El fascismo rojo

batracio
ForoCoches: Miembrillo
#1
Reflexión dedicada a los que levantan el puño mientras cantan himnos marxistas en pleno siglo XXI.
La historia del siglo XX está marcada por el auge de los totalitarismos, un fenómeno que no solo condicionó el destino de las naciones sino también el desarrollo de las democracias contemporáneas. Si bien el nazismo y el fascismo italiano han sido objeto de exhaustivo análisis y condena, el llamado “fascismo rojo” —una expresión que pone en evidencia las similitudes entre el estalinismo y los regímenes fascistas— ha recibido una menor atención. Este desequilibrio en el escrutinio histórico y político tiene profundas implicaciones para entender el mundo actual, especialmente en países como España, donde las huellas del pasado siguen influyendo en el discurso público.

El término “fascismo rojo”, popularizado en los años 30, subraya cómo el estalinismo compartía con el fascismo rasgos característicos como el culto a la personalidad, el uso sistemático de la represión, la anulación de la libertad individual en favor de un supuesto bien colectivo y un profundo antiliberalismo y anticapitalismo. En el contexto español, estas dinámicas no fueron ajenas. Durante la Segunda República y, más tarde, en la Guerra Civil, las influencias del marxismo estalinista jugaron un papel crucial en la fragmentación de las fuerzas democráticas que intentaban resistir el avance del franquismo.

El papel del Comintern, dirigido por Stalin, fue determinante durante la Segunda República española. Bajo la apariencia de una lucha por la democracia, el Comintern promovió una agenda que buscaba expandir la influencia soviética en España, exacerbando la polarización social y debilitando al Régimen republicano como democracia liberal, y tuvo su primer ensayo durante la Revolución de 1934. La imposición de la ortodoxia marxista contribuyó a la desconfianza entre los sectores republicanos moderados, intensificó las tensiones internas y erosionó la capacidad del Gobierno para mantener el orden y la estabilidad. Este escenario caótico fue instrumental para justificar el golpe militar de 1936, liderado por oficiales, algunos de los cuales, como Mola, Franco, Queipo de Llano o Cabanellas, eran abiertamente republicanos y carecían de ambiciones políticas o ideológicas marcadas antes del conflicto.

Un elemento menos discutido, pero igualmente relevante, es la teoría de que Stalin abandonó a su suerte al Gobierno del Frente Popular en 1939, como resultado de las negociaciones con Hitler que desembocarían en el pacto Ribbentrop-Molotov. Este acuerdo, más que un simple tratado de no agresión, representaba una primera etapa en el reparto de Europa entre ambos regímenes totalitarios. Mientras la Unión Soviética consolidaba sus pretensiones territoriales sobre Besarabia, los países bálticos y Finlandia, España quedaba relegada a la órbita fascista, lo que marcó el destino de la Segunda República y facilitó la consolidación del franquismo como un aliado ideológico del Eje en Europa occidental.

El Golpe de Estado de 1936, que desencadenó la Guerra Civil, no solo fue una expresión de la tensión interna entre derecha e izquierda, sino también un reflejo de cómo los totalitarismos europeos moldearon las alianzas y estrategias de ambos bandos. Mientras que Franco consolidaba un sistema autoritario inspirado en los regímenes fascistas, el Frente Popular sufría el peso de las divisiones internas exacerbadas por la intervención soviética. La influencia de Stalin se hizo sentir en las purgas dentro de las filas republicanas y en la imposición de una ortodoxia comunista que sacrificaba la pluralidad en aras de una lucha ideológica global. Este lastre contribuyó a la derrota republicana y, paradójicamente, facilitó la consolidación del franquismo.

Hoy en día, los ecos de esa historia resuenan en la política española. Mientras que la derecha sigue cargando con el estigma de su pasado franquista, la izquierda no ha enfrentado un juicio histórico equivalente por sus vinculaciones con regímenes autoritarios. La Ley de Memoria Democrática, promovida por el gobierno de Pedro Sánchez, refuerza esta asimetría al centrarse exclusivamente en los crímenes del franquismo y omitir deliberadamente el papel del estalinismo en la vida política de la Segunda República. Este enfoque parcial no solo ignora el impacto que la influencia soviética tuvo en la radicalización de la política española, sino que también perpetúa una lectura incompleta de la historia.

El peligro de esta descompensación es claro. Ambos totalitarismos, aunque opuestos en sus discursos, compartieron un desprecio por la democracia y los derechos individuales que no debería olvidarse. Ignorar los crímenes y las dinámicas represivas del marxismo no solo perpetúa esa lectura incompleta de la historia, sino que también abre la puerta a una polarización política que sigue fragmentando la sociedad.

En este contexto, la reflexión sobre el “fascismo rojo” no busca equiparar mecánicamente el marxismo con el fascismo, sino subrayar que la lucha contra cualquier forma de autoritarismo debe ser equilibrada y coherente. Reconocer la influencia de ambos totalitarismos en la configuración de nuestras democracias es un paso necesario para fortalecer un sistema que, aunque imperfecto, sigue siendo el mejor antídoto contra las tentaciones autoritarias del pasado y, especialmente, del presente.




Fak3r..
Veni, vidi, vici.
#2
no interesa en foromugre
Garry
ForoCoches: Usuario
#3
Cita de batracio
Reflexión dedicada a los que levantan el puño mientras cantan himnos marxistas en pleno siglo XXI.
La historia del siglo XX está marcada por el auge de los totalitarismos, un fenómeno que no solo condicionó el destino de las naciones sino también el desarrollo de las democracias contemporáneas. Si bien el nazismo y el fascismo italiano han sido objeto de exhaustivo análisis y condena, el llamado “fascismo rojo” —una expresión que pone en evidencia las similitudes entre el estalinismo y los regímenes fascistas— ha recibido una menor atención. Este desequilibrio en el escrutinio histórico y político tiene profundas implicaciones para entender el mundo actual, especialmente en países como España, donde las huellas del pasado siguen influyendo en el discurso público.

El término “fascismo rojo”, popularizado en los años 30, subraya cómo el estalinismo compartía con el fascismo rasgos característicos como el culto a la personalidad, el uso sistemático de la represión, la anulación de la libertad individual en favor de un supuesto bien colectivo y un profundo antiliberalismo y anticapitalismo. En el contexto español, estas dinámicas no fueron ajenas. Durante la Segunda República y, más tarde, en la Guerra Civil, las influencias del marxismo estalinista jugaron un papel crucial en la fragmentación de las fuerzas democráticas que intentaban resistir el avance del franquismo.

El papel del Comintern, dirigido por Stalin, fue determinante durante la Segunda República española. Bajo la apariencia de una lucha por la democracia, el Comintern promovió una agenda que buscaba expandir la influencia soviética en España, exacerbando la polarización social y debilitando al Régimen republicano como democracia liberal, y tuvo su primer ensayo durante la Revolución de 1934. La imposición de la ortodoxia marxista contribuyó a la desconfianza entre los sectores republicanos moderados, intensificó las tensiones internas y erosionó la capacidad del Gobierno para mantener el orden y la estabilidad. Este escenario caótico fue instrumental para justificar el golpe militar de 1936, liderado por oficiales, algunos de los cuales, como Mola, Franco, Queipo de Llano o Cabanellas, eran abiertamente republicanos y carecían de ambiciones políticas o ideológicas marcadas antes del conflicto.

