REVEL viene con REBAJAS DE VERANO y con INVIS
Ayer 11:27
#1
![]() ¡Hoooola en la carretera, shurs! 🚙💨 Llega esa época del año en la que todo el mundo busca el mejor chollo: vuelos más baratos, hoteles con descuento, sombrillas del Carrefour... y cómo no, las REBAJAS DE VERANO DE REVEL 😎⛱️ Porque si hay algo que nos gusta más que estrenar coche con todo incluido, es hacerlo pagando menos 🙌🏼🫡 Y, como sabemos que media España está preparando las vacaciones (y la otra media ya está metida en la A-3 a 40 km/h), hemos pensado en abrir un hilo para recordar esas escapadas que nunca olvidaremos... para bien o para mal 😂 🌴 Queremos leer vuestras VACACIONES MÁS LOCAS 🌴 Porque todos tenemos ESA historia. 🥳 Ese viaje que prometía relax y acabó en desenfreno.🫎 Ese GPS que decidió llevarte por una pista forestal. 🛎️ Ese hotel que en las fotos parecía Dubái y luego era Lepe. 🚙 Ese colega que dijo "yo conduzco" y acabó preguntando dónde estaba el freno de mano. 🥶 O ese coche que decidió jubilarse justo a 600 km de casa. Y como en REVEL nos encantan estas historias... 🎟️ Las mejores se llevan una INVI 🎟️ Sí, así de fácil. Y ya que estamos... Si este verano quieres preocuparte solo de elegir destino y no de si el coche llega o no... En REVEL tenemos las mejores REBAJAS DE VERANO. Pero es que, además, si vienes de Forocoches tienes doble rebaja 😎 Sin entrada. Con todo incluido. Y con un coche listo para que este verano lo recuerdes por el viaje... y no por lo que te costaron las averías 😉✅ ¡Hazte un REVEL y ambiciona unas vacaciones de las que solo tengas que contar lo bien que salieron! ¡Os leo, shurs!
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Editado: Ayer 11:47 -
Ayer 13:11
#5
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Ayer 13:35
#6
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Con una cuota gratis mas una promo de 30€ al mes por ser campeones del mundo me lo pensaba muy mucho. Pero como está actualmente no me renta mucho. Al menos una invi por si acaso me cae... |
Ayer 16:32
#10
Me he leido todo el anuncio y so lo comparti a mas shurs para que recibais mas publi. Me dais en el privao una invi?
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Ayer 16:49
#12
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Ostrás, y respecto a las vacaciones Una vez me volví a mi país natal, con el coche que teníamos ahí; - Un monguer me estampó una patineta eléctrica y me reventó el faro anterior derecho el hijo de su padre y alguna meretriz se dió a la fuga, puse denuncia pero no me volvieron a contactar.De eso años ha - La polizei me paró, me pidieron el carnet de conducir, y no sé si fue por ser de España, pero me dijeron que les salía en la bbdd como asociado a Mohammed bin Achmed, buscado por terrorismo ![]() estuvieron un buen rato investigando, hasta me pidieron mirar en la maleta (será en el maletero), pero luego me dijeron marchar He pensado que quizás querían un soborneichion.... - En una de esas, decidí recoger a un viejo autoestopista. Craso error. El puto yayo bajaba la ventanilla y gritaba "YEEEEEE" al lado de cada casa / finca donde conocía a alguien. Encima me hizo parar porque "Quería comprarle un plátano a su sobrino", y lo que hizo fue comprarse una cerveza para él, y me trajo un par de plátanos a mí ![]() Lo jodido fue que la abrió en el coche y me dejó el asiento del copiloto hecho unos zorros, el puto viejo. Luego apenas podía librarme de él, cuando iba a bajarse, empezó a contarme que no tenía a nadie y que le habían traicionado, y que le diése mi número que me iba a pagar el viaje. (por supuesto le dí uno falso) Suputamadre En fin, esto lo poco que me acuerdo. Otra menor fue que un gilipollas estaba tardando mucho en repostar, y el de atrás de la fila empezó a pitar..... y el menda que tardaba me miraba y gesticulaba a mí, que se creía que era yo quien pitaba. Jjajajaja y todo esto en el mismo verano miosDios |
Editado: Ayer 17:27 -
Hoy 00:16
#16
