la boda más surrealista a la que fui invitado.

dark_harley
Forjador de historias
#1
Como ya viene siendo costumbre, en un hilo abierto sobre cosas tristes vistas en bodorrios, varios me pidieron que contara lo vivido en la boda más surrealista, cara, alocada, etílica y bochornosa a la que he acudido.


Pongo aquí los resumenes que más gracia me han hecho, gracias a los shures correspondientes:

Cita de Knox.Capote
La historia narra cómo Laura, la pareja del narrador, lo involucra en la organización de la boda de su prima Eugenia, lo que provoca una serie de situaciones cómicas y estresantes. A pesar de las diferencias socioeconómicas y las tensiones iniciales, se describe el caótico proceso de planificación y las dinámicas familiares en la elegante finca burgalesa. Finalmente, el narrador reflexiona sobre las dificultades y peculiaridades de las relaciones y eventos familiares, incluyendo la llegada del peculiar novio Isidoro.

Cita de Efectop
Resumen ChatGPT, de nada:




En "Mi gran Boda Burgalesa", el narrador describe con humor y desdén cómo se ve envuelto en los preparativos de la boda de la prima de su novia Laura, Eugenia. Laura, obsesionada con la perfección de la boda, arrastra al narrador a interminables tareas de organización que lo agotan. La ceremonia se celebrará en Burgos, lejos de sus orígenes sevillanos. La descripción del viaje y las desventuras del narrador y Laura reflejan tanto el caos como la diversión que acompañan a la planificación de un evento tan grandioso. Finalmente, la llegada del novio, Isidoro, provoca una reacción de incredulidad por su fealdad en contraste con la belleza de Eugenia, previendo más complicaciones en el evento.


Empezó una odisea de preparativos, con Laura encargándose de todo y yo siguiéndola a regañadientes por toda España, buscando el lugar perfecto para la boda. Visitamos un montón de lugares hasta que Laura se decidió por una finca en Burgos, lo que a mí me parecía un sinsentido porque toda la familia era de Sevilla. Al final, la finca era realmente bonita y estaba llena de viñedos, lo cual me hizo pensar que quizá no sería tan malo después de todo.


El día que salimos hacia la finca, Laura tuvo un problemilla digestivo que resultó en un pedo con sorpresa. Nos retrasó un montón porque tuvo que volver a casa a cambiarse, y al final terminamos yendo en mi coche. Llegamos tarde, pero a tiempo para ver a mi familia. Mi sobrina Felicia estaba encantada de verme, y yo de verla a ella. Todo parecía ir bien hasta que llegó la pareja de novios. Eugenia era bellísima, pero su prometido, Isidoro, era de lo más feo que he visto en mi vida, y encima con una actitud bastante desagradable.


Durante el tiempo en la finca, me dediqué a jugar con Felicia y tratar de evitar la locura de los preparativos. Laura y Sofía, la hija del dueño de la finca, se hicieron amigas y se encargaron de todos los detalles. Mientras tanto, yo no podía evitar sentir que algo iba a salir mal. Todo el ambiente estaba cargado de tensiones y pretensiones, especialmente con las familias aristocráticas y adineradas alrededor.


En resumen, fue un lío total desde el principio, con momentos incómodos y algunos bastante divertidos. Aunque tenía la sensación de que las cosas solo podían empeorar, traté de mantenerme al margen y disfrutar lo más posible de los buenos momentos, especialmente los que pasé con mi sobrina.[/QUOTE]





Esta pequeña anécdota, por llamarlo de alguna forma, me ha dado por titularla:










Mi gran Boda Burgalesa


Todo comienza como todas las malditas bodas a las que todos hemos acudido: Con tu churri, histérica, contándote que Fulanita o Menganita se casaba. Mi caso no fue muy diferente.




Estaba tirado en el sofá de casa de por aquel entonces mi pareja. Laura (nombre no real por obvias razones), irrumpió en el salón, semidesnuda, con el móvil en la mano y las tetas rebotando.




- ¡Cariiii, que Eugenia se nos casa!



- ¿Eugenia? Por el amor de Dios, ¿eso es un nombre o una maldición gitana?




Me llevé una colleja un poco demasiado fuerte para mi gusto. Normalmente su reacción a mis coñas es obsequiarme con una hostia delicada, a modo de juego tontorrón. Pero aquella guantá a mano abierta me picó de verdad.




- No seas burro… Esto es serio.



- Pero joder, si es verdad. Flaco favor le hicieron sus padres con semejante nombre d´abuela.



Saltó encima de mí y me puso las tetas en la cara. La muy cerda sabía muy bien como callarme. Aprovechó que me tenía ocupado, como a un gato al que le lanzas un ovillo de lana, para contarme aquel chisme.




- Mi prima se casa dentro de tres meses, y ¡nos ha invitado a la boda! ¿Te imaginas?, seguro que es una boda preciosa…



Ya estaba bajándole los vaqueros para hacer travesuras cuando me detuve en seco.



- Espera… ¿dentro de tres meses has dicho?



- Si, en Junio. ¿Por?



- Lo siento nena, pero yo no puedo ir. Tú no puedes ir. ¿Recuerdas? Tenemos el viaje a Bali.



- Pues lo cancelamos. NO puedo perderme la boda de mi prima, y tú vienes conmigo.



- Perderemos la fianza, reina. Bueno, la vas a perder tú, que eres la que lo paga, chica.



- Bah, me la pela, cari. Por mil cochinos euros no me pienso perder el acontecimiento de la temporada.




Resoplé en su abundante melonar. Laura era una pija tetona de buena familia, con buenos dineros, y aunque desde que estábamos juntos no me ha dejado nunca sacar la cartera, me molestaba un poco el desprecio con el que trataba el dinero. Para ella el dinero va y viene, no posee valor más allá de satisfacer sus deseos más inmediatos.




No me malinterpretéis, que ella fuese rica (no asquerosamente, pero casi) había sido un accesorio en nuestra relación. Laura me gustaba bastante, era buena gente y compartíamos muchos gustos en común. Lo que me sedujo de ella, aparte de su buen par de tetas, fue que lograba sacarme alguna que otra carcajada sincera. Con el tiempo entendí que había confundido su innato poco seso con sentido del humor. Vamos, que era más tonta que una piedra.




Pero la quería. Yo para ella, sospecho, era como la película de la Dama y el Vagabundo hecha realidad. Era muy tierna. También era atroz cuando se enfadaba, lo cual pasaba muy pocas veces. Su ineptitud y fragilidad sacaban mi lado más tierno y sensible, vamos, mi instinto de macho protector echaba humo a su lado.




Aquí diríais que lo que buscaba o necesitaba Laura era un padre. Puede que tengáis razón. Era su puto padre, pero por un diablo si no lo disfruté como un enano.




Cuando me contó los planes de boda de su prima Eugenia Margarita Robles Salcedo, cada segundo de nuestras vidas desde entonces y hasta que se celebraron las nupcias, fue un auténtico coñazo.




Mi chica se ofreció a organizarlo todo. “será como un ensayo para la nuestra, cari” dijo innumerables veces durante los cientos de viajes que pegamos de un lado a otro, visitamos decenas de posibles ubicaciones para el banquete. No sé cuántas iglesias y catedrales nos pateamos en busca de la acústica perfecta. Ni recuerdo cuantas malditas floristerías en busca de los centros de mesas, la decoración, el ramo de la novia, etc. Y ya ni hablar de todos los pequeños detalles que nos llevaron a conocer todas las empresas dedicadas a las putas bodas de los cojones.




Cada maldito detalle de una boda, os lo juro, pasó por nuestras manos. Al principio puse mi mejor voluntad en ayudar a mi pareja. Incluso las treinta primeras veces que dijo aquello de que sería un ensayo para la nuestra, me lo creí. Después, el hastío y el cansancio hicieron mella en mí. ¿Qué queréis que os diga? Acabé hasta la polla. Vosotros hubieseis acabado igual.




Finalmente nos decidimos, bueno, ella se decidió, por celebrarlo en Burgos. Toda la familia era de Sevilla. ¿Qué coño pintábamos todos en Burgos?




- Cariño, en Burgos sólo hay Morcillas y quesos insípidos.



- Ay, no seas tonto, cari. Me han dicho que hay un lugar es-pec-ta-cu-lar en una finca de allí, ya verás cómo te gusta.




Y me gustó, la verdad. Era en una finca fantástica, lleno de viñedos. Mi tierra es famosa por los Olivos. Pero me impactó ver tantos viñedos en un solo lugar. Mi humor mejoró bastante, posiblemente allí acabase mi interminable periplo por España, en busca del banquete perfecto.




- Bienvenidos a la Finca Torremilanos.



Apenas pude contener la risa que brotó de mis labios de forma instantánea. Laura me dio un discreto codazo.



- ¿Cuántos anos dice que tiene?


- ¿perdón?



- Qué cuantos años dice que tiene, la finca, digo.


- Ah, sí, disculpe. Tiene una historia de más de 300 años, la casa principal data de la época…



Deje de escuchar la catarata de datos que manaba de la boca nuestra guía. Laura asentía y se maravillaba con lo hermoso del paraje y las cifras que bailaban en la boca de la chica. A mí todo aquello me la repampinflaba enormemente. De vez en cuando me echaba una mirada furiosa. Sus ojos me decían que ya hablaríamos luego.



La visita acabó con una magnifica cata de vinos. Yo escupí el vino, pues tenía que conducir de vuelta, pero Laura se pilló una buena curda. Cuando se emborrachaba era muy divertida. A día de hoy pasaría bastante bochorno en público, pero en aquel entonces era todavía un jovenzuelo y me daba igual todo.




La guía, que resultó ser la hija del dueño, trabó amistad con Laura. Ambas eran unas pijas insufribles. Dios las cría y ellas se juntan. Acabó también un poco perjudicada. Tras varias horas de cachondeo a mi costa, Laura y Sofía se despidieron. Sofía nos prometió que supervisaría la boda personalmente. Se quedó dormida allí mismo, sobre la mesa que habíamos compartido en la terracita que daba a los viñedos.




Laura se sintió traviesa y acabamos montándonoslo allí mismo, con su nueva amiguita a escasos metros. Sobria jamás se le hubiera ocurrido semejante cosa, pero cuando bebía se volvía una mujer muy atrevida y sin vergüenza. ¿Y que os voy a decir? A mí, lo que me iba de verdad era la marcha. Tenéis que probar a follar delante de una persona dormida, el riesgo a que os pillen es sumamente excitante, amigos.




Regresamos a Sevilla aquella misma noche. Laura se quedó dormida casi nada más salir de “la finca de los mil anos”, cosa a la que me tenía acostumbrado. No tuvimos mayor percance y de mejor humor no podía estar, entre el polvazo de hace un rato y que por fin se había decidido por un lugar donde celebrar el banquete, no cabía en mi de gozo.




Parte 2




El tiempo pasó raudo y veloz. Pensaba que no tendríamos tiempo suficiente para tener hasta el maldito último detalle listo, cuando antes de que me diese cuenta, todo estaba atado y bien atado.



La lista de invitados era bastante grande. Más de 300 invitados, la mayoría por parte de la Novia. Por petición mía, expresa, invitamos también a mi sobrina Felicia. Laura compartía el gran cariño que yo le profesaba a aquella pequeñaja. ¿Qué menos, no? Ya que me han tenido durante tres meses con prisas para organizar aquella boda, apresurada y corta de tiempo, que menos que pueda traer a mi sobrina. ¿No? Para mí es como si fuese mi hija. Además, habría monitores y animadores infantiles, muchas actividades por realizar y hasta tenía una sorpresita para los más peques. Por extensión invitamos a sus padres también. Mi hermana no dejaría que me llevase a la niña a 800 kilómetros de distancia. A cambio de incluir a mis familiares en la lista de invitados, yo me encargaría de los críos y de organizarlo todo. Busqué una empresa de entretenimientos infantiles: tenían de todo, animalitos de granja, castillos hinchables, pintacaras y ¡hasta un payaso! Que además hacía magia de cerca.


