Queréis entretenimiento de sábado noche?

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#2
Si ..

Espero ansioso el del quiere bolsa otra vez.
Blackwood
Lord
#3
Dame veneno que quiero morir
Investigación
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#4
Cita de perkys
Si ..

Espero ansioso el del quiere bolsa otra vez.
Tengo cosas nuevas. Si gustas.
ClassicCo
ForoCoches: Miembro
#5
La amistad a veces es una mierda...
Investigación
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#6
Cita de Anti flanders
estoy dando un paseo por un barrio gitano, bastante entretenimiento tengo
Cuéntanos más.
perkys
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#7
Cita de Investigación
Tengo cosas nuevas. Si gustas.
Gusto.
Adelante, cuando proceda...
Investigación
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#8
Cita de Blackwood
Dame veneno que quiero morir
Seguro? Va a ser un buen viaje.
perkys
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#9
Cita de ClassicCo
La amistad a veces es una mierda...
Entonces es no es amistad. Llámalo de otra forma.


Abre hilo.
Investigación
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#10
Cita de perkys
Gusto.
Adelante, cuando proceda...
Lovecraft 3000:






Sus ojos, soportados por profundas ojeras, se abrieron de golpe, despertados abruptamente por un chasquido neumático. Simultáneamente, una pantalla de cristal curvado se retiraba hacia arriba, dejando ver al habitante de la vaina su entorno como en el truco de un buen mago.


Múltiples gases combatieron en el intercambio entre las dos atmósferas: la que emanaba el enorme tubo de metal al ser despresurizado y la de la nave, esta última a una cómoda temperatura ambiente. El dispositivo tenía unas potentes luces led a los pies del recién despertado, dando aún más, si cabe, un aspecto dramático a la escena, proyectando esa prominente mandíbula de mordida disforme, además de esos ojos vivos y cansados.


—Bienvenido Howard —. dijo una voz tibia.
—¿Qué demonios es esto?


Los ojos del renacido aún se estaban aclarando cuando vislumbró unas figuras humanas. Tres, concretamente. Vestían de la forma más ridículamente posible de imaginar y se le acercaban, cautelosamente, para brindarle estabilidad. Él no era un anciano, pero a sus 46 años estaba tremendamente envejecido. Sus ojos lo acreditaban. Las manos amigas le ofrecieron un taburete y un recipiente metálico.


—Tranquilo, primero bebe algo de agua y date un momento para recobrar el aliento. Dio un par de tragos al insípido elemento y le retiraron la taza mientras todo se volvía nítido a su alrededor.


Restregando las palmas de las manos contra sus piernas, fue consciente, por primera vez, de estar vestido con una sobria levita negra, chaleco, camisa y zapatos. Pero rápidamente se sintió incómodo en la muda, denotando que la textura y las tallas no eran las acostumbradas salidas de las manos expertas de sus tías. Aún así, agradeció estar dignamente vestido, como lo haría un caballero. El primero de los sujetos, vestido en esa especie de bolsa de plástico naranja, le habló lentamente:


—Nos imaginamos que así estarías más cómodo. A nivel mental, es importante encontrar cierta estabilidad las primeras 24 horas…


Él desde su asiento les miró, aún muy perturbado y temblando, tratando de comprender:
—Pero, ¿qué diantres sucede?
El cabecilla de los tres le tomó por el hombro, y con una enorme intensidad le preguntó.
—Howard, ¿podrías decirnos quién eres?
Este se quedó realmente extrañado. Era, probablemente, la última pregunta que esperaba. Viendo que por alguna razón la cuestión era de una enorme relevancia, trato de contestar cortésmente:
—¿Yo?,¿quién… soy?— mientras respondía, observó que se encontraba en una extraña habitación de suelos y techos de afilados bordes metálicos, y copada de retorcidas mangueras y cables en todas direcciones —Mi nombre es Howard Phillips Lovecraft, oriundo de Providence, Nueva Inglaterra. Para servirle a usted y a Su Majestad el Rey Jorge.


Los científicos se agitaron de alegría, y tuvieron que contenerse para no abrazarse. Howard estaba tan perplejo como al principio. Antes de que pudiera preguntar nada, le volvieron a increpar.


—Y dinos, Howard, ¿qué es lo último que recuerdas? — el escritor trató de recordar, tenía vagas sensaciones, cómo de otra vida. Trató de formular en voz alta.
—Recuerdo el techo del hospital… las sábanas blanqueadas y dolor, mucho dolor. Recuerdo que el estómago me ardía infernalmente, no podía tragar ni beber nada. Me abandonaron las fuerzas. Recuerdo que no podía ni sostener una pluma.


Cómo si les acabarán de dar una fenomenal noticia, la gente de naranja se felicitó mutuamente con sonrisas de genuina satisfacción. Y también le daban amables toques de hombro al recién llegado:
—Fenomenal, Howard, eso es absolutamente fenomenal.


El escritor no pudo aguardar más:
—¿Alguno de ustedes podría tomarse la molestia de explicarme de una vez qué es lo que ocurre? ¿Dónde estoy? ¿O quiénes son ustedes?


El equipo de científicos recobró la seriedad súbitamente. Volviéndose hacia él, el líder de ellos, con enorme tacto le dijo:
—Lo mejor es que sea muy directo, Howard. Estás en el futuro — el caminante de Providence quedó absolutamente pasmado.


Las horas siguientes fueron trepidantes. Muchas y complicadas explicaciones le fueron puestas ante sus ojos de la manera más ordenada posible. Y no se trataba de una tarea sencilla. Se encontraban en el año 3234 de la era cristiana. Es decir, 1297 años después de su muerte. Esto fue otro gran impacto. Él había muerto, verdaderamente. Lo primero que el escritor quiso saber es si acaso habían empleado algún tipo de "sales esenciales" para hacerlo volver de la tumba. La explicación, aunque mucho más prosaica, no dejó de ser fascinante.




Por lo visto, en aquellos momentos del futuro, ya se había desarrollado tecnología de clonación genética muy avanzada. Y, pronto, los científicos se habían animado con especies extintas por razones ecológicas. Una vez cosechado el éxito en esas lides, se habían planteado hacerlo con algunos humanos notables.




Lo cierto es que la clonación ya era una tecnología popular desde el principio del siglo XXI, por lo que, desde entonces, algunos famosos, hombres de negocios y multimillonarios habían estado comprando y atesorando muestras genéticas con la esperanza de algún día traer a la vida a esos gigantes de la historia. La técnica no se había depurado suficientemente hasta entonces, pero había cierta tendencia entre los poderosos en guardar a medio camino entre el fetichismo y el coleccionismo posibles muestras. Existía casi una subcultura propia sobre el tema. Muebles, sangre reseca o una vieja carta podrían guardar pequeñísimos restos ADN que podrían emplearse para la operación.




Lovecraft supo por fin el motivo de la alegría de sus anfitriones. Habían intentado, sin éxito, despertarle del negro abismo varias veces y, cuando lo habían logrado, éste había perdido la cabeza y la identidad, volviendo a morir de nuevo. Es decir, descubrieron que interrumpir la narrativa vital de un ser humano resultaba mortal. Por ello, apostaron todas sus esperanzas en la tesis — al parecer correcta — de que debían de despertarlo justo antes de su fallecimiento. Finalmente, después de mucho esfuerzo, consiguieron una muestra purísima y de las condiciones adecuadas. Y lanzaron su última bala. Howard supo pronto más sobre su bienhechor. Se trataba de Josh, tataranieto de un gran amante del escritor. Desde que, muchos años atrás, su emporio familiar había llegado a ser uno de los más importantes del imperio Sefardita, la obsesión por el escritor había pasado de padres a hijos junto con el sueño de conocer en persona al maestro. Sin embargo, desde el primer momento, Josh le mencionó una razón más poderosa para su encuentro, de la que ya le hablaría cuando estuviera preparado para hacerlo.


Lovecraft fue llevado a conocer la Magnus, la nave donde viajaban a cientos de miles de kilómetros por segundo. Penetrando un cuadrante plagado de nebulosas fucsias y rebaños de asteroides que describian bellas órbitas cíclicas en el cinturón de Edgeworth-Kuiper. La tripulación observó con pasión como el autor miraba abstraído a través de los gigantescos ventanales el infame universo en expansión. Siempre acompañado de un silencio reverencial y absolutamente triste. Visto de espaldas, era idéntico al caminante de las nubes de Friedrich. Su benefactor quiso sacarlo de su nostalgia.


—No puedo creerlo — dijo Howard.




Josh acababa de abrir dos enormes puertas con su acreditación insertada bajo la piel de su muñeca. Ante Howard. P. Lovecraft se habría una enorme estancia con estanterías de tres alturas, mesas y vitrinas más grandes que las que se ven en un centro comercial.


—Aquí está todo lo que tú has creado, Howard — dijo Josh conteniendo las lágrimas.


