De como corrompí y llevé al lado oscuro a una mormona en plena misión
25-jun-2024 21:47
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Resumen: Después de superar la ruptura con mi primera novia de la adolescencia, Clara, Conozco a una chica mormona en plena misión. Corrompo su inmaculada alma y la arrastro a una vorágine de experiencias nuevas para ella. Empezamos una relación formal fuera de su secta, la cual abandona por amor. SPOILER: acaba mal la cosa “Querido Pimpollo:
Sabes que siempre estarás en mi corazón. Fuiste mi primer amor, y como a ti jamás querré a nadie. Recuerda aquel día bajo el Roble de los Enamorados y aquella promesa que nos hicimos. Puede que en esta vida no podamos cumplirla, espero de corazón hacerlo en la siguiente. Me duele mucho tener que decirlo, pero has de aceptarlo como yo ya lo he hecho: Lo nuestro se acabó para siempre. Te quiero, Pimpollo, pero ya no te amo. Siempre tuya, Clara.” En aquel año, 2003 si no me falla la memoria, tenía 19 añitos, me quedaba poco para cumplir los 20. Ay, Clarita, Clara, Clarita. Conocía a Clara de toda la vida, era la vecina de mi sobrino segundo, Juan Alberto. Pasaba un mes todos los veranos en su urbanización, cerca de la playa. Un año, la vecinita impertinente y pesada, dejó de ser una cría y me la encontré hecha una mujer. Una preciosidad. Qué bonito es ser joven, joder. Y qué bonito estar enamorado por vez primera, ¿eh, shures? Cuando pienso en aquellos tiernos años, me pica la cicatriz que tengo por encima del hombro, cerca del cuello. Casi cinco años de noviazgo que dieron para contar muchas historias. Historias de niños, de amores infantiles, con tantas promesas de bajarnos mutuamente la luna y chorradas de ese estilo. Pero no lloraba por aquello. Durante aquellos años, tras la ruptura, lloraba por aquella promesa mencionada. Estaba de moda por aquel entonces “sin miedo a Nada” de Alex Ubago. Canción que le encantaba a Clara, concretamente la versión con Amaia montero. Era NUESTRA canción. Y con nuestra canción nos prometimos amor eterno, morir el uno en los brazos del otro. Tallé en un viejo roble, días antes, los versos que más me gustaban para Clara: “Vencer esas tormentas que nos quieran abatir Centrar en tus ojos mi mirada, cantar contigo al alba Besarnos hasta desgastarnos nuestros labios Y ver en tu rostro cada día crecer esa semilla.” Y la sorprendí con un pequeño almuerzo “romántico” y se lo mostré. Fue un día maravilloso, y como tal lo conservo en mi memoria. Si no os importa, prefiero que ese día quede como algo privado, disculpad si no entro en más detalles. Pero fue una de tantas promesas que hacemos con el corazón, de niños, pero que jamás se cumplirían en la adultez. Y aquello desgarraba mi joven e ingenuo corazón en mi juventud. Pasó un tiempo antes de sentirme con fuerzas para leer pedazo de papel, perfumado en su día, sin echarme a llorar. Había perdido el perfume de tanto aspirarlo, la hoja estaba arrugada. De haberla hecho un ovillo, preso de la ira y el despecho, para volver a desarrugarlo para volverlo a hacer una bola y lanzarla lejos. Una y otra vez la recuperaba. Día a día me obligaba a leerla, a sufrir, a ahondar en las heridas, hurgando hasta sangrar de nuevo. Y cuando, un día, pude acabarla sin derramar una sola lagrima, cuando no me producía más que un leve sentimiento que no lograba identificar, lo superé. O al menos tenía esa creencia. Clara me dejó por quien consideraba un primo, pese a no serlo: Juan Alberto. No fue una liana en el sentido más estricto de la palabra. Ni Juan Alberto lo provocó, pese a estar pico y pala desde que comenzamos a salir, ni Clara me fue infiel jamás. Fue mi culpa, fue la distancia, fue el tiempo, fueron los quehaceres, fue aquella rabieta tonta mía y también la suya, fueron aquellas palabras que lanzamos sin pensar, fueron los susurros de los demonios internos, fue que tal vez, que el amor se acabase. Juan Alberto estuvo ahí cuando no quise o no pude estar yo todas aquellas veces que debí estar. Aún en mis momentos de mayor bajeza moral, cuando golpeaba las paredes del ascensor de mi edificio, preso de una rabia e impotencia indescriptibles, rajándome la piel de los nudillos en el proceso, era incapaz de odiar a mi primo Juan. Cuando de mi boca salían toda clase de improperios e insultos, era incapaz de odiar en el fondo a Clara. Con el tiempo todo aquello lo empujé muy adentro de mi ser: la rabia, la impotencia, los reproches que no pude echarle el cara, la ira homicida, los remordimientos, los celos, los malos deseos. Todo bajo llave. Todo bajo control. Todo sin resolver. Aquello sólo fue incrementar el fuego de una olla a presión. Por el momento iba todo bien, pero un día, años más tarde, explotaría. Arrojándome a los brazos del alcohol, las drogas y los excesos más viciosos. Pero… esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. Esta ocasión es una ocasión para contaros acerca de la cicatriz, con nombre de mujer, que tengo el dudoso honor de lucir en mi muslo derecho. Algún gracioso ha bromeado con que fue el precio que tuve que pagar por robarle uno de sus soldados a Dios. ¿Qué Dios, os preguntareis? ¿Pues a cuál va a ser, hombre? Al Único. Ah, claro, todas las religiones afirman que su Dios (o dioses) son los auténticos y verdaderos, y los del resto son una chuminá. He decidido titular esta pequeña anécdota: ![]() El Trisquel Irlandés. ![]() Parte 1 Ya había pasado un año y poco desde que Clara y yo terminamos. Ya había terminado mi particular duelo y estaba listo para afrontar nuevas relaciones. Tenía diecinueve años y quedaban pocos meses para cumplir los veinte. Había remendado mi corazón y estaba listo para usarlo de nuevo. Huelga decir que por aquí y por allá hice mis travesuras, como las habrás hecho tú, shur. No me juzguéis muy duramente. Probé muchos labios, toqué muchos culos y algún que otro coño me comí. No lo sabía por aquel entonces, pero buscaba a Clara en todas aquellas chicas. Las usé para llenar el vacío que mi amada Clara me había dejado. Sólo pude olvidarme de Clarita el día que conocí a Alana. Conocí algo tarde el placer que otorgan los libros. Clara me había regalado una vieja edición de IT, del maestro del terror, Stephen King. Y desde entonces, aunque no era mi primer libro leído, empecé a devorar libro tras libro. Por aquel entonces estaba leyéndome un libro que había sacado de la biblioteca Municipal: La Rosa del profeta. Trilogía no muy conocida de las autoras de Dragonlance. Una tarde primeros de Junio, que hacía muy buen día para estar en la calle, estaba leyendo el primer libro de la trilogía de la Rosa del Profeta, “La voluntad del dios errante”. A media lectura una voz, con un característico acento sudamericano, me interrumpió. - Disculpe, hermano, ¿Qué lee? Levanté la vista y me encontré la cara más estereotípica que os podáis imaginar de una indígena americana. La chica no era muy agraciada pero tampoco era fea. Tenía la piel morena, de un tono agradable. Vestía camisa de vestir blanca, perfectamente planchada. Una falda gris que le llegaba por los tobillos. Zapatos de vestir negros y brillantes. En su pecho portaba una plaquita negra con su nombre: Estibaliz Rigoberta Núñez Gibiez. Justo encima se podía leer: Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Osease, mormones. - eeehmmmm… La rosa del profeta… - le leí el título. - y ¿no prefiere leer algo más importante, hermano? – Interpeló la compañera, que salió de donde estaba parada y no la había visto. Era una muchachita de aproximadamente mi edad, tenía un acento muy marcado que no sabía muy bien identificar, parecía una guiri cualquiera más, pero había un algo en su forma de hablar que no parecía inglesa. No obstante parecía guiri: Estaba pálida y hablaba español más mal que bien, pero se esforzaba. Era, a mis ojos, bellísima. Tenía los ojos verdes y el pelo, largo y recogido en una trenza, de un color anaranjado. A día de hoy hubiese pensado: ha sido besada por el fuego. Vestía igual que su compañera. En su plaquita podía leerse: Alana Nolan. Mormona. Me quedé callado, no podía apartar la mirada de aquella pelirroja. Tarde bastante en darme cuenta de que debía de ser, por sus rasgos distintivos, irlandesa de nacionalidad. No sabía que una chica podía ser tan bella y no dolerle la cara. Si en ese instante la imagen de Clara rondaba mi mente de tanto en tanto, acababa de ser aniquilada por completo. Aquella muchacha me había dejado encandilado. Dado mi silencio bobaliconico que mostraba, la joven mormona continuó. Sacó una biblia de los mormones y me la ofreció. - La palabra de Dios es lo único importante en las nuestras vida. Importante es leer que dice Dios a tu corazón. Si tu lee palabra de Dios, él guiará los tu pasos, él amar-te. No recuerdo bien la chapa mormónica que me dio, sinceramente. Ambas se sentaron en el banco en el que estaba. Una a cada lado. Se pasaron como un cuarto de hora soltando soflamas bíblicas que a mí nunca me han importado un carajo, tras hacer la primera comunión. Pero, ay, shures, no podía apartar la mirada de su linda boquita. La manera en que se apartaba el pelo tras la oreja o como le brillaban los ojos cuando me leía pasajes de la biblia. - ¿Cómo te llamas? – fue lo único que atiné a decir. - mi llamo Alana – sonrió afablemente. Era consciente de que se habían presentado antes de sentarse, pero ni lo recordaba siquiera. - Yo me llamo Estibaliz – rezongó la mormona peruana, la ignoré - ¿Cuál es su nombre, hermano? Me presenté ante Alana y le di dos besos. No usaba perfume, simplemente olía a limpio, a puro, no sé explicarlo. Era una muchacha sumamente pura y virginal, sin mácula. Parecía que usase sólo champú y jabón neutrales, sin aromas, para ducharse. Era el paradigma de la inocencia, la castidad y la austeridad. Era una soldado de Dios, en definitiva. Intentaron convencerme para que acudiese a una misa en una iglesia mormónica tras la turra evangelista. - ¿Vas a estar tú, Alana? - Sí, estoy en todos los misas de la esta iglesia. Si tu venir, me ver a mí y a Estibalis. ¿Vendrá esta la tarde a Iglesia, hermano? – Le costaba un poco expresarse en castellano, hablaba lento y le ponía mucho empeño. - Si vas tú, voy contigo. ¿Me das tu número, maja? Me apuntó en un tríptico de la iglesia, donde estaba su dirección y horarios, su teléfono de contacto. Se despidieron muy formalmente y se marcharon, a cosechar más almas para su aborrecible secta. Yo me quedé en aquel banco, viendo marchar a aquel Ángel encarnado. Fui incapaz de seguir leyendo tras aquello. Regresé a mi casa y me encerré en mi habitación. Me tumbé en la cama, suspirando. Ojee el tríptico. Aquella misma tarde, en unas horas, habría una misa. No me interesaba ni Dios ni su puta madre, pero quería ver a esa muchacha una vez más. Me debatía entre ir o pasar completamente del tema, pero no podía simplemente dejarlo correr. Si cerraba los ojos podía ver aquellos ojos verdes. No lograba deshacerme de la imagen de aquella mormona, con su cabellera anaranjada, poniéndose delicadamente un mechón tras la oreja. Notaba que mi corazón latía con más intensidad. Volví a mirar el tríptico. La dirección me sonaba bastante. Busqué en el callejero la ubicación de la iglesia de Alana. No tardé mucho en encontrarla, y no andaba muy desencaminado en mi elucubración anterior. Estaba en el barrio de la Roca. Había pasado por delante en infinidad de ocasiones, justo enfrente del centro comercial Rosaleda. Me duché, poniendo especial atención a lo que viene siendo la huevada y el cimbrel. Dudaba que fuese a usarlos, pero nunca de estás demás tener la herramienta presentable. Me vestí casual pero decente. Me atuse el cabello, dejando que mis rizos adquirieran un aire salvaje e indomable. Me perfumé y me dirigí hacía la Iglesia mormónica, “La Iglesia de Jesucristo de Los Santos de Los Últimos Días”. A las ocho de la tarde era la siguiente misa. Llegué puntual. No tenía intención alguna de pasar siquiera la verja de entrada. Me daban escalofríos las sectas. Desde mi posición localicé a la joven que me interesaba. Vestía igual que por la mañana. Parecía tan fresca como entonces. No tenía ojos para nadie más. Estaba