Radiactividad en España
09-mar-2013 04:43
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Abro la veda para que aportemos casos no muy conocidos sobre lugares radiactivos en España. Hago un índice: - Palomares (Almería) - Caída de las bombas atómicas de USA - Parque de la Dehesa de la Villa (Madrid) - Incidente nuclear del CIEMAT - El Cabril (Córdoba) - Cementerio nuclear |
Editado: 09-mar-2013 18:41 -
09-mar-2013 04:46
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Pongo uno en Madrid, cerquita de donde vivo y que está arriba de la ciudad universitaria: http://elpais.com/diario/1994/10/24/...23_850215.html Los informes secretos del accidente nuclear de Madrid El suceso más grave de contaminación radiactiva en España tuvo lugar en 1970 a orillas del Manzanares 11.00 horas del 7 de noviembre de 1970. Técnicos del Centro de Energía Nuclear Juan Vigón de Madrid inician la operación de trasvase de 700 litros de desechos de alta radiactividad. A las 11.05, decenas de litros de ese líquido corren ya por los desagües de Madrid hacia el río Manzanares. Acaba de producirse la más grave contaminación radiactiva de la historia de España. Los habitantes de Madrid y sus alrededores no fueron informados del hecho y consumieron toneladas de verduras y hortalizas contaminadas. Ahora, 24 años más tarde, se han conocido por primera vez los informes confidenciales y secretos sobre el alcance de aquel suceso. Recomendar en Facebook 22 Twittear 4 Enviar a LinkedIn 0 Enviar a Tuenti Enviar a Menéame Enviar a Eskup Enviar Imprimir Guardar Todo ocurrió un sábado por la mañana, en el Centro de Energía Nuclear situado en la avenida Complutense. Los desechos radiactivos debían trasvasarse del tanque A-1 de la planta M-I, donde había un reactor nuclear, al depósito T-3 de la planta CIES, donde se trataban los residuos. Los litros de líquido radiactivo vertidos en el Manzanares contenían Estroncio-90, Cesio-137, Rutenio-106 y partículas de Plutonio. El río Manzanares lo llevó hasta el Jarama y, del jarama, al Tajo. Decenas de kilómetros cuadrados de huertas fueron regadas con aguas de esos ríos contaminando los productos que crecían en ellas."Impedir el consumo de los vegetales que crezcan en las parcelas contaminadas ( ... ) Impedir el riego con agua de los canales y ríos que contengan agua o fangos contaminados". Estas recomendaciones figuran en un informe confidencial que redactó el 14 de enero de 1971 la Comisión Asesora de Seguridad del Centro Nacional de Energía Nuclear Juan Vigón (JEN). En el mismo informe se pedía una evaluación de "los riesgos a causa de la ingestión de alimentos contaminados con Estroncio-90". Para entonces, ya habían pasado dos meses del suceso y, obviamente, ya se habían consumido hortalizas contaminadas. más información Hortelanos engañados No es extraño que se actuara con tanta lentitud si se tiene en cuenta que el mismo sábado del accidente, y cuando ya estaba detectado el mismo, los técnicos del Centro Nacional de Energía Nuclear se marcharon de fin de semana. "A las 2.45 horas aproximadamente cesaron las actividades relacionadas con el accidente y no se reanudaron hasta el lunes siguiente, día 9 de noviembre", se indica en el informe confidencial fechado el 18 de noviembre de 1970. Pero, además, los consejos de retirar hortalizas y prohibir el riego se cumplieron sólo en contadísimos casos, muy probablemente para no causar alarma entre la población, expuesta a una contaminación externa e interna por los efectos de la cantidad de líquido fugado (en un informe se habla de 40 litros y en otros de 80). Benigno Girón, hortelano de 64 años., sigue hoy cuidando su huerta en Valcarrada Chica (Villaverde Bajo), a media docena de kilómetros del edificio del JEN. Girón tenía 40 años cuando dos inspectores, acompañados de un policía, aparecieron por su campo, que linda con el río Manzanares. "Se llevaron dos o cuatro sacos de escarolas, lechugas y repollos; hicieron lo mismo dos semanas más tarde",-, recuerda Benigno Girón. "Nunca me dijeron qué pasaba y, como siempre, vendí todo en el mercado de Madrid". Benigno comenta que él también comió productos de aquella cosecha. Hace 14 años, este hombre fue operado de un cáncer de laringe. Nunca se sabrá si su enfermedad guarda o no relación con el accidente por una sencilla razón: jamás se hizo un estudio epidemiológico de las zonas afectadas. En Perales del Río (Madrid), cerca ya del Jarama, el hortelano Luis Lafuente también recuerda "algo raro que ocurrió en aquel año". "Las hortalizas empezaron a secarse y tuvimos que dejar de regar varios días". "Nos dijeron que era por un vertido de gasoil". Las plantas que no se secaron fueron vendidas en el Mercado Central de Madrid." Más abajo, en San Martín de la Vega, en plena vera del río Jarama, Celedonio Guijarro también demuestra buena memoria: "Se llevaron barro de las caceras (canales de riego) y meses después se comentó que el agua había bajado con átomos". Felipe Sevilla, uno de los principales propietarios del pueblo, le interrumpe: "¡Aquí hay que hablar con cuidado! No pasó nada. No se llevaron ni una de nuestras verduras, que son las mejores de España, y aquí no se ha muerto nadie, salvo por accidentes". "Todos estamos gordos y sanos", subraya Celedonio. José Manuel Garayalde tenía entonces una finca en Gózquez de Abajo, perteneciente al municipio madrileño de San Martín de la Vega: "Vinieron unos técnicos de la Junta de Energía Nuclear, vestidos con batas blancas, y compraron -toda la cosecha de coliflor que teníamos. Dijeron que estaban haciendo investigaciones sobre un nuevo pienso para el ganado. Pagaron una señal de '10.000 pesetas y se llevaron una partida de las hortalizas en una furgoneta". "Al cabo de un mes sin noticias", sigue Garayalde, "y cuando las coliflores se habían echado a perder, conseguimos que pagaran el precio convenido. Nunca pasaron a recoger el resto de las coliflores. Tampoco nos recomendaron que no se consumieran y nunca nos dijeron qué había pasado". Otros testimonios sobre recogida de muestras han sido expuestos por Jesús Rodríguez, en Ciempozuelos, o Pablo Nieves García de la Vega, en Seseña, así como en otras localidades regadas por el Jarama. Escuchándoles que vendieron sus cosechas para el consumo podría deducirse que apenas hubo contaminación en la zona. Los informes señalan lo contrario. Así, en un documento fechado el 21 de diciembre de 1970, se indica que ya han sido detecta das 48 parcelas con elevada con taminación, alguna de ellas con una radiactividad 20 veces supe rior a la permitida. Un mes más tarde, el 18 de enero, los datos debían ser más alarmantes, pero nunca se conocieron "por orden superior", como consta en un acta del 3 de febrero redactada por la Comisión Asesora de Se guridad Nuclear del Centro Nacional de Energía Nuclear Juan Vigón. Pero de los datos reseñados en los informes secretos ahora desvelados se desprende que la contaminación era muy superior en el agua de los ríos o en los lodos de los canales de regadío. Uno de los técnicos de la JEN que realizó inspecciones en el área afectada, y que aún hoy prefiere guardar el anonimato, cuenta que iba por la vega del Jarama con un detector de radiactividad del tipo SPP-2. "En muchas ocasiones", dice, "el contador subía al límite, que era 15.000 cuentas por segundo, cuando lo