El niño de la piscina de Teruel se va a meter al seminario
Ayer 21:30
#122
| Verás cuando se dé cuenta que el seminario está peor que las piscinas de Teruel. No va a encontrar la tranquilidad |
Ayer 21:31
#123
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Es coherente. De cura de pueblo en la España Vaciada va a encontrar tranquilidad de cojones |
Ayer 21:34
#126
En Crevillente en la época del tuning había un cura que tenía un Catano amarillo, el Padre Sagasta, y no es coña
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Ayer 21:34
#127
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Ahora podrá decir en sus disertaciones domingueras que los sudacas son peor que las siete plagas de Egipto. Y tendrá mucha razón. |
Ayer 21:35
#128
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Las verdades escuecen. En Suiza no dejan entrar en las piscinas a los frances buscando la tranquilidad y nadie lo ha cuestionado. |
Ayer 21:36
#129
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https://www.elespanol.com/reportajes...587_0.amp.html
![]() Álvaro Muñoz, el niño de la piscina de Teruel, entrará al seminario tras años amenazado: "Quise quitarme de en medio" El joven relata a EL ESPAÑOL el acoso que sufrió y el camino que hoy le lleva a la diócesis de Teruel, donde iniciará su formación para ser sacerdote. Publicada28 junio 2026 02:54h Hace más de una década, un vídeo de apenas unos segundos escapó de una televisión autonómica turolensepara instalarse, durante años, en el imaginario colectivo del país. Todo comenzó la tarde del 1 de julio de 2012. Aragón TV cubría la inauguración de las piscinas municipales de Fuentecerrada, enTeruel, y la reportera del programa utilizó el recurso más habitual de cualquier informativo local: recoger las impresiones de los asistentes. Entre ellos, se encontraba un niño de 12 años, que respondió a aquella breve entrevista con el desparpajo de quien todavía entiende la televisión como un juego. Su nombre era —y sigue siendo— Álvaro Muñoz. Mucho antes de convertirse en un personaje de Internet, Álvaro era un chico que prefería las sobremesas con sus abuelos a pasar las tardes con otros niños. Había aprendido a hablar escuchando a los mayores, repetía sus expresiones con la naturalidad de quien aún confunde las palabras prestadas con las propias y ya soportaba las burlas de sus compañeros por su físico, su forma de expresarse y ese aire de "niño-viejo" con el que hoy él mismo se define. Delante del micrófono respondió con la espontaneidad de quien disfruta siendo el centro de atención y repitió una frase que había escuchado el día anterior a unos amigos de sus padres: "La tranquilidad es lo que más se busca. Llegas a otras piscinas de aquí y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso". La anécdota moriría con el verano, pero renacería un par de años después, cuando alguien recortó el vídeo, lo despojó de su contexto y lo lanzó a las redes sociales. Mientras el clip acumulaba reproducciones verano tras verano, el niño que aparecía en pantalla crecía. Llegaron entonces las 17 denuncias cibernéticas, los cinco años entrando y saliendo del juzgado de menores, las amenazas de muerte, la filtración de la dirección de su casa, las agresiones, el acoso escolar y una adolescencia que, según el psicólogo forense que recientemente evaluó su ingreso en el seminario, "nunca llegó a existir". Hoy, con 27 años, Álvaro Muñoz habla con EL ESPAÑOL mientras prepara su entrada como interno en la diócesis de Teruel. Actualmente, comparte la oración diaria en redes sociales y el vídeo que lo hizo famoso hace casi tres lustros continúa, con la llegada del verano, reapareciendo en Internet. "Todo se pega" Antes de convertirse en un personaje de Internet, Álvaro Muñoz era "el nieto de sus abuelos". Lo cuenta orgulloso, porque creció prácticamente a su sombra, en Teruel, pegado a ellos como quien se encuentra en el lugar más seguro del mundo. Con su abuelo iba a todas partes, era su compañero de paseos, de recados y de conversaciones. Mientras otros niños llenaban las tardes de videojuegos o balones, él prefería escuchar historias de otra época. Le fascinaba el mundo de los adultos mucho antes de comprenderlo. ![]() "Muchas veces tenía la mentalidad