he hecho estos últimos 20 kilómetros sin bajar de 100 por hora, adelantando camiones y coches y esquivando todo lo que viene de frente. El Lamborghini emite un rugido que hace que se aparten a nuestro paso, evidentemente el mundo no es igual para todos, por suerte nosotros estamos en lo alto. A lo alto es a donde vamos, entre nubes y claros atravesamos la barrera de los 1600 metros, el aire empieza a ser más y más frío y no me explico como ella no se congela, se ha olvidado la chaqueta en el restaurante y no parece haberse dado cuenta.


Por fin llegamos a casa, nos tiramos literalmente del coche en cuanto tengo la oportunidad de soltar el volante, ahora mis manos no se separan de su cintura y nuestros labios se han unido para no separarse en las próximas 24 horas. Con torpeza nos levantamos del suelo y sin mirar por donde narices vamos, comenzamos a subir las escaleras que llevan a la puerta del salón. En un escalón me tropiezo yo y en los tres siguientes se tropieza ella. Los tacones no entran en casa, ya los ha perdido. A mi camisa se le han caído tres botones y no encuentro el cinturón que sujetaba mis pantalones. Me tira sobre el sofá y se pone encima, mis manos van por instinto a donde cualquiera se podría imaginar y seguimos encabezonados en quitarnos el carmín de los labios cueste lo que cueste. Su pelo roza mi cara y siento un calor que nunca antes lo había sentido, Cintia pasa por mi mente como un mero flash que desaparece muy rápido, casi ni lo noto. En un último esfuerzo contra la gula, nos aventuramos a subir al primer piso, ya despojados del 70 por ciento de nuestra ropa y con su cuerpo casi sin cubrir. Bajo las sábanas del dormitorio nos protegemos del frío, y hacemos todo aquello que llevamos reprimiendo desde que nacimos, nos convertimos en adultos mientras que nuestra inocencia se pierde colina abajo, ¿Quién la querría después de probar esto? El resto... no sería ético narrarlo.


Las horas pasan como minutos, llegamos a las tres o cuatro de la tarde y ya son las dos de la mañana. Las nubes parecen haber dado una tregua y dejan las estrellas al descubierto. Ella, por decimoséptima vez en lo que va de día, trata de despertarme a base de mordiscos en la espalda y arrumacos, pero finalmente se da cuenda de que es la definitiva. Se queda con la cabeza sobre mi pecho y el aire de su nariz me hace cosquillas más me da calor. Mi corazón baja de nuevo a 60 pulsaciones por minuto y el silencio vuelve a poblar la habitación tras una eternidad de ruidos inhumanos. Apenas unos minutos de descanso para seguir bebiendo nos han bastado para continuar con nuestro círculo vicioso. Ahora, sus medias rotas rozan mis piernas y me hacen caer dormido aún más rápido. Su cuerpo me abriga y mañana será otro día, aunque lo bueno de esto es que ambos parecemos haber superado nuestros miedos, ahora la tranquilidad nos permite dormir y sabemos que mañana será otro día, otro día mejor.





26 de Noviembre




Hoy llueve. Durante la noche he soñado con aquellos momentos de soledad en mi cuarto, he soñado con mi GTI persiguiendo a un M3 una mañana de Octubre, he soñado con la brisa pasando por una melena rubia una mañana de taller, he soñado con un coche negro en el retrovisor, he soñado con una mancha de sangre sobre la cama y he intentado, aunque sea soñando, encontrarlo un sentido a esto que llaman vida. He abierto los ojos y lo he conseguido. Miro el reloj y apenas son las 8 de la mañana, ella duerme y yo también debería hacerlo, no sé por qué cojones me he despertado. Todo está en silencio, le toco el pelo y vuelvo a adaptar una posición en la que estar durmiendo otro puñado de horas, ya arreglaremos el mundo otro día… Cierro los ojos y ¡Pum! ¡Pum!


Unos golpes que proceden del piso de abajo se hacen más intensos, alguien llama a la puerta con fuerza. Me levanto cuidando que no se despierte y me acerco a la ventana que da al garaje. Aparto el telescopio y retiro con la mano la cortina blanca. Me asomo con cuidado de que no me vean (siempre es bueno ser cauto), veo un puño aporreando la puerta, una calva que brilla incluso en un día gris y unas gafas de Sol que me resultan familiares. El Audi S8 aparcado tras de él me confirma que no todos fueron detenidos y que Silvia, aunque respiró tranquila por unas horas, no debería hacerlo ahora. En uno de sus pocos momentos de lucidez durante el día me dijo que deberíamos ser más discretos, ahora me doy cuenta de el por qué. Sin darme cuenta, posa su mano sigilosa en mi hombro y arroja su respiración en mi nuca. Tiembla e intento que no vea lo que pasa fuera, aunque creo que llego tarde. Lleva algo en la mano izquierda que no me gusta, no tardo mucho en darme cuenta de que es un revólver. Baja un segundo ocupante del vehículo, también con su correspondiente arma y con ninguna gana de dialogar.


Silvia me da la vuelta y me regala el primer beso de la mañana, que se alarga más de lo esperado mientras que lo escucho gritar de fondo: “Esta mañana he pasado a dejar flores en el lugar donde murió mi hijo, conducía un M5, ¿No sé si te acuerdas?”. Lo ignoramos y dejo que ella siga recreándose en mi boca, no sé cuál es plan pero no parece estar nerviosa, se lo toma como un trámite más en esta noria de vida. “Lo de anoche fue genial, recuerda lo que te dije ayer” me dice ella, luego agarra el telescopio mientras siguen aporreando la puerta y me lo parte en la cabeza. Caigo en redondo al suelo acompañado del pitido de mis oídos y de un dolor intenso en la cabeza, veo como se viste corriendo y coge las llaves del M3. El energúmeno continúa gritando y diciendo burradas varias. “¿Cómo está mi princesita, se ha recuperado de lo que le hice? Pues prepárate que aquello te va a saber a poco para lo que os voy a hacer ahora”. Desaparece de la habitación mientras yo trato de recuperar el control de mi cuerpo, escucho una ventana que se abre y un cuatro cilindros arrancar.
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#13
Capítulo 31

Creí que iba a ser distinto, que esta vez el tiempo no importaría y te quedarías a vivir aquí. Ahora sólo me acompaña el dolor de cabeza y un pitido en el oído. Mis manos no reaccionan y los pedazos de cristal de las ópticas del telescopio desgarran mis brazos y dejan fluir la sangre por mi cara. Las neuronas intentan mandar impulsos nerviosos por todo mi cuerpo, estoy deseando levantarme pero a mi mente no le da la gana. Con torpeza vuelvo a sentir los dedos y junto a los pies de la cama noto como mi espíritu vuelve a este mundo y trata de levantarse. Observo el M3 rojo salir de lado mientras el ogro de enormes fauces y amplio rostro sigue golpeando la puerta con torpe brutalidad. Se da media vuelta y corre hacia el coche que desaparece entre la niebla de otra mañana oscura e invisible. Grito su nombre sin querer y bajo las escaleras mientras las piernas me fallan. Todo cuanto llevo puesto es una camiseta y unos calzoncillos que no tapan los varios grados negativos con que nos hemos despertado. La ironía del momento siempre hace que todo lo bueno se desvirtúe en mierda en tan sólo un momento. Hace unos minutos estaba a 15 grados, con ella al lado y esperando la hora de desayunar mientras recordaba la tarde en que nos convertimos en adulto. Ahora busco un coche en el que estén las llaves puestas, el frío del suelo cala directamente en mis pies descalzos y el puñetero cacharro que conduje ayer como un descerebrado hoy dice que no quiere arrancar. Tras girar la llave unas cuatro o cinco veces con el curioso sonido de un motor de arranque que no venía de serie, consigo que de un petardazo despierte la bestia de tracción total y alma de rally.

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"Es un EVO IX, el último coche de verdad que hizo Mitsubishi según los puristas, después de esto se dedicaron a prostituir estas siglas en forma de lavadoras Diesel e híbridas" fue lo que me explicó Silvia un par de días antes, mientras continuaba metiendo mano al M3 que ha desaparecido entre curvas cerradas pero cuyo sonido aún retumba en las paredes de una casa que se vuelve a quedar huérfana. "El interior es digno de un camión, es un poco morrero y su alerón ese puede usar como barra de bar, pero en buenas manos y por las carreteras de Jaén, no habrá nada más rápido y efectivo, te lo aseguro. Además este coche no lleva de serie ni las puertas, me gustaría meterlo en banco, a saber la potencia que da", sus palabras vuelven a mi mente mientras se me cala tratando de salir con tacto, está frío y son demasiados caballos para esta temperatura. El vaho de éstos sale por el tubo de escape cual fumata blanca una mañana discordante en El Vaticano, me cago en todos los dioses que conozco y en mis allegados de hasta tercer orden de consanguineidad, y lo dejo caer ladera abajo para ver si así resucita. Lo hace tras soltar el embrague con segunda engranada, pega un tirón en mis cervicales y acelero como si no hubiera mañana. Ni los neumáticos ni el motor están calientes (eso al turbo le sienta como una patada en el culo, según me explicó ella mientras manchaba su melena debajo de un cárter chorreante), pero conduzco como un poseso, he de pilotar como no lo he hecho en la puta vida y concentrarme en tres pedales, un volante y mil parámetros que me indican cuándo debo cambiar de marcha. Me paso de revoluciones en muchas ocasiones, hay reducciones en las que siento 1000 caballos chocando contra el capó y aceleraciones en el que el extinto AVE español parece darme coces para que vaya más rápido.