normal en el ambiente suele ser entre 100 y 120 cuentas por segundo". "La gente nos preguntaba qué hacíamos y les teníamos que mentir", añade. Lechugas bajo Moncloa Por los informes a los que ha tenido acceso este periódico -otros no se incluyeron al expediente "por orden superior"-, se sabe ahora que en la propia sede de la JEN, muy próxima a la Ciudad Universitaria, se midieron dosis de radiactividad un millón de veces superior a la tolerable a lo largo de todo un ano. Diez días después del accidente, en el Manzanares y en el Jarama, y hasta en las inmediaciones de Toledo, se detectaron dosis de hasta 10.000 veces la permitida. En una zona de Aranjuez se midieron dosis 75.000 veces superiores a la permitida. Personal de la antigua JEN recuerda que la contaminación se detectó incluso en Lisboa, en la desembocadura del río Tajo, pero no hay referencia oficial al respecto. Pese a todo, en ningún momento se prohibió el uso del agua de esos ríos. El silencio sepulcral sobre lo ocurrido sólo se rompió en marzo de 1971, cuando los periódicos de la época se hicieron eco de algunas filtraciones sobre el accidente. Para entonces, cosechas enteras ya habían sido consumidas y otras, regadas con agua contaminada, ya estaban crecidas. La JEN, además, difundió una nota tranquilizadora minimizando los hechos. Las cosechas de los años posteriores fueron también regadas con aguas que seguían contaminadas. Pese a ello, nunca se realizó un estudio médico para saber las repercusiones sanitarias sobre la población afectada. "No se espera que el escape tenga consecuencias graves a largo plazo. En lo que concierne a las consecuencias a corto plazo, se carece de la información suficiente para llegar a una conclusión". Era ésta una de las resoluciones del informe redactado por la JEN el 5 de diciembre. En julio de 1971, cinco miembros de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) visitaron las instalaciones del centro madrileño. En su informe posterior, la OIEA describe el accidente de noviembre de 1970 y reconoce que se produjo contaminación "en los lechos del Manzanares, Jarama y Tajo, así como en los canales de riego alimentados por esos ríos". El documento recomienda, entre otras cosas, mejorar los procedimientos para el manejo de los residuos procedentes del reactor nuclear JEN-1. Pero las huellas de lo ocurrido todavía subsisten. Las cosechas de las huertas donde se detect6 el mayor nivel de radiactividad fueron compradas por la JEN. A la sede de la junta llegaron decenas de camiones con verduras contaminadas. La mayor parte de ellas fueron enterradas en un descampado del mismo centro de investigación, hoy conocido como Centro de Investigaciones Energéticas, Medio ambientales y Tecnológicas (CIEMAT), en plena Ciudad Universitaria, y concretamente en el número 22 de la avenida Complutense, muy cerca del palacio de La Moncloa. Las lechugas están hoy bajo un talud hecho al efecto junto al campo de fútbol del centro. Miguel Yuste, de la Confederación General del Trabajo (CGT), miembro de la sección sindical del CIEMAT, sigue denunciando hoy la existencia de elementos radiactivos guardados o enterrados en el CIEMAT. El centro realiza periódicamente campañas de sondeos en el subsuelo de la zona, pero sus resultados son confidenciales. http://elpais.com/diario/2011/04/24/madrid/1303644256_850215.html La dehesa nuclear Los vecinos de las zonas próximas al CIEMAT denuncian una alta incidencia de casos de cáncer por la presencia de productos radiactivos del viejo reactor de la Ciudad Universitaria En noviembre de 1970 la rotura de una tubería en las instalaciones de la Junta de Energía Nuclear de la Dehesa de la Villa de Madrid vertió en la red de alcantarillado de la ciudad entre 40 y 80 litros de agua altamente contaminada con productos de fisión radiactiva. Después de 41 años del accidente, vecinos de los barrios cercanos al parque, asociados en la coordinadora de afectados por el PIMIC, el plan de mejora de las instalaciones del Centro de Investigaciones Energéticas Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), denuncian la alta incidencia de casos de cáncer en la zona. En una encuesta realizada por ellos entre 287 familias del entorno se detectaron 56, una cifra muy superior a la media. Faltan medidores de radiactividad en la Dehesa y en los barrios del entorno Los afectados han pedido un estudio epidemiológico al Gobierno regional De 287 familias del entorno, 56 han desarrollado la enfermedad Las instalaciones están inmersas en un proceso de descontaminación El CIEMAT es el antiguo CIES, el centro de energía nuclear que en los años cincuenta y sesenta albergó uno de los planes más ambiciosos y megalómanos del generalísimo Franco empeñado en convertir a España en potencia nuclear mediante la fabricación de una bomba atómica. Hoy, el viejo reactor nuclear está desmantelado y las instalaciones se encuentran inmersas en un proceso de descontaminación que debería haber finalizado en el año 2006 y cuyo desarrollo preocupa gravemente a los vecinos y usuarios del parque. Camiones con residuos radiactivos de baja y media radiactividad siguen saliendo del Centro de la Dehesa de la Villa con destino al cementerio de El Cabril, los de alta radiactividad, unas 16 toneladas se siguen almacenando en el CIEMAT a la espera de un incierto destino. Javier Quiñones Díez, subdirector general de Seguridad y mejora de las instalaciones, explicaba a este periódico que en estos momentos no existe ninguna instalación nuclear operativa en el Centro y que las viejas instalaciones están en la fase final del proceso de desmantelamiento. En la actualidad se trabaja todavía en las parcelas de La Lenteja y El Montecillo en las que en su día se enterraron hortalizas y lodos de las huertas del Manzanares regadas con aguas contaminadas tras la fuga de 1970. Las recomendaciones de los técnicos del Centro Nacional de Energía Nuclear: retirada de hortalizas y prohibición de riegos, solo se cumplieron en contadísimos casos para no alarmar a la población. En un informe publicado en 1994 por un equipo de investigación de EL PAÍS formado por Carlos Yárnoz y José Yoldi, uno de los agricultores afectados resumía así la retirada de residuos de su finca: "Se llevaron dos o cuatro sacos de escarolas, lechugas y repollos; hicieron lo mismo dos semanas más tarde... nunca me dijeron qué pasaba y como siempre vendí todo en el mercado de Madrid". Sobre los vertidos enterrados en el CIEMAT se construyeron campos deportivos y un parque infantil con arenero para el disfrute de los empleados y sus familias. Junto al deteriorado cartel que sigue anunciando la existencia del Grupo Recreativo Cultural, los vecinos del entorno integrados en la Plataforma Salvemos la Dehesa de la Villa grabaron con plantillas su denuncia: "CIEMAT, Cementerio Nuclear". Una pista de patinaje por la que jamás se deslizó rueda alguna y un aparcamiento recientemente asfaltado siguen ocultando los persistentes rastros del accidente de 1970. En conversación telefónica con EL PAÍS, el subdirector del CIEMAT reconoce que al equipo actual del Centro le toca encargarse de las ingratas labores de limpieza: "Es como si hubiéramos entrado en una vaquería". Todos los residuos que siguen saliendo de las instalaciones de la Dehesa de la Villa hacia El Cabril son chequeados