rodeada de otros mormones. Poco a poco fueron entrando en las instalaciones de la iglesia. Esperé fuera a que acabasen. Pasada una hora larga terminó la misa. Como borregos guiados por el perro del pastor, fueron desalojando el recinto. Me impacientaba tratando de encontrar a mi mormona, que tardaba en salir. Finalmente pude verla. Hablaba con su compañera peruana, Estibaliz. Esperé a que saliesen por la verja de entrada para hacerme el encontradizo. Tropecé levemente contra su hombro. - ¡Hola! Precisamente te estaba buscando. ¿Cómo era tu nombre? - Alana mei llamo. Me sonrió y sentí que la espera había merecido la pena. - ah, sí, cierto. Creo que he llegado un poco tarde, ¿no, Alana? - sí, un poco, ya acabó la misa de las ocho, hermano. Estibaliz intentó meter baza, pero fue brutalmente ignorada. Alana me miraba sonriente. Su compañera no se despegaba de su vera y eso me encabronaba bastante. No captaba la indirecta, por mucho que me dirigiese siempre a su amiga guapa. - vaya, que lastima. ¿Sabes? Es que no daba con la Iglesia. Nunca he estado por este barrio. ¿Vives por aquí cerca? - Si, vivimos aquí en la Roca – pronunció roca con una erre débil. - Bien, entonces, podrías enseñarme el barrio. Hacerme de guía. ¿Estás libre ahora? Podemos dar un paseo y contarme batallitas de la biblia. Alana abrió la boca para hablar, pero fue interrumpida por Estibaliz, la “corta rollos”. - Ay hermano, ahora mismo andamos bien ocupadas, fíjese. Por favor vuelva mañana y pase con nosotras a la Misa. Le esperamos con ganas. – dijo con una sonrisa más falsa que un euro de madera. Alana no pudo menos que disculparse y rechazar mi petición. Intuía que posiblemente, de no haber intervenido aquella maldita compañera de misión, hubiese aceptado pasear conmigo. Me sentía sumamente frustrado. Se fueron las dos juntas, cuchicheando entre sí. Las vi marcharse hasta perderlas de vista, luego, sin prisas, regresé a casa. Al menos había logrado hablar con ella, pensaba mientras arrastraba los pies, mirando al cielo. Durante los días y semanas consecutivas fui regresando a la misma hora a la Iglesia, para poder cruzar algunas palabras con Alana. Me inventaba escusas peregrinas para justificar que había llegado tarde a la misa. Las primeras eran algo creíbles, pero llegó un punto en que eran totalmente inverosímiles. Alana siempre me recibía con una linda sonrisa, era extremadamente educada. Y cada tarde, Estibaliz, rompía toda estrategia que preparaba para separarla de ella y tener unos momentos de intimidad. Ni una sola vez conseguí arrancarla de su lado. Empezaba a odiarla de verdad. Alana cada vez se desenvolvía mejor con el idioma. Creo que de tanto escucharme hablar, mejoró bastante su uso del castellano y los modismos propios de mi tierra, Málaga. Aquellas fugaces charlas, que lograban sacar un gesto de fastidio a Estibaliz, me daban la vida. Ya no me pasaba las horas recordando a Clara, rememorando las ocasiones más bonitas o reviviendo los malos tragos y los baches de nuestra relación amorosa. Ahora sólo deseaba que llegasen las nueve de la tarde noche para encontrarme con Alana. Vivía por y para recibir una de sus sonrisas. Una de aquellas tardes, en la que más convencido estaba de que iba a fracasar de nuevo y que Estibaliz dinamitaría cualquier intento de acercamiento a su hermosa compañera, ocurrió el milagro: Estibaliz aquella tarde no estaba con Alana. El corazón me latía rapidísimo aquella tarde. Ese momento está grabado a fuego en mi memoria y lo recuerdo todo como si fuese a cámara lenta, con un filtro sepia. Temía que aquella mormona peruana, que me tenía una tirria terrible, que apareciese entre la multitud de borregos. No la vi por ningún lado. A quien si vi fue a Alana, que en cuanto me vio, como era costumbre, me sonrió. Aquella vez su sonrisa se ensanchó notablemente. Estoy seguro que ella también ansiaba aquellos momentos tarde tras tarde. La abordé en cuanto terminó de despedirse de aquella panda de tarados aborregados. - ¡hola! , ¡Buenas tardes, Alana! - Hola, ¿hoy que te pasó? ¿Qué historia rocambolica me vas a contar? – rió suavemente, colocándose un mechón tras la oreja de forma deliciosa. Por fin confirmé mis sospechas: A Alana le encantaba mi compañía y mis peroratas fantasiosas. - Es “rocambolesca”, no rocambolica – asintió tomando buena nota- Hoy no tengo escusa, Alana. Quería verte, nada más. - Aquí estoy entonces. - Ya sé que te lo pregunto todos los días y todos los días me mandas al carajo, pero… ¿Quieres dar una vuelta conmigo? - Sí, me gustaría mucho. Y sonrió como nunca, y en mis recuerdos todo vuelve a reproducirse a una velocidad normal. Todo se tiñe de color y de un brillo nostálgico. Me tomó del brazo y juntos nos marchamos calle abajo. Sin su particular cancerbero, Alana estaba libre para pasear a donde quisiese. No cabía en mí de dicha. Casi podía sentir que volaba. Casi. Justo aquí empezó nuestra idílica y trágica historia de amor. Disculpadme si me pongo tontorrón, shures. No sé si sabéis como se siente uno, siendo joven y teniendo del brazo a una chica como Alana, que parecía sacada de un viejo cuento irlandés. Parte 2 Fuimos a pasear por los alrededores del centro comercial, no me apetecía nada entrar con aquella joven tan hermosa del brazo en un sitio tan concurrido. Prefería escucharle hablar sin ser molestados. Alana se quitó la plaquita del pecho de la camisa, se la guardó en un bolsillo de la falda. No parecía una recolectora de Almas así, aunque llamaba algo la atención con aquella falda tan larga. Nuestra conversación al principio fue un juego del gato y el ratón: Ella intentaba llevar la conversación a la biblia, en un intento de seguir captándome para su secta de mierda, y yo me escabullía con artimañas verbales. Al cabo de algunos intentos fallidos por su parte, se cansó y se dejó llevar por mis encantos y mi labia. Dejó de hacer referencias bíblicas y se dedicó a escucharme hablar, saltando de tema en tema. Sonriendo afablemente. - Oye, ¿y cómo es que hoy no está contigo tu compi? – Noté como su brazo, enlazado con el mío se ponía levemente rígido. Lo disimuló muy bien. - Está… ¿Cómo se dishe? Indespuista? - Indispuesta. - Indishpues-ta. De lo estomago – se tocó el vientre con la otra mano para ilustrar sus palabras, vamos, que se iba de varillas la peruana. En su lenguaje corporal se podía leer claramente, sin ser un profesional en ello, que había gato encerrado. Me importó un carajo si realmente estaba enferma aquel día o si se había dado por vencida y accedido a darnos espacio e intimidad. Estaba con Alana a solas, y eso era lo único que me importaba. Poco a poco el nerviosismo fue dejando pasó a mi lado más cachondo y divertido. Fui sucediendo una catarata de anécdotas y chistes improvisados, uno tras otro, hasta que finalmente pude arrancarle una risa sincera a Alana, que no me soltaba el brazo en ningún momento. Reconozco que nunca se me ha dado bien el inglés. En mis tiempos el único inglés que se escuchaba era la cinta con los listening, que nos ponía la profesora de inglés, en uno de esos voluminosos reproductores de cintas de Cassette. Por lo tanto mi pronunciación de las pocas frases que pude articular dejaban mucho que desear. Lo que suelo llamar “un inglés macarrónico”. Pero Alana agradeció mucho el intento, le agradó sobremanera oír su idioma, para variar. - Thanks You, y digo de corazón. Tengo qui practicar el mio Espaniol, pero es uno detalle escuchiar el mi idioma de ves en cuando, graciass. - No hay de que, preciosa. Una pregunta, ¿de qué país eres? Eres irlandesa, ¿cierto? - Si, de Irlanda del Sur. Era quizás una pregunta impertinente, pero al menos ahora estaba seguro de su nacionalidad. Hubiese sido un fiasco si hubiese hecho alguna referencia a Irlanda y ella fuese inglesa o incluso escocesa. Realmente era una chorrada, pero en esos días era un joven cuya mayor preocupación eran bobadas como el amor romantizado hasta el extremo. En parte aquella fijación bohemia del amor me venía de tantos libros consumidos, donde todo gira en torno al amor, como eje central. Incluso en el Señor de los Anillos, un adefesio como Aragorn tenía a su Arwen (o Undómiel, si lo prefieres, shur), en un idílico y casto romance. Era vital para mí conquistar el corazón de aquella joven irlandesa de rojizos cabellos. Cagarla no estaba entre mis planes. No ahora, que había dado un gran paso en la dirección correcta. La devolví a su hogar. Llegamos paseando hasta el portal donde residía, junto a otra pareja de chicas mormonas. Sólo cuando estuvimos en las proximidades del edificio me soltó el brazo. Se había divertido mucho. Le pregunté si tenía, por un casual, messenger o al menos un correo electrónico. Por desgracia los recursos de los que disponían aquellas jóvenes muchachas eran muy escasos. A principios de los 2000, para los shures más jóvenes, no existían los Smartphones. Nuestros móviles de aquellos tiempo a lo sumo podían mandar SMS, es decir, mensajes de texto con un límite de caracteres muy, pero que muy reducido. Las pantallas eran monocromáticas y sólo mostraban texto. El juego del gusano era todo un lujazo. Lo único positivo para vuestro entendimiento, era que las baterías duraban semanas enteras. Mucha gente perdía el cargador porque lo usaban una o dos veces al mes. Así que olvidaos de todos los avances modernos. Podías escribir un mensaje corto, ahorrando en vocales, con 12 teclas. Usando un lenguaje que inventamos la chavalería de por aquel entonces. O podías realizar llamadas, que te desangraban el saldo en cuestión de escasos minutos. Solo si disponías de un PC y una, muy cara, conexión (arcaica, por cierto. Teníamos unas cosas llamadas Módems, conectados a la línea telefónica fija de casa, y sólo podía funcionar una cosa a la vez, o usabas el fijo o internet. Si te llamaban al fijo, internet se caía) a Internet. Existía un programa de mensajería instantánea, el Microsoft Messenger. No era como hoy día el Whats App, el Line o Telegram, que funcionaba accediendo a tu agenda del móvil y era obligatorio tener un número de teléfono. No, aquel programa funcionaba agregando a tus contactos mediante su correo electrónico. Lo sé, jóvenes shures, era una puta locura y una puta mierda. ¿No me crees? Pregúntales a tus padres. Alana y el resto de sus compañeras habían viajado con sólo una maleta a España. La mitad de su equipaje consistía en sus uniformes sectarios, y la otra mitad ropa de “civil”, por llamarlo de alguna forma. Tenían una asignación mensual para comer y productos de higiene básicos, muy básico. Según me fue contando Alana, no disponían siquiera de un simple televisor o un walkman o un discman donde reproducir algo de su música favorita. Sólo compartían un teléfono móvil entre las 4. Apenas si les llegaba para comer a diario. Sin lujos. Sólo para lo básico. Por supuesto no contaban, ni por asomo, con un pc de sobremesa. Lamentablemente sería complicado estar en contacto. Sin despedirse siquiera, entró rauda en el portal. Me aleje de allí con un sabor agridulce. Me devané los sesos pensando en la forma de comunicarnos. No siempre tendríamos la suerte de que su compañera misionera estuviese indispuesta, y por lo tanto, Alana fuese libre. Una vez llegado a casa no había podido vislumbrar alguna solución factible. Tampoco es que tuviese muchas más opciones. Al cabo de algunas horas me rendí. Me fui a dormir rememorando la tarde tan agradable pasada. Me ardía el pecho, tumbado en mi colchón, soñando despierto. EL sueño se hacía de rogar, como si Morfeo jugase a las escondidas. Sus ojos verdes eran como el agua del mar cerca de la orilla. Te podías dejar arrastrar por las corrientes de su iris, llevándote mar adentro. La resaca de su mirada te devolvería una y otra vez a la orilla. El arrullo de su voz era exquisito, al igual que sus delicadas facciones femeninas. Os juro que de todas las mujeres que conocí, con diferencia, Alana fue la más bella de todas. Incluso con las que no tuve ningún tipo de relación, jamás conocí mujer, más joven o más mayor, igual a ella. Por más que os la describiese, con todo lujo de detalles, os podríais hacer una idea de su belleza. El alba me sorprendió