A ver esas invis. ![]() El día en que Madrid intentó cocerme Yo llegué a Madrid en julio con una mochila, dos camisetas y la arrogancia propia de quien ha sobrevivido varios veranos gallegos sin necesitar aire acondicionado. —Calor es calor —le dije a mi primo antes de subir al autobús—. Tampoco será para tanto. Mi primo me miró como se mira a alguien que acaba de anunciar que va a cruzar el Atlántico en una colchoneta hinchable. En Galicia, cuando hace calor, uno suda, se queja un rato y espera a que aparezca una nube. Siempre aparece alguna. Las nubes gallegas son como las señoras que vigilan desde la ventana: pueden tardar, pero al final se presentan. En Madrid no había nubes. Había cielo. Muchísimo cielo. Un cielo azul, limpio y completamente inútil. Nada más bajar del autobús sentí que alguien me había abierto la puerta de un horno industrial. El aire no refrescaba. El aire quemaba. Respirar era como chupar el secador de pelo de una peluquería. —Bueno —pensé—, será el golpe inicial. No era el golpe inicial. Era Madrid saludándome. Mi primo vivía en un quinto sin ascensor, en un piso pequeño que, según él, tenía «muy buena ventilación cruzada». La ventilación cruzada consistía en abrir dos ventanas para que el aire caliente entrase por una y saliese por la otra después de inspeccionar el salón. Subí las escaleras cargando la mochila. En el segundo piso ya estaba sudando. En el tercero empecé a arrepentirme de mis decisiones vitales. En el cuarto vi a Santiago Apóstol. En el quinto llegué convertido en una empanada al vapor. Mi primo abrió la puerta en calzoncillos, con una botella congelada pegada al pecho. —¿Qué tal el calor? —Perfecto. Muy sano. Se me están cociendo los órganos por orden alfabético. Dentro del piso había un ventilador de sobremesa. Era pequeño, antiguo y hacía un ruido parecido al de un tractor intentando arrancar bajo el agua. Mi primo lo había colocado delante del sofá y lo llamaba Manolo. —Manolo lleva con nosotros desde 2008 —me explicó—. Hay que darle un golpe aquí para que gire. Le dio una palmada y el ventilador empezó a mover la cabeza con extrema lentitud. Tardaba unos veinte segundos en ir de izquierda a derecha. Cuando por fin me llegaba el aire, recibía una ráfaga tibia de tres segundos y luego tenía que esperar otra vuelta completa. Era como compartir oxígeno con otras cinco personas. Aquella noche intenté dormir en el sofá. Primero me tumbé bocarriba. Imposible. Luego de lado. Peor. Después me quedé completamente quieto, con los brazos separados del cuerpo, intentando reducir el contacto entre mis propias carnes. A las tres de la mañana seguía despierto. El termómetro del salón marcaba treinta y cuatro grados. Manolo giraba en la oscuridad con su parsimonia habitual, repartiendo miseria de forma democrática. Cada vez que el aire pasaba por mi cara, yo abría la boca como un pez. En algún momento pensé en meterme en la nevera, pero estaba llena de cerveza, gazpacho y medio melón. Consideré sacar el melón. Luego pensé que el melón tampoco tenía culpa de nada. A la mañana siguiente salí a comprar hielo. Eran las diez y ya hacía treinta y seis grados. Vi a un señor paseando un perro diminuto. El perro caminaba por las sombras con una precisión matemática. Cada vez que la acera quedaba expuesta al sol, el animal se detenía y miraba al dueño con odio. Lo entendí perfectamente. Entré en un supermercado y fui directo a la sección de congelados. No necesitaba comprar nada. Solo quería vivir allí. Me quedé unos minutos delante de un arcón de helados, fingiendo comparar precios. Una empleada empezó a mirarme con sospecha. —¿Busca algo? —Un futuro. Compré dos bolsas de hielo, tres botellas de agua y un polo de limón que se derritió antes de llegar a la caja. Al salir, el sol me golpeó otra vez. Madrid no tenía temperatura. Tenía intención. Caminé de regreso con las bolsas de hielo abrazadas contra el pecho. A mitad de camino ya eran bolsas de agua fría. Al llegar al portal eran agua templada con ambiciones frustradas. Mi primo había tenido una idea. —Vamos a la piscina municipal. Aquello me pareció una revelación divina. Nos pusimos los bañadores y cruzamos media ciudad en metro. El vagón tenía aire acondicionado, así que durante unos minutos recuperé la fe en la tecnología y en la especie humana. La perdí al salir. En la piscina había aproximadamente toda la población de la Comunidad de Madrid. La gente ocupaba el césped, las sombras, las escaleras y probablemente el