Roadtrip Tracer 7 - Rumbo a Galicia

Utill
ForoCoches: Miembro
#1
Prólogo

Bueno, pues después de mucho tiempo leyendo los hilos de viajes de otros foreros, por fin me toca aportar mi granito de arena.

La protagonista vuelve a ser una Yamaha Tracer 7. Y digo “vuelve” porque ya tuve una hace unos años y, sinceramente, ha sido una de las motos con las que más he disfrutado.

En apenas dos años le hice cerca de 40.000 kilómetros. El primer verano nos recorrimos prácticamente toda Andalucía mi señora y yo. El segundo nos fuimos hasta el País Vasco, Asturias y Cantabria. El plan era completar el viaje entrando en Galicia… pero justo coincidió con toda la locura del COVID y, entre restricciones, certificados y la documentación sanitaria que exigían entonces para acceder, tuvimos que darnos la vuelta con la espinita clavada.

Galicia se quedó pendiente.

Poco después, por circunstancias de la vida, tocó vender la moto. Y así, casi sin darme cuenta, han pasado cuatro años. Cuatro años sin casco, sin rutas improvisadas, sin desayunos en cualquier pueblo perdido y sin esa sensación de apagar el móvil y dejar que el día lo marque la carretera.

Cuatro años en el dique seco.

Hasta ahora.

Hace apenas unas semanas surgió la oportunidad de hacer una escapada de una semana y pensé que era el momento de quitarme esa espina de una vez. No quería gastarme un dineral porque, siendo sinceros, tampoco sé el uso que le voy a dar a partir de este viaje. Así que apareció una Tracer 7 de segunda mano, con unos respetables 80.000 kilómetros y un precio algo elevado, pero es el mercado amigo: 3.500 euros.

¿Tiene kilómetros? Sí.

¿Es posible que durante el viaje nos dé algún susto? También.

Pero, ¿sabéis qué? Casi forma parte de la gracia. No quería una moto de escaparate; quería una compañera de viaje. De esas que, cuando llegas a casa, tienen historias que contar.

Después de una buena revisión, equipaje preparado (gracias a mi incombustible colega que siempre está dispuesto a echarme una mano) y muchas ganas acumuladas durante cuatro años, por fin ha llegado el momento de volver a hacer lo que más echaba de menos.

Y esta vez sí.

Esta vez Galicia no se escapa.


Etapa 1: Pueblo de Valencia – Toledo (430 km)

Pues arrancó por fin el viaje.

A las ocho de la mañana salíamos desde un pueblo de Valencia con esa mezcla de nervios e ilusión que solo se tiene el primer día. La moto cargada hasta arriba, el GPS marcando rumbo a Toledo y ocho días por delante. Ahora ya no había vuelta atrás.

La primera parada fue en Siete Aguas. Almuerzo de los de verdad y buen ambiente. Casualidades del viaje, era festivo y el pueblo ya estaba preparando los toros en la calle. Da gusto encontrarte estas cosas sin buscarlas; forman parte del viaje tanto como las curvas.

Desde allí seguimos por la antigua N-3. Requena, Utiel… kilómetros entre viñedos y pueblos que siempre tienen algo que mirar aunque solo pases de largo.

Uno de esos recuerdos inesperados llegó al atravesar Pedroñeras. Mucha gente la conoce como la capital del ajo, y no tardamos en descubrir por qué. Bastó con entrar en el pueblo para que un intenso olor a ajo inundara el casco. De esos aromas que, lejos de molestar, se quedan grabados porque sabes que dentro de unos años volverán a tu cabeza en cuanto alguien mencione el lugar. Son esos pequeños detalles los que hacen distinto un viaje en moto al de cualquier otro medio de transporte.

Un poco más adelante hicimos una parada en Villanueva de la Jara para estirar las piernas y tomar un refrigerio. La sorpresa fue encontrarnos con una iglesia absolutamente impresionante que domina la plaza del pueblo. De esas joyas que no esperas encontrar y que te obligan a sacar el móvil para hacer un par de fotos antes de seguir camino.

A partir de ahí empezó lo esperado: rectas infinitas, calor de justicia y ese viento abrasador que parece salir de un secador industrial. El termómetro llegó a marcar 36 ºC y hubo momentos en los que te preguntas quién demonios te manda recorrer media España en moto.

Pero luego recuerdas por qué has salido.

Porque viajar en moto no consiste solo en enlazar puertos de montaña espectaculares. También hay días de transición. Días que sirven para dejar atrás la rutina y empezar a entrar en modo viaje. Hoy era precisamente eso: una etapa para acercarnos al verdadero objetivo de este roadtrip, que no es otro que recorrer Galicia de punta a punta por carreteras secundarias.
Llegamos a Toledo sobre las cuatro de la tarde. La Tracer 7, cargada hasta los topes, ni se ha inmutado. Ha ido fina, estable y tragándose kilómetros como si nada.

Después de dejar el equipaje, tocó lo mejor del día. Pasear sin rumbo por el casco histórico de Toledo. Sus callejuelas, las cuestas, el ambiente y esa mezcla de culturas que se respira en cada rincón hacen que entiendas enseguida por qué está considerada una de las ciudades más bonitas de España. Terminamos el día contemplando la ciudad iluminada, de esas imágenes que justifican por sí solas los kilómetros recorridos.

Y dato importante para los que lleváis paquete: después de montar el asiento Comfort, la jefa ha terminado la etapa encantada. Ni una queja de culo, que ya es bastante más de lo que podía decir con el asiento original. Dinero muy bien invertido.


Mañana toca poner rumbo a León. Sobre el papel, otra etapa de transición. Pocas expectativas… y precisamente por eso son las que luego suelen sorprender.

Lo bueno empieza ahora.

Os dejo unas cuantas fotos por aquí. Espero que os gusten tanto como a nosotros nos está gustando vivirlo.











Etapa 2: Toledo – León (388 km)

La segunda etapa amanecía en Toledo. Después del calor infernal del día anterior, por fin se respiraba un aire algo más fresco. Se agradecía. Desayuno tranquilo y, antes de salir, uno de esos momentos en los que te das cuenta de que cuatro años sin moto se notan más de lo que uno quiere reconocer.

Ayer ya había algo que no terminaba de convencerme. La Tracer iba rara. Yo lo achacaba a haber perdido el tacto después de tanto tiempo sin montar, pero la sensación seguía ahí. Así que decidí acercarme al concesionario de Yamaha. Ajuste de la precarga al 9, tensado de cadena y, ya en la gasolinera, engrase por mi cuenta.

Mano de santo.

La moto parecía otra completamente distinta. Qué curioso cómo un simple reglaje puede cambiar tanto el comportamiento. Al menos ya tenía un culpable… aunque la jefa empezó a quejarse del culo a los pocos kilómetros. Evidentemente, también le eché la culpa a la precarga. Mientras pueda seguir defendiendo esa teoría, así será.

Salimos de Toledo sobre las diez de la mañana bordeando el Tajo por carreteras secundarias. Sin prisas. Había decidido desviarme del recorrido para volver a pasar por algunos lugares muy especiales para mí.

Ávila fue mi casa durante una etapa de mi vida y le guardo un cariño enorme. Por eso nos acercamos a El Barco de Ávila y El Barraco antes de entrar en la ciudad. Hay sitios que uno no necesita visitar; necesita volver a ellos.

La parada gastronómica estaba clara desde antes incluso de salir de Valencia: la Taberna del Emiliano.

Qué maravilla.

Hacía años que no recordaba lo que era pedir una bebida y que aparecieran unas tapas de verdad. De las que casi te hacen replantearte si hace falta pedir más comida. Pero había que hacer honor a la tierra, así que cayó un señor chuletón acompañado de unos huevos rotos con jamón.