Un elemento menos discutido, pero igualmente relevante, es la teoría de que Stalin abandonó a su suerte al Gobierno del Frente Popular en 1939, como resultado de las negociaciones con Hitler que desembocarían en el pacto Ribbentrop-Molotov. Este acuerdo, más que un simple tratado de no agresión, representaba una primera etapa en el reparto de Europa entre ambos regímenes totalitarios. Mientras la Unión Soviética consolidaba sus pretensiones territoriales sobre Besarabia, los países bálticos y Finlandia, España quedaba relegada a la órbita fascista, lo que marcó el destino de la Segunda República y facilitó la consolidación del franquismo como un aliado ideológico del Eje en Europa occidental.

El Golpe de Estado de 1936, que desencadenó la Guerra Civil, no solo fue una expresión de la tensión interna entre derecha e izquierda, sino también un reflejo de cómo los totalitarismos europeos moldearon las alianzas y estrategias de ambos bandos. Mientras que Franco consolidaba un sistema autoritario inspirado en los regímenes fascistas, el Frente Popular sufría el peso de las divisiones internas exacerbadas por la intervención soviética. La influencia de Stalin se hizo sentir en las purgas dentro de las filas republicanas y en la imposición de una ortodoxia comunista que sacrificaba la pluralidad en aras de una lucha ideológica global. Este lastre contribuyó a la derrota republicana y, paradójicamente, facilitó la consolidación del franquismo.

Hoy en día, los ecos de esa historia resuenan en la política española. Mientras que la derecha sigue cargando con el estigma de su pasado franquista, la izquierda no ha enfrentado un juicio histórico equivalente por sus vinculaciones con regímenes autoritarios. La Ley de Memoria Democrática, promovida por el gobierno de Pedro Sánchez, refuerza esta asimetría al centrarse exclusivamente en los crímenes del franquismo y omitir deliberadamente el papel del estalinismo en la vida política de la Segunda República. Este enfoque parcial no solo ignora el impacto que la influencia soviética tuvo en la radicalización de la política española, sino que también perpetúa una lectura incompleta de la historia.

El peligro de esta descompensación es claro. Ambos totalitarismos, aunque opuestos en sus discursos, compartieron un desprecio por la democracia y los derechos individuales que no debería olvidarse. Ignorar los crímenes y las dinámicas represivas del marxismo no solo perpetúa esa lectura incompleta de la historia, sino que también abre la puerta a una polarización política que sigue fragmentando la sociedad.

En este contexto, la reflexión sobre el “fascismo rojo” no busca equiparar mecánicamente el marxismo con el fascismo, sino subrayar que la lucha contra cualquier forma de autoritarismo debe ser equilibrada y coherente. Reconocer la influencia de ambos totalitarismos en la configuración de nuestras democracias es un paso necesario para fortalecer un sistema que, aunque imperfecto, sigue siendo el mejor antídoto contra las tentaciones autoritarias del pasado y, especialmente, del presente.

y Luego va Perro y te jode todos los puntos que muy bien has argumentado.
Garry
ForoCoches: Usuario
#4
Cita de alexgatri
Fascismo rojo es un oximorón


O se es fascista o se es un rojo. Dejad de dar vergüenza ajena con términos estúpidos de retrasado.
mas fascista que Perro, no hemos tenido nunca y tan descarado, menos aun.
Cogliostro
Conde-duque de olivillas
#5
He pintado mi tanque de rojo


pa que corra mas lololololololololo
323
Master
#6
Sé que estás aquí a sueldo para generar tráfico, pero olvídate de sesudas disquisiciones en estos tiempos que corren. O estás con Antonio o para sus hordas de charos y mongólicos eres facha franco y no hay más.
guillefix
ForoCoches: Miembro
#7
Cita de alexgatri
Fascismo rojo es un oximorón


O se es fascista o se es un rojo. Dejad de dar vergüenza ajena con términos estúpidos de retrasado.
Pues sí... El fascismo es autoritario, pero no todo autoritarismo es fascista.
Pensarmasalla
Evo
#8
Cita de alexgatri
Fascismo rojo es un oximorón


O se es fascista o se es un rojo. Dejad de dar vergüenza ajena con términos estúpidos de retrasado.
Desde el punto de vista de la RAE: " Actitud autoritaria y antidemocrática que socialmente se considera relacionada con el fascismo"


Basándonos en esta definición la ideología poco tiene que ver con el fascismo.
Imperio
ForoCoches: Miembro
#9
Cita de alexgatri
Fascismo rojo es un oximorón


O se es fascista o se es un rojo. Dejad de dar vergüenza ajena con términos estúpidos de retrasado.
+1 Es como perroflautista pijo.

Que sean unos pijos que van de progres perroflautas no significa..... espera...

espera, como esos antifascistas que son más hijos de puta que los neonazis que dicen combatir.
DarkenRahl
ForoCoches: Miembro
#10
Menuda chorrada, los fascismos surgieron para combatir a los rojos y su violencia. Sin rojos, no habría fascistas.

Aprende historia en vez de decir tonterías liberales.
willi051
海賊王
#11
Hay una cosa que me llama mucho la atención en el españolito medio.

¿Por qué cojones se percibe como algo necesario y deseable ser demócrata? ¿Cuantas veces tiene que estallarnos en la cara la ‘democracia’ para que entendamos que, en este país, no va a funcionar nunca?

Aquí solo funciona la mano dura. Y podéis revisar nuestra historia en detalle, comprobaréis que solo hemos destacado, avanzado y crecido cuando había al volante patriotas autócratas con planes a largo plazo. El resto, decadencia.

¿Que me gustaría que fuesemos capaces de gobernarnos nosotros mismos? Pues claro. ¿Que no es realista pensar así, visto lo visto? También.

Y sí, soy consciente del peligro que alberga abrir la puerta a los regímenes autoritarios pero, ¿es que no estamos ahora en uno? Oligocrático, sí, pero a efectos prácticos es lo mismo, el ciudadano tiene CERO poder de decisión. Ya sea Europa o el Estado, sus agendas son independientes del sentido de tu voto.

A ver si nos quitamos la venda de los ojos y nos damos cuenta del engaño en el que llevamos metidos 50 años.
psicoactivo78
azote de shurnormales
#12
en resumen...todos somos faxas...ya sea por rojos o por liberal-conservadores fetén muy eggpañoles y muxo eggpañoles.

un apunte...el comunismo lo "inventaron" los judios, al igual que la usura-prestamismo...de ahí viene el concepto de "comuna"...los famosos kibutz, q la mayoría de foreros no sabian ni q coño era eso...


ahora tenemos a toda la derexa internacional "anticomunista" mamando glande circuncidado sionista...


hacia la extinción nos asomamos...y me la trae al pairo.

lol
sergentini
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#13
No es fascismo, es comunismo
Y no son feminazis, son femilerdas
A ver si hablamos con propiedad 🤗
Garry
ForoCoches: Usuario
#14
Cita de alexgatri
Super fascista, metiendo moronegros hasta en tu casa.
en al suya no, tranquilo.