Para el modesto autor, que había vivido una auténtica vida de precariedad y escasez presbiteriana, aquello era más de lo que podía siquiera soñar. Empezó, por supuesto, por los libros. En un esfuerzo increíble, Josh trató de explicarle la ingente e inagotable cantidad de autores que habían intentado seguir sus pasos a través de los mitos de Cthulhu, al que Howard insistió en seguir llamando Yog-sothotheria. Mucho más allá, increíblemente más allá, de su queridísimos Howard, Clark Ashton, Long o Bloch, pasando de ser casi una pequeña secta de outsiders a una de las más importantes influencias en la cultura pop. Se emocionó de nuevo al saber que casi todos los grandes autores después de él habían tonteado con sus obras. Películas, videojuegos, experiencias holográficas fueron mostradas al autor que estaba en un éxtasis fantástico. Pero muy pronto dio cuenta de sus primeras críticas hacia las formas que algunos le habían dado al primigenio Cthulhu, deformando completamente su idea inicial. Después la cosa empeoró un poco cuando Josh le mostró las muestras de piezas coleccionables, juegos de mesa y todo tipo de merchandising existente relativos a sus creaciones. Con un rictus severo de sus labios invertidos afirmó alegrarse de haber muerto antes de verse involucrado en esa "repugnante basura comercial". Su guía renunció a hablarle de las fabulosas cifras de su legado, por las cuales Howard no tuvo el más mínimo interés.


Una vez superado el primer impacto, Lovecraft hizo gala de un terrible y carismático sentido del humor, gustando de decir por los pasillos que la muerte le había sentado muy bien y que el negro abismo le había traído de vuelta. Reafirmando, aún más, si eso era posible, su profundo ateísmo. Insistiendo en decir que había muerto y resucitado y, sin embargo, no se había cruzado con Dios en ningún momento del trayecto.


Poco después, Howard y Josh compartieron durante semanas vivas y fascinantes conversaciones en sus largos paseos por la cubierta, actualizando el voraz intelecto del autor sobre la historia de los siglos pasados, la política y la ciencia. Y, especialmente, de los descubrimientos científicos sobre el espacio profundo y la cosmología. El escenario, sin duda, era más que adecuado.


Discurrieron sobre la segunda guerra mundial. Las bombas nucleares, concretamente la fusión del átomo, dejaron fascinado a Howard. La guerra fría y la decadencia del socialismo también fueron de su agrado, afirmando que el cientifismo y la racionalidad se habían impuesto de una vez. Pero cuando Josh le habló del hipercapitalismo posterior y la conocida como “crisis del lóbulo frontal”, donde se descubrió que un uso descontrolado de las tecnologías de la información provocaba una serie de daños a nivel mental que llevó a la civilización al límite, este destacó la importancia de la filosofía como base para el hombre moderno.




Las posteriores regresiones al fanatismo religioso con el gran Califato global y la guerra santa con los Khititas — religión fanática, de 300 años de duración, que se basaba en la idea de que el ser humano era en realidad un único ente y que la conciencia individual era una enfermedad — pudo convenir que los ciclos que la historia se repetían en una suerte de oleadas. Lo siguiente hasta el año 3000 fue, sin duda, un viaje fascinante, donde la humanidad parecía caminar irremediablemente hacia su autodestrucción. Con escaso éxito, por suerte.




Josh trató de resumirlo. La crisis de natalidad debido a la alimentación transgénica; el descubrimiento de las energías de fisión-gravitacional; la desaparición de los sistemas monetarios públicos, para dar lugar a los cripto-estados digitales; la crisis de las IAs rebeldes, combatidas con IAs duras y blandas de segunda generación; la gran pandemia 23 del lenguaje, una patología del habla que sumió a toda la humanidad en el silencio por más de 10 años; la clonación ilegal y el debate ético del autotrasplante; el segundo gran apagón del metaverso global; la nanotecnología de combinación genética, que había dado lugar a una especie de nuevo fascismo, sustituyendo la superioridad de la raza por la mejora genética derivada de combinar a seres humanos con propiedades animales. Así, una especie de neo-fascistas, mitad hombre y mitad lagarto, habían estado apunto de acabar el trabajo de Hitler. La operación Nocaut que había desviado en secreto un meteorito con capacidad de finiquitar la humanidad. La salida al espacio, las primeras colonias extraterrestres. Y el sistema político actual: las proto-monarquías, nacidas del incesto entre lo neo—liberal y las giga corporaciones que habían salvado la tierra. El segundo imperio se encontraba ahora mismo gobernado por los sefarditas, una deriva de Judios de origen Español — nación desaparecida — elevados a monarquía absolutisima después de las guerras laicas en las colonias de Marte.


—¿Latinos y semitas? ¿Esos son los dueños del mundo ahora?
—¿Eso le molesta a usted? — preguntó un ayudante de Josh. Lovecraft le reprendió con la mirada, la idea de su supuesto antisemitismo le encolerizó
—Se olvida usted de cuáles eran los orígenes de mi esposa, ¿eh?
—¿Y a qué viene su sorpresa entonces?
—Pues, precisamente, es una sorpresa porque, cuando yo abandoné este mundo, las cosas eran muy diferentes. Puedo asegurárselo.


Entre otras muchas cosas, Howard fue instruido en los nuevos modales y sensibilidades de la época, incluyendo el feminismo, el respeto preter-religioso y la conducta neo-genética.


La relación entre Josh y Howard fue estrechando cada vez más íntimamente. Los curiosos ojos de Lovecraft veían en él una honda preocupación no confesada. Un día, en uno de sus largos paseos, Howard, con denodada caballerosidad, trató de tocar un tema que hasta el momento parecía esquivo.


—Queridísimo Josh, hay algo de lo que no me has hablado todavía.
—¿Y qué es Howard?
—Vida extraterrestre — ambos caminaban con las manos a la espalda. El joven científico resopló pesadamente. Y al fin habló.
—No exactamente… Cómo ya te expliqué, el hombre, en sus tres planetas habitados y en sus 330 sistemas visitados, no ha encontrado vida extraterrestre. Nada más que la propia vida en fauna y flora que hemos importando de la vieja tierra.
—Correcto. Y sin embargo… — Josh sonrió.
—Desde luego, no has perdido ni un ápice de tu sagacidad, Howard.
—No se te olvide, querido compañero, que mi primer sueño de la tierna infancia fue ser detective.
—Bien. Lo cierto es que hemos recibido autorización para despertarte, no solo por tu enorme talento literario — Lovecraft sonrió con una mueca. Por fin descubriría el motivo de su resurrección.
—¿Y cuál es la razón? — Josh se detuvo en seco.
—Supongo que ha llegado la hora. Acompáñame.


Josh llevó al autor a la cabina de mando, donde fabulosos hologramas mostraban sobre varias mesas de luz diseños matemáticos y esquemas de la topología del espacio profundo. Howard amaba esos trastos y, si se lo permitían, intentaba tocar o comprender sus mecanismos. Le fascinaba la sala de mapas.




Josh desplegó ante él un cuadrante en el que se veían a la propia Magnus, su nave, recorriendo una parábola en dirección a un sistema con un planeta y varias danzarinas lunas. Josh señaló la trayectoria:
—¿Ves dónde estamos?
—Sí — respondió quedamente el hombre de negro.
—Estamos más allá de la órbita de Neptuno — Lovecraft comprendió al fin.
—¡Vamos a Yuggoth!.
—Sí, bueno… nosotros lo llamamos Plutón.
—¿Estás son sus lunas? — el autor tocó con cariño las formas holográficas, con el mismo amor con el que una madre le haría carantoñas a un recién nacido.
Cómo puedes observar, en realidad, tiene más de tres.


El científico le pidió que tomara asiento, y despidió a los demás tripulantes de la sala. Una vez a solas pareció sentirse liberado de una enorme presión.




—Bien, Howard. Ya sabes a dónde vamos. Lo que aún no sabes es por qué el emperador Elíash XIII nos aprobó tu reencarnación. Lo que vas a ver ahora es alto secreto de estado imperial. Y sólo voy a mostrártelo porque es imprescindible hacerlo.




Josh pulsó uno de sus cachivaches y una reproducción apareció ante ellos. En ella, se veía una tripulación semejante a la de la propia Magnus. Es decir, parecía ser una grabación reciente. Una serie de tripulantes hacían lo que parecían tareas rutinarias a bordo. A través de la consola principal, el reluciente planeta enano, Plutón, se apreciaba claramente a proa. Súbitamente, todos ellos, como sorprendidos por el mismo rayo invisible, enloquecieron dando temibles saltos arrítmicos y dementes, tapándose los oídos como si una música infernal sonará a tal volumen que pudiera hacer estallar sus cabezas.




A través de las imágenes vieron los ojos enloquecidos, tan abiertos y enfermos cómo los del Saturno de Goya. Josh encendió el audio que hasta ahora estaba cerrado, pasando la escena de ser una pesadilla muda a sonora, y ambos escucharon, por una especie de membranas que hacían de altavoces, los terribles alaridos y gemidos de la tripulación. Lo único que se podía entender entre ese babel de gritos eran frases como: "¡Es la visión completa!, las partes del todo. A la derecha en el tiempo. La madre de Ubbo—Sathla, cartílago sobre el que resbala la existencia".