Y casi me gustó más el local que la comida.

Jamones colgando del techo, servilletas en el suelo bajo la barra, vecinos entrando y saliendo constantemente… de esos bares auténticos que cada vez cuesta más encontrar y que, por suerte, todavía siguen resistiendo.

Café… y otra vez rumbo al norte.

La verdad es que, quitando ese paréntesis en Ávila, la carretera fue exactamente lo que esperaba. Kilómetros de transición. Largas rectas, mucho camión, firme bastante mejorable y pocas cosas especialmente llamativas. Una etapa para avanzar, no para recordar por sus paisajes.

Eso sí, hubo un par de recordatorios de que en moto nunca conviene bajar la guardia. Dos adelantamientos de esos que te hacen preguntarte si realmente te han visto. Tocó echarse a la derecha más de la cuenta y respirar hondo. Cuatro años después de dejar la moto comprobé que algunas cosas no cambian: el mayor peligro sigue sin ser la carretera… sino algunos conductores.

También me di cuenta de otra cosa.

Cómo odiaba los cambios de rasante… y cómo los sigo odiando. No sé si es que he perdido costumbre o simplemente ahora soy más prudente, pero los afronto con muchísimo respeto. Ya habrá tiempo para recuperar confianza; de momento prefiero llegar diez segundos más tarde que jugar a la lotería.

Y hablando de la moto…

Hay un consejo que todos hemos escuchado alguna vez y que, aun así, muchos terminamos ignorando: nunca hay que comprar una moto en caliente.

Pues bien, yo no hice caso.

Y así nació la Chapu. De Chapuzas!

Porque el antiguo propietario parecía tener auténtica alergia a dejar una pieza original donde debía ir. Inventos por todas partes. El primero fue el portamatrículas, que ya me dio guerra al montar las maletas. Y cuando me crucé con una patrulla de la Guardia Civil lo primero que pensé fue: “como esto no esté homologado, ya tengo entretenimiento”. Así que otro punto apuntado para cuando vuelva a casa: buscar un portamatrículas original y seguir devolviendo, poco a poco, a la Chapu a su estado original.

Eso sí, de motor va como un reloj. Así que todas esas pequeñas chapuzas las asumimos como parte de la aventura. Al fin y al cabo, si este viaje sale perfecto no tendrá gracia; alguna historia habrá que llevarse para contar a la vuelta.

Otra de las cosas que había olvidado es lo absurdamente poco que consume esta moto. En su día estuve muy cerca de comprar una V-Strom 650 de las primeras. Siempre me pareció una moto durísima y también muy austera con el combustible, pero el peso y que aquella unidad no llevase ABS terminaron por echarme atrás. Viendo cómo está bebiendo la Tracer durante este viaje, creo que acerté.

Llegamos a León sobre las siete de la tarde. Sin grandes sobresaltos y, curiosamente, con un calor incluso algo más llevadero que el de ayer.

Pero esta etapa no terminaba al apagar la moto.

León era una parada especial.

Durante dos años compartí incontables horas de trabajo con un compañero que terminó convirtiéndose en amigo. Leonés hasta la médula, orgulloso de su tierra, enamorado de su gastronomía y de esas historias infinitas con las que conseguía venderte su ciudad como si fuera el mejor lugar del mundo. Siempre hablaba del Barrio Húmedo, de las tapas, del ambiente y repetía, casi como un mantra, que León tenía uno de los mayores ratios de bares por habitante de España. También insistía una y otra vez en que, si algún día pasaba por allí, no podía marcharme sin ver su Catedral.

Hoy, por fin, tocaba comprobar si exageraba.

Y no.

El hotel estaba prácticamente al lado de la Catedral. Salir y encontrártela de frente fue uno de esos momentos que no esperas que impresionaran tanto. Imponente, elegante y con una presencia difícil de describir hasta que la tienes delante. Allí me acordé de él. De tantas conversaciones durante las guardias, de tantas recomendaciones y de tantas veces que me dijo que acabaría viniendo. Tenía razón.

Ducha rápida y ni siquiera nos dio tiempo a probar la cama.

Directos al Barrio Húmedo.

Vino, tapas, ambiente por todas partes y la camiseta de España puesta para terminar el día viendo el partido contra Portugal.

Mañana empieza, de verdad, el viaje que llevamos años imaginando.

Cambio de planes sobre la marcha: finalmente recorreremos Galicia en sentido antihorario. Primero pondremos rumbo a Asturias, cruzaremos el Puerto de Pajares y subiremos el mítico Angliru, un puerto que siempre soñé coronar en bicicleta y que, por unas cosas u otras, nunca pudo ser. Esta vez será la Tracer quien me lleve hasta arriba.
Después… Galicia.

Ahora sí empieza lo bueno.















Etapa 3. León – Oviedo. El día que conocimos el Angliru. (188 km)

Amanecimos en León con una especie de resaca emocional. La victoria de España, las tapas infinitas, los vinos de la tierra y el paseo nocturno por una ciudad que nos había gustado mucho más de lo esperado.

Y cómo no íbamos a rendir homenaje a León. Si habíamos venido hasta aquí, había que beber León. La primera parada fue con un Mencía. Fresquito, con cuerpo y peligrosamente fácil de beber. Entró de maravilla. Quizá demasiado bien. Después llegó un Prieto Picudo, porque ya puestos a hacer las cosas, había que hacerlas bien. El resultado fue parecido. Muy bueno, muy traicionero y perfecto para acompañar aquellas tapas interminables. Por suerte, todavía nos quedaba algo de sentido común y acabamos cambiando el vino por agua. Viendo cómo amanecimos al día siguiente, fue una decisión acertada.

Antes incluso de abandonar la ciudad ya habíamos tomado otra decisión importante. Volver. Mientras organizábamos la vuelta circular del viaje apareció la posibilidad de regresar a León unos días después y no lo dudamos. Bajamos a recepción y reservamos la misma habitación. Nos había quedado una cuenta pendiente: la Catedral. Anoche nos había puesto la piel de gallina por fuera y el viernes tocará descubrir qué esconde por dentro.

Mientras colocaba las maletas comenzaron a aparecer los primeros peregrinos. Mochilas enormes, botas gastadas y kilómetros por delante. Qué imagen tan bonita. Nosotros recorreríamos el norte sobre dos ruedas y ellos a golpe de zapatilla. Distintas formas de viajar, pero la misma ilusión.

La mañana empezó con una visita inesperada a Yamaha León. La Chapu, que parece empeñada en que conozcamos todos los concesionarios oficiales del norte, decidió que el intermitente derecho había terminado su vida útil. Los mecánicos nos atendieron de maravilla, pero el diagnóstico fue básicamente el mismo que traíamos de casa: todo está bastante chapuceado. No hubo solución inmediata, así que mientras ellos echaban un vistazo a la moto nosotros nos fuimos a pasear por el Bernesga, a curiosear un mercadillo y a comprar un plátano para recuperar potasio, como auténticos deportistas de élite.

Entre unas cosas y otras salimos de León cerca de las once de la mañana. Sin dramas. La etapa era corta y no había ninguna prisa.

La aproximación a Pajares me dejó algo frío al principio. El firme no era lo que esperaba y llegué a pensar que igual me había creado demasiadas expectativas. Por suerte me equivocaba. Siguiendo una recomendación de mi compañero leonés abandonamos la ruta principal y nos desviamos hacia La Pola de Gordón para afrontar el Puerto de Aralla.