Eugenia Margarita iba a contraer nupcias con un tal Isidoro Cabestrante Ordoñez. Por boca de mi querida Laura me enteré de que los Cabestrante Ordoñez una vez formaron parte de la aristocracia local. Cuando todo era campo y los andaluces éramos poco más que esclavos en los cortijos, los Cabestrante y los Ordoñez eran los dueños y amos. Los señoritos.



Con el tiempo fueron en decadencia, la unión de ambas familias, que pretendía poner fin a ese proceso, sólo lo aceleró. En la actualidad eran un puñado de muertos de hambre, que se habían estado casando entre primos para retener la poca tierra que les quedaba. Isidoro era el único hijo que habían podido mantener con vida hasta la edad adulta. Todos sus hermanos, tanto mayores como menores, o bien murieron en el parto o en algún momento de sus infancias. Es lo que tiene la genética.



El caso es que la familia de Laura fue un caso a la inversa. Sus antepasados eran los sirvientes más lamebotas del cortijo. Obviamente no me lo contó así, pero es mi deducción tras ver ciertos documentos y fotos de la época. Sus familiares eran serviles, pero no unos idiotas. Se fueron haciendo de oro con el tiempo. Supieron levantar buenas empresas que les dejaron buenos dividendos y fueron adquiriendo propiedades que se revalorizaron con el tiempo. Entre ellas, muchas hectáreas de los Cabestrante Ordoñez. Eran dueños de los cortijos ahora. Pasaron de ser los vasallos a ser los amos. Si fue una especie de venganza o sólo pura especulación inmobiliaria y una tremenda casualidad, nunca lo sabremos.



Lo que si sabemos con certeza es que Isidoro había conquistado el corazón de Eugenia en la universidad Complutense de Madrid. Estudiaban ambos Derecho cuando se conocieron por casualidad. Y desde entonces mantuvieron un romance idílico.



La boda duraría 3 días. La iglesia elegida, por cercanía, fue la Santa Iglesia Catedral Basílica Metropolitana de Santa María, en Burgos. La idea de Laura era pasar un día en la finca, retocando los últimos ajustes mientras las familias de los novios confraternizaban. Al día siguiente la ceremonia en la basílica y regresar para celebrar el banquete y la fiesta posterior, que se alargaría hasta la noche y la madrugada. El día siguiente era para descansar y curar resacas, tiempo de relax y calidad. Los novios al medio día partirían rumbo a Hawaii, donde celebrarían la Luna de Miel. El resto de los huéspedes, como suele decir, cada mochuelo a su olivo.



La cosa empezó mal. Salimos tarde por culpa de un mal pedo. Y menos mal que cogimos su coche en primer lugar.



Cuando, después de horas de andar para arriba y para abajo con las maletas y los bártulos, finalmente nos montamos en el coche, hubo un problema. Laura es de esas mujeres que cuando tiene algo que hacer muy importante, tiene problemas digestivos. Nada más meter la llave en el contacto, un pequeño cuesco de princesa se pudo oír con claridad. A ver, somos adultos, no me dan asco los pedos de mi pareja. La fase del pudor y la vergüenza hacía tiempo que la pasamos. Uno no se siente en una relación de verdad si no te puedes tirar un peazo de peo con tu pareja delante, y ya es amor de verdad si te pees en la cama y ambos os metéis bajo las mantas para compartirlo. Pero aquel no era un pedete cualquiera. Me miró horrorizada.



- Cariño, cielo… bájate…


- ¿qué? ¿Pa qué?


- Bájate, por favor.


- ¿Que dices, Laura? Venga que vamos justitos de tiempo, nena. Arranca ya, cohone.


- Q-U-E T-E B-A-J-E-S, ¡COÑOYA!



Al mover un poco la pierna me llegó el olor de un claro pedo con pegatina que se le había ido de las manos. Su cara era un poema de Machado, tan manchado como dejó el asiento del piloto. Estaba terriblemente colorada y a mí me dio la risa floja mientras me apeaba del vehículo.



Empezábamos bien el día, sin duda.



Rápidamente volvió a casa a cambiarse mientras yo sacaba todos los enseres y los metía en mi coche. La risa no me duró mucho en cuanto me puse a pensar que no nos daría tiempo a limpiar aquel estropicio escatológico y llegar a tiempo para recibir a los invitados, entre ellos mi hermana, mi cuñado y mi sobrinita. Cuando bajó le expuse el problema. Lo zanjó como suele zanjar la mayoría de problemas: mandando a otro a golpe de talonario.



- Luego mando a alguien a recoger el coche y lo lleve a limpiar, no te preocupes. Vámonos ya.


- Tú mandas, jefa. Nos montamos en mi coche. No era ni tan elegante ni tan caro como el suyo, pero nos valdría para llegar, que para mí era lo importante. Para Laura era una humillación aparecer delante de su familia y allegados en semejante tartana. Y eso que estaba recién pintado y pulido, pagado por ella.


- Y oye, de esto ni una palabra a nadie. ¿Eh? – estaba realmente hermosa así, avergonzada y frágil – por favor te lo pido.


No pude reprimir una sonrisa socarrona. Me daba algo de pena verla así, sacaba mi instinto protector.


- ¿Ni una palabra sobre qué? – Laura suspiró aliviada.



Si por alguien sentía verdadera lástima y pena era por aquel desgraciado que tuviese que recoger el coche de mi parienta, con la “sorpresita” en el asiento del piloto y con las calores de Junio. Y todo cerrado a cal y canto, y bajo un sol de justicia. No me gustaría estar en su pellejo.


Pillamos un poco de tráfico camino a Castilla y León, pero una vez pasado Madrid la cosa fluyó con más libertad. No obstante llegamos tarde.


Cuando nos bajamos del coche, la primera en saludarme fue mi pequeña sobrina. Vino corriendo de entre las faldas de su madre para abrazarme la pierna con efusividad.


- Titooooooo – y enterró su cara entre mis piernas.


- Felicia, bonita. ¿Me has echado de menos, granujilla? – Hacía meses que no nos veíamos y quien realmente la extrañaba había sido yo.



La cogí en brazos y la alcé al cielo. Felicia tenía 6 años en aquel entonces, iba vestida con un mono vaquero infantil, con motivos de animales de granja bordados. Estaba relativamente bien peinada, para las horas que eran. Era una niña muy enérgica, poco le solían durar los peinados que le hacía su madre. Cuando lo recuerdo me sorprende como cambia la gente, pues a día de hoy, Felicia, es una chica muy presumida y vanidosa.



Después de abrazarme y llenarme la cara de babas, la baje al suelo y abrazó con la misma efusividad a Laura.


- ¡Tita, tita!


Laura quería mucho también a mi sobrina. Mucho. Con locura. Y era un amor reciproco. No es por fardar, pero mi sobrina, pese a su corta edad, era de esas personitas que saben ganarse a los adultos y metérselos en el bolsillo. No había ser humano en este planeta incapaz de resistirse a su natural carisma.



Los botones metieron nuestras cosas en la habitación que teníamos reservada para nosotros. Sólo estábamos alojados allí los más allegados, el resto llegarían mañana para la ceremonia en la iglesia y el banquete. La inmensa mayoría eran huéspedes en otras fincas cercanas, quien se lo podía permitir, o en la ciudad. Teníamos la finca para un selecto grupo de invitados.



Mientras Laura jugaba un poco con Felicia, terminaron de llegar los rezagados. Charlaban amistosamente entre ellos mientras los botones trajinaban con maletas y artículos varios. Laura se excusó un momento, con la niña en brazos, para recibir a los parientes de ambas familias.



Mi cuñado y mi hermana estaban fascinados con todo aquello. Somos de origen bastante humilde y aquellas remilgadas pijas nos eran ajenas. Les recordé que disfrutaran de todo aquello, pero que no se notase demasiado que estaban impresionados. No por orgullo de pobretón ni por querer aparentar estar acostumbrado a tales finezas. Si algo me repateaba los cojones era como la familia de Laura me miraba algunas veces.



No había desprecio, no lo habría tolerado. Pero se pavoneaban y se volvían muy condescendientes si te notaban fuera de lugar ante tanto lujo y finura. Y más arrogantes y condescendientes se volvían, presumiendo de posesiones materiales para dejarte estupefacto. Y eso lo odio. Y no quería que mi familia fuese víctima de su altanería, porque si se atrevían a hacerle eso a mi sobrina, no respondía de mis actos. Y Laura estaba al tanto.



Sofía se reunió con Laura en cuanto terminó de organizar el servicio de botones. Tenía estilo y elegancia, manejaba su plantilla como un director de orquesta con su batuta. Era bastante guapa y agradable. Laura me entregó a la niña para atender el bodorrio que tenía entre manos.



- ¿quieres ver a los ponis?


- si si si si



Aquella era una boda family friendly, como se decía por aquel entonces. Los niños no eran unos apestados de la sociedad y por norma general, estaban mejor educados que las larvas de hoy en día. Nos habíamos preocupado de que los nenes estuviesen bien atendidos durante toda su estancia allí. Había ponis y animalitos de granja, castillos hinchables, mesas y sillas adecuadas para los diferentes rangos de edades, menú infantil, una horda de animadores infantiles y hasta un Mago Payaso. Había insistido personalmente en ello, tenía que haber algo de magia. Por ahora sólo estaban los animalitos de corral en la finca, los castillos sin inflar y el resto de la parafernalia, hasta mañana a primera hora, cuando estuviésemos todos en la iglesia, no llegarían. Estaba todo pensado para que estuviesen listos para recibir a los críos nada más poner el pie en la finca, para poder beber y comer en completa calma y tranquilidad.



Y menos mal que los niños pasaron aquel evento catastrófico bien lejos del epicentro, pues no me extrañaría que alguno hubiese acabado con algún trauma que arrastrar hasta la tumba.



Pero para trauma el mío en cuanto la pareja de novios llegó, por fin, a la finca, y se bajó el futuro marido.



No he visto ser humano tan feo en mi puta vida como Isidoro Cabestrante Ordoñez, y mira que no me considero precisamente un tipo guapo, pero lo suyo era una fealdad hecha con maldad. Una fealdad tan horripilante como tan bella y delicada era Eugenia, que feo sólo tenía el nombre.



Eugenia era un Ángel. Se parecía mucho a mi novia, dado su parentesco, pero era guapa a rabiar. No me cabía en la cabeza como semejante monumento se iba a emparejar con semejante orco de Mordor. Tenía un porte y una elegancia innatos, en su caminar podía notarse nobleza y dignidad. Su mirada era clara, limpia y sincera. Su voz te arrullaba como un arroyo de montaña. Su presencia opacaba por completo la de Isidoro, a su lado, era invisible. A pesar de su andar zafio y desigual, su risa histriónica y su mala baba, que de por si llamaban la atención, pasaba desapercibido al lado de semejante obra de arte que era Eugenia.



Laura y Sofía se acercaron a la pareja. La mirada de baboso que le dedicó Isidoro a Sofía me puso la piel de gallina hasta a mí. Me alejé de aquel lamentable espectáculo y dediqué un buen par de horas a jugar con Felicia y los ponis. La cosa había empezado mal desde el minuto uno y algo me decía que la cosa sólo podría empeorar. Me picaba la nariz y eso significaba que iba a haber movida. Ya te digo que si la hubo.



Parte 3



La tarde bien. Almorzamos algo bastante ligerito, una sopa fría de cuyo nombre nunca recordaré, pero estaba rica. Enfrenté se sentó Don Emiliano Salcedo Cifuentes, que tenía una expresión perenne de estar oliendo un pedo. Cuando yo rondaba cerca esa expresión se acentuaba. El sentimiento era de mutuo odio. Y ah, era el padre de mi chica, Laura.




Tenía la mala costumbre de no dirigirse directamente a mí. No era digno de recibir su completa atención. Yo me hacía el sueco, pero tenía mis pequeñas venganzas. En el transcurso de aquella velada tendría una buena satisfacción.




- Laura, querida, ¿Qué tal el trayecto?, ¿Has tenido algún percance con tu vehículo?


- Bueno papá, verás, no lográbamos arrancar el coche está mañana, ¿verdad, cariño?


- Sí, sí. La verdad es que aquello me olía bastante mal, Don Emiliano – un pellizco bajo la mesa me hizo recordar mi promesa – Miramos los manguitos, la batería, el condensador de Fluzo, ya sabe usted, Don Emiliano, que casi siempre suele ser el condensador de Fluzo… pero nada. Muy raro. Así que hemos venido en mi humilde transporte.


