Bailando con el diablo - Chopito´s way

dark_harley
Forjador de historias
#1
¿Qué ocurre cuando, en el clímax de tu propia historia de terror, el villano —en este caso, la villana— te ofrece un trato… y tú aceptas la mano que te tiende?

Mi nombre es Jorge, pero todos me llamaban “Chopito”.

Pero eso fue antes, en mi antigua vida. Ahora me conocen como… Tenazas.

Ahora mismo me encuentro en medio de una orgía de sangre, tumbado en el suelo del salón de una familia adinerada, luchando por respirar.

Vi está a mi lado, arrodillada, metiéndome en el agujero del pecho su propia camiseta.

–¡Tenazas! ¡Tenazas! No te duermas, por favor. Quédate conmigo, colega.

¡Qué fácil era decirlo para ella! Vi no era la que se estaba desangrando sobre una alfombra persa y viendo una proyección de su propia vida pasar ante sus ojos, sin poder hacer nada para evitarlo.
Me estaba muriendo… ¡Y para colmo me ponían cine Español!

¿Qué cómo llegamos a esta situación?

Tendría que remontarme a mis doce años y a la víspera de Todos los Santos del año 2012, la noche en que mi vida cambió por completo…

Y comencé a bailar al son que marcaba el diablo…

Literalmente.






Capítulo 1


Recibo un balonazo en la nuca, para variar.
–¡Maricón! –Grita Pedro Guzmán, el mayor cabronazo que he conocido.

Todos en el patio se parten el culo a mi costa. Hago como que no ha pasado nada y sigo comiéndome mi bocata de mortadela con aceitunas y queso de untar. Intento que me importe una mierda y casi lo consigo.

–¡Chopito, tríncame el pito!

Pedro insiste en su acoso diario. Es el líder de los soplapollas oficiales del colegio privado al que asisto. Todos le siguen, en parte porque son unos mierdas, y en parte porque carecen de personalidad propia. Eran de esos pijos que trataban de ir de quinquis de la Palmilla, pero en realidad no tenían ni media hostia.

–Eso, Chopito, ¡Dale un piquito a mi pito! –Gritó Julián Velázquez, en un alarde de ingenio.

También carecían de imaginación, desde luego.

Terminé mi bocata y me alejé lo máximo posible de su alcance. Estaban jugando al futbol, lo único que los pijos engreídos del colegio encontraban más fascinante, interesante y divertido que acosarme.
Odiaba mi vida, odiaba el colegio privado al que asistía, en el que se impartía también la educación Secundaria. Odiaba la gente en general. A los profesores, al alumnado y sobretodo, odiaba el oficio de mi padre.

Pero no me malinterpretéis, amo a mi familia y el sentimiento es mutuo, creo.
Mi padre era propietario de una empresa de distribución de marisco y pescado por media España. Si, surtía de calamares a la comunidad de Madrid, de donde salían los famosos bocatas de calamares.
Como mi padre movía chopos –Como los llamamos aquí a los calamares– era inevitable que me apodasen “Chopito”.

Mi señor padre viene de un hogar muy humilde, de familia de pescadores. Aunque él gane lo suficiente como para enterrar en billetes a todos los padres de los payasos estos… para los pijos insufribles estos… mi padre era el “pescadero”.

Como os podéis imaginar… mi vida era un infierno constante.

A la salida, regresé andando. Vivo en una urbanización de El Limonar, en Parque Clavero. Es una urbanización cerrada, con portero y chalets de dos plantas, con garaje, sótano y desván. Con piscina privada y patio trasero. Todo muy elitista y caro.

Pero incluso ahí dentro, me siguen tocando los cojones, muy al estilo de los pijos-quinquis.
Me encontré con Guzmán y los suyos. Al verme venir, comenzaron las risitas y los codazos, anticipándose a la diversión. Los ignoré.

–Eh, Chopito, ¿Esta tu madre en casa? ¡Necesito que le limpien el sable un poquito, Chopito!
–¡Una de calamares por aquí, Chopito!
–Jaja, ¡Maricón! –Eduardo Villalobos era un poco homófobo y de “Maricón” no solía salirse.

Traté de seguir mi camino pero se interpusieron en él. Pedro, como siempre, a la cabeza.

–¿A dónde vas, Chopito?
–¿A dónde más podría ir?
–¿Me estás vacilando, Chopito? –Frunció el ceño.

–No… no. Solo digo que es más que obvio que voy a mi casa. Somos vecinos.
–No te he preguntado eso, Chopito. Te he preguntado que a dónde vas, Chopito.

Sus coleguitas le reían la gracia.

A Follarme a tu madre, que ella no me cobra” me hubiese gustado decirle, pero no tenía lo que hacía falta. Me podía dar con un canto en los dientes si sólo me decían en bucle “Chopito” y no me hacían nada más.
Al ver que no le seguía el juego, se mosqueó.

–Contesta, Chopito, joder. No me hagas parecer que soy retrasado o algo.
–Voy a mi casa...
–¡Po llévate esta! –Y se agarró el paquete con ambas manos.

Todos rieron como chimpancés. Aquello les parecía el súmmum de la comedia, cuando ese tipo de cosas hacían gracia con 4 años. Espere paciente a que terminaran de reír y comentar la jugada.

–¿Puedo irme ya?

Aquello les cortó la risa de golpe. Mal asunto.

–No… no puedes irte, pescadero. Como te dije antes, Chopito, de aquí no te vas hasta que me trinques el pito.

Hablaba en serio.

Pero entonces, cuando me veía entre la espada y la pared apareció mi ángel salvador: Vi.
Violeta, más conocida por todos como Vi, entró en escena como un Deus Ex Maquina.

–¿Qué te trinque el qué, pedrito?

Caminaba con el desparpajo que la caracterizaba, meneando las caderas y pisando fuerte. Se encaró con Pedro Guzmán, al que sacaba una cabeza completa. Vi tenía diecinueve años. Pedro tenía trece, al igual que el resto.

–¿Q-qué te pasa a ti? –Pedro tartamudeó, muy a su pesar.

Vi era intimidantemente guapa, esbelta y sus numerosos piercing denotaban que no era una chica sumisa.

–Que me digas que qué quieres, que mi amigo Jorge, te trinque.
–¿A ti que te importa, tía? No es asunto tuyo, esto es entre hombres.

Vi rió. Su risa era como un río bravo: Alegre, fuerte y si te descuidas, como me pasaba a mí, te arrastraba río abajo.

–Y tanto que es entre hombres. Un hombre que le pide a otro que le trinque el rabo es muy gay, ¿Sabes?

Los propios colegas de Pedro no pudieron evitar reírse. Se escuchó un “Uuuuh. ¡Nove lo qué ta´dishoooo!”. Le había dado en toda la jeta, y Pedro estaba poniéndole colorado.

–Oye… ¿Qué insinúas, eh, Vi? ¿Me estás llamado marica?
–¿Yo? Yo no te he llamado nada. Tú actúas como un gay. Yo solo te lo señalo, campeón.
–Te puedo demostrar lo contrario, puta: Esta noche en mi cama.

A Vi le cambió el rostro. Paso de la risa a ponerse muy seria. Sacó del bolsillo su fiel navaja. Todos habían visto a Vi hurgarse las uñas con el filo de aquel cuchillo innumerables veces. Pedro tragó saliva.

–Escúchame bien, medio mierda. Como vuelvas a molestar a Jorge… ¡Te pincho un huevo!

Y escudriño el aire con la hoja rápidamente, para darle peso a su amenaza.
Pedro se quedó lívido.

–¿Te ha quedado clarito, –Dijo Vi muy lentamente, alzando las cejas al ritmo de las sílabas– Pedrito?

Asintió, cagado de miedo.

–Pues… ¡Aire!

Huyeron todos en desbandada. Vi me miró y se clavó el puñal en el vientre y lo sacó. La hoja era retráctil. Era una navaja de pega, de puro attrezzo. Me guiñó el ojo cómplice. Me sacó una gran sonrisa.

Vi era la puta ama para mí. Y lo mejor –o lo peor, según se mire–: Era mi niñera.

Sé lo que estáis pensando: ¿Tienes niñera con doce añazos, colega? Pues sí.

Mis padres viajaban mucho y me dejaban solo muchas veces. Podrían dejarme solo, a mi aire… pero mis padres eran demasiado sobreprotectores y no se fían de mí un pelo. Creían firmemente que debería tener niñera hasta los dieciocho mínimo.

A mí, lejos de molestarme, estaba encantado. Vi era mi mejor amiga. Nos lo pasábamos genial juntos.



–¿Te llevo a casa?

Nos montamos en su Mustang, color Fanta naranja, como ella suele llamarlo. Vivía al final de la urbanización y estaba un poco lejos andando.

–¿Tus padres se iban hoy, no?
–Sí, van a un retiro en Marbella. Hotelito, Spa y seguramente echen un polvo o dos… los que no pueden estando yo en casa.
–Jajaja. ¿Qué pasa? ¿Les cortas el rollo a tus viejos o qué, Jorgito?
–Creo que se van a divorciar…
–Venga, no digas eso Jota Jota.

Vi a veces me llamaba Jota Jota por mis iniciales: Jorge Jiménez. Era su forma de hablarme en serio.

–Siento que les estorbo, Vi. Discuten mucho… y casi siempre por mí.
–Aysssss –Vi me revuelve el pelo de esa forma que me hace sentir especial y querido, visible– Eso no quiere decir que se vayan a separar ni a divorciar ni nada.

–Creo que se van tanto de viaje para poder perderme de vista y darle un respiro a su matrimonio, Vi.
–Bueno, Jota Jota. Por un lado me beneficia. Si tus padres dejasen de viajar tanto… mis ingresos caerían en picado, y no lo puedo permitir.

Me volvió a guiñar el ojo, sacándome una sonrisa. Vi sabía cómo quitarme los malos rollos de encima. Me quedé mirándola.

Vi era morena, con el pelo muy rizado y sus ojos eran tan verdes como el mar en calma, pero cuando se enfadaba, se tornaban tan verdes cuando en el mar hay tormenta. Era y sigue siendo guapa a rabiar, no hay más.

Y tenía un cuerpo espectacular. Y su forma de vestir acentuaba más esa aura de femme fatale que le sentaba como un guante: Usaba chupa de cuero negra llena de cremalleras. Tenía diferentes piercing repartidos por su cara y orejas, y uno en el ombligo, que siempre llevaba al aire. Camisetas de grupos de rock y Heavy metal. Vaqueros ajados y con las rodillas rajadas y botas militares. Y siempre en el bolsillo su fiel estilete.

Nunca le faltaba un rosario negro al cuello.

La conocí hacía ya un par de años. Vi se mudó a Parque Clavero con su familia, en mi misma urbanización, aunque en la otra punta. Se ganó el afecto y el cariño de mis padres en tiempo record.

Vi se paseaba por todo el barrio, saludando y presentándose. Coincidió con mis padres en el centro comercial, casi por casualidad. Les comento que estaba estudiando filosofía en la universidad de El Ejido, y que buscaba trabajo ocasional como niñera/canguro, para sacarse un dinerillo extra para sus cosas.

A mis padres se les iluminaron los ojos. Ellos tenían a un crio problemático y ella buscaba a quien cuidar por unos billetes. “Es perfecto”, le dijeron a Vi, y aquel mismo fin de semana estaba en mi casa, cuidándome.

Yo estaba mosqueado. “No necesito una niñera, Papá” le decía una y otra vez, pero a mis padres les sudaba los genitales lo que estimase oportuno necesitar o no. El orientador del colegio privado les había dicho a mis padres que era insociable, no quería colaborar con otros compañeros y que provocaba incidentes sin parar.

Para colmo, no tenía un puñetero amigo. Prefería la soledad, internet y mis comics, series y animes. Mi mejor amigo era mi Xbox. Con todo eso no necesitaba a nadie.

Tampoco es que encajase en mi entorno. Mis pasatiempos y hobbys eran considerados de “frikis y raritos”. Odiaba jugar al futbol y en general cualquier actividad física que supusiese sudar.

El que me hiciesen el vacío, que me hiciesen putaditas y bullying en general era visto por el orientador del centro como que el problema era yo y no la maná de hijos de puta que me acosaban.

Y mis padres… bueno, estaban muy ocupados como para sentarse a hablar conmigo y conocer mi propia versión. Era problemático, sin más. Temían que me volviese loco de atar o algo por el estilo, le cogiese el rifle de caza o el revolver de su despacho, entrase al colegio pegando tiros como un lunático. Idea, supongo, que extrajeron de cuando descubrieron que tenía un ejemplar de “El Guardián entre el Centeno”.

Hubo una bronca espectacular aquel día en casa. Mi madre ya me había confiscado, con ocho años, “El señor de las moscas” y “Rabia” de Stephen King. Me llevaron al psicólogo y básicamente les echó la bronca a mis padres. Le dijo que era un niño inusualmente inteligente y curioso, analítico y bastante más cuerdo que ellos.

Obviamente lo mandaron al carajo y me llevaron a una miríada de personajes hasta hallar uno que les diese a ellos la razón. Total, que no se fiaban de mí ni un pelo.

Y allí la tenía, a una jovencísima Vi en mi salón, y yo enfurruñado. Pero Vi supo ganarse mi afecto en cuestión de minutos. Se paseó por la estancia, hasta que vio algo que llamó su atención. Era el DVD de “Leon el profesional”.

–¡Guau! Tenéis Leon El profesional. Me encanta esta peli, Natalie Portman se luce y eso que fue su debut… ¡Con doce años!
–¿Quieres… que la veamos juntos?

Me miró con una amplia sonrisa y me guiñó el ojo.

–Tú mandas, jefe. Así da gusto currar, jeje.

Vi era toda una frikaza. Vimos aquel fin de semana todas nuestras pelis favoritas, comentando escenas y datos curiosos. Fue el primer amigo que hice.

No sé exactamente el momento en qué ocurrió. Supongo que fue el inicio de la pubertad o que “el roce hace el cariño”, el caso es que empecé a enamorarme hasta quedar colgadísimo de ella.



Capítulo 2


–Sofi, cariño, ¿has visto mis bermudas?

La voz llegaba desde el piso de arriba. Mi madre, exasperada, ponía los ojos en blanco y luego le sonríe a Vi.

–¿Te puedes creer? Quiere llevarse esas bermudas horrorosas al Spa. Voy a ser la envidia de todas las señoras…
–Mírelo por el lado bueno… Al menos no le intentarán quitar al marido. Quédese tranquila.

Mi madre se ríe. Tiene ya las maletas preparadas en la puerta mientras mi padre seguía dando vueltas como un pollo sin cabeza, buscando sus malditas bermudas. Lo que él no sabía, es que mi madre se las había tirado a la basura hacía dos meses.

–¡Venga, Eugenio, que vamos con el tiempo justo! ¡Baja ya! –Luego se dirigió a Vi– Bueno, ya sabes, Vi, cualquier cosa, nos llamas.
–No se preocupe, Sofía. Jorge y yo lo pasaremos en grande, tanto, que no habrá tiempo para crear problemas.

Me guiñó el ojo, de esa forma que me desarma por dentro.
Mi padre bajó, apurado y algo fastidiado por no encontrar su prenda favorita.

–Jajaja, no lo paséis demasiado bien tampoco, ¿Eh?
–A la cama a las nueve y media, ¿Eh?
–¡Mamá...! –Protesté con teatralidad. Era parte de las negociaciones entre ambos, ella decía una hora, yo lloraba un poquito y ella la ampliaba media hora más. Lo mismo cada fin de semana que se piraban por ahí.

–Vale, A las diez y ni un minuto más.

–Por supuesto, Sofía. Este angelito estará en el sobre a las diez en punto. –Vi me revuelvió el pelo enérgicamente.

Mis padres respiraron aliviados. Confiaban plenamente en ella. Tras despedirse, se marcharon, dejándonos a solas.

–Bien, colega: ¡Show Time!

Lo primero que hicimos fue ver, de nuevo, Akira. A todo volumen y en versión original. Las paredes del chalet retumban con la banda sonora. Los bombos resonaban en mi caja torácica de una forma que me producía un extraño placer.

Luego recreamos la mítica escena en Mustafar, de Star Wars, episodio III. Pusimos la cinta en la tele, bien fuerte, para que pudiésemos recrearla fielmente. Estábamos en el piso superior.
Vi hacía de Obi Wan Kenobi, yo de Anakin. Dábamos saltos, chocando nuestros sables de luz –Con cuidado, claro. Eran replicas que guardaba con cariño– y repitiendo los diálogos, mientras luchábamos por toda la casa.

Anakin estrangula a Padme usando la fuerza.
–¡Suéltala, Anakin!

Padme: – Anakin…

–¡Te he dicho que la sueltes! –Vi hacía de puta madre de Obi Wan.
–¡Tú la has vuelto contra mí! –No era por tirarme flores, pero Anakin me salía mejor que al mismísimo Hayden Christensen

–Eso es algo que has hecho tú mismo
–¡No vas a arrebatármela!

–Tu ira, y tus ansias de poder ya lo han conseguido. Has permitido que ese Lord Tenebroso corrompa tu mente y ahora… ahora te has convertido en lo que precisamente juraste destruir.
–Ahórrate el sermón, Obi-Wan. Conozco todas las mentiras de los jedi. No tengo miedo al Lado Oscuro como tú. ¡He traído la paz, la libertad, la justicia… y la seguridad a mi nuevo Imperio!
–¿Tu nuevo Imperio?

–No me obligues a matarte
–Anakin, yo le debo lealtad a la República, ¡a la Democracia!
–Si no estás conmigo, eres mi enemigo
–Sólo un sith es tan extremista. Cumpliré con mi deber
–Lo intentarás…

Comenzamos a luchar por toda la casa, tratando de emular lo mejor posible la escena original que se reproducía abajo, en el salón.

–Te he fallado, Anakin, te he fallado.
–¡Debí intuir que los jedi intentarían hacerse con el poder!
–¡Anakin, el Canciller Palpatine es el mal!
–¡Desde mi punto de vista, los jedi son el mal!
–¡Ya estás perdido!
–Éste es tu final, mi Maestro
–¡Se acabó, Anakin, la altura me da ventaja!
–¡No oses despreciar mi poder!
–No lo intentes...

Di un salto, que en mi mente parecía espectacular, y Vi me mutiló con su sable laser, dándole fin a nuestro duelo.


–¡Tú eras el Elegido! ¡El que destruiría los sith, no el que se uniría a ellos! ¡El que vendría a traer el equilibrio a la Fuerza, no a hundirla en la Oscuridad!
– ¡¡TE ODIOOOO!!
–Tú eras mi hermano, Anakin. Yo te quería.

Simplemente espectacular.

Estábamos cansados y sudorosos, pero contentos. Pedimos una pizza para cenar. Nos pusimos “El padrino, segunda parte” mientras esperábamos la comida.

Tras una cena llena de risas y filosofía, nos pusimos un rato a la Xbox. Vi solía, como la que no quería la cosa, meter parrafadas filosóficas en nuestras conversaciones. Hacía comentarios sobre las piezas de ficción que consumíamos. Me hacía preguntas cargadas de intención, poniéndome a prueba. Casi siempre lograba impresionarla con mis razonamientos.

A las diez menos cuarto, Vi soltó el mando.

–Bueno, Jota Jota… hora de ir a planchar la oreja, colega.
–Venga, Vi… un rato más, porfa.
–Ah-ha. De eso nada, le hice una promesa a tu madre… y la cumpliré.

Me revolvió el pelo como siempre.

–Venga, enróllate, porfa, Vi… Déjame quedarme media hora más o así, mi madre no se enterará.
–Cuando pagues tú… mandarás tú, colega.

La miré con media sonrisa.

–¿Eso no te haría, técnicamente, una prostituta?

Me miró alzando una ceja.

–¿Perdona? ¿Me estás llamando puta, Jorgito?
–Mis padres pagan a una chica guapa para que me haga compañía… Y no te llamo nada, tan solo señalo que esta dinámica, salvo por el sexo, sería técnicamente la misma que de la prostitución.

Vi me aguantó la mirada unos segundos, luego puso cara de horror fingido.

–¡Oh, Dios mío, tienes razón! –Se echó a reír, y no pude menos que reírme con ella– ¡Eres diabólicamente retorcido para la edad que tienes, mocosillo!

Me dio un pequeño pellizco en el moflete, tratando aun de recuperar el aliento.

–Que sepas que llamándome guapa no vas a lograr que me ablande, Jota Jota.
–¿No ha funcionado?
–A lo tonto a lo tonto… has arañado algunos minutos al reloj… ¡A la cama, colega! Mira, como acto de buena fe, te voy a dar un chupito. ¿Qué me dices?
–¡Claro!

Odiaba el alcohol. Una vez le pegué un lingotazo a la botella de Whiskey que mi padre escondía en su despacho. Fue horroroso, la sensación de quemazón en la garganta me marcó para siempre. Era como si hubiese bebido lava del planeta Mustafar. Pero lo que fuese por estar un rato más con Vi.
Fue a la cocina y me quedé allí. Salió al cabo de un par de minutos, con un vaso de chupito y un licor ambarino en su interior.

–Toma, colega. Ya sabes: to pa´entro.

Tomé el vasito con mis manos y la miré, indeciso. Me hizo un gesto con las cejas que quería decir “¿Esperas invitación?

–¿No… No me acompañas?
–¡Claro! Un momento….

Regresó a la cocina. Tiré inmediatamente el contenido del chupito en la maceta del salón. No pensaba beberme eso, desde luego. Cuando Vi regresó, con otro chupito en la mano, fingí que acababa de beberlo, tosiendo exageradamente.

–¡No me has esperado! –Meneó la cabeza, decepcionada– Pues nada. ¡Qué aproveche!
Inclinó la cabeza y se tomó el chupito de golpe.

–Venga, a la cama.

Subimos arriba, a mi habitación. Me metí en la cama, tras lavarme los dientes y las manos. Vi se aseguró de todo estuviese en orden. Cerró la ventana y apagó las luces.

–Que descanses, Colega. Mañana más y mejor.

Me guiño el ojo. Bostecé, como si realmente tuviese sueño.

–Hasta mañana, Vi.

Cerró la puerta, despacio.


Capítulo 3


Me quedé despierto, por supuesto. Saqué el portátil y me puse a navegar por ahí. Me metí en un conocido foro de coches de España, a trolear a los primos. Abría hilos absurdos que se llenaban de señores de cuarenta que discutían con un crío de doce sin saberlo. Me reía bajito y me lo pasaba bien, pero pronto me aburrí.

Me puse a pensar en Vi.

Creía que tenía novio o algo así. La había visto varias veces por el barrio, con su Mustang y sus colegas. Vi iba a la universidad de el Ejido, casi a un tiro de piedra en coche. Era muy popular y la verdad es que no me extrañaba.

Últimamente la había visto en actitud cariñosa con un chico de su quinta. Era un tipo flacucho, con gafas gruesas, peinado de panoli y vestía como si su madre todavía le comprase la ropa. Vamos, un calco de mí mismo. Sentía como las tripas se me torcían cuando los veía en el parque y ella apoyaba, riendo, la cabeza en su hombro.

Aquello era un sentimiento nuevo que acababa de descubrir, y por lo visto, muy desagradable. Vi era mi chica y punto. Algo me empujaba a ir para allá, plantarme frente aquel tipo que me sacaría como siete u ocho años y decirle “Es mi chica. Me la llevo”, en plan Johnny Castle en Dirty Dancing. Era la película favorita de Vi, como la de todas las chicas de este cochino país.

Me hubiese encantado hacerlo, porque sabía que aquel mentecato no pillaría la referencia, pero Vi sí, y me sonreiría como solo ella sabe hacerlo… pero no tenía cojones. Solo era el crío al que ella cuidaba a cambio de dinero. Y él… bueno, era más mayor.

Lo único que me consolaba era que su supuesto novio era muy parecido a mí. Eso me daba esperanzas. Acababa de comenzar la pubertad, y a aparte de cambiarme la voz, hacer que me crezcan pelos en los huevos –Y que me crezcan, sea dicho de paso– haría que mi cuerpo mutase, para bien. Me habían dicho en clases que aparte de las molestias varias que empezaba a experimentar, mis músculos se desarrollarían.

Estaba comenzando a experimentar cambios de humor, sentimientos y emociones que hasta hace un año eran totalmente desconocidas para mí. Ahora suspiraba porque los abrazos de Vi durasen un poco más. Fantaseaba con rodear a Vi entre mis hercúleos brazos, cuando creciese y que fuese ella la que suspirase por mí.

Podía esperar un par de años más. Lo bueno de que mis padres fuesen unos paranoicos… es que mantendrían a Vi a mi lado hasta los dieciocho. ¿Quién sabe lo que podría pasar entonces?

¡Todo un fin de semana con ella y yo ya siendo todo un machote!

Y en medio de mis fantasías pubertas, comenzó a escucharse algo de jaleo en la planta de abajo. Me levanté de la cama y abrí la puerta de mi habitación sin hacer ruido.

Me asomo a ver. Vi había traído a sus amigos a mi casa. No me extrañaba lo más mínimo. Era de conocimiento general que las niñeras metiesen a sus novios en las casa de los niños que cuidaban, cuando ya estaban acostados, para darse el lote. Salía en todas las pelis americanas.

Y aquí les comemos los huevos a los gringos. ¿Por qué no habría de hacerlo Vi también?
En mi salón estaban los tipos de siempre que iban con Vi:

Eduardo: Un joven muy bien desarrollado, con Beca deportiva. Practicaba Lucha grecorromana. Mi madre suspiraba cada vez que pasaba cerca.

Lorenzo: El típico pijo emo que iba de alternativo. No se consideraba “Emo”, decía que su estilo se denominaba “Visual”, pero a mí me parecía un moñas. Llevaba el flequillo largo, planchado y teñido de rojo, ropas negras de grupos japoneses y todos los accesorios conjuntados.






Maricarmen: Niña bien que iba de mosquita muerta, pero se rumoreaba que era “más puta que las gallinas, que aprendieron a nadar para follarse a los patos”. Frase que le había escuchado decir a mi padre cuando le daba al moyate con sus empleados y colegas.





Estefanía: Hembra de bandera, como decía mi abuelo. Una mujerona morena de aquí te espero: Guapa –A mi Vi me parecía mil veces más guapa–, sexy y con buen cuerpo, y lo sabía perfectamente. Vestía de forma provocativa y siempre tenía una legión de babosos detrás.




Perico: Un tipo regordete, peruano y que tenía una extraña fijación por AC/DC. Llevaba unas greñas y una boina SIEMPRE, como si se creyese Bon Scott.





Y por supuesto el tipejo nuevo, el canijo con pinta de Nerd.

Estaban sentados al estilo indio, en el salón, jugando a la botella. Yo estaba escondido entre los barrotes del primer piso y tenía una vista privilegiada de todo.

Había risitas y besos, algunos entre chicos, con caras de asco y dándose valor a base de lingotazos de ron. Y entre chicas, muy celebrados por los chicos.
Vi le dio un beso de tornillo a Estefanía, lento, suave y casi cinematográfico. Sentía como la boca se me secaba y la sangre me subía al rostro.
La botella rodaba, las risitas y los grititos contenidos, entre rezos y plegarias. Se lo estaban pasando en grande, fumando y bebiendo.

Hasta que le tocó a Vi besar al chico nuevo. Hasta aquel momento sólo había estado observado, entre incómodo y excitado.

–¡Te toca, Javier! Por fin vas a catar hembra, compadre –Gritó eufórico Eduardo, dando una palmada.
–Yo… Yo… no sé si quiero… m-mejor lo dejamos. –Dijo tartamudeando y poniéndose de pie.

Vi se levantó, despacio. El resto le abucheaba, de buen rollito. Trataban de animar al tal Javier.

–En… en serio… no… no puedo…

Vi se acercó, con cuidado, vulnerable.

–¿No te gusto, Javi? –Su voz era un arrullo apenas audible, mirándole desde abajo.

Estaba arrebatadora. Me debatía entre los celos y el alivio. Vi se le acercó más, con los labios entreabiertos. Parecía ansiar besarle.

–N-no es eso, Vi… es que… no te conozco apenas…
–¿No crees que sería una buena forma de conocernos… con un beso?

Le quitó las gafas con cuidado a Javier. El tipo temblaba y algo me decía que tenía también ganas de besarla y yo sentía un nudo en los intestinos, pero no podía dejar de mirar.

–Bu-ueno… no sé… pu-uede…

Vi se puso de puntillas para darle un beso en los labios… despacio, uniendo sus labios apenas inmóviles. El tal Javier cerró los ojos.
Y entonces ocurrió.

Vi le clavó un par de puñales en el cuello, uno en cada lado. Javier abrió los ojos de golpe, muy abiertos, abriendo la boca en una O muda.

No podía gritar ni aunque lo quisiese. Vi le había atravesado la laringe y la faringe, evitando que el aire saliese. Imagino que sus cuerdas vocales no estarían tampoco intactas.

–Venga, chicos. Preparados.

Maricarmen y Estefanía llegaron con un par de Cálices de plata en las manos. Eduardo sostuvo a Javier, aprisionándole los brazos y sujetándolo firmemente. Javier daba espasmos, pero Eduardo lo contenía sin problemas.

Vi retiró los puñales y salieron dos gruesos chorros de sangre oscura y espesa, que ambas chicas recogieron con cuidado, hasta llenar los cálices.










Cuando ya estaban colmados, los retiraron. Eduardo arrastró a Javier, ya inerte, hasta la cocina, dejando un reguero de sangre.

Yo estaba en shock, agarrado a los barrotes. El corazón me iba a mil por hora. Sudaba a mares.
Vi sacó un viejo libro, muy antiguo, y lo colocó sobre la mesa del salón. Previamente había sido despejada por Perico y Lorenzo.

–jeje, tengo unas ganas ya de ver al diablo que lo flipas… –Lorenzo estaba eufórico.
–Pues anda que yo…–Perico no hablaba demasiado.
–Venga, no os distraigáis ahora.

Las chicas pusieron los cálices sobre la mesa, despacio, uno a cada lado del libro abierto, cuyas páginas ajadas y amarillentas pasaba Vi con cuidado.

Lorenzo quiso tocar el libro, pero Vi le dio un tortazo.

–No lo toquéis, es muy frágil y delicado. Limitaos a lo que os ordene.

Vi parecía otra. No había rastro de su actitud dicharachera de siempre. Era fría, distante y mandona. El resto obedecían sumisos.
Cuando ya tenía la página que deseaba abierta, se dirigió a los suyos.

–Hay que verter la sangre del sacrificio mezclada con la del inocente sobre estas páginas, mientras se recitan las palabras aquí escritas.
–Oh Dios… que subidón… ¡Sí! –Eduardo era quien mejor se lo estaba pasando, desde luego– ¡Wu!
–Ahora ¡A por la sangre del virgen!
–¿Dónde está? –Preguntó Lorenzo.
–Arriba, durmiendo.

Pegué un salto de forma involuntaria. ¡Yo era parte de aquel jodido ritual!

–¿No se despertará?
–No os preocupéis, le he dado Zopliclona, no se despertará hasta mañana. Vamos.

Me obligué a reaccionar. Iban a subir en tropel a mi habitación en cualquier momento. Me levanté de un saltó y corrí a mi habitación, cerré con cuidado, con el corazón latiendo desbocado en mi pecho.
Estaba nerviosísimo. No sabía qué hacer. Fui directo a la ventana y la abrí, asomándome. Estaba demasiado alto como para saltar por ella.

Mi cabeza se llenaba con toda clase de ideas locas. La más suicida era la clásica de usar las sabanas para improvisar una cuerda y tirarla por la ventana para deslizarme por ella y llegar al suelo. Me puse los tenis, no iba a correr descalzo por ahí.

El tiempo apremiaba. Cogí dos sabanas del cajón y las até juntas, probé si era suficiente. No llegaban ni a la mitad de lo que consideraba seguro. Me cagué en todo. Recogí, angustiado. Escuchaba como se acercaban. Metí el intento de soga debajo de la cama de una patada.
Me metí en la cama, corriendo, y me tapé, haciéndome el dormido. Entraron todos, con cuidado, pero hablando en voz normal.

–¿Este es el virgen? –Dijo Maricarmen, sentándose en mi cama. Tenía los ojos cerrados, y tratando de respirar a un ritmo uniforme.

Maricarmen me acarició el rostro con una mano, de forma casi etérea.

–Que mono… seguro que cuando sea un poco más mayor será guapísimo.

Estefanía se acercó también.

–Es lindo, como todos los críos. –Dijo con cierto aire maternal.
–Venga, dejadle. Saquémosle sangre, no tenemos toda la noche.

Pude escuchar como Vi sacaba una cajita metálica. Por el sonido deduje que era una jeringuilla hipodérmica reutilizable, de las buenas. Como las que antes usaban los practicantes.

Con cuidado, me extendieron el brazo izquierdo, aplicándome un algodoncito con alcohol. Sentí como la aguja atravesaba mi piel en busca de la vena. La mano que operaba era experta, la encontró a la primera. Tras unos diez segundos, la aguja fue retirada.

–Listo. Ya tenemos la sangre. Estefanía, ponle una tirita.
–Sí.
–Venga, todos fuera. Sigamos con el ritual.

Pude sentir como todos abandonaban mi cuarto. Vi se sentó en la cama, acariciándome la frente, apartándome el pelo.

–Que descanses, colega.

Vi se levantó y se marchó. Conté, despacio, hasta ciento veinte. Le di dos minutos completos a que Vi se fuese definitivamente y ya estuviese abajo, con el resto.
Me levanté de un salto e intenté reanudar el anudamiento de la soga que me salvaría la vida. Saqué otro par de sabanas que mi madre guardaba en los cajones de abajo.

–¿Qué haces despierto, Jota Jota?

Di un brinco involuntario. Me giré.

Vi está ahí, detrás de mí, con los brazos en jarras.

–Tenía que ir al baño a… ya sabes, el número dos…
–Ajam…

Se acercó a mí, como siempre. Volvía a ser la Vi de siempre, pero ahora comprendía que esa fachada era solo un disfraz.

–Pobrecito, te ha sentado mal la pizza… –Continuó acercándose, lentamente– La verdad es que a mí también. La próxima vez cambiaremos de pizzería, no te preocupes. Ten, tengo aquí una medicina que te aliviará…

Sacó un blíster, arrugado, de pastillas de su bolsillo trasero. Sacó una y me la ofreció.

–Toma. Trágatela y acuéstate de nuevo, Jorgito.

Di un paso atrás... tropezando con mi cama y sentándome. Vi se aproximó, cogiéndome la mano y depositando el comprimido en ella. Sabía que era la Zoplicona esa que mencionó antes. Me dijo, con su mejor voz impostada:

–Venga, cuanto antes te la tomes, antes te hará efecto.

Me miraba, expectante. Mi mente era un avispero en busca de una salida.

–¿No… No me vas a dar agua pasa pasarla?
–Bah, eres un machote, colega. Trágatela a pelo.
–Porfa, Vi… tráeme agua…

Una sombra cruza por los ojos de Vi. Estaba muy seria.

–Jorge: trágate la pastilla.

Tocaba improvisar, pues.

–Uuh, uh –Frotándome el vientre, fingiendo mejoría de una supuesta indigestión– Creo que ya estoy mucho mejor, jeje. No me hace falta tomar nada, muchas gracias, Vi…

Mi actuación no la convencía, y no era de extrañar. Esto no iba de indigestiones, lo sabía ella y lo sabía yo. Vi volvió a insistir. Siguió siendo amable, pero su tono de voz era escalofriante.

–To-ma-te la pas-ti-lla.
–Pero…
–¡Ahora! Y duérmete, Jota Jota.
–¡No quiero!

Vi suspiró, cansada. Sonando como si una tonelada de décadas pesase sobre ella.

–¿Me vas a obligar a hacértela tragar por la fuerza, colega? Jorge, no te lo voy a pedir más veces por las buenas: Toma la puta pastilla, metete de nuevo en la cama y duérmete. No me iré hasta que esté segura de que estás dormido, venga.

Me miraba a los ojos con intensidad. Era la Vi autentica, la fría, analítica, mandona y asesina.

–V-vale…

Hice como que iba a tragarme el comprimido, metiéndomelo en la boca… y se la escupí, junto a una buena cantidad de saliva, en la cara a Vi. La reacción era la esperada: Vi se echó atrás, de forma instintiva, llevándose las manos a los ojos.

–Pero que hijo de pu…

Raudo como un relámpago, me levanté de la cama y eché a correr. Mi destino era el despacho de mi padre, en la planta de abajo. Allí había un armario con armas para caza mayor y menor, sus cuchillos monteros y el revolver de mi difunto bisabuelo.

Salí al pasillo, y bajé las escaleras. Vi me pisaba los talones, gritando.

–¡El virgen está despierto y escapa! ¡COGEDLE!

Sus gritos alertaron a sus amigos, que estaban distraídos cada uno con sus tonterías. A una, todos me miraron, girando sus cuellos al unísono. No tenía tiempo para gilipolleces: tenía que armarme: Seis contra uno. Tipos adultos contra un crío de doce. Sin una pipa o similar no tenía ni media oportunidad.
Antes de poder llegar, Eduardo me atrapó. Me levantó en el aire, riendo y sin esfuerzo.

–¿A dónde crees que vas, chaval?
–Suéltame, medio mierda.

Eduardo rió ante el insulto que había escuchado de boca Vi aquel mismo día. Me llevó hasta el salón. Vi bajó las escaleras, tranquila, como si no hubiese pasado nada.

Eduardo me soltó. Me clavó al suelo, sosteniéndome por los hombros. Vi se acercó a mí. No hay rastro del cadáver ni de la estela sangrienta. Supuse que debieron limpiar a fondo mientras estaba arriba.

–Jorgito, ¿Qué te pasa? ¿Por qué te portas mal, colega?

–¿Perdona? Aquí hay un montón de gente que no conozco, en mi casa. ¿Y soy yo el que se porta mal, Vi?

Se acuclilló ante mí. Vi no era muy alta, apenas me sacaba una cabeza completa. Así, estaba por debajo de mí. Me miró con dulzura.

–Oye, Jorgito… lo siento, ¿Vale? No es costumbre, pero… Bueno… Quería dar una pequeña fiesta con mis amigos. Te juro que dejaríamos todo muy limpio cuando acabásemos, al despertarte mañana no te darías cuenta de nada.

Me puso la mano en la mejilla. Aguanté las ganas de apartar la cara. Su mano estaba caliente y era agradable al tacto.

–Eso, chaval. Sólo estábamos pasándolo bien, jeje. –Eduardo me dio una palmadita amistosa en el hombro– Tienes una casa to perita, ¿Abe?

Estefanía se acercó a mí, sonriendo de forma sensual.

–Ay, chico guapo. Si no dices nada a nadie, ¿Quién sabe? –Me cogió de la barbilla, seductora– Igual estoy tan agradecida que te doy un besito y todo.

Me guiñó el ojo. Un escalofrío me recorrió la columna entera.

El resto de los presentes trataron de hacerme creer aquella trola.

–Va… vale… no diré nada a nadie.
–No estoy enfadada, Jorgito, aunque me hayas escupido en to la cara, colega.

Me guiñó el ojo, como siempre. Pero ya no me producía aquel sentimiento cálido. Me daba repelús y mucho.

–¿Puedo… irme ya a la cama?
–Depende, Jorge. Dime: ¿Qué has visto?
–¿Yo? Nada, te lo juro por mis muertos más fresquitos…

–¿Cómo sabías que había traído a mis amigos a casa?
–Pues… –Estaba nervioso. En casos así, dejaba que mi mente trabajase sola y soltase lo primero que se pasaba por la cabeza– ¿Tu qué crees, Vi?
–¿Nos has escuchado, verdad? –Asentí. Vi sonrió. Se dirigió al resto– ¿Veis, capullos? Os dije que no rierais tan fuerte.

Se disculparon lo mejor posible. El ambiente parecía distendido. Por un momento creí que me había librado de forma magistral. Me reí yo también, relajándome. En cuanto pudiese me largaba de allí, llamaría a la madera y correría como alma que lleva el diablo.

–Pues nada, disfrutad… pero eh, no rompáis nada. Me voy al sobre.

Vi me retuvo cogiéndole del brazo.

–Antes, tómate la pastilla, Jota jota.

Sacó de nuevo el blíster de pastillas. Sacó otro comprimido más y me lo ofreció con una gran sonrisa.

–Maricarmen… tráele agua al hombre de la casa, arfavó.

La chica, sonriendo como una boba, fue a la cocina. Me trajo un vaso mediado de agua, se lo alargó a Vi.

–Venga, Jota Jota. –Me lo ofreció con una gran sonrisa– Sé un hombre de verdad, colega.
–No quiero ninguna pastilla, Vi… por favor…

Vi, sin dejar de sonreír, se puso de pie.

–Entiendo, colega. Creo que has visto algo, entre la vigilia y el sueño… y te has asustado. ¿Verdad? Jorgito, colega: ¿Crees que te voy a hacer daño? Somos amigos. Sea lo que sea que hayas visto… seguro que tu mente te ha jugado una mala pasada. Mira, hemos hecho cosas de mayores, ya sabes: Algunas risas, un poco de hachís, un poquito de alcohol… algunos besitos… nada importante, colega. Seguro que has pensado que nos estábamos peleando o haciendo daño… cuando crezcas un poquito sabrás que es algo muy placentero, no doloroso.

–Jijiji, ¡Y que lo digas! –Maricarmen me revolvió el pelo, imitando de forma torpe a como lo hacía Vi– Y si te portas bien, igual lo descubres más pronto que tarde, jijiji.
–Me habéis sacado sangre, Vi…
–Es para un trabajo de la Uni, amiguito.

Lorenzo dio una explicación para nada convincente pero me daba pie a una salida cojonuda, pero Vi le cortó en seco.

–Dejadlo, el chico no es tonto del culo, como vosotros. –Se dirigió a mi nuevamente– Jorge, mira. Te vas a tragar esta pastilla, por las buenas o por las malas. Por la mañana no sabrás si esto ha sido un sueño o ha pasado en realidad. No vamos a hacerte daño, te lo juro por la memoria de Padme, colega.

Le di un manotazo a Vi, tirando al suelo ambas cosas.

–¡Me has drogado, Vi! Has traicionado a la Republica. Debías traer el equilibrio a la fuerza, no unirte al lado oscuro. Eras mi hermana… ¡Yo te quería!

Silencio por un momento. Luego todos, menos Vi, estallaron en risas.

