Mis intestinos arruinaron un finde de ensueño con una compañera de trabajo
31-dic-2024 15:09
#1
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Aviso: tocho con resumen musical al final. Desde el momento en el que me enteré de que mi compañera de trabajo Dori había roto con el novio, me convertí en un buitre, en un ser despreciable con un único objetivo en mente: llevármela a la cama. Para ello no escatimé en atenciones, favores laborales, falsas sonrisas, falso consuelo y una grotesca pérdida —esta sí, real— de dignidad humana. Porque Dori es insufrible, estúpida, pedante…pero está buena y eso a mí me vale. Tiene una cintura estrecha flanqueada por un busto y unas posaderas más que aceptables, de esas que oscilan pizpiretas al caminar. Por otra parte, su rostro es bastante redondo, sus labios carnosos y sus mejillas salpicadas con el rescoldo de unas pecas adolescentes, por lo que el pegote que tiene por nariz no hacía sino aumentar el morbo de imaginarla atragantada con mi virilidad. «Esa es una loca, una petarda, una busca-ruinas»,me comentaban mis amigos; «me da igual», respondía yo. Cuando la mayor parte de neuronas de las que dispongo se concentran en mis huevos, me son indiferentes las ulteriores consecuencias que un polvo con una fémina puedan acarrear. Así soy yo y lo tengo asumido. El caso es que la mayoría de veces que me arrastro por alguna, suelo acabar sin recompensa, pero esta vez parecía estar consiguiendo que Dori me prestara algo de atención más allá de aceptar mis agasajos. Así que pasé a la siguiente fase,ofreciéndole una escapada de fin de semana pagada por mí, por supuesto, aprovechando los días libres de las fechas navideñas. Se hizo mucho de rogar y soporté numerosos desmanes con estoicismo, pero no me di por vencido y seguí preparando mi plan. «Las costas de Cádiz, extensas llanuras de arena menuda y albugínea que socavan la espuma de mar delicadamente, con la Tacita de Plata, allá en lontananza, saludando desde el calor de sus siglos, me parecen un sitio ideal para follarme a Dori»,pensé aquella tarde en la que por fin ella, a regañadientes, aceptó mi proposición. Un apartamento en Rota mendigado a un familiar sería nuestro alojamiento, aunque a ella le dije que me había costado un buen pico. Todo estaba dispuesto y la noche previa al viaje no pude evitar sacudirme la nutria pensando en las depravaciones que pensaba llevar a cabo con el cuerpo de Dori. El apartamento era incluso mejor de lo que imaginaba y a Dori pareció satisfacerle, aunque a mí no su primera pregunta: —¿Cuál es mi habitación? —preguntó. —¡Ay,pájara! ¿Ahora vas de modosita, después de venirte sola con el Marqués de Sade del barrio de Cuatro Vientos? —pensé, que no le dije, claro, no soy tan alfa—.Luego lo vemos, ahora vamos a dar una vuelta y a comer, si te parece —esto sí que lo dije a viva voz. Paseamos por ese bonito pueblo costero y acabamos comiendo pescado frito en el mercado de abastos que hay junto al puerto deportivo. Ahora viene cuando cuento el problema que se había ido fraguando en mi interior desde que prácticamente habíamos salido de viaje. El desayuno no me sentó bien, el café con churros en el inhóspito pueblo de El Cuervo (me río yo de La Sagra),tampoco. Terribles retortijones me atormentaban y tenía la necesidad de tirarme un buen cuesco que me aliviara, pero no tuve la oportunidad en todo el trayecto sin que ella se diera cuenta. Cuando llegamos al apartamento, el silencio reinante me cohibió y no me atreví a soltarlo tampoco. Pensé en hacerlo en el baño del lugar donde comimos, pero resulta que estaba averiado y encima el pescado frito acrecentó mi pesar y salí de allí ahíto y descompuesto. Propuse pasar por el apartamento y solventar mi problema como fuera, pero el trayecto se me presentaba arduo. Estaba en ese momento en el que corría el peligro de marcarme un costalero, soltando fragmentos de cuesco