- Ay querida, que vicisitud la tuya, tener que rebajarte a viajar en semejante esperpento. De seguro que ha sido muy duro realizar tantos kilómetros así. Deberías de haberme llamado y te hubiese mandado a buscar en un “transporte” digno, querida.




Laura me agarró la rodilla con firmeza, sabía que por mi boca saldría algo desastroso. Me contuve.




- No papá, aunque no lo parezca el viaje ha sido un paseo muy cómodo. Y dejémoslo así, ¿quieres?




Seguimos degustando la sopa en silencio. Nuestra conversación había sido seguida con deleite para la inmensa mayoría de comensales, que no sabían que decir ahora que se había hecho el silencio. Sólo se oía el sorber delicado de aquellas gentes de finos paladares. Luego nos pusieron una dorada al horno a las finas hierbas con no sé qué pollas deconstruida, una especie de espuma sanguinolenta que me negué a tocar con mi tenedor para el pescado.




Mientras luchaba para no quedar en evidencia por mi falta de “modales” en la mesa, tratando de comer la dorada antes de que se enfriase, vi algo que me hizo sonreír. Los camareros fueron dejando en la entrada del salón principal unos carritos con los postres. Eran platitos diminutos con un pequeño dulce. Una pequeña muestra de los pequeños entrantes y chucherías que servirían durante la boda.




Era una delicada crema a base de boniatos y fresas, servidas sobre una pequeña tartaleta horneada a mano, coronada con una pequeña flor de nata, servida frente al comensal por un camarero experto en repostería. Una maravillosa idea había nacido en mi cabeza.




Me disculpé educadamente, me levante y excusándome, desaparecí. Me dirigía al baño. Los familiares y allegados más próximos ya casi habían dado buena cuenta de la Dorada, era el momento ideal. Al pasar cerca de los carritos de los postres, escamotee una cucharilla. Una vez en el baño me pasé toda la superficie de la cuchara por la huevada, me saqué brillo al escroto a base de bien. El viaje me había sudado bastante los bajos fondos, y no os negaré que Don Emiliano me había calentado los cojones. Con aquella cucharilla me los enfrié.




Regresé justo cuando los camareros iban sirviendo los postres, un camarero por carrito. Apenas si cabían 8 platitos por carrito y camarero, así que el flujo de personal era incesante. Agarré por el hombro a uno de los camareros que estaban por salir al salón, le enseñé un billete de 100 euros y la cucharilla.




- eh, chaval. Esto es tuyo si le pones está cucharilla a Don Emiliano, el que tiene cara de estar oliendo mierda, ¿estamos, sosio?




El joven camarero cogió la cucharilla con habilidad, sonriendo. Era de los míos. Me guiño el ojo y agarró el billete con soltura.




Pude ver como ponía delicadamente la cucharilla en un platito, movía el carrito con diligencia hacia la mesa. Fue sirviendo platitos, y para Don Emiliano, el platito de marras. En ese momento volví y me senté a la mesa. Don Emiliano era un gran fan de los dulces. Su cara avinagrada cambió por una sonrisa picarona en cuanto le pusieron aquella golosina delante.




Un camarero, más viejo que Matusalén, con un sifón de nata montada, haciendo florituras en miniatura en cada dulcecillo. Detrás iba un chaval espolvoreando un poco de canela en cada floritura. Don Emiliano parecía un niño pequeño entusiasmado con su primer helado del verano. El muy canalla tendría una probadita de lo que se hija degusta cada día en casa.




Una vez servido y listo para ser devorado, Don Emiliano tomó la cucharilla y la introdujo en la nata. Se llevó la cucharilla a la boca, la cual retuvo en su boca, chupándola con fruición desmedida. Degustaba cada pequeño bocado en mitad de un éxtasis religioso. Saboreando la cucharilla como si se le fuese la vida en ello.




Estaba disfrutando aquello como un enano. Todos estaban absortos en sus respectivos postres como para fijarse en que yo ni siquiera lo había tocado.




- Vaya, Don Emiliano, no sabía yo – mentira, lo sabía de sobras – que era tan aficionado a la repostería.


- Querida, este petit soufflé pas cher es exquisito, ha sido una elección sublime.


- Gracias, papá


- ¿Quiere usted el mío, Don Emiliano? Estoy lleno y no me entra esta delicatesen.- deliberadamente toqué mi cucharilla y la aparté del plato.




El viejo hijo de mil hienas miró el platito indeciso, en su mirada podía ver como se debatía entre su Gula y su desprecio por mi persona. Finalmente, tomó mi pequeño dulce y lo colocó frente a sí.




- Muchas gracias, Querido. Un detalle por tu parte.


- No hay de qué, Don Emiliano. A fin de cuentas somos familia – agarre la mano de su hija por encima de la mesa, entrelazando los dedos – lo que sea por la familia.




Su cara se tensó un poco, pero la expectativa de otra ración dulce no le dejó avinagrarse de nuevo. Volvió al ataque, devorando la pieza con una fruición exquisita para mis sentidos. Me sentía como Antonio Banderas en “Asesinos”.










Aquello me dejó un buen sabor de boca que me duró toda la tarde. A la hora de la siesta acostamos a Felicia en una pequeña camita supletoria en una de las habitaciones. Una vez que la pequeñaja se había quedado frita, agarré de la mano a Laura y nos encerramos en nuestra habitación. No entraré en detalles, pero os podéis imaginar con que ganas la puse a 20 uñas, tratando de hacerla gritar, con la esperanza de que su padre pudiese escucharla con total claridad.




Acabé hecho polvo, destrozado. Me costó un poco recuperarme de semejante sesión de sexo. Joder, os recomiendo que folléis por despecho y con odio acumulado. Es muy satisfactorio.




- Tu padre es un gilipollas.


- Oye, sin faltar – me dio un suave puñetazo en el hombro – Si te sirve de consuelo así ha tratado a todos los novios que he tenido.


- Ya lo sé, cielo, pero eso no lo hace menos gilipollas. Me pego una ducha y me voy con la niña, que está que no caga con los ponis. ¿Vienes luego, guapa?


- Déjame un rato aquí, que me has dejado reventá, jijiji. No sé qué te ha pasado hoy pero uff. Vaya empotrada, hijo.


- jeje, no sé, supongo que el aire del campo es afrodisiaco o quizás sea la boda, que me tiene eufórico


- Ay si, seguro que es por la boda, a mí me pasa igual, jiji.




Era muy tierno su falta del sentido del sarcasmo. Me acerqué a ella y le di un pico. Me metí en la ducha y para cuando salí, Laura estaba profundamente dormida. La tapé con una de las sabanas ligeras de la cama. La miré con ternura, en mi fantasías me veía con ella en el futuro, con un par de churumbeles revoltosos y sin dejar de quererla en todos aquellos años. Y con aquella tontería en la mente me fui vistiendo.




Al salir de la habitación me encontré con Sofía, que me dedicó una afable y muy profesional sonrisa.




- Buenas tardes, espero que encuentre agradable su estancia por ahora en nuestra Finca.


- Si, si, maravilloso todo, Sofía, muchas gracias.


- ¿La señorita Salcedo está disponible?, tengo algunos detalles que discutir con ella – dijo señalando la habitación de la que acababa de salir.


- Discúlpela, ahora mismo no se encuentra visible. Está algo cansada, ya sabe, Sofía, el ajetreo de la boda ha resultado sumamente extenuante. Si es urgente yo puedo ayudarla a concretar esos detalles.


- No es urgente, gracias. Volveré pasadas unas horas. Gracias.




Y apresuradamente regresó por el mismo camino. Si no le valía mi ayuda, tanto mejor para mí. Fui a buscar a mi sobrina, que ya tendría que estar despierta. Deje a mi hermana y a mi cuñado disfrutasen de la estancia y la atmosfera, y me llevé a la niña a jugar fuera.




Pasamos toda la tarde montando el poni favorito de Felicia. El animal parecía encantado de haber sido elegido por la cría y era dócil y manso con ella. Con el resto era hosco y antipático. Pero en cuanto Felicia se acercaba le cambiaba el carácter por completo.




Caída ya la tarde apareció Laura. Refrescada y bella como nunca. La cena fue un picoteo al aire libre. Fue aquella una comida más relajada. Laura, yo y mi sobrina cogimos un par de platos, los llenamos de varias cositas y nos alejamos de las mesas. Laura había preparado una manta de picnic en medio de los viñedos, con algunas guirnaldas de luces. Algunas bebidas estaban metidas en un cubo con hielo. Refrescos, concretamente. No había alcohol por la niña. Sofía nos esperaba, retocando los últimos y apurados detalles de aquella sorpresa.




- ¿Has preparado esto para mí?




Me abrazó y me beso con cariño.




- Pues claro, amor. Yo también quería algo de intimidad. Y tenerte para mi sola.


- Pero que tonta eres, Laura, mi amor. Mi voz era apenas un susurro. Reconozco que en aquel entonces tenía un corazoncito que se estremecía con esos detalles tontorrones y cursis.




Sofía pulsó un botoncito de un diminuto mando a distancia y una canción lenta se reprodujo en unos altavoces camuflados. Acto seguido y sin decir nada, se fue por el caminito de tierra de vuelta a la casa principal.




Felicia se sentó en la manta y empezó a mordisquear una galleta salada mientras nos observaba a Laura y a mi bailar muy pegados. En ese momento sentía una plenitud que no volvería a repetirse en muchísimos años. Ahora lo pienso con calma, shures, y se me cierra el estómago al recordar aquel momento. La ignominia y la rabia aún me arrancan lágrimas ardientes, que mueren antes de salir de mis ojos. Pero en ese agridulce baile, con mi chica al lado y mi sobrina rondando cerca, me permití el lujo de fantasear con que Felicia era nuestra hija, y aquella noche, sólo otra noche más.




Shures, que el dinero no da la felicidad es una verdad a medias, lo sabemos todos. Pero tener al amor de tu vida cerca, y a tu segundo amor de tu vida entre tus brazos, no hay dinero que lo valga.




Pero me cago en la puta si no era feliz en ese instante, bailando con Laura unas lentas. Cuando nos cansamos de estar acaramelados, nos sentamos, con Felicia en medio de ambos, y comimos un poco.




- ¿Cuándo la tita va a tener un bebé? – fue una pregunta ingenua como otra cualquiera hecha por una niña pequeña.


- ¿Es que quieres un primito, Feli?


- Hombre, será porque no le ponemos empeño, ¿eh?


- Ay, calla, jiji. No le digas esas cosas a la niña, bobo.




Nos reímos los tres, Felicia no entendía el motivo de nuestra risa, pero igualmente le pareció graciosa la situación igualmente. Me levanté para echar una meada, me perdí entre los viñedos para evacuar la vejiga. Una voz flotaba en el aire. No era mi intención pegar la oreja, pero ya tenía vaciándose el depósito, y vosotros, shures de bien, sabéis que una vez que empiezas a mear no se puede parar. Lo escuché todo.




- Si, si. No te preocupes, mañana es el día. Si… Si… pronto, pronto… aguanta un poco más… Yo también.




No terminaba de ubicar de quien era la voz, pero tampoco era de mi incumbencia. Otra voz fue aproximándose por el caminito de los viñedos.




- ¡Isi, cariño! ¿Dónde estás, amor?


- Mierda… es Eugenia… tengo que colgar.




La voz de Eugenia seguía acercándose, ya podía escucharla perfectamente, la tenía a escasos 3 metros. De pronto dio un gritito de susto. Di hasta yo un respingo que casi me meo en el pie. Isidoro apareció de golpe frente a su prometida.




- Perdona, cariño. Me dio un apretón, y ya sabes que me cuesta hacer de vientre con gente rondando cerca…


- Ay, Isi, cielo, que susto me has dado, tonti. Anda, volvamos, que todos preguntan por ti.




Y cogidos de la cintura regresaron con el resto de familiares.




- Será embustero el hijo de puta…



Parte 4





Regresé con mis chicas y terminamos de cenar. Me pensé bastante si contarle lo que había escuchado a Laura o no. Por un lado podría haber malinterpretado una conversación que para nada me incumbía, arruinando una boda carísima. Por otro lado, callarme sería de hijos de puta, pero aquello en verdad me la traía floja.