Después de eso, como en un chasquido coordinado, todos los tripulantes cayeron violentamente al suelo en una fría muerte súbita. Durante el breve periodo de locura algunos tripulantes se habían herido a sí mismos y habían usado su propia sangre para describir extraños símbolos y expresiones que eran ampliamente familiares para los dos. Ahora, con pulso firme, Josh iba pasando las inscripciones a Howard como si diapositivas se tratara: “Orgia shoggoth”, “...semilla de gran raza de Yith”, “blasfemias bajo las llanuras de Thog y Thok”.


Josh añadió solemnemente.
—Hasta ahora hemos enviado tres naves y todas han desaparecido sin dejar el menor rastro. Esta es la unica grabación que hemos logrado obtener, antes de que la nave fuera tragada por el negro vacío — Lovecraft asintió gravemente, sin decir palabra. Su anfitrión insistió.
—¿Tiene algún sentido para ti, Howard? — este trató de razonar.
Por supuesto que no. Todo lo que he vivido hasta ahora es como un trémulo sueño. Pero esto… es inexplicable para mí. Que el origen de mis obras tenga el más remoto fundamento real es, simplemente, ridículo — Josh asintió triste, meditabundo.
Durante años, Howard, al leer tus obras y las de tus hermanos, de alguna manera, esa creatividad, esas ideas tan puras, se me antojaban reales. Es decir, demasiado certeras para ser una creación. Cuando mis tripulaciones empezaron a caer, alumbré la idea de consultarte a ti mismo este problema — Howard paseó por la sala de mapas reflexionando en voz alta.
Muchas veces, fruto de mi estado de ánimo, de mi soledad, de mi insomnio, llegué a sentir eso mismo, pequeño compañero. No fueron pocas las veces en que mis delirios literarios me parecieron venir directamente de una oscura fuente subconsciente. En ocasiones, entraba en trances tan profundos que mis propios sueños me parecían voces de tiempos atávicos. Pero nunca me dejé llevar por ellas. No quería perder la cordura, eso se lo dejaba a mis personajes. Entiendo tus motivaciones para despertarme de la muerte, querido Josh, pero no tengo una gran revelación para ti. Todo lo que yo escribí lo hice siempre desde la consciencia de la irrealidad más absoluta. O, al menos, así creí hacerlo, hasta este instante.


Ambos hombres quedaron en un respetuoso silencio. Después de un rato, Howard se volvió hacia Josh y le dijo.
—Sin embargo, tengo una teoría para ti. Montémonos en una de tus naves y enfrentemos este diabólico enigma.


Unas horas después, el maestro de las estrellas y Josh se dirigían en velocidad crucero a la zona crítica, allí donde las otras naves habían empezado a sufrir las turbulencias psíquicas. Próximos a la atmósfera de Plutón, Josh se encontraba a los mandos, mientras enseñaba a Howard algunos de los comandos básicos. Los dos iban enfundados en sus trajes espaciales de quitina artificial, aunque el caballero de Nueva Inglaterra había insistido en vestir sus ropajes bajo el mono sintético.




Howard exponía su teoría, gritando excesivamente — aún no estaba acostumbrado a la comunicación telemática.
—Es difícil de comprender, pero todo lo que te pido es que abras la mente. Es posible que lo que esas tripulaciones hayan sufrido no sea en realidad un ataque mental, sino, meramente, una sobreexposición a información que no fueron capaces de asimilar. Al aproximarnos, creo que sufriremos una idéntica experiencia. El secreto está en no resistirse a esas influencias, sino tratar de aceptarlas, dejándolas fluir.


La nave con forma de punta de flecha cortaba el espacio aproximándose a velocidades indecibles a la diminuta esfera roja. Una vez superaron la frontera invisible, los flashes comenzaron a asaltar su mente, primero de manera liviana, para ir ganando fuerza al igual que ganaban inercia.
—¡Dios, Howard! ¡Tenías razón! — Howard le alentaba.
—¡Resiste, compañero! No lo rechaces, ¡resiste! — extrañas lenguas sublunares les abrasaban los oídos con susurros maléficos.


Atravesaron la nítida atmósfera de Yuggoth a una velocidad incontrolable. Josh se apretaba inútilmente los oídos por encima del casco polimórfico, tratando de acallar las voces, soltando los mandos. Howard trataba con los ojos cerrados de entregarse a las blasfemias de los agujeros negros.


Con un enorme estruendo, se estrellaron contra un cráter de piedra rojiza, atravesando la superficie reseca y arrasada por los vientos estelares. Cuando ambos recuperaron la presencia de ánimo, las voces en su cabeza continuaban pero el espectáculo ante sus ojos dominaba por encima de todo sus percepciones.


—¡Hongos de Yuggoth! — exclamó Howard.


A su alrededor, en magníficas e inmensas galerías subterráneas, se extendía un vergel de extraña vida transneptuniana. Allí, bosques de hongos del tamaño de edificios de quince plantas señoreaban por encima de densas neblinas químicas. Mohos bioluminiscentes de epilépticos y danzarines patrones comunicaban a miles de millas de distancia extrañas estaciones de una naturaleza alternativa. Los suelos eran mares de viscosos y tupidos líquenes coronados de setas con las más extrañas formas. Criaturas indescriptibles, de anatomía genuinamente alternativa, ululaban en el ambiente. Sobre el ala derecha de la nave, Howard observó con fascinación una criatura que parecía utilizar su propio sistema óseo como un cepo del que, al parecer, estos seres eran capaces de deshacerse como una mariposa se deshace de su capullo. La estructura corporal de estos seres había adaptado sus huesos para asemejarse a la de una flor de loto mortal. Las criaturas que cayeran sobre ella provocaría que se cerrase sobre sí misma como una trampa neumática. Howard observó que al separarse de su estructura ósea, dejaban una conexión nerviosa que informaba al propietario del cuerpo de que una presa había caído en la celada. El ser, desprovisto de huesos y convertido en una masa viscosa y vulnerable, se arrastraba tediosamente hasta su estructura corporal con el objetivo de reconectar sus tendones y tejidos para disfrutar del manjar atrapado en el interior del cepo cálcico.




Otras muchas extrañas visiones se presentaron ante ambos. Josh gemía levemente, derrotado. El caminante de Providence parecía haber llegado a la tierra prometida. La voz, esa voz, les seguía llamando desde lo más hondo del planeta.


Howard pareció hablar para sí mismo un momento, recordando un verso, que él mismo había escrito siglos atrás, rezándolo como una vieja letanía. “Ésta es la hora en la que los poetas lunáticos saben qué los hongos brotan en Yuggoth, y qué perfumes y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon. ¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos nos arrebatan una docena de los nuestros!”. Cómo si volviera de un sueño exclamó a toda voz.
—¡Madre de los núcleos preternaturales, ábrenos los ojos, líbranos de la limitación de nuestra perspectiva!


Del núcleo de la tierra de dónde emanaban las oleadas mentales, surgió un chirrido. Los cristales de la nave temblaron, hasta que, finalmente, con una sacudida dramática, estallaron en mil pedazos. Así como también el metacrilato de sus cascos protectores.




La turbia atmósfera color verde penetró en la nave. Howard y Josh respiraron la atmósfera ultraterrena, cuyo olor era químico y visceral. Las esporas y todo tipo de sustancias psicoactivas entraron violentamente en el torrente sanguíneo de los viajeros. Rápidamente una serie de decantadas experiencias sensoriales empezaron aparecer ante los ojos de los profanos. Ambos extendieron las manos tratando de tocar quimeras iridiscentes e invisibles. Por rachas, empezaron a ver el interior de las cosas, su pasado, su futuro, junto a los imaginarios tendones que los unían a otras realidades existenciales. Una prodigiosa catarata de revelaciones, una concatenada expansión de conciencia, colapsó sus conexiones sinápticas.


Observar en ese nuevo estado la fauna y flora de Yuggoth era un espectáculo pirotécnico mental. Howard Phillips Lovecraft estaba fuera de sí.


—¡Ahora lo veo, pequeño! Las auras de luz que ves sobre estas criaturas, que en nuestra civilización serían consideradas indefectiblemente como el alma, no son más que la combustión de energía entre longitudes de onda compatibles en la teoría de cuerdas. Su propia eugenesia de partículas, sacudiendo e implosionando futuros posibles que caen en la escalera dimensional hasta dar con la realidad presente — Josh se limitaba a maldecir y a gritar


—¡Oh, Dios! ¡No puedo soportarlo, no puedo soportarlo más!


Howard tomó expeditivamente los mandos de la nave y encendió los motores gravitacionales, para proyectar la nave espacial hacia el fondo de la gruta. Con desatada locura, estampaba la nave contra todo elemento que se interpusiera entre ellos y el núcleo suplicante del planeta, atravesando capas y capas de galerías subterráneas. Mientras lo hacía, manducaba extrañas oraciones: “E uh shub nigger ath ngaa ryla neb shoggoth”. Los fondos y suelos de Yuggoth eran tan dúctiles y porosos como sus propios hongos. Howard monologueaba enfervorecido.