de ellos porque su forma de educar era la que era y, al final, todo se pega", explica el joven a este periódico. Esa manera de ser le hacía sentirse cómodo en casa, aunque extraño en el colegio. Reconoce que nunca necesitó grandes planes para ser feliz. "De pequeño no es que tuviese muchos objetivos. De hecho, nunca me planteé qué quería ser de mayor", reconoce. Su mundo terminaba donde acababan las conversaciones con sus abuelos, los toros que tanto les apasionaban y las rutinas sencillas de una infancia de provincia. El patio del colegio, sin embargo, funcionaba con otras reglas. Mucho antes de que existiera el vídeo de la piscina, Álvaro ya sabía lo que era quedarse solo cuando tocaba hacer grupos en clase. Su físico, su forma de hablar y esa personalidad 'impropia' de un niño de su edad lo habían convertido en un blanco fácil. "Siempre me tenían apartado por mi forma de ser y por mi tamaño", cuenta. Por ello, "Desde los ocho años volvía a casa todos los días llorando por problemas en el colegio", afirma. La preocupación llegó hasta el punto de que una tutora recomendó a sus padres llevarlo a terapia porque consideraba que su personalidad "desentonaba mucho" con la del resto de alumnos. Acudió durante dos años y medio. "Mi hipótesis es que me llevaron a terapia solamente por mi forma de pensar como un viejo", explica con cierta ironía. Aquella infancia transcurrió entre dos mundos: entre el refugio familiar, donde siempre encontraba la escucha de su madre y de su abuela; y el infierno que comenzaba cada mañana al cruzar la puerta del colegio. Allí aprendió demasiado pronto que cualquier diferencia acaba convirtiéndose en un motivo para señalar a alguien. Aunque todavía faltaban unos años para que Internet multiplicara ese señalamiento hasta hacerlo irreversible. El inicio de aquel verano Aquel primer día de julio de 2011 amaneció como cualquier otro de unas vacaciones escolares. La novedad estaba en que las piscinas municipales de Fuentecerrada, en Teruel, abrían la temporada y decenas de niños acudieron con la ilusión del primer baño del verano. Entre ellos estaba Álvaro. Tenía 12 años, muchas ganas de tirarse al agua y una facilidad para hablar con cualquiera que siempre le había caracterizado. Cuando un equipo de Aragón TVapareció para cubrir la inauguración, él levantó la mano antes que nadie. Habló de "la tranquilidad" de aquella piscina, del ambiente, de lo bien que se estaba allí. Hasta que, en mitad de la entrevista, pronunció una frase de carácter racista. "Llegas a otras piscinas de aquí y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso", dijo en aquella entrevista. ![]() Cuenta ahora, 14 años después, que aquellas palabras no nacieron de una ocurrencia propia, sino que eran, simplemente, palabras prestadas de una conversación ajena. "Fueron unos amigos de mis padres los que dijeron la frase el día anterior y yo la repetí como un loro", recuerda. La entrevista terminó y los niños volvieron al agua. Nadie detuvo la grabación para reprenderle, en casa tampoco sonaron las alarmas y los días siguieron sucediéndose con absoluta normalidad. Como a cualquier niño de 12 años, para Álvaro verse en la televisión de su tierra le parecía casi un acontecimiento. Sin embargo, la frase pasó tan desapercibida que terminó perdiéndose entre el resto del reportaje televisivo. El verano continuó, volvieron las clases y, después, vinieron otros veranos. La vida siguió exactamente igual hasta que, dos años más tarde, Internet decidió recuperar la frase que ya casi nadie recordaba. Amenazas de muerte Un día, ya siendo adolescente, Álvaro abrió Twitter —la red social que hoy rebautiza con una palabra mucho más gráfica: "una escoria"— y encontró su cara convertida en "un espectáculo". Alguien había rescatado aquel corte de Aragón TV, lo había reducido a unos pocos segundos y lo había separado del resto de la entrevista. El vídeo empezó a viajar de perfil en perfil, de hilo en hilo, de pantalla en pantalla. Había quien lo compartía porque le hacía gracia, quien lo definía con ironía como 'Historia de España' y quien encontraba en aquel crío de 12 años el blanco perfecto sobre el que descargar indignación contra el racismo. "A raíz de ahí comenzó todo. Me pusieron muchas denuncias