Y entre metáforas equinas y desesperación en forma de conducción deficiente, escucho el inequívoco sonido metálico del cuatro cilindros, del S8 no hay ni rastro en mis tímpanos pero esos petardazos son suficientes para darme la esperanza de que sigue viva. Corro para que no se estampe, pero tengo la convicción de que uno de los tres no llegará al cruce con la nacional. Como en una especie de gallinita a ciegas combinada con el pilla pilla (versión grotesca), juego a adivinar su posición entre pedruscos que cayeron al asfalto maltratado hace muchos años y que a un ritmo normal, incluso con niebla, se hacen bastante asimilables. Sin embargo, sospecho que Silvia está haciendo magia con ese coche, yo no he ido tan rápido nunca, el Lancer como mala bestia que es no se queja, no sufre, no tiene miedo a pisar baches a 150 kilómetros por hora y a levantarse del asfalto medio metro (aunque éste tenga 4 metros de ancho y a mí se me pongan de corbata). Por suerte, he pasado tantas veces por aquí esta semana que me conozco cada curva, cada apoyo y cada zona en la que el coche se me va a ir de culo. Reduzco con la precisión de un piloto y el volante, como cuando conducía ella, pierde el Norte y no sé cuándo está recto y cuándo está girado, me limito a contravolantear cada vez que se requiere y a mantenerlo en la carretera con cuidado de no pisar las cicatrices profundas del alquitrán, aquellas en la que la naturaleza se abre paso y crece sin contemplaciones, aunque pasemos rozando sus hojas a toda velocidad.

Atravesamos los 1600 metros de altura, la altura psicológica a partir de la cual la atmósfera nos regala una densa capa de niebla todas las mañanas. La luz se hace y puedo ver a más de un kilómetros de distancia al precioso coupé contoneando sus caderas de curva a curva y lidiando con el enorme S8 que hay en su retrovisor. Sin embargo, no parece ir demasiado rápido (ese tanque enorme no tendría nada que hacer contra Silvia en esta carretera si se propusiera dejarlos atrás), cada vez los oigo mejor y en las rectas más largas consigo verlos. Una vez acaba el árido paisaje que se extiende por encima de los 1500, entramos en curvas aún más empinadas cuyos bordes están poblados de pinos que nos podrían contar la historia de los 200 últimos años de este lugar, desde los burros cargados con piedras hasta los ciclistas que se dejaban el hígado en pendientes del 20 por ciento. Las nubes continúan en el cielo y los faros traseros del Audi se iluminan a menudo haciéndome ver que su conductor no lo mueve con total confianza. El petardeo del japonés me mantiene vivo, ambos intimidamos al alemán y su tímido ronroneo, que persigue al canto metálico del BMW que continúa haciendo florituras en vez de dedicarse a correr como si no hubiera mañana. "¿Qué coño haces, Silvia?" me pregunto mientras la veo llevar de lado su coche hasta en las rectas, de vez en cuando pega un "zapatazo" que nos deja en las estocada pero la tónica general es bastante contradictoria, ¡no corre, no corre!

Termina nuestro circuito privado y en el cruce con la A-6050 cuatro cilindros salen propulsados a 10 centímetros del suelo como almas que lleva el diablo. La potencia sale de la nada y en una carretera ancha y con buen firme, ella parece encontrar su zona, aquella en la que se siente cómoda y se dedica a producir arte. Por un segundo me olvido de que lo que está en juego es su vida, pienso simplemente en el momento como una simple competencia por ver quien conduce mejor, de poco sirven los más de 500 caballos del Audi ni los cerca de 600 que lleva el cacharro que piloto, somos incapaces de seguirle el ritme en una curva, de lanzar el coche de semejante manera al entrar en ésta y de acelerar en el punto en que ella lo hace. Nosotros tenemos miedo: a ellos les mueve la venganza y a mí la codicia, mis ojos, mis brazos, mi tacto y mi respiración no podrían soportar perder su presencia. Ninguno de nuestros cometidos es tan puro e inocente como el suyo: sobrevivir. Y por eso es imposible alcanzarla si no hay más de 300 metros de recta de por medio, poda con los bajos del M los últimos restos de plantas que aún nacen en las grietas del asfalto y nos limpia la trazada para que lo tengamos aún más fácil. Ellos ignoran mi presencia en el retrovisor, es tal su obcecación con Silvia que es como si no existiera. Espero a llegar a la zona más revirada, el sudor comienza a mojar mi camisa y me sobran hasta los calzoncillos; ahora sí que vamos rápidos.


El odómetro marca unos increíble 120 por hora en una zona a la que creo no haber pasado a más de 80. Aún no sé por qué cojones he retirado la vista del asfalto para semejante gilipollez, sin embargo hay momentos en los que embelesa la figura del deportivo alemán dando botes gracias a una suspensión dura como el alquitrán contra el que choca y que lo hace pegarse cual lapa. Deja marca en todas las curvas mientras que el Audi y su tendencia subviradora lo hace clavar frenos en pleno giro e irse más de lo debido de la trazada. Yo rezo porque en algún momento se cuele demasiado y se la pegue contra algún olivo, no me importaría bajarme del coche y vender mi alma al diablo por tal de que ella consiguiese seguir.

En la horquilla a izquierdas (la que hay justo al pasar la fuente donde nos parábamos a beber agua) entra por el interior y clava frenos en mitad de la curva. Con pasmosa agilidad consigue esquivar un Skoda de color blanco que alguna vez sirvió de taxi. La trasera pasa a escasos centímetros de éste mas consigue enderezar la trayectoria y correr cual ángel hasta la siguiente curva. El S8 también lo salva aunque hace tirarse al arcén a la vieja berlina, yo directamente pego un volantazo y clavo frenos al ver que mi japo con alma de rally se va directo contra el quitamiedos. Mis cervicales están acostumbradas a los frenos de cosas muy serias, así que están entrenadas y no sufren apenas. Por el retrovisor veo como del coche blanco se baja un hombre mayor con cara de preocupación. Se lleva las manos a la cabeza mientras trato, por todos los medios, de engranar la marcha atrás y desencajar el parachoques de los hierros oxidados con los que ha chocado. Por un momento, el sonido ensordecer que recorría mi cuerpo en forma de vibraciones, cesa, sólo se oyen los ecos lejanos de la víctima y el verdugo que se marchan en busca de un final trágico sin esperar a nadie.

Salgo quemando ruedas y exprimiendo al máximo toda la caballería del estrujado motor, el volante decide independizarse y lleva el coche de lado a lado cual bailarina borracha, lo agarro con fuerza y suelto gas para recuperar de nuevo la tracción (algo no muy difícil en este bicho, al que le gusta llevar el control sobre sus cuatro patitas), meto tercera para que no me de sustos en las curvas y dejo que la gravedad haga el resto. De nuevo se hace el silencio, todo aquello que no está a más de cinco mil revoluciones por minuto no existe y, en su defecto, está mudo. A lo lejos vuelvo a avistarlos, "ya lo has hecho una vez, puedes volver a cogerlos" me digo a mí mismo mientras comienza a salir humo blanquecino del capó y noto como los relojes del turbo ya no cogen la misma presión. El silbido característico de las válvulas de descarga cada vez que dejo de pisar a fondo me recuerdan que tengo que ir más rápido. Tarda más de los debido en coger los cien por hora y la sensación de velocidad es altísima. En mi mente se dibuja el culo del S8, ese que tendría que haber golpeado varias curvas atrás para que no pudiera frenar. Por desgracia, un cartel indica que sólo quedan 2 kilómetros hasta llegar a Los Villares, ya no quedan curvas fuertes y lo que es peor: Silvia no consigue zafarse de ellos.

Los baquets sujetan mis riñones en las curvas y reduzco a primera para coger la rotonda de entrada al pueblo como una centella, con el motor retenido y a 7 mil vueltas por minuto, llevo un ojo puesto en lo que hay delante y otro en el corte de inyección, llego a su altura y de nuevo en convoy de tres avanzamos a través de la localidad despertando con nuestra particular tamborrada a todos los vecinos. Un señor con sombrero de paja y bastón en mano contempla con sabia templanza nuestro paso descarriado, ni siquiera se retira el palillo de los diente al dejarle esa estela de viento que suelen llevar consigo objetos cercanos a las dos toneladas rodando por encima de los 150. Golpeo al S8, que ni se mueve (sería como golpear a un luchador de Sumo con una pajita), sin embargo el EVO aprovecha para soltar una humareda aún mayor de humo blanco, decido esperar y jugármelo todo a una carta. Mientras tanto, el deportivo rojo llega a la última rotonda "Coge a la izquierda joder, tira por la izquierda" grito en alto mientras tira de freno de mano y deja que las ruedas delanteras lo lleven hacia la derecha. El olor a aceite quemado inunda el interior del coche mientras me pregunto por qué demonios ha escogido tomar la nacional en lugar de otra comarcal revirada y sin apenas rectas. Este es el territorio del Audi, un 4 cilindros con 70 años de antigüedad no tiene nada que hacer, al menos que yo lo impida...

El Mitsu no tiene fin, sus marchas se alargan hasta que me apetece cambiarle, el sonido se convierte en diez mil altavoces a tres centímetros de mi cabeza, el vello de mis brazos vibra para transmitirlo y la luna delantera hace lo propio impidiéndome ver con claridad. Hay una última curva antes de la subida al mirador, reduce de cuarta a segunda mientras el S8 sigue con su cambio automático que hace sin esfuerzo lo que un humano no conseguiría en tres vidas. No lo alcanza de milagro antes de entrar en la curva, en la que como hacía en el Lancia, deja a tres ruedas la roja carrocería y barre con los bajos el escaso polvo que queda en la cuneta. En una batalla mecánica en la que no tiene nada que hacer, sale catapultada mostrando una completa indiferencia por los posibles daños del motor, que comienza a soltar humo blanco como el mío y parece estar dando los últimos coletazos de vida. "Es ahora o nunca" pienso mientras veo como ellos le ganan terreno. Acelero a fondo (en realidad no lo había hecho hasta ahora, son demasiados caballos para tan poco jinete), y en segunda, sin haber terminado de trazar la curva, las patas delanteras del "potro" se vuelven indomables y patinan cual pista de hielo a mediados de Enero. El humo que sale de las ruedas infunda respeto a mas de 90 kilómetros por hora, por el retrovisor ya no se ve nada y cuando vuelvo a mirar al frente, me he separado diez grados de la línea recta y la trasera intenta adelantarnos mientras el coche gira más y más sobre sí mismo. Giro el volante a la izquierda tanto como puedo mientras veo como el guardarrail derecho está más y más cerca. La carretera ya no se ve, solo puedo observar una línea metálica que avanza a toda velocidad mientras que el ruido de las cuatro ruedas consumiéndose por el asfalto taladran mi cabeza mientras que el motor se cala. Cada vez estoy más cerca, ¡cada vez estoy más cerca! ¡Pum! El sonido de los neumáticos se convierte en un grito de pánico completamente insoportable, pongo mis brazos en cruz para que no me corten los cristales y miro de reojo el volante que se ha vuelto completamente loco mientras se me cae una lágrima. Se hace el silencio y un golpe lejano se oye entre el quejido del motor del BMW. Fin de la partida.