aún despierto. Me levanté, aseé y vestí para ir a la biblioteca. Una vez allí estuve buscando información sobre el país de Alana. Entre otras muchas cosas, aprendí que el idioma oficial de Irlanda, aparte del inglés, era el gaélico. Me apunté varias frases que traduje para tirarme el pisto con Alana. Las reservé para una ocasión especial. Aquella tarde, como siempre, estaba esperándola en la puerta de la iglesia. Aquella tarde, su perro guardián, Estibaliz, la acompañaba de nuevo. Tenía una ligera esperanza de que hoy también se ausentase, pero tampoco me sorprendía en absoluto. Como cada tarde, se acercaron a hablar. - ¡Hola, Alana! – Quizás levanté la voz de más- ah, hola, Estibaliz. – mi voz bajó 2 octavas al menos para saludar a la “peñaza” de la mormona peruana. Me saludaron cortésmente. Estibaliz tiraba del brazo de su compañera, instándola a marcharse sin pararse a hablar. - Esperad un poco. No os vayáis. - Mire, si no va a acudir a misa tras todas las ocasiones en que le hemos invitado a ello, no importa. Pero, por favor, no nos haga perder el tiempo. Diosito espera. - Mi yo sentir, Slán. Dude un segundo, se marchaban a paso vivo y la peruana había sido tajante. Sobraba. Se había hartado de mí. Dios tendría una paciencia infinita, pero ella, Estibaliz, soldado de Dios, NO. Una loca idea pasó fugaz por mi mente. Siempre llevaba una pequeña libreta y un bolígrafo conmigo, por si acaso. Apunté mi número de teléfono y la siguiente frase “te espero esta noche en tu portal. Baja cuando haga una llamada perdida”. Regresé a casa lo más rápido que pude. Una vez en mi barrio busqué a mi colega Fali y le pedí prestada su scooter. Aquella noche la iba a necesitar. Me dio las llaves y me señaló donde estaba estacionada. Me subí a casa para cambiarme. Me puse mis mejores galas. Casual pero elegante. Curioso, como se solía decir. Una vez listo me desplacé hasta el portal donde el día anterior había dejado de Alana. Realicé una llamada perdida desde mi móvil. Espere. Pasaron cinco minutos que se me hicieron eternos. Nada. Pasaron otros cinco minutos y ya estaba convencido de que no aparecería. Cuando estaba ya por regresar, se abrió la puerta del Portal. Alana estaba completamente deslumbrante. Vestía un sencillísimo vestido blanco de una sola pieza. Le llegaba desde la punta de los pies hasta el cuello. Tenía mangas cortas al menos. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo, cogido con un lindo broche con forma de lazo azul marino. En su sencillez residía su encanto. No necesitaba de ningún accesorio o maquillaje para arrebatarte el aliento. Lo mejor, sin duda, era que era tan sencilla y pura que ni siquiera se daba cuenta de ello. Se sorprendió al verme con la scooter, esperándola con dos cascos en la mano. Se acercó dubitativa a la moto. - ¿Qué? No te lo esperabas, ¿eh, maja? - ¿A dondi me va a lleivá? - ¿Alguna vez te has comido un buen campero, Alana? - ¿Campeiro? ¿Eso es un alguio de lo campo? - jajaja, ¡qué va! Un campero es un bocaillo típico de aquí. Ven, toma, póntelo. Hoy te voy a llevar a que pruebes el mejor campero de la Ciudad, miarma. Se puso el casco, se arremangó un poco el vestido y se subió en la parte de atrás. Se abrazó a mí por la espalda. Podía sentir sus pechos apretándose contra mí. Arranqué la moto y puse rumbo a la costa. A pesar de haber montado con mucha soltura, se notaba a la legua que era su primera vez en un scooter. Alana chillaba asustada, abrazándome con una fuerza inusitada. No pude menos que reir en mi interior. Era tan adorable y tan excitante sentir que le estaba descubriendo un nuevo mundo a aquella muchacha tan pura y virginal. Ardía en deseos de corromper su alma divina dedicada a Dios. La noche era joven. Parte 3 Bajamos con la scooter hasta llegar al Corte Ingles, enfilamos por el Eroski Larios hacia el puerto. Alana poco a poco se fue acostumbrando y dejo de chillar. No aflojó en ningún momento su abrazo. Recuerdo perfectamente que todavía estaba en pie la antigua estación de trenes, vallada por todo su recinto cuando pasamos Alana y yo por delante. Recorrimos el exterior del puerto hasta llegar a Huelin. Finalizado el puerto, a pocos metros de allí, ya frente a la playa, estaba el Local de “El Figura”. Regentado por el hermano mayor de uno de mis mejores amigos. Llevaba unos cinco años abierto y desde su inauguración, nadie de la competencia había igualado sus camperos. Eran los mejores de Málaga, y si me apuras, de todo el planeta. Aparqué cerca y entramos. José, alias el Figura, nos recibió con alegría. Me conocía desde que era un niño chico. Era casi un hermano mayor para mí. Nos ofreció una mesa bastante cuqui y le expliqué a Alana mejor que era un campero exactamente, y los tipos que había. Siempre que iba al local del Figura me pedía siempre lo mismo: Un campero de pollo. Alana, indecisa, acabo pidiendo el mismo que el mío. He de admitir que no recuerdo de lo que hablamos aquella noche, han pasado muchos años desde entonces. Recuerdo no obstante la fascinación de Alana por aquel exquisito bocaillo, su facilidad con la que se reía de cualquier pamplina mía, lo tremendamente guapa que era y por supuesto, la manera que tenía de arreglarse aquel mechón de pelo rebelde tras la oreja. Fue una cena muy amena y agradable. Una vez terminamos de comer, la llevé a la playa a pasear. Ya hacía rato que había caído la noche completamente y hacía una temperatura muy agradable. El mar estaba en calma, la luna, en cuarto creciente, se reflejaba en su superficie. No éramos los únicos en el lugar: desde gente paseando a su perro por la orilla, pescadores faenando y trasegando con las barcas y sus aparejos, y algún que otro jovenzuelo tratando de esconderse para fumarse su canuto vespertino. Hablamos de muchas cosas, ella me habló de su país, de su familia y de su novio, el cual le esperaba en Irlanda. En cuanto ella concluyese su misión, se casarían. A mí me dio un vuelco el corazón al escuchar aquello. No me sorprendía en absoluto, por otra parte. Alana era de condado importante de Irlanda, en Cork, al sur del país. Aquel lugar era difícil de olvidar, a pesar de los años transcurridos. No residía cerca de la ciudad. Su casa estaba en un pequeño pueblo de las afueras, en una pequeña granja avícola propiedad de su familia. Me guardo el nombre del lugar por privacidad. Andrew, su futuro marido, era el hijo de la familia vecina más cercana, que poseía una granja de cerdos. El matrimonio había sido concertado cuando ambos eran muy jóvenes, y a pesar del arreglo, a ellos no parecía disgustarle la idea. A pesar de aquel obstáculo, no pensaba rendirme. Algo me decía que, incluso habiéndose criado en una secta tan puritana, teniendo incluso su matrimonio previsto, tenía una oportunidad. Se lo leía en los ojos. No daría mi brazo a torcer. Alana estaba aquí, conmigo, y se lo estaba pasando genuinamente bien. Es lo que importaba. Pero aun así me sentía un poco apagado. Se hacía un poco tarde para Alana, me comentó que se había escapado sin decirle nada a sus compañeras de piso, temía llegar tarde y despertarlas. Regresamos, y al igual que a la ida, Alana me abrazaba con pánico. Una vez delante de su portal, bajó. Se alisó el vestido y me entregó el casco. Temía que volviese a irse sin despedirse, pero me sorprendió obsequiándome con un beso en la mejilla y un “grashias”. - ¿Te gustaría que mañana fuésemos al cine? - ¡Yes! Digo, sí, me gustaría muchio. - A las nueve te recojo aquí, igual que hoy. - ¡Ok! Y entró en su portal rauda y veloz. Regresé a mi barrio con el alma ligera y el corazón cantando por bulerías. No pude reprimir un grito triunfal, grito que se lo tragó el viento de la noche en la moto. A partir de aquella noche, quedábamos siempre a la misma hora. La llevaba cada vez a un sitio diferente a hacer algún plan nuevo. Fuimos al cine en un par de ocasiones, a cenar, a jugar a los bolos, a las recreativas del Eroski, le enseñe el centro de la ciudad y todos sus monumentos. Hicimos durante todo el verano un montón de actividades. Cogimos bastante confianza el uno con el otro. Alana cada vez tenía más y más soltura con el castellano, y yo iba chapurreando alguna que otra cosilla en inglés. En una de aquellas noches, dando un paseo por la Alameda principal, recibí una llamada a mi móvil. Era el número de mi primo Juan Alberto. Atendí la llamada. Al otro lado estaba Clara. Tenía a mi lado a Alana, que aunque no podía escuchar lo que Clara me decía, algo intuía, por la cara que estaba poniendo. Clara me llamaba para darme la noticia, se había comprometido con Juan Alberto. Se iban a casar el año que viene. Estaba invitado a la boda, por supuesto. No sé de donde saqué las fuerzas para felicitarle a ambos y jurar por mis muertos más fresquitos que por nada del mundo me la perdería. Una vez finalizada la llamada me derrumbé. Hacía mucho tiempo que no tenía tiempo para pensar en Clara, que la tenía desterrada de mi mente y de mi corazón, creía firmemente haberla superado, pero aquella noticia pudo conmigo. Alana me consoló maravillosamente, se portó muy bien conmigo. Le conté todo sobre Clara, incluido el compromiso de boda. Le mostré la cicatriz del hombro incluso. Alana me abrazo con fuerza y me animó bastante. Tuvo un gesto conmigo que me maravilló. Se sacó del cuello, que mantenía oculto bajo el vestido, un colgante. Era un trisquel de plata. Lo llevaba junto a otra cadena donde portaba un pequeño crucifijo de plata igualmente. Me lo colocó en el cuello. Me dijo que aunque mormona, no olvidaban sus raíces celtas. Para ella aquel símbolo era muy importante. Según me contó, en su cultura celta, el trisquel representa la evolución y el crecimiento, el equilibrio entre cuerpo, la mente y el espíritu. El principio y el fin, la eterna evolución y el aprendizaje infinito. Para los druidas simbolizaba el pasado, presente y el futuro. Como talismán, el trisquel era utilizado para curar las fiebres y las heridas. Alana decía que Clara me había dejado una herida en el corazón, y aquel talismán me ayudaría a cerrarla. Lo besó antes de depositarlo en mi pecho. Tardé unos días en superar aquel bache, y aunque doloroso, aquel trago no era tan amargo. Cada día sentía algo más y más fuerte por Alana. Y podría jurar que el sentimiento, al menos, parecía mutuo. Cada mañana, al despertar, besaba el Talisman que me había regalado. Nunca me lo quitaba del cuello. Al finalizar la temporada estival, ella hablaba mejor el castellano de lo que yo hablaba el inglés. Septiembre estaba dando sus últimos coletazos cuando nuestra rutina tomó un rumbo diferente. Era un viernes cualquiera, pero aquella noche Alana estaba diferente, distante. Durante el verano me había sacado el carnet de conducir, y siempre que podía le cogía el carro a mi viejo. Aquella vez había planeado declararme, se acercaba el fin de su misión y era ahora o nunca. La llevaría a un restaurante medianamente elegante, lo que buenamente podía permitirme, y allí, decirle lo que sentía. El trayecto fue completamente en silencio, cada intento por mi parte de soltar un chascarrillo fracasaba estrepitosamente. Para colmo, empezó a llover a mares. Paré a mitad de camino en el aparcamiento de un Lidl cercano. Alana estaba demasiado rara. Algo pasaba y aunque jamás perdía la compostura o la educación, era palpable su malestar. - ¿Qué ocurre, Alana? ¿Ha pasado algo malo? - No quiero hablar de eso. Por favor, continuemos. - No, a ti te pasa algo. Estoy aquí para ti, puedes contármelo todo. Alana empezó a temblar y su labio inferior se contrajo en un puchero, sus ojos se humedecieron, estaba por llorar. Le cogí la mano que sostenía en el regazo y la apreté con cariño. - Estibaliz lo sabe todo. Sabe que me he estado escapando para quedar contigo – empezó a llorar, pero continuó valientemente – si vuelvo a quedar contigo se lo dirá a nuestras familias. Antes éramos amigas, ahora… ya no sé qué somos. Dentro de un mes terminamos la misión y marcharé de aquí y no quiero irme… una parte de mi echa de menos a mi mamá y a mi papá, mis hermanos, mi tierra… pero aquí me lo paso tan bien… aquí contigo. Días de mucho reír, comer cosas ricas, hacer muchas cosas que en casa no poder hacer… Alana se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Me armé de valor. - ¿tú y yo que somos, Alana? - ¿Qué? No entiendo. – ¿no entendía o no quería entender? - Sabes a lo que me refiero, Alana. - No lo sé… Tragué saliva, me encomendé al altísimo, Bob Marley, my personal Jesus, y me lancé. - Alana, Is breá liom tú. Abrió mucho los ojos, sorprendida. Acto seguido la besé dulcemente. Ella, pillada de improviso tardó un instante en devolverme el beso, que duró menos de lo que me hubiese gustado pero fue largo en el tiempo. De golpe, se separó de mí, me dio un guantazo inusitadamente fuerte. Luego abrió la puerta hecha una furia y se apeó. Alejándose a pasó rápido bajo la lluvia. La seguí con el coche despacito hasta ponerme a su altura. - ¡Eh! ¡Oye! Sube, ¿no ves la que está cayendo, miarma? - ¡Déjame en paz! - No seas tonta, sube. Te dejaré en tu casa, te lo prometo. Lo siento mucho. - ¡Cállate, cállate! Cállate la boca. Cerré el pico, pero la seguía de cerca. Estaba hecha todo un basilisco. De sus ojos parecían salir rayos y centellas de la ira. No entendía nada. - No seas tonta… te vas a constipar. Alana se paró de golpe. - ¡No! El tonto eres tú. – Le dio una patada al neumático – tonto, tonto. – seguía golpeando el neumático cada vez más fuerte. Temí que se hiciese daño y bajé del coche. - Estate quieta, joder. Te vas a hacer daño. - ¡El daño me lo has hecho tu a mí, joder! – Era la primera palabra malsonante que salía de sus labios.- ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué has tenido que hacerlo, ah? - Lo siento, Alana. - ¿Por qué has tenido que decirme esas palabras? ¡Gilipoillas! - Lo siento, pero es que es la verdad, te amo, Alana. No puedo vivir sin ti. ¡Me he enamorado perdidamente de ti! - Cállate, cállate, cállate – empezó a golpearme frenéticamente, moviendo los brazos como las aspas de un molino – Cállate, gilipollas – estaba llorando de nuevo. – cállate y déjame en paz… Se dio la vuelta y se fue en dirección contraria. La alcancé y la agarre del brazo. Se volvió. - Regresa al coche… ¡¿no ves que está diluviando?! Ni siquiera sabes volver a tu casa, ¡maldita sea! - Iré andando y preguntando. ¡No te necesito! ¡Y no te amo! - Me da igual, yo si te amo. No puedo dormir, no puedo comer, no puedo concentrarme si no te tengo al lado. ¡Te amo, Is breá liom tú!, ¡Is breá liom tú!, ¡Is breá liom tú! - ¡Cállate! Vete a la tu casa de una vez. Y se dio la vuelta y se marchó. Me quedé sin saber, atolondrado mirando el charco a mis pies, mientras la lluvia me empapaba. Un gran nudo se había instalado en mi garganta. Un grito llamándome me hizo alzar la vista. Alana vino corriendo y se arrojó en mis brazos. Empezó a besarme con ferocidad. Me pilló por sorpresa, pero nos fundimos en un beso apasionado. - Te odio, pero yo también te amo. ¡TE AMO! Nos besamos bajo la lluvia como un par de tortolitos de Hollywood en una película ñoña. Nos volvimos al interior del coche. Seguimos besándonos sin parar. - te odio, ¿lo sabes?, Damm! Besas muy bien y te odio por eso… No dije nada, sólo besaba sus labios, su cuello, su orejita, su hombro, mientras tanto, entre beso y beso, Alana seguía hablando. - Te odio - beso, beso- Ya no puedo vivir sin ti – beso – tengo novio y solo pienso en ti – beso – me voy a casar – beso - ¿Por qué no es contigo, joder?- beso - ¿Por qué eres así? – beso – ojala pudiese sacarte de mi corazón y la cabeza – beso, beso, beso - ¿Por qué hago estas locuras? - ¿Por qué Andrew no besa como tú? Nos pasamos al asiento trasero sin dejar de besarnos. Una vez que nos saciamos de beber de los labios el uno del otro, la lluvia ya había cesado. Estábamos abrazados. Alana me contó todas las locuras que había hecho por mí: La primera, y síntoma de que estaba pillándose por mí, fue echarle en el vaso de leche de Estibaliz una buena cantidad de laxante. Se pasó toda la tarde sentada en el baño. Estaba deseosa de poder pasar una tarde entera conmigo y la peruana no la dejaba en paz. Antes era una mormona idílica, seguía todos los mandamientos y doctrinas, la palabra del “señor” estaba siempre presente en su vida. Pero desde aquel paseo empezó a mentir, primero con las salidas a hurtadillas del piso compartido, luego negando sentir algo por mí, mintiendo a su familia cuando llamaban. Había sido infiel a Andrew, su futuro marido, y ahora se planteaba el matrimonio como nunca antes lo había hecho. Sólo podía pensar en que llegase la noche para tener otra cita. Todo lo demás no le importaba ya. Había probado el néctar de la libertad y ansiaba más y más. Alana estaba convencida de que aquello era sólo algo pasajero. Que terminado su periplo misionero regresaría a Irlanda, a la granja. Se casaría con Andrew y sería feliz, al menos lo intentaría con la ayuda de Dios. ¿Y aquellos días vividos en Málaga? Tan sólo un bello recuerdo de juventud. Pero tuve que declararme y ya no pudo seguir resignándose a que esta historia se quedase en un bonito recuerdo y en un “¿y si?”, que le sacaría una sonrisa en los momentos de flaqueza en su vejez. Por eso me odiaba, dijo. Pero volvió a besarme. - ¿Qué vamos a hacer? - Alana. ¿Me amas de verdad? - ¡sí! Te amo. - Yo estoy dispuesto a lo que sea por ti. ¿Y tú? - Por ti renunciaría al camino que me tiene previsto el Señor. - Vayámonos a vivir juntos, Alana. No te pido que renuncies a tu Fe, ni quiero que renuncies a tu familia ni amigos, sólo quiero tenerte cerca, lo más lejos, a mi lado. - Está bien. - Será difícil y muy duro, pero si estamos juntos no habrá nada imposible. Asintió emocionada y nos fundimos en un beso largo y profundo. - Is breá liom tú, Alana. - Is breá liom tú. Parte 4 No había nadie aquella noche en casa y estábamos ambos empapados, así que la llevé a casa. Nos dimos una ducha caliente. Alana era muy pudorosa, así que podéis imaginaros que nos duchamos por separado, amigos. Le presté algo de ropa mientras su vestido se secaba en el tendedero interior. Al final no pudimos cenar donde tenía previsto ni declararme como tenía pensado. La cosa había acabado bien, por el momento. Ahora que había pasado el momento de pasión y locura, tocaba hacerse cargo de la realidad. No todo es tan maravilloso en la vida real. Después de los besos y las palabras dichas en plena euforia romántica tocaba cumplir las promesas hechas. Nos sentamos ambos en el sofá, nos costaba mirarnos a la cara siquiera, pese a estar hace una hora escasa comiéndonos a besos. Nos tomamos de la mano en silencio. - Esto… Alana… Dio un respingo. - ¿Si? - Lo que dije antes, en el coche… - me miró, asintiendo. Yo no podía mirarla a los ojos – iba en serio. No quiero que te marches a Irlanda. Quédate conmigo. Si fuese imposible que te quedes en España… - la miré intensamente a los ojos – me voy contigo. Ella asintió, le brillaban los ojos y se le humedecieron. Continué. - No creo en Dios, hace tiempo que me desengañé de las religiones. No te pido, como ya te dije, que dejes tu iglesia, tu gente, tu fe… Me imagino que tus padres te obligarán a casarte con alguien mormón… preferiría no hacerlo, pero si no tengo más remedio me convertiré en mormón o en lo que haga falta. TE AMO. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, te lo juro por lo más sagrado. A ambos nos corrían lágrimas por las mejillas. Ahora, siendo un hombre maduro echo de menos esa sensación, la inocencia y la ilusión, como el amor me llenaba tanto que todo lo demás sobraba, hasta el comer. Tan sólo con los besos de mi amada subsistía. Ya con la mitad de mi existencia vivida sólo el sarcasmo y el cinismo pueblan mi corazón, y lo llenan tanto que ya no hay lugar para nuevos amores, nuevas ilusiones. - No quiero regresar, no todavía. Io tampoco quiero que hagas algo que no quiere tú. Quiero vivir aquí, contigo. Nos besamos, con mimo, pero un beso siguió a otro. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos sin ropa. La tomé en brazos y fuimos a la cama. La deposité en el lecho, como si de una princesa se tratase. La observé bien. No lo parecía por su forma de vestir, pero tenía un cuerpo de escándalo. Alana me miró, sonrosada, tapándose la cara con las manos. - Por favor, no me hagas daño… es mi primera vez. Me subí a la cama, sobre ella, cara a cara. - Tranquila mi amor, te dolerá un poquito pero te gustará, cada vez más. Te voy a tratar como te mereces. Le di un pico. Y poco a poco fui bajando, como Hanssel y Gretel dejando un rastro de besitos por toda su piel hasta llegar el centro de su feminidad. Alana estaba algo nerviosa, pero con caricias y besos delicados fue cediendo, abriendo su flor para mí. Le otorgue el placer que mis labios y mi lengua podían ofrecer, sin prisas. Su respiración se volvió irregular, sus manos buscaron mi cabellera, para asirla en un espasmo al alcanzar el clímax. Dejé que recuperase el aliento. Me tumbé a su lado y esperé. - Oh, holy blessing, ¿eso ha sido… un orgasmo, no? – sonreía con la candidez propia de una chiquilla. - Todo parece indicar que sí, cielo. - ¿y siempre será igual de…? – no encontraba una palabra para describir aquel instante de júbilo cuasi religioso. Yo tampoco sabría describir con exactitud que se siente, aunque tuviese un diccionario en la mano, me quedaría muy corto. Hay que experimentarlo para entenderlo. - Vaya, espero que sí, y mejores, confío. – le sonreí con picardía. - Nunca… tu sabes… - se cubrió el rostro nuevamente, avergonzada. – ay… tu entiende. - Si, cielo. Esta es la primera de tantas que vas a probarlo. De eso me encargo yo. Y la besé nuevamente. Otra sucesión de besos y caricias. Tomé su mano y la fui guiando por mi cuerpo, tímida al principio. Una vez que nuestras manos exploraron nuestra desnudez mutua, era momento de la verdad. Saqué un preservativo del cajón de la mesita de noche y me lo puse. Alana me aseguró que era la primera vez que veía un pene en su vida. La subí encima de mí. - Será más fácil y menos doloroso para ti así. Tomate tu tiempo, ¿vale? - Sí. A horcajadas sobre mí, tomó mi miembro y procedió a la penetración. En contra de lo me esperaba, no resultó la experiencia de la primera vez tan tortuosa y difícil como la última vez. A Clara le tomó varias sesiones lograrlo, los nervios nos jugaron varias malas pasadas. Alana, en cambio, estaba muy mojada, y aunque al principio le costó un poquito y gimió un poco por el dolor, logró dilatar lo suficiente. El resto ya os lo podéis imaginar. Nuestra primera vez juntos no fue literalmente el mejor polvo del universo, ni siquiera lo recuerdo bien. Lo que si recuerdo con claridad prístina el momento en que sangró. Pensé que le había hecho daño puesto que Alana se echó a llorar al ver la sangre, pero fue sólo la impresión y el cumulo de sentimientos encontrados, entre ellos el remordimiento, pero no le duró demasiado. Mis padres no se tomaron nada bien la noticia. Yo estaba decidido. Además, la situación de Alana no tenía vuelta atrás. Tuvo que aparecer mi tío a mediar y tranquilizar a mi padre. Recogí mis cuatro mierdas y nos marchamos con mi tío. Nos dejó una habitación para que Alana y yo viviésemos una temporada, mientras conseguía un trabajo y ahorrar algo. La casa de mi tío era bastante grande, nuestra habitación era modesta pero agradable, y para dos chavales de casi veinte años, hasta sobraba espacio. Mi tía y mi prima Lorena nos recibieron bien. Lorena rápidamente se hizo amiga de Alana. Lorena era sólo dos años menor que yo y éramos bastante cercanos, he de decir que se portó de maravilla con nosotros. Le enseñó muchas cosas de chicas normales a Alana. Era frecuente que ella y Alana fuesen de compras juntas, y pronto su vestuario y estilo cambiaron radicalmente. Ahora era una chica normal más. Si mi familia se tomó a mal el asunto, la suya montó en cólera. Fuimos a recoger las poquitas cosas que se había dejado en el piso que compartía con las otras chicas mormonas. Alana quería despedirse de ellas al menos, habían pasado casi un año juntas y les había tomado afecto. Una vez allí declaró que lo dejaba todo por amor. Para mi sorpresa, fueron bastante comprensivas, incluso Estibaliz, mi eterna rival, nos dio su bendición entre lágrimas. Lamentaban su decisión, pero nunca la olvidarían