cibernéticas por racismo y xenofobia y prácticamente por todas, por 17, me llevaron a juicio", explica. "Estuve durante cinco años seguidos yendo día a día al juzgado de menores para poder declarar. Para mí, ni muchísimo menos hacía falta montar tanto pifostio. Estuvo mal, sí, pero yo solo era un niño y era gilipollas", afirma. El problema se extendió más allá de las redes sociales y el vídeo llegó al instituto convertido, como él mismo lo define, en un "arma arrojadiza". Cuando el profesor mandaba hacer grupos muchos se negaban a trabajar con él. "Decían delante del profesor: 'Aquí no queremos a un racista'", explica. Lo que más le dolió, reconoce, es que cuando acudió a la directora para pedir ayuda, ella solo les pidió una vez que pararan. "Ellos siguieron haciendo lo que les salía de las narices", cuenta. El acoso también lo encontró fuera del colegio. Cuenta que algunas personas lo seguían desde casa hasta clase y también al salir con pancartas en las que leía 'No al racismo. Fuera el gordo de Teruel', mientras le gritaban insultos a pleno pulmón. Una tarde, el hostigamiento cruzó una línea más. "Me acorralaron en un callejón cuando estaba llegando a casa, me dieron un golpe en el pecho hasta hundírmelo dejándome sin apenas poder respirar y me dejaron el ojo izquierdo morado", narra. Tenía poco más de 14 años y apenas habían pasado unos meses desde que el vídeo empezara a hacerse viral. "Fue todo de una gran magnitud", explica. A través de las redes sociales, difundieron su dirección y su número de teléfono y a su casa comenzaron a llegar entonces cartas anónimas con amenazas de muerte que recibió durante cinco años. "Venían sin remitente y las dejaban directamente en el buzón". A ellas se sumaban los mensajes y las llamadas. "Fue un daño psicológico brutal", reconoce. "La fe me salvó" "Te hicieron madurar de golpe". Así se lo explicó, hace tan solo unos meses, el psicólogo forense que lo examinó en las pruebas a las que debía someterse antes de su ingreso en el seminario. Catorce años después, reconoce que muchas de las heridas de aquella época siguen presentes. "Muchas veces me tengo que reprimir toda la frustración y todo el daño que tengo para evitar que haya problemas", reconoce. Relacionarse con otras personas también continúa resultándole difícil. "Me cuesta muchísimo relacionarme. Nunca sabes cómo va a terminar de reaccionar la gente", sostiene. Hay pensamientos que todavía guarda para sí mismo porque ni siquiera con quienes más le quieren encuentra el espacio para desahogarse. "Tengo ciertas cosas dentro que no tengo a nadie para decírselas", expresa. Recuerda con especial dolor el camino que recorría cada tarde desde el colegio hasta el trabajo de su padre cuando llegaba llorando, desbordado por el acoso y esperando un consuelo que no encontraba. "En lugar de escucharme, mi padre me mandaba a la mierda. Me gritaba: "Deja de llorar, no eres un hombre". Aunque hoy habla de ese episodio sin rencor, admite que esa incomprensión marcó profundamente aquellos años. "Mi madre fue mi gran apoyoporque era quien de verdad me escuchaba, aunquenunca aceptó cambiarme de colegioa pesar de que se lo pedía por favor y llorando", expresa. La desesperación llegó a hacerse insoportable. "Llegó un momento en que pensé en quitarme de en medio. Era la única forma que veía de que todo terminara", reconoce. Por aquel entonces, Álvaro solo tenía 14 años. Quien sí logró romper aquella espiral fue elpárroco de La Merced, con quien mantiene una "estrecha amistad". "Él me dijo que no tenía por qué martirizarme por una cosa así, que la vida era maravillosa", explica. Para Álvaro eso fue un verdadero punto de inflexión. "La fe me salvó", resume el joven. De esta forma, el mismo Internet que un día lo convirtió en un meme es hoy el lugar desde el que intenta hablar de Dios. Cada noche coloca el teléfono frente a él, pulsa el botón de emitir en directo y comienza a recitar el rosario. Cada día comparte las lecturas del día, comenta el Evangelio y reza con quien quiera acompañarlo al otro lado de la pantalla. "Es un servicio que ofrezco de una forma desinteresada para poder ayudar. Los jóvenes están todos con el móvil, así que no se me ocurre mejor manera de acercar la fe católica que a través