Me suelto el cinturón y bajo para auxiliar a Silvia en su más que probable accidente. El humo y el olor a neumático desorientan mi orientación, es completamente imposible saber hacia dónde queda el Norte y hacia qué lado debo de correr. Aparto con las manos la espesa nube y miro al cielo, donde el Sol blanquecino del amanecer luce su desaliñado rostro hoy, día en que todo se acaba. Me asomo al otro lado del quitamiedos, un profundo valle se extiende, plagado de olivos y acabando en un río al que da sombra un barranco. Al otro lado descansa la Cañada de las Hazadillas y, un poco más atrás, donde la vista no alcanza, se encuentra el pantano. Maldito agua y maldito frío que nunca sentí... miro a la izquierda, donde la carretera escala montaña arriba: ¡Silvia! ¿Silvia? ¡¡Silvia!!

Allí no hay ni Dios, sólo marcas de neumáticos de lo que habrá sido la salvada de su vida. Sigo el contoneo del asfalto entre olivos, pinos y terraplenes y, tras enfocar con mi ceguera crónica donde muere la montaña y nace el cielo, observo lo que parece el reflejo de una carrocería roja, que ágil y rápida lidia con un oponente diez veces más fuerte pero menos apasionado. Miro al EVO, que tiene el capó de carbono partido, el intercooler es ahora parte del guardarrail. ¿Merece la pena seguir intentándolo o dejo que luche en solitario? Ella es quien es, y estoy seguro de que hoy pasará lo que ella quiere que pase, siempre lo hace, siempre consigue salir de todas y yo con ella, y yo con ella... Y si... ¡mierda! Tengo que ir tras ella si quiero llegar vivo al domingo...

Vuelvo al espartano interior, ahora aderezado por el olor a ambientador de pino caducado y pescaito frito con complejo de mecánico... ¡venga, no me jodas que tienes la batería a tope! Suelta un tímido grito que me tomo como mi mal despertar por las mañanas ¿Qué haría ella? Tirarse encima mía, echarme un vaso de agua, poner la música a todo trapo... ¡así que acelera hijo de puta si no quieres acabar en el río, que por no tener no tienes ni radio (su espacio lo ocupa una tapa de carbono y botones extraños)! Tras un poco de sudor, olor a sobaco recién levantado y el aliento de unas cuantas horas de sueño, se digna a arrancar sonando como lo hacía el viejo Panda de Diego antes del trasplante. Engrano marcha atrás no si antes meter primera y hundir un poco más el frontal en la zona del impacto, dejo media carrocería allí tirada y entre humo tóxico y relojes que suben de temperatura más rápido de lo que ganamos altura, abandonamos el lugar del crimen.

Han desaparecido del mapa más cada curva es una prueba, un acuse de recibo de que hay que seguir corriendo, aunque no quieras. Recuerdo el momento en que fui feliz y maldigo a todo en bajito mientras noto como hasta el volante comienza a estar más caliente de lo debido. Una fina línea amarilla me indicaba cuando el volante estaba recto, ahora debo dejarla a unos cuantos grados de la vertical si quiero seguir hacia adelante: la dirección está tocada, y no es lo único, cuando alcanzo los cien por hora (y ahora me doy cuenta de que no son kilómetros sino millas) el traqueteo de la rueda delantera derecha me recomienda que no le pise más, mi corazón sigue a mil por hora. Volvemos a despegarnos del suelo, el sonido desaparece cuando todo queda colgando del cielo, aterrizamos y salvamos el cambio de rasante que da la bienvenida a la capital. Las marcas en el camino son claras, solo hay que seguir a éstas y al nauseabundo olor del neumático quemado y gasolina de alto octanaje.

Entre la psicosis del momento, me doy un respiro para observar a la gente entre la nube de humo, nunca había visto mi tierra así y apenas me ha dado tiempo a disfrutarla, será que al tiempo no le gusto o que simplemente estoy preconcebido para estar sólo... sus miradas quedan a medio camino de la pena y la contradicción, es un lugar tranquilo que nunca se ve afectado por nada, a excepción de unos cuantos locos que muy de vez en cuando se dedican a hacer el capullo por las calles a manos de sus potentes cacharros. Por suerte, nadie ocupa el centro de la carretera y no tengo que levantar el pie, parece que Silvia se ha encargado del trabajo sucio echándolos a todos contra las fachadas de los edificios y sus respectivas aceras. Han aprendido (espero que no con sangre de por medio) a ir por su camino mientras que las bestias mecánicas van por el suyo. Y entre idas y venidas, temperaturas in crescendo y un olor corporal mañanero que no me ha dado tiempo a eliminar, tiro del freno de mano y encaro el morro del Evo entre un par de edificios que dejan un pequeño recoveco para pasar conduciendo. El sonido (nada agradable por las heridas del motor) rebota y vuelve a entra en mi cabeza en forma de bombos y platillos contra una especie de pistón, me llevo por delante el espejo retrovisor del S8 que, por desgracia, ha conseguido pasar por aquí unos instantes antes. Una bajante oxidada ha hecho que ese pequeño elemento quede abandonado entre adoquines (por otra parte, no creo que ahora se preocupen de ver que hay tras de sí, y más teniendo en cuenta que ya ni se acordarán de que les persigo). La tercera salida de la rotonda, a mano izquierda, me indica que ha decidido volver a uno de esos sitios que tanto me gusta y que, por desgracia, no tiene salida. Me pregunto si quiere cavar su propia tumba o si estamos ante otra de las geniales maniobras de esa chica de pelo castaño y extrañas costumbres.

En un pequeño momento en que la carretera me da un respiro, consigo ver la estela del bólido rojo pasando entre las copas de los árboles. La vía se vuelve impracticable a esta velocidad, sin embargo dejo que sea la ira y no la sensatez quien me guie, me convierto en una liebre persiguiendo a un par de tortugas, cuando quiero pararme a pensar si la siguiente curva la pasaré en tercera o podré seguir en cuarta, los frenos leds del alemán se encienden cual luciérnaga a escasos metros de mi morro. Como en un baile sincronizado, nos compenetramos a la perfección para dejar el suelo durante unos metros y reventar los bajos en el aterrizaje. Conformamos la sintonía de una muerte anunciada, no puedo evitar admirar la belleza del momento e imaginar que simplemente luchamos contra el tiempo, hay un reloj al final de la carretera que nos dirá quien tiene mejores manos y acabaremos debatiendo en alguna terraza sobre la tracción integral contra la trasera mientras ella me saca del mundo rozándome con sus pies por debajo de la mesa. Ojalá... pero no, continúa sacando lo mejor de esos cuatro cilindros, y si fuéramos en igualdad de condiciones, aún estaría en el cruce del camino a casa con la A-6050. Me vuelvo a concentrar en no perder un instante, ahora mismo su sensor de aparcamiento debe estar echando humo ante la cercanía del único faro que me queda. Hundo el pedal cada vez que el volante se queda "recto" y tracciona como un Jaguar tras su presa, busco un hueco que no existe e intento adelantarlos, si consiguiera eso todo sería tan fácil como apretar el freno a fondo para que se dieran de bruces con mi trasera, lo que pasara después no me importaría si veo la zaga del M3 desapareciendo entre los árboles. Árboles que ahora pasan como suspiros, que no consiguen llegar a definirse mientras se pierden tras los marcos de las puertas a 120 millas por hora. Escucho los petardazos del BMW como si tuviera la oreja puesta en el tubo de escape... ¡está tan cerca! Sin embargo, el monstruoso y anodino tanque no me deja ni un centímetro de hueco (la opción de darle por detrás, por mal que suene, está descartada), apenas puedo ver el rojo de la carrocería un par de segundos seguidos. Por momentos me vienen a la mente imágenes de la DTM, de esos AMG luchando codo con codo con los coupé de la marca bávara, cada vez que sus bajos levantan las chispas del suelo en mi cabeza se dibuja una celebración a pie de podio con mecánicos y pilotos que buscan su hueco en una lluvia de champagne. Los días de gloria se alejan, aquellos en los que las imágenes no tenían mucha resolución pero la sensación a pie de pista te erizaba el vello; nos equivocamos de época, por suerte, cambiamos 70 años de insulsa realidad por unos instantes de éxtasis al borde del corte de inyección, hoy vienen a cobrarnos la cuenta y mientras que recuerdo lo que no sé si con suerte ocurrió la noche anterior, un cartel de "Pantano del Quiebrajano: 2km" me hace perder el norte y tragar saliva, mucha.

Pablo, no la persona, sino el piloto, se muerde los labios y deja que el sudor brote de su cabellera y le moje la cara; es un deporte y como tal, se suda. Se concentra en leer la carretera, a modo de braille me dice cuando estoy en contacto con ella, cuando hay un cambio de rasante, cuando el cárter está a punto de decir basta y cuando el tiempo de espera entre llantazo y llantazo se acorta. Para rápido, cuando quiero comenzar y a disfrutar de la última vez, ya estamos bajo un túnel en el que ambos podríamos conducir con los ojos cerrados y en el que Silvia se olvida de encender las luces para que su perseguidor se la pegue. Los metros se transforman en milésimas, la oscuridad se vuelve día en poco tiempo y a mí se me viene el mundo encima al ver que no tiene intenciones de girar.