–Pero, ¿Qué coño dice el friki este? Jajajaja –Eduardo estalló en risas nuevamente, soltándome momentáneamente.

Era lo que buscaba: Una abertura. Me giré, dándole un puñetazo en los cojones con toda mi fuerza de puberto. Eduardo se dobla por la mitad, cagándose en mis muertos.

Eché a correr, aprovechando la confusión y las risas, hacía el despacho. Aquello me dio la ventaja necesaria para llegar. Abrí la puerta de golpe.

–Putos gilipollas… ¡Cogedlo!

Cerré la puerta y eché el pestillo. Mi padre lo instaló para que no me colase cuando estaba con sus socios y colegas. Me salvó la vida.

En su despacho tenía un teléfono fijo. Lo descolgué para llamar al 091 con dedos temblorosos.

–¿Policía? ¡Mande una patrulla urgente! ¡Un grupo de universitarios han asesinado a un notas en mi salón!

La teleoperadora era retrasada. No hacía más que hacerme preguntas, con voz calmada. Le grité varias veces la dirección de mi casa y colgué. Estaban golpeando la puerta del despacho con rabia.

–¡Jorge, campeón! ¿Te va a costar caro el cate que mas endiñao en los huevos! ¡Abre ahora que puedes!

Abrí el último cajón del escritorio y lo saqué entero. Me agaché y metí la mano en el hueco. Mi padre guardaba una copia del armario de las armas ahí, pegada en la parte de abajo del cajón del medio. Él no sabía que yo lo sabía. Siempre llevaba una copia consigo, en su llavero.

Una vez más, su paranoia y celo, me habían salvado la vida.

Saqué la llave. La puerta soportaba a duras penas. Corrí hacía el armario y lo abrí. Cogí el rifle de caza y una caja de munición. Lo puse todo sobre la mesa.

Sabía lo básico, de espiar a mi padre y a sus amigos.

Extraje una de las balas tipo bonded y la introduje en el Rifle Winchester Model 70 y corrí el cerrojo.
La puerta reventó, desperdigando astillas por doquier. Me giré, apretando el gatillo a ciegas.
Lorenzo fue despedido hacía atrás, por el pasillo, con un agujero en el vientre.

El retroceso me destrozó la cadera. No me había dado tiempo a agarrarlo como debía, por lo que la culata me había golpeado sin piedad. El golpe contra la mesa también fue bestial. Las balas se cayeron todas al suelo.

–Jojojo, ¡Buen tiro, chaval!

El atronador rugido del rifle me había dejado aturdido. Eduardo dio un salto al interior del despacho. Parecía disfrutar de aquello.

Yo estaba hecho mierda. Me di la vuelta y me arrastré bajo el escritorio, para recoger algunas balas. El rifle tenía capacidad para tres proyectiles más uno en la recamara. Si hubiese tenido un minuto más, lo habría cargado al tope de su capacidad.

Logré meterme en los bolsillos unas cuantas balas más hasta que Eduardo me agarró de la pierna y tiró de mí, sacándome de allí abajo.

–¡Suéltame, hijo de puta!
–Jaja, chaval, aunque admiro tus cojones, toda resistencia es inútil.

Le dio una patada al rifle, apartándolo de mí y me arrastró fuera de allí. Pataleaba y trataba de escapar, pero Eduardo tenía manos como cepos de adamantium. Pasamos al lado del cuerpo de Lorenzo, que nos miraba con la mirada ausente, propia de la muerte. Me empapé de su sangre, que llenaba todo el pasillo, encharcándolo.

No dejé de gritar insultos hasta que me soltó, frente a Vi.

Tenía una expresión gélida en el rostro.

–¿Contento, Jorge? Has matado a Lorenzo…
–¡Y tú has matado a Javier…!

–¿Lo has visto? Da igual… ¡joder! –Le dio una patada a una silla, volcándola– ¿Por qué no te tomaste el chupito que te di? Si te lo hubieses bebido, esto no habría pasado, colega. Mañana estaríamos jugando a la Xbox, viendo pelis y pasando un finde de puta madre…

–¿Qué clase de niñera la da alcohol a un niño de doce?
–Una que pensaba que eran amigos. Te traté como a un adulto… ¿Y así me lo pagas?
–No trates de hacerme sentir culpable, Vi… ¡Has metido gente en mi casa y has hecho un ritual satánico, matando a un chaval! ¿Y el malo soy yo por no beber alcohol?

–No era alcohol, era Zoplicona, un somnífero. Tendrías que estar en la cama, durmiendo como un niño bueno…

Se llevó la mano al rostro, suspirando.

–Lo siento… Esto es culpa mía…
–¿Vais… vais a matarme?
–¿Qué? Jajajaja

Vi se echó a reír. El resto la miraba indeciso.

–Que va, tontorrón –Vi se secó las lágrimas que le caían, de la risa– Te vas a tomar la pastillita, te vas a quedar dormido… y mañana te despertarás en tu camita, Jorgito. Me dirás: Vi, he tenido una pesadilla acojonante… me la contarás y nos reiremos. ¿Te la vas a tomar por las buenas?
–¿Y… y el colega ese? –Señalé hacía el Emo de estilo japonés que yacía en mi pasillo, muerto y con un boquete en donde debía tener la tripas.

–¿Lorenzo? Bah, mañana no habrá ni una gota de sangre… ¿la puerta del despacho de tu padre? Ni un arañazo tendrá, Jorge. Te lo prometo –Me acarició la cara como siempre. Quise creer en sus palabras– mañana creerás que ha sido una pesadilla muy vívida…

–Va-vale… dame la pastilla y me la tomo.
–Así me gusta.

Me sonrió como siempre, de forma cálida. No podía dejar de amarla cuando sonreía así.

Vi recogió el blíster de nuevo y Estefanía me alargó un vaso de agua nuevo. Me dio otra pastilla, y cuando estaba por metérmela en la boca llegaron los policías.

Las sirenas y las luces estaban activas, poniéndoles sobre aviso. Me cagué en todo. Tenía una promesa de borrar todo lo visto y hecho, pero los maderos, como siempre: Llegaban tarde y causaban más problemas que soluciones.

–¿Has llamado a la policía, colega? –Vi parecía indignada – Yo me encargo. Que no hable, tapadle la puta boca.

Eduardo me agarró, tapándome la boca con sus manazas.

–Más te vale estarte callado, chavalín. Todavía no me he cobrado por la hostia en la polla que me has dado. –Me susurró al oído.

Llamarón al timbre de la puerta. Vi fue a la entrada. Se miró en el espejo y se arregló un poco el pelo. Abrió.

–Buenas noches, Señorita. Hemos recibido un aviso en esta dirección. ¿Todo bien?
–Sí, jeje. Soy la niñera. Cuido del niño de esta familia. Pueden preguntar por mí a los vecinos, soy Violeta, pero todos me llaman Vi, jijiji –Estaba siendo tan encantadora como de costumbre– Disculpen, pero el niño es muy travieso y le gusta gastar bromas telefónicas. No sabía que se la había gastado a la policía… Mil perdones.

–¿Seguro? ¿Le importa si pasamos?
–Es que el niño está dormido… y me ha costado mucho meterle en la cama… Si me lo despiertan me hacen una faena…

Sonrió de esa manera que desarmaba a los adultos. Por supuesto, encandiló al par de policías, que le devolvieron la sonrisa.

–Jeje, bueno. No pasa nada. A veces pasan cosas así, avisos falsos. Por favor, que no vuelva a llamar. Satura las líneas y alguien que realmente nos necesite puede quedarse sin ayuda…
–Tranquilos, le daré una charlita por la mañana. Perdonad que hayáis venido para nada.
–Nada, nada. Buenas noches.
–Buenas noches.

Mi oportunidad de salir indemne se había ido al traste. Seguramente Eduardo me daría una manita de leches curiosa por el golpe de antes en sus partes nobles. Le mordí la mano con saña antes de que Vi les cerrase la puerta en las narices.

–¡Ay! ¡Ioputa!
–¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Están aquí!!!

Los policías empujaron la puerta, y apartando a Vi, entraron. Uno sacó el arma reglamentaria y pasó al salón. El otro retuvo a Vi, empujándola contra la pared.

–¡Manos arriba y quietos!

Eduardo, rápido como una descarga eléctrica, cogió una de las dagas usadas en el ritual y se la lanzó al policía que le apuntaba. La hoja se clavó en su ojo derecho. Soltó el arma, dando un alarido, para llevarse la mano a la zona afectada.

–¡Toma ya! ¡Wuuuu!
–¡¿Sergio?! –Gritó el otro policía desde la entrada– ¡Sergio!

Eduardo, eufórico, se giró hacía mí y me soltó un revés que me tumbó al suelo, sangrando por el labio.

–Estate quietecito ahí, amiguito.

Se fue hacía el policía, que había dejado caer su arma reglamentaria. Eduardo la cogió, y aplicándosela a la sien, disparó.
Lo vi todo, cada detalle macabro. El disparo a bocajarro le hizo estallar la parte contraria del cráneo, esparciendo sangre y sesos por doquier.

–¡Sí, nena!

Le había salpicado la sangre a Estefanía por todo el cuerpo.

–¡Joder, Edu, me has puesto perdida!
–Vamos, no me jodas. ¿Qué querías, Estefi, estar en una orgía de sangre y no mancharte?
–Pero, hijo de puta, avisa al menos. Este modelito no es precisamente barato, joder.
–Haya paz, haya paz. –Maricarmen trataba de mediar, con ese aire de mosquita muerta que se gastaba.

El policía estaba entre Vi y acudir a asistir a su compañero, al que no podía ver.

–¡Sergio, contesta! –Soltó a Vi, que tenía las manos visibles y estaba tranquila– Quédate ahí quieta.

Desenfundó y se dirigió al salón. Entró gritando.

–¡Quietos todos o disparo!

Eduardo apuntó al policía. Él fue más rápido. Disparó, hiriendo en el hombro a Eduardo. Perdió el arma.
El policía apuntó a las chicas. Perico hacía rato que lo había perdido de vista.

–¡Quietas! –Las chicas levantaron las manos, llorando histéricas.
–¡No quiero ir a la cárcel! –Sollozaba Maricarmen –No puedo ir a la cárcel…
–¡Soy la niñera, soy la niñera! –Estefanía era más espabilada, desde luego.
–¡Eh!, ¿Estás bien? –Asentí como pude– Ven aquí, niño.

Me levanté del suelo para ir con él, pero Perico salió al pasillo, portando el rifle de mi padre. Disparó al policía en la cabeza. Explotó, rociando de sesos, sangre y astillas de hueso todo el salón. Incluido yo mismo, por supuesto.

–¡Hostias! ¡Qué guapo, mi hermano!

Me quedé clavado en el sitio. Vi apareció y miró alrededor.

–Joder… me voy a jartá de limpiar, coño.

Se acercó a mí y me agarró del brazo.

–¿Cuánta gente tiene que morir está noche por tu culpa, Jota Jota?
–¿Qué coño dices? ¡Yo no he matado a nadie!

Vi se ríe con sarcasmo. Es una risa cansada.

–¿Y a Lorenzo lo ha matado la bala, no? No me hagas reír, Jorgito. No estoy para chorradas filosóficas.

Me escurrí del agarre de Vi, con la sangre del policía muerto que le cubría por doquier. Echó a correr hacía el patio. Tendría que saltar la valla para llegar a las zonas comunes de la urbanización para buscar ayuda.

–¡Mierda! –Vi refunfuñó harta.

Perico apuntó en mi dirección y apretó el gatillo. No había corrido el cerrojo, por lo que la recamara estaba vacía. Miró el arma con cara de estúpido.

–¡Péinate, gilipollas! –Me salió del alma mientras escapaba por la puerta corredera del salón.

Pude ver con el rabillo del ojo como Vi le arrebataba el rifle de las manos a Perico con un “Dame, imbécil”. Corrí todo lo rápido que pude por mi patio trasero.

–¿Qué pasa ahí, Jorge?

Se asomó por la valla el vecino de enfrente, Don Agapito De Sousa. Era un señor mayor, cotilla de oficio. Su cabeza desapareció en un instante, seguida por el estruendo del rifle al disparar.

–¡Jorge! ¡Vuelve, joder!

Me agarré a la valla y traté de treparla, pero era torpe y encima, con la sangre en las manos me resbalaba. Eduardo me agarró de la pierna y me tiró al suelo de un tirón. Había llegado corriendo sin que lo notase.
Tenía el hombro herido, pero no por ello había perdido fuerza. Me dio una patada en el estómago que me cortó la respiración.

–¡Hijo de puta!

Se quitó la camiseta y se la anudó en el hombro herido. No podía mover el brazo, pero se hizo el apaño para no morir desangrado.

–Ayudadme, comemierdas. Con una mano no puedo sostener al mierdecilla este.

Maricarmen vino junto con Perico. Me agarraron de los hombros y me arrastraron por el patio. Vi estaba de pie, en la puerta que daba al salón, con el rifle al hombro. Tuve la precaución de sacarme una de las balas del bolsillo y la escondí en la palma de mi mano.

–Venga, vamos a terminar el ritual, antes de que nos vuelvan a interrumpir, joder.

Y se metió dentro. Mordí la mano de Perico con fuerza. Me soltó dando un alarido. Empujé a Maricarmen, clavándole la punta de la bala en la cadera, obligándola a saltar a la piscina por el dolor punzante del proyectil.

Eché a correr para rodear la casa para salir a la calle mientras Maricarmen se cagaba en mi calavera. A la altura del cobertizo del jardín lateral me salió al paso Estefanía.

–¿A dónde vas, chico guapo?

–Deja que me vaya, por favor. Les diré a todos que tú me has ayudado, que eres la niñera… por favor…
Se rió como una villana de telenovela, de forma exagerada. Tenía en sus manos la desbrozadora que usaba mi padre para podar los setos. No era muy grande pero daba un canguelo del carajo. La accionó. Era a gasolina, zumbando de manera amenazante mientras caminaba hacia mí. Las cuchillas oscilantes me daban miedo desde pequeño.

–Eh, eh, eh… tranquilita… eso es muy peligroso, Estefi.
–No me llames Estefí, niñato. Nos has jodido la puta noche. Yo quería pedirle al diablo que me diese un puesto en la tele. De presentadora del telediario, joder. ¿Por qué me quieres joder?
–Yo… yo no tengo la culpa…

–¡Estate quieto, maldita sea tu puta estampa!

Alzó la desbrozadora por encima de su cabeza y la bajó. Rodé hacía un lado. Las cuchillas se clavaron en el trapecio de Perico, que había llegado por mi espalda, sin hacer ruido. Pretendía agarrarme desprevino, pero había sido tan sigiloso que ni Estefanía se había coscado.

Las cuchillas se movían de un lado a otro, clavándose más profundamente en las abundantes carnes de Perico, que chillaba como un gorrino en la matanza. Su sangre nos bañó a todos, como una fuente invernal. Estefanía chillaba, tapándose la cara con ambas manos.

Su sangre estaba muy caliente y pegajosa.

Perico caminaba hacia atrás, tratando de sacarse la máquina del cuerpo, pero se acabó por destrozar las manos en el proceso. Cayó, inerte, de espaldas. Finalmente, la desbrozadora se acabó por parar, al clavarse en la tierra las cuchillas y atorarse.

Me levanté como pude, con el corazón desbocado, y eché a correr. Una patada en la cara me volvió a tumbar. Eduardo apareció de nuevo.

–Vaya nochecita… –Era innegable que aquel adonis estaba allí por pura diversión– ¿Eh, friki?
Me retorcía de dolor en el suelo. Eduardo volvió a cogerme del pie para arrastrarme de nuevo dentro. Ya no me resistí más.

Me dejó de nuevo en el salón. Vi dejó el rifle a un lado, apoyado contra la pared, lejos de mí.

–Terminemos ya. Quedan veinte minutos para la media noche, si no lo hacemos ahora… me parece que jamás podrá ser. La hemos liado demasiado.

Eduardo me puso el pie en el pecho, aprisionándome.

–Vamos, Vi. Este mocoso no se va a escapar más.

Maricarmen estaba empapada, y se había echado por encima de la cabeza una toalla. Estefanía entró, completamente bañada de la sangre de Perico. Estaba cabreadísima.

–Te voy a dar una patada en los huevos, niñato de los cojones.
–Déjale, Estefanía. Trae la sangre que le sacamos.

Obedeció. Sacaron la hipodérmica cargada de mi sangre, y la vaciaron sobre los dos cálices, la mitad en cada uno. Con un agitador de cocteles, Vi removió ambos cálices, pronunciando palabras arcanas.
Que me iban a matar, por las molestias, era seguro. Tenía a mi alcance el pie de la lámpara. El cable no era muy grueso, si tiraba fuerte, seguro que lo arrancaba.

Maricarmen iba de un lado a otro, cagándose en todo. Cuando volvió a pasar cerca de mí, hice mi jugada:
Arranqué de un tirón el cable, se apagó la luz y le apliqué en el tobillo el cable pelado.

El alarido de Maricarmen fue tal, que Eduardo se asustó, liberando la presión sobre mi espalda, permitiéndome escapar una vez más. El cable se quedó pegado a Maricarmen, que estaba mojada. Se fue chamuscando mientras corría escaleras arriba para encerrarme en el baño.

Eduardo corrió detrás de mí a toda velocidad.

–Jorgito… ¡Tienes unos cojonazos, chaval!, ¡pero te voy a matar!

Eché el pestillo a la puerta, desesperado. Miré en todas direcciones en busca de algo que pudiese ayudarme. Abrí los cajones a toda velocidad. Encontré mi vieja pistola de agua en uno de los cajones. Cuando estaba por seguir abriendo cajones en busca de algo útil, una idea se encendió en mi cabeza.
Cogí la pistola. Abrí la puertecita de abajo del lavamanos para sacar la botella de amoniaco. Llené la pistola con el producto de limpieza. Obviamente no sería letal de necesidad, pero me daría justo lo que necesitaba para salir de allí. Si lograba entrar de nuevo al despacho, podría rearmarme y darle la vuelta a la tortilla.
Eduardo le dio una patada brutal a la puerta, haciendo saltar el pestillo, arrancándolo de cuajo.

Le apunté con la pistola de agua.

–¡No te acerques más, capullo!

Eduardo, al ver que le amenazaba con una pistola de agua, se echó a reír. Se inclinó sobre mí, confiado.

–¡Venga, dispara, vaquero!

Le disparé un chorrazo directo a la boca cuando dijo aquellas palabras. El amoniaco le entró dentro. Eduardo reaccionó haciendo aspavientos, tosiendo y escupiendo violentamente. Le di un empujón con el hombro lo más fuerte que pude.

Eduardo trastabilló hacía atrás, incapacitado temporalmente, hasta tropezar con la baranda. Se desequilibró, abriendo mucho los ojos. La gravedad hizo el resto.

Cayó de cabeza, partiéndose el cuello contra el suelo. Me asomé, temblando. Estaba allí, inerte, con la cabeza torcida en una posición imposible.

Estefanía y Vi se asomaron a ver el cuerpo de Eduardo. Luego miraron hacia arriba. Tragué saliva.

–Joder… joder, joder… –No podía decir otra cosa.
–Ve a por él de una puta vez. –Ordenó Vi– ¡Hostia puta ya!

Estefanía subió corriendo las escaleras. Di un respingo y eché a correr a mi cuarto. No sabía que iba a hacer, pero fuese lo que fuese… debía hacerlo YA.

Una idea loquísima pasó por mi cabeza, pero habría que ser mongolo para caer en semejante pamplina. Pero aun así lo intenté.

Saqué el intento de soga de antes, de debajo de mi cama, y la arrojé por la ventana. Me metí debajo de la cama, rezando para que aquella joven fuese tan retrasada como me figuraba.
Efectivamente. Al ver las sabanas atadas a la pata de la cama y el otro extremo en el exterior. Se asomó a la ventana, creyendo que me había deslizado por ellas.

–Será mamón…

Salí de mi escondite y, agarrándola por los tobillos, la tiré fuera. La defenestré, literalmente.
Ni siquiera comprobé si estaba muerta, lo di por hecho. Me asomé al pasillo. No había rastro de actividad. Poco a poco bajé las escaleras, con cautela. Vi podría estar escondida en cualquier lugar.
Como no había nadie, entré en el salón.

No había ni una gota de sangre. Ni cadáveres. La lámpara que había roto… volvía estar funcionando. La puerta del despacho de mi padre… estaba intacta.

Giré sobre mí mismo.

¿Estaba alucinando? ¿Lo habría soñado todo?

No estaban ni los policías muertos, ni el cuerpo de Eduardo, ni Maricarmen… nada.
Pero sí que estaba el libro aquel sobre la mesa, con los cálices. Esa era la prueba de que todo realmente había ocurrido.

¿Cómo demonios había podido Vi limpiar aquel desastre en cuestión de minutos? IMPOSIBLE.
Me acerqué al libro y lo cogí, cerrándolo.

–Deja eso ahí, Jota Jota.

Me giré. Vi estaba allí, en la puerta de la cocina. Apreté el libro sobre mi pecho, y me acerqué a la mesita auxiliar. Abrí el cajoncito donde mi madre guardaba el mechero, para encender velas aromáticas.
Lo encendí y aproxime la llama al tomo. Vi gritó.

–¡No!
–No te acerques… ¡O lo quemo!
–Vale, vale, colega. Con calma, ¿Si?
–¿Qué coño es esto, Vi?

–Es el libro de las sombras, jota jota. Con él se hacen pactos con Mefistófeles… Ya sabes: Satanás, el diablo, como quieras llamarlo. Si viertes sangre de un sacrificio, mezclada con la de un inocente… –un virgen, vaya– Tienes derecho a pactar con el diablo. Te concederá aquello que desees… a cambio de un “módico” precio, claro. Si bailas con el diablo, siempre lo harás a su ritmo, colega.
Caminaba despacio, en círculos, pero sin acercarse a mí. Estaba claro que quería acercarse al rifle, que seguía apoyado contra la pared.

–¡Quieta! –Acerqué más la llama al libro. Vi se detuvo en seco.
–Vamos, Jorge… no quieres hacerlo, créeme. Mírame… yo antes era pequeña, y débil… como tú. Una niñita sola, desamparada… y mírame ahora. Soy fuerte, soy guapa… y tu podrías ser igual, Jorgito. Dejar de ser un niño… y ser otra cosa. Lo que tú quieras. Solo tienes que darme el libro, haremos el ritual y podrás pedir lo que quieras…

Una Estefanía furiosa entró en el salón por la puerta del patio. Cogió el rifle y apuntó hacía mí.

–¡Dame el puto libro o te vuelo los cojones!

Vi se acercó a Estefanía. Sacó su navaja. Era un game over o al menos, lo parecía.

–Venga, Jorgito… El tiempo se acaba… –Consultó su reloj de pulsera– Tic, tac, colega. Cinco minutos quedan para medianoche.
–No… no quiero...

Vi, de improviso, clavó la hoja de su navaja en el cuello de Estefanía, justo en la yugular. Al sacarla, un chorro de sangré salió como una fuente. Estefanía dejó caer el rifle, tratando de taponar la herida con ambas manos.

Fue inútil, en menos de diez segundos murió desangrada, cayendo de rodillas al suelo.
Con el susto se me apagó el mechero. Vi me miró, alzando la navaja.

–Exacto, colega. No era retráctil. ¿A que parecía de attrezzo, eh?

Intenté por todos los medios volver a encender el mechero, nervioso.

–Jorge… dame el libro. Diremos a todos que entraron a atacarnos.
–¡Mientes! ¡Me vas a matar!

–Podría haber dejado que la zorra esta te pegase un tiro, y la he matado a ella, en vez de a ti. Piénsalo, colega. Piensa en los titulares mañana “Niñera defiende al niño que cuidaba de unos universitarios borrachos”. Ya no sirve de nada hacer el ritual, entre que no nos da tiempo y que todos están ya muertos… meh, otra vez será. ¿Qué me dices?

Vi guardó de nuevo la navaja en el bolsillo de la chupa de cuero.

–Podemos divertirnos mucho juntos, Jorge. No te trataré nunca más como a un niño… ya eres un hombre. Bueno, te falta todavía desarrollarte, colega, pero esta noche has superado tu bautismo de fuego. No podré no tomarte en serio a partir de ahora…

Me ofreció su mano, sonriendo, como siempre.

–Dime, Vi… ¿Cuántas veces… has hecho esto?
–¿El qué? ¿Sacarte sangre o esta escabechina?
–Ambas…

–Pues cada fin de semana que nos hemos quedado solos… he hecho un pacto. Verás… digamos que soy algo así como la representante del diablo en la tierra. Organizo encuentros entre mi jefe y personas que quieran pactar con él. Te sacaba un poquito de sangre, tú ni te enterabas…

–¿Has estado robando mi sangre todo este tiempo?
–Sí, colega…
–¿Por qué no me la pediste? Te la hubiese dado encantado…

–Joder, Jorge, no me hagas esto… ¿No me hubieses hecho ninguna pregunta? ¿No les habrías contado nada a tus viejos? Maldita sea… sólo tenías que beberte el maldito chupito…
–¿Me… me drogabas siempre?

–¡Claro! En la comida… en la bebida… ¡Pero hoy no te me has separado de las faldas en todo el día! –Su voz era suplicante– Por favor… dame el libro y únete a mí, colega. Juntos lo pasaremos mejor que nunca, te lo prometo.
–Es muy fuerte, Vi… confiaba en ti… pero veo que tú en mí no.

–Lo siento, jota jota. Esto es más grande y peligroso de lo que podrías llegar a creer… y lo sabrás, si tomas mi mano.
–¿Cómo has podido hacerle daño a tanta gente inocente? ¿Cómo voy a confiar en ti ahora, Vi?
–¿Inocente? ¿Cómo Javier, dices?
–Por ejemplo…

Vi se echó a reír.

–No lo parecía, Jorge… pero Javier era un sádico que torturaba animales callejeros y los mataba. Con esas pintas de no haber roto en plato, de recibir collejas en el cole y que le robasen el bocadillo en el recreo… cuando nadie le veía, o cuando él creía que no le veían… se desquitaba con los más débiles. Mírame, Jota jota… No soy una lunática ambiciosa. Busco a malas personas para esto. Nunca le he hecho daño a nadie inocente… no te lo he hecho a ti.

Se acercó más a mí, despacio.

–¿Eduardo, Estefanía, Perico, Maricarmen y Lorenzo? Los cinco unos trozos de mierda, dispuestos a vender a su madre por sus deseos y ambiciones. Busco gente así, colega. Gente que estaría mejor muerta. Por eso… por eso te drogaba. Solo necesitaba tu sangre, un poquito cada mes, en luna llena. No quería hacerte daño, porque eres mi amigo… y ahora… si me das el libro de las sombras… serás mi padawan.

–¿Y… y… los policías, Don Agapito? ¿También eran malas personas?
–Los policías no sé, pero al viejo ese le tenía unas ganas… ¡¡Puff! Además… tú lo has provocado, Jorge. No quiero echártelo en cara… pero si te hubieses tomado la pastillita de las narices… –Suspiró– Habrías creído que todo había sido una pesadilla… y nos habríamos reído jugando al Halo mañana…

Ya estaba muy, muy cerca.

–Si quemas ese libro… me vas a hacer mucho daño, colega. A mí y a mi jefe… te lo ruego… podemos salir de esta reforzados. Tu vida cambiará para bien, te lo prometo.

Me tomo un par de segundos para decidirme… y le entregué el tomo.

A pesar de todo, seguía amándola. Si tenía que decidir entre sobrevivir a aquello, hacer justicia y lo correcto, y no volver a ver a Vi jamás… prefería quedarme con ella, huir juntos. Lo que fuese, mientras estuviese a mi lado.

–Está bien. Confío en ti, Vi.

Cogió el libro de las sombras de mis manos. Lo depositó encima de la mesa y me abrazó con fuerza. Me aferré a ella con toda mi alma.

–Sabia decisión, colega.


Capítulo 4


Vi contó la película que emocionó a Spilberg. No sabía que era tan jodida buena actriz. Contó una versión modificada de lo que había ocurrido aquella noche.

Los cuerpos, la sangre… TODO, volvía a estar en su sitio. Vi no quiso contarme como lo hizo en el momento, solo me guiñó el ojo y me revolvió el pelo por última vez.

Contó, entre lágrimas, como entre ella y yo nos defendimos. En su versión, Eduardo, loco de celos porque empezó a salir con Javier, entró en mi casa, seguido de sus amigos, que estaban muy drogados. Discutieron todos, y Eduardo, drogado más que ninguno, mató a Javier. Luego se desató una escabechina tal y como os la he contado, solo que Vi, en su relato, me protegía, poniendo su cuerpo en medio.


La policía acordonó la zona y en cuestión de un par de horas mis padres estaban de vuelta, enajenados e histéricos. Le dieron las gracias a Vi de forma muy efusiva, demasiado. Ni siquiera mencionaron el hecho de que hubiese metido a Javier, supuestamente, en la casa mientras yo dormía. Detallitos sin importancia.
Y tal como prometió, mi vida cambió drásticamente.

No fue un cambio sutil, pero si gradual. Para empezar, las noticias volaron. Todos sabían quién era yo y lo que había hecho. Se esparcieron rumores a la velocidad de la luz.

Se hablaba de que estaba enrollado con Vi, que el haber vivido aquella situación límite nos unió. Que, al contrario que la versión oficial que había dado Vi, yo había matado a unos cuantos de los locos que entraron a atacar a mi niñera, –cosa que era cierta–. Vi no pudo menos que caer rendida a mis pies, según decían.
Los chicos me miraban como a un Dios: No solo había matado a tíos con los huevos negros, sino que encima, me había, como mínimo, besado con Vi.

Todos conocían a Vi, desde luego. Todos fantaseaban con Vi, incluido hermanos mayores, padres y profesores.

Las chicas suspiraban cada vez que pasaba por su lado. Era un caballero, que había protegido a una damisela en apuros. Un hombre de verdad, al contrario que el resto de mis compañeros, que seguían siendo unos niñatos.

No me cabía duda de que había sido la propia Vi quien los había esparcido.

Durante algunas semanas Pedro Guzmán y su pandilla me dejaron en paz. Era el héroe local y nadie consentía que me chistara siquiera. Los profesores cambiaron de actitud conmigo. Ahora se fijaban más en mí y algo me decía, que parecían estar encantados de conocerme.

Por supuesto tuve que regresar al psicólogo. Tuvimos varias sesiones, pero gracias a los consejos que Vi me había dado lo convencí de que no había sufrido secuelas psicológicas graves. Me recetó un par de mierdas que ni llegué a tomar, pero que tranquilizaron a mis padres.

Si ellos ya estaban encantados con ella, ahora tenía el estatus de familia. Comía con nosotros un par de veces a la semana mínimo. La trataban como a una hija más.

Y Vi y yo… fuimos algo más. Siempre la consideré una amiga, la única y la mejor. Entendía que la diferencia de edad impedía una sincera amistad en su momento, pero ahora que sabía que Vi pertenecía a una secta satánica… Éramos mucho más.


Me inició en la Secta. En teoría ella era la suma sacerdotisa y yo un iniciado, maestra y alumno, Caballero Jedi y Padawan… pero en la práctica éramos camaradas e iguales.
Tal como prometió Vi, dejó de tratarme como si fuese un niño. Frente a mis padres, frente a los vecinos, frente a todo el mundo actuaba como siempre: La niñera protectora y guay que todos los niños querrían tener. Pero cuando estábamos a solas… la relación era diferente.

Jamás volvió a llamarme “Jorgito”. Era o Jorge o Jota Jota, y me habló de su Secta al detalle.
Me contó que había hecho un pacto hacía mucho tiempo, un pacto muy especial. Vi siempre tendría la misma edad, diecinueve, físicamente. En apariencia era una joven guapísima, con su piel tostada por el sol, una cabellera envidiable y un cuerpo perfecto. Las heridas que sufriese se cerrarían en el acto. Confesó que la demostración de aquel día con la navaja fue real. Se la hundió en el vientre y cuando sacó la hoja, ya no había herida y que el efecto parecía como si fuese una navaja de pega, retráctil.

Flipé en colores: Vi era inmortal. Daba vértigo pensar en aquella noche fatídica… puse a Vi contra las cuerdas. Su único punto débil era el libro de las sombras, el nexo de unión entre el diablo, Mefistófeles, y la tierra, y por extensión, incluía a Vi.

De no haberle amenazado con quemarlo, podría haberle volado la cabeza a Vi y ni se habría inmutado. Tuve mucha suerte.

Vi me enseñó muchas cosas, a parte del orden del inframundo, los pactos de sangre y su puta madre. Me llevó a conocer un mundo reservado solo para los adultos.

Me enseñó a fumar, a beber como un hombre, a pelear en condiciones. Pasé de ser un enclenque al que todos llamaban “Chopito” a un adolescente precoz, que vivía a unas revoluciones que ni el adulto más pintado podía seguirme el ritmo. Nos lo pasábamos muy bien juntos, mejor de lo que hubiese soñado.
Era como antes, hacíamos nuestras frikadas, hablando durante horas de cine, series y animes, jugábamos videojuegos, bebíamos, fumábamos… y entrenábamos. Era feliz.

Pero había una cosa que me tenía intrigado.

–Vi… ¿Cómo sabías que estaba despierto y no me había tomado la Zoplicona del chupito?

Sonrió como siempre y me puso las manos en los hombros.

–Ay, Jota Jota, para unas cosas eres muy inteligente pero para otras… Te dejaste la ventana abierta y yo te la cerré cuando te metí en la cama.

¡Joder! ¡La puta ventana! Con los nervios y las prisas me olvidé completamente de aquello.

–Me di cuenta casi de casualidad, cuando ya me iba a ir… me fijé por una rachilla de aire que había movido la cortina y entonces lo supe: Estabas despierto y que algo habrías visto o escuchado. Me quedé escondida tras la puerta, a ver si te levantabas. Estaba a punto de irme… cuando pegaste un salto de la cama.

Me miró de esa forma intensa, que no sabía que se debatía entre varios sentimientos contradictorios.

–Jorge… Debes tener más cuidado de ahora en adelante. Detalles así te pueden costar la vida… has demostrado tener capacidad de adaptación y un sentido de supervivencia acojonante… pero la próxima vez puede que no tengas tanta suerte… Prométeme que no te confiarás.

–Te lo prometo.

Me abrazó y me aferré a ella con fiereza. Éramos compañeros, camaradas, socios, los putos amos del inframundo. O lo seríamos con el tiempo.









Pedro Guzmán se cansó de que me llevase un baño de masas cada vez que pisaba el colegio privado. Ardía de celos y envidia que las chicas murmurasen mi nombre, que los profesores me eligiesen siempre para las mejores tareas y que se hiciesen actos en mi honor. Joder, si hasta salí en el periódico.

Al cambio de trimestre lectivo, se me encaró de camino a casa, con su grupito de lamecojones.

–Eh, Chopito, ¿Te crees tú mu chulito, no?

Dejé caer mi mochila al suelo y pegué la frente a la suya.

–No me lo creo: Lo soy, come mierda.

Pedro dio un paso atrás, no se esperaba que le contestase. Avancé hacía él.

–¿Qué pasa, mariconazo? ¿Te vas a acojonar ahora?
–Yo… yo no me acojono, y menos ante el hijo de un pescadero de mier…

No pudo terminar la frase, ya que le estampé el puño en la cara. Cayó de culo al suelo.

–Te lo advierto, chupapollas. La próxima vez que me llames “Chopito” o le faltes el respeto a mi familia, te reviento la puta cara, imbécil sin diagnosticar.

Le había roto la nariz y estaba llorando como una nenaza. Sus colegas huyeron en desbandada, como los cobardes que eran.

–¡Se lo voy a decir a mi padre y va a hundir al tuyo! ¡Es abogado!

Me agarré los machos con ambos manos.

–¡Pa abogao, el que tengo aquí colgao!

Se levantó, llorando y se marchó, no sin antes recibir una patada en el culo por mi parte.

Me sentí como nunca. Una mochila llena de melones me había desaparecido de encima de golpe, y todo gracias a Vi. Si hubiese sabido antes que con tan solo darle una galleta al memo de Pedro Guzmán me hubiese dejado en paz, yéndose a su casa a llorarle a su papi… se la hubiese dado hacía años.

Pero con aquello no me bastaba para sentirme bien del todo, necesitaba más.

Los días fueron pasando y Pedro cumplió su palabra: le lloró a su viejo. Me acusó de haberle roto la nariz y de muchas otras cosas más. El muy payaso se plantó en mi casa, junto a sus padres y tuvimos una charlita todos en mi salón. Estaba Vi allí, que estaba echando la tarde con nosotros.

Comenzó como todas las broncas civilizadas entre pijos. Cuando me dejaron hablar, esperaban que me disculpase o algo, pero me levanté, sonriendo. Me plante justo delante del padre y le espeté.

–Me puedes besar la punta del nabo, picapleitos de mierda. Y la próxima vez que el comemierdas de tu hijo me mire siquiera mal, le clavaré un lápiz afilado en el ojo izquierdo. Y otra cosa, amigo: A ver si va al médico, le huele el aliento a mierda… eso no puede ser normal… salvo que sea un come mierdas. ¿Es usted un comemierdas, picapleitos?

He de decir que todos se quedaron ojipláticos. Mis padres estaban lívidos, los de Pedro más si cabe, y Pedro se echó a temblar cuando le guiñé el ojo. Era una promesa.

Vi aplaudió, riendo. Se pudo de pie y chasqueó los dedos. El tiempo se paró como por arte de magia. Estábamos ambos, frente a un puñado de pijos paralizados.


–Pero… ¿Qué coño?

–Ay, Jota Jota… no sabes cómo me llenas de orgullo y satisfacción… como has crecido en tan poco tiempo. Esto es una de las habilidades que me concedió mi maestro para hacer mejor su labor en la tierra. Voy a borrarles la memoria, Jota Jota, y te vas a sentar y a empezar de nuevo, te disculparas y yo hablaré.
–Como tú digas, Vi. –Confiaba ciegamente en ella y si me daba una orden, la cumplía sin demora. Le meneaba el rabo como un perro fiel.

Y con otro chasquido, el tiempo reanudó su marcha. Nos sentamos de nuevo, y todos parpadearon como si acaban de despertar. Obedecí a Vi y me disculpe de forma convincente. Pero Vi saltó. Se levantó y les contó a los padres de Pedro un montón de cosas que desconocía.

Le habló, que aparte de insultarme todos los días, de ser un clasista que llamaba a mi padre “el pescadero”, le robaba dinero de su cartera.

El padre de Pedro dio un respingo. Vi continuó. Parecía saber todos los secretos de Pedro y su familia. Les contó que hacía trampas en los exámenes, que tenía a un par de compañeros que le hacían los deberes a cambio de dinero. Que sabía dónde guardaba el porno duro su padre –Cosa que indignó a la madre de Pedro muchísimo. Ella no sabía que su marido viese esas cochinadas– y que recibía dinero y favores –Como levantarle castigos o que no se comiese las verduras– de su propia madre, por no contarle a su padre que tenía como amante al jardinero. Entre otras muchas lindezas: Desfalcos, mentiras, infidelidades, robos, y muchas más.

En un momento destruyó a aquella familia, y lo hizo de forma qué Vi podía explicar y justificar el saber esas cosas tan íntimas. Que si había escuchado a Pedro contarle a sus coleguitas sobre ciertas escenas X del material de su padre, que si el Jardinero que tenían contratado alardeaba del romance que llevaba con la señora de la casa y un largo etcétera.

La familia Guzmán-Palacios se levantó entre escusas y haciéndoles prometer, tanto a mis padres como a Vi que no dijesen nada a nadie, que se encargarían personalmente de que su hijo no volviese a molestarme y se marcharon apuradísimos.

Mis padres no sabían ni que decir ni que pensar al respecto. Estaban mudos de asombro.

Vi solo me guiñó el ojo, como siempre. No me revolvió el pelo… y en parte lo echaba de menos, pero también quería decir que no me estaba tratando como a un crío, y lo valoré.

Las cosas cambiaron sustancialmente. No volví a ver ese clasismo de mierda en la mirada de nadie más. Todos me trataban como a un igual y pronto comencé a relacionarme de forma normal. Parece que el padre de Pedro estuvo hablando muy bien de mi familia, intentando cambiar la percepción de nuestro entorno, por si mi padre se mosqueaba y largaba algún que otro detallito sobre él.

Incluso muchos empezaron a hacer negocios con mi padre. Vi se convirtió en una Diosa para mis padres… hasta me dio la sensación de que la querían más que a mí. No me importó, es más, me agradó, porque la invitaban constantemente a casa. Prácticamente vivía con nosotros y no podía estar más contento.

Vi hizo alarde de otro Don o Habilidad que le había concedido su maestro infernal: Manipular las mentes de los mortales. Hizo creer a mis padres que los supuestos padres de Vi, que estaban instalados en la otra punta de la urbanización, se habían ido de viaje para largo, dejándola sola en Málaga. Le pidieron a Vi que se quedase con nosotros en la habitación de invitados hasta que regresasen sus padres.

El tiempo pasaba y cada vez era más popular, sobre todo entre las chicas. Tenía a un par de admiradoras que me seguían a todas partes, y no había chica que no girase su cabeza al cruzarme con ella.

En un par de años crecí bastante y lo notaba. Cambié mi forma de vestir, ya no lucía los conjuntos que me elegía mi madre. Tenía la autonomía que me otorgaba que las cosas hubiesen cambiado. El orientador del centro les habló estupendamente de mí, que sólo había sido una fase que con el inicio de la pubertad había quedado atrás. Mis notas eran inmejorables, mis profesores estaban contentos y mis padres satisfechos.
Aunque decidieron que ya no necesitaba niñera, seguían dejándome a cargo de Vi.

Pasábamos los días juntos. Cuando mis padres se largaban un fin de semana largo, Vi lo pasaba conmigo, obviamente. Todos estábamos contentos, incluida Vi. Nunca dio muestras de estar conmigo por compromiso. Era un miedo que tenía, que ella sólo estuviese allí para que no la delatase.

Seguían siendo los fines de semana perfectos: Series, pelis, recreación de escenas, charlas filosóficas y Pizza.

Pero ahora hablábamos de otras cosas más profundas. Como he dicho, Vi me inició en su secta. Hacíamos cosas satánicas, pero de forma tranquila. Y con “tranquila” me refiero a que no hicimos ningún ritual. Tan sólo me impartía la teoría.