de las redes sociales", cuenta. Al otro lado, sin embargo, también siguen estando algunos de los mismos acosadores de siempre. "Muchas veces estoy rezando y me escriben: 'Oye, gordo de mierda, méteme en el directo'", explica. Otros rescatan, una vez más, aquel vídeo de la piscina. "De los 4.000 y pico que me siguen, más del 90% son trolls", calcula. Cuenta que durante los primeros minutos intenta responder con educación, pero después continúa rezando. "¿Para qué voy a gastar mi tiempo en cuatro gilipollas cuando hay gente que de verdad quiere seguir a Jesús?", se pregunta. Esta serenidad con la que habla reconoce que llegó después de"tocar fondo". La conversación con aquel párroco acabó convirtiéndose, con los años, en su vocación. Explica que el sacerdocio no fue un impulso repentino sino que lleva "cuatro o cinco años dándole vueltas por todo lo que vivió". Después de terminar sus estudios de Producción Agropecuaria, en septiembre realizará las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años, estudiará Teología y entrará como interno en el seminario de la diócesis de Teruel. "Quiero ser sacerdote", afirma. Álvaro es consciente de que aquellas palabras que dijo en 2012 "merecían una corrección", aunque también reconoce que nunca dejará de sorprenderle que hubiera personas dispuestas a responder "a la ignorancia de un niño" con amenazas de muerte, agresiones, humillaciones y años de persecución. En septiembre, cuando cruce la puerta del seminario, este joven dejará fuera el teléfono móvil y, probablemente, también una parte del ruido que lo ha acompañado durante media vida. El vídeo seguirá ahí, pero él, por fin, habrá empezado a caminar hacia otro lugar. En Suiza no dejan entrar en las piscinas a los frances buscando la tranquilidad y nadie lo ha cuestionado. |
Ayer 21:36
#130
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Asco de país. Ese chaval solo dijo lo que piensa una gran mayoría. Luego vienen de fuera, hacen mil perrerías y no se pasa nada |
Ayer 21:38
#132
| Pero si los pastores de las iglesias evangélicas siempre tienen pasados turbios. Vamos, es que diría que no hay ni uno con un pasado limpio (usan la fe transformadora y se ponen a sí mismos de ejemplos de cambio) |
Ayer 21:38
#133
| "La tranquilidad es lo que más se busca. Llegas a otras iglesias de aquí y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso". |
Ayer 21:38
#134
| Una vergüenza lo que ha pasado con este chaval. Los putos iznmierdosos no tienen corazón nada más que con los de fuera. Les da igual destrozar la vida de un chaval que simplemente dice lo que todos pensamos. |
Ayer 21:39
#136
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como siempre los fascistas de los rojos follainmis intentando destruir lo nacional. Será un cura top |
Ayer 21:43
#139
| Ojalá llegue a Papa. Fuera bromas, es triste que un comentario de 5 segundos en la TV te pueda cambiar tanto la vida... |
Ayer 21:44
#140
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Pobre chaval. Internet no tiene piedad, la verdad. El chaval con 12 años suelta una racistada que le escuchó a unos señores el día anterior y ya le cae el sambenito para toda la vida. |
Ayer 21:48
#142
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https://www.elespanol.com/reportajes...587_0.amp.html
![]() Álvaro Muñoz, el niño de la piscina de Teruel, entrará al seminario tras años amenazado: "Quise quitarme de en medio" El joven relata a EL ESPAÑOL el acoso que sufrió y el camino que hoy le lleva a la diócesis de Teruel, donde iniciará su formación para ser sacerdote. Publicada28 junio 2026 02:54h Hace más de una década, un vídeo de apenas unos segundos escapó de una televisión autonómica turolensepara instalarse, durante años, en el imaginario colectivo del país. Todo comenzó la tarde del 1 de julio de 2012. Aragón TV cubría la inauguración de las piscinas municipales de Fuentecerrada, enTeruel, y la reportera del programa utilizó el recurso más habitual de cualquier informativo local: recoger las impresiones de los asistentes. Entre ellos, se encontraba un niño de 12 años, que respondió a aquella breve entrevista con el desparpajo de quien todavía entiende la televisión como un juego. Su nombre era —y sigue siendo— Álvaro