a cada paso completado, de peerme por fascículos (como supongo que os habrá pasado a todos alguna vez). Había llegado al punto crítico; una castaña bien tirada era lo único que podía mitigar mi pesadumbre intestinal, mi quebranto. Tomé consciencia de ello y sólo pude contemplar la opción de recurrir al manido, pero efectivo, contrapunto sonoro: debía exhalar a flatulencia en consonancia con algún sonido más potente que la camuflara. Pero no era fácil, porque mi culo prometía centellear con estridencia. Valoré mis posibilidades y toser no era una de ellas, pues incrementaría el vigor del soplido, haciendo que ni el más desgarrador carraspeo pudiera ocultarla. Así que el rugir de algún vehículo se presentaba como única escapatoria. Giré la cabeza y vi aproximarse un taxi, pero su motor eléctrico lo convertía en un fantasma mecánico y sólo el leve roce de los neumáticos con el pavimento emitía sonido alguno, a todas luces insuficiente para ocultar la tormenta. Maldije el ecologismo y clamé por aquella contaminación acústica tan pregonada en los noticiarios cuando no tienen noticias. En esa situación de incontinencia extrema miré a mi acompañante con desconsuelo,sabiéndome perdido justo antes de que en el horizonte de la callejuela apareciera mi salvación y me diera esperanza. Era un todoterreno adusto, cuyo tubo de escape insultaba a la Agenda 2030 a cada bocanada de humo denso y macilento, que hacía retumbar las cristaleras de las casas con su estruendo; un terremoto con matrícula de Cádiz. Lo conducía un tipo tan agreste como el amasijo de chatarra que manejaba, ataviado con camisa de lino comida de mierda y con un rostro horadado por el tormento del campo, el salitre y los años, de cuyo labio mustio pendía un cigarro a medio agostar. Me miró, lo miré. Pareció decirme «puedes peerte, amigo, que yo te cubriré las espaldas». Ella y yo caminábamos por el lado izquierdo de aquel callejón empedrado y poco antes de que el vehículonos rebasara, crucé la calle con rapidez y arrinconé mis posaderas contra la pared, dejando a Dori en el margen opuesto y situando el inminente paso del todoterreno entre nosotros. Cuando por fin estuvo a mi altura, miré a aquel señor rural con gratitud y me dije: «agricola, agricolae». Así, declinando, me rajé con el poder de mil cocidos y mi cuesco se perdió en la inmensidad de combustiones de diésel mal contenidas. Expelí aquella ventosidad con tanta violencia en su salida como paz dejó en mi interior, llenando automáticamente el vacío dejado con orgullo; ese orgullo del trabajo bien hecho y de haber provocado una erupción que, aparentemente, no emitió piroclastos. Aquel cuesco olía a victoria. «Todo ha salido a pedir de esfínter», pensé, pero lo hice de forma errónea porque una voz que superaba en decibelios a la suma de los dos bramidos, el intestinal y el mecánico, así me lo confirmó: «¿¡¡¡Por qué no te caga en la cara de tu puta madre, iho!!!?» Sonó a mi espalda y no tuve que girarme para saber que se trataba de una persona autóctona, por su acento, pero sí para darme cuenta de mi error. No era la pared hacia donde había orientado mi trasero para desatar los infiernos, sino a un ventanal, uno de esos rematados por pintorescas rejas de forjado tan propios de la zona. Tras él había una señora de mediana edad, robusta y malhumorada,con un paño húmedo que terminaba de acomodar en un barrote. El nivel del piso de la casa era inferior al de la calle y eso hacía que su cara estuviera a la altura de mi cintura, con lo que era de suponer que su frase era tan agresiva como esclarecedora: me había peído en su rostro. Aquello no parecía haberle sentado bien y lejos de darme las gracias por ayudar con el secado de su trapo, volvió a increparme y mi madre salió a relucir de nuevo en su diatriba. —¿Es a mí?