y supervisados por el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), confirma Quiñones que certifica la existencia de un Plan de Vigilancia Radiológica Ambiental cuyos resultados son enviados mensualmente al CSN que a su vez informa al Parlamento de manera regular. El Plan de Vigilancia Ambiental del PIMIC (plan de mejora de las instalaciones del CIEMAT) mide la radiación ambiental en 23 puntos de muestreo, 22 colocados en el perímetro del recinto y uno, considerado como testigo, está situado en el embalse de Santillana. Para los asociados de la Coordinadora de Afectados por el PIMIC, faltan medidores de radiactividad en la Dehesa y en los barrios del entorno, entorno en el que habría que incluir a la cercana Ciudad Universitaria. La Coordinadora ha pedido también un estudio epidemiológico a la Dirección General de Salud de la Comunidad de Madrid y ha dado curso a una querella judicial para dirimir responsabilidades. Entre sus reivindicaciones figura también el traslado de todos los residuos para ser enterrados en profundidad a más de dos kilómetros de cualquier zona habitada como marca la ley. El proyecto para construir en las instalaciones del CIEMAT, una isla nuclear donde almacenar los residuos de alta y media contaminación que no pueden ir al cementerio de El Cabril, fue desestimado en el 2001 por el Ayuntamiento de Madrid por tratarse de una actividad insalubre y peligrosa. "En algún sitio habrá que guardar los bidones", dijo entonces uno de los responsables del Centro. Una pregunta que hoy sigue en el aire como siguen bajo tierra los últimos vestigios de aquella fuga de 1970, cuando las secuelas de la contaminación llegaron a ser detectadas en aguas del Tajo en Portugal. "Nos dijeron que el agua bajaba con átomos", recordaba 20 años después un agricultor de la vega del Manzanares. http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/08/...69_376739.html El Ciemat se sacude la radiación El centro de investigación se somete a un plan de descontaminación para dejar de ser la única instalación nuclear de Madrid “El cero no existe”. Joaquín Quiñones es un hombre robusto dentro de un traje hecho a cincel. “En radiación, como en casi todo apartado de la ciencia, no existe”, explica. Se refiere a que la radiación siempre está ahí: ínfimas cantidades de material radiactivo residen en rocas o plantas; la radiación del cosmos bombardea la Tierra; los aviones radian… Y también lo hacen instalaciones nucleares como en la que trabaja él. “Hay que bajar nuestro nivel al natural en Madrid. Ahora es ligeramente superior al que habría si no se hubiera trabajado con materiales radiactivos durante 30 años, pero nunca será cero”. Quiñones es el científico responsable del plan de limpieza del Ciemat (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas) por el que el centro aspira a dejar de estar catalogado como instalación nuclear. La etiqueta conlleva un complejo protocolo de obligaciones y medidas de seguridad: parque de bomberos propio, centro médico, controles, simulacros de evacuaciones… Prácticas no solo pesadas, sino también muy caras. Hasta ahora, el Consejo de Seguridad Nuclear español (CSN) nunca ha retirado la categoría a ninguna instalación que haya trabajado con material atómico, pero en el Ciemat la última estructura nuclear se desmontó en los noventa. Desde entonces sus trabajos se centran en el I+D+i. más información El proceso de limpieza, aprobado en 2004 y que ha costado hasta ahora 48 millones de euros, afecta a dos instalaciones radioactivas y cuatro nucleares (estas últimas contuvieron material fisionable cuando estaban operativas). Está en su fase final, y se espera que se complete a últimos de año. Acaba de cerrarse el capítulo más delicado: la descontaminación del terreno en que se derramaron productos tóxicos el 7 de noviembre de 1970 en el peor accidente nuclear de Madrid. Aquella mañana se estaban trasvasando por una tubería 700 litros de desechos de alta radiactividad, una válvula quedó mal cerrada y en torno a unos 50 litros escaparon al terreno, luego al alcantarillado y desde allí a los ríos Manzanares, Jarama y Tajo. Las autoridades franquistas lo ocultaron pese a que se detectaron partículas atómicas hasta en Lisboa. Aquellos días los agricultores de la región recibieron la visita de hombres con batas blancas que compraron toda la cosecha de hortalizas regadas con agua contaminada, pero la reacción fue tardía y los madrileños almorzaron toneladas de repollos atómicos. Leyendas urbanas Dentro de una carpa con la que se pretende evitar que escape una sola partícula de polvo, tres obreros terminan ahora de cementar los 10 metros cuadrados en los que se produjo la fuga. Antes, los técnicos del Ciemat junto con los de la Empresa Nacional de Residuos radioactivos (Enresa) excavaron hasta nueve metros para extraer todo el perímetro de tierra contaminada. A unos metros de la carpa se desarrolla otro de los principales apartados de la limpieza. Se trata de los trabajos en el llamado Montecillo, una elevación del terreno hasta hace poco cubierta de pinos y ardillas. El problema es que los árboles habían enraizado sobre estériles de uranio escombrados después de ser utilizados en las instalaciones. Ahora, técnicos vestidos con trajes blancos y máscaras antinucleares retiran con una excavadora el metro y medio de suelo que puede estar contaminado. La tierra y los árboles se guardan en bolsas de plástico y se analizarán para diferenciar cuáles contienen restos de cesio-137 y estroncio-90 y deben ir al almacén de residuos de media y baja actividad de El Cabril (Córdoba), y cuáles están limpios y pueden tirarse como cualquier desecho. “Hasta ahora, los residuos han probado ser de muy baja intensidad”, cuenta Quiñones supervisando a los operarios, “muchos suelos en España tienen naturalmente más carga radiactiva”. Cayetano López, el director general del Ciemat, considera una leyenda urbana que las zanahorias contaminadas por el escape del 70 estén enterradas en ese monte. “Ahora lo averiguaremos”, explica en su despacho junto a un Quiñones cuadrado con marcialidad de edecán. “Yo creo que esas verduras se trajeron aquí en su día pero luego se enterraron en una mina de uranio”, cuenta. Es difícil determinar muchas de las cosas que sucedieron en el centro antes de la llegada de la democracia. En aquella época formaba parte de la extinta Junta de Energía Nuclear y se dedicaba al estudio atómico. La versión oficial asegura que con fines pacíficos, pero abundan las sospechas de que Franco fantaseaba con encontrar la fórmula de la bomba. Quiñones asegura que la limpieza total es un trabajo hercúleo, pero tiende a desdramatizar el alcance de la contaminación: “La gestión que se hizo de los residuos en los 70 se atenía a la legalidad de la época; lo que pasa es que la actual es mucho más exigente”. ¿Pero hay algún riesgo? “No”, asegura, “si no, los 1.400 que trabajamos aquí no estaríamos tan tranquilos”. Cuando se empezó a diseñar el plan de limpieza en los 90, los técnicos calcularon que, junto a unas 600 toneladas de material de media y baja radiactividad que se llevarían a El Cabril, se extraerían 15 de alta intensidad que se quedarían en el Ciemat por estar prohibido que viajen. Finalmente, no se han localizado estos últimos y no quedará un bidón en el centro. El