Uno de esos fines de semana en que había luna llena, y por lo tanto, perfectas para hacer pactos con el maestro de Vi, me ofreció la posibilidad de pedir algo para mí.

–Dime, Jota Jota, colega. ¿Quieres que tus sueños se cumplan? Un pacto con Mefistófeles haría realidad aquello que más ansias.

–Ya tengo todo lo que podría desear.

Vi se rió.

–¿En serio? ¿Qué es eso?
–Pues estar contigo, así.

Vi se sumió en un largo silencio, no se esperaba esa respuesta por mi parte. ¿Y que le iba a pedir al jefazo de Vi? Mi sueño era tener un amigo, y ya lo tenía desde mucho antes. ¿Dejar de ser un pardillo? Ya lo estaba consiguiendo poco a poco. ¿Amor? Con tener a Vi cerca me contentaba. No necesitaba nada más y era tremendamente feliz.

–¿Estás seguro, colega?
–Totalmente, Vi. Tengo todo lo que necesito ahora mismo.

Sus ojos brillaron de una manera extraña, pero sonrió y cambiamos de tema.

Al cumplir los quince era prácticamente un hombre, físicamente hablando. Hacía deporte a diario, con Vi como mi instructora. Si quería seguirle el ritmo debía estar preparado físicamente.

La actividad en la secta sería extenuante, desde luego. No sólo era reclutar basuras humanas, también había que partirse la cara con cierta orden religiosa que tenía como meta destruirnos.

Durante todo aquel tiempo, Pedro Guzmán, si bien dejó de tocarme los cojones, me guardaba un resentimiento feroz. En su mirada había un poso de odio y eso me tocaba las narices.

También hablaba mal de mí a mis espaldas, y por supuesto, me enteraba al minuto. Eso sí, jamás volvió a sacar a relucir ni el oficio de mi padre ni mi viejo mote. Pero murmuraba, trataba de esparcir rumores y le comía la oreja a todo el que se prestase a ello. Los mismos con los que creía confabular, me lo contaban justo después.

Decidí desquitarme por los años de abusos, tanto con él como con el resto de subnormales que les reían las gracias.

Comenzamos con Pedro. Vi y yo lo secuestramos directamente de su cama. Nos colamos como el que no quería la cosa, por la entrada principal. Entre muchas de las cosas que me enseñó Vi, estaba el arte del ganzuado. Había una gran multitud de ganzúas y técnicas, y con la herramienta adecuada, no había puerta que se nos resistiese.

Fue tan fácil que hasta me dio vergüenza. Le sacamos de la cama, y con un golpe certero en la cabeza, lo dejamos pajarito. Me lo eché al hombro, en mitad de la noche, y lo sacamos por la puerta.

Como éramos vecinos, separados por solo una casa, nadie vio nada ni escuchó nada. Lo sentamos en una silla en mi cobertizo, previamente preparado todo. Lo atamos a ella y lo amordazamos.

Tenía una serie de “juguetitos” encima de una mesa de trabajo, sólo para él. Nos sentamos a esperar a que recobrase el conocimiento.

No entraré en detalles escabrosos, pero básicamente se orinó y defecó encima. Me coloqué unos guantes de cuero gruesos, unas tenazas y el soplete de mi padre. Llevé la punta de las tenazas al rojo vivo y torturé a Pedro con ellas.

Había nacido una nueva emoción en mí: El sadismo puro y duro. ¡Y por un demonio si no lo disfruté como un enano!

Me gustó tanto usar las tenazas de aquella forma que no usé otra cosa a partir de entonces. Acabamos con Pedro al amanecer. Me sentí bastante mejor y Vi estaba impresionada.

Nos deshicimos del cuerpo con discreción. Con las habilidades o Dones –Como queráis llamarlo– de Vi, hacer desaparecer un cuerpo era coser y cantar. Podía detener el tiempo, lo cual era fantástico, pero otra de sus habilidades era la de superponer planos de existencia. Aquello me voló la cabeza. Fue así como hizo desaparecer TODO cuando defenestré a Estefanía.

Eso le daba tiempo a pensar como deshacerse de forma efectiva de los cuerpos, ya que no podía detener el tiempo durante largos periodos de tiempo.

La desaparición de Pedro fue muy sonada. Nos interrogaron como a todos los vecinos y conocidos, compañeros de colegio y sospechosos habituales. Por supuesto no encontraron una sola pista de la que tirar del hilo.

Nadie pudo relacionarnos con su desaparición, tan misteriosa como infructuosa en su investigación.
El resto de la pandilla cayó poco a poco. Hubo una epidemia de desapariciones que preocupó mucho en el Limonar. Jóvenes de buenas familias, en plena adolescencia, desaparecían sin dejar rastro, de la noche a la mañana.

Vi, como la artista consumada que era, fue plantando pistas falsas. Pequeños indicios que sueltos no le decían nada a las autoridades, pero que vistas en conjunto trazaban una historia muy sólida y congruente:
Los chicos habían hecho un pacto suicida. Hallaron novelas, comics, películas, cartas, juegos que glorificaban el suicidio. Obras como “Las desventuras del joven Werther” de Goethe. El guardián entre el centeno, de Salinger. Romeo y Julieta. Los hijos del hombre, de P.D. James, o las cintas como The Virgien Suicides, de Sofia Coppola. El club de los poetas muertos. Suicide Club. O series como la británica Skins, comics y mangas varios, entre ellos Sandman.

Se llegó a la conclusión, que los chavales, con las hormonas revueltas por la adolescencia y el acceso a cierta temática recurrente, provocó un efecto Werther en ellos.

Dieron carpetazo al asunto, sin más. Seguramente, pensaron, eligieron un lugar apartado donde nadie pudiese encontrar sus cuerpos, y uno tras otro, animados por las desapariciones de sus amiguitos, se fueron animando a dar el paso. Prometieron a las familias afectadas que seguirían buscando los cuerpos… pero en la práctica era “Si encontramos el cuerpo de algún adolescente… veremos a ver si es alguno de ellos”, pero buscar… lo que se dice buscar, no se tomarían la molestia. Igual podrían haberse tirado por el acantilado de Maro o haber viajado a Japón al bosque ese de los suicidios, tan famoso.

Se decretó una semana de luto.

Yo, lejos de sentirme mal, estaba en paz conmigo mismo. Quizás debiese sentirme como una mierda por torturarlos por todos los malos tragos anteriores, pero como decía Vi, no era sadismo porque si, era retribución. Había enmendado un entuerto, y ¡joder! ¡Qué bien sentaba deshacer entuertos con Vi a mi lado!
Le había cogido el gustillo a las tenazas al rojo vivo, una fijación tal, que Vi acabó por apodarme “Tenazas”.
De cara a mis padres, mis profesores, compañeros y vecinos, era Jorge Jiménez, pero cuando estábamos solos, era Tenazas.

Y mi graduación llegó finalmente. Mi educación segundaria obligatoria estaba oficialmente terminada. Era libre de hacer con mi vida lo que me saliese de los cojones, según Vi.

Guardo en mi corazón la ceremonia de entrega de diplomas. Vi, por supuesto, acudió. ¡Se puso un vestido y todo! Estaba preciosa como nunca ¡Incluso se maquilló!

Nada más terminar la ceremonia y las correspondientes fotos. Vi me agarró y me llevó a un aparte.

–Tenazas, ya eres todo un graduado. Parece mentira, ¿eh?
–Pa que veas, Vi.
–Ahora toca elegir, colega: Puedo borrarte de la memoria los recuerdos que tienes sobre mí… ya no me necesitas. Eres un hombre, si bien legalmente eres menor de edad, ya nadie no puede no tomarte en serio, colega.

La miré a los ojos con intensidad. Continuó.

–O puedes dejarlo todo atrás, dejar de ser Jorge Jiménez y venir conmigo, ser Tenazas a partir de ahora. Debo marcharme ya, pronto sospecharan que no cambio físicamente. Y desde que te inicié, no he cumplido con mi deber para con mi maestro. Está impacientándose, debo buscarle nuevos incautos con ganas de venderle el alma. Si vienes, ya no habrá vuelta atrás, colega. ¿Qué decides? Debe ser ahora…

Miré atrás, a mis compañeros. Tenía una docena de chicas que se me habían declarado y a las que había rechazado sistemáticamente, pero no se rendían. También contaba con un nutrido grupo de amiguetes, con los que seguramente coincidiese en el bachillerato y luego en la universidad. También estaba mi familia, desde luego. Tenía tanto por lo que quedarme pero que realmente no me importaba.

Los sentimientos que albergaba por Vi, lejos de apagarse o de mutar hacía una sincera amistad, no solo se habían estancado, si no que se habían intensificado: Amaba a Vi. Estaba perdidamente enamorado de ella. No tenía claro que haría cuando superase físicamente su edad, pero algo haría para estar de igual a igual con ella y declararme.

–Me voy contigo, Vi. Literalmente te seguiré al infierno.

–¿Estás seguro, colega? Recuerda, “Si bailas con el diablo, siempre lo harás a su ritmo”. No será una vida fácil y sencilla… siempre tendremos la amenaza de la soga pendiendo sobre nuestras cabezas. Puedes quedarte aquí… ya no eres un niño, eres un peazo tío. Te irá bien… hay muchas chicas loquitas por tus huesos, colega. Tendrías una vida maravillosa… solo que me olvidarás…

–Vi, escúchame bien: Aquella noche murió Jorgito… y nació Tenazas. Quiero estar contigo… y te seguiré hasta el mismísimo infierno… por toda la eternidad.

Se emocionó un poco ante mis palabras y me dio un abrazo, con fuerza. Se le corrió un poquito el rímel.


–Pues vámonos ya. No podrás despedirte, lo siento.
–Ni falta que hace.
–Perita... –Me soltó, despacio, mirándome a los ojos.
–¡Perita!

Salimos de allí sin que mis padres ni nadie nos notasen. Nos montamos en su Mustang y jamás nos volvieron a ver por allí.

Paramos un segundo, por petición mía, por mi casa. Quería tan solo una cosa: Las tenazas que había estado usando hasta ahora. En parte por tener un recuerdo de mi vida pasado, por otras, porque les había cogido el gusto a usarlas.




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Forjador de historias
#2
Capítulo 5


Recorrimos la península entera, de cabo a rabo, durante una década completa. Con calma, sin prisas.
Cumplimos con nuestro deber como cultistas que éramos. Nuestro modus operandi era sencillo: Nos instalábamos en pequeñas, medianas y grandes ciudades. Cualquier lugar donde hubiese gente con pasta: Urbanizaciones privadas, edificios emblemáticos, localidades de ensueño y cualquier vivienda que estuviese disponible.


Al principio, cuando la diferencia de edades era significativa, nos presentábamos como hermanos o primos.
Alquilábamos o comprábamos un piso o una casa, preferiblemente chalets o casas unifamiliares, cerca de otras viviendas parecidas. Siempre gente con pasta, ambiciosa.


El culto de Vi tenía muchos miembros, atados por el contrato con Mefistófeles y a nuestro servicio. Nos procuraban coartadas, documentación, y bienes inmuebles. No nos faltaba el dinero ni los recursos para llevar a cabo nuestra tarea.


Solo teníamos que preocuparnos por traerle almas pecadoras fresquitas a Mefistófeles.
¿Trabajar? ¿Estudiar? ¿Doblar el lomo por un bocata? Eso era para mortales, no para los sicarios del diablo.


La habilidad de Vi para manipular las memorias, si bien era limitada, era muy útil. No podía manipular las mentes de muchas personas a la vez y le era imposible manipular la opinión pública y los medios. Si se faltaba cualquier cosa, estábamos bien jodidos. Si algo quedaba escrito, para nosotros lo estaba en piedra.
Vi era incapaz de manipular los recuerdos de los inocentes. Los niños, por regla general, eran todos inocentes. Pero los adultos… eran muy fáciles para ella.


La inocencia no era solamente ser más virgen que el aceite de oliva. Era estar sin mácula de ningún tipo. Mientras más pequeños eran los niños, más puros e inocentes eran. Cuando comenzaban a pecar, dejaban de sernos útiles a nuestros propósitos.


Yo fui una excepción, según me dijo Vi. Con doce años no le había hecho daño ni a una mosca, tan solo recibir bofetadas de la vida sin parar. Me confesó que se lo pasaba bien cuidando de mí, que me cogió mucho cariño siendo un renacuajo con una mente inquieta y buen gusto para el cine.
Me sorprendió mucho oírselo decir. Cualquier duda que albergase sobre ella y su actitud pasada, se había disipado. Me consideraba un amigo, antes y después.


Obviamente, hasta que no perdí la inocencia al convertirme en “Tenazas” no pude ser manipulable a través del Don de Vi. Hasta aquel instante, era invulnerable.


Por eso estaba tan asustada y cabreada la noche de marras. Si lograba escapar, llamar a la policía y se armaba una buena, tanto que trascendiese a la prensa, Vi lo pasaría tremendamente mal. Si bien podría escapar e incluso cambiar la cara que percibían los demás… se levantaría la liebre, y le costaría mucho encontrar a un nuevo chico al que cuidar para extraerle la sangre sin hacerle daño.


¿Quién dejaría a su retoño al cargo de una jovencita universitaria cuando en las noticas no paraban de hablar del caso de la niñera diabólica?


Tendría que cambiar de país, esperar a que se calmasen las aguas… y no le apetecía lo más mínimo. El jefazo exigía sacrificios, sangre y almas, y mucho había aguantado sin ellas por mi culpa.
Quise creer que era una excusa, que lo que no quería ella era separarse de mí tampoco. Eran fantasías que alimentaban mi amor, mi devoción y obsesión por ella.


Los primeros años de nuestra actividad, como dije, Vi hacía creer que éramos hermanos, que éramos una familia normal y corriente. Ella universitaria y yo su hermano menor, que estudiaba bellas artes o algo por el estilo. Se paseaba por el barrio, haciendo amigos nuevos. A veces lo hacíamos juntos, a veces por separado.


Hasta que encontrábamos una pareja con un solo crío. Vi se ofrecía como canguro y raro era el pardillo al que no le brillasen los ojos ante la posibilidad de explotar a una jovencita guapa y atractiva para cuidarle al chaval por unos pocos euros.


La gente de pasta no era asidua a tirar el dinero, por algo eran ricos. Necesitábamos un lugar amplio y la posibilidad de tener la casa vacía un periodo de tiempo amplio, que incluyese las noches de luna llena. Sus padres debían tener pasta, una buena casa y el dinero y el tiempo necesarios para pirarse alguna que otra noche bastante lejos. Vi hacía de las suyas para que coincidiesen esos viajecitos con la luna llena de cada mes.


Encandilábamos a los pequeños con facilidad. Los renacuajos adoraban a Vi… y a mí, bueno, me toleraban, sin más. Intentaba hacerme amiguito suyo, pero no colaba casi nunca. Vi tenía un don natural, intrínseco a su persona. Ella era así y punto.


Y una vez teníamos asegurada una buena reserva de sangre virgen e inocente, nos poníamos a reclutar subnormales ambiciosos, cachos de carne egoístas y egocéntricos. Era bastante sencillo encontrarles y atraerles al lado oscuro.


Vi exigía que fueran las peores personas posibles, en especial aquel al que fuésemos a sacrificar. Vi podía intuir quien era malo de verdad de un vistazo. Parte de su habilidad para manipular mentes y recuerdos, era, obviamente, el visionado de estas. Viendo las cosas que recordaban, Vi había contemplado auténticas barbaridades.


Muchas veces, debía tomarse un par de días, sola, para recuperarse. No era solo cansancio físico, también lo era emocional. Había ocasiones que topábamos con monstruos y Vi se llevaba la peor parte. Era muy sensible en realidad, aunque por fuese diese esa imagen de tipa dura, con la navaja en el bolsillo y un taco en los labios, y aquellas cosas que veía, le afectaban bastante. La dejaba sola, respetando su espacio, cuando eso ocurría.


A pesar de que trabajábamos para el diablo, el antagonista de Dios, y que representaba justo los valores contrarios a sus leyes divinas… la verdad es que hacíamos el trabajo de Dios: Castigar a los pecadores.
Me pregunté muchas veces si el Diablo no era algo así como el sicario de Dios, el que lavaba los trapos sucios del altísimo. Él, desde luego, no se ensuciaba las manos, mandaba a otro a que lo hiciese por él.
Buscábamos, reclutábamos y en cada luna llena realizábamos un ritual. Prácticamente no hubo mes sin uno.


Yo no había hablado ni tratado con Mefistófeles en absoluto. Ni siquiera sabía que aspecto tendría nuestro jefazo –Como lo llamaba en confianza–, de eso se encargaba Vi. Una vez que se vertía la mezcla de sangre sobre el libro de las sombras, se recitaban palabras arcanas escritas en sus páginas y formulado las peticiones de los nuevos iniciados, cada cual tenía su momento con el jefe, a solas, en intimidad.
Como yo no había pactado en ningún momento, no sabía nada de primera mano. Tampoco preguntaba, me parecía de mal gusto.


Los pactos con Mefistófeles siempre tenían letra pequeña. El jefe era de retorcer las palabras para que las cosas siempre saliesen a su favor y en detrimento de los demás. Era un artista, desde luego.
Vi siempre decía “Si bailas con el diablo, siempre lo harás a su ritmo” y vaya si tenía razón. Siempre pedía algo a cambio de valor igual o superior, no se conformaba la mayoría de las veces con el alma propia.
Me tocó ver como muchísimos de ellos, una vez cumplidos sus deseos, acababan mal. Caían en desgracia, perdían aquello que habían pedido y siempre quedaban en deuda con el jefazo. Sus almas estaban condenadas y para colmo, debían seguir trabajando para nosotros. Eran nuestras “putitas” y así se lo hacíamos saber con bastante frecuencia.


Sus pactos eran retorcidos y para nada beneficiosos. Muchos o morían o se suicidaban, pocos mantenían sus beneficios y todos pasaban a lamernos la suela de los pies.


Vi era la suma sacerdotisa y yo era su más devoto aprendiz, al que mantenía a su lado y ello me daba un mayor estatus en la Secta. Era algo así como un arzobispo o un cardenal, y el resto estaban por debajo de mí.


Los años fueron pasando y nos fue muy bien.


Para los dieciocho, los diecinueve y los veinte, ya no podía pasar por el hermano menor, y éramos primos o a veces pareja. Otras veces totales desconocidos, y cada uno, por su lado, hacía sus labores de reclutamiento.


Vi y yo cada vez éramos más cercanos, muchísimo. Ya con veintiuno me miraba de otra forma, como con interés genuino. Me hacía bromas más íntimas, me decía que me estaba volviendo un tipo interesante. Sus abrazos duraban más y yo flotaba en una nube constantemente a su lado. Parte de mi sueño se había cumplido. Vi me miraba a hurtadillas y cuando la sorprendía, desviaba la mirada.









Y creo que los demás cultistas lo notaban, creciendo la envidia y el rencor hacia mi persona. Cuando teníamos a algún capullo especialmente útil, viajábamos con él o ella. Venía muy bien tener una figura extra en nuestra tapadera. Aunque podía manipular recuerdos y hacer creer a la gente que conocía a sus padres y que vivían con ella, era más sencillo tener a un tipo más mayor haciendo de padre o a una señora madura.
Los gobernábamos con puño de hierro. Vi era el Emperador Palpatine y yo Darth Vader, su mano derecha. El resto de adeptos nos asistían en los rituales.


Pero no todo era miel sobre hojuelas, desde luego. Teníamos enemigos declarados, decididos a acabar con nosotros.


No eran raros un par de enfrentamientos chungos al año contra la “Guardia de Gabriel”, como se hacían llamar los tarados de aquella orden religiosa.


Y era cuando el nombre Tenazas se pronunciaba con una mezcla de temor y respeto.


Capítulo 6


Los guardianes, como los llamaba para abreviar, eran una manada de mojigatos pichacortas reclutados por el mismísimo arcángel. Tenían a su líder, una tal Amanda. La odiaba con toda mi alma y el sentimiento era mutuo.


Amanda era la contraparte de Vi. Ella era la que partía el bacalao en la orden de la Guardia de Gabriel. Él hablaba a través de ella, y el resto obedecía ciegamente.







Tenía un par de años menos que yo, quizás. Era guapa, fuerte y valiente. Pero claro, si yo contase con la bendición divina, también sería valiente al extremo.


Reclutaba a lo peorcito de la sociedad, que veían en Amanda el camino de la redención y el perdón de Dios. Toda clase de inadaptados dispuestos a sacrificar sus vidas porque el de arriba hiciese borrón y cuenta nueva.


A veces, incluso, lograban robarnos a algún adepto, que se chivaba de nuestras ubicaciones actuales y venían a dar por culo.


Curas borrachos, ex prostitutas, mafiosos, asesinos, sicarios, ex presidiaros de todo pelaje y hasta enfermos mentales que hayan la Fe tras haberse descarriado. Precisamente la clase de chusma que nosotros depredábamos. Amanda les daba un nuevo propósito a sus vidas, y en vez de caer en nuestras garras, caían en las suyas.


Al igual que Vi, Amanda poseía ciertas habilidades o dones, llamémosle “Divinas”. Algunas coincidían con las de Vi, como parar el tiempo o alterar recuerdos. Otras, nada tenían que ver, como la curación o incluso la resurrección.


Me tocaba las narices tener que matar dos o tres veces al mismo gilipollas. Por suerte, sus habilidades, al igual que las de Vi, no eran todopoderosas y contaban con limitaciones. Si uno de los suyos caía y pasaba cierto tiempo, era imposible traerlo de vuelta.


Amanda me odiaba con fervor casi religioso. Tenía sobre su piel un recuerdo mío. Le había marcado, en una ocasión, con mis tenazas al rojo vivo. Fui bastante creativo de una forma retorcida y le marqué con una cruz invertida en el pecho izquierdo.






Lo recuerdo como si fuese ayer. Nuestros primeros encuentros eran de película: Ella trataba por todos los medios de que me uniese a ella. Decía que podía ver que yo estaba “limpio” de la influencia de Mefistófeles.


Daba grandilocuentes monólogos sobre el bien y el mal, me instaba a abandonar a Vi y unirme a ella. Me prometía el oro y el moro, y yo la mandaba a cagar.


Y entonces llegaban las tortas. Nos liábamos a tiros, por regla general. Amanda no era inmortal, pero gracias a sus dones, se podía curar a sí misma y a sus aliados. Si caía uno, ella iba a curarle o resucitarle.
A distancias cortas, dejábamos las armas de fuego y nos dábamos de leches. Sabía pelear muy bien y me rompió la ceja y la nariz un par de veces. Yo por mucho, lograba encajarle unas pocas de hostias bien dadas.


Una vez, durante una escaramuza, logré noquearla. La secuestré, como a otros tantos de los suyos con anterioridad. La até a una silla y la torturé sin piedad. Ella rogaba para que entrase en razón, que no era tarde para redimirme, que Dios perdonaba si se lo pedía de corazón. Me reía en su cara mientras le daba lo suyo.


Vi ya no asistía a mis sesiones de tortura y me instaba a dejar de hacerlo, que le daba repelús. Jamás me dejó hacerle daño –Ni tampoco me apetecía– a alguien inocente, y no hablaba de niños precisamente. Me dijo que no consentiría si daba rienda suelta a mi sadismo con alguien ajeno a nuestro submundo.


Amanda no era una pecadora. De largo era la única persona pura e inocente –En todos los aspectos– en nuestro ramo. Era la enviada de Dios, la mano del mismísimo Gabriel. Esperaba que Vi me pidiese que la dejase ir o que no le hiciese daño, pero con un brillo de odio en los ojos, no solo me dejó divertirme, sino que incluso hizo algo que no esperaba de ella: Impregnó con esencia oscura –No me preguntéis que era, porque a día de hoy no lo tengo aún muy claro– mis tenazas. Así, las heridas que le produjese a Amanda no podrían ser curadas ni regeneradas de ninguna forma. Debería dejar que la naturaleza siguiese su curso, curándose como cualquier otro mortal, dejando la cicatriz.


Llevé las tenazas al rojo vivo y le marqué el pecho izquierdo con una cruz invertida. Fue el momento en que la Fe de Amanda se quebró al fin. O al menos la Fe que podría haber tenido en mí. Mi firma se quedó para siempre en su piel, como un recordatorio constante de que la había humillado y sometido.
Juró matarme y resucitarme durante un par de años enteros, sin parar, el día que lograse capturarme. Obviamente me reí en su cara y la invité a intentarlo.


Fue liberada por los suyos y se marchó, amenazándome.


La orden era nuestro grano en el culo, pero eran un mal menor, casi sin importancia para nosotros. Siempre íbamos ocho pasos por delante de ellos y solo por casualidad daban con nosotros.


Tan sólo el pronunciar mi nombre o estar ante mi presencia, bastaba para que muchos de sus miembros temblasen y se santiguasen. Los tenía traumatizados. “Tenazas” era un nombre prohibido entre ellos, era como invocar al jefe de las tinieblas.


Y lo disfrutaba.


Capítulo 7


Ya tenía veinticinco, y corría el año 2025.


Todo iba de lujo. Yo fingía ser un empresario de éxito, el suggar daddy de Vi mientras ella estudiaba en la Uni en Madrid. Estábamos instalados en Galapagar, ni más ni menos. Nos hicimos amigos íntimos de una pareja bastante influyente en el país. Tenían buenos negocios que iban como un tiro.


Vi cuidaba de sus pequeños. Al tener edades muy cercanas entre sí, decidimos hacer una excepción. No lo hacíamos mucho, pero si la cosa lo ameritaba, ¿Por qué no? Además, tenían un casoplón de aquí te espero. Ideal para nuestros tejemanejes.


El padre, en especial, era un sátiro de tres pares de narices. Le babeaba a Vi de una manera que me producía unas ganas enormes de partirle la cara con mis tenazas. Vi debía reírle las gracias, ser encantadora y seguirle un poco el juego, si quería poder trabajar para él. Vi me pedía paciencia y que no hiciese nada precipitado, como darle una somanta de palos.


La madre, por el contrario, era un chocho loco. Me la trabajé por mi cuenta, para no dejar cabos sueltos. La tenía comiendo de mi mano, y eso que se la daba de feminista radical. Me la llevaba por ahí a cenar, de copichuelas y acabábamos en una habitación de hotel, yo vestido como un amo sadomaso y ella de sumisa. Me pedía que le diese caña y yo se la daba. No hubo nunca nada más que azotes, insultos de todo pelaje y juegos de sumisión.


Si sus amigas y conocidas supiesen que le gustaba que la llamasen “perra” y que la mandasen a fregar… ¡Se caerían de culo!


Con mi presencia, mi edad y mis contactos, podíamos ahora reclutar gente más mayor para los sacrificios. Buscábamos lo peorcito de la sociedad matritense.


Llevábamos poco más de un año cuando durante uno de nuestros rituales, la orden nos encontró.
Ya teníamos la sangre, el sacrifico hecho y los niños arriba, dormiditos como angelitos, a salvo. Cuando estábamos por iniciar el ritual, las puertas principales se abrieron de forma violenta.


Amanda, como siempre, lideraba el asalto. El fuego de la ira divina brillaba en sus ojos, gritando mi nombre.


–¡¡Tenazas!! ¡¡Da la cara, cobarde!!


Entraron disparando y yo les devolvía el fuego junto con Vi y un par de adeptos que nos asistían, parapetados en el amplio salón.


La cadencia de fuego aquella vez fue muy superior a la habitual. Nos habían vendido, una vez más. Venían muy bien preparados.


Mataron a los futuros iniciados, y estaban haciendo una escabechina con nosotros. Yo apenas pude abatir a unos cuantos fieles a la orden. Vi estaba a mi lado, disparando, aunque no estaba muy inspirada aquel día.


–¡Tenazas! ¡Mejor nos piramos de aquí!


Asentí. Cuando las cosas se ponían chungas de verdad, lo mejor era salir cagando leches de allí y probar suerte en otro lugar. Teníamos una máxima, Vi y yo: “Si alguno de los dos cae, el otro debe pirarse, colega”. Si yo era alcanzado, o si lo era Vi, el otro tenía que asegurarse de sobrevivir y huir.


Lo teníamos más que hablado. Era algo que llevaríamos a rajatabla, pasase lo que pasase. Si capturaban a Vi, me reorganizaría y junto a un puñado de mis adeptos más fieles y confiables, viajaríamos hasta su sede o cuartel general para recuperar a nuestra Suma Sacerdotisa. No me importaba a cuantos iniciados tuviese que sacrificar por ello.


Pero entonces ocurrió lo inevitable.


En el momento en que abandoné mi parapeto, Amanda me disparó con su rifle. Me hizo un agujero enorme en el pecho y caí sobre la alfombra del salón, desangrándome a borbotones.


Vi, lejos de cumplir su palabra –Nuestra palabra–, se quitó la camiseta. La hizo un ovillo y me la introdujo en la herida, taponándola.




–¡Tenazas! ¡Tenazas! No te duermas, por favor. Quédate conmigo, colega.


Estaba llorando. Era la primera vez que la veía llorar en todos aquellos años. Y era por mí.


Me costaba dar el paso y confesarle a Vi mis auténticos sentimientos, pero tenía miedo de que nuestra relación cambiase. Que Vi se volviese distante y nos alejásemos. Me había propuesto en un par de meses, cuando cumpliese los veintiséis, echarle un par, por una vez, y me declararía a Vi. Estaba casi seguro que ella me correspondería.


Verla llorar así me confirmó que de haber tenido los cojones suficientes, ella se habría arrojado a mis brazos con un “¡SI!”


Pero ya era demasiado tarde…Me morí… o eso creí.


Me desperté en mi cama. No en la cama del ático de la Castellana que tenía alquilado, no. Me desperté en la habitación del chalet de mis padres.


Capítulo 8


Me levanté de la cama gritando.


–¡Vi!


¿Qué demonios hacía allí? Hacía diez años que no veía a mis padres, que no pisaba la capital de Málaga ni mucho menos aquella casa.


Algo no estaba bien del todo. Me sentía raro, extraño con mi propio cuerpo. Mi habitación no estaba tal como la recordaba, como si las proporciones hubiesen cambiado desde la última vez que estuve allí, la mañana de mi graduación de la ESO.


Me metí en el cuarto de baño para echarme agüita en la cara y despejarme. El lavabo estaba más alto que como lo recordaba. Cuando alcé la vista y me miré en el espejo grité como un energúmeno.
Mi madre vino corriendo, saltando los escalones de dos en dos.


–¡¿Qué pasa, Jorge?!


La miré, con el corazón desbocado.


–¿Mamá? ¿Qué ocurre?
–Eso quisiera saber yo, que qué ocurre.


Mi madre tenía exactamente el mismo aspecto que la última vez que la vi. Volví a mirarme al espejo.
Tenía el mismo aspecto que a los doce años. Miré a mi madre y al espejo de forma alternativa, ojiplático y sin saber qué coño decir. Mi madre se impacientó.


–¿Se puede saber qué te pasa, Jorge? Me estás asustando…
–Mamá… ¿En qué año estamos?


–¿Ya estamos con las tonterías de las pelis esas? Mira, a mí también me gustó regreso al futuro, admito que Michael J. Fox estaba muy guapo, pero esa fijación tuya por recrear escenas me tiene preocupada…
La aparté con un poco de brusquedad y bajé a la cocina. Allí teníamos siempre un almanaque de la empresa de mi padre.


Agosto de 2012.


El mundo me daba vueltas. 2012… otra vez.


Estaba muy mareado y débil. Me desmayé allí mismo, en el suelo, frente a la nevera.
Unos tortazos suaves me devolvieron a la realidad. Me levanté de forma trabajosa.


–Jorge, cielo. Te has levantado muy rápido, medio dormido y sin desayunar, y mira que te ha pasado. No me des esos sustos, hijo.
–Perdona, Mamá… no sé qué me ha pasado, lo siento. No volverá a repetirse…
–¡Más te vale! ¿No te da nah por el cuerpo darme estos disgustos…?


La dejé rezongando peroratas de madre angustiada con hijo adolescente. Salí al salón, para asegurarme de que no fuese aquello una alucinación o una pesadilla.


Todo encajaba con el año 2012 que había vivido. La televisión era el modelo que teníamos por aquel entonces, en 2014 lo cambiamos un par de veces. No estaba el acuario que compró mi padre con los peces tropicales de los que se había encaprichado más tarde.


Todo parecía indicar que estaba en el pasado, de nuevo. Encendí la tele, todo cuadraba. Aquello no parecía el purgatorio, desde luego.


Tuve que sentarme para terminar de asimilar que había pasado. Recapitulé rápidamente:
Estaba muriéndome sobre una alfombra persa, con Vi tratando de parar la hemorragia. Abrí los ojos y volvía a ser una mañana de verano de 2012.


Amanda me la tenía jurada y sabía que hablaba en serio cuando me amenazó con un ciclo interminable de muerte-resurrección que haría que perdiese el juicio.


No estaba muerto, ni estaba resucitado bajo el poder de la orden. Vi, seguramente se guardaba un as en la manga, una habilidad mefistofeliana que le permitía viajar en el tiempo y no me había contado nada. ¡Eso debía ser!


No me contó nada para evitar que le pidiese usar dicha habilidad. Igual era de esas que no podía usar libremente cuando le saliese del papo. Suspiré aliviado. Vi era una caja de sorpresas.
Regresé a la cocina, donde seguía mi madre refunfuñando.


–Oye, Mamá, ¿podrías llamar a Vi? Quiero hacerle una consulta académica, para los deberes de verano.
–¿Qué Vi?
–Pues Vi, Violeta.
–¿Quién es Violeta? No la conozco.


Sonreí. Me estaba gastando una broma de vuelta.


–Venga, Mamá, no se te da bien gastar bromas.
–¿Te parece a ti que esté de guasa, Jorge?


Puso los brazos en jarras y frunciendo el ceño como cuando estaba por cabrearse de verdad.
Aquello me provocó un vacío en el estómago que me trastocó.


–M-mamá… por favor… llama a Vi…
–Jorge, no conozco a ninguna Vi o Violeta. ¿Es tu novia? ¿Tienes novia y no me has dicho nada?
–N-No… no…
–Ay, hijo, que mala cara se te está poniendo. ¿Quieres que te lleve al médico?
–No, no… es una bajada de azúcar o de tensión o algo por el estilo.
–Anda, siéntate ahí.


Me empujó con delicadeza hasta el taburete de la cocina y me obligó a sentarme. Ya no tenía la fuerza ni el vigor de mis veinticinco años.


Abrió el refrigerador y me sirvió un vaso de Coca-Cola. Me lo bebí a buchitos cortos. Mi mente era un avispero al que le había dado una patada Jonh Cena.
La verdad es que el refresco me ayudó bastante a recuperarme. Me lo bebí entero, mientas mi mente se despejaba.


–Oye, mamá… ¿cómo se llamaba la niñera?
–¿Cuál de ellas?
–Pues la chica que viene últimamente…
–Ah, Sofía. La niña de Angustias, ya sabes, la nieta de Don Agapito, el vecino.
–Ah… ah… Ya, ya, jeje, es que no me salía el nombre.


Sofía tendría por aquel entonces unos veintitantos años y jamás había cuidado de mí. Un par de veces me mandó mi madre a casa de Don Agapito cuando estaba ella por allí, para que pasase la tarde mientras mis padres atendían algún recado importante y les estorbaba.


Por lo demás, no teníamos ninguna relación. Aquello me olía francamente mal.


–Bueno, ya estoy mejor, voy a salir un rato a jugar.


Mi madre me miró con desconfianza.


–¿Tu? ¿Salir a jugar… fuera?


Me puso la mano en la frente.


–No parece que tengas fiebre… ¿Hablas en serio?
–Siempre hablo en serio, Mamá…


Se encogió de hombros y sonrió.


–Bueno… mejor. Ea, sal que te dé el aire un poco, Jorge.


Subí, me vestí y me calcé las deportivas, bajé a la calle a toda velocidad. Caminé por la urbanización hasta toparme con algún conocido que arrojase algo de luz a aquel misterio.
Como no, me encontré con Pedro Guzmán y su cohorte de lame-frenillos. No daba crédito. Estaban vivos y con trece años la mayoría de nuevo. Me acerqué a ellos.


–¡Pedro!¡Eh, Pedro!


Todos se giraron estupefactos, mirándome como quien mira a un extraterrestre. Caí en la cuenta de que por aquel entonces evitaba cualquier contacto con aquellos retrasados que iban de quinquis.


–¿Chopito? –Se rió– ¿Qué pasa, me echaba de menos, marica?
–Déjate de hostias. Dime, ¿Tú conoces a Vi?


Me miró con cara de asco y aprensión. En su mirada podía ver como buscaba en su limitada mente la posible rima ofensiva con “Vi”, para adelantarse a la supuesta retranca.


Una bombilla, metafórica, se encendió en su cabeza.


–¿La que me la agarró con la nariz?


Sus drugos se partieron el culo a mi costa. Puse los ojos en blanco y traté de marcharme. Pedro me sostuvo por el hombro, reteniéndome.


–¿A dónde crees que vas, Chopito?


Me gire y le espeté:


–Vete a tomar por culo, come mierda.


Y me sacudí su mano de encima. Hubo un corrillo de voces incitando a Pedro a hacerse respetar. Los ignoré y seguí mi camino, estaba de un humor pésimo.


Pedro se envalentonó demasiado y me fue detrás, retándome. Como le ignoraba cordialmente, no tuvo mejor idea que pegar una carrera, adelantarme y encararse conmigo.


–A mí no me des la espalda, pescadero maricón.


Mi respuesta fue un directo a su nariz, rompiéndosela. Cayó de bruces, sangrando y llorando como una nenaza. Seguí adelante, dejando a todos sin palabras. No volvieron a seguirme ni a molestarme.
Pregunté a todos los vecinos que conocían a Vi que me iba encontrando. Nadie parecía saber de quién le hablaba y me iba poniendo cada vez peor. Corrí hasta el chalet que tenía alquilado con su supuesta familia.
Llamé a la puerta desesperado.


–¡Vi! ¡Vi!


Me abrió la puerta una señora que no conocía de nada.


–¿Jorge? ¿Qué pasa? ¿Por qué me aporreas la puerta de esa forma, niño?


No había visto aquella mujer en mi puta vida, pero por lo que podía comprobar, ella a mí sí que me conocía.


–¿está…. Está Vi en casa?


Cruce los dedos.


–¿Vi?¿Qué Vi? ¿De qué hablas, Jorge? Mira, da igual, dile a tu madre que se pase por aquí a echar la partida, que a ver si se le va a olvidar, como siempre. A las cinco, ¿eh?


Asentí y me di la vuelta para marcharme. Recorrí todo el barrio, no había rastro del Mustang ni de ella por ninguna parte. Nadie la conocía, nadie la había visto jamás.


Regresé abatido a mi casa, tenía un hambre bestial. Era ya medio día.


¿Era aquello realmente un sueño? ¿Era el purgatorio? ¿El infierno? ¿O una pesadilla retorcida? ¿Estaba pagando por mis pecados por servir al mismísimo demonio?


¿Realmente existió Vi? O ¿había tenido una alucinación o un sueño jodidamente vívido, donde había tenido una larga vida, toda una década, junto a una chica de la que creía estar enamorado?


Frente a mi casa, me metí la mano en el bolsillo buscando las llaves. Noté algo que no cuadraba. Lo saqué.
Era la navaja de Vi, su fiel pincho. Me emocioné.


¡Vi existía! ¡Era real! ¡No estaba viviendo un sueño!


No pude reprimir unas lágrimas de alegría, cayendo de rodillas al suelo, sujetando contra mi pecho aquel tótem, aquella prueba irrefutable que el amor de mi vida no había sido un producto de mi mente.


–Vi… oh, Vi… Te quiero…


Una vez que me pude calmar, me sorbí los mocos y me puse en pie.


Ahora me surgía una nueva interrogante. Si Vi existía… ¿Dónde coño estaba? Aquí no, desde luego. Tendría que estar por ahí… trabajando para el Jefazo… Mefistófeles.


Me puse a pensar en ello. ¿Por qué, en primer lugar, estaba yo allí? ¿Por qué precisamente de vuelta a los doce años de edad?


¿Qué había ocurrido realmente? ¿Acaso… Acaso Vi… hizo otro pacto con Mefistófeles… por mí?


Lo último que recordaba era a Vi, entre lágrimas, rogarme que no me durmiese.


Me puse pálido. Recordé las palabras de Vi como si pudiese escucharlas en mi cabeza “Si bailas con el Diablo, siempre lo harás a su ritmo”. Podía oír una risa, de regodeo, de recochineo, muy claramente.
El jefe, en su reino infernal, se regodeaba. Podía sentirlo y escucharlo.


Estaba seguro de que Vi, a la desesperada, pactó una vez más con él. Rechiné los dientes. “Vi… ¡GILIPOLLAS!


Inspiré hondo varias veces. Tenía que deshacer aquel jodido entuerto a mi manera. No podía dejar a Vi a su suerte.


Invoqué a Mefistófeles, recitando los versos que sabía ya de memoria.


El tiempo se paró, como tantas veces hiciese Vi… pero aquella vez era diferente. El ambiente se enrareció y oscureció, los sonidos en vez de detenerse, se amortiguaron, como si estuviese dentro de una campana de cristal. Un frío glaciar me atenazaba los huesos. Mefistófeles estaba allí.


Quien pensase que en el infierno gobernaban las llamas… era un pobre iluso. El Averno era un lugar inhóspitamente helado. El cero Absoluto era un chiste comparado con las temperaturas imposibles que allí se alcanzaban un día cualquiera en el verano infernal.


Unas manos extremadamente delgadas y huesudas se posaron en mis hombros. Unas uñas afiladas tamborilearon sobre mi camisa.





—Tenacitas… hijo mío. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué puede hacer un humilde siervo de Dios por ti?

–Quiero a Vi de vuelta.

–Ah, qué quieres a MI Vi –Remarcó muy bien el determinante posesivo– Pues mala suerte, Tenazitas, ella es mía y solo mía. Lo siento. Hizo un pacto nuevo conmigo, niño. Mil años más de servidumbre a cambio de que te devolviese al punto donde eras inocente y puro. Deberías estar agradecido, muchachito…

El pecho me dolía horrores… se había sacrificado por mi bienestar. No podía aceptarlo sin más. No podía ni quería vivir sin ella.

—Siempre puedo hacer un pacto contigo, ¿Cierto? —Trataba de sonar con voz firme pese al miedo que inspiraba Mefistófeles solo con su voz.