ni dejarían de querer. Todo muy emotivo. Pero sus padres, por el aparato móvil de las chicas, montaron un pitote bueno. Apenas se les entendía nada por los gritos. Bueno, en realidad era yo el único que no entendía ni jota, puesto que por mi nivel de inglés me era imposible seguir la conversación, o mejor dicho, la monumental bronca. Lo siguiente lo sé por boca de Alana: Amenazaron con cortarme las gónadas, con apalizarme, con colgarme de los pulgares y arrastrarme con un tractor por todo el condado de Cork, Irlanda, si su niñita no regresaba inmediatamente a casa. Sus amenazas incluían muchos más métodos de tortura, pero os ahorrare la lista. Alana fue valiente y no se amedrentó, siguió firme de forma estoica. Me enamoré aún más si cabe. Nos fuimos con una sensación agridulce. Alana lloró mucho en cuanto se calmó, horas después. Una punzada de culpabilidad me estuvo molestando durante algunos días. Cada beso de Alana alivia esa carga un poquito, hasta desaparecer por completo. Durante unos seis meses vivimos junto a mis tíos. Alana encontró trabajo impartiendo clases de inglés, y cuando surgía la ocasión, cuidaba de niños pequeños junto con mi prima Lorena. Sobre todo cuidaban de los niños de los vecinos del barrio. Ambas eran muy queridas y apreciadas en la comunidad. Yo realice todo aquel trabajo que cayó en mis manos siempre que tenía un hueco libre, puesto que le echaba un cable a mi tío, que era albañil por cuenta propia. Juntos conseguimos ahorrar una buena suma de dinero para buscarnos un modesto piso para convertirlo en nuestro nidito de amor. Pronto conseguí un pequeño puesto como pinche en las cocinas de un buen restaurante del centro. No era la gran cosa, pero pagaban bien y me enseñaron a cocinar. Descubrí que se me daba bien aquello y que me gustaba bastante, pese que me era un trabajo agotador y estaba en el escalón más bajo de la cocina: pelar, picar, triturar, montar, limpiar, tirar la basura… Pero acababa la jornada bastante contento con todo lo aprendido. Llegar a casa era lo mejor del día, sin duda. Alana siempre me recibía con un abrazo y un besito. Le había enseñado el mundo del anime, y se enganchó sobremanera, había tomado por costumbre recibirme con el típico cliché de las japonesas casadas en las series: “¿quieres cenar, bañarte, o… a mí?”. Bien podéis suponer que elegía. Alana había cambiado muchísimo ya para aquel entonces, había adquirido de mí la mala costumbre de soltar un taco en cada frase. Aunque le costó, aprendió a jurar, a insultar y hasta a dar hostias como panes. Se aficionó mucho al Anime, al Heavy metal, a vestir de negro, las pulseras y accesorios con pinchos, al gazpacho (a pesar de que a mí se me atraganta bastante de toda la vida). Follábamos como conejos. Ya no quedaba ni rastro de aquella joven muchachita tímida, casta y pura. ¿Y el antiguo pudor? Ni noticias, se paseaba por casa en pelota picá y he de admitir que lejos de molestar, me agradaba sobremanera. A veces me sorprendía su pasión y la lujuria que había despertado en ella, muchas veces me pedía probar cosas nuevas. Me pedía que le pegase, no en plan maltrato, si no la típica nalgada, pero cada vez me exigía más fuerza y más violencia. A veces me pedía que la atase o esposase, o que le tirase del pelo, o cogiese por el cuello. Veíamos porno juntos, y se inspiraba en lo que veíamos. Exploramos muchas categorías. No encontramos nada que no le tentase a probarlo, salvo lo que ninguno de nosotros probaría ni harto vino bendecido, no sé si me entendéis, amigos. Los fines de semana salíamos con nuestro grupo de amigachos a tomarnos unas cervezas. Al principio, contra lo que pudiese uno imaginar de un Irlandés, a Alana no le gustaba la cerveza, al menos al comienzo. Conforme fue probando una y otra vez, se fue aficionando. De vez en cuando también nos fumábamos algún que otro porrito. Una vez incluso, probamos la cocaína juntos en los baños de un local. No nos gustó demasiado nuestra primera vez, y hasta mucho años más tarde no lo volvería a consumir. Había corrompido completamente a aquella mujercita. A veces bromeaba con ello. Alana me confesó que si su yo del pasado la viese en aquellos tiempos, no se reconocería en absoluto y que probablemente se hubiese santiguado y echado de rodillas a rezar llorando por cambiar ese futuro, y se reía al contármelo, pero a mí me remordía la conciencia. Los males se me pasaban rápido con un besito de mi chica gaélica. La boda de Clara y Juan Alberto llegó finalmente. El asunto ya no me producía ningún malestar. Ya era agua pasada aunque no por ello había dejado de quererla a ella y a mi primo, por supuesto, sólo que era un amor que había mutado. Alana y yo fuimos a la boda. Si os soy sincero, no sabría deciros quien me pareció más guapa y radiante, si la novia o Alana. Lamentablemente no conservo ninguna foto del evento. Tenía muchas fotos con Alana en aquella boda, todas ardieron en un viejo incendio, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Clara estaba radiante y muy guapa, hacía dos años que no la veía y estaba más bella aún si cabe. Se alegró mucho por mí, Alana le parecía una gran chica y nos deseaba toda la felicidad del mundo. Todo fue maravilloso, una boda perfecta. Incluso Alana atrapó el ramo. No lo sabía en aquel entonces, pero la tradición de quien atrapa el ramo seria la siguiente chica en casarse se cumpliría sin falta y de la forma más amarga posible para mí. Ya había pasado poco más de un año y las cosas nos iban fenomenal, pocas veces en mi vida había sido tan feliz. Tenía veinte años y no los podía haber cumplido mejor, Alana me dio el mejor regalo de cumpleaños que os podáis imaginar, pero no entraré en detalles, pero imaginaos que vuestra pareja cumple todos y cada uno de vuestros fetiches. Ahí lo dejaré. En innumerables ocasiones, durante el instante en que Alana abandonó su secta mormónica, miembros de la misma nos acosaban y molestaban. Pero en cuanto notaban que les iba a acariciar el rostro sin mucho amor fraternal, ponían pies en polvorosa. Eran pesados, pero inofensivos. Los padres de Alana llamaron muy a menudo a su hija. Las primeras veces fueron continuaciones de la bronca primigenia, convirtiéndose en réplicas de esta. Alana a la tercera llamada de esta índole dejó de atenderles. Llamaron y llamaron, Alana cada vez que veía su número reflejado en la pantalla del teléfono, lo silenciaba y dejaba el móvil en algún sitio, ignorándolo. Hasta que recurrieron a mí. Me suplicaron en una mezcla de inglés y español que intercediera, que hablase con su hija por ellos. Me pidieron perdón, me suplicaron por él, de hecho. Habían comprendido que iban a perder a su hija para siempre y la idea les aterraba. Me sentía fatal al escuchar a su madre llorar, la culpa me corroía por dentro y accedí. Amaba tanto a mi Alana, deseaba tanto que fue feliz, que no quería que le faltase de nada, que no renunciase a nada, ni a su familia ni a su fe, a nada, que accedí. Convencí a mi bien amada Alana para que retomase el contacto con su familia, y aquello fue mi perdición. Parte 5 Me costó convencerla. Durante innumerables noches, cuando ardía en mi cama de fiebre, cuando ningún analgésico me aliviaba el dolor, cuando casi muero por septicemia en la puerta de Urgencias, deseaba fervientemente con todas mis fuerzas regresar al pasado, justo en ese instante. No fue nuestra primera bronca, por supuesto, pero fue la peor. Ella no quería saber nada de su familia, yo insistía e insistía durante días. En mis píricas fantasías de viajes en el tiempo, justo en ese momento, me hubiese dado con gusto una paliza mientras me grito a mí mismo “Cállate, puto gilipollas, la vas a perder”. Logré convencerla para atender una llamada de sus padres. Se derrumbó al escuchar sus voces pidiendo perdón, diciéndoles cuanto la amaban. Hasta yo me emocioné con la reconciliación. Le pidieron, le rogaron por una visita. Alana prometió que ambos iríamos de visita a la granja familiar. Sus padres nos prometieron de vuelta que seriamos muy bienvenidos los dos. Planeamos el viaje a Irlanda. Alana no cabía en sí de Júbilo y emoción. Estaríamos algunos días en Irlanda. Me quería mostrar su tierra, pasaríamos los primeros días en la granja, me enseñaría su pueblito, sus lugares favoritos, me presentaría a sus amistades, etc. Luego teníamos planeado conocer el condado de Cork, al menos los lugares más emblemáticos. Tenía ganas de conocer la capital del condado, parecía un lugar muy interesante para conocer. Preparamos las maletas muy ilusionados. Estaba algo nervioso, conocer a la familia de Alana era importante para ella, por lo tanto para mí también. El idioma era una barrera, desde luego. MI inglés no había progresado, ya que Alana hablaba perfectamente el español. Si bien con un acento curioso entre el acento que tenía cuando la conocí y el malagueño que tomó de mí y el resto de amigos y conocidos; no podía decir lo mismo de mi inglés. EL viaje nos salió un poco caro, pero teníamos pasta ahorrada. Todo fue fenomenal, Alana resplandecía y estaba arrebatadora y sonreía más que nunca. Durante el vuelo me estuvo poniendo en antecedentes sobre su hogar y familia. Fue un trayecto muy ameno. Una vez en el aeropuerto, alquilamos un coche para desplazarnos con libertad. Conducimos hasta la granja de Alana y su familia. Me fascinó sobremanera el paisaje. Guardo un grato recuerdo de aquella región. Muchas veces sueño con ese viaje en coche. Sus lejanas montañas, los prados verdes, las lloviznas ocasionales, el clima templado, todos ellos los llevo en el corazón. La lluvia en Irlanda no es la misma que en el resto del mundo, o al menos, en España. No me preguntéis que es lo que la hace diferente, shures. Id y experimentadlo vosotros mismos. Puede que me equivoque y que sólo sea la nostalgia la que haga la diferencia. A pesar del tiempo transcurrido, me tiemblan las manos al escribir todo esto. No os hacéis una idea de lo doloroso que es revivir de nuevo aquel hermoso día, los últimos instantes realmente felices que pasé con Alana. Era un extraño en aquel paraje de ensueño, junto a una hermosa muchacha de rojizos cabellos y esmeraldas por ojos. Era mi brujita querida. Y me guiaba hacía el fin de la felicidad sin saberlo ni quererlo. Tras horas conduciendo, llegamos a su granja. Nos esperaban un buen número de personas afuera. Nos recibieron muy bien, incluso a mí. Hablaban en gaélico sobre todo, algunas veces, por deferencia, usaban el inglés. Aun así estaba más perdido que Chanquete en Port Aventura. Había innumerables familiares, vecinos y amigos allí. Nos invitaron a pasar a la casa principal. Aquello era una mansión a mis ojos. Estaba amueblada con sencillez parca y austeridad, pero en esencia era todo de una muy buena calidad. Alana tenía 4 hermanas y 5 hermanos, y entre todos ellos no había ni uno que no le igualase en belleza. Todos pelirrojos, todos con los ojos verdes, todos endiabladamente hermosos. Sus padres eran relativamente jóvenes, pero tampoco unos chavales. Había mucho jolgorio y la comida y la bebida corría sin parar. Estaba algo incómodo, puesto que aún siendo bien recibido y abrazado y achuchado por todos, notaba cierto distanciamiento. No me lo tomé a mal, era un desconocido, y para colmo, un “hereje” que había seducido con malas artes a la bien amada Alana, la joya de la corona de aquella numerosa familia. Alana estaba feliz y contenta, apenas si me prestaba atención, creo incluso que hubo momentos en que se olvidó de mí, sentado en un rincón con una jarra de limonada, en silencio, observándola. No tenía ojos para nadie más que para ella. Su abuela, Martha, lo notó. Era la única que chapurreaba mi idioma en aquella casa. No recuerdo sus palabras exactas, pero me tomó la mano y me llevó afuera. Una vez en el porche, me recriminó el robarle a su nieta favorita. No me lo echó en cara de malas maneras, puesto que una afable sonrisa nunca se borró de su cara. Me dijo que no era mal muchacho, que se me notaba que quería a su nieta, y que estaba perdidamente enamorado de ella. Me lo había visto en ojos, como sonreía al ver a Alana feliz. Me acarició el rostro como sólo una abuela haría. Se quedaba