—respondí educadamente y haciéndome el sueco. —¡Hí, a ti,so esqueroso! ¡¡Ma va a vení a mí a aserte er güeno, que te meto un hardaso asín y he te va a quitá tor carahote!! (A partir de ahora dejaré de escribir la jerga local literalmente y traduciré como buenamente pueda el resto de conversaciones, por mor de un mejor entendimiento escrito). Dori miró con desconcierto la escena y pude ver en su gesto que no terminaba de entender el motivo de la refriega, así que yo estaba a tiempo de huir sin mayores consecuencias y decidí no arriesgar más, no quemar cartuchos intentando hacer que aquella mujer se relajara. Pero cometí un error, el de dar una explicación que nadie demandaba. —Vamos,Dori, que se ve que he dado con una loca de los cojones —dije sonriendo a mi acompañante. El Dos de mayo se queda corto al lado de la que se organizó allí. Fue una vecina diligente en su labor de fisgoneo vial, a quien no pasó desapercibido mi exabrupto, quien informó a la damnificada y al resto de concurrencia que, ante mi sorpresa, era más numerosa de lo que cupiera imaginar. Medios cuerpos tumefactos ataviados con trapos, como teleñecos, y rematados por peinados forjados a golpe de rulo y aspaviento, asomaban desde cada ventana y me insultaban a coro usando aquel dialecto tan ininteligible. Pronto se fueron uniendo al linchamiento los vecinos que transitaban la calle y el clamor me dejó petrificado hasta que apareció por una esquina el que a la postre supe queera su hijo. Y el hijo de la huele-cuescos (la llamaré así por respeto a su privacidad) no era un cualquiera. Aquel tipo era una evidente víctima de la heroína que normalmente sudaría de su madre, pero en quien pareció aflorar un descomunal sentimiento de amor maternal, a juzgar por sus berridos roncos y agresivos contra mí. Su cuerpo era una aberración, pues su columna se había encorvado hasta convertirlo en una alcayata, alcanzando un ángulo de 90 grados con vértice en sus cervicales,que provocaba que él sólo pudiera ver el suelo y yo la gorra de Materiales de construcción Pacheco y el pelo estropajoso que brotaba de los laterales de su testuz. Por un instante envidié su condición física y me lamenté de no haberlo conocido en otras circunstancias, pues sería un portento buscando conchas en la playa. De momento me referiré a él como Cartabón. Cartabón hubo de ser sujetado para que no me embistiera, aunque mi estrategia de defensa era la de encaramarme a una ventana y evitar que me viera los pies, haciéndole imposible ubicarme; como en los sanfermines pero sin golpearlo con un periódico. Entretanto, Dori observaba la escena a medio camino entre la incomprensión y el miedo. Yo, como soy gilipollas y empático a partes iguales, traté de explicarme con acento gaditano, cosa que no hacía sino enfurecer aún más a la horda, pero obviando la parte en la que me rajaba, pues conservaba aún la esperanza de que ella no se enterara de mi fétido desmán. Fue entonces cuando apareció una pareja de policía municipal y una cámara de 7TV Rota que,por ventura cruel, grababa un reportaje en las cercanías sobre nosequé de la pesca ilegal en los corrales. Uno de los agentes se dirigió a Cartabón, que andaba soltando amenazas mientras hacía inventario del calzado de los presentes: —Relájate un poquito, «Tronchao» —le dijo. «Claro,Tronchao, ¡cómo no se me había ocurrido!», pensé. El caso es que de pronto me vi frente a una cámara de televisión y un agente de la ley que me preguntaba qué había pasado. Todos los vericuetos mentales que hollé y los arrestos que tuve a bien reunir, fueron para derrumbarme y confesar ante todos —y con más dolor ante mi pretendida— lo que había hecho. Pude ver como Dori se sonrojaba primero y se cubría el rostro después, demudada por la vergüenza. —¡Bueno!