Regresamos y acostamos a la niña. La noche era joven, pero no nos apetecía estar fuera. Regresamos a la habitación, y con fuerzas renovadas, volvimos al ruedo. A diferencia de hacía unas horas, aquella vez fue más un acto de amor que una simple sesión de sexo salvaje. La noche trascurrió sin incidentes.


A la mañana siguiente, bien temprano, la actividad en la Finca de Torremilanos era febril. Nos preparamos para ir a la ceremonia en la catedral. Fue la cosa más pomposa y sosa que he visto en mi dilatada vida. Todas las mujeres llorando como unas Magdalenas, en silencio. Al salir de la catedral ni un “vivan los novios” ni una lluvia de Arroz ni nada. Me aburrí soberanamente, eso sí, la acústica, fetén.


Lo único destacable eran los novios en sí, ella, como ya he dicho, un Ángel. El novio… bueno. ¿Conocéis la expresión “aunque la mona se vista de seda, mona queda”? Pues Isidoro estaba todavía más feo si cabe. Un traje carísimo, sin duda, el que llevaba, pero ni aun así mejoraba su aspecto. A pesar de ello entre los cuchicheos al salir de la ceremonia, todas las féminas comentaban lo apuesto que era el novio y lo hermoso del vestido de la novia.


Laura, mi hermana, mi cuñado, Felicia y yo nos adelantamos. Laura debía supervisar que la llegada de los novios y el resto de invitados fuese como estaba previsto. La recepción fue sin mayor problema. Todo estaba listo y dispuesto.


El goteo de invitados llegando se produjo sin altercados ni hostias. La cosa se animó cuando por fin llegaron los recién casados. Se produjeron vítores y aplausos. Ella estaba radiante. Isidoro, en cambio parecía agobiado. Nada más bajarse, se dirigieron a su habitación para “ponerse cómodos”. Por lo visto el calzado les estaba matando.


Yo me encargué de los pequeños, junto con el ejército de animadores infantiles. Nos lo llevamos a la parte trasera, donde lo teníamos todo montado y preparado. Los críos podían jugar, gritar, corretear y dar trabajo a los animadores durante todo el día sin molestar a nadie. Felicia no cabía en sí, yendo de un lado a otro. En el breve lapso de tiempo que habían tenido los críos para conocerse en el aparcamiento, ya habían sido camelados, los más pequeños, para seguir a todas partes a Felicia. Los más grandes no tuvieron tiempo para aburrirse tampoco. Me sorprendió que fuesen tan buenos chavales en general.


Con todo organizado y funcionando correctamente, me desentendí de los mocosos y regresé al convite. Estaban sirviendo algunos entrantes y chucherías a los invitados. Me agencié una copa mientras buscaba a mi churri.


Laura seguía ultimando detalles con Sofía. Educadamente esperé a que acabasen. Y fue entonces, con una copa en la mano, en medio del bullicio, cuando apareció ELLA.


Se abrió la puerta del salón principal, entró la segunda cosa más fea que he visto en mi jodida vida, os lo puedo jurar por la virgen de Guadalupe y el cristo de la buena muerte. Era fea con ganas, los mismos rasgos propios de la estirpe de los Cabestrante Ordoñez: Un pelo estropajoso peinado con soplete y escarpia, un mentón pronunciado, nariz aguileña y torcida, los dientes todos chuecos. Para describir sus orejas necesitaría un hilo aparte, pero resumiendo, eran feas, a una le faltaba el lóbulo y parecían mal pegadas con súper glue al cráneo y de soplillo. Y para colmo, gorda. Pero no gorda de rellenita agradable, con todo el peso distribuido por todo el cuerpo, no. Lucía una oronda barriga, pese a tener brazos y piernas delgados, rozando el raquitismo.


Casi se me cae el combinado al suelo de la impresión. Hubo algunos cuchicheos más intensos de lo normal. Le acompañaba lo que supuse era su madre y su hermana pequeña, que pese a tener rasgos muy parecidos, resultaba hasta bonita. Pareciese ser la asistente de la mayor, la pobre. No llegaría siquiera a 20 años.


Eran desagradablemente maleducadas, hablando y exigiendo a voces. No me extrañaría que los camareros del lugar acabasen escupiendo en sus viandas.


Llegó la hora, todos se sentaros y empezaron a servir los platos principales. Me disculpé un segundo y fui rápidamente a supervisar a los críos. Afuera ya estaban arreglando mesas y sillas, y los animadores iban recogiendo a los chavales para servirles la comida del menú infantil. Para aquel entonces, Felicia ya era la líder indiscutible del grupo. Todos hacían lo que ella hacía. Si iba a comer, todos iban detrás. Respiré aliviado. Regresé adentro.


Al regresar por la galería interior, unas voces provenientes de una de las habitaciones de servicio me llamó la atención. Seguramente alguna parejita picarona se estuviese enrollando dentro. No debería de mirar, lo sabía, pero me acerqué y contemple la escena más vomitiva de mi existencia. En el cuarto de la limpieza, Isidoro, recién casado, se estaba dando el lote con la tipa fea y gorda que había llegado tarde al convite. No sé qué parentesco compartían, pero aquello me superó. Aquella escena se grabó en mis retinas. Ni en una peli snuff se atrevieron a tanto.


Regresé aguantando las náuseas de la visión incestuosa de antes. Me senté en modo automático en mi silla, al lado de mi churri, y al otro lado mi hermana y cuñado.


- Oye, cuñado, tienes mu mala cara, ¿te ha pasado algo?, ¿los niños bien, no? – Bajó la voz – Feli no habrá roto nada caro, ¿verdad?


- ¿eh? ¿Qué?, ah, no. Todo bien. No pasa nada.


- Pues es verdad, cari, estás pálido, ¿eh?


- Laura…


En ese momento nos sirvieron la comida. Con el trajín de cubiertos y platos no era el momento adecuado para contar lo que había visto. El faustuoso banquete fue previamente inaugurado con un sentido brindis por parte del padre de la novia y secundado por el padre del novio. El canallita tenía cara de no haber roto un plato, y Eugenia estaba pletórica y emocionada ante las palabras de su progenitor.


Atacamos nuestros respectivos platos. Sirvieron vino, entre otras bebidas alcohólicas. Vacié mi copa de vino de golpe. Me hizo bastante bien, el color volvió a mis mejillas. El camarero volvió a escanciar vino en mi copa. Para entonces la imagen esperpéntica y pantagruélica presenciada escasos minutos antes se fue diluyendo.


Hasta el momento nada se había descontrolado. Comimos y bebimos, y he de admitir que fue un banquete exquisito y bien ejecutado. Sofía estaba en las sombras rondando siempre a Laura. Y de vez en cuando se inclinaba sobre su oído para consultar este o aquel detalle sobre el convite. Muy profesional, era apenas intrusiva y olía a Lavanda y grosellas, con un toque a nardo.


Una vez terminada la comilona, despejaron el salón con una presteza y diligencia asombrosas. Se notaba que Sofía tenía bien entrenada a su plantilla. En un abrir y cerrar de ojos se montó una pequeña discoteca, con DJ y todo, pinchando los éxitos intemporales de siempre.


Se había desplegado una pantalla blanca para proyecciones del techo, muy bien camuflada. Por supuesto, la pijada de abrir el baile con la pareja de recién casados se cumplió. Pusieron el tema del guardaespaldas. En la pantalla, se proyectaba un video cutrísimo de fotos de la pareja, tanto de forma individual como por separado, desde la infancia hasta las fotos y videos realizados en la Catedral. Había sido editado a la carrera y con una plantilla, y se notaba. La falta de garbo y el evidente segundo pie izquierdo de Isidoro eran suplidos por la gracia de su esposa, todos aplaudimos y así quedó inaugurado aquel derroche de mal gusto y dinero.


La barra del bar se llenó. Había barra libre y los camareros no daban abasto. Más pronto que tarde en el ambiente se respiraba una atmosfera etílica y placentera. Laura, ya más calmada, tomaba un Martini con Sofía. El momento de la tarta sería en breves momentos. Laura me hizo un gesto para que echase un ojo a que los peques no se estuviesen desmadrando. Vacié mi copa de un trago y salí afuera de nuevo. Experimentaba los primeros síntomas del alcohol, sentía un ligero hormigueo en la punta de los dedos, extendiéndose agradablemente por el resto del cuerpo.


Afuera todo iba de putísima madre, lo cual me sorprendió gratamente. Los niños jugaban y reían, los adolescentes más jóvenes se entretenían haciendo corrillos. Pillé a un jovenzuelo escondido fumándose un cigarro. Le quité el paquete de tabaco y le regañé un poco.


- ¿te crees mu mayor, pichacorta, pa fumar, eh?


- Déjame en paz, caranchoa.


- Mira niño, que te cruzo la cara.


- ¿A quién le vas a pegar tú, chalao? – me miró desafiante. Estos señoritos eran unos comemierdas de cuidado. Tendía que poner en su sitio al mocoso.


- Así que te crees que puedes conmigo, ¿eh?, mira, polluelo – Me desabotoné la camisa y le mostré mi torso curtido, y las múltiples cicatrices que lo adornaban - ¿sabes de que son? Y no es por apendicitis, pichacorta.


La cara del adolescente se puso pálida.


- el día que te peguen dos tiros en el pecho podrás medirte la polla conmigo, chaval. Ahora tira paya antes de que te meta dos tortas y te ponga a bailar – el criajo asintió y dio media vuelta – y ah, cucha, el mechero, échalo paca.


Sacó el mechero del bolsillo y me lo entregó.


- Y cuchame una cosita, nene. No le diré na a tus viejos porque no soy tan ioputa, pero un consejito, si vas a hacer algo malo, escóndete mejor, anda.


Se marchó corriendo como una nenaza.


Me acerqué al grupo de los niños, una de las monitorias se me acercó y me contó que tal iba la cosa. Sin problema alguno, todo controlado. Era una muchachita alta y delgada, bastante joven. Era monilla, rubita con el pelo cortado a la altura de los hombros, muy pecosa. Tenía esa vitalidad y alegría propia de la gente de su oficio y su edad. Un pensamiento intrusivo me vino a la mente, me recordaba a una monitoria de la última granja escuela a la que fui de pequeño, rápidamente suprimí aquella idea nociva.


Una vez recibido el parte de la situación, Felicia vino a mí. A nuestro alrededor de arremolinaron la mayor parte de los críos del lugar.


- Tito Tito, déjame tu móvil.


- Vale, pero no me lo rompas o me lo pierdas, ¿vale?


- siiiii


Y se fueron todos correteando con mi móvil para vete tú a saber qué. Poco mal podrían hacer con él, lo tenía configurado para que pidiese clave para según qué aplicaciones delicadas. No tenía nada comprometedor y tenía un filtro para determinadas búsquedas. Estaba tranquilo, no era la primera vez que Felicia trasteaba con mi terminal.


Regresé al convite. La cosa estaba más animada, me pedí una cerveza. Algunos gañanes se lucían en la pista de baile. De pronto la música se cortó, se encendieron las luces y el DJ pinchó la típica marcha nupcial para hacer la entrada de la tarta de bodas.


Era enorme. De tres pisos, con la clásica figurita representando a la parejita. Ese par de figuras había sido hecha bajo encargo a un artesano, que un par de fotos de los susodichos, había elaborado dos figuras casi idénticas a los originales. Daba bastante cringe ver la figurita del novio, que no sé si por bondad o por no ofender a los Dioses, era más guapo que su contraparte humana.


Hicieron el corte clásico intemporal de usar un sable. Cogido entre los dos. Una vez hecho el paripé, las fotos y el video correspondientes, ya se encargaron los camareros de cortar y distribuir las porciones de pastel.


He de reconocer que mi amada tenía un gusto exquisito, aquella maldita tarta estaba cojonuda. No era mu fan de los dulces, pero hasta repetí porción. El padre de Laura lo estaba disfrutando como un niño pequeño. Lástima que no caí en repetir la jugada de la cucharilla a tiempo.