asunto es delicado. El Ciemat está en plena Ciudad Universitaria y solo una valla metálica lo separa de la Dehesa de la Villa, donde se ubican barrios densamente poblados. Los vecinos antes protestaban por el peligro de vivir cerca de una instalación contaminada. Cuando empezó el proceso de limpieza pasaron a quejarse porque pudiera levantar radiactividad enterrada. Para evitar suspicacias, la transparencia es una obsesión del centro. Pantallas en cinco puntos de las instalaciones miden la radiación ambiental. La carga media el día de esta visita era de 0,16 microsieverts por hora, la mitad que la detectada en algunos puntos de Canarias. Pero en el Ciemat saben que el centro ha estado muchos años rodeado de suspicacias. Vecinos agrupados en una coordinadora denuncian la alta incidencia de casos de cáncer en la zona; alguna vez se han localizado hojas de árboles con restos de cesio y estroncio; en 1994 el sindicato CGT se querelló por sobredosis radiactiva a dos trabajadores; en 2003 un vertido de aguas provenientes del desmantelado reactor nuclear suscitó la polémica; y en 2006 se encontraron trazos de plutonio, americio y radio (ínfimos: menos de un bequerelio por gramo) enterrados en el cercano campo de fútbol universitario. Pese a todo, las investigaciones que ha realizado el CSN siempre se han cerrado con conclusiones rotundamente positivas sobre la seguridad del centro. “Que nos retiren la categoría de instalación requerirá aún infinidad de estudios y comprobaciones”, cuenta Quiñones. No quiere fijar plazos, pero fantasea con que dentro de tres años ya no hagan falta bomberos ni controles. Ese día estará acreditada que la radiación del Ciemat es únicamente la de las estrellas, el suelo y los pinos de la Dehesa. |
09-mar-2013 04:50
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| A ver si alguien pone algo de Vandellós o Cofrentes, que tienen fama. Puse el del CIEMAT porque no suele ser muy conocido. |
09-mar-2013 05:04
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http://es.wikipedia.org/wiki/El_Cabril El Cabril Saltar a: navegación, búsqueda El Cabril es el único almacén de residuos radiactivos de baja y media actividad de España. Se encuentra situado en una finca de la Sierra Albarrana, en el municipio de Hornachuelos, provincia de Córdoba. Los residuos se clasifican y se almacenan en contenedores de hormigón fabricados a prueba de terremotos, que se guardan en una especie de celdas construidas en enormes naves en superficie (no de forma subterránea como suele pensarse).1 Los primeros residuos radiactivos fueron introducidos de forma clandestina en 1961 en una mina de uranio en desuso. Hasta 1975 no recibió la primera supuesta autorización oficial, siendo inauguradas las actuales instalaciones en 1992, cumpliendo ya con todos los requisitos legales. En noviembre de 2009 se encontraba al 61,57 por ciento de su capacidad.2 Según estimaciones de 2004 se encontrará lleno cerca del año 2030.1 Anualmente recibe unos 3000 bidones (más de 1.000 metros cúbicos). De ellos, cerca del 95% procede de las ocho centrales nucleares que se encuentran en producción en 2010 y el resto llega de hospitales, universidades y laboratorios de investigación públicos y privados.1 Se estima que los isótopos radiactivos de residuos de media actividad tardan un máximo de 300 años en decaer a niveles en los que dejan de ser peligrosos. Explotación minera El ingeniero de minas Antonio Carbonell Trillo-Figueroa descubre en 1935 yacimientos de uranio en El Cabril. La guerra civil detuvo las actividades retomándose un tiempo después para su explotación. Posteriormente la Junta de Energía Nuclear (JEN), creada en 1951 se hizo cargo de la instalación, continuando con las extracciones hasta 1959 cuando quedó en desuso. Historia del almacén de residuos de baja y media actividad Llegada de residuos sin autorización En 1961 aparecieron los primeros residuos radiactivos en España, procedentes de las investigaciones que el JEN realizaba con un reactor nuclear cedido por Estados Unidos. El JEN trató y acondicionó los residuos utilizando técnicas de incorporación en asfalto, pero poco después decidió su incorporación en una matriz de cemento acondicionados en bidones de 220 litros para ser trasladados a algún lugar. Como no existían ningún plan para su gestión, el régimen franquista decidió almacenar la basura radiactiva en el interior de una mina de uranio en desuso. El lugar elegido fue la mina conocida como Beta de El Cabril, donde un camión trasladó varios bidones sin ponerlo en conocimiento del municipio. La necesidad de tratar y almacenar los residuos de distintas procedencias que utilizan isótopos o fuentes radiactivas (centros de investigación, industrias, hospitales) llevó al JEN a instalar en el lugar una planta piloto de tratamiento de residuos sólidos y líquidos, con capacidad de almacenamiento seguro de 900 bidones. Al agotarse rápidamente el espacio de almacenamiento, se decidió homogeneizar los bidones y los sistemas de almacenamiento, por lo que se decide la construcción de tres módulos para almacenamiento temporal en superficie, con una capacidad de 5000 bidones cada uno.3 Estos no entrarían en funcionamiento hasta febrero de 1985 y desde entonces los residuos se almacenan en superficie. Con el inicio de actividades de las centrales nucleares que empezaban a funcionar en España a partir de 1969, se ve la necesidad de que estas construyesen almacenes en sus instalaciones para albergar sus propios residuos, a la espera de decidir un lugar centralizado y apropiado donde trasladarlos. Legalización del almacén de residuos radiactivos Todas las actividades que se habían llevado a cabo hasta el momento no eran oficiales. El centro no fue legalizado hasta que el ministerio de Industria le otorgó autorización el 30 de octubre de 1975 para alojar residuos de baja y media actividad. El 2 de marzo de 1987 se confirmó dicha autorización. En marzo de 1988 albergaba 6535 bidones. Al darse a conocer la existencia de estas instalaciones comenzaron las movilizaciones por parte de ecologistas y partidos de izquierda. Gestión por parte de ENRESA con dinero público El JEN no contaba con recursos económicos necesarios para gestionar todos los residuos que se producían en España. Así en junio de 1984 se aprobó la creación de una empresa pública para que se encargase de la gestión de los residuos nucleares y radiactivos. En junio de 1985 se constituye ENRESA (Empresa Nacional de Residuos Radiactivos S.A.) a la que el JEN transfirió El Cabril a finales de año. Tras solicitar permiso, la empresa reacondicionó los residuos en nuevos bidones de 400 litros y los colocó en la celda número 1 de la plataforma Norte de almacenamiento. En mayo de 1989, según informes oficiales albergaba 7111 bidones de residuos radiactivos de baja y media actividad, procedentes sobre todo de instalaciones industriales y hospitales. En 1990 se puso la primera piedra de las actuales instalaciones, con un proyecto autorizado por orden ministerial que pretendía poner fin a las irregularidades que la instalación había sufrido desde sus inicios, siendo inauguradas oficialmente en octubre de 1992. El 2 de febrero de 2010, los vecinos de los Hornachuelos se volvieron a manifestar y pidieron formalmente una reunión con el ministro de Industria, Miguel