Pregunta a Canarias como les esta sentando la inmigración que fíjate no sale ya en los medios..y cada semana entrar por doquier
Wotan8
ForoCoches: Miembro
#15
Cita de batracio
Reflexión dedicada a los que levantan el puño mientras cantan himnos marxistas en pleno siglo XXI.
La historia del siglo XX está marcada por el auge de los totalitarismos, un fenómeno que no solo condicionó el destino de las naciones sino también el desarrollo de las democracias contemporáneas. Si bien el nazismo y el fascismo italiano han sido objeto de exhaustivo análisis y condena, el llamado “fascismo rojo” —una expresión que pone en evidencia las similitudes entre el estalinismo y los regímenes fascistas— ha recibido una menor atención. Este desequilibrio en el escrutinio histórico y político tiene profundas implicaciones para entender el mundo actual, especialmente en países como España, donde las huellas del pasado siguen influyendo en el discurso público.

El término “fascismo rojo”, popularizado en los años 30, subraya cómo el estalinismo compartía con el fascismo rasgos característicos como el culto a la personalidad, el uso sistemático de la represión, la anulación de la libertad individual en favor de un supuesto bien colectivo y un profundo antiliberalismo y anticapitalismo. En el contexto español, estas dinámicas no fueron ajenas. Durante la Segunda República y, más tarde, en la Guerra Civil, las influencias del marxismo estalinista jugaron un papel crucial en la fragmentación de las fuerzas democráticas que intentaban resistir el avance del franquismo.

El papel del Comintern, dirigido por Stalin, fue determinante durante la Segunda República española. Bajo la apariencia de una lucha por la democracia, el Comintern promovió una agenda que buscaba expandir la influencia soviética en España, exacerbando la polarización social y debilitando al Régimen republicano como democracia liberal, y tuvo su primer ensayo durante la Revolución de 1934. La imposición de la ortodoxia marxista contribuyó a la desconfianza entre los sectores republicanos moderados, intensificó las tensiones internas y erosionó la capacidad del Gobierno para mantener el orden y la estabilidad. Este escenario caótico fue instrumental para justificar el golpe militar de 1936, liderado por oficiales, algunos de los cuales, como Mola, Franco, Queipo de Llano o Cabanellas, eran abiertamente republicanos y carecían de ambiciones políticas o ideológicas marcadas antes del conflicto.

Un elemento menos discutido, pero igualmente relevante, es la teoría de que Stalin abandonó a su suerte al Gobierno del Frente Popular en 1939, como resultado de las negociaciones con Hitler que desembocarían en el pacto Ribbentrop-Molotov. Este acuerdo, más que un simple tratado de no agresión, representaba una primera etapa en el reparto de Europa entre ambos regímenes totalitarios. Mientras la Unión Soviética consolidaba sus pretensiones territoriales sobre Besarabia, los países bálticos y Finlandia, España quedaba relegada a la órbita fascista, lo que marcó el destino de la Segunda República y facilitó la consolidación del franquismo como un aliado ideológico del Eje en Europa occidental.

El Golpe de Estado de 1936, que desencadenó la Guerra Civil, no solo fue una expresión de la tensión interna entre derecha e izquierda, sino también un reflejo de cómo los totalitarismos europeos moldearon las alianzas y estrategias de ambos bandos. Mientras que Franco consolidaba un sistema autoritario inspirado en los regímenes fascistas, el Frente Popular sufría el peso de las divisiones internas exacerbadas por la intervención soviética. La influencia de Stalin se hizo sentir en las purgas dentro de las filas republicanas y en la imposición de una ortodoxia comunista que sacrificaba la pluralidad en aras de una lucha ideológica global. Este lastre contribuyó a la derrota republicana y, paradójicamente, facilitó la consolidación del franquismo.

Hoy en día, los ecos de esa historia resuenan en la política española. Mientras que la derecha sigue cargando con el estigma de su pasado franquista, la izquierda no ha enfrentado un juicio histórico equivalente por sus vinculaciones con regímenes autoritarios. La Ley de Memoria Democrática, promovida por el gobierno de Pedro Sánchez, refuerza esta asimetría al centrarse exclusivamente en los crímenes del franquismo y omitir deliberadamente el papel del estalinismo en la vida política de la Segunda República. Este enfoque parcial no solo ignora el impacto que la influencia soviética tuvo en la radicalización de la política española, sino que también perpetúa una lectura incompleta de la historia.

El peligro de esta descompensación es claro. Ambos totalitarismos, aunque opuestos en sus discursos, compartieron un desprecio por la democracia y los derechos individuales que no debería olvidarse. Ignorar los crímenes y las dinámicas represivas del marxismo no solo perpetúa esa lectura incompleta de la historia, sino que también abre la puerta a una polarización política que sigue fragmentando la sociedad.

En este contexto, la reflexión sobre el “fascismo rojo” no busca equiparar mecánicamente el marxismo con el fascismo, sino subrayar que la lucha contra cualquier forma de autoritarismo debe ser equilibrada y coherente. Reconocer la influencia de ambos totalitarismos en la configuración de nuestras democracias es un paso necesario para fortalecer un sistema que, aunque imperfecto, sigue siendo el mejor antídoto contra las tentaciones autoritarias del pasado y, especialmente, del presente.

A ver, creo que no tienes ni idea de lo que es el fascismo rojo, que es la auténtica salud. Léete esto:



Te lo digo porque como NR/NS que soy, me revienta que llaméis fascistas a los rojos como si fuera algo despectivo. El fascismo "rojo" es lo que siempre se ha considerado NR muy social en plan Strasser. Así que por favor no vayamos alterando las denominaciones y ya basta de utilizar las palabras nazi o fascista como sinónimo de diablo violento. Los rojos son rojos y los separatistas son separatistas y ya son de por si bastante malos, no hace falta llamarlos fascistas, porque no lo son. Yo si.
cosito
Inventor
#16
Dios qué pereza.
Conichigua
ForoCoches: Obi Wan
#17
Cita de alexgatri
Fascismo rojo es un oximorón


O se es fascista o se es un rojo. Dejad de dar vergüenza ajena con términos estúpidos de retrasado.
Si el forero medio supiera leer, se sentiría muy ofendido
Xcution
ᕕ( ᐛ )ᕗ
#18
Iba a llamarte de mongolo para arriba pero ya te están dejando calentito
Vic Golf
ForoCoches: Miembro
#19
Yo creo que la URSS no abandonó a la Republica. Si la guerra civil duró hasta el 39 fue gracias a que se constituyó el ejército popular de la Republica. En el marco de todos los enfrentamientos internos de la Republica fue lo que mejor funcionó. Por supuesto la URSS no actuaba como un alma caritativa y quería lo que quería: el establecimiento de una republica popular.
En todo caso quienes abandonaron o dejaron más desasistida a la Republica fueron las democracias europeas y sobre todo Francia, pero es que las relaciones internacionales son así.
batracio
ForoCoches: Miembrillo
#20
Cita de Wotan8
A ver, creo que no tienes ni idea de lo que es el fascismo rojo, que es la auténtica salud. Léete esto:



Te lo digo porque como NR/NS que soy, me revienta que llaméis fascistas a los rojos como si fuera algo despectivo. El fascismo "rojo" es lo que siempre se ha considerado NR muy social en plan Strasser. Así que por favor no vayamos alterando las denominaciones y ya basta de utilizar las palabras nazi o fascista como sinónimo de diablo violento. Los rojos son rojos y los separatistas son separatistas y ya son de por si bastante malos, no hace falta llamarlos fascistas, porque no lo son. Yo si.
https://academia-lab.com/enciclopedia/fascismo-rojo/
Fascismo rojo _ AcademiaLab

El fascismo rojo es un término que equipara el estalinismo, el maoísmo y otras variantes del marxismo-leninismo con el fascismo. Las acusaciones de que los líderes de la Unión Soviética durante la era de Stalin actuaron como "fascistas rojos" fueron formuladas comúnmente por anarquistas, comunistas de izquierda, socialdemócratas y otros socialistas democráticos, así como por liberales y círculos de derecha.

El uso del término "fascista rojo" se registró por primera vez a principios de la década de 1920, después de la Revolución Rusa y la Marcha sobre Roma, por ejemplo, por el anarquista italiano Luigi Fabbri, quien escribió en 1922 que ""Fascistas rojos" es el nombre eso se ha dado recientemente a aquellos comunistas bolcheviques que están más inclinados a adoptar los métodos del fascismo para usarlos contra sus adversarios".

En los años siguientes, varios socialistas comenzaron a tener la opinión de que el gobierno soviético se estaba convirtiendo en un estado fascista rojo. Bruno Rizzi, marxista italiano y fundador del Partido Comunista de Italia que se convirtió en antiestalinista, afirmó en 1938 que "el estalinismo [tomó] un curso regresivo, generando una especie de fascismo rojo idéntico en sus características superestructurales y coreográficas [ con su modelo fascista]".

Si bien se centró principalmente en criticar el nazismo, Wilhelm Reich consideró que la Unión Soviética de Stalin se había convertido en un fascismo rojo.

El término a menudo se atribuye a Franz Borkenau, un defensor clave de la teoría del totalitarismo (que postula que existen ciertas similitudes esenciales entre el fascismo y el estalinismo). Borkenau usó el término en 1939. Otto Rühle escribió que "la lucha contra el fascismo debe comenzar con la lucha contra el bolchevismo", y agregó que creía que los soviéticos tenían influencia en los estados fascistas al servir como modelo. En 1939, Rühle profesó además:
Rusia fue el ejemplo del fascismo. [...] Les guste o no a los 'comunistas' del partido, el hecho es que el orden estatal y el gobierno en Rusia son indistinguibles de los de Italia y Alemania. Esencialmente son iguales. Se puede hablar de un 'estado soviético' rojo, negro o pardo, así como de fascismo rojo, negro o pardo.
Kurt Schumacher, quien fue encarcelado en campos de concentración nazis, pero sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial para convertirse en el primer líder de la oposición del SPD en la posguerra en Alemania Occidental, describió a los comunistas prosoviéticos como "fascistas pintados de rojo" o "nazis pintados de rojo".

De manera similar, el anarquista ruso exiliado Volin, que vio al estado soviético como totalitario y como un "ejemplo de capitalismo de Estado integral", usó el término "fascismo rojo" para describirlo.

En los Estados Unidos, Norman Thomas (quien se postuló para presidente en numerosas ocasiones bajo la bandera del Partido Socialista de América), acusó a la Unión Soviética en la década de 1940 de decaer en el fascismo rojo al escribir: "Tal es la lógica del totalitarismo", que "el comunismo, lo que fue originalmente, es hoy fascismo rojo". En el mismo período, el término fue utilizado por los intelectuales de Nueva York, que eran de izquierda pero se pusieron del lado de la Unión Soviética en la Guerra Fría en desarrollo.

Uso del término en la corriente política principal en la Guerra Fría

El término "fascismo rojo" también se usó en Estados Unidos durante y antes de la Guerra Fría como un eslogan anticomunista. En un editorial del 18 de septiembre de 1939, The New York Times reaccionó a la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop declarando que "el hitlerismo es comunismo moreno, el estalinismo es fascismo rojo". El editorial además opinó:
El mundo comprenderá ahora que la única cuestión 'ideológica' real es la que existe entre la democracia, la libertad y la paz por un lado y el despotismo, el terror y la guerra por el otro.
Después de la guerra, en 1946, el director del FBI, J. Edgar Hoover, pronunció un discurso en el que dijo:
Las marcas del fascismo Hitler, Tojo y Mussolini fueron enfrentadas y derrotadas en el campo de batalla. Todos aquellos que defienden el estilo de vida estadounidense deben levantarse y derrotar al fascismo rojo en Estados Unidos centrándose en él como el centro de atención de la opinión pública y construyendo barreras de decencia común a través de las cuales no pueda penetrar.
El discurso fue reimpreso en diciembre de 1946 en el Washington News Digest, y Hoover también tituló un artículo “Red Fascism in the United States Today” en American Magazine en febrero de 1947.

Jack Tenney, un político anticomunista que presidió el Subcomité de Investigación de Actividades Antiamericanas del Senado de California, publicó un informe titulado Red Fascism en 1947, que se basó en el antifascismo popular de los años de la guerra para retratar a la Unión Soviética y al comunismo nacional como similar a los nazis. El mismo año, el término fue utilizado por los políticos Everett Dirksen y Henderson Lovelace Lanham.

Usos más recientes

El filósofo y periodista francés Bernard-Henri Lévy ha utilizado el término para argumentar que algunos intelectuales europeos se han encaprichado con las teorías anti-Ilustración y han abrazado una nueva ideología absolutista, que es antiliberal, antiestadounidense, antiimperialista, antisemita y proislamofascista.





dekugo
ForoCoches: Usuario
#21
El fascismo SIEMPRE HA SIDO DE IZQUIERDAS.
LaNeoCasta
Librepensador
#22
Cita de willi051
Hay una cosa que me llama mucho la atención en el españolito medio.

¿Por qué cojones se percibe como algo necesario y deseable ser demócrata? ¿Cuantas veces tiene que estallarnos en la cara la ‘democracia’ para que entendamos que, en este país, no va a funcionar nunca?

Aquí solo funciona la mano dura. Y podéis revisar nuestra historia en detalle, comprobaréis que solo hemos destacado, avanzado y crecido cuando había al volante patriotas autócratas con planes a largo plazo. El resto, decadencia.

¿Que me gustaría que fuesemos capaces de gobernarnos nosotros mismos? Pues claro. ¿Que no es realista pensar así, visto lo visto? También.

Y sí, soy consciente del peligro que alberga abrir la puerta a los regímenes autoritarios pero, ¿es que no estamos ahora en uno? Oligocrático, sí, pero a efectos prácticos es lo mismo, el ciudadano tiene CERO poder de decisión. Ya sea Europa o el Estado, sus agendas son independientes del sentido de tu voto.