Nada más llegar apareció un olor que nos hizo entender por qué aquella parada era obligatoria. Embutido. Del bueno. Entonces recordé otra de sus recomendaciones y acabamos sentados en Casa Entrepeñas. Una tabla de embutidos, algo fresco para beber y de nuevo a la carretera. Hay consejos que conviene seguir sin hacer preguntas.

La subida a Aralla fue el primer aviso serio de que habíamos dejado atrás las largas rectas castellanas. Curvas de herradura, aire fresco y la sensación de que volvía la moto de verdad. Coronamos por encima de los 1.500 metros y continuamos hacia Casares de Arbás.

Y allí llegó uno de esos momentos que justifican un viaje entero.

Durante kilómetros no nos cruzamos con nadie. Ni coches, ni motos, ni ciclistas. Absolutamente nadie. La carretera serpenteaba entre las montañas y daba la sensación de que el resto del mundo había desaparecido.

Llegamos a un mirador y paramos.

Pero paramos de verdad.

Nos quitamos los cascos, nos sentamos y nos dedicamos a contemplar el paisaje. Después miramos el reloj y descubrimos que habíamos pasado allí casi media hora. Media hora sin hacer nada. O quizá haciendo exactamente lo que habíamos venido a buscar.

Me encantan esas carreteras solitarias en las que parece que te has quedado solo en el mundo. No son carreteras para correr. Son carreteras para estar.

Después volvimos a enlazar con Pajares por Ventosilla y ahí sí apareció el puerto que esperaba encontrar. Buena carretera, curvas fáciles de leer y la sensación constante de que es muy sencillo dejarse llevar más de la cuenta con el acelerador.

Al coronar llegó otra sorpresa. El cambio de temperatura fue tan brusco que parecía que alguien hubiese abierto una puerta entre dos mundos. De repente desapareció el calor castellano y apareció el frescor asturiano.

Descendimos hasta Campomanes para hacer una parada antes del gran objetivo del día. Dos pinchos, un refrigerio y un bar de los de toda la vida. Dentro, varios parroquianos disfrutaban de sus culines de sidra como si el tiempo no existiera. Qué maravilla. Y qué envidia.

Durante unos minutos me planteé seriamente pedir una, luego otra y después una tercera. Quedarme allí sentado toda la tarde viendo pasar la vida. Pero conseguimos resistir la tentación.

Porque delante nos esperaba el Angliru.

Y entonces apareció el cartel.

Ese cartel.

El que llevas años viendo en fotografías, vídeos y retransmisiones ciclistas.

En cuanto lo vi noté algo difícil de explicar.

Los primeros kilómetros permiten disfrutar con cierta calma, pero los últimos seis son otra historia. No hay fotografía, vídeo o pantalla capaz de explicar aquello. Hay que venir. Hay que verlo.

Curvas imposibles, rampas absurdas y herraduras tan cerradas que en alguna derecha tuve que bajar hasta primera. Qué malo sigo siendo en las curvas a derechas.

Mientras tanto la Tracer tiraba desde abajo como un auténtico demonio. Qué maravilla de moto. No he probado muchas, pero cada día me convence más. En una de las rampas llegué a ver los 100 grados en el cuadro, algo que normalmente solo veo en ciudad. Saltó el ventilador y aun así siguió subiendo sin rechistar.

Los últimos kilómetros los hicimos prácticamente en silencio.

Mi señora disfrutando del paisaje.

Yo intentando asimilar dónde estaba.

Ninguno quería romper el momento.

Hasta que en una de las últimas rampas no pude evitar decirle:

—Esta cuesta parece que nos va a llevar a Dios.

Y realmente lo parecía.

Aquello no era una carretera. Era una escalera hacia el cielo dibujada en mitad de la montaña.

Pensé inevitablemente en Alberto Contador y en aquella victoria de 2017. Pensé en lo que debe sentirse subiendo aquello en bicicleta y comprendí que algún día tengo que intentarlo. Si la salud, la vida y el tiempo me lo permiten.

Coronamos.

Y llegó la piel de gallina.

No en los brazos.

En todo el cuerpo.

Sinceramente, solo por ese momento ya habría merecido la pena venir hasta aquí.

La bajada fue otro regalo. Esta vez pude disfrutar de las vistas con calma y el camino hacia Oviedo tampoco tuvo nada que envidiar. Carreteras secundarias, pueblos preciosos, ambiente minero y esas construcciones de piedra rojiza tan características que le dan personalidad propia a toda la zona.

Y para rematar la jornada, el GPS decidió hacer una de las suyas. Por una vez se lo agradezco. Nos hizo entrar en Oviedo por la parte alta de la ciudad y de repente apareció ante nosotros una panorámica espectacular de toda la capital asturiana.

Una equivocación que terminó siendo uno de los mejores aciertos del día.

Y como las casualidades suelen saber más que nosotros, acabamos aterrizando en el lugar perfecto para terminar la etapa.

La sidra nos estaba esperando.

Así que aparcamos, nos quitamos los cascos y pedimos una sidra y un agua.

Brindamos por León, por Asturias, por el Angliru y por esos días que te recuerdan exactamente por qué te gusta viajar en moto.

Mañana llega la etapa reina.

Cudillero.

Estaca de Bares.

Cabo Ortegal.

Y por primera vez en el viaje tocará madrugar de verdad.

Las ganas son difíciles de esconder.

















Etapa 4. Oviedo - Ferrol. La Galicia que llevaba años esperando (404 km)

La noche en Oviedo fue uno de esos regalos que no aparecen en la planificación de ningún viaje. Después de una jornada espectacular por el Angliru, salimos a pasear sin rumbo y la ciudad terminó de conquistarnos. Plaza tras plaza, terraza tras terraza, fuimos descubriendo una ciudad elegante, cuidada y llena de vida. Cuanto más la caminábamos, más nos gustaba.

Llegué a una conclusión bastante clara: Oviedo debe ser una de las ciudades más infravaloradas de España. Quizá tenga la mala suerte de compartir protagonismo con la costa asturiana, los Picos de Europa o pueblos tan famosos como Cudillero, pero merece mucho más reconocimiento del que recibe. Después de pasar unas horas allí entendí perfectamente aquellas palabras de Woody Allen. La ciudad tiene algo especial.

Por si fuera poco, Asturias quiso despedirnos con una buena tormenta de verano. Mientras media España sigue derritiéndose bajo la ola de calor, nosotros terminamos el día escuchando caer la lluvia y disfrutando de un frescor que llevábamos buscando desde que salimos de Valencia.

A las seis de la mañana sonó el despertador. Curiosamente, no costó levantarse. Qué diferente resulta escuchar una alarma para ir a trabajar que para salir a descubrir mundo en moto. Oviedo seguía dormida cuando recogí la Chapu del parking donde había pasado la noche. Mientras la señora preparaba las maletas, acerqué la moto al hotel, cargamos todo el equipaje y arrancamos todavía de noche.

El termómetro marcaba catorce grados.

Catorce.

Después de los días anteriores aquello parecía ciencia ficción.

Salimos con una ligera neblina y tomamos la decisión que cualquiera que nos conozca habría esperado: elegir la carretera con más curvas. La AS-371 primero y la AS-372 después nos fueron llevando por pequeños pueblos asturianos, entre hórreos, bosques y carreteras secundarias que parecían diseñadas para comenzar el día sin ninguna prisa.

Nuestro objetivo era sencillo: desayunar en Cudillero.

Y Cudillero es bonito. No lo niego. Mientras paseábamos por sus calles no podía evitar pensar en cómo sería aquel puerto hace cien años. Me habría encantado sentarme a hablar con los pescadores, ver regresar las embarcaciones y conocer la vida cotidiana de un pueblo que vivía completamente de cara al mar.