fondo de la piscina. Nos instalamos junto a una papelera porque era el único lugar libre. Cuando conseguí meterme en el agua, esperaba sentir alivio. Pero el agua estaba caliente. —Esto no es una piscina —dije—. Es un caldo. Un niño pasó nadando con unas gafas de buceo. —Mamá, el señor habla raro. —Soy gallego —le expliqué. El niño se sumergió inmediatamente, quizá por miedo. Pasamos allí la tarde. Cada vez que salía del agua, el sol me secaba en menos de un minuto. Era práctico, aunque inquietante. Al volver a casa, mi primo me preguntó si ya me estaba acostumbrando. —Sí —le dije—. Creo que ahora entiendo Madrid. —¿Ah, sí? —Claro. La gente corre tanto porque si se para, se asa. Esa noche dormimos en el suelo del salón, cada uno con una botella congelada envuelta en una camiseta. Manolo seguía girando, fiel y asmático. Antes de quedarme dormido, recibí un mensaje de mi madre. «Aquí ha refrescado. Hoy tuvimos que cerrar una ventana.» Miré el techo durante un largo rato. Después busqué en el móvil cuánto costaba adelantar el billete de vuelta. Madrid era una ciudad preciosa, llena de vida, cultura y oportunidades. Pero yo quería una nube. |
Editado: 00:19 -
Hoy 00:43
#17
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No vayáis a la Sagra hijos míos Si tenéis la mala suerte de ir por la A-42 desde Madrid con dirección a Toledo es muy posible que no tengáis más remedio que hacer una parada en la comarca de La Sagra. Adentrarse en La Sagra es una experiencia desoladora, cuasi mística, sólo comparable a la bajada de Orfeo a los infiernos. No verás nada más que kilómetros y kilómetros de campos de cultivos, porque sí, están cultivados, aunque parecen más los terrenos del mismísimo Belcebú en su retiro eterno. Estoy harto de decir que la zona norte de Toledo y Parla y sus alrededores son una zona extraña. Es un lugar raro que trasmite sensaciones raras. Pueblos llenos de urbanizaciones en medio de la nada, medio vacías, aceras sin árboles, chalets abandonados o con puertas y ventanas tapiadas junto a otros bien cuidados. Gente extraña, personas deambulando sin oficio ni beneficio, paisanos con sus Ebros sin capota y la cuba de sulfatar las viñas, fulanas de saldo que ya no son competitivas en Madrid. Páramos infinitos, cielos inmensos que te aplastan y te recuerdan que solo eres un simple mortal. Hay algo en esa tierra que perturba el alma, los que hemos estado allí lo sabemos, aunque no sepamos qué es ya que el ambiente destruye el espíritu y la tierra se alimenta de sus cuerpos. Está maldita… En La Sagra la tierra escupe a sus muertos, y los vivos parecen muertos en esas pedanías alejadas de la mano de Dios. Cobeja, Lominchar o Recas están plagados de esos aromas fatuos que vaticinan algún crimen. Por contra, Yuncos, Yunclillos, o Yuncler reflejan la endogamia local, cuyos nombres son tan parecidos, como los genes mezclados de sus habitantes. Si consigues llegar, en Esquivias solo verás casas con sucios garajes enjalbegados de gris, que antaño daban paso a los caballos y hoy en día cobijan destartalados Citroen C15 con tantos kilómetros como millas de angustia genera la Sagra. Llegado el momento de buscar algo de comer, te encontrarás con locales con muchísimos lugareños derrotados por la vida, con gorras de Caja Rural cuyo verde corporativo ha sido derroido por el tiempo. Y si aún así sigues con ganas de comer algo, el cocido de La Sagra y su pringá puede revitarlarte tras un angosto y tortuoso camino sin fin en busca de la salida de la región. Los límites geográficos de La Sagra son tan difusos como sus propios orígenes. No me atrevería a afirmar que esos pueblos fueran de La Sagra o, en menor media, que compartan rasgos definitorios de la región. ¿Qué es ser de «La Sagra» se pregunta el cansado caminante que tiene la desgracia de caer allí? ¿Dónde acaban sus límites? No hay una respuesta segura a tales preguntas pues caer en La Sagra es como entrar en el limbo cósmico del desconsuelo. Una vez que entras, sabes que estás ahí pero no sabes dónde empieza ni dónde acaba. No verás, incauto viajero de aquellas agrestes tierras, ni una sonrisa en la cara de sus habitantes, ni un niño feliz ni un anciano afable. Lo único que verás será el