A ver si nos quitamos la venda de los ojos y nos damos cuenta del engaño en el que llevamos metidos 50 años.
Por desgracia, cuantos más años cumplo más de acuerdo estoy con tu post. Y digo por desgracia.

Cita de Vic Golf
Yo creo que la URSS no abandonó a la Republica. Si la guerra civil duró hasta el 39 fue gracias a que se constituyó el ejército popular de la Republica. En el marco de todos los enfrentamientos internos de la Republica fue lo que mejor funcionó. Por supuesto la URSS no actuaba como un alma caritativa y quería lo que quería: el establecimiento de una republica popular.
En todo caso quienes abandonaron o dejaron más desasistida a la Republica fueron las democracias europeas y sobre todo Francia, pero es que las relaciones internacionales son así.

Normal que la dejaran desasistida. Las democracias europeas no sentían más cariño hacia Stalin que hacia Franco.


Es más, en la mayor potencia europea que era GB dentro de los regímenes democráticos, veo mucho antes a Churchill llegando a acuerdos con Franco (como de hecho hizo durante la Guerra Mundial) que con el títere de turno de Stalin


El problema es que ahora nos quieren contar una película de cómo era la República que se parece a la realidad lo que un huevo a una castaña. Pero claro, en el año 37 no le podías ir a Churchill a contarle lo democrático y maravilloso que era el régimen de los Largo Caballero, Negrín, Indalecio y cía porque se reía en tu cara, lógicamente
VespasianoGonz
ForoCoches: Usuario
#23
[QUOTE=batracio;486788376]Reflexión dedicada a los que levantan el puño mientras cantan himnos marxistas en pleno siglo XXI.
La historia del siglo XX está marcada por el auge de los totalitarismos, un fenómeno que no solo condicionó el destino de las naciones sino también el desarrollo de las democracias contemporáneas. Si bien el nazismo y el fascismo italiano han sido objeto de exhaustivo análisis y condena, el llamado “fascismo rojo” —una expresión que pone en evidencia las similitudes entre el estalinismo y los regímenes fascistas— ha recibido una menor atención. Este desequilibrio en el escrutinio histórico y político tiene profundas implicaciones para entender el mundo actual, especialmente en países como España, donde las huellas del pasado siguen influyendo en el discurso público.

El término “fascismo rojo”, popularizado en los años 30, subraya cómo el estalinismo compartía con el fascismo rasgos característicos como el culto a la personalidad, el uso sistemático de la represión, la anulación de la libertad individual en favor de un supuesto bien colectivo y un profundo antiliberalismo y anticapitalismo. En el contexto español, estas dinámicas no fueron ajenas. Durante la Segunda República y, más tarde, en la Guerra Civil, las influencias del marxismo estalinista jugaron un papel crucial en la fragmentación de las fuerzas democráticas que intentaban resistir el avance del franquismo.

El papel del Comintern, dirigido por Stalin, fue determinante durante la Segunda República española. Bajo la apariencia de una lucha por la democracia, el Comintern promovió una agenda que buscaba expandir la influencia soviética en España, exacerbando la polarización social y debilitando al Régimen republicano como democracia liberal, y tuvo su primer ensayo durante la Revolución de 1934. La imposición de la ortodoxia marxista contribuyó a la desconfianza entre los sectores republicanos moderados, intensificó las tensiones internas y erosionó la capacidad del Gobierno para mantener el orden y la estabilidad. Este escenario caótico fue instrumental para justificar el golpe militar de 1936, liderado por oficiales, algunos de los cuales, como Mola, Franco, Queipo de Llano o Cabanellas, eran abiertamente republicanos y carecían de ambiciones políticas o ideológicas marcadas antes del conflicto.

Un elemento menos discutido, pero igualmente relevante, es la teoría de que Stalin abandonó a su suerte al Gobierno del Frente Popular en 1939, como resultado de las negociaciones con Hitler que desembocarían en el pacto Ribbentrop-Molotov. Este acuerdo, más que un simple tratado de no agresión, representaba una primera etapa en el reparto de Europa entre ambos regímenes totalitarios. Mientras la Unión Soviética consolidaba sus pretensiones territoriales sobre Besarabia, los países bálticos y Finlandia, España quedaba relegada a la órbita fascista, lo que marcó el destino de la Segunda República y facilitó la consolidación del franquismo como un aliado ideológico del Eje en Europa occidental.

El Golpe de Estado de 1936, que desencadenó la Guerra Civil, no solo fue una expresión de la tensión interna entre derecha e izquierda, sino también un reflejo de cómo los totalitarismos europeos moldearon las alianzas y estrategias de ambos bandos. Mientras que Franco consolidaba un sistema autoritario inspirado en los regímenes fascistas, el Frente Popular sufría el peso de las divisiones internas exacerbadas por la intervención soviética. La influencia de Stalin se hizo sentir en las purgas dentro de las filas republicanas y en la imposición de una ortodoxia comunista que sacrificaba la pluralidad en aras de una lucha ideológica global. Este lastre contribuyó a la derrota republicana y, paradójicamente, facilitó la consolidación del franquismo.

Hoy en día, los ecos de esa historia resuenan en la política española. Mientras que la derecha sigue cargando con el estigma de su pasado franquista, la izquierda no ha enfrentado un juicio histórico equivalente por sus vinculaciones con regímenes autoritarios. La Ley de Memoria Democrática, promovida por el gobierno de Pedro Sánchez, refuerza esta asimetría al centrarse exclusivamente en los crímenes del franquismo y omitir deliberadamente el papel del estalinismo en la vida política de la Segunda República. Este enfoque parcial no solo ignora el impacto que la influencia soviética tuvo en la radicalización de la política española, sino que también perpetúa una lectura incompleta de la historia.

El peligro de esta descompensación es claro. Ambos totalitarismos, aunque opuestos en sus discursos, compartieron un desprecio por la democracia y los derechos individuales que no debería olvidarse. Ignorar los crímenes y las dinámicas represivas del marxismo no solo perpetúa esa lectura incompleta de la historia, sino que también abre la puerta a una polarización política que sigue fragmentando la sociedad.

En este contexto, la reflexión sobre el “fascismo rojo” no busca equiparar mecánicamente el marxismo con el fascismo, sino subrayar que la lucha contra cualquier forma de autoritarismo debe ser equilibrada y coherente. Reconocer la influencia de ambos totalitarismos en la configuración de nuestras democracias es un paso necesario para fortalecer un sistema que, aunque imperfecto, sigue siendo el mejor antídoto contra las tentaciones autoritarias del pasado y, especialmente, del presente.




"El papel del Comintern, dirigido por Stalin, fue determinante durante la Segunda República española. Bajo la apariencia de una lucha por la democracia, el Comintern promovió una agenda que buscaba expandir la influencia soviética en España, exacerbando la polarización social y debilitando al Régimen republicano como democracia liberal, y tuvo su primer ensayo durante la Revolución de 1934. La imposición de la ortodoxia marxista contribuyó a la desconfianza entre los sectores republicanos moderados, intensificó las tensiones internas y erosionó la capacidad del Gobierno para mantener el orden y la estabilidad. Este escenario caótico fue instrumental para justificar el golpe militar de 1936, liderado por oficiales, algunos de los cuales, como Mola, Franco, Queipo de Llano o Cabanellas, eran abiertamente republicanos y carecían de ambiciones políticas o ideológicas marcadas antes del conflicto."