Pero también me produjo una sensación parecida a la que tuve hace años en Santillana del Mar. Son lugares que conservan toda su esencia, aunque inevitablemente el turismo haya terminado transformándolos. Siguen siendo maravillosos, pero uno no puede evitar preguntarse cómo serían antes de convertirse en una postal.

Desde allí continuamos hacia la Playa del Silencio. Los acantilados del Cantábrico fueron apareciendo otra vez ante nosotros, exactamente igual que los recordaba del viaje que hicimos hace años por Asturias y el País Vasco. Los tenía grabados en la memoria, pero aun así volvieron a impresionarme de la misma manera.

La playa estaba prácticamente vacía.

Y aquello nos hizo plantearnos algo muy serio durante unos minutos.

Quedarnos.

Buscar alojamiento allí mismo. Aparcar la moto. Sentarnos frente al mar y dejar pasar el día observando el paisaje.

Aunque pensándolo mejor, no habría sido perder el día.

Habría sido ganarlo.

Ganarlo para la memoria.

Ganarlo para la vida.

Seguimos bordeando la costa, atravesando pequeños pueblos, cruzando ríos y descubriendo rincones que ni siquiera figuraban en el plan inicial. Una señal al borde de la carretera, un desvío improvisado y otra playa espectacular. Son esas cosas las que hacen especial viajar en moto. La posibilidad de cambiar de idea constantemente y detenerse donde a uno le apetezca.

La última parada asturiana llegó en Penarronda. Allí pedimos algo para beber y nos encontramos con un pincho de tortilla tan descomunal que podrían haber comido tres familias tranquilamente. Entre León, Asturias y sus costumbres, empiezo a sospechar que en el norte existe una especie de conspiración para impedir que cualquier visitante pase hambre.

Mientras tanto, el termómetro apenas superaba los veintiún grados. Mi mujer seguía protestando por el frío, refugiada detrás de un café caliente y sin quitarse la chaqueta. Lo más curioso era levantar la vista y ver a gente bañándose en la playa como si estuvieran en pleno agosto mediterráneo.

Definitivamente están hechos de otra pasta.

Nosotros buscando calor.

Ellos dentro del agua.

Supongo que al final el ser humano se adapta a aquello que considera normal.

Y entonces llegó el momento que llevaba años esperando.

Galicia.

Por fin.

Aquella frontera era mucho más que un simple cambio de comunidad autónoma. Era una cuenta pendiente. Un viaje que había quedado incompleto años atrás y que por fin podíamos terminar.

Los primeros kilómetros gallegos fueron exactamente como los había imaginado. Verde por todas partes, pequeñas casas dispersas, carreteras preciosas y esa sensación constante de estar viajando a través de un paisaje que parece vivir en armonía con la naturaleza.

Paramos en Viveiro con la intención de celebrar la entrada en Galicia delante de un buen plato de pulpo. Sin embargo, después de diez minutos esperando sin que nadie nos atendiera, decidimos marcharnos. No fue la mejor carta de presentación posible, pero tampoco iba a empañar el día.

Desde O Barqueiro giramos rumbo a Cabo Ortegal.

Y qué carretera.

Curvas enlazadas, un firme magnífico y el olor a eucalipto acompañándonos durante kilómetros. A nuestra derecha iban apareciendo las rías gallegas, con sus mareas, sus reflejos y ese paisaje tan característico que resulta imposible dejar de mirar.

Poco después, al entrar en la provincia de A Coruña, ocurrió algo curioso. Tras toda una mañana de nubes, nuestro querido Lorenzo decidió abrirse paso. El sol apareció por fin, la temperatura subió unos grados y nos dejó exactamente el clima perfecto para viajar en moto.

Además comenzaron a aparecer más motoristas.

Saludos.

Cruces de manos.

Dos dedos levantados.

Ese pequeño gesto que genera un sentimiento de pertenencia difícil de explicar.

Porque viajar en moto tiene algo especial. No es únicamente desplazarse. Es oler los bosques, notar los cambios de temperatura, sentir la humedad cuando te acercas al mar y percibir cada detalle del entorno.

No observas el paisaje.

Formas parte de él.

Llegamos a Cabo Ortegal ya bastante cansados. Nuestra idea inicial era continuar hasta A Coruña, pero el cuerpo empezó a opinar. Llevábamos muchas horas fuera, el madrugón pasaba factura y el cansancio comenzaba a acumularse.

Por primera vez en el viaje decidimos escucharle.

Nos sentamos frente al mar, descansamos un buen rato y aceptamos la evidencia. No tenía sentido forzar más kilómetros. Una de las ventajas de viajar sin reservas es precisamente esa: poder adaptar el viaje a cómo te encuentras en cada momento.

Así que cambiamos el plan y pusimos rumbo a Ferrol.
Allí encontramos un hostal tranquilo, con vistas y alejado del bullicio. No quedaban fuerzas para hacer turismo, así que decidimos dedicar la tarde a algo mucho más importante: descansar y saldar nuestra deuda pendiente con la gastronomía gallega.

Pulpo.

Zamburiñas.

Navajas.

Y lo que hiciera falta.

Mañana nos esperan A Coruña, Finisterra y Santiago de Compostela. Pero después de tantos años soñando con Galicia, hoy puedo decir que la espera ha merecido la pena.











Etapa 5. Ferrol – Santiago de Compostela. Donde los planes vuelven a perder. (239 km)

La jornada comenzó incluso antes de arrancar la moto. La noche anterior, ya instalados en Ferrol tras una larga etapa desde Oviedo, preguntamos al dueño del hostal por algún sitio donde comer buen pulpo. Nada sofisticado. Nada pensado para turistas. Pulpo del bueno y punto.

La recomendación nos llevó hasta el centro de la ciudad. Apenas cuatro kilómetros. Lo suficiente para vivir una sensación extraña: volver a subir a la moto sin la equipación completa. Después de tantos días vestido de romano, uno casi se siente desnudo. Vulnerable. Como si faltara algo.

La cena, sin embargo, compensó cualquier sensación extraña. Primero llegaron los mejillones. Después las zamburiñas, espectaculares. Y para rematar, un pulpo que entró directamente en el primer puesto de mi clasificación personal. El mejor que recuerdo haber comido. Todo acompañado por un albariño y agua, porque a estas alturas del viaje ya sabemos perfectamente de qué pie cojeamos.

Mientras esperábamos el café apareció una escena curiosa. Empezaron a pasar jóvenes vestidos de marinero. Primero unos pocos. Luego más. Después alguno caminando solo. La curiosidad terminó venciendo y preguntamos a la camarera. Nos explicó que pertenecían a la escuela naval y que durante su formación debían vestir uniforme. Una de esas pequeñas historias que aparecen cuando uno viaja sin buscar nada concreto.

A la mañana siguiente amanecimos en el Hostal Val de Serantes. Y qué amanecer. Niebla, suelo mojado, rocío por todas partes. Me acerqué a la moto para empezar a cargar las primeras cosas y la encontré completamente empapada. Lejos de molestarme, me pareció una imagen preciosa. El termómetro marcaba dieciocho grados, aunque la sensación era perfecta. Ni frío ni calor. Exactamente lo que veníamos buscando desde que salimos de Valencia.

Pusimos rumbo a A Coruña atravesando rías envueltas en niebla y una ligera llovizna. Quizá el sol haga las fotos más bonitas, pero esta Galicia gris, húmeda y tranquila es la que imaginaba cuando soñaba con este viaje. La llegada a la ciudad fue una sorpresa enorme. No me esperaba una ciudad tan grande. Tan viva. Tan abierta al mar.