—Mmmhh… A ver, ¿Qué me ofreces a cambio, chico?

—Me cambio por ella…

El diablo ríe, un sonido que hiela la sangre.

—No me interesa… Vi es una gran líder para mi secta, y tú no le llegarías ni a la suela de los zapatos. Si pacto contigo… saldría perdiendo. Necesito algo de igual valor o superior, preferiblemente superior, ya que te veo desesperado. ¡Mujajajajajaja!

Si risa me taladraba el oído. Me di la vuelta para mirarle a los ojos directamente. Me arrepentí en el acto, pero ya no podía echarme atrás. Sus ojos eran terroríficos, apabullantes. Miles de siglos habían sido contemplados por ellos, y era una carga que un mortal como yo no podía soportar. Era el peso de la eternidad sobre mí.


Mefistófeles tenía rostro humano, bien parecido. Su piel era de un tono rojizo, y de su cabeza salían dos cuernos de diablo, puntiagudos e igual de rojos. Llevaba un tupé repeinado y un traje muy bueno, de corte italiano, con su corbata y todo.


Sus manos, tal como había intuido, eran muy delgadas con uñas afiladas.
Era, desde luego, un tipo muy elegante.


—¡Te doy el mundo entero!


—No eres dueño del mundo, te lo recuerdo, chico.

—Te lo conseguiré… como dé lugar.

—Dudo mucho que puedas lograrlo… solo eres un niño. Y de querer algo de ti, lo querría más pronto que tarde.


—¿Y qué coño quieres de mí? ¿Qué tengo que pueda valerte?


—Nada, chico. Nada. El placer que me da esta situación no es equiparable con nada de lo que poseas o puedas llegar a poseer…


Tragué saliva. Había dado por hecho que me pediría algo sumamente valioso, mucho más que Vi, pero jamás me figuré que me rechazaría de plano.


—Entonces… ¿N-No quieres pactar? ¿Por absolutamente nada?


—No, la verdad es que no. Estoy bien así… Gracias.


—Entonces, –Una ira creciente se desbordaba en mi pecho– ¿Para qué coño te presentas ante mí, hijo de puta?


Mefistófeles rió como nunca, hasta caer al suelo de rodillas, sujetándose la barriga.

—Para esto, chico: Para poder reírme en tu cara y verte así, apretando los dientes, deseperadito y jodiéndote como lo hizo el mismo Herodes, ¡jajajajajajajaja! ¡Jamás tendrás a Violeta, Jorgito! ¡JAMÁS!



Y desapareció. Así, sin más. Sin opción a replica o negociar. ¡Era un maldito hijo de mil padres!


–¡HIJO DE PUTA, DEVUELVEME A VIIII!


El mundo volvió a la normalidad, estaba gritando frente a mi casa como un energúmeno. Por suerte, mi madre no me oyó.


Caí de rodillas, otra vez, llorando. Pero esta vez era de rabia pura y dura, de desesperación elevado al cubo.


El hecho de no ver más a Vi, de no poder hablarle, tocarle, oír su risa o que me guiñase el ojo, era una tortura. No podía vivir sin Vi, no podía ni quería. La amaba con toda mi condenada alma. Y el dolor que sentía era el mayor que había experimentado en mi vida.


Y por mis cojones morenos que la recuperaría, a como diese lugar.


Me levanté con una nueva determinación: Si el diablo no quería pactar conmigo por las buenas… le obligaría por las malas.


Mi objetivo estaba claro: recuperar a Vi, aunque tuviese que hacer arder el cielo y el infierno a la vez.


Capítulo 9


Pero decirlo era fácil. “Voy a recuperar a Vi”, si, pero ¿Cómo coño lo haría?


No tenía ni repajolera idea de donde podría estar ahora mismo y para colmo, tenía doce putos años de nuevo. Era un crío, estúpido y enclenque. ¿Cómo iba a obligar al puto diablo, a Mefistófeles, a devolvérmela? Podía intuir, de sus palabras, que la tenía trabajando para él en la tierra. Que no la había simplemente escondido en algún lugar de su reino. Estaba ahí, en alguna parte. ¿Dónde? Ni puta idea. No tenía ni media pista.


Eran muchos interrogantes. Entré en casa y me tomé un colacao fresquito en la cocina. Mi madre andaba preparando unos entrantes y cositas para su partida de cartas semanal con sus amigas. El almuerzo estaba en el horno.


Me vio algo taciturno, concentrado en el vaso que tenía frente a mí.


–¿Ocurre algo, Jorge?


La miré y seguro que debió de ver algo en mí que la asustó. Se llevó la mano al pecho y dio un paso atrás.


–Jorge… ¿Qué pasa, cariño?
–Nada, Mamá… nada…


Se sentó frente a mí y me agarró de la barbilla para mirarme a los ojos.


–A ti te ha pasado algo muy, muy, muy gordo. Tienes la mirada de un viejo… no la de un niño.
–En serio, Mamá… –Deshice el agarre con suavidad, desviando la mirada.
–¿No confías en mí, Jorge? Soy tu madre…
–¿Cómo voy a confiar en ti, mamá, si papá y tú habéis pasado de mí?
–Eso no es verdad, Jorgito.


–¿Ah no? Viene un gilipollas de traje y corbata y te dice que tu hijo es un dolor en los huevos, que solo causa problemas, que no se quiere integrar y no vale ni para irse a tomar por culo… y le creéis, Mamá. Le crees a él y ni si quiera os molestias en sentaros a hablar conmigo y escucharme. Me habéis llevado de psicólogo en psicólogo hasta que uno te ha dicho lo que queríais escuchar, Mamá: Que soy un dolor en los putos cojones.


Se quedó blanca. Estaba usando un lenguaje que no debería usar, que no se ha usado jamás en aquella casa y totalmente impropio de un crío preadolescente y de nuestro entorno cercano.


–Yo…yo…


–No, si me imagino. ¿Qué va a decir un niñato de doce años que no sabe ni donde tiene la cara? ¿Acaso va a estar equivocado el Orientador y el Director de un colegio privado carísimo? No, claro, el problema es el niño, que juega videojuegos, que ve pelis, que lee novelas raras. Que seguro que fuerza el armero y se lía a tiros, como en Estados Unidos. Seré un niño, Mamá… pero no dejo de ser una persona, tengo agencia propia –Aunque muy limitada– Sentimientos, problemas, dudas, muchas dudas y un corazón roto ahora mismo. No me conoces… no porque me niegue a abrirme a vosotros… es que no me habéis dado la oportunidad.


A mi madre le temblaba la barbilla, con los ojos nublados por unas lágrimas que amenazaban con derramarse.


Yo simplemente estaba cansado. De todo. Tenía mucho en qué pensar, además.


–Lo siento… lo siento mucho. Creíamos que hacíamos lo correcto… porque te queremos, Jorge. No sabía que… que te sentías así.
–No importa, Mamá… Sé que en el fondo estás tan perdida como yo y que nadie te enseña a ser madre o padre, que hasta que no estás ahí, en el ruedo con tu capote y el toro delante… no sabes lo que es torear… que aprendes con cada capotazo que das… y te dan. A pesar de ello, aun así, os quiero mucho a ambos.
–Y nosotros a ti, cariño.


Nos fundimos en un emotivo abrazo. Me sentí bastante mejor al soltar todo lo que llevaba guardándome más de una década y media. Cuando me soltó, me tomó de los hombros.


–Pero… eso no lo es que te pasa, ¿Verdad? Hay algo… algo peor, por favor… cuéntamelo.
–No te lo vas a creer…
–Por favor… confía en mí.


Me encogí de hombros y se lo conté TODO. Empecé por contarle el acoso escolar al que me sometían, que me llamaban “Chopito”, que nos despreciaban por los orígenes humildes de ambos y que en el colegio hacían la vista gorda con el bullying.


Algo sospechaba mi madre sobre el clasismo de mierda de aquellos payasos, pero se imaginaba que me hacían el vacío en clases. Se indignó bastante y prometió ir a cantarle las cuarenta a aquellos señores tan pomposos, seguros de sí mismos y agilipollaos.


Luego le hablé de Vi y de mi vida pasada. Le hablé de la Secta, de mi apodo Tenazas, de las muertes y las torturas, de cómo me había enamorado hasta las trancas de la agente del diablo en la tierra y como había muerto sobre una alfombra persa a manos de Amanda.


Relaté los últimos acontecimientos con un nudo en la garganta. La sangre, la camiseta de Vi en mi pecho, despertar de nuevo aquí, en Málaga, en 2012 y nadie sabiendo absolutamente nada de Vi, como si no hubiese existido para ninguno de nosotros, salvo por mí. Era el único que la recordaba y me mataba.
Cuando llegué a la conversación con mi ex jefe, Mefistófeles, no pude evitar romper a llorar de frustración.


–La he perdido, Mamá… y no sé qué hacer ahora… vuelvo a ser un niño y no tengo ni idea de que hacer a continuación… De donde pueda estar, ni cómo recuperarla de las garras de ese maldito hijo de puta.


Mi madre, que había estado escuchando sin interrumpirme, se levantó y se sirvió una copa de vino que se bebió de golpe. Se sirvió un poco más.


Esperaba que aquello fuese para darse valor para coger el móvil y llamar al loquero “¿Oigan? ¿Sanatorio mental? Mi hijo se ha vuelto loco”. Pero en cambio dijo con calma:


–Te creo, Jorge, te creo. No sé cómo diablos puede ser cierto… pero no mientes, desde luego. Ayer tu no eras así… anoche tú eras mi Jorgito… ahora eres otra persona… o sea, sigues siendo mi hijo… pero no te reconozco. No sé si… si es real o no, pero mentir… no me has mentido.


Se terminó la nueva copa y se sirvió más.


–Tu padre sí que no me va a creer a mí cuando se lo cuente. ¿Cómo le digo a tu padre que su hijo es en realidad un sicario del diablo de veinticinco años en el cuerpo de cuando tenía doce? Es inverosímil, es extraño, es… inenarrable. Estoy acojoná, Jorge… y no por el “jefe” como tu lo llamas… me da más miedo que tu padre me tome por loca.


–Lo sé, Mamá… hay muchas cosas de las que no tienes ni idea que existen en realidad. Puedo demostrarte, cuando quieras, que digo la verdad. No obstante… creo que no querrás saber que prueba tengo preparada.


Me miró angustiada, sacudió la cabeza y bebió más vino.


–Creo que deberías dejar la copa, Mamá… estás bebiendo demasiado y muy rápido.
–Dime… Esa tal Vi… ¿Era tu novia?
–No, Mamá… no fui capaz de declararme… tenía miedo de estropear lo nuestro. La tenía a mi lado, estábamos siempre juntos… éramos más que amigos… y con eso me bastaba. Me arrepiento mucho de ello…


Y volví a llorar.


–Si tan solo hubiese tenido un par de cojones… le habría dicho que la amaba desde siempre… y ahora ya no podré decírselo jamás…


Mi madre me abrazó y lloramos juntos. No sé muy bien porqué lloraba ella, pero me reconfortó igual.


–Gracias, Mamá… me hacía mucha falta un abrazo. Ya estoy bien… será mejor que te marches ya, te esperan.


Tuve que convencerla de marcharse a jugar con sus amigachas, porque quería quedarse conmigo y no dejarme solo. Se marchó un poco preocupada.


Almorcé solo y me acosté, estaba molío. Dormí toda la tarde del tirón.


A la noche escuché jaleo abajo. Mis padres discutían de nuevo y era por mí. Me levanté de la cama y bajé a hablar con mi padre.


–¿Estás borracha, Sofía? ¿Cómo te dejas liar por un crío de doce años, por el amor de Dios?
–¡No me faltes el respeto, Eugenio! ¡Te digo que el niño dice la puta verdad!
–Pero, ¿Cómo te crees semejante atajo de pamplinas, mujer?
–Buenas noches, Papá.


Se giraron a verme. Dejaron de discutir y se miraron un segundo.


–Jorge, tira a tu cuarto, tu madre y yo estamos hablando…
–Papá… siéntate, por favor. Tenemos que hablar muy seriamente los tres.


Mi padre, perplejo por mi actitud y el tono de voz, obedeció. Nos sentamos y pasamos toda la noche hablando.


Le conté de nuevo lo mismo que a mi madre por la tarde. Mi periplo académico, la Secta de Vi, mi camino de pasar de un adolescente al sicario de Mefistófeles y mi muerte a manos de la orden de la Guardia de Gabriel. TODO, conversación con el diablo incluida.


No lloré aquella vez, ya me había desahogado y estaba tranquilo.


Mi padre no daba crédito y me interrumpía cada dos por tres con preguntas muy oportunas, que le iba respondiendo hasta dejarle satisfecho. Nos tomó toda la noche pero mi padre acabó convencido, al igual que mi madre, de que decía la pura verdad.


Obviamente estaban devastados. Era mucha información que procesar y totalmente alocada. Enterarte de golpe y porrazo de que el infierno y el paraíso eran reales, que Dios era real, que el Diablo era real y que había un enfrentamiento abierto entre ambas facciones. Y todo por un puñado de almas de mierda.
Era demencial, desde luego.


–Sé que es mucho que procesar, Papá… pero así están las cosas, o mejor dicho: Así son las cosas.
–Y… ¿Y qué vas a hacer, Jorge?
–No lo tengo muy claro. Pero voy a recuperar a Vi como sea.
–¡Es muy peligroso!
–Sí, lo es y más de lo que imaginas.
–¡No puedes hacerlo! Sea lo que sea que pienses hacer… como padre no lo puedo consentir.


Me levanté y fui a la cocina a preparar café para los tres. Ya había amanecido y tenía un hambre leonina.
Regresé con tres tazas y lo tomamos con algo de chacina y pan. Estaba pensando qué decir a continuación.


–Mira, Papá… Si algo aprendí de Amanda y la orden de la Guardia de Gabriel es que el amor es el motor de la redención. Si bien no lo era para todos… lo fue para muchísimos. Maté a muchos que estaban allí de forma voluntaria, sabiendo que si caían en mis manos los torturaría con mis tenazas, esas, las que guardas en tu cobertizo, o que morirían como perros.


Le di un sorbo a mi café con leche.


–Aun así se lanzaban como idiotas a los brazos de la muerte, Papá, porque creían que hacían un gran bien al mundo… por amor. No lo entendí nunca… hasta ahora. Yo también me lanzaría como un imbécil a morir por amor… por amor hacia Vi.
–Pero, hijo mío… ¿De verdad la quieres tanto? ¿Merece la pena?


–Por supuesto, Papá. Fíjate si merece la pena arriesgarlo todo por Vi, que no quiero estar vivo si no es a su lado. Llámalo dependencia emocional, o que soy un retrasado mental funcional… pero la vida sólo tenía sentido estando con ella. Vi era mi mejor amiga, me entendía mejor que nadie y jamás me cansaba de estar con ella. Estando con Vi podía ser yo mismo… y si eso no es amor… pues no sé qué coño es el amor, Papá. Es más, déjame hacerte una pregunta: ¿Tu qué NO harías por mamá?


Mis padres se miraron. No hacía falta que respondiese, mi madre y yo sabíamos que mi padre haría cualquier cosa por ella, incluso vender su alma al diablo. Me levanté y terminé mi café. Dejé la taza en el fregadero y subí a pegarme una ducha, dejando a mis padres a solas, para que rumiasen todo lo que acababan de escuchar.


Pude escucharles hablar, en susurros, estando en el piso superior. Me tumbé en la cama y me quedé pensando en qué podía hacer para cumplir mi cometido. Cavilé durante algunas horas hasta quedarme dormido.


Al despertar, mis padres me esperaban abajo.


–Jorge… tu madre y yo hemos hablado sobre el tema. No podemos ayudarte en tu cruzada, no porque no queramos… es que no sabemos cómo o en qué podemos ayudarte. Queremos que sepas que puedes contar con nosotros para lo que sea. LO QUE SEA, Jorge.


Se lo agradecí enormemente.


Desde aquel momento nuestra dinámica familiar cambió drásticamente. Ya no era el hijo problemático que solo causaba discusiones entre ambos.


Cuando comenzó el nuevo año lectivo, mis padres hablaron tanto con el director como con el orientador. Ambos alegaron no saber nada del acoso a mi persona y les aseguró que tomarían cartas en el asunto.
Era obviamente una puta mentira, pero mi padre tenía pasta de verdad y no quería perder a un buen cliente. Mi padre dejó caer que de volver a tener noticias sobre cualquier nimia molestia, no solo me sacaría del colegio, si no que todos sus socios y clientes sabrían la clase de centro educativo que era.
Se cagaron vivos.


Mi actitud cambió radicalmente. Me centré en los estudios y en el deporte. Dejé mis aficiones a un lado.
Sólo tenía un objetivo a largo plazo: Fortalecerme, tanto mental como físicamente. Vivía por y para estudiar y ejercitarme.


No pensaba hacer una carrera, no hasta tener a Vi conmigo a salvo. Debía tener una mente ágil y en plena forma. Sé que no le ganaría a Mefistófeles en un duelo de ingenio, pero tampoco quería ser un bobalicón.
Con doce años no podía hacer nada. Vi tendría que esperar un poco a que estuviese listo. Me haría más fuerte, más inteligente y más prudente.


Medité, pensé y tracé un plan a largo plazo: Crecer primero y con la mayoría de edad –O al menos hasta completar los estudios básicos–, iría a buscar a la orden para alistarme.


Sabía dónde estaba el cuartel general de la Guardia de Gabriel, iría a buscar a Amanda y me aliaria con ella y su orden. Por supuesto poseía todos mis recuerdos intactos: nombres, contactos, cuentas corrientes, claves, contraseñas y objetivos.


Sería una baza importante para negociar con mi antigua Némesis. Si le daba información privilegiada sobre la secta, tenía una posibilidad de encontrarme con Vi. Y si la encontrábamos… entonces podría llevar a cabo mi plan para recuperarla.


Solo había un problema y de ello dependía TODO el plan:


De que Vi siguiese su actividad de forma normal, tal y como la realizó conmigo.


Todo dependía de ello. Si lo que había pasado en realidad es que Mefistófeles me había hecho regresar atrás en el tiempo, sacando a Vi de mi vida y mi entorno, como quien rebobina una cinta de VHS pero alterando un solo elemento, mi plan tendría sentido.


Pero si la cosa era diferente, si Vi estaba en otro plano de existencia y yo estaba aislado de todo… fracasaría estrepitosamente.


Tratar con el diablo era siempre un juego donde tenías siempre las de perder, donde nada era lo que parecía y si te descuidabas, tu alma inmortal pasaría a ser de su propiedad. “Si bailas con el diablo, siempre lo harás a su ritmo”. Las palabras de Vi, que a veces parecían ser un simple chascarrillo que soltaba de tanto en tanto, con un guiño, resultaron ser una advertencia muy seria. Puede que por ello lo repitiese tanto: Me estaba preparando para el peor de los escenarios posibles.


¿Estaba preparado?


No lo sabría hasta hablar con Amanda y en especial con su jefe, el Arcángel Gabriel.


Les conté mis planes a mis padres y lo hablamos largo y tendido. Para disipar cualquier duda que pudiesen tener, les conté ciertos eventos que yo ya había vivido. Muertes de familiares, líos de negocios que se le presentaron –Y como los solventó–, y cosas así.


Poco a poco se fueron cumpliendo al pie de la letra y ya no cabía duda de que todo era real. A pesar de creerme, era normal que tuviesen la duda de si yo creía que todo era real, mientras que la realidad era otra cosa muy distinta. La mente y la realidad no tenían por qué coincidir siempre al cien por cien. Era lo más terrorífico del ser humano, la locura. Había demostrado estar muy cuerdo.


Me dieron consejos y me alentaron a luchar por lo que creía. Tendría su apoyo incondicional.


Tuve que confrontar de nuevo a Pedro Guzmán y a los suyos. Fue bastante sencillo, tan sólo tuve que contarle al oído todas las cosas que Vi reveló cuando el padre de Pedro vino a liarla a mi casa. Me quedó lívido con aquella amenaza y juró no volver a tocarme los cojones nunca más.


El resto… eran incapaces de encontrarse la chorra si Pedro no les daba instrucciones.


No tuve ni un solo percance más con ellos. Volví a tener montones de admiradoras que se me declaraban una detrás de otra.


Ya no tenía esa aura de malote que había matado a unos delincuentes y estaba enrollado con una chica más mayor. Ahora tenía un aura diferente, de hombre con una gran convicción y una meta clara. Atraía a otro tipo de chicas con mi mirada de adulto y mis suspiros nostálgicos cargados de amor platónico.
Aparte de que no quería nada con ninguna chica que no fuese Violeta… debía mantenerme puro y virginal para que mis planes funcionasen.


Cuando terminé segundo de bachillerato me planté frente a mis padres y me despedí de ellos. Les prometí que les llamaría de tanto en tanto, que los quería muchísimo y que cuando recuperase a Vi volvería con ellos, me sacaría la carrera y sería un hombre de provecho.


No volvería a ser un despojo entre despojos, como antes.


Llené un petate con algo de ropa y lo imprescindible, me despedí con un abrazo y me marché a Segovia.
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Forjador de historias
#3
Capítulo 10


En el Monasterio de San Antonio el Real tenían su refugio la orden de la Guardia de Gabriel.


Mi padre me dio algo de dinero para el bus de ida y lo que necesitase, así que me monté en un autocar y me bajé en Segovia, y tras tomar algunos buses de línea llegué hasta la puerta del monasterio.
Llamé a la puerta.


–Busco a Amanda Gilbert.
–Aquí no hay nadie que se llame así, amigo. Buenas tardes…


Me iban a cerrar la puerta en las narices. Puse el pie para evitarlo.


–Mira, carapan, no tengo ganas de que me toquen los cojones. Dile a Amanda que la busco.
–Te repito: Aquí no hay nadie llamada así.


Me exasperé. Conocía al tipo de la puerta, le había matado en un par de ocasiones.


–A ver, Aurelio. Escúchame bien, busco a Amanda porque tengo información sobre la Secta de Mefistófeles.


Se quedó de piedra al oír su nombre de mis labios y acto seguido, me agarró de las ropas y me introdujo dentro del monasterio, cerrando la puerta con violencia. Me estampó contra la pared de fría piedra.


–¿Eres miembro de la secta? ¡Habla!
–Oficialmente no, pero en cualquier caso no voy a darte explicaciones a ti, minundi.
–¿Cómo sabes mi nombre?
–¿Qué parte de “no voy a darte explicaciones” no has entendido, capullo? Llévame ante Amanda. Sólo hablaré con ella y con nadie más. Por favor… y gracias.


Me llevó a rastras hasta una celda y me encerró en ella. Me senté a esperar. Al cabo de media hora se abrió la puerta y entró un monje que conocía muy bien.


Era Rogelio el rompe-espaldas. Había sido marinero y tenía una mala leche antológica. Era ancho de espaldas, alto y muy fuerte. Su apodo venía de las decenas de espaldas que había roto en peleas de bar. Era un alcohólico que había sido alcanzado por la luz de la redención, y había caído rendido a sus pies. Otro soldado que podría haber caído en nuestras garras si Amanda no se nos hubiese adelantado.
Me miró de arriba a abajo, con cautela.


–Dice mi compañero que tienes información sobre la secta satánica.


Suspiré.


–No hablo con recaderos, sólo con el jefazo. ¿Puedes traerme a Amanda, por favor? Incluso puedo ir yo a donde esté ella.


Se acercó hasta estar a dos centímetros de distancia.


–Cuida tu lenguaje, mocoso. Yo soy el número dos aquí.


Me reí en sus barbas.


–No me hagas reír, Rogelio. Tú no eres nadie, sólo el eslabón más débil de la cadena. Un viejo que busca el perdón de Dios de rodillas. Te conozco muy bien, Rogelio. Fuimos muy buenos amigos en un futuro que no se llegó a concretar…


De hecho, Rogelio fue una de mis víctimas. Le torturé durante semanas y llegué a conocerle muy bien. Como solía decir: “Nos haremos muy buenos amigos, tú, yo y mis tenazas”. Rogelio era un alma torturada y terriblemente arrepentida de su vida repleta de fechorías. Era un triste pecador, pero muy fuerte.


–Dime, Rogelio. ¿Qué tal está Nerea? ¿Te ha perdonado ya por haberle hecho abortar por empujarla por las escaleras?


Se quedó blanco. Rogelio confesó, tras un par de días muy intensos, que estando borracho como una cuba, empujó a su hija mayor, embarazada de un par de meses, cayendo por las escaleras y perdiendo al bebé que esperaba con ilusión. No tenía esa intención, desde luego, ni tan siquiera le empujó con ganas. Tan solo quiso apartarla pero Nerea tropezó con un fatal desenlace. Fue el detonante de que Rogelio buscase la iluminación. El odio de su hija le quemaba incluso más que el hierro candente de mis tenazas.


–¿Cómo… cómo sabes tú eso? ¿Eres… Mefistófeles?


Me reí, divertido.


–No, Rogelio, no. Tráeme a Amanda y ella te dará todas las explicaciones necesarias. Da igual lo que te cuente o diga, no me vas a creer ni media palabra. Tráeme a Amanda, por favor, y deja de hacerme perder el tiempo.


Rogelio salió escopetado de la Celda y al cabo de un par de horas, la puerta volvió a abrirse. Era la misma Amanda en persona quien entró. Me puse de pie, nervioso.


Amanda era joven, guapa de una manera curiosa, rubia y un poco más alta que yo. En sus ojos no ardía el fiero fuego del odio, tan solo curiosidad.


–¿Querías verme?
–Hola, Amanda. Cuanto tiempo…
–Disculpa, pero no te conozco.
–Muy cierto, pero yo a ti sí. –Suspiré– he venido por una sola razón: Quiero hablar con tu jefe, Gabriel. Por favor, invócalo.


Me miró con tranquilidad, evaluándome.






–No querrá hablar contigo, seas quien seas. Tampoco voy a molestarle sin saber quién eres y de qué quieres hablar con él. Me han dicho que tienes información que podría interesarnos.


Se sentó en el camastro, a mi lado.


–Me han contado mis compañeros que sabes cosas que no deberías saber. Cosas íntimas, muy íntimas. Dime, ¿Eres un adepto buscando redención? Podemos ayudarte… puedes confiar en mí.


Me acarició la cara, con ternura. Me chocó bastante ese trato tan cercano y cariñoso.


–Eres muy joven… ¿Qué edad tienes? ¿Dieciocho años?
–Diecisiete, el mes que viene cumplo los dieciocho.
–¿Cómo te reclutaron siendo tan joven? Seguro que lo has pasado muy mal… pobrecito…
–Tú no eres más mayor que yo, Amanda. Lástima te tengo yo… que llevas en esto desde que naciste, prácticamente.


Me miró con interés renovado.


–¿Qué más sabes sobre mí?
–Sé que tienes un lunar en el pecho izquierdo, justo bajo el pezón.


Retiró la mano rápidamente y se puso de pie, tapándose los pechos con ambas manos, colorada.


–¡Pero… ¿Cómo sabes eso, cochino?!








No pude menos que reírme de su reacción. Era muy diferente a como la recordaba, siempre llena de odio y rencor sin igual, siempre enfadada, rabiosa, vengativa. Ahora parecía una chiquilla como yo.


Frunció el ceño.


–Ay, lo siento, Amanda, perdona. No esperaba esa reacción, disculpa. Estaba acostumbrado a otra cosa, viniendo de ti.
–¿Qué cosa?


–Ya lo sabrás a su debido momento, me temo. Sé que tu hermano mayor fundó esta orden y que murió protegiéndote. Él era el agente de Gabriel y al morir, el Arcángel te eligió a ti como su sucesor.


Aquellas palabras hicieron mella en ella. Pocos, poquísimos sabían aquello. Continúe.


–Quiero… necesito hablar con Gabriel, tengo una gran duda que sólo él puede resolverme. Prometo colaborar con todo lo que sé y tengo, a favor vuestra.


–No.
–Por favor, Amanda. Te lo pido de rodillas.


Me arrodillé ante ella. Rápidamente me cogió del brazo y me hizo levantarme.


–Solo se está de rodillas ante Dios, chico.
–Jorge, me llamo Jorge.


–Pues Jorge, solo debes arrodillarte para rezarle al Señor, no ante una humilde servidora como yo.
–Por favor, Amanda… por favor.
–Ya te lo he dicho. Además, el señor Gabriel es un ente muy ocupado, no puedo molestarle por nimiedades. Si me dijeras que quieres saber…


–Necesito saber si Vi, la suma sacerdotisa del culto a Mefistófeles está en este plano de existencia…
–A eso te puedo responder yo. –Me interrumpió.
–Y si es la misma Violeta que yo conozco o es una versión alternativa de ella.
–No Creo que vaya a responder a semejante pregunta. Pero si quieres saberlo, la suma sacerdotisa, la Líder de la secta… Sí, es una chica llamada Violeta. No puedo responderte a lo otro porque ni siquiera sé de qué me hablas.
–Pregúntale a tu jefe… o mejor, déjame hablar con él.


Se sentó de nuevo y me tomó del rostro.


–Tienes que darme más detalles. Yo te he respondido a una pregunta, Jorge… debes darme algo a cambio. Dime algo útil de la secta y te prometo que hablaré con Gabriel y le preguntaré. Es una promesa y yo siempre cumplo mi palabra.


Suspiré.


–Está bien, Amanda. Toma mis recuerdos, todos y cada uno de ellos. No te cortes.
–¿Disculpa?
–Sé que puedes hacerlo. Tienes ciertos dones o habilidades, concedidas por tu jefazo, y que te permite alterar recuerdos y mentes, y por supuesto… ver todos mis recuerdos. Hazlo, por favor, tienes mi consentimiento.
–Sí, pero no puedo hacerlo con cualquiera.


–Vi, mi Vi, podía manipular las mentes de los pecadores, de los corruptos… y la de los inocentes no podía ni tocarlas. Hasta donde sé, contigo pasa exactamente al revés, es la mente de los pecadores la que no puedes alterar.
–Exacto, Jorge. No puedo meterme en tu cabeza.
–Yo soy inocente, Amanda.


Me miró extrañada.


–¿Tu? Lo dudo.
–Inténtalo. ¿Qué pierdes?


Me miró sonriendo.


–¿Quieres que crea que un chico tan guapo como tú nunca ha tenido novia? No tienes la esencia del maligno sobre ti… pero eso no te hace inocente.


La miré muy serio.


–Amanda… soy inocente… al menos ahora si lo soy, de nuevo.


Su sonrisa se desvaneció y puso la cara que ponía Vi cuando se metía en las cabezas de los trozos de mierda.
Tardó bastante y no era de extrañar, tenía muchísimas cosas por ver. Amanda, al cabo de algunos minutos, volvió en sí. Se puso de pie, estaba llorando.


–Está bien, Tenazas… está bien…


Salió de la celda y cerró la puerta. No podía culparla por irse de aquella forma. Lo había visto todo, y eso incluía su secuestro y el día que la marqué con mis tenazas. Cabía la posibilidad de que me matase y me resucitase sin parar para torturarme, henchida del mismo odio que su versión alterna, pero también cabía la posibilidad de que comprendiese que estaba ahí para ser su aliado, no su enemigo de nuevo.


No estaba buscando la redención, buscaba recuperar a Vi y arruinarle los planes a mi antiguo jefe.


Me tumbé en el jergón a dormir un poco.


Capítulo 11

Amanda volvió a la mañana siguiente, con una bandeja con comida.


–Buenos días… ¿Jorge? ¿Tenazas? –Puso la bandeja sobre la mesa y me miró– Estoy confusa, no sé cómo referirme a ti…
–Soy Jorge… Tenazas nunca llegó a ser en esta realidad.


Se sentó a mi lado nuevamente.


–Necesito saberlo… ¿Por qué? ¿Por qué fuiste tan cruel conmigo?


Se puso a llorar, cubriendo su rostro con las manos. Me sentí una autentica mierda.


–Ya lo sabes, Amanda. No busco que me perdones porque lo NO te hice, porque no lo he hecho en esta línea temporal, pero sí que me arrepiento de haberlo hecho en aquel futuro. Pensaba de forma maniquea: Tú eras la mala, desde mi punto de vista. Yo y Vi éramos los buenos. ¿Entiendes?


–¡No! ¡No lo entiendo!


–Amanda… nosotros, a nuestra manera, castigábamos a pecadores. Todos, incluidos los sacrificios que hacíamos, eran personas detestables, al igual que tus adeptos. La única diferencia… es que nosotros castigábamos, tú perdonabas y transformabas, pero en el fondo eran las mismas personas. Jamás hicimos daño a nadie que no se lo mereciese… a un inocente. Y Vi… Amanda, Vi lo era todo para mí. Me corrijo: LO ES TODO para mí. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.


–¡Me marcaste! ¡Como a una vaca! Dime, ¿Qué clase de pecados cometí yo, eh? ¡Dime!


Tenía razón. Ella era un alma pura, al contrario que nosotros.


–Lo siento… de verdad. Si te sirve de consuelo… tú acabaste con mi vida. Te vengaste…
–Lo sé…


–¿Estamos… en paz? Es un decir, porque en realidad… no he hecho nada de eso. Es confuso, lo sé, pero sabes a qué me refiero.
–Sí, sí.


–Escúchame bien, Amanda. En otra vida fui un pecador… puedo redimirme uniéndome a vosotros para luchar contra la misma secta que me reclutó en la otra vida. ¿Puedo ayudaros a acabar con ellos? Ya has visto mis recuerdos, sabes que tengo información que tú ahora posees.


Me miró a los ojos largo y tendido.


–Está bien, Jorge. Te acepto como uno de los nuestros. He hablado con el Señor Gabriel… y me ha dado una respuesta. Si, ella es la misma persona que conociste. Me ha revelado que te recuerda. No ha entrado en detalles, dice que le corresponde a ella dártelos.


Se puso de pie y me tendió la mano.


–Ayúdame a acabar con la secta, Jorge.


Acepté su mano y sonrió.


Me dijo que podía quedarme en aquella celda y hacerla mía. Comí lo que había traído y luego me presentó a todos los miembros allí presentes. Me aceptaron como a uno más y me convertí a la orden de la Guardia de Gabriel.


Era un poco extraño, pues todos los miembros eran pecadores arrepentidos, tocados por la gracia de Gabriel a través de las manos de Amanda, pero yo estaba sin macula alguna.
Amanda no se guardó el secreto, contó a todos quien era y quien fui en una vida pasada… o futura.
Comenzamos de forma algo distante, pero acabé por ganarme sus confianzas.


Capítulo 12


Empezamos a actuar contra la secta. Dados mis conocimientos exhaustivos y exactos sobre los adeptos y su entorno, dábamos golpe tras golpe.


Luchaba codo con codo junto a Amanda. Nos hicimos muy cercanos y floreció una gran amistad.
Me disculpe muchas veces con ella por mi crueldad, aunque ella en realidad no había sufrido mal alguno por mi mano.


Pasaron algunos años en aquel juego del gato y el ratón con Vi y la secta. Siempre iban un paso por delante, y eso ya era todo un avance importante, ya que antes, Vi y yo siempre íbamos ocho o más pasos por delante de la orden.


Si antes teníamos un enfrentamiento o dos al año con ellos. Ahora, en esta línea temporal, prácticamente les pisábamos los talones.


Desmantelamos muchas redes que surtían a la Secta tanto de información como de financiación económica.


Amanda estaba contentísima y muy motivada. Era muy afectuosa conmigo. Estábamos barriendo a la secta.


–¿Quién lo hubiese dicho, Jorge? Antes éramos enemigos… y ahora somos amigos.
–Ya.
–¿Por qué somos amigos, verdad?


La miré a los ojos. Amanda se acercó mucho a mí, para cogerme la mano.


–Sí, claro. ¿Lo dudas? Puedes ver mis recuerdos recientes si quieres…
–No es eso, bobo. Es que… eres muy seco. Antes dabas muchos abrazos, reías y eras divertido… ¿Qué te pasa?
–¿Perdona? –Solté su mano, incomodo– ¿De qué hablas? Siempre he sido así contigo y el resto…
–Perdona… no me refería conmigo… sino con la líder de la secta.


–Se llama Vi. Violeta si quieres.
–Pues con ella eras distinto. Me gustaría que te abrieses más… con nosotros. Somos ahora tu familia. No estás traicionándola, Jorge, por ser tú mismo con otro que no sea Violeta.
–Lo siento, Amanda… tienes razón. Pero ya sabes que vivo para recuperarla… es egoísta, lo sé. Pero es lo que hay.
–Jo…


–Está bien, está bien… haré el esfuerzo, ¿Vale?
–No todo es luchar… en el corazón del Señor hay cabida para todo, Jorge, no lo olvides. Abre tu corazón.


Suspiré. Amanda tenía razón, en parte. No debía obsesionarme de tal forma que me perdiese la vida por el camino.


–Vale…


De improviso, Amanda me abrazó con fuerza. Se lo devolví en la misma medida. Había sido buena conmigo. Podría haberme usado como una herramienta, y sin embargo me trató como a un igual.
Comíamos juntos, entrenábamos juntos y luchábamos juntos. Incluso, durante las campañas fuera del monasterio, dormíamos juntos, espalda con espalda, en nuestros sacos de dormir.


Éramos camaradas, todos en la orden, y yo estaba actuando como un lobo solitario. Claro que participaba y daba el cien por cien, pero no me gustaba sociabilizar. No les despreciaba, en absoluto. Los fui conociendo mejor, de otra manera.


Las tenazas me revelaron un aspecto de ellos, sin contexto. Ahora los conocía de nuevo, desde otra óptica. Ya no podía mirarles y ver cachos de carne, dispuestos a ser masacrados.


Eran humanos, y como tal, eran imperfectos. Se habían equivocado, habían pecado y mucho, perdiéndose por el sinuoso camino de la vida. Aprendí que ese camino que recorríamos era el más sencillo de perderse, pero la misericordia del altísimo era tal, que no dejaba que nos perdiésemos para siempre. Mandaba a sus más fieros soldados, con un farol para guiarles de nuevo a la senda correcta.


Amanda era uno de esos soldados, entregada en cuerpo y alma a su sagrada misión. Era puro amor y bondad. Yo la mancillé, destruyendo su inocencia con mis tenazas.


Me costaba poder mirarla a la cara, la verdad. Mientras yo procuraba alejarme de ella, Amanda hacía lo imposible por acercarse más a mí. Me había perdonado, al igual que el resto de mis camaradas… el único que no había perdonado nada era yo a mí mismo.


El camino de la redención, Jorge, está por todas partes.” Era el mantra que me repetía de tanto en tanto.
Pasábamos, en definitiva, mucho tiempo juntos, hablando. Pero no era lo mismo que con Vi, y la extrañaba de una manera que dolía, y Amanda debía de verlo en mi mirada, en mis largos silencios y en mis hondos suspiros.


Puede que por ello insistiese tanto en acercarse a mí, en darme abrazos todos los días y prácticamente a todas horas.


Su sonrisa era abierta, sincera y deslumbrante. Pero no me reconfortaba como lo hacía Vi. Simplemente no era lo mismo.


Tampoco es que fuese un impedimento para nuestra labor. Barríamos el piso con la Secta.
Pero aun así, todavía no me había cruzado con Vi. Hasta que no cumplí los veintiuno no pude tenerla cara a cara.


Teníamos preparada una redada durante uno de los rituales. Entramos y nos liamos a tiros, acabando con muchos adeptos y nuevos iniciados. Fue una escabechina. Vi, como siempre, se escabullía como una rata sibilina.


Pero yo la conocía mejor que nadie, mejor de lo que ella se creía. La intercepté a mitad de huida.


–¡Vi!


Se giró para mirarme, totalmente sorprendida.


—Vi… Violeta… ¿Me recuerdas?


—¡Claro que te recuerdo… imbécil! ¡Debías estar viviendo tu propia vida! ¡Tuviste una segunda oportunidad! ¿Por qué la desaprovechas de esta forma? —Vi me miraba con los ojos empañados, con una mezcla de reproche y alivio.


—Porque aunque tuviese doscientas oportunidades de empezar de cero… en todas volvería para salvarte, Vi, ¡porque TE AMO! ¡Vi, te amo con todo mi corazón!


Vi se echa a llorar, incapaz de contener la emoción.


—Y yo… y yo a ti, Jota jota… por eso te sacrifiqué, a ti y a lo nuestro… para que tú fueses libre y vivieses… feliz.


–¿Cómo iba a ser feliz sin ti, Vi? Te amé desde el primer día que te conocí ¡Te salvaré! ¡Ven conmigo!
Amanda apareció a mi lado, expectante. Vi le apuntó con una ballesta, me interpuse entre ambas.
–¡No! Ella nos ayudará, Vi. Es mi amiga ahora.


–Así es, Violeta. Ven con nosotros, te protegeremos.


Bajó el arma.


–Dame el libro de las sombras… acabemos con esto de una vez. –Extendí mi mano, esperando que la cogiese.
–Sabes que no puedo hacer eso, Jorge…
–Violeta… –Amanda también le ofreció su mano– …El Señor puede ayudarte… liberarte del yugo del maligno.
–Es demasiado tarde para mí…


Me acerqué a ella y Vi dejó caer su arma, totalmente desarmada y sumisa. Ansiaba desde casi una década abrazarla y cuando estaba por tocarla el tiempo se ralentizó.


De una forma sucia, corrupta. Era la presencia de Mefistófeles sin lugar a dudas. Quedé congelado, pero era consciente de todo.


Las manos rojas, huesudas del diablo agarraron a Vi por la cintura y la arrastraron hacía atrás, deshaciéndose en una nube negra y apestosa. Me guiñó el ojo, sonriendo. Era su forma de decirme “Jódete, chulo


–¡¡NOOO!!


Solo pude abrazar el humo residual mientras todo volvía a la normalidad. Solo la risa perduraba.
Caí de rodillas, llorando. Había estado muy cerca de tocarla. Amanda se abrazó para consolarme. Temblaba como una hoja al viento.


Regresé a mi celda y me encerré en ella durante casi un mes entero. Estaba en una profunda depresión. Mefistófeles jamás dejaría que la tuviese de nuevo. Cada vez que la tuviese a un nanómetro de distancia, aparecería para reírse y llevársela. Lloraba hasta quedarme dormido, planteándome seriamente el quitarme la vida.


Amanda llamaba a mi puerta todos los días y se iba sin recibir un “vete a la mierda” siquiera por mi parte. Respetaba mi dolor y mi duelo.