tranquila sabiendo que su nietecita estaba en buenas manos, aunque fuesen las manos de un pagano. Confiaba en que me convirtiese, pero si no lo hacía, me hizo prometerle que haría todo lo posible por regresar allí siempre que tuviésemos la ocasión. Que la familia era más importante de lo que creíamos los jóvenes. Y que razón tenía la señora. He de confesar que me emocione un poco con las palabras chapurreadas en mal castellano. Quizás hubiese perdido a mi familia con aquella relación, pero creía haber encontrado otra en aquellas gentes tan buenas y tan amorosas. En aquel entonces no me parecía tan mala idea si decidiésemos quedarnos Alana y yo allí, con su familia. No me molestaría trabajar en la granja familiar, ni vivir en aquel idílico paisaje propio de los cuentos de hadas, ni hasta, fijaos lo que os digo, hasta me parecía una idea plausible convertirme al mormonismo. Entré de nuevo en el interior de la casa, con esas ideas correteándome por la mente alegremente, pero todo se esfumó de golpe cuando al entrar el ambiente había cambiado drásticamente. Estaban discutiendo. Me quede de piedra sin saber cómo reaccionar. Alana estaba furiosa. Al verme entrar se dirigió a mí y me agarró de la mano, y nos acercamos a la mesa donde estaban todos con unas caras que daban miedo. Sabía algo de gaélico, muy poquito, y en la actualidad no recuerdo mucho de lo poco que aprendí, pero entendí que proclamaba a los cuatro vientos su amor por mí y que ni la muerte podría separarnos. EL resto ni idea, pero sonaba a amenazas y cosas muy feas. Su padre incluso se puso en pie y desapareció tras una puerta. Entonces un joven enorme, de cabello corto pero rubio, con una mandíbula como la clavícula de Optimus Prime, tomó el relevo del cabeza de familia en la discusión. Era el ex novio, Andrew. No sabía quién era hasta que su nombre salió por boca de Alana. - ah, ¿que este es Andriu? El joven armario empotrado me miró como si pretendiese fulminarme con la mirada. No consiguió su objetivo si lo quería era amedrentarme. Se acercó a mí y me clavó un dedo en el pecho, señalándome. - Fuck You! - eh, eso si lo he entendido, comemierdah. Fak Yu, YU! - FUCK YOU, ASSHOLE. – me gritó colérico - Get out of here! - No, no, FAK YU YU – y le clavé el dedo en el pecho a él también – YUUUUU! Y se va a ir a tomah por culo tu puta madre, gilipolla. Alana se interpuso entre ambos y nos separó. Ambos resoplábamos de la mala ostia que nos teníamos mutuamente. No puedo reprocharle su odio hacia mi persona. En aquel momento no podía entender el motivo de la rabia tan súbita, ni el origen de la pelea. Años más tarde, cuando aquello me despertaba en mitad de la noche, preguntándome qué carajos estaban discutiendo, decidí transcribir fonéticamente lo que recordaba. Se lo mostré a una Scort de lujo con la que tuve una movida años después, y que más o menos arrojó algo de luz al misterio. Junto a su ayuda y el contexto, entendí la furia de aquel mamerto que minutos antes me dio un abrazo de oso mimoso. Discutían porque Alana no era virgen. Comprendí de golpe todas las amenazas encaminadas a castrarme antes, durante y después de nuestro viaje a Irlanda. Eran una advertencia de que no tocase a su hija. Podían tolerar los besos e incluso tocamientos, pero confiaban en que Alana regresaría, tarde o temprano al redil, y que lo nuestro era una etapa rebelde de la joven. Una vez sacado el tema de la boda con Andrew, allí presente, Alana no se cortó un pelo. Sacó pecho de nuestra pasión y compromiso. No pensaba casarse con Andrew. Se quería casar conmigo, el hombre que le había arrebatado la inocencia. Yo era ajeno a todo aquello. Su padre apareció portando una escopeta. Tenía los ojos desencajados, y un hilo de saliva le colgaba de la comisura de los labios. Estaba a punto de darle un ictus por lo menos. Me apuntó con el arma, jurando en arameo. La visión de un arma apuntándome de nuevo me afectó bastante, el trauma del pasado regresó de golpe. Volví a sentir un dolor, como si me atravesase una hoja al rojo vivo, encima del hombro, como si se hubiese abierto de nuevo la cicatriz que me hizo el Torrijos hace tantos años. Uno de los tíos de Alana logró arrebatarle el arma al padre. Las piernas me flaquearon e hinqué una rodilla en el suelo. Me cubría la vieja cicatriz con un rictus de dolor en la cara. Alana se preocupó. Estaba sudando profusamente y mi chica me asistió. - ¿estás bien, amor? – el dolor fantasma no remitía. Era la primera vez que me ocurría una cosa así. Pareciese como si realmente me hubiese pegado un tiro de verdad. El gorila de Andrew dijo alguna babosada o algo que hizo que Alana se irguiese y contestase de forma hiriente, seguramente. Andrew en respuesta, le soltó un sopapo. El bofetón fue perfectamente audible. El dolor de golpe desapareció, y un incendio abrasador se instaló en mis entrañas. Antes de ser consciente de lo que hacía, di dos pasos y le calcé un puñetazo en la mandíbula con toda mi ira y fuerza. Aquel golpe destinado a quebrarle la mandíbula, al menos una mandíbula normal se hubiese roto por dos o tres lugares. Andrew había encajado el golpe bastante bien, sólo conseguí que diese dos pasos hacia atrás. Me había hecho daño en la mano. Los gritos regresaron nuevamente. Alana tenía los dedos del rubito marcados en su hermosa y nívea cara. Ver como habían marcado a mi amada Alana me cegaba de furia. Le di una patada en la rodilla al culpable, que le hizo arrodillarse. Me abalancé contra él con intenciones claramente homicidas, pero Alana me abrazó llorando. - Por favor, vámonos de aquí, regresemos a nuestra casa, por favor. Sus palabras me calmaron de golpe, le devolví el abrazo. Nos tomamos de la mano y salimos por la puerta, ignorando como sus familiares gritaban su nombre a la desesperada. Andrew farfullaba de dolor, y cojeando salió detrás nuestra como pudo. No paraba de amenazar en gaélico cosas que no pude entender. Como no le hicimos ni puto caso, regresó adentro de la casa. Nos dirigíamos al coche, Alana se deshacía en lágrimas mientras se despedía para siempre del hogar de su infancia. Yo no miré atrás en ningún momento. De pronto Alana dio un respingo y cortó su llanto, gritó mi nombre y me empujó. No tuve tiempo para reaccionar, pero Alana me había salvado la vida. Una mole chocó conmigo, tirándome al suelo junto a mi agresor, rodando ambos por el suelo. Andrew acabó encima de mí, pisándome el pecho con una rodilla. Tenía en las manos una hoz de grandes dimensiones, oxidada. La alzó con la intención de segarme el pescuezo. No podía respirar. Le golpee como pude en la entrepierna. Se dobló de dolor, soltando la hoz, agarrándose los genitales mientras rodaba por el suelo. Lo que me permitió liberarme y ponerme en pie. Todos los familiares, vecinos y amigos contemplaban la pelea desde el porche, impávidos. Andrew se recuperó rápido del golpe, no le había golpeado con la fuerza que me hubiese encantado imprimirle a mi puño, dadas las circunstancias. Se abalanzó soltando un jab, tanteándome. Lo desvié de un manotazo, giré sobre mí mismo, cerrando la distancia, para encajarle un codazo en las costillas. El rubio asumió el golpe con un quejido, pero era la oportunidad que estaba esperando. Me apresó con un abrazo de oso. Sus brazos eran mucho más gruesos que los míos y poseía una espalda que ni un culturista de elite. Apretó el abrazo hasta sentir que mi columna vertebral crujía peligrosamente. Alana trataba de separarnos, gritando y maldiciendo, pero un familiar se acercó e intentó alejarnos de nosotros. Estuvieron forcejando. No pensaba dejarme allí sólo. Aquel mamotreto era fuerte, pero era muy inocente. Le escupí en los ojos, de la sorpresa aflojó bastante su presa. Me afiancé bien, apoyando un pie en su rodilla y agarrando con ambas manos su camisa, me eché hacía atrás un poco para coger impulso y le estampé la frente en mitad de la cara. Su bonita nariz se convirtió en una patata machacada y sangrante. Ni aun así logré tumbarlo. Rodé por el suelo, me dolía el cuello bastante por el impacto. Andrew estaba hecho de otra pasta y no caería ni cedería sin más. Me levanté sin descuidar la guardia. No era un experto en artes marciales por aquel entonces ni mucho menos, pero dominaba las leyes de la calle. En una pelea de igual a igual, aquel imbécil me vencería sin despeinarse. Estábamos en categorías de peso diferentes. Pero con lo que aquel rubio irlandés no contaba es que yo era un español que luchaba por una causa justa y lo peor: llevaba partiéndome la cara en las calles desde que los cinco años, peleas donde todo vale. Se tiró como un toro bravo tratando de embestirme, chorreando sangre y los ojos envenenados de rabia. Fue como un chiste. Me tumbe en el suelo justo en el momento adecuado para que tropezase conmigo y caerse de cara al puto piso. ¿Cómo era tan imbécil de caer en semejante truco? Me levanté de un salto. Alana se soltó de los brazos del que creo era su primo y vino hacía mi para poner fin a la pelea absurda. Bajé mi guardia de forma estúpida y le di la espalda a mi rival. Momento que aprovechó el gaélico hijo de puta para golpearme en la parte posterior de la cabeza. Lo que me hizo perder momentáneamente la conciencia. Aquel mamonazo pegaba como una mula. Caí a plomo, el golpe contra el suelo sucedió en mi cabeza a cámara lenta. No sentí absolutamente nada. Los gritos de Alana me llegaban amortiguados, como si tuviese una escafandra puesta en la cabeza. Un pitido fue aumentando de volumen hasta enmudecer cualquier otro ruido. Fundido a negro. Abrí los ojos de golpe. Alana estaba forcejeando con el joven mormón despechado. Había recuperado la hoz de entre la hierba donde había caído. Mientras me sacudía la modorra que ralentizaba mis movimientos, el mormón tiró a un lado a Alana y se dirigió a mí. Lanzó un golpe circular descendente a mi garganta. Como pude me arrastré con los codos y los talones hacia atrás. No lo suficiente. La hoz me atravesó la pierna derecha, por encima de la rodilla. La hoja y punta asomaban por la parte posterior de la pierna. Había sido un golpe limpio, pero dolió como el diablo. Solté un grito de dolor comedido. - Hijo de la grandísima puta… aaahrg, te voy a matar, cabrón. Alana chilló mi nombre desde el suelo. Andrew se tiró encima de mí provocando que la hoz se introdujese más profundamente en la carne, hasta la empuñadura. Sus manos se cerraron como una trampa para osos en mi cuello, asfixiándome. Cada vez apretaba más y más. El pánico que sentía era inhabilitante, pero mi sangre fría se impuso. Mis manos tanteaban el terreno en busca de un golpe de suerte que me sacase de aquella situación límite. Mi mano derecha encontró una piedra de generosas dimensiones. Golpee en la sien con ella al gigante homicida de rubios cabellos, que se desplomó como un muñeco roto al suelo. El ruido que hizo aquel golpe sonó terroríficamente. - ¿Querías matarme, hijo de puta? ¿Eh?! ¿EH?! – Grité- No eres el primero que lo ha intentado, chaval. Me puse en pie como pude. Me dolía horrores, no podía caminar así. Alana lanzó un grito desgarrador. Una bola de puro hielo apareció en mi vientre, cambiando de lugares con el fuego que habitaba mis entrañas instantes antes: Alana se lanzó a auxiliar a Andrew en vez de a mí. - Mharbh thu e! Mharbh thu e! – Gritaba mientras sostenía la cabeza de aquel que hasta hace un momento le había guanteado la cara y tratado como una puta – ¡Le has matado! Intenté dar un paso hacía ellos, pero era desgarrador mover la pierna en ese estado. Me arranqué con un grito de dolor la hoz de la pierna. Salió un chorro de sangre de la herida. Usé un trozo de mi camiseta para hacer un vendaje improvisado. Alana mientras no me prestaba atención, lloraba acariciándole la cabellera a su antiguo prometido. Libre ya de obstáculos, me dirigía a ella. - Alana – le tendí la mano – Alana, vámonos de aquí. No me escuchaba siquiera. Un disparó resonó en el aire y sentí como silbaba un perdigón en el aire, impactando contra el suelo a escasos metros, levantando pedazos de tierra con hierba en derredor. El padre de Andrew, que también estaba presente en la reunión, le había arrebatado la escopeta al padre de Alana. Un sucio