Desayunamos junto a Riazor y, después, apareció el primer contratiempo del día. Mi señora seguía convencida de que tenía frío. Empiezo a sospechar que se le ha pegado algo de la Chapu, porque su termostato tampoco parece funcionar correctamente. Así que tocó paseo hasta un Decathlon cercano para comprar algo que ponerse encima.

Y menos mal.

Porque aquel pequeño desvío nos regaló uno de los momentos más bonitos de la jornada.

Cuando salí de Valencia metí un bañador en la maleta convencido de que me bañaría en el Atlántico. Qué iluso. Una cosa es imaginarlo bajo cuarenta grados y otra muy distinta encontrarte allí con la humedad gallega. Bañarme no me bañé. Ni me acerqué a la idea.

Pero al volver del Decathlon decidimos quitarnos los zapatos y caminar por la orilla de la playa de Riazor. Descalzos. Sintiendo el agua en los pies. Sin ninguna prisa. Con el océano a un lado y el estadio apareciendo frente a nosotros.

Allí estaba Riazor.

Pegado al mar.

Uno de esos lugares que había visto cientos de veces por televisión y que adquieren una dimensión completamente distinta cuando los tienes delante. Mientras caminábamos por la arena no podía evitar acordarme de aquella época en la que el fútbol ocupaba una parte importante de mi vida.

Y pensé algo muy sencillo.

Qué afortunados somos.

A veces se nos olvida.

Pero hay momentos que te lo recuerdan.

Nuestro plan inicial era visitar Finisterre. Sin embargo, revisando el mapa descubrimos que el punto más occidental de la España peninsular era Cabo Touriñán. Y como suele ocurrir en este viaje, el plan duró exactamente hasta que apareció una alternativa que nos gustó más.

Así que cambiamos el rumbo.

Otra vez.

Antes de salir de A Coruña todavía hubo una última decisión importante. Dos carreteras se presentaban ante nosotros: la AC-400 o la AC-552. Bastó un vistazo rápido al mapa para resolver el dilema.

La que tenía más curvas.

Como siempre.

La primera hora resultó bastante tranquila, con muchos pueblos encadenados y pocas oportunidades para disfrutar realmente de la conducción. Pero una vez pasado Carballo todo cambió. Los pueblos empezaron a tener ese encanto tan gallego, la carretera se retorcía lo justo para disfrutarla y el asfalto invitaba a jugar un poco más con la moto.

Y qué moto.

No me canso de repetirlo.

Qué bajos tiene la Tracer.

Una auténtica locura.

Sales de cada curva con la sensación de que el motor todavía guarda algo más para ti.

Fue durante uno de esos momentos de silencio, cuando uno se queda solo dentro del casco y la cabeza empieza a divagar, cuando apareció un pensamiento inesperado.

Los percebes.

¿Cómo podía haberme olvidado de los percebes?

Antes de salir hacia Galicia siempre aparecían en mis imaginaciones del viaje. Sin embargo, el pulpo había acaparado todo el protagonismo y los había borrado de mi memoria.

Hasta ese momento.

Paramos. Sacamos el mapa. Empezamos a buscar.

Y apareció un nombre.

Muxía.

Cambio de guion.

Otra vez.

La llegada mereció cada kilómetro del desvío. Nos sentamos en la Lonxa d’Alvaro, frente al puerto, y por fin llegó el momento de probarlos.

Los percebes.

Qué buenos están.

En los últimos años me había vuelto casi adicto a los erizos de mar de la Costa Brava. Ahora entiendo perfectamente a quienes sienten lo mismo por los percebes. Casi mejor no haberlos probado, porque no son precisamente un capricho barato.

La comida continuó con unas navajas que el día anterior se nos habían resistido y terminó con un rodaballo a la brasa espectacular. Mientras apurábamos el albariño y esperábamos el café, contemplando el mar, me vino a la cabeza un recuerdo que llevaba años guardado.

El Prestige.

Yo era pequeño cuando ocurrió. Recuerdo verlo en televisión sin llegar a comprender realmente la magnitud de aquella tragedia. Sentado allí, observando la misma costa que sufrió sus consecuencias, la historia adquirió otra dimensión.

Se me puso la piel de gallina.

Y entonces comprendí que quizá de ahí me sonaba tanto Muxía.

A veces los recuerdos permanecen escondidos durante años hasta que un lugar los despierta.

Con el estómago lleno y otro favorito añadido a Google Maps, emprendimos el camino hacia Cabo Touriñán. Apenas veinte minutos separan ambos lugares, pero la carretera volvió a regalarnos uno de esos momentos que justifican un viaje entero.

Un tramo estrecho.

Perfectamente asfaltado.

Y completamente vacío.

Solos otra vez.

Rodeados de naturaleza y sin más compañía que el sonido de la moto.

Finalmente apareció el faro.

Otro sueño cumplido.

Otro punto marcado en el mapa personal.

Esta vez el extremo occidental de la España peninsular.

Ya son tres.

Solo queda uno.

Algún día llegará.

Y después de abandonar Cabo Touriñán pusimos rumbo a Santiago de Compostela.

Llegamos por la tarde al apartamento que habíamos reservado a las afueras de la ciudad. A esas alturas el ritual era ya automático: descargar la moto, ducharse, descansar unos minutos y prepararse para salir otra vez.

Pero el día todavía no había terminado.

Si había una ciudad que mi mujer quería visitar durante este viaje, era Santiago. Así que la tarde y la noche eran para ella. Había preparado un tour nocturno de temática tenebrosa para descubrir la ciudad desde una perspectiva diferente.

Reconozco que no sé muy bien qué nos vamos a encontrar.

Quizá leyendas.

Quizá misterios.

Quizá historias imposibles.

Pero precisamente ahí reside parte de la gracia.

Mientras tanto, mañana sigue siendo una incógnita. Empiezan a surgir ideas. Aparecen nuevas alternativas. Los planes vuelven a cambiar antes incluso de existir.

Ya veremos qué ocurre cuando amanezca.

Porque si algo nos está enseñando este viaje es que los mejores planes suelen ser los que todavía no existen.











Etapa 6. Santiago de Compostela – León. La que nos recordó que todo viaje tiene un final. (351 km)

La noche anterior la cerramos en Santiago de Compostela con el tour tenebroso que había preparado mi señora. Estuvo bien. Entretenido, diferente y una forma curiosa de descubrir la ciudad desde otra perspectiva. Después tocó cenar algo, pasear un poco más por las calles del centro y volver al apartamento a descansar.

La mañana amaneció exactamente como uno imagina Santiago.

Catorce grados.

Niebla.

Mucha niebla.

De esa que envuelve la piedra y parece formar parte de la ciudad desde siempre.

Antes de partir nos acercamos una última vez al centro para despedirnos. Desayunamos en pleno corazón de Santiago, visitamos la catedral y aprovechamos para comprar algunos pequeños detalles para la familia. Fue entonces cuando me di cuenta de que había otra cosa flotando en el ambiente además de la niebla.

El final.

No el final inmediato del viaje, pero sí esa sensación que empieza a aparecer cuando uno sabe que la aventura va entrando en sus últimos capítulos. Mi señora volverá al trabajo el lunes. Yo todavía disfrutaré de algunos días más de vacaciones. Pero ya no estamos en el principio. Ni siquiera en la mitad. Estamos acercándonos poco a poco al desenlace.

Y es curioso porque siempre hablamos de la emoción previa a un viaje. De preparar la moto, de mirar mapas durante semanas o de imaginar lugares que todavía no conocemos. Pero pocas veces hablamos de los últimos días. Cuando empiezas a saborear más despacio los pequeños detalles. Un desayuno. Una conversación. Una plaza cualquiera. Una ciudad despertando entre la niebla.