Sonreí para mis adentros pensando en la pequeña retribución del día anterior. Me terminé el botellín. Pusieron la de Bailar pegados y me dirigí hacía mi pareja.


- Te la robo durante un baile o dos, Sofía, querida.


Y bailamos un buen rato, acaramelados. Laura empezaba a estar un poco bebida también. No recuerdo haber hecho mucho el ridículo, si recuerdo haber tropezado con un par de parejas. Una vez acabado lo bailable nos regresamos a la barra. Era hora de empezar con cosas más fuertes. Normalmente o no bebía o sólo me permitía un par o tres de cervezas o un licor más fuerte, pero ese día me di permiso para emborracharme de verdad. No beber hasta perder el sentido, pero lo justo para divertirme y pasarlo bien con mi chica. No tenía que conducir o cuidar de nadie, estaba todo bajo control. Al menos hasta aquel momento.


Sofía se unió a nosotros, hubiese preferido que se perdiese, pues me apetecía estar a solas con Laura. Aquellos tres meses fueron agotadores, apenas si habíamos tenido tiempo para tomarnos un respiro. En tres meses no da tiempo a organizar una boda como es debido, su prima y su ahora marido tenían mucha prisa por formalizar su compromiso. Fuimos a todo trapo para organizarlo todo. Os podéis imaginar que ni una teta toqué en ese tiempo.


Pero curiosamente la compañía de Sofía era muy agradable. Había forjado una amistad con Laura a una velocidad sorprendente. Bebimos bastante, hablamos aún más todavía. Le fascinábamos, nunca había entablado amistad con un par de andaluces. Prometimos que tenía un lugar si alguna vez venía a Sevilla o a Málaga, de hecho, estaba invitada a hacerlo.


Me disculpe con las damas y fui al baño. Encontré al Mago Payaso terminando de acicalarse y maquillarse. Lo saludé cortésmente. No se me escapó el detallito de que tenía un pollo de coca dentro de la nariz de payaso. Curioso lugar donde guardarlo. Eché una meada larga y placentera. Salí de los baños y salí afuera a fumarme un pitillo.


Saqué un Marlboro del crío de antes y lo prendí con su mechero. Me apoyé en una columna mientras observaba a mi sobrina y al resto de críos jugar. Me fije en la monitora de antes, y como si notase que tenía un par de ojos clavados en la nuca, se giró. Me saludó con la mano y sonriendo. No le devolví el saludo.


Fumaba absorto en mis recuerdos. Estaba en sexto de primaria, ya hacía años que no íbamos a la granja escuela en el Colegio. Pero aquel año fuimos a una, pero de granja escuela sólo tenía el nombre. Era más bien una especie de campamento de un solo día, lleno de actividades al aire libre. Una de ellas era la escalada. Era bastante cutre, una pared de cemento de unos tres metros, si acaso cuatro. Con las piedras que hay en los rocódromos, atornilladas a la pared. Una de las monitoras era una chica pelirroja natural, pecosa. A día de hoy recuerdo nítidamente como me puso el arnés de seguridad, y al agacharse podía ver sus tetitas pecosas a través del cuello de la camisa. Ese día me volví un poco más hombre. No llegue a verle los pezones, así que no podría considerarse mi primer par de tetas, pero casi. Desde entonces tengo un fetiche por las pelirrojas y las pecas.


Fume cigarrillo tras cigarrillo, sin pausa. Ni me daba cuenta de lo que hacía, sólo observaba a la chiquilla aquella. ¿Qué edad tendría? Las voces de mis pensamientos intrusivos me susurraban que sería delicioso lamer aquel par de pechos pecosos. Me regodee en ellos. Y antes de que me diese cuenta me estaba acercando a la monitora. Aplaste la colilla en el suelo.


- Hola, jefe. Todo bajo control. Sin novedades.


Desterré de mi mente todos los pensamientos intrusivos que nublaban mi juicio. Sería un marrano, pero era un marrano decente.


- Perfecto. Buen trabajo, se nota que os gustan los críos. Hablaré bien de vosotros a vuestro jefazo.


- ¡Gracias! – tenía una sonrisa radiante e inocente. La sombra de otro pensamiento nocivo se cernía sobre mí. Estaba bastante afectado por el alcohol.


- Una pregunta, ¿qué edad tienes, chica? Es decir, tú y el resto, parecéis de la misma quinta todos, claro.


- Tengo 25, el resto más o menos igual, jeje.


- Vaya, pues no los aparentas, de verdad.


Me sonrió como respuesta, se echó el pelo detrás de la oreja y me miró intensamente.


- ¿Me podrías dar un cigarrillo?, me voy a tomar un descanso. Sé que no debería de fumar, pero tengo un par de chicles. Por el aliento y eso.


- Claro. Ten - Me quedé con un cigarro y le di la cajetilla con el resto.- Compártelo si quieres con tus compañeros.


- Muchas gracias, jefe.


- Todos me llaman Pimpollo – realmente no sé porque carajos dije aquello – llámame así.


- Vale, Pimpollo. Me llamo Teresa, Tere para los amigos. Llámame Tere, por favor.


Estaba demasiado cerca de pronto. Me estaba poniendo nervioso. No era un maldito perro infiel. Me sentía sumamente tentado a probar aquel bocado pecaminoso, la carne es débil, shures. Me mantuve firme y di un paso atrás. Ella se colocó el pitillo en la boca.


- ¿Me das fuego, Pimpollo? – ahora ya no parecía una cría trabajando de monitoria infantil durante los veranos, parecía otra persona completamente distinta, pese al uniforme.


- Ten, quédatelo. Por favor, no vuelvas a llamarme Pimpollo. Ha sido un error por mi parte. Disculpa las confianzas que me he tomado. Lo dicho, un trabajo fenomenal el vuestro. Si me perdonas, me vuelvo a dentro… con mi pareja.


Y la dejé allí mismo. Me temblaba la mano. Decidí que ya tenía suficiente con la bebida. Me acerqué a un camarero y le pregunté si podría ser posible obtener un café de la cocina o algo por el estilo, para despejarme. Había bebido ya demasiado.


- Claro, caballero. En las cocinas podrá pedirlo, siempre tenemos café disponible para el personal. No es el mejor café del mundo…


- Gracias, me vale así. No tengo el paladar tan finolis como los señoritos esos de ahí.


Me dirigí a las cocinas y les pedí amablemente una tacita de café. Me invitaron a un par de porras caseras para mojar en el café. Me quedé un buen rato entre cocineros y camareros y les conté algunos chistes. No me consideraba precisamente un gran contador de chistes, pero un cocinero contó uno, y una sucesión de chistes me fueron viniendo a la mente. Acabé montando un show improvisado en las cocinas. Literalmente se meaban, no sé si por los chistes o por mi gracia natural y mi acento Malaguita.


Entre chascarrillo y chascarrillo, el camarero de los 100 pavos sacó el tema de la cucharilla. Lo contó con pelos y señales, no me importó lo más mínimo.


- jajaja, ¿visteis entonces como rechupó la cuchara el iolagranputa? Po me la había pasao por los huevos sudaos. Y después de saborearlos bien, le doy el mío. Ohu que cara puso, no sabía si cogerlo o no. Mi puto suegro, el cabrón. Con que ganas le metió mano de nuevo. Pues putaditas así, cada vez que puedo le endiño una o dos.


Las risas debieron de haberse escuchado por toda la finca. Temía que Sofía fuese a ver el origen de tanto escándalo, pero jamás apareció. Finalmente se me había pasado buena parte de la borrachera. Era hora de buscar a Laura, que debería de estar dando el cante en la pista de baile o dándole la brasa a alguien.


Llegue al salón después de despedirme de la plantilla. Allí no estaba mi churri. El ambiente había decaído mucho. Todos estaban bastante perjudicados. En la pista sólo había viejas bailando. La barra, llena de vasos de tubo. El camarero no daba abato quitando y poniendo copas. Incluso, un viejo, familiar de lo Cabestrante Ordoñez, estaba dormido en una silla. Algún gracioso le había puesto un guardapolvo por encima, tapándolo cómicamente. Ni rastro de Sofía o de Laura.


Mi hermana se acercó a mí con aire compungido. Un escalofrío me recorrió la espalda. “a Felicia le ha pasado algo”, fue mi pensamiento.


- Tenemos que hablar. Hay algo que tienes que ver.


En su mano tenía mi teléfono móvil. Tragué saliva. Cualquier atisbo de borrachera acababa de esfumarse.



Parte 5.


Nos salimos afuera del salón principal, lejos del bullicio. Mi hermana me entregó el móvil, había un video listo para reproducirse.


- a ver… Esto lo ha grabado la niña y tienes que verlo, ahora.


Le di al play. En principio solo se veía el exterior de la finca, donde estaban los niños jugando. Felicia no era muy buen cámara, la imagen temblaba mucho. Correteaba con el móvil grabando sus juegos infantiles con los demás críos. El jolgorio saturaba los altavoces del terminal móvil. Pasaron varios minutos así, sin nada extraño que ver. Levanté la vista y miré inquisitivamente a mi hermana y a mi cuñado.


- Espera un poco, es video es un poco largo, pero míralo entero.


Baje la mirada y contemple como mi sobrina llevaba la voz cantante en los juegos con sus amiguitos nuevos. Empezaba a pensar que era una exageración todo aquello. Pero de pronto, entre jijis y jajas, se alejan de la zona designada para los niños. A pesar de tener prohibido entrar en la casa principal, se envalentonan y entran. Se ve como sólo unos pocos niños siguen a Felicia al interior. Se puede ver fugazmente a Laura y a Sofía pasar una de las puertas de servicio y cerrarse. Felicia llama a Laura “¡tita!,¡ tita!” pero no recibe respuesta. Se acerca a la puerta y esta no alcanza al picaporte. Riendo, creyendo un juego aquello, vuelve a salir fuera. Aquello seguía sin decirme nada especial. La niña sale afuera y reune a varios niños más altos que ella. Los dirige a un lateral de la casa y hace que la aúpen a los alfeizares de la ventanas, para ver el interior. Prueba en varias ventanas, donde no sé ve a nadie, sólo habitaciones con diferentes usos. En una de ellas se puede ver claramente como Laura, sentada sobre un escritorio, el vestido por la cintura, abierta de piernas. Frente a ella, podía verse a Sofía realizándole un cunnilingus. La escena no era explicita, no se veía nada, pero era más que evidente lo que estaba pasando.


Aquello hizo que me bajase la sangre de la cabeza para juntarse en el estómago. Podía sentir como si de pronto las fuerzas me abandonasen, y un vacío se hiciese en mi vientre. No lo podía creer, no quería creerlo, pero el video dejaba poco a la imaginación. Lo único positivo que encontraba en ello era que dada la posición en la que estaban, no se podía apreciar ningún genital y Felicia no entendía que estaba pasando.


El video seguía corriendo. Laura gemía. A Sofía parecía dársele bien el tema. En un momento dado esta abre un cajón y saca un arnés con un dildo. Se incorpora, se quita la falda traje y se colocó el arnés.


- Me cago en la puta…


Besó a Laura y acto seguido le bajó el vestido, dejado sus senos al descubierto. De nuevo, no se apreciaba apenas, pero no dejaba lugar a dudas. Aun con la ventana cerrada, se oía todo lo que ocurría en el interior, un poco amortiguado, pero perfectamente nítido. Sofía lubricó el dildo con los fluidos de Laura y la penetró. Laura abrazó a Sofía mientras esta bombeaba como todo un macho alfa. No pude continuar. Aún quedaba metraje grabado, pero apague la pantalla. La cara de placer de mi ahora ex pareja me mortificaba a cada segundo.


Hice todo el acopio de fuerzas que pude para decir lo siguiente:


- ¿Felicia está bien?


- Sí. Al final una monitora los encuentra y acaba el video. No sabe lo que estaba pasando. Fuimos a ver qué tal estaba la niña, y nos ha dicho que la tita estaba jugando a un juego muy raro. Nos ha dado el móvil y ha seguido jugando. Hemos visto el video por curiosidad y…


- Creo que deberíais llevaros ya la niña a casa, ya es tarde…


Apenas si empezaba a atardecer, no eran ni las ocho de la tarde y no teníamos programado irnos hasta mañana. Pero mi hermana y mi cuñado entendieron la urgencia de mis palabras, sabían que iba a haber movida y no querían estar allí cuando terminase de recuperarme de aquel golpe.