Muñoz. Mucho antes de convertirse en un personaje de Internet, Álvaro era un chico que prefería las sobremesas con sus abuelos a pasar las tardes con otros niños. Había aprendido a hablar escuchando a los mayores, repetía sus expresiones con la naturalidad de quien aún confunde las palabras prestadas con las propias y ya soportaba las burlas de sus compañeros por su físico, su forma de expresarse y ese aire de "niño-viejo" con el que hoy él mismo se define. Delante del micrófono respondió con la espontaneidad de quien disfruta siendo el centro de atención y repitió una frase que había escuchado el día anterior a unos amigos de sus padres: "La tranquilidad es lo que más se busca. Llegas a otras piscinas de aquí y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso". La anécdota moriría con el verano, pero renacería un par de años después, cuando alguien recortó el vídeo, lo despojó de su contexto y lo lanzó a las redes sociales. Mientras el clip acumulaba reproducciones verano tras verano, el niño que aparecía en pantalla crecía. Llegaron entonces las 17 denuncias cibernéticas, los cinco años entrando y saliendo del juzgado de menores, las amenazas de muerte, la filtración de la dirección de su casa, las agresiones, el acoso escolar y una adolescencia que, según el psicólogo forense que recientemente evaluó su ingreso en el seminario, "nunca llegó a existir". Hoy, con 27 años, Álvaro Muñoz habla con EL ESPAÑOL mientras prepara su entrada como interno en la diócesis de Teruel. Actualmente, comparte la oración diaria en redes sociales y el vídeo que lo hizo famoso hace casi tres lustros continúa, con la llegada del verano, reapareciendo en Internet. "Todo se pega" Antes de convertirse en un personaje de Internet, Álvaro Muñoz era "el nieto de sus abuelos". Lo cuenta orgulloso, porque creció prácticamente a su sombra, en Teruel, pegado a ellos como quien se encuentra en el lugar más seguro del mundo. Con su abuelo iba a todas partes, era su compañero de paseos, de recados y de conversaciones. Mientras otros niños llenaban las tardes de videojuegos o balones, él prefería escuchar historias de otra época. Le fascinaba el mundo de los adultos mucho antes de comprenderlo. ![]() "Muchas veces tenía la mentalidad de ellos porque su forma de educar era la que era y, al final, todo se pega", explica el joven a este periódico. Esa manera de ser le hacía sentirse cómodo en casa, aunque extraño en el colegio. Reconoce que nunca necesitó grandes planes para ser feliz. "De pequeño no es que tuviese muchos objetivos. De hecho, nunca me planteé qué quería ser de mayor", reconoce. Su mundo terminaba donde acababan las conversaciones con sus abuelos, los toros que tanto les apasionaban y las rutinas sencillas de una infancia de provincia. El patio del colegio, sin embargo, funcionaba con otras reglas. Mucho antes de que existiera el vídeo de la piscina, Álvaro ya sabía lo que era quedarse solo cuando tocaba hacer grupos en clase. Su físico, su forma de hablar y esa personalidad 'impropia' de un niño de su edad lo habían convertido en un blanco fácil. "Siempre me tenían apartado por mi forma de ser y por mi tamaño", cuenta. Por ello, "Desde los ocho años volvía a casa todos los días llorando por problemas en el colegio", afirma. La preocupación llegó hasta el punto de que una tutora recomendó a sus padres llevarlo a terapia porque consideraba que su personalidad "desentonaba mucho" con la del resto de alumnos. Acudió durante dos años y medio. "Mi hipótesis es que me llevaron a terapia solamente por mi forma de pensar como un viejo", explica con cierta ironía. Aquella infancia transcurrió entre dos mundos: entre el refugio familiar, donde siempre encontraba la escucha de su madre y de su abuela; y el infierno que comenzaba cada mañana al cruzar la puerta del colegio. Allí aprendió demasiado pronto que cualquier diferencia acaba convirtiéndose en un motivo para señalar a alguien. Aunque todavía faltaban unos años para que Internet multiplicara ese señalamiento hasta hacerlo irreversible. El inicio de aquel verano Aquel primer día de julio de 2011 amaneció como cualquier otro de unas vacaciones escolares. La novedad estaba en que las piscinas municipales de Fuentecerrada, en Teruel, abrían la