rostro marchito y caduco del dolor más sofocante de los que por desgracia tienen que vivir allí. No cometas el error de permanecer mucho tiempo en La Sagra, pues tu alma quizás no pueda escapar y si así lo hiciera, ya no volverías a ser el mismo. Recuerdo que durante todo un día de otoño triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé yo solo esa región singularmente lúgubre del país. Y al fin, al acercarse las sombras de la noche, vi la comarca de La Sagra en la oscuridad. No sé cómo fue pero a la primera mirada que eché invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semi-agradables por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante —la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos y los escasos troncos de árboles agostados— con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era —me detuve a pensar— lo que así me desalentaba en la contemplación de La Sagra? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Es mirar la zona en un mapa y ya te trepan todos los males, como raíces negras, cartografía maldita, como si de una impúdica auscultación de aullidos de galgos nocturnos en su última penuria se tratara… el mapa late envilecido. Decía José Antonio Primo de Rivera que los castellanos conquistaron el mundo porque no tenían otra opción, quien haya vivido en Toledo Norte sabe que esto es un dogma de fe. Es una tierra de desdicha. Desdicha mala… Siempre que hay un secuestro en Madrid, no sé el porqué pero si la cosa sale mal, el cadáver lo encuentra semienterrado en La Sagra, escarbado por unos perros de caza o en alguna antigua fábrica de ladrillos de esa maldita zona. Esa zona esta maldita. Los perros huyen espantados por el hedor a muerte y sin embargo la tierra engulle desdicha. Pide desdicha. Conejos con mixomatosis, perdices de granjas que sueltan para que escapen y en su huida mueran. Galgos famélicos, tiñosos, muertos de frío o de miedo que no paran de temblar. Estos son los tres animales que habitan esa tierra, una tierra seca que niega el agua. La antesala al infierno de Dante. Y cuando sopla el aire, el solano, que es el único aire que allí recorre los llanos, se pueden oír los lamentos de la almas de los oriundos que calladamente agonizan e impregnan el ambiente de dolor y fatigas. En verano el calor te achicharra como si del mismo infierno se tratase y en invierno castañean los dientes y el moquillo cae de la nariz. No hay mujeres guapas, solo viejas y extranjeras medio locas. No cantan los pájaros, no hay sombras de árboles porque no hay árboles, ni pájaros que se posen. Todo es desasosiego y una extraña sensación de angustia. Por la noche en verano no refresca jamas y oyes a las chicharras cantar con su monótono canto hasta volverte loco. Y los contenedores de la Maersk reciclados para vivienda con un tinajón enorme de cemento al lado para tener agua son todo un clásico. Siempre creí que yo era uno, indivisible. Pero la Sagra me desdobló, fue allí donde pude comprobar que no era uno, sino dos. Un cuerpo y un alma que formaban un conjunto. Recuerdo cómo al pisar esa maldita tierra quiso arrebatarme mi alma. Y juro por Dios que noté como se me escapaba del cuerpo y era engullida por aquel lugar. Pero la atrapé y pude mantenerla unida a mi cuerpo, no me extraña que la gente del lugar hayan perdido todos la cabeza. Esa tierra te vacía que roba el ser espiritual y mantiene el cuerpo orgánico, que deambulan por las urbanizaciones sin brillo en las miradas. Levantas el lomo, el azadón al lado y respiras y el aire te quema las entrañas de miseria y el hedor es más profundo que la mismísima náusea. Por eso su vino es tan fuerte, porque se hace con el sufrimiento de los que trabajan la tierra. Un vino con regusto a polvo, amargo, áspero al paladar, que emborracha y hace mal vino en los que lo beben. Sacando lo peor de cada uno. Es la sangre maldita del lugar, beber ese brebaje es como probar la sangre de un vampiro. Denominación de origen Méntrida. Si lo veis por ahí no lo probéis. Bueno, haced lo que queráis pero que sepáis que son las lágrimas de esa gente que vive atrapada en un universo paralelo. Una tierra yerma, estéril que aúlla de dolor, la sangre derramándose en la sementera. No