—vociferó el policía— ¡Este hombre es un guarro, pero tampoco es para ponerse así, carajo! Váyase usted y procure aliviarse en privado o en la playa, como todo el mundo. Sentí cierto consuelo al encontrar por fin a alguien que quitaba hierro al asunto y ser consciente de que el Tronchao no me había visto la cara, evitando así futuras represalias, pero se me pasó la breve euforia al contemplar cómo Dori cogía las de Villadiego con las manos aún sobre la cara; así que me fui sin hacer declaraciones al insistente reportero de TV. Cuando llegué al apartamento ella estaba esperándome en la puerta sin mirarme. Abrí, entramos, cogió su equipaje y puso rumbo de nuevo a la salida. —¿Pero dónde vas? —pregunté. —A mi casa.Por tu culpa he pasado el momento más vergonzoso de toda mi vida y me quiero ir. No me tienes que llevar, ya me buscaré la vida. Aquella situación demandaba de mí que fuera lo que no soy con las mujeres, un hombre honesto y decidido y, en un arresto de decencia, pronuncié unas palabras que ni el discurso de Cicerón tras el asesinato de Julio César. —Quien ha pasado vergüenza he sido yo, no tú. ¿Y sabes por qué lo he hecho? Por amor, por el tuyo más concretamente. Porque me gustas mucho, Dori, y me gustas de verdad. Todo en ti me gusta, incluso la cara enrojecida y los ojos inyectados en sangre que tienes ahora mismo. Y no quería darte una mala impresión, de ahí mi ridículo comportamiento; porque quería ser la persona perfecta que creo que te mereces. ¿Que he metido la pata? Sí, quién no. Y no voy a dejar que te vayas, voy a demostrarte que todo esto es cierto aunque tenga que encerrarte aquí todo el fin de semana. Puedo decir que desconocía la efectividad del número de teléfono 016 y la diligencia con la que actúa la Policía Nacional en Rota. Pasé la tarde dando explicaciones en comisaría y viendo con los agentes en la tele el canal 7TV Rota, echando unas risas (ellos, yo no), hasta que me dejaron ir con una palmadita en la espalda y una advertencia. Cuando llegué al apartamento ella ya no estaba y yo no me atreví a llamarla. Ahora temo el momento de volver al trabajo el día dos y digo, como siempre, maldita sea mi suerte. Un abrazo y feliz año nuevo, shures. Resumen, por cortesía de @puto amo |
Editado: 02-ene-2025 16:34 -
31-dic-2024 15:14
#15
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El relato describe la experiencia de un hombre que, tras saber que su compañera de trabajo, Dori, había roto con su novio, decide conquistarla. A pesar de considerarla insufrible, se siente atraído por su físico y comienza a hacerle favores y atenciones con el único objetivo de llevarla a la cama. Eventualmente, logra que Dori acepte pasar un fin de semana con él en la costa de Cádiz. Sin embargo, el viaje toma un giro cómico y desastroso cuando el protagonista sufre de fuertes problemas intestinales y no puede liberar su flatulencia sin que Dori lo note. Tras un intento fallido de disimular, termina soltando un pedo estruendoso justo cuando está frente a una ventana de una casa, donde una vecina lo insulta por haberle "hecho" en su cara. La situación se agrava cuando el hijo de la vecina, un hombre drogado, comienza a amenazarlo, y la escena es grabada por una cámara de televisión. Finalmente, Dori se siente avergonzada y abandona el apartamento, dejándolo solo. El protagonista, arrepentido por su comportamiento y tratando de justificar sus acciones, acaba en la comisaría, donde pasa el resto de la tarde dando explicaciones y siendo objeto de burlas por los agentes. Al final, se queda solo, lamentando su suerte y sin saber cómo recuperar la oportunidad con Dori. |
31-dic-2024 15:14
#16
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Aquí tienes un resumen aún más breve y directo: --- Intenté declararme de forma épica a una chica, pero mi entusiasmo rozó lo "secuestrador romántico" y acabé en comisaría gracias al 016. Ahora estoy solo, ella desaparecida, y yo temiendo el regreso al trabajo. Feliz año, shures. |
31-dic-2024 15:15
#18
