Ayer fui a una piscina municipal y el panorama era desolador
Ayer 12:56
#93
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Eso no es nada, vete a la piscina de Moratalaz que vas a flipar, tías metiéndose vestidas, señoras mayores igual y noruegos amedrentando a la gente. |
Ayer 13:07
#99
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La tarde era muy calurosa en mi ciudad y a un compañero de trabajo se le ocurrió que podíamos ir a una piscina municipal, ya que allí al menos podríamos estar en remojo y beber algo. A priori no nos pareció mal plan. El caso era huir del calor y poder charlar un buen rato.
Al aparcar en las proximidades, el griterío que se escuchaba ya era impresionante. Cuando entramos en el recinto, no sabíamos ni en qué sitio colocar las toallas porque el percal era de pesadilla: grupos de chavales de color entre el marrón claro y el negro tizón (jamás el blanco) escuchando trap mientras marcaban musculitos amenazadoramente. De cuando en cuando hacían amago de pelearse entre ellos o con otros grupos; la agresividad era constante. Entre aquella música salida del averno podían escucharse los tintineos de los múltiples collares que llevaban al cuello. Todos peinados con rizos tintados de rubio como Lamine Yamal o esa especie de rastas indefinidas y muy densas con que se peinan los negros o que ya les salen así del cuero cabelludo (nunca lo sabré). Una amalgama de razas sin raza, el fruto de sucias y decadentes uniones entre inmigrantes llegados de los lugares más pobres del planeta con perdedores locales (gente con problemas de juego, alcohol y drogas que nunca supieron educar a sus hijos). Por otro lado, grupitos de chavales etnianos tatuados con vírgenes y nombres y fechas. Uno de ellos le hizo un mataleón a su amigo y por poco hace que se desmaye. De cuando en cuando, entre varios agarraban a alguno y lo tiraban al agua muy cerca del borde. Me pregunto cuántas lesiones óseas y cerebrales puede haber cada verano en una de esas piscinas. Comían únicamente bazofia (bollería y patatas fritas, principalmente) mientras escuchaban una especie de mezcla entre reguetón y flamenco, que al mezclarse con el trap conformaban una cacofonía sobre la que era difícil poder hablar. Además de pelearse y demostrar hombría, los chavales no dejaban de mirar a los grupitos de chicas adolescentes. Las niñas desde los diez años con bikinis tipo tanga y desde los quince, además, con múltiples tatuajes. Se notaba que las más mayores querían llamar la atención de los malotes del trap y se ponían muy cerca de ellos, hablando a gritos y tumbadas bocabajo sobre sus toallas con el culo respingón y semidesnudo, el hueco entre los glúteos dispuesto como un aparcabicis. Y qué decir de los adultos: familias disfuncionales que ocultaban botellas de ron o whisky en las mochilas con las que habían accedido y que se las tomaban hasta sin hielo en vasos de plástico delante de sus hijos pequeños, que correteaban por todos lados con el pañal cagado. Parejas payo-etniana o etniano-paya (ambos siempre tatuados hasta las trancas) que habían engendrado a pequeños demonios que pisaban indistintamente por encima de cualquier objeto de valor (gafas de sol, móvil, etc.) que se te hubiera ocurrido dejar sobre la toalla mientras te dabas un baño. Había un hombre que llevaba en el tobillo una pulsera telemática de vigilancia y miraba alrededor dispuesto a asesinar al primero que le mirara a los ojos; iba con una mujer y un niño a los que no dirigió la palabra en toda la tarde. Mis compañeros y yo intentando, al menos, permanecer en remojo cerca de las toallas para que no nos robaran. El agua caliente como una sopa, llena