lloverá en meses. Oscurece y el paisano camina entre los cipreses… ¿Quedará algún mendrugo de pan de ayer? La noche abrasa, el regreso duele. ¿Y los olivos? Siempre enfermos, siempre afectados. Solía preguntar por cortesía a los lugareños que qué tal hogaño la cosecha. Y siempre, siempre, pasaba algo al olivo. Cuando no les pica la mosca, no llueve; cuando llueve, les entra repilo; o las heladas tiran el fruto o la sequía no da rendimiento de aceite. Siempre están enfermos o afectados, son como un reflejo de sus dueños. Cuando hay mucha producción, baja el precio. Si no dan nada, sube el precio del aceite. Cuando no es granizo, es la tuberculosis del olivo. Si un año les pagan pronto la subvención, ese año los rumanos y gitanos arrasan los olivares. Siempre, siempre tiene algo malo. No he visto árbol más sufrido que los olivos de esa zona. Y con qué orgullo te cuentan sus enfermedades los agricultores, parece que están deseando que les preguntes para empezar a quejarse amargamente de su existencia. Los oriundos de La Sagra jamás te dirán lo que piensan. Para ellas decir lo que piensan es el mayor pecado que existe. Mayor que el incesto o el asesinato. Si agarras a un sagreño, lo atas a un sillón, le arrancas una muela con unas tenazas oxidadas a lo vivo y el preguntas si le duele… pues te dirá que no. El sagreño es celoso de sus pensamientos. Sin embargo si ves a dos sagreños juntándose al azar por la calle es fácil adivinar lo que se dicen el uno al otro: se mienten. Porque mentir es su deporte comarcal. No hacen sino manipular a los otros mintiéndoles para sonsacarles. «Sacar mentira por verdad» como dicen ellos. Se creen muy astutos con el forastero y no se dan cuenta de que en realidad quedan como unos cretinos. Sus relaciones humanas son antinaturales, artificiales, extrañísimas. No saben lo que es la espontaneidad, la sinceridad, el trato abierto, cercano, cálido y franco. Y ni lo quieren saber. Gente que por las tardes apuran los vinos antes de ir al puticlub de Valmojado o al del Lucio en Maqueda. Ancianos de pinta siniestra que van a misa todos los domingos. Vestidos de negro y con rostro lleno de amargura, soberbia y desesperación. Agarran los rosarios fuertemente en sus temblorosos dedos. Un consejo añadido os doy, para que veais que soy buena persona y que os aprecio. No vayáis nunca a La Sagra y si vais no paréis, y si tenéis que parar por necesidad o emergencia procurad estar lo menos posible y evitar tocar nada o relacionaros con nadie, no intentéis comprender la idiosincrasia de la gente y los motivos o razones que allí pudieran existir. Móstoles, Alcorcón, Leganés, Getafe, Parla; son el cáncer. Hay un cinturón por la zona norte de Toledo que va desde Valmojado a Ocaña, y seguramente siga más para el norte, pero yo esa zona ya no la controlo. Hablo de Illescas, Yeles, Seseña y toda la zona de La Sagra en general. Que se podría decir que es la metástasis. Un páramo inhóspito, todo lleno de chalets adosados con setos sin cortar, Renault 19 desguazados en la puerta, cada tres casas hay una a medio terminar y otra donde hay una caravana o un contenedor marítimo que sirve de vivienda. En las aceras no hay árboles, las calles son de cemento desprendido y no se ve a nadie por la calle. Uno pone malla verde del AKÍ y el otro unas lonas de publicidad para que no se vea que tiene todo el patio lleno de maleza y de mierda. En medio del secarral se levantan calles donde se supone que vive gente. ¿Pero qué clase de persona se iría a vivir en medio de un pastizal seco? Es una zona extraña, rara, es un lugar que da miedo, un lugar poblado de espíritus, de almas en pena, de gente que se esconde de algo. He visto zonas feas en mi vida, pero esa comarca siempre me ha parecido el lugar más perturbador en el que haya estado. La Sagra es una comarca maldita. Debe de ser un cruce de capas tectónicas o albergar una de las puertas del infierno, pero es un lugar que da desasosiego. Los que somos de secano cuando vemos el mar por primera vez experimentamos una sensación de insignificancia por la grandiosidad y la fuerza que transmite esa enorme masa de agua, el olor a libertad, la luz brillante que se refleja en el agua como un espejo, el rítmico