No es tristeza.

No es nostalgia.

Es simplemente la conciencia de que algo muy bonito se acerca a su final.

Y precisamente por eso se disfruta todavía más.

Santiago me dejó una sensación muy distinta a la que esperaba. La imaginaba mucho más turística, más enfocada al visitante y más convertida en una postal. Sin embargo encontré algo diferente. Evidentemente hay turismo. Muchísimo. Pero también hay vida más allá del turismo.

Hay peregrinos llegando emocionados después de recorrer cientos de kilómetros. Hay estudiantes. Hay grupos de jóvenes. Hay grupos católicos cantando por las calles. Hay una ciudad que sigue viviendo por sí misma.

Y eso le da un encanto enorme.

Incluso para alguien que observa desde fuera el mundo religioso resulta imposible no percibir la importancia que sigue teniendo este lugar. En una época en la que el catolicismo parece estar en horas bajas en muchos rincones de Europa, Santiago transmite justo la sensación contraria. No parece una fe encerrada en los libros de historia. Parece algo que sigue vivo.

Y eso resulta bonito de contemplar.

Finalmente llegó la hora de partir. Durante la noche habíamos estudiado alternativas para la jornada. Cambios de rumbo. Desvíos. Ideas nuevas. Pero ninguna terminaba de convencernos. Así que, por una vez, ganó el plan original.

Rumbo a León.

Con dos paradas importantes por el camino.

Las Médulas y Astorga.

Abandonamos Santiago y pronto llegó la primera sorpresa del día. La Ribeira Sacra. Las riberas del Miño. No lo esperaba. O al menos no esperaba que me impresionara tanto. Viñedos escalando montañas imposibles, terrazas construidas sobre pendientes que parecen desafiar cualquier lógica y el río serpenteando entre ellas. Un paisaje completamente diferente a todo lo que habíamos visto durante los días anteriores.

Muy bonito.

Muy especial.

De esos lugares que aparecen sin avisar y terminan convirtiéndose en uno de los recuerdos del día.

Poco después llegó el cambio habitual de temperatura. Mi señora, que unas horas antes seguía buscando algo de abrigo en Santiago, decidió que ahora tenía calor. Así que me aparté de la carretera buscando cualquier lugar donde tomar algo fresco.

Y entonces apareció una especie de bar clandestino.

De esos lugares que jamás encontrarás en una guía de viajes.

Un sitio con encanto.

Muy del lugar.

Muy auténtico.

Se llamaba Bar Iria y estaba junto a Freixeiro, en plena Galicia interior. Entrar allí fue como entrar en otra velocidad. Paisanos conversando tranquilamente, un gallego tan profundo que no entendía prácticamente ni media palabra, una pequeña tienda de conveniencia integrada en el local y la sensación de estar viendo la vida cotidiana tal y como es, sin adornos para el visitante.

Me encantó.

De hecho, se lo recomendaría a cualquiera que quiera conocer una taberna típica del Lugo profundo. Un espacio natural, impregnado de cultura local, sencillez y buen gusto.

Pedimos un par de refrigerios. Llegaron acompañados de aceitunas y patatas. Hasta ahí todo normal. La sorpresa llegó cuando pedimos la cuenta.

Dos euros con sesenta céntimos.

Pensé que se había equivocado.

Se lo dije.

Me respondió que no.

Y allí me quedé mirando el ticket como quien encuentra algo de otra época.

Porque precios así ya casi no existen.

Corazón en Google Maps.

Favorito guardado.

Y de nuevo a la carretera.

Mientras avanzábamos por El Bierzo comenzaron a aparecer las secuelas del gran incendio del año pasado. Laderas ennegrecidas, árboles quemados y montes que todavía conservaban las cicatrices del fuego. Pero también había algo más.

Vida.

Brotes nuevos.

Verde apareciendo entre las cenizas.

Y curiosamente no me produjo tristeza.

Me produjo alegría.

Porque la naturaleza siempre encuentra una manera de volver. Siempre rebrota. Siempre insiste. Siempre sigue adelante. Y mientras observaba aquellas montañas pensé que quizá a las personas nos ocurre exactamente lo mismo.

La vida golpea.

A veces muy fuerte.

Pero seguimos adelante.

Volvemos a levantarnos.

Volvemos a crecer.

Aquellas montañas parecían recordarlo a cada kilómetro.

Entre conversación y conversación apareció otro recuerdo. Nuestro primer gran viaje juntos. Andalucía. La primera Tracer. La Grey. Entonces no existían los intercomunicadores en nuestras rutas. Éramos novatos. Nos comunicábamos mediante gestos, señales y códigos improvisados que habíamos ido inventando sobre la marcha.

Funcionaba.

Pero qué diferencia supone poder hablar mientras recorres una carretera.

Compartir una reflexión.

Comentar un paisaje.

Reírte de cualquier tontería.

Parece un detalle pequeño, pero transforma completamente la experiencia de viajar en pareja.

Llegamos a Las Médulas ya entrada la mañana. Y por primera vez en todo el viaje apareció algo inesperado.

Sueño.

Mucho sueño.

Estaba decidido a tumbarme diez o quince minutos, escuchar los pájaros y descansar un poco antes de continuar. Pero una nube tenía otros planes.

La vimos llegar.

Una nube de verano.

Inofensiva en apariencia.

Hasta que sonó un trueno.

Después otro.

No hizo falta esperar un tercero.

Entendimos perfectamente sus intenciones.

Casco.

Guantes.

Moto.

Y salida inmediata.

Abandonamos la zona prácticamente a toda velocidad. Poco después, ya desde la distancia, observamos cómo descargaba con fuerza.

Una librada de las buenas.

Intuición.

Experiencia.

Suerte.

Llámalo como quieras.

Pero funcionó.

Desde allí continuamos hasta Astorga. El trayecto no tuvo demasiada historia. Buena carretera, buen ritmo y una tarde que seguía acompañando. Allí nos esperaban la catedral y el Palacio Episcopal de Gaudí.

Sinceramente, sigo sin entender muy bien qué hacen allí.

Pero bonitas son un rato.

Y con esta visita completamos nuestra colección particular de obras de Gaudí visitadas a lo largo de los años.

Otro pequeño objetivo cumplido.

Antes de marcharnos todavía hubo tiempo para una última parada gastronómica. Entramos en una pastelería tradicional y compramos dos hojaldres típicos de Astorga. Porque los monumentos alimentan el alma, pero los hojaldres ayudan bastante también.

Con el deber cumplido pusimos rumbo a León. Apenas media hora después llegábamos a la ciudad. Aparcamos la moto exactamente en el mismo lugar que el primer día del viaje y, por un instante, sentí que se cerraba un círculo.

Ducha rápida.

Cambio de ropa.

Y a saldar la deuda pendiente.

La catedral de León.

Nos habían recomendado visitarla por la tarde y llegamos justo a tiempo.

Pero esa historia quedará para mañana.

Porque la jornada termina aquí.

Cansados.

Mucho.

Porque estos viajes en moto son una maravilla, pero también una auténtica paliza. Horas de casco, de viento, de concentración y de kilómetros. Llegas al hotel reventado.

Pero es un cansancio bonito.

De los que merecen la pena.

Mientras caminábamos por León me vino una última reflexión. Las ganas que dan de quedarse en Galicia. Pero quedarse de verdad. Dos semanas. Un mes. Sin horarios. Sin fechas de regreso. Volver a las mismas carreteras, a los mismos pueblos, a los mismos bares. Sentarse frente al mar y dejar pasar el tiempo.