Un día entró, sin más. Sin llamar ni nada. Se sentó en mi camastro, a mi lado.


–Jorge… me mata verte así.
–Vete, por favor…


–¡No! ¿Ya te vas a rendir, Jorge? ¿Esta era tu convicción, tu fuerza de voluntad, esa de la que tanto hablabas y presumías? ¡Eres un gilipollas! Pensaba que tu amor era más grande que esto…


–¿Qué sabrás tú de amor, Amanda? –Me incorporé para mirarla cara a cara.


–Sé más de lo que te imaginas, Jorge…


Me besó con cariño. Era mi primer beso. Tenía veintiuno en aquella realidad, más los veinticinco de la línea temporal anterior, cuarenta y seis años y era mi primer beso.


Estaba confuso. No me esperaba eso de Amanda, la verdad.


–Estoy enamorada de ti, Jorge.


–¿Sabes que juraste matarme y resucitarme en un ciclo de dos años como mínimo, verdad?
–Esa no era yo, Jorge. Me impactó muchísimo ver tus recuerdos… pero no casan con el Jorge que he ido conociendo estos años.


Me volvió a besar.


–Siento una gran envidia y celos de Violeta… me he vuelto una pecadora por ti, Jorge. Y lo peor es que cometería otro pecado capital más… la lujuria, concretamente.


Se quitó la ropa, sonrojada, frente a mí. La detuve.


–No, Amanda. Lo siento… pero yo amo a Vi… no he tocado a otra mujer porque me estaba reservando para ella… entiéndelo, por favor.
–Puedes llamarme Vi… imaginar que soy ella, mientras lo hacemos…
–Lo siento… de verdad… perdóname, pero es que no puedo.


Lo entendió. Se colocó bien la ropa y se fue llorando de mi celda.


Capítulo 13


Pasaron cuatro años más, volvía a tener la misma edad que cuando morí por primera vez.


Amanda y yo nos arreglamos. Hablamos largo y tendido de sentimientos. No le quedó más remedio que aceptar el rechazo con diplomacia. Quedamos en buenos términos y con una gran amistad de por medio.
Los golpes se iban sucediendo, pero la información que tenía era cada vez menos útil, y nuestros golpes se iban espaciando en el tiempo. Ya no éramos tan efectivos contra los recursos de la secta y Vi se iba apañando para darnos esquinazo. Temí que ahora que sabía que era yo quien saboteaba su labor diabólica, tomase las oportunas contramedidas. Yo la conocía muy bien, mejor de lo que ella podría esperar… pero era mutuo. Me conocía mejor de lo que imaginaba… y actuaba en consecuencia.


Comenzaba a impacientarme, a perder la esperanza. Ya había cumplido los veinticinco.


Pero entonces tuvimos un golpe de suerte. Un adepto descontento llamó a nuestra puerta. Vi le trataba especialmente mal, con una crueldad impropia de ella. Algo me decía que era el cabo que me tendía para ayudarla.


Llegó a nuestras puertas un tipo menudo, muy poquita cosa. Se llamaba Juan Alberto de Olmos y era registrador de la propiedad.


Hizo un pacto con mi antiguo jefazo y como era de esperar, su deseo le salió rana. Paso a engrosar las filas de la líder suprema, Vi.


Lo interrogamos entre Amanda y yo. Nos contó muchas cositas interesantes. Estaba descontento con el trato recibido. Vi era inusualmente cruel con él.


Le apreté las tuercas, de forma figurada, por supuesto. Me habló sobre el trato que le dispensaba el amor de mi vida: Le escupía en la cara, le insultaba a diestro y siniestro, le daba patadas en el trasero siempre que tenía ocasión e incluso le obligaba a limpiar desastres escatológicos con las manos desnudas. Amanda se horrorizó con su relato, yo dudé de su palabra.


Amanda y yo le dejamos solo un momento para hablar entre nosotros.


–Amanda, aquí hay gato encerrado… Vi no es así.
–Jorge… No miente…


–Hazme caso. La conozco mejor que nadie. Si Vi le ha hecho todo eso que seguramente hayas visto en su puta cabeza… –Suspiré– habrá sido por una buena razón, Amanda. Aunque es la líder de la Secta del Maligno… ella es buena persona.


–El pobre infeliz este sólo ha cometido un par de pecados, aparte de la Avaricia, se dedicaba a hacer desfalcos. Todos sus pecados carnales han sido económicos. ¿De verdad se merece ese trato por su parte?


Negué con la cabeza de forma repetida.


–Debe haber una buena razón, Amanda… debe de haberla…
–¿Por qué no quieres aceptar que simplemente se ha corrompido?
–Porque la amo, joder. Y ella me ama a mí… Siempre hablas del amor como motor de la redención… ¿No puede haber amor en la oscuridad irredenta de Mefistófeles?


Amanda me puso la mano en la mejilla, con afecto.


–Existe el amor retorcido, Jorge. Amores tóxicos que anulan todo lo bueno que tiene de base…
–No, Amanda… el amor es amor. No existe el amor toxico como tú lo llamas, eso no es amor… es obsesión, dependencia… pero no amor.


Se mordió el labio, desviando la mirada.


–Déjame que lo interrogue un poco más… debe haber una buena razón para esto.
–Como quieras…


Y regresamos dentro, a seguir con nuestra charla amistosa. Entre muchas cosas interesantes que nos contó, estaba la más importante para mí.


Reveló que Vi le tenía con la correa corta, trabajando para ella de forma muy estrecha. Tenía por ello acceso a un montón de información de la secta y una serie de responsabilidades, entre ellas, custodiar el libro de las sombras. Era el asistente de Vi en los rituales y él tendría el libro en sus manos en todo momento. Obviamente no era su custodio, pues siempre era Vi quien lo guardaba en otro plano existencial al que accedía con sus habilidades demoniacas. Pero como no podía estar en todo a la vez, me confiaba a mí el libro cuando tocaba hacer uso de él.


Como ya no le ayudaba yo… buscó nuevos sustitutos… y ahora le tocaba a aquel sujeto enclenque.


–Amanda… ¿Y si… Vi a tratado como el culo a este tipejo para que desertase?
–¿No es una teoría un poco retorcida? ¿Por qué complicarlo tanto? Si quisiera dejar de trabajar para el Maligno, bastaría con entregarse voluntariamente a nosotros.


–Sabes que no puede hacer eso, Amanda. ¿Tú puedes hacer lo que te salga del papo y el jefe –Me refería a Gabriel, obviamente– no se entera?


Amanda reflexionó largo rato.


–Tienes razón… El señor Gabriel y yo estamos unidos de una forma que mis actos no pasan desapercibidos para él. Puede que tengas razón, Jorge…
–Puede no. LA TENGO, Amanda. Es su forma de lanzarme un cabo para ayudarme a ayudarla.
–¿Y si es una trampa?


La mire con cierto resquemor.


–¿Cómo va a ser una trampa?
–Piénsalo. El Maligno no es estúpido… es astuto, retorcido y se divierte viéndonos tropezar con nuestros propios pies. ¿Por qué no orquestar todo esto para volver a reírse en tu cara, Jorge? Estás cegado… ¡eso es lo que te pasa!


Me dejé caer en el camastro de mi celda, hundiendo la cabeza entre las manos. Llevaba ya cuatro años pisándole los talones… y cada vez que me acercaba… desaparecía antes de que pudiese verla, tocarla, hablar con ella. Comenzaba a desesperarme como nunca.


Amanda se sentó a mi lado y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro.


–Puede que tengas razón, Amanda, y que todo esto sea una jugarreta de las suyas… pero voy a ir a intentarlo una vez más… y si fallo… lo volveré a intentar hasta que muera intentándolo. Entendería que no me acompañaseis… puedo hacerlo solo.


Tomó mi cara entre sus manos y me besó en la mejilla.


–Iré contigo, Jorge. Te quiero… te queremos todos. No dejaremos que vayas solo. La orden nunca abandona a los suyos, ya lo sabes.


–Gracias, Amanda… eres demasiado buena conmigo.
–No seas tonto… Estamos contigo para todo, para lo bueno y para lo malo.


Tras un último abrazo nos preparamos para nuestra nueva misión. Le aconsejamos al pobre diablo que regresase con Vi y la secta e hiciese como que todo va bien.







Nos dio la ubicación actual de Vi, en Pontevedra. Estaba en una mansión muy lujosa, a las afueras. Cuidaba de un nuevo inocente. Allí, con la próxima luna llena, harían un ritual.


Nos preparamos como nunca. Con la ayuda de Juan Alberto, nos infiltramos en el nuevo ritual que Vi iba a llevar a cabo.


Estaba nervioso y ansioso, volvía a tener la edad con la que morí la primera vez. Algo me decía que iba a ser el enfrentamiento definitivo, volver a las raíces. Cabía la posibilidad de volver a espicharla.
La noche era fresca y algo nubosa. La luna se escondía tras una esponjosa nube, de las pocas que había en el cielo nocturno.


Íbamos en formación y con un plan bien meditado, donde cada uno cumpliría su función. En principio los pillaríamos con las bragas bajadas, pillándoles por sorpresa. Pero uno nunca podía fiarse de la Secta, y podría ser una trampa mortal.


Tal como acordamos, Juan Alberto dejaría la puerta principal abierta, de forma que con un empujón se podría abrir. Una vez frente a la puerta, preparados para cualquier cosa, me acerqué y probé a ver.
¡Bingo! La puerta cedió al apoyarme en ella. Entramos con cuidado.


Como siempre, liamos una escabechina buena, toda una orgía de sangre. Abatimos a muchísimos adeptos que Vi fue reclutando en aquellos cuatro años.


Estaban mal preparados, no parecían tener las jerarquías claras y estaban mal dirigidos. Resultaba especialmente fácil, comparado con otras redadas anteriores.


Juan Alberto tenía el libro de las sombras bajo su poder y me lo entregó, escapando por la puerta principal y siendo asistido por mis compañeros de la orden.


Amanda hacía rato que se había ido a otra estancia, en busca de Vi para tener un encuentro a solas. Sabía que Amanda no se había rendido conmigo del todo. Aquello era personal y debían resolverlo ellas solas.
Ya con el libro en mi poder, y sin enemigos a la vista era mi oportunidad de llevar a cabo mi plan. Encendí un mechero y lo acerqué a las hojas amarillentas mientras recitaba las palabras para invocar a Mefistófeles.
Hizo acto de presencia, aplaudiendo.


–Te felicito, Tenacitas.

–Ahórrate la cháchara, sabes lo que quiero y como lo quiero. Dámelo u olvídate de pisar la tierra de nuevo.
–Eres un inconsciente, Tenacitas. Vi me pertenece… he pagado un precio muy caro por tenerla y no pienso dejarla ir. Ella también pagó un alto precio. Ya sabes que me dio a cambio de protegerte: Mil años de servidumbre, y ¡vaya si me los voy a cobrar! Pero… ¿Sabes en qué consistía su pacto original, Jorge?


–No… nunca quiso hablar de él.


–Verás… Violeta era una joven muy querida. Por todos, sin excepción. Una tarde de verano, de 1985, viajaba junto a toda su familia. Iban de vacaciones a Benidorm. Típico viaje familiar… pero un borracho invadió el carril contrario. Imagínatelo: choque frontal a toda velocidad, sin airbag, sin cinturones de seguridad… eran otros tiempos y la seguridad era algo accesorio. El causante de todo salió ileso y Vi y su familia… ardían dentro del vehículo.


Hizo una pausa dramática. Le miraba con odio, pero no me dejaba llevar por aquel sentimiento. Estábamos teniendo un duelo y debía tener mis cinco sentidos puestos en él.

–No me mires, así, chico. Hasta el demonio tiene su corazoncito, Jorge. Le ofrecí a Vi, mientras ardía, la posibilidad de firmar un pacto conmigo. Ella a cambio de su familia. Aceptó sin pensarlo. Y si, supones bien, Jorge: Ella sabía hasta la letra pequeña. Ni lo pensó siquiera.


Se sentó en una silla, cruzando las piernas y me invitó a imitarle. Me senté sin apartar la llama de donde la tenía, amenazante. Mefistófeles, sentado muy elegantemente, continúo.


–El pacto era sencillo: Su familia a cambio de servidumbre. No eterna, claro. Tan solo la misma cantidad de años que les había dado a sus familiares. Hoy se hacen cuarenta años, le faltaban otros cuarenta más. Ya ves, había cumplido con la mitad de su condena. Pero… ay, tenacitas, como te lo agradezco. Por salvarte a ti, Vi pactó servirme mil años más. Sacrificó lo que sentía por ti y por tu bienestar, te dio una segunda oportunidad. Y tú la has malgastado.


Nunca supe en qué consistía su primer pacto con él pero no me sorprendía en absoluto su resolución. Vi jamás fue una mala persona, incluso cuando lo tenía fácil serlo. Jamás dañó a una persona inocente, JAMAS. Violeta, pese a ser el instrumento del maligno, era un ángel. Y yo nunca lo había puesto en duda.
Bueno, tan sólo en la noche que la pillé, pero era algo comprensible tener mis dudillas… eran más que razonables, desde luego.


–Pues muy bien, Mefistófeles. Ahora tú y yo vamos a hacer un pacto. Muy sencillo: O liberas a Vi de su servidumbre y juras no ponernos ni a ella ni a mí, ni a nuestros descendientes, familiares, amigos y seres queridos, una mano encima, directa o indirectamente, sin letra pequeña, sin retorcer las cosas a tu favor, sin pamplinas y sin tocarme los cojones, hijo de la gran puta o quemo lo único que te ata a la tierra. Tic, tac, colega. Decide.


Mefistófeles se rió, aplaudiendo lento, con garbo.


–Quémalo… quémalo y te arrancaré las tripas para ahorcarte con ellas. Me quedaré con tu alma y la de Vi y os haré sufrir toda la eternidad…. Y créeme, “colega”, jamás me aburriré de torturaros a los dos. Te ondearé como una bandera, al viento gélido de mis dominios en el inframundo. Y no será algo agradable.
Como veía que no me tomaba en serio, apliqué la llama al tomo, por una esquina, que comenzó a arder un poco.


El diablo lanzó un chillido estridente y apagué las llamas antes de que hiciese un daño irreparable.


–No me toques los cojones, Mefistofelito… no me los toques… y deja de tratarme como a un niño. ¿Hay trato o pasamos a la tortura esa de la que hablas?


Se levantó de su asiento, hizo lo propio y se encaró conmigo. Le aguanté la mirada largamente.


El peso de los eones que destilaban sus ojos era titánico. El propio Altas tendría problemas para sostenerlo en sus hombros, pero yo, un mortal más del común, lo soporté. No me quedaban más cojones que aguantarle su diabólica mirada por amor. Por Vi.


Finalmente, con un suspiro, se dejó caer de nuevo en su silla, derrotado.

–Está bien, Jorge. Tú ganas.


Chasqueó los dedos y desapareció.


El libro de las sombras ya no estaba en mi poder. Y una nube negra se materializó frente a mí. Cuando se dispersó estaba Vi delante de mí, perpleja.


–¿Qué… qué coño?


Me lancé a ella, abrazándola y llorando.


–Vi… Vi…


Me devolvió el abrazo, con fuerza, llorando también.


–Jorge…


Nos separamos un momento para mirarnos mutuamente.


–Me siento… diferente… ¡viva! No noto la influencia de Mefistófeles sobre mi… ¿soy…?
–Eres libre, Violeta, eres libre…


Nos fundimos en un beso largo, apasionado. Nos teníamos muchísimas ganas y nos abandonamos al calor de la hoguera de nuestros sentimientos.


FIN.








Epilogo.


Lejos de allí, muy, muy lejos pero en un plano de existencia superior, el ente conocido como Mefistófeles observaba a la pareja dándose amor, con una mirada tierna en los ojos.


Se le conocía por muchos nombres: Lucifer, el maligno, el diablo, Mephisto, Baphomet, Samael, Belial, Abadón, Leviatán, Asmodeo, Iblís, Old Nick, El príncipe de las tinieblas, Seth, Azazel, Beelzebub e incluso Legión, entre otros tantos muchos. Su favorito en los tiempos que corrían en la tierra era el de “Mefistófeles”, por una vieja novela escrita hacía no mucho. Fausto le había gustado bastante, si bien no reflejaba bien su naturaleza, le daba un glamour que le gustaba.


Su viejo amigo, Gabriel, se sienta a su lado. Es una especie de palco celestial, reservado solo para los más selectos fieles del Jefazo, Dios.


–No hay quien te entienda, Luciferino.
–Ay, calla, déjame disfrutar de este momento, te lo ruego.


Gabriel suspira. No comprende a su querido amigo, al que todos llaman “El ángel caído”.


–¿Por qué montas todo este drama? Si querías que se besasen… podrías haberlo hecho mucho antes.
–Gabriel, amigo mío. No solo disfruto de los dramas y las tragedias. Me encantan los melodramas, el amor, la entrega… ¿Acaso no saben mejor si lo aderezamos con una batalla desesperada?


–Eres retorcidamente exigente con tus juguetes.
–La eternidad es muy larga… Con algo he de entretenerme, ¿No?
–¿Vas a seguir manipulándoles?


–No, que va. No solo disfruto de los melodramas, querido amigo. También me encantan los finales felices, de esos que duran hasta que los dos mueren, juntos, de la mano. Es precioso. Ya me han saciado mis ansias de drama, auto superación y escenas lacrimógenas. Jorge ha tenido un arco de personaje completo. Y Violeta tampoco se ha quedado atrás. ¡Qué entrega! ¡Qué entereza ante la adversidad, Gabriel!… Sólo siento un poco de lastima por Amanda, tu chica.


–Ella es más fuerte de lo que imaginas, querido amigo. Saldrá adelante…
–Subestimas, una vez más, el poder del amor.
–Puede, o puede que tú lo sobrevalores.


–¿Yo? Lo dudo, amigo. Pocos han convivido con los hijos de Padre codo con codo como un servidor. Les he visto obrar milagros con sus manos, movidos por el amor. Es sin duda, la obra maestra de Padre.
–¿Tú crees? Yo sólo veo que malgastan sus fuerzas y sus vidas, correteando por el hermoso Jardín que Padre les regaló a los mortales. Van de un lado a otro, destruyéndolo todo, creyéndose dioses. ¿Dónde ves tú el amor de nuestro Padre ahí?


Mefistófeles se ríe.


–Quédate conmigo un par de siglos más, jugando a este juego, y lo irás comprendiendo.
–Eso espero, Luciferino. Como dices, la eternidad es larga y aburrida. Muéstrame más de eso y jugaré contigo hasta donde haga falta.
–Está bien. ¿Seguimos usando a Amanda… o cambiamos de personajes? Preferiría que mis dos chicos viviesen felices hasta el fin de sus días… pero… ¿Qué te parece si le damos una vuelta de tuerca a todo… y hacemos que Amanda se interponga entre ellos?


Gabriel es el que ríe ahora.


–Pero que retorcido eres, amigo mío. ¿Por qué no? ¡Hagámoslo!
dark_harley
Forjador de historias
#4
me lo reservo este para las menciones a los shures
dark_harley
Forjador de historias
#5
Hola, mis shures de bien:


Esto debería de haberlo subido en la Vispera de Todos los Santos, o tambien conocido como Halloween, pero debido a un Ban temporal (merecídisimo, no por el contenido si no por las formas) acabo de recuperar la cuenta.


Es posible que veais similitudes con "The Babysitter" de Netflix, y esa era la idea, darle una vuelta de tuerca al original y reimaginarlo a mi manera.


Os agradecería que al menos me dejaseis un comentario aunque sea para decir que lo habeís leido (o que os la suda).
Un saludo y espero que os guste.


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Valdetremus
ForoCoches: Miembro
#6
me lo guardo para leerlo, luego comento

edito: joder, qué cabrón. Como siempre, enganchado hasta terminarlo, robándole horas al sueño. He de reconocer que la novela empieza normalita, pero va acelerando. Coge buena velocidad de crucero, y el desenlace es vertiginoso. Felicidades!!! una vez más, lo has vuelto a hacer!


Gracias por citarme, no dejes de hacerlo!
Rod81
ForoCoches: Usuario
#7
Increíble, leído del tirón.

Me ha gustado mucho,, tu mente es un prodigio.
lober
walking around the world.
#8
Leamos!
Que hace algo aprenderemos





la madre que te parió.
4h sentado detrás del ordenador, leyendo, prácticamente sin descansar... (salvo las interrupciones de dos niños bastante revoltosos)

eh. chapó.
cojonudo.
mis dieses.
brutal.
me ha encantado!!!

una vez más, mis dieses a la historia, y por supuesto, al autor.muchas gracias por el tiempo dedicado.
_cabarbeni
ForoCoches: Usuario
#9
cuando acabe de leérmelo entero habrá reseña, de momento sublime.
risketo
ForoCoches: Usuario
#10
Pues me has entretenido en un vuelo. Confirmo la lectura, no está mal, empieza fuerte, cae un poco en el medio e intenta levantar al final. Creo que los tienes mejores pero como edición halloween lo aprobamos. Sigue etiquetándome en los siguientes porfa!
lulull
ForoCoches: Miembro
#11
Hola, shur, @dark_harley, recibido

No he tenido tiempo de leerlo, pero espero a un momento de merecido reposo y respeto hacia tu fértil imaginación, como no podría ser de otro modo.

Gracias por el regalo de tus palabras

Cuídate mucho, shur. Si no existieras, tendríamos que inventarte
dark_harley
Forjador de historias
#12
Cita de Valdetremus
me lo guardo para leerlo, luego comento

edito: joder, qué cabrón. Como siempre, enganchado hasta terminarlo, robándole horas al sueño. He de reconocer que la novela empieza normalita, pero va acelerando. Coge buena velocidad de crucero, y el desenlace es vertiginoso. Felicidades!!! una vez más, lo has vuelto a hacer!


Gracias por citarme, no dejes de hacerlo!


Gracias shur! me alegro de que haya gustado.


Hubiese molado más si se me hubiese ocurrido antes y no a una semana escasa de Halloween y si no me hubiesen baneado.
A dos días de publicarlo, cuando lo estaba corrigiendo me llegó el Ban, jeje.


Quería dejarlo como un relato relativamente corto, pero en verdad daría para bastantes más páginas pero bueno, como Especial de Halloween da el pego.


Gracias por tu tiempo, te iré mencionando siempre que comparta algo por aquí.


Un saludo
dark_harley
Forjador de historias
#13
Cita de Rod81
Increíble, leído del tirón.

Me ha gustado mucho,, tu mente es un prodigio.
Gracias, shur, aunque exageras un pelín.


Un abrazo!
chr1one
ForoCoches: Miembro
#14
Cita de Rod81
Increíble, leído del tirón.

Me ha gustado mucho,, tu mente es un prodigio.
Las ilustraciones están hechas con IA. Qué te dice que el relato no lo esté también?
dark_harley
Forjador de historias
#15
Cita de lober
Leamos!
Que hace algo aprenderemos





la madre que te parió.
4h sentado detrás del ordenador, leyendo, prácticamente sin descansar... (salvo las interrupciones de dos niños bastante revoltosos)

eh. chapó.
cojonudo.
mis dieses.
brutal.
me ha encantado!!!

una vez más, mis dieses a la historia, y por supuesto, al autor.muchas gracias por el tiempo dedicado.


Muchas gracias, shur!


Me alegro de que os haya gustado tanto a pesar de estar bastante flojete de mitad hasta el final. Es que si me pongo... me pongo en las 500 páginas y quería algo cortito.


Tampoco me parece algo tan original como para dedicarle tanto tiempo ahora mismo.
dark_harley
Forjador de historias
#16
Cita de chr1one
Las ilustraciones están hechas con IA. Qué te dice que el relato no lo esté también?




Te responderé si me respondes a esta pregunta:


¿Si no estuviese generado con IA... lo leerías?


Digo, porque igual solo has entrado para criticar y ni te vas a molestar en leerlo para responderte a ti mismo.


No pienso ni justificarme ni darle explicaciones a nadie. Yo lo comparto con vosotros, sin cobrar nada ni esperar nada a cambio.


¿Qué más te da a ti, que no lo vas a leer siquiera, que esté generado las imágenes o el mismo texto?


Digo, ¿Tengo que pagarle a un ilustrador profesional para ilustrar un relato que comparto gratis sin pretensiones? ¿Y por cada relato que he compartido aquí, que no son pocos, para que gente como tú esté contenta (Gente que no lee, solo va a señalar con el dedito)?


Hombre, con todo el respeto, shur, pero eso exígeselo al que te planta un libro con ilustraciones y todas con IA y que te cobre por ello.


Igual no lo sabes, pero te crees tu que los artistas digitales no usan herramientas con IA para hacer sus dibujos, ¿Abe?


Un saludo y un abrazo, y todo, aunque no te parezca, va desde el respeto y el buen rollito.


Y si no te gusta, pues killo, cómeme los huevos.
dark_harley
Forjador de historias
#17
Cita de risketo
Pues me has entretenido en un vuelo. Confirmo la lectura, no está mal, empieza fuerte, cae un poco en el medio e intenta levantar al final. Creo que los tienes mejores pero como edición halloween lo aprobamos. Sigue etiquetándome en los siguientes porfa!
Toda la razón, shur.


Es que me vino la idea apenas una semana antes de Halloween y me dije "¿y si...?", pues me puse a escribir.
Como dices, empieza fuerte, pero me veía con muchas páginas y poco tiempo. Quería algo corto, porque si me pongo... 500 páginas por ahí.


Siempre me pasa igual, con el otro relato que tengo actualizando, ya llevo 550 y todavía no he hecho nada nuevo de la historia, tan solo reescribirlo más o menos bien. Y si escribo todo lo que tengo pensado para el Malaguita Calamidad... 2000 páginas mínimo (ya tengo pensada toda la trama hasta el final de la historia).


Pero si, toda la razón, shur.


Muchas gracias por leer y gracias por comentar tambien!


un saludo
dark_harley
Forjador de historias
#18
Cita de lulull
Hola, shur, @dark_harley, recibido

No he tenido tiempo de leerlo, pero espero a un momento de merecido reposo y respeto hacia tu fértil imaginación, como no podría ser de otro modo.

Gracias por el regalo de tus palabras

Cuídate mucho, shur. Si no existieras, tendríamos que inventarte


Muchas gracias, shur, aunque creo que exageras un poco.


Espero que te guste cuando lo puedas leer. Va un poco acelerado pero quería mantenerlo como algo cortito de leer y más cinematografico.


Un saludo
lober
walking around the world.
#19
Cita de dark_harley
Muchas gracias, shur!


Me alegro de que os haya gustado tanto a pesar de estar bastante flojete de mitad hasta el final. Es que si me pongo... me pongo en las 500 páginas y quería algo cortito.


Tampoco me parece algo tan original como para dedicarle tanto tiempo ahora mismo.
Pues a mí me ha gustado el resultado.
La segunda parte, digamos que, ya "sabemos" lo que pasaba, por ser un plano paralelo de la misma historia.
Entonces, con ir sólo con las diferencias y los detalles, le da una velocidad y una agilidad muy necesarias al relato.
chr1one
ForoCoches: Miembro
#20
Cita de dark_harley
Te responderé si me respondes a esta pregunta:


¿Si no estuviese generado con IA... lo leerías?


Digo, porque igual solo has entrado para criticar y ni te vas a molestar en leerlo para responderte a ti mismo.


No pienso ni justificarme ni darle explicaciones a nadie. Yo lo comparto con vosotros, sin cobrar nada ni esperar nada a cambio.


¿Qué más te da a ti, que no lo vas a leer siquiera, que esté generado las imágenes o el mismo texto?


Digo, ¿Tengo que pagarle a un ilustrador profesional para ilustrar un relato que comparto gratis sin pretensiones? ¿Y por cada relato que he compartido aquí, que no son pocos, para que gente como tú esté contenta (Gente que no lee, solo va a señalar con el dedito)?


Hombre, con todo el respeto, shur, pero eso exígeselo al que te planta un libro con ilustraciones y todas con IA y que te cobre por ello.


Igual no lo sabes, pero te crees tu que los artistas digitales no usan herramientas con IA para hacer sus dibujos, ¿Abe?


Un saludo y un abrazo, y todo, aunque no te parezca, va desde el respeto y el buen rollito.


Y si no te gusta, pues killo, cómeme los huevos.
No lo tomes como una crítica. Te aseguro que no era mi intención. Era una simple apreciación.

Este hilo podría ser perfectamente un experimento para ver cómo reacciona la gente ante un texto generado por IA. O un simple trolleo. Y si fuera este el caso no lo criticaría, al contrario, lo aplaudiría.


Lo que si podría criticar es tu respuesta, que me pareció bastante pueril. Si pretendes que se te tenga en cuenta no puedes responder con un "cómeme los huevos". Está casi al mismo nivel de "y tu puta madre".
dark_harley
Forjador de historias
#21
Cita de chr1one
No lo tomes como una crítica. Te aseguro que no era mi intención. Era una simple apreciación.

Este hilo podría ser perfectamente un experimento para ver cómo reacciona la gente ante un texto generado por IA. O un simple trolleo. Y si fuera este el caso no lo criticaría, al contrario, lo aplaudiría.


Lo que si podría criticar es tu respuesta, que me pareció bastante pueril. Si pretendes que se te tenga en cuenta no puedes responder con un "cómeme los huevos". Está casi al mismo nivel de "y tu puta madre".


Ok, shur, mis disculpas, veo que te lo has tomado muy a lo personal la última parte.


Tu comentario, si te soy sincero, suena al típico troll que viene a tocar los cojones. Veo que no era tu intención, y me disculpo por la parte final (aunque mantengo todo lo anterior).


Tampoco es que sea la primera vez que leemos exactamente lo mismo o parecido por aquí. Como si por poner una imagen generada por IA ya todo fuese generado de la misma forma.


No te negaré que he probado usar Chatgpt para que me echase una mano para ir más rápido, guiándole en la trama y que le diese un estilo que le había definido. Pero siempre he advertido de como estaba hecho.


Al final acabé por mandar la IA al carajo, daba más trabajo de esa forma que simplemente escribirlo yo palabra por palabra. Comete errores por un tubo: Se inventa personajes, olvida tramas, personajes, etc. Y para colmo, si le dejas cierto margen, todo lo que hace o no tiene sentido o tira siempre a lo mismo: a apaciguar las aguas, la asertividad y el buen rollito. Lo cual es soso de narices.


Y si le pides que te genere algo por su cuenta, como me imagino que todos habremos hecho, es simplemente aburrido y sin pies ni cabeza.


Por eso te decía que lo leyeses un poco aunque fuese por encimilla para darte cuenta de que no lo ha podido generar una IA. En textos cortos a lo mejor te hace algo medio interesante, pero en textos largos acaba por perder la coherencia interna. Y creo que cualquiera puede darse cuenta de ello con solo usarla de vez en cuando.


En cualquier caso, meto las imágenes (a veces hago yo el montaje, como la portada, con lo que me genera) por petición de los shures que siguen mis relatos, para ilustrar un poco.
rivaldoman
ForoCoches: Miembro
#22
Todavía no me acabé todo, pero aprovecho que voy a empezar el capítulo 10 para dejarte mis putos dieses. Bravísimo
mjolnir_
ForoCoches: Usuario
#23
De que coño va esto que locura pepe
SrKun
335i E90 Tracktool
#24
Terminado shur, como siempre una lectura muy amena, quizás un poco rápida la segunda parte en comparación con otros escritos que tienes por aquí.
El final deja abierta la historia, tienes planeado seguir?
Sigue citándome en todo lo que escribas que me encanta shur!
dark_harley
Forjador de historias
#25
Cita de SrKun
Terminado shur, como siempre una lectura muy amena, quizás un poco rápida la segunda parte en comparación con otros escritos que tienes por aquí.
El final deja abierta la historia, tienes planeado seguir?
Sigue citándome en todo lo que escribas que me encanta shur!
Pues en principio no.


Es verdad que se presta a profundizar a partir de la masacre en casa de Jorge, y daría para una buena novela llena de gore y redención por todo lo alto... pero se me acumulan.


En esta semana y pico que he estado castigado no he estado mano sobre mano, claro.


Tengo un par de cosillas, sin dejar de lado a Malaguita Calamidad (que va para largo, me temo. Llevo 3 meses liado y creo que me va a dar para un año entero aquí), para compartir próximamente.


Muchas gracias por tu tiempo, shur!


un saludo!
Sparazza
ForoCoches: Miembro
#26
Cita de dark_harley
Capítulo 10


En el Monasterio de San Antonio el Real tenían su refugio la orden de la Guardia de Gabriel.


Mi padre me dio algo de dinero para el bus de ida y lo que necesitase, así que me monté en un autocar y me bajé en Segovia, y tras tomar algunos buses de línea llegué hasta la puerta del monasterio.
Llamé a la puerta.


–Busco a Amanda Gilbert.
–Aquí no hay nadie que se llame así, amigo. Buenas tardes…


Me iban a cerrar la puerta en las narices. Puse el pie para evitarlo.


–Mira, carapan, no tengo ganas de que me toquen los cojones. Dile a Amanda que la busco.
–Te repito: Aquí no hay nadie llamada así.


Me exasperé. Conocía al tipo de la puerta, le había matado en un par de ocasiones.


–A ver, Aurelio. Escúchame bien, busco a Amanda porque tengo información sobre la Secta de Mefistófeles.


Se quedó de piedra al oír su nombre de mis labios y acto seguido, me agarró de las ropas y me introdujo dentro del monasterio, cerrando la puerta con violencia. Me estampó contra la pared de fría piedra.


–¿Eres miembro de la secta? ¡Habla!
–Oficialmente no, pero en cualquier caso no voy a darte explicaciones a ti, minundi.
–¿Cómo sabes mi nombre?
–¿Qué parte de “no voy a darte explicaciones” no has entendido, capullo? Llévame ante Amanda. Sólo hablaré con ella y con nadie más. Por favor… y gracias.


Me llevó a rastras hasta una celda y me encerró en ella. Me senté a esperar. Al cabo de media hora se abrió la puerta y entró un monje que conocía muy bien.


Era Rogelio el rompe-espaldas. Había sido marinero y tenía una mala leche antológica. Era ancho de espaldas, alto y muy fuerte. Su apodo venía de las decenas de espaldas que había roto en peleas de bar. Era un alcohólico que había sido alcanzado por la luz de la redención, y había caído rendido a sus pies. Otro soldado que podría haber caído en nuestras garras si Amanda no se nos hubiese adelantado.
Me miró de arriba a abajo, con cautela.


–Dice mi compañero que tienes información sobre la secta satánica.


Suspiré.


–No hablo con recaderos, sólo con el jefazo. ¿Puedes traerme a Amanda, por favor? Incluso puedo ir yo a donde esté ella.


Se acercó hasta estar a dos centímetros de distancia.


–Cuida tu lenguaje, mocoso. Yo soy el número dos aquí.


Me reí en sus barbas.


–No me hagas reír, Rogelio. Tú no eres nadie, sólo el eslabón más débil de la cadena. Un viejo que busca el perdón de Dios de rodillas. Te conozco muy bien, Rogelio. Fuimos muy buenos amigos en un futuro que no se llegó a concretar…


De hecho, Rogelio fue una de mis víctimas. Le torturé durante semanas y llegué a conocerle muy bien. Como solía decir: “Nos haremos muy buenos amigos, tú, yo y mis tenazas”. Rogelio era un alma torturada y terriblemente arrepentida de su vida repleta de fechorías. Era un triste pecador, pero muy fuerte.


–Dime, Rogelio. ¿Qué tal está Nerea? ¿Te ha perdonado ya por haberle hecho abortar por empujarla por las escaleras?


Se quedó blanco. Rogelio confesó, tras un par de días muy intensos, que estando borracho como una cuba, empujó a su hija mayor, embarazada de un par de meses, cayendo por las escaleras y perdiendo al bebé que esperaba con ilusión. No tenía esa intención, desde luego, ni tan siquiera le empujó con ganas. Tan solo quiso apartarla pero Nerea tropezó con un fatal desenlace. Fue el detonante de que Rogelio buscase la iluminación. El odio de su hija le quemaba incluso más que el hierro candente de mis tenazas.


–¿Cómo… cómo sabes tú eso? ¿Eres… Mefistófeles?


Me reí, divertido.


–No, Rogelio, no. Tráeme a Amanda y ella te dará todas las explicaciones necesarias. Da igual lo que te cuente o diga, no me vas a creer ni media palabra. Tráeme a Amanda, por favor, y deja de hacerme perder el tiempo.


Rogelio salió escopetado de la Celda y al cabo de un par de horas, la puerta volvió a abrirse. Era la misma Amanda en persona quien entró. Me puse de pie, nervioso.


Amanda era joven, guapa de una manera curiosa, rubia y un poco más alta que yo. En sus ojos no ardía el fiero fuego del odio, tan solo curiosidad.


–¿Querías verme?
–Hola, Amanda. Cuanto tiempo…
–Disculpa, pero no te conozco.
–Muy cierto, pero yo a ti sí. –Suspiré– he venido por una sola razón: Quiero hablar con tu jefe, Gabriel. Por favor, invócalo.


Me miró con tranquilidad, evaluándome.






–No querrá hablar contigo, seas quien seas. Tampoco voy a molestarle sin saber quién eres y de qué quieres hablar con él. Me han dicho que tienes información que podría interesarnos.


Se sentó en el camastro, a mi lado.


–Me han contado mis compañeros que sabes cosas que no deberías saber. Cosas íntimas, muy íntimas. Dime, ¿Eres un adepto buscando redención? Podemos ayudarte… puedes confiar en mí.


Me acarició la cara, con ternura. Me chocó bastante ese trato tan cercano y cariñoso.


–Eres muy joven… ¿Qué edad tienes? ¿Dieciocho años?
–Diecisiete, el mes que viene cumplo los dieciocho.
–¿Cómo te reclutaron siendo tan joven? Seguro que lo has pasado muy mal… pobrecito…
–Tú no eres más mayor que yo, Amanda. Lástima te tengo yo… que llevas en esto desde que naciste, prácticamente.


Me miró con interés renovado.


–¿Qué más sabes sobre mí?
–Sé que tienes un lunar en el pecho izquierdo, justo bajo el pezón.


Retiró la mano rápidamente y se puso de pie, tapándose los pechos con ambas manos, colorada.


–¡Pero… ¿Cómo sabes eso, cochino?!








No pude menos que reírme de su reacción. Era muy diferente a como la recordaba, siempre llena de odio y rencor sin igual, siempre enfadada, rabiosa, vengativa. Ahora parecía una chiquilla como yo.


Frunció el ceño.


–Ay, lo siento, Amanda, perdona. No esperaba esa reacción, disculpa. Estaba acostumbrado a otra cosa, viniendo de ti.
–¿Qué cosa?


–Ya lo sabrás a su debido momento, me temo. Sé que tu hermano mayor fundó esta orden y que murió protegiéndote. Él era el agente de Gabriel y al morir, el Arcángel te eligió a ti como su sucesor.


Aquellas palabras hicieron mella en ella. Pocos, poquísimos sabían aquello. Continúe.


–Quiero… necesito hablar con Gabriel, tengo una gran duda que sólo él puede resolverme. Prometo colaborar con todo lo que sé y tengo, a favor vuestra.


–No.
–Por favor, Amanda. Te lo pido de rodillas.


Me arrodillé ante ella. Rápidamente me cogió del brazo y me hizo levantarme.


–Solo se está de rodillas ante Dios, chico.
–Jorge, me llamo Jorge.


–Pues Jorge, solo debes arrodillarte para rezarle al Señor, no ante una humilde servidora como yo.
–Por favor, Amanda… por favor.
–Ya te lo he dicho. Además, el señor Gabriel es un ente muy ocupado, no puedo molestarle por nimiedades. Si me dijeras que quieres saber…


–Necesito saber si Vi, la suma sacerdotisa del culto a Mefistófeles está en este plano de existencia…
–A eso te puedo responder yo. –Me interrumpió.
–Y si es la misma Violeta que yo conozco o es una versión alternativa de ella.
–No Creo que vaya a responder a semejante pregunta. Pero si quieres saberlo, la suma sacerdotisa, la Líder de la secta… Sí, es una chica llamada Violeta. No puedo responderte a lo otro porque ni siquiera sé de qué me hablas.
–Pregúntale a tu jefe… o mejor, déjame hablar con él.


Se sentó de nuevo y me tomó del rostro.


–Tienes que darme más detalles. Yo te he respondido a una pregunta, Jorge… debes darme algo a cambio. Dime algo útil de la secta y te prometo que hablaré con Gabriel y le preguntaré. Es una promesa y yo siempre cumplo mi palabra.


Suspiré.


–Está bien, Amanda. Toma mis recuerdos, todos y cada uno de ellos. No te cortes.
–¿Disculpa?
–Sé que puedes hacerlo. Tienes ciertos dones o habilidades, concedidas por tu jefazo, y que te permite alterar recuerdos y mentes, y por supuesto… ver todos mis recuerdos. Hazlo, por favor, tienes mi consentimiento.
–Sí, pero no puedo hacerlo con cualquiera.


–Vi, mi Vi, podía manipular las mentes de los pecadores, de los corruptos… y la de los inocentes no podía ni tocarlas. Hasta donde sé, contigo pasa exactamente al revés, es la mente de los pecadores la que no puedes alterar.
–Exacto, Jorge. No puedo meterme en tu cabeza.
–Yo soy inocente, Amanda.


Me miró extrañada.


–¿Tu? Lo dudo.
–Inténtalo. ¿Qué pierdes?


Me miró sonriendo.


–¿Quieres que crea que un chico tan guapo como tú nunca ha tenido novia? No tienes la esencia del maligno sobre ti… pero eso no te hace inocente.


La miré muy serio.


–Amanda… soy inocente… al menos ahora si lo soy, de nuevo.


Su sonrisa se desvaneció y puso la cara que ponía Vi cuando se metía en las cabezas de los trozos de mierda.
Tardó bastante y no era de extrañar, tenía muchísimas cosas por ver. Amanda, al cabo de algunos minutos, volvió en sí. Se puso de pie, estaba llorando.


–Está bien, Tenazas… está bien…


Salió de la celda y cerró la puerta. No podía culparla por irse de aquella forma. Lo había visto todo, y eso incluía su secuestro y el día que la marqué con mis tenazas. Cabía la posibilidad de que me matase y me resucitase sin parar para torturarme, henchida del mismo odio que su versión alterna, pero también cabía la posibilidad de que comprendiese que estaba ahí para ser su aliado, no su enemigo de nuevo.