El muro, de piedra y ancho como un autobús, bien podría resistir el impacto de un cacharro viejo a casi doscientos por hora. La última curva del recorrido será la que dibuje en el parking para no caer al agua. Sin embargo, mientras el S8 clava frenos y me obliga a dar un volantazo para no llevármelo por delante, ella continúa acelerando, ajena a que la carretera a llegado a su fin. Tiro del freno de mano y de refilón veo lo que me negaba a creer: a cámara lenta, el M se despega del suelo, parece que tenga prisa por dejar este mundo. Las luces de freno se encienden cuando ya es demasiado tarde, levanta el polvo del poco asfalto que le queda por devorar y sus neumáticos delanteros revientan al estrellarse contra el bordillo. Él se baja del coche mientras grito su nombre en alto, continúa con su ascensión y el silencio se hace cuando consigue dejar para siempre la mundanal vida de la tierra. Ya no hay ruedas girando a toda velocidad, una llanta queda a este lado del muro y con un dolor que jamás he podido sentir, el resto del coche lo sobrepasa y tras una estela de humo y polvo, desaparece al otro lado para unos segundos más tarde despertarme de la calma con un estruendo que bien podría pertenecer a un tren descarrilando. Todo pasa tan lento que ni lo entiendo; Silvia lo ha intentado, trata de despegar y dejar la complejidad y desfachatez de un mundo que no se merece. Como un ángel, durante un instante he creído que no caería, que la gravedad se olvidaría de hacer su trabajo y la dejaría escapar, mas el cielo se le quedaba pequeño, ahora el hielo congela su piel, siento celos de hasta el agua que la toca y su vida se hunde con la misma rapidez que lo hará el M3, que se perderá en un abismo de treinta hectómetros cúbicos de moléculas de hidrógeno y oxígeno y algunos animales que viven ajenos a la mierda que hay fuera. Si nuestros antepasados hubieran mirado hacia adelante, no habrían salido del agua.

Sin encontrar su presencia, giro 180 grados y del capó comienza a salir fuego. Frente a mí, entre el humo y su ya inocua figura (no tengo nada que perder), me agacho mientras me apunta, cierro los ojos y en mis tímpanos el sonido de una distribución que se va a ir en cualquier momento se transforma en violines que lloran su pérdida y frases que aún me duelen. Acelero y dejo que la suerte decida en qué momento se acabará este sinsentido que llaman vida. Por última vez sale revolucionado hasta el límite de lo absurdo, el cuentarrevoluciones querrá dar una segunda vuelta y las ruedas se escurren, como siempre hacen, para dejar a su afortunado conductor con sus partes bajas al borde de la garganta. No lo llegué a disfrutar, no puede hacer lo que se supone que hacía cuando me ponía tras un volante, su motor se envuelve en llamas y se desintegra contra el duro aluminio del S8, lo que un día fue una obra de arte, un póster en la habitación de más de un crío y cientos de dolores en la cabeza de un ingeniero para sacarle unos cuantos caballos extra, es ahora un fantasma que tardará poco en convertirse en ceniza. Un tiro acaricia mi nuca y choca contra el asiento, como moraleja para esta existencia, podría decir que quien nace estrellado muere estrellado. Abro los ojos para comprobar, antes de volver a cerrarlos, que ni siquiera conseguí vengarla. Levanto la cabeza, que sangra a la altura de la frente por haber chocado contra el volante y contemplo con estupor que será él el que no podrá morir tranquilo, espero que nunca pueda descansar. Me mira durante un segundo más hasta que su cuerpo no le permite seguir sosteniendo el arma. La suelta sobre lo que queda de capó y apoya la calva contra la hirviente distribución: al borde de la fundición ha completado su última carrera sin quejarse lo más mínimo.

Su cuerpo queda aplastado entre ambos vehículos, y la sangre se confunde con el líquido anticongelante del Mitsubishi, sonrío al verlo desvanecido mientras se achicharra cual mosca al chocar con una bombilla. Una de sus piernas queda en el suelo, movida aún por los espasmos de su sistema nervioso y dando las últimas señales de vida del conjunto. Alguien tose al otro lado y se caga en Dios mientras se retuerce del dolor. Agarro la pistola que dejó sobre el coche y rodeo el S8 sin titubeos, ni siquiera le miro a los ojos, no quiero ver su falso arrepentimiento ni la piedad que no nos habría dado y que muere con un coche que se hunde. ¡Pum, pum! No habrá tiempo de réplicas ni de explicaciones, me paseo prácticamente como mamá me trajo al mundo, piso los cristales sin importarme que desgarren mi piel y pienso en la esperanza que siempre me hizo tener. Tras clavarme hasta el último vidrio de la zona y con el EVO en pleno funeral vikingo, miro al agua y solo veo espuma y burbujas en forma de oxígeno que suben hacia la superficie. La columna de humo se podrá ver en 20 kilómetros a la redonda, sus cuerpos yacen sin más valor del que tendrá la su carne para los cuervos y respiro profundo esperando el final feliz que toda historia debe tener.

Salto, aún puedo ver la chapita de BMW Motorsport desde lo alto de la presa y el agua se tiñe de rojo. Voy a por ella, esta vez no es una alucinación pero el agua está aún más fría que en ésta. Se me olvida que no sé nadar, no hace falta saber para ir hacia abajo. Mis manos se mueven con torpeza hacia el fondo mientras que el oxígeno de los pulmones me empuja sin quererlo hacia la superficie. Veo el discreto alerón de la máquina, el verdoso líquido llena de tinieblas la claridad del agua, el motor aún gira y las puertas no están abiertas. Sigo tras él, pesará 1 tonelada y estará hasta los tranques, pero no tiene la obcecación que yo tengo por ir más y más abajo. La cabeza me da pinchazos, en la herida abierta el agua roza como si se tratase de ácido, mis oídos pitan cual detector de metales y mi cuerpo... bueno, este último no lo siento. No sé cuantos metros tendré a la vuelta, ella lleva ya más de una eternidad sumergida y si consigo sacarla de ahí nunca volverá a ser la misma, su cerebro habrá estado clínicamente muerto demasiado tiempo. Maldigo los cinturones de 6 puntos, ella alababa lo bien que sujetaban en las curvas y desaceleraciones, ahora la abrazan egoístamente e impiden que pueda salir de esa tumba de marca alemana.

No sé por qué, pero sigo hacia abajo, he perdido el coche y toda referencia con el exterior, estoy tan lejos del Sol que aquí parece hacerse de noche. Me bastaría con verla una vez más, quedarme aquí abajo sería un precio bastante justo a cambio. Mis manos se compenetran con los pies y llegan a formar un buen equipo, casi como si de una máquina se tratara. Me guío por las burbujas que dan señal de que alguien o algo aún tiene aire, una luz me vendría muy bien ahora mismo y el dolor de mis oídos desaparece. El Sol vuelve a brillar y aunque mi mente me diga que debo volver al fondo, mi cuerpo y su instinto de supervivencia me pide que nade hay aquello que brilla arriba y me pide que lo haga rápido si no quiero desmallarme. La adrenalina baja y me doy cuenta del frío que tengo, de que estoy temblando y de que mi corazón está al filo de una taquicardia. El flequillo tapa mis ojos cuando llego a donde el oxígeno se puede respirar y no se encuentra en formación con el hidrógeno, tomo una bocanada de aire que apenas me llena y vuelvo obcecado hacia el fondo; si buceara mejor, si nadara más rápido... ya no hay referencia visual, vago por el fondo cual cervatillo desorientado tras la caza de su madre, el cuerpo no responde igual y sólo me pide volver a la superficie.

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Un fino hilo de aire que llega hasta arriba me anima a meter la cabeza y volver a intentarlo, y con esta van ocho veces. No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero en cualquier caso habrá sido demasiado. Como reza el cartel del parking, estamos como mínimo a una catedral de distancia. Ahora su cuerpo, sus ojos inundados en iris color miel, sus lágrimas que tanto brillan y su olor natural, se pierden en un fondo de hollín y fango que la convertirá en otra historia más, en otro montón de recuerdos que no volverán y una montaña de "lo que habría podido ser...".Siento el vértigo de 90 metros de agua debajo, me da miedo pensar que su espíritu, cabreado por mi falta de velocidad y mi no saber moverme con agilidad, me agarre de los pies y me lleve al sitio donde hace apenas un par de minutos estaba de forma voluntaria. Se acabó Pablo, ya no habrá noches en vela ni mañanas entretenidas, no habrá nadie que te diga los kilos que te sobran ni que te active con su graciosa forma de faltarte el respeto. Me gustaría bucear hacia abajo y no salir nunca más, pero por más que lo intento mi cuerpo no me deja.

Nado con la torpeza digna de un rinoceronte, mi cuerpo protegido únicamente por unos calzoncillos a los que le faltan un par de tallas está completamente desamparado. Si el agua está fría el aire no lo quiero ni explicar. Sopla una brisa matinal que bien podría compararse a cien mil cuchillos, aunque como esa comparación está muy vista prefiero acercarlo a repizcos por cada poro de tu piel, tanto por dentro como por fuera. Poco a poco y con el aliento entrecortado, agotado y con ganas de pegarme un tiro, llego al embarcadero de madera, podrido como todo en este mundo, y ahora más que nunca. Noto cada piedra del camino sobre mis pies descalzos, que dejan ahora una marca roja a su paso y que se desgarran más y más con cada paso. Por mi ombligo resbala ya la sangre de la cabeza, que lubrica con el agua y se mueve tan rápido que da miedo. Pero no me voy a desangrar, por desgracia. Entre pequeñas explosiones, el EVO y el Audi se consumen, dejan que el oxígeno reaccione con el fuego y éste se haga más y más intenso. Me acerco a ellos aún a riesgo de que me estallen en la cara, aunque por otra parte...