Porque Galicia tiene algo especial.

Algo difícil de explicar.

Pero la vida funciona de otra manera. Existen obligaciones. Existen calendarios. Existen regresos.

Y precisamente por eso valoramos tanto días como estos.

Porque no siempre se dispone de una semana para perderse por el norte.

Así que preferimos quedarnos con lo que hemos tenido.

Carreteras espectaculares.

Paisajes imposibles.

Conversaciones dentro del casco.

Y la suerte de haber compartido juntos otro día más de esta aventura.

No es poco.

De hecho, es muchísimo.











Etapa 7. León – Valencia. El regreso. (730 km)

La noche anterior todavía nos guardaba una última alegría. España ganó y pudimos ver el partido devorando una hamburguesa.

De hecho, después de lo ocurrido, he tomado una decisión importante.

No pienso volver a León para ver una semifinal de España.

No por nada.

Simplemente no quiero asumir ninguna responsabilidad si la próxima vez pierden y yo no estoy allí.

Prefiero quedarme con la estadística perfecta.

Dos visitas.

Dos victorias.

Que cada uno saque sus conclusiones.

Con esa tranquilidad futbolística amanecimos en León y aprovechamos para despedirnos una última vez de la ciudad. La catedral volvía a lucir espectacular a primera hora de la mañana y, teniendo el hotel y la moto tan cerca, merecía la pena dedicarle unos minutos antes de emprender el regreso definitivo a casa.

Para volver teníamos dos alternativas. Una nos llevaba por Burgos y Soria, una ruta que ya conocíamos, y la otra por Madrid. Como además era algo más corta, terminamos decantándonos por esta última. La idea inicial era dividir el regreso en dos jornadas, pero ningún destino intermedio terminaba de motivarnos especialmente, así que decidimos intentarlo del tirón y dejar que el cuerpo fuese tomando la decisión final.

Los primeros kilómetros transcurrieron según lo esperado. Autopista, viñedos, áreas de servicio y muchas paradas cortas para estirar las piernas, beber agua y evitar que las horas se hicieran demasiado pesadas. El gran protagonista del día fue el viento. Durante buena parte del recorrido nos obligó a mantener una atención constante y convirtió una etapa aparentemente sencilla en una jornada bastante más exigente físicamente de lo previsto.

Como suele ocurrir en nuestros viajes, apareció un cartel, surgió una idea y los planes volvieron a cambiar. Aprovechamos el paso por Madrid para visitar el Valle de Cuelgamuros, conocido durante décadas como el Valle de los Caídos, una visita que teníamos pendiente desde hacía años. Más allá de cualquier consideración histórica, las dimensiones del conjunto impresionan muchísimo cuando se contemplan desde abajo.

Después continuamos camino, renunciando esta vez a una de nuestras paradas habituales cada vez que pasamos por Madrid: Casa Amadeo, la famosa casa de los caracoles. No teníamos demasiada hambre y las ganas de llegar a casa empezaban a pesar más que cualquier otra tentación gastronómica. Habrá que dejarla para la próxima.

La tarde transcurrió entre calor, viento y kilómetros. Tras Madrid el termómetro llegó a marcar treinta y seis grados, devolviéndonos de golpe al verano más duro. Por suerte, Castilla-La Mancha nos regaló una enorme nube que escondió el sol durante muchos kilómetros y nos permitió disfrutar de una tregua inesperada. Más adelante, al entrar de nuevo en la Comunidad Valenciana, llegó otra sorpresa agradable: la temperatura descendió hasta unos mucho más llevaderos veintiocho grados.

Y entre tantos kilómetros hubo tiempo para pensar.

Mucho.

Porque las autopistas son aburridas para conducir, pero excelentes para ordenar ideas.

Y entonces volvieron los Dolomitas.

Otra vez.

Como llevan haciéndolo desde hace años.

Siempre han estado ahí.

Esperando.

De hecho, antes de vender la Grey, el siguiente gran viaje iba a ser ese.

Dolomitas.

Pero la Grey se marchó.

Y el viaje nunca llegó.

Ahora vuelve a aparecer con más fuerza que nunca.

No sé cuándo.

No sé cómo.

Ni siquiera sé con qué moto.

Quizá con esta Tracer.

Quizá con una italiana.

Porque siempre me ha rondado una idea por la cabeza.

Ir a Italia.

En una italiana.

Suena bien.

Muy bien.

Ya veremos.

El tiempo dirá.

Y finalmente, 730 kilómetros después, llegamos a casa.

Aparqué la moto en el garaje y sentí esa mezcla tan habitual entre satisfacción y nostalgia. Satisfacción por todo lo vivido durante la semana y nostalgia porque, una vez te quitas el casco, entiendes que la aventura ha terminado de verdad.

Han sido 2.830 kilómetros de carreteras, paisajes, improvisaciones, lluvia, niebla, viento, mar y montaña. Una semana intensa de las que dejan cansancio en el cuerpo, pero también recuerdos para mucho tiempo.

Ahora toca descansar.

Y empezar a soñar con la siguiente.









Epílogo y agradecimientos.

Y hasta aquí la aventura.

Han sido siete etapas, 2.830 kilómetros, un buen puñado de carreteras inolvidables, alguna improvisación de las que terminan convirtiéndose en el mejor recuerdo del viaje y, sobre todo, muchos momentos compartidos con la Chapu que son los que realmente dan sentido a todo esto.

Quiero agradecer a todos los que habéis ido siguiendo el relato día a día. A los que habéis comentado, aportado recomendaciones, compartido anécdotas o simplemente dedicado unos minutos a leer estas líneas. Una de las cosas bonitas de publicar estas crónicas es precisamente esa sensación de viajar acompañado incluso cuando estás a cientos de kilómetros de casa.

También quiero agradecer a todos los que nos recomendaron lugares durante el recorrido. Algunos estaban previstos. Otros aparecieron gracias a vosotros. Y unos cuantos terminarán apuntados para futuros viajes.

Como siempre ocurre cuando se termina una aventura, uno llega cansado, pero con la cabeza llena de recuerdos. Ahora tocará ordenar fotografías, releer las etapas dentro de unos meses y volver a disfrutar del viaje desde el sofá.

Y, por supuesto, empezar a pensar en el siguiente.

Porque todos sabemos que esa es la peor consecuencia de viajar en moto.

Que nunca se te pasa.

---

Nos vemos en la próxima.

Gas y kilómetros!
Baixoasaia
Dolce far niente
#2
Boa viaxe por terras galegas, meu.

Ojito que estos días en el interior de Galicia está pegando más duro que en las mesetas castellanas. Cuidado con la cuenca del Miño y las comarcas del Ribeiro y O Condado. En la costa, calorazo, pero más llevadero.

Ya irás contando itinerarios.
SnorriDogchase
ForoCoches: Usuario
#3
¡¡Muy buen viaje, compañero!!
A la espera de novedades 🍿
Jorx4
ForoMotos: Miembro
#4
Que gusto leer estas crónicas. Sitio para la siguiente etapa.

Envidia sana, espero que hayáis disfrutado tanto la capital imperial como yo cada vez que voy. A mi me tiene ganado totalmente.

Aunque las cuestas lo ponen difícil

Como apunte que importa a nadie ya tenemos unos amigos apalabrado un viaje a Galicia el año que viene. En lo personal (y me refiero vitalmente no solo moteramente) tengo sin descubrir Galicia, Cantabria y Navarra.
alejoblb
ForoCoches: Miembro
#5
lo del asiento confort es buena idea, si la jefa está "contenta de culo" puedes tirar las millas que quieras, disfruta mucho el viaje
Eluniverso
►►►►►►►
#6
Así me gustan a mi los viajes en moto, disfrutando incluso los tramos "malos" como los que más. Y encontrar pueblos "sin nada" en medio de nada, que a menudo son los que mas recuerdas.
Utill
ForoCoches: Miembro
#7
@Jorx4
Actualización de etapa 2.