de pelos largos que se te enganchaban a los dedos de las manos. Los niñatos lanzándose en bomba a pocos centímetros de nuestras cabezas. El de seguridad dándose paseos haciendo como que tenía todo bajo control. Permanecíamos en un huequito de una de las piscinas, intentando no escuchar ni mirar a nada que no fuese a nosotros mismos ni nuestra conversación, pero se hacía imposible. Esa realidad decadente se colaba por los ojos y los oídos y penetraba hasta el alma, haciendo que te preguntaras en qué país vives y qué clase de gente compone el grueso de la sociedad en la que intentas sobrevivir. Te preguntas si tu civismo y tu educación, que pensabas que eran "lo normal", no son sino una flor en el desierto. Uno de mis compañeros dijo que, aun con todo, esa era una de las mejores y más seguras piscinas municipales de la ciudad. No quiero imaginarme cómo serán las otras. |
Ayer 13:08
#100
| Piscina SIEMPRE SIEMPRE SIEMPRE de pago, prefiero quedarme en el sofa de mi casa con los cojones sudaos a tener que ir a eso |
Ayer 13:09
#101
Ayer 13:12
#103
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las piscinas marcan mucho la clase social 1.- Publicas. gente de bajos ingresos, o directamente sin ingresos 2.- Urbanizacion: gente de clase trabajadora 3.- Comunidad con chalets y piscina: Clase media-alta 4.- Chalet piscina privada: Clase alta |
Ayer 13:17
#104
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Curré en la de Opañel en Madrid, eso era el Bronx gitanil de la gente que bajaba de Pan Bendito y Caño Roto.... recuerdo un día que cogieron la sombrilla del socorrista y se tiraron con ella al agua,... otro día una gitana rumana con vestido largo se metió en el agua y los socorristas y guardia jurado tirando de ella desde fuera para que saliese.... podría escribir un libro y presentarlo en la taberna Garibaldi
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Ayer 13:19
#106
| Si lo que mas buscas es la tranquilidad, la piscina publica no es tu sitio. Salvo la de teruel. |
Ayer 13:20
#107
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Y como ha cambiado el barrio. Yo pasé mi infancia en Pubilla Cases. |
Ayer 13:23
#109
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En mi población (área metropolitana de BCN) solo te digo que han tenido que poner un vigilante de seguridad en la entrada. Da la casualidad que está al lado de un barrio habitado por gente de la etnia y otros subseres, los cuales no se toman demasiado bien lo de respetar el aforo ni las normas de las instalaciones. La policía ya ha tenido que ir varias veces. Huelga decir que no me van a ver ni en pintura. Eso sí, la estoy pagando con mis impuestos. |
Ayer 13:28
#112
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La tarde era muy calurosa en mi ciudad y a un compañero de trabajo se le ocurrió que podíamos ir a una piscina municipal, ya que allí al menos podríamos estar en remojo y beber algo. A priori no nos pareció mal plan. El caso era huir del calor y poder charlar un buen rato.
Al aparcar en las proximidades, el griterío que se escuchaba ya era impresionante. Cuando entramos en el recinto, no sabíamos ni en qué sitio colocar las toallas porque el percal era de pesadilla: grupos de chavales de color entre el marrón claro y el negro tizón (jamás el blanco) escuchando trap mientras marcaban musculitos amenazadoramente. De cuando en cuando hacían amago de pelearse entre ellos o con otros grupos; la agresividad era constante. Entre aquella música salida del averno podían escucharse los tintineos de los múltiples collares que llevaban al cuello. Todos peinados con rizos tintados de rubio como Lamine Yamal