El calor se hace palpable, aunque todo está bajo cero y el vaho de mi boca sale cual humareda de un cacharro diesel, dentro de la pequeña burbuja que conforman las llamas y los volátiles líquidos evaporizándose, parece que estemos... perdón, que esté, en Jaén a pleno 30 de Junio en alguno de los valles que no tienen sombra en diez kilómetros a la redonda. Y sin quererlo, miro su cuerpo, aún enorme y masivo como sus actos, reduciéndose a polvo entre lo que queda de un bloque motor y unas llantas forjadas por la que más de uno hipotecaría media vida. Toqué el cielo, conocí a un ángel y volví al infierno para acabar entre tinieblas, olor a caucho quemado y embriagado por su recuerdo. Cuando mi piel se seca (no tarda mucho, el calor es sofocante) vuelvo a salir de la falsa esfera que me protege y camino de vuelta hacia el muro. Con más calma, sin prisa por caminar sin rumbo campo a través y tratar de llegar a casa, observo con detenimiento la BBS de 16 pulgadas que no quiso caer al agua (junto a un brazo de suspensión y parte de la dirección). Hay restos de aceite en el muro en el que se dejó parte de los bajos y donde aún puedo escuchar el sonido del impacto. Miro al agua y no puedo evitar echar la vista atrás y pensar si simplemente todo fue un sueño. Tras de mí arden aquellas cosas por las que hace unas cuantas semanas sólo podía suspirar, y no me importa. En forma de burbujas, la esperanza se pierde junto a un hilo de oxígeno que brota de lo más profundo, rezo porque Silvia esté ya muerta, de hecho, ojala el propio impacto la haya mandado al otro barrio. Rezo sin mucha fe y miro a las nubes, el Sol quiere aparecer y echo las manos a la frente para taparlo. Un instante más tarde me veo conduciendo un Peugeot 405 T16 camino del Pikes Peak, la estrella del sistema solar me deslumbra con su luz fabricada 8 minutos antes a millones de kilómetros, las manos de Ari Vatanen sofocan sus rayos en la visera.

Fue el amor quien me trajo hoy aquí, fue la pasión desmedida la que me hizo salir de la habitación. A veces nos equivocamos, a menudo me cuesta volver a reiniciar la partida o tomar un par de barritas para aguantar otras 6 o 7 horas tras la pantalla del ordenador, pero en contadas ocasiones un error liquida a la poca familia que te queda, te lo da todo para dejarte sin nada y te cambia su mirada clara y su liviana presencia sobre mi cuerpo a altas horas de la madrugada por decepción, michelines que aún no se han ido y esfuerzos que son en vano. He manchado mis manos de sangre y aunque el oxígeno aún no se haya acabado allí abajo, lo que queda de nosotros es lo poco que la recuerdo, ya casi no puedo dibujar su aspecto en la mente y su voz se distorsiona, convirtiéndose en la mía para preguntarse si realmente estuvo allí alguna vez. El M3 se oxidará a ritmo maratoniano, nunca nos hicimos una foto y la última persona que la vio con vida está ahora rodeada por un charco de sangre y espera a que el fuego acabe con su vida, si no lo he conseguido ya con un par de tiros y ninguna compasión.

Apoyo los brazos sobre el filo y escucho un motor que se aproxima. No es el V12 de Diego ni suena a C15 diesel, de hecho, el mayor sonido proviene de sus neumáticos rozando contra el asfalto. No quiero pero las lágrimas se escapan, no puedo más que lamentar la ausencia de sus labios, me la sudan los coches y todo lo que ellos pueden ofrecerme, no concibo un paseo sin ella al lado, no puedo coger una llave del 26 sin que me diga qué arandela aflojar. La máquina más perfecta que ha existido se fue, la mató el choque a 200 por hora contra un muro, la mató el impacto contra el agua dura como una piedra a esa velocidad, la mataron los dos grados de temperatura a la que el translúcido líquido lucha por no congelarse y la mataron unos pulmones encharcado incapaces de encontrar algo de oxígeno en semejante situación de estrés, pero sobre todo, la mataron ellos. Me lío a patadas contra el inerte y cobarde tipo, que vestido de Armani o algún otro diseñador italiano oculta su crueldad en forma de traje caro que no le devolverá jamás su dignidad. Dos tipos, que bien podrían ser nuestros padres, derrotados por la estúpida cabezonería de dos criajos que sólo querían pasarlo bien, uno está ya carbonizado y el otro comienza a descomponerse. Nadie recordará nuestros nombres para el examen de historia, no saldremos en las enciclopedias pero aunque seamos sólo olvido, alguien sabrá algún día de nosotros. No acabamos en la puerta del colegio recogiendo a los críos, no invertiremos el dinero de la jubilación en una caravana con la que ir a ver mundo ni follaremos como posesos los cinco primeros años de relación, pero si esto no ha sido real, yo soy el mayor artista que conozco por semejante imaginación y por esculpirlas a ellas y los coches como la verdadera perfección.

El dolor se acentúa en mi cabeza, me siento en el suelo y apoyo la espalda en el muro, saco los cristales de la planta de los pies. Al salir hacen aún más herida de la que hicieron al entrar ¡son anzuelos! Me duele la cabeza, siento el latido de mi corazón en la herida y creo que una infección se está esparciendo por todo mi cuerpo. Si no encuentro pronto algún desinfectante antes de que acabe el día me reuniré con Silvia. Y es pensando en ella que un cuatro cilindros vuelve a atronar entre picos y escarpadas montañas en que las cabras montesas son amas y señoras; me levanto y alzo la vista más allá del túnel, por donde veo entrar un coupé rojo, de la vieja escuela, de esos que llevan pocas ayudas y hay que echarle un par para llevarlos rápido. Luego el sonido cambia de dirección, recorre mi espalda y se planta en mitad del agua ¿Seguirá arrancado? ¿Alguna bolsa de aire lo ha reflotado? Nada, allí no hay nada, sólo agua que consume mis ganas de vivir y que la retiene como un loco enamorado. Habría que ser muy estúpido para no estar celoso...
Alguien me toca la espalda. Cierro los ojos, sonrío y sé que ese aliento y esa forma tan sutil de rozarme, como si se fuera a romper, sólo puede ser de ella. Un escalofrío me recorre, me eriza la piel y anula mi respiración. No sé como lo hace, pero sale de todas. Es capaz a la vez de quitarme la ilusión, dándome pruebas más que evidentes de que se ha ido, para unos instantes más tarde devolvérmela en forma de crío abriendo regalos un 6 de Enero bajo el árbol. Agarra mi mano y con aire misterioso, me empuja un poco y me acerca al muro. Luego aprieta con fuerza mis muñecas y me doy la vuelta para pedirle que no sea tan brusca, que estoy cansado:

- Pablo Martínez Sánchez, eres tú, ¿Verdad? - dice con uniforme azul y acento francés.
- ¿Qué, qué...? - digo sin poder pronunciar palabra.
- Sí, es él - le dice a un segundo, que saca de la puerta trasera de esa mierda eléctrica a la que llaman coche una manta -. Llama a la central, lo tenemos.
- ¿Quiénes sois, qué cojones hacéis? - trato de zafarme de él y hacer un último intento desesperado de tirarme al agua. No hay éxito y me pega un rodillazo en la columna vertebral que me deja paralizado.
- Policía internacional, queda detenido por crímenes de guerra, homicidio, espionaje, manipulación de instalaciones públicas, falsedad documental y propaganda a favor del régimen. No diga nada, tenemos pruebas suficientes como para encerrarle mil años, cualquier cosa que diga será utilizada en su contra. Será juzgado por un tribunal militar en un plazo de dos semanas, no tiene derecho a defensa y podrá exponer sus alegatos durante un 5 por ciento del tiempo estipulado para su caso, unos tres minutos. Ahora siéntese y no moleste mientras recogemos pruebas de lo sucedido. "Fransuá", obtient le pistolet! - le dice al otro chico.

Ni siquiera sofocan el incendio, dejan que hasta el último centímetro de fibra de carbono y aluminio se derrita mientras toman pruebas de lo sucedido. Uno fotografía los cadáveres ignorando que hay un último cuerpo bajo el agua. El otro mete cosas en bolsas transparentes y se dedica a atravesarme con los ojos mientras yo me despido del mundo con la mirada pérdida. Luego, consigo escuchar el sonido de los árboles al pasar, el silencio es lo único que puebla el interior del coche y apoyo mi cabeza en el cristal, tintado de sangre por una herida que no se han preocupado ni de mirar. Me gustaría contarles que anoche estuve con la chica más guapa del mundo, que salvé a este país de su total extinción y que aún poseo una de las mejores colecciones de coches en el lugar más privilegiado de la provincia. Pero ignoro si realmente todo eso ha ocurrido, así que me limito a dejar que las lágrimas hablen por mí mientras ellos miran el reloj de su muñeca y se entretienen con sus teléfonos móviles sin prestar atención a la carretera.

Game Over, Restart?



Capítulo 32

Algún día de 2061

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Hoy llueve. Veo el agua caer y siento las gotas sobre mi rostro. Me despiertan al igual que lo hacen con mi compañero. Como de costumbre, no intercambiamos palabra alguna y mientras el viento casi huracanado no hace acción alguna contra el metro y medio de pared, yo me siento en la cama y apoyo sobre mi muslo el último trozo de papel higiénico de la semana. Con un pedazo de grafito vuelvo a terminar esta historia, 148 mil palabras que salen solas de mi mente y que me llevan a autoconvencerme una vez más de que aquello ocurrió y valió la pena. Una mentira que se repite muchas veces se convierte en verdad y yo me la estoy creyendo. "Tú, vas a salir al patio ¿O qué?" me dice desde la puerta el funcionario, al que aún le quedan reminiscencias de su curada obesidad mórbida (la piel sobrante de sus brazos y papadas le delatan). Y pensar que si aquella noche hubiera salido mal este bastardo ya se habría ahogado en su propia grasa... la vida no es justa, ¿Mas quién quiere que lo sea?