La capital imperial ha sido verdaderamente alucinante, volveremos!
Cloud2232
ForoCoches: Miembro
#8
Grandee!! Que aguanten esas maletas, que no me fio yo un pelo de los instaladores
Jorx4
ForoMotos: Miembro
#9
Cita de Utill
@Jorx4
Actualización de etapa 2.

La capital imperial ha sido verdaderamente alucinante, volveremos!
Ya me he puesto al día. Da gusto leerte, se nota que le pones pasión y eso siempre es de agradecer.

León es una ciudad que me causa especial curiosidad y la has vendido tan bien como tu amigo. Habrá que ir.

Mucha suerte en las siguientes etapas y aquí seguiré para leer la crónica.
Darksinner
ForoCoches: Miembro
#10
Que tengas buena ruta, yo justo acabo de volver hoy de hacer la transpirenaica con otra tracer 9.
Utill
ForoCoches: Miembro
#11
Cita de Jorx4
Ya me he puesto al día. Da gusto leerte, se nota que le pones pasión y eso siempre es de agradecer.

León es una ciudad que me causa especial curiosidad y la has vendido tan bien como tu amigo. Habrá que ir.

Mucha suerte en las siguientes etapas y aquí seguiré para leer la crónica.
Actualizado con etapa 3!

Gracias y saludos.
Jorx4
ForoMotos: Miembro
#12
Cita de Utill
Actualizado con etapa 3!

Gracias y saludos.
Que envidia madre mía. Dan ganas de cargar los bártulos y salir pitando a tierras más verdes.

A disfrutar de mañana
Orpheon
ForoCoches: Miembro
#13
Pillo sitio para leer con calma
Utill
ForoCoches: Miembro
#14
Cita de Jorx4
Que envidia madre mía. Dan ganas de cargar los bártulos y salir pitando a tierras más verdes.

A disfrutar de mañana
Finalizada la 4.

Vamos a buscar pulpo.

Saludos!

PD: Si tienes oportunidad no esperes los 4 años que he tardado. Nunca mais.
Bronislav
ForoCoches: Miembro
#15
Gran narración shur, gracias por compartir tus aventuras de gran interés, Galicia y Asturias son lugares que no defraudan, pillo sitio.

Saludos
Jorx4
ForoMotos: Miembro
#16
Cita de Utill
Finalizada la 4.

Vamos a buscar pulpo.

Saludos!

PD: Si tienes oportunidad no esperes los 4 años que he tardado. Nunca mais.
Otra vez puesta al día y otra vez con las ganas de largarme mañana mismo.

Cuando visité cudillero pensé exactamente lo mismo. Y en cierta forma me da mucha lástima.

Oviedo la tengo pendiente y me has dejado con muchas ganas de visitarla.

Lo demás poco más que decir, excelente.

Suerte en la siguiente etapa
Utill
ForoCoches: Miembro
#17
Cita de Jorx4
Otra vez puesta al día y otra vez con las ganas de largarme mañana mismo.

Cuando visité cudillero pensé exactamente lo mismo. Y en cierta forma me da mucha lástima.

Oviedo la tengo pendiente y me has dejado con muchas ganas de visitarla.

Lo demás poco más que decir, excelente.

Suerte en la siguiente etapa
Actualizamos de nuevo, gracias por leerme.

Un saludo.
guripa
⭐ VIP MEMBER ⭐
#18
Envidia sana shur, mis 10´s.
Rafalote
ForoCoches: Usuario
#19
Gran viaje. Gran forma de escribirlo y de transmitir. Gran moto.

Enhorabuena y sigue contándolo shur.


Consejo: si vuelves a León por Asturias haz el puerto de San Isidro. O hazlo por otro, total todos los puertos allí son una maravilla.
Jorx4
ForoMotos: Miembro
#20
No se muy bien que decir ya estás alturas, salvo chapó supongo. Me voy apuntando localizaciones

La narración top como siempre
gari_el
ForoCoches: Miembro
#21
Pillo sitio shur. Vienes hacia mi zona!
Utill
ForoCoches: Miembro
#22
Cita de Jorx4
No se muy bien que decir ya estás alturas, salvo chapó supongo. Me voy apuntando localizaciones

La narración top como siempre
Cita de Rafalote
Gran viaje. Gran forma de escribirlo y de transmitir. Gran moto.

Enhorabuena y sigue contándolo shur.


Consejo: si vuelves a León por Asturias haz el puerto de San Isidro. O hazlo por otro, total todos los puertos allí son una maravilla.
Cita de gari_el
Pillo sitio shur. Vienes hacia mi zona!

Actualización. Penúltima etapa.

Saludos.
Kerty
ForoCoches: Usuario
#23
Excelente crónica shur, transmites más en tus palabras que muchos en horas de videos. Espero leerte en futuros viajes.
Jorx4
ForoMotos: Miembro
#24
Ánimo en el último y más triste empujón.
Utill
ForoCoches: Miembro
#25
Cita de Kerty
Excelente crónica shur, transmites más en tus palabras que muchos en horas de videos. Espero leerte en futuros viajes.
Cita de Jorx4
Ánimo en el último y más triste empujón.
Muchas gracias, actualizo con la última etapa y dejo por aquí el resumen económico por si es de interés ya que no me cabe en el OP.

Resumen económico del viaje

Etapa 1. Valencia → Toledo

Gasolina: 28 €
Desayuno y refrigerios: 18 €
Comida: 24 €
Hostal Oh Toledo: 36 €
Cena: 14,50 €

Total etapa: 120,50 €

---

Etapa 2. Toledo → León

Gasolina: 34 €
Desayuno y cafés: 16 €
Comida: 42 €
Hostal Albany: 42 €
Cena: 50,10 €

Total etapa: 184,10 €

---

Etapa 3. León → Oviedo

Gasolina: 26 €
Desayuno: 12 €
Comida: 28 €
Hotel Ovetense: 42 €
Cena: 20,60 €

Total etapa: 128,60 €

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Etapa 4. Oviedo → Ferrol

Desayuno en Cudillero: 13 €
Parking: 12 €
Gasolina: 31€
Bebidas: 7 €
Hostal Val de Serantes: 60 €
Cena en Oh Pinxo: 60 €

Total etapa: 183,00 €

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Etapa 5. Ferrol → Santiago de Compostela

Desayuno Riazor: 11 €
Gasolina: 10 €
Comida en Lonxa d'Alvaro: 127 €
Apartamento Luxury Blue: 57 €
Tour tenebroso: 20 €
Gastos varios: 15 €

Total etapa: 240,00 €

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Etapa 6. Santiago de Compostela → León

Desayuno: 15 €
Gasolina: 10 €
Hostal Albany: 60 €
Catedral de León: 15 €
Dos vinos: 5 €
Cena en Carnivan: 55 €

Total etapa: 160,00 €

---

Etapa 7. León → Valencia

Desayuno: 5,80 €
Gasolina: 55€
Valle de Cuelgamuros: 18 €
Cena: 14 €

Total etapa: 92,80 €

---

Kilómetros recorridos: 2.830 km

Gasto total: 1.109,00 €

Media por etapa: 158,43 €

Coste por kilómetro: 0,39 €/km

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Nos vemos en la próxima.

Gas y kilómetros.
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