—Veo seres diamantinos cuyo sistema límbico está compuesto únicamente de energía pura, que al igual que los seres abisales de nuestro planeta, se han adaptado a la existencia en los arcos de la ergosfera de los agujeros negros. Soportando, viviendo bajo cósmicas presiones físicas y temporales, mientras cantan nanas infantiles. Veo a la madre de Ubbo-Sathla, causa del origen sin origen, escupirlo de su pútrido seno junto con las tablas primigenias labradas con su lengua de acero, cuando el universo era un niño. La veo proyectando a las estrellas con el ánimo de fecundar planetas que aún no se habían enfriado, aún antes de que se levantara el primer ídolo de arcilla sobre la tierra.


La máquina que pilotaban ardía, destrozada con los propulsores escupiendo quemadas bocanadas de humo, atascados de hongos descompuestos. La nave penetró finalmente en un nivel inferior compuesto de basálticas columnas de cristales preciosos. Howard, sin piedad, estrellaba el aparato sin miedo contra las barreras de cristal opalescente que estallaban en mil pedazos. Columnas de gases magmáticos y ríos de lava daban cuenta de que se acercaban al centro. Su delirio no tenía fin.


—Es demasiado, es demasiado. Todo está unido y conectado. Los electrones son ecos fractales de una telaraña de sucesos a través de océanos de tiempo y espacio, transmitiendo con sus impulsos los acontecimientos de una realidad a otra, conectando como si fueran pulsos eléctricos de todas partes a todas partes, tirando del tejido de la mismísima realidad. Sin un origen, sin principio ni final en un ciclo incesante. Ella está a la derecha del tiempo, no hacia delante o hacia atrás, no en el principio o el final. Está a la derecha del tiempo mismo.


La temperatura aumentaba exponencialmente, los gases estallaban a su alrededor en combustión espontánea debido a la velocidad y los golpes. La voz clamaba por su encuentro lujuriosamente, les atraía con una fuerza irresistible. Su descenso al Sheol era imposible de detener. Howard continuaba expresando compulsivamente sus revelaciones.


—Esporas de lunas que nunca estuvieron en nuestro universo llegaron al ADN humano de la mano de viajantes estelares. Por eso, yo mismo, mis queridos compañeros, y todo aquel que alguna vez haya sentido esa certeza, puede escribir de cosas que, aunque ridículas, de alguna forma sabemos ciertas. Nos hallamos conectados a través de las esperas del tiempo con saberes arcanos. Por eso, yo escribía de noche y alumbraba fastuosos escenarios, recuerdos de pesadilla, de cosas que, únicamente, criaturas de múltiples ojos que habían visto en eones de tiempo pasado. Tú tenías razón, Josh. ¡Todo era cierto!


Para aquel entonces, Josh ya estaba muerto. De su traje habían brotado ampollas y carne convertida en fango. Lo que quedaba de su rostro indicaba que había muerto de la impresión. Pero Howard le seguía gritando inconscientemente, ignorando que su alma había huido de su cuerpo. El autor bramaba, mientras se quemaba lentamente.


—Vosotros habéis creado máquinas que hablan, Josh, que hasta rivalizan con vuestro propio intelecto. Imagina que esas señales digitales que viajan por el éter fueran animales con consciencia y voluntad propia. Una dimensión tan estrecha, donde la única forma de vida posible sea ser una onda. Devánate los sesos en cavilar sus constructos y civilizaciones, sus mundo — sonrió ahora al verlos viajar entre las estrellas de Ulthar, Ooth-Nargai y Dylath-lenn.


Atravesaron con la nave en llamas las últimas capas arcillosas que les separaban del núcleo central. El mundo rojo estaba hueco. En su núcleo, una extraña esfera negra parecía un tajo en el espacio-tiempo, a través del cual se alumbraban constelaciones nunca conocidas. Pero no era el espacio, era un espacio. Era una entidad en sí misma. Los flashes cada vez más compactos les permitían ver a veces todo, a veces partes y a veces nada de la criatura que le hablaba en su mente.




—¡Imagínatelo, Josh! Imagina tener el sistema nervioso de tu cuerpo en una dimensión y tu estructura ósea en otra. Denota lo complejo que sería comprenderte e incluso mirarte. Serías horrible, deforme para los incautos que tan solo ven un prisma de lo que en ti mismo eres. Y, a la vez, serías tan hermoso. Una prodigiosa criatura proveniente de un ecosistema cuántico alternativo… Imagina viajar entre los velos de las realidades para encontrar uno de tu especie, para reproducirte, en la extraña y ambigua ritualidad que tu entidad requiera. Esperando la alineación cosmológica de 3 o de 4 universos diferentes para alcanzar la corporeidad final, sólo bajo un complejo equilibrio de naturalezas divergentes. Imagina que, a su vez, los velos que separan unas esferas de las otras están habitados por criaturas demenciales que solo ven como quien percibe un fugaz eclipse. Imagina cómo ven pasar por su mundo de lunáticas reglas el cuerpo en transición de un ente exógeno. Imagina arrastrar tras de ti en cada viaje parte de esa biología o fauna de diametralmente opuesta evolución, en grado microscópico o megalodónico. Importar sin quererlo a otros universos extraños infraseres de la zona intermedia, como quien trae un exótico insecto en la maleta después de recorrer lejanas tierras más allá del horizonte. Tantas cosas toman sentido ahora, pequeño Josh, tantas improbabilidades que ahora se abren paso por la existencia revelando los velos del más ignoto tiempo.


En el centro del planeta enano, el núcleo cambiante de formas y texturas alcanzaba su cénit de espasmódica locura, contrayendo sobre sí las membranas supra dimensionales, dejando entrever su genuino y nunca hollado rostro. Ninguna entidad existente, ni aún sus propios apócrifos hijos, habían visto la forma primigenia de la madre. Howard asió con pulsión de muerte los mandos de la nave, con los ojos cirróticos, abrasados por la alcalinidad de las ondulaciones dimensionales. Y contempló, en definitiva, el primigenio ser, a mitad camino entre idea y sustancia que alumbró la infinidad.


Era una voluptuosa esfera conformada por un bosque de costras serradas, de tal remota composición, que el solo impacto a la vista abrasaba con el fuego solar de sus contornos cualquier cerebro u órgano cognitivo capaz de procesar información. Howard gritaba hasta la afonía demencial.


—¡Sagrada claridad, santa y sagrada claridad!


La lengua en la que el ser le habló era común a todas las criaturas, unas vibraciones graves como la muerte de una vieja estrella. De poder traducirse significaría algo semejante a lo siguiente.


—Acércate, hijo mío. Acércate al conocimiento pleno y muere. Convirtiéndote tú mismo en parte de él. Yo te otorgaré la visión completa.








FIN.
OkBoomer
ForoCoches: Miembro
#11
Cita de Anti flanders
estoy dando un paseo por un barrio gitano, bastante entretenimiento tengo
Sarao en cada esquina……y te puedes parar a cenar unos chorizos a la brasa prácticamente dónde te apetezca.

Aún te quejarás
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#12
Cita de ClassicCo
La amistad a veces es una mierda...
What do you mean, que diría Justin
ClassicCo
ForoCoches: Miembro
#13
Cita de perkys
Entonces es no es amistad. Llámalo de otra forma.


Abre hilo.
Da para hilo, sí. Pero no esta noche precisamente, que estoy de bajona.
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#14
Cita de OkBoomer
Sarao en cada esquina……y te puedes parar a cenar unos chorizos a la brasa prácticamente dónde te apetezca.

Aún te quejarás
Para ti tengo esto:




Te metes en el coche y gritas. Allí eres Napoleón. Puedes gritar con toda tu furia hasta que te retumban los tímpanos. Te reagrupas, aprietas el volante. Coges velocidad. Y empiezas a gritar todas las putas cosas que le dirías a la gente a la cara. Se deretirrian ante el fuego solar de tus argumentos, por su velocidad y su concatenación. Se verián abrasados. Callarian como putas. Como lo que son.

  • Te sientes borracho de tu propia vehemencia como Hitler, te refuerzas a ti mismo en un ciclo ascendente. Elevado por la ira. Te imaginas a tu suegra, a tus compañeros de trabajo, a esos menas aterrorizados, temblando ante semejante poder. ACOJONADOS. Cabalgas el descontrolado potro de la ira sin límites. Gritando tanto que los cristales del coche retumban vibrando con ese zumbido electrónico. Darías órdenes a toda la humanidad. Sólo con el sonido de tu voz se cuadraría hileras infinitas de soldaros. Un reig de 10.000 años. Colocarías en su sitio a todas las simiescas formas que te rodean. Eres el Deus irae de Philip K Dick. Que porcierto significa polla. Orden ostia, orden de una puta vez.



    Cuando estudiaba en un colegio del opus me di cuenta de algo, tenía sólo 9 o 10 años. Pero fue evidente para mi: los ricos son genéricamente superiores. Viendo las madres que venían a recoger a los niños del colegio era fácil reconocer quien era un rico "nuevo" y quien llevaba generaciones siéndolo. Joder, las madres de las grandes familias, que llevan generaciones viviendo y muriendo ricos, eran más guapas. Estaban más buenas. ¡claramente!. Esta claro que un intelecto sagaz o una buena polla puede cambiar tu estatus quo, pero seguirías siendo la excepción. Estadísticame esas familias seguirán casándose entre ellos y refinado su estirpe. Y no es una mierda racista, entre los negros más guapos de la tribu seguro que ocurre lo mismo. Es tan injusto, joder. No es el poder. Es que tienen hasta la belleza. El éxito pre-programado en los genes. Y tu... tu en tu puto coche gritando.