No estaba buscando la redención, buscaba recuperar a Vi y arruinarle los planes a mi antiguo jefe.


Me tumbé en el jergón a dormir un poco.


Capítulo 11

Amanda volvió a la mañana siguiente, con una bandeja con comida.


–Buenos días… ¿Jorge? ¿Tenazas? –Puso la bandeja sobre la mesa y me miró– Estoy confusa, no sé cómo referirme a ti…
–Soy Jorge… Tenazas nunca llegó a ser en esta realidad.


Se sentó a mi lado nuevamente.


–Necesito saberlo… ¿Por qué? ¿Por qué fuiste tan cruel conmigo?


Se puso a llorar, cubriendo su rostro con las manos. Me sentí una autentica mierda.


–Ya lo sabes, Amanda. No busco que me perdones porque lo NO te hice, porque no lo he hecho en esta línea temporal, pero sí que me arrepiento de haberlo hecho en aquel futuro. Pensaba de forma maniquea: Tú eras la mala, desde mi punto de vista. Yo y Vi éramos los buenos. ¿Entiendes?


–¡No! ¡No lo entiendo!


–Amanda… nosotros, a nuestra manera, castigábamos a pecadores. Todos, incluidos los sacrificios que hacíamos, eran personas detestables, al igual que tus adeptos. La única diferencia… es que nosotros castigábamos, tú perdonabas y transformabas, pero en el fondo eran las mismas personas. Jamás hicimos daño a nadie que no se lo mereciese… a un inocente. Y Vi… Amanda, Vi lo era todo para mí. Me corrijo: LO ES TODO para mí. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.


–¡Me marcaste! ¡Como a una vaca! Dime, ¿Qué clase de pecados cometí yo, eh? ¡Dime!


Tenía razón. Ella era un alma pura, al contrario que nosotros.


–Lo siento… de verdad. Si te sirve de consuelo… tú acabaste con mi vida. Te vengaste…
–Lo sé…


–¿Estamos… en paz? Es un decir, porque en realidad… no he hecho nada de eso. Es confuso, lo sé, pero sabes a qué me refiero.
–Sí, sí.


–Escúchame bien, Amanda. En otra vida fui un pecador… puedo redimirme uniéndome a vosotros para luchar contra la misma secta que me reclutó en la otra vida. ¿Puedo ayudaros a acabar con ellos? Ya has visto mis recuerdos, sabes que tengo información que tú ahora posees.


Me miró a los ojos largo y tendido.


–Está bien, Jorge. Te acepto como uno de los nuestros. He hablado con el Señor Gabriel… y me ha dado una respuesta. Si, ella es la misma persona que conociste. Me ha revelado que te recuerda. No ha entrado en detalles, dice que le corresponde a ella dártelos.


Se puso de pie y me tendió la mano.


–Ayúdame a acabar con la secta, Jorge.


Acepté su mano y sonrió.


Me dijo que podía quedarme en aquella celda y hacerla mía. Comí lo que había traído y luego me presentó a todos los miembros allí presentes. Me aceptaron como a uno más y me convertí a la orden de la Guardia de Gabriel.


Era un poco extraño, pues todos los miembros eran pecadores arrepentidos, tocados por la gracia de Gabriel a través de las manos de Amanda, pero yo estaba sin macula alguna.
Amanda no se guardó el secreto, contó a todos quien era y quien fui en una vida pasada… o futura.
Comenzamos de forma algo distante, pero acabé por ganarme sus confianzas.


Capítulo 12


Empezamos a actuar contra la secta. Dados mis conocimientos exhaustivos y exactos sobre los adeptos y su entorno, dábamos golpe tras golpe.


Luchaba codo con codo junto a Amanda. Nos hicimos muy cercanos y floreció una gran amistad.
Me disculpe muchas veces con ella por mi crueldad, aunque ella en realidad no había sufrido mal alguno por mi mano.


Pasaron algunos años en aquel juego del gato y el ratón con Vi y la secta. Siempre iban un paso por delante, y eso ya era todo un avance importante, ya que antes, Vi y yo siempre íbamos ocho o más pasos por delante de la orden.


Si antes teníamos un enfrentamiento o dos al año con ellos. Ahora, en esta línea temporal, prácticamente les pisábamos los talones.


Desmantelamos muchas redes que surtían a la Secta tanto de información como de financiación económica.


Amanda estaba contentísima y muy motivada. Era muy afectuosa conmigo. Estábamos barriendo a la secta.


–¿Quién lo hubiese dicho, Jorge? Antes éramos enemigos… y ahora somos amigos.
–Ya.
–¿Por qué somos amigos, verdad?


La miré a los ojos. Amanda se acercó mucho a mí, para cogerme la mano.


–Sí, claro. ¿Lo dudas? Puedes ver mis recuerdos recientes si quieres…
–No es eso, bobo. Es que… eres muy seco. Antes dabas muchos abrazos, reías y eras divertido… ¿Qué te pasa?
–¿Perdona? –Solté su mano, incomodo– ¿De qué hablas? Siempre he sido así contigo y el resto…
–Perdona… no me refería conmigo… sino con la líder de la secta.


–Se llama Vi. Violeta si quieres.
–Pues con ella eras distinto. Me gustaría que te abrieses más… con nosotros. Somos ahora tu familia. No estás traicionándola, Jorge, por ser tú mismo con otro que no sea Violeta.
–Lo siento, Amanda… tienes razón. Pero ya sabes que vivo para recuperarla… es egoísta, lo sé. Pero es lo que hay.
–Jo…


–Está bien, está bien… haré el esfuerzo, ¿Vale?
–No todo es luchar… en el corazón del Señor hay cabida para todo, Jorge, no lo olvides. Abre tu corazón.


Suspiré. Amanda tenía razón, en parte. No debía obsesionarme de tal forma que me perdiese la vida por el camino.


–Vale…


De improviso, Amanda me abrazó con fuerza. Se lo devolví en la misma medida. Había sido buena conmigo. Podría haberme usado como una herramienta, y sin embargo me trató como a un igual.
Comíamos juntos, entrenábamos juntos y luchábamos juntos. Incluso, durante las campañas fuera del monasterio, dormíamos juntos, espalda con espalda, en nuestros sacos de dormir.


Éramos camaradas, todos en la orden, y yo estaba actuando como un lobo solitario. Claro que participaba y daba el cien por cien, pero no me gustaba sociabilizar. No les despreciaba, en absoluto. Los fui conociendo mejor, de otra manera.


Las tenazas me revelaron un aspecto de ellos, sin contexto. Ahora los conocía de nuevo, desde otra óptica. Ya no podía mirarles y ver cachos de carne, dispuestos a ser masacrados.


Eran humanos, y como tal, eran imperfectos. Se habían equivocado, habían pecado y mucho, perdiéndose por el sinuoso camino de la vida. Aprendí que ese camino que recorríamos era el más sencillo de perderse, pero la misericordia del altísimo era tal, que no dejaba que nos perdiésemos para siempre. Mandaba a sus más fieros soldados, con un farol para guiarles de nuevo a la senda correcta.


Amanda era uno de esos soldados, entregada en cuerpo y alma a su sagrada misión. Era puro amor y bondad. Yo la mancillé, destruyendo su inocencia con mis tenazas.


Me costaba poder mirarla a la cara, la verdad. Mientras yo procuraba alejarme de ella, Amanda hacía lo imposible por acercarse más a mí. Me había perdonado, al igual que el resto de mis camaradas… el único que no había perdonado nada era yo a mí mismo.


El camino de la redención, Jorge, está por todas partes.” Era el mantra que me repetía de tanto en tanto.
Pasábamos, en definitiva, mucho tiempo juntos, hablando. Pero no era lo mismo que con Vi, y la extrañaba de una manera que dolía, y Amanda debía de verlo en mi mirada, en mis largos silencios y en mis hondos suspiros.


Puede que por ello insistiese tanto en acercarse a mí, en darme abrazos todos los días y prácticamente a todas horas.


Su sonrisa era abierta, sincera y deslumbrante. Pero no me reconfortaba como lo hacía Vi. Simplemente no era lo mismo.


Tampoco es que fuese un impedimento para nuestra labor. Barríamos el piso con la Secta.
Pero aun así, todavía no me había cruzado con Vi. Hasta que no cumplí los veintiuno no pude tenerla cara a cara.


Teníamos preparada una redada durante uno de los rituales. Entramos y nos liamos a tiros, acabando con muchos adeptos y nuevos iniciados. Fue una escabechina. Vi, como siempre, se escabullía como una rata sibilina.


Pero yo la conocía mejor que nadie, mejor de lo que ella se creía. La intercepté a mitad de huida.


–¡Vi!


Se giró para mirarme, totalmente sorprendida.


—Vi… Violeta… ¿Me recuerdas?


—¡Claro que te recuerdo… imbécil! ¡Debías estar viviendo tu propia vida! ¡Tuviste una segunda oportunidad! ¿Por qué la desaprovechas de esta forma? —Vi me miraba con los ojos empañados, con una mezcla de reproche y alivio.


—Porque aunque tuviese doscientas oportunidades de empezar de cero… en todas volvería para salvarte, Vi, ¡porque TE AMO! ¡Vi, te amo con todo mi corazón!


Vi se echa a llorar, incapaz de contener la emoción.


—Y yo… y yo a ti, Jota jota… por eso te sacrifiqué, a ti y a lo nuestro… para que tú fueses libre y vivieses… feliz.


–¿Cómo iba a ser feliz sin ti, Vi? Te amé desde el primer día que te conocí ¡Te salvaré! ¡Ven conmigo!
Amanda apareció a mi lado, expectante. Vi le apuntó con una ballesta, me interpuse entre ambas.
–¡No! Ella nos ayudará, Vi. Es mi amiga ahora.


–Así es, Violeta. Ven con nosotros, te protegeremos.


Bajó el arma.


–Dame el libro de las sombras… acabemos con esto de una vez. –Extendí mi mano, esperando que la cogiese.
–Sabes que no puedo hacer eso, Jorge…
–Violeta… –Amanda también le ofreció su mano– …El Señor puede ayudarte… liberarte del yugo del maligno.
–Es demasiado tarde para mí…


Me acerqué a ella y Vi dejó caer su arma, totalmente desarmada y sumisa. Ansiaba desde casi una década abrazarla y cuando estaba por tocarla el tiempo se ralentizó.


De una forma sucia, corrupta. Era la presencia de Mefistófeles sin lugar a dudas. Quedé congelado, pero era consciente de todo.


Las manos rojas, huesudas del diablo agarraron a Vi por la cintura y la arrastraron hacía atrás, deshaciéndose en una nube negra y apestosa. Me guiñó el ojo, sonriendo. Era su forma de decirme “Jódete, chulo


–¡¡NOOO!!


Solo pude abrazar el humo residual mientras todo volvía a la normalidad. Solo la risa perduraba.
Caí de rodillas, llorando. Había estado muy cerca de tocarla. Amanda se abrazó para consolarme. Temblaba como una hoja al viento.


Regresé a mi celda y me encerré en ella durante casi un mes entero. Estaba en una profunda depresión. Mefistófeles jamás dejaría que la tuviese de nuevo. Cada vez que la tuviese a un nanómetro de distancia, aparecería para reírse y llevársela. Lloraba hasta quedarme dormido, planteándome seriamente el quitarme la vida.


Amanda llamaba a mi puerta todos los días y se iba sin recibir un “vete a la mierda” siquiera por mi parte. Respetaba mi dolor y mi duelo.


Un día entró, sin más. Sin llamar ni nada. Se sentó en mi camastro, a mi lado.


–Jorge… me mata verte así.
–Vete, por favor…


–¡No! ¿Ya te vas a rendir, Jorge? ¿Esta era tu convicción, tu fuerza de voluntad, esa de la que tanto hablabas y presumías? ¡Eres un gilipollas! Pensaba que tu amor era más grande que esto…


–¿Qué sabrás tú de amor, Amanda? –Me incorporé para mirarla cara a cara.


–Sé más de lo que te imaginas, Jorge…


Me besó con cariño. Era mi primer beso. Tenía veintiuno en aquella realidad, más los veinticinco de la línea temporal anterior, cuarenta y seis años y era mi primer beso.


Estaba confuso. No me esperaba eso de Amanda, la verdad.


–Estoy enamorada de ti, Jorge.


–¿Sabes que juraste matarme y resucitarme en un ciclo de dos años como mínimo, verdad?
–Esa no era yo, Jorge. Me impactó muchísimo ver tus recuerdos… pero no casan con el Jorge que he ido conociendo estos años.


Me volvió a besar.


–Siento una gran envidia y celos de Violeta… me he vuelto una pecadora por ti, Jorge. Y lo peor es que cometería otro pecado capital más… la lujuria, concretamente.


Se quitó la ropa, sonrojada, frente a mí. La detuve.


–No, Amanda. Lo siento… pero yo amo a Vi… no he tocado a otra mujer porque me estaba reservando para ella… entiéndelo, por favor.
–Puedes llamarme Vi… imaginar que soy ella, mientras lo hacemos…
–Lo siento… de verdad… perdóname, pero es que no puedo.


Lo entendió. Se colocó bien la ropa y se fue llorando de mi celda.


Capítulo 13


Pasaron cuatro años más, volvía a tener la misma edad que cuando morí por primera vez.


Amanda y yo nos arreglamos. Hablamos largo y tendido de sentimientos. No le quedó más remedio que aceptar el rechazo con diplomacia. Quedamos en buenos términos y con una gran amistad de por medio.
Los golpes se iban sucediendo, pero la información que tenía era cada vez menos útil, y nuestros golpes se iban espaciando en el tiempo. Ya no éramos tan efectivos contra los recursos de la secta y Vi se iba apañando para darnos esquinazo. Temí que ahora que sabía que era yo quien saboteaba su labor diabólica, tomase las oportunas contramedidas. Yo la conocía muy bien, mejor de lo que ella podría esperar… pero era mutuo. Me conocía mejor de lo que imaginaba… y actuaba en consecuencia.


Comenzaba a impacientarme, a perder la esperanza. Ya había cumplido los veinticinco.


Pero entonces tuvimos un golpe de suerte. Un adepto descontento llamó a nuestra puerta. Vi le trataba especialmente mal, con una crueldad impropia de ella. Algo me decía que era el cabo que me tendía para ayudarla.


Llegó a nuestras puertas un tipo menudo, muy poquita cosa. Se llamaba Juan Alberto de Olmos y era registrador de la propiedad.


Hizo un pacto con mi antiguo jefazo y como era de esperar, su deseo le salió rana. Paso a engrosar las filas de la líder suprema, Vi.


Lo interrogamos entre Amanda y yo. Nos contó muchas cositas interesantes. Estaba descontento con el trato recibido. Vi era inusualmente cruel con él.


Le apreté las tuercas, de forma figurada, por supuesto. Me habló sobre el trato que le dispensaba el amor de mi vida: Le escupía en la cara, le insultaba a diestro y siniestro, le daba patadas en el trasero siempre que tenía ocasión e incluso le obligaba a limpiar desastres escatológicos con las manos desnudas. Amanda se horrorizó con su relato, yo dudé de su palabra.


Amanda y yo le dejamos solo un momento para hablar entre nosotros.


–Amanda, aquí hay gato encerrado… Vi no es así.
–Jorge… No miente…


–Hazme caso. La conozco mejor que nadie. Si Vi le ha hecho todo eso que seguramente hayas visto en su puta cabeza… –Suspiré– habrá sido por una buena razón, Amanda. Aunque es la líder de la Secta del Maligno… ella es buena persona.


–El pobre infeliz este sólo ha cometido un par de pecados, aparte de la Avaricia, se dedicaba a hacer desfalcos. Todos sus pecados carnales han sido económicos. ¿De verdad se merece ese trato por su parte?


Negué con la cabeza de forma repetida.


–Debe haber una buena razón, Amanda… debe de haberla…
–¿Por qué no quieres aceptar que simplemente se ha corrompido?
–Porque la amo, joder. Y ella me ama a mí… Siempre hablas del amor como motor de la redención… ¿No puede haber amor en la oscuridad irredenta de Mefistófeles?


Amanda me puso la mano en la mejilla, con afecto.


–Existe el amor retorcido, Jorge. Amores tóxicos que anulan todo lo bueno que tiene de base…
–No, Amanda… el amor es amor. No existe el amor toxico como tú lo llamas, eso no es amor… es obsesión, dependencia… pero no amor.


Se mordió el labio, desviando la mirada.


–Déjame que lo interrogue un poco más… debe haber una buena razón para esto.
–Como quieras…


Y regresamos dentro, a seguir con nuestra charla amistosa. Entre muchas cosas interesantes que nos contó, estaba la más importante para mí.


Reveló que Vi le tenía con la correa corta, trabajando para ella de forma muy estrecha. Tenía por ello acceso a un montón de información de la secta y una serie de responsabilidades, entre ellas, custodiar el libro de las sombras. Era el asistente de Vi en los rituales y él tendría el libro en sus manos en todo momento. Obviamente no era su custodio, pues siempre era Vi quien lo guardaba en otro plano existencial al que accedía con sus habilidades demoniacas. Pero como no podía estar en todo a la vez, me confiaba a mí el libro cuando tocaba hacer uso de él.


Como ya no le ayudaba yo… buscó nuevos sustitutos… y ahora le tocaba a aquel sujeto enclenque.


–Amanda… ¿Y si… Vi a tratado como el culo a este tipejo para que desertase?
–¿No es una teoría un poco retorcida? ¿Por qué complicarlo tanto? Si quisiera dejar de trabajar para el Maligno, bastaría con entregarse voluntariamente a nosotros.


–Sabes que no puede hacer eso, Amanda. ¿Tú puedes hacer lo que te salga del papo y el jefe –Me refería a Gabriel, obviamente– no se entera?


Amanda reflexionó largo rato.


–Tienes razón… El señor Gabriel y yo estamos unidos de una forma que mis actos no pasan desapercibidos para él. Puede que tengas razón, Jorge…
–Puede no. LA TENGO, Amanda. Es su forma de lanzarme un cabo para ayudarme a ayudarla.
–¿Y si es una trampa?


La mire con cierto resquemor.


–¿Cómo va a ser una trampa?
–Piénsalo. El Maligno no es estúpido… es astuto, retorcido y se divierte viéndonos tropezar con nuestros propios pies. ¿Por qué no orquestar todo esto para volver a reírse en tu cara, Jorge? Estás cegado… ¡eso es lo que te pasa!


Me dejé caer en el camastro de mi celda, hundiendo la cabeza entre las manos. Llevaba ya cuatro años pisándole los talones… y cada vez que me acercaba… desaparecía antes de que pudiese verla, tocarla, hablar con ella. Comenzaba a desesperarme como nunca.


Amanda se sentó a mi lado y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro.


–Puede que tengas razón, Amanda, y que todo esto sea una jugarreta de las suyas… pero voy a ir a intentarlo una vez más… y si fallo… lo volveré a intentar hasta que muera intentándolo. Entendería que no me acompañaseis… puedo hacerlo solo.


Tomó mi cara entre sus manos y me besó en la mejilla.


–Iré contigo, Jorge. Te quiero… te queremos todos. No dejaremos que vayas solo. La orden nunca abandona a los suyos, ya lo sabes.


–Gracias, Amanda… eres demasiado buena conmigo.
–No seas tonto… Estamos contigo para todo, para lo bueno y para lo malo.


Tras un último abrazo nos preparamos para nuestra nueva misión. Le aconsejamos al pobre diablo que regresase con Vi y la secta e hiciese como que todo va bien.







Nos dio la ubicación actual de Vi, en Pontevedra. Estaba en una mansión muy lujosa, a las afueras. Cuidaba de un nuevo inocente. Allí, con la próxima luna llena, harían un ritual.


Nos preparamos como nunca. Con la ayuda de Juan Alberto, nos infiltramos en el nuevo ritual que Vi iba a llevar a cabo.


Estaba nervioso y ansioso, volvía a tener la edad con la que morí la primera vez. Algo me decía que iba a ser el enfrentamiento definitivo, volver a las raíces. Cabía la posibilidad de volver a espicharla.
La noche era fresca y algo nubosa. La luna se escondía tras una esponjosa nube, de las pocas que había en el cielo nocturno.


Íbamos en formación y con un plan bien meditado, donde cada uno cumpliría su función. En principio los pillaríamos con las bragas bajadas, pillándoles por sorpresa. Pero uno nunca podía fiarse de la Secta, y podría ser una trampa mortal.


Tal como acordamos, Juan Alberto dejaría la puerta principal abierta, de forma que con un empujón se podría abrir. Una vez frente a la puerta, preparados para cualquier cosa, me acerqué y probé a ver.
¡Bingo! La puerta cedió al apoyarme en ella. Entramos con cuidado.


Como siempre, liamos una escabechina buena, toda una orgía de sangre. Abatimos a muchísimos adeptos que Vi fue reclutando en aquellos cuatro años.


Estaban mal preparados, no parecían tener las jerarquías claras y estaban mal dirigidos. Resultaba especialmente fácil, comparado con otras redadas anteriores.


Juan Alberto tenía el libro de las sombras bajo su poder y me lo entregó, escapando por la puerta principal y siendo asistido por mis compañeros de la orden.


Amanda hacía rato que se había ido a otra estancia, en busca de Vi para tener un encuentro a solas. Sabía que Amanda no se había rendido conmigo del todo. Aquello era personal y debían resolverlo ellas solas.
Ya con el libro en mi poder, y sin enemigos a la vista era mi oportunidad de llevar a cabo mi plan. Encendí un mechero y lo acerqué a las hojas amarillentas mientras recitaba las palabras para invocar a Mefistófeles.
Hizo acto de presencia, aplaudiendo.


–Te felicito, Tenacitas.

–Ahórrate la cháchara, sabes lo que quiero y como lo quiero. Dámelo u olvídate de pisar la tierra de nuevo.
–Eres un inconsciente, Tenacitas. Vi me pertenece… he pagado un precio muy caro por tenerla y no pienso dejarla ir. Ella también pagó un alto precio. Ya sabes que me dio a cambio de protegerte: Mil años de servidumbre, y ¡vaya si me los voy a cobrar! Pero… ¿Sabes en qué consistía su pacto original, Jorge?


–No… nunca quiso hablar de él.


–Verás… Violeta era una joven muy querida. Por todos, sin excepción. Una tarde de verano, de 1985, viajaba junto a toda su familia. Iban de vacaciones a Benidorm. Típico viaje familiar… pero un borracho invadió el carril contrario. Imagínatelo: choque frontal a toda velocidad, sin airbag, sin cinturones de seguridad… eran otros tiempos y la seguridad era algo accesorio. El causante de todo salió ileso y Vi y su familia… ardían dentro del vehículo.


Hizo una pausa dramática. Le miraba con odio, pero no me dejaba llevar por aquel sentimiento. Estábamos teniendo un duelo y debía tener mis cinco sentidos puestos en él.

–No me mires, así, chico. Hasta el demonio tiene su corazoncito, Jorge. Le ofrecí a Vi, mientras ardía, la posibilidad de firmar un pacto conmigo. Ella a cambio de su familia. Aceptó sin pensarlo. Y si, supones bien, Jorge: Ella sabía hasta la letra pequeña. Ni lo pensó siquiera.


Se sentó en una silla, cruzando las piernas y me invitó a imitarle. Me senté sin apartar la llama de donde la tenía, amenazante. Mefistófeles, sentado muy elegantemente, continúo.


–El pacto era sencillo: Su familia a cambio de servidumbre. No eterna, claro. Tan solo la misma cantidad de años que les había dado a sus familiares. Hoy se hacen cuarenta años, le faltaban otros cuarenta más. Ya ves, había cumplido con la mitad de su condena. Pero… ay, tenacitas, como te lo agradezco. Por salvarte a ti, Vi pactó servirme mil años más. Sacrificó lo que sentía por ti y por tu bienestar, te dio una segunda oportunidad. Y tú la has malgastado.


Nunca supe en qué consistía su primer pacto con él pero no me sorprendía en absoluto su resolución. Vi jamás fue una mala persona, incluso cuando lo tenía fácil serlo. Jamás dañó a una persona inocente, JAMAS. Violeta, pese a ser el instrumento del maligno, era un ángel. Y yo nunca lo había puesto en duda.
Bueno, tan sólo en la noche que la pillé, pero era algo comprensible tener mis dudillas… eran más que razonables, desde luego.


–Pues muy bien, Mefistófeles. Ahora tú y yo vamos a hacer un pacto. Muy sencillo: O liberas a Vi de su servidumbre y juras no ponernos ni a ella ni a mí, ni a nuestros descendientes, familiares, amigos y seres queridos, una mano encima, directa o indirectamente, sin letra pequeña, sin retorcer las cosas a tu favor, sin pamplinas y sin tocarme los cojones, hijo de la gran puta o quemo lo único que te ata a la tierra. Tic, tac, colega. Decide.


Mefistófeles se rió, aplaudiendo lento, con garbo.


–Quémalo… quémalo y te arrancaré las tripas para ahorcarte con ellas. Me quedaré con tu alma y la de Vi y os haré sufrir toda la eternidad…. Y créeme, “colega”, jamás me aburriré de torturaros a los dos. Te ondearé como una bandera, al viento gélido de mis dominios en el inframundo. Y no será algo agradable.
Como veía que no me tomaba en serio, apliqué la llama al tomo, por una esquina, que comenzó a arder un poco.


El diablo lanzó un chillido estridente y apagué las llamas antes de que hiciese un daño irreparable.


–No me toques los cojones, Mefistofelito… no me los toques… y deja de tratarme como a un niño. ¿Hay trato o pasamos a la tortura esa de la que hablas?


Se levantó de su asiento, hizo lo propio y se encaró conmigo. Le aguanté la mirada largamente.


El peso de los eones que destilaban sus ojos era titánico. El propio Altas tendría problemas para sostenerlo en sus hombros, pero yo, un mortal más del común, lo soporté. No me quedaban más cojones que aguantarle su diabólica mirada por amor. Por Vi.


Finalmente, con un suspiro, se dejó caer de nuevo en su silla, derrotado.

–Está bien, Jorge. Tú ganas.


Chasqueó los dedos y desapareció.


El libro de las sombras ya no estaba en mi poder. Y una nube negra se materializó frente a mí. Cuando se dispersó estaba Vi delante de mí, perpleja.


–¿Qué… qué coño?


Me lancé a ella, abrazándola y llorando.


–Vi… Vi…


Me devolvió el abrazo, con fuerza, llorando también.


–Jorge…


Nos separamos un momento para mirarnos mutuamente.


–Me siento… diferente… ¡viva! No noto la influencia de Mefistófeles sobre mi… ¿soy…?
–Eres libre, Violeta, eres libre…


Nos fundimos en un beso largo, apasionado. Nos teníamos muchísimas ganas y nos abandonamos al calor de la hoguera de nuestros sentimientos.


FIN.








Epilogo.


Lejos de allí, muy, muy lejos pero en un plano de existencia superior, el ente conocido como Mefistófeles observaba a la pareja dándose amor, con una mirada tierna en los ojos.


Se le conocía por muchos nombres: Lucifer, el maligno, el diablo, Mephisto, Baphomet, Samael, Belial, Abadón, Leviatán, Asmodeo, Iblís, Old Nick, El príncipe de las tinieblas, Seth, Azazel, Beelzebub e incluso Legión, entre otros tantos muchos. Su favorito en los tiempos que corrían en la tierra era el de “Mefistófeles”, por una vieja novela escrita hacía no mucho. Fausto le había gustado bastante, si bien no reflejaba bien su naturaleza, le daba un glamour que le gustaba.


Su viejo amigo, Gabriel, se sienta a su lado. Es una especie de palco celestial, reservado solo para los más selectos fieles del Jefazo, Dios.


–No hay quien te entienda, Luciferino.
–Ay, calla, déjame disfrutar de este momento, te lo ruego.


Gabriel suspira. No comprende a su querido amigo, al que todos llaman “El ángel caído”.


–¿Por qué montas todo este drama? Si querías que se besasen… podrías haberlo hecho mucho antes.
–Gabriel, amigo mío. No solo disfruto de los dramas y las tragedias. Me encantan los melodramas, el amor, la entrega… ¿Acaso no saben mejor si lo aderezamos con una batalla desesperada?


–Eres retorcidamente exigente con tus juguetes.
–La eternidad es muy larga… Con algo he de entretenerme, ¿No?
–¿Vas a seguir manipulándoles?


–No, que va. No solo disfruto de los melodramas, querido amigo. También me encantan los finales felices, de esos que duran hasta que los dos mueren, juntos, de la mano. Es precioso. Ya me han saciado mis ansias de drama, auto superación y escenas lacrimógenas. Jorge ha tenido un arco de personaje completo. Y Violeta tampoco se ha quedado atrás. ¡Qué entrega! ¡Qué entereza ante la adversidad, Gabriel!… Sólo siento un poco de lastima por Amanda, tu chica.


–Ella es más fuerte de lo que imaginas, querido amigo. Saldrá adelante…
–Subestimas, una vez más, el poder del amor.
–Puede, o puede que tú lo sobrevalores.


–¿Yo? Lo dudo, amigo. Pocos han convivido con los hijos de Padre codo con codo como un servidor. Les he visto obrar milagros con sus manos, movidos por el amor. Es sin duda, la obra maestra de Padre.
–¿Tú crees? Yo sólo veo que malgastan sus fuerzas y sus vidas, correteando por el hermoso Jardín que Padre les regaló a los mortales. Van de un lado a otro, destruyéndolo todo, creyéndose dioses. ¿Dónde ves tú el amor de nuestro Padre ahí?


Mefistófeles se ríe.


–Quédate conmigo un par de siglos más, jugando a este juego, y lo irás comprendiendo.
–Eso espero, Luciferino. Como dices, la eternidad es larga y aburrida. Muéstrame más de eso y jugaré contigo hasta donde haga falta.
–Está bien. ¿Seguimos usando a Amanda… o cambiamos de personajes? Preferiría que mis dos chicos viviesen felices hasta el fin de sus días… pero… ¿Qué te parece si le damos una vuelta de tuerca a todo… y hacemos que Amanda se interponga entre ellos?


Gabriel es el que ríe ahora.


–Pero que retorcido eres, amigo mío. ¿Por qué no? ¡Hagámoslo!






Muy bueno shur. Has conseguido engancharme desde el principio.


Por casualidad, el vecino Don Agapito Di Sousa, no será profesor experto en hidrodinámica tubular?




McManaman
ForoCoches: Usuario
#27
Cita de dark_harley
¿Qué ocurre cuando, en el clímax de tu propia historia de terror, el villano —en este caso, la villana— te ofrece un trato… y tú aceptas la mano que te tiende?

Mi nombre es Jorge, pero todos me llamaban “Chopito”.

Pero eso fue antes, en mi antigua vida. Ahora me conocen como… Tenazas.

Ahora mismo me encuentro en medio de una orgía de sangre, tumbado en el suelo del salón de una familia adinerada, luchando por respirar.

Vi está a mi lado, arrodillada, metiéndome en el agujero del pecho su propia camiseta.

–¡Tenazas! ¡Tenazas! No te duermas, por favor. Quédate conmigo, colega.

¡Qué fácil era decirlo para ella! Vi no era la que se estaba desangrando sobre una alfombra persa y viendo una proyección de su propia vida pasar ante sus ojos, sin poder hacer nada para evitarlo.
Me estaba muriendo… ¡Y para colmo me ponían cine Español!

¿Qué cómo llegamos a esta situación?

Tendría que remontarme a mis doce años y a la víspera de Todos los Santos del año 2012, la noche en que mi vida cambió por completo…

Y comencé a bailar al son que marcaba el diablo…

Literalmente.






Capítulo 1


Recibo un balonazo en la nuca, para variar.
–¡Maricón! –Grita Pedro Guzmán, el mayor cabronazo que he conocido.

Todos en el patio se parten el culo a mi costa. Hago como que no ha pasado nada y sigo comiéndome mi bocata de mortadela con aceitunas y queso de untar. Intento que me importe una mierda y casi lo consigo.

–¡Chopito, tríncame el pito!

Pedro insiste en su acoso diario. Es el líder de los soplapollas oficiales del colegio privado al que asisto. Todos le siguen, en parte porque son unos mierdas, y en parte porque carecen de personalidad propia. Eran de esos pijos que trataban de ir de quinquis de la Palmilla, pero en realidad no tenían ni media hostia.

–Eso, Chopito, ¡Dale un piquito a mi pito! –Gritó Julián Velázquez, en un alarde de ingenio.

También carecían de imaginación, desde luego.

Terminé mi bocata y me alejé lo máximo posible de su alcance. Estaban jugando al futbol, lo único que los pijos engreídos del colegio encontraban más fascinante, interesante y divertido que acosarme.
Odiaba mi vida, odiaba el colegio privado al que asistía, en el que se impartía también la educación Secundaria. Odiaba la gente en general. A los profesores, al alumnado y sobretodo, odiaba el oficio de mi padre.

Pero no me malinterpretéis, amo a mi familia y el sentimiento es mutuo, creo.
Mi padre era propietario de una empresa de distribución de marisco y pescado por media España. Si, surtía de calamares a la comunidad de Madrid, de donde salían los famosos bocatas de calamares.
Como mi padre movía chopos –Como los llamamos aquí a los calamares– era inevitable que me apodasen “Chopito”.

Mi señor padre viene de un hogar muy humilde, de familia de pescadores. Aunque él gane lo suficiente como para enterrar en billetes a todos los padres de los payasos estos… para los pijos insufribles estos… mi padre era el “pescadero”.

Como os podéis imaginar… mi vida era un infierno constante.

A la salida, regresé andando. Vivo en una urbanización de El Limonar, en Parque Clavero. Es una urbanización cerrada, con portero y chalets de dos plantas, con garaje, sótano y desván. Con piscina privada y patio trasero. Todo muy elitista y caro.

Pero incluso ahí dentro, me siguen tocando los cojones, muy al estilo de los pijos-quinquis.
Me encontré con Guzmán y los suyos. Al verme venir, comenzaron las risitas y los codazos, anticipándose a la diversión. Los ignoré.

–Eh, Chopito, ¿Esta tu madre en casa? ¡Necesito que le limpien el sable un poquito, Chopito!
–¡Una de calamares por aquí, Chopito!
–Jaja, ¡Maricón! –Eduardo Villalobos era un poco homófobo y de “Maricón” no solía salirse.

Traté de seguir mi camino pero se interpusieron en él. Pedro, como siempre, a la cabeza.

–¿A dónde vas, Chopito?
–¿A dónde más podría ir?
–¿Me estás vacilando, Chopito? –Frunció el ceño.

–No… no. Solo digo que es más que obvio que voy a mi casa. Somos vecinos.
–No te he preguntado eso, Chopito. Te he preguntado que a dónde vas, Chopito.

Sus coleguitas le reían la gracia.

A Follarme a tu madre, que ella no me cobra” me hubiese gustado decirle, pero no tenía lo que hacía falta. Me podía dar con un canto en los dientes si sólo me decían en bucle “Chopito” y no me hacían nada más.
Al ver que no le seguía el juego, se mosqueó.

–Contesta, Chopito, joder. No me hagas parecer que soy retrasado o algo.
–Voy a mi casa...
–¡Po llévate esta! –Y se agarró el paquete con ambas manos.

Todos rieron como chimpancés. Aquello les parecía el súmmum de la comedia, cuando ese tipo de cosas hacían gracia con 4 años. Espere paciente a que terminaran de reír y comentar la jugada.

–¿Puedo irme ya?

Aquello les cortó la risa de golpe. Mal asunto.

–No… no puedes irte, pescadero. Como te dije antes, Chopito, de aquí no te vas hasta que me trinques el pito.

Hablaba en serio.

Pero entonces, cuando me veía entre la espada y la pared apareció mi ángel salvador: Vi.
Violeta, más conocida por todos como Vi, entró en escena como un Deus Ex Maquina.

–¿Qué te trinque el qué, pedrito?

Caminaba con el desparpajo que la caracterizaba, meneando las caderas y pisando fuerte. Se encaró con Pedro Guzmán, al que sacaba una cabeza completa. Vi tenía diecinueve años. Pedro tenía trece, al igual que el resto.

–¿Q-qué te pasa a ti? –Pedro tartamudeó, muy a su pesar.

Vi era intimidantemente guapa, esbelta y sus numerosos piercing denotaban que no era una chica sumisa.

–Que me digas que qué quieres, que mi amigo Jorge, te trinque.
–¿A ti que te importa, tía? No es asunto tuyo, esto es entre hombres.

Vi rió. Su risa era como un río bravo: Alegre, fuerte y si te descuidas, como me pasaba a mí, te arrastraba río abajo.

–Y tanto que es entre hombres. Un hombre que le pide a otro que le trinque el rabo es muy gay, ¿Sabes?

Los propios colegas de Pedro no pudieron evitar reírse. Se escuchó un “Uuuuh. ¡Nove lo qué ta´dishoooo!”. Le había dado en toda la jeta, y Pedro estaba poniéndole colorado.

–Oye… ¿Qué insinúas, eh, Vi? ¿Me estás llamado marica?
–¿Yo? Yo no te he llamado nada. Tú actúas como un gay. Yo solo te lo señalo, campeón.
–Te puedo demostrar lo contrario, puta: Esta noche en mi cama.

A Vi le cambió el rostro. Paso de la risa a ponerse muy seria. Sacó del bolsillo su fiel navaja. Todos habían visto a Vi hurgarse las uñas con el filo de aquel cuchillo innumerables veces. Pedro tragó saliva.

–Escúchame bien, medio mierda. Como vuelvas a molestar a Jorge… ¡Te pincho un huevo!

Y escudriño el aire con la hoja rápidamente, para darle peso a su amenaza.
Pedro se quedó lívido.

–¿Te ha quedado clarito, –Dijo Vi muy lentamente, alzando las cejas al ritmo de las sílabas– Pedrito?

Asintió, cagado de miedo.

–Pues… ¡Aire!

Huyeron todos en desbandada. Vi me miró y se clavó el puñal en el vientre y lo sacó. La hoja era retráctil. Era una navaja de pega, de puro attrezzo. Me guiñó el ojo cómplice. Me sacó una gran sonrisa.

Vi era la puta ama para mí. Y lo mejor –o lo peor, según se mire–: Era mi niñera.

Sé lo que estáis pensando: ¿Tienes niñera con doce añazos, colega? Pues sí.

Mis padres viajaban mucho y me dejaban solo muchas veces. Podrían dejarme solo, a mi aire… pero mis padres eran demasiado sobreprotectores y no se fían de mí un pelo. Creían firmemente que debería tener niñera hasta los dieciocho mínimo.

A mí, lejos de molestarme, estaba encantado. Vi era mi mejor amiga. Nos lo pasábamos genial juntos.



–¿Te llevo a casa?

Nos montamos en su Mustang, color Fanta naranja, como ella suele llamarlo. Vivía al final de la urbanización y estaba un poco lejos andando.

–¿Tus padres se iban hoy, no?
–Sí, van a un retiro en Marbella. Hotelito, Spa y seguramente echen un polvo o dos… los que no pueden estando yo en casa.
–Jajaja. ¿Qué pasa? ¿Les cortas el rollo a tus viejos o qué, Jorgito?
–Creo que se van a divorciar…
–Venga, no digas eso Jota Jota.

Vi a veces me llamaba Jota Jota por mis iniciales: Jorge Jiménez. Era su forma de hablarme en serio.

–Siento que les estorbo, Vi. Discuten mucho… y casi siempre por mí.
–Aysssss –Vi me revuelve el pelo de esa forma que me hace sentir especial y querido, visible– Eso no quiere decir que se vayan a separar ni a divorciar ni nada.

–Creo que se van tanto de viaje para poder perderme de vista y darle un respiro a su matrimonio, Vi.
–Bueno, Jota Jota. Por un lado me beneficia. Si tus padres dejasen de viajar tanto… mis ingresos caerían en picado, y no lo puedo permitir.

Me volvió a guiñar el ojo, sacándome una sonrisa. Vi sabía cómo quitarme los malos rollos de encima. Me quedé mirándola.

Vi era morena, con el pelo muy rizado y sus ojos eran tan verdes como el mar en calma, pero cuando se enfadaba, se tornaban tan verdes cuando en el mar hay tormenta. Era y sigue siendo guapa a rabiar, no hay más.

Y tenía un cuerpo espectacular. Y su forma de vestir acentuaba más esa aura de femme fatale que le sentaba como un guante: Usaba chupa de cuero negra llena de cremalleras. Tenía diferentes piercing repartidos por su cara y orejas, y uno en el ombligo, que siempre llevaba al aire. Camisetas de grupos de rock y Heavy metal. Vaqueros ajados y con las rodillas rajadas y botas militares. Y siempre en el bolsillo su fiel estilete.

Nunca le faltaba un rosario negro al cuello.

La conocí hacía ya un par de años. Vi se mudó a Parque Clavero con su familia, en mi misma urbanización, aunque en la otra punta. Se ganó el afecto y el cariño de mis padres en tiempo record.

Vi se paseaba por todo el barrio, saludando y presentándose. Coincidió con mis padres en el centro comercial, casi por casualidad. Les comento que estaba estudiando filosofía en la universidad de El Ejido, y que buscaba trabajo ocasional como niñera/canguro, para sacarse un dinerillo extra para sus cosas.

A mis padres se les iluminaron los ojos. Ellos tenían a un crio problemático y ella buscaba a quien cuidar por unos billetes. “Es perfecto”, le dijeron a Vi, y aquel mismo fin de semana estaba en mi casa, cuidándome.

Yo estaba mosqueado. “No necesito una niñera, Papá” le decía una y otra vez, pero a mis padres les sudaba los genitales lo que estimase oportuno necesitar o no. El orientador del colegio privado les había dicho a mis padres que era insociable, no quería colaborar con otros compañeros y que provocaba incidentes sin parar.

Para colmo, no tenía un puñetero amigo. Prefería la soledad, internet y mis comics, series y animes. Mi mejor amigo era mi Xbox. Con todo eso no necesitaba a nadie.

Tampoco es que encajase en mi entorno. Mis pasatiempos y hobbys eran considerados de “frikis y raritos”. Odiaba jugar al futbol y en general cualquier actividad física que supusiese sudar.

El que me hiciesen el vacío, que me hiciesen putaditas y bullying en general era visto por el orientador del centro como que el problema era yo y no la maná de hijos de puta que me acosaban.