Me gustaría contar que soy el más malote del lugar, que cuando llego al final del patio las pesas quedan a mi disposición y el gimnasio se vacía, pero si hoy hago deporte sólo es porque el agua cae como si el cielo se fuera a caer, me gusta sentir las gotas en mi cuello y pensar que alguna, en algún preciso instante, estuvo a 600 kilómetros de aquí y pudo rozarla durante unos instantes. Morí hace mucho y aunque espere un milagro que me resucite, sé que mi existencia se limitó a cuatro semanas y cuatro días, todo cuanto ha habido antes y después se le puede considerar un mero trámite. Paso el día entre conversaciones que no salen de las celdas de castigo, entre gente que grita libertad y saca un pañuelo blanco por la ventana cuando pasa un helicóptero y que, como yo, no se han matado ya porque no les han dejado. A lo lejos alguien canta, habla de aceitunas y de la propiedad de los olivos, habla de aquello que ya casi ni recordaba pero que ha vuelto a mi alma en forma de punzada.

Cicatrices varias y estrías, olor a aceite usado y hablar de este sitio como mi casa. No puedo negar que estoy mejor de lo que estaba, aquí no hay ordenadores pero combato el aburrimiento con otros que como yo acabaron aquí de rebote; por desgracia, ellos tiemblan al ver una pelea y dudan antes de asestarme un puñetazo, yo he estado muchos días sin ver el Sol por arreglarlo todo con golpes y porrazos. Soy un orangután, a medio camino entre la fuerza de un toro y el carácter de un rotweiler, la delicadeza y las caricias se esfumaron con Silvia, aunque a veces el tacto de su piel viene a mi mente mientras agarro a alguno del cuello:

- Aún no entiendo por qué te castigas tanto - me dice Julio, 52 años, conductor e integrante de la TWP. Sí, estaba en el otro bando, por lo general ni me dirigen la palabra, pero poco a poco nos damos cuenta de que tenemos más cosas en común que diferencias.
- La fuerza nunca viene de más - le digo mientras me seco con la camiseta sudada el agua de mi cara.
- No creo que se atrevan a tocarte... conocen tu historial.
- Aún no entiendo por qué seguís aquí.
- Yo tampoco, pensé que sería algo temporal pero la cosa se está alargando mucho. La esperanza es lo que nos mantiene aquí ¿No crees? Pronto cambiará todo... ya verás.
- Puede ser - me mantengo serio como hago desde hace tres años -, las cosas se arreglarán, es algo cíclico, sólo hay que echar un vistazo a la historia - agarro un libro del carrito.
- Tengo ganas de ver a mi nena, debe de estar ya crecidita - sonríe y mira el tatuaje de su antebrazo donde lleva su retrato - ¿Y tú, qué hay de ti?
- Lo mío va para largo, ya lo sabes. No creo que salga, mi condena es casi eterna y mi lugar no es la calle.
- ¿Tienes a dónde ir? Dicen que cuando te haces muy viejo y ven que vas a morir, te dejan libre para que veas todo lo que te has perdido - alarga las palabras por el esfuerzo que el supone subir las escaleras de la litera.
- Creo que sí, ya no me acuerdo - no quiero darle pistas, no me puedo fiar ni de mí mismo, aunque por otra parte tampoco le estoy mintiendo.
- No me refería a eso...
- ¿Entonces? - acerco la nariz a mi sobaco y tiro de la manga, debería darme una ducha.
- ¿Te espera alguien fuera? Ya sabes... padres, hermanos, familia, alguna chica...
- No.
- Pero... no sé ¿alguien?
- No. Y cállate ya anda, que quiero dormir un rato.
- Está bien, como quieras. ¿Tampoco vas a desayunar? Hay que estar en el comedor en cinco minutos.
- No, no tengo hambre - nuestra relación, aunque cordial, no pasa del ámbito "profesional"; el último que me preguntó demasiado estuvo medio mes en cama, desde entonces no me dejan usar lápices.


Miro a la montaña de libros y comienzo por decimoquinta vez La Santa Biblia, intento buscar en ella alguna base científica, algún hecho que iguale toda esa parafernalia al mundo real, para así hallar esa fe con la que muchos de aquí consiguen la esperanza. Tras un rato intentándolo, busco un poco de alivio en las revistas de coches, el nuevo 911 es aún más rápido en Nürburgring, ni siquiera el último eléctrico de Ferrari consigue igualarlo. Curioso, ¿verdad? Pues sí, el mundo siguió girando entre nuestras antiguallas y degeneró en algo muy rápido y poco pasional. Quizá el problema sea que aquella burbuja en la que vivimos explotó, su aire se escapó y nos contaminó la realidad a la que yo no aspiraba y por la que ella suspiraba. Y entre inspiraciones y aspiraciones, cierro los ojos y ya no recuerdo los suyos, dicen que el tiempo lo cura todo y aunque lo único que me motiva es la venganza, creo que ya me interesa más su M3 que el lápiz de ojos.


La lluvia cesa y cuando quiero darme cuenta, él ha vuelto de su comida. Me levanto y voy a la ducha mientras él se queda en su cama, eructando y dejando que su estómago suelte todos los gases del cocido que hoy había en el menú del desayuno. Camino descalzo por las duchas, sus tatuajes y miradas de odio me despiertan indiferencia, a estas alturas sólo debo temerme a mí mismo. Toalla en mano y con la muda puesta, suena por megafonía mi nombre, o mejor dicho, mi número, que es lo que soy aquí adentro. "911, acuda a cocina, su turno expira en media hora, si no lo hace será sancionado" tuvieron la amabilidad de permitirme elegir número y había unos cuantos que ya habían sido pillados. Con el uniforme puesto, comienzo a fregar una montaña de no menos de 300 platos. No reconozco a quienes hoy me acompañan, parecen ser nuevos y ya comienzan a buscar su posición dentro del infierno con actitud amenazadora y patéticos alardes de grandeza. Limpio bastante bien, los días que me toca fregar al medio día ceno mejor por las noches sabiendo que el plato se ha quedado como los chorros del oro. Un guardia vigila que no me mueva de mi posición, en la otra punta de la sala alguien charla con él mientras que se encarga de cuchillos y tenedores. Mi fama no me permite acercarme a ellos, y de hecho no se equivocan, el día que me dejen hacerlo no sé muy bien cómo podremos acabar. Sonrío al ver mi rostro reflejado en la porcelana de baja calidad, ennegrecida por el uso y agrietada por los cambios de temperatura. Me recuerda a mi amada y odiada tierra, me gusta encontrar entre las rajas un resquicio de vida como lo hacía en el asfalto desgastado de Jaén, donde las plantas crecían y trataban de recuperar lo que era suyo.

Por mis manos corre la espuma, paso el estropajo y elimino los restos del pestilente caldo, que nunca fue santo de mi devoción. Froto un par de veces hasta que se va todo y observo mi careto en él, saco dientes y observo algo extraño tras de mí. Me agacho y una taza choca contra el plato, rompiéndolo. Un mastodonte que me trae recuerdos del pasado agarra una olla del tamaño de una bañera ante la pasividad del guardia, me la tira mas vuelvo a esquivarla. Justo después, agarro uno de los impolutos platos y se lo tiro a la cara y, entre gritos de ira y cansancio, revienta en su frente y le raja la ceja e incluso parte del ojo. "Si no sabes torear, ¿Pa qué te metes?" le digo con la frialdad digna de un sicario tras cumplir otro encargo, el llora mientras me dice "Creo que esta vez va a ser diferente". Miro hacia la puerta, donde el guardia continúa sin prestarme ni la más mínima atención:

- ¿Qué, ahora también me vais a castigar, hijos de puta? - le grito mientras me giro y continúo fregando.
- Va a ser que no - se echa la mano a los bolsillos y mira hacia los lados.

El que se encarga de los cuchillos lleva uno bastante grande entre las manos y a su lado está Julio, que me mira con cara de pocos amigos y que trae un bate consigo, al otro extremo un gordo del tamaño de un gorila se cruje los dedos y me mira con cara de pocos amigos. De repente, ambos empiezan a correr y vienen hacia mí, trato fallidamente de escapar saltando de fregadero en fregadero. Su pelo rapado, sus tatuajes y su tez fría y seria incluso mientras me hunden el esternón despiertan mis fantasmas del pasado. Y es que la vida no es justa, ni fácil ni bonita. Aquí no hay ángeles de pelo castaño y ojos marrones que me protejan, aquí hay realidad. Sin embargo, una vez he dado todos los puñetazos y patadas que me han dejado, cierro los ojos y noto como mi cuerpo se acostumbra hasta a esto del dolor. Y es que los golpes ya no hacen daño, ahora sólo son rutina.

23 de Diciembre del 2061

- No tienes a nadie aquí dentro, sabemos que fuera tampoco, pero creemos que los tenemos controlados.
- ¿Me van a trasladar? - le pregunto al único funcionario que me ha hablado educadamente desde que estoy aquí. Su pelo canoso se hace aún más intenso con la luz de un solitario foco y delata que le queda poco tiempo para la jubilación a pesar de que no haya estado mucho tiempo en activo (como todos los que pululan por aquí).
- Más o menos hijo, llevas 25 compañeros de habitación y todos han tratado de matarte, no sé qué coño les haces, no pareces mal tío ¡joder! - dice con tono de imberbe, tratando de amoldar sus palabras a mi supuesto vocabulario.
- Sabe perfectamente lo que pasa, ellos lo saben - miro a los dos guardias que lo acompañan y pongo el semblante más serio que me sale -, es cuestión de tiempo que me maten. Estoy sólo aquí, de hecho, no debería estar aquí.
- Lo sé chaval, lo sé. Mira, yo no puedo hacer nada - se seca el sudor - pero hemos recibido un mensaje de arriba...