    ¿Es que nadie lo ve?, joder. Estas desclasado. Tu te merecías otra cosa. Otra vida. No que te la prometieron los anuncios coño, no. Que sabías que te la merecías. Con trece o cartoce años lo tenias más claro que el agua. Ganar. Ganar y punto. Y a tomar por culo.


    Ostia, como se te inflan las venas del cuello y se te aprieta el estomago. Estas gritando tanto que empiezas a sentir que te falla la voz, que te quedas afónico. Pero eso le da un punto más monstruoso y despiadado. Que solo te da ganas de gritar más. Cruzas el tráfico como un maníaco, con perfección, con los sentidos agudizados. Apretás el volante hasta que cruje.


    Si vivieras en otra época hubiera sido diferente. Un puto vikingo. Tomarías lo que quisieras, moririas pronto pero... y que? Sería una vida más completa. Al grupo de niños de la esquina, solo con mirarlos harías que se apartan. Te abrirían paso. Harían silencio en tu presencia. No sostendrian la mirada. Sin embargo, aquí estás, gritando después de decirle "porfa" a la cajera cuando te ha preguntado si querías bolsa. Pesas cien kilos ostia; ¿porfa?.


    El calor de tu cuerpo se va disipando. Bajas la voz. Dejas de gritar. Ahora piensas. Si estás loco o algo. Aunque no es algo preocupante. Al fin y al cabo nadie te escucha.


    Bajas del coche con las bolsas.


    -Joder cariño. Te has dejado la leche.
    -Lo siento cari. Dices mientras entras en casa, manso como una paloma.
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#15
Cita de perkys
Entonces es no es amistad. Llámalo de otra forma.


Abre hilo.
Otro hilo. Claro.
perkys
******* Espan Flod Trol
#16
Cita de Investigación
Otro hilo. Claro.
Eso he dicho, para no molestar en otro hilo
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#17
Cita de perkys
Eso he dicho, para no molestar en otro hilo
Ahora me sabe mal. Qué te ha pasado mister?
perkys
******* Espan Flod Trol
#18
Cita de Investigación
Ahora me sabe mal. Qué te ha pasado mister?
Era el otro shur... Si no quieres decir nada pues otro día.
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#19
Cita de perkys
Era el otro shur... Si no quieres decir nada pues otro día.
What?
Mercromín
ForoCoches: Usuario
#20
Vladimir y...
Vaporwave
悲しみ
#21
Cita de Investigación
What do you mean, que diría Justin
Temazo


perkys
******* Espan Flod Trol
#22
Cita de Investigación
What?
La amistad a veces es una mierda.
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#23
Cita de Mercromín
Vladimir y...
A momir
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#24
Cita de perkys
La amistad a veces es una mierda.

Pero que ha pasado coño
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#25
Cita de Vaporwave
Temazo



Qué que coño dices primo
perkys
******* Espan Flod Trol
#26
Cita de Investigación
Pero que ha pasado coño
Que no lo ha dicho el otro shur jajaja
Blackwood
Lord
#27
Cita de Investigación
Seguro? Va a ser un buen viaje.
Muy fuerte tiene que ser para que me sorprenda. Con lo que llevo ahora mismo de subida y de bajada, hay gente que estaría muerta.
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#28
Cita de perkys
Que no lo ha dicho el otro shur jajaja
Ah. Bueno, igualmente; cómo estás? Estás feliz?.
Investigación
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#29
Cita de Blackwood
Muy fuerte tiene que ser para que me sorprenda. Con lo que llevo ahora mismo de subida y de bajada, hay gente que estaría muerta.
Ya lo tienes. Si ves que no es suficiente(que lo dudo) te mando el de los yogures. Ese deja a la gente KO.
Blackwood
Lord
#30
Cita de Investigación
Lovecraft 3000:






Sus ojos, soportados por profundas ojeras, se abrieron de golpe, despertados abruptamente por un chasquido neumático. Simultáneamente, una pantalla de cristal curvado se retiraba hacia arriba, dejando ver al habitante de la vaina su entorno como en el truco de un buen mago.


Múltiples gases combatieron en el intercambio entre las dos atmósferas: la que emanaba el enorme tubo de metal al ser despresurizado y la de la nave, esta última a una cómoda temperatura ambiente. El dispositivo tenía unas potentes luces led a los pies del recién despertado, dando aún más, si cabe, un aspecto dramático a la escena, proyectando esa prominente mandíbula de mordida disforme, además de esos ojos vivos y cansados.


—Bienvenido Howard —. dijo una voz tibia.
—¿Qué demonios es esto?


Los ojos del renacido aún se estaban aclarando cuando vislumbró unas figuras humanas. Tres, concretamente. Vestían de la forma más ridículamente posible de imaginar y se le acercaban, cautelosamente, para brindarle estabilidad. Él no era un anciano, pero a sus 46 años estaba tremendamente envejecido. Sus ojos lo acreditaban. Las manos amigas le ofrecieron un taburete y un recipiente metálico.


—Tranquilo, primero bebe algo de agua y date un momento para recobrar el aliento. Dio un par de tragos al insípido elemento y le retiraron la taza mientras todo se volvía nítido a su alrededor.


Restregando las palmas de las manos contra sus piernas, fue consciente, por primera vez, de estar vestido con una sobria levita negra, chaleco, camisa y zapatos. Pero rápidamente se sintió incómodo en la muda, denotando que la textura y las tallas no eran las acostumbradas salidas de las manos expertas de sus tías. Aún así, agradeció estar dignamente vestido, como lo haría un caballero. El primero de los sujetos, vestido en esa especie de bolsa de plástico naranja, le habló lentamente:


—Nos imaginamos que así estarías más cómodo. A nivel mental, es importante encontrar cierta estabilidad las primeras 24 horas…


Él desde su asiento les miró, aún muy perturbado y temblando, tratando de comprender:
—Pero, ¿qué diantres sucede?
El cabecilla de los tres le tomó por el hombro, y con una enorme intensidad le preguntó.
—Howard, ¿podrías decirnos quién eres?
Este se quedó realmente extrañado. Era, probablemente, la última pregunta que esperaba. Viendo que por alguna razón la cuestión era de una enorme relevancia, trato de contestar cortésmente:
—¿Yo?,¿quién… soy?— mientras respondía, observó que se encontraba en una extraña habitación de suelos y techos de afilados bordes metálicos, y copada de retorcidas mangueras y cables en todas direcciones —Mi nombre es Howard Phillips Lovecraft, oriundo de Providence, Nueva Inglaterra. Para servirle a usted y a Su Majestad el Rey Jorge.


Los científicos se agitaron de alegría, y tuvieron que contenerse para no abrazarse. Howard estaba tan perplejo como al principio. Antes de que pudiera preguntar nada, le volvieron a increpar.


—Y dinos, Howard, ¿qué es lo último que recuerdas? — el escritor trató de recordar, tenía vagas sensaciones, cómo de otra vida. Trató de formular en voz alta.
—Recuerdo el techo del hospital… las sábanas blanqueadas y dolor, mucho dolor. Recuerdo que el estómago me ardía infernalmente, no podía tragar ni beber nada. Me abandonaron las fuerzas. Recuerdo que no podía ni sostener una pluma.


Cómo si les acabarán de dar una fenomenal noticia, la gente de naranja se felicitó mutuamente con sonrisas de genuina satisfacción. Y también le daban amables toques de hombro al recién llegado:
—Fenomenal, Howard, eso es absolutamente fenomenal.


El escritor no pudo aguardar más:
—¿Alguno de ustedes podría tomarse la molestia de explicarme de una vez qué es lo que ocurre? ¿Dónde estoy? ¿O quiénes son ustedes?


El equipo de científicos recobró la seriedad súbitamente. Volviéndose hacia él, el líder de ellos, con enorme tacto le dijo:
—Lo mejor es que sea muy directo, Howard. Estás en el futuro — el caminante de Providence quedó absolutamente pasmado.


Las horas siguientes fueron trepidantes. Muchas y complicadas explicaciones le fueron puestas ante sus ojos de la manera más ordenada posible. Y no se trataba de una tarea sencilla. Se encontraban en el año 3234 de la era cristiana. Es decir, 1297 años después de su muerte. Esto fue otro gran impacto. Él había muerto, verdaderamente. Lo primero que el escritor quiso saber es si acaso habían empleado algún tipo de "sales esenciales" para hacerlo volver de la tumba. La explicación, aunque mucho más prosaica, no dejó de ser fascinante.




Por lo visto, en aquellos momentos del futuro, ya se había desarrollado tecnología de clonación genética muy avanzada. Y, pronto, los científicos se habían animado con especies extintas por razones ecológicas. Una vez cosechado el éxito en esas lides, se habían planteado hacerlo con algunos humanos notables.