Y mis padres… bueno, estaban muy ocupados como para sentarse a hablar conmigo y conocer mi propia versión. Era problemático, sin más. Temían que me volviese loco de atar o algo por el estilo, le cogiese el rifle de caza o el revolver de su despacho, entrase al colegio pegando tiros como un lunático. Idea, supongo, que extrajeron de cuando descubrieron que tenía un ejemplar de “El Guardián entre el Centeno”.

Hubo una bronca espectacular aquel día en casa. Mi madre ya me había confiscado, con ocho años, “El señor de las moscas” y “Rabia” de Stephen King. Me llevaron al psicólogo y básicamente les echó la bronca a mis padres. Le dijo que era un niño inusualmente inteligente y curioso, analítico y bastante más cuerdo que ellos.

Obviamente lo mandaron al carajo y me llevaron a una miríada de personajes hasta hallar uno que les diese a ellos la razón. Total, que no se fiaban de mí ni un pelo.

Y allí la tenía, a una jovencísima Vi en mi salón, y yo enfurruñado. Pero Vi supo ganarse mi afecto en cuestión de minutos. Se paseó por la estancia, hasta que vio algo que llamó su atención. Era el DVD de “Leon el profesional”.

–¡Guau! Tenéis Leon El profesional. Me encanta esta peli, Natalie Portman se luce y eso que fue su debut… ¡Con doce años!
–¿Quieres… que la veamos juntos?

Me miró con una amplia sonrisa y me guiñó el ojo.

–Tú mandas, jefe. Así da gusto currar, jeje.

Vi era toda una frikaza. Vimos aquel fin de semana todas nuestras pelis favoritas, comentando escenas y datos curiosos. Fue el primer amigo que hice.

No sé exactamente el momento en qué ocurrió. Supongo que fue el inicio de la pubertad o que “el roce hace el cariño”, el caso es que empecé a enamorarme hasta quedar colgadísimo de ella.



Capítulo 2


–Sofi, cariño, ¿has visto mis bermudas?

La voz llegaba desde el piso de arriba. Mi madre, exasperada, ponía los ojos en blanco y luego le sonríe a Vi.

–¿Te puedes creer? Quiere llevarse esas bermudas horrorosas al Spa. Voy a ser la envidia de todas las señoras…
–Mírelo por el lado bueno… Al menos no le intentarán quitar al marido. Quédese tranquila.

Mi madre se ríe. Tiene ya las maletas preparadas en la puerta mientras mi padre seguía dando vueltas como un pollo sin cabeza, buscando sus malditas bermudas. Lo que él no sabía, es que mi madre se las había tirado a la basura hacía dos meses.

–¡Venga, Eugenio, que vamos con el tiempo justo! ¡Baja ya! –Luego se dirigió a Vi– Bueno, ya sabes, Vi, cualquier cosa, nos llamas.
–No se preocupe, Sofía. Jorge y yo lo pasaremos en grande, tanto, que no habrá tiempo para crear problemas.

Me guiñó el ojo, de esa forma que me desarma por dentro.
Mi padre bajó, apurado y algo fastidiado por no encontrar su prenda favorita.

–Jajaja, no lo paséis demasiado bien tampoco, ¿Eh?
–A la cama a las nueve y media, ¿Eh?
–¡Mamá...! –Protesté con teatralidad. Era parte de las negociaciones entre ambos, ella decía una hora, yo lloraba un poquito y ella la ampliaba media hora más. Lo mismo cada fin de semana que se piraban por ahí.

–Vale, A las diez y ni un minuto más.

–Por supuesto, Sofía. Este angelito estará en el sobre a las diez en punto. –Vi me revuelvió el pelo enérgicamente.

Mis padres respiraron aliviados. Confiaban plenamente en ella. Tras despedirse, se marcharon, dejándonos a solas.

–Bien, colega: ¡Show Time!

Lo primero que hicimos fue ver, de nuevo, Akira. A todo volumen y en versión original. Las paredes del chalet retumban con la banda sonora. Los bombos resonaban en mi caja torácica de una forma que me producía un extraño placer.

Luego recreamos la mítica escena en Mustafar, de Star Wars, episodio III. Pusimos la cinta en la tele, bien fuerte, para que pudiésemos recrearla fielmente. Estábamos en el piso superior.
Vi hacía de Obi Wan Kenobi, yo de Anakin. Dábamos saltos, chocando nuestros sables de luz –Con cuidado, claro. Eran replicas que guardaba con cariño– y repitiendo los diálogos, mientras luchábamos por toda la casa.

Anakin estrangula a Padme usando la fuerza.
–¡Suéltala, Anakin!

Padme: – Anakin…

–¡Te he dicho que la sueltes! –Vi hacía de puta madre de Obi Wan.
–¡Tú la has vuelto contra mí! –No era por tirarme flores, pero Anakin me salía mejor que al mismísimo Hayden Christensen

–Eso es algo que has hecho tú mismo
–¡No vas a arrebatármela!

–Tu ira, y tus ansias de poder ya lo han conseguido. Has permitido que ese Lord Tenebroso corrompa tu mente y ahora… ahora te has convertido en lo que precisamente juraste destruir.
–Ahórrate el sermón, Obi-Wan. Conozco todas las mentiras de los jedi. No tengo miedo al Lado Oscuro como tú. ¡He traído la paz, la libertad, la justicia… y la seguridad a mi nuevo Imperio!
–¿Tu nuevo Imperio?

–No me obligues a matarte
–Anakin, yo le debo lealtad a la República, ¡a la Democracia!
–Si no estás conmigo, eres mi enemigo
–Sólo un sith es tan extremista. Cumpliré con mi deber
–Lo intentarás…

Comenzamos a luchar por toda la casa, tratando de emular lo mejor posible la escena original que se reproducía abajo, en el salón.

–Te he fallado, Anakin, te he fallado.
–¡Debí intuir que los jedi intentarían hacerse con el poder!
–¡Anakin, el Canciller Palpatine es el mal!
–¡Desde mi punto de vista, los jedi son el mal!
–¡Ya estás perdido!
–Éste es tu final, mi Maestro
–¡Se acabó, Anakin, la altura me da ventaja!
–¡No oses despreciar mi poder!
–No lo intentes...

Di un salto, que en mi mente parecía espectacular, y Vi me mutiló con su sable laser, dándole fin a nuestro duelo.


–¡Tú eras el Elegido! ¡El que destruiría los sith, no el que se uniría a ellos! ¡El que vendría a traer el equilibrio a la Fuerza, no a hundirla en la Oscuridad!
– ¡¡TE ODIOOOO!!
–Tú eras mi hermano, Anakin. Yo te quería.

Simplemente espectacular.

Estábamos cansados y sudorosos, pero contentos. Pedimos una pizza para cenar. Nos pusimos “El padrino, segunda parte” mientras esperábamos la comida.

Tras una cena llena de risas y filosofía, nos pusimos un rato a la Xbox. Vi solía, como la que no quería la cosa, meter parrafadas filosóficas en nuestras conversaciones. Hacía comentarios sobre las piezas de ficción que consumíamos. Me hacía preguntas cargadas de intención, poniéndome a prueba. Casi siempre lograba impresionarla con mis razonamientos.

A las diez menos cuarto, Vi soltó el mando.

–Bueno, Jota Jota… hora de ir a planchar la oreja, colega.
–Venga, Vi… un rato más, porfa.
–Ah-ha. De eso nada, le hice una promesa a tu madre… y la cumpliré.

Me revolvió el pelo como siempre.

–Venga, enróllate, porfa, Vi… Déjame quedarme media hora más o así, mi madre no se enterará.
–Cuando pagues tú… mandarás tú, colega.

La miré con media sonrisa.

–¿Eso no te haría, técnicamente, una prostituta?

Me miró alzando una ceja.

–¿Perdona? ¿Me estás llamando puta, Jorgito?
–Mis padres pagan a una chica guapa para que me haga compañía… Y no te llamo nada, tan solo señalo que esta dinámica, salvo por el sexo, sería técnicamente la misma que de la prostitución.

Vi me aguantó la mirada unos segundos, luego puso cara de horror fingido.

–¡Oh, Dios mío, tienes razón! –Se echó a reír, y no pude menos que reírme con ella– ¡Eres diabólicamente retorcido para la edad que tienes, mocosillo!

Me dio un pequeño pellizco en el moflete, tratando aun de recuperar el aliento.

–Que sepas que llamándome guapa no vas a lograr que me ablande, Jota Jota.
–¿No ha funcionado?
–A lo tonto a lo tonto… has arañado algunos minutos al reloj… ¡A la cama, colega! Mira, como acto de buena fe, te voy a dar un chupito. ¿Qué me dices?
–¡Claro!

Odiaba el alcohol. Una vez le pegué un lingotazo a la botella de Whiskey que mi padre escondía en su despacho. Fue horroroso, la sensación de quemazón en la garganta me marcó para siempre. Era como si hubiese bebido lava del planeta Mustafar. Pero lo que fuese por estar un rato más con Vi.
Fue a la cocina y me quedé allí. Salió al cabo de un par de minutos, con un vaso de chupito y un licor ambarino en su interior.

–Toma, colega. Ya sabes: to pa´entro.

Tomé el vasito con mis manos y la miré, indeciso. Me hizo un gesto con las cejas que quería decir “¿Esperas invitación?

–¿No… No me acompañas?
–¡Claro! Un momento….

Regresó a la cocina. Tiré inmediatamente el contenido del chupito en la maceta del salón. No pensaba beberme eso, desde luego. Cuando Vi regresó, con otro chupito en la mano, fingí que acababa de beberlo, tosiendo exageradamente.

–¡No me has esperado! –Meneó la cabeza, decepcionada– Pues nada. ¡Qué aproveche!
Inclinó la cabeza y se tomó el chupito de golpe.

–Venga, a la cama.

Subimos arriba, a mi habitación. Me metí en la cama, tras lavarme los dientes y las manos. Vi se aseguró de todo estuviese en orden. Cerró la ventana y apagó las luces.

–Que descanses, Colega. Mañana más y mejor.

Me guiño el ojo. Bostecé, como si realmente tuviese sueño.

–Hasta mañana, Vi.

Cerró la puerta, despacio.


Capítulo 3


Me quedé despierto, por supuesto. Saqué el portátil y me puse a navegar por ahí. Me metí en un conocido foro de coches de España, a trolear a los primos. Abría hilos absurdos que se llenaban de señores de cuarenta que discutían con un crío de doce sin saberlo. Me reía bajito y me lo pasaba bien, pero pronto me aburrí.

Me puse a pensar en Vi.

Creía que tenía novio o algo así. La había visto varias veces por el barrio, con su Mustang y sus colegas. Vi iba a la universidad de el Ejido, casi a un tiro de piedra en coche. Era muy popular y la verdad es que no me extrañaba.

Últimamente la había visto en actitud cariñosa con un chico de su quinta. Era un tipo flacucho, con gafas gruesas, peinado de panoli y vestía como si su madre todavía le comprase la ropa. Vamos, un calco de mí mismo. Sentía como las tripas se me torcían cuando los veía en el parque y ella apoyaba, riendo, la cabeza en su hombro.

Aquello era un sentimiento nuevo que acababa de descubrir, y por lo visto, muy desagradable. Vi era mi chica y punto. Algo me empujaba a ir para allá, plantarme frente aquel tipo que me sacaría como siete u ocho años y decirle “Es mi chica. Me la llevo”, en plan Johnny Castle en Dirty Dancing. Era la película favorita de Vi, como la de todas las chicas de este cochino país.

Me hubiese encantado hacerlo, porque sabía que aquel mentecato no pillaría la referencia, pero Vi sí, y me sonreiría como solo ella sabe hacerlo… pero no tenía cojones. Solo era el crío al que ella cuidaba a cambio de dinero. Y él… bueno, era más mayor.

Lo único que me consolaba era que su supuesto novio era muy parecido a mí. Eso me daba esperanzas. Acababa de comenzar la pubertad, y a aparte de cambiarme la voz, hacer que me crezcan pelos en los huevos –Y que me crezcan, sea dicho de paso– haría que mi cuerpo mutase, para bien. Me habían dicho en clases que aparte de las molestias varias que empezaba a experimentar, mis músculos se desarrollarían.

Estaba comenzando a experimentar cambios de humor, sentimientos y emociones que hasta hace un año eran totalmente desconocidas para mí. Ahora suspiraba porque los abrazos de Vi durasen un poco más. Fantaseaba con rodear a Vi entre mis hercúleos brazos, cuando creciese y que fuese ella la que suspirase por mí.

Podía esperar un par de años más. Lo bueno de que mis padres fuesen unos paranoicos… es que mantendrían a Vi a mi lado hasta los dieciocho. ¿Quién sabe lo que podría pasar entonces?

¡Todo un fin de semana con ella y yo ya siendo todo un machote!

Y en medio de mis fantasías pubertas, comenzó a escucharse algo de jaleo en la planta de abajo. Me levanté de la cama y abrí la puerta de mi habitación sin hacer ruido.

Me asomo a ver. Vi había traído a sus amigos a mi casa. No me extrañaba lo más mínimo. Era de conocimiento general que las niñeras metiesen a sus novios en las casa de los niños que cuidaban, cuando ya estaban acostados, para darse el lote. Salía en todas las pelis americanas.

Y aquí les comemos los huevos a los gringos. ¿Por qué no habría de hacerlo Vi también?
En mi salón estaban los tipos de siempre que iban con Vi:

Eduardo: Un joven muy bien desarrollado, con Beca deportiva. Practicaba Lucha grecorromana. Mi madre suspiraba cada vez que pasaba cerca.

Lorenzo: El típico pijo emo que iba de alternativo. No se consideraba “Emo”, decía que su estilo se denominaba “Visual”, pero a mí me parecía un moñas. Llevaba el flequillo largo, planchado y teñido de rojo, ropas negras de grupos japoneses y todos los accesorios conjuntados.






Maricarmen: Niña bien que iba de mosquita muerta, pero se rumoreaba que era “más puta que las gallinas, que aprendieron a nadar para follarse a los patos”. Frase que le había escuchado decir a mi padre cuando le daba al moyate con sus empleados y colegas.





Estefanía: Hembra de bandera, como decía mi abuelo. Una mujerona morena de aquí te espero: Guapa –A mi Vi me parecía mil veces más guapa–, sexy y con buen cuerpo, y lo sabía perfectamente. Vestía de forma provocativa y siempre tenía una legión de babosos detrás.




Perico: Un tipo regordete, peruano y que tenía una extraña fijación por AC/DC. Llevaba unas greñas y una boina SIEMPRE, como si se creyese Bon Scott.





Y por supuesto el tipejo nuevo, el canijo con pinta de Nerd.

Estaban sentados al estilo indio, en el salón, jugando a la botella. Yo estaba escondido entre los barrotes del primer piso y tenía una vista privilegiada de todo.

Había risitas y besos, algunos entre chicos, con caras de asco y dándose valor a base de lingotazos de ron. Y entre chicas, muy celebrados por los chicos.
Vi le dio un beso de tornillo a Estefanía, lento, suave y casi cinematográfico. Sentía como la boca se me secaba y la sangre me subía al rostro.
La botella rodaba, las risitas y los grititos contenidos, entre rezos y plegarias. Se lo estaban pasando en grande, fumando y bebiendo.

Hasta que le tocó a Vi besar al chico nuevo. Hasta aquel momento sólo había estado observado, entre incómodo y excitado.

–¡Te toca, Javier! Por fin vas a catar hembra, compadre –Gritó eufórico Eduardo, dando una palmada.
–Yo… Yo… no sé si quiero… m-mejor lo dejamos. –Dijo tartamudeando y poniéndose de pie.

Vi se levantó, despacio. El resto le abucheaba, de buen rollito. Trataban de animar al tal Javier.

–En… en serio… no… no puedo…

Vi se acercó, con cuidado, vulnerable.

–¿No te gusto, Javi? –Su voz era un arrullo apenas audible, mirándole desde abajo.

Estaba arrebatadora. Me debatía entre los celos y el alivio. Vi se le acercó más, con los labios entreabiertos. Parecía ansiar besarle.

–N-no es eso, Vi… es que… no te conozco apenas…
–¿No crees que sería una buena forma de conocernos… con un beso?

Le quitó las gafas con cuidado a Javier. El tipo temblaba y algo me decía que tenía también ganas de besarla y yo sentía un nudo en los intestinos, pero no podía dejar de mirar.

–Bu-ueno… no sé… pu-uede…

Vi se puso de puntillas para darle un beso en los labios… despacio, uniendo sus labios apenas inmóviles. El tal Javier cerró los ojos.
Y entonces ocurrió.

Vi le clavó un par de puñales en el cuello, uno en cada lado. Javier abrió los ojos de golpe, muy abiertos, abriendo la boca en una O muda.

No podía gritar ni aunque lo quisiese. Vi le había atravesado la laringe y la faringe, evitando que el aire saliese. Imagino que sus cuerdas vocales no estarían tampoco intactas.

–Venga, chicos. Preparados.

Maricarmen y Estefanía llegaron con un par de Cálices de plata en las manos. Eduardo sostuvo a Javier, aprisionándole los brazos y sujetándolo firmemente. Javier daba espasmos, pero Eduardo lo contenía sin problemas.

Vi retiró los puñales y salieron dos gruesos chorros de sangre oscura y espesa, que ambas chicas recogieron con cuidado, hasta llenar los cálices.










Cuando ya estaban colmados, los retiraron. Eduardo arrastró a Javier, ya inerte, hasta la cocina, dejando un reguero de sangre.

Yo estaba en shock, agarrado a los barrotes. El corazón me iba a mil por hora. Sudaba a mares.
Vi sacó un viejo libro, muy antiguo, y lo colocó sobre la mesa del salón. Previamente había sido despejada por Perico y Lorenzo.

–jeje, tengo unas ganas ya de ver al diablo que lo flipas… –Lorenzo estaba eufórico.
–Pues anda que yo…–Perico no hablaba demasiado.
–Venga, no os distraigáis ahora.

Las chicas pusieron los cálices sobre la mesa, despacio, uno a cada lado del libro abierto, cuyas páginas ajadas y amarillentas pasaba Vi con cuidado.

Lorenzo quiso tocar el libro, pero Vi le dio un tortazo.

–No lo toquéis, es muy frágil y delicado. Limitaos a lo que os ordene.

Vi parecía otra. No había rastro de su actitud dicharachera de siempre. Era fría, distante y mandona. El resto obedecían sumisos.
Cuando ya tenía la página que deseaba abierta, se dirigió a los suyos.

–Hay que verter la sangre del sacrificio mezclada con la del inocente sobre estas páginas, mientras se recitan las palabras aquí escritas.
–Oh Dios… que subidón… ¡Sí! –Eduardo era quien mejor se lo estaba pasando, desde luego– ¡Wu!
–Ahora ¡A por la sangre del virgen!
–¿Dónde está? –Preguntó Lorenzo.
–Arriba, durmiendo.

Pegué un salto de forma involuntaria. ¡Yo era parte de aquel jodido ritual!

–¿No se despertará?
–No os preocupéis, le he dado Zopliclona, no se despertará hasta mañana. Vamos.

Me obligué a reaccionar. Iban a subir en tropel a mi habitación en cualquier momento. Me levanté de un saltó y corrí a mi habitación, cerré con cuidado, con el corazón latiendo desbocado en mi pecho.
Estaba nerviosísimo. No sabía qué hacer. Fui directo a la ventana y la abrí, asomándome. Estaba demasiado alto como para saltar por ella.

Mi cabeza se llenaba con toda clase de ideas locas. La más suicida era la clásica de usar las sabanas para improvisar una cuerda y tirarla por la ventana para deslizarme por ella y llegar al suelo. Me puse los tenis, no iba a correr descalzo por ahí.

El tiempo apremiaba. Cogí dos sabanas del cajón y las até juntas, probé si era suficiente. No llegaban ni a la mitad de lo que consideraba seguro. Me cagué en todo. Recogí, angustiado. Escuchaba como se acercaban. Metí el intento de soga debajo de la cama de una patada.
Me metí en la cama, corriendo, y me tapé, haciéndome el dormido. Entraron todos, con cuidado, pero hablando en voz normal.

–¿Este es el virgen? –Dijo Maricarmen, sentándose en mi cama. Tenía los ojos cerrados, y tratando de respirar a un ritmo uniforme.

Maricarmen me acarició el rostro con una mano, de forma casi etérea.

–Que mono… seguro que cuando sea un poco más mayor será guapísimo.

Estefanía se acercó también.

–Es lindo, como todos los críos. –Dijo con cierto aire maternal.
–Venga, dejadle. Saquémosle sangre, no tenemos toda la noche.

Pude escuchar como Vi sacaba una cajita metálica. Por el sonido deduje que era una jeringuilla hipodérmica reutilizable, de las buenas. Como las que antes usaban los practicantes.

Con cuidado, me extendieron el brazo izquierdo, aplicándome un algodoncito con alcohol. Sentí como la aguja atravesaba mi piel en busca de la vena. La mano que operaba era experta, la encontró a la primera. Tras unos diez segundos, la aguja fue retirada.

–Listo. Ya tenemos la sangre. Estefanía, ponle una tirita.
–Sí.
–Venga, todos fuera. Sigamos con el ritual.

Pude sentir como todos abandonaban mi cuarto. Vi se sentó en la cama, acariciándome la frente, apartándome el pelo.

–Que descanses, colega.

Vi se levantó y se marchó. Conté, despacio, hasta ciento veinte. Le di dos minutos completos a que Vi se fuese definitivamente y ya estuviese abajo, con el resto.
Me levanté de un salto e intenté reanudar el anudamiento de la soga que me salvaría la vida. Saqué otro par de sabanas que mi madre guardaba en los cajones de abajo.

–¿Qué haces despierto, Jota Jota?

Di un brinco involuntario. Me giré.

Vi está ahí, detrás de mí, con los brazos en jarras.

–Tenía que ir al baño a… ya sabes, el número dos…
–Ajam…

Se acercó a mí, como siempre. Volvía a ser la Vi de siempre, pero ahora comprendía que esa fachada era solo un disfraz.

–Pobrecito, te ha sentado mal la pizza… –Continuó acercándose, lentamente– La verdad es que a mí también. La próxima vez cambiaremos de pizzería, no te preocupes. Ten, tengo aquí una medicina que te aliviará…

Sacó un blíster, arrugado, de pastillas de su bolsillo trasero. Sacó una y me la ofreció.

–Toma. Trágatela y acuéstate de nuevo, Jorgito.

Di un paso atrás... tropezando con mi cama y sentándome. Vi se aproximó, cogiéndome la mano y depositando el comprimido en ella. Sabía que era la Zoplicona esa que mencionó antes. Me dijo, con su mejor voz impostada:

–Venga, cuanto antes te la tomes, antes te hará efecto.

Me miraba, expectante. Mi mente era un avispero en busca de una salida.

–¿No… No me vas a dar agua pasa pasarla?
–Bah, eres un machote, colega. Trágatela a pelo.
–Porfa, Vi… tráeme agua…

Una sombra cruza por los ojos de Vi. Estaba muy seria.

–Jorge: trágate la pastilla.

Tocaba improvisar, pues.

–Uuh, uh –Frotándome el vientre, fingiendo mejoría de una supuesta indigestión– Creo que ya estoy mucho mejor, jeje. No me hace falta tomar nada, muchas gracias, Vi…

Mi actuación no la convencía, y no era de extrañar. Esto no iba de indigestiones, lo sabía ella y lo sabía yo. Vi volvió a insistir. Siguió siendo amable, pero su tono de voz era escalofriante.

–To-ma-te la pas-ti-lla.
–Pero…
–¡Ahora! Y duérmete, Jota Jota.
–¡No quiero!

Vi suspiró, cansada. Sonando como si una tonelada de décadas pesase sobre ella.

–¿Me vas a obligar a hacértela tragar por la fuerza, colega? Jorge, no te lo voy a pedir más veces por las buenas: Toma la puta pastilla, metete de nuevo en la cama y duérmete. No me iré hasta que esté segura de que estás dormido, venga.

Me miraba a los ojos con intensidad. Era la Vi autentica, la fría, analítica, mandona y asesina.

–V-vale…

Hice como que iba a tragarme el comprimido, metiéndomelo en la boca… y se la escupí, junto a una buena cantidad de saliva, en la cara a Vi. La reacción era la esperada: Vi se echó atrás, de forma instintiva, llevándose las manos a los ojos.

–Pero que hijo de pu…

Raudo como un relámpago, me levanté de la cama y eché a correr. Mi destino era el despacho de mi padre, en la planta de abajo. Allí había un armario con armas para caza mayor y menor, sus cuchillos monteros y el revolver de mi difunto bisabuelo.

Salí al pasillo, y bajé las escaleras. Vi me pisaba los talones, gritando.

–¡El virgen está despierto y escapa! ¡COGEDLE!

Sus gritos alertaron a sus amigos, que estaban distraídos cada uno con sus tonterías. A una, todos me miraron, girando sus cuellos al unísono. No tenía tiempo para gilipolleces: tenía que armarme: Seis contra uno. Tipos adultos contra un crío de doce. Sin una pipa o similar no tenía ni media oportunidad.
Antes de poder llegar, Eduardo me atrapó. Me levantó en el aire, riendo y sin esfuerzo.

–¿A dónde crees que vas, chaval?
–Suéltame, medio mierda.

Eduardo rió ante el insulto que había escuchado de boca Vi aquel mismo día. Me llevó hasta el salón. Vi bajó las escaleras, tranquila, como si no hubiese pasado nada.

Eduardo me soltó. Me clavó al suelo, sosteniéndome por los hombros. Vi se acercó a mí. No hay rastro del cadáver ni de la estela sangrienta. Supuse que debieron limpiar a fondo mientras estaba arriba.

–Jorgito, ¿Qué te pasa? ¿Por qué te portas mal, colega?

–¿Perdona? Aquí hay un montón de gente que no conozco, en mi casa. ¿Y soy yo el que se porta mal, Vi?

Se acuclilló ante mí. Vi no era muy alta, apenas me sacaba una cabeza completa. Así, estaba por debajo de mí. Me miró con dulzura.

–Oye, Jorgito… lo siento, ¿Vale? No es costumbre, pero… Bueno… Quería dar una pequeña fiesta con mis amigos. Te juro que dejaríamos todo muy limpio cuando acabásemos, al despertarte mañana no te darías cuenta de nada.

Me puso la mano en la mejilla. Aguanté las ganas de apartar la cara. Su mano estaba caliente y era agradable al tacto.

–Eso, chaval. Sólo estábamos pasándolo bien, jeje. –Eduardo me dio una palmadita amistosa en el hombro– Tienes una casa to perita, ¿Abe?

Estefanía se acercó a mí, sonriendo de forma sensual.

–Ay, chico guapo. Si no dices nada a nadie, ¿Quién sabe? –Me cogió de la barbilla, seductora– Igual estoy tan agradecida que te doy un besito y todo.

Me guiñó el ojo. Un escalofrío me recorrió la columna entera.

El resto de los presentes trataron de hacerme creer aquella trola.

–Va… vale… no diré nada a nadie.
–No estoy enfadada, Jorgito, aunque me hayas escupido en to la cara, colega.

Me guiñó el ojo, como siempre. Pero ya no me producía aquel sentimiento cálido. Me daba repelús y mucho.

–¿Puedo… irme ya a la cama?
–Depende, Jorge. Dime: ¿Qué has visto?
–¿Yo? Nada, te lo juro por mis muertos más fresquitos…

–¿Cómo sabías que había traído a mis amigos a casa?
–Pues… –Estaba nervioso. En casos así, dejaba que mi mente trabajase sola y soltase lo primero que se pasaba por la cabeza– ¿Tu qué crees, Vi?
–¿Nos has escuchado, verdad? –Asentí. Vi sonrió. Se dirigió al resto– ¿Veis, capullos? Os dije que no rierais tan fuerte.

Se disculparon lo mejor posible. El ambiente parecía distendido. Por un momento creí que me había librado de forma magistral. Me reí yo también, relajándome. En cuanto pudiese me largaba de allí, llamaría a la madera y correría como alma que lleva el diablo.

–Pues nada, disfrutad… pero eh, no rompáis nada. Me voy al sobre.

Vi me retuvo cogiéndole del brazo.

–Antes, tómate la pastilla, Jota jota.

Sacó de nuevo el blíster de pastillas. Sacó otro comprimido más y me lo ofreció con una gran sonrisa.

–Maricarmen… tráele agua al hombre de la casa, arfavó.

La chica, sonriendo como una boba, fue a la cocina. Me trajo un vaso mediado de agua, se lo alargó a Vi.

–Venga, Jota Jota. –Me lo ofreció con una gran sonrisa– Sé un hombre de verdad, colega.
–No quiero ninguna pastilla, Vi… por favor…

Vi, sin dejar de sonreír, se puso de pie.

–Entiendo, colega. Creo que has visto algo, entre la vigilia y el sueño… y te has asustado. ¿Verdad? Jorgito, colega: ¿Crees que te voy a hacer daño? Somos amigos. Sea lo que sea que hayas visto… seguro que tu mente te ha jugado una mala pasada. Mira, hemos hecho cosas de mayores, ya sabes: Algunas risas, un poco de hachís, un poquito de alcohol… algunos besitos… nada importante, colega. Seguro que has pensado que nos estábamos peleando o haciendo daño… cuando crezcas un poquito sabrás que es algo muy placentero, no doloroso.

–Jijiji, ¡Y que lo digas! –Maricarmen me revolvió el pelo, imitando de forma torpe a como lo hacía Vi– Y si te portas bien, igual lo descubres más pronto que tarde, jijiji.
–Me habéis sacado sangre, Vi…
–Es para un trabajo de la Uni, amiguito.

Lorenzo dio una explicación para nada convincente pero me daba pie a una salida cojonuda, pero Vi le cortó en seco.

–Dejadlo, el chico no es tonto del culo, como vosotros. –Se dirigió a mi nuevamente– Jorge, mira. Te vas a tragar esta pastilla, por las buenas o por las malas. Por la mañana no sabrás si esto ha sido un sueño o ha pasado en realidad. No vamos a hacerte daño, te lo juro por la memoria de Padme, colega.

Le di un manotazo a Vi, tirando al suelo ambas cosas.

–¡Me has drogado, Vi! Has traicionado a la Republica. Debías traer el equilibrio a la fuerza, no unirte al lado oscuro. Eras mi hermana… ¡Yo te quería!

Silencio por un momento. Luego todos, menos Vi, estallaron en risas.

–Pero, ¿Qué coño dice el friki este? Jajajaja –Eduardo estalló en risas nuevamente, soltándome momentáneamente.

Era lo que buscaba: Una abertura. Me giré, dándole un puñetazo en los cojones con toda mi fuerza de puberto. Eduardo se dobla por la mitad, cagándose en mis muertos.

Eché a correr, aprovechando la confusión y las risas, hacía el despacho. Aquello me dio la ventaja necesaria para llegar. Abrí la puerta de golpe.

–Putos gilipollas… ¡Cogedlo!

Cerré la puerta y eché el pestillo. Mi padre lo instaló para que no me colase cuando estaba con sus socios y colegas. Me salvó la vida.

En su despacho tenía un teléfono fijo. Lo descolgué para llamar al 091 con dedos temblorosos.

–¿Policía? ¡Mande una patrulla urgente! ¡Un grupo de universitarios han asesinado a un notas en mi salón!

La teleoperadora era retrasada. No hacía más que hacerme preguntas, con voz calmada. Le grité varias veces la dirección de mi casa y colgué. Estaban golpeando la puerta del despacho con rabia.

–¡Jorge, campeón! ¿Te va a costar caro el cate que mas endiñao en los huevos! ¡Abre ahora que puedes!

Abrí el último cajón del escritorio y lo saqué entero. Me agaché y metí la mano en el hueco. Mi padre guardaba una copia del armario de las armas ahí, pegada en la parte de abajo del cajón del medio. Él no sabía que yo lo sabía. Siempre llevaba una copia consigo, en su llavero.

Una vez más, su paranoia y celo, me habían salvado la vida.

Saqué la llave. La puerta soportaba a duras penas. Corrí hacía el armario y lo abrí. Cogí el rifle de caza y una caja de munición. Lo puse todo sobre la mesa.

Sabía lo básico, de espiar a mi padre y a sus amigos.

Extraje una de las balas tipo bonded y la introduje en el Rifle Winchester Model 70 y corrí el cerrojo.
La puerta reventó, desperdigando astillas por doquier. Me giré, apretando el gatillo a ciegas.
Lorenzo fue despedido hacía atrás, por el pasillo, con un agujero en el vientre.

El retroceso me destrozó la cadera. No me había dado tiempo a agarrarlo como debía, por lo que la culata me había golpeado sin piedad. El golpe contra la mesa también fue bestial. Las balas se cayeron todas al suelo.

–Jojojo, ¡Buen tiro, chaval!

El atronador rugido del rifle me había dejado aturdido. Eduardo dio un salto al interior del despacho. Parecía disfrutar de aquello.

Yo estaba hecho mierda. Me di la vuelta y me arrastré bajo el escritorio, para recoger algunas balas. El rifle tenía capacidad para tres proyectiles más uno en la recamara. Si hubiese tenido un minuto más, lo habría cargado al tope de su capacidad.

Logré meterme en los bolsillos unas cuantas balas más hasta que Eduardo me agarró de la pierna y tiró de mí, sacándome de allí abajo.

–¡Suéltame, hijo de puta!
–Jaja, chaval, aunque admiro tus cojones, toda resistencia es inútil.

Le dio una patada al rifle, apartándolo de mí y me arrastró fuera de allí. Pataleaba y trataba de escapar, pero Eduardo tenía manos como cepos de adamantium. Pasamos al lado del cuerpo de Lorenzo, que nos miraba con la mirada ausente, propia de la muerte. Me empapé de su sangre, que llenaba todo el pasillo, encharcándolo.

No dejé de gritar insultos hasta que me soltó, frente a Vi.

Tenía una expresión gélida en el rostro.

–¿Contento, Jorge? Has matado a Lorenzo…
–¡Y tú has matado a Javier…!

–¿Lo has visto? Da igual… ¡joder! –Le dio una patada a una silla, volcándola– ¿Por qué no te tomaste el chupito que te di? Si te lo hubieses bebido, esto no habría pasado, colega. Mañana estaríamos jugando a la Xbox, viendo pelis y pasando un finde de puta madre…

–¿Qué clase de niñera la da alcohol a un niño de doce?
–Una que pensaba que eran amigos. Te traté como a un adulto… ¿Y así me lo pagas?
–No trates de hacerme sentir culpable, Vi… ¡Has metido gente en mi casa y has hecho un ritual satánico, matando a un chaval! ¿Y el malo soy yo por no beber alcohol?

–No era alcohol, era Zoplicona, un somnífero. Tendrías que estar en la cama, durmiendo como un niño bueno…

Se llevó la mano al rostro, suspirando.

–Lo siento… Esto es culpa mía…
–¿Vais… vais a matarme?
–¿Qué? Jajajaja

Vi se echó a reír. El resto la miraba indeciso.

–Que va, tontorrón –Vi se secó las lágrimas que le caían, de la risa– Te vas a tomar la pastillita, te vas a quedar dormido… y mañana te despertarás en tu camita, Jorgito. Me dirás: Vi, he tenido una pesadilla acojonante… me la contarás y nos reiremos. ¿Te la vas a tomar por las buenas?
–¿Y… y el colega ese? –Señalé hacía el Emo de estilo japonés que yacía en mi pasillo, muerto y con un boquete en donde debía tener la tripas.

–¿Lorenzo? Bah, mañana no habrá ni una gota de sangre… ¿la puerta del despacho de tu padre? Ni un arañazo tendrá, Jorge. Te lo prometo –Me acarició la cara como siempre. Quise creer en sus palabras– mañana creerás que ha sido una pesadilla muy vívida…

–Va-vale… dame la pastilla y me la tomo.
–Así me gusta.

Me sonrió como siempre, de forma cálida. No podía dejar de amarla cuando sonreía así.

Vi recogió el blíster de nuevo y Estefanía me alargó un vaso de agua nuevo. Me dio otra pastilla, y cuando estaba por metérmela en la boca llegaron los policías.

Las sirenas y las luces estaban activas, poniéndoles sobre aviso. Me cagué en todo. Tenía una promesa de borrar todo lo visto y hecho, pero los maderos, como siempre: Llegaban tarde y causaban más problemas que soluciones.

–¿Has llamado a la policía, colega? –Vi parecía indignada – Yo me encargo. Que no hable, tapadle la puta boca.

Eduardo me agarró, tapándome la boca con sus manazas.

–Más te vale estarte callado, chavalín. Todavía no me he cobrado por la hostia en la polla que me has dado. –Me susurró al oído.

Llamarón al timbre de la puerta. Vi fue a la entrada. Se miró en el espejo y se arregló un poco el pelo. Abrió.

–Buenas noches, Señorita. Hemos recibido un aviso en esta dirección. ¿Todo bien?
–Sí, jeje. Soy la niñera. Cuido del niño de esta familia. Pueden preguntar por mí a los vecinos, soy Violeta, pero todos me llaman Vi, jijiji –Estaba siendo tan encantadora como de costumbre– Disculpen, pero el niño es muy travieso y le gusta gastar bromas telefónicas. No sabía que se la había gastado a la policía… Mil perdones.

–¿Seguro? ¿Le importa si pasamos?
–Es que el niño está dormido… y me ha costado mucho meterle en la cama… Si me lo despiertan me hacen una faena…

Sonrió de esa manera que desarmaba a los adultos. Por supuesto, encandiló al par de policías, que le devolvieron la sonrisa.

–Jeje, bueno. No pasa nada. A veces pasan cosas así, avisos falsos. Por favor, que no vuelva a llamar. Satura las líneas y alguien que realmente nos necesite puede quedarse sin ayuda…
–Tranquilos, le daré una charlita por la mañana. Perdonad que hayáis venido para nada.
–Nada, nada. Buenas noches.
–Buenas noches.

Mi oportunidad de salir indemne se había ido al traste. Seguramente Eduardo me daría una manita de leches curiosa por el golpe de antes en sus partes nobles. Le mordí la mano con saña antes de que Vi les cerrase la puerta en las narices.

–¡Ay! ¡Ioputa!
–¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Están aquí!!!

Los policías empujaron la puerta, y apartando a Vi, entraron. Uno sacó el arma reglamentaria y pasó al salón. El otro retuvo a Vi, empujándola contra la pared.

–¡Manos arriba y quietos!

Eduardo, rápido como una descarga eléctrica, cogió una de las dagas usadas en el ritual y se la lanzó al policía que le apuntaba. La hoja se clavó en su ojo derecho. Soltó el arma, dando un alarido, para llevarse la mano a la zona afectada.

–¡Toma ya! ¡Wuuuu!
–¡¿Sergio?! –Gritó el otro policía desde la entrada– ¡Sergio!

Eduardo, eufórico, se giró hacía mí y me soltó un revés que me tumbó al suelo, sangrando por el labio.

–Estate quietecito ahí, amiguito.

Se fue hacía el policía, que había dejado caer su arma reglamentaria. Eduardo la cogió, y aplicándosela a la sien, disparó.
Lo vi todo, cada detalle macabro. El disparo a bocajarro le hizo estallar la parte contraria del cráneo, esparciendo sangre y sesos por doquier.

–¡Sí, nena!

Le había salpicado la sangre a Estefanía por todo el cuerpo.

–¡Joder, Edu, me has puesto perdida!
–Vamos, no me jodas. ¿Qué querías, Estefi, estar en una orgía de sangre y no mancharte?
–Pero, hijo de puta, avisa al menos. Este modelito no es precisamente barato, joder.
–Haya paz, haya paz. –Maricarmen trataba de mediar, con ese aire de mosquita muerta que se gastaba.

El policía estaba entre Vi y acudir a asistir a su compañero, al que no podía ver.

–¡Sergio, contesta! –Soltó a Vi, que tenía las manos visibles y estaba tranquila– Quédate ahí quieta.

Desenfundó y se dirigió al salón. Entró gritando.

–¡Quietos todos o disparo!

Eduardo apuntó al policía. Él fue más rápido. Disparó, hiriendo en el hombro a Eduardo. Perdió el arma.
El policía apuntó a las chicas. Perico hacía rato que lo había perdido de vista.

–¡Quietas! –Las chicas levantaron las manos, llorando histéricas.
–¡No quiero ir a la cárcel! –Sollozaba Maricarmen –No puedo ir a la cárcel…
–¡Soy la niñera, soy la niñera! –Estefanía era más espabilada, desde luego.
–¡Eh!, ¿Estás bien? –Asentí como pude– Ven aquí, niño.

Me levanté del suelo para ir con él, pero Perico salió al pasillo, portando el rifle de mi padre. Disparó al policía en la cabeza. Explotó, rociando de sesos, sangre y astillas de hueso todo el salón. Incluido yo mismo, por supuesto.

–¡Hostias! ¡Qué guapo, mi hermano!

Me quedé clavado en el sitio. Vi apareció y miró alrededor.

–Joder… me voy a jartá de limpiar, coño.

Se acercó a mí y me agarró del brazo.

–¿Cuánta gente tiene que morir está noche por tu culpa, Jota Jota?
–¿Qué coño dices? ¡Yo no he matado a nadie!

Vi se ríe con sarcasmo. Es una risa cansada.

–¿Y a Lorenzo lo ha matado la bala, no? No me hagas reír, Jorgito. No estoy para chorradas filosóficas.

Me escurrí del agarre de Vi, con la sangre del policía muerto que le cubría por doquier. Echó a correr hacía el patio. Tendría que saltar la valla para llegar a las zonas comunes de la urbanización para buscar ayuda.

–¡Mierda! –Vi refunfuñó harta.

Perico apuntó en mi dirección y apretó el gatillo. No había corrido el cerrojo, por lo que la recamara estaba vacía. Miró el arma con cara de estúpido.

–¡Péinate, gilipollas! –Me salió del alma mientras escapaba por la puerta corredera del salón.

Pude ver con el rabillo del ojo como Vi le arrebataba el rifle de las manos a Perico con un “Dame, imbécil”. Corrí todo lo rápido que pude por mi patio trasero.

–¿Qué pasa ahí, Jorge?

Se asomó por la valla el vecino de enfrente, Don Agapito De Sousa. Era un señor mayor, cotilla de oficio. Su cabeza desapareció en un instante, seguida por el estruendo del rifle al disparar.