Al cabo de unos escasos minutos me recompuse lo mejor posible. Terminé el video. Seguía sin poder creerlo. Jamás hubiese pensado que a Laura le iba aquello, nunca dio muestras de bisexualidad. No era celosa, pero siempre dejó claro que no toleraría nunca una infidelidad. Nunca tuve motivos para sospechar de ella, era demasiado tonta como para guardar secretos y había sido una pareja ejemplar… hasta ese momento.


Salí afuera. Felicia no quería marcharse y empezó a llorar. Verla así me partía el alma y me acerqué corriendo. La cogí en brazos. Se me abrazó al cuello.


- no quiero irme ya, todavía es de día buaaaaah


- shhh shhh, nena, el camino de vuelta es largo y llegareis de noche a casa.


La consolé hasta que dejó de llorar mientras íbamos hacia el coche. Durante esos momentos mi hermana aprovechó para recoger sus cosas de la habitación y llevarlas al coche con mi cuñado. Estuvimos hablando un poco Felicia y yo. La niña era pequeña, pero no tonta. Intuía que la vuelta a Málaga de forma precipitada tenía que ver conmigo, la “tita” y el video grabado. Desde que se lo enseñó a sus padres, a todos les cambió el humor. Traté de convencerla de que nada tenía que ver. Me costó hacer que se olvidase del tema y le prometí que la llevaría al parque acuático aquel verano. La perspectiva de más diversión la animó considerablemente.


Se marcharon finalmente. Nos despedimos y me quedé mirando como el coche se perdía en la lejanía. Regresé al salón principal, fui derecho a la barra.


- Niño, ponme una botella de lo que sea.


Mi cara debía de dar miedo, dada la expresión del joven bartender. Puso encima de la barra una botella de JB. La agarré sin mirarla y me dirigí afuera de nuevo. De paso por una de las mesas agarré un tenedor. Una vez afuera me desplomé en los escalones, abrí la botella y con el tenedor saqué el dosificador. Era una mala costumbre aquella y hacía años que no lo hacía. Salió en apenas medio segundo. Bebí a morro.


A lo lejos los monitores y animadores infantiles estaban reuniendo a los críos, era la hora del show del Mago Payaso. Ya habían tenido una primera parte, se había tomado un descanso tanto los niños como el Mago, y ahora volvía con otra dosis más de magia y payasadas. Bebí hasta mediar la botella. La traición de Laura me ardía y no pude reprimir unas lágrimas, que me quemaban los ojos. Pronto el alcohol, que ardía en mi estómago, empezó a anestesiarme. Hundí la cabeza entre las rodillas y lloré un poco. En silencio. Terminé la botella mientras sonaba en bucle “For the Damaged Coda” de Blonde Redhead.





Sé que era regodearme en mi miseria, pero tenía que sacarlo todo. Ya no tenía sentido nada en mi vida. Me había mudado a Sevilla por Laura. Odiaba profundamente a los sevillanos. Salvo honrosas excepciones eran todos unos gilipollas con un palo metido por el culo. Pero podía soportarlo por ella. No sabía ya que hacer con mi vida. La había reconstruido de cero para tirarlo todo por la boda. Mi sobriedad, mi buen comportamiento, mi proyecto de futuro… ¡a tomar por culo! Estrellé la botella vacía de JB contra el suelo en un estallido de rabia.


- ¿todo bien, jefe?


Alce la vista. Era Teresa. Tere para los amigos. Me ofreció uno de los cigarrillos que le di antes. Lo tomé. Se sentó a mi lado y me dio lumbre. Le di una calada larga y profunda con los ojos cerrados. Dejé escapar el humo lentamente por la nariz. Me sentía mucho mejor. Fumamos en silencio.


La mire de arriba abajo.” ¿Por qué no?” me dije a mi mismo. Apagué el cigarrillo en el mismo bordillo donde estaba sentado y me levanté. Le ofrecí mi mano a Tere. La aceptó.


- Ven conmigo. Te voy a enseñar algo.


- Ok, jefe.


- Llámame Pimpollo, Tere.


Sonrió y juntos de la mano, nos adentramos en el interior. Los niños estaban bien atendidos, aunque ya no eran de mi incumbencia. Tanteé varias puertas hasta que encontramos una abierta y entramos. Eché el pestillo de lo que parecía ser el cuarto de las sabanas o los manteles, ni lo sabía ni me importaba. La arrinconé contra la pared.


- Pimpollo, ¿pero que me haces?


Le desgarre el polo que usaban todos como uniforme, dejando a la vista su par de pechos a la vista. No eran particularmente grandes, pero eran redonditos y firmes. Sus pezoncitos eran rosados y pequeños, y toda su piel estaba llena de pequitas. Tere rió sorprendida cuando me abalance a comerle las tetas como si llevase meses sin catar un buen par de peras, cosa que era cierta.


- Esto es acoso laboral, jefe…


Deje lo que estaba haciendo para agarrarla del pelo violenta pero delicadamente para besarla con furia.


- Dime Pimpollo - la volví a besar, más delicadamente – Pimpollo, ¿vale?


- Si, vale, Pimpollo. – Baje de nuevo a jugar con sus senos – Pimpollo…


Deje que mis manos recorrieran su espalda y mi lengua se perdiese en aquella locura que estaba haciendo. La lujuria hacía de las suyas, guiando mis manos y labios. Mi mente estaba muy lejos de allí. Cada vez que de la boca de Tere salía un “pimpollo” más nítidamente podía verme cuando era un adolescente y estaba en la Urbanización con mis primos y mi primera novia, Clara. Finalmente, mientras yo retrocedía en el tiempo unos 15 o más años, mi cuerpo físico empotraba aquella joven pecosa como si la vida se me fuese en ello. Ni recuerdo si usamos condón o no.


Lo único que recuerdo de aquel encuentro fue pedirle perdón por haberle roto el polo y le regalé mi americana. “ten, quédatela, como recuerdo, vale 300 pavos”, ella me dio un último beso, que no significaba nada, y se marchó a cambiarse de ropa. No recuerdo volver a verla más.


Regresé al salón principal a por otra botella. Me apetecía algo de Ron.


- Ron, una botella, por favor.


El mismo barman me dio una botella de Brugal abierta, estaba casi entera pero me daba igual. Allí mismo le di un tiento. Se me olvido sacar el dosificador. Me acerqué a una mesa donde estaban un par de parejas de aproximadamente mi edad.


- ¿tenéis tabaco, por un casual?


Me ofrecieron un cigarrillo asomando de una cajetilla de Chesterfield, agarré la cajetilla entera. Ni me chistaron. Cogí un manojo de llaves que había encima de la mesa y quite el dosificador, deje las llaves y el dosificador donde cayeron. Me fui dando tumbos afuera. Me picaba la nariz y me estaba entrando el muermo. Necesitaba un poco de ayuda.


Me acerqué al Mago, que estaba despidiéndose de los críos, haría otra pausa y para la noche, para cerrar la velada, haría un último espectáculo. Al verme me saludó, no le devolví el saludo. Se quedó paralizado sin saber qué hacer. Le agarré la nariz roja, saqué el pollo del interior y se la lancé de vuelta.


- eh eh eh!


- ¿Qué coño paza?


- ¡eh, tío! Que “eso” es mío.


- ¿quieres cobrar, io puta? Te parece bonito tener esto delante de loh ninioh? – el alcohol empezaba a trabarme la lengua. – esto pa mi y mi poia.


- Bueno, al menos comparte, tronco.


- Da las grashias que no te parto el hozico.


Y sin mediar más palabra me fui tras los viñedos, a beber tranquilo. Me senté bajo una parra. Lamí un cigarrillo con cuidado y lo pasé por el polvito de la alegría. Me prendí el nevadito mientras bebía a buchitos cortos.


Me puse la de Labios compartidos en el móvil mientras daba buena cuenta del pollo y el brugal. Terminé el paquete de Chesterfield.





Una vez que me quedé sin nada con lo que anestesiar este dolor, regresé dentro, una vez más. La nariz me picaba más que nunca. Entré a los baños de caballeros, oía perfectamente voces en un cubículo. Llamé educadamente.


- ¡Vete a la mierda! ¡Ocupado!


- Abre, pijo de mierda o te meto las dos hostias que no te dio tu padre… si es que lo conoces.


EL cubículo se abrió de un portazo. Tres mindundis se me encararon. Sin mediar palabra, al más alto de todos le solté un cabezazo que ni Zidanne. Le rompí la nariz limpiamente. Cayó de espaldas y casi se desnuca contra la taza del Váter. Los otros ya no eran tan gallitos cuando levanté el puño.


- eh, eh, eh, tío. ¡Paz!


- El Pollo, ya.


- ¿Qué?


- Que me deis la puta droga, ¿eres sordo, subnormah de los cohoneh?


Cada uno sacó un pollo del interior de sus americanas y me lo dieron temblorosos. Los agarré todos con una mano.


- Y el tabaco, venga, rapidito.


Me ofrecieron sus pitilleras, se las arrebaté y me las metí en el bolsillo del pantalón junto a los encendedores estrafalarios que tenían.


- Luego os las devuelvo – dije distraídamente mientras me ponía en el lavabo una buena loncha, que dividí en dos clenchas generosas. – eh, tu, mostro. ¿Tienes un turulo por ahí?


El más bajito de todos, un primo segundo o tercero de Laura, me ofreció un billete de 50 enrollado. Me metí aquel par de filetes, uno detrás de otro. Le devolví el billete al joven.


- Tranqui, no te mees encima, máquina – me sorbí la nariz – joder, menuda mierda de coca, macho. Un consejito, cambia de camello.


Me fui enfilado para la barra de nuevo. Necesitaba algo más fuerte, el ron me ponía sensible y ya estaba hasta la mismísima polla de lloriquear. Quería ponerme a tono. Encendí un cigarrillo de camino.


- Vamos a ver, amigo. ¿Qué tienes por ahí que no sea una puta mierda para nenazas?


El bartender me miró entre asustado y confuso.


- uff, yo que sé, ponme… eeeehhhhmmmmm… ¿tienes Jägermeister? – Asintió – po empieza a poneh chupito ahí, compae.


Fue sirviendo chupito tras chupito. Me jincaba uno, le daba una calada al piti y me jincaba otro. Creo que en lo que me terminé el cigarro bebí 8 o 9 chupitazos de Jäger.


- ohu shiquillo, bebes como si quisieras ir a ver a la Muerte – Dijo uno de los tíos de Laura, un cuñado de manual.


- A la que voy a ih a veh, es a tu puta madre. que pa mí que anda por aquí, cuñao – Efectivamente la abuela de Laura y madre del interpelado estaba sentada en una silla – irala, ahí la tieneh, Paco.


Uno de sus hermanos lo agarró, estaba rojo de ira. Por mi lo hubiese dejado, total, no tenía ni media oportunidad conmigo. Ni es mis horas más bajas aquel pijo remilgado venido a menos era rival para mí. Me reí en sus barbas, mientras volcaba un poco de coca en el dorso de mi mano, entre el índice y el pulgar. Zona conocida como “tabaquera anatómica”. Esnifé todo de golpe.


- Anda, sosio, ahora pega una cervecita fresquita.


Me fijé en que una chica del clan de los Cabestrante Ordoñez me miraba ojiplática.


- ¿coñio mirah tú?, ¿eh? Que parece que las robao la peluca a un burro, abe.


- oi, oi, ¿pero qué burradas me estás diciendo?, ¡maleducado!


- Maleducada la burra que te parió, que ya es de margusto habeh parioh semehante bisho pa que encima hable y toh.


Agarré mi cerveza y la vacié de un trago, le pedí otra al barman. Todos decidieron ignorarme. Me termine, entre cerveza y cerveza, tanto el tabaco que había confiscado como los tres pollos incautados. Me senté en un taburete mientras me fumaba el último cigarrillo. Dejé las caras pitilleras amontonadas encima de la barra junto a los encendedores.


- Cucha, sosio. Harme er favoh de devolvérselo a los pijos de sus dueños… los reconocerás porque a uno le he hesho una rinoplahtia casera.


