Historia de Ensidesa, el cambio de Aviles y Asturias. Fotos.
15-mar-2018 21:31
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Entre 1951 y 1959, en un Avilés que había pasado de ser una villa burguesa de 15.000 habitantes a una ciudad proletaria de cerca de 100.000. El enorme crecimiento procedía de la masiva llegada de emigrantes desde las zonas más desfavorecidas de España, y de la propia Asturias, a quienes los “avilesinos de toda la vida” llamaban “coreanos” ‘se nos metía el aire en los huesos’. Ningún avilesino de entonces puede olvidar el ruido de los pilotes de hormigón, día y noche. La verdad es que ‘las campanas’ sonaron a rebato para cambiar la historia de Avilés». En los años 50, las campanas de Avilés tocaban a muerto. Y no en las iglesias. La fábrica de Ensidesa, el gigante industrial de Asturias, se construyó sobre un suelo de barro y arenas movedizas, y cientos de hombres arriesgaron sus vidas para clavar en el fango los cimientos, que, aún hoy, mantienen en pie los altos hornos. Los llamaban ‘campaneros’, porque utilizaban gigantescas ‘campanas’ de hormigón armado, recubiertas de acero, pa*ra fijar los pilares en los pantanos cercanos a la ría. Muchos murie*ron en accidentes que el régimen de Franco censuró y silenció. Aún hoy, sus restos permanecen sepultados debajo de las chimeneas de la antigua Ensidesa. Había dos tipos principales de accidentes, debidos ambos a fallos por fuga de aire de la boquilla, rotura del cajón o por fallo de los compresores que suministraban el aire. Por un lado, aquellos en que los campaneros salían reventados por una boquilla situada en la parte superior de la campana. «Yo entré a trabajar en las obras en 1955 y me constan varios accidentes de este tipo», relata M. V. P. Otro tipo de accidente sucedía cuando las campanas perdían presión, caían y acababan enterrando en vida a los campaneros. “Fue un trabajo duro, pero alguien tenía que hacerlo, y además teníamos que comer”. Pilar García, de 86 años, que por entonces trabajaba en una metalurgia de Oviedo, aún recuerda las historias que circulaban por la capital. “Trajeron a mucha gente de León, Extremadura, Andalucía y hasta de Portugal. Y se decía que, todas las semanas, muchos morían”. En el informe ‘La Seguridad en la Siderurgia, el caso de Ensidesa’, redactado por una mutua de la Seguridad Social, se afirma que “los accidentes fueron contados, y solo hubo algunos fallecidos”. La falta de una lista oficial de muertos, impide cifrar el número de víctimas en la construcción de los hornos de Ensidesa. No había sindicatos, ni papeles. Algunos de los obreros eran ex presidiarios que pagaron su libertad con la vida. Y otros, perdedores de la Guerra Civil, reclutados como mano de obra precaria y barata. Pero también había campesinos que habían abandonado su terruño en busca de un futuro mejor. Los ‘campaneros’ malvivían hacinados en pobres barriadas, y casi aislados del resto de la sociedad. Cuanto menos supieran los vecinos de ellos, mejor. Los ‘coreanos’ y los ‘campaneros’ vivían en poblados, en las cercanías de las fábricas, las mismas barriadas que aún pueden verse, restauradas, en los márgenes de la autopista ‘Y’, poco antes de llegar a Avilés. Cuando no había barraco*nes suficientes para todos, dormían en los portales, bajo los hórreos o en la misma obra. La pobreza y la muerte fue el precio que Avilés pagó por el progreso. El 1953 el Gobernador Civil de Asturias, pidió a Madrid más policía, ya que los barracones parecían “una de esas ciudades del Salvaje Oeste”, y no dejaban de llegar trenes cargados de hombres que desconocían los peligros a los que tendrían que enfrentarse, sin medidas de seguridad, y con boina en vez de casco. Las condiciones de trabajo en el interior de las campanas eran terribles. Hubo accidentes. Hubo muertes. Las secuelas debidas a compresiones inadecuadas eran frecuentes: hemorragias, rotura de tímpanos, daños en las articulaciones. Eran obreros a los que “se les metía el aire en los huesos”. En torno a las campanas se fue creando una leyenda negra que contaba que los muertos reales eran muchos más que los confesados por el Régimen. Los “campaneros” eran en su mayoría emigrantes procedentes de León, las Castillas, Extremadura, Galicia y Andalucía. El día que Avilés tembló para vestirse de luto, el accidente; A las diez y treinta y cinco minutos de la mañana del 6 de febrero de 1971, sábado, saltaron las alarmas. Una caldera de vapor y agua sobrecalentada de la acería saltó por los aires. Muchos pensaron que Avilés también. La onda expansiva resultó demoledora y en cuestión de segundos, una lluvia de metal, cual metralla, cayó sobre los alrededores del complejo industrial y alcanzó los barrios próximos, cebándose con el de Llaranes. Lunas y cristales rompieron en un radio de más de un kilómetro y el estruendo llegó a oírse hasta en la capital asturiana. La que era considerada una de las fábricas más seguras de Europa había estallado desencadenando el caos en la ciudad que creció a su sombra y sumiendo en el miedo a los avilesinos. En cuestión de segundos, piezas de la siderurgia de gran tonelaje salieron disparadas por la detonación y se convirtieron en armas letales. Un