Todo esto está desmentido abundantemente por la historiografía:





"La trayectoria de la República puede interpretarse como la historia de la espiral de pánicos morales sufridos por las élites económicas, sociales y políticas del país, que como reacción reclamaron energía y autoridad fuerte34. Una de las manifestaciones de ese pánico que actuó como baza justificativa del golpe militar fue la afirmación de la existencia de un completo plan insurrec*cional comunista previsto para la primavera de 1936. El publicitado « golpe comunista para el 1 de agosto » fue el fruto tardío de una extensa maniobra propagandística de intoxicación de la derecha española, enfrascada en la tarea de difundir consignas y rumores de amenaza revolucionaria que propiciaran el clima moral para una insurrección y, una vez desencadenada ésta, justificaran la actuación del bando rebelde durante la Guerra Civil35.





Como ha destacado Hugo García, la forja a escala continental del mito político del « peligro comunista » tuvo lugar inmediatamente después del triunfo bolchevique en Rusia36. La primera vez que se habló de « complot bolchevique » fue durante la primera etapa de gobierno laborista en Gran Bretaña en 192437. En Alemania, la rápida transformación en sentido autoritario que el país sufrió desde la llegada del nazismo al poder fue justificada, tras el incendio del Reichstag el 27 de febrero, como respuesta a la presunta amenaza de una inminente insurrección comunista38, y así fue aceptada por la prensa conservadora española. En los tres primeros años de la República hubo escasas alusiones al « peligro bolchevique », ya que la derecha proyectó su retórica intransigente contra la revolución, la república, el separatismo, la masonería y el marxismo genérico. El discurso anticomunista recobró su autonomía en 1934 a raíz de la presunta « bolchevización » del PSOE y las « atrocidades » del octubre asturiano, que fueron comparadas con las de la revolución bolchevique y la guerra civil rusa, en base a narraciones truculentas de popes crucificados, monjas violadas e hijos de guardias blancos sin ojos que fueron incorporadas sin mayor problema al relato derechista de la insurrección asturiana. La revolución de octubre brindo, en efecto, una nueva oportunidad para agitar el espantajo del peligro que entrañaba el comunismo identificado con la « Anti-Patria », en sintonía con la campaña sobre las atrocidades perpetradas por los revolucionarios que lanzó la prensa de derecha, que fue paulatinamente silenciada con la imposición de la censura. En ese ambiente de paranoia antirrevolucionaria se enmarca la difusión de las primeras teorías de un complot masónico-bolchevique en la más rancia línea del antisectarismo reaccionario39. La firma del pacto franco-soviético en mayo de 1935 y la celebración del VII Congreso de la Komintern en agosto dio nuevos bríos a la campaña anticomunista de las derechas españolas, que contemplaron la evolución hacia la unidad de las izquierdas en Francia y en España como un proceso de convergencia revolucionaria que obligaba a los grupos conservadores de ambos países a enfrentarse a un peligro común.




La mitología anticomunista fue revitalizada en el contexto favorable que brindaba la campaña electoral de enero-febrero de 193640. Esta paranoia no decayó tras la derrota electoral, y el 4 de abril. Azaña criticó a los « propaladores de rumores » y calificó de « patraña » la posibilidad de una inminente revolución comunista41. Fue entonces cuando se fue forjando el mito del « contubernio comunista ». El anticomunismo se convirtió en el eje de los discursos parlamentarios de Calvo Sotelo, que junto con la prensa afín fue construyendo la imagen de un enemigo que se difundió en toda su crudeza durante la guerra civil.




Desde ese momento, la prensa conservadora de uno y otro lado de los Pirineos denunció la política de « Frente Popular » como un « Caballo de Troya » soviético. Tras las elecciones de febrero, esta idea fue ampliamente reflejada en las páginas de diarios como ABC, que mantuvo el tema de la amenaza comunista en la agenda política española hasta el estallido de la Guerra Civil42. A fines de marzo, la prensa derechista aseguró que el revolucionario húngaro Bela Kun había llegado a Barcelona desde París con un millón de pesetas para sufragar la revolución comunista. Toda esta campaña estaba perfectamente sintonizada con el catastrofismo parlamentario de los voceros más cualificados de la extrema derecha. Después de que Azaña criticase el 4 de abril a los « propaladores de rumores », y calificase de « patraña » la posibilidad de una inminente insurrección de cuño marxista, Calvo Sotelo hizo suyas las tesis del « peligro comunista » y de la identidad del Frente Popular con los intereses soviéticos, precisamente en los mismos discursos parlamentarios en los que denunció el deterioro del orden público43. Justo por esas fechas, y pocas semanas después de que la prensa obrera acusase a la CEDA de estar preparando grupos paramilitares para desestabilizar la situación, El Debate hizo públicas unas supuestas órdenes dictadas por la Komintern, en las que instruía al campesinado para formar destacamentos que se enfrentaran al Ejército y la Guardia Civil en estrecho contacto con una « guardia roja ciudadana »44. La campaña de agitación anticomunista puesta en marcha por los generales Franco y Mola en Marruecos y por Goded en Madrid y Baleares, con el entusiasta concurso de la prensa más conservadora, caló profundamente en la oficialidad joven, que se sumó prácticamente en bloque al golpe45.




La proliferación en abril de falsos panfletos que contenían planes detallados de una revolución izquierdista, con listas negras de derechistas a eliminar fue denunciada desde el momento de su aparición por periódicos como Claridad46. Pero fue Herbert R. Southwort el debelador de este engaño, en varias obras y artículos47 que muestran el recorrido realizado por cuatro de estos documentos desde su envío por Frederick Ramón Bertodano y Wilson, marqués del Moral, al Foreign Office (que ya entonces los calificó de poco fiables48) en agosto de 1936 hasta su publicación en numerosas obras dedicadas a los antecedentes y desarrollo de la guerra, que incurren en sistemáticas contradiccio*nes sobre su autoría y localización :


El primer documento es un titulado « Informe Confidencial nº 3, que incluye « Instrucciones y contraseñas para los jefes locales » y « Organización de Madrid » sobre una sublevación a iniciar entre el 10 de mayo y el 29 de junio de 1936, que expone las contraseñas generales (entre las que figuras unas dirigidas a la ejecución de aquellos que se encontrasen en listas negras) ; la organización revolucionaria en Madrid dividida en Radios supuestamente comunistas y el plan insurreccional a seguir, que deberían hacer efectivo 50 células de 10 hombres cada uno y los soldados comprometidos en los cuarteles49.