Me reí yo sólo. El joven me ignoraba cordialmente, sólo servía lo que le pedía, en ningún momento me dio palique.


- Iyo, en verdah me vas a teneh que discurpah. Normalmente no le fartaría el respeto a un currela como tú, sosio… pero tengo un mu mardia.


Empezaba a darme la bajona de la coca, todo empezaba a darme demasiadas vueltas.


- Anda, ponme un vasito de agua, creo que ya he bebio demasiao.


Me puso el vaso con agua del grifo. Me lo fui bebiendo a sorbitos pequeños. Intenté rascar algo de los plastiquitos de los pollos, pero no daba ni para un pelillo de coca siquiera. Ya estaba planteándome si asaltar a otro de los primos de Laura o algún desgraciado de la familia del novio, cuando de repente una mano me agarró del codo.


- ¿Se puede saber qué haces? - Laura susurró furiosamente en mi oído – me juraste y re juraste que jamás te volverías a drogar, y te veo aquí, ciego perdido, partiéndole la cara a mis primos. ¿Te parece bonito?, ¿eh?, ¿eh? – Me zarandeó del brazo hasta a punto de tirarme del taburete y mi equilibrio etílico no ayudaba a mantenerme en el sitio – me prometiste que te comportarías


No pude soportar el cinismo de sus palabras y exploté.


- ¿Comportarme? – Bramé- ¿Cómo te has comportado tú, cacho perra? – el corazón me latía a mil por hora, mi pecho se expandía y contraía a toda velocidad.


Laura me soltó un bofetón a mano abierta que impactó en mi cara. Por raro que pudiese parecer, me hizo sentir mejor el dolor.


- ¿ya? Venga, dame otra – me obsequió con otra más, los ojos le brillaban, estaba a punto de llorar – ¡otra!, dame otra hostia, joder – ya no se atrevía a golpearme más. Su enfado parecía haberse esfumado – Dame otra, venga, si no me duele. ¿Qué pasa? Que tengo que llamah a Sofía para que me la de, o ¿qué?


- Por favor, estás dando un espectáculo. Para ya, no me avergüences más delante de mi familia. – las lágrimas corrían por sus mejillas por la vergüenza. Pero aquello era nada.


- je, ¿espectáculo, eh?, te estoy montando una escenita, ¿eh?


Me cogió de la mano y quiso tirar de mí, me solté bruscamente de un tirón. Perdí el equilibrio y me caí al suelo. Intenté levantarme y fallé en hasta dos ocasiones. Laura quiso ayudarme pero la aparté de mí.


- Por favor, nene, vamos a la habitación a descansar… tú no eres así.


Me levanté como pude, tirando en el proceso dos taburetes.


- Contigo no voy ni a la vuerta de la esquina.


Sofía se acercó a Laura desde las sombras, como la sabandija rompe hogares que era. Parecía muy afectada con todo aquello. Habían quitado la música y el silencio era sepulcral, sólo se me escuchaba a mí forcejeando con mi entorno, tratando de erguirme. Mi respiración era irregular, beber tanto me estaba pasando factura. “Ojala tuviese un porrito” era en lo único que podía pensar con claridad.


Sofía cuchicheaba con Laura y su padre, ni idea de que estarían discutiendo y me la sudaba.


- Ya estoy harto. Te lo he dicho una y mil veces, Laura. La escoria sólo se junta con la basura, y tu “novio” es un impresentable indecente. Míralo, ni en pie se puede tener, pero que vergüenza.


Aquellas palabras hicieron que mi sangre hirviese como la lava de un volcán.


- ¿Indecente? ¿Yo, Don Emiliano? Ja! – Saqué mi móvil del bolsillo y empecé a trastear con él – Ya verás, sosio, te voy a quitah la cara esa de oler mierda que tienes.


Laura se me acercó junto con Sofía.


- Dejarme en pah, par de arpiah.


Enlacé vía bluetooth mi Smartphone con el proyector del DJ, subí el volumen al máximo y puse a reproducir el video que grabó mi sobrina Felicia, dejándolo en pausa.


- Ahora vais a ver quién es el indecente, Don Emiliano – y pulsé el play.


En la gran pantalla blanca apareció justo por el momento en que Felicia es aupada por otro niño para alcanzar el alfeizar, solo se ve pared y las baldosas del alfeizar, luego se enfoca el interior del cuarto. El público sostuvo la respiración al ver y oír como a mi pareja, Laura, le comía el coño la encargada de la Finca. Sus gemidos retumbaban por los grandes altavoces que minutos antes reproducían “Paquito el chocolatero”.


La cara de oler mierda de mi ex suegro se puso pálida, los ojos se le salían de las orbitas, como el resto del público.


El corazón me latía demasiado rápido. Miré a Laura que observaba aquello estupefacta. Sofía se tapaba la boca con ambas manos. Empezaba a arrepentirme de haber hecho aquello. Desconecté el bluetooth y la imagen se volvió negra. Me empezaba a encontrar francamente mal. Me había autohumillado de forma horripilante delante de todos aquellos pijos de mierda, y de pasó humillado también a Laura. A pesar de que se lo merecía la culpa no me esperaba que me pesase tanto. Había obrado sin pensar siquiera.


No sabía dónde meterme. Me dispuse a salir.


- Te lo puedo explicar, nene…


La ignoré y la dejé atrás, derrumbándose y llorando, con el rostro cubierto por las manos. Al pasar frente a la pareja de recién casados, Isidoro no tuvo nada mejor que hacer que abrir la puta boca.


- Menudo bochorno, gracias por estropear nuestra boda.


Sus palabras, dichas en un tono rimbombante, hicieron que clavase mis pies en el sitio. Me giré y lo miré a los ojos.


- ¿Bochorno? Bochorno el tuyo, io de puta, que eres más feo que un fligo… fligolifico… que un Federico por detráh, ioputa. Que te he visto comerle loh moco a tu prima, que es más fea que mandah a la awela a por coca, que las metío la lengua hasta aquí – me golpee con el canto de la mano la base de mi cuello- ¡hasta aquí!


Todos se giraron a mirar a la prima del susodicho. La fea regordeta, que no sabía ni en donde meterse.


- ¿Qué coño dices tú, tarado?


- digo que me cago en la puta madre de Dioh, y que los únicos cuernos aquí no son los míos – miré a Eugenia y sentí asco de mí mismo – perdona Eugenia, pero tienes que saberlo, iamía. Te la ha estado pegando Isiorco con el bicho ese.


- Eso es mentira – la pobre angelita se negaba a creer mis palabras – estas dolido y borracho, vete de aquí, fuera, no eres bienvenido.


Todos me abuchearon, pidiendo que me fuese a tomar por el puto culo. Me descojoné durante un rato.


- va, va, ya me voy, panda de hijos de puta sarnosos. Pero una cosa os digo, puede que yo este ciego perdió, pero, ¿en serio soy el único que ve que esa está preñá? Me juego el cuello y no lo pierdo que el padre es el maridísimo. – dije señalando la abultada barriga de que supuse era la prima de Isidoro.


Se volvió a hacer el silencio, todos mirando a la joven poco agraciada. Isidoro había hecho mutis por el foro hacía rato. La mujer se armó de valor y ladró.


- SI, ¿Qué pasa?, Isidoro es el padre. Y él me ama a mí, ¡y no a ti!


Un murmullo frenético empezó a correr por la sala. Eugenia se puso pálida y macilenta.


- ¿Embarazada de mi Isidoro? Pero si a mí no me ha tocado ni con un palo…


- Joder, ni los Buendía se atrevieron a tanto… por razón las prisas por casarse…


Parte 6




Los gritos, los reproches y los insultos volaron de un lado a otro. Eugenia enganchó por los pelos a la amante de su marido, y ambas rodaron por el suelo. Pronto aquello se tornó en un tumulto donde todos peleaban contra todos. Intenté zafarme de aquella reyerta por la puerta principal, pero se abrió de golpe. Dos primos de Eugenia llevaban por los sobacos a Isiorco, con un ojo morado.


Al verme se soltó de sus captores y se dirigió, puños en alto, en mi encuentro.


- Me has arruinado la vida, sucio paleto.


Y me lanzó el puñetazo más lento y patético de mi vida. Lo esquivé con una elegancia inusitada.


- Te la has arruinao tu solito, sosio.


Y le regalé un rodillazo en mitad del esternón, que lo mandó directo al suelo. Lo rematé con una patada en el culo. Me dispuse a salir, pero Sofía me agarró del brazo con firmeza.


- Espera, no te vayas así. La culpa es sólo mía.


- Tendrás coño gordo… a ve si te creeh que la curpa iba a ser mía, ¿no te jode?


- por favor, escúchame, te lo ruego. Ven conmigo.


Me arrastró fuera del salón, que era un caos absoluto. Me llevó dentro del despacho donde se había cepillado a mi ex novia. Sofía sudaba profusamente, estaba nerviosa. Aquello podía suponer su ruina en todos los sentidos.


- ¿qué pasa? Me querías restregar que te has follado a Laura, ¿no?


- Lo siento, ¿vale? Laura estaba muy borracha y me aproveché de ella. Os vi aquella noche, en la cata de vinos – di un pequeño respingo – sí, me hice la dormida, pero lo vi T O D O.


- ¿pero qué cojones?


- Créeme que lo lamento, me gustáis los dos. No pensábamos mantenerlo en secreto lo que habíamos hecho, de verdad, créeme. Queríamos proponerte… bueno, en fin…


- ¿me tomas por tonto? Hubiese sido muy diferente si antes de comerle el coño a mi chica me hubieseis preguntado primero, hubiese estado encantado de mirar, incluso te la hubiese ofrecido yo. Pero joder… que os ha visto mi sobrina, me cago en to… ¡que tiene 6 años!


- ¡Y gracias a ti, nos ha visto TODO el mundo!


- ¿Para esto me has traído aquí? Tranquilo, tu novia te ha puesto los puesto los cuernos conmigo, pero eh, no te preocupes que ahora te la comemos entre las dos y todo arreglado, jiji, eso querías decirme, ¿no?


Parecía que había dado en el clavo. Sentía la rabia y la ignominia aumentar.


- Lo siento pero te has cargado lo único bueno en mi vida… por supuesto la culpa no es exclusivamente tuya. Laura cuando bebe un poco de más actúa como si nada importase… es culpa suya. Pero ni se te ocurra sugerir ni tan siquiera que yo tengo algo que ver.


Pase a su lado y abrí la puerta, antes de salir la miré.


- ¿Sabes? La amaba de verdad. Dile lo siguiente de mi parte: En mi maleta, en el bolsillo chico (ella sabe cuál es), tenía algo para ella. Ya no podré dárselo como tenía planeado.


Y salí fuera. Me estaba esperando Laura, nada más verme se me tiró encima, agarrándome de las ropas.


- Por favor, nene, no me dejes. Lo siento mucho, por favor, por favor – me llenó de besos que me dolieron como cien puñaladas cada uno.


Intenté quitármela de encima pero estaba aferrada firmemente. No quise ser brusco con ella.


- Por favor, Laura, déjame marcharme de aquí.


- ¡No! ¡Quédate conmigo!


- Me he follado a la monitora de los niños por despecho. Esto ya no tiene arreglo.


- Me da igual. Estamos en paz.


- Escúchame, Laura. ¿Quieres que me quede contigo? – Asintió, la borrachera empezaba a remitir lentamente – y , ¿luego, qué?, ¿eh?, ¿podría fiarme de ti?, ¿y tú de mí?. Cada vez que salgas me voy a subir por las paredes, me voy a volver loco de celos. Ni con una mujer ni con un hombre podría dejarte a solas sin comerme el tarro. ¿Quieres vivir así?


- Pero, yo que sé, pensaremos en cómo arreglarlo, ya sé, vayamos a terapia de pareja… o algo.


- No, sólo sería ponerle una tirita. Lo nuestro se ha roto y no tiene arreglo, siempre quedará una cicatriz que nos recuerde lo frágil que es todo… Yo… me conozco, no voy a ser el mismo, Laura. A pesar de lo que me has hecho… - suspiré – te quiero todavía. Si seguimos juntos te voy a tratar mal… como hace un rato.