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El texto narra, con un tono humorístico y sarcástico, la desastrosa experiencia de un hombre que intenta conquistar a su compañera de trabajo, Dori, durante un fin de semana en Cádiz. Desde el principio, el narrador admite sus intenciones superficiales y egoístas, describiendo con desdén a Dori mientras planifica cómo seducirla. El viaje comienza con problemas digestivos para el narrador, quien, incapaz de contener sus flatulencias, termina soltándolas en un desafortunado momento frente a una ventana donde una mujer se encontraba limpiando. Este incidente desencadena una serie de conflictos con los vecinos, quienes lo insultan y casi lo agreden físicamente, mientras Dori observa la vergonzosa escena con horror. Incluso interviene la policía y una cámara de televisión local, añadiendo más humillación al protagonista. Al final, Dori decide abandonar el viaje, avergonzada por lo ocurrido. El narrador intenta disculparse y declararle su amor, pero su torpe declaración de sentimientos sólo agrava la situación, llevándolo a la comisaría tras una denuncia de Dori. El fin de semana concluye con el narrador solo y temeroso de enfrentarse a su compañera al volver al trabajo. |
31-dic-2024 15:26
#26
| Arreglado, shures. Es que siempre me pasa lo mismo cuando copio y pego, que se come espacios al publicar y tengo que arreglarlo después. Cosas del forro. Un abrazo. |
31-dic-2024 15:26
#27
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Desde el momento en el que me enteré de que mi compañera de trabajo Dori había roto con el novio, me convertí en un buitre, en un ser despreciable con un único objetivo en mente: llevármela a la cama. Para ello no escatimé en atenciones,favores laborales, falsas sonrisas, falso consuelo y una grotesca pérdida —esta sí, real— de dignidad humana. Porque Dori es insufrible, estúpida, pedante…pero está buena y eso a mí me vale. Tiene una cintura estrecha flanqueada por un busto y unas posaderas más que aceptables, de esas que oscilan pizpiretas al caminar. Por otra parte, su rostro es bastante redondo, sus labios carnosos y sus mejillas salpicadas con el rescoldo de unas pecas adolescentes, por lo que el pegote que tiene por nariz no hacía sino aumentar el morbo de imaginarla atragantada con mi virilidad. «Esa es una loca, una petarda, una busca-ruinas»,me comentaban mis amigos; «me da igual», respondía yo. Cuando la mayor parte de neuronas de las que dispongo se concentran en mis huevos, me son indiferentes las ulteriores consecuencias que un polvo con una fémina puedan acarrear. Así soy yo y lo tengo asumido.
El caso es que la mayoría de veces que me arrastro por alguna, suelo acabar sin recompensa, pero esta vez parecía estar consiguiendo que Dori me prestara algo de atención más allá de aceptar mis agasajos. Así que pasé a la siguiente fase,ofreciéndole una escapada de fin de semana pagada por mí, por supuesto, aprovechando los días libres de las fechas navideñas. Se hizo mucho de rogar y soporté numerosos desmanes con estoicismo, pero no me di por vencido y seguí preparando mi plan. «Las costas de Cádiz, extensas llanuras de arena menuda y albugínea que socavan la espuma de mar delicadamente, con la Tacita de Plata, allá en lontananza, saludando desde el calor de sus siglos, me parecen un sitio ideal para follarme a Dori»,pensé aquella tarde en la que por fin ella, a regañadientes, aceptó mi proposición. Un apartamento en Rota mendigado a un familiar sería nuestro alojamiento, aunque a ella le dije que me había costado un buen pico. Todo estaba dispuesto y la noche previa al viaje no pude evitar sacudirme la nutria pensando en las depravaciones que pensaba llevar a cabo con el cuerpo de Dori. El apartamento era incluso mejor de lo que imaginaba y a Dori pareció satisfacerle, aunque a mí no su primera pregunta: —¿Cuál es mi habitación? —preguntó. —¡Ay,pájara! ¿Ahora vas de modosita, después de venirte sola con el Marqués de Sade del barrio