El segundo documento o « Informe Confidencial nº 11 » consta de una lista con los integrantes del Soviet Nacional presidido por Francisco Largo Caballero ; una serie de enlaces regionales y la organización general de las milicias, dirigidas por Santiago Carrillo y divididas en tres clases : grupos de asalto nada menos que con 150.000 hombres, de resistencia con 100.000 hombres y grupos sindicales de los que se afirma desconocer el número, aunque posteriormente, en un desglose por regiones, aparece una cifra total de 120.000 implicados50, lo que supone un total de 370.000 milicianos dispuestos a actuar con 25.000 armas largas, 30.000 pistolas ametralladoras y 250 ametralladoras


El tercer documento o « Informe Reservado » refiere una reunión preparatoria del golpe celebrada en la Casa del Pueblo de Valencia el 16 de mayo entre un delegado de la Komintern, sindicalistas franceses, representantes soviéticos y tres representantes de la Central del Comité Revolucionario de España, además de otros implicados, donde se habría discutido un plan revolucionario de diez puntos, entre los que figurarían la desautorización de los dirigentes centristas y reformistas del PSOE, la censura al gabinete Casares Quiroga, la convocatoria de una serie de huelgas o el encargo de diferentes asesinatos de personalidades contrarrevolucionarias.
27El cuarto y último documento son instrucciones encaminadas a la « neutralidad del Ejército y sus oficiales »




Ricardo de la Cierva reconoció en 1969 que el autor de los supuestos documentos comunistas era el periodista de Falange Tomás Borrás, quien los había distribuido por medios falangistas y militares tras reproducirlos con ayuda de una mecanógrafa que trabajaba en el Ministerio de la Guerra, pero en su opinión, esta « manifestación de agit-prop falangista » era una « simple anécdota »51. El asunto también le merece un comentario incómodo y displicente al propagandista José María García Escudero, quien concuerda con Cierva que « tratar de reducir las causas de la subversión y del alzamiento (que es lo que pretende Southworth) a una disputa de papeles es llevar el análisis histórico a un absurdo terreno burocrático »52. Como si hubieran estado depositados en un armario y no se hubieran difundido ampliamente con intención exculpatoria antes, durante y después de la guerra.




El mito del golpe comunista, que había migrado desde Alemania a España, llegó a Francia ese mismo verano con intenciones igualmente desestabilizadoras : de noviembre de 1936 a enero de 1937, la página militar de L’Action Française consagró una serie de artículos a la « autodefensa » en caso de guerra civil contra los « rojos », y mostró unos supuestos planes comunistas para la neutralización del Ejército calcados de la mixtificación española. La sociedad secreta ultranacionalista CSAR (Cagoule) trató de justificar una movilización contrarrevolucionaria basándose en un inminente levantamiento comunista, pero a diferencia del caso español, la orden de movilización general dada en la noche del 15 al 16 de septiembre de 1937 condujo al descubrimiento por la Sûreté de numerosos depósitos de armas y a la detención el día 18 de unos sesenta cagoulards implicados en un supuesto complot que buscaba la instauración de « un régimen dic*tatorial que preparara la restauración de la Monarquía »53. Resulta muy reveladora la circulación por esas fechas (15 de noviembre de 1937) en el seno de un Ejército francés enormemente sensibilizado con el mito de la infiltración comunista, de los documentos españoles sobre un posible golpe de Estado comunista. Esta maniobra de intoxicación tuvo su origen al parecer en el segundo jefe del Estado Mayor, general Paul-Henri Gérodias, quien fue destituido inmediatamente54.







La paciente indagación de los dudosos orígenes y los canales de difusión de estos documentos apócrifos realizada por Southworth no nos impide realizar al*gunas consideraciones sobre su contenido a la luz de la estrategia desarrollada por el PCE y la IIIª Internacional en la primavera de 1936. Evidentemente, la política soviética y de la Komintern no podía estar más lejos del aliento a una inverosímil acción concertada entre socialistas y comunistas para dar un golpe de Estado, y mucho menos la SFIO habría estado dispuesta a colaborar en un golpe revolucionario contra el Frente Popular según lo presenta el « Informe Reservado » de la reunión de Valencia. Además, en el documento 2º aparecen ciertos integrantes del « Soviet Nacional » (Jiménez de Asúa, Jerónimo Bujeda) y en*laces revolucionarios (Belarmino Tomás) que pertenecían a la fracción centrista del PSOE, precisamente la que se pretende desautorizar en el punto 6º del documento 3º. Como hemos visto, Claridad denunció los documentos como una maniobra intoxicadora de la derecha, algunos de cuyos órganos de prensa insertaron sin mayores comentarios estas hojas55, con lo que el tan cacareado complot secreto comunista alcanzó al tiempo dominio público y perdió su eficacia hasta que se promovió su utilización en el extranjero en los meses posteriores al golpe militar. Ninguno de los supuestos delegados de la Komintern que visitaron España eran militares ni parecen haber tomado un mínimo contacto con las supuestas milicias obreras56. Por último, resulta evidente que ni el ala izquierda socialista ni el comunismo jugaban en la primavera de 1936 la baza del derrocamiento de la república democrática. En el caso del PCE, y como hemos visto, el reducido aparato militar comunista no encaraba en la primavera‑verano de 1936 la eventualidad de una acción insurreccional, sino que se definía como organización de autodefensa obrera de cara a un eventual golpe contrarrevolucionario. El apoyo defensivo al régimen suponía la culminación de un lento pero inexorable proceso de renuncia a las veleidades insurrec*cionales y de integración en el esquema político de la República, siguiendo las resoluciones frentepopulistas surgidas del VII Con*greso de la Komintern. Además, las MAOC y las milicias socialistas no disponían de los efectivos adiestrados ni de la infraestructura que menciona el documento nº 2, como quedó demostrado en los continuos llamamientos al armamento de las masas en los meses anteriores y los días posteriores al 18 de julio.





En los trabajos para la elaboración del Dictamen sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio se exhumó el supuesto plan revolucionario preparado por la Komintern en Moscú el 27 de febrero de 1936 y la reunión de la Casa del Pueblo de Valencia el 16 de mayo57.En la Carta Colectiva de 1937, el episcopado afirmó que « El 1 de mayo siguiente [1936] centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución ». Otros autores reprodujeron los documentos —con preferencia, el apócrifo de la Komintern— en su afán de justificar la legislación de Responsabilidades Políticas58 o denunciar las asechanzas soviéticas durante la Guerra Fría. Como ejemplo señero de paranoia anticomunista de esa época, el norteamericano David E. Allen presentó en su tesis doctoral el plan revolucionario de diez puntos presuntamente elaborado por la Komintern en febrero, que incluía terrorismo, guerra contra Portugal y la independencia del Marruecos español. Incluso relató la llegada entre febrero y abril de un número importante de agentes comunistas como Bela Kun y de unos treinta exiliados de la revolución de Asturias, que es lo único cierto de su historia59. El propio Franco seguía dando pábulo a esta mentira en la posguerra :



« La revolución comunista que debía estallar en mayo fue pospuesta para junio, y, por último, hasta finales de julio. Informados a tiempo, la hicimos abortar con un levantamiento de carácter puramente defensivo »60.