–¡Jorge! ¡Vuelve, joder!

Me agarré a la valla y traté de treparla, pero era torpe y encima, con la sangre en las manos me resbalaba. Eduardo me agarró de la pierna y me tiró al suelo de un tirón. Había llegado corriendo sin que lo notase.
Tenía el hombro herido, pero no por ello había perdido fuerza. Me dio una patada en el estómago que me cortó la respiración.

–¡Hijo de puta!

Se quitó la camiseta y se la anudó en el hombro herido. No podía mover el brazo, pero se hizo el apaño para no morir desangrado.

–Ayudadme, comemierdas. Con una mano no puedo sostener al mierdecilla este.

Maricarmen vino junto con Perico. Me agarraron de los hombros y me arrastraron por el patio. Vi estaba de pie, en la puerta que daba al salón, con el rifle al hombro. Tuve la precaución de sacarme una de las balas del bolsillo y la escondí en la palma de mi mano.

–Venga, vamos a terminar el ritual, antes de que nos vuelvan a interrumpir, joder.

Y se metió dentro. Mordí la mano de Perico con fuerza. Me soltó dando un alarido. Empujé a Maricarmen, clavándole la punta de la bala en la cadera, obligándola a saltar a la piscina por el dolor punzante del proyectil.

Eché a correr para rodear la casa para salir a la calle mientras Maricarmen se cagaba en mi calavera. A la altura del cobertizo del jardín lateral me salió al paso Estefanía.

–¿A dónde vas, chico guapo?

–Deja que me vaya, por favor. Les diré a todos que tú me has ayudado, que eres la niñera… por favor…
Se rió como una villana de telenovela, de forma exagerada. Tenía en sus manos la desbrozadora que usaba mi padre para podar los setos. No era muy grande pero daba un canguelo del carajo. La accionó. Era a gasolina, zumbando de manera amenazante mientras caminaba hacia mí. Las cuchillas oscilantes me daban miedo desde pequeño.

–Eh, eh, eh… tranquilita… eso es muy peligroso, Estefi.
–No me llames Estefí, niñato. Nos has jodido la puta noche. Yo quería pedirle al diablo que me diese un puesto en la tele. De presentadora del telediario, joder. ¿Por qué me quieres joder?
–Yo… yo no tengo la culpa…

–¡Estate quieto, maldita sea tu puta estampa!

Alzó la desbrozadora por encima de su cabeza y la bajó. Rodé hacía un lado. Las cuchillas se clavaron en el trapecio de Perico, que había llegado por mi espalda, sin hacer ruido. Pretendía agarrarme desprevino, pero había sido tan sigiloso que ni Estefanía se había coscado.

Las cuchillas se movían de un lado a otro, clavándose más profundamente en las abundantes carnes de Perico, que chillaba como un gorrino en la matanza. Su sangre nos bañó a todos, como una fuente invernal. Estefanía chillaba, tapándose la cara con ambas manos.

Su sangre estaba muy caliente y pegajosa.

Perico caminaba hacia atrás, tratando de sacarse la máquina del cuerpo, pero se acabó por destrozar las manos en el proceso. Cayó, inerte, de espaldas. Finalmente, la desbrozadora se acabó por parar, al clavarse en la tierra las cuchillas y atorarse.

Me levanté como pude, con el corazón desbocado, y eché a correr. Una patada en la cara me volvió a tumbar. Eduardo apareció de nuevo.

–Vaya nochecita… –Era innegable que aquel adonis estaba allí por pura diversión– ¿Eh, friki?
Me retorcía de dolor en el suelo. Eduardo volvió a cogerme del pie para arrastrarme de nuevo dentro. Ya no me resistí más.

Me dejó de nuevo en el salón. Vi dejó el rifle a un lado, apoyado contra la pared, lejos de mí.

–Terminemos ya. Quedan veinte minutos para la media noche, si no lo hacemos ahora… me parece que jamás podrá ser. La hemos liado demasiado.

Eduardo me puso el pie en el pecho, aprisionándome.

–Vamos, Vi. Este mocoso no se va a escapar más.

Maricarmen estaba empapada, y se había echado por encima de la cabeza una toalla. Estefanía entró, completamente bañada de la sangre de Perico. Estaba cabreadísima.

–Te voy a dar una patada en los huevos, niñato de los cojones.
–Déjale, Estefanía. Trae la sangre que le sacamos.

Obedeció. Sacaron la hipodérmica cargada de mi sangre, y la vaciaron sobre los dos cálices, la mitad en cada uno. Con un agitador de cocteles, Vi removió ambos cálices, pronunciando palabras arcanas.
Que me iban a matar, por las molestias, era seguro. Tenía a mi alcance el pie de la lámpara. El cable no era muy grueso, si tiraba fuerte, seguro que lo arrancaba.

Maricarmen iba de un lado a otro, cagándose en todo. Cuando volvió a pasar cerca de mí, hice mi jugada:
Arranqué de un tirón el cable, se apagó la luz y le apliqué en el tobillo el cable pelado.

El alarido de Maricarmen fue tal, que Eduardo se asustó, liberando la presión sobre mi espalda, permitiéndome escapar una vez más. El cable se quedó pegado a Maricarmen, que estaba mojada. Se fue chamuscando mientras corría escaleras arriba para encerrarme en el baño.

Eduardo corrió detrás de mí a toda velocidad.

–Jorgito… ¡Tienes unos cojonazos, chaval!, ¡pero te voy a matar!

Eché el pestillo a la puerta, desesperado. Miré en todas direcciones en busca de algo que pudiese ayudarme. Abrí los cajones a toda velocidad. Encontré mi vieja pistola de agua en uno de los cajones. Cuando estaba por seguir abriendo cajones en busca de algo útil, una idea se encendió en mi cabeza.
Cogí la pistola. Abrí la puertecita de abajo del lavamanos para sacar la botella de amoniaco. Llené la pistola con el producto de limpieza. Obviamente no sería letal de necesidad, pero me daría justo lo que necesitaba para salir de allí. Si lograba entrar de nuevo al despacho, podría rearmarme y darle la vuelta a la tortilla.
Eduardo le dio una patada brutal a la puerta, haciendo saltar el pestillo, arrancándolo de cuajo.

Le apunté con la pistola de agua.

–¡No te acerques más, capullo!

Eduardo, al ver que le amenazaba con una pistola de agua, se echó a reír. Se inclinó sobre mí, confiado.

–¡Venga, dispara, vaquero!

Le disparé un chorrazo directo a la boca cuando dijo aquellas palabras. El amoniaco le entró dentro. Eduardo reaccionó haciendo aspavientos, tosiendo y escupiendo violentamente. Le di un empujón con el hombro lo más fuerte que pude.

Eduardo trastabilló hacía atrás, incapacitado temporalmente, hasta tropezar con la baranda. Se desequilibró, abriendo mucho los ojos. La gravedad hizo el resto.

Cayó de cabeza, partiéndose el cuello contra el suelo. Me asomé, temblando. Estaba allí, inerte, con la cabeza torcida en una posición imposible.

Estefanía y Vi se asomaron a ver el cuerpo de Eduardo. Luego miraron hacia arriba. Tragué saliva.

–Joder… joder, joder… –No podía decir otra cosa.
–Ve a por él de una puta vez. –Ordenó Vi– ¡Hostia puta ya!

Estefanía subió corriendo las escaleras. Di un respingo y eché a correr a mi cuarto. No sabía que iba a hacer, pero fuese lo que fuese… debía hacerlo YA.

Una idea loquísima pasó por mi cabeza, pero habría que ser mongolo para caer en semejante pamplina. Pero aun así lo intenté.

Saqué el intento de soga de antes, de debajo de mi cama, y la arrojé por la ventana. Me metí debajo de la cama, rezando para que aquella joven fuese tan retrasada como me figuraba.
Efectivamente. Al ver las sabanas atadas a la pata de la cama y el otro extremo en el exterior. Se asomó a la ventana, creyendo que me había deslizado por ellas.

–Será mamón…

Salí de mi escondite y, agarrándola por los tobillos, la tiré fuera. La defenestré, literalmente.
Ni siquiera comprobé si estaba muerta, lo di por hecho. Me asomé al pasillo. No había rastro de actividad. Poco a poco bajé las escaleras, con cautela. Vi podría estar escondida en cualquier lugar.
Como no había nadie, entré en el salón.

No había ni una gota de sangre. Ni cadáveres. La lámpara que había roto… volvía estar funcionando. La puerta del despacho de mi padre… estaba intacta.

Giré sobre mí mismo.

¿Estaba alucinando? ¿Lo habría soñado todo?

No estaban ni los policías muertos, ni el cuerpo de Eduardo, ni Maricarmen… nada.
Pero sí que estaba el libro aquel sobre la mesa, con los cálices. Esa era la prueba de que todo realmente había ocurrido.

¿Cómo demonios había podido Vi limpiar aquel desastre en cuestión de minutos? IMPOSIBLE.
Me acerqué al libro y lo cogí, cerrándolo.

–Deja eso ahí, Jota Jota.

Me giré. Vi estaba allí, en la puerta de la cocina. Apreté el libro sobre mi pecho, y me acerqué a la mesita auxiliar. Abrí el cajoncito donde mi madre guardaba el mechero, para encender velas aromáticas.
Lo encendí y aproxime la llama al tomo. Vi gritó.

–¡No!
–No te acerques… ¡O lo quemo!
–Vale, vale, colega. Con calma, ¿Si?
–¿Qué coño es esto, Vi?

–Es el libro de las sombras, jota jota. Con él se hacen pactos con Mefistófeles… Ya sabes: Satanás, el diablo, como quieras llamarlo. Si viertes sangre de un sacrificio, mezclada con la de un inocente… –un virgen, vaya– Tienes derecho a pactar con el diablo. Te concederá aquello que desees… a cambio de un “módico” precio, claro. Si bailas con el diablo, siempre lo harás a su ritmo, colega.
Caminaba despacio, en círculos, pero sin acercarse a mí. Estaba claro que quería acercarse al rifle, que seguía apoyado contra la pared.

–¡Quieta! –Acerqué más la llama al libro. Vi se detuvo en seco.
–Vamos, Jorge… no quieres hacerlo, créeme. Mírame… yo antes era pequeña, y débil… como tú. Una niñita sola, desamparada… y mírame ahora. Soy fuerte, soy guapa… y tu podrías ser igual, Jorgito. Dejar de ser un niño… y ser otra cosa. Lo que tú quieras. Solo tienes que darme el libro, haremos el ritual y podrás pedir lo que quieras…

Una Estefanía furiosa entró en el salón por la puerta del patio. Cogió el rifle y apuntó hacía mí.

–¡Dame el puto libro o te vuelo los cojones!

Vi se acercó a Estefanía. Sacó su navaja. Era un game over o al menos, lo parecía.

–Venga, Jorgito… El tiempo se acaba… –Consultó su reloj de pulsera– Tic, tac, colega. Cinco minutos quedan para medianoche.
–No… no quiero...

Vi, de improviso, clavó la hoja de su navaja en el cuello de Estefanía, justo en la yugular. Al sacarla, un chorro de sangré salió como una fuente. Estefanía dejó caer el rifle, tratando de taponar la herida con ambas manos.

Fue inútil, en menos de diez segundos murió desangrada, cayendo de rodillas al suelo.
Con el susto se me apagó el mechero. Vi me miró, alzando la navaja.

–Exacto, colega. No era retráctil. ¿A que parecía de attrezzo, eh?

Intenté por todos los medios volver a encender el mechero, nervioso.

–Jorge… dame el libro. Diremos a todos que entraron a atacarnos.
–¡Mientes! ¡Me vas a matar!

–Podría haber dejado que la zorra esta te pegase un tiro, y la he matado a ella, en vez de a ti. Piénsalo, colega. Piensa en los titulares mañana “Niñera defiende al niño que cuidaba de unos universitarios borrachos”. Ya no sirve de nada hacer el ritual, entre que no nos da tiempo y que todos están ya muertos… meh, otra vez será. ¿Qué me dices?

Vi guardó de nuevo la navaja en el bolsillo de la chupa de cuero.

–Podemos divertirnos mucho juntos, Jorge. No te trataré nunca más como a un niño… ya eres un hombre. Bueno, te falta todavía desarrollarte, colega, pero esta noche has superado tu bautismo de fuego. No podré no tomarte en serio a partir de ahora…

Me ofreció su mano, sonriendo, como siempre.

–Dime, Vi… ¿Cuántas veces… has hecho esto?
–¿El qué? ¿Sacarte sangre o esta escabechina?
–Ambas…

–Pues cada fin de semana que nos hemos quedado solos… he hecho un pacto. Verás… digamos que soy algo así como la representante del diablo en la tierra. Organizo encuentros entre mi jefe y personas que quieran pactar con él. Te sacaba un poquito de sangre, tú ni te enterabas…

–¿Has estado robando mi sangre todo este tiempo?
–Sí, colega…
–¿Por qué no me la pediste? Te la hubiese dado encantado…

–Joder, Jorge, no me hagas esto… ¿No me hubieses hecho ninguna pregunta? ¿No les habrías contado nada a tus viejos? Maldita sea… sólo tenías que beberte el maldito chupito…
–¿Me… me drogabas siempre?

–¡Claro! En la comida… en la bebida… ¡Pero hoy no te me has separado de las faldas en todo el día! –Su voz era suplicante– Por favor… dame el libro y únete a mí, colega. Juntos lo pasaremos mejor que nunca, te lo prometo.
–Es muy fuerte, Vi… confiaba en ti… pero veo que tú en mí no.

–Lo siento, jota jota. Esto es más grande y peligroso de lo que podrías llegar a creer… y lo sabrás, si tomas mi mano.
–¿Cómo has podido hacerle daño a tanta gente inocente? ¿Cómo voy a confiar en ti ahora, Vi?
–¿Inocente? ¿Cómo Javier, dices?
–Por ejemplo…

Vi se echó a reír.

–No lo parecía, Jorge… pero Javier era un sádico que torturaba animales callejeros y los mataba. Con esas pintas de no haber roto en plato, de recibir collejas en el cole y que le robasen el bocadillo en el recreo… cuando nadie le veía, o cuando él creía que no le veían… se desquitaba con los más débiles. Mírame, Jota jota… No soy una lunática ambiciosa. Busco a malas personas para esto. Nunca le he hecho daño a nadie inocente… no te lo he hecho a ti.

Se acercó más a mí, despacio.

–¿Eduardo, Estefanía, Perico, Maricarmen y Lorenzo? Los cinco unos trozos de mierda, dispuestos a vender a su madre por sus deseos y ambiciones. Busco gente así, colega. Gente que estaría mejor muerta. Por eso… por eso te drogaba. Solo necesitaba tu sangre, un poquito cada mes, en luna llena. No quería hacerte daño, porque eres mi amigo… y ahora… si me das el libro de las sombras… serás mi padawan.

–¿Y… y… los policías, Don Agapito? ¿También eran malas personas?
–Los policías no sé, pero al viejo ese le tenía unas ganas… ¡¡Puff! Además… tú lo has provocado, Jorge. No quiero echártelo en cara… pero si te hubieses tomado la pastillita de las narices… –Suspiró– Habrías creído que todo había sido una pesadilla… y nos habríamos reído jugando al Halo mañana…

Ya estaba muy, muy cerca.

–Si quemas ese libro… me vas a hacer mucho daño, colega. A mí y a mi jefe… te lo ruego… podemos salir de esta reforzados. Tu vida cambiará para bien, te lo prometo.

Me tomo un par de segundos para decidirme… y le entregué el tomo.

A pesar de todo, seguía amándola. Si tenía que decidir entre sobrevivir a aquello, hacer justicia y lo correcto, y no volver a ver a Vi jamás… prefería quedarme con ella, huir juntos. Lo que fuese, mientras estuviese a mi lado.

–Está bien. Confío en ti, Vi.

Cogió el libro de las sombras de mis manos. Lo depositó encima de la mesa y me abrazó con fuerza. Me aferré a ella con toda mi alma.

–Sabia decisión, colega.


Capítulo 4


Vi contó la película que emocionó a Spilberg. No sabía que era tan jodida buena actriz. Contó una versión modificada de lo que había ocurrido aquella noche.

Los cuerpos, la sangre… TODO, volvía a estar en su sitio. Vi no quiso contarme como lo hizo en el momento, solo me guiñó el ojo y me revolvió el pelo por última vez.

Contó, entre lágrimas, como entre ella y yo nos defendimos. En su versión, Eduardo, loco de celos porque empezó a salir con Javier, entró en mi casa, seguido de sus amigos, que estaban muy drogados. Discutieron todos, y Eduardo, drogado más que ninguno, mató a Javier. Luego se desató una escabechina tal y como os la he contado, solo que Vi, en su relato, me protegía, poniendo su cuerpo en medio.


La policía acordonó la zona y en cuestión de un par de horas mis padres estaban de vuelta, enajenados e histéricos. Le dieron las gracias a Vi de forma muy efusiva, demasiado. Ni siquiera mencionaron el hecho de que hubiese metido a Javier, supuestamente, en la casa mientras yo dormía. Detallitos sin importancia.
Y tal como prometió, mi vida cambió drásticamente.

No fue un cambio sutil, pero si gradual. Para empezar, las noticias volaron. Todos sabían quién era yo y lo que había hecho. Se esparcieron rumores a la velocidad de la luz.

Se hablaba de que estaba enrollado con Vi, que el haber vivido aquella situación límite nos unió. Que, al contrario que la versión oficial que había dado Vi, yo había matado a unos cuantos de los locos que entraron a atacar a mi niñera, –cosa que era cierta–. Vi no pudo menos que caer rendida a mis pies, según decían.
Los chicos me miraban como a un Dios: No solo había matado a tíos con los huevos negros, sino que encima, me había, como mínimo, besado con Vi.

Todos conocían a Vi, desde luego. Todos fantaseaban con Vi, incluido hermanos mayores, padres y profesores.

Las chicas suspiraban cada vez que pasaba por su lado. Era un caballero, que había protegido a una damisela en apuros. Un hombre de verdad, al contrario que el resto de mis compañeros, que seguían siendo unos niñatos.

No me cabía duda de que había sido la propia Vi quien los había esparcido.

Durante algunas semanas Pedro Guzmán y su pandilla me dejaron en paz. Era el héroe local y nadie consentía que me chistara siquiera. Los profesores cambiaron de actitud conmigo. Ahora se fijaban más en mí y algo me decía, que parecían estar encantados de conocerme.

Por supuesto tuve que regresar al psicólogo. Tuvimos varias sesiones, pero gracias a los consejos que Vi me había dado lo convencí de que no había sufrido secuelas psicológicas graves. Me recetó un par de mierdas que ni llegué a tomar, pero que tranquilizaron a mis padres.

Si ellos ya estaban encantados con ella, ahora tenía el estatus de familia. Comía con nosotros un par de veces a la semana mínimo. La trataban como a una hija más.

Y Vi y yo… fuimos algo más. Siempre la consideré una amiga, la única y la mejor. Entendía que la diferencia de edad impedía una sincera amistad en su momento, pero ahora que sabía que Vi pertenecía a una secta satánica… Éramos mucho más.


Me inició en la Secta. En teoría ella era la suma sacerdotisa y yo un iniciado, maestra y alumno, Caballero Jedi y Padawan… pero en la práctica éramos camaradas e iguales.
Tal como prometió Vi, dejó de tratarme como si fuese un niño. Frente a mis padres, frente a los vecinos, frente a todo el mundo actuaba como siempre: La niñera protectora y guay que todos los niños querrían tener. Pero cuando estábamos a solas… la relación era diferente.

Jamás volvió a llamarme “Jorgito”. Era o Jorge o Jota Jota, y me habló de su Secta al detalle.
Me contó que había hecho un pacto hacía mucho tiempo, un pacto muy especial. Vi siempre tendría la misma edad, diecinueve, físicamente. En apariencia era una joven guapísima, con su piel tostada por el sol, una cabellera envidiable y un cuerpo perfecto. Las heridas que sufriese se cerrarían en el acto. Confesó que la demostración de aquel día con la navaja fue real. Se la hundió en el vientre y cuando sacó la hoja, ya no había herida y que el efecto parecía como si fuese una navaja de pega, retráctil.

Flipé en colores: Vi era inmortal. Daba vértigo pensar en aquella noche fatídica… puse a Vi contra las cuerdas. Su único punto débil era el libro de las sombras, el nexo de unión entre el diablo, Mefistófeles, y la tierra, y por extensión, incluía a Vi.

De no haberle amenazado con quemarlo, podría haberle volado la cabeza a Vi y ni se habría inmutado. Tuve mucha suerte.

Vi me enseñó muchas cosas, a parte del orden del inframundo, los pactos de sangre y su puta madre. Me llevó a conocer un mundo reservado solo para los adultos.

Me enseñó a fumar, a beber como un hombre, a pelear en condiciones. Pasé de ser un enclenque al que todos llamaban “Chopito” a un adolescente precoz, que vivía a unas revoluciones que ni el adulto más pintado podía seguirme el ritmo. Nos lo pasábamos muy bien juntos, mejor de lo que hubiese soñado.
Era como antes, hacíamos nuestras frikadas, hablando durante horas de cine, series y animes, jugábamos videojuegos, bebíamos, fumábamos… y entrenábamos. Era feliz.

Pero había una cosa que me tenía intrigado.

–Vi… ¿Cómo sabías que estaba despierto y no me había tomado la Zoplicona del chupito?

Sonrió como siempre y me puso las manos en los hombros.

–Ay, Jota Jota, para unas cosas eres muy inteligente pero para otras… Te dejaste la ventana abierta y yo te la cerré cuando te metí en la cama.

¡Joder! ¡La puta ventana! Con los nervios y las prisas me olvidé completamente de aquello.

–Me di cuenta casi de casualidad, cuando ya me iba a ir… me fijé por una rachilla de aire que había movido la cortina y entonces lo supe: Estabas despierto y que algo habrías visto o escuchado. Me quedé escondida tras la puerta, a ver si te levantabas. Estaba a punto de irme… cuando pegaste un salto de la cama.

Me miró de esa forma intensa, que no sabía que se debatía entre varios sentimientos contradictorios.

–Jorge… Debes tener más cuidado de ahora en adelante. Detalles así te pueden costar la vida… has demostrado tener capacidad de adaptación y un sentido de supervivencia acojonante… pero la próxima vez puede que no tengas tanta suerte… Prométeme que no te confiarás.

–Te lo prometo.

Me abrazó y me aferré a ella con fiereza. Éramos compañeros, camaradas, socios, los putos amos del inframundo. O lo seríamos con el tiempo.









Pedro Guzmán se cansó de que me llevase un baño de masas cada vez que pisaba el colegio privado. Ardía de celos y envidia que las chicas murmurasen mi nombre, que los profesores me eligiesen siempre para las mejores tareas y que se hiciesen actos en mi honor. Joder, si hasta salí en el periódico.

Al cambio de trimestre lectivo, se me encaró de camino a casa, con su grupito de lamecojones.

–Eh, Chopito, ¿Te crees tú mu chulito, no?

Dejé caer mi mochila al suelo y pegué la frente a la suya.

–No me lo creo: Lo soy, come mierda.

Pedro dio un paso atrás, no se esperaba que le contestase. Avancé hacía él.

–¿Qué pasa, mariconazo? ¿Te vas a acojonar ahora?
–Yo… yo no me acojono, y menos ante el hijo de un pescadero de mier…

No pudo terminar la frase, ya que le estampé el puño en la cara. Cayó de culo al suelo.

–Te lo advierto, chupapollas. La próxima vez que me llames “Chopito” o le faltes el respeto a mi familia, te reviento la puta cara, imbécil sin diagnosticar.

Le había roto la nariz y estaba llorando como una nenaza. Sus colegas huyeron en desbandada, como los cobardes que eran.

–¡Se lo voy a decir a mi padre y va a hundir al tuyo! ¡Es abogado!

Me agarré los machos con ambos manos.

–¡Pa abogao, el que tengo aquí colgao!

Se levantó, llorando y se marchó, no sin antes recibir una patada en el culo por mi parte.

Me sentí como nunca. Una mochila llena de melones me había desaparecido de encima de golpe, y todo gracias a Vi. Si hubiese sabido antes que con tan solo darle una galleta al memo de Pedro Guzmán me hubiese dejado en paz, yéndose a su casa a llorarle a su papi… se la hubiese dado hacía años.

Pero con aquello no me bastaba para sentirme bien del todo, necesitaba más.

Los días fueron pasando y Pedro cumplió su palabra: le lloró a su viejo. Me acusó de haberle roto la nariz y de muchas otras cosas más. El muy payaso se plantó en mi casa, junto a sus padres y tuvimos una charlita todos en mi salón. Estaba Vi allí, que estaba echando la tarde con nosotros.

Comenzó como todas las broncas civilizadas entre pijos. Cuando me dejaron hablar, esperaban que me disculpase o algo, pero me levanté, sonriendo. Me plante justo delante del padre y le espeté.

–Me puedes besar la punta del nabo, picapleitos de mierda. Y la próxima vez que el comemierdas de tu hijo me mire siquiera mal, le clavaré un lápiz afilado en el ojo izquierdo. Y otra cosa, amigo: A ver si va al médico, le huele el aliento a mierda… eso no puede ser normal… salvo que sea un come mierdas. ¿Es usted un comemierdas, picapleitos?

He de decir que todos se quedaron ojipláticos. Mis padres estaban lívidos, los de Pedro más si cabe, y Pedro se echó a temblar cuando le guiñé el ojo. Era una promesa.

Vi aplaudió, riendo. Se pudo de pie y chasqueó los dedos. El tiempo se paró como por arte de magia. Estábamos ambos, frente a un puñado de pijos paralizados.


–Pero… ¿Qué coño?

–Ay, Jota Jota… no sabes cómo me llenas de orgullo y satisfacción… como has crecido en tan poco tiempo. Esto es una de las habilidades que me concedió mi maestro para hacer mejor su labor en la tierra. Voy a borrarles la memoria, Jota Jota, y te vas a sentar y a empezar de nuevo, te disculparas y yo hablaré.
–Como tú digas, Vi. –Confiaba ciegamente en ella y si me daba una orden, la cumplía sin demora. Le meneaba el rabo como un perro fiel.

Y con otro chasquido, el tiempo reanudó su marcha. Nos sentamos de nuevo, y todos parpadearon como si acaban de despertar. Obedecí a Vi y me disculpe de forma convincente. Pero Vi saltó. Se levantó y les contó a los padres de Pedro un montón de cosas que desconocía.

Le habló, que aparte de insultarme todos los días, de ser un clasista que llamaba a mi padre “el pescadero”, le robaba dinero de su cartera.

El padre de Pedro dio un respingo. Vi continuó. Parecía saber todos los secretos de Pedro y su familia. Les contó que hacía trampas en los exámenes, que tenía a un par de compañeros que le hacían los deberes a cambio de dinero. Que sabía dónde guardaba el porno duro su padre –Cosa que indignó a la madre de Pedro muchísimo. Ella no sabía que su marido viese esas cochinadas– y que recibía dinero y favores –Como levantarle castigos o que no se comiese las verduras– de su propia madre, por no contarle a su padre que tenía como amante al jardinero. Entre otras muchas lindezas: Desfalcos, mentiras, infidelidades, robos, y muchas más.

En un momento destruyó a aquella familia, y lo hizo de forma qué Vi podía explicar y justificar el saber esas cosas tan íntimas. Que si había escuchado a Pedro contarle a sus coleguitas sobre ciertas escenas X del material de su padre, que si el Jardinero que tenían contratado alardeaba del romance que llevaba con la señora de la casa y un largo etcétera.

La familia Guzmán-Palacios se levantó entre escusas y haciéndoles prometer, tanto a mis padres como a Vi que no dijesen nada a nadie, que se encargarían personalmente de que su hijo no volviese a molestarme y se marcharon apuradísimos.

Mis padres no sabían ni que decir ni que pensar al respecto. Estaban mudos de asombro.

Vi solo me guiñó el ojo, como siempre. No me revolvió el pelo… y en parte lo echaba de menos, pero también quería decir que no me estaba tratando como a un crío, y lo valoré.

Las cosas cambiaron sustancialmente. No volví a ver ese clasismo de mierda en la mirada de nadie más. Todos me trataban como a un igual y pronto comencé a relacionarme de forma normal. Parece que el padre de Pedro estuvo hablando muy bien de mi familia, intentando cambiar la percepción de nuestro entorno, por si mi padre se mosqueaba y largaba algún que otro detallito sobre él.

Incluso muchos empezaron a hacer negocios con mi padre. Vi se convirtió en una Diosa para mis padres… hasta me dio la sensación de que la querían más que a mí. No me importó, es más, me agradó, porque la invitaban constantemente a casa. Prácticamente vivía con nosotros y no podía estar más contento.

Vi hizo alarde de otro Don o Habilidad que le había concedido su maestro infernal: Manipular las mentes de los mortales. Hizo creer a mis padres que los supuestos padres de Vi, que estaban instalados en la otra punta de la urbanización, se habían ido de viaje para largo, dejándola sola en Málaga. Le pidieron a Vi que se quedase con nosotros en la habitación de invitados hasta que regresasen sus padres.

El tiempo pasaba y cada vez era más popular, sobre todo entre las chicas. Tenía a un par de admiradoras que me seguían a todas partes, y no había chica que no girase su cabeza al cruzarme con ella.

En un par de años crecí bastante y lo notaba. Cambié mi forma de vestir, ya no lucía los conjuntos que me elegía mi madre. Tenía la autonomía que me otorgaba que las cosas hubiesen cambiado. El orientador del centro les habló estupendamente de mí, que sólo había sido una fase que con el inicio de la pubertad había quedado atrás. Mis notas eran inmejorables, mis profesores estaban contentos y mis padres satisfechos.
Aunque decidieron que ya no necesitaba niñera, seguían dejándome a cargo de Vi.

Pasábamos los días juntos. Cuando mis padres se largaban un fin de semana largo, Vi lo pasaba conmigo, obviamente. Todos estábamos contentos, incluida Vi. Nunca dio muestras de estar conmigo por compromiso. Era un miedo que tenía, que ella sólo estuviese allí para que no la delatase.

Seguían siendo los fines de semana perfectos: Series, pelis, recreación de escenas, charlas filosóficas y Pizza.

Pero ahora hablábamos de otras cosas más profundas. Como he dicho, Vi me inició en su secta. Hacíamos cosas satánicas, pero de forma tranquila. Y con “tranquila” me refiero a que no hicimos ningún ritual. Tan sólo me impartía la teoría.

Uno de esos fines de semana en que había luna llena, y por lo tanto, perfectas para hacer pactos con el maestro de Vi, me ofreció la posibilidad de pedir algo para mí.

–Dime, Jota Jota, colega. ¿Quieres que tus sueños se cumplan? Un pacto con Mefistófeles haría realidad aquello que más ansias.

–Ya tengo todo lo que podría desear.

Vi se rió.

–¿En serio? ¿Qué es eso?
–Pues estar contigo, así.

Vi se sumió en un largo silencio, no se esperaba esa respuesta por mi parte. ¿Y que le iba a pedir al jefazo de Vi? Mi sueño era tener un amigo, y ya lo tenía desde mucho antes. ¿Dejar de ser un pardillo? Ya lo estaba consiguiendo poco a poco. ¿Amor? Con tener a Vi cerca me contentaba. No necesitaba nada más y era tremendamente feliz.

–¿Estás seguro, colega?
–Totalmente, Vi. Tengo todo lo que necesito ahora mismo.

Sus ojos brillaron de una manera extraña, pero sonrió y cambiamos de tema.

Al cumplir los quince era prácticamente un hombre, físicamente hablando. Hacía deporte a diario, con Vi como mi instructora. Si quería seguirle el ritmo debía estar preparado físicamente.

La actividad en la secta sería extenuante, desde luego. No sólo era reclutar basuras humanas, también había que partirse la cara con cierta orden religiosa que tenía como meta destruirnos.

Durante todo aquel tiempo, Pedro Guzmán, si bien dejó de tocarme los cojones, me guardaba un resentimiento feroz. En su mirada había un poso de odio y eso me tocaba las narices.

También hablaba mal de mí a mis espaldas, y por supuesto, me enteraba al minuto. Eso sí, jamás volvió a sacar a relucir ni el oficio de mi padre ni mi viejo mote. Pero murmuraba, trataba de esparcir rumores y le comía la oreja a todo el que se prestase a ello. Los mismos con los que creía confabular, me lo contaban justo después.

Decidí desquitarme por los años de abusos, tanto con él como con el resto de subnormales que les reían las gracias.

Comenzamos con Pedro. Vi y yo lo secuestramos directamente de su cama. Nos colamos como el que no quería la cosa, por la entrada principal. Entre muchas de las cosas que me enseñó Vi, estaba el arte del ganzuado. Había una gran multitud de ganzúas y técnicas, y con la herramienta adecuada, no había puerta que se nos resistiese.

Fue tan fácil que hasta me dio vergüenza. Le sacamos de la cama, y con un golpe certero en la cabeza, lo dejamos pajarito. Me lo eché al hombro, en mitad de la noche, y lo sacamos por la puerta.

Como éramos vecinos, separados por solo una casa, nadie vio nada ni escuchó nada. Lo sentamos en una silla en mi cobertizo, previamente preparado todo. Lo atamos a ella y lo amordazamos.

Tenía una serie de “juguetitos” encima de una mesa de trabajo, sólo para él. Nos sentamos a esperar a que recobrase el conocimiento.

No entraré en detalles escabrosos, pero básicamente se orinó y defecó encima. Me coloqué unos guantes de cuero gruesos, unas tenazas y el soplete de mi padre. Llevé la punta de las tenazas al rojo vivo y torturé a Pedro con ellas.

Había nacido una nueva emoción en mí: El sadismo puro y duro. ¡Y por un demonio si no lo disfruté como un enano!

Me gustó tanto usar las tenazas de aquella forma que no usé otra cosa a partir de entonces. Acabamos con Pedro al amanecer. Me sentí bastante mejor y Vi estaba impresionada.

Nos deshicimos del cuerpo con discreción. Con las habilidades o Dones –Como queráis llamarlo– de Vi, hacer desaparecer un cuerpo era coser y cantar. Podía detener el tiempo, lo cual era fantástico, pero otra de sus habilidades era la de superponer planos de existencia. Aquello me voló la cabeza. Fue así como hizo desaparecer TODO cuando defenestré a Estefanía.

Eso le daba tiempo a pensar como deshacerse de forma efectiva de los cuerpos, ya que no podía detener el tiempo durante largos periodos de tiempo.

La desaparición de Pedro fue muy sonada. Nos interrogaron como a todos los vecinos y conocidos, compañeros de colegio y sospechosos habituales. Por supuesto no encontraron una sola pista de la que tirar del hilo.

Nadie pudo relacionarnos con su desaparición, tan misteriosa como infructuosa en su investigación.
El resto de la pandilla cayó poco a poco. Hubo una epidemia de desapariciones que preocupó mucho en el Limonar. Jóvenes de buenas familias, en plena adolescencia, desaparecían sin dejar rastro, de la noche a la mañana.

Vi, como la artista consumada que era, fue plantando pistas falsas. Pequeños indicios que sueltos no le decían nada a las autoridades, pero que vistas en conjunto trazaban una historia muy sólida y congruente:
Los chicos habían hecho un pacto suicida. Hallaron novelas, comics, películas, cartas, juegos que glorificaban el suicidio. Obras como “Las desventuras del joven Werther” de Goethe. El guardián entre el centeno, de Salinger. Romeo y Julieta. Los hijos del hombre, de P.D. James, o las cintas como The Virgien Suicides, de Sofia Coppola. El club de los poetas muertos. Suicide Club. O series como la británica Skins, comics y mangas varios, entre ellos Sandman.

Se llegó a la conclusión, que los chavales, con las hormonas revueltas por la adolescencia y el acceso a cierta temática recurrente, provocó un efecto Werther en ellos.

Dieron carpetazo al asunto, sin más. Seguramente, pensaron, eligieron un lugar apartado donde nadie pudiese encontrar sus cuerpos, y uno tras otro, animados por las desapariciones de sus amiguitos, se fueron animando a dar el paso. Prometieron a las familias afectadas que seguirían buscando los cuerpos… pero en la práctica era “Si encontramos el cuerpo de algún adolescente… veremos a ver si es alguno de ellos”, pero buscar… lo que se dice buscar, no se tomarían la molestia. Igual podrían haberse tirado por el acantilado de Maro o haber viajado a Japón al bosque ese de los suicidios, tan famoso.

Se decretó una semana de luto.

Yo, lejos de sentirme mal, estaba en paz conmigo mismo. Quizás debiese sentirme como una mierda por torturarlos por todos los malos tragos anteriores, pero como decía Vi, no era sadismo porque si, era retribución. Había enmendado un entuerto, y ¡joder! ¡Qué bien sentaba deshacer entuertos con Vi a mi lado!
Le había cogido el gustillo a las tenazas al rojo vivo, una fijación tal, que Vi acabó por apodarme “Tenazas”.
De cara a mis padres, mis profesores, compañeros y vecinos, era Jorge Jiménez, pero cuando estábamos solos, era Tenazas.

Y mi graduación llegó finalmente. Mi educación segundaria obligatoria estaba oficialmente terminada. Era libre de hacer con mi vida lo que me saliese de los cojones, según Vi.

Guardo en mi corazón la ceremonia de entrega de diplomas. Vi, por supuesto, acudió. ¡Se puso un vestido y todo! Estaba preciosa como nunca ¡Incluso se maquilló!

Nada más terminar la ceremonia y las correspondientes fotos. Vi me agarró y me llevó a un aparte.

–Tenazas, ya eres todo un graduado. Parece mentira, ¿eh?
–Pa que veas, Vi.
–Ahora toca elegir, colega: Puedo borrarte de la memoria los recuerdos que tienes sobre mí… ya no me necesitas. Eres un hombre, si bien legalmente eres menor de edad, ya nadie no puede no tomarte en serio, colega.

La miré a los ojos con intensidad. Continuó.

–O puedes dejarlo todo atrás, dejar de ser Jorge Jiménez y venir conmigo, ser Tenazas a partir de ahora. Debo marcharme ya, pronto sospecharan que no cambio físicamente. Y desde que te inicié, no he cumplido con mi deber para con mi maestro. Está impacientándose, debo buscarle nuevos incautos con ganas de venderle el alma. Si vienes, ya no habrá vuelta atrás, colega. ¿Qué decides? Debe ser ahora…

Miré atrás, a mis compañeros. Tenía una docena de chicas que se me habían declarado y a las que había rechazado sistemáticamente, pero no se rendían. También contaba con un nutrido grupo de amiguetes, con los que seguramente coincidiese en el bachillerato y luego en la universidad. También estaba mi familia, desde luego. Tenía tanto por lo que quedarme pero que realmente no me importaba.

Los sentimientos que albergaba por Vi, lejos de apagarse o de mutar hacía una sincera amistad, no solo se habían estancado, si no que se habían intensificado: Amaba a Vi. Estaba perdidamente enamorado de ella. No tenía claro que haría cuando superase físicamente su edad, pero algo haría para estar de igual a igual con ella y declararme.

–Me voy contigo, Vi. Literalmente te seguiré al infierno.

–¿Estás seguro, colega? Recuerda, “Si bailas con el diablo, siempre lo harás a su ritmo”. No será una vida fácil y sencilla… siempre tendremos la amenaza de la soga pendiendo sobre nuestras cabezas. Puedes quedarte aquí… ya no eres un niño, eres un peazo tío. Te irá bien… hay muchas chicas loquitas por tus huesos, colega. Tendrías una vida maravillosa… solo que me olvidarás…

–Vi, escúchame bien: Aquella noche murió Jorgito… y nació Tenazas. Quiero estar contigo… y te seguiré hasta el mismísimo infierno… por toda la eternidad.

Se emocionó un poco ante mis palabras y me dio un abrazo, con fuerza. Se le corrió un poquito el rímel.


–Pues vámonos ya. No podrás despedirte, lo siento.
–Ni falta que hace.
–Perita... –Me soltó, despacio, mirándome a los ojos.
–¡Perita!

Salimos de allí sin que mis padres ni nadie nos notasen. Nos montamos en su Mustang y jamás nos volvieron a ver por allí.

Paramos un segundo, por petición mía, por mi casa. Quería tan solo una cosa: Las tenazas que había estado usando hasta ahora. En parte por tener un recuerdo de mi vida pasado, por otras, porque les había cogido el gusto a usarlas.








Lo has escrito tú? Vaya currada, y con imágenes para ambientar.
Se te da bien, en serio.


Mis diesels!
dark_harley
Forjador de historias
#28
Cita de Sparazza
Muy bueno shur. Has conseguido engancharme desde el principio.


Por casualidad, el vecino Don Agapito Di Sousa, no será profesor experto en hidrodinámica tubular?






Jajaja te juro por mis santos cojones que estaba pensando en uno de los villanos de Airbag y agapito es un nombre que siempre me ha hecho gracia.


Pero joder, hasta que no me has puesto esa imagen no he caído xD. Igual por eso me vendría el nombre a la cabeza. Que grande Loulogio.
Pero venga, supongamos que es el mismo xD pero ya jubilao.






Me alegro que te haya gustado, shur.


Gracias por tu tiempo!!!
dark_harley
Forjador de historias
#29
Cita de McManaman
Lo has escrito tú? Vaya currada, y con imágenes para ambientar.
Se te da bien, en serio.


Mis diesels!


Sí, shur. lo único que ha hecho chatgpt fueron las imágenes (la portada está hecha con photoshop, uniendo el título y los personajes que me había generado).


Me alegro de que haya gustado tanto.


Muchas gracias por tu tiempo, shur.


Un saludo
Sparazza
ForoCoches: Miembro
#30
Cita de dark_harley
Jajaja te juro por mis santos cojones que estaba pensando en uno de los villanos de Airbag y agapito es un nombre que siempre me ha hecho gracia.


Pero joder, hasta que no me has puesto esa imagen no he caído xD. Igual por eso me vendría el nombre a la cabeza. Que grande Loulogio.
Pero venga, supongamos que es el mismo xD pero ya jubilao.






Me alegro que te haya gustado, shur.


Gracias por tu tiempo!!!




Pues creía que era deliberado ,un guiño a Lou.


Agapito Di Sousa y Facundo Tannhauser, funambulista a media jornada. Para la próxima puedes incluir también al bueno de Facundo. Jaja


Saludos.
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