temporada y decenas de niños acudieron con la ilusión del primer baño del verano. Entre ellos estaba Álvaro. Tenía 12 años, muchas ganas de tirarse al agua y una facilidad para hablar con cualquiera que siempre le había caracterizado. Cuando un equipo de Aragón TVapareció para cubrir la inauguración, él levantó la mano antes que nadie. Habló de "la tranquilidad" de aquella piscina, del ambiente, de lo bien que se estaba allí. Hasta que, en mitad de la entrevista, pronunció una frase de carácter racista. "Llegas a otras piscinas de aquí y hay un montón de panchitos, cubanos y todo eso", dijo en aquella entrevista. ![]() Cuenta ahora, 14 años después, que aquellas palabras no nacieron de una ocurrencia propia, sino que eran, simplemente, palabras prestadas de una conversación ajena. "Fueron unos amigos de mis padres los que dijeron la frase el día anterior y yo la repetí como un loro", recuerda. La entrevista terminó y los niños volvieron al agua. Nadie detuvo la grabación para reprenderle, en casa tampoco sonaron las alarmas y los días siguieron sucediéndose con absoluta normalidad. Como a cualquier niño de 12 años, para Álvaro verse en la televisión de su tierra le parecía casi un acontecimiento. Sin embargo, la frase pasó tan desapercibida que terminó perdiéndose entre el resto del reportaje televisivo. El verano continuó, volvieron las clases y, después, vinieron otros veranos. La vida siguió exactamente igual hasta que, dos años más tarde, Internet decidió recuperar la frase que ya casi nadie recordaba. Amenazas de muerte Un día, ya siendo adolescente, Álvaro abrió Twitter —la red social que hoy rebautiza con una palabra mucho más gráfica: "una escoria"— y encontró su cara convertida en "un espectáculo". Alguien había rescatado aquel corte de Aragón TV, lo había reducido a unos pocos segundos y lo había separado del resto de la entrevista. El vídeo empezó a viajar de perfil en perfil, de hilo en hilo, de pantalla en pantalla. Había quien lo compartía porque le hacía gracia, quien lo definía con ironía como 'Historia de España' y quien encontraba en aquel crío de 12 años el blanco perfecto sobre el que descargar indignación contra el racismo. "A raíz de ahí comenzó todo. Me pusieron muchas denuncias cibernéticas por racismo y xenofobia y prácticamente por todas, por 17, me llevaron a juicio", explica. "Estuve durante cinco años seguidos yendo día a día al juzgado de menores para poder declarar. Para mí, ni muchísimo menos hacía falta montar tanto pifostio. Estuvo mal, sí, pero yo solo era un niño y era gilipollas", afirma. El problema se extendió más allá de las redes sociales y el vídeo llegó al instituto convertido, como él mismo lo define, en un "arma arrojadiza". Cuando el profesor mandaba hacer grupos muchos se negaban a trabajar con él. "Decían delante del profesor: 'Aquí no queremos a un racista'", explica. Lo que más le dolió, reconoce, es que cuando acudió a la directora para pedir ayuda, ella solo les pidió una vez que pararan. "Ellos siguieron haciendo lo que les salía de las narices", cuenta. El acoso también lo encontró fuera del colegio. Cuenta que algunas personas lo seguían desde casa hasta clase y también al salir con pancartas en las que leía 'No al racismo. Fuera el gordo de Teruel', mientras le gritaban insultos a pleno pulmón. Una tarde, el hostigamiento cruzó una línea más. "Me acorralaron en un callejón cuando estaba llegando a casa, me dieron un golpe en el pecho hasta hundírmelo dejándome sin apenas poder respirar y me dejaron el ojo izquierdo morado", narra. Tenía poco más de 14 años y apenas habían pasado unos meses desde que el vídeo empezara a hacerse viral. "Fue todo de una gran magnitud", explica. A través de las redes sociales, difundieron su dirección y su número de teléfono y a su casa comenzaron a llegar entonces cartas anónimas con amenazas de muerte que recibió durante cinco años. "Venían sin remitente y las dejaban directamente en el buzón". A ellas se sumaban los mensajes y las llamadas. "Fue un daño psicológico brutal", reconoce. "La fe me salvó" "Te hicieron madurar de golpe". Así se lo explicó, hace tan solo unos meses, el psicólogo forense que lo examinó en las pruebas a las que debía someterse antes de su ingreso en el seminario. Catorce