Sebastián, y con el que fuera en su momento consejero andaluz de Presidencia, Antonio Ávila, para revisar la asignación económica que reciben en compensación. Una orden ministerial fija la asignación económica que reciben anualmente cuatro localidades por su proximidad a El Cabril. En 2009 les correspondieron 1.900.000 euros: el 50% para Hornachuelos, cerca del 26% para Fuente Obejuna y el 24% restante a repartir entre Las Navas de la Concepción y Alanís). Es por esto por lo que los vecinos siguen reclamando su parte real de lo que prometió en su momento. Autorización de almacenamiento de residuos de origen nuclear y proceso judicial El 3 de marzo de 1987 el Ministerio de Industria y Energía autorizaba a ENRESA a instalar temporalmente en este depósito 5000 bidones de residuos de baja y media actividad, procedentes de las centrales nucleares de Santa María de Garoña (Burgos) y Zorita (Guadalajara). Los bidones serían introducidos bajo tierra a escasa profundidad y se recubrirían con una capa de hormigón. En noviembre de 1987 se aprobó el primer Plan de Residuos Radiactivos, por el que se permitía la ampliación para recibir todos los residuos de media y baja intensidad que se produjesen en España (incluidos los nucleares de baja y media actividad) hasta finales del año 2000, así como una planta de acondicionamiento de residuos para sustituir las operaciones que hasta este momento se venían realizando en Madrid en los laboratorios de CIEMAT (organización heredera de las actividades del JEN). Ante este plan, el municipio de Hornachuelos convocó una huelga general el 21 de diciembre en contra del cementerio, que fue secundada por todo el pueblo. El 13 de enero de 1989 el Consejo de ministros aprueba el segundo Plan de Residuos Radiactivos, en le que se contempla el almacenamiento de 60.000 m3 en El Cabril, cejando en la búsqueda de otra localidad donde ubicar un segundo almacén previsto en el primer plan. El 15 de diciembre de 1988 la Asociación Ecologista de Defensa de la Naturaleza (AEDENAT) envió al Director General de Energía un escrito en el que solicitaba la clausura de las instalaciones por ser contrarias a la legalidad vigente con respecto al almacenamiento de materiales nucleares, cancelar los traslados que se hubieran autorizado desde centrales nucleares y abstenerse de autorizar la ampliación de las instalaciones salvo cumpliendo la legalidad vigente. El silencio administrativo llevó a esta asociación a interponer un contencioso administrativo sobre el que la sección novena de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid dictó sentencia el 5 de junio de 1996, por la que declaraba estas actuaciones como ilegales, al estar El Cabril licenciado como instalación radiactiva de tercera categoría y no ser una instalación nuclear. Unos días después, el Ministerio de Industria y Energía hizo pública una nota oficial en la que afirmaba que el cementerio nuclear de El Cabril estaba perfectamente legalizado y que cumplía con lo requerido en el fallo de la sentencia, al amparo de las órdenes ministeriales de 31 de octubre de 1989 por la que se autoriza a ENRESA a ampliar la instalación y de 9 de octubre de 1992 por la que se autoriza la puesta en marcha de las nuevas instalaciones. Añade que la sentencia del Tribunal Superior aborda el problema administrativo de carácter histórico, resuelto por las citadas órdenes ministeriales de ampliación.6 El ministerio recurrió la sentencia ante el Tribunal Supremo. El informe sobre los residuos radioactivos de Greenpeace (2010) advierte que tantas medidas de prevención demuestran, que el riesgo de filtración es algo más que una teoría. Y recuerda que la dosis de superficie emitida por un bidón como los enviados a El Cabril superaría varias veces el límite anual admisible para un ser humano. Características Las instalaciones inauguradas en 1992 cuentan con más de 1100 hectáreas de superficie, de las cuales sólo se encuentran ocupadas veinte. Diez se destinan a laboratorios, oficinas y una fábrica de contenedores de hormigón y en las otras diez están ubicados sus dos cementerios. Según estudios de 2004, las dosis máximas que recibe el personal no han superado nunca valores por encima del 5% de los límites legales. Siendo estos valores en el acumulado anual netamente inferiores que los que recibe una persona cuando se somete a una radiografía de tórax. Instalaciones El almacén centralizado de El Cabril cuenta con dos zonas diferenciadas por funciones: la zona de edificios y la zona de almacenamiento. Esta separación permite un desarrollo eficaz de las actividades, facilitando el seguimiento y control de las mismas y diferenciando las zonas con reglamentación radiológica. Las instalaciones de El Cabril se caracterizan por: -Automatismo: capacidad para operar desde una sala de control, minimizando la exposición de los trabajadores. -Resistencia sísmica: capacidad para tolerar terremotos previsibles en la zona. -Solidificación: capacidad para almacenar todos los residuos en forma sólida. Sepultamiento Cuando el almacén complete su capacidad (cerca del año 2030) está previsto cubrirlo totalmente con tierra, que será repoblada con vegetación. Toda la masa de hormigón que quedará sepultada bajo tierra está diseñada para soportar terremotos de grado 8 en la escala de Richter. Además se pondrá en marcha un programa de control y vigilancia, durante un plazo máximo de 300 años, que garantizará la durabilidad del almacenamiento e impedirá cualquier intrusión antes de que concluya ese período. Proceso de residuos Baja y media actividad Los residuos de baja y media actividad generados en cualquier punto de España llegan a El Cabril y se descargan en un edificio de acondicionamiento o en alguno de los almacenes temporales. La mayoría de ellos, generados en las centrales nucleares, llegan acondicionados. Los que proceden de hospitales, centros de investigación o industrias, son tratados y acondicionados en las propias instalaciones de El Cabril. Los bidones recibidos se introducen en contenedores de hormigón cuya capacidad es de 18 bidones de 220 litros. Cuando un contenedor se llena, sus bidones se inmovilizan mediante mortero inyectado. Este bloque compacto se introduce en la celda de almacenamiento, que es una estructura de hormigón armado. Una vez completa la celda de almacenamiento con 320 contenedores, se construye la losa superior de cierre con hormigón armado y se impermeabiliza. Cada una de las 28 celdas de almacenamiento tiene un sumidero conectado con la red de control de infiltraciones, situada bajo las plataformas. Esto permite detectar posibles filtraciones de agua para que, en caso de producirse, puedan subsanarse. Una vez completa la capacidad de las plataformas, se taparán con una última cobertura formada por diferentes capas, siendo la última de tierra vegetal, buscando su integración en el entorno. En este momento comenzará la fase de vigilancia y control del emplazamiento durante 300 años. Muy baja actividad Los residuos radiactivos de muy baja actividad son materiales sólidos, generalmente chatarras y escombros, que están mínimamente contaminados con isótopos radiactivos. Pueden llegar a la instalación en sacas, bidones o contenedores y almacenarse directamente en la estructura específica de almacenamiento, o pasar primero al