sonido de las olas rompiendo con la costa. Uno se siente reconfortado y en paz con el universo. En la comarca de la Sagra cuando se visita por primera vez una siente una sensación de vacío y soledad. Desasosiego y angustia al verse rodeado de secarrales yermos salpicados por urbanizaciones inhóspitas. Un calor sofocante que hace brotar al cardo borriquero por todas partes y un frío negro, en invierno, que te llena las orejas de sabañones. Y uno se pregunta, ¿qué tipo de personas decide vivir en esta tierra maldita? Una cosa es segura, la comarca de La Sagra es un área geográfica de tal fealdad que produce miedo y compasión. Es como el trastero de una casa, un lugar sucio, lleno de trastos inservibles, todo desordenado y que se mantiene oculto a las visitas por vergüenza. Otro área maldita es la zona de Otero/El Casar de Escalona y todas las urbanizaciones infectadas de gentuza que hay a la ribera del Alberche. ¿Alguien me puede explicar qué hay de interesante en vivir en una urbanización de mierda teniendo como vecinos a ninis? Esos seres estrafalarios deprecian la belleza de cualquier lugar donde se les vea por las calles. El desierto, coño, el desierto de Arabia, es visualmente más atractivo que La Sagra.. Al desierto llega David Lean y se pone a rodar Lawrence de Arabia y es capaz de sacártelo majestuoso; a La Sagra llega David Lean a rodar algo y se pega un tiro en el paladar de la pura miseria que le invade. Por no hablar de Fuensalida: uno de esos sitios por los que uno echa de menos tener un Delorean y avisarse a sí mismo 3 minutos antes de tomar la decisión de ir allí. Fuensalida, lugar que tiene una lengua propia extrañísima que se parece a ratos vagamente al castellano pero no es castellano, no se confundan. Es una lengua infernal. En Fuensalida hay un montón de solares y casas en ruinas en el pueblo. Trazado urbanístico demencial sin centro definido. Casas que se hicieron deprisa y corriendo y se empalmaron los desagües donde primero les ocurría. Caminas por sus calles en verano y los hedores que salen de los sumideros de agua de lluvia son espantosos. También hay un montón de casas a mitad de construir que se quedaron así cuando explotó la burbuja inmobiliaria. Y otras terminadas donde no ha vivido nadie nunca o hay okupas. Mucha gente rara de los arrabales de Madrid, gentuza, traficantes de drogas a porrillo (el consumo de drogas en esa localidad es demencial). Hay un barrio en esa localidad que le llaman graciosamente «El Bron» por la cantidad de gentuza que hay (en referencia al Bronx, pero dicen «elbrón» porque no saben pronunciar). Están los «Pelones» que piden dinero a gritos siempre a la salida de misa. Fealdad absoluta. El entorno es desolador. Viñas y olivares yermos en medio de una planicie que no acaba nunca, todo seco, nada agradable donde echar la vista. Mal paisaje y peor paisanaje. Vertederos ilegales, olor de las quemas de los mismo, cementerios de neumáticos y pestazos de depuradoras. Fábricas donde se trabaja más horas de las que se debiera sin cobrar extras y sin cotizar y donde los encargados son capaces de arrojar objetos a quienes consideran que no siguen el ritmo. En tiempos había infinidad de talleres clandestino de zapatos, creo que todavía queda uno. Hedores nauseabundos por las noches de las quemas ilegales de los residuos de la fabricación de zapatos. En verano no refresca jamás, ni siquiera a las siete de la mañana. En invierno el frío es húmedo y cae como una losa sobre los cuerpos y las almas. Y cuando acaba la temporada de caza galgos, galgos famélicos abandonados por las calles. A montones. Los padres de Cervantes eran de Maqueda y su señora de Esquivias. Yo no entendí el Quijote hasta que fui a vivir a Toledo Norte. Don Quijote y Sancho no son arquetipos de nada sino la excusa argumental para ridiculizar a los tipejos con los que se iban encontrando. Tipos humanos que Cervantes conocía muy bien. Han pasado 4 siglos y siguen igual, no han cambiado nada. No vayáis a La Sagra ni a ningún lado de Toledo Norte. No vayáis. |
Hoy 00:56
#18
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Dame una invi. Viajé a Amsterdam para follar, fumar porros y comer krockets...¿te vale? |


Socio nº97