años después, reconoce que muchas de las heridas de aquella época siguen presentes. "Muchas veces me tengo que reprimir toda la frustración y todo el daño que tengo para evitar que haya problemas", reconoce. Relacionarse con otras personas también continúa resultándole difícil. "Me cuesta muchísimo relacionarme. Nunca sabes cómo va a terminar de reaccionar la gente", sostiene. Hay pensamientos que todavía guarda para sí mismo porque ni siquiera con quienes más le quieren encuentra el espacio para desahogarse. "Tengo ciertas cosas dentro que no tengo a nadie para decírselas", expresa. Recuerda con especial dolor el camino que recorría cada tarde desde el colegio hasta el trabajo de su padre cuando llegaba llorando, desbordado por el acoso y esperando un consuelo que no encontraba. "En lugar de escucharme, mi padre me mandaba a la mierda. Me gritaba: "Deja de llorar, no eres un hombre". Aunque hoy habla de ese episodio sin rencor, admite que esa incomprensión marcó profundamente aquellos años. "Mi madre fue mi gran apoyoporque era quien de verdad me escuchaba, aunquenunca aceptó cambiarme de colegioa pesar de que se lo pedía por favor y llorando", expresa. La desesperación llegó a hacerse insoportable. "Llegó un momento en que pensé en quitarme de en medio. Era la única forma que veía de que todo terminara", reconoce. Por aquel entonces, Álvaro solo tenía 14 años. Quien sí logró romper aquella espiral fue elpárroco de La Merced, con quien mantiene una "estrecha amistad". "Él me dijo que no tenía por qué martirizarme por una cosa así, que la vida era maravillosa", explica. Para Álvaro eso fue un verdadero punto de inflexión. "La fe me salvó", resume el joven. De esta forma, el mismo Internet que un día lo convirtió en un meme es hoy el lugar desde el que intenta hablar de Dios. Cada noche coloca el teléfono frente a él, pulsa el botón de emitir en directo y comienza a recitar el rosario. Cada día comparte las lecturas del día, comenta el Evangelio y reza con quien quiera acompañarlo al otro lado de la pantalla. "Es un servicio que ofrezco de una forma desinteresada para poder ayudar. Los jóvenes están todos con el móvil, así que no se me ocurre mejor manera de acercar la fe católica que a través de las redes sociales", cuenta. Al otro lado, sin embargo, también siguen estando algunos de los mismos acosadores de siempre. "Muchas veces estoy rezando y me escriben: 'Oye, gordo de mierda, méteme en el directo'", explica. Otros rescatan, una vez más, aquel vídeo de la piscina. "De los 4.000 y pico que me siguen, más del 90% son trolls", calcula. Cuenta que durante los primeros minutos intenta responder con educación, pero después continúa rezando. "¿Para qué voy a gastar mi tiempo en cuatro gilipollas cuando hay gente que de verdad quiere seguir a Jesús?", se pregunta. Esta serenidad con la que habla reconoce que llegó después de"tocar fondo". La conversación con aquel párroco acabó convirtiéndose, con los años, en su vocación. Explica que el sacerdocio no fue un impulso repentino sino que lleva "cuatro o cinco años dándole vueltas por todo lo que vivió". Después de terminar sus estudios de Producción Agropecuaria, en septiembre realizará las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años, estudiará Teología y entrará como interno en el seminario de la diócesis de Teruel. "Quiero ser sacerdote", afirma. Álvaro es consciente de que aquellas palabras que dijo en 2012 "merecían una corrección", aunque también reconoce que nunca dejará de sorprenderle que hubiera personas dispuestas a responder "a la ignorancia de un niño" con amenazas de muerte, agresiones, humillaciones y años de persecución. En septiembre, cuando cruce la puerta del seminario, este joven dejará fuera el teléfono móvil y, probablemente, también una parte del ruido que lo ha acompañado durante media vida. El vídeo seguirá ahí, pero él, por fin, habrá empezado a caminar hacia otro lugar. |
Ayer 21:51
#146
| que pena que no aprovechase su inimputabilidad de crio y le clavase una horca en el pecho a cualquiera de los que le hizo bulling |
Ayer 21:56
#147
| Si lo hacen la policía de la superioridad moral tu que crees? Lo bueno es que el karma o lo que sea les volverá a esos seres rabiosos y amargados |