área destinada a su tratamiento, si fuera necesario. Cuando se complete cada estructura, se cubrirá con diferentes capas, siendo la última de tierra vegetal para su integración en el entorno. En este momento comenzará la fase de vigilancia y control del emplazamiento durante 60 años. http://www.elmundo.es/magazine/2004/223/1073053108.html Viaje a un cementerio nuclear que será una reliquia en un futuro próximo La basura radiactiva de media y baja actividad no se almacena en profundos silos bajo tierra, como muchos piensan. En El Cabril, una finca de la sierra cordobesa donde va a parar el 100% de estos residuos atómicos, el “cementerio” está en la superficie. Cada año, las nueve centrales de energía nuclear o de fisión españolas, los hospitales, las universidades y los laboratorios que generan los desechos envían 3.000 bidones de material contaminado. Una vez allí, éste es clasificado y almacenado en contenedores de hormigón, que se guardan en enormes naves. Como aventuran los responsables de El Cabril, el final de la historia es tan bonito como increíble: dentro de unos pocos años, sobre dichas naves “surgirán” unas suaves colinas donde crecerá un frondoso bosque de encinas y alcornoques. Lo que habrá debajo –para muchos, una bomba de neutrones– será completamente inofensivo transcurridos 300 años, porque sus fatales radiaciones terminarán por desaparecer. Pero el futuro próximo va más allá: con la nueva energía de fusión no habrá residuos radiactivos. Para llegar al cementerio nuclear de El Cabril, en pleno corazón de la sierra cordobesa de Albarrana (palabra que los árabes traducían por silvestre y alejada), hay que sortear 120 kilómetros a través de una tortuosa carretera. A ambos lados del asfalto, donde hoy dan sombra encinas y alcornoques, asoman, como esperpentos, los restos oxidados de poleas, carros y depósitos abandonados que antaño dieron servicio a las ricas minas de hierro próximas a la vecina Córdoba. Ya en lo alto de la sierra, a las puertas de Hornachuelos, donde aún conservan el viejo castillo de su época califal, un rótulo metálico anuncia, sin más explicaciones, la llegada inminente a nuestro destino: El Cabril, 2 km. A primera vista, no aparenta ser un lugar peligroso. Ni un cartel, ni un símbolo, nada que recuerde que aquí se almacena la basura nuclear que producen las 600 instalaciones radiactivas de toda España. Llama incluso la atención un sembrado de naranjos, a reventar de fruta, que se ve nada más cruzar la verja de entrada. Andrés Guerra, el director, se apresura a dar la primera explicación: “Aquí no se producen residuos radiactivos, como mucha gente piensa. Al contrario. Lo único que hacemos es almacenar, durante un máximo de 300 años, los desechos de baja y media actividad que otros producen”. El tiempo estimado, a juicio de los físicos, para que las radiaciones desaparezcan por completo. En total, 3.000 bidones al año (más de 1.000 metros cúbicos) de escoria sólida procedente, sobre todo, de nueve centrales nucleares (de fisión) que generan el 26% de la electricidad que se consume en nuestro país, y de las que sale el 95% de todos los residuos atómicos. El resto proviene de hospitales, universidades y laboratorios de investigación públicos y privados. Ahora mismo, El Cabril, del que es propietaria la empresa pública Enresa (Empresa Nacional de Residuos Radiactivos), está a la mitad de su capacidad. Y si el ritmo de almacenamiento se mantiene (recibe un camión al día, 240 al año, tantos como días laborales marca su convenio), alrededor del año 2030 no cabrá un átomo más en su cementerio. Faltarán aún 10 ó 20 años, como mucho, para que la ansiadas centrales nucleares de fusión, infinitamente más limpias que las actuales (ver pág. 17), entren en funcionamiento. Pero hasta que ese momento llegue, la única alternativa para que estos desechos pierdan su toxicidad, consiste, según los científicos, en aislarlos dentro de una especie de celdas de hormigón, fabricadas a prueba de terremotos, y esperar a que las radiaciones se vayan apagando con el paso de los años. 10.47 h. de la mañana. El primer camión del día acaba de entrar. “Trae restos de laboratorios”, afirma rotundo el jefe de infraestructuras, Javier Bris. “Lo habitual”, comenta de pasada, “es que recibamos jeringuillas, sondas y guantes que han sido utilizados en radioterapia, aunque también nos llegan aparatos médicos contaminados, e incluso animales de experimentación muertos que han sido irradiados”. El camino que seguirán antes de ser empaquetados con hormigón es calcado al que recorren los desechos traídos de las centrales nucleares. Primero pasarán a la sala de verificación donde, entre otras cosas, se comprobará si la radiactividad que contienen es la misma que dice el remitente. Un detalle importante, ya que todos los residuos que llegan a este lugar se separan y clasifican de acuerdo a su nivel de radiación. El fin, según Bris, “es tenerlos perfectamente identificados para poder localizarlos con rapidez en caso de accidente”. El silencio es casi monacal en la sala de operaciones de El Cabril. Desde aquí se dirige todo el proceso de traslado y almacenamiento de residuos. En plena faena, la concentración es máxima. Ni siquiera los disparos de la cámara del fotógrafo logran distraer a los cinco operarios que, en ese momento, se disponen a manipular a distancia diversos cargamentos. Uno de ellos tiene en pantalla 18 bidones nucleares, llegados el día anterior desde una central. Valiéndose de una grúa mecánica, intenta introducir los depósitos en un contenedor de hormigón armado. La maniobra, a ojos de un profano, parece extremadamente delicada. Hay que hacerla por control remoto y a una distancia de 50 metros del lugar en el que se encuentra el operario. A su lado, frente a otro monitor en el que se ve, desde diferentes ángulos, una gigantesca grúa, otro técnico se dispone a introducir un enorme cubo de hormigón –de 24 toneladas de peso– en una de las 28 celdas destinadas al almacenamiento definitivo de residuos. La maniobra se realiza nada menos que a 800 metros de distancia de la sala de operaciones. ¿Qué ocurrirá dentro de 26 años, cuando ya no haya espacio en este cementerio nuclear a cielo abierto? En palabras de Andrés Guerra, la solución está tomada desde hace tiempo. “Lo que haremos será cubrirlo totalmente con tierra, sobre la que luego se plantarán árboles y matorrales propios de la zona, de forma que el paisaje no se verá afectado”. Toda la masa de hormigón que quedará sepultada bajo tierra está diseñada para soportar terremotos de muy alta intensidad (de grado 8). Pese a todo, la medida –puesta en práctica en otros países de nuestro entorno, como, por ejemplo, Francia, desde donde se ha importado el modelo de instalación de El Cabril– ha disparado el recelo de los grupos ecologistas. No sólo por “el riesgo de fugas radiactivas”, según la Coordinadora de Organizaciones de Defensa Ambiental (Coda), sino también ante la posibilidad de que el Gobierno, a través de Enresa, decida construir un cementerio de similares características en la Sierra de Albarrana. ¿Lo verían con buenos ojos los ciudadanos? Rumbo a la ampliación. Es conocido que la mayor parte de la opinión pública española estima que la energía nuclear, siendo ya una industria madura, no sabe cómo resolver el problema de