de Cuatro Vientos? —pensé, que no le dije, claro, no soy tan alfa—.Luego lo vemos, ahora vamos a dar una vuelta y a comer, si te parece —esto sí que lo dije a viva voz. Paseamos por ese bonito pueblo costero y acabamos comiendo pescado frito en el mercado de abastos que hay junto al puerto deportivo. Ahora viene cuando cuento el problema que se había ido fraguando en mi interior desde que prácticamente habíamos salido de viaje. El desayuno no me sentó bien, el café con churros en el inhóspito pueblo de El Cuervo (me río yo de La Sagra),tampoco. Terribles retortijones me atormentaban y tenía la necesidad de tirarme un buen cuesco que me aliviara, pero no tuve la oportunidad en todo el trayecto sin que ella se diera cuenta. Cuando llegamos al apartamento, el silencio reinante me cohibió y no me atreví a soltarlo tampoco. Pensé en hacerlo en el baño del lugar donde comimos, pero resulta que estaba averiado y encima el pescado frito acrecentó mi pesar y salí de allí ahíto y descompuesto. Propuse pasar por el apartamento y solventar mi problema como fuera, pero el trayecto se me presentaba arduo. Estaba en ese momento en el que corría el peligro de marcarme un costalero, soltando fragmentos de cuesco a cada paso completado, de peerme por fascículos (como supongo que os habrá pasado a todos alguna vez). Había llegado al punto crítico; una castaña bien tirada era lo único que podía mitigar mi pesadumbre intestinal, mi quebranto. Tomé consciencia de ello y sólo pude contemplar la opción de recurrir al manido, pero efectivo, contrapunto sonoro: debía exhalar a flatulencia en consonancia con algún sonido más potente que la camuflara. Pero no era fácil, porque mi culo prometía centellear con estridencia. Valoré mis posibilidades y toser no era una de ellas, pues incrementaría el vigor del soplido, haciendo que ni el más desgarrador carraspeo pudiera ocultarla. Así que el rugir de algún vehículo se presentaba como única escapatoria. Giré la cabeza y vi aproximarse un taxi, pero su motor eléctrico lo convertía en un fantasma mecánico y sólo el leve roce de los neumáticos con el pavimento emitía sonido alguno, a todas luces insuficiente para ocultar la tormenta. Maldije el ecologismo y clamé por aquella contaminación acústica tan pregonada en los noticiarios cuando no tienen noticias. En esa situación de incontinencia extrema miré a mi acompañante con desconsuelo,sabiéndome perdido justo antes de que en el horizonte de la callejuela apareciera mi salvación y me diera esperanza. Era un todoterreno adusto, cuyo tubo de escape insultaba a la Agenda 2030 a cada bocanada de humo denso y macilento, que hacía retumbar las cristaleras de las casas con su estruendo; un terremoto con matrícula de Cádiz. Lo conducía un tipo tan agreste como el amasijo de chatarra que manejaba, ataviado con camisa de lino comida de mierda y con un rostro horadado por el tormento del campo, el salitre y los años, de cuyo labio mustio pendía un cigarro a medio agostar. Me miró, lo miré. Pareció decirme «puedes peerte, amigo, que yo te cubriré las espaldas». Ella y yo caminábamos por el lado izquierdo de aquel callejón empedrado y poco antes de que el vehículonos rebasara, crucé la calle con rapidez y arrinconé mis posaderas contra la pared, dejando a Dori en el margen opuesto y situando el inminente paso del todoterreno entre nosotros. Cuando por fin estuvo a mi altura, miré a aquel señor rural con gratitud y me dije: «agricola, agricolae». Así, declinando, me rajé con el poder de mil cocidos y mi cuesco se perdió en la inmensidad de combustiones de diésel mal contenidas. Expelí aquella ventosidad con tanta violencia en su salida como paz dejó en mi interior, llenando automáticamente el vacío dejado con orgullo; ese orgullo del trabajo bien hecho y de haber provocado una erupción que, aparentemente, no emitió piroclastos. Aquel cuesco olía a victoria. «Todo ha