Lo cierto es que la clonación ya era una tecnología popular desde el principio del siglo XXI, por lo que, desde entonces, algunos famosos, hombres de negocios y multimillonarios habían estado comprando y atesorando muestras genéticas con la esperanza de algún día traer a la vida a esos gigantes de la historia. La técnica no se había depurado suficientemente hasta entonces, pero había cierta tendencia entre los poderosos en guardar a medio camino entre el fetichismo y el coleccionismo posibles muestras. Existía casi una subcultura propia sobre el tema. Muebles, sangre reseca o una vieja carta podrían guardar pequeñísimos restos ADN que podrían emplearse para la operación.




Lovecraft supo por fin el motivo de la alegría de sus anfitriones. Habían intentado, sin éxito, despertarle del negro abismo varias veces y, cuando lo habían logrado, éste había perdido la cabeza y la identidad, volviendo a morir de nuevo. Es decir, descubrieron que interrumpir la narrativa vital de un ser humano resultaba mortal. Por ello, apostaron todas sus esperanzas en la tesis — al parecer correcta — de que debían de despertarlo justo antes de su fallecimiento. Finalmente, después de mucho esfuerzo, consiguieron una muestra purísima y de las condiciones adecuadas. Y lanzaron su última bala. Howard supo pronto más sobre su bienhechor. Se trataba de Josh, tataranieto de un gran amante del escritor. Desde que, muchos años atrás, su emporio familiar había llegado a ser uno de los más importantes del imperio Sefardita, la obsesión por el escritor había pasado de padres a hijos junto con el sueño de conocer en persona al maestro. Sin embargo, desde el primer momento, Josh le mencionó una razón más poderosa para su encuentro, de la que ya le hablaría cuando estuviera preparado para hacerlo.


Lovecraft fue llevado a conocer la Magnus, la nave donde viajaban a cientos de miles de kilómetros por segundo. Penetrando un cuadrante plagado de nebulosas fucsias y rebaños de asteroides que describian bellas órbitas cíclicas en el cinturón de Edgeworth-Kuiper. La tripulación observó con pasión como el autor miraba abstraído a través de los gigantescos ventanales el infame universo en expansión. Siempre acompañado de un silencio reverencial y absolutamente triste. Visto de espaldas, era idéntico al caminante de las nubes de Friedrich. Su benefactor quiso sacarlo de su nostalgia.


—No puedo creerlo — dijo Howard.




Josh acababa de abrir dos enormes puertas con su acreditación insertada bajo la piel de su muñeca. Ante Howard. P. Lovecraft se habría una enorme estancia con estanterías de tres alturas, mesas y vitrinas más grandes que las que se ven en un centro comercial.


—Aquí está todo lo que tú has creado, Howard — dijo Josh conteniendo las lágrimas.


Para el modesto autor, que había vivido una auténtica vida de precariedad y escasez presbiteriana, aquello era más de lo que podía siquiera soñar. Empezó, por supuesto, por los libros. En un esfuerzo increíble, Josh trató de explicarle la ingente e inagotable cantidad de autores que habían intentado seguir sus pasos a través de los mitos de Cthulhu, al que Howard insistió en seguir llamando Yog-sothotheria. Mucho más allá, increíblemente más allá, de su queridísimos Howard, Clark Ashton, Long o Bloch, pasando de ser casi una pequeña secta de outsiders a una de las más importantes influencias en la cultura pop. Se emocionó de nuevo al saber que casi todos los grandes autores después de él habían tonteado con sus obras. Películas, videojuegos, experiencias holográficas fueron mostradas al autor que estaba en un éxtasis fantástico. Pero muy pronto dio cuenta de sus primeras críticas hacia las formas que algunos le habían dado al primigenio Cthulhu, deformando completamente su idea inicial. Después la cosa empeoró un poco cuando Josh le mostró las muestras de piezas coleccionables, juegos de mesa y todo tipo de merchandising existente relativos a sus creaciones. Con un rictus severo de sus labios invertidos afirmó alegrarse de haber muerto antes de verse involucrado en esa "repugnante basura comercial". Su guía renunció a hablarle de las fabulosas cifras de su legado, por las cuales Howard no tuvo el más mínimo interés.


Una vez superado el primer impacto, Lovecraft hizo gala de un terrible y carismático sentido del humor, gustando de decir por los pasillos que la muerte le había sentado muy bien y que el negro abismo le había traído de vuelta. Reafirmando, aún más, si eso era posible, su profundo ateísmo. Insistiendo en decir que había muerto y resucitado y, sin embargo, no se había cruzado con Dios en ningún momento del trayecto.


Poco después, Howard y Josh compartieron durante semanas vivas y fascinantes conversaciones en sus largos paseos por la cubierta, actualizando el voraz intelecto del autor sobre la historia de los siglos pasados, la política y la ciencia. Y, especialmente, de los descubrimientos científicos sobre el espacio profundo y la cosmología. El escenario, sin duda, era más que adecuado.


Discurrieron sobre la segunda guerra mundial. Las bombas nucleares, concretamente la fusión del átomo, dejaron fascinado a Howard. La guerra fría y la decadencia del socialismo también fueron de su agrado, afirmando que el cientifismo y la racionalidad se habían impuesto de una vez. Pero cuando Josh le habló del hipercapitalismo posterior y la conocida como “crisis del lóbulo frontal”, donde se descubrió que un uso descontrolado de las tecnologías de la información provocaba una serie de daños a nivel mental que llevó a la civilización al límite, este destacó la importancia de la filosofía como base para el hombre moderno.




Las posteriores regresiones al fanatismo religioso con el gran Califato global y la guerra santa con los Khititas — religión fanática, de 300 años de duración, que se basaba en la idea de que el ser humano era en realidad un único ente y que la conciencia individual era una enfermedad — pudo convenir que los ciclos que la historia se repetían en una suerte de oleadas. Lo siguiente hasta el año 3000 fue, sin duda, un viaje fascinante, donde la humanidad parecía caminar irremediablemente hacia su autodestrucción. Con escaso éxito, por suerte.




Josh trató de resumirlo. La crisis de natalidad debido a la alimentación transgénica; el descubrimiento de las energías de fisión-gravitacional; la desaparición de los sistemas monetarios públicos, para dar lugar a los cripto-estados digitales; la crisis de las IAs rebeldes, combatidas con IAs duras y blandas de segunda generación; la gran pandemia 23 del lenguaje, una patología del habla que sumió a toda la humanidad en el silencio por más de 10 años; la clonación ilegal y el debate ético del autotrasplante; el segundo gran apagón del metaverso global; la nanotecnología de combinación genética, que había dado lugar a una especie de nuevo fascismo, sustituyendo la superioridad de la raza por la mejora genética derivada de combinar a seres humanos con propiedades animales. Así, una especie de neo-fascistas, mitad hombre y mitad lagarto, habían estado apunto de acabar el trabajo de Hitler. La operación Nocaut que había desviado en secreto un meteorito con capacidad de finiquitar la humanidad. La salida al espacio, las primeras colonias extraterrestres. Y el sistema político actual: las proto-monarquías, nacidas del incesto entre lo neo—liberal y las giga corporaciones que habían salvado la tierra. El segundo imperio se encontraba ahora mismo gobernado por los sefarditas, una deriva de Judios de origen Español — nación desaparecida — elevados a monarquía absolutisima después de las guerras laicas en las colonias de Marte.


—¿Latinos y semitas? ¿Esos son los dueños del mundo ahora?
—¿Eso le molesta a usted? — preguntó un ayudante de Josh. Lovecraft le reprendió con la mirada, la idea de su supuesto antisemitismo le encolerizó
—Se olvida usted de cuáles eran los orígenes de mi esposa, ¿eh?
—¿Y a qué viene su sorpresa entonces?
—Pues, precisamente, es una sorpresa porque, cuando yo abandoné este mundo, las cosas eran muy diferentes. Puedo asegurárselo.


Entre otras muchas cosas, Howard fue instruido en los nuevos modales y sensibilidades de la época, incluyendo el feminismo, el respeto preter-religioso y la conducta neo-genética.


La relación entre Josh y Howard fue estrechando cada vez más íntimamente. Los curiosos ojos de Lovecraft veían en él una honda preocupación no confesada. Un día, en uno de sus largos paseos, Howard, con denodada caballerosidad, trató de tocar un tema que hasta el momento parecía esquivo.


—Queridísimo Josh, hay algo de lo que no me has hablado todavía.
—¿Y qué es Howard?
—Vida extraterrestre — ambos caminaban con las manos a la espalda. El joven científico resopló pesadamente. Y al fin habló.
—No exactamente… Cómo ya te expliqué, el hombre, en sus tres planetas habitados y en sus 330 sistemas visitados, no ha encontrado vida extraterrestre. Nada más que la propia vida en fauna y flora que hemos importando de la vieja tierra.
—Correcto. Y sin embargo… — Josh sonrió.
—Desde luego, no has perdido ni un ápice de tu sagacidad, Howard.
—No se te olvide, querido compañero, que mi primer sueño de la tierna infancia fue ser detective.
—Bien. Lo cierto es que hemos recibido autorización para despertarte, no solo por tu enorme talento literario — Lovecraft sonrió con una mueca. Por fin descubriría el motivo de su resurrección.
—¿Y cuál es la razón? — Josh se detuvo en seco.
—Supongo que ha llegado la hora. Acompáñame.