sus residuos. “Yo siempre respondo que El Cabril existe porque hay empresas, hospitales y otros muchos centros que necesitan utilizar materiales de origen nuclear. ¿Dónde hay que almacenarlos? Ésta es una decisión que no está en mis manos”, concluye tajante Andrés Guerra. Pese a las críticas, y con el visto bueno del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) –encargado de vigilar todas las instalaciones nucleares del país– el pasado mes de octubre, se presentó la ampliación de El Cabril, para que pueda recibir residuos de muy baja actividad, entre 100 y 1.000 veces por debajo de los que actualmente se almacenan en la instalación. Costará nueve millones de euros y, según el jefe del proyecto, Mariano Navarro, de Enresa, al menos una parte de este nuevo cementerio nuclear podría entrar en funcionamiento a principios de 2006. Habrán pasado ya 45 años desde que los primeros bidones con residuos radiactivos empezaron a llegar hasta la finca de El Cabril, donde quedaban depositados en una antigua mina de uranio abandonada. Buena parte de este mineral sirvió para alimentar los delirios guerreros de los militares franquistas, empeñados en que España entrara a formar parte del club de países con bombas atómicas. ¿Se mandaron a El Cabril residuos nucleares procedentes de investigaciones militares de la época? “Desconozco el objetivo de aquel material, es más, ni siquiera sé si estos experimentos se hicieron. Ahora bien, España empieza a producir residuos mucho, muchísimo, antes de que El Cabril actual existiera, aunque parte de ellos fueron traídos al almacén primitivo”. En 1998, las autoridades españolas reconocían, tras una denuncia de Greenpeace, que se había enviado a Estados Unidos una partida de material nuclear de alta actividad que contenía plutonio. A falta de explicaciones más concisas, el portavoz de la organización ecologista en asuntos nucleares, Carlos Bravo, afirmó que dicho plutonio provenía de investigaciones secretas realizadas con fines militares en los años de la dictadura. También sostuvo que la antigua Junta de Energía Nuclear (JEN), hoy Ciemat, contó en tiempos de la dictadura con una planta piloto de reprocesamiento de uranio irradiado –“probablemente diseñada y dirigida por el físico Baldomero López”– con el fin de obtener la materia prima de las bombas: el plutonio. Nadie lo ha desmentido. Ni siquiera el propio Consejo de Seguridad Nuclear, que en 1990 reconoció que en los laboratorios de la JEN, situados en la Ciudad Universitaria de Madrid, habían estado almacenados 280 gramos de este combustible (una cantidad considerable en términos bélicos para fabricar una bomba). Tuvieron que pasar casi tres décadas (29 años exactamente, entre 1961 y 1990) hasta que se puso la primera piedra de lo que hoy es El Cabril. Dos años después, en octubre de 1992, se inauguraba oficialmente. Más de 1.100 hectáreas de superficie, de las cuales sólo 20 están ocupadas: 10 se destinan a laboratorios, oficinas y una fábrica de contenedores de hormigón; en otras 10 hectáreas están ubicados sus dos cementerios, donde hay ya almacenados 25.000 metros cúbicos de basura contaminada, la mitad de su capacidad total. Javier Bris, nuestro ingeniero-guía, no se atreve a pronunciar la palabra accidente. Quizás porque recuerda sus tiempos en la minas de León, donde más de una vez estuvo a punto de perder la vida o de quedarse inútil por confiarse demasiado. “La rutina es el peor enemigo de este trabajo”, dice él. “Un día te fías y...”. Por eso, repite una y otra vez a su gente el mismo credo: nunca hay que bajar la guardia. Aún hoy, y a pesar de llevar más de 30 años conviviendo con el riesgo (más de una década en El Cabril), el corazón se le acelera cada vez que un operario se dispone a manipular, por control remoto, los bidones y contenedores de hormigón cargados de materiales radiactivos. Un mínimo descuido puede dar al traste con horas de preparación. Aunque, como él señala con relativo optimismo, “lo único que perderíamos sería tiempo”, pues todos los depósitos han sido fabricados para soportar incluso movimientos sísmicos. De acuerdo con el último informe oficial sobre la planta, “las dosis máximas recibidas por el personal no han superado nunca valores por encima del 5% con respecto a los límites legales”. Lo cual significa, según se describe en el mismo documento, que la dosis más alta recibida por un trabajador de El Cabril durante un año es netamente inferior a la que recibe una persona cuando se somete a una radiografía de tórax. Sirenas. Llama la atención el despliegue de luces verdes y rojas situadas en los pasillos y a la entrada de cada dependencia. Se trata de sensores que vigilan las 24 horas, todos los días del año, la pureza del aire. En caso de que se produjera una contaminación radiactiva, por pequeña que fuera, los pilotos rojos se dispararían inmediatamente. Laboratorios, salas de carga y descarga... (excepto el cementerio, que se encuentra alejado de estas instalaciones) quedarían sellados automáticamente, para evitar que las radiaciones se colasen hacia otras zonas de la planta o salieran a la atmósfera exterior. “Afortunadamente nunca hemos estado en una situación de alarma”, puntualiza el ingeniero Javier Bris. Sería el turno de los PR, como llaman en El Cabril a los miembros del grupo de Intervención Radiológica. Ellos serían los encargados no sólo de descontaminar las instalaciones, sino también de evacuar, mediante un plan establecido, a todo el personal. No son las únicas medidas de defensa. Bajo las dos plataformas de 10 hectáreas de superficie sobre las que reposan los contenedores de hormigón, discurre una red de túneles trufada de sensores, alarmas y medidores de humedad y calor, sirve de chivato en caso de emergencia. Si se detectase, por ejemplo, alguna filtración de agua procedente de la lluvia, se podrá localizar al momento el lugar de la fisura. Y lo mismo si se produjera una fuga radiactiva. A la salida del laboratorio por donde pasan los residuos antes de ser confinados definitivamente en los nichos de hormigón, una luz verde permanece encendida. Respiramos aliviados. Dos pasos más allá, en medio de un pequeño pasillo, subimos a un aparato con aspecto de báscula. Alguien indica que debemos introducir ambas manos en una especie de manoplas de metal. Es la última prueba para saber si llevamos o no restos de radiación en el cuerpo. La pantalla digital nos tranquiliza: “¡Limpio!”