"¿Qué, maricona? ¿Te llevan a una celda con camita de princesita?" "Nos vas a durar diez minutos, hijo de puta" "¡Eh, tíos! ¿Este no es?" "Sí, es él ¡hijo de puta!" avanzo por un pasillo en el que me podría entretener durante semanas. Aquí la luz apenas ilumina el suelo, está encharcado, a ratos se acaban las baldosas y se convierte en arena. Bonita jungla para darse una vueltecita... todos los que tienen delitos de sangre a sus espaldas están aquí, todos menos yo, al que decidieron dejar con los más nobles para que no me mataran en la primera semana. Ahora los dejo atrás, como dejé atrás mi módulo y otros diez más, aún esposado me cuesta mantener el equilibrio y el ritmo al que los dos guardias me obligan a caminar. Al final del pasillo se ve una luz que parpadea a punto de fundirse, bajo ésta hay una última puerta para la que los que me llevan tienen una llave aún más grande de lo común. Está oxidada (no se usa mucho) y les cuesta hacerla ceder. "¿Nos ayudas? Tú que estás más... joven" me dice uno de ellos tras más de un minuto empujándola infructuosamente. Arrimo el hombro y con un golpe de gemelo se abre sin mayor dificultad. Al otro lado una nueva mesa, rodeada de sillas vacías y con él justo enfrente, al otro lado de un único foco que ilumina de forma cenital la sala:

- Tienes que firmarme aquí, aquí y aquí... - me dice sin tan quisiera darme las buenas tardes.
- Esto... ¿Qué es? ¿Lo puedo leer?
- Mira, bastante que no te vas a pudrir aquí toda la vida, colega. Firma y a tomar por culo, cuanto más rápido sea, mejor para todos.
- No voy a firmar nada sin leerlo antes - a estas alturas ni el director de la prisión me intimida. He aprendido a mantenerme frío, mis constantes vitales no han pasado de 80 pulsaciones por minuto en el último año más que cuando hago ejercicio.
- Échale un vistazo, son los papeles del cambio de identidad. Aún quedan muchos fuera y os... bueno, te tienen ganas. No voy a decir que estén esperándote en la puerta, pero le perdimos la pista a la mayoría por el centro de Europa, Estados Unidos y Oriente Medio, yo si fuera tú no haría mucho turismo por aquella zona.
- ¿Cómo me llamo ahora? - sigo con el semblante serio, desde esta habitación no se pueden ver las estrellas ni mucho menos el cielo. El aire no corre y pierdo la noción del tiempo.
- Eso es lo de menos - da a un sorbo a su café y mancha la manga de la camisa -, ahora lo verás en tu nuevo pasaporte y carnet de identidad, de eso ya te hablaran en otra sala. Y sobre todo, no hagas el tonto, allí afuera no habrá nadie que os separe, así que intenta buscar un trabajo tranquilo y búscate una buena chica.
- Eso ya lo tenía, y no quiero volver a buscarlo. Tendrá noticias mías muy pronto... una cosa ¿Qué es esto de que os eximo de cualquier responsabilidad?
- ¿Eso? ¡Bah! Nada, simple palabrería, ya sabes que a veces nos salimos un poco de lo legal, pero bueno, ya sabes, los que ponen las leyes no viven aquí y sólo saben de buena praxis y ética, pero esto es la puta selva - se seca el sudor.
- ¿Sabes qué? Esta hoja la va a firmar su puta madre - se la rompo en la cara y continúo con el resto de hojas, él sonríe.
- Sabía que harías eso, pero confiaba en que no te pusieras a leerlas. Eres un tío muy listo.
- No me gusta que se rían de mí, eso es todo.

Me levanto y voy a la siguiente y espero que última:
- ¡Eh! Hijo, espera un momento - me dice cuando ya la he abierto.
- ¿Qué?
- Nada, sé lo que hicisteis, sólo quería darte las gracias.
- Si de verdad quisieras agradecérmelo me habrías sacado de aquí antes.
- Aunque no lo creas, tienes un ángel de la guarda. Las calles aún no eran seguras para ti.
- Váyase a la mierda señor director, que tenga usted buena tarde.
- Igualmente Pablo, igualmente.

"A ver, zapatillas de cuero, camisa, calzoncillos, volante y lápiz de ojos. ¡Vaya! Ya sabemos quién se encargaba de dar alegría en las duchas, jejeje", lo miro como si me fuera a tirar a su cuello y de su cara se le quita la sonrisa de gilipollas bastante rápido. Traga un poco de saliva y continúa "550 euros correspondiente a sus 3 años de trabajo y su título de..." lo mira de arriba a abajo y de lado a lado para al final conseguir leerlo todo de un tirón "Ingeniero técnico industrial, ya puede marcharse".
Guardo las cosas en los bolsillos y mientras la puerta se abre, el graciosillo sigue hablándome: "Tiene un taxi pagado hasta la estación de autobuses, a partir de ahí, es libre". Vuelvo a ver el cielo abierto, el día es bastante triste pero lo suficientemente grande como para no enmarcarse entre las cuatro paredes del patio. Un Toyota que se desliza por el asfalto del aparcamiento sin hacer ruido me recoge, me abre la puerta con miedo y me dice:

- No llevo nada encima, de verdad - me muestra una sonrisa por compromiso y me ayuda con el poco equipaje que llevo.
- No se preocupe, no soy de esos ¿Qué tal el día? - aún no me apetece sonreír, pero si soy sincero pensaba que jamás volvería a sentir esta sensación.
- Bien, muy bien. Estoy todo el día para arriba y para abajo con rusos, muchos vienen a Valencia para construir urbanizaciones ¿Sabes?
- Sí, este país siempre ha sido una mina para la inversión extranjera.
- Bueno, nosotros también nos beneficiamos. En dos semanas cambio el taxi, ¡y sin pedir un crédito ni "na", a tocateja!
- Cuando ya no puedan llevarse más se irán, créame, sé de lo que hablo.
- Si tú lo dices jefe...

Pasamos el resto del trayecto en silencio. Él concentrado en la carretera, una autovía de cuatro carriles recién asfaltada. Yo observo lo que me he estado perdiendo todo este tiempo, como una suerte de metamorfosis, el mundo oscuro y abandonado que dejé atrás por haberse visto obligado a desaparecer, es ahora ocupado por la maquinaría, las grúas y el olor desaliñado de la tierra mojada. En la ciudad se intercalan los bloques derribados con las terrazas a reventar, por donde ahora pasan las bicicletas hace tres años no pasaba ni el viento, resulta impactante ver como la gente se ha adaptado tan rápido a todo, es curioso lo rápido que nos olvidamos de lo malo. La población se divide en los mayores de treinta y los menores de tres, los críos aprenden a andar mientras los padres peinan canas. "¡Diego! ¡¿Es Diego?!" grito mientras señalo a un cartel en el que posa vestido de traje junto a una bandeja de jamón y embutidos cortados con el espesor de una hoja de papel. Apenas reconozco sus ojos y su sonrisa recién afeitada, su pelo ahora es corto y elegante, antes... era antes. "Sí ¿Lo conoce? Ese cabrón se está haciendo de oro, la verdad que sus salchichones están bien buenos, en casa nunca faltan" me dice unos segundos más tarde. Con más sorpresas de las esperadas, me deja en la estación y busco en el panel un destino que me lleve a casa. Dos horas de espera son apenas un suspiro después de tanto tiempo. Entro en una espiral autodestructiva dando vueltas desde lo que fui hasta lo que soy. La gente viste ropa cara, va en coches (electrodomésticos) bonitos y el transporte público ni siquiera es una opción para ellos. Mientras que engordaban sus cuerpos y atrofiaban sus cerebros, yo ya coqueteaba con la muerte y me ponía a trescientos sin despeinarme. Sin embargo, ahora, meto mis pies bajo el asiento de delante y contemplo como nos pasan a toda velocidad mientras que este maldito autobús no pasa de 90. No sé muy bien dónde voy, pero con 500 euros me da para comprar un arma e irme de este mundo con una sonrisa. Unos días en Jaén observando me vendrán bien para saber dónde debo buscar.

Las primeras horas de mi nueva y decadente vida me llevan a la cafetería de un pueblo perdido de Albacete, tomo un café mientras observo al resto de viajeros: inmigrantes, críos y algún que otro anciano sacan de sus bártulos algo de comida envuelta en papel de aluminio y me miran como si fuese un multimillonario por consumir algo del lugar. El conductor nos llama al interior diez minutos más tarde y repaso mentalmente el dinero que me queda mientras me acomodo en el asiento y trato de volver a dormirme. Jaén despierta horas más tarde, cuando el Sol ya se ha ido y con la sensación de que esta no es la ciudad que yo dejé. Edificios rehabilitados y solares con carteles de constructoras conforman el nuevo centro neurálgico del lugar que me vio nacer, es imposible no verla en cada esquina, aún se mantienen en el asfalto las marcas de nuestros neumáticos y el parque de los patos vuelve a estar iluminado. Ya no hay gatos campando a sus anchas ni animales salvajes, ahora los jardines controlan su crecimiento y los viandantes controlan sus instintos. Bajo del bus y noto como el mundo me rehuye, parto de la base de que mi presencia estorba y contemplo con incredulidad las luces de Navidad, el frío sirve de aliado para los mil complementos de la gente y yo echo de menos una bufanda.