español hereje había asesinado a su querido hijo y primogénito, y eso del perdón y poner la otra mejilla no se me aplicaría, al parecer. La rabia le impedía apuntar y disparar con precisión. Se acercaba pegando tiros hacía mí, fallando por muy poco. - ¡ALANA! ¡ALANA – la agarré por el brazo – ¡tenemos que irnos! Alana negaba con la cabeza y se negaba a abandonar el cadáver del joven. Rechazándome. - No. Vete tú. Yo me quedo aquí. Levantó la vista, clavándome los ojos. Y en su mirada pude entender que se acabó. Había cometido el error de mi vida viajando a aquella maldita granja y a aquel maldito, bello pero maldito, país. Mi alma se rompió en un millón de esquirlas. Los perdigones cada vez erraban por menos centímetros su blanco. Sólo pude trastabillar hacía atrás, sin poder apartar la mirada de aquella escena. Alana volvió a atender a aquel maldito. Me caí sobre mis posaderas, completamente abrumando. Me rendí. Alana ya no me amaba, y todo había perdido su sentido. Sólo me restaba morir ejecutado por un vengativo padre. Fue la primera vez que desee poder viajar atrás en el tiempo y haber evitado la reconciliación, y por consiguiente, aquel maldito viaje y el homicidio involuntario. Finalmente el padre de Andrew me tuvo a su merced, levantó el arma y me encañonó. Tenía la boca del cañón a escasos centímetros de la cara. Moriría contemplando la mirada enamorada de Alana, velando el cuerpo del objeto de su amor. - tha e beò! – gritó eufórica – it´s Alive!, tha e beò!, It´s Alive! El joven mormón, con una buena brecha en la cabeza, empezó a moverse torpemente. No estaba muerto, sólo inconsciente. Alana se echó a llorar, abrazando la cabeza sangrante de Andrew. El padre del susodicho bajó el arma y se olvidó de mí, yendo, llorando, junto a su convaleciente hijo. Hubiese preferido que me matase allí mismo que tener que contemplar aquello. Ni los golpes por todo el cuerpo, ni el cuello, ni la herida en la pierna se podían comparar con el sufrimiento que me causaba ver a mi chica, mi brujita, mi amor, mi niña, en brazos de otro. Me derrumbé. Quedé tendido en la hierba, mirando el cielo azul de Irlanda, mientras las lágrimas corrían sin control. Ese día morí un poquito. Resumiré los acontecimientos siguientes, los cuales viví como si estuviese anestesiado. Los recuerdo en tercera persona, como si le hubiese ocurrido a otro más y no a mí. El hermano mayor de Alana, por lo visto, era médico. Nos atendió a ambos, a Andrew y a mí. Me cosió la herida como buenamente pudo. En ningún momento Alana hizo acto de presencia. Una vez tratadas mis heridas, con un inglés lo más sencillo posible me explicaron que no me denunciarían a las autoridades si yo no presentaba denuncia y cogía el primer vuelo de vuelta a España. Pregunté por Alana hasta la saciedad. Me dijeron que me olvidase de Alana, de regresar a Irlanda o de seguir incordiando, en general, con buenas palabras pero con una amenaza velada. Pero insistí en ver y hablar con ella. Finalmente cedieron y me dejaron verla a solas. Alana no me miraba a la cara siquiera. Me dijo que me fuese, que lo nuestro fue bonito mientras duró, que no me olvidaría jamás, ni a mí, ni a mis tíos, ni a nuestros amigos en común, ni los días pasados en Málaga. Que nos guardaría a todos en el corazón y a mí en un lugar de honor, pero que había descubierto que amaba realmente a Andrew. Por más que intenté hacerle entender que un hombre que te golpea no es un hombre, pero fue en vano. Mi Alana, la pervertida mormona que había corrompido y llevado al lado oscuro había desaparecido. Era la pudorosa y beata Alana Nolan, irlandesa y mormona. Futura esposa de un mormón y madre de una piara de mormones. Sé que no era su intención, pero pisoteó mi corazón maltrecho. Se marchó. No quiso siquiera darme un triste beso de despedida, ni siquiera quiso tocar mi mano. Ignoró mis lágrimas y desapareció. No sé qué parentesco tendrían con Alana, pero dos mormones me dieron unos pantalones limpios de mi maleta, puesto que los que llevaba se habían echado a perder. Me cambié de ropa para disimular los vendajes y no tener problemas en el aeropuerto. Me dieron algunas pastillas, analgésicos y antibióticos. Me montaron en un coche junto a mi maleta y la de Alana, y me llevaron al aeropuerto. Fue un viaje que no disfruté en lo absoluto. Lo recuerdo borroso por el chute de analgésicos tan potentes que me dieron. Se aseguraron que tomaba mi avión de vuelta y jamás los volví a ver. Los efectos de los calmantes me duraron hasta casi la mitad de la península. Notaba la pierna hinchada y el dolor era intensísimo. Los analgésicos eran bastante potentes, pero no se podía decir lo mismo de los antibióticos, si es que realmente me dieron alguno. Desembarqué sudoroso y enfebrecido. Me encontraba realmente fatal. Había perdido Alana por gilipollas. Estaba hecho una piltrafa por gilipollas. Estaba sufriendo por gilipollas. ¿Por qué tuve que encapricharme de una jodida mormona? ¿Quién me manda a mí enamorarme de una maldita mormona y extranjera? Regresé cojeando y llorando como un puto imbécil a, ahora sólo mía, casa. Epílogo. Estuve a punto de morir. En vez de ir directamente al hospital a que me mirasen la pierna, fui directo a casa, a tumbarme en la cama a llorar. La herida estaba muy infectada, los antibióticos que me habían dado o eran una puta mierda o eran un placebo. Puede incluso que lo hiciesen a propósito, nunca lo sabré. Acabé ingresado por septicemia durante algún tiempo en el hospital. Me debatí entre la vida y la muerte en varias ocasiones. En ningún momento dejé de lamentar mi suerte y mi perdida. Me quedó una cicatriz bastante curiosa en la pierna, por encima de la rodilla. Aquella hoz no me seccionó ninguna arteria o tendón, dentro de lo positivo, tuve hasta suerte. Una vez en casa, todo me recordaba a ella. Todas las cosas de Alana acabaron en una caja de cartón y siendo donadas, me negaba a deshacerme de ellas, pero mi prima Lorena me instó a hacerlo. Conservarlas sólo me hacía daño. Me había convertido en un zombi que sólo cojeaba lloriqueando por un el amor de una chica irlandesa de rojizos cabellos y esmeraldas por ojos. No he vuelto a saber nada más de Alana. Conservé, eso sí, las fotos de la boda de Clara. Fue lo único en lo que fui inflexible a la hora de deshacerme de todo lo relacionado con Alana. Las conservé al menos un tiempo, por suerte o por desgracia. Las guardé junto al único recuerdo, aparte de la cicatriz de la pierna, que me dejó. Hay veces que me pongo tontorrón cuando bebo ron. No sé qué tiene pero ablanda por dentro, y me da por abrir el viejo baulito, ligeramente calcinado por una esquina, al que llamo “el baúl de los recuerdos” y sacó todas las cosas que ahí guardo. Cuando tengo entre mis manos aquel trisquel de plata que me regaló Alana, no puedo evitar que por mi mente correteen los recuerdos de los campos de Irlanda, la cabellera pelirroja de mi antiguo amor al viento, la resaca del mar de su mirada. Y por supuesto, el cielo azul. Ya no me quedan lágrimas, amigos, que derramar. Borracho, casi siempre, guardo uno a uno los preciados recuerdos en el interior del baúl de nuevo, y beso el trisquel de Alana, la nota y el mechón de pelo de Clara arrugada, La Carta sin abrir de Laura, La Bala de Roxanne, y otros muchos recuerdos. Lo intento, de verdad, intento que salga aunque sea una simple lágrima. Pero ya no puedo. FIN. |
Editado: 23-abr-2025 12:06 -
25-jun-2024 21:55
#6
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Había transcurrido un año desde que Clara y yo terminamos, y releía una y otra vez su última carta manuscrita, incapaz de hacerlo sin llorar. Por aquel entonces, cada noche, antes de irme a dormir, leía su carta una vez más, para quedarme dormido llorando.
En aquel año, 2003 si no me falla la memoria, tenía 19 añitos, me quedaba poco para cumplir los 20. Ay, Clarita, Clara, Clarita. Conocía a Clara de toda la vida, era la vecina de mi sobrino segundo, Juan Alberto. Pasaba un mes todos los veranos en su urbanización, cerca de la playa. Un año, la vecinita impertinente y pesada, dejó de ser una cría y me la encontré hecha una mujer. Una preciosidad. Qué bonito es ser joven, joder. Y qué bonito estar enamorado por vez primera, ¿eh, shures? Cuando pienso en aquellos tiernos años, me pica la cicatriz que tengo por encima del hombro, cerca del cuello. Casi cinco años de noviazgo que dieron para contar muchas historias. Historias de niños, de amores infantiles, con tantas promesas de bajarnos mutuamente la luna y chorradas de ese estilo. Pero no lloraba por aquello. Durante aquellos años, tras la ruptura, lloraba por aquella promesa mencionada. Estaba de moda por aquel entonces “sin miedo a Nada” de Alex Ubago. Canción que le encantaba a Clara, concretamente la versión con Amaia montero. Era NUESTRA canción. Y con nuestra canción nos prometimos amor eterno, morir el uno en los brazos del otro. Tallé en un viejo roble, días antes, los versos que más me gustaban para Clara: “Vencer esas tormentas que nos quieran abatir Centrar en tus ojos mi mirada, cantar contigo al alba Besarnos hasta desgastarnos nuestros labios Y ver en tu rostro cada día crecer esa semilla.” Y la sorprendí con un pequeño almuerzo “romántico” y se lo mostré. Fue un día maravilloso, y como tal lo conservo en mi memoria. Si no os importa, prefiero que ese día quede como algo privado, disculpad si no entro en más detalles. Pero fue una de tantas promesas que hacemos con el corazón, de niños, pero que jamás se cumplirían en la adultez. Y aquello desgarraba mi joven e ingenuo corazón en mi juventud. Pasó un tiempo antes de sentirme con fuerzas para leer pedazo de papel, perfumado en su día, sin echarme a llorar. Había perdido el perfume de tanto aspirarlo, la hoja estaba arrugada. De haberla hecho un ovillo, preso de la ira y el despecho, para volver a desarrugarlo para volverlo a hacer una bola y lanzarla lejos. Una y otra vez la recuperaba. Día a día me obligaba a leerla, a sufrir, a ahondar en las heridas, hurgando hasta sangrar de nuevo. Y cuando, un día, pude acabarla sin derramar una sola lagrima, cuando no me producía más que un leve sentimiento que no lograba identificar, lo superé. O al menos tenía esa creencia. Clara me dejó por quien consideraba un primo, pese a no serlo: Juan Alberto. No fue una liana en el sentido más estricto de la palabra. Ni Juan Alberto lo provocó, pese a estar pico y pala desde que comenzamos a salir, ni Clara me fue infiel jamás. Fue mi culpa, fue la distancia, fue el tiempo, fueron los quehaceres, fue aquella rabieta tonta mía y también la suya, fueron aquellas palabras que lanzamos sin pensar, fueron los susurros de los demonios internos, fue que tal vez, que el amor se acabase. Juan Alberto estuvo ahí cuando no quise o no pude estar yo todas aquellas veces que debí estar. Aún en mis momentos de mayor bajeza moral, cuando golpeaba las paredes del ascensor de mi edificio, preso de una rabia e impotencia indescriptibles, rajándome la piel de los nudillos en el proceso, era incapaz de odiar a mi primo Juan. Cuando de mi boca salían toda clase de improperios e insultos, era incapaz de odiar en el fondo a Clara. Con el tiempo todo aquello lo empujé muy adentro de mi ser: la rabia, la impotencia, los reproches que no pude echarle el cara, la ira homicida, los remordimientos, los celos, los malos deseos. Todo bajo llave. Todo bajo control. Todo sin resolver. Aquello sólo fue incrementar el fuego de una olla a presión. Por el momento iba todo bien, pero un día, años más tarde, explotaría. Arrojándome a los brazos del alcohol, las drogas y los excesos más viciosos. Pero… esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. Esta ocasión es una ocasión para contaros acerca de la cicatriz, con nombre de mujer, que tengo el dudoso honor de lucir en mi muslo derecho. Algún gracioso ha bromeado con que fue el precio que tuve que pagar por robarle uno de sus soldados a Dios. ¿Qué Dios, os preguntareis? ¿Pues a cuál va a ser, hombre? Al Único. Ah, claro, todas las religiones afirman que su Dios (o dioses) son los auténticos y verdaderos, y los del resto son una chuminá. He decidido titular esta pequeña