. La carga. Los bidones cargados con residuos se introducen en contenedores de hormigón armado (con paredes de medio metro de espesor), fabricados especialmente para que puedan resistir terremotos de alta intensidad. Cada uno de estos “nichos” alberga 18 bidones. La operación se realiza por control remoto desde una sala situada a 50 metros de distancia. El sellado. Una vez lleno el contenedor, se tapa con una losa de hormigón de otros 50 centímetros de grosor. Luego se inyecta mortero a través de los cuatro orificios de la tapa, hasta que el depósito se llena de cemento, formando un bloque compacto de 24 toneladas de peso. Estos se guardan en una nave de secado, desde donde serán trasladados a su enclave definitivo. Almacenamiento. Los depósitos son trasladados a unas celdas, también de hormigón armado, donde quedarán definitivamente almacenados. El Cabril cuenta con 28 de estas celdas, con una capacidad individual de 320 contenedores. Tres siglos es el tiempo máximo estimado que ha de pasar hasta que los residuos pierdan por completo su radiactividad. http://elpais.com/diario/1989/07/01/...14_850215.html El cementerio de El Cabril será ampliado en 60.000 metros cúbicos y albergará 250.000 bidones nucleares La Empresa Nacional de Residuos (Enresa) ampliará en 60.000 metros cúbicos la capacidad del cementerio nuclear de El Cabril, situado en Sierra Albarrana (Córdoba), a partir de finales de este año. Esta medida será tomada en breve plazo por el Ministerio de Industria y Energía y el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) y permitirá almacenar en este depósito 250.000 bidones de residuos radiactivos. Por otro lado, las autoridades de la Generalitat Valenciana llegaron este jueves a un acuerdo para construir, en la localidad de Domeño, un almacén para depositar 8.000 pararrayos radiactivos. El cementerio nuclear de El Cabril albergaba en mayo de este año, según un informe oficial, 7.111 bidones de residuos radiactivos de baja y media actividad, procedentes sobre todo de instalaciones industriales y hospitales. Sin embargo, una resolución de marzo de 1987 adoptada por el Ministerio de Industria y Energía autorizaba a Enresa a instalar temporalmente en este depósito 5.000 bidones de residuos de baja y media actividad, procedentes de las centrales nucleares de Santa María de Garoña (Burgos) y Zorita (Guadalajara). Parte de estos bidones ya han sido transportados a El Cabril, según fuentes de Enresa que utilizará tecnología francesa en el nuevo emplazamiento. Los bidones se recubrirán de una capa de hormigón y serán introducidos bajo tierra a escasa profundidad.En el depósito que se va a construir en el término municipal de Domeño (Valencia) se almacenarán 8.000 pararrayos radiactivos. Por aceptar la construcción de dicho almacén, el Ayuntamiento de esa localidad recibirá de la Administración 600 millones de pesetas en 15 años, según Enresa. Pero el mayor problema que tiene planteada la industria nuclear española es la acumulación de residuos de alta actividad. En estos momentos sólo hay 5.500 toneladas de estos residuos en las centrales españolas, según fuentes de Enresa. Su portavoz, Valentín González, asegura que la central que plantea una mayor preocupación en este sentido es la de Almaraz, en Cáceres, que tendrá llenas sus piscinas de residuos de alta actividad en 1993. "Para solucionar el problema construiremos un almacén centralizado para este tipo de residuos, pero aún no sabemos dónde. Hemos firmado un acuerdo con una empresa norteamericana para fabricar dos contenedores metálicos de 10 toneladas cada uno, que estarán listos en 1991". El problema del aislamiento de los residuos nucleares se planteó ayer en Madrid durante una jornada de información sobre el programa europeo Pagis, celebrada en el Ministerio de Industria. Este programa, auspiciado por la Comisión Europea, se inició en 1982 y tiene como objetivo evaluar la seguridad del concepto de aislamiento de residuos nucleares de alta actividad en sistemas geológicos arcillosos, graníticos, salinos y bajo el lecho marino. Técnicos españoles trabajan ya en el estudio de terrenos favorables dentro del proyecto Era (Estudios Regionales de Alta Actividad), que prevé la instalación de algún laboratorio sobre el terreno para 1993. |
09-mar-2013 05:06
#8
| Uff, de esto hay para poner muchísimo, a ver si alguien se anima. Sino mañana si tengo tiempo... |
09-mar-2013 05:14
#11
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Borrado. Son rayos gamma, no X. No me habia fijado. La frecuencia es distinta, no se como afectara a la gente Edito: Tocho: http://www.asifunciona.com/fisica/af...espectro_6.htm Rayos-X Las radiaciones de Rayos-X abarcan desde los 3,0 x 1016 (30 PHz), hasta los 3,0 x 1019 Hz (30 EHz) de frecuencia dentro del espectro electromagnético. Las radiaciones de esos rayos son invisibles para el ojo humano, pero pueden atravesar diferentes tipos objetos, incluyendo el cuerpo humano. Sin embargo, las planchas de plomo no son atravesadas por los Rayos-X, por lo que se emplea normalmente ese metal para proteger al hombre cuando trabaja con aparatos que emiten este tipo de radiaciones. Los Rayos-X, descubiertos a finales del siglo 18 por el físico alemán Wilhelm Röntgen, se emplean fundamentalmente para obtener radiografías de apoyo al diagnóstico médico, así como en investigaciones metalúrgicas, científicas y en el análisis de obras de arte. Radiografía obtenida por Rayos-X. Rayos gamma Las radiaciones gamma se originan generalmente a partir del núcleo excitado de un átomo radioactivo y abarcan desde los 3,0 x 1019Hz (30 EHz) hasta los 3,0 x 1022 Hz (30 ZHz). En ciertas ocasiones, después que un núcleo radioactivo emite partículas alfa ( En la ilustración se muestra la señalización empleada para indicar el riesgo de contaminación por rayos gamma en determinadas zonas como, por ejemplo,. las destinadas a la práctica de medicina nuclear en los hospitales. Esas radiaciones de frecuencias extremadamente elevadas, liberan una alta energía que puede resultar muy peligrosa y perjudicial para los seres vivos, aunque bien administradas sirven para aplicarlas en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, así como para la esterilización del instrumental médico y los alimentos. Las radiaciones gamma sólo se pueden detener utilizando gruesas paredes de hormigón, revestimiento de planchas de plomo, o empleando grandes cantidades de agua. Rayos cósmicos Los rayos cósmicos proceden del espacio profundo y su frecuencia supera los 3,0 x 1022 Hz (30 ZHz). Esos rayos se componen de ondas cósmicas de la más elevada frecuencia y una alta carga de energía que llegan, incluso, hasta la superficie terrestre. Su efecto resulta mortal si alguien se expone directamente a las mismas en el espacio cósmico sin la debida protección de una escafandra, como las utilizadas por los cosmonautas. Sin embargo, a los habitantes de la Tierra no les llega a afectar de forma directa gracias a la protección natural que proporciona la capa de ozono. Foto del espacio profundo. NASA |
Editado: 09-mar-2013 05:23 -
09-mar-2013 20:11
#14
La escena de Manuel Fraga bañándose para matar fantasmas y mitos es famosa... pero ya véis como le cambiaron los andares en relativamente poco tiempo... ![]() Son isótopos sanos... [IRONIC MODE = ON] no te irradies...
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Editado: 09-mar-2013 20:13 -
10-mar-2013 01:27
#16
| Me baño yo a menos de 10 minutos de la nucelar de mi pueblo y aun no me he muerto. |
10-mar-2013 01:30
#17
Ya bueno, realmente si está todo legal no me preocupa tanto (caso El Cabril). El problema son las fugas que han habido, como el caso Palomares donde se encontraron las zanjas de los americanos (se llevaron la tierra... ) o el caso del CIEMAT de Madrid, que aún sigue el subsuelo del Parque de la Dehesa, por donde pasa muchísima gente, contaminado de plutonio.
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10-mar-2013 02:23
#18
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Es lo tiene mirarse todos los días en el espejo, que uno se acostumbra y no nota tanto los cambios como quién más de cuando en cuando en el tiempo. ![]() |

1984 ya esta aqui.