salido a pedir de esfínter», pensé, pero lo hice de forma errónea porque una voz que superaba en decibelios a la suma de los dos bramidos, el intestinal y el mecánico, así me lo confirmó: «¿¡¡¡Por qué no te caga en la cara de tu puta madre, iho!!!?» Sonó a mi espalda y no tuve que girarme para saber que se trataba de una persona autóctona, por su acento, pero sí para darme cuenta de mi error. No era la pared hacia donde había orientado mi trasero para desatar los infiernos, sino a un ventanal, uno de esos rematados por pintorescas rejas de forjado tan propios de la zona. Tras él había una señora de mediana edad, robusta y malhumorada,con un paño húmedo que terminaba de acomodar en un barrote. El nivel del piso de la casa era inferior al de la calle y eso hacía que su cara estuviera a la altura de mi cintura, con lo que era de suponer que su frase era tan agresiva como esclarecedora: me había peído en su rostro. Aquello no parecía haberle sentado bien y lejos de darme las gracias por ayudar con el secado de su trapo, volvió a increparme y mi madre salió a relucir de nuevo en su diatriba. —¿Es a mí?—respondí educadamente y haciéndome el sueco. —¡Hí, a ti,so esqueroso! ¡¡Ma va a vení a mí a aserte er güeno, que te meto un hardaso asín y he te va a quitá tor carahote!! (A partir de ahora dejaré de escribir la jerga local literalmente y traduciré como buenamente pueda el resto de conversaciones, por mor de un mejor entendimiento escrito). Dori miró con desconcierto la escena y pude ver en su gesto que no terminaba de entender el motivo de la refriega, así que yo estaba a tiempo de huir sin mayores consecuencias y decidí no arriesgar más, no quemar cartuchos intentando hacer que aquella mujer se relajara. Pero cometí un error, el de dar una explicación que nadie demandaba. —Vamos,Dori, que se ve que he dado con una loca de los cojones —dije sonriendo a mi acompañante. El Dos de mayo se queda corto al lado de la que se organizó allí. Fue una vecina diligente en su labor de fisgoneo vial, a quien no pasó desapercibido mi exabrupto, quien informó a la damnificada y al resto de concurrencia que, ante mi sorpresa, era más numerosa de lo que cupiera imaginar. Medios cuerpos tumefactos ataviados con trapos, como teleñecos, y rematados por peinados forjados a golpe de rulo y aspaviento, asomaban desde cada ventana y me insultaban a coro usando aquel dialecto tan ininteligible. Pronto se fueron uniendo al linchamiento los vecinos que transitaban la calle y el clamor me dejó petrificado hasta que apareció por una esquina el que a la postre supe queera su hijo. Y el hijo de la huele-cuescos (la llamaré así por respeto a su privacidad) no era un cualquiera. Aquel tipo era una evidente víctima de la heroína que normalmente sudaría de su madre, pero en quien pareció aflorar un descomunal sentimiento de amor maternal, a juzgar por sus berridos roncos y agresivos contra mí. Su cuerpo era una aberración, pues su columna se había encorvado hasta convertirlo en una alcayata, alcanzando un ángulo de 90 grados con vértice en sus cervicales,que provocaba que él sólo pudiera ver el suelo y yo la gorra de Materiales de construcción Pacheco y el pelo estropajoso que brotaba de los laterales de su testuz. Por un instante envidié su condición física y me lamenté de no haberlo conocido en otras circunstancias, pues sería un portento buscando conchas en la playa. De momento me referiré a él como Cartabón. Cartabón hubo de ser sujetado para que no me embistiera, aunque mi estrategia de defensa era la de encaramarme a una ventana y evitar que me viera los pies, haciéndole imposible ubicarme; como en los sanfermines pero sin golpearlo con un periódico. Entretanto, Dori observaba la escena a medio camino entre la incomprensión y el miedo. Yo, como soy gilipollas y empático a partes iguales, traté de explicarme con acento gaditano, cosa que no hacía sino