anécdota: El Trisquel Irlandés. Parte 1 Ya había pasado un año y poco desde que Clara y yo terminamos. Ya había terminado mi particular duelo y estaba listo para afrontar nuevas relaciones. Tenía diecinueve años y quedaban pocos meses para cumplir los veinte. Había remendado mi corazón y estaba listo para usarlo de nuevo. Huelga decir que por aquí y por allá hice mis travesuras, como las habrás hecho tú, shur. No me juzguéis muy duramente. Probé muchos labios, toqué muchos culos y algún que otro coño me comí. No lo sabía por aquel entonces, pero buscaba a Clara en todas aquellas chicas. Las usé para llenar el vacío que mi amada Clara me había dejado. Sólo pude olvidarme de Clarita el día que conocí a Alana. Conocí algo tarde el placer que otorgan los libros. Clara me había regalado una vieja edición de IT, del maestro del terror, Stephen King. Y desde entonces, aunque no era mi primer libro leído, empecé a devorar libro tras libro. Por aquel entonces estaba leyéndome un libro que había sacado de la biblioteca Municipal: La Rosa del profeta. Trilogía no muy conocida de las autoras de Dragonlance. Una tarde primeros de Junio, que hacía muy buen día para estar en la calle, estaba leyendo el primer libro de la trilogía de la Rosa del Profeta, “La voluntad del dios errante”. A media lectura una voz, con un característico acento sudamericano, me interrumpió. - Disculpe, hermano, ¿Qué lee? Levanté la vista y me encontré la cara más estereotípica que os podáis imaginar de una indígena americana. La chica no era muy agraciada pero tampoco era fea. Tenía la piel morena, de un tono agradable. Vestía camisa de vestir blanca, perfectamente planchada. Una falda gris que le llegaba por los tobillos. Zapatos de vestir negros y brillantes. En su pecho portaba una plaquita negra con su nombre: Estibaliz Rigoberta Núñez Gibiez. Justo encima se podía leer: Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Osease, mormones. - eeehmmmm… La rosa del profeta… - le leí el título. - y ¿no prefiere leer algo más importante, hermano? – Interpeló la compañera, que salió de donde estaba parada y no la había visto. Era una muchachita de aproximadamente mi edad, tenía un acento muy marcado que no sabía muy bien identificar, parecía una guiri cualquiera más, pero había un algo en su forma de hablar que no parecía inglesa. No obstante parecía guiri: Estaba pálida y hablaba español más mal que bien, pero se esforzaba. Era, a mis ojos, bellísima. Tenía los ojos verdes y el pelo, largo y recogido en una trenza, de un color anaranjado. A día de hoy hubiese pensado: ha sido besada por el fuego. Vestía igual que su compañera. En su plaquita podía leerse: Alana Nolan. Mormona. Me quedé callado, no podía apartar la mirada de aquella pelirroja. Tarde bastante en darme cuenta de que debía de ser, por sus rasgos distintivos, irlandesa de nacionalidad. No sabía que una chica podía ser tan bella y no dolerle la cara. Si en ese instante la imagen de Clara rondaba mi mente de tanto en tanto, acababa de ser aniquilada por completo. Aquella muchacha me había dejado encandilado. Dado mi silencio bobaliconico que mostraba, la joven mormona continuó. Sacó una biblia de los mormones y me la ofreció. - La palabra de Dios es lo único importante en las nuestras vida. Importante es leer que dice Dios a tu corazón. Si tu lee palabra de Dios, él guiará los tu pasos, él amar-te. No recuerdo bien la chapa mormónica que me dio, sinceramente. Ambas se sentaron en el banco en el que estaba. Una a cada lado. Se pasaron como un cuarto de hora soltando soflamas bíblicas que a mí nunca me han importado un carajo, tras hacer la primera comunión. Pero, ay, shures, no podía apartar la mirada de su linda boquita. La manera en que se apartaba el pelo tras la oreja o como le brillaban los ojos cuando me leía pasajes de la biblia. - ¿Cómo te llamas? – fue lo único que atiné a decir. - mi llamo Alana – sonrió afablemente. Era consciente de que se habían presentado antes de sentarse, pero ni lo recordaba siquiera. - Yo me llamo Estibaliz – rezongó la mormona peruana, la ignoré - ¿Cuál es su nombre, hermano? Me presenté ante Alana y le di dos besos. No usaba perfume, simplemente olía a limpio, a puro, no sé explicarlo. Era una muchacha sumamente pura y virginal, sin mácula. Parecía que usase sólo champú y jabón neutrales, sin aromas, para ducharse. Era el paradigma de la inocencia, la castidad y la austeridad. Era una soldado de Dios, en definitiva. Intentaron convencerme para que acudiese a una misa en una iglesia mormónica tras la turra evangelista. - ¿Vas a estar tú, Alana? - Sí, estoy en todos los misas de la esta iglesia. Si tu venir, me ver a mí y a Estibalis. ¿Vendrá esta la tarde a Iglesia, hermano? – Le costaba un poco expresarse en castellano, hablaba lento y le ponía mucho empeño. - Si vas tú, voy contigo. ¿Me das tu número, maja? Me apuntó en un tríptico de la iglesia, donde estaba su dirección y horarios, sus teléfonos de contacto. Se despidieron muy formalmente y se marcharon, a cosechar más almas para su aborrecible secta. Yo me quedé en aquel banco, viendo marchar a aquel Ángel encarnado. Fui incapaz de seguir leyendo tras aquello. Regresé a mi casa y me encerré en mi habitación. Me tumbé en la cama, suspirando. Ojee el tríptico. Aquella misma tarde, en unas horas, habría una misa. No me interesaba ni Dios ni su puta madre, pero quería ver a esa muchacha una vez más. Me debatía entre ir o pasar completamente del tema, pero no podía simplemente dejarlo correr. Si cerraba los ojos podía ver aquellos ojos verdes. No lograba deshacerme de la imagen de aquella mormona, con su cabellera anaranjada, poniéndose delicadamente un mechón tras la oreja. Notaba que mi corazón latía con más intensidad. Volví a mirar el tríptico. La dirección me sonaba bastante. Busqué en el callejero la ubicación de la iglesia de Alana. No tardé mucho en encontrarla, y no andaba muy desencaminado en mi elucubración anterior. Estaba en el barrio de la Roca. Había pasado por delante en infinidad de ocasiones, justo enfrente del centro comercial Rosaleda. Me duché, poniendo especial atención a lo que viene siendo la huevada y el cimbrel. Dudaba que fuese a usarlos, pero nunca de estás demás tener la herramienta presentable. Me vestí casual pero decente. Me atuse el cabello, dejando que mis rizos adquirieran un aire salvaje e indomable. Me perfumé y me dirigí hacía la Iglesia mormónica, “La Iglesia de Jesucristo de Los Santos de Los Últimos Días”. A las ocho de la tarde era la siguiente misa. Llegué puntual. No tenía intención alguna de pasar siquiera la verja de entrada. Me daban escalofríos las sectas. Desde mi posición localicé a la joven que me interesaba. Vestía igual que por la mañana. Parecía tan fresca como entonces. No tenía ojos para nadie más. Estaba rodeada de otros mormones. Poco a poco fueron entrando en las instalaciones de la iglesia. Esperé fuera a que acabasen. Pasada una hora larga terminó la misa. Como borregos guiados por el perro del pastor, fueron desalojando el recinto. Me impacientaba tratando de encontrar a mi mormona, que tardaba en salir. Finalmente pude verla. Hablaba con su compañera peruana, Estibaliz. Esperé a que saliesen por la verja de entrada para hacerme el encontradizo. Tropecé levemente contra su hombro. - ¡Hola! Precisamente te estaba buscando. ¿Cómo era tu nombre? - Alana mei llamo. Me sonrió y sentí que la espera había merecido la pena. - ah, sí, cierto. Creo que he llegado un poco tarde, ¿no, Alana? - sí, un poco, ya acabó la misa de las ocho, hermano. Estibaliz intentó meter baza, pero fue brutalmente ignorada. Alana me miraba sonriente. Su compañera no se despegaba de su vera y eso me encabronaba bastante. No captaba la indirecta, por mucho que me dirigiese siempre a su amiga guapa. - vaya, que lastima. ¿Sabes? Es que no daba con la Iglesia. Nunca he estado por este barrio. ¿Vives por aquí cerca? - Si, vivimos aquí en la Roca – pronunció roca con una erre débil. - Bien, entonces, podrías enseñarme el barrio. Hacerme de guía. ¿Estás libre ahora? Podemos dar un paseo y contarme batallitas de la biblia. Alana abrió la boca para hablar, pero fue interrumpida por Estibaliz, la “corta rollos”. - Ay hermano, ahora mismo andamos bien ocupadas, fíjese. Por favor vuelva mañana y pase con nosotras a la Misa. Le esperamos con ganas. – dijo con una sonrisa más falsa que un euro de madera. Alana no pudo menos que disculparse y rechazar mi petición. Intuía que posiblemente, de no haber intervenido aquella maldita compañera de misión, hubiese aceptado pasear conmigo. Me sentía sumamente frustrado. Se fueron las dos juntas, cuchicheando entre sí. Las vi marcharse hasta perderlas de vista, luego, sin prisas, regresé a casa. Al menos había logrado hablar con ella, pensaba mientras arrastraba los pies, mirando al cielo. Durante los días y semanas consecutivas fui regresando a la misma hora a la Iglesia, para poder cruzar algunas palabras con Alana. Me inventaba escusas peregrinas para justificar que había llegado tarde a la misa. Las primeras eran algo creíbles, pero llegó un punto en que eran totalmente inverosímiles. Alana siempre me recibía con una linda sonrisa, era extremadamente educada. Y cada tarde, Estibaliz, rompía toda estrategia que preparaba para separarla de ella y tener unos momentos de intimidad. Ni una sola vez conseguí arrancarla de su lado. Empezaba a odiarla de verdad. Alana cada vez se desenvolvía mejor con el idioma. Creo que de tanto escucharme hablar, mejoró bastante su uso del castellano y los modismos propios de mi tierra, Málaga. Aquellas fugaces charlas, que lograban sacar un gesto de fastidio a Estibaliz, me daban la vida. Ya no me pasaba las horas recordando a Clara, rememorando las ocasiones más bonitas o reviviendo los malos tragos y los baches de nuestra relación amorosa. Ahora sólo deseaba que llegasen las nueve de la tarde noche para encontrarme con Alana. Vivía por y para recibir una de sus sonrisas. Una de aquellas tardes, en la que más convencido estaba de que iba a fracasar de nuevo y que Estibaliz dinamitaría cualquier intento de acercamiento a su hermosa compañera, ocurrió el milagro: Estibaliz aquella tarde no estaba con Alana. El corazón me latía rapidísimo aquella tarde. Ese momento está grabado a fuego en mi memoria y lo recuerdo todo como si fuese a cámara lenta, con un filtro sepia. Temía que aquella mormona peruana, que me tenía una tirria terrible, que apareciese entre la multitud de borregos. No la vi por ningún lado. A quien si vi fue a Alana, que en cuanto me vio, como era costumbre, me sonrió. Aquella vez su sonrisa se ensanchó notablemente. Estoy seguro que ella también ansiaba aquellos momentos tarde tras tarde. La abordé en cuanto terminó de despedirse de aquella panda de tarados aborregados. - ¡hola! , ¡Buenas tardes, Alana! - Hola, ¿hoy que te pasó? ¿Qué historia rocambolica me vas a contar? – rió suavemente, colocándose un mechón tras la oreja de forma deliciosa. Por fin confirmé mis sospechas: A Alana le encantaba mi compañía y mis peroratas fantasiosas. - Es “rocambolesca”, no rocambolica – asintió tomando buena nota- Hoy no tengo escusa, Alana. Quería verte, nada más. - Aquí estoy entonces. - Ya sé que te lo pregunto todos los días y todos los días me mandas al carajo, pero… ¿Quieres dar una vuelta conmigo? - Sí, me gustaría mucho. Y sonrió como nunca, y en mis recuerdos todo vuelve a reproducirse a una velocidad normal. Todo se tiñe de color y de un brillo nostálgico. Me tomó del brazo y juntos nos marchamos calle abajo. Sin su particular cancerbero, Alana estaba libre para pasear a donde quisiese. No cabía en mí de dicha. Casi podía sentir que volaba. Casi. Justo aquí empezó nuestra idílica y trágica historia de amor. Disculpadme si me pongo tontorrón, shures. No sé si sabéis como se siente uno, siendo joven y teniendo del brazo a una chica como Alana, que parecía sacada de un viejo cuento irlandés. Continuara… |
25-jun-2024 22:03
#8
Editado: 25-jun-2024 22:44 -
25-jun-2024 23:27
#23
| te refieres al de los Amish, en el que Erl y el hermano ligaban con las chicas Amish cuando salían al mundo exterior a probar la vida normal? |