o esa especie de rastas indefinidas y muy densas con que se peinan los negros o que ya les salen así del cuero cabelludo (nunca lo sabré). Una amalgama de razas sin raza, el fruto de sucias y decadentes uniones entre inmigrantes llegados de los lugares más pobres del planeta con perdedores locales (gente con problemas de juego, alcohol y drogas que nunca supieron educar a sus hijos). Por otro lado, grupitos de chavales etnianos tatuados con vírgenes y nombres y fechas. Uno de ellos le hizo un mataleón a su amigo y por poco hace que se desmaye. De cuando en cuando, entre varios agarraban a alguno y lo tiraban al agua muy cerca del borde. Me pregunto cuántas lesiones óseas y cerebrales puede haber cada verano en una de esas piscinas. Comían únicamente bazofia (bollería y patatas fritas, principalmente) mientras escuchaban una especie de mezcla entre reguetón y flamenco, que al mezclarse con el trap conformaban una cacofonía sobre la que era difícil poder hablar. Además de pelearse y demostrar hombría, los chavales no dejaban de mirar a los grupitos de chicas adolescentes. Las niñas desde los diez años con bikinis tipo tanga y desde los quince, además, con múltiples tatuajes. Se notaba que las más mayores querían llamar la atención de los malotes del trap y se ponían muy cerca de ellos, hablando a gritos y tumbadas bocabajo sobre sus toallas con el culo respingón y semidesnudo, el hueco entre los glúteos dispuesto como un aparcabicis. Y qué decir de los adultos: familias disfuncionales que ocultaban botellas de ron o whisky en las mochilas con las que habían accedido y que se las tomaban hasta sin hielo en vasos de plástico delante de sus hijos pequeños, que correteaban por todos lados con el pañal cagado. Parejas payo-etniana o etniano-paya (ambos siempre tatuados hasta las trancas) que habían engendrado a pequeños demonios que pisaban indistintamente por encima de cualquier objeto de valor (gafas de sol, móvil, etc.) que se te hubiera ocurrido dejar sobre la toalla mientras te dabas un baño. Había un hombre que llevaba en el tobillo una pulsera telemática de vigilancia y miraba alrededor dispuesto a asesinar al primero que le mirara a los ojos; iba con una mujer y un niño a los que no dirigió la palabra en toda la tarde. Mis compañeros y yo intentando, al menos, permanecer en remojo cerca de las toallas para que no nos robaran. El agua caliente como una sopa, llena de pelos largos que se te enganchaban a los dedos de las manos. Los niñatos lanzándose en bomba a pocos centímetros de nuestras cabezas. El de seguridad dándose paseos haciendo como que tenía todo bajo control. Permanecíamos en un huequito de una de las piscinas, intentando no escuchar ni mirar a nada que no fuese a nosotros mismos ni nuestra conversación, pero se hacía imposible. Esa realidad decadente se colaba por los ojos y los oídos y penetraba hasta el alma, haciendo que te preguntaras en qué país vives y qué clase de gente compone el grueso de la sociedad en la que intentas sobrevivir. Te preguntas si tu civismo y tu educación, que pensabas que eran "lo normal", no son sino una flor en el desierto. Uno de mis compañeros dijo que, aun con todo, esa era una de las mejores y más seguras piscinas municipales de la ciudad. No quiero imaginarme cómo serán las otras. Buen país se está quedando |
Ayer 13:28
#113
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La tarde era muy calurosa en mi ciudad y a un compañero de trabajo se le ocurrió que podíamos ir a una piscina municipal, ya que allí al menos podríamos estar en remojo y beber algo. A priori no nos pareció mal plan. El caso era huir del calor y poder charlar un buen rato.