enfurecer aún más a la horda, pero obviando la parte en la que me rajaba, pues conservaba aún la esperanza de que ella no se enterara de mi fétido desmán. Fue entonces cuando apareció una pareja de policía municipal y una cámara de 7TV Rota que,por ventura cruel, grababa un reportaje en las cercanías sobre nosequé de la pesca ilegal en los corrales. Uno de los agentes se dirigió a Cartabón, que andaba soltando amenazas mientras hacía inventario del calzado de los presentes: —Relájate un poquito, «Tronchao» —le dijo. «Claro,Tronchao, ¡cómo no se me había ocurrido!», pensé. El caso es que de pronto me vi frente a una cámara de televisión y un agente de la ley que me preguntaba qué había pasado. Todos los vericuetos mentales que hollé y los arrestos que tuve a bien reunir, fueron para derrumbarme y confesar ante todos —y con más dolor ante mi pretendida— lo que había hecho. Pude ver como Dori se sonrojaba primero y se cubría el rostro después, demudada por la vergüenza. —¡Bueno!—vociferó el policía— ¡Este hombre es un guarro, pero tampoco es para ponerse así, carajo! Váyase usted y procure aliviarse en privado o en la playa, como todo el mundo. Sentí cierto consuelo al encontrar por fin a alguien que quitaba hierro al asunto y ser consciente de que el Tronchao no me había visto la cara, evitando así futuras represalias, pero se me pasó la breve euforia al contemplar cómo Dori cogía las de Villadiego con las manos aún sobre la cara; así que me fui sin hacer declaraciones al insistente reportero de TV. Cuando llegué al apartamento ella estaba esperándome en la puerta sin mirarme. Abrí, entramos, cogió su equipaje y puso rumbo de nuevo a la salida. —¿Pero dónde vas? —pregunté. —A mi casa.Por tu culpa he pasado el momento más vergonzoso de toda mi vida y me quiero ir. No me tienes que llevar, ya me buscaré la vida. Aquella situación demandaba de mí que fuera lo que no soy con las mujeres, un hombre honesto y decidido y, en un arresto de decencia, pronuncié unas palabras que ni el discurso de Cicerón tras el asesinato de Julio César. —Quien ha pasado vergüenza he sido yo, no tú. ¿Y sabes por qué lo he hecho? Por amor, por el tuyo más concretamente. Porque me gustas mucho, Dori, y me gustas de verdad. Todo en ti me gusta, incluso la cara enrojecida y los ojos inyectados en sangre que tienes ahora mismo. Y no quería darte una mala impresión, de ahí mi ridículo comportamiento; porque quería ser la persona perfecta que creo que te mereces. ¿Que he metido la pata? Sí, quién no. Y no voy a dejar que te vayas, voy a demostrarte que todo esto es cierto aunque tenga que encerrarte aquí todo el fin de semana. Puedo decir que desconocía la efectividad del número de teléfono 016 y la diligencia con la que actúa la Policía Nacional en Rota. Pasé la tarde dando explicaciones en comisaría y viendo con los agentes en la tele el canal 7TV Rota, echando unas risas (ellos, yo no), hasta que me dejaron ir con una palmadita en la espalda y una advertencia. Cuando llegué al apartamento ella ya no estaba y yo no me atreví a llamarla. Ahora temo el momento de volver al trabajo el día dos y digo, como siempre, maldita sea mi suerte. Un abrazo y feliz año nuevo, shures. Que menos que revisar antes de postear, hijo de la gran puta. ¡Feliz año nuevo! |
31-dic-2024 15:29
#28
| Ya lo he arreglado, shur. El problema es que no me salen esos fallos hasta que no publico, ni en la previsualización ni nada, así que tengo que revisarlo después. Mis disculpas y feliz año nuevo, shur |
31-dic-2024 15:47
#30
| Dice que había una del trabajo que le gustaba mucho y se la llevó al piso de su primo en Cádiz, salieron a cenar, y al volver se cagaba encima y acabo tirándose un pedo al lado de una ventana, con la mala suerte de que había una mujer ahí que le formó un escándalo, por lo que su cita se enteró y por esa razón decidió irse no sin antes llamar ala policía, salu2 |