Josh llevó al autor a la cabina de mando, donde fabulosos hologramas mostraban sobre varias mesas de luz diseños matemáticos y esquemas de la topología del espacio profundo. Howard amaba esos trastos y, si se lo permitían, intentaba tocar o comprender sus mecanismos. Le fascinaba la sala de mapas.




Josh desplegó ante él un cuadrante en el que se veían a la propia Magnus, su nave, recorriendo una parábola en dirección a un sistema con un planeta y varias danzarinas lunas. Josh señaló la trayectoria:
—¿Ves dónde estamos?
—Sí — respondió quedamente el hombre de negro.
—Estamos más allá de la órbita de Neptuno — Lovecraft comprendió al fin.
—¡Vamos a Yuggoth!.
—Sí, bueno… nosotros lo llamamos Plutón.
—¿Estás son sus lunas? — el autor tocó con cariño las formas holográficas, con el mismo amor con el que una madre le haría carantoñas a un recién nacido.
Cómo puedes observar, en realidad, tiene más de tres.


El científico le pidió que tomara asiento, y despidió a los demás tripulantes de la sala. Una vez a solas pareció sentirse liberado de una enorme presión.




—Bien, Howard. Ya sabes a dónde vamos. Lo que aún no sabes es por qué el emperador Elíash XIII nos aprobó tu reencarnación. Lo que vas a ver ahora es alto secreto de estado imperial. Y sólo voy a mostrártelo porque es imprescindible hacerlo.




Josh pulsó uno de sus cachivaches y una reproducción apareció ante ellos. En ella, se veía una tripulación semejante a la de la propia Magnus. Es decir, parecía ser una grabación reciente. Una serie de tripulantes hacían lo que parecían tareas rutinarias a bordo. A través de la consola principal, el reluciente planeta enano, Plutón, se apreciaba claramente a proa. Súbitamente, todos ellos, como sorprendidos por el mismo rayo invisible, enloquecieron dando temibles saltos arrítmicos y dementes, tapándose los oídos como si una música infernal sonará a tal volumen que pudiera hacer estallar sus cabezas.




A través de las imágenes vieron los ojos enloquecidos, tan abiertos y enfermos cómo los del Saturno de Goya. Josh encendió el audio que hasta ahora estaba cerrado, pasando la escena de ser una pesadilla muda a sonora, y ambos escucharon, por una especie de membranas que hacían de altavoces, los terribles alaridos y gemidos de la tripulación. Lo único que se podía entender entre ese babel de gritos eran frases como: "¡Es la visión completa!, las partes del todo. A la derecha en el tiempo. La madre de Ubbo—Sathla, cartílago sobre el que resbala la existencia".




Después de eso, como en un chasquido coordinado, todos los tripulantes cayeron violentamente al suelo en una fría muerte súbita. Durante el breve periodo de locura algunos tripulantes se habían herido a sí mismos y habían usado su propia sangre para describir extraños símbolos y expresiones que eran ampliamente familiares para los dos. Ahora, con pulso firme, Josh iba pasando las inscripciones a Howard como si diapositivas se tratara: “Orgia shoggoth”, “...semilla de gran raza de Yith”, “blasfemias bajo las llanuras de Thog y Thok”.


Josh añadió solemnemente.
—Hasta ahora hemos enviado tres naves y todas han desaparecido sin dejar el menor rastro. Esta es la unica grabación que hemos logrado obtener, antes de que la nave fuera tragada por el negro vacío — Lovecraft asintió gravemente, sin decir palabra. Su anfitrión insistió.
—¿Tiene algún sentido para ti, Howard? — este trató de razonar.
Por supuesto que no. Todo lo que he vivido hasta ahora es como un trémulo sueño. Pero esto… es inexplicable para mí. Que el origen de mis obras tenga el más remoto fundamento real es, simplemente, ridículo — Josh asintió triste, meditabundo.
Durante años, Howard, al leer tus obras y las de tus hermanos, de alguna manera, esa creatividad, esas ideas tan puras, se me antojaban reales. Es decir, demasiado certeras para ser una creación. Cuando mis tripulaciones empezaron a caer, alumbré la idea de consultarte a ti mismo este problema — Howard paseó por la sala de mapas reflexionando en voz alta.
Muchas veces, fruto de mi estado de ánimo, de mi soledad, de mi insomnio, llegué a sentir eso mismo, pequeño compañero. No fueron pocas las veces en que mis delirios literarios me parecieron venir directamente de una oscura fuente subconsciente. En ocasiones, entraba en trances tan profundos que mis propios sueños me parecían voces de tiempos atávicos. Pero nunca me dejé llevar por ellas. No quería perder la cordura, eso se lo dejaba a mis personajes. Entiendo tus motivaciones para despertarme de la muerte, querido Josh, pero no tengo una gran revelación para ti. Todo lo que yo escribí lo hice siempre desde la consciencia de la irrealidad más absoluta. O, al menos, así creí hacerlo, hasta este instante.


Ambos hombres quedaron en un respetuoso silencio. Después de un rato, Howard se volvió hacia Josh y le dijo.
—Sin embargo, tengo una teoría para ti. Montémonos en una de tus naves y enfrentemos este diabólico enigma.


Unas horas después, el maestro de las estrellas y Josh se dirigían en velocidad crucero a la zona crítica, allí donde las otras naves habían empezado a sufrir las turbulencias psíquicas. Próximos a la atmósfera de Plutón, Josh se encontraba a los mandos, mientras enseñaba a Howard algunos de los comandos básicos. Los dos iban enfundados en sus trajes espaciales de quitina artificial, aunque el caballero de Nueva Inglaterra había insistido en vestir sus ropajes bajo el mono sintético.




Howard exponía su teoría, gritando excesivamente — aún no estaba acostumbrado a la comunicación telemática.
—Es difícil de comprender, pero todo lo que te pido es que abras la mente. Es posible que lo que esas tripulaciones hayan sufrido no sea en realidad un ataque mental, sino, meramente, una sobreexposición a información que no fueron capaces de asimilar. Al aproximarnos, creo que sufriremos una idéntica experiencia. El secreto está en no resistirse a esas influencias, sino tratar de aceptarlas, dejándolas fluir.


La nave con forma de punta de flecha cortaba el espacio aproximándose a velocidades indecibles a la diminuta esfera roja. Una vez superaron la frontera invisible, los flashes comenzaron a asaltar su mente, primero de manera liviana, para ir ganando fuerza al igual que ganaban inercia.
—¡Dios, Howard! ¡Tenías razón! — Howard le alentaba.
—¡Resiste, compañero! No lo rechaces, ¡resiste! — extrañas lenguas sublunares les abrasaban los oídos con susurros maléficos.


Atravesaron la nítida atmósfera de Yuggoth a una velocidad incontrolable. Josh se apretaba inútilmente los oídos por encima del casco polimórfico, tratando de acallar las voces, soltando los mandos. Howard trataba con los ojos cerrados de entregarse a las blasfemias de los agujeros negros.


Con un enorme estruendo, se estrellaron contra un cráter de piedra rojiza, atravesando la superficie reseca y arrasada por los vientos estelares. Cuando ambos recuperaron la presencia de ánimo, las voces en su cabeza continuaban pero el espectáculo ante sus ojos dominaba por encima de todo sus percepciones.


—¡Hongos de Yuggoth! — exclamó Howard.


A su alrededor, en magníficas e inmensas galerías subterráneas, se extendía un vergel de extraña vida transneptuniana. Allí, bosques de hongos del tamaño de edificios de quince plantas señoreaban por encima de densas neblinas químicas. Mohos bioluminiscentes de epilépticos y danzarines patrones comunicaban a miles de millas de distancia extrañas estaciones de una naturaleza alternativa. Los suelos eran mares de viscosos y tupidos líquenes coronados de setas con las más extrañas formas. Criaturas indescriptibles, de anatomía genuinamente alternativa, ululaban en el ambiente. Sobre el ala derecha de la nave, Howard observó con fascinación una criatura que parecía utilizar su propio sistema óseo como un cepo del que, al parecer, estos seres eran capaces de deshacerse como una mariposa se deshace de su capullo. La estructura corporal de estos seres había adaptado sus huesos para asemejarse a la de una flor de loto mortal. Las criaturas que cayeran sobre ella provocaría que se cerrase sobre sí misma como una trampa neumática. Howard observó que al separarse de su estructura ósea, dejaban una conexión nerviosa que informaba al propietario del cuerpo de que una presa había caído en la celada. El ser, desprovisto de huesos y convertido en una masa viscosa y vulnerable, se arrastraba tediosamente hasta su estructura corporal con el objetivo de reconectar sus tendones y tejidos para disfrutar del manjar atrapado en el interior del cepo cálcico.




Otras muchas extrañas visiones se presentaron ante ambos. Josh gemía levemente, derrotado. El caminante de Providence parecía haber llegado a la tierra prometida. La voz, esa voz, les seguía llamando desde lo más hondo del planeta.


Howard pareció hablar para sí mismo un momento, recordando un verso, que él mismo había escrito siglos atrás, rezándolo como una vieja letanía. “Ésta es la hora en la que los poetas lunáticos saben qué los hongos brotan en Yuggoth, y qué perfumes y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon. ¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos nos arrebatan una docena de los nuestros!”. Cómo si volviera de un sueño exclamó a toda voz.
—¡Madre de los núcleos preternaturales, ábrenos los ojos, líbranos de la limitación de nuestra perspectiva!