Al aparcar en las proximidades, el griterío que se escuchaba ya era impresionante. Cuando entramos en el recinto, no sabíamos ni en qué sitio colocar las toallas porque el percal era de pesadilla: grupos de chavales de color entre el marrón claro y el negro tizón (jamás el blanco) escuchando trap mientras marcaban musculitos amenazadoramente. De cuando en cuando hacían amago de pelearse entre ellos o con otros grupos; la agresividad era constante. Entre aquella música salida del averno podían escucharse los tintineos de los múltiples collares que llevaban al cuello. Todos peinados con rizos tintados de rubio como Lamine Yamal o esa especie de rastas indefinidas y muy densas con que se peinan los negros o que ya les salen así del cuero cabelludo (nunca lo sabré). Una amalgama de razas sin raza, el fruto de sucias y decadentes uniones entre inmigrantes llegados de los lugares más pobres del planeta con perdedores locales (gente con problemas de juego, alcohol y drogas que nunca supieron educar a sus hijos). Por otro lado, grupitos de chavales etnianos tatuados con vírgenes y nombres y fechas. Uno de ellos le hizo un mataleón a su amigo y por poco hace que se desmaye. De cuando en cuando, entre varios agarraban a alguno y lo tiraban al agua muy cerca del borde. Me pregunto cuántas lesiones óseas y cerebrales puede haber cada verano en una de esas piscinas. Comían únicamente bazofia (bollería y patatas fritas, principalmente) mientras escuchaban una especie de mezcla entre reguetón y flamenco, que al mezclarse con el trap conformaban una cacofonía sobre la que era difícil poder hablar. Además de pelearse y demostrar hombría, los chavales no dejaban de mirar a los grupitos de chicas adolescentes. Las niñas desde los diez años con bikinis tipo tanga y desde los quince, además, con múltiples tatuajes. Se notaba que las más mayores querían llamar la atención de los malotes del trap y se ponían muy cerca de ellos, hablando a gritos y tumbadas bocabajo sobre sus toallas con el culo respingón y semidesnudo, el hueco entre los glúteos dispuesto como un aparcabicis. Y qué decir de los adultos: familias disfuncionales que ocultaban botellas de ron o whisky en las mochilas con las que habían accedido y que se las tomaban hasta sin hielo en vasos de plástico delante de sus hijos pequeños, que correteaban por todos lados con el pañal cagado. Parejas payo-etniana o etniano-paya (ambos siempre tatuados hasta las trancas) que habían engendrado a pequeños demonios que pisaban indistintamente por encima de cualquier objeto de valor (gafas de sol, móvil, etc.) que se te hubiera ocurrido dejar sobre la toalla mientras te dabas un baño. Había un hombre que llevaba en el tobillo una pulsera telemática de vigilancia y miraba alrededor dispuesto a asesinar al primero que le mirara a los ojos; iba con una mujer y un niño a los que no dirigió la palabra en toda la tarde. Mis compañeros y yo intentando, al menos, permanecer en remojo cerca de las toallas para que no nos robaran. El agua caliente como una sopa, llena de pelos largos que se te enganchaban a los dedos de las manos. Los niñatos lanzándose en bomba a pocos centímetros de nuestras cabezas. El de seguridad dándose paseos haciendo como que tenía todo bajo control. Permanecíamos en un huequito de una de las piscinas, intentando no escuchar ni mirar a nada que no fuese a nosotros mismos ni nuestra conversación, pero se hacía imposible. Esa realidad decadente se colaba por los ojos y los oídos y penetraba hasta el alma, haciendo que te preguntaras en qué país vives y qué clase de gente compone el grueso de la sociedad en la que intentas sobrevivir. Te preguntas si tu civismo y tu educación, que pensabas que eran "lo normal", no son sino una flor en el desierto. Uno de mis compañeros dijo que, aun con todo, esa era una de las mejores y más seguras piscinas municipales de la ciudad. No quiero imaginarme cómo serán las otras. |
Ayer 13:28
#114
| La culpa de quien es? Si se expulsara de la pisicina y a la 3a vetado todo el verano la cosa cambiaría pero ahí tienes resultado años y años de pasotismo pagado por el contribuyente ahorrado |
Ayer 13:29
#115
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Ayer 13:30
#116
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Según confesó hace poco... por eso vídeo ha sufrido durante muchos años palizas y bullyng hasta el punto de tenerse que irse con problemas de ansiedad. Espero que ese no sea el sitios de visionarios en la historia |
Ayer 13:31
#117
| Basura etniana mas basura importada de África y letrinoamerica. La decadencia de la sociedad española. |
Ayer 13:32
#119
| Me lo creo perfectamente por todabla morralla buenista que hay que son rematadamente subnormales. |