https://journals.openedition.org/argonauta/2412
batracio
ForoCoches: Miembrillo
#24
Cita de Xcution
Iba a llamarte de mongolo para arriba pero ya te están dejando calentito
Gracias por no insultar y dejar que me dejen "calentito" con argumentaciones propias de un debate.
pragmat07
ForoCoches: Miembro
#25
El fascismo es lo que a mí me salga de los cojones. El comunismo es antagónica a la idea clásica de fascismo. Ahora bien, la socialdemocracia sí que tiene elementos comunes con ese fascismo, como la colaboración entre clases, sindicatos controlados por el estado o el partido político dominante, cierto ideario nacionalista, y la conservación del modo de producción capitalista a pesar de (o más bien gracias) a la intervención del estado. Tantas cosas tienen en común que se puede afirmar que si bien el fascismo fue derrotado militarmente tras 1945, sí triunfo política y economicamente en las economías desarrolladas.
Fukushû
127° 03' E. 37° 35' N.
#26
A mi me gusta mas el fascismo azul... Vamos el de toda la vida.
willi051
海賊王
#27
Cita de LaNeoCasta
Por desgracia, cuantos más años cumplo más de acuerdo estoy con tu post. Y digo por desgracia.
España no está todavía preparada para esta conversación. El problema es que, cuando se empiece a dar cuenta el ciudadano de esto, ya tendremos los problemas estructurales demasiado arraigados.
golpe_de_remo
ForoCoches: Miembro
#28
Cita de batracio
Reflexión dedicada a los que levantan el puño mientras cantan himnos marxistas en pleno siglo XXI.
La historia del siglo XX está marcada por el auge de los totalitarismos, un fenómeno que no solo condicionó el destino de las naciones sino también el desarrollo de las democracias contemporáneas. Si bien el nazismo y el fascismo italiano han sido objeto de exhaustivo análisis y condena, el llamado “fascismo rojo” —una expresión que pone en evidencia las similitudes entre el estalinismo y los regímenes fascistas— ha recibido una menor atención. Este desequilibrio en el escrutinio histórico y político tiene profundas implicaciones para entender el mundo actual, especialmente en países como España, donde las huellas del pasado siguen influyendo en el discurso público.

El término “fascismo rojo”, popularizado en los años 30, subraya cómo el estalinismo compartía con el fascismo rasgos característicos como el culto a la personalidad, el uso sistemático de la represión, la anulación de la libertad individual en favor de un supuesto bien colectivo y un profundo antiliberalismo y anticapitalismo. En el contexto español, estas dinámicas no fueron ajenas. Durante la Segunda República y, más tarde, en la Guerra Civil, las influencias del marxismo estalinista jugaron un papel crucial en la fragmentación de las fuerzas democráticas que intentaban resistir el avance del franquismo.

El papel del Comintern, dirigido por Stalin, fue determinante durante la Segunda República española. Bajo la apariencia de una lucha por la democracia, el Comintern promovió una agenda que buscaba expandir la influencia soviética en España, exacerbando la polarización social y debilitando al Régimen republicano como democracia liberal, y tuvo su primer ensayo durante la Revolución de 1934. La imposición de la ortodoxia marxista contribuyó a la desconfianza entre los sectores republicanos moderados, intensificó las tensiones internas y erosionó la capacidad del Gobierno para mantener el orden y la estabilidad. Este escenario caótico fue instrumental para justificar el golpe militar de 1936, liderado por oficiales, algunos de los cuales, como Mola, Franco, Queipo de Llano o Cabanellas, eran abiertamente republicanos y carecían de ambiciones políticas o ideológicas marcadas antes del conflicto.

Un elemento menos discutido, pero igualmente relevante, es la teoría de que Stalin abandonó a su suerte al Gobierno del Frente Popular en 1939, como resultado de las negociaciones con Hitler que desembocarían en el pacto Ribbentrop-Molotov. Este acuerdo, más que un simple tratado de no agresión, representaba una primera etapa en el reparto de Europa entre ambos regímenes totalitarios. Mientras la Unión Soviética consolidaba sus pretensiones territoriales sobre Besarabia, los países bálticos y Finlandia, España quedaba relegada a la órbita fascista, lo que marcó el destino de la Segunda República y facilitó la consolidación del franquismo como un aliado ideológico del Eje en Europa occidental.

El Golpe de Estado de 1936, que desencadenó la Guerra Civil, no solo fue una expresión de la tensión interna entre derecha e izquierda, sino también un reflejo de cómo los totalitarismos europeos moldearon las alianzas y estrategias de ambos bandos. Mientras que Franco consolidaba un sistema autoritario inspirado en los regímenes fascistas, el Frente Popular sufría el peso de las divisiones internas exacerbadas por la intervención soviética. La influencia de Stalin se hizo sentir en las purgas dentro de las filas republicanas y en la imposición de una ortodoxia comunista que sacrificaba la pluralidad en aras de una lucha ideológica global. Este lastre contribuyó a la derrota republicana y, paradójicamente, facilitó la consolidación del franquismo.

Hoy en día, los ecos de esa historia resuenan en la política española. Mientras que la derecha sigue cargando con el estigma de su pasado franquista, la izquierda no ha enfrentado un juicio histórico equivalente por sus vinculaciones con regímenes autoritarios. La Ley de Memoria Democrática, promovida por el gobierno de Pedro Sánchez, refuerza esta asimetría al centrarse exclusivamente en los crímenes del franquismo y omitir deliberadamente el papel del estalinismo en la vida política de la Segunda República. Este enfoque parcial no solo ignora el impacto que la influencia soviética tuvo en la radicalización de la política española, sino que también perpetúa una lectura incompleta de la historia.

El peligro de esta descompensación es claro. Ambos totalitarismos, aunque opuestos en sus discursos, compartieron un desprecio por la democracia y los derechos individuales que no debería olvidarse. Ignorar los crímenes y las dinámicas represivas del marxismo no solo perpetúa esa lectura incompleta de la historia, sino que también abre la puerta a una polarización política que sigue fragmentando la sociedad.

En este contexto, la reflexión sobre el “fascismo rojo” no busca equiparar mecánicamente el marxismo con el fascismo, sino subrayar que la lucha contra cualquier forma de autoritarismo debe ser equilibrada y coherente. Reconocer la influencia de ambos totalitarismos en la configuración de nuestras democracias es un paso necesario para fortalecer un sistema que, aunque imperfecto, sigue siendo el mejor antídoto contra las tentaciones autoritarias del pasado y, especialmente, del presente.




Quisiera añadir dos cosas:

-Si levantas el puño en alto no se ve qué puedes llevar en tu mano. El que hace un saludo "fascista" levanta la mano y es una postura también radical, pero por lo menos como ves la palma ves que no lleva nada.

-Si son extremistas, son totalitarios siempre se dice que no son o no eran comunistas o socialistas de verdad, aunque se hayan dado (por decir cualquier otro número) un millón de casos.

Abro paraguas.
El Trolacas
Almodovar... paso de cine
#29
Fascismo rojo no existe, lo que existe es el TOTALITARISMO
Feläthion
ForoCoches: Miembro
#30
Cita de alexgatri
Fascismo rojo es un oximorón


O se es fascista o se es un rojo. Dejad de dar vergüenza ajena con términos estúpidos de retrasado.

Y tú serás de los que dicen que VOX es un partido “fascista”, ¿a que sí?
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