En la parada otro taxista me abre la puerta, desconoce mi procedencia y por tanto no me teme. Suspira ante otra media hora de trabajo forzado a la recompensa de un salario, le indico el camino y engrana la directa de su híbrido. La estación y el reloj de su torre se alejan en el retrovisor, los carteles de embutidos con su sonrisa se intercalan con los de otro de sus negocios más rentables: los licores. Su mirada profunda se ve interrumpida por su propia firma, elegante y concisa como si de un notario se tratase. Supongo que Diego habrá dejado la huerta y la escopeta, ahora se dedicará a viajar en la parte de atrás de un Clase S mientras ve como su cuenta corriente continúa engordando:

- Párese - le digo cuando veo a una mujer con gorro de lana y bufanda tratando de coger un taxi.
- Nos hará dar más vuelta, además hará que sea más caro.
- No me importa y a usted le sale rentable. Párese, por favor.


Entra y su aliento pasa de denso y blanquecino a humano. Suspira profundamente, deja entrever unos dientes blancos como su camiseta por entre sus labios, rojos carmín. Su perfume embriaga mi alma, acostumbrado al sudor de reclusos que se duchan sólo y exclusivamente los 29 de Febrero. Me quedo mirándola fijamente, se peina su ondulado pelo y me mira; me dedica un escueto "Gracias por parar" al que no le respondo. Me quedo mirando a sus pantalones, me recuerdan a alguien y me recuerdan a algo. El silencio se hace latente, mira su móvil ignorándome mientras que mi gesto sigue siendo cercano al de un violador en serie. La ciudad tiene un aire navideño, las luces de los escaparates y los adornos rojos en los escaparates hacen sentirme sólo, me siento en la obligación moral de invitarla a tomar algo. Miro a sus ojos y uso la única escusa que mi pecho me da para hablarle, algo se rompe en mí, creo que es la vergüenza:

- ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas de mí? Te invito a tomar algo, por favor, dime que sí - me tiemblan las manos y aunque en mi mente sigo teniendo un nombre, creo que podría olvidarla si alguien como ella me ofreciera su casa esta noche.
- Perdone pero... creo que se está equivocando - una sonrisa tímida responde -, y si te conozco, no me acuerdo.
- Disculpa, es que me recuerdas tanto a una mujer que conocí hace unos años... que pensaba que eras ella.
- No te preocupes. Quizá otro día. Perdona, ¿Puede dejarme aquí mismo?
- Por supuesto, serán cuatro con cincuenta - interviene él.
- Hoy invito yo, por las molestias - le digo apartando su mano del bolso. Ella se vuelve aún más esquiva y desaparece entre las calle del casco antiguo moviendo sus zapatillas con pasmosa velocidad.
- No te preocupes chaval, las jiennenses son un poco difíciles, pero con esos brazos no te costará encontrar a alguna que se deje invitar.
- Después de la carrera no sé si me quedará mucho para copas - sonrío irónicamente.
- Nada hombre, soy el más barato de la ciudad, tu cartera ni notará que has llegado a casa en taxi y además te dejo casi cenado ¿Quieres una? - me dice ofreciéndome una barrita de chocolate.
- Después de que me den calabazas y perder casi cinco pavos, lo menos que puedo hacer es aceptar su invitación ¡estoy hambriento! Gracias.


Donde dejé mi vida un 10 de Noviembre sigue, como siempre, esa niebla que se adueña del cielo y que se hace ciertamente pesada. Es una invitada obligada y yo, aunque no soy el mejor anfitrión, siempre la recibo de buenas maneras. "Son 115 con 35, pero bueno, te lo dejo en 100 por haberme entretenido. En 55 años que llevo en esta ciudad jamás había subido a este sitio, no sabía que alguien podría vivir por aquí", me dice tras parar el taxímetro. "Bueno, tampoco creo que esté mucho tiempo por aquí, de hecho, no sé si sigue siendo mi casa" le digo dándole uno de los verdes. Se hace el silencio y la oscuridad cuando él se marcha. El sonido de las ruedas en movimiento cesa, miro al suelo y recuerdo las marcas de los neumáticos. Si no ha cambiado nada, la mayoría de ellas deben de estar en el centro de la explanada. Las estrellas no se ven y la Luna tampoco, pero me basta con su tímida luz para guiarme en la más tenue de las tinieblas. Tras varios minutos dando vueltas en círculos encuentro el primer muro, tras él hay unas escaleras y al final de éstas una puerta que no consigo ver. Saco de la única bolsa que traigo como equipaje las llaves, que metidas en un sobre van unidas a un llavero de la marca Pegaso. No han cambiado la cerradura, ya que la primera de ellas encaja y la abre, en el suelo aún está uno de sus zapatos, que se le debió caer cuando salió huyendo de aquí, casi en volandas. Lo cojo y continúo subiendo escalones hasta que encuentro la puerta que daba paso al vestíbulo. Un felpudo casposo nada acorde con la arquitectura del resto de la casa, me da la bienvenida y me deja olerlo, se intuyen las mil y unas deposiciones que mis vecinas (las cabras montesas) me han dejado como regalo de bienvenida, me podrían haber hecho un bizcocho pero son sus costumbres, y hay que respetarlas.

Y una vez se abre la puerta y se va la niebla, el mundo se me hace enorme y un olor continúa embriagándome. Son tres años sin abrir una ventana, son tres años en los que el aire se ha quedado conservado, esperando que volviera. Silvia no volvió y yo no hago más que contaminar su aroma. Suelto en la entrada todo cuanto tengo y recorro la estancia, busco tras el sofá, en el sótano, en la bañera y junto al balcón, me niego a pensar que es mi locura la que me hace seguir oliendo eso, me niego a pensar que ella se fue hace mucho. Tras buscar hasta debajo de las alfombras, me tiro al suelo y lloro, me levando y lloro, voy a la cama, me tumbo en su lado, y lloro. Y aunque no está ni estará, casi puedo sentir su mano tocándome el pelo, espalda y cuello. Y casi sin quererlo, recuerdo lo que pasó, vuelvo a escribir en mi cabeza esa historia que durante años he estado plasmando en rollos de papel higiénico y que se fue por el retrete el último día entre risas de mi "compañero" de celda. Miro al techo que compuesto por una enorme cristalera, rompe con el vapor de agua condensado y deja la cúpula estrellada a la vista, sólo unos centímetros por encima de la oscuridad absoluta. Intento dormir, descansar, pues al menos hoy no tendré que hacerlo bajo un puente. Me quedo frito pensando en, como no, ella. Sé que no me conviene, sé que me volveré loco, sé que mis días de venganza contra cualquier responsable de su desaparición acabarán conmigo en un charco de sangre, sé que sólo su recuerdo me hace emblandecer y sabiendo tanto, aún trato de encontrarle un significado a tanto sufrimiento.
Mal Fario
Él nunca lo haría
#14
Sitio y

Enviado desde Shurtalk
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#15
La última parte no me la deja aquí, creo que hay un límite de palabras por página... En el hipotético caso de que llegue a la segunda página, lo pondré allí y lo linkeo.
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#16
Joder... no me deja subir el final, la página no baja más, os dejo el enlace del último post por aquí mientras lo arreglo...

http://www.forocoches.com/foro/showt...3125591&page=2
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#17
Lo vuelvo a intentar y nada... colapso el hilo.
zapy23
ForoCoches: Miembro
#18
pillo sitio
Gisk
Domador de robotijos
#19
Vamos a ver si hacemos que salte a la página 2.
scam_29
T_D_S P_T_S
#20
La felicidad consiste en un Golf MKII GTI, un BMW M3 evo II, una chica guapa y muchas curvas


GRANDE!
dagadoz
ForoCoches: Miembro
#21
me la apunto para leer esta tarde!
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#22
Cita de scam_29
La felicidad consiste en un Golf MKII GTI, un BMW M3 evo II, una chica guapa y muchas curvas


GRANDE!
Si no es la felicidad le falta poco, añádele un poco de misterio y al muerto

Cita de Gisk
Vamos a ver si hacemos que salte a la página 2.
Pues sí, a ver si se puede, poco a poco jejeje

Cita de dagadoz
me la apunto para leer esta tarde!
Ya me contarás qué te va pareciendo...
Rodri_
ForoCoches: Miembro
#23
Me había leído tu historia anterior del 911 y me gustó mucho, a si que cojo sitio y espero que esta no defraude!
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#24
Pues nada, ya tenéis por el subforo mi primer relato, que hasta hoy no he podido colgarlo:
http://www.forocoches.com/foro/showt...0725&highlight=
PDDIEHE
eherranzr
#25
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#26
Cita de PDDIEHE
¿Lo qué? ¿Es la muerte de un gitano?
PDDIEHE
eherranzr
#27
Cita de carlosupercars
¿Lo qué? ¿Es la muerte de un gitano?
Parece que no reconoces una cita de tu propio libro
Mis dies por los dos relatos por cierto. He de decir que con 911 lo pasé peor esperando cada día a ver si sacabas nuevo capítulo pero con este me relajé un poco
Esperamos el siguiente. Saludos
carlosupercars
Feo, fuerte y formal.
#28
Cita de PDDIEHE
Parece que no reconoces una cita de tu propio libro
Mis dies por los dos relatos por cierto. He de decir que con 911 lo pasé peor esperando cada día a ver si sacabas nuevo capítulo pero con este me relajé un poco
Esperamos el siguiente. Saludos
Ostia tú!! Pues es verdad jajaja, perdón por el retraso Gracias por leerme shur, a ver si saco ganas para hacer otro. Un abrazo. (La próxima vez usaré el Control+g para evitar cagadas).
PDDIEHE
eherranzr
#29
Cita de carlosupercars
Ostia tú!! Pues es verdad jajaja, perdón por el retraso Gracias por leerme shur, a ver si saco ganas para hacer otro. Un abrazo. (La próxima vez usaré el Control+g para evitar cagadas).
Normal que no te acuerdes con todo lo que has escrito
Alguna más tengo por ahí que hice cuando estaba leyéndolo, cuando las encuentre las posteo y de paso le hago un up a esto que merece la pena que lo lea más gente
Gracias a ti por escribir todo esto

Saludos
Pinponete
Apoyo total a los taxista
#30
es de terror?
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