Laura se dejó caer al suelo llorando, liberándome. Me ardía el pecho y me faltaba el aire. Me alejé de ella.


Salí por la puerta principal para coger mi coche y largarme. Ni siquiera pensaba recoger mis mierdas de la habitación. Sólo quería desaparecer lo antes posible de allí. Aquello se había desmadrado completamente. El tumulto se había extendido por todo el edificio y el aparcamiento. Aquellos invitados, tan formalitos y estirados, se estaban dado de lo lindo.


Los fui esquivando como buenamente pude. Ya había repartido bastante leña y desatado mi furia. Sólo quedaba en mí un poso de tristeza y amargura. Una voz gritó mi nombre entre el gentío. Me giré. Mi ahora ex suegro portaba un rifle de caza y se dirigía hacia mí. Sonreí afablemente.


- Hombre, Don Emiliano, hijo de perra sarnoso. ¿Viene a despedirse, viejo?


Amartilló el arma como única respuesta. Me encaré con él, dando dos pasos hacia el cañón del arma. No tendría cojones de disparar.


- No sabes las ganas que tenía de cazarte, bribón caza fortunas.


- ¿Tienes un pitillo, máquina? – un chico, ni me fije en su cara, me ofreció un cigarro. – Gracias. Saqué el mechero que le había requisado al crío de esta tarde, y con parsimonia me lo prendí - ¿a qué está esperando, Don Emiliano?


Alguien debió de haber alertado de que un desquiciado había descolgado el rifle de caza de una de las paredes. Salieron Laura y Sofía, seguida de otras mujeres que ni recordaba siquiera.


- ¡¡Papá!! ¡¡NO!!


- ¡Oiga, deje ese rifle, no está preparado para usarse así! – gritó Sofía desgañitándose, corriendo hacía Don Emiliano.


Sonriendo, me di la vuelta y me fui tranquilamente hacia mi coche. Tartana, sí, pero MI coche, a fin de cuentas.


Un estruendo ensordecedor, seguido de una embestida brutal que me tiró de boca al suelo. Al segundo de golpearme la frente contra el asfalto pude sentir como el omoplato derecho me ardía. Tardé medio segundo en comprender que el muy hijo de puta me había disparado a traición, como buen señorito que era.


Me levanté de un salto. Me ardía la parte derecha de la espalda. Sofía llegó y le arrebató el rifle a Don Emiliano.


- Tiene cartuchos de Sal, es un arma decorativa.


- Maldición, sigue vivo el bastardo.


Dada la cercanía del disparo de sal, me había hecho una miríada de pequeñas heridas sangrantes a la altura del omoplato derecho. No era algo grave, pero escocía y me dejaría una cicatriz de por vida. Me volví contra el viejo y a punto estuve de soltarle un soplamocos al que hubiese sido mi suegro. Pero Laura se interpuso entre los dos.


No tuve valor de golpearle. La miré por última vez y me dirigí a su padre.


- Le perdono, Don Emiliano. Le perdono de corazón, por todo. Que le vaya bien.


Aquello le sentó como una patada en las gónadas. Su cara se congestionó visiblemente. Satisfecho, me di la vuelta y me encamine a mi vehículo, tratando de que no se notase que estaba perdidamente borracho.


- No quiero tu perdón, sabandija. Mamerto, muerto de hambre, imbécil…


Deje de escuchar la retahíla de insultos hacia mi persona. Me monté en el coche, arranqué, tomándome un momento, mientras se reanudaban las tortas a diestro y siniestro. Metí primera y salí de la Finca de Mil Anos. “ojala me quedase algún pitillo”.


Conduje sin parar ni mirar atrás hasta la primera estación de servicio que encontré. La noche ya había caído. Entré en la gasolinera para comprar tabaco y café. Mi móvil se había quedado sin batería. No pararon de llamarme durante todo el trayecto. Consumieron toda la batería que me quedaba, no me importó. Me tomé el café en mi coche, con las ventanillas abiertas, a oscuras, fumando un cigarrillo tras otro. Me quedé a dormir allí.


A la mañana siguiente conduje hasta mi ciudad natal, Málaga. Por suerte no hice caso a Laura y no puse a la venta mi antiguo piso. Aunque estaba amueblado y tenía algo de ropa allí, todas mis pertenencias importantes estaban en casa de Laura, en Sevilla.


No pensaba volver, ni hoy, ni nunca.




Epilogo.



Nada más llegar a Málaga me hice mirar el tiro de la espalda. No era nada ni remotamente grave, vistoso, y me dejaría cicatriz, pero nada importante. Me dolía más la humillación vivida, la perdida y lo que supuso para mi Laura.


Me rompió un corazón que ya había sido roto en multitud de ocasiones, ya no tenía arreglo lo mío. Cerré mi corazón a cal y canto, con un forjado de hormigón armado rodeándolo.


No me malinterpretéis, no había renunciado a las mujeres, sólo había renunciado al amor. No me quedaba sitio apenas para más cicatrices en el cuerpo. Cada una de ellas estaba bautizada con un nombre de mujer, mujeres a las que había amado, me habían herido y dejado como recuerdo una cicatriz.


La de mi espalda, como supondréis, la bautice “Laura”.


Os preguntareis que fue de aquella Boda, ¿cierto? Qué pasó con Isidoro y con Eugenia. Lo resumiré:


Isidoro y Begoña, que así se llamaba su amante y prima carnal, tenían un malvado plan. Querían recuperar las tierras y fortunas de antaño. Planearon que él se casaría con la heredera de la mayor fortuna de los Salcedo. Se matriculó en la Complutense de Madrid y en Derecho única y exclusivamente para seducir a Eugenia. Sus calificaciones y títulos eran completamente falsos.


¿Cómo consiguió un Orco de Mordor como Isidoro Cabestrante Ordoñez enamorar a una criaturita divina como Eugenia? Para eso no tengo respuesta, es tan misterio para mí como para vosotros.


El caso es que en su domicilio y en la habitación de la Finca Torremilanos se encontraron pruebas suficientes para determinar que el plan incluía la muerte prematura de Eugenia, durante la Luna de Miel, mediante envenenamiento.


Eugenia pidió la anulación de la Boda. Dado que no se había llegado a consumar el matrimonio, no hubo problema alguno. Fueron los celos y la lujuria los que precipitaron sus planes.


Isidoro había dejado embaraza a su amante y prima. Si esperaban más tiempo y Begoña daba a luz al retoño, todo se iría al traste. Por eso las prisas por tener la boda lista en 3 meses, algo que a todos los había extrañado bastante, pero dado que era Eugenia quien pedía acelerar las cosas no sospechábamos nada. Isidoro sería feo con ganas, pero era un manipulador excelente. Los celos de Begoña, que la hacían subirse por las paredes, la hacían alucinar. Ardía de celos imaginándose a su amado primo celebrando sus nupcias con otra, besando a otra.


Aunque era todo por dinero e Isidoro nunca había mantenido relaciones sexuales con Eugenia, con la premisa de reservarse para la boda, no calmó las ansias de Begoña. Esta se presentó en el bodorrio, tratando de disimular su incipiente barriga de embarazada. La lujuria y el mutuo deseo que se profesaban les jugó en contra. Por casualidad vi su tórrido romance en su apogeo, lo que se tradujo en su mutua ruina.


Eugenia me llamó para disculparse y agradecerme por chafarle la boda. Lamentó profundamente lo ocurrido con su prima, me instó a darle una segunda oportunidad. Le agradecí los buenos deseos y decliné su oferta.


¿Cómo decís? ¿Que qué había en el bolsillo pequeño de la maleta que dejé en la habitación que compartía con Laura, en la Finca? Tenía un anillo de compromiso. Había preparado con Eugenia que a la hora de tirar el ramo, se lo diese directamente a Laura. Entonces yo me arrodillaría y le pediría que se casase conmigo. Cursi, sí. Pero estaba enamorado y convencido de querer pasar mis días junto a Laura.


El destino es un río bravo. Puedes elegir remar hacía un lado, hacia el otro, o dejarte arrastrar por la corriente, pero tarde o temprano, llegarás al Mar. Y contra eso, no se puede luchar.


Poco después de la llamada de Eugenia, recibí una carta manuscrita de Laura.


La conservé, sin abrir. Sabía perfectamente lo que decía, leerlo sólo me haría caer. A pesar de los años, la sigo queriendo lo suficiente como para ahorrarle años de sufrimiento a mi lado. Tengo demonios aún por vencer.


Guardo su carta en mi baúl de los recuerdos, junto a las fotos de Felicia, la Bala de Roxanne, el mechón de pelo de Clara y otros muchos recuerdos queridos.


FIN.
jarojito
ForoCoches: Miembro
#2
Ufffff...

Una vez leído... Mis dies. Ameno. Esperando actualizaciones, y ya que te hago la pole que menos que me cites
Hardcore22
ForoCoches: Miembro
#3
Me espero a la cinta de cassette
Eastwood_
ForoCoches: Miembro
#4
podrías poner más saltos de línea entre parrafos shur.
ottotoot
ForoCoches: Usuario
#5
Menuda chapa
dark_harley
Forjador de historias
#6
Cita de Eastwood_
podrías poner más saltos de línea entre parrafos shur.


Tengo en cuenta tu consejo, shurmano.
mkv4motion
ForoCoches: Miembro
#7
Pillo sitio
El MARTINgolo
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#8
sólo he leído el título y me cago en tus muertos
Caotico_Fanegas
ForoCoches: Miembrazo
#9
Si hombre si, ahora me lo leo
Trovit
Forocochero gilipollas
#10
pero pon un resumen cabron!
Jace
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#11
Buena película te has montado
W209
ForoCoches: Usuario
#12
Nunca había leído historias de bodas en Forocoches. Pillo sitio
Molinoborrach0
ForoCoches: Usuario
#13
Alquilo sitio con vistas a la pole y primera línea de playa
dark_harley
Forjador de historias
#14
Cita de El MARTINgolo
sólo he leído el título y me cago en tus muertos


el sentimiento es mutuo, shur.
hernazinger
PhD
#15
Hijo de fruta, una cosa es que no hagas resumen y otra que escribas la historia en forma de conversación novelada como si fueses el puto Lope de Vega.
QueHacer
Premium User
#16
Didn't read lol
dark_harley
Forjador de historias
#17
Cita de Caotico_Fanegas
Si hombre si, ahora me lo leo


refréscame la menoría, shur.


¿en que momento te he pedido algo?


es más, ¿Te conozco de algo?
dark_harley
Forjador de historias
#18
Cita de Reon
Pole


uy casi, shur.


se te han adelantado unos cuantos trolls más.
nivola
Shura
#19
Avisa que vas por fasciculos hombre, me espero al blu ray
dark_harley
Forjador de historias
#20
Cita de hernazinger
Hijo de fruta, una cosa es que no hagas resumen y otra que escribas la historia en forma de conversación novelada como si fueses el puto Lope de Vega.


Forocoches es mi blog.
Odioeterno
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#21
Cita de Reon
Pole
A la ultima pagina cabronazo
dark_harley
Forjador de historias
#22
Cita de nivola
Avisa que vas por fasciculos hombre, me espero al blu ray


espera sentado.
Lionel Hutz
ForoCoches: Usuario
#23
Continuara dice
dark_harley
Forjador de historias
#24
Cita de QueHacer
Didn't read lol


wow, pedazo de comentario super original. Tus padres deben de estar orgullosísimos de ti.


un abrazo shur oldfag.
Zamorana
ForoCoches: Miembro
#25
Me espero a la edición en papiro.
SANZ
ForoCoches: Miembro
#26
Por ahora no supera la del abuelo con el tupper de macarrones.
Bakera
ForoCoches: Miembro
#27
iba contestar en serio porque tengo un par de ellas muy buenas, pero leyendo muy por encima la mierda que has escrito, PASO.
Malco81
ForoCoches: Miembro
#28
En serio.

Vaya mierda de hilos se ven últimamente en el general
Noble 6
B312
#29
Sitiamen
dark_harley
Forjador de historias
#30
Cita de Zamorana
Me espero a la edición en papiro.


claro, shur, cuando termine de afilarle los cuernos a tu padre, lo transcribo y mando a tu madre para que te lo entregue.
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