camión que cruzaba el puente de acceso a la factoría salió despedido unos 150 metros. La onda expansiva destrozó al conductor, el cántabro Belisario José Cabo y Cabo, de 46 años, que falleció en el acto, y el vehículo acabó impactando contra el viejo edificio de Telefónica. Su mujer se había bajado del camión unos metros antes, en la portería del complejo. No le dejaron acceder al recinto. Sin saberlo, alguien le salvó la vida. Avilés ofrecía una imagen dantesca. Una enorme pieza metálica traspasó la pared de la sastrería Elías de Llaranes donde se encontraba planchando Severino Fernández (en la zona que ahora ocupa el restaurante La Casería). El planchador resultó herido pero sobrevivió al impacto. Esa misma pieza destrozó el quiosco de Rosa, ubicado a pocos metros. Inocencia Pastur González, como cada día, estaba comprando el pan. No superó el impacto. La mujer, de 37 años, casada con un trabajador de La Fabricona y natural de Villanueva de Oscos (según los datos del Registro Civil), murió por un fuerte golpe en la cabeza. Mientras el quiosco se volvía añicos, un perfil de casi tres toneladas aterrizó a unos metros del colegio de niños de Llaranes, en la calle Monte Cauribo. Los pequeños estaban en clase. La muerte les sobrevoló. ![]() ![]() Hoy nos queda su pétreo recuerdo en el Parque del Muelle, que puede asociarse tanto a auge económico como a decadencia medioambiental, aunque la simpática foca no tiene culpa de las supersticiones de los avilesinos. ENSIDESA fue un gigante hasta para contaminar. La industria mató la ría. No fue la única víctima. Cuando la industria alcanzó el cenit de su producción, Avilés padeció también los mayores niveles de contaminación conocidos. Tanta que sólo la ciudad polaca de Katowice, por entonces ejemplo de los males provocados por los demonios del Este, podía superar a la nuestra en los niveles de contaminación. La variedad de contaminantes era interminable: partículas sólidas, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos, fluoruros, amoniaco, trimetilamina,…Anualmente se emitían a la atmósfera de Avilés, sólo en partículas sólidas, 25.000 toneladas. Por aquellos años si es que se hacían mediciones nadie lo sabía (tampoco importaba demasiado). Cuando se iniciaron, revelaron una situación de emergencia permanente. En 1979 los niveles de materia sedimentable eran de más de 10.000 mg/m2 y día. El límite legal permitido era de…300. La ciudad era una trampa para la salud, un atentado permanente para la higiene. Las placentas negras recogidas en los paritorios de Avilés salieron a la luz ante los ojos de asombrados expertos que ponían a nuestra ciudad como ejemplo vivo de los males que la industrialización salvaje y mal planificada provocaba entre la población. Los avilesinos se acostumbraron al aumento de la patología respiratoria, al escozor de los ojos, a un bochorno que a veces no era normal, a no ver nunca fachadas limpias y a entender de partículas sedimentables que caían sin cesar a tierra y que, sin preguntarles más filiación, todo el mundo sabía que eran “carbonilla”. Mi abuela todavia sigue diciendo cuando va a segun que sitios soy de Aviles de toda la vida y me da un profundo asco. Fuente; http://www.lne.es/asturias/2011/02/0...o/1030170.html http://www.lne.es/asturama/2013/10/0...s/1477360.html http://tierralibertad.blogspot.com.e...ecanikong.html http://www.asturiasdiario.es/web/?p=23752 Y un hilo aqui del paisano @Compay ; https://www.forocoches.com/foro/show...light=ensidesa |
Editado: 30-abr-2018 00:32 -
17-abr-2018 23:42
#7
| Buena historia, que pena lo que hace el ser humano para ganar dinero sin reparar en el medio ambiente ni en las personas. |
17-abr-2018 23:50
#11
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La verdad es que la mierda que cae en Avilés por culpa de ensidesa (arcelor) es increíble y eso que en Madrid tenemos lo nuestro con la contaminación. Muy buen hilo shur! |
18-abr-2018 00:52
#19
| No he conseguido el documental de ninguna forma posible... os dejo por aqui una entrevista al director en el programa de la television asturiana pieces https://vimeo.com/120468481 |
18-abr-2018 00:58
#20
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De los sitios más asquerosos de Asturias, me la he recorrido tres veces y huyo de Avilés Buen post, cinco estrellas. |
18-abr-2018 01:08
#23
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Muy chulas las fotos del accidente. Respecto a la contaminación, a día de hoy seguimos en los primeros puestos. Aunque no es tan exagerado como de aquella, hay días en los que la piel te escuece que es una pasada, y otras veces se te irritan tanto las vías respiratorias que pierdes el olfato por varios días. La verdad que es una pasada la mierda que tragamos. |
18-abr-2018 17:35
#30
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Buen hilo. Aviles, ciudad contaminada a mas no poder, llena de mierda, insana y con una de las poblaciones mas sumisas de Espanha. El indio seguira contaminando a placer con el consentimiento de ciertzas autoridades y el apoyo de una gran parte de la poblacion a la que envenena. Combo perfecto
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