Del núcleo de la tierra de dónde emanaban las oleadas mentales, surgió un chirrido. Los cristales de la nave temblaron, hasta que, finalmente, con una sacudida dramática, estallaron en mil pedazos. Así como también el metacrilato de sus cascos protectores.




La turbia atmósfera color verde penetró en la nave. Howard y Josh respiraron la atmósfera ultraterrena, cuyo olor era químico y visceral. Las esporas y todo tipo de sustancias psicoactivas entraron violentamente en el torrente sanguíneo de los viajeros. Rápidamente una serie de decantadas experiencias sensoriales empezaron aparecer ante los ojos de los profanos. Ambos extendieron las manos tratando de tocar quimeras iridiscentes e invisibles. Por rachas, empezaron a ver el interior de las cosas, su pasado, su futuro, junto a los imaginarios tendones que los unían a otras realidades existenciales. Una prodigiosa catarata de revelaciones, una concatenada expansión de conciencia, colapsó sus conexiones sinápticas.


Observar en ese nuevo estado la fauna y flora de Yuggoth era un espectáculo pirotécnico mental. Howard Phillips Lovecraft estaba fuera de sí.


—¡Ahora lo veo, pequeño! Las auras de luz que ves sobre estas criaturas, que en nuestra civilización serían consideradas indefectiblemente como el alma, no son más que la combustión de energía entre longitudes de onda compatibles en la teoría de cuerdas. Su propia eugenesia de partículas, sacudiendo e implosionando futuros posibles que caen en la escalera dimensional hasta dar con la realidad presente — Josh se limitaba a maldecir y a gritar


—¡Oh, Dios! ¡No puedo soportarlo, no puedo soportarlo más!


Howard tomó expeditivamente los mandos de la nave y encendió los motores gravitacionales, para proyectar la nave espacial hacia el fondo de la gruta. Con desatada locura, estampaba la nave contra todo elemento que se interpusiera entre ellos y el núcleo suplicante del planeta, atravesando capas y capas de galerías subterráneas. Mientras lo hacía, manducaba extrañas oraciones: “E uh shub nigger ath ngaa ryla neb shoggoth”. Los fondos y suelos de Yuggoth eran tan dúctiles y porosos como sus propios hongos. Howard monologueaba enfervorecido.


—Veo seres diamantinos cuyo sistema límbico está compuesto únicamente de energía pura, que al igual que los seres abisales de nuestro planeta, se han adaptado a la existencia en los arcos de la ergosfera de los agujeros negros. Soportando, viviendo bajo cósmicas presiones físicas y temporales, mientras cantan nanas infantiles. Veo a la madre de Ubbo-Sathla, causa del origen sin origen, escupirlo de su pútrido seno junto con las tablas primigenias labradas con su lengua de acero, cuando el universo era un niño. La veo proyectando a las estrellas con el ánimo de fecundar planetas que aún no se habían enfriado, aún antes de que se levantara el primer ídolo de arcilla sobre la tierra.


La máquina que pilotaban ardía, destrozada con los propulsores escupiendo quemadas bocanadas de humo, atascados de hongos descompuestos. La nave penetró finalmente en un nivel inferior compuesto de basálticas columnas de cristales preciosos. Howard, sin piedad, estrellaba el aparato sin miedo contra las barreras de cristal opalescente que estallaban en mil pedazos. Columnas de gases magmáticos y ríos de lava daban cuenta de que se acercaban al centro. Su delirio no tenía fin.


—Es demasiado, es demasiado. Todo está unido y conectado. Los electrones son ecos fractales de una telaraña de sucesos a través de océanos de tiempo y espacio, transmitiendo con sus impulsos los acontecimientos de una realidad a otra, conectando como si fueran pulsos eléctricos de todas partes a todas partes, tirando del tejido de la mismísima realidad. Sin un origen, sin principio ni final en un ciclo incesante. Ella está a la derecha del tiempo, no hacia delante o hacia atrás, no en el principio o el final. Está a la derecha del tiempo mismo.


La temperatura aumentaba exponencialmente, los gases estallaban a su alrededor en combustión espontánea debido a la velocidad y los golpes. La voz clamaba por su encuentro lujuriosamente, les atraía con una fuerza irresistible. Su descenso al Sheol era imposible de detener. Howard continuaba expresando compulsivamente sus revelaciones.


—Esporas de lunas que nunca estuvieron en nuestro universo llegaron al ADN humano de la mano de viajantes estelares. Por eso, yo mismo, mis queridos compañeros, y todo aquel que alguna vez haya sentido esa certeza, puede escribir de cosas que, aunque ridículas, de alguna forma sabemos ciertas. Nos hallamos conectados a través de las esperas del tiempo con saberes arcanos. Por eso, yo escribía de noche y alumbraba fastuosos escenarios, recuerdos de pesadilla, de cosas que, únicamente, criaturas de múltiples ojos que habían visto en eones de tiempo pasado. Tú tenías razón, Josh. ¡Todo era cierto!


Para aquel entonces, Josh ya estaba muerto. De su traje habían brotado ampollas y carne convertida en fango. Lo que quedaba de su rostro indicaba que había muerto de la impresión. Pero Howard le seguía gritando inconscientemente, ignorando que su alma había huido de su cuerpo. El autor bramaba, mientras se quemaba lentamente.


—Vosotros habéis creado máquinas que hablan, Josh, que hasta rivalizan con vuestro propio intelecto. Imagina que esas señales digitales que viajan por el éter fueran animales con consciencia y voluntad propia. Una dimensión tan estrecha, donde la única forma de vida posible sea ser una onda. Devánate los sesos en cavilar sus constructos y civilizaciones, sus mundo — sonrió ahora al verlos viajar entre las estrellas de Ulthar, Ooth-Nargai y Dylath-lenn.


Atravesaron con la nave en llamas las últimas capas arcillosas que les separaban del núcleo central. El mundo rojo estaba hueco. En su núcleo, una extraña esfera negra parecía un tajo en el espacio-tiempo, a través del cual se alumbraban constelaciones nunca conocidas. Pero no era el espacio, era un espacio. Era una entidad en sí misma. Los flashes cada vez más compactos les permitían ver a veces todo, a veces partes y a veces nada de la criatura que le hablaba en su mente.




—¡Imagínatelo, Josh! Imagina tener el sistema nervioso de tu cuerpo en una dimensión y tu estructura ósea en otra. Denota lo complejo que sería comprenderte e incluso mirarte. Serías horrible, deforme para los incautos que tan solo ven un prisma de lo que en ti mismo eres. Y, a la vez, serías tan hermoso. Una prodigiosa criatura proveniente de un ecosistema cuántico alternativo… Imagina viajar entre los velos de las realidades para encontrar uno de tu especie, para reproducirte, en la extraña y ambigua ritualidad que tu entidad requiera. Esperando la alineación cosmológica de 3 o de 4 universos diferentes para alcanzar la corporeidad final, sólo bajo un complejo equilibrio de naturalezas divergentes. Imagina que, a su vez, los velos que separan unas esferas de las otras están habitados por criaturas demenciales que solo ven como quien percibe un fugaz eclipse. Imagina cómo ven pasar por su mundo de lunáticas reglas el cuerpo en transición de un ente exógeno. Imagina arrastrar tras de ti en cada viaje parte de esa biología o fauna de diametralmente opuesta evolución, en grado microscópico o megalodónico. Importar sin quererlo a otros universos extraños infraseres de la zona intermedia, como quien trae un exótico insecto en la maleta después de recorrer lejanas tierras más allá del horizonte. Tantas cosas toman sentido ahora, pequeño Josh, tantas improbabilidades que ahora se abren paso por la existencia revelando los velos del más ignoto tiempo.


En el centro del planeta enano, el núcleo cambiante de formas y texturas alcanzaba su cénit de espasmódica locura, contrayendo sobre sí las membranas supra dimensionales, dejando entrever su genuino y nunca hollado rostro. Ninguna entidad existente, ni aún sus propios apócrifos hijos, habían visto la forma primigenia de la madre. Howard asió con pulsión de muerte los mandos de la nave, con los ojos cirróticos, abrasados por la alcalinidad de las ondulaciones dimensionales. Y contempló, en definitiva, el primigenio ser, a mitad camino entre idea y sustancia que alumbró la infinidad.


Era una voluptuosa esfera conformada por un bosque de costras serradas, de tal remota composición, que el solo impacto a la vista abrasaba con el fuego solar de sus contornos cualquier cerebro u órgano cognitivo capaz de procesar información. Howard gritaba hasta la afonía demencial.


—¡Sagrada claridad, santa y sagrada claridad!


La lengua en la que el ser le habló era común a todas las criaturas, unas vibraciones graves como la muerte de una vieja estrella. De poder traducirse significaría algo semejante a lo siguiente.


—Acércate, hijo mío. Acércate al conocimiento pleno y muere. Convirtiéndote tú mismo en parte de él. Yo te otorgaré la